Monografias | Contra la MonarquíaContra la MonarquíaResumen: El autor pone de manifiesto las enormes paradojas con las que se encuentra la razón al buscar argumentos objetivos que justifiquen la pervivencia de la institución monárquica dentro de la realidad social de nuestros días. En su opinión, y pese a la polémica que este debate pueda suscitar, ha llegado el momento de cuestionarnos los pros y los contras mantener de una jefatura de Estado vitalicia y hereditaria, en el seno de un país occidental, en pleno S. XXI. El
autor pone de manifiesto las enormes paradojas con las que se encuentra la razón
al buscar argumentos objetivos que justifiquen la pervivencia de la institución
monárquica dentro de la realidad social de nuestros días. En su opinión, y
pese a la polémica que este debate pueda suscitar, ha llegado el momento de
cuestionarnos los pros y los contras mantener de una jefatura de Estado
vitalicia y hereditaria, en el seno de un país occidental, en pleno S. XXI. Vaya
por delante que soy consciente del enorme apego que algunas personas
experimentan por una causa que genera una idolatría tan irracional, que les
impide siquiera la posibilidad de aceptar un debate crítico sobre la cuestión,
es más, el mero cuestionamiento de la validez y vigencia del actual status
quo desata su ira, máxime, si hablamos individuos de ciertos sectores de la
sociedad, como los más ultra conservadores, la milicia, clases bien estantes o
algunas de las personas que no pudieron acceder o completar los estudios básica.
En efecto, en determinados sujetos, el sentimiento monárquico se manifiesta con
una intensidad comparable al fanatismo deportivo o religioso, identificando esta
forma de gobierno –y no cualquier otra–, como una expresión más de
patriotismo nacional –relación muy lógica, habida cuenta de que la idea
misma de la monarquía tiene mucho que ver con los conceptos de nación y
deidad–. Pero es mejor no seguir por esta línea de razonamiento, que nos
llevaría a la conclusión de que habitamos en una teocracia, lo cual no parece
plausible. Nos
encontramos a finales de 2005, el nivel de madurez democrática alcanzado por la
sociedad española, permite afrontar un debate sobre la monarquía, desde el
respeto y la serenidad. Como ejercicio de libertad e independencia intelectual,
este debate debería aportar enfoques distintos, y luego… el pueblo dirá. En
la voluntad de conferir a éste artículo el carácter más estructurado
posible, voy a guiarme por una relación de preguntas que posteriormente
constituirán el hilo conductor de un proceso argumental muy sencillo. Estas
preguntas son diez:
I.
¿Qué es la monarquía?
II.
¿Por
qué existe un monarca?
III.
¿Quién
nombró al rey de España?
IV.
¿Es
español el rey de España?
V.
¿Qué
poderes tiene el rey de España?
VI.
¿Es
justa la monarquía?
VII.
¿Cuánto
cuesta la monarquía?
VIII.
¿Es
útil la monarquía?
IX.
¿Tiene
sentido la monarquía en la actualidad?
X.
¿La
monarquía es para siempre? I.
¿Qué
es la monarquía? Empecemos
por el principio: ¿de qué estamos hablando exactamente? Según el diccionario
de la Real Academia de la Lengua Española, la primera acepción de “monarquía”
es: «Estado regido por un monarca». Obviamente, no pude resistir la curiosidad
de mirar la descripción del término “monarca”, y esta es la respuesta: «Príncipe
soberano de un Estado», lo cual me dejó un tanto perplejo, porque siempre creí
lo que dice el artículo primero de la Constitución Española, en su apartado
segundo: «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan
los poderes del Estado.». Así pues: o la definición de la Real Academia
contiene un grave error, o la monarquía es inconstitucional. Insatisfecho
pues, con mis pesquisas en el diccionario y la Carta Magna, opté por consultar
una enciclopedia, en búsqueda de mejor fortuna: y en efecto, di con algunas
definiciones muy aclaratorias: Al
parecer, al principio solo existía un tipo de monarquía: la monarquía
absoluta, que como su nombre indica, confería al gobernante un poder ilimitado,
de modo que quedaba en su voluntad la opción de comportarse como un gobernante
despótico. Más tarde aparecieron otras formas de gobierno, a las que se llamó
“monarquías constitucionales”, y que básicamente, no eran otra cosa que
formas descafeinadas de la monarquía absoluta… eso da pie a muchas
interpretaciones, pero a la vista del curso de la Historia en la mayor parte de
países, a partir del S. XVII, se
fue reduciendo más o menos suavemente la cantidad de poder que ostentaba el
monarca, hasta llegar a lo se ha dado en llamar la “monarquía
parlamentaria”, en la que supuestamente, la figura del monarca se limita a ser
un símbolo, como el himno o la bandera. Hay
que decir, que en algunos sitios, el período de monarquía concluyó de un modo
brusco, como en Francia o Rusia, y en otros quedó vacía de significado
ejecutivo de la noche a la mañana, como en Japón. En otros, la monarquía
absoluta ha llegado hasta nuestros días, principalmente en antiguas colonias
británicas y francesas que están bien en la memoria de todos nosotros. Algunas
de esas monarquías han decidido maquillar su legitimidad pretendiendo cumplir
ciertos aspectos formales de tipo legal, con lo que las podríamos llamar
monarquías pseudoconstitucionales. En mi opinión, con las cotas de
alfabetización que hoy en día existen en casi todas partes, eso de “yo mando
porque me lo ha dicho Dios”, o eso tan oído de “Dios es de la familia”,
ya no resulta muy convincente para muchos de los súbditos… y como parece que
la gente todavía respeta la Ley, pues bien… En
resumen: de todas las expuestas, la forma de gobierno que hay en España es la
de monarquía parlamentaria –a parte de todo este razonamiento e investigación,
bastaba haber leído el tercer punto del primer artículo de la Constitución
Española: «La forma política del Estado español es la Monarquía
parlamentaria»–, y por tanto, como sabemos que la monarquía parlamentaria es
un símbolo, concluimos: la monarquía es un símbolo. II.
¿Por
qué existe un monarca? Se
podría decir que tenemos rey porque siempre lo hemos tenido… o bien, siendo más
correctos: que sus orígenes se remontan a tradiciones profundamente arraigadas.
Parece ser que allá por el S. IV a de C., había tribus guerreras que tenían
jefes; tribus que necesitaban aliarse por razones de seguridad o estrategia
militar, y entonces, el número aconsejaba la creación de órganos colegiados
–integrados por jefes–, al frente de los cuales se erigía un coordinador, o
jefe de jefes. Del cómo se elegía a este individuo, no está documentado,
pero, teniendo en cuenta que todo eso empezó a ocurrir mucho antes de Pericles,
creo que el sistema no debió diferir mucho del que podemos contemplar viendo un
documental de Nacional Geographic sobre organización social de manadas de
leones. Echando
un vistazo a lo que nos han contado de los últimos reinados de España, desde
el punto de vista de su encuadre constitucional, veremos que ya en la Carta
Magna de 1812 se le dedicaba el título cuarto entero, y –cosa curiosa–, su
redacción no estaba muy alejada de la del título segundo de la actual
Constitución Española. La
Constitución Española de facto, de
1834, no tenía un título específico para la corona, porque toda ella lo era
en sí misma –siempre me he preguntado como rayos se puede tener texto base
con entidad constitucional “supuesta”–. En 1837 se abogó por retrotraerse
a la de Cádiz, de 1812, de carácter más conciliador –como la de 1978,
aunque esté mal el decirlo–. En
julio de 1854, O’Donnell da un golpe de estado, e Isabel II aprovecha el río
revuelto para ganar una bonita corona; llama a formar Gobierno al viejo general
Espartero, que compartirá el poder con O’Donnell. Hasta que el descontento
hacia el régimen de Isabel II desembocó en un nuevo golpe de estado, esta vez
el de Prim, en septiembre de 1868, dando origen a la revolución de 1868 –la gloriosa–, que supuso el fin del reinado de Isabel II. Las
nuevas Cortes Generales sancionaron –ya en junio de 1869–, la primera de
nuestras constituciones democráticas. En ella quedaron plasmados los puntos básicos
de la revolución de 1868: soberanía nacional, sufragio universal, división de
poderes, concepción de la monarquía como poder constituido y declaración de
derechos. Estuvo vigente hasta 1873, año en que se proclama la Primera República. En
diciembre de 1876, el Martínez Campos proclama a Alfonso de Borbón, hijo de la
exiliada Isabel II, como rey de España. Se abría así la etapa de la
Restauración, un periodo de estabilidad basada en la alternancia bipartidista
de liberales y conservadores. La nueva Constitución Española ligada a este régimen
devuelve la soberanía nacional al rey y a las Cortes, reconoce implícitamente
la división de poderes y opta por la tolerancia religiosa, aunque deja un
amplio margen a su desarrollo a través de leyes posteriores. Es el texto
constitucional de más larga vida en la historia de España, ya que estuvo
vigente hasta 1923. En
abril de 1931, Niceto Alcalá-Zamora proclamaba la II República Española, cuya
consecuencia inmediata fue el destierro voluntario de Alfonso XIII. La República
era la consecuencia de la dictadura agotada de Primo de Rivera. Con el cambio de
régimen, llegó una nueva Constitución Española, promulgada en diciembre de
1931. El nuevo texto se halla en la línea del constitucionalismo democrático,
que resalta la soberanía nacional, la proclamación de los derechos y
libertades, y la división de poderes. Su periodo de vigencia se extendería
hasta el final de la Guerra Civil. Por
tanto, podemos concluir que el monarca existe por su propio interés, y
la monarquía, porque sí, porque ha existido siempre,
y porque en cada momento de la Historia, su existencia respondía a un
equilibrio de intereses que la hicieron posible. III.
¿Quién
nombró al rey de España? Lejos
de lo que ahora afirman los cronistas políticamente
correctos, Borbón participó activamente de la política y el gobierno
dictatorial, llegando a presidir las celebraciones del ilegítimo Consejo
de Ministros, formando parte de los órganos de poder instituidos por
quienes iniciaron la Guerra Civil Española, contra el gobierno de Azaña, Largo
Caballero y Negrín, quienes accedieron a sus cargos mediante elecciones libres
y democráticas. Al
rey de España le nombró el militar golpista Franco, en julio de 1969. Y
no se limitó a suplantar simbólica y puntualmente al golpista … llegó a
asumir la Jefatura del Estado, del 19 de julio a 2 de septiembre de 1974 y desde
el 30 de octubre hasta el 20 de noviembre de 1975. Dos días más tarde, fue
coronado rey de España. Puesto
que ya en el verano del 74 asumió el mando absoluto del país, si hubiera sido
tan demócrata como algunos se empeñan en repetir, pudo haber legalizado el
multipartidismo y convocar elecciones… ahorrándonos más de un año de
dictadura. IV.
¿Es
español el rey de España? El
nombre completo del actual rey de España es: «Juan Carlos Alfonso Víctor María
de Borbón y Borbón-Dos Sicilias», o dicho de un modo breve: Juan Carlos Borbón
Borbón. Como vemos, el apellido se repite. La biología y la medicina, además
del saber popular e incluso la Iglesia, tienen una visión muy peculiar acerca
de la costumbre de casarse reiteradamente entre primos, pero bueno, esta no es
la cuestión. Yendo a lo que nos interesa, Borbón es un apellido de origen
francés. En efecto, el abuelo de Juan Carlos fue Alfonso, que fue nieto de
Francisco, que fue nieto de Carlos, nieto de Felipe (un francés, nieto del
absolutamente absoluto Luis). Además
de pertenecer a una familia francesa, el que dice ser el representante de los
españoles ni siquiera nació en España, nació en Roma (Italia), el día cinco
de enero de 1938. En esas mismas fechas, Franco, que más tarde sería su jefe y
su amigo, Por
tanto, la cuestión está clara: el rey de España es un italiano de
origen francés. Y
ya puestos, su esposa –y madre del futuro rey, si el pueblo no le pone
remedio–, es Sofía, una griega cuya familia fue expatriada precisamente por
andar flirteando con militares golpistas. V.
¿Qué
poderes tiene el rey de España? Los
poderes del rey de España están claramente descritos en los artículos 62 y 63
de la Constitución Española, y, según dicho texto, son: dar el visto bueno a
las leyes que le manden; convocar elecciones y referéndum cuando le toque;
nombrar al presidente del gobierno y a los ministros cuando se lo manden; hacer
como que nombra a los militares y darles medallitas de vez en cuando; estar
informado de los asuntos de Estado; el mando supremo de las fuerzas armadas; dar
indultos; hacer ver que manda en las reales academias; enviar y recibir a los
embajadores; firmar acuerdos internacionales en nombre de España y declarar la
guerra, cuando se lo manden. Parece
que tantas líneas de texto está pensadas para disfrazar la parte que más
preocupa: uno de los poderes del rey es el mando supremo de las fuerzas
armadas. Por
cierto, por si alguien piensa que se trata de una mera cuestión simbólica, que
no debe tomarse en serio, que se trata de una tradición, un paripé del
folklore español, le aconsejo que busque en el diccionario de la real academia
el significado de la palabra “supremo”: «Sumo, altísimo. Que no tiene
superior en su línea.»… ¿Entonces,
quién da las órdenes a los cerca de cien mil soldados que tiene el ejército
de España?, ¿el presidente del gobierno a quien votó la mayoría del pueblo
en marzo de 2004, o un italiano nombrado arbitrariamente por un militar golpista
del Siglo pasado?
Es
decir: en pleno S. XXI, el mando supremo
de los ejércitos de un país desarrollado y occidental, miembro de la OTAN, está
en manos de un negocio familiar: vitalicio y hereditario. VI.
¿Es
justa la monarquía? Desde
mi punto de vista, una cosa es justa cuando en sentido común, es buena y está
dentro de la Ley. Para hacer esta prueba, someteré la afirmación al tamiz de
dos Leyes bien conocidas: la Constitución Española y la Declaración Universal
de los Derechos Humanos. Según
el artículo 14 de la actual Constitución Española: «…los españoles son
iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón
de nacimiento…». A la vista de eso, no entiendo qué derecho extra tiene el
hijo de Juan Borbón respecto al hijo de Pilar Bardem o la hija de Antonio
Banderas. Es decir, si la Constitución Española prohíbe cualquier
discriminación por razón de nacimiento, y el rey es rey solo por su
nacimiento, entonces, la monarquía es inconstitucional. Pero
vayamos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que según el
segundo apartado del artículo número 10 de nuestra Constitución Española, es
quien debe regir la interpretación de nuestros derechos y libertades
fundamentales: Según
las doce primeras palabras, del primer artículo de la Declaración Universal de
los Derechos Humanos, «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en
dignidad y derechos». Vamos a ver, interpretemos: ¿la monarquía es una
dignidad, no? ¿o es un derecho de los reyes? En cualquier caso, si todos los
seres humanos nacemos libres e iguales, ¿porqué unos nacen reyes y otros no?
Si nos ponemos a descartar opciones, aunque solo sea por un ejercicio de lógica…
¿cabe pensar que los reyes no son seres humanos? Porque si no, habrá que
pensar –por eliminación–, que además de inconstitucional, la monarquía
es contraria a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. VII.
¿Cuánto
cuesta la monarquía? Según
consta en el texto de la Ley Orgánica de los Presupuestos Generales del Estado
para 2005, publicada el martes, 28 de diciembre de 2004 (no son una inocentada,
pese a la fecha), se destinan dos partidas: una genérica para la «Jefatura del
Estado», referencia 911M, por un importe total de 7.776.340,00
euros; y otra de «Apoyo a la gestión administrativa de la Jefatura del
Estado», cuyo importe asciende a 5.282.130,00 euros. Es decir, en
total: 2.172.746.589 pesetas, en un año. No
me gustaría incurrir en demagogia interesada –como algunos señalarán–,
pero, en mi opinión, en un país como España, habida cuenta del incremento del
coste de la vivienda, de las deficiencias en la calidad educativa, de lo escaso
de la inversión en los programas de investigación y desarrollo, de las listas
de espera en los centros asistenciales y hospitalarios, de las dificultades por
acceder a plazas de guarderías públicas, etc. no parece justo, ni equitativo
que el Estado gaste cada año el dinero equivalente a cuarenta y tres vidas
completas de trabajo, en mantener “un símbolo”. ¿Qué
de dónde sale el número? Muy fácil: por un lado tenemos algo más de trece
millones de euros que es la asignación presupuestaria para la familia real en
2005, y por otro lado, los 513,00 euros mensuales que forman el
salario mínimo interprofesional en el mismo año. Multiplicamos los 513,00
euros del salario mínimo interprofesional, por los doce meses del año (y nos
da: 6.156,00 euros); la edad límite de jubilación son 65 años, y
un español puede trabajar legalmente a partir de los 16 años, por tanto, la
vida laboral completa de un español, puede ser de 49 años. Si dividimos los
trece millones de euros que cuesta la familia real en un solo año, entre los
6.156,00 euros que cobra un trabajador al año, tenemos 2.121,25 años
trabajados, para reunir el presupuesto. Si dividimos ese número, por el número
máximo de años laborables en una vida, resulta que harían falta casi medio
centenar de vidas completas para pagar esos bonitos trajes, helicópteros,
palacios y coches blindados. Mientras, la población tiene que esperar una
eternidad para hacerse una mamografía. Y eso no es demagogia, es aritmética. Por
cierto: en 2005, la pensión mínima para un jubilado de 60 años, con un cónyuge
a su cargo, es de 489,72 euros, es decir, una renta per cápita de
244,86 euros. Todo
eso sin tener en cuenta que la familia del rey no tiene que preocuparse de pagar
una hipoteca, jamás ha tenido que abrir un periódico ni asistir a un montón
de entrevistas antes de darse cuenta de qué empleos son en realidad timos,
nunca han padecido un atraco, el acceso a la educación de calidad no les supone
ningún problema, y, por no tener listas de espera en los hospitales, ni
siquiera acuden a la sanidad pública, cuando se supone que ellos son el máximo
símbolo de los servicios del Estado. VIII.
¿Es
útil la monarquía? Todos
hemos oído eso de que «tenemos democracia gracias al rey», «Juan Carlos
tiene muy buenas relaciones con el monarca –absoluto– de Marruecos», «el
rey es nuestro mejor embajador»… vamos a ver: Primero:
tenemos democracia por presión internacional, por coherencia con los tiempos,
por decisión ciudadana y porque quienes realmente tienen capacidad para decidir
sobre las cosas oscuras del Estado –la Banca, la Industria y las grandes
firmas del capital y servicios– así lo quisieron en su día. Segundo:
es normal que los monarcas se lleven relativamente bien entre ellos, después de
todo, prácticamente son familia además,
no es raro que los profesionales de un mismo sector aúnen fuerzas… incluso
las prostitutas lo hacen. Tercero:
que yo sepa, en los países “serios de verdad” no hace falta tener más
embajadores que los que designe el gobierno elegido por el pueblo. Tener más de
un interlocutor al más alto nivel, implica que alguno de ellos no es realmente
“del nivel más alto”. Finalmente,
como factor de cohesión, unidad, símbolo de permanencia y todas esas mentiras
que tantas veces nos han repetido desde la radio, la televisión y los periódicos:
sería suficiente con tener solo a la bandera. Sale más barata y también está
por encima de la cabeza de los militares. Tener
un rey no es útil,
porque el pueblo no necesita más unidad que su propia unión, ni más
permanencia que la libertad, expresada en su capacidad de votar para cambiar las
cosas, en busca de horizontes mejores… o nuevas decepciones. De cualquier
modo, todas esas cosas que se supone que corresponden al monarca, son
competencias que deberían ser exclusivas de la persona que el pueblo elija cada
cuatro años. IX.
¿Tiene
sentido la monarquía en la actualidad? Tengo
un amigo francés, que afirma que la monarquía es un problema del S. XIV, cuya
solución se descubrió en Francia a finales del S. XVIII. Todo eso parece
bastante lejano en el tiempo, de no ser porque vivo a menos de diez kilómetros
de la residencia de un rey de verdad, como los de los cuentos. Y
todo eso, teniendo en cuenta que las princesas ya no besan sapos; que los príncipes
se parecen más a los del florentino Nicolás que al de Blanca Nieves, que según
el Programa para el Desarrollo de Naciones Unidas, en el mundo hay más de dos
mil quinientos millones de personas que sobreviven con menos de dos euros al día;
que en España hay tres cientos mil menores que sufren explotación laboral y un
largo etc. Según
lo expuesto en este artículo, la monarquía es un viejo símbolo injusto,
discriminatorio, impuesto por un ex militar delincuente, caro e inútil. Por
tanto, tal como yo lo veo: algo que es simbólico, viejo, injusto,
discriminatorio, caro, inútil y procede de un golpista… no tiene sentido, la
monarquía no tiene sentido. Y todavía tiene menos sentido que ese algo,
pueda llegar a dar órdenes a los militares de mi país, incluso en contra de la
voluntad del presidente del gobierno electo. X.
¿La
monarquía es para siempre? De
entrada: no, la monarquía no es para siempre, tiene remedio. Descontando
el recurso a la guillotina, tan extemporáneo como la propia monarquía, existe
todo un abanico de opciones para abolir esta incivilizada forma de gobierno,
pero, por hablar claro: creo que sería suficiente con restaurar la república,
y poner a los miembros de la realeza a trabajar, como todo el mundo. Al
final, la cuestión de la monarquía, no es más que la manifestación de un
problema mucho mayor: un problema cuya base tiene que ver con la esencia misma
de la injusticia: en la repugnante creencia de que algunas personas nacen con más
derechos que otras. Sostener la causa del rey, es afirmar que hay personas
superiores a otras, y eso es trágico, es dañino y es mentira. La
vigente Constitución Española de 1978 la aprobaron un conjunto de políticos
comprometidos con el espíritu de la democracia, pero atemorizados por una clase
militar que seguía muy de cerca todos sus pasos. No hay libertad con miedo, y
ese miedo se reflejó en el Texto, al plasmar males menores, como la monarquía,
que en aquel momento, por puro pragmatismo, no podían ser omitidos. Ningún demócrata
aceptaría una fórmula de gobierno en la que la soberanía no resida en el
pueblo. Respeto
y confío en el pueblo español. Es solo cuestión de tiempo.
Jaume
d'Urgell [i]
Jaume d'Urgell es escritor y reside en Madrid. Su correo electrónico es: jaume@durgell.com Publicación enviada por Jaume d’Urgell Contactar mailto:jaume@durgell.com Código ISPN de la Publicación EEFEuZpyykeTJqzDFM Publicado Tuesday 8 de November de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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