Monografias | Cuentos del PerúCuentos del PerúResumen: Se incluyen dos cuentos del escritor peruano Freddy Bravo Espinoza. El primero El sepulturero y la muerte y el segundo Las penas en el hotel abandonado, ambos se desarrollan en el distrito de Barranco, Lima - Perú. PARQUE
MUNICIPAL (1898) DISTRITO DE BARRANCO, LIMA,PERÚ,
DONDE VIVE FREDDY BRAVO ESPINOZA CUENTOS. 1.
EL
SEPULTURERO Y LA MUERTE EL
SEPULTURERO Y LA MUERTE Aquella tarde de primavera
Gustavo el sepulturero se encontraba arreglando las flores que los parientes de
los difuntos habían dejado a estos como recuerdo de su visita. Eran las cinco
de la tarde y pocos visitantes quedaban en el antiguo cementerio de Barranco
situado en la parte trasera de la capilla de La Ermita. “Si
la gente pensara un poco mas en la muerte viviría mejor y en paz con los demás”
pensaba el sepulturero mientras limpiaba las lápidas. - A
la muerte no hay que tenerle miedo, respeto sí pero miedo no – escuchó que
decía una delgada voz femenina-. Volteó
y se encontró frente a una joven vestida de negro que lo miraba fijamente.
“Parece que hubiera leído mi pensamiento”, -pensó Gustavo y sintió un
raro estremecimiento que recorrió su cuerpo-. La joven era de estatura alta,
delgada, de tez pálida y de ojos de color negro, “primera vez que veo a
alguien con ojos negros” pensó Gustavo. -
Mis ojos no son negros – dijo ella tranquilamente –ese es el color con el
que ves las cosas de este mundo-. Él
hombre se asustó más aún pues parecía un alma en pena, “pero un alma en
pena no sale de día sino solamente lo hace de noche, que raro” Pensó
nuevamente Gustavo quien preguntó a la recién llegada: - ¿Quién
eres y qué quieres? – todavía seguía asustado -. -
Soy la muerte y es algo real lo que estás viendo y sucede todos los días en
todo el mundo. Quiero que le digas a la gente que viene de vez en cuando a este
lugar que no me tema, pues yo sólo cumplo con mi tarea que es la de llevarme a
las personas al descanso eterno. -
Procuraré transmitirles tu mensaje, aunque sé bien que la mayoría de gente
quiere evitarte y hace lo imposible porque nunca llegues a sus vidas -con testó
el sepulturero. -
Nadie puede evitarme –prosiguió ella- porque he existido y existiré siempre.
La gente tiene que respetarme y no tenerme miedo como les ocurre a los cobardes
que no lo tienen para hacer daño a los demás, pero que si lo tienen
cuando saben que se van a morir. -
Tienes razón, pero ¿porqué me dices esto a mí, yo que tengo que ver con la
gente? Preguntó Gustavo ya más calmado y pensó que efectivamente no tenía
por que temer -. - Me
dirijo a ti por que ves a la gente solamente cuando muere alguien y te habrás
dado cuenta que muchos vienen solamente a acompañar a los muertos sólo por
cumplir, por aparentar algo que de repente nunca han sentido por el que ha
fallecido. Por el “qué dirán”. -
Hay gente que te venera señora muerte –dijo Gustavo- a veces he conversado
con personas que compran la imagen de la "santa muerte", ¿por qué lo
hacen? -
Por temor y créame que de santa no tengo nada... ¿Porqué? Simplemente porque
un ser santificado es un ser bendito por un Dios según los mortales, y yo
soy una deidad aparte de Él. Recuerda que Cristo también murió en la cruz,
hasta Él ha sufrido la muerte. - ¿A
quién sirves? Preguntó Gustavo quien se dio cuenta que la muerte era una joven
bonita y de mirada profunda -. -
Soy una deidad de nivel medio y sirvo a la naturaleza. Si yo no existiera, ¿te
imaginas cuántas personas habría en el planeta? Este no tendría lugar para
tanta gente y colapsaría. Además, no soy ni buena ni mala, soy simplemente
neutral. Hago mi trabajo no porque sea bueno ni malo, lo hago simplemente porque
debe hacerse. -
Pero la gente te representa de diversas maneras, ¿por qué? -
Para los católicos, soy un ángel por eso me llaman “el ángel de la
muerte” y me colocan con la figura de un ángel sobre las lápidas y mausoleos
de los cementerios como si fuera guardiana de los difuntos, los que me temen me
ven como un horripilante esqueleto con una guadaña, pero... a mi no hay que
temerme, simplemente hay que respetarme. Muchas de las personas que sé que me
veneran lo hacen porque quieren ganarse mi simpatía. Pero quieran o no morirán
el día, a la hora y en el lugar que les toque. En eso Gustavo volteó pues
escuchó los pasos de alguien que se aproximaba al lugar y al volver la vista la
muerte había desaparecido. Aquel
día Gustavo comprendió muchas cosas, efectivamente él tenía relación
solamente con personas cuyos familiares o amigos habían fallecido y en muy
raras ocasiones conversaba con otro tipo de vecinos. En realidad él vivía
acompañado de los muertos, trabajaba para ellos, pensaba en ellos, vivía cerca
de ellos y ahora había tenido el privilegio de haber conocido a la muerte que
no era como todos creen un monstruo con varias cabezas o un esqueleto de cuyos
orificios salen gusanos de todos los colores o una sombra siniestra que quiere
devorar a los mortales. Era más bien una esencia con pensamientos e ideas
propias que a él le parecieron adecuadas y reales. Esa vez decidió no temer más
a la muerte, pero sí respetarla.
Aquella,
era una tarde gris, como el espíritu de algunas personas, y en ella se
insinuaba una noche negra, como el vestido
de aquella muchacha que lloraba junto a una de las tumbas de aquel viejo
cementerio. Las lágrimas no puede decirse que fuesen lo que llamara su atención,
pues siendo Gustavo sepulturero
"profesional", los panegíricos, gemidos, sollozos, lloriqueos y
desmayos eran cosas que ya no le
conmovían desde hacía un buen tiempo. Pero esa tarde, se dio cuenta que cada
sollozo de la muchacha que en el aire se quebraba, iba apretando más y más su
corazón. Tanto es así, que se dirigió hacia donde estaba ella, buscó algo en
los bolsillos traseros de su pantalón pero su brazo se detuvo pues su mano,
crispada en actitud de derrota, parecía lamentarse de no llevar consigo un pañuelo
limpio que secara los ojos de aquella muchacha enrojecidos ya por el llanto que
brotaba de sus dolidas entrañas. Después de un buen rato la extraña muchacha
se fue por donde había ido al lugar. La vida de Gustavo cambió
de rumbo y de destino desde aquella tarde.
Diariamente, a las cinco de la tarde, las cotidianas labores de
"tumba", como lo llamaban sus pocos amigos y los que lo conocían
bien, se suspendían pues era la
hora en que puntualmente como un reloj inglés llegaba la muchacha vestida de
negro a llorar junto a una de las tumbas. Él la observaba silencioso y sin
ninguna pretensión. Hasta que un buen día se atrevió a preguntar a la
muchacha venciendo el miedo y la tristeza que lo agobiaban por verla en ese
estado: -¿Por
quién llora usted tanto señorita? Preguntó tímidamente -. Ella,
lentamente volteó su cabeza y lo miró unos minutos que a él le parecieron
siglos. ¡Que bella era! Tenía unos ojos verdes tan brillantes que
cegaron a Gustavo, sus labios parecían pétalos de rosa por si color rojo y sus
manos dos palomas blancas acariciando la tarde. Sin embargo, cuando ella quiso
responderle pareció que algo le anudaba la garganta y nuevos sollozos
ahogaron sus palabras. Nuevamente, después de un largo rato, mientras él la
observaba de lejos, ella partió de regreso a su hogar donde seguramente la
esperarían sus familiares. Esta
extraña situación no aclaró las dudas de Gustavo antes bien despertó su
curiosidad. Una mañana fue a curiosear a la tumba que la muchacha, de quien él
se había enamorado perdidamente, visitaba diariamente. Leyó la lápida y
apreció que en aquella tumba dormían el sueño eterno dos hombres; uno joven y
el otro ya adulto, fallecidos recientemente en un horrible y lamentable
accidente según se enteró después por terceros. En ese momento, Gustavo sintió
unos celos terribles y su corazón empezó a palpitar más rápidamente que de
costumbre, cuando pensó que quizá él mas joven había sido el novio de
aquella extraña muchacha de la que estaba enamorado, pero se calmó ante la
posibilidad de que tal vez fuesen padre e hijo los que allí yacían. Pero ello
tampoco aclaró sus dudas pues estaba casi seguro que la muchacha, dueña de su
corazón, nunca le diría por quien derramaba sus lágrimas. Un
viernes de invierno, cuando la espesa neblina invade Barranco esparciéndose por
calles y plazas con su manto gris, Gustavo estaba limpiando la tumba de un señor
a quien nunca visitaban sus familiares, a pesar de que este les había
favorecido bastante cuando estaba en vida. “Que ingrata es la gente con los
difuntos” pensaba el sepulturero ciando de pronto, sintió la presencia de
alguien detrás de él y al voltear ¡¡allí estaba la muerte mirándolo con
sus grandes ojos negros!! Él se asustó terriblemente pues pensó que volvía
para llevárselo con ella, pero la muerte le dijo con voz suave: - No
te asustes, no he venido por ti sino por otra persona que tú ya sabes quien es,
debes estar preparado para su viaje que es imposible cambiar pues ya está
destinada para irse al otro mundo. - ¿Destinada?
Te refieres a... -los pies le empezaron a temblar y creyó perder el
conocimiento pero no fue así-. La muerte continuó: - Es
mejor que estés preparado para que no sufras pues cuando las cosas suceden de
improviso es peor, se sufre más. - ¡Gracias!
¡Gracias por avisarme! – dijo él -. Ella desapareció. Cuatro
días después de haberle avisado, murió repentinamente de un ataque al corazón,
según se enteró después, la joven y triste mujer de la que Gustavo
estaba perdidamente enamorado. La noticia fue devastadora e Indescriptible, la
desesperación agobió el espíritu de aquel desdichado y solitario sepulturero.
Él sabía que debía sepultar para siempre el cuerpo de la dueña de su corazón.
Debía resignarse a no volverla a verla jamás llorar sobre la tumba. Sus tardes
volverían a ser tristes y solitarias como antes de conocerla. ¡Que dolor sentía! La
joven fue enterrada vestida de blanco, parecía una novia, su familia lo había
querido así pues había muerto virgen ya que nunca hubo hombre alguno en su
vida. De ello se enteró Gustavo, el sepulturero cuando uno de los familiares
fue a separar la tumba donde ella descansaría eternamente. Ello le causó gran
excitación pues él también era virgen y nunca había tenido contacto sexual
con mujer alguna a pesar de sus 43 años. El
entierro se realizó siguiendo todas las normas del protocolo fúnebre.
Asistieron a él sus familiares, amigos y personas de su vecindad que le
conocieron en vida. Hubo llantos, desmayos, gemidos y sollozos a los que Gustavo
ya estaba acostumbrado. Pero en esta oportunidad, él lloró de tal manera que
los familiares se quedaron extrañados. “Es que él la veía llegar y llorar
todos los días, seguramente se habrá acostumbrado a verla, por eso está
triste” dijo alguien, lo cual tranquilizó a los parientes de la difunta. La
noche fue llegando y poco a poco las personas se fueron retirando del campo
santo. Gustavo se quedó sólo y como siempre acompañado de los muertos en
aquel viejo cementerio. Pasaron los días y Gustavo estuvo sumido en la tristeza que
sólo dejan los que han sido amados por alguien en este mundo. Las tardes para
él se volvieron más tristes y solitarias sobretodo cuando el reloj marcaba las
cinco, hora en la que llegaba su amada todos los días. Un
viernes, los deudos se encaminaron nuevamente al cementerio a visitar la tumba
de la muchacha que había dejado a Gustavo prendado de ella. Y fue grande su
espanto al llegar a la tumba de la muchacha recién fallecida y encontrarla vacía.
Un sudor frío y un feroz estremecimiento recorrieron sus cuerpos y el temor
paralizó sus miembros por un
instante. Su asombro fue mayor, cuando buscando con afán por los alrededores,
pudieron ver, cómo, detrás de una tumba contigua, Gustavo se arrodillaba ante
el cuerpo desnudo de la recién muerta muchacha. Tenía la mirada perdida y
temblaba. Al verse
descubierto, "tumba" agachó la cabeza y permaneció así por unos
minutos. A pesar de la justa cólera y el espanto que sentían, los familiares
de la muchacha no interrumpieron aquel conmovedor silencio de Gustavo. De
improviso, el infeliz sepulturero levantó la cabeza y enseñando un vestido de
color negro que llevaba entre sus manos, dijo a los presentes con voz queda y
lastimera: -
Solamente quería vestirla con este traje que es parecido al que ella usaba
cuando venía diariamente a este cementerio, pues con él la conocí y con él
llegué a amarla y así quería que estuviera para siempre.
Algunos se conmovieron por aquella historia, pero otros lo tomaron por
los brazos y casi alzándolo en vilo lo llevaron a la Comisaría de la Benemérita
Guardia Civil del Perú de la Bajada a los Baños Municipales de Barranco donde
quedaba su local. Gustavo
fue encarcelado mientras esperaba un juicio por tan malsana acción. Aquella
noche en que se encontraba preso pensaba, como siempre lo hacía, “ahora ella
y yo no somos vírgenes pues nos hemos realizado como personas”, sonrió y se
puso a dormir. Había violado a la difunta en un acto puro de necrofilia, que es
la relación sexual con cadáveres. Por
todo ello, cuando Gustavo el sepulturero salía del local del Juzgado
aquella mañana, escoltado por los miembros de la Guardia Civil que le
conducirían a la Prisión Central de Lima llamada el Panóptico que estaba
situada en el espacio que actualmente ocupa el Centro Cívico de Lima, las
personas que habían presenciado el juicio comentaban las incidencias de este dándose
cuenta que aquel se había vuelto loco pues aparte de haber profanado la
sepultura de una difunta había violado a esta. Y
desde aquel entonces por los alrededores del lugar donde estuvo el antiguo Panóptico
de Lima, que hoy es el Centro Cívico y Comercial, se ve una figura misteriosa
que ronda por aquel lugar, sobre todo en las noches de luna llena cuando los espíritus
salen... a vagar por este mundo de horrores. Por
FREDDY BRAVO ESPINOZA. Derechos
Reservados. Copyright. Lima, Perú. Se autoriza la reproducción citando al
autor. LOS
FANTASMAS EN EL HOTEL ABANDONADO Entre
las calles Pedro Martinto y Tacna del distrito de Barranco en Lima, había en
los años 1960 una construcción grande que estaba abandonada. Perteneció,
entre los años 1930/40, a la Compañía Nacional Hotelera del Perú que funcionó
allí en esos años. Dicha organización formaba y entrenaba mozos y personal de
servicio para la industria hotelera de Lima, asimismo tenían un servicio de
lavado y planchado de ropa de cama y otros elementos que proveían a los
diversos establecimientos de hospedaje de la ciudad. Cuando
la empresa cerró sus operaciones a
fines de los años 40, después del devastador terremoto del 24 de mayo de aquel
año, el edificio y los terrenos que la circundaban quedaron abandonados cerca
de veinte años hasta principios de los años 60. La empresa que había
funcionado en aquel apacible lugar, luego de su cierre definitivo, dejó
aquel edificio de forma rectangular que abarcaba desde la esquina norte
de la calle Pedro Martinto y la cuadra cuatro de la calle Tacna hasta el malecón
Souza, al sur de aquel se hallaba la parte trasera del rancho de la familia
Dasso y una huerta donde se cultivaban frutas, verduras y hortalizas cuya
propietaria era la Congregación de las Franciscanas Misioneras de María. Al
lado norte del edificio abandonado había un terreno eriazo donde hubo casas que
fueron destruidas por el terremoto de 1940. Allí queda hoy en día la calle Las
Magnolias. En el interior del edificio abandonado había cilindros de cartón
llenos de sábanas que abastecían las necesidades de las casas de pensión y
hoteles de la época, ropa de cama usada, un antiguo piano
de origen europeo así como muebles diversos y enseres de todo tipo:
mesas, sillas, vitrinas, aparadores, cuadros, etc. El local tenía la forma de
un hotel, con una entrada principal en la tercera cuadra de la calle Pedro
Martinto, y en el interior había un pasadizo largo de forma rectangular que
parecía una galería a cuyos lados se hallaban numerosas ventanas de madera de
dos hojas con persianas del mismo material. En
el invierno la neblina invade el acantilado de Barranco y las calles aledañas a
él, y es en esa época del año cuando los vecinos del lugar escuchaban música
proveniente del piano y el sonido característico que originan las reuniones
donde hay muchas personas. Cuando algunos curiosos se acercaban al lugar no había
nada ni se escuchaba sonido alguno. El silencio asolaba el lugar y solamente el
viento frío que provenía del malecón producía un sonido que parecía un
silbido agudo, lento y misterioso. Sin embargo, algunas personas vieron en
diversas oportunidades sombras moviéndose en la oscuridad de la noche. Eso era
frecuente en aquella casa abandonada. A veces los muchachos barranquinos íbamos
a curiosear por el lugar. Solamente escuchábamos el ladrido de un perro cuando
todos sabíamos que en ese lugar no moraba nadie. Eso nos atemorizaba y
asustados nos íbamos corriendo. Sin embargo, cada cierto tiempo, volvíamos
“pues queríamos escuchar el piano” en las noches de luna del invierno
barranquino. Una tarde de verano, a
principios de los años 1950, cuando los muchachos de la patota de la Plaza
Torres Paz, recorríamos el balneario de Barranco haciendo palomilladas,
llegamos a la cuadra tres que es el final de la calle Centenario y
nos paramos frente a la casa de la familia Dasso situada al lado norte de
la misma, donde hoy en día hay un enorme edificio y cuya parte trasera daba a
la cuadra tres de la calle Pedro Martinto donde se hallaba la antigua empresa de
servicios para hoteles. Otros familiares de los Dasso vivían en la cuadra tres
del Paseo Sáenz Peña en la bella casona en la que actualmente se filman
telenovelas y funcionan Talleres de Teatro. Ese día los muchachos de la
patota decidimos apostar “quien era él más macho”, quien se atrevería a
ingresar al edificio de la calle Pedro Martinto. Decidimos
jugar al “Yan Ken Po” que es
un artilugio muy eficaz para lograr resultados en los sorteos o apuestas y se
juega con las manos entre dos personas. Influye el azar en las tres siguientes
opciones: Papel, envuelve la Piedra y gana - Piedra chanca la Tijera y
gana, y Tijera corta el papel y gana. En esta forma se comparan las dos jugadas
y gana el de la opción señalada, para lo cual se ponen las manos hacia atrás
y luego se muestran con la opción escogida. Después de varios intentos fueron
perdiendo varios muchachos y resultó ganador un amigo que vivía en la calle
Juan Fanning. Un muchacho “picón”, que así se llama a los que no les gusta
perder y nunca faltan, le dijo resueltamente: “si tú eres el más macho
quiero ver si te atreves a entrar a la casa de Pedro Martinto en la noche”. Él
contestó altaneramente: “yo no soy gallina como ustedes y lo haré, claro que
lo haré” y acordamos que sería la noche de un viernes de aquel verano del
1959. Luego nos fuimos del lugar. Pasó
el tiempo y llegó el día esperado para apreciar la valentía “del más macho
del grupo”. A las nueve de la noche nos dirigimos hacia la casa de la calle
Pedro Martinto. Al llegar, la calle estaba totalmente desierta y un silencio
sepulcral invadía el lugar. Nos atemorizamos, pero “el más macho” nos
dijo: -
Entraré a la casa por una ventana que tiene los vidrios rotos que hay en la
parte que da a la calle Tacna y que ayer he visto. Con
mucha seguridad en sí mismo, se dirigió resueltamente hacia el lugar indicado,
lo acompañamos y cuando ingresó al edificio por la ventana el resto de
muchachos nos fuimos a la esquina
para esperar sentados cuanto tiempo duraría en aquel lugar “el más macho del
grupo”. Al cabo de una hora de
espera escuchamos ruidos extraños, el sonido de un piano y el ladrido feroz de
un perro que parecía estar atacando a alguien. De pronto apareció nuestro
amigo corriendo, sudoroso y muy agitado quien pasó corriendo a nuestro lado
diciéndonos muy agitado: “vayámonos que allí penan” y siguió corriendo.
Nosotros hicimos lo propio. Al llegar a la avenida San Martín nos dirigimos
corriendo al Parque Confraternidad y allí en un lugar donde había juegos
infantiles, frente a las cuadras doce y trece de la avenida Grau, nos sentamos
en las bancas y él nos contó la siguiente historia: “Cuando
entré a la casa había un silencio sepulcral, yo tropezaba a cada rato con
muchas cosas que allí hay pues todo estaba totalmente oscuro. Llegue a un sitio
que parecía una sala grande y por el resplandor de la luz de la calle que
entraba por algunas ventanas sin vidrios me di cuenta que había un piano y
muchos muebles cubiertos con tela que parecían fantasmas sentados, esperándome.
Me armé de valor y me senté en
uno de ellos, cerré mis ojos y cuando estaba quedándome dormido de pronto el
piano empezó a tocar música europea, creo que era un vals de Strauss, lo sé
porque a mi padre le gustan mucho. Junté mis párpados para ver mejor en
aquella oscuridad y entonces vi que ¡¡en el piano no había nadie!! En eso,
apareció un perro enorme de color negro, sus ojos eran de color rojo y
brillaban en la penumbra, el animal empezó a ladrarme con ferocidad. Yo me
asusté y salí corriendo como alma que persigue el diablo. Me escondí en un
armario al que llegaba la tenue luz de la calle y me quedé allí largo rato
esperando que el perro se fuera. Cuando salí vi varios bultos que se movían de
un lado a otro, una luz brillante iluminó la sala y en medio de ella estaba una
niña, pálida como un cadáver, sus ojos y boca estaban huecos y mirándome
fijamente dijo: -
Yo he vivido aquí con mis padres que eran empleados de servicio, un día
fallecimos por culpa de la tuberculosis que mató a varios de los que aquí
trabajaban, pues les explotaban y hacían trabajar más de lo debido sin casi
darles alimento. Eso los fue debilitando y por ello muchos murieron. A mis
padres y a mí nos enterraron en un espacio que hay en el malecón frente a la
casa de los Dasso y salimos de vez en cuando a buscar quien no dé cristiana
sepultura. Por eso, cuando la gente pasa de noche por el lugar se asusta cuando
nos vé. Entonces
miré a mi alrededor y vi varios esqueletos que me miraban sonrientes como si se
burlaran de mí. Yo estaba muy asustado, y en ese instante, -recordando un
consejo de mi madre- me persigné y desaparecieron de inmediato. Yo quería
salir del lugar, pero debía cumplir mi promesa hecha a ustedes para ser el más
valiente de la patota y seguí explorando aquel pasillo largo y oscuro donde me
encontraba. Caminé hacia el lado oeste que da hacia el malecón y en ese
momento un olor nauseabundo y fétido penetró en el lugar, casi me asfixio por
eso grite tan fuerte como pude. Otra vez quise irme hacia la calle, pero mi
terquedad hecha valentía me impulsaba a seguir y al hacerlo sentí una extraña
presencia detrás de mí, yo no sabía que era pero la sentía pues cuando yo
caminaba ella también lo hacía, yo paraba y ella de igual forma. En ese
momento me molesté y sacando fuerzas de no sé dónde le grite: ¡¡Fuera de
aquí carajo!! Y la presencia desapareció. Sonreí pensando “he asustado a un
fantasma” y ello me estimuló para seguir explorando. Antes
de llegar a las ventanas que dan hacia el malecón -continuó relatando el
valiente muchacho- divisé un
cuarto y quise ver que había en él,
debo decir que felizmente podía hacer todo este recorrido porque por las
ventanas, que como les repito, tienen los vidrios rotos, penetraba la luz de la
calle Pedro Martinto. Ingresé al cuarto y vi varios bultos de forma alargada.
De pronto el lugar se iluminó –igual que en la sala- y noté que aquellos
bultos eran féretros en los que varios difuntos estaban sentados mirándome
sonrientes como los que vi en la sala donde
vi a la niña. Otra vez grité y todo desapareció. Ya no aguanté y salí
corriendo del lugar y por fin divisé las ventanas que daban hacia el malecón.
Me asomé a ellas y en la pista del malecón había serpientes de todos los
colores y tamaños que reptaban queriendo subir al edificio. Allí fue que me
puse histérico y empecé a correr a lo largo de todo el pasillo y a medida que
lo hacía vi a la niña, al perro, al piano, a los esqueletos y seguí corriendo
sin parar hasta hallar la ventana por la que entré. Y aquí me tienen y les
digo que “no soy tan macho como he querido aparentar ante ustedes”. Todos
escuchábamos aterrorizados. Después de un rato nos fuimos a nuestras casas
pues ya eran cerca de las doce de la noche, la hora en que las almas en pena y
los fantasmas, salen a pasear por las calles de Barranco. Por
FREDDY BRAVO ESPINOZA. Derechos
Reservados. Copyright 2005. Lima, Perú. Se autoriza la reproducción citando al
autor. DATOS
EL AUTOR. Lic.
FREDDY BRAVO ESPINOZA. Vive
en el distrito de Barranco, Lima, Perú. Este distrito es Ciudad Heroica, y cuna
de poetas, novelistas, cuentistas, narradores, músicos, periodistas,
intelectuales y artistas de diversas corrientes. J. Freddy Bravo E., es
Licenciado en Sociología y Bachiller en Ciencia Social por la Univ. Nacional
Mayor de San Marcos en Lima. Además, estudió Psicología en la misma entidad.
También es Analista Transaccional y Experto en Liderazgo, Motivación,
Comunicación y Relaciones Humanas. Es Fundador y actual Presidente del
INSTITUTO PERUANO DE RELACIONES HUMANAS-INPERH, institución privada sin fines
de lucro. Es, además, Consultor de Empresas e Instituciones peruanas y
extranjeras y conferencista internacional. Profesor universitario. Ha recibido
entrenamiento profesional con Expertos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia,
Guatemala, México y Estados Unidos de Norteamérica. Colaborador de Revistas
literarias de Panamá, Argentina y México. Ha publicado en México el libro de
Poesía “Canto a los Humildes Cotidianos” (1969) Actualmente es Colaborador
de los sitios web de: ALEMANIA
(Berlín): www.vulcanusweb.de/dialogando
ESPAÑA
(Madrid) :
www.aviondepapel.com/aterrizajesdepapel
www.cuentoypoesia.net/lst_text_all.php ARGENTINA(Rosario):
www.argentinaenletras.com/cuentoscortos
En
los que se han publicado cuentos suyos. Es
autor de los libros inéditos: 4.
“99 Cuentos de los distritos antiguos de Lima, Perú” 5.
“23 Cuentos de la Provincia constitucional del Callao” 6.
“Historia de Barranco: la comunidad y la clase media: 1940-1970”, 7.
“44 Cuentos: El Fantasma Erótico”, Además,
Cuentos Románticos, Cuentos de mujeres infieles, Cuentos Urbanos, Cuentos
Policiales, Cuentos de aventuras. Producido
por: FREDDY BRAVO ESPINOZA.
Copyright 2005 LIMA, PERÚ. E-MAIL:
freddybravo_escritor_peru@yahoo.com.ar GRACIAS
POR LEER MIS CUENTOS Publicación enviada por Freddy Bravo Espinoza Contactar mailto:Freddybravo_escritor_peru@yahoo.com.ar Código ISPN de la Publicación EEEAEkppVyZHdZncpD Publicado Saturday 18 de June de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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