Monografias | Riñones. Morfo-Fisiologia. Causas de las principales Patologías-Revisión BibliográficaRiñones. Morfo-Fisiologia. Causas de las principales Patologías-Revisión BibliográficaResumen: Se realiza una revisión bibliográfica de la estructura morfo-fisiológica del sistema urinario partiendo de la estructura del riñón, sus características anatómicas, sus funciones, medios de exploración diagnostica y principales resultados. Se exponen además los principales síndromes dependientes de este aparato. Se realiza una revisión
bibliográfica de la estructura morfo-fisiológica del sistema urinario
partiendo de la estructura del riñón, sus características anatómicas, sus
funciones, medios de exploración diagnostica y principales resultados. Se
exponen además los principales síndromes dependientes de este aparato. Los riñones son órganos
retroperitoneales situados a ambos lados de la columna vertebral, por fuera de
la línea del psoas. En un adulto, cada riñón mide alrededor de 12 cm de largo
por 6 cm de ancho y 3 cm de grosor. Su peso es de alrededor de 150 g en el varón
y de 135 g en la mujer. En condiciones normales se localizan entre las vértebras
DXII y LIII, hallándose el riñón derecho unos 2 cm más bajo que el
izquierdo. El riñón es un órgano
compacto cuya única abertura, o hilio renal, se localiza en la parte media del
borde interno. A través de ella penetran la
arteria y la vena renales, los linfáticos y los nervios y emerge la pelvis
renal. El sistema de cavidades renales incluye por lo general tres grupos de cálices
mayores (superior, medio e inferior), cada uno de los cuales posee de dos
a cuatro cálices
menores. Los cálices mayores se comunican con la pelvis renal, y ésta
con el uréter. El parénquima renal se compone de dos regiones diferenciadas.
La más externa o corteza
es continua y profundiza en la médula a intervalos regulares formando
las columnas de Bertin. La región más interna o médula
es discontinua y se halla formada por un número variable de áreas de
corte triangular o pirámides
de Malpighi. Las bases de las pirámides se apoyan en la región cortical
profunda, y sus vértices o papilas renales se proyectan hacia el interior de un
cáliz menor. La superficie de la papila renal posee múltiples y pequeños
orificios que representan las terminaciones de los tubos colectores. El parénquima
renal puede dividirse en varios lóbulos, cada uno de los cuales contiene una
pirámide medular y un segmento de corteza, aunque algunos lóbulos pueden ser
compuestos y poseer más de una pirámide. El número total de pirámides
renales es muy variable, pero en general oscila entre 12 y 18 en cada riñón. Es la unidad funcional del
parénquima renal. Cada riñón contiene alrededor de 1.200.000 nefronas. La
estructura de la nefrona es relativamente sencilla y se compone de un corpúsculo
renal en comunicación con un túbulo
renal. El corpúsculo renal de Malpighi es una estructura esferoidal, de
aproximadamente 200 mm de diámetro,
constituida por la cápsula
de Bowman y el ovillo capilar contenido en su interior o glomérulo.
La cápsula, revestida interiormente por un epitelio aplanado, posee dos
aberturas: el polo vascular, a través del cual penetra la arteriola aferente y
emerge la eferente, y el polo urinario, que
comunica con el túbulo renal. Entre la cápsula y el ovillo glomerular se
extiende el espacio urinario, donde se recoge el ultrafiltrado plasmático. El ovillo capilar o glomérulo
procede de la ramificación de la arteriola aferente. En el polo vascular, la
arteriola aferente se subdivide en varias ramas, cada una de las cuales origina
una red capilar independiente (lobulillos glomerulares). Cada lobulillo está
formado básicamente por varios capilares dispuestos alrededor de una región de
soporte o mesangio glomerular y contiene tres tipos de células: endoteliales,
mesangiales y epiteliales
(podocitos). La pared de los capilares del glomérulo está constituida
por una membrana
basal (MBG) revestida en su interior por un endotelio y externamente por
los podocitos. Las células endoteliales separan la MBG de la luz del capilar.
Su citoplasma, muy aplanado, presenta orificios de 25-60 nm de diámetro y
recibe el nombre de lámina fenestrada. La MBG es una estructuraestructura
laminar continua formada principalmente por colágeno de tipo IV,
proteoaminoglucanos (heparansulfato), laminita y entactina. El principal
componente de la MBG es el colágeno tipo IV, constituido por unidades
estructurales o protómeros, unidos entre sí por sus extremos formando una red.
