Monografias | Formación docente: entre la realidad y la utopíaFormación docente: entre la realidad y la utopíaResumen: La vida de los enseñantes, docentes, profesores, académicos o cualquiera de los nombres con los que se conoce a quienes de una u otra forma (decidida, fortuita o voluntariamente) hemos incursionado en el hecho educativo, ha sido objeto de estudio de numerosos investigadores y teóricos decididos a escudriñar en esta “caja de pandora” que constituye el quehacer cotidiano de la docencia.(E) La
vida de los enseñantes, docentes, profesores, académicos o cualquiera de los
nombres con los que se conoce a quienes de una u otra forma (decidida, fortuita
o voluntariamente) hemos incursionado en el hecho educativo, ha sido objeto de
estudio de numerosos investigadores y teóricos decididos a escudriñar en esta
“caja de pandora” que constituye el quehacer cotidiano de la docencia. Todos
hemos transitado en algún momento de nuestra vida por un aula, en calidad de
alumnos o de maestros y quizás eso sea lo que hace de la docencia una de las
actividades más conocidas y (quizás por eso) una de aquellas acerca de las
cuales todos creemos tener una opinión formada y no dudamos en externarla. La
“actividad social más solitaria del mundo” como se ha conocido al ejercicio
docente durante mucho tiempo, ha sido estudiada por propios y extraños,
generando una cantidad substancial de información en torno a ella. Particularmente
el tema de la formación de docentes ha ocupado una buena cantidad de la
producción investigativa y analítica de nuestro tiempo. Los rudimentos de la
misma se ubican en el intento de clarificación conceptual respecto al término.
La polisemia propia del término, ha llevado a realizar intentos de clarificación
terminológica que marcan los esbozos de la teorización en el ámbito docente. Así
pues encontramos en ocasiones como sinónimos los términos de educación,
formación, enseñanza, instrucción, adiestramiento, cultura, etc. Sin embargo,
también es posible encontrar claras diferencias entre los mismos, dependiendo
del tratamiento que se les de y la intencionalidad del investigador o teórico. Para
efectos del presente ensayo, me permito trabajar con el concepto de formación,
abordándolo desde una perspectiva histórica-contextual, para lo cual es
necesario recuperar los enfoques bajo los cuales se ha abordado el concepto de
formación a lo largo del tiempo. Los
enfoques que en su desarrollo histórico ha seguido la formación de profesores
son el resultado de la aplicación de políticas y núcleos de interés que han
dado lugar a modelos con orientaciones diversas. Los principales enfoques de
formación son el cultural,
identificado fuertemente durante los años cincuenta y caracterizado por el énfasis
puesto en la asimilación y reproducción de la cultura y el fomento de los
valores patrios. El funcionalista, el
cual es concebido como un mecanismo social de acumulación y transmisión del
conocimiento científico y tecnológico acorde con las necesidades de producción.
El marxista, con el cual surge el
binomio de docencia-investigación como posibilidad integradora de la práctica
docente y cuyo énfasis está puesto en la transmisión de la ideología de la
clase dominante. El de profesionalización,
que es evidente en la década de los ochenta y surge como un proyecto de corte
académico-laboral cuya finalidad era formar y profesionalizar al personal
docente y académico con miras a lograr un desempeño eficiente de sus
funciones. Final y recientemente, surge el enfoque innovador,
enmarcado en la globalización y el acelerado incremento de las producciones
científicas y tecnológicas, con los cuales surgen nuevos modelos educativos
como los de educación abierta y a distancia. Este
enfoque surge a principios del siglo XXI y promueve “programas
interdisciplinarios e interinstitucionales que vinculan los procesos de formación
teórica con la práctica docente en los centros escolares, y busca el
desarrollo profesional permanente mediante programas y proyectos que rebasan los
ámbitos de las instituciones tradicionales” (Álvarez García, 2002: 45). Considerando
lo anterior, me permito ubicar el concepto de formación dentro de la
perspectiva innovadora, la cual orienta el ejercicio de la formación hacia la
generación de conocimiento, el uso y aplicación de las nuevas tecnologías de
la información y la promoción de valores humanos específicos como la
tolerancia, la paz, la ética global y el desarrollo sustentable. La
formación entendida en este marco explicativo, implica el reconocimiento de una
sociedad con ciertas características de orden específico, tales como: el
desarrollo de prácticas que buscan el bienestar común, la aplicación de políticas
de desarrollo acordes a las necesidades y requerimientos sociales no solamente
de las clases privilegiadas, sino de las más desprotegidas, la generación de
conocimiento al servicio de la sociedad en general, la conformación de cuerpos
de trabajo, estudio e investigación que generen estrategias y proyectos de
apoyo a los que menos tienen. Actualmente,
la idea que se tiene del profesor responde más a las necesidades sociales
(proveniente de lo que Liston y Zeichner, en 1993 llamaron tradición de la
eficacia social) del contexto en el
que se desenvuelve. Así pues, mientras que para los países desarrollados y
constituidos en un esquema económico de libremercadeo, el ideal de profesor
descanse más en una concepción utilitarista (enfoque basado en normas de
competencia), para los regímenes opuestos y con una mística “social” el
profesor debe conservar su investidura de trabajador social. Además
de lo anterior, existen supuestos básicos de identificación teórica respecto
a los planteamientos de orden educativo. Así pues encontramos un primer
supuesto acerca de la naturaleza de los fines que se persiguen en el acto
educativo, los cuales deben ser claros, sin ambigüedades y perfectamente
alcanzables. Otro
conjunto de supuestos corresponden a la naturaleza de quien debe ser educado, el
sujeto epistémico. Para
hacer recomendaciones serias sobre cómo debe enseñárseles y con qué fin. Por
último los supuestos que
determinen que en ciertas circunstancias, ciertos medios son más idóneos para
lograr un fin de acuerdo a la naturaleza del conocimiento que pretendemos enseñar.
Debe haber recomendaciones detalladas para que dichos medios sean
utilizados para lograr el fin deseado (Muñiz, 2005, febrero). Considerando
lo anterior, es necesario revisar puntual y efectivamente la situación que
guarda en el momento actual la educación superior y, más concretamente, la
formación de formadores. En
este sentido, la política de formación permanente se vuelve una inaplazable
necesidad. La formación permanente, específicamente del profesorado,
constituye “un subsistema específico, dirigido al perfeccionamiento del
profesorado en su tarea docente, para que asuma un mejoramiento profesional y
humano que le permita adecuarse a los cambios científicos y sociales de su
entorno” (Imbernón, 1994: 13). La
idea de perfeccionamiento del profesorado, lejos de ser una reminiscencia de los
planteamientos más ortodoxos de la tecnología educativa, constituye un intento
reivindicador del ejercicio docente. La perspectiva que subyace a este
planteamiento de “perfeccionamiento” está directamente relacionada con los
ideales que sustentan a la teoría crítica, desarrollada consistentemente, en
el ámbito educativo contemporáneo, por McLaren, quien sostiene que la escuela
puede dejar de ser ese aparato reproductor de que se valen las sociedades
poderosas para convertirse en un espacio de formación, alfabetización y
desarrollo crítico de los estudiantes. Obviamente, esta idea lleva aparejada la
concepción de un docente con características acordes a una sociedad crítica,
reflexiva y “propositiva”. Este
es, precisamente, el punto más álgido de la discusión en torno a la calidad
de la enseñanza, de los procesos educativos y de los productos que la escuela
entrega a la sociedad. El
papel del profesor como sujeto de cambio, como promotor de actividades
generadoras de conocimiento y no solamente como transmisor de aprendizajes
caducos e irreflexivos, es una exigencia de nuestro tiempo que tiene su origen
fundamentalmente en el creciente desarrollo científico y tecnológico y el
permanente papel rezagado de la escuela ante una sociedad del conocimiento cada
vez más demandante. Elliot
(2000) propone que los docentes vivan un proceso de formación permanente a través
de mecanismos de actualización formal e informal, habla del reconocimiento de
los saberes del docente y de la imperiosa necesidad de sistematizarlos y
recuperar la enorme riqueza que existe tras la experiencia de todos y cada uno
de ellos. Desarrolla una propuesta de investigación encaminada a la
transformación de la realidad cotidiana La
formación permanente del profesorado es una necesidad real, sentida y expresada
no solamente por los usuarios de la educación sino por los propios docentes.
Los docentes demandan en la actualidad, mejores y mayores oportunidades de
desarrollo y crecimiento, demandan la conformación de cuerpos de profesionales
que analicen y den respuesta a las necesidades educativas surgidas de las
propias aulas, exigen el reconocimiento de sus saberes en el planteamiento de
las nuevas políticas educativas. El
planteamiento crítico recupera la idea de transformar la práctica docente a
partir del ejercicio del razonamiento permanente, la sistematización de los
saberes, el reconocimiento de la realidad y sus condiciones y el desarrollo,
aplicación y evaluación de una propuesta de intervención (Imbernón, 1998).
