Monografias | Acercamiento a las diferencias entre el modelo de gestión de colecciones norteamericanas y europeasAcercamiento a las diferencias entre el modelo de gestión de colecciones norteamericanas y europeasResumen: Sería ridículo negar que hoy por hoy, los distintos profesionales relacionados con el tema de la museología, ya sean conservadores, políticos, historiadores o académicos, tengan como referente al modelo de museo Norteamericano. Algunos idolatran este supuesto modelo, otros lo rechazan, y otros simplemente lo aceptan como un esquema más entre tantos otros. Pero ¿qué es exactamente el modelo de museo norteamericano y de donde proviene? Sin duda la respuesta está en su excepcionalidad. Al igual que tienen una historia distinta, también la problemática es diferente. De hecho, sería una perogrullada recordar que las colecciones norteamericanas son en gran parte el fruto de la legislación del siglo XIX sobre donaciones, aportaciones financieras o tributarias.(V) ÍNDICE Introducción
Origen
del modelo Norteamericano Privatización
de los museos, un modo de supervivencia
-
El modelo Metropolitan
-
Otros modelos
La
financiación norteamericana, contrapunto de la europea
¿Contenedor
o contenido como indicador de prestigio?
Sistemas
híbridos o modelos americanos adaptados para Europa
bibliografía
Introducción Sería
ridículo negar que hoy por hoy, los distintos profesionales relacionados con el
tema de la museología, ya sean conservadores, políticos, historiadores o académicos,
tengan como referente al modelo de museo Norteamericano. Algunos idolatran este
supuesto modelo, otros lo rechazan, y otros simplemente lo aceptan como un
esquema más entre tantos otros. Pero ¿qué es exactamente el modelo de museo
norteamericano y de donde proviene? Sin duda la respuesta está en su
excepcionalidad. Al igual que tienen una historia distinta, también la problemática
es diferente. De hecho, sería una perogrullada recordar que las
colecciones norteamericanas son en gran parte el fruto de la legislación del
siglo XIX sobre donaciones, aportaciones financieras o tributarias. Este modelo
museístico no se adapta con facilidad al modelo europeo, poseedor de su propia
historia, idiosincrasia y razón de ser. La pregunta que podría surgir es, si
los museos europeos deben mirar al otro lado del charco para modernizarse, o
hasta qué punto eso es conveniente. Origen
del Modelo Norteamericano Los
primeros museos de arte se crean en Norteamérica hacia 1870, cuando se crearon
los primeros estudios de historia del arte en el país, en la Harvard
University. Pasará poco tiempo hasta que surjan las primeras leyes fiscales que
impulsen el desarrollo de museos ligados a la universidad. Con los últimos
coletazos del siglo XIX cambiarán muchas cosas en estas instituciones, al igual
que sucederá con los últimos del XX. Al mismo tiempo que se creaban las
primeras colecciones, también surgieron los primeros conflictos de concepto,
hablamos de John Cotton Dana y de Paul Sachs. Este último, después de ser
director de la Biblioteca Pública de Denver y en Newark
(New Jersey), fundó el Museo Newark; a los treinta y siete años se
convirtió en el director adjunto del Museo Fogg en Harvard. Para él el
profesional museístico debía ser un erudito con amplísimos conocimientos en múltiples
áreas, y la entidad a la que estaría al frente, enfocada en la labor
conservadora de su colección, con una postura pasiva respecto a programas para
el público. Nada más lejos de esta teoría que la de Cotton Dana, pues para él
era básico integrar totalmente a la comunidad, para educarla y hacerle
accesibles las colecciones. Con
ello distinguimos dos suposiciones antitéticas, la del museo utilitario volcado
en el público y el museo como almacén de una colección. En el momento de que
una de sus características respectivas dejara de cumplirse, ese modelo habría
fracasado; en pocas palabras, en el caso de Cotton Dana, en el momento que no
sirviera a la comunidad, el museo no tendría razón de ser. A
ojos contemporáneos puede parecer que las teorías de Sachs eran erróneas,
pero lo cierto es que fue él quien instituyó el primer curso universitario en
Harvard en los años 30, donde se formarían las próximas generaciones de museólogos
estadounidenses. Aunque no hubiera hecho nada más, sólo con esta contribución
Sachs habría dejado su huella en la historia del arte como el gran mecenas de
la profesión, puesto que aquellos pupilos trabajarían en los más importantes
museos del país. Fue así como la Universidad de Harvard se convirtió en un
referente fundamental para los estudios museológicos no sólo de Norteamérica[1] sino en el resto del
mundo. Universidades como Oxford o Cambridge siguieron sus pasos mucho después,
de hecho, hoy en día, estas universidades británicas sólo cuentan con una cátedra
en sus departamentos de Historia del Arte. Se puede considerar hoy en día que
la formación académica de museólogo “connoisseurs” nació en EE.UU.
Sucedió en Harvard en 1874, la primera clase de Historia del arte. En sus
clases, siguiendo el modelo de Sachs, los estudiantes adquirían un conocimiento
enciclopédico del arte. En
este punto podríamos preguntarnos si el saber como se enseña historia del arte
en instituciones como Harvard puede tener interés para acercarnos al modelo
actual de gestión norteamericano. En realidad esta diferencia paradigmática
con respecto a las teorías europeas que hemos visto en América (apartándose
del objeto como referencia y tendiendo en todo momento hacia la politización de
la historia del arte) tiene importancia por el simple hecho de que hasta ese
momento de auge post-modernista, como ya hemos mencionado, tuvo una larga y
distinguidísima tradición formando y produciendo futuros profesionales. Si
podemos considerar que este énfasis continúa vivo y es sobradamente conocida
la influencia de esta universidad sobre otras instituciones, también podemos
temernos el grado de politización actual en los museos americanos como veremos
más adelante. Adaptarse:
nuevos tiempos y nueva problemática. No
obstante, la situación ha cambiado desde aquellos primeros pasos, en el sentido
de que los directores no son “connoisseurs”, sino que están ampliamente
formados en finanzas, administración empresarial, marketing, leyes, y sobre
todo, preparados en términos políticos. Y es que desde los años 60 los museos
de Norteamérica han comenzado a enfrentarse a nuevas problemáticas generadas
también por los nuevos tiempos; los historiadores del arte no estarían
preparados para hacer frente a la creciente hostilidad proveniente del gobierno
federal. En una época en que se secaban las fuentes filantrópicas de origen
privado y en el que las artes sufren profundos recortes en el gasto público que
en otros tiempos le era destinado, un mero erudito de historia no podría sacar
la colección adelante, ya fuera esta pública o privada. Son
circunstancias difíciles que crearon fuertes presiones en los conservadores,
administradores, y hasta en los pedagogos museísticos. En la década de los 90
surge una problemática nueva: encontrar dinero se puso todavía más difícil,
e incluso los gestores tuvieron que ponerse al día para evitar escándalos
asociados a procedencias oscuras de algunas adquisiciones de obras de arte, así
como errores colosales de atribución. Fallos algunos piadosamente silenciados y
otros pocos, de dominio público. Un ejemplo fue el falso vaso griego del
ceramista Eufronios o una escultura griega de bronce, cuyo gran escándalo
estallaría al ser delatados por su propio falsificador. Como
de si una venganza hacia los museos se tratara el director del Metropolitan de
Nueva York afirmó: Los
museos son de una manera creciente entidades más complejas, más grandes, más
dependientes de la filantropía particular, y de la coyuntura del mercado para
su exitoso funcionamiento; así que los conservadores tienen que desencaramarse
de su torre de marfil, remangarse y entrar en múltiples y ajenas faenas”[2]. Es
un período en el que también se intentan solucionar los problemas monetarios
por medio de ventas. De hecho sigue siendo un método todavía muy habitual en
los museos americanos, mucho más que en Europa, puesto que supone aceptar el
principio de que el trueque es legítimo en una colección subvencionada por el
gobierno. En 2000 el director del Guggenheim, Thomas Krens volvió a estar en el
ojo del huracán al vender un chagall, un kandinsky y un
Modigliani a cambio de una colección
de Panza di Bruno[3].
O más recientemente, los últimos herederos de la colección Whitney han
vendido hace apenas unos meses en la subasta Sotheby’s, 44 de sus más
valiosas obras en teoría para actualizar su colección. Lo cierto es que muchos
ponen en duda que lo hayan conseguido mínimamente[4].
Para evidenciar la negligencia que se viene cometiendo en este museo desde hace
50 años recordaremos como anécdota que en 1949, con la justificación de
utilizar el dinero para nuevas y mejores adquisiciones, se vendieron todas las
obras anteriores a 1900. Cuando los asesores se percataron de su incompetencia
suma intentaron recuperar aquella obras de los siglos XVIII y XIX, pero para
entonces resultó difícil, amén de costoso, rehacer una colección disgregada. Como
producto de ese interés en el cambio de las colecciones estadounidenses, y
tratando de evitar errores imperdonables como el recién mencionado, surgirá ya
desde fines del siglo xix,
una nueva figura muy cercana a los directores. Nos referimos al asesor
historiador de arte. Al igual que en sus empresas de tipo comercial, el
hombre de negocios lanzado a la búsqueda de obras maestras se rodeaba de uno o
varios expertos, pagándolos de acuerdo con su valía. La práctica explica que,
aún en la actualidad el personal científico de los museos desempeña en
ocasiones el papel de consejero de importantes coleccionistas privados, sin que
ello se considere contrario a la deontología profesional. La tradicional
simbiosis entre el coleccionista y el museo, entre el “amateur” y el
especialista, ha producido las vastas y depuradas colecciones de las
instituciones semi públicas, a cuya cabeza figura el Metropolitan. Los
asesores también están en íntima relación con la necesidad de lavar la
imagen del museo mediante la adquisición de obras “maestras”, como si fuera
una “vedette” artística. Pero esa búsqueda a ultranza se realiza a menudo
sin reparar en la existencia del código ético que los museos deberían
observar. Código que fundamentalmente establece que tales instituciones deben
abstenerse de adquirir piezas de procedencia ilícita. Privatización
de los Museos, un modo de supervivencia Partimos
de la base de que fuera de Estados Unidos la inmensa mayoría de los museos no
son estatales, a diferencia del resto del mundo, sobre todo si nos referimos a
países comunistas en que lo público es directamente proporcional a lo justo[5].
Pero también es cierto que lo privado normalmente resulta más eficaz. En
Europa occidental, los museos son responsabilidad del gobierno de la nación,
normalmente del Ministerio de Cultura, si es que lo hay, o del gobierno local.
En cambio, en Norteamérica los museos más importantes están divididos
entre el gobierno local que posee el solar y el edificio, y un consejo de
administración que en un sentido formal o legal, posee la colección, aunque no
puede utilizarla en beneficio de sus miembros... al menos en teoría. Este es el
caso del Art Institute of Chicago o el Metropolitan. El
modelo Metropolitan El
museo es fundado en 1870 -al sumarse una serie de colecciones privadas prestadas
para la ocasión- de acuerdo a un estatuto reconocido por la ley del estado de
Nueva York. En virtud de sus orígenes y su tradición posee un estatuto
particular. En primer lugar por que a pesar de ser una institución abierta al público,
no tiene un carácter estatal o municipal, sino que se halla regido por un comité
de ciudadanos (trustees[6])
que actúan como gerentes de la misma. Se trata, en suma, de la aplicación a
una institución cultural, sin finalidad lucrativa, del principio de la libre
empresa. En segundo término no se considera público por que su financiación
procede del sector privado, si se excluyen las prestaciones de la ciudad de
Nueva York y algunas subvenciones del gobierno de Washington. Muchos son los que
creen que las ayudas de los diferentes gobiernos estatales, locales y federales
fueron y son muchas, pero siempre se han tratado de ocultar como para justificar
su independencia como ente privado. Estos
datos explicarían que ya en el siglo XIX el vicepresidente del Metropolitan,
Prime, tuviera la convicción plena de que recibir la financiación de la ciudad
ponía serias trabas a la independencia del museo como entidad privada. De hecho
dejó escrito: “El
público debe dejar de pensar que está sosteniendo al museo y ser forzado a ver
que somos nosotros los dueños del museo y que lo devolvemos a la sociedad de
manera puramente caritativa para la educación pública”[7] La
visión de Prime del museo de arte como una entidad
“puramente caritativa para la educación pública” representaba una
manera de distanciar al museo del público, y estuvo reflejada en las grandes
colecciones de la época. Según este concepto, el museo de arte dispensa
benevolencias al público, en forma de acceso a piezas de arte y educación
cultural. Como consecuencia, debería aceptar estos regalos con gratitud y sin
deseo de ejercer influencia en cómo el museo es administrado, o en sus
proyectos. En aquel entonces, la naturaleza esquizofrénica del museo del arte
no contribuyó a moderar semejantes nociones. Al respecto, Thomas Hoving,
director del Met desde 1967, expresó un sentimiento similar: “Debido
a que la ciudad sufraga con fondos el funcionamiento de esta institución, esto
puede conllevar a la confusión del contribuyente, quien puede creer que de
alguna forma es dueño del arte en esta institución. La realidad es que no es
dueño, pero cree serlo”[8]. Hoving
insistía en que toda obra de arte es poseída en su totalidad por los miembros
del patronato. Aquellos -que no son otros que la élite neoyorkina- creyeron que
su mecenazgo millonario era el medio ideal para manifestar su gran poder económico
en Nueva York, centro comercial del país. Así lo harían, a través de
donaciones de obras de los artistas más importantes del mundo. Describieron el
propósito del museo como la oportunidad de proveer cultura para toda la
ciudadanía, amplia y gratuitamente; la posibilidad de obtener un disfrute
inocente y refinado, a la par de suministrar las mejores condiciones para la
instrucción y el cultivo del gusto en todos los aspectos relacionados con el
arte. Por
otro lado, esta concepción no ha tenido futuro y en la actualidad ya se
consideran organizaciones semi-públicas, pues en general son conscientes de que
tienen que servir a dos amores: por un lado la público y por otro a sus
benefactores; ¿Por qué el público si no es dueño ni toma parte de nada?,
Para justificar el apoyo del ciudadano en los futuros programas o edificaciones.
Eso podría explicar el constante énfasis de los museos norteamericanos en los
beneficios utilitarios, como la educación de estas instituciones. Con
todo, la gestión de la colección sigue todas las normas de lo que es: una
empresa privada. Las ventajas son muchas, una es la agilidad para realizar
adquisiciones, o el hecho de poder proceder a drásticos cambios en su plantilla
de profesionales. Pero también acarrea problemas, y es que por ejemplo la política
de adquisiciones establece que los legados testamentarios en dinero líquido (endowments)
deben ser exclusivamente para la ampliación de piezas de la colección. Tanto
es así que el museo, que se ve con cuantiosos endowments, está obligado a
invertir aunque en el mercado no halla en ese momento obras interesantes,
mientras que las instalaciones tienen graves carencias[9]. Por no mencionar la falta
de espacio para exponerlas... Actualmente
para hacer frente a la crisis económica del museo, las ventas de obras de arte
ha supuesto el subterfugio legal para convertir en dinero útil los endowments
destinados exclusivamente a la adquisición de piezas. Ello a pesar de que tal
práctica es contraria al estatuto de Institución pública que han firmado casi
todos ellos. Otros
modelos La
política de adquisiciones es diferente según el museo, aunque sean todos de
titularidad privada. Pongamos ahora en miras una colección de arte contemporáneo,
el Museum of Modern Art. El Moma, como museo de arte contemporáneo que es, se
ve obligado a manejar una política de adquisiciones diferente, que tenga en
cuenta la evolución real del arte. Pero sin alejarse del modus
operandi de una empresa privada como lo hace el Met. Sus recursos
principales son las donaciones privadas[10]
que conforman un endowment de varios
millones de dólares y los ingresos producidos por una sociedad de miembros
(membership) que pagan anualmente su cuota. Pero no es suficiente y con ello
concurrirán a montajes de exposiciones, abusivos en número para muchos, así
como al intercambio de obras de arte cuyo “stress” no es tenido en cuenta.
Un problema que trataremos con posterioridad más detenidamente. Podríamos
enlazar ahora con otro museo de arte contemporáneo, el Whitney Museum, que a
pesar de su similitud en cuanto a lo que periodo artístico se refiere, su política
de adquisiciones es contemplada desde otra perspectiva. Y es que esta institución
que fue inaugurada poco después del Moma, entiende su arte contemporáneo con
un significado histórico y emocional diferente, por el cual, su producción artística
es independiente de la tradición europea o cualquier influencia exterior. Como
resultado, se da lugar a una colección que reúne exclusivamente artistas
americanos (o considerados americanos pero que en realidad pasaron allí breve
tiempo). ¿Consecuencia? Su endowment puede ser muy elevado, pero su mercado de compra es
notablemente reducido comparando al de otras colecciones, y por lo tanto, se ven
obligados a la adquisición de obras de dudable interés como veremos más
adelante. La manera con la que el Whitney sale a flote de su actual déficit
financiero es gracias a su política de gran flexibilidad en lo que se refiere a
intercambios o ventas de obras de la colección permanente.
Uno de los asesores dijo en 1949: “Las
ventas que se producen en el Whitney se deben a que, a juicio del equipo de
asesores, han dejado de tener interés, tras la adquisición de obras más
representativas de la producción de un artista determinado. Con ello
conseguimos adaptarnos mejor a los vaivenes del gusto contemporáneo”[11] Hoy
por hoy, se pone muy en duda desde las primera venta sonada de obras en 1949
hasta las que se han producido hace pocos meses en Sotheby’s. La
gran diferencia con respecto a otros grandes museos como el Metropolitan, reside
en que los terrenos sobre los que se asentó el edificio fueron adquiridos en
1963 con fondos del propio museo, la ayuda de la fundación Gertrude Vanderbilt
Whitney y la de la Asociación de Amigos del Museo. Por lo tanto, frente a la
titularidad semi pública del Met en el que las instalaciones son cedidas por la
ciudad de Nueva York, el Whitney se destaca como íntegramente privado al igual
que otros museos como la National Gallery of Washington, impulsada por Andrew
Mellon. La
financiación Norteamérica,
contrapunto de la europea Como
vemos, la mayoría de los museos en EEUU son exclusivamente de propiedad
privada. Pertenecen a una organización o a un individuo, desde el primogénito
Fogg Museum de Harvard, al Museum of American Art of Chicago pasando por un largísimo
etc. Tanto un modelo como otro, tienen en común que no persiguen el lucro de la
misma manera que Disneylandia, pero parecido, como apunta jocosamente William
Grampp[12].
A pesar de ello, su relación con el gobierno, ya sea estatal, federal o local
es estrecha por muchas razones. La primera de ellas por evidente son las
subvenciones, ayudas etc. El gobierno ayuda de maneras tan diversas al mundo del
arte que se desconoce realmente su volumen de apoyo. Al respecto Linda Coe ha
intentado hacer una lista en su libro Cultural
Directory: Guide to the Federal Funds and Services for Cultural Activities,
cuya primera edición data de 1971, aunque fue revisado 1976, sumando en total
252 programas y 47 grupos dentro del gobierno federal que ofrecían
asesoramiento cultural. En el año 1981 debieron de verse frustradas muchas de
estas ayudas pues con el advenimiento de Reagan se optó por reducir gastos en
este tipo de actividades[13]. Por
un lado, el museo de arte definió su razón de ser y justificó su existencia a
través de su labor altruista de educar al público en las exquisiteces del
mundo cultural y artístico, pero por otra parte el mundo del museo se veía en
la obligación de mantener un aura de privilegio y exclusividad para atraer las
donaciones de todo tipo de élites económicas. Esta dicotomía entre populismo
y elitismo ha continuado hasta el presente, aunque también es cierto que se ha
visto eclipsada por el dilema entre la financiación pública y el
comercialismo. Esto nos lleva a otro aspecto fundamental para entender la gestión
de colecciones norteamericana: los impuestos. Los
museos americanos se convirtieron poco a poco en unos de los mejores del mundo
gracias a las importantes ventajas fiscales, la importación libre de impuestos
de obras de arte así como la desgravación de contribuciones caritativas[14]. Lejos de una ausencia de
ánimo de lucro como sucede en España por ejemplo, las leyes desgravantes tanto
federales (en el plano monetario) como estatales (estas a nivel de propiedad)
transformaron a los museos de arte americanos a finales del xix,
de ser simplemente organizaciones de corte donativo, a ser entes de decidida
vocación comercial para el final del siglo xx.
A pesar de ser organizaciones sin ánimo de lucro, se conseguirán substanciales
beneficios derivados de tiendas, exhibiciones populares o préstamos de obras.
Tanto es así que el porcentaje de Ingresos que provienen de tiendas o de venta
de mercancías van desde un considerable 16% en el Museo de Bellas Artes en
Boston hasta un mucho mas bajo 0,5% en el Museo de Arte de Worcester[15].
Hoy en día, son muchos los museos de arte de élite que generan ingresos
sustanciales, por ejemplo el Museo de Boston en 1997-1998
generó 133 millones de dólares en ingresos totales (54 millones netos)
o los 271 millones del MOMA en el mismo período...[16] Por
otro lado, entenderemos la importancia de su titularidad semi pública al
recordar que las leyes de desgravación fiscal funcionan a modo de mecanismos
regulatorios para las organizaciones sin ánimo de lucro. La revocación a una
organización de su status como ente de estas características suele tener
funestas consecuencias para las entidades, limitando esto su funcionamiento y
posibilidades pues generalmente conlleva una pérdida importante de fondos y
privilegios varios. Podríamos
establecer la diferencia fundamental entre las subvenciones federales y
estatales: Las primeras conceden exenciones en el impuesto federal sobre la
renta, y las segundas conceden exenciones derivadas de los impuestos sobre la
propiedad. En este punto podríamos poner como ejemplo de nuevo al Metropolitan:
entre éste y la ciudad de Nueva York se establece un acuerdo que se remonta a
finales del xix, en el que la
ciudad financia en propiedad, o en otros conceptos el terreno, la construcción
del edificio y su mantenimiento. En cuanto a las exenciones derivadas en el
impuesto federal sobre la renta, se producirán cuando se califiquen a los
museos como organizaciones educativas y como institución cuyo cumplimiento es
beneficioso para la comunidad. Además
de esas exenciones, se une otro dato que explica que todos los museos de arte
intenten por sistema calificarse dentro de estos parámetros, y es que debido a
las contribuciones o donaciones (dinero u obras de arte) a esas organizaciones
se puede desgravar. Esto es algo fundamental en su gestión, puesto que se sabe
que los museos de arte de los Estados Unidos se apoyan en la existencia de
deducciones al donador como incentivo. Tradicionalmente,
los museos de arte se dedican a tres actividades que pueden, o no, estar sujetas
a ser gravadas fiscalmente: 1-
Alquiler de sus dependencias para funciones privadas 2-
Negocios de restaurantes[17] 3-
Venta de mercancía en tiendas que son propiedad del museo[18] De
estas actividades, la que es más propensa a causar diferencias interpretativas
es la referida a la venta en las tiendas propiedad del museo. Para el gobierno
federal, la mercancía vendida por los museos está exenta de gravamen fiscal
tan solo si existe un nexo racional con la misión del museo. Sin embargo, si la
naturaleza de la mercancía en venta por lo museos es considerada simplemente
como utilitaria, ornamental, o simplemente como un souvenir, o inclusive, como
solamente educativa en el sentido genérico de la palabra, a los ingresos
generados por el museo les serán aplicados los consiguientes impuestos
contenidos en el código interno de rentas públicas (Internal Revenue Code).
Las guerras abiertas en ocasiones por las tiendas del museo se explican cuando
se sabe que en las últimas décadas, las ventas acaecidas han pasado de
representar alrededor de un 1% de los ingresos totales de los museos, hasta un
increíble 30%. Esto ha sucedido también en España, puesto que en dos años
los clientes de las tiendas del Museo del Prado se han duplicado: de 3.613
personas habituales en 1991, pasaron a ser 6.649 en 1993[19]. A
pesar de la insistencia del aludido UBIT, la mayoría de las colecciones
norteamericanas no son gravados por la mayor parte de las ventas de sus tiendas.
Esto es gracias a que por lo general, los museos ponen especial cuidado en
asegurarse que la mayoría de su inventario guarda una relación más o menos
evidente con sus actividades y misión primordiales. Así mismo, defienden a
capa y espada, las características educativas de sus productos en venta,
llegando al caso extremo de que estos espacios comerciales arrebatan espacio a
exposiciones potenciales. También las defenderán como una fuente vital de
ingresos, especialmente porque al ser gravados fiscalmente como cualquier otro
negocio, el uso de estos ingresos no tiene ningún tipo de restricción. El Wall
Street Journal recogía las palabras del tesorero del Met: “Necesitamos
dinero desesperadamente, y siempre estamos intentando encontrar maneras para
ayudar a que el museo se ayude a si mismo... pero debo decir que lo más
importante de nuestras tiendas es su función educacional”[20] A
ello podríamos unir el hecho de que estos negocios son considerados como una
importante manera de promover las visitas a la colección. A pesar de todo lo
dicho, no son todos los directores que apuestan a ciegas por las tiendas;
algunos se preguntan si esta creciente vertiente comercial, tan visible en
muchos museos americanos no tendrá un efecto inverso en la condición de exención
fiscal de sus instituciones. Y es que, las maneras en que justifican la
importancia educativa de sus tiendas de regalos solo puede ser descrita a modo
de parodia. ¿Es posible justificar siempre esa mercadotecnia en la educación o
viendo en ella un vehículo para llegar a todos los públicos? Tal vez sirva de
contestación las palabras de Max Anderson, director del Whitney “Me
preocupa que demasiadas aventuras emprendidas por museos que han adoptado una
mentalidad de perseguir el lucro pueda terminar costándonos a los demás
nuestra condición de organizaciones exentas de gravamen fiscal”[21] Pero,
con las exenciones tributarias comentadas los beneficios para el patronato son
mayores, y si tenemos en cuenta su origen semi-público... ¿qué beneficios
recibe el ciudadano? De una forma comparable a las exenciones fiscales
federales, legislaciones estatales requieren que organizaciones sin ánimo de
lucro beneficien al público en general si desean recibir exenciones fiscales a
este nivel. Las legislaciones estatales se enfocan por lo general en la cuestión
del acceso del público a estas instituciones para así determinar si son
acreedoras del privilegio de no ser gravadas... La cuestión es ¿como
establecer si una organización no lucrativa ofrece sus servicios al público en
general y no solamente a un grupo determinado?, me refiero a las colecciones que
son privadas. Pongamos como ejemplo la colección de Norton Simon: estuvo en algún
tiempo en su residencia, deseando él clasificarla como museo para, dicen las
malas lenguas, beneficiarse de las exenciones fiscales correspondientes[22].
No tuvo lugar esa denominación, ya que el acceso a su magnífica colección
usualmente se limitaba a las amistades y conocidos que allí iban a cenar. En última
instancia, el señor Simon construyó el magnífico Norton Simon Museum en
Pasadera, donde esta vez si, el público en general puede deleitarse con esta
colección. En pocas palabras, que casi es un truísmo, si el público no tiene
acceso a la colección del museo, su misión formacional desaparece, y por
consiguiente, su condición de organización no lucrativa puede ser revocada.
Sin embargo, no siempre es justo; la complejidad de este tema en las colecciones
norteamericanas es puesto en evidencia con el caso Barnes. La
Barnes Foundation es una corporación sin ánimo de lucro que fue establecida
para administrar una galería de arte y como un experimento educacional para
beneficio primordialmente de los estudiantes de arte. Pasó poco tiempo hasta
que fue demandada por la ciudad de Philadelphia que pedía la revocación de sus
beneficios fiscales como organización de carácter no lucrativo. La razón
alegada fue que las normas para la admisión en la galería eran tan
restrictivas que el cumplimiento de su apelativo de pública quedó quebrantado
dentro de los estatutos del estado de Pensilvania[23]. Siendo
sinceros nos podemos cuestionar ¿hay alguien que de verdad crea que las tiendas
de los museos son vitales para la misión formacional de estas instituciones?
Con otras palabras ¿son las exhibiciones y préstamos orientados a obtener
beneficios económicos o cumplen la misión primordial la formación del público?
Yo en primera persona he visto como un conservador en Italia aceptaba el préstamo
de una obra dependiendo si conocía el lugar de destino... El motivo principal
que mueven muchas colecciones es que las actividades que las rodean sean
rentables, o simplemente expandirlas aún más, pero siempre siendo catalogadas
sin ánimo de lucro porque son fundaciones. Para
ilustrar todo este tema recurriremos a una exposición que además de
norteamericana fue española: la exposición de Armani en el Guggenheim. Con
este tipo de exposiciones, ¿están los museos sirviendo al arte o están enmarañados
en el mundo de la farándula y el pret-a-portèr? En esta exposición había
unos dibujos, pocos, y nada que contextualizase a Armani, gran y meritorio diseñador
sin duda alguna, dentro del fascinante universo de la moda. Sin embargo, había
gran abundancia de videos mostrándonos sus campañas publicitarias, y toda
suerte de gentes del show-business. No es casualidad que las aglomeraciones más
grandes se diesen en las salas mostrando las chaquetas y vestidos de noche con
los que lo mas granado de la beatiful people han lucido palmito. Si bien es
cierto que el show de Armani fue patrocinado por una revista perteneciente a la
editorial Time Warner, el diseñador por su parte le dio una más que generosa
contribución al Guggenheim, estimado en nada menos que 15 millones de dólares. Podríamos
establecer algunas semejanzas y diferencias con el fenómeno “eco” que fue
la de Pertegaz en el Museo Reina Sofía... De hecho fue una exposición que
comenzó a idearse en la Moncloa en una cena entre Jose María Aznar y un grupo
de diseñadores en 2002, cuando se celebraba la de Armani. Fue entonces cuanto
el presidente le pidió a Elio Berthanyer que preparara una exposición de moda.
Poco después ya se preparaba con la ayuda de la SECC (Sociedad Estatal de
Conmemoraciones Culturales) y el MNCARS. En este caso Pertegaz no contribuyó
económicamente, eso no sería posible en España. Pero si que se lucró su
taller y por supuesto el museo que atrajo a un sector de público que no es
asiduo del arte contemporáneo. Como en EEUU, el fin justifica los medios. Si
con moda vienen, pues moda expondremos. Otro
ejemplo sobre la apropiación temporal de salas de museos como valla
publicitaria más que como exposición cultural, fue un caso sobre el que
corrieron ríos de tinta en América: el conflicto entre el museo de Brooklyn y
el magnate Charles Saatchi. Sucedió durante la exhibición del show del
coleccionista “sensation” en 1999. A pesar de que Saatchi firmó un cheque
de 160.000 dólares al museo, el furor que rodeó a esta exhibición aumentó
con creces el valor de la colección de este hombre, parte de la cual fue
vendida más adelante. Con la controversia que se originó a raíz de ello, el
entonces alcalde Nueva York, Rudolph Giuliani, puso sobre el tapete cuestiones
acerca de los potenciales beneficios recayendo en individuos con intereses
financieros concretos basados en el éxito de la exposición[24].
Y es que el hecho de que poco después algunas obras que habían lucido en la
exposición fueran subastadas, supuso un insulto a la inteligencia de muchos,
sobre todo de quienes adquirieron alguna pieza. Muchos
profesionales de los museos se hacen una pregunta ¿Estas tendencias
fundamentalmente economicistas de venta de obras de arte previamente exhibidas
en sus muros, llevarán a una conversión de los museos en galerías? Entre
ellos está el director de la Nacional Gallery of Washington quien exteriorizó
sus temores diciendo que los museos de arte están avanzando hacia una posición
donde la rentabilidad derivada de algunas actividades museísticas, no son sino
un objetivo primordial y posiblemente ilegítimo[25]. Si
las organizaciones definidas como sin ánimo de lucro, como lo son todos los
museos Estadounidenses, deciden emular proyectos etc. de entidades que tienen
como fin lucrarse, ¿entonces las primeras no deberían ser gravadas fiscalmente
como las segundas? ¿No es eso competencia desleal?, ¿no desvirtúa el concepto
clásico de museo? De lo que no cabe duda es que son muy distantes a los museos
europeos, tanto estatales como privados. ¿Contenedor
o Contenido como indicadores de prestigio? En
los últimos treinta años, los museos norteamericanos han experimentado grandes
cambios, sobre todo en ámbitos de imagen y exposición. Para muchos, el tamaño
y la calidad de sus colecciones de arte primero y sus edificios después, actúan,
o son percibidos por diversos sectores como importantes indicadores de su
prestigio y niveles de éxito en la comunidad museística. Los ejemplos de ello
son las numerosas ampliaciones arquitectónicas, desde el Paul Getty de Los Ángeles,
pasando por el el MOMA con Tanaguchi, o la pretendida del Guggenheim de Nueva
York con Frank Ghery que sorprendió a propios y extraños por su vanguardismo;
el director de la política urbanística de Nueva York, el conservador Joseph
Rose debió de respirar cuando se frustró
a raíz de los atentados del 11-S. Al
mismo tiempo, muchos museos han buscado nuevos indicadores de prestigio y de éxito
que se añadan a las funciones ya clásicas de preservar, estudiar y difundir la
colección. Nos referimos a los préstamos con museos nacionales y foráneos, y
sobre todo a la moda de creación de museos satélites. Thomas
Hoving, director del Metropolitan, fue uno de los primeros en declarar que el
montaje de grandes exposiciones era un modo eficaz de acrecentar el número de
visitantes. Serán las llamadas exposiciones Blockbuster,
cuyos éxitos se miden por la cantidad de visitantes, que generan dinero sino
que además se puede incurrir en el pago de la entrada para ver las colecciones
permanentes. Desde que Hoving descubrió esta fórmula, la entrada adicional ha
acabado siendo el estándar para muchos museos con exposiciones temporales[26]. Las
cosas cambiaron con la llegada de Phillipe Montebello a la dirección. El
Metropolitan no impone entrada adicional para sus exposiciones temporales. Además
se exhiben mezcladas en las galerías normales de colección permanente, así el
público de camino a la exposición temporal pasa por las galerías de obras
permanentes. Esta decisión por parte del Met de suprimir la entrada adicional
no fue una decisión económica, sino basada en la convicción del museo en el
carácter público. Algunos museos son reacios a imitarles porque las leyes
fiscales federales y estatales no gravan por los ingresos producidos por estas
exposiciones. Pero otros museos, aunque son las excepciones como el Paul Getty,[27]
no cobran ni entrada general ni tampoco ticket de ingreso a las exposiciones
temporales. Cambiando
de tercio, otro modo de ingresos serán los préstamos de obras de arte. Y es
que lo que ha sido una actividad tradicional en muchas colecciones de museos,
hasta los 90, no inducían costo alguno. Por ello no cabía duda de que se eran
adjudicados en función de la importancia de la exposición, el mérito de su
utilidad y el posible “stress” de la obra. Con los cambios de los 90, se ha
formado un negocio de organizar préstamos con fines lucrativos. Cuando han
visto que no tenían el apoyo de la sociedad en general para comprar y vender
objetos de la colección para financiar renovaciones, se organizaron tours a
cambio de importantísimos préstamos. Un ejemplo es el llevado a cabo por el
Whitney al Museo de San José en California para cuatro exposiciones durante
ocho años; el Museo de San José pagó 4.4 millones de dólares[28].
Es el comienzo de otra moda: la creación de museos satélites al extranjero. El
Museo de Bellas Artes de Boston en Nagoya (Japón), pero sobre todo el
Guggenheim son los más recordados casos de museos satélite. En sus catorce años
en el Guggenheim, Thomas Krens, graduado no en historia del arte pero sí en
ciencias empresariales, ha escandalizado a muchos museos de arte con sus planes
de abrir satélites, casi como franquicias de McDonald’s. ¿Porqué
muchos museos están tan interesados en establecer acuerdos rentables de préstamos,
u operaciones con franquicias? La respuesta que puede ser más obvia es que
estas actividades escapan de las garras de las leyes federales y estatales sobre
gravamen fiscal. El prestamista está generando ingresos, por activa y por
pasiva, simplemente al transferir temporalmente porciones de su colección
permanente a otros museos. Es decir, el prestamista recibe dinero de otra
institución, y para colmo no está siendo computado por el fisco. Hablemos
de un caso concreto. Detrás de toda esta apariencia de triunfos y sabiduría
estratégica hay una realidad innegable: El Guggenheim es una institución
financieramente muy frágil. En 1999, la fundación Solomon Guggenheim atrajo 27
millones en donaciones y contribuciones, pero nada menos que la mitad tuvo que
usarse para cubrir el déficit presupuestario de un solo año. El endowment
o reserva financiera del Guggengeim es de 37 millones, lo cual es equivalente a
sus gastos operativos de un año. Podemos compararlo con casos como el
Metropolitan o el Museo de Arte Moderno, cuyos endowment
equivalen a 11 y 8 años de sus gastos operativos respectivamente. Por si esto
fuera poco, su deuda de 46 millones es obviamente superior a los 37 de su
reserva. Permanecer a flote financieramente requiere proyectos como el de
Bilbao, donde instituciones extranjeras no sólo lo financian sino que además
dieron 20 millones de dólares como “regalo” al Guggenheim de Nueva York[29]. Obviamente
esta es una razón de peso por la que Philippe de Montebello, director del Met
dice que todos los museos, idealmente, deberían contar con una gran reserva
para asegurar su integridad y funcionamiento sin interferencias. Para así poder
mantenerse enfocado en su visión en vez de ser víctima de preocupaciones
monetarias. Tampoco
cabe duda, y sería justo mencionarlo, que algunos directores,
generalmente de aquellos más importantes en el país, se hayan bajo la
espada de Damocles en forma de presión política, por incrementar el acceso al
público. Ese es en ocasiones el resultado de que a pesar de sus muchos años al
servicio de la cultura, el público y la investigación se arriesguen a
semejantes cambios. Esas a veces escandalosas “evoluciones”, casi siempre
coyunturales, no suelen responder a una necesidad real de cambio que haya sido
meditado. Serán aquellos errores los que precedan a un cambio radical y
peligroso en la política de sus
instituciones. Sistemas
híbridos o modelos americanos adaptados para europa Europa
también se están espabilando y tomando ventaja de las leyes fiscales
norteamericanas. ¿Cómo? Para empezar, Estados Unidos, principal comprador
actualmente de todo tipo de arte, no impone ninguna restricción
en materia de importación de obras artísticas del pasado ni sobre las
actuales. Como consecuencia la supremacía de las colecciones norteamericanas
sobre las europeas es más que evidente, sobre todo a comienzos del siglo xx.
Por entonces, los grandes museos del Viejo Continente dedicaban todos sus
esfuerzos a consolidar su estatuto de instituciones públicas, debatiéndose
penosamente en el seno de sus administraciones respectivas para obtener los
medios financieros apropiados. En el mercado del arte, las instituciones
europeas fueron casi siempre derrotadas –algo
que se ha mantenido hasta nuestros días- por la potencia económica de los
museos estadounidenses, los cuales se beneficiaban del mecenazgo de una poderosa
clase social, la de hombres de negocios, desde James Bowdoin III o James Jackson
a la familia Whtiney que por razones de prestigio habían hecho propia la
iniciativa de dotar al país de grandes colecciones artísticas. Así
las cosas, la Royal Academy, la Tate Gallery of London, el British Museum, o la
National Gallery of London, a través de sus propias “organizaciones amigas”
en los Estados Unidos, mantienen estrechos lazos[30].
En pocas palabras, a diferencia del resto de los museos del mundo, en general no
necesitan buscar rentas en el mercado internacional. Instituciones
sin ánimo de lucro en Norteamérica han dependido tradicionalmente de la
asistencia financiera de organizaciones “amigas”, con contribuciones que van
desde los cientos de miles de dólares al año hasta millones. Lo que es un fenómeno
nuevo son las organizaciones europeas como Oxford o Cambridge, que están
buscando y compitiendo por el dinero americano. Comenzaremos
mencionando que generalmente los mecenas norteamericanos provienen de un grupo
de unas 600 mil familias que declaran en renta entre 5 a 100 millones de dólares
anualmente. Por ejemplo, en 1997, se calcula que cada una de estas familias
procedentes de este poderoso segmento económico donó un promedio de 1.2
millones a grupos filantrópicos. Tomando en cuenta esta cifra,
“organizaciones amigas” europeas se registran en los Estados Unidos para
poder conseguir su status fiscal. Además de que los americanos desgravan todo
el dinero que les donen, aunque sean instituciones extranjeras. Un
ejemplo de ello es la organización American association of Royal Academy Trust,
que ya ha conseguido 32 millones, y que se enfoca primordialmente hacia anglófilos
y amantes del arte en territorio americano. Este grupo estudia las listas de los
400 hombres más ricos publicada por Forbes,
y también las listas de los top coleccionistas producida por Art
News. Otro
ejemplo del híbrido europeo-americano es la Tate Gallery American Found que ha
obtenido ya 125 millones de dólares de familias americanas muy conocidas, como
los Hass (los de los vaqueros Levi’s); Donald and Doris Fisher (dueños de las
tiendas Gap); y Leonard Lauder (de la fortuna cosmética Estee Lauder
recientemente fallecida). Adicionalmente la Tate recibe contribuciones de
fundaciones americanas como el Star Foundation, mas conocida por sus
subvenciones en el área de medicina, y también de la Fundación Henry Luce. A
una escala más modesta estarían los Amigos Americanos del British Museum que
en los últimos diez años han conseguido más de 25 millones de dólares. El
mejor ejemplo de organización amiga europea utilizando el sistema americano es
el caso de la National Gallery of London. La organización “Amigos Americanos
de la National Gallery” ha apoyado la compra de obras de arte para este museo.
Han sido fundamentales en la adquisición de su Bermejo y del Retrato
de una mujer, de Holbein. Establecida en 1985 para apoyar a la National
Gallery y poder conseguir exención fiscal para donaciones americanas, los
amigos han podido conseguir ya más de 85 millones de dólares. Además, han
invertido en el mundo financiero de Estados Unidos y han obtenido un total de
131 millones. BIBLIOGRAFÍA AA.VV
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SALVADOR, A., Mercado del
arte y coleccionismo en España (1985-1995). ICO, Madrid, 1995.
[1]
Directores en la Nacional Gallery de Washington, el Metropolitan de Nueva
York, Museo de arte moderno de Nueva York. Incluso actualmente, el director
del Metropolitan, el del MOMA, la Nacional Gallery, el Museo de
Philadelphia, el Museo Paul Getty, por ejemplo se graduaron allí. Se puede
afirmar así que no hay otra universidad más influyente que esta. [2]
Cocks, Anna Somers, “Philippe de Montebello: last of the mohicans?”, The
art Newspapaer, 7 julio 2000 [3] Fiamma Ardite, “El nuevo
Guggenheim de Nueva York”, Descubrir el Arte, Nº 21, nov. 2000. [4] María Ramírez, “La
herencia de los Whitney”, Descubrir
el Arte, Nº 62, abril 2004 [5]
Es muy reciente la inauguración del museo del comunismo en Polonia, en un
edificio ocupado por los nazis a modo de venganza del pueblo. [6]
Son en su mayoría ciudadanos distinguidos en el campo de las finanzas y del
coleccionismo. El comité de gestión es legalmente responsable de toda acción
realizada por el museo y de sus finanzas. [7]
“El reconocimiento como cuerpo legítimo del Metropolitan marca el
comienzo de una nueva tradición- ayuda municipal para el museo de arte”,
en A. Hyatt Mayor, Introduction to the
Metropolitan Museum of Arto f New York, Newsweek ed., 1978 [8]
John L. Hess, The grand acquisitos, 172, 1974. [9]
De hecho el Metropolitan publicó un libro que llevaba por título “Como
pueden los museos deshacerse sabiamente de los materiales excedentes”. [10]
Desde Lillie P. Bliss a John Rockefeller, Simon Guggenheim o Conger Goodyear [11]
Baur, J., Whitney Museum of American
Art. Codex, Buenos Aires, 1966. [12]
William D. Grampp, Arte, inversión y
mecenazgo, Ariel, Barcelona, 1991 [13]
Para ello se nombró una Comisión de Arte y Humanidades compuesta por un
rector de Universidad, Hanna Gray; un coleccionista, Daniel Terra; y un
actor, Charlon Heston. Entre otras cosas afirmaron que las instituciones
museales eran privadas y por lo tanto el gobierno no tenía demasiado papel
en su existencia. [14]
Green V. Connally apuntó que
el “propósito” de las desgravaciones fiscales para contribuciones
caritativas está basada en la ayuda a instituciones que contribuyen al
beneficio público. [15]
Alexander, V. Museums and money: The impact of funding on exhibitions,
scholarship, and management. Indiana UP Summer, Bloomington, 1996. [16]
Hagoort, G. Art management :
entrepreneurial style. Eburon, Delft, 2001 [17]
Aquellos se alejan de un mero servicio al visitante, se consideran UBIT
“Unrelated business income tax” (ingresos no relacionados con las
actividades primordiales de una institución) y por lo tanto impone
impuestos regulares. [18] Siempre y cuando sean
ventas o transacciones relacionadas de manera evidente con propósitos de la
entidad clasificada como exenta de gravamen fiscal. [19]
“Las tiendas de los museos diversifican su oferta”, Revista de Museología, Nº 3,
Oct.-nov 1994 [20]
“At the Metropolitan Museum, Artwork is to be Seen
bought and manufactured”, Wall Street Jounal, July 10, 1985 [21]
En “Museums Inc”, Forbes, New
York, 8 enero 2001. [22]
“Norton Simon, Capitalist and Collector”, New
York Times, 4 junio, 1993. [23]
Dorothy Dudley, Museums
Registrarion Methods. American Registration of Museums. Washington, 1979
[24]
“Giuliani ordered to restore funds for art museum”, New
York Times, 2 Nov. 1999 [25]
Victoria Alexander. Museums and money: The impact of funding on exhibitions, scholarship,
and management. Indiana UP Summer, Bloomington, 1996. [26]
“Art for Rent: Museums Hire Out THeir Collections”. Wall
Street Journal, 21 Julio, 1994 [27]
Se trata de un museo bastante excepcional en EE.UU. en cuanto a modo
de financiación, pues no se lucra con la entrada a la colección, ni con la
búsqueda de préstamos ni con la creación de exposiciones temporales de
tipo Blockbuster. Aún así, su reserva financiera es de 5 billones de dólares. [28]
Alexander E., The Museums in America:
Innovators y Pionners. Sage, London, 1997 [29]
Alan Riding, “The basques get modern: a Gleaming new Guggenheim for Grima
Bilbao”, New York Times, 24.6.1997. [30]
Mason, Brook S. “How the Royal Academy, Tate, British Museum an the
Nacional Gallery compete for US dollars”, Art
Newspaper, 18.8.2000 Autora: Beatriz
Fraguela Martínez Publicación enviada por Beatriz Fraguela Martínez Contactar mailto:bfraguela@hotmail.com Código ISPN de la Publicación EEEVEuupEEKwZOlrcz Publicado Tuesday 3 de May de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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