Monografias | Platón contra la teatrocraciaPlatón contra la teatrocraciaResumen: Filosofía y poesía trágica son, tal vez, los dos mayores legados griegos a la humanidad. Platón y Aristóteles, por un lado. Sófocles, Esquilo y Eurípides, por el otro. En tiempos de la polis, las dos disciplinas no se concebían como aisladas y autosuficientes sino que se influían mutuamente ejerciendo un fuerte impacto en la educación, las costumbres y la vida política. Y no sólo poesía y filosofía se encontraban relacionadas sino que hasta se contraponían. (E) I-
Introducción Filosofía
y poesía trágica son, tal vez, los dos mayores legados griegos a la humanidad.
Platón y Aristóteles, por un lado. Sófocles, Esquilo y Eurípides, por el
otro. En tiempos de la polis, las dos disciplinas no se concebían como aisladas
y autosuficientes sino que se influían mutuamente ejerciendo un fuerte impacto
en la educación, las costumbres y la vida política. Y no sólo poesía y
filosofía se encontraban relacionadas sino que hasta se contraponían. En República,
Platón destaca la existencia de una querella entre ambas disciplinas. El
propósito del presente estudio es desarrollar este conflicto a la luz de la
filosofía política platónica de República y Leyes. ¿Qué
clase de sociedad política tiene en mente Platón? ¿Qué es lo que teme de los
poetas? ¿Por qué los poetas trágicos constituyen un impedimento para realizar
la polis ideal? La presente monografía se desarrollará en torno a estos tres
interrogantes. En
primer lugar, reconstruiremos las críticas hacia la poesía expuestas en República.
Las denominaré, arbitrariamente, “argumento
metafísico”, “argumento de la
educación” y “argumento psicológico”. En
segundo lugar, se presentará el contexto histórico de Platón para esclarecer
las razones de su ataque hacia el arte. En efecto, éste no puede comprenderse
sin tener en cuenta el rol de los poetas en la formación ética de los
ciudadanos. Así, podrá demostrarse que el objetivo platónico no consiste en
introducir una discusión erudita sobre el arte sino evaluar los efectos de la
poética sobre la vida política. La
hipótesis del presente estudio es la siguiente: la expulsión de los poetas trágicos
de la polis ideal platónica se deriva exclusivamente de motivos políticos. Es
decir, como sostiene Gadamer en Platón y los poetas, el objetivo platónico no consiste en censurar
al arte porque resulte incompatible con su sistema metafísico sino por sus
efectos indeseables para su proyecto político. En este sentido, se demostrará
que la expulsión de los poetas es una condición necesaria para ejecutar la
visión política platónica en República. Sin
embargo, República no es la última
palabra de Platón acerca del arte. Entonces, se verá en qué medida modifica
su postura en Leyes, donde, hasta
cierto punto, se atenúan las exigencias de expulsión de los poetas. Es decir,
no todos habrán de ser expulsados sino que se abre la posibilidad de
aprovecharlos para la educación de los ciudadanos. No obstante, la nueva
postura de Leyes no modifica sustancialmente la situación. En definitiva, se
verá que Platón sigue adaptando sus ideas sobre el arte a los requerimientos
de un proyecto político antidemocrático. PRIMERA
PARTE: REPÚBLICA II-
El Argumento metafísico contra los poetas En
primer lugar, analizaremos el “argumento metafísico” contra los poetas, que Platón expone entre
595a y 598d del libro X de República.
La crítica presupone el basamento ontológico de la teoría de las Ideas (que
no reproduciré aquí). A) El
argumento de la cama a1)
Dios es el creador de la Idea de Cama a2)
La Idea es lo verdadero a3)
El carpintero imita la Idea de Cama para producir una cama concreta. La
cama concreta es una apariencia puesto que es una copia de la Idea de Cama. a4)
Cuando el pintor pinta el cuadro de la cama fabricada por el carpintero, está
imitando algo que ya es una imitación. Es decir, la pintura de la cama es la
copia de una copia de la Idea. a5)
Puede establecerse una analogía entre el pintor y el poeta, en el sentido que
ambos pretenden imitar un modelo. De
mismo modo en que el pintor imita la cama concreta fabricada por el carpintero
(sin entender nada del oficio, es decir, sin saber cómo la cama se construye),
el poeta imita en sus obras las acciones humanas, pero no las Ideas. a6)
Se sigue que “bien lejos de lo verdadero
está el arte imitativo” (598b)[1]. Según
Platón, dado que se inspira en copias y no en las Ideas mismas, la poesía trágica
se encuentra a tres grados de la realidad. B)
Argumento metafísico contra el poeta Una
vez evaluado el estatus de verdad de las composiciones poéticas, Platón dirige
el argumento metafísico contra sus creadores: los poetas. b1)
“El buen poeta, si ha de componer bien
sobre aquello que compusiere, es fuerza que componga con conocimiento o no será
capaz de componer”[2] b2)
Sin embargo, es imposible que el poeta conozca todos los asuntos sobre los que
compone. El
poeta no es un estratega militar, ni un constructor de barcos, ni un legislador
ni tantas otras profesiones que imita en sus relatos. b3)
Aun careciendo de todos estos conocimientos, el poeta compone. b4)
Se sigue claramente que ningún poeta puede ser bueno, dada la condición
requerida para ser un “buen poeta”
de b1. C)
Limitaciones del argumento metafísico Ahora
bien, hasta aquí el argumento metafísico contra los poetas. Si el interés de
Platón se limitara exclusivamente a indagar cuál es el lugar que debe
atribuirse a la poesía en su sistema ontológico, podría darse por satisfecho. Sin
embargo, como afirma Gadamer en Platón y los Poetas: “poco
puede ayudar a la comprensión el que se presuponga a Platón como el metafísico
de la teoría de las Ideas y se demuestre entonces que su crítica a los poetas
se deriva de modo consecuente de sus supuestos ontológicos fundamentales”[3] En
efecto, para captar el verdadero alcance de la crítica a los poetas, debe
comprenderse el argumento ontológico dentro de su contexto, tanto filosófico
como histórico. Es decir, es necesario examinar el resto de sus argumentos y la
coyuntura histórica en que se inserta el diálogo. Por
otro lado, del hecho que los poetas no imiten a las Ideas en sus relatos, de
ninguna manera se sigue que deban ser expulsados de la polis. Es precisamente
esa conexión la que falta. Y ésta debe buscarse en el tipo de estado que Platón
tiene en mente. Sólo así puede comprenderse por qué, en República,
la expulsión de los poetas trágicos es una condición necesaria para
realizarlo. III-
Contexto histórico A)
Contexto político[4] Platón
nace en Atenas alrededor de -428 y muere en -348. No es la época dorada de la
polis la que le toca vivir sino un período de profundas convulsiones que marcarán
a fuego su filosofía política. Platón
es coetáneo de la guerra del Peloponeso, que enfrenta a Atenas y Esparta, las
dos mayores potencias de la Hélada. El conflicto conmueve la región hasta los
cimientos y, mediante el sistema de alianzas, involucra a todo el mundo griego.
La confrontación termina con la capitulación de Atenas en -404 y el
desmembramiento del otrora orgulloso Imperio Ateniense. Tras
veintisiete años de lucha, el tesoro de la polis estaba arruinado y la
sociedad, conmovida. La vida política, por su parte, estaba a punto de
presenciar la barbarie. En -404, Esparta instituye en Atenas el gobierno títere
conocido como los “Treinta Tiranos”, que impone un régimen de terror
durante ocho meses. Los Tiranos saquean las propiedades de los atenienses y
ejecutan ciudadanos a mansalva hasta que son depuestos por un golpe de estado
pro democrático en -403. Sin
embargo, lo que en un primer momento parecía un acontecimiento auspicioso,
acaba en el desastre cuando, en -399, la democracia ateniense condena a muerte a
Sócrates. Ese mismo año, Platón se retira de la vida política de su ciudad,
desencantado con la democracia a la que calificará como un régimen que corona
la “insolencia, la indisciplina, el
desenfreno y el impudor”[5].
Si creemos en la autenticidad de la Carta VII, lo que separó para siempre a
Platón de la actividad política fue precisamente la condena a su maestro. Es
en este contexto que debe enfocarse un análisis fructífero del arte en República.
No se trata de una disquisición erudita sino de un asunto enmarcado dentro de
un proyecto político concebido para salvar a Atenas de su decadencia. Es decir,
todo este descontento quedará plasmado en la filosofía política de República. Más
adelante discutiremos si Platón mismo creía en la posibilidad de realizar esta
polis ideal o si sólo se trataba de una utopía. Por el momento, nos
concentraremos en la discusión sobre el arte en este diálogo de madurez. Ahora
bien, para contextualizar debidamente los argumentos platónicos contra los
poetas, es necesario decir unas palabras sobre la educación de los ciudadanos. B) La
paideia en Atenas En
la educación ateniense, la poesía trágica desempeñaba un papel central en el
aprendizaje de la lectura y convocaba a un público masivo en las
representaciones teatrales de las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Las
tramas de las tragedias solían inspirarse en antiguos mitos griegos, muchos de
ellos transmitidos por Homero, el “gran educador de Grecia”. Para
comprender los motivos de la crítica a Homero que trataremos más abajo, no
puede insistirse lo suficiente en el alto prestigio del que gozaba este último.
Todo griego culto sabía de memoria algunos pasajes de la Ilíada
y la Odisea. En muchas conversaciones
de la vida cotidiana, se acostumbraba aludir a “el
Poeta”. Y Gadamer señala que “se
solía recurrir a Homero para justificar el conjunto del saber propio y al saber
en todos los dominios (como recurre a la Biblia el escritor cristiano posterior)”[6]. Platón mismo se encuentra muy familiarizado con sus
poemas y lo manifiesta en las múltiples citas a lo largo de todo el diálogo.
Incluso, reconoce sentir hacia él “un
cierto cariño y reverencia desde niño”[7]. Pero,
¿cuál es el problema con Homero? Su enorme influencia sobre la educación de
los ciudadanos podía, al menos potencialmente, engendrar una paiedia
nefasta en caso de que sus consejos fueran errados. En efecto, sus admiradores
sostenían que “en lo que se refiere al
gobierno y la dirección de los asuntos humanos, es digno que se le estudie y
conforme a su poesía se instituya la propia vida”[8] Precisamente,
Platón intentará demostrar que las enseñanzas homéricas eran, efectivamente,
perjudiciales para la formación ética de los ciudadanos y nefastas para la
vida política. Sin embargo, no es el primer filósofo griego en cuestionar el
legado homérico. Como sostiene Gadamer, “Jenófanes
y Heráclito, Pitágoras y Anaxágoras han hecho una crítica semejante frente a
la teología homérica”[9] Es
decir, la querella entre poesía y filosofía no es nueva en los tiempos de Platón.
El discípulo de Sócrates es un eslabón dentro de una larga cadena de críticos
célebres, entre cuyas filas se incluye a muchos de los pensadores más
destacados de la Antigua Grecia. Con
estos datos en mente, procedemos a continuación a la reconstrucción del “argumento
de la educación” contra los poetas. IV-
El argumento de la educación A)
Justificación de la intervención del Estado en la regulación de las artes miméticas En
el apartado del “argumento metafísico”,
se había concluido que el hecho de que las tragedias no imitaran correctamente
la realidad, no implicaba necesariamente que los poetas debieran ser expulsados
de la polis. En República II y III,
Platón brinda la justificación de la intervención estatal en la educación,
un argumento particularmente candente en aquellos tiempos puesto que la
instrucción de los jóvenes no era pública sino que estaba en manos de
profesores privados: los sofistas. c1)
Los niños “se dejan moldear más fácilmente
y admiten cualquier impresión que se quiera dejar grabada en ellos”[10] c2)
No debe permitirse que los niños escuchen mitos que den cabida en su espíritu
a ideas generalmente opuestas a las que se cree necesarias que tengan inculcadas
al llegar a mayores c3)
“Debemos vigilar a los forjadores de
mitos y aceptar los creados por ellos cuando estén bien y rechazarlos cuando no”[11] c4)
Ergo, es legítimo y necesario que el Estado vigile la actividad poética. Es
decir, la necesidad de la intervención del Estado se deriva del carácter
potencialmente nefasto que la poética puede tener sobre la educación de los
ciudadanos. Por eso, es peligroso confiar la educación a los sofistas. Es
necesaria una supervisión estatal sobre los contenidos de la enseñanza. B)
El argumento de la educación contra los poetas Una
vez justificada la intervención estatal, es necesario determinar qué mitos serán
tolerados y cuáles no. El argumento se basa en el concepto de “mentira
innoble” y sus efectos sobre la virtud de los ciudadanos. d1)
Una mentira innoble es aquella que “da
con palabras una falsa imagen de la naturaleza de dioses y héroes, como un
pintor cuyo retrato no presentara la menor similitud con relación al modelo que
intentara reproducir”[12] Esta
premisa nos remonta al argumento metafísico de República
X que hemos tratado más arriba. En efecto, las artes miméticas son copias de
copias de las Ideas. Es decir, sus contenidos son falsos. Sin embargo, a primera
vista esto no pareciera demasiado grave para un proyecto político. ¿En qué
sentido el hecho de que un discurso no refleje la realidad puede resultar
peligroso? ¿El hecho de que la creación artística no imite correctamente al
modelo es razón suficiente para prohibirla? d2)
Las mentiras innobles tienen pretensiones de verdad. La
respuesta a las preguntas anteriores proviene de esta característica distintiva
de las mentiras innobles. Éstas no se limitan a meras alegorías donde tanto el
creador como el oyente son conscientes de su falsedad. El oyente está inducido
a creer que los sucesos ocurrieron realmente. El problema resulta de mayor
gravedad si consideramos la premisa c1: los niños “se
dejan moldear más fácilmente y admiten cualquier impresión que se quiera
dejar grabada en ellos”. Es decir, las mentiras innobles atentan
particularmente contra los niños, el futuro de la polis. Pero, ¿en qué
sentido son las mentiras innobles nocivas para la educación? d3)
Las mentiras innobles corrompen el alma y atentan contra la virtud. Las
fábulas de Homero y Hesíodo narran historias de dioses iracundos y de héroes
perversos. Según Platón, “no se debe dar a entender a un joven oyente que, si comete los peores crímenes
(...) no hará con ello nada extraordinario, sino solamente aquello de que han
dado ejemplo los primeros y más grandes de los dioses”[13].
Es decir, el problema de las mentiras innobles es que proveen modelos de
conducta indeseables. Por
otro lado, Platón destaca que “cuanto mayor sea su valor literario, tanto menos pueden escucharlos los
niños o adultos que deban ser libres y temer más la esclavitud que la muerte”[14].
Por eso es tan peligroso Homero: su refinada techné poética junto con sus mentiras innobles conforman un cóctel
venenoso para las almas de los ciudadanos. d4)
La polis requiere ciudadanos virtuosos. d5)
d3 y d4 son contradictorias. En
una polis no pueden coexistir mentiras innobles y ciudadanos virtuosos. d6)
Se sigue que los poetas trágicos, que son quienes crean mentiras innobles, son
nocivos para la polis. d7)
La conclusión c4 del argumento anterior justifica la intervención del Estado
en cuestiones artísticas. d8)
En base a c4 y d6, se deriva que los poetas trágicos deben ser expulsados de la
polis. Es
decir, es legítimo y deseable utilizar el poder estatal para prohibir la
actividad de los poetas trágicos. C)
El verdadero criterio platónico para definir quién debe ser expulsado Acabamos
de reconstruir el “argumento de la
educación” con el que Platón justifica la expulsión de los poetas trágicos.
El criterio utilizado parece ser la pretensión de verdad de la ficción. Sin
embargo, las mentiras innobles no son el único tipo de relato ficticio. ¿Qué
distingue entre una mentira noble y una mentira innoble? Si bien ambas son
ficciones, la segunda tiene pretensiones de pasar por verdadera. Entonces, puede
establecer un modelo indeseable de conducta, al mostrar falsamente que los
dioses (supuestamente, perfectos) también caen en toda clase de vicios. Por lo
tanto, el ciudadano podría decir: “si ellos lo hacen, ¿por qué no yo?”, y obrar en consecuencia. Es
decir, en última instancia, lo que distingue entre mentiras nobles e innobles
es el efecto que causan en el alma. La mentira innoble corrompe. La mentira
noble, no.Una vez erradicadas las mentiras innobles de la polis, el objetivo es
basar la educación sobre una clase de relato que promueva la virtud. Puesto que
la mentira noble no tiene una pretensión de verdad, no resulta nociva ya que no
presenta modelos de conducta indeseables. Aun más, las mentiras nobles pueden
resultar beneficiosas “como el remedio con que se contiene un mal”[15].
Es decir, pueden promover la virtud mediante fábulas que entronicen los modelos
adecuados de conducta. La
aceptación de mentiras nobles permite evitar una erradicación definitiva de la
poesía de la polis. En efecto, una vez desterrados los poetas trágicos, sólo
quedan dos clases de relatos: las ficciones basadas en mentiras nobles y las
narraciones verdaderas (que podríamos identificar con lo que hoy entendemos por
“narración histórica”). Ahora
bien, ¿está Platón dispuesto a aceptar el relato histórico? Siempre y cuando
cumpla con el criterio de ser útil para la educación ciudadana. Como sostiene
Gadamer, “el motivo de la depuración de la tradición mítica es (...) recusar lo
que es falso, no sólo porque es falso sino por mor de la educación”. No
obstante, en mi opinión, Platón va aun más lejos en su criterio de
determinación sobre qué puede permanecer en la polis y qué debe desaparecer.
Analizando el texto con algo más de profundidad, vemos que ni siquiera Platón
aplica el propio criterio de la “pretensión de verdad” para distinguir entre mentiras nobles e
innobles. No podría comprenderse si no el siguiente pasaje: “En
cuanto a las hazañas de Crono y el tratamiento que le infligió a su hijo, ni
aunque fueran verdad me parecería bien que se relatasen”[16].
En efecto, incluso los relatos verdaderos que pudieran imponer un mal modelo de
conducta deberían ser desterrados. Es
decir, no se trata de si el relato es verdadero o falso y ni siquiera si, siendo
falso, pretende pasar por verdadero. Se trata de si es útil o pernicioso para
la educación en la virtud. Para coronar este apartado, un fragmento donde se
evidencia la visión “propagandística”
(si se quiere) que Platón otorga a la poesía: “si hay modo de persuadirles [a los ciudadanos] de que jamás existió
ciudadano alguno que se haya enemistado con otro y de que es un crimen hacerlo
así, tales y no otros deben ser los cuentos que ancianos y ancianas relaten a
los niños desde que éstos nazcan; y, una vez llegados los ciudadanos a la
mayoría de edad, hay que ordenar a los poetas que inventen también narraciones
de la misma tendencia”[17].
Queda claro cuál es el papel que Platón asigna a la poesía en la educación
en República. D) La
censura a Homero y el contexto histórico De
acuerdo con Gadamer, son básicamente dos los elementos de Homero que Platón
censura: la concepción antropomórfica de los dioses y la imagen del Hades. Según
Gadamer, la primera crítica de Platón a Homero es “su
concepción de los dioses, ese aspecto humano, tan familiar para nosotros, de
aquellos dioses que en la altura de su existencia olímpica practican las mismas
discordias, intrigas y artimañas, los mismos crímenes atroces de que está
llena la vida humana”[18].
De este punto ya hemos dicho lo suficiente en el apartado anterior. Las acciones
de los dioses narradas por los poetas trágicos proveen modelos de conducta
incorrectos. Quisiera
insistir con mayor profundidad en la crítica hacia la concepción homérica del
Hades pues, a mi entender, aquí se observa claramente la influencia del
contexto político en la filosofía política platónica. Según Gadamer, Platón
“combate la imagen homérica del Hades,
que tendría que despertar temor a la muerte”[19]. Es
decir, la educación homérica podría, a juicio de Platón, haber llevado al
desastre de Atenas. En efecto, “quien crea que exista el Hades y que es terrible, ¿podrá no temer a la
muerte y preferirla en las batallas a la derrota y la servidumbre?”[20] ¿Podría
tratarse de una alusión a la debacle de la guerra del Peloponeso? ¿Podría
interpretarse como un reproche a la cobardía de los soldados atenienses en
contraste con las disciplinadas tropas lacedemonias? Si se nos permite tal
interpretación, encontramos aquí un ejemplo práctico de en qué medida una
educación equivocada puede conducir a la pérdida de la libertad. Nuevamente,
la censura platónica: “me parece, pues,
necesario que vigilemos también a los que se dedican a contar esta clase de fábulas
y que les roguemos que no denigren tan sin consideración todo lo del Hades,
pues lo que dicen actualmente ni es verdad ni beneficia a los que han de
necesitar valor el día de mañana”[21] V-
El argumento psicológico A)
Poesía y partes del alma Hasta
aquí, hemos analizado dos tipos de argumentos platónicos contra los poetas: el
primero basado en la metafísica y el segundo en el contenido de la mimesis,
cuyas mentiras innobles conducen a una mala educación ciudadana. A continuación,
presentaremos un argumento “psicológico”, expuesto en República
X y basado en los efectos de la poesía sobre el alma de los espectadores. El
objetivo que se plantea Platón con este argumento consiste en distinguir “aquella
parte de nuestra mente a la que habla la poesía imitativa [para determinar] si
es deleznable o digna de aprecio”[22].
