Monografias | Reflexión periférica a la catástrofe de Antuco

Reflexión periférica a la catástrofe de Antuco

Resumen: Este Ensayo trata sobre el Servicio militar Obligatorio en Chile, teniendo como antecedente los sucesos trágicos, ocurridos en Antuco, Los Ángeles, Chile.

Publicación enviada por Luis Rodrigo Pino Moyano


 

Índice

A Modo de Introducción

La Historia de una Ley Maldita

La Antítesis de la Periferia

Terminando lo Interminable

 

“No quiero ir, mamita,

me maltrataron, me pegaron”.

Conscripto Pedro Soto Tapia (Q.E.P.D.)[i]

 

Resumen: Este Ensayo trata sobre el Servicio militar Obligatorio en Chile, teniendo como antecedente los sucesos trágicos, ocurridos en Antuco, Los Ángeles, Chile.

 

A Modo de Introducción.

Durante estos días, hemos sido conmovidos por la noticia de la muerte de más de cuarenta soldados conscriptos, para ser exactos 45, en la localidad de Antuco en la VIII Región. Hemos visto a través de los noticieros, el dolor, el sufrimiento, el desconsuelo, la consternación y la rabia producida en los familiares de estos jóvenes. Hijos, hermanos, nietos, sobrinos, que por cumplir su deber patriótico no volvieron, ni volverán, más a sus hogares. Sólo permanecerán en el recuerdo de sus sufrientes deudos.

Nuevamente, nuestro Ejército se ve involucrado en las páginas más negras de nuestra Historia. Lo fue masacrando, aplastando a sangre y fuego a nuestros compatriotas, a sus compatriotas, en 1830, en 1851-1852, en 1859, en 1891, en 1901, en 1903, 1905, 1906, 1907, 1934, 1946, 1957, 1962, 1967, 1969, y desde 1973 a 1989, entre otras. Lo fue aplastando a sangre y fuego a nuestros antepasados mapuches, en lo que los siúticos denominan pacificación de la Araucanía. Hoy, lo es a través de la negligencia de mandos del Ejército, enviando a una misión a conscriptos que no contaban con la preparación suficiente a la montaña, teniendo a la mano información de primera fuente de que el estado del tiempo iba a ser malo. Tormenta de nieve era el pronóstico[ii]. Allí se encontraron con el viento blanco (“tsunami blanco” lo llaman algunos entendidos), lo cual unido a su inexperticia trasuntó en sus muertes Ellos, con esa torpe decisión (“falta de criterio”, lo llamó el General Cheyre) cavaron la tumba de sus dirigidos.

            ¿Ese es el Ejército siempre vencedor y jamás vencido del que nos hablan?

Un grupo de historiadores señala: “La hoja de servicios de las Fuerzas Armadas muestra, en este sentido, un manchón que ha sido y es, histórica y políticamente, significativo. Ni Chacabuco o Maipú, ni Yungay ni La Concepción pueden lavar la afrenta que se ha cometido contra la propia ciudadanía”[iii].

Ante esto, quiero traer a la palestra un tema que linda en la periferia de éste. Necesaria e ineludiblemente, el tema ha salido a la discusión pública, y quiero brindar, a través de estas líneas, mi opinión respecto a este tema. Esta reflexión periférica tratará sobre el Servicio Militar Obligatorio.

 

La Historia de Una Ley Maldita

Vayamos hacia sus orígenes en nuestro país. Bajo el gobierno de Federico Errázuriz Echaurren, para ser exactos el año 1900, se dicta la ley de Servicio Militar Obligatorio. No pocos textos (especialmente escolares), señalan que esta medida fue una forma, por la cual, el ejército se acercaba al pueblo, a sus necesidades. ¿Pero es tan así? Eso es lo que veremos en las siguientes líneas.   