Cada protómero se compone de tres cadenas a
entrelazadas, con un extremo 7S aminoterminal y un extremo
carboxiterminal no colágeno (NC1). El protómero clásico se compone de dos
cadenas a1 y una cadena a2,
pero se han descrito otros tipos de cadenas (a3,
a4, a5
y a6). Recientemente se ha
establecido que el denominado antígeno de Goodpasture se localiza en la región
NC1 de la cadena a3 del colágeno
tipo IV y que es codificado por el gen COL4A3 localizado en la región q35- 37
del cromosoma 2. El grosor de la MBG es de alrededor de 315 nm. En ella se
pueden diferenciar tres áreas: la lámina
densa en posición central y las láminas
raras interna y externa. La MBG está revestida por fuera por las
prolongaciones citoplasmáticas de los podocitos. Estas prolongaciones se apoyan
directamente sobre la lámina rara externa y dejan entre ellas unos espacios o
poros de 25-40 nm de diámetro recubiertos de un delgado diafragma. La MBG no
rodea por completo la pared del capilar glomerular, sino que, después de un
recorrido más o menos circular, se refleja sobre sí
misma y pasa a onstituir la
membrana basal del capilar adyacente. Esta particular disposición
de la MBG contribuye a delimitar un espacio central, común a varios capilares,
denominado mesangio
glomerular. El mesangio se compone de células (mesangiales) incluidas en
un material de estructura fibrilar o matriz mesangial. Las células mesangiales
poseen actividad fagocítica y contráctil y se hallan separadas de la luz de
los capilares sólo por el endotelio vascular y del espacio urinario por la MBG.
En el polo vascular del glomérulo se localiza el aparato
yuxtaglomerular, el cual incluye el área de contacto entre la arteriola
aferente, la arteriola eferente y la porción del túbulo renal denominada mácula
densa. En esta localización, las células musculares de la arteriola aferente
contienen gránulos de renina. La mácula densa es un segmento del túbulo
distal cuyas células tienen un aspecto diferenciado. El aparato yuxtaglomerular
es rico en terminaciones adrenérgicas y desempeña un papel importante en la
conservación del sodio, el control de la presión arterial (secreción de
renina) y la regulación del filtrado glomerular (retroalimentación
tubuloglomerular).
Esta estructura tubular se
halla constituida por una lámina basal recubierta en su interior por una sola
capa de células cuya forma, tamaño
y características varían a lo largo de su trayecto. El túbulo se compone de
varios segmentos: proximal, asa de Henle y distal. El túbulo
proximal nace en el polo urinario y tiene una primera porción tortuosa
situada íntegramente en la región cortical (túbulo contorneado proximal)
seguida de una segunda porción recta que desciende hacia la región medular
(rama gruesa descendente). Las células del epitelio tubular proximal son
cuboides y se caracterizan por las abundantes microvellosidades de la membrana
celular en contacto con la luz tubular, lo que confiere a este segmento una gran
superficie para el transporte de sustancias capaces de ser reabsorbidas. El asa
de Henle está constituida por una rama delgada descendente y una rama
delgada ascendente, ambas provistas de un epitelio aplanado. Las nefronas
superficiales tienen un asa de Henle de corto recorrido, mientras que en las
nefronas yuxtamedulares dicha asa es larga y profundiza en la médula casi hasta
alcanzar la papila renal. Esta disposición particular reviste un importante
papel en el mecanismo multiplicador a contracorriente. El túbulo
distal se compone a su vez de tres porciones: una ascendente (rama gruesa
ascendente), la mácula densa y una porción tortuosa situada íntegramente en
la región cortical (túbulo contorneado distal). Esta última drena su
contenido en el denominado tubo colector, estructura tubular que recoge la orina
procedente de varias nefronas y desemboca en la papila renal. El tubo
colector, cuyo epitelio se compone de dos tipos de células (células
claras y células oscuras o intercalares), desempeña un papel decisivo en los
mecanismos de concentración y dilución de la orina. En el tejido renal es posible
diferenciar un espacio intersticial ocupado por fibras reticulares de tejido
conjuntivo y por células aisladas. Este tejido intersticial es algo más
abundante en la región medular que en la cortical. Las células intersticiales
pertenecen a tipos diferentes, y las que se localizan en la región medular se
consideran la mayor fuente de prostaglandinas renales. El riñón suele estar
irrigado por una arteria renal que procede de la aorta abdominal. Algunos riñones
presentan dos o más arterias, y en ocasiones existe una arteria destinada a
irrigar exclusivamente un polo renal (arteria polar). La arteria renal principal
se subdivide en el hilio renal en varias ramas (superior, inferior,
anterosuperior, anteroinferior y posterior). Cuando estas ramas o divisiones
penetran en el parénquima renal reciben el nombre de arterias
interlobulares, y se dirigen hacia la cortical a lo largo de las columnas
de Bertin. Una vez que alcanzan la unión corticomedular se dividen en dos ramas
que corren a lo largo de la base de las pirámides medulares y reciben el nombre
de arterias arqueadas.
