|
| |
La gran guerra patria (1941-1945)
Resumen: La Gran Guerra Patria (1941-1945), como la llamaron los soviéticos, fue uno de los peores y más brutales acontecimientos bélicos, sólo comparable a la devastación que produjo alguna vez el Imperio Mongol y a la Conquista de América. La Gran Guerra Patria es en realidad...
Publicación enviada por Dr. Marcos Cueva Perus
ÍNDICE
Resumen
Introducción
1.-Una guerra anunciada
2.-El problema de los prisioneros de guerra
3.-El problema de los partisanos
4.-El Ejército Rojo, el pánico y la bebida.
5.-¿Hubo traición en Stalingrado?.
Conclusiones
Bibliografía
RESUMEN
La Gran Guerra Patria (1941-1945), como la llamaron los soviéticos, fue uno de
los peores y más brutales acontecimientos bélicos, sólo comparable a la
devastación que produjo alguna vez el Imperio Mongol y a la Conquista de
América.
La Gran Guerra Patria es en realidad poco conocida en muchos aspectos. La
historiografía occidental la abordó muy poco, y la soviética se dedicó casi
exclusivamente a lo más edificante y heroico. En este texto, a partir de
trabajos antiguos y más recientes (facilitados por la apertura de los archivos
soviéticos), se busca poner de relieve distintos aspectos desconocidos que
tuvieron lugar antes y durante el acontecimiento bélico.
INTRODUCCIÓN
La Gran Guerra Patria (1941-1945), como la llamaron los soviéticos, fue uno de
los peores y más brutales acontecimientos de que tenga memoria la Historia de la
Humanidad. Hasta cierto punto, el conflicto sólo puede parangonarse, en términos
de efectos demográficos, con las devastaciones que provocó el Imperio Mongol en
su expansión, y, también, con las secuelas de la Conquista de América en el
siglo XVI. Las cifras de muertos durante la Gran Guerra Patria han variado. La
oficial, soviética, fue durante mucho tiempo de 20 millones de muertos, pero la
apertura reciente de los archivos de Moscú y algunas especulaciones han llevado
la cifra de caídos hasta 27 millones de muertos. Lo mejor, en aras de la
objetividad, es quedarse con una cifra como la que propone el historiador
británico Laurence Rees, y que se sitúa alrededor de los 25 millones de muertos.
Ian Kershaw ha reconocido hasta qué punto ha sido mal abordada la Gran Guerra
Patria en la historiografía occidental, que de hecho se concentró en otros
sucesos de la segunda Guerra Mundial, tales como la batalla de Inglaterra, la
del Atlántico, la del desierto en el norte de Africa y el desembarco en
Normandía. La filmografía occidental tampoco se ocupó mayormente de lo que
aconteció en el Frente del Este. Para los estadounidenses, en particular,
siempre fue más importante tratar de la guerra en Asia y de Pearl Harbor (por
ejemplo en Tora, Tora, Tora), o dar versiones maniqueas de lo ocurrido en Europa
Occidental (como en El gran escape).
Por su parte, la filmografía soviética, al buscar narrar los efectos de la
guerra, produjo algunos clásicos, como La balada del soldado, o Cuando pasan las
cigueñas (a partir de una obra de Mijaíl Shólojov). Existe dentro de ésta
filmografía una nota disonante, en el filme de Andrei Tarkovski, La infancia de
Iván. De acuerdo con el cineasta, la inocencia de un niño no podía verse
truncada ni siquiera por las órdenes de superiores soviéticos de enviarlo al
frente, a una muerte casi segura. Una mirada muy distinta es la del filme de
Elem Klimov, Ven y mira, en el cual la inocencia de un niño se encuentra
destruida por la bestialidad de los invasores alemanes. Una visión matizada se
encuentra en el filme de Nikita Mijalkov, Cinco tardes, que muestra con sutileza
los efectos del conflicto sobre una pareja soviética común y corriente.