Partamos señalando que una de las ideas fuerzas de esta ley es la tesis del “enemigo interno”, la que, por lo demás, obliga a hablar de un “amigo interno”. Ya hemos señalado que esta ley se dictó en 1900, durante los regímenes parlamentaristas (posterior a la Guerra Civil de 1891 que derrocó a Balmaceda). Durante este último período de gobiernos liberales, se deseó construir en Chile un régimen desarrollista, nacionalista y descentralizado. Balmaceda se había dado cuenta que el Chile de fines de siglos no era el Chile de Portales. Según Gabriel Salazar, Chile, en ese período, era una sociedad asociada. Existían múltiples sociedades civiles, de trabajadores, de mujeres, políticas y sociales. A su vez, Balmaceda planteaba la necesidad de descentralizar el Estado, construyendo así una nación Federal. Ahí colisionó con la oligarquía. La oligarquía quería mantener centralizado el Estado, ya que así podía controlar la economía nacional, y repartir sus ganancias, como se reparte una torta, buscando su sólo beneficio. Prueba de ello, es que en forma posterior a la Guerra Civil el Estado siguió centralizado y el poder se repartió entre los oligarcas, en el sistema de gobierno llamado parlamentarismo. Entendamos que, la oligarquía, al constituirse como poder económico, prefiere el centralismo, ya que de esa forma hay mayor concentración económica. En otros términos, las mejores porciones de la torta se reparten entre unos pocos. Por lo que, la descentralización iba a disminuir y malograr su trastocado poder. Trastocado, debido a que, por la abolición de los mayorazgos[iv] en Chile (1857), este poder se encontraba subdividido. En síntesis, nos encontramos con una clase social, la oligarquía que pretende dominar al país políticamente, o que lo domina, y para ello se sirve del poder económico, militar y eclesiástico. El poder económico les trasunta poder político. El poder militar y eclesiástico les sirve como fuerza de contención. El ejército con su poder armado y la iglesia con su silencio justificador (“el silencio otorga”, dicen). A su vez, se hace necesario ver la naturaleza de esta clase dominante. G. Salazar señala detalles importantísimos en cuanto a esto: “Los hechos históricos, en este sentido, son elocuentes: nunca, en el siglo XIX –ni tampoco después- la nación ‘en pleno’ (tiene que ser en pleno para que sea Nación) elaboró un proyecto país por el cual todos los chilenos, de consenso, se jugaran después. Si se busca identificar concretamente al actor histórico denominado ‘nación’ a partir de los hechos a través de los cuales se construyó ‘el’ proyecto nacional dominante en el siglo XIX, no se encuentra en todo ese siglo nada semejante a eso. Jamás apareció en escena tal actor. Y es legítimo pensar que, si no aparece la Nación actuando como tal en los hechos que convirtieron un proyecto histórico ‘x’ en ‘él’ proyecto dominante, entonces éste no es ‘nacional’, y lo que se presenta como ‘nación’ en este caso no sería un actor real, pleno, actuando con soberanía, sino una ficción discursiva. Podría ser cualquier cosa, pero no lo que se quiere hacer creer que es… La mayoría de los cientistas sociales (historiadores incluidos), a coro con los políticos de todos los tiempos, han respondido, sin dudar: ‘los terratenientes’. Y se han apresurado a añadir, convencidos: ‘ellos eran los únicos que estaban en condiciones de construir una Nación y un Estado Nacional’. Donde ‘los únicos’ quería decir: ‘no importa cómo lo hicieron, o que el 90% de los habitantes del territorio no hayan tenido arte ni parte en lo que Diego Portales y los generales Prieto y Bulnes hicieron a ese respecto, a sangre, fuego y jaula de hierro, desde 1829. Si haciendo eso violaron los derechos cívicos y humanos de los pipiolos, los liberales, los freiristas, los o’higginistas y los rotos alzados ¿qué importa? Si violaron algún derecho es preciso olvidarlo. El interés de la Patria lo exige: los grandes terratenientes estaban construyendo la Nación y el Estado Nacional. Ni los rotos, ni los mapuches, ni los pipiolos podían hacerlo. Gracias a esto, tuvimos una Constitución Política modelo en América Latina, que duró 100 años. Reverenciemos, pues, a los héroes políticos de la Patria’. Tal fue –y es- el ‘discurso fundador’. Claramente en este discurso, la Nación (asimilando el concepto general ‘Patria’) es el escudo que encubre, protege y legitima al actor particular que fundó, en 1829, de cualquier modo, el Estado Nacional. El cual, según la tradición, fue la clase ‘terrateniente’. La Nueva Historia ha demostrado, sin embargo, que ese actor no fue la clase terrateniente, sino la oligarquía mercantil. Razón por la que se puede hablar de un segundo ‘encubrimiento’: detrás de los grandes terratenientes se ha ocultado a los grandes mercaderes de entonces. Pues Diego Portales no fue sino el instrumento político (como los generales Prieto y Bulnes lo fueron en lo militar) del capital mercantil local, virreinal y mundial. Y esto no es un detalle intrascendente: los grandes mercaderes, a diferencia de los grandes agricultores y campesinos, no son tributarios del terruño y de la patria, sino del Mercado Mundial. Son, por naturaleza, librecambistas. Y por tanto, no tienen Patria. Y no es porque sí que el Estado ‘pelucón’ levantado a sangre y fuego en 1830 no evolucionó hacia el proteccionismo de la economía ‘nacional’ sino hacia el librecambismo, que abrió las puertas de par en par al intercambio ‘mundial”[v]. Concuerda muy bien con lo que plantea el poeta Vicente Huidobro en su Balance Patriótico: ¡Pobre país; Hermosa rapiña para los futres! Y así   vienen, así se dejan caer sobre nosotros; las inmensas riquezas de nuestro suelo son disputadas a pedazos las casas extranjeras y ellos viendo la indolencia y la imbecilidad troglodita de los pobladores del país, se sienten amos y les tratan como lacayos, cuando no como a bestias. Ellos fijan los precios de nuestros productos, ellos fijan los premios de nuestra materia prima al salir del país y luego nos fijan otra vez los precios de esa misma materia prima al volver al país elaborada. Y como si esto fuera poco, ellos fijan el valor cotidiano de nuestra moneda. -Vengan los cuervos. Chile es un gran panizo. A la chuña, señores; corred todos, que todavía quedan migajas sobre la mesa. ¡Es algo que da náuseas! Chile aparece como un inmenso caballo muerto, tendido en las laderas de los Andes bajo un gran revuelo de cuervos. Frente a la antigua oligarquía chilena, que cometió muchos errores, pero que no se vendía, se levanta hoy una nueva aristocracia de la banca, sin patriotismo, que todo lo cotiza en pesos y para la cual la Política vale tanto cuanto pueda sacarse de ella. Ni la una ni la otra de estas dos aristocracias ha producido grandes hombres, pero la primera de ellas, la de los apellidos VINOSOS, no llegó nunca a la impudicia de esta otra de los apellidos BANCOSOS. La historia financiera de Chile se resume en la biografía de unos cuantos señores que asaltaban el ERARIO NACIONAL”[vi]. Ante tan elocuentes palabras, se agrava más la falta del ejército, ejército que defendió y protegió a una élite que más que estar impregnada de una visión de país, se interesaba más de su beneficio individual (valga la redundancia). Bajo esta perspectiva librecambista, es que, se justifica la venta de materias primas a bajo costo, con mano de obra barata (salitreros que reciben salarios en fichas canjeables sólo en la pulpería del Administrador).

 Sumado a esto se halla el despertar del pueblo. No podía pasar mucho tiempo en que los oprimidos reclamaran y lucharan por sus derechos (negados). Los anhelos de justicia, de igualdad, de fraternidad, de emancipación, no pudieron ser quebrantados ni por las espadas ni por las balas ni por la opresión de los poderosos. La sangre de muchos obreros, peones, trabajadores e intelectuales, sería la semilla que germinaría, en nuestro país, con el surgimiento de la voz fuerte de un movimiento obrero (político, sindicalista, vindicador), que buscaba como fines a su labor la emancipación y la soberanía popular. El historiador Luis Vitale señala a este respecto que: El proletariado de nuestro país también se incorporó a la ola de ascenso del movimiento obrero mundial. Su característica de país semicolonial no lo impidió desarrollar sus organizaciones de clase, paralelamente a la de los países altamente industrializados”[vii]. El movimiento popular, tuvo una tremenda evolución. En un principio, el proletariado desarrolló su lucha de una manera mal enfocada. Hernán Ramírez Necochea señala que: “La generalidad de las veces no  perseguía sino una cosa: ganar con violencia o con el empleo de procedimientos considerados ilícitos, lo que se quitaba por medio de la violencia legitimada o institucionalizada a base de muy clasistas concepciones del derecho y de la moral. Era frecuente también la venganza personal, si no contra el opulento explotador, a lo menos contra sus representantes en las faenas, fueran ellos administradores, mayordomos o capataces. Es decir, las primeras reacciones de la clase obrera tomaron las formas que Engels calificaba como la más grosera y horrible rebelión: el delito, sea robo, saqueo o asesinato”[viii]. Habría que situar como año clave a 1880. En forma posterior a este año, el movimiento popular chileno, tuvo una gran evolución… deja su primitiva forma de lucha, para entrar en un etapa de definición ideológica y política predominantemente socialista a partir de la formación de la Segunda Internacional Socialista en 1889. Se crean movimientos políticos, sindicales, los cuales desarrollan organizada, por lo cual, poderosamente, huelgas y manifestaciones; es “en el fragor de estos combates, en el enfrentamiento cotidiano, se va templando la conciencia proletaria; la capacidad de lucha de los trabajadores se acrecienta y sus organizaciones se perfeccionan, adquiriendo orientaciones y fijándose objetivos cada vez más perfectos. En estos combates está la justa reivindicación económica que se expresa en petitorios o pliegos más coherentemente elaborados, que sirven de plataforma; está la motivación legítima y claramente definida de las protestas callejeras. Pero, en ellos hay también inequívocas manifestaciones de que en el espíritu de la clase obrera están tomando cuerpo las concepciones socialistas”[ix]. Es, entonces, frente a esto, que la oligarquía genera una forma para defender lo que ellos creen como suyo propio. No podía tolerarse tal “atrevimiento-insolencia”. Un facineroso representante de esta oligarquía expresó que: “Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable vendible, ella no pesa ni como opinión ni como prestigio”[x]. Es así, como estos “dueños de Chile”, generan una serie de medidas políticas y económicas para oprimir más al pueblo-masa, que estaba cobrando toda lo fuerza posible para levantarse contra el status quo. Entonces a través de sus instrumentos de fuerza, procedieron a arrestar, torturar y masacrar a estos rotos alzados. Los empresarios y los patrones de fundo, impusieron más carga horaria, trabajos más pesados, castigos para los ineficientes (insubordinados). Entre estos, especies de prisión, o el famoso cepo, además de, la creación de listas negras, con la finalidad, de perpetuar la exclusión de los insolentes.