A lo largo de su trayecto originan varias arterias
interlobulillares que ascienden a través de la cortical y se ramifican
en múltiples arteriolas
aferentes destinadas, cada una de ellas, a irrigar el ovillo capilar de
un glomérulo. Los capilares glomerulares se reúnen a su vez en un vaso único
que abandona el glomérulo o arteriola
eferente. Esta arteriola se ramifica a continuación en múltiples
capilares peritubulares, tanto en la corteza como en la médula. Las arteriolas
eferentes de los glomérulos profundos o yuxtamedulares tienen de hecho un
trayecto mucho más largo y, destinadas a irrigar la región medular, reciben el
nombre de vasa recta.
El sistema venoso renal tiene su origen en esta red de capilares peritubulares,
en forma de vénulas que confluyen en venas de mayor tamaño (interlobulillares,
arqueadas o interlobulares) para drenar finalmente en la vena cava inferior a
través de una o varias venas renales. Los vasos linfáticos
intrarrenales drenan en los linfáticos del hilio renal, aunque también existe
un sistema linfático menor subcapsular que se halla en comunicación con la red
linfática que rodea la cápsula renal. El plexo nervioso de los riñones
procede principalmente del plexo celíaco y se distribuye siguiendo el trayecto
de los vasos renales. La inervación renal se compone tanto de fibras adrenérgicas
como colinérgicas y afecta muy en particular a las células musculares de las
arterias interlobulares y de las arteriolas aferente y eferente.
Representación esquematica
de la Nefrona. Los riñones son órganos muy
vascularizados y relacionados directamente con la regulación del volumen y la
composición el líquido extracelular y con la eliminación de productos de
desecho. Estas funciones son realizadas básicamente por la nefrona a través de
dos procesos consecutivos, la filtración glomerular y el transporte tubular
(reabsorción y secreción), los cuales dan origen a la formación de la orina. Además de estas funciones,
el riñón cumple un papel importante en el control de la eritropoyesis, la
regulación de la presión arterial y el metabolismo de la vitamina D. Resumiendo entre las principales funciones del riñon se encuentran: 1.
Control de la homeostasis 2.
Control de la presion arterial. 3.
Eliminación de las sustancias de desecho. 4.
Síntesis de Eritropoyetina. 5.
Regulación del metabolismo Fosfo-calcico. En condiciones normales, los
riñones reciben alrededor del 20% del gasto cardíaco, lo que representa para
un adulto aproximadamente 1,0-1,2 L de sangre por minuto. Para un hematócrito
del 45%, esto significa alrededor de 600 mL de plasma por minuto. La distribución
intrarrenal del flujo sanguíneo no es uniforme; así, mientras que el
flujo cortical representa alrededor del 75% del flujo sanguíneo, el flujo
medular sólo el 25%. De modo característico, la papila renal es un territorio
escasamente irrigado, ya que tan sólo recibe el 1% del flujo sanguíneo total.
A medida que la sangre circula a través de los capilares glomerulares,
alrededor del 20% del volumen plasmático atraviesa la pared hacia el espacio
urinario de Bowman. Este paso o filtración glomerular se debe sobre todo a la
elevada presión hidrostática existente en el interior de los capilares del
glomérulo, favorecida por la especial situación del lecho capilar glomerular
entre dos arteriolas. En condiciones normales, el
volumen del filtrado glomerular (FG) es de alrededor de 120 mL/min y representa
la quinta parte del flujo plasmático renal (FPR). La relación entre el FG y el
FPR o fracción de
filtración es, por consiguiente, de 1/5. La inervación no parece
desempeñar un papel decisivo en la regulación del flujo sanguíneo renal en
condiciones basales. Sin embargo, una estimulación muy intensa de la actividad
simpática provoca vasoconstricción arteriolar y reduce el flujo sanguíneo
renal. Se ha demostrado la existencia de fenómenos de autorregulación
en el riñón, entendiendo por tal su capacidad para mantener
relativamente constante el flujo sanguíneo frente a las variaciones de la presión
de perfusión. Esta propiedad es independiente de mecanismos neurógenos o
humorales, ya que se conserva en riñones denervados o aislados y constituye,
por consiguiente, una propiedad intrínseca de los vasos renales. Se ha
demostrado asimismo que el FG es autorregulado de un modo comparable al flujo
sanguíneo renal, pero en general se considera que la autorregulación del FG es
consecuencia de la capacidad del riñón para mantener casi constante el flujo
sanguíneo. Sin embargo, en condiciones patológicas, el flujo sanguíneo renal
sufre alteraciones significativas. El flujo sanguíneo renal disminuye
por vasoconstricción arteriolar en presencia de hipotensión intensa, al
estimular la actividad simpática y con la administración de noradrenalina,
angiotensina II, inhibidores de las prostaglandinas y clorotiazida. El descenso
del flujo sanguíneo renal es significativo cuando la presión arterial media
disminuye por debajo de 80 mm Hg. El flujo sanguíneo renal, por el contrario, aumenta
en presencia de obstrucción ureteral, durante la administración de
acetilcolina, bradicinina o furosemida y con el empleo de prostaglandinas.Los
glucocorticoides provocan un aumento del flujo sanguíneo renal y, en
particular, la metilprednisolona puede incrementