Monografias | Escepticismo moral y liberalismo políticoEscepticismo moral y liberalismo políticoResumen: En el año 2004, el gobierno de los Estados Unidos aprobó un presupuesto de veinte mil millones de dólares para la lucha contra las drogas, tanto destinado al financiamiento de políticas represivas como programas de prevención. Durante el mismo año, el presidente Bush lanzó una campaña para fomentar el matrimonio a través de una serie de subsidios y exenciones impositivas. Estos dos ejemplos muestran cómo la democracia autoproclamada “the land of the free” adopta políticas activas con el objeto de fomentar ciertos estilos de vida entre sus ciudadanos. En
el año 2004, el gobierno de los Estados Unidos aprobó un presupuesto de veinte
mil millones de dólares para la lucha contra las drogas, tanto destinado al
financiamiento de políticas represivas como programas de prevención. Durante
el mismo año, el presidente Bush lanzó una campaña para fomentar el
matrimonio a través de una serie de subsidios y exenciones impositivas. Estos
dos ejemplos muestran cómo la democracia autoproclamada “the land of the
free” adopta políticas activas con el objeto de fomentar ciertos estilos de
vida entre sus ciudadanos.
Ahora bien, dichas medidas implican
una cierta creencia del Estado acerca de las características de la “buena
vida”. Y, en efecto, una de las preocupaciones de la filosofía política
contemporánea se refiere precisamente a esta cuestión bajo el título de
“tesis de neutralidad estatal”.
Peter De Marneffe define a la
“neutralidad concreta” como un principio de justicia según el cual el
gobierno no debe limitar las acciones de los ciudadanos basándose en alguna
concepción particular sobre la buena vida[i].
Dworkin, por su parte, afirma que un Estado es neutral cuando “trata
a los ciudadanos como iguales, con igual consideración y respeto” [ii].
Por lo tanto, desde este punto de vista, las medidas de lucha contra las drogas
violarían abiertamente el postulado de neutralidad al reposar sobre un juicio
de valor que el Estado norteamericano realizaría acerca de la buena vida, un
juicio de valor que se traduce en un tratamiento desigual hacia el ciudadano
estadounidense que, siempre sin dañar a su prójimo, opta por consumir drogas.
Este sencillo ejemplo basta para
justificar la relevancia de este estudio. En efecto, al constituir un problema
candente en el campo de la política cotidiana, muchos filósofos políticos han
propuesto argumentos tanto a favor como en contra de la deseabilidad de la
neutralidad estatal.
Mi intención en este ensayo será
desarrollar una clase particular de planteo en favor de la neutralidad: el
argumento escéptico de Martín Farrell. Tradicionalmente, se sostiene que el
liberalismo se funda sobre lo que se denomina “escepticismo moral”, la
creencia de que no existen leyes morales objetivas y naturales (o, a lo sumo,
que éstas no pueden conocerse). Entonces, al no existir base sólida para
juzgar que ciertas costumbres son más valiosas que otras, debería reconocerse
a cada individuo el derecho de escoger libremente su propio estilo de vida.
A continuación, me propongo examinar
esta posición mostrando sus fortalezas y deficiencias. Luego, estudiaré cuáles
son los supuestos básicos en que se sostiene. Una vez detectadas sus
principales falencias, propondré un nuevo enfoque para evaluar la validez de
los argumentos escépticos Argumento
de Farrell. El
argumento propuesto por Farrell[iii]
puede reconstruirse de la siguiente manera: Œ
No existen valores objetivos.
Cada individuo tiene sus propios valores subjetivos y organiza su plan de vida
de acuerdo a éstos, aunque siempre dentro de los límites impuestos por el principio
del daño (no dañar al otro). Ž
El Estado reconoce que no existe fundamento objetivo para los valores.
De la premisa 3 se sigue que el Estado no privilegiará ningún plan de vida
sobre otros pues, a sus ojos, todos son igualmente buenos.
Este sencillo razonamiento nos indica
que se cumple la condición que Dworkin impone para la neutralidad: que el
Estado trate a todos los ciudadanos con igual consideración y respeto.
Ahora que ha sido expuesto el
argumento, pasaré a evaluar sus fortalezas y debilidades así como el marco
general en que éste se inscribe. Fortaleza
del argumento: estructura lógica.
En mi opinión, la principal fortaleza del argumento escéptico radica en
una estructura lógica consistente que brinda una serie de pasos coherentes para
justificar la neutralidad. Muchos argumentos encuentran serios problemas en
rechazar las políticas estatales no coercitivas que, si bien no obligan a los
individuos a actuar de cierta manera, presuponen la bondad de un determinado
estilo de vida y, por lo tanto, acaban por violar la condición de neutralidad
tratando a ciertos ciudadanos con más consideración que a otros.
Para ilustrar este punto, consideremos
el ejemplo de la política norteamericana de fomento del matrimonio. En este
caso, el Estado tiene la creencia de que el matrimonio constituye la base de la
sociedad y es condición necesaria para llevar adelante una vida feliz y
valiosa. Por lo tanto, sobre dicha creencia, justifica el uso de su aparato
ideológico y económico para convencer a los ciudadanos de que prefieran el
matrimonio por encima de, por ejemplo, la vida en concubinato. Así, emprende
una campaña publicitaria y hasta otorga subsidios o desgravaciones tributarias
para convencer a los individuos de que sean felices (en concordancia con una
definición de felicidad impuesta por el Estado).
¿Es esta política anti-liberal? La
mayoría de los liberales probablemente dirían que no pues el Estado no utiliza
su aparato coercitivo para obligar a los ciudadanos a contraer matrimonio, es
decir, no restringe las libertades individuales. El concubinato es tolerado. Sin
embargo, dicha política viola claramente el postulado de neutralidad al tratar
a los ciudadanos que optan por el concubinato con menor consideración y respeto
que a aquellos que contraen matrimonio. Muchos argumentos a favor de la
neutralidad no logran justificar que no es deseable que el Estado adopte medidas
no coercitivas (por ejemplo, los argumentos consecuencialistas de Will
Kymlicka). Sin embargo, desde mi punto de vista, la fortaleza del planteo de
Farrell consiste justamente en su capacidad para resolver este punto.
En efecto, si el Estado reconoce que
ningún estilo de vida es preferible a otro (puesto que sabe que no existen
valores objetivos), no tiene ningún motivo para guiarse por alguna doctrina
comprehensiva del bien. Entonces, no tiene razón alguna para incentivar (por el
medio que sea) a que los ciudadanos adopten determinado modo de vida. En este
aspecto, la transición lógica de la premisa a lo que de ella se sigue se
produce con toda naturalidad. ¿Por qué el Estado debería privilegiar cierto
estilo de vida si para él todos son igualmente buenos?
Así, el planteo de Farrell resuelve
un serio problema que se presenta en muchos argumentos que reconocen la
existencia de valores objetivos. En efecto, si hay valores que son objetivamente
mejores que otros, si hay un modo de vida que objetivamente conduce a la
felicidad, ¿por qué el Estado no debería adoptar una política que incentive
a los individuos a adoptarlo? Si un Estado sabe objetivamente que el matrimonio
es más valioso que el concubinato, ¿no debería fomentar al primero para así
evitar que los ciudadanos pierdan su tiempo con una costumbre que sólo los
perjudica?
Como hemos visto, el argumento de
Farrell resuelve esta cuestión al borrarla de un plumazo. Pero esto sólo es
cierto siempre y cuando sea aceptada la premisa fundamental: “no existen
valores objetivos”.
Una vez aceptado este punto de
partida, se sigue sencillamente la neutralidad. Por lo tanto, ahora debemos
abordar el estudio de la premisa fundamental. Debilidad
del argumento: ausencia de neutralidad en la justificación.
Ahora bien, un requisito que suele exigirse a todo intento de justificar
la neutralidad es que sea, a su vez, neutral, es decir, que no presuponga la
adhesión a ciertos valores controvertidos y que pueda ser aceptado
razonablemente por todos[iv].
Más adelante nos ocuparemos de debatir si en realidad algo puede ser aceptado
“razonablemente”. Por el momento, nos limitaremos a una definición
“convencional” del término. Supongamos que alguien intentara justificar la
neutralidad estatal de la siguiente manera: “El Estado debe ser neutral porque
Dios así lo dispone”. Este tipo de prueba, si es que puede llamársela así,
conllevaría dos problemas.
En primer lugar, cualquier intento de
justificar la neutralidad implica una fuerte dosis de confianza en el ciudadano
pues presupone la creencia de que sólo cada individuo sabe cómo vivir de la
mejor manera su propia vida. Entonces, imponer la neutralidad “desde arriba”
es, desde mi punto de vista, una contradicción al principio de fe en el
ciudadano. Si consideramos que es lo suficientemente responsable para elegir su
propia vida, también debemos considerarlo lo suficientemente consciente para
reconocer que la mejor forma de llevar adelante su propio plan de vida es dentro
de un Estado liberal y neutral. Por lo tanto, él mismo debe tener la libertad
de escoger la neutralidad.
En segundo lugar, y desde un punto de
vista práctico, debemos tener en cuenta que la construcción de un Estado
neutral implica serias consecuencias para la vida cotidiana de los ciudadanos y,
por lo tanto, no sólo debe ser deseable sino también políticamente plausible.
En una nación donde el cien por ciento de los ciudadanos estuviera de acuerdo
en que el Estado se guíe por ciertas doctrinas comprehensivas en base a las
cuales aplicar ciertas políticas, el debate sobre la neutralidad carecería de
sentido. La cuestión de la neutralidad sólo adquiere verdadera relevancia
cuando existen sectores sociales que pretenden imponer su propia doctrina
comprehensiva de la buena vida como la oficial. Sólo en estos casos se
justifica la neutralidad como una solución al menos en parte satisfactoria para
todos. Esto implica llegar a un acuerdo de que, puesto que existen diferencias,
el Estado no deba guiarse por la doctrinas de ningún sector en particular para
que todos puedan gozar de la máxima libertad para desarrollar su propio estilo
de vida. Por lo tanto, para que la neutralidad sea políticamente “potable”,
debe basarse en valores que todos los ciudadanos puedan aceptar razonablemente,
sea cual fuere su propia concepción sobre el bien. Por eso se exige una
justificación neutral para la neutralidad.
Y, claramente, el argumento de Farrell
fracasa en este punto pues su premisa fundamental resulta altamente
controvertida. Cabe suponerse que un cristiano convencido jamás aceptará la
inexistencia de valores objetivos y alegará que la verdad revelada de la Biblia
no puede ponerse en duda. A título de ejemplo, en el Concilio Vaticano II, la
Iglesia Católica sostiene como doctrina oficial exactamente lo contrario que la
premisa fundamental del argumento escéptico: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de
una ley que él no se dicta a sí mismo pero a la cual debe obedecer (...)
Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya
obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado...”[v] Por
lo tanto, vemos que el argumento escéptico de Farrell pareciera fallar pues no
brinda una justificación neutral de la neutralidad.
Entonces, dicho argumento sólo
funcionaría siempre y cuando no se exigiera una justificación neutral para la
neutralidad. Pero ya hemos visto que un Estado neutral basado sobre valores no
neutrales no es lo que nos proponemos justificar. Si deseamos un Estado neutral,
debemos estar dispuestos a construirlo sobre valores neutrales. Por lo tanto, es
nuestra tarea evaluar si resultaría posible convencer a un cristiano
“razonable” de que acepte la premisa fundamental del argumento escéptico.
Esto nos lleva a evaluar la plausibilidad de distintos argumentos en favor del
escepticismo moral. Escepticismo
moral.
Hemos visto que la validez del argumento de Farrell depende del
reconocimiento de la inexistencia de valores objetivos, una postura que tiene
larga historia en la filosofía. Es decir que la neutralidad puede justificarse
sencillamente para quien adhiera al escepticismo moral (que aquí tomaremos en
una definición amplia que incluye al relativismo cultural). Por lo tanto, si
logramos convencer a los ciudadanos de que ésta es una doctrina sostenible,
nuestros contrincantes aceptarán ubicarse en un terreno neutral desde el que
podrá justificarse la neutralidad estatal (puesto que ya hemos sostenido que el
argumento de Farrell es válido desde el punto de vista lógico). En las líneas
que siguen, nos concentraremos en el debate con el cristiano pero los mismos
argumentos pueden aplicarse a cualquier doctrina comprehensiva sobre la buena
vida.
El escepticismo moral se remonta hasta
la antigüedad clásica con Pirrón (siglo IV A.C.) y Protágoras para luego ser
retomado por Sexto Empírico en el segundo siglo de nuestra era. Ha sido también
profundizado durante los siglos XIX y XX por la antropología cultural. Ahora
examinaremos tres argumentos para evaluar si nos permiten sostener
razonablemente la premisa fundamental del argumento de Farrell. Escepticismo pirrónico. Pirrón
sostiene que todo conocimiento verdadero es imposible. Entonces, no habría
conocimiento certero de la “buena vida” por lo que la premisa “no existen
valores objetivos” quedaría plenamente justificada. Ahora
bien, este tipo de escepticismo es difícilmente sostenible pues, dicho en términos
hegelianos, contiene dentro de sí a su propia negación. En efecto, al sostener
que “todo conocimiento verdadero es imposible”, estamos realizando una
afirmación con la pretensión de que ella sea un conocimiento verdadero. Por lo
tanto, o bien nos vemos forzados a aceptar que al menos una proposición es
verdadera (con lo que se refuta la tesis) o bien debemos aceptar que esa
proposición también es falsa (por lo que ni siquiera podría formularse la
tesis). Con ello, la doctrina pirrónica acaba por autodestruirse pues, de tan
extrema, no puede ni siquiera ser expresada. Relativismo de Protágoras.
La postura de Protágoras no es un escepticismo semejante al pirrónico
pues no niega la posibilidad de obtener un conocimiento verdadero. Protágoras
es quien formuló la famosa máxima: “el
hombre es la medida de todas las cosas”[vi]
Para ejemplificar esta afirmación,
podemos decir que, soplando el mismo viento, uno de nosotros tiene frío y otro
calor. Entonces, no es exacto decir que el viento es frío o cálido en sí
mismo. Lo correcto es afirmar que es frío para quien siente frío y cálido
para quien siente calor. Entonces, al ser la verdad puramente relativa, puede
haber dos proposiciones contradictorias que sean ambas verdaderas. Se sigue que
todo juicio de valor es relativo al individuo por lo que no existen valores
objetivos.
Muchos se han visto seducidos por la
simplicidad de este argumento que, ejemplificado de esta manera, parece
coincidir con nuestras creencias del sentido común. Sin embargo, en un examen más
detallado, se verá que en realidad es sumamente controvertido y difícilmente
podría convencer a quien cree en la existencia de valores objetivos. En efecto,
el argumento protagórico falla en un aspecto absolutamente fundamental dentro
de cualquier marco argumentativo: el principio de no contradicción.
La refutación del argumento toma la
siguiente forma. Para que una verdad pueda ser calificada de “verdad”, debe
ser universal pues la validez universal de la verdad pertenece a su esencia
misma. Entonces, dado un juicio determinado, o bien tal proposición concuerda
con la realidad (y entonces es verdadera) o bien no concuerda con la realidad (y
entonces es universalmente falsa). Por lo tanto, la tesis relativista que
sostiene que sólo podríamos conocer “verdades relativas” sufriría de una contradictio
in adjectio pues “verdad” y “relativa” son términos contradictorios
y mutuamente excluyentes.
Ergo, el relativismo moral planteado
por Protágoras no puede convencer al cristiano de la inexistencia de valores
objetivos pues implicaría la negación del principio de no contradicción. Argumento de la
diversidad etnográfica.
Este argumento fue originariamente propuesto por Protágoras pero sólo
ha sido desarrollado en profundidad por la antropología a partir del siglo XIX.
La observación etnológica nos
atestigua que las valoraciones, las normas y las creencias admitidas como
verdaderas varían según las sociedades, las culturas y las épocas. En efecto,
los datos provistos por los descubrimientos antropológicos de los últimos dos
siglos ponen de manifiesto importantes diferencias en el contenido de las reglas
que han sido tenidas como exigencias morales en los diversos pueblos. Entonces,
a partir de esta constatación, el argumento concluye que no hay verdades
morales de valor universal. En otras palabras, las reglas morales sólo serían
fruto de la convención.
Desde mi punto de vista, este
argumento es poderoso pero, en sentido estricto, no alcanza para probar la
inexistencia de valores objetivos pues comete una falacia lógica. En efecto, de
la multiplicidad de opiniones acerca de un asunto no es lícito concluir que
todas estas opiniones sean falsas ni que todas sean verdaderas. Por ejemplo, en
la fisiología han existido y existen varias explicaciones sobre el
funcionamiento de determinada glándula. Pero de ello no se puede concluir válidamente
que todas sean falsas.
Y este ejemplo viene como anillo al
dedo al cristiano razonable. En efecto, el hecho de que diversos pueblos hayan
adoptado distintos sistemas morales, no es más que una prueba de que muchos han
vivido en el error, adhiriendo a un estilo de vida incompatible con el bien.
Pero no puede afirmarse que el cristianismo no sea la verdadera religión.
Entonces, de las premisas no se sigue la inexistencia de valores objetivos.
Ahora bien, aún obviando esta primera
crítica, hay otra buena razón para refutar el argumento relativista que se
deriva de los estudios etnográficos. Las propias conclusiones de los antropólogos
alcanzarían para refutar el argumento que el escéptico esgrime contra el
cristiano.
Es cierto que en la historia se observa una amplia diversidad
de sistemas morales. Sin embargo, los etnólogos también encuentran que, sea
cual fuere la época y características específicas de cada comunidad, existe
una serie de coincidencias: Ø
Todas las sociedades han reconocido el valor de la vida humana. Ø
En todas las sociedades se permite la legítima defensa al ser víctima de una
agresión injustificada. Ø
En casi todas las sociedades existe cierta prohibición del incesto (en algunas
más que en otras pero todas se han ocupado del asunto). Ø
En todas las sociedades está prohibida la violación sexual. [vii]
Por lo tanto, sin negar las obvias
diferencias entre la sociedad contemporánea de los Estados Unidos y la pequeña
sociedad indígena del Amazonas (por utilizar un ejemplo clásico), pareciera
existir cierta coincidencia en algunas cuestiones clave. Por lo tanto, esto daría
lugar para pensar que existiría algo común a la “naturaleza humana”, un
algo común que podríamos tranquilamente denominar “valores objetivos”. Y
si tenemos en cuenta que nuestra preocupación no es sólo convencer al
cristiano sino también a todos aquellos que sostienen la existencia de valores
verdaderos, el argumento etnográfico se convierte en un verdadero boomerang
para el partidario de la neutralidad pues, en base a estas coincidencias entre
culturas, permitiría inferir ciertos valores que negarían la premisa
fundamental del argumento escéptico. De
vuelta al problema de la neutralidad de la justificación.
Este breve análisis de argumentos tradicionales del escepticismo moral
para justificar la premisa fundamental del argumento de Farrell deja al
partidario de la neutralidad con un amargo sabor de boca pues no ha logrado
sostener razonablemente la inexistencia de valores objetivos. Por lo tanto, así
fracasa su intento por justificar la neutralidad estatal desde un terreno
neutral.
Ahora bien, en vista de este fracaso,
propondré una reformulación del argumento escéptico para volverlo compatible
con una justificación neutral. Ya nos hemos convencido de que resulta imposible
alcanzar una justificación puramente “teórica” de la neutralidad. Ahora,
evaluaré la posibilidad de una justificación que podríamos denominar “práctica”. Grado
de neutralidad en la justificación..
Permítaseme introducir un nuevo concepto que llamaré “grado
de neutralidad en la justificación” y que definiré como proporción de
la población que estaría dispuesta a aceptar la inexistencia de valores
objetivos (premisa fundamental para el funcionamiento del argumento de Farrell).
Si sólo un 5% de los ciudadanos estarían dispuestos a reconocer la
inexistencia de valores objetivos, podríamos afirmar que una justificación
neutral resulta imposible. Pero si un 70% estuviera dispuesto a aceptarlo, tal
vez no podríamos decir que la justificación sea completamente neutral pero al
menos será “más neutral” que en el caso del 5%. Entonces, a partir de
ahora consideraremos la neutralidad de la justificación como una cuestión de
grado y no de esencia. ¿Alguien
ha visto una “persona razonable”?
Aquí, podría objetarse que estoy abandonando el campo puramente teórico
en el que se pretende alcanzar una justificación de la neutralidad. Podría
decirse que abandono el “debe ser” para estudiar el “es”. Y esta objeción
está por cierto bien planteada.
Sin embargo, analizando detenidamente
el requerimiento de neutralidad en la justificación tal como es planteado por
Peter De Marneffe, puede observarse que también reposa en un criterio práctico:
“Neutrality of grounds is the principle
that the principles of justice that regulate basic social and political
institutions must be justifiable in terms of moral and political values that any
reasonable person would accept...”
Nótense claramente los términos “any
reasonable person would accept”. Éstos merecen mayores aclaraciones. ¿Qué
es una “persona razonable”? ¿Qué estaría dispuesta a aceptar una
“persona razonable”? ¿Sólo es “razonable” aquél que estaría de
acuerdo con un Estado neutral? ¿El mismo criterio de “persona razonable” es
válido para todas las épocas?
Todas estas preguntas quedan sin una respuesta satisfactoria. No resulta
demasiado sencillo brindar una definición satisfactoria de “persona
razonable” pues, bajo este término universal, se engloba una gran cantidad de
hombres que sostienen una multitud de creencias distintas.
Por lo tanto, de esta dificultad de
definir una “persona razonable”, se sigue la imposibilidad de una
justificación neutral de la neutralidad. Mientras sea el filósofo quien defina
qué es una persona razonable, la legitimidad de la justificación provendrá
exclusivamente de él. En efecto, en un caso extremo, bien podría definir
“persona razonable” como “aquella que estaría dispuesta a aceptar la
inexistencia de valores objetivos” con lo que el argumento escéptico se
convertiría en una mera tautología. Por eso, resulta difícil una justificación
únicamente teórica de la neutralidad.
Lo que verdaderamente importa, desde
mi punto de vista, no es tanto lo que una hipotética “persona razonable”
estaría dispuesta a aceptar sino lo que efectivamente aceptan las personas de
carne y hueso que, en definitiva, son las que vivirán en el Estado neutral y se
beneficiarán o perjudicarán con éste.
Ahora bien, hasta aquí hemos visto
que la imposibilidad de una justificación neutral en base al argumento escéptico
proviene de la imposibilidad de obtener razonable unanimidad en torno a la
aceptación de la premisa “no existen valores objetivos”. Y esto implica el
hecho empírico de que existen personas que (razonablemente o no) sostienen que
sí existen valores objetivos. Si el cien por ciento de la población aceptara
la premisa fundamental, este apartado sería innecesario pues ya habríamos
alcanzado la justificación neutral. El problema del argumento de Farrell
consiste en que, estadísticamente, hay personas que creen en la existencia de
valores objetivos. Sólo que, en este caso, no importa cuántas sean, sólo con
una alcanza para romper la unanimidad y la neutralidad de la justificación.
Por lo tanto, al introducir el
principio de la mayoría, no pienso que estemos saliendo del terreno de juego.
Cuando se pide neutralidad en la justificación lo que se pide es “consenso
empírico” a menos que se pretenda caer en una tautología. Lo único que yo
estoy haciendo es echar luz sobre esta cuestión y quitar pretensiones a un
argumento que, de exigir unanimidad, jamás tendrá chances de funcionar. Historia
de las ideas y tesis de la neutralidad estatal.
Antes de comenzar con este último apartado, deseo advertir que lo que
sigue es tan sólo un humilde esbozo de explicación, una nueva vía de
investigación que merece ser profundizada. Desde ya que se encuentra muy por
fuera de los límites de este breve ensayo proponer una teoría del desarrollo
histórico de la humanidad.
Lo que nos interesa indagar en este
punto es el grado de aceptación que tendría en diversas épocas la premisa
fundamental del argumento escéptico: “no existen valores objetivos”.
Mientras mayor sea la proporción de población que esté dispuesta a aceptarla,
mayor será el grado de neutralidad de la justificación de la neutralidad
estatal.
Mi hipótesis es que el grado de
aceptación a dicha premisa ha ido en aumento a lo largo del tiempo. Si bien no
es posible realizar una encuesta a los habitantes de la Europa feudal para
saberlo efectivamente, no es descabellado especular con que, en esos tiempos,
muy probablemente la enorme mayoría habría respondido que los valores
objetivos existen. Posiblemente, con el advenimiento de la modernidad, una mayor
proporción (aunque aún reducida) habría dicho que no existen valores
objetivos. Y, a partir de fines del siglo XIX, de la mano de Nietzsche, mayor es
la proporción de quienes aceptan la inexistencia de valores objetivos.
Si bien hemos dicho que la etnografía
no puede proporcionar una prueba de la inexistencia de valores objetivos, de
todos modos, el hecho de que ésta disciplina haya florecido en el siglo pasado
podría indicar una cierta tendencia a creer que tal vez los valores sean sólo
relativos. Otra manifestación es que, a lo largo del siglo XX, la educación pública
ha tendido a dejar de lado la enseñanza religiosa para convertirse en laica.
Entonces, a grandes rasgos, podría decirse que, junto con la formación y
consolidación de Estados liberales, podría haberse presentado un cierto cambio
de mentalidad compatible con la neutralidad. Es decir, cada vez serían más
quienes concederían la premisa fundamental del argumento escéptico.
Desde ya que jamás podríamos esperar
una aceptación unánime lo que vuelve imposible pretender una justificación
absolutamente neutral. Pero aquí entra en juego mi definición del “grado de
neutralidad en la justificación”. A lo largo del tiempo, la justificación
neutral de la neutralidad del argumento escéptico de Farrell ha ido en aumento.
Lo que pretendo señalar con este
punto es lo siguiente: supongamos una persona que cree que los hombres gozan de
una serie de derechos fundamentales derivados de su condición de hijos de Dios.
Si estuviera en el siglo XVII, esta persona podría invocar dicho argumento para
fundar instituciones políticas porque, en aquel entonces, los hombres creían
masivamente en Dios. Por lo tanto, en esa época podría haberse alcanzado una
justificación con alto grado de neutralidad para la conformación de un Estado
cristiano (prácticamente todos habrían aceptado ubicarse en el terreno neutral
que sostiene que los derechos de los que gozan los hombres provienen de Dios).
Sin embargo, este mismo argumento difícilmente podría utilizarse hoy en día
para justificar instituciones políticas pues sería rechazado por una buena
parte de la población. Por lo tanto, el grado de neutralidad de la que gozaría
la justificación sería bajo. Y, al mismo tiempo, si una persona invoca la
inexistencia de valores objetivos para fundar instituciones políticas,
probablemente sería mucho mejor recibida hoy que en el siglo XVII (en esa época,
con suerte podría haber escapado a la hoguera).
Este es precisamente el punto central
de mi argumentación: durante el último siglo se ha ampliado la posibilidad de
que sea planteado el argumento de Farrell. Ya prácticamente nadie se
escandaliza ni reacciona con un gesto de desprecio ante quien niega la
existencia de Dios. Y esto constituye un estupendo avance para la plausibilidad
de que el argumento escéptico pueda justificar satisfactoriamente una serie de
instituciones políticas neutrales. ¿Qué ocurrió con Protágoras? Debió
exiliarse de Atenas a causa de sus doctrinas. Obviamente, la polis no estaba
preparada para que un escéptico pusiera en riesgo su orden social. Protágoras
pagó por decir lo que en esa época se consideraba indecible. Y hoy, si bien no
todos estarán de acuerdo con quien niegue la existencia de valores objetivos,
ningún escéptico será enviado al exilio. Este registro de discurso se ha
vuelto aceptable y el argumento escéptico puede plantearse con total libertad
en cualquier país occidental (que son los que nos interesan en este estudio).
Desde mi punto de vista, este es un hecho irrefutable: cada vez existe mayor
grado de neutralidad en la justificación de la neutralidad en base a un
argumento escéptico.
Las razones de esta mayor aceptación
de la premisa exceden largamente los objetivos de este ensayo. ¿Por qué cada
vez más hombres (al menos en Occidente) estarían dispuestos a reconocer la
inexistencia de valores objetivos? Los candidatos son muchos y, a la vez,
interrelacionados: secularización, desarrollo capitalista, formación de
Estados liberales etc, etc, etc. Conclusión.
A modo de conclusión de este ensayo, presentaremos una breve
recapitulación de lo expuesto.
El argumento escéptico de Farrell
provee una estructura lógica eficiente para justificar la neutralidad estatal y
funciona siempre y cuando se conceda la premisa fundamental de la inexistencia
de valores objetivos. Pero hemos visto que dicha premisa resulta altamente
controvertida por lo que violaría el requerimiento de neutralidad en la
justificación. Hemos presentado tres argumentos tradicionales del escepticismo
moral para evaluar si es posible sostener racionalmente la inexistencia de
valores objetivos. Al ser refutados los tres, hemos concluido que resulta
imposible una justificación absolutamente neutral y “teórica” de la
neutralidad estatal.
Luego, hemos introducido el concepto
de “grado de neutralidad en la justificación” para mostrar que, si bien no
es posible la justificación absoluta, al menos puede considerarse que la
aceptación de la neutralidad en base al argumento escéptico ha ido en aumento
a lo largo del tiempo. Por último, hemos sugerido algunas posibles causas que
podrían explicar este fenómeno.
Ahora bien, a modo de conclusión,
sostengo que el argumento escéptico es una vía posible para justificar la
neutralidad siempre y cuando se adopte un enfoque “empírico” que implica no
tergiversar el término fundamental de “persona razonable”. No hay personas
razonables en sí sino individuos particulares que actúan en sus diversos ámbitos
de pertenencia. Por lo tanto, el filósofo escéptico y liberal no debe tildar
de “irrazonable” a quien no acepte la inexistencia de valores de objetivos y
el creyente tampoco debe calificar de ese modo a quien no acepte la existencia
de una verdad revelada.
Entonces, el argumento escéptico no
funciona como argumento “teórico” pues no logra convencer a nadie que crea
en la inexistencia de valores objetivos. Lo que hace es tomar un estado de
mentalidad tal como se presenta y utilizarlo para justificar la neutralidad. En
otras palabras, el argumento sólo permite realizar satisfactoriamente la
transición de la inexistencia de valores objetivos hacia la neutralidad
estatal. Por eso, sostengo que en un mundo que tal vez transita hacia un mayor
escepticismo moral (por causas que desconozco), el argumento de Farrell se
vuelve cada vez más convincente.
Pero el hecho de que, en definitiva,
los valores sean sólo convencionales no implica que no puedan ser buenos para
guiar a los hombres hacia una vida de concordia, entendimiento y respeto por el
prójimo en medio de un ámbito de la más completa libertad individual basada
en una justificación cada vez más mayoritaria de la neutralidad estatal. Federico
Ast Licenciado
en Economía y estudiante de licenciatura en Filosofía, Universidad de Buenos
Aires fedeast2000-uba@yahoo.com.ar [i]
Peter De Marneffe, Liberalism, Liberty
and neutrality [ii]
Dworkin, “Liberalism”, Public and
private morality [iii]
Martín Diego Farrell, Privacidad,
autonomía y tolerancia. [iv]
John Rawls, A Theory of Justice [v]
Concilio Vaticano II, constitución Gaudium et Spes, 16 [vi]
Diels-Kranz , 80b1 [vii]
Dr. Camilo Tale, Examen del
escepticismo y el relativismo moral Publicación enviada por Federico Ast Contactar mailto:federicoast@yahoo.com.ar Código ISPN de la Publicación EEEkkkklFAUAxMBjiG Publicado Wednesday 30 de March de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
ilustrados.com nace con el fin difundir el conocimiento publicando trabajos de investigación, monografias, tesis, presentaciones powerpoint y afines. Publicar trabajos en ilustrados.com ha alcanzado prestigio y reconocimiento internacional siendo cada vez más el número de académicos, empresas, investigadores, científicos que consultan las publicaciones de nuestro portal. | |||||||||