Pero, había que tomar una medida, que extirpara de raíz esta problemática, tal como se extirpa un cáncer. No podía haber metástasis. No se podía seguir exterminando más trabajadores, ¿quién trabajaría, o peor aún, quien se sometería a los pies de los amos absolutos, dueños (usurpadores) del erario nacional?

Es así como se origina, cual “ley maldita”, esta Ley del Servicio Militar Obligatorio. El gestor de esta ley fue el general alemán Emilio Körner, instructor militar y profesor de la Escuela Militar y de la Academia de Guerra[xi]. Según la historiadora María Angélica Illanes, esta Ley  fue uno de los golpes estratégicos más certeros, dados por el régimen contra el movimiento obrero nacional, por lo tanto, tuvo gran repercusión en la historia del siglo. Es que el pueblo se aprestaba para su lucha y, el régimen se preparaba para su defensa. ¿Qué es lo que se hace con esta Ley? Es construir un ejército con los miembros del propio pueblo. ¡Son los hijos de estos rotos alzados los que empuñan los fusiles a favor y en defensa de la élite! Aquí tomamos la tesis del enemigo interno y lo señalado en el párrafo anterior. La mejor forma de extirpar el cáncer rojo, fue haciendo un lavado de cerebro en los jóvenes, “fenómeno que se realiza a través de la colonización interna de las fuerzas sociales potencialmente productoras de infidelidad”. Magistralmente, con la belleza de su pluma, M. A. Illanes señala que, más que disciplina, esto “consistía en otorgarle poder corporal para extraerle poder mental; en entregarle poder físico individual para extraerle poder social. Se trataba de la fundación de su cuerpo como fusil erecto, pene mecánico no precisamente para el amor”. El gran Luis Emilio Recabarren, señaló, en cuanto a esta ley: “El atentado más infame que se lleva a cabo en estos momentos es el cumplimiento de la odiosa ley del servicio militar obligatorio. / Cundo se aprobó esta ley la fustigamos con toda la energía que nos fue posible, pero lo confesamos verdaderamente, nunca comprendimos los desastrosos efectos que está encaminada a producir entre las clases trabajadoras. / Desde hoy, cuando se efectúa esta inscripción en todo el país, juramos vengarnos de los miserables que han atentado tan temerariamente contra lo que más apreciamos: la libertad; los derechos que nos otorga la Constitución”. Ante esto, la burguesía se presentaba “como una enorme fiera que se abalanza sobre nosotros en estridentes convulsiones para devorarnos con su eterno apetito de sangre popular”[xii]. A la vez, existen variados textos de la época, que señalan, que “el pueblo se enroló gustoso en el Ejército, deseando episodios de gloria, de bandera y de patria, con paga de $10 mensuales y vestido de uniforme, fusil y bototo (dejando atrás su “patipelao” pasado peonal), factores suficientes para parir otro hombre adicto/institucional y desadaptado de clase”. En definitiva, como señalara Recabarren, estos soldados se constituían en “verdugos de sus propios hermanos de trabajo”. Ante este mecanismo de defensa de los grupos elitarios, quienes detentaban el poder, el pueblo se defendió a través del lápiz. “Arma erecta, conectada a la corriente iracunda de su mente, de su voluntad y de su utopía”. Estos textos, trataban de despertar las mentes y las conciencias de estos jóvenes soldados, “sacándoles el jefe de la conciencia, criticándoles los procedimientos militares del cuartel; retándoles por la sumisión a que se sometían, pareciendo borregos, cuando ellos eran semilla fecunda”. Uno de estos escritos exhortó al pueblo-soldado: “¿Qué hacéis, pobres parias del cuartel, supeditados a vuestros jefes en todos vuestros juveniles anhelos? ¿No ha sonado todavía para vosotros la hora de razonar un poco sobre vuestra triste situación personal i sobre el papel que presentáis ante la sociedad? ¿Tenéis ojos y no veis que están defendiendo la causa de un puñado de políticos, falsificados con el nombre de patriotas?... No, jóvenes, no continuéis sometidos a tan bárbaras instituciones: no seáis vosotros el azote de los hombres de bien, no contribuyáis al sometimiento a un estado de cosas tan anómalo e inmoral… Sublévate, soldado, vosotros i no ellos sois los dueños de la fuerza. Servid a vuestros padres, a vuestros hermanos y amigos: ellos constituyen la patria de la paz, que es la única patria aceptable”[xiii].