De esta forma surge el planteamiento de la investigación-acción como una
estrategia de investigación válida para una tarea práctica como lo es la
docencia. Algunos
de los obstáculos en la formación permanente del profesorado, según Imbernón
(1994) son de orden organizativo (tanto de la administración como
del profesorado), y de transmisión de contenidos (por la permanente
demanda de soluciones mágicas y automáticas, por parte de los docentes y su
consecuente decepción al no ver satisfechos sus requerimientos cuando se ven
inmersos en un proceso formativo). Pero
quizás, la problemática más fuerte a la que podría enfrentarse una
iniciativa de formación de docentes como agentes de intervención e innovación
educativa, sería quizás la renuencia de los mismos a formar parte de este
proceso formativo. La formación crítica implica la resignificación de nuestra
propia práctica, implica un desprendimiento de aquello que nos resulta (en
ocasiones dolorosamente) cercano y que nos involucra personalmente. La formación
de docentes es una tarea especial por las características propias del objeto de
intervención. Una
de las especificaciones que tiene la formación de los enseñantes es que es una
formación doble: el oficio de enseñante exige una formación científica,
literaria o artística (a esta formación se le suele llamar académica) y una
formación profesional que a veces se reduce a una formación pedagógica, pero
la cual ahora se reconoce que incluye otros aspectos que se relacionan con la
inserción institucional, con las tareas de concertación, de gestión, de
orientación, etc. (Ferry, 1990). En
este sentido, podemos decir que se antoja, como una alternativa de solución a
la problemática del desconocimiento de las implicaciones culturales, afectivas,
sociales y psicológicas del campo educativo; estudiar a los docentes desde una
perspectiva émica (es decir, desde el
interior de la misma), por aquellos que son actores principales de este proceso. Este
permitiría medir la problemática que enfrenta dicho proceso y su complejidad
como objeto de investigación. Realizar
un análisis desde dentro acerca de la formación docente, según Chehaybar y
Kuri (1999) permite ubicar algunos rasgos que adopta la práctica docente en el
nivel superior, la cual se puede ubicar en los márgenes de los enfoques
tradicional y técnico, donde la tarea que se asume es la transmisión de
conocimientos de la disciplina que se imparte. En consecuencia la formación
docente es concebida como un espacio en el que los profesores fortalecen su
dominio de la disciplina, se actualizan y además adquieren las herramientas didáctico-pedagógicas
que les permitan desarrollar su labor. Esto se corrobora con las características
de las demandas de formación que los docentes plantean a las instituciones. Una
de las razones que pueden explicar esta idea en los docentes tiene que ver con
el supuesto de que a mayor conocimiento e información sobre la disciplina y la
profesión, mejor será su desempeño. Es decir, el acento está puesto en el
conocimiento profesional del profesor, dejando de lado las características
personales, habilidades, destrezas y tipo de relaciones que establezca con el
grupo de alumnos a los que atiende. Así, el "docente
deseado" o el "docente eficaz" , según Torres del Castillo (en
Muñiz, 2005, febrero) es caracterizado como un sujeto polivalente,
profesional competente, --agente de cambio, practicante reflexivo,
profesor investigador, intelectual crítico e intelectual transformador que ·
domina los saberes ·
ejerce su criterio profesional
para discernir y seleccionar desde la diversidad ·
comprende la cultura y la
realidad locales, ·
desarrolla una pedagogía
activa, ·
participa en la elaboración de
un proyecto educativo, ·
trabaja y aprende en equipo, ·
investiga, como modo y actitud
permanente de aprendizaje, ·
toma iniciativas en la puesta en
marcha y desarrollo de ideas y proyectos innovadores, ·
detecta oportunamente problemas desarrolla y ayuda a sus alumnos
a desarrollar los conocimientos, valores y habilidades necesarios para aprender
a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, y aprender a ser;
entre otras… Otro
de los rasgos que caracterizan la práctica docente de los profesores del nivel
superior es la reflexión acerca de los procesos educativos en los que
participan. En este sentido, el grado de reflexión descrito por los profesores
pocas veces se orienta hacia la transformación de su práctica y más
frecuentemente está instalado en el rechazo a los métodos tradicionales de
formación permanente, en el indefectible y sistemático reconocimiento de las
carencias epistémicas, teóricas y metodológicas que prevalecen en el ámbito
educativo. Probablemente
cada cierto tiempo se cumple una condición histórica para confrontar la
realidad con la utopía, quizás este momento sea uno más de los espacios de diálogo,
ruptura, encuentro y desencuentro que permitirán a los profesores asumir el
control de su propio proceso formativo y comenzar a desarrollar prácticas
innovadoras tendentes a transformar su propia práctica y dejar de lado la idea
de cambiar al mundo a través de la imposición de la voluntad propia en el
actuar ajeno. Álvarez
García, Isaías (2002). Nuevos sistemas de formación docente para la
educación básica en un nuevo siglo. México: IPN/IFIE Chehaybar
y Kuri, Edith; et. Al. (1999).Hacia el futuro de la formación docente en
educación superior. México: UNAM/CESU Elliot,
J. (2000). El cambio educativo desde la investigación-acción. Madrid,
España: Morata. Ferry,
Gilles (1990). El trayecto de la formación. Los enseñantes entre la teoría
y la práctica. México: Paidós. Imbernón,
Francisco (1994). La formación del profesorado. Barcelona, España: Paidós. Imbernón,
Francisco (1998). La formación y el desarrollo profesional del profesorado.
Hacia una nueva cultura profesional. Barcelona, España: GRAO. Liston,
D. P. y Zeichner, K. M. (1993). Formación del profesorado y condiciones
sociales de la escolarización (Pablo Manzano, Trad.). Madrid: Morata. Muñiz,
Manuel (2005, febrero). Documento de trabajo en power point para sesión de
clase doctoral. UNIVERSIDAD
PEDAGÓGICA DE DURANGO Publicación enviada por Delia Inés Ceniceros Cázares Contactar mailto:tbarraza@terra.com.mx Código ISPN de la Publicación EEEFEZpVEpODteNSKS Publicado Sunday 10 de April de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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