Hasta hoy, pese a la desaparición de la Unión Soviética en 1991, la de la Gran
Guerra Patria sigue siendo una de las conmemoraciones más importantes en Rusia,
si es que no la que tiene mayor relevancia. Los veteranos del conflicto, a veces
objeto de desprecio por los jóvenes, han tomado distintos rumbos políticos,
cuando lo han hecho. Y, como lo muestra el filme soviético Urga, de Nikita
Mijalkov, el descalabro de los años ’90 del siglo XX fue tal que no faltaron
quienes estuvieran dispuestos a ganarse un poco de dinero vendiendo souvenirs de
la guerra y estafando así al prójimo.
1. UNA GUERRA ANUNCIADA.
Con frecuencia, la historiografía occidental ha buscado explicar el
desencadenamiento del conflicto entre la Alemania nacional-socialista y la Unión
Soviética como el producto de dos “locuras”, la de Hitler y la de Stalin, o del
enfrentamiento entre dos “totalitarismos”. En este mismo orden de cosas, la
derrota final de Alemania se ha explicado a veces por el supuesto papel que
cumplió el “General Invierno”. El factor humano ha sido descuidado.
El historiador británico Laurence Rees, en un trabajo reciente y en algunos
aspectos sesgado (al querer colocar en el mismo plano al agresor y al agredido),
ha demostrado que la agresión contra la Unión Soviética estaba de algún modo
preparada con mucha antelación, y con justificaciones insospechadas. En el mismo
sentido se ha pronunciado el presidente de la Academia de Ciencias Militares de
Rusia, Mahmud Gareev. Desde que escribió Mein Kampf, tan temprano como en 1924,
Hitler ya había previsto que algún día Alemania marcharía triunfante hacia
“Rusia”, en nombre del “Destino” y de lo que quedó pendiente “600 años atrás”.
Sin duda, se sabe ya que los soviéticos fueron considerados desde muy pronto
como seres inferiores por el régimen hitleriano. Lo menos conocido es que Berlín
se planteó la posibilidad de la agresión contra la Unión Soviética como una
“defensa de la civilización y del mundo occidental”. Hitler, en un memorando
privado que data de 1936 (mencionado por Rees), afirmó: “Alemania tendrá que ser
considerada, como siempre, el centro de la lucha del mundo occidental frente a
los ataques del comunismo”. En 1937, en el mitin de Nuremberg, Hitler acusó a la
Unión Soviética de ser “el mayor peligro a que se hayan enfrentado la cultura y
la civilización de la Humanidad desde el derrumbamiento (sic) de los estados del
mundo antiguo”.
El líder alemán nunca sintió una animadversión comparable por el Reino Unido, al
que, por el contrario, admiraba por el modo en que había conquistado India. La
breve novela Le silence de la mer (Vercors) muestra, a su manera, que los
alemanes tenían una actitud ambivalente hacia Francia, a la que en ocasiones
admiraban. Poco importa que Hitler haya justificado su odio contra los
soviéticos por una supuesta “conspiración judeobolchevique”. El hecho es que las
potencias de Europa Occidental (el Reino Unido y Francia) difícilmente pueden
haber ignorado lo que se proponía hacer la Alemania nacional-socialista, de la
manera más curiosa, en nombre de “Occidente”, de la “cultura” y de la
“civilización”. Desde este punto de vista, Gareev ha sostenido que la agresión
de la Alemania nazi contra la Unión Soviética era inevitable.
Bernhard Bechler, funcionario del nacional-socialismo alemán, llegó por su parte
a declarar después de la guerra, de modo significativo: “No debe perderse de
vista jamás que, de haber ganado nosotros la guerra contra la Unión Soviética,
nada de lo ocurrido, ni siquiera los crímenes, habría tenido la mayor
importancia”. Bechler afirmó igualmente, si se sigue el testimonio que recoge
Rees: “la Unión Soviética constituye una amenaza para la civilización”. Hay algo
que no puede pasarse por alto: en el mundo occidental, y sobre todo a partir del
momento en que comenzó la Guerra Fría, las invectivas contra Moscú no fueron muy
distintas de las de los alemanes derrotados, y tampoco cambiaron las cosas
cuando, ya en los años ’80 del siglo pasado, el ahora ex presidente (ya
fallecido) Ronald Reagan se lanzó desde Estados Unidos contra el “Imperio del
Mal”.
Existe un punto más sobre el que vale la pena detenerse. De una manera general,
la historiografía occidental ha puesto de relieve el odio de Hitler y el
nacional-socialismo alemán contra los judíos, como si fuera lo más importante
del régimen alemán de la época. Ciertamente, desde su ascenso al poder en 1933 y
en discursos posteriores, Hitler nunca puso en duda su voluntad de exterminar a
los judíos, si bien, más que en un Holocausto, llegó a pensar en una deportación
en masa (a Madagascar, por ejemplo). Sin embargo, como lo hace notar Rees, es
después del inicio de la Operación Barbarroja y, más aún, después del fracaso en
Stalingrado, que se aceleró la llamada “solución final” en los campos de
concentración bajo control alemán, “solución” que para Durand se precipitó en
1942.
En parte, la deportación en masa de judíos hacia dichos campos parece haber sido
una represalia contra la “falta de cooperación” de los aliados del
nacional-socialismo en la campaña contra los soviéticos. Es por lo menos lo que
se ha logrado comprobar en el caso de Hungría: el exterminio de los judíos
húngaros se produjo cuando ya las tropas soviéticas se encontraban rumbo a
Alemania.
Por otra parte, Hitler, antes de lanzarse a la ofensiva, parece haber contado
con el debilitamiento del Ejército Rojo a raíz de las “grandes purgas” y el
terror que ejercieron Stalin y su camarilla a finales de los años ’30. La
apertura de los archivos soviéticos ha permitido relativizar las cosas, como lo
reconoce J. Arch Getty. Entre 1937 y 1938 fue expulsado del servicio militar más
de un 30 % de los oficiales.
Sin embargo, la propia historiografía occidental ha revisado las cifras a la
baja. El número de oficiales arrestados durante el mismo periodo, según Rees, no
fue de 36 %, sino de menos de 10 %. Uno de los hechos más escandalosos fue, en
1937, el arresto, el procesamiento por traición y espionaje y la ejecución de
ocho de los oficiales de mayor rango del Ejército Rojo, entre los que se
encontraba M.N. Tujachevski. Probablemente hubo un error, en un clima en el que
no se descartaba un “golpe de Estado” promovido por miembros del ejército
soviético. Al mismo tiempo, como lo reconocen Arch Getty y Naumov, los rumores
del “golpe” podrían haber provenido de Europa y, de manera más concreta aún,
haber sido parte de una campaña de desinformación de la policía secreta alemana.
El hecho es que, de acuerdo con la profunda investigación de Arch Getty y Naumov,
que hablan con cierta exageración de un estamento militar “diezmado”, en 1937
fue destituido el 7,7 % del cuerpo de oficiales, y en 1938 un 3,7 %, cifra que
no se aleja demasiado de la calculada por Rees. Un pequeño porcentaje de los
oficiales destituidos (sin ser arrestados) entre 1937 y 1938 fe reintegrado al
ejército en 1940. Finalmente, en los días posteriores a la ejecución de
Tujachevski, 980 comandantes superiores fueron detenidos, sin que se sepa
cuántos fueron fusilados (Arch Getty y Naumov no son precisos al respecto).
2. EL PROBLEMA DE LOS PRISIONEROS DE GUERRA.
Durante mucho tiempo, es un hecho que la historiografía oficial soviética se
negó a abordar el problema de los prisioneros que cayeron en manos de los
alemanes, sobre todo al comenzar el conflicto. En principio, la orden de Stalin
había sido la de no rendirse, y ello provocó que muchos de los prisioneros
fueran considerados como traidores y tratados como tales al final de la guerra,
al grado de ser deportados a campos de detención. El problema está retratado en
un filme como El destino de un hombre, aunque sin atreverse a poner en
entredicho la versión oficial de Moscú.
Lo curioso es que no se hayan hecho consideraciones de este tipo sobre los
numerosos oficiales que, ante la guerra relámpago alemana, huyeron hacia el Este
soviético, abandonando en más de una ocasión a sus hombres. Quiérase o no, el
comienzo de la invasión alemana encontró desprevenido al Ejército Rojo, que
llegó incluso a lanzar a sus hombres al combate con armamento que databa de la
Primera Guerra Mundial y, en ocasiones, hasta sin fusiles.
Con justa razón, Rees destaca que la historiografía occidental se ha concentrado
con frecuencia en los seis millones de judíos muertos en el Holocausto. Poco se
sabe, en cambio, que entre junio de 1941 y febrero de 1945 fueron capturados por
los alemanes 5,7 millones de soldados soviéticos, de los cuales murieron,
siempre según Rees, 3,3 millones, en su mayoría de enfermedades y de hambre. Los
soldados del Ejército Rojo, al principio, no fueron enviados a campos de
concentración. Simplemente se los abandonó a su suerte en espacios abiertos
rodeados de alambres de espino, o custodiados por soldados alemanes con
ametralladoras.
Los testimonios recogidos por Rees indican que a los alemanes solía gustarles
disparar de forma indiscriminada contra los prisioneros rusos. Los soviéticos no
recibían comida, y muchas veces ni siquiera agua. “Lo que sucede es que jamás
nos consideraron humanos”, es el testimonio de un soldado que cayó prisionero, y
que luego relataría sus experiencias a Rees. Otras fuentes, en este caso
francesas, dan cuenta de que los prisioneros de guerra soviéticos fueron
tratados más o menos como ganado. Fue un trato muy diferente del que los
alemanes dispensaron a los militares británicos y estadounidenses capturados
durante el conflicto.
De acuerdo con testimonios recogidos por el historiador Yves Durand, decenas de
miles de prisioneros de guerra soviéticos llegaban a quedar detenidos y
vigilados en descampados, sin agua ni pan, y los gritos de desesperación podían
oírse a varios kilómetros a la redonda, mientras que en otros campos de
detención la resignación llevaba a esperar la muerte sin la menor reacción.
Durand sugiere que, para un soldado soviético, era en principio mejor morir en
el campo de batalla que caer prisionero. El hecho es que no hay otra explicación
para este trato que el peor de los desprecios. Ciertamente, la Unión Soviética
no era signataria de la Convención de Ginebra sobre el trato a los prisioneros
de guerra, pero Alemania sí lo era.
3. EL PROBLEMA DE LOS PARTISANOS.
De manera sorprendente, Rees atribuye a los partisanos soviéticos el no haber
respetado las convenciones de guerra, y el involucramiento de la población civil
en sus acciones. Es un problema que fue tocado en algunas novelas y en filmes de
la época soviética, aunque sólo de manera tangencial. Ciertamente, el
comportamiento de los partisanos no fue siempre justo e imparcial en las aldeas
en las cuales podían “caer” para atacar a los alemanes y a los “traidores”.
Siempre cabía el riesgo de que, por simples venganzas personales, fueran
delatados como “traidores” algunos que no forzosamente lo eran. Y es igualmente
cierto que, con tal de obtener alimentos y abastecimiento, los partisanos podían
amedrentar a la población local. Dicho de otro modo, no todo fue heroísmo, y
podía caber cierta dosis de bandolerismo.
El número de partisanos que actuaron entre 1941 y 1945 no ha podido ser evaluado
de manera exacta, por lo menos con los documentos históricos disponibles hasta
la actualidad. La historiografía oficial soviética de la segunda posguerra habla
poco del fenómeno, en la medida en que se interesó mucho más por el heroísmo del
Ejército Rojo. El historiador (también británico) Robert Service sugiere que el
papel de los partisanos no fue muy relevante al comienzo del conflicto, y que el
apoyo de Stalin tardó en llegarles (las municiones y las órdenes precisas
llegaron hasta 1943, y por ende cuando la guerra ya estaba decidida).
Si se contrasta con lo observado por Yves Durand, la información y el argumento
de Service pueden quedar en entredicho. En efecto, desde el 3 de julio de 1941,
Stalin hizo un llamado explícito a formar “destacamentos de partisanos a pié y a
caballo”, “grupos de sabotaje” y “guerrillas” para hacerle la vida imposible al
enemigo en la retaguardia. Desde el 18 de julio de 1941, el Comité Central del
Partido Comunista de la Unión Soviética, junto con la policía de seguridad,
previó la creación de grupos de entre 75 y 100 hombres para la “guerrilla”, y de
30 a 50 hombres para “acciones de sabotaje”.
Para Service, los ataques de los partisanos soviéticos contra los alemanes
fueron más bien esporádicos. Sin embargo, Service calcula que, para mediados de
1942, existían 100 mil partisanos activos. Aquí, el recuento se acerca al de
Durand, puesto que, según éste, el 30 de mayo de 1942 se creó en Moscú un Estado
Mayor general para la guerra de los partisanos. Las cifras de Rees son
distintas. Para este historiador, algo sesgado, resulta difícil calcular el
número de partisanos soviéticos que lucharon contra los alemanes. Con todo, en
base a estimaciones recientes, Rees indica que ya para 1941 existían dos mil
destacamentos en combate (62 mil combatientes), y que para el verano de 1944 la
cifra pudo haber aumentado hasta 500 mil hombres (90 por ciento de los
partisanos no habría tenido contacto con las tropas oficiales soviéticas durante
la guerra).
Durand da cuenta de cómo, para 1943, el 50% de los grupos de partisanos
organizados estaba integrado por campesinos. Cifras aparte, Service tiene el
mérito de sugerir que los partisanos respondieron como pudieron al salvajismo
nazi, que buscó tomar represalias contra la población civil en las aldeas. Una
de las combatientes soviéticas más conocida fue Zoya Kosmodeyanskaia, torturada
y colgada por los nazis, y a la larga convertida en heroína nacional. Service
recuerda que, a modo de castigo, los alemanes llegaron a establecer la siguiente
regla: por cada soldado alemán muerto, se dio derecho a los ocupantes a fusilar
a cien habitantes del lugar, escogidos normalmente al azar.
Es, desde luego, una actitud muy distinta de la moral buscada por los
partisanos, empeñados en localizar únicamente (a riesgo de equivocarse) a los
traidores. Por lo demás, desde un principio fueron los alemanes quienes
obligaron a la población de las aldeas a entregar alimentos y abastecimiento, en
medio del terror y de la aparición de algunos “colaboradores”, a disgusto con el
poder soviético desde antes de la contienda. Ya en plena retirada, luego de la
derrota de Stalingrado, los alemanes no dudaron en arrasar a veces con cuánta
aldea encontraban a su paso (lo que muestra muy bien el filme de Klimov), y con
una saña inaudita contra la población civil.
4. EL EJÉRCITO ROJO, EL PÁNICO Y LE BEBIDA.
La historiografía oficial, las novelas y los filmes soviéticos de la segunda
posguerra pusieron una y otra vez el acento sobre el heroísmo de un pueblo y del
Ejército Rojo. Es indudable que el heroísmo existió, y que ameritaba ser puesto
de relieve. Sin embargo, no todo fue sobrehumano en el conflicto. También
ocurrieron otros hechos que sólo hasta ahora, con la desaparición de la Unión
Soviética, han podido conocerse con precisión.
Como Konstantin Simonov, Vassili Grossman describió a un pueblo heroico en la
batalla crucial de Stalingrado (hoy Volgogrado), en El pueblo es inmortal. Sin
embargo, otro historiador británico, Anthony Beevor, ha conseguido con una
investigación minuciosa poner al descubierto algunos aspectos desconocidos de lo
que ocurrió durante la guerra en la ciudad a las orillas del Volga. En total, de
acuerdo con Beevor, las autoridades soviéticas, en medio del caos, ejecutaron
alrededor de 13 mil 500 de sus propios soldados en Stalingrado, cifra
equivalente a más de una división completa de tropas. A partir de la narración
de Beevor, puede colegirse que en estas ejecuciones no faltaron los errores.
Entre los soldados, los hubo que, presas del pánico, se autoinflingieron heridas
para no tener que combatir. Otros aprovecharon las circunstancias para atreverse
a criticar al sistema: fueron ejecutados con frecuencia por “agitación
antisoviética”. Ahora se sabe que, en gran medida por hambre, no escasearon las
deserciones. En Stalingrado pelearon con uniforme alemán cerca de 50 mil
soviéticos, conocidos a veces como “hiwis”, lo que provocó el desconcierto de la
policía de seguridad de Stalin. La rendición era duramente castigada.
Si soldados soviéticos eran descubiertos rindiéndose al enemigo, podían ser
masacrados en el mismo lugar (y por la espalda) por sus compatriotas. Por otra
parte, nunca hubo forma de entenderse con las tropas de refuerzo enviadas desde
Asia Central, ya que no comprendían bien el ruso La 196ª división de fusileros,
por ejemplo, integrada en gran medida por kazajos, uzbecos y tártaros, tuvo
bajas tan graves que fue retirada del campo de batalla. La dureza de los
castigos era tal que, con las octavillas lanzadas desde aviones de guerra
alemanes, los soldados soviéticos ni siquiera podían enrollar un tabaco de
cigarrillo. Siempre en este orden de cosas, Beevor ha logrado mostrar como la
evacuación de muchos civiles de Stalingrado se llevó a cabo en el desorden más
absoluto.
Es lo curioso del caso: un ejército tan disciplinado como el alemán, sin duda el
mejor de Europa, aunque a la larga careciera de moral, fue vencido por un
Ejército Rojo que, en muchos aspectos, no correspondía a la imagen que se dio de
él después del conflicto, y que tuvo que actuar, no sin una brutalidad por lo
demás improvisada, en medio del caos absoluto, por lo menos hasta reagrupar
fuerzas y contar por ejemplo con excelentes francotiradores. No hay mucho de
extraño en lo que narra Beevor. Después de todo, el desconcierto que primó desde
el comienzo de la agresión, y que llevó a muchos a caer prisioneros o a huir,
prosiguió en Stalingrado hasta que la astucia y la rudeza vencieran a los
alemanes. Ese mismo desconcierto ocurrió cuando Moscú estaba a punto de caer, y
la policía de seguridad tuvo que contener el pánico de la población civil, a
veces recurriendo a métodos brutales, como el de disparar contra quienes
pretendían huir.
Otro aspecto igualmente pasado por alto, dentro de la historiografía oficial
soviética, es el estado de embriaguez en el que llegaban a combatir los soldados
del Ejército Rojo, aunque también ocurriera entre los alemanes. Pese a que
historiadores como Rees han mostrado sorpresa, no puede olvidarse que el vodka
casi siempre ha sido una defensa contra el frío extremo en la antigua Unión
Soviética. Algunos soldados que combatieron contra los alemanes, entrevistados
por Rees, han admitido que el vodka les daba además valor para el combate, que
exigía mucha resolución. Por su parte, Beevor también ha argumentado que la
embriaguez entre las tropas soviéticas no estuvo ausente en Stalingrado.
En algunas ocasiones, como ocurrió en el desastre de Járkov, los encargados de
la enfermería soviética simplemente se emborrachaban de impotencia y desolación,
al no poder hacer nada ante un gran número de heridos. El manejo que hace Rees
de todos estos hechos, aunque sea bienintencionado, no deja de ser dudoso. No
había razón alguna para que los soldados soviéticos, tomados por sorpresa y
obligados a un conflicto cruel, no respondieran con todo lo que tenían al
alcance de la mano. Poco o nada tiene que ver esto con la conducta que mostraron
mucho más tarde los soldados estadounidenses en Vietnam, que eran además los
agresores: con frecuencia, se drogaban no tanto para tener valor, sino para
evadirse de un conflicto del que entendían poco y en el que se tornaban
auténticos asesinos. No hay mejor ilustración de esta evasión que la que muestra
el filme Apocalipsis now.
5. ¿HUBO TRAICIÓN EN STALINGRADO?
Ya se ha dicho hasta qué punto, durante mucho tiempo, la historiografía
occidental atribuyó la derrota alemana en territorio soviético al “General
Invierno” y a los errores de cálculo del alto mando germano, que contó con una
victoria rápida en una guerra relámpago de seis semanas. La versión no es del
todo falsa. La derrota de Stalingrado ha sido atribuida ya sea a la testarudez
de Hitler, que cayó por ello en la ratonera que le colocó Stalin, ya sea a la
virtual traición de altos mandos alemanes, como Paulus.
Desde esta perspectiva, se puede concluir que el ejército nazi no era compacto,
sino que actuaban en él distintos líderes y grupos de interés. Lo desafortunado
de este enfoque es que no deja de recordar el que se adoptó en Estados Unidos
después de la guerra de Vietnam. Más que al heroísmo de los vietnamitas, el
fracaso fue atribuido por los militares a los “errores de los políticos”, que
habrían pensado más en términos electorales que en las posibilidades de una
victoria bélica aplastante.
Cuando el mariscal de campo Paulus y su 6º. Ejército se encontraron cercados en
Stalingrado, pensaron hasta el último que Goering cumpliría con la promesa de
llevar a cabo un puente aéreo para aprovisionar a las tropas alemanas ya casi
derrotadas. Por otra parte, los soldados germanos confiaron en que, mediante el
mariscal de campo von Manstein, se rescataría al 6º. Ejército del cerco. Sin
embargo, las tropas de Von Manstein corrieron el peligro de verse a su vez
atrapadas en el envolvimiento soviético, y tuvieron que retirarse.
Poco antes de la rendición alemana, Hitler ascendió a Paulus al cargo de
mariscal de campo, en lo que fue interpretado como una incitación al suicidio,
con tal de no capitular. Paulus declinó, mientras que, desde antes, los soldados
nazis en el frente interpretaban ya las alocuciones de Goering como un “sermón
fúnebre”. Hitler, partidario de pelear hasta el final por “la salvación de
Occidente”, parecía más empeñado en crear un mito que en la realidad. En medio
del fracaso, no faltaron los oficiales germanos que, sitiados, optaron por
quitarse la vida. Muchos no entendieron el motivo por el que se los llamaba a
luchar hasta el final, mientras que los altos mandos terminarían por salvar el
pellejo.
Heinrich Gerlach no se equivocó cuando escribió: “en Stalingrado la Wermacht de
Hitler se quitó la máscara que durante tanto tiempo había ocultado sus rasgos. Y
lo que se vio entonces fue repugnante”. Los altos mandos actuaban de manera
cobarde, y hasta como si se tratara de un asunto burocrático, mientras que en el
campo de batalla caían “los pequeños”, antiguos artesanos, obreros y otros. Fue
entonces cuando, curiosamente, el ejército alemán comenzó a humanizarse. Hitler
consideraba: “la obligación de los hombres de Stalingrado es estar muertos”.