Luego de toda esta reflexión histórica, ¿podría uno justificar la existencia del Servicio Militar Obligatorio? La respuesta que doy es: NO. ¿Cómo justificar una ley cuyo origen es controlar socialmente al pueblo, no permitiendo su emancipación y crecimiento? ¿Cómo justificar el “lavado de cerebro” efectuado en los jóvenes, lo que, como gran resultado ha dado el servilismo lacayuno ante “el” poder fáctico de aquellos que son dueños del dinero, y que, cada vez más, se adueñan de lo que nos pertenece a todos, privándonos de nuestros derechos fundamentales, humanos y ciudadanos? Cuando los fundamentos son malos, no podemos esperar nada bueno de lo que se construye encima (si no creen, pregúntenles a los ingenieros del Hotel Miramar en Viña del Mar). Por ahí, alguien dijo que “nuestra esencia está en lo que fuimos”. No podemos retrotraernos a esta realidad. “El monopolio de las armas, que la Nación ha confiado a los institutos uniformados, no autoriza en ningún caso a volverlas contra el propio pueblo”[xiv].

 

La Antítesis de la Periferia.

Antes de concluir este escrito, quiero ir contra mi propio título. No quiero hablar desde la periferia, sino desde “dentro” al caso Antuco. No me voy a referir a las decisiones técnicas y militares ni de las tácticas “faltas de criterio” que trasuntaron en esta catástrofe. Quiero hablar de la reacción de gentes ligadas al ejército o, de personas que simplemente se dieron el espacio libertario para opinar sobre esto. La primera cita a la que me quiero referir, es a la de un himno en homenaje a los conscriptos fallecidos, encargado por el nuevo comandante del regimiento, Coronel Patricio Espinoza, a un anónimo oficial. La letra dice así: “Morir en la montaña/ fue el destino que Dios reservó/ para ungir a los bravos soldados/ del Antuco inmolados de honor (…) Camaradas, eternos valientes/ convocados al frente mejor/ en sus pechos los blancos laureles/ de los héroes entrega valor/ Que su ejemplo refuerce mi empeño/ que la patria reciba esta flor/ que por siempre su ejemplo perdure/ del Antuco inmolados de honor”[xv]. Ha sido muy común, en la historia de la humanidad, tratar de justificar varios hechos (sinistros, trágicos o vergonzosos), cual desvarío místico, con el gastado, pero rotundo, “Dios lo ha querido así”. No es bueno, envolver en un manto de supuesta religiosidad las injusticias ni las catástrofes producto de la irresponsabilidad de los humanos. A su vez, ¡qué fácil es levantar héroes en nuestro país! ¿Los necesitamos? Con esto, no quiero decir ni dudar de la valentía de éstos jóvenes. Para nada. Pero no mistifiquemos el asunto. Éstos jóvenes no fueron héroes, fueron mártires y/o víctimas de la irresponsabilidad y la estupidez de sus líderes. Con esta parafernalia, se quieren librar del mea culpa tan necesario e ineludible que deben hacer como Institución. Sacrificando algunos chivos expiatorios no van a conseguir mucho. La sangre, los sueños, las esperanzas, las proyecciones de estos jóvenes, vale mucho más que condecoraciones, himnos y desfiles de homenaje. Estos difuntos conscriptos y sus familias requieren de justicia “a secas”.

 También, quiero sacar a colación, una carta de un lector al diario “Las Últimas Noticias”, intitulada la Carta del Día. Esta carta fue escrita por el Suboficial Mayor del Ejército ® Héctor Arriagada Araya. Él dice en su misiva: “La terrible pero heroica muerte de los jóvenes chilenos en Antuco servirá para que se tome conciencia, por parte de los políticos sobre todo, de lo importante que es que nuestro Ejército cuente con implementos de primera calidad para el cumplimiento de su misión. Y no es menos importante decirles lo orgulloso que me siento por estos soldados. A pesar de la actitud negativa de muchos personajes, que lo único que buscaban era sacar dividendos para denostar y expresar todo su odio por esta gloriosa institución, y lo que significa el Servicio Militar. Este grupo de héroes demostró que, no por ser pobres, de familias humildes, se presentaron todos a reconocer cuartel como lo hacen y lo harán siempre los chilenos bien nacidos, y que en tan poco tiempo nos han dado una lección de lo que significa el honor militar. Éstos son los legítimos herederos de nuestros próceres. Dios bendiga a esta casta de madres y permita que su sacrificio no sea en vano”[xvi]. De esta emotiva y apologética misiva, quiero extraer, algunos puntos que aparecen acentuados por mí. Primero que todo, creo que existe la conciencia de que el Ejército, como toda institución pública, debe contar con los instrumentos de primera calidad para cumplir sus finalidades, si no fuera así, gran parte de la ganancia producto del cobre no iría a las Fuerzas Armadas. Pero, sin miedo a equivocarme, creo que es dentro del Ejército donde se debe tomar conciencia de que los implementos y equipamientos de primera calidad no sólo deben ser usados por la oficialidad del instituto armado. Los conscriptos también deben ser tratados como seres humanos, por lo cual se les debió haber entregado el equipo necesario para ir a la alta montaña con condiciones espacio-temporales adversas. Como señaló un poeta ante este hecho: “La precaución no es cobardía” (texto a citar posteriormente). Segundo, no creo que la gente que ha opinado en forma divergente a la versión oficial del Ejército, entre los que, modestamente, me incluyo, seamos personajes de actitud negativa. Lo que me motiva a escribir, no es la odiosidad ni la finalidad de denostar por denostar a la institución, llamada Ejército de Chile. Lo que me motiva a escribir, es salir al paso de la realidad. Como chileno que soy, anhelo que llegue el día en que todos podamos sentirnos orgullosos de “nuestras” Fuerzas Armadas. Pero uno no se puede sentir orgulloso por la negligencia, la irresponsabilidad, ni mucho menos por una institución que violó sistemáticamente los derechos fundamentales de otros chilenos y con uno de los agentes de control social, el servicio militar obligatorio, que busca preservar el orden preestablecido por los “patrones del fundo”, por aquellos que gustaban (y gustan) llamarse “dueños de Chile”. Y, en tercer lugar, debemos preguntarnos: ¿Quiénes son los “chilenos bien nacidos”? ¿Serán aquellos chilenos que sólo se han dedicado a acatar las leyes nacidas bajo el resguardo de las bayonetas[xvii]? Pero aquellos chilenos que nos oponemos, que cuestionamos, o lisa y llanamente, no quisimos cumplir con el servicio militar (¿deber patriótico sacrosanto?), somos malos chilenos, malos ciudadanos. Si ser un chileno mal nacido, es aquél que anhela decidir por sí mismo su futuro, y que el pueblo, libre y soberanamente, proyecte su futuro colectivo basado en la igualdad y justicia social, en el bienestar común y en la felicidad colectiva, me alegro de llevar un título así. Pero mientras los chilenos bien nacidos  sigan oprimiendo, aplastando, destruyendo al pueblo individuo-colectivo, les seguiremos cuestionando y criticando, no criticando por criticar, sino por el anhelo de vivir en paz y de construir una sociedad mejor donde podamos vivir libremente, en el sentido verdadero de la expresión.

Qué mejor forma, de terminar este punto, en mí opinión, que citando a un poeta de Los Ángeles. Marcelo Moncado, publicó su poema “Precaución no es Cobardía”, en el diario “La Tribuna” de Los Ángeles. El indignado[xviii] poema dice: “Se ha puesto una enorme sombra sobre mi suelo angelino/ les han segado el camino en estúpida maniobra/ la cordillera les cobra a justos por pecadores/ dejando ver los horrores que viene a sembrar la muerte/ ya no bastará la suerte ni rendir grandes honores”[xix].

 

Terminando lo interminable…

            Finalmente, quiero señalar algunos puntos conclusivos. Hiperbólicamente, algunos han señalado, que se deben eliminar las Fuerzas Armadas. Ante eso, declaro que no es mí opinión. Las Fuerzas Armadas deben cumplir la función de resguardar nuestra soberanía y cumplir las funciones de ayuda a la sociedad cuando ésta lo requiera (en caso de catástrofes naturales, por ejemplo). El Servicio Militar, tampoco debiera ser abolido. Pero su carácter obligatorio debe ser eliminado. Los jóvenes que van al Servicio Militar no van a morir en él. Pero cuando se dan estos casos, es muy distinto cómo se asume cuando se confrontan el deber hacer con el querer hacer. Creo, que la gran mayoría de las personas, cuando piensa en la muerte, anhela morir haciendo lo que a uno le gusta, habiendo cumplido sus metas y sueños. Pero a muchos, el servicio militar se les interpone como una valla insoslayable. Muchos de los jóvenes que murieron cumpliendo su deber estaban realizando el Servicio como voluntarios. ¿Pero que pasa con los que murieron y no estaban ahí voluntariamente? ¿Qué pasará cuando se de el caso contrario? ¿Es que, ni a morir en paz se tiene derecho? Pero, el punto más importante, en cuanto a la obligatoriedad, es la contradicción del deber con otros deberes. Se supone, que las personas, en nuestro país, a la edad de 18 años, son mayores de edad, con todo lo que eso implica. Uno a esa edad tiene amplias facultades para decidir por su futuro. Es más, se invita a participar del ejercicio democrático. Pero los mayores de 18 años, hombres, no pueden decidir si hacer o no el servicio militar. Tienen que hacerlo, es un deber patriótico, son chilenos bien nacidos. Al no poder zafarse de esta ley, podemos contemplar el mito de democracia que tenemos. Es una democracia tutelada por los poderes fácticos de la Nación. Es una democracia, en que los resultados de las encuestas hechas a las afueras del Portal Lyon, o por teléfono a las familias pudientes, son las que tienen gran incidencia en nuestro país, las presentan como la realidad misma. Los que ostentan el poder le tienen miedo a la democracia real. Se inspiran en la tesis de Samuel Huntington: “Poca democracia asegura gobernabilidad, mucha, la inestabiliza”[xx].

Esta tesis democrática, es inseparable de un derecho humano (o ciudadano), más bien, el derecho humano por excelencia: la memoria. Gabriel Salazar señala que: “la voluntad social de recordación no puede anonadarse en el simbolismo ni anquilosarse en el temor del posible retorno de la fuerza. La voluntad social de recordación es el único antídoto conocido contra la voluntad política de matar. El único germen capaz de desarrollar al máximo lo que la fuerza no puede matar. Por esto, si participar es peligroso, también es un deber. Un imperativo histórico. Un irrenunciable derecho ciudadano”[xxi].

He escrito recordando el pasado, reflexionando el presente y proyectando el futuro, en definitiva, hice Historia. En estos días, mientras ustedes leen estas líneas, la sangre y el dolor de asesinados y torturados dentro del Servicio Militar, reclaman elocuentemente por justicia. Nosotros, los que no hicimos el Servicio, o que lo postergamos por razones de estudio, nos unimos a ese clamor denunciante. Y esperamos, que más adelante, ojalá pronto (soñar no cuesta nada), esta ley maldita sea abolida, para que los futuros jóvenes decidan por sí mismos, para que puedan, y podamos, experimentar verdadera democracia. Veremos…

 

Luis Pino Moyano

teo_histogeo@yahoo.es

Estudiante de Licenciatura en Historia y Ciencias Sociales.

Puente Alto, 20 de Junio de 2005.              

 


[i] Fragmento de una carta del Conscripto Pedro Soto Tapia a su madre, el día 15 de Diciembre de 1996, “antes de retornar por última vez al regimiento Yungay en San Felipe, tras un domingo de franco. Tres meses después, una patrulla de boys scouts encuentra su cráneo, su mandíbula inferior, su clavícula, algunas costillas. los fémures y otros huesos en la cueva de un cerro”. Tomado de: The Clinic. Publicación Quincenal. (Santiago: Jueves 16 de Mayo de 2002, Año 4, Número 77), p. 13.

[ii] Ventisca o Tormenta de Nieve: Es una condición de tiempo severo caracterizada por temperaturas muy bajas, vientos de 55 Km. /h o más, junto con la caída de nieve lo que reduce la visibilidad a 300 metros o menos por un período de por lo menos 3 horas. Una ventisca severa tiene temperaturas cercanas o inferiores a los 12 grados Celsius bajo cero, vientos superiores a 72 Km. /h y visibilidad reducida por la nieve a casi cero”. (tomado de Diccionario Meteorológico, en http://www.meteochile.cl/).

[iii] Manifiesto de Historiadores: Contra los que torturan en nombre de la Patria. Texto firmado por varios historiadores, entre ellos Gabriel Salazar, Julio Pinto, María Angélica Illanes, Sergio Grez y el sociólogo Tomás Moulian. Tomado del semanario: El Siglo. (Santiago: Nº 8.894 del 24 al 30 de Diciembre de 2004, Año 64), p. 7.   

[iv] Sistema que permite que el conjunto de bienes se mantenga dentro de una familia, ya que, estos son heredados por el primogénito de una familia, el cual, tenía la obligación de no venderla, dividirla ni traspasarla, aunque sí, debía asegurar el sustento del resto de la familia.

[v] Salazar, Gabriel. Proyecto histórico social y discurso político nacional. Chile, siglo XIX en: Loyola, Manuel y Sergio Grez (compiladores). Los Proyectos Nacionales en el Pensamiento Político y Social Chileno del Siglo XIX. (Santiago: Ediciones Universidad Raúl Silva Henríquez, 2002), pp. 155, 156, 157.

[vi] Vicente Huidobro. Balance Patriótico. (Documento escrito con motivo de la candidatura presidencial del poeta en 1925).

[vii] Vitale, Luis. Historia del Movimiento Obrero. Declaraciones de Principios. (Santiago: Editorial POR, 1962), tomado de http://galeon.com/psvalparaiso/mobrero.html. El texto citado brinda una clara evidencia: que el movimiento obrero, es netamente nacional. La influencia foránea se reduce, de esta manera, sólo al plano ideológico-filosófico.

[viii] Ramírez Necochea, Hernán. Origen y Formación del Partido Comunista de Chile. Ensayo de historia política y social de Chile. (Moscú: Editorial Progreso, 1984), p. 29.

[ix]  Ibídem, p. 42.

[x] Declaración de Eduardo Matte. Tomado de “El Pueblo”, 19 de Marzo de 1892. Citado por Ramírez Necochea, Op. Cit., p. 41.

[xi] Orellana, Carlos. El Siglo en que Vivimos. Chile 1900-1999. (Santiago: Grupo Editorial Planeta, 1999), p. 16. Citado por Illanes, María Angélica. La Batalla de la Memoria. Ensayos históricos de nuestro siglo, 1900-2000. Biblioteca Bicentenario. (Santiago: Grupo Editorial Planeta, 2002), p. 172. 

[xii] Recabarren, Luis Emilio. El Servicio Militar Obligatorio. 3 de Febrero de 1901, en La Democracia. Citado por Illanes, M. A. Ibídem, p.25.

[xiii] La Democracia, 21 de Abril de 1901. Articulo: “A los Soldados”, firmado por L. F. Citado por Illanes, M. A. Op. Cit., p. 26, 27. Todo este párrafo está constituido por una síntesis realizada por mí, del libro de María Angélica Illanes: “La Batalla de la Memoria”. Op. Cit., pp. 24-27, 172. Las citas literales aparecen en cursiva y entre comillas (“…”).

[xiv] Manifiesto de Historiadores: Contra los que torturan en nombre de la Patria. Op. Cit., p7.

[xv] Andrés, Marcela (periodista). Misterioso oficial hizo el himno. Diario: Las Últimas Noticias, Santiago, 28 de Mayo de 2005, p. 4.

[xvi] Arriagada Araya, Héctor. Sección: “Cartas”. Diario: Las Últimas Noticias, Sábado 28 de Mayo de 2005, p. 8. Las acentuaciones son mías.

[xvii] Pensamiento inspirado en las palabras del historiador Gabriel Salazar en el Seminario de Derechos Humanos, Memoria y Ciudadanía, realizado por el Instituto del mismo nombre, en Noviembre de 2004.

[xviii] Indignado, por que manifiesta la indignación popular, la nuestra, en definitiva.

[xix] Citado por Andrés, Marcela, en “No les pueden llamar héroes de la paz”. Diario: Las Últimas Noticias, Martes 31 de Mayo de 2005, p.3.

[xx] Salazar, Gabriel. Voluntad Política de Matar, Voluntad social de Recordar (A propósito de Santa María de Iquique). En: Varios Autores. A 90 años de los sucesos de la Escuela de Santa María de Iquique. (Santiago: LOM Ediciones, Dirección de Archivos, Bibliotecas y Museos (DIBAM), Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Universidad Arturo Prat, 1998), p. 300.

[xxi] Ibídem, p. 302.

 

Autor.

Luis Rodrigo Pino Moyano.

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Publicado Monday 27 de June de 2005

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