El argumento puede reconstruirse de la manera siguiente: e1)
Un hombre que sufre una desgracia como la pérdida de un hijo tiende a
lamentarse por su pesar. e2)
Al mismo tiempo, la razón le manda a resistir al sufrimiento y no manifestarlo
en público. e3)
De e1 y e2 se sigue que existen “dos
impulsos en el hombre sobre el mismo objeto y al mismo tiempo”[23] e4)
Si hay dos impulsos simultáneos, Platón deduce que el alma tiene dos partes.
El elemento superior la lleva a “tornarse
lo antes posible a su curación y al enderezamiento (...) El mejor elemento
sigue voluntariamente ese raciocinio”[24].
El elemento inferior, que lleva al recuerdo de la desgracia y a las
lamentaciones, es “irracional y perezoso”[25] e5)
El elemento racional, “siendo siempre
semejante a sí mismo no es fácil de imitar ni cómodo de comprender cuando es
imitado, mayormente para una asamblea en fiesta”[26] e6)
“Es manifiesto, por tanto, que el poeta
imitativo no está destinado por naturaleza a ese elemento del alma ni su
ciencia se hizo para agradarle, (...) sino [que está destinado] para el carácter
irritable y multiforme, que es el que puede ser fácilmente imitado”[27] e7)
Al dirigirse la poesía a la parte inferior del alma, fortalece la
irracionalidad y destruye la armonía: “De
ese modo, el poeta imitativo implanta privadamente un régimen perverso en el
alma de cada uno, condescendiendo con el elemento irracional que hay en ella
(...) creando apariencias enteramente apartadas de la verdad”[28] La
conclusión de este razonamiento debe enmarcarse en la división tripartita del
alma que Platón expone en el libro IV de República.
La realización del ideal de justicia en el alma y en la polis exige una armonía
entre la parte inferior y la superior, donde la primera se encuentre sometida a
la segunda. Platón sostiene: “podríamos
con razón afirmar que es templanza esta concordia, esta armonía entre lo que
es inferior y lo que es superior”[29] Entonces,
en virtud de e7, existe un conflicto entre la parte del alma a la que se dirigen
los poetas y la parte que debe gobernar para que pueda realizarse el ideal de
justicia en la polis. Debido a la actividad del poeta, el elemento inferior
destruye al superior. Ergo, destruye la armonía necesaria para la justicia. Por
lo tanto, no habrá justicia en una polis con poetas trágicos. Es momento de
decidir: ¿poesía o justicia? La
elección es clara: el poeta debe irse. B)
Poesía y democracia A
mi juicio, el “argumento psicológico”
encierra, tal vez mejor que el de la educación, el profundo compromiso asumido
por Platón hacia la transformación del orden político democrático de su
tiempo. Según
Platón, a cada sistema de gobierno le corresponde el predominio de una parte
del alma. En la democracia, el elemento dominante es el inferior, las pasiones,
los apetitos, precisamente el segmento que inflama el poeta. Por eso, la
democracia es un régimen donde se corona “la
insolencia, la indisciplina, el desenfreno y el impudor”[30].
Es el gobierno de los excesos, del libertinaje, de los sofistas demagogos y de
los poetas que encienden las pasiones populares. La
democracia es también el régimen que condenó a Sócrates y llevó a Platón a
adoptar una de las decisiones más amargas que pudiera tomar un griego libre de
su tiempo: retirarse de la vida política. En Gorgias,
Platón compara a la Asamblea popular que sentencia a su maestro con un tribunal
de niños ante el que un médico es acusado por un cocinero, inculpándolo por
la dureza de sus tratamientos y el mal sabor de sus pócimas, en contraste con
la dulzura y variedad de sus manjares. Inútil será para el médico alegar que
el sufrimiento que impone sólo busca el bien de sus pacientes. Jamás convencerá
a un público de ignorantes libertinos guiados por sus apetitos. Esta
es la visión platónica de la democracia, un régimen donde el filósofo es
despreciado y el poeta, admirado. Un régimen en las antípodas del gobierno de
la razón. Por eso sostengo que el argumento psicológico es, a mi entender, el
que mejor revela el compromiso político platónico. El
argumento de la educación, en principio, no implica una preferencia por un
sistema de gobierno en particular. Tanto en una aristocracia como en una
democracia, el poeta es nocivo porque entroniza modelos equivocados de conducta.
Pero el argumento psicológico va más allá. El poeta inflama las pasiones y
crea una subjetividad política compatible únicamente con la democracia. A su
vez, la democracia brinda un marco de libertad para la creación poética que
perpetúa una subjetividad reñida con la razón. Es un círculo vicioso que
retroalimenta las pasiones y destruye la justicia. SEGUNDA
PARTE: LEYES Hasta
aquí, se ha visto el enfoque platónico del arte en el diálogo de madurez, República.
Sin embargo, no es ésta la última palabra de Platón acerca del arte y su
relación con la política. En Leyes,
presumiblemente su última obra, se reexamina la problemática en un nuevo
intento por construir una polis ideal. ¿A qué se debe esta nueva tentativa? ¿Son
estas dos obras contradictorias o complementarias? Hay
quienes sostienen que efectivamente las ideas políticas de Platón sufrieron
modificaciones en los años que siguieron a la redacción de República.
Entonces, Leyes vendría a ser su “última
palabra” en filosofía política. Otra postura alega que, en realidad, el
pensamiento político platónico no sufrió alteraciones. Platón habría
decidido escribir Leyes al darse cuenta de que su polis ideal de República resultaba inviable en la práctica dadas las extremas
exigencias que hacía pesar sobre la población. Es decir, según este enfoque,
en Leyes, Platón estaría
describiendo una “segunda polis ideal”,
no tan perfecta como la primera aunque más factible. A
los efectos de la presente monografía no es necesario embarcarnos en este
debate. Nuestro objetivo será demostrar que, sea cual fuere la relación entre
las intenciones de Platón entre República y Leyes, en lo
esencial la tematización del arte en este último diálogo es complementaria
con la del primero. Es decir, Platón mantiene su preocupación sobre los
efectos del arte en la formación de los ciudadanos. No
obstante, sí puede apreciarse una leve diferencia entre ambos. En República,
todos los poetas trágicos eran expulsados de la polis porque eran nocivos,
quedando sólo aquellos que compusieran himnos a los dioses (algo que difícilmente
podríamos llamar “poesía”, tal como se la entendía en aquella época). En
Leyes, Platón modera esta exigencia y
se muestra dispuesto a aceptar a algunos. No obstante, esta nueva postura en
realidad no modifica drásticamente la situación porque, como se demostrará más
adelante, los poetas que se queden estarán sometidos a una estricta vigilancia
estatal que controlará el cumplimiento de una serie de normas de elaboración
del arte. En otras palabras, los únicos poetas admitidos serán aquellos que
acepten poner su arte al servicio del poder. VI) El
argumento del “cultivo del gusto” (Libro II) El
argumento que denominaré “del cultivo
del gusto” es una de las mayores innovaciones que Platón introduce en Leyes
y sienta un marco conceptual dentro del cual será tratado el arte en lo que
resta del diálogo. En el Libro IX de República,
Platón examinaba la relación entre virtud y placer. Allí, decía que cada
parte del alma tiene un placer asociado. Entonces, cada persona sentirá placer
con determinadas cosas según cuál sea la parte del alma que predomine en ella.
Por ejemplo el placer característico de quien ama los honores, son los honores,
el placer característico del filósofo es el conocimiento, etc. Pero si bien el
placer es, en cierta medida relativo al sujeto, esto no implica que no pueda
establecerse objetivamente un placer superior al resto. Puesto que el filósofo
es mejor juez que los demás ciudadanos, es capaz de decidir qué actividades
son más placenteras. Entonces, las actividades típicas del filósofo son las más
placenteras objetivamente. Esta
concepción del placer ya aparece en República. Sin embargo, en este diálogo Platón aún no establece
una vinculación explícita con el arte. Recién en Leyes se interesará por dilucidar las conexiones entre placer y
juicio estético. El
argumento del “cultivo del gusto”
puede reconstruirse de la manera siguiente: f1)
“Llamo
educación a la virtud que se da primeramente en los niños: cuando el placer y
el amor, el dolor y el odio se producen rectamente en sus almas sin que puedan aún
razonar sobre ellos”[31] Es
decir, una buena educación asocia la parte pasional con la racional. Pone la
pasión al servicio de la razón porque hace que el individuo sienta placer en
la virtud. f2)
“esa recta crianza de placeres y dolores
que constituye la educación se desvía y pervierte buena parte en los hombres
durante el curso de su vida” Es
decir, en la vida de los hombres, se produce una separación entre la parte
pasional y racional. Suele ocurrir que aquello que genera placer se encuentre reñido
con la virtud. f3)
Aquellos que observan una representación donde “lo
representado vaya de acuerdo con su carácter (...) se gocen con ello y lo
celebren y lo proclamen como bueno mientras que aquellos en que eso mismo esté
en oposición con su naturaleza no es posible que gusten de ello ni lo alaben” Esto
nos sugiere el carácter subjetivo del placer. El hombre perverso se regocija
con las representaciones perversas. Esta afirmación no implica un cambio
respecto de República, donde Platón
ya insistía en que a la multitud le agradaban los espectáculos degradantes.
Pero en Leyes, se abre la posibilidad
de que un hombre virtuoso pueda experimentar placer al presenciar una obra. Sin
embargo, sólo sentirá placer si es una obra bella y buena que se corresponda
con su carácter virtuoso. Téngase en mente este punto porque será central
para el argumento platónico contra el placer como criterio para el juicio estético
que será desarrollado más adelante. f4)
El que convive con hombres malvados acaba rigiéndose por el juicio de gusto de
éstos. Es
decir, el niño educado en una sociedad corrupta acabará corrompiéndose y
formando un carácter que lo lleve a encontrar placer en obras perversas. Acabará
adoptando como criterio de gusto el criterio corrupto de su sociedad. f5)
Ergo, no debe permitirse que los poetas participen en la educación de los
ciudadanos inculcando en los niños sus propios patrones de lo que es la virtud
y el vicio. De
esta forma, Platón presenta un primer argumento en contra de la intervención
de los poetas en la educación de los ciudadanos. Ahora bien, esta conclusión
merece un análisis más detallado. Particularmente, nos interesa la cuestión
de los patrones de los poetas acerca de la virtud y el vicio. Esto se encuentra
relacionado con las pretensiones de verdad del arte. ¿Existe una relación
entre arte bello y verdad? ¿Por qué los poetas no deben imponer sus propios
patrones de la virtud y el vicio? ¿Cuál es el criterio para determinar qué
arte es bello? Estas son las preguntas que intenta responder el siguiente
argumento. VII)
Argumento contra el placer como criterio de belleza A
continuación, presentaremos el argumento del Libro II donde Platón rechaza que
el placer pueda ser el criterio de belleza para el arte. Una vez definido este
punto, será sencillo establecer un criterio para determinar qué condiciones
debe cumplir un poeta para permanecer en la polis. El
problema se presenta de la manera siguiente. Si el criterio de belleza para el
arte fuera el placer, no podría obtenerse una pauta “objetiva”
sobre qué obras son bellas y cuáles no. Desde un punto de vista político,
esto impide cualquier determinación objetiva acerca de qué poetas pueden
permanecer en la polis y cuáles deben irse. Por lo tanto, no puede aceptar al
placer como criterio para el arte. El argumento puede reconstruirse como sigue: g1)
Suponemos un concurso donde se presentan expertos de distintas disciplinas. El
ganador es elegido por el público. g2)
Los niños eligen el espectáculo de títeres, los jóvenes a la comedia, los
hombres maduros a la tragedia y los ancianos a la rapsodia. g3)
Se sigue que el placer es subjetivo y varía según cada carácter. En
este punto, Platón realiza una concesión: “yo
convengo también con la multitud en esto de que la música debe ser juzgada por
el placer”[32].
Sin embargo, aclara enseguida, “no por
el placer del primero que se venga a mano” sino de aquel que “agrada
a los mejores y bien educados y, principalmente, a aquel único que se distingue
entre todos por su virtud y educación”. En
República, parecía existir una
correlación negativa entre placer y virtud: a mayor placer, menor virtud porque
el placer se asociaba con la parte inferior del alma. Pero en Leyes,
Platón acepta la posibilidad de una correlación positiva entre placer y
virtud. Es decir, una obra placentera puede fomentar la virtud del ciudadano y
éste puede hallar placer en su contemplación. Sin embargo, no cualquier obra
puede generar un placer virtuoso. Por lo tanto, resta definir qué condiciones
debe cumplir una obra para agradar sin destruir la virtud. g4)
El juez del arte debe poseer un carácter que le haga sentir placer ante las
obras bellas. El
verdadero juez no debe juzgar atendiendo a las presiones del auditorio pues “está
justamente en su sitio, no como discípulo, sino como maestro de la concurrencia”[33].
Es decir, debe imponer su propio criterio por encima de las presiones de una
multitud inclinada a sentir placer en espectáculos degradantes. g5)
Los poetas componen sus obras conforme al gusto de los jueces. Esta
premisa era particularmente válida en tiempos de Platón (aunque posiblemente
no menos válida hoy en día). Recordemos que en aquella época, las obras se
presentaban en el marco de grandes festivales teatrales donde los distintos
autores buscaban consagrarse por la aclamación del público. Entonces,
si el juez es la multitud corrupta, necesariamente el poeta compondrá obras
viles que apunten a las más bajas pasiones del alma y agraden a su auditorio.
Pero si el juez es un hombre virtuoso, los galardonados serán los poetas que
compongan obras bellas. A
través de este argumento, Platón rechaza que el placer pueda erigirse en
criterio para el arte. El arte está relacionado con el placer. Pero no puede
reducirse únicamente a éste. Entonces, ¿cuál es el criterio que brinda en su
último diálogo para juzgar al arte? Para
una apreciación valedera del arte, es necesaria la formación de un juicio no
fundado en las propias pasiones sobre tres aspectos: “el
que ha de juzgar sensatamente una imagen en (...) cualquier arte debe contar con
estas tres cosas: conocer primero la índole del original; después la rectitud
relativa de la copia y, en tercer lugar, la bondad de cada una de esas imágenes
en palabras melodías y ritmos”[34]. Las
dos primeras condiciones son necesarias para reconocer la rectitud de la imitación.
Por ejemplo, alguien que no haya visto jamás un elefante no podrá juzgar si la
imitación es correcta o no. Entonces, el arte bello es aquel “que
nos ofrezca una semejanza en la imitación de lo bello”[35].
Además, “aquellos que buscan la más
bella canción (...) han de buscarla tal que sea no placentera sino recta. La
rectitud de la imitación consiste en reproducir lo imitado en su cantidad y
calidad”. Sin
embargo, este criterio no es suficiente. También es importante juzgar si la
mimesis es bella desde un punto de vista estilístico. En el caso de la poesía,
si los ritmos y melodías son adecuados para agradar al hombre virtuoso. Un
buen poeta es aquel capaz de “seleccionar los elementos adecuados que convenga cantar a hombres tales
y de tal edad y los canten así; y cantándolos gocen ellos mismos por lo pronto
placeres inocuos y vengan a ser, para los jóvenes, guías en la debida afición
a las buenas costumbres”[36].
El buen poeta ha de saber seleccionar lo más noble que hay en la vida para
reproducirlo en sus obras y, mediante el adecuado uso de los recursos estilísticos,
“inspirar a los jóvenes con su canto el
encanto de la virtud”[37].
De este modo, el verdadero placer del arte bello se encuentra indisolublemente
asociado con la virtud. De
esta forma quedan establecidas las innovaciones acerca del arte que introduce
Platón en su último diálogo. Ahora bien, ¿en qué medida éstas se
relacionan con su proyecto político? VIII)
La teatrocracia Hacia
el final del libro III, Platón reconstruye la responsabilidad histórica del
arte en la decadencia de la polis, en la transición de un pasado idílico a un
presente corrupto. Antes de embarcarse en el argumento, Platón traza una
comparación entre dos regímenes que han sufrido una decadencia debido a su
alejamiento del gobierno aristocrático: “Los
persas y los atenienses se han separado de este término medio (...) llevando al
extremo, los unos los derechos de la monarquía y los otros el amor a la
libertad”[38].
Platón pretende reconstruir la historia por la que la antigua Atenas virtuosa
donde el ciudadano era “esclavo
voluntario de las leyes” degradó en la Atenas libertina que pierde la
guerra del Peloponeso ante la aristocrática Esparta. Precisamente, la intención
es demostrar de qué manera el deterioro moral de los ciudadanos atenienses
encuentra su origen en una degradación del arte. h1)
Antiguamente, la música tenía ciertas divisiones y reglas de composición que
se respetaban estrictamente. h2)
“Hombres consumados en la ciencia de la
música” juzgaban el mérito de las obras, según “si las reglas habían sido bien observadas”. “Los silbidos y clamoreos de la multitud (...) no eran entonces, como son
hoy en día, jueces que decidían si las reglas habían sido bien observadas”[39].
El mismo orden que existía en el arte se cumplía también en la vida social:
“Los ciudadanos se dejaban gobernar así
pacíficamente”. h3)
Con el tiempo, los poetas introducen innovaciones vulgares que violan las reglas
de composición. “Conociendo mal la
naturaleza y las verdaderas reglas de la música, se abandonaron a un entusiasmo
insensato y se dejaron llevar demasiado lejos por el sentimiento de placer”[40].
Entonces, comienzan a mezclar ritmos y caer en depravaciones como los intentos
de imitar el sonido de la flauta con la lira. Los poetas “llegaron en su extravagancia hasta imaginar que la música no tiene
ninguna regla de belleza intrínseca”. Esto derivó en que el placer “que
causa al primero que llega, sea o no hombre de bien” se convirtiera en la
regla para juzgar la belleza del arte (y determinar los ganadores en los
festivales de tragedia). No
obstante, ya hemos visto la opinión platónica a este respecto. El placer no
puede ser el criterio del arte porque es relativo y huele demasiado al postulado
sofístico “el hombre es la medida de
todas las cosas”. h4)
Los poetas, ávidos por ganar los concursos teatrales, empezaron a componer para
un público que juzgaba a las obras por el placer. Entonces, “hicieron que desapareciera poco a poco el miramiento y decoro que la
multitud había observado hasta entonces, y se creyó ésta en estado de juzgar
por sí misma en materia de música”. h5)
“pasando el desorden de la música a
todo lo demás, y creyéndose cada cual capaz de juzgar de todo, esto produjo un
espíritu general de independencia”. Y “detrás
de esta especie de independencia viene la de sustraerse a la autoridad de los
magistrados”[41]. Este
es el punto crucial del argumento. El desorden y el espíritu de libertad que
surge en el teatro se transmiten a todas las esferas de la vida. La
desobediencia a las reglas de composición y de juicio estético conduce a la
desobediencia a las leyes civiles. Según Platón, los hombres, creyéndose
capaces de juzgar sobre todo, ya no sienten la obligación de someterse a las
leyes de los magistrados. Es decir, en el teatro empezaron a crecer los gérmenes
de la desobediencia a las leyes y el libertinaje. h6)
“Cuando se ha llegado a este término,
no se respetan ni las promesas, ni los juramentos; se desconoce a los dioses; se
imita y se renueva la audacia de los antiguos titanes, y a su semejanza se viene
a parar en el suplicio de una existencia horrible, que no es otra cosa que un
encadenamiento de males”[42] Nótese
hasta dónde ha llevado, según Platón, la simple desobediencia de las reglas
de composición en el teatro. Así se comprende el terror platónico hacia los
poetas. Ha bastado con que unos cuantos comenzaran a innovar irresponsablemente
para que, a la larga, acabara derrumbándose el antiguo ordenamiento aristocrático
y virtuoso de la polis. En
la antigua polis, el teatro no era una mera actividad de divertimento de los
ciudadanos sino una disciplina que manifestaba la condición moral de los
ciudadanos y la salud política. Una vez que la licencia se ha extendido en el
arte, es de esperarse que se transmita a todos los ámbitos de la vida social
con resultados prácticamente apocalípticos. El resultado es lo que Platón
denomina la “teatrocracia”, vinculada estrechamente con la democracia, un régimen
donde todos juzgan, todos opinan y todos gobiernan. El orden, la disciplina y el
respeto por las antiguas tradiciones se disuelven, abriendo paso a las luchas
facciosas, el desprecio por las leyes, la anarquía, las bajas pasiones y los
tumultos. En la “teatrocracia”
democrática es la mayoría inculta la que establece las reglas del juego, no
guiándose por el conocimiento y la razón sino por el vago criterio de la
conveniencia personal y el placer. Ahora
bien, hasta este punto se ha visto en qué sentido el arte representa un peligro
para la polis. Primero, hemos señalado el mecanismo psicológico que explica la
fascinación que siente la masa por los espectáculos “perversos”.
En efecto, al ser educados por “mala
poesía”, los ciudadanos acaban incorporándola en su carácter y juzgando
como agradables sólo las obras ruines. En segundo lugar hemos visto por qué
Platón sostiene que el placer no puede ser criterio para el juicio de gusto. Y,
por último, hemos presentado la responsabilidad histórica del arte en la
decadencia de la polis y el establecimiento de la “teatrocracia”. Por lo
tanto, hasta aquí se concluye que en Leyes,
Platón sigue considerando al arte como una fuerza con un temible potencial
destructivo. Ahora, se analizarán las medidas que Platón propone para remediar
el efecto potencialmente perjudicial del arte. IX)
Moldeamiento del juicio estético, libro VII En
la fundación de la polis ideal, una de las primeras tareas consiste en
determinar los poemas que han de ser utilizados en la educación de los
ciudadanos. Unos jueces no menores de cincuenta años serán los encargados de
escoger qué obras permitir y dictar a los poetas qué clase de relatos
componer, no permitiéndoles ceder a sus gustos personales. A través de estos
funcionarios, Platón persigue el objetivo de adecuar las obras a las reglas de
composición del arte bello. No
obstante, esto no significa desvincular el placer del arte. En República,
uno de los argumentos contra los poetas era que precisamente el arte era
peligroso porque su carácter placentero apuntaba a la parte baja del alma. En Leyes, el argumento va un paso más allá al incorporar los
elementos desarrollados en el argumento del “cultivo del gusto” del Libro
II. Según
Platón, un niño educado por la música severa, se acostumbra a sentir placer
en ella. Al llegar a la madurez, será la única música que juzgue agradable
mientras que sentirá un rechazo casi visceral hacia el “mal arte”. Por el
contrario, si desde niño se acostumbra a la mala música, rechazará la buena,
única que puede ser útil para la virtud. Esto es lo que se había concluido en
el argumento del “cultivo del gusto”. Ahora
bien, en base a estos presupuestos psicológicos, el objetivo del Estado será
moldear el juicio de los ciudadanos desde la más tierna infancia para que
sientan placer con el “buen arte”. Es decir, este argumento puede
comprenderse como una combinación entre educación y psicología. La educación
no sólo debe cumplir con el papel de formar la parte superior del alma sino
también modelar la inferior para ponerla al servicio de la virtud. X) El
legislador como poeta (libro VII) De
este modo, llegamos al último argumento platónico contra los poetas, donde se
recoge en buena medida todo lo expuesto anteriormente. i1)
El legislador es, en cierto modo, un poeta que busca “componer
la más bella y la más perfecta de las tragedias”[43].
El plan de gobierno es una mimesis “de
lo más bello y excelente que tiene la vida”. i2)
Se sigue que los poetas son competidores del legislador en la composición del más
acabado drama. i3)
Sólo la verdadera ley puede conseguir la perfecta mimesis i4)
Puesto que el legislador es virtuoso, su juicio es válido para decidir si las
obras de los poetas obstruyen la realización de la mimesis perfecta. Por
lo tanto, el legislador tiene el derecho de prohibir la representación de las
obras cuando lo estime necesario, es decir, cuando los poetas pretendan inspirar
en el pueblo máximas opuestas a las del legislador. Y, de este modo, se
justifica la censura previa del arte. Antes de permitir representar una obra,
los magistrados deben examinar su contenido para evaluar si éste “es
bueno y propio para ser dicho en público, o si no lo es”[44]. En
definitiva, aquí se observa que, en definitiva, es el Estado el único poseedor
de la verdad indiscutible sobre lo que es el arte bello. Al igual que en República,
compete únicamente al legislador determinar qué obras son aceptables. No
obstante, hay una leve modificación. En República, se concluía que la tragedia era nociva porque apuntaba
a las pasiones bajas del alma. Entonces, toda representación poética debía
ser prohibida. Hablando estrictamente, ni siquiera sería necesario considerar
las propuestas de cada poeta. Todos deberían ser rechazados de inmediato debido
a la maldad intrínseca de sus obras. No
obstante, en Leyes, Platón acepta que
ciertas composiciones puedan superar la censura previa. Ergo, el rechazo no es
tan absoluto como parecía en República. Si los magistrados juzgan que los poemas dicen las
mismas cosas que las leyes, permitirán la representación de las obras. En Leyes,
los poetas, aquellos expertos en manipular las pasiones humanas, no sólo pueden
ser útiles sino que son hasta necesarios para la construcción de la polis
ideal. Los artistas son imprescindibles porque, vigilados por el Estado, moldean
el juicio de gusto y hacen que el bien se asocie con el placer. Esta
es la gran innovación de Leyes. Ahora, ya no resulta políticamente prudente expulsar a todos
los poetas. Mucho más interesante es aprovecharlos para realizar un gran
proyecto político que devuelva a la polis a sus tiempos de esplendor. ¿Por qué
Platón modifica su doctrina? ¿El cambio se debe a una modificación que se
deriva consecuentemente de sus presupuestos antropológicos y psicológicos? ¿O
la verdadera razón obedece a cuestiones más terrenales, digamos, de coyuntura
política? Cualquier
intento de responder a estas preguntas no pasará de ser una mera especulación.
Sin embargo, ¿es muy descabellado suponer que Platón se dio cuenta de la
imposibilidad práctica de erradicar el arte? ¿Cómo lograr que en Atenas,
donde el teatro convocaba multitudes, los ciudadanos apenas si se conformaran
con presenciar aburridos encomios a los dioses? ¿Se dio cuenta Platón de que
su propuesta en República era utópica
y políticamente inviable? En este sentido, puede resultar esclarecedora una
analogía con nuestros tiempos. Supongamos que creyéramos que la televisión
presentara espectáculos denigrantes que sólo pueden agradar a las bajas
pasiones de un pueblo ignorante. Supongamos que quisiéramos educar al pueblo en
la virtud. ¿Qué curso de acción resultaría políticamente más efectivo? ¿Prohibir
la televisión y soportar los reclamos de millones de ciudadanos? ¿No sería
mejor quizá aprovecharla como instrumento para moldear al sujeto político de
acuerdo con las necesidades del régimen? La historia nos ha enseñado que los
sistemas autocráticos se han inclinado más bien por la segunda opción. XI-
Conclusión A
modo de conclusión, una breve recapitulación del camino recorrido. En
primer lugar, hemos analizado el “argumento metafísico” de República,
donde se concluía que la mimesis poética no da cuenta de la verdad porque se
trata de una copia de una copia de las Ideas. A continuación, hemos señalado
que el argumento ontológico, en realidad, es marginal en la lucha platónica
contra los poetas porque no refleja las preocupaciones políticas subyacentes. En
segundo lugar, hemos presentado la coyuntura histórica y poética en que
escribe Platón, a los efectos de contextualizar el “argumento
de la educación”. Una vez planteado el contexto, hemos expuesto por qué
la poesía trágica resulta perniciosa para el proyecto político platónico. En
efecto, basada en sus pretensiones de verdad, las mentiras innobles imponen
modelos erróneos de conducta para los ciudadanos. Luego, hemos presentado la
solución que propone Platón: expulsar a los poetas, permitiendo sólo la
persistencia de mitos que entronicen los modelos de conducta deseables. No
obstante, ¿hasta qué punto pueden permanecer estos mitos? El “argumento
psicológico” introduce una nueva esfera de análisis. No se trata sólo
del contenido de las representaciones sino también de los efectos de la poesía
sobre el alma. Su efecto corruptor destruye la armonía necesaria para la
realización del ideal de justicia en la polis. Por lo tanto, pareciera que, en
definitiva, todos los poetas deberían ser expulsados aunque no necesariamente
compusieran obras con mentiras innobles. Es decir, en República,
pareciera que sólo los compositores de himnos sagrados serían admisibles. En
cuarto lugar, hemos pasado al estudio de los argumentos platónicos de Leyes
para señalar de qué manera Platón amplía su análisis a través de una nueva
consideración de la relación entre el arte, el placer y la virtud. Esta
reconsideración abre paso a la posibilidad de que ciertos poetas sean admitidos
en la polis siempre y cuando acepten ponerse al servicio del poder. Sin
embargo, a pesar de estas modificaciones, hay un elemento que persiste a lo
largo de todas las obras platónicas y que marca a fuego la relación entre estética
y política: la profunda desconfianza que siente Platón hacia la masa, a la que
jamás deja de considerar como prisionera de sus malas pasiones. En efecto, la
censura se justifica porque los ciudadanos, ante la disyuntiva de si seguir el
discurso del filósofo o el del poeta, optarán por este último. Es decir, por
debajo de toda la ingeniería política platónica, subyace un pueblo demasiado
ignorante e insensato para tomar decisiones por sí mismo. Prácticamente
toda la vida de Platón transcurre en la democracia ateniense. Entonces, República
y Leyes no son sólo tratados
especulativos de filosofía política sino programas integrales para la
estructuración de un nuevo orden que reemplace a la democracia decadente. Y la
transición hacia el nuevo orden exige necesariamente una transformación del
ciudadano. En este sentido, y teniendo en cuenta todas las salvedades que
presenta una interpretación anacrónica, Platón es un Rousseau avant la lettre. Transformar el régimen no es suficiente. Hay que
transformar al hombre. Dentro
de este marco, la cuestión de los poetas trágicos es de singular importancia.