Gerlach prefirió concluir: “hemos sido soldados del Führer. Aprendamos a ser
hombres”.
CONCLUSIONES
Si se reconstruye correctamente la secuencia de los acontecimientos, parece
claro que el factor humano tuvo un papel decisivo en la victoria soviética sobre
los alemanes durante la Gran Guerra Patria. La historiografía oficial soviética,
de manera hasta cierto punto explicable, recogió de dicho factor humano las
facetas más heroicas, que no escasearon.
Este factor, sin embargo, fue más complejo, y la historiografía occidental no
logra hasta ahora desentrañarlo a fondo. Desde la huída de altos mandos a
principios del conflicto hasta las violaciones de mujeres alemanas ya en la
marcha hacia Berlín, el comportamiento del Ejército Rojo no fue siempre
ejemplar, y mucho menos “convencional”. Tampoco lo fue el de los partisanos.
Obnubilados por la cuestión, los historiadores occidentales han llegado a
preguntarse qué pudo levantar la moral del ejército soviético hasta la victoria
de Stalingrado.
El eventual culto a Stalin, que no se practicaba demasiado durante el conflicto,
no parece una explicación decisiva. El miedo infundido por la policía de
seguridad, para obligar a los recalcitrantes a combatir, tampoco la es. Contra
lo que piensan una y otra historiografías, la soviética y la occidental, el
factor humano no está exento de contradicciones. Dos factores pueden haber
contribuido al valor de los soldados y los partisanos soviéticos: un profundo
apego y amor por la tierra (la “madre patria”), y una larga historia de
resistencia y temple contra toda suerte de intromisiones extranjeras.
Uno más puede tomarse en cuenta: si, a la larga, muchos soviéticos respondieron
como un solo hombre, puede haber sido por una tradición de obediencia (más que
de verdadera disciplina) que se remonta hasta los tiempos de la servidumbre, y
que el “despotismo asiático” de Stalin supo aprovechar.
BIBLIOGRAFÍA
-Arch Getty, J. y Naumov, Oleg V. (2001). La lógica del terror. Stalin y la
autodestrucción de los bolcheviques, 1932-1939. Crítica: Barcelona.
-Beevor, Anthony. (2000). Stalingrado. Barcelona: Crítica.
-Durand, Yves (1997).Histoire de la Deuxième Guerre Mondiale. Complexe : París.
-Gareev, Mahmud. (2007). “La agresión de la Alemania nazi contra la URSS fue
inevitable” Red Voltaire, 7 de julio.
-Gerlach, Heinrich (1960). El ejército traicionado. Barcelona: Noguer.
-Grossman, Vassili. (1944) El pueblo es inmortal. México: Astro
-Rees, Laurence (2006). Una guerra de exterminio. Hitler contra Stalin.
Barcelona: Crítica (introducción de Ian Kershaw).
-Service, Robert. (2000). Historia de Rusia en el siglo XX. Barcelona: Crítica.
AUTOR
Dr. Marcos Cueva Perus
Instituto de Investigaciones Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México
Email: cuevaperus@yahoo.com.mx
México D.F., 27 de noviembre de 2007
Compartir 
Publicación enviada por Dr. Marcos Cueva Perus
Contactar mailto:cuevaperus@yahoo.com.mx
Código ISPN de la Publicación EEAAFZFAZEcBVNrjmX
Publicado Thursday 3 de January de 2008
Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
ilustrados.com nace con el fin difundir el conocimiento publicando trabajos de investigación, monografias, tesis, presentaciones powerpoint y afines. Publicar trabajos en ilustrados.com ha alcanzado prestigio y reconocimiento internacional siendo cada vez más el número de académicos, empresas, investigadores, científicos que consultan las publicaciones de nuestro portal.
|