Monografias | De la ley del garrote a la buena vecindad cambios y persistencias en los modos de intervención imperialista de los Estados Unidos en Latinoamérica en el periodo de entreguerrasDe la ley del garrote a la buena vecindad cambios y persistencias en los modos de intervención imperialista de los Estados Unidos en Latinoamérica en el periodo de entreguerrasResumen: “Los pueblos son sagrados para los pueblos”, le expresa en 1928 con su krausista y arcaico estilo, el presidente argentino Hipólito Yrigoyen a su colega, al presidente electo de los Estados Unidos, Herbert Hoover, que ha llegado a Buenos Aires como último destino de una gira de buena voluntad emprendida por varios países latinoamericanos. Hoover, un republicano que ha ganado una reputación de humanista por su ayuda al pueblo belga en la Gran Guerra, va a asumir la presidencia de su país en Marzo de 1929. “HE´S
A SON OF A BITCH... BUT HE’S OUR
SON OF A BITCH" F. D. Roosevelt Los
años 20: transiciones, cambios y persistencias. “-Los
pueblos son sagrados para los pueblos”, le expresa en
1928 con su krausista y arcaico estilo, el presidente argentino
Hipólito Yrigoyen a su colega, al presidente electo de los Estados Unidos,
Herbert Hoover, que ha llegado a Buenos Aires como último destino de una gira
de buena voluntad emprendida por varios países latinoamericanos. Hoover, un
republicano que ha ganado una reputación de humanista por su ayuda al pueblo
belga en la Gran Guerra[1],
va a asumir la presidencia de su país en Marzo de 1929. Su presencia por estos
andurriales del mundo marca una
tendencia que se viene manifestando a lo largo del último decenio en las
administraciones también republicanas de Harding y Coolidge[2],
esto es un modo de tratar con el continente que no pasa ya por el mero rol del
gendarme protector y represor, según el modelo de Teddy Roosevelt que se continúa
hasta W. Wilson. Ese modelo que se manifiesta normado en el llamado
"Corolario Roosevelt" o en la Enmienda Platt. Que hizo por ejemplo,
que "(Estados Unidos había) maquinado una revolución contra Colombia y
había creado el estado "independiente" de Panamá para construir y
controlar el Canal. En 1926 mandó cinco mil marines
a Nicaragua para parar una revolución y mantener tropas allí durante siete
años. En 1916, intervino en la República Dominica, por cuarta vez, y estacionó
tropas allí durante ocho años. En 1915, intervino por segunda vez en Haití,
donde mantuvo a sus tropas durante diecinueve años. Entre 1900 y 1933, Estados
Unidos intervino cuatro veces en Cuba, dos en Nicaragua, seis en Panamá, una en
Guatemala y siete en Honduras. En 1924 estaba dirigiendo de alguna forma las
finanzas de la mitad de los veinte estados latinoamericanos".[3] Es
cierto que para Washington, Latinoamérica no es uniforme ni sus intereses se
expresan ubicuamente del Río Grande al Cabo de Hornos. El área caribe y
centroamericana continúa siendo su indiscutido “mare nostrum”. En esta zona
la política yanqui se muestra lisa y llanamente
arrogante y dominadora. Aparte
de las recurrentes ocupaciones ya enumeradas, hay una tangibilidad de la
presencia imperial en determinados enclaves territoriales. Así en Cuba, Guantánamo[4]
es un recordatorio permanente de la tutela de Washington sobre La Habana,
y que su formal soberanía se debe a "(que) Inglaterra no puede
permitir que Cuba quede en manos de Estados Unidos, y por eso Cuba no será una
segunda Puerto Rico, sino que retaceada, accederá a la independencia, una
independencia tutelada por la Enmienda Platt, pero que muestra no la relación
de fuerzas en el nivel de Cuba, sino en el nivel internacional".[5]
El
área alrededor del canal bioceánico es otro enclave colonial. La República de
Panamá es en sí un invento estadounidense.[6]
Antigua provincia colombiana segregada al solo efecto de los intereses de la
compañía del canal, la construcción de este conllevó la inmigración de
negros de las Antillas Británicas, que en apariencia eran inmunes a los gérmenes
mortales que infestaban la
insalubre ruta interoceánica. Esa mano de obra fue manejada por capataces que
en la mayoría de los casos procedía del Profundo Sur, supuestamente con
experiencia para manejar negros Se creó entonces una clara
discriminación racial, que se manifestó en el sistema de Jim Crow[7]
y en la omnipresente línea Gold-Silver, división originada en el hecho de que
los técnicos y capataces blancos recibían su salario en dólares convertibles
al patrón oro (gold), mientras que los trabajadores natives eran pagados en
moneda de plata (silver). La
división "oro y plata" abarcaba todo lo imaginable: escuelas,
hospitales, hoteles, prostíbulos, etc. Al
compartir fronteras terrestres con Estados Unidos, México hace a su hinterland
inmediato y problemático Hasta
tal punto estaba identificado el régimen de Porfirio Díaz (autor de la cínica
frase:”…pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados
Unidos”) con los capitales estadounidenses, que todos los gobiernos que se
sucedieron en los turbulentos años posteriores a su caída, tuvieron en mayor o
menor medida, una impronta discursiva antiyanqui. Ese sentimiento trascendió la
retórica y se exteriorizó en hechos, que llegaron a su culminación en
1915/16, en que una guerra formal estuvo a punto de declararse entre los dos países.
Su inmediato "patio trasero" adquiere entonces para Washington, una importancia geopolítica excepcional. La
revolución pone en peligro los intereses económicos estadounidenses en México,
y la defensa de los mismos implicará
la intervención, ora solapada, ora directa. México, por su propio peso específico,
se torna en un caso muy particular, que incluso jugará un papel en el proceso
que desemboca en el ingreso de Estados Unidos en la Gran Guerra.[8]
Pero en zonas más alejadas la influencia yanqui no es exclusiva, y en algunas áreas como el Cono Sur,
francamente minoritaria frente a la
presencia británica. Pero
aún así, los países de esta zona (Argentina, Uruguay, Chile), durante
las décadas de 1910 y 1920 ven un avance cualitativo y cuantitativo
espectacular de la presencia estadounidense, desde lo macro hasta lo cotidiano.
Palmolive, Ducilo, RCA Víctor, o las grandes marcas de automóviles se
transforman en parte del paisaje y la vida común de estas naciones. El Cono Sur
recibe a lo largo de los años veinte del Siglo una sustancial corriente de
capitales yanquis. Sus pueblos adoptan costumbres bajo la impronta de típicos
productos de masas estadounidenses, tales como la radio y el cine. El cine
especialmente, que vende de modo abrumador en la penumbra silenciosa de las
salas de exhibición, lo que no tardará en ser conocido como el “estilo de
vida americano”, con sus héroes[9]
y heroínas, sus modos y sus modas. Paralelamente, las izquierdas
latinoamericanas, denuncian el imperialismo norteamericano. Figuras tales como
Mariátegui o Haya de la Torre, se convierten en referentes de esas corrientes
intelectuales. Aunque la “construcción de un enemigo común”, para una
Latinoamérica que no sufre de igual manera los manejos del Tío Sam, da lugar a
distorsiones como las que señaló con lucidez, Arturo Jauretche: “- Fui
antiimperialista al estilo de la época y le comía los hígados al águila
norteamericana que andaba volando por el Caribe. Los maestros de la juventud
nos tenían buscando el plato volador en el cielo, mientras el león británico
comía a dos carrillos sobre la tierra nuestra...”[10] Es
en este marco de prosperidad general y de transición en las relaciones con
Latinoamérica, en el que Hoover accede a la Casa Blanca. El paradigma liberal
que representa, comienza a temblar el viernes 29 de Octubre de 1929, con la caída
de la bolsa neoyorquina. El mercado de valores, carcomido por los créditos en
forma de préstamos concedidos a los corredores, sucumbió bajo su propio peso,
exigiendo cuentas de los millones de pequeñas transacciones llevadas a cabo por
los viajantes de comercio, que vendieron todo lo vendible a gente que carecía
de dinero suficiente para pagar lo que compraba. Se desató el pánico y el país
no supo componérselas para frenarlo. La última crisis económica de amplio
porte se había producido en 1893; pero desde esa fecha, los Estados Unidos habían
experimentado un grado tal de industrialización que era impensable un retorno
general a los modos de vida agrícola. El
presidente no está preparado para enfrentar el vendaval que sobreviene. Una de
sus primeras medidas como presidente, fue la de persuadir al Comité de la
Reserva Federal para que restringiera los créditos, con la esperanza de atenuar
el golpe. Sin embargo, cuando este llegó, Hoover quedó prisionero de su propia
formación. “Tenía al patrón oro por algo sagrado, cuando a la sazón más
de dieciocho naciones, con Gran Bretaña a la cabeza, lo habían abandonado”.[11]
En ese esquema mental la fe era un fin en sí mismo y la “falta de confianza
en los negocios” un pecado de extrema gravedad. No era una conceptualización
de carácter meramente moral. La primera reacción de Hoover ante la recesión
general que se produjo tras la caída del mercado de valores fue tratarla como
un fenómeno psicológico. Adoptó el término depresión,
porque parecía menos inquietante que los de pánico
o crisis. Periódica y recurrentemente
desde 1929 a 1932, vaticinaba un rápido retorno de la economía a los cauces de
la normalidad. Un discurso que se había transformado en hueco y trágico a la
vez. En la campaña presidencial de 1928 había obtenido la victoria en cuarenta
de los cuarenta y ocho estados de la Unión. Cuatro años después, buscando su
reelección “se calzó los botines, se abotonó el cuello de celuloide y se
dispuso a tomar contacto con el pueblo. Tuvo suerte de regresar con vida”.[12]
Las multitudes que se reunían al paso del tren del presidente, portaban
carteles que decían:”Cuelguen a Hoover”, “Abajo Hoover, asesino de
veteranos” o “Miles de millones para los banqueros, balas para los
veteranos”. Obvias referencias a
la represión que sufrieron los veteranos de la Gran Guerra que en el verano de
1932 acudieron a Washington en reclamo de que se les abonaran las bonificaciones
que oportunamente les había otorgado la Ley sobre Liquidación de
Compensaciones. Estas demandas de los ex soldados fueron contestadas a balazos.
Los responsables del operativo punitivo fueron dos generales de futuro renombre:
MacArthur y Eisenhower. Silbatinas, abucheos e insultos fueron el telón de
fondo de su periplo proselitista. Y preanunciaron el resultado de las
elecciones. Los
años 30: nuevos modos de enmascarar el
intervencionismo. En agosto de 1932 un
periodista preguntó al reconocido economista británico John Maynard Keynes si
conocía algún precedente similar a la depresión. “Si,
-contestó -, se llamó la Epoca del Oscurantismo, y duró cuatrocientos
años”. El estadounidense medio no podía asumir cabalmente el fenómeno.
Muchos culpaban a Hoover. Otros confundían la depresión con el hecho factual
del crack de la bolsa neoyorkina en 1929.[13] Lo cierto era que a
principio de los treinta, había concluido la prosperidad de la Nueva Era. En Marzo de 1933, Estados
Unidos estaba virtualmente paralizado. En la mañana del día 3, la radio llevó
a toda la atribulada geografía social del país, el discurso de toma de posesión
del nuevo presidente: “Pediré al Congreso el único instrumento que resta
para hacer frente a la crisis: amplias facultades para luchar contra la
necesidad y poderes tan grandes como los que me serían concedidos si fuéramos
invadidos por un enemigo extranjero”. En opinión de Walt Whitman, el nuevo
presidente había hecho una entrada formidable. En verdad la voz de Franklin
Delano Roosevelt llegó a los talleres donde se explotaba al obrero, a las
ranchadas de vagabundos desempleados, a los millones de parados que en ese gélido
invierno temblaban ante las puertas de las fábricas. El género discursivo pareció
corresponderse en medidas concretas. A partir del 9 de Marzo, se desarrolló el
shock político conocido como Huracán de
los Cien Días en el marco de un
programa de medidas económicas implementadas para intentar reducir el desempleo
y restablecer la prosperidad mediante una serie de nuevos servicios,
regulaciones y subsidios. Diseñado con la ayuda del denominado Brain
Trust (gabinete de expertos que asesoró al presidente especialmente en
materia económica), el conjunto de reformas, junto al modo de llevarlas a cabo
constituyó la piedra angular de la administración demócrata. Fue el llamado Nuevo
Trato, o popularizado el anglicismo: New
Deal Es
indudable que todas estas medidas apuntaban a reestructurar y fortalecer el
frente interno, que al calor de la depresión se había tornado peligroso para
el capital. De allí el acento en restablecer el sistema financiero y combatir
el desempleo. El Estado ya no juega un rol prescindente sino que
arbitra tratando de encauzar y morigerar la potencialidad del conflicto
social. “El Nuevo
Trato tomó un país quebrado, desesperanzado, y le dio nueva confianza en sí
mismo (...) Todas las soluciones fueron incompletas. Más, para el caso, todos
los grandes problemas son insolubles.”[14] Uno
de esos grandes problemas, a los que debía enfrentar el nuevo presidente era el
de las relaciones con el mundo. En esos días, en el cenit de su prestigio
Benito Mussolini había declarado:” -puedo resumir en dos palabras lo
que es Estados Unidos: ¡La prohibición y Lindbergh¡” En el interesado análisis
simplista del dictador italiano Norteamérica
era un país de gángsteres y de raptores. Cuando se le pregunto que opinaba de
la política exterior estadounidense, el Duce replicó: “- Norteamérica no
tiene política (exterior)”. En esta ocasión Mussolini se acercó
dolorosamente a la verdad. En el primer discurso oficial de Roosevelt, el día
de la toma de posesión, no hizo mención de los asuntos externos. Por lo demás,
el presidente se abstuvo de abogar oficialmente por el ingreso de los Estados
Unidos en la Sociedad de las Naciones. Prima en este creciente aislacionismo una
doble razón: por un lado debe encarar problemas internos, lo que hace que pasen
a tener prioridad las cuestiones de política nacional. Por el otro, trata de
desligarse de los compromisos militares en el nivel internacional. Pero ese
aislacionismo se articula en relación al mundo exterior. América Latina no es
parte de ese afuera. Por el contrario. Es una pertenencia interna de Washington,
con un barniz formal de soberanía, que se diluye en proporción directa a la
mayor cercanía de cada uno de los países a la metrópolis del Potomac. El
ramalazo de la crisis ha pegado fuerte en Latinoamérica. En 1930, siete
gobiernos de la región han sido derrocados por golpes militares.[15]
Washington busca descomprimir y neutralizar potenciales conflictos. Hay entonces
un cambio de política que ya no pasa por la intervención directa. “Así en
1934 retira las tropas de Haití; también se deroga la Enmienda Platt, excepto
en lo relativo al mantenimiento de las bases (Guantánamo). En 1936 acepta
revisar el tratado con Panamá, acordando no intervenir en los asuntos de ese país.
Otro hecho sintomático se produce cuando Cárdenas en México nacionaliza el
petróleo. El gobierno de Estados Unidos no interviene militarmente. Se mueve a
nivel diplomático, actúan los grupos de presión, pero no hay intervención
militar.”[16]
Una característica que distingue a esos años es el reemplazo de la acción
directa llevada a cabo por los marines, por el sostenimiento del déspota nativo
funcional a los intereses yanquis. No es casual que a principios de los 30
acceden al poder, personajes tales como el nicaragüense Anastasio Somoza que
usurpa el gobierno de su país sobre el cadáver de Augusto Sandino, asesinado
por su orden y con la directa intervención de la Embajada Estadounidense en
Managua, o el “Benefactor”
dominicano Rafael Trujillo. De allí
que este o aquel, o cualquier personaje de igual laya puede ser referenciado
como el destinatario de la frase que en inglés da cabeza a este trabajo, y que
aunque probablemente apócrifa, expresa la opinión de Roosevelt sobre el
particular.[17]
Esta
política de maneras públicas pulcras y manejos oscuros, es analizada
correctamente hacia 1938 desde una visión de izquierda[18],
que -adjetivaciones coyunturales aparte-, denuncia
que “con objeto de obtener la puerta cerrada en América Latina esto es,
cerrada para los rivales y abierta sólo para los Estados Unidos el democrático
imperialismo yanqui ha sido apuntalado en los países latinoamericanos por las más
autocráticas dictaduras militares criollas, las que han servido para sostener
la estructura imperialista y garantizar una ininterrumpida corriente de
superutilidades al Coloso del Norte. El carácter real del democrático capitalismo yanqui se revela mejor que nada por las
dictaduras tiránicas en los países latinoamericanos, con las que se hallan
indisolublemente ligadas su suerte y su política, y sin las cuales los días de
su predominio imperialista en el hemisferio occidental están contados. Los déspotas
sanguinarios bajo cuya oprimente dominación sufren los millones de obreros y
campesinos de América Latina, los Vargas y los Batista, no son, en esencia, más
que las herramientas políticas de los democráticos
Estados Unidos imperialistas. En países como Puerto Rico, el imperialismo
yanqui, a través de su gobernador Winship, directa y rudamente procesa y
suprime el movimiento nacionalista. La administración Roosevelt a
pesar de todas sus almibaradas pretensiones, no ha alterado realmente la tradición
imperialista de sus predecesores. Ha reiterado enfáticamente la maligna
Doctrina Monroe; ha confirmado sus demandas monopolísticas sobre América
Latina en las Conferencias de Buenos Aires[19]; ha santificado con su aprobación a los execrables
regímenes de Vargas y Batista; su exigencia de una mayor escuadra para
patrullar no sólo el Pacífico, sino también el Atlántico, es una prueba de
su determinación de esgrimir la fuerza armada de los Estados Unidos en defensa
de su poder imperialista en la parte sur del hemisferio”. Bajo
Roosevelt, la política del puño de hierro en América Latina se cubre con el
guante de terciopelo de las pretensiones demagógicas de amistad y
“democracia”. La política del “buen vecino” no es más que la tentativa
de unificar al continente americano como un sólido bloque bajo la hegemonía de
Washington, El aislacionismo propugnado por Roosevelt implica que a Latinoamérica
no puede entrar otro poder imperialista que el de los Estados Unidos. Como
corresponde a un patio trasero. Esta política se complementa materialmente por
medio de los tratados de comercio favorables que Estados Unidos se empeña en
celebrar con los países latinoamericanos en la esperanza de desalojar sistemáticamente
del mercado a sus rivales. El papel decisivo que juega el comercio exterior en
la vida económica de los Estados Unidos impele a este último hacia esfuerzos aún
más decididos para excluir a todos los competidores del mercado
latinoamericano, por medio de una combinación de producción barata,
diplomacia, artimañas y cuando es necesario, de la fuerza. Es
entonces la fuerza la última opción a aplicar por el gobierno demócrata. Que
trata de evitar en lo medida de lo posible, aún enfrentándose “a los
sectores ultra que siguen siendo intervencionistas a todo trance.”[20] Será este Nuevo
Trato, este enmascaramiento y sofisticación en las formas de penetración
imperial, el que hará posible la construcción de una imagen pública de
Franklin Delano Roosevelt en las antípodas de su homónimo Teddy. Así cuando
lleguen los cruciales años 40, el presidente yanqui podrá presentarse como el
Adalid de la Democracia, encabezando toda una cofradía de dictadores sumamente
funcionales a los intereses estadounidenses, y que no se ruborizarán en sumarse
a la causa de la libertad y convertirse de puertas afuera en campeones de la
misma. El caso de Rafael Leónidas
Trujillo, declarando la Guerra al Eje “casi antes” que el Congreso de
Estados Unidos, o recibiendo refugiados republicanos españoles en Santo Domingo
para perseguirlos y reprimirlos después, es paradigmático de esta situación
de confusión entre género discursivo dominante e intereses y acciones reales.
Washington podía estar complacido. Un hijo de puta local era más económico y
seguro que un batallón de marines.
Por lo menos, hasta que la Guerra Fría y un grupo de
cubanos en la Sierra Maestra comiencen a cambiar la historia. Pero esa ya es otra historia. Fernando
Cesaretti y Florencia Pagni Escuela
de Historia. Universidad Nacional de Rosario [1]
Máximo Gorki le escribió agradeciéndole “haber salvado de la muerte por
hambre a millones de personas”. [2]
Hoover
fue Secretario de Comercio en ambas administraciones. [3]
ZINN, Howard, La
otra Historia de los Estados Unidos. Siglo XXI Editores. México, 1999,
p. 303 [4]
La entrega de Guantánamo está normada en los artículos VI y VII de la Ley
aprobada por el Congreso de EE.UU. en Mayo de 1903, conocida como Enmienda
Platt. [5]
PLA, Alberto,
América Latina y Estados Unidos. De Monroe (1823) a Johnson (1965),
Centro Editor de América Latina, Bs. As. 1971, p.14 [6]
La
amputación a que fue sometida la República de Colombia, fue aplaudida aún
por sectores progresistas, dado el discurso positivista imperante en la época.
EE.UU. representaba la civilización y la confianza ilimitada en el
progreso. Colombia, el atraso y el oscurantismo. Frente a esta falaz y
maniquea concepción se alzarán unas pocas voces. Entre ellas, destacamos
las del socialista argentino, Manuel Ugarte, quién ante su postura
contraria a la secesión panameña, será expulsado de las filas del Partido
Socialista Argentino. [7]
Personaje de los minstrel shows,
Jim Crow fue creación personal del actor ambulante Thomas Dartmouth Rice,
quién representó el personaje por vez primera de Louisville (Kentucky), en
1829. Con posterioridad este nombre vino a significar el negro, en sentido
despectivo, y modernamente, ya en nuestro siglo, el negro oprimido víctima
de la discriminación racial. [8]
Tal
el caso del juego de comedias y errores jugados por las cancillerías
europeas con el supuesto apoyo alemán al gobierno mexicano. [9]
Es
sintomático que el tipismo latinoamericano (o lo que Hollywood entendió
por tal) se expresara en esa época en la figura masculina del “Latin
Lover”, con modelos tales como Rodolfo Valentino o Ramón Novarro. [10]
JAURETCHE,
Arturo, Filo, Contrafilo y punta, p. 123, citado en GALASSO, Norberto, Jauretche
y su época. De Yrigoyen a Perón, Peña Lillo Editor, Bs. As. 1985, p.
124 [11]
MANCHESTER,
William, Gloria y Ensueño. Una
Historia Narrativa de los Estados Unidos. 1932-1945.,
Ed.
Grijalbo, Barcelona, 1974. ps. 53/54 [12]
MANCHESTER,
W. Ob. Cit.
p. 105 [13]
Se
decía por ejemplo: “- no hemos estado en la ciudad desde la depresión”,
o “Sally me metía los cuernos con Robert, desde antes de la depresión”. [14]
SCHLESINGER,
Arthur Jr, The broad accomplishments
of the New Deal, en ARRIAGA, V. (comp.),
Estados Unidos visto por sus historiadores, UAM, México,
1991. p. 191 [15]
Entre
ellos la sólida y antigua continuidad institucional argentina. [16]
PLA,
A. ob. Cit. p. 16 [17]
(Somoza,
o Trujillo) es un hijo de puta...pero es nuestro hijo de puta. [18]
Trotsky,
León, Escritos Varios, Ed.
Cultura Obrera, México, 1973. Fragmento de la Tesis aprobada por la
Conferencia de Fundación de la Cuarta Internacional, también publicado
como El papel mundial del imperialismo
yanqui. [19]
En la Conferencia de Buenos Aires de 1936, Roosevelt fue testigo de un
curioso incidente. Mientras pronunciaba su discurso en el Congreso Nacional,
desde un palco llegaron gritos de ¡Abajo el imperialismo! Quién los
pronunciaba no era otro que el militante trotskista Liborio Justo, hijo del
presidente argentino, el general Agustín Justo. Latinoamérica en su
tipismo suele dar estos productos: que a los militares derechistas les
salgan hijos marxistas. [20]
PLA,
A. ob. Cit. p. 16 Publicación enviada por Fernando Cesaretti y Florencia Pagni Contactar mailto:grupo_efefe@yahoo.com.ar Código ISPN de la Publicación EEEkFkVykuOabUUUYH Publicado Thursday 31 de March de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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