Los festivales anuales de arte dramático convocaban multitudes (se estima que
en las representaciones, el público podía llegar hasta 15.000 personas). Quien
controlaba el arte, controlaba buena parte de la educación y la comunicación.
Es decir, podía moldear en buena medida al sujeto político. En
la democracia, el poeta emplea su techné para conmover al público y construir su reputación. Pero
al mismo tiempo, inocula el veneno de la pasión y el libertinaje en las almas
de los ciudadanos. El arte era un componente fundamental de la construcción de
la subjetividad política democrática, aquella subjetividad que era preciso
demoler para abrir paso al gobierno de la razón. En este sentido, el objetivo
de Platón es destruir el arte sino, en última instancia, reformarlo
radicalmente para ponerlo al servicio de la razón y no de las emociones: “Adiós poeta trágico. Bienvenido filósofo” es la consigna de República. ¿Es
factible este proyecto? ¿Puede concebirse un arte desligado de las pasiones del
alma? Platón mismo parece no estar convencido. La polis ultra racional de República
resulta impracticable en una comunidad humana. La alternativa ofrecida en Leyes
aparece como un “baño de realidad”.
No obstante, la diferencia no es radical. Sólo que ahora se pretende moldear
las emociones de los ciudadanos para convertirlos en obedientes súbditos de un
legislador que se arroga el monopolio del juicio estético. La desconfianza
hacia el pueblo sigue allí. Platón mismo lo revela en el Libro VII de Leyes cuando pone en boca de Megilo las siguientes palabras
dirigidas al Ateniense: “Extranjero,
hablas con demasiado desprecio de la naturaleza humana”[45].
Y este desprecio no deja otra alternativa que un Estado paternalista al extremo
que regule todas las esferas donde los hombres son incapaces de bastarse a sí
mismos por su ignorancia o mezquinos intereses. En este marco, ¿podía el
teatro, una actividad vital en la vida griega, quedar fuera de la férrea tutela
estatal? ¿Cómo resistir al atractivo de poner tan poderoso instrumento ideológico
al servicio del gran proyecto político que Platón tiene en mente? Federico
Ast Licenciado
en Economía (Universidad de Buenos Aires) Estudiante
de licenciatura en Filosofía (Universidad de Buenos Aires) [1]
Todas las citas de República están extraídas de Platón, República,
traducción de José Manuel Pabón y Manuel Fernández Galiano, Alianza
Editorial, Madrid, 1997 [2]
Platón, República, 598 e [3]
Hans-Georg Gadamer, Platón y los Poetas, traducción de Jorge Mario Mejía,
pág. 92. Todas las citas de Gadamer están extraídas de esta edición. [4]
Los datos sobre el contexto histórico están extraídos de Thomas R.
Martin, An Overview of Classical Greek
History from Mycenae to Alexander, disponible online en
http://www.perseus.org [5]
Platón, República, 560 d [6]
Hans-Georg Gadamer, Platón y los Poetas, traducción de Jorge Mario Mejía,
pág. 92 [7]
Platón, República, 595 c [8]
Platón, 606 e [9]
Hans-Georg Gadamer, Platón y los Poetas, traducción de Jorge Mario Mejía,
pág. 90 [10]
Platón, República, 377 b [11]
Platón, República, 377 c [12]
Platón, República, 377 e [13]
Platón, República, 378 b [14]
Platón, República, 387 b [15]
Platón, República, 382 c [16]
Platón, República 378 a [17]
Platón, República 378 d [18]
Hans-Georg Gadamer, Platón y los Poetas, pág. 89 [19]
Hans-Georg Gadamer, Platón y los Poetas, pág. 89 [20]
Platón, República 386 b [21]
Platón, República 386 b [22]
Platón, República, 603 c [23]
Platón, República, 604 b [24]
Platón, República, 604 d [25]
Platón, República, 604 d [26]
Platón, República, 604 e [27]
Platón, República, 605 a [28]
Platón, República, 605 c [29]
Platón, República, 432 a [30]
Platón, República, 560 e [31]
El argumento va de 653b hasta 658a. Las citas son de Platón, Leyes,
traducción de J.M.Pabón y M. Fernández-Galiano, Tomo I, Libro II,
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1960 [32]
Platón, Leyes, traducción de J.M.Pabón y M. Fernández-Galiano, Tomo I,
Libro II, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1960, 658e [33]
Platón, Leyes, traducción de J.M.Pabón y M. Fernández-Galiano, Tomo I,
Libro II, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1960, 659a [34]
Platón, Leyes, traducción de J.M.Pabón y M. Fernández-Galiano, Tomo I,
Libro II, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1960, 669a-b [35]
Platón, Leyes, traducción de J.M.Pabón y M. Fernández-Galiano, Tomo I,
Libro II, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1960, 668b [36]
Platón, Leyes, traducción de J.M.Pabón y M. Fernández-Galiano, Tomo I,
Libro II, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1960, 670d [37]
Platón, Leyes, traducción de J.M.Pabón y M. Fernández-Galiano, Tomo I,
Libro II, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1960, 670e [38]
Platón, Leyes, Obras Completas, traducción de Patricio de Azcárate,
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1872, vol. IX pg. 177 [39]
Platón, Leyes, Obras Completas, traducción de Patricio de Azcárate,
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1872, vol. IX pg. 188 [40]
Platón, Leyes, Obras Completas, traducción de Patricio de Azcárate,
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1872, vol. IX, pg.189 [41]
Platón, Leyes, Obras Completas, traducción de Patricio de Azcárate,
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1872, vol. IX, pg.189 [42]
Platón, Leyes, Obras Completas, traducción de Patricio de Azcárate,
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1872, vol. IX, pg.190 [43]
Platón, Leyes, Obras Completas, traducción de Patricio de Azcárate,
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1872, vol. X, Libro VII, pg.55 [44]
Platón, Leyes, Obras Completas, traducción de Patricio de Azcárate,
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1872, vol. X, Libro VII, pg.56 [45]
Platón, Leyes, Obras Completas, traducción de Patricio de Azcárate,
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1872, vol. X, Libro VII, pg.35 Publicación enviada por Federico Ast Contactar mailto:federicoast@gmail.com Código ISPN de la Publicación EEFVEEElVpsDQbUokb Publicado Tuesday 20 de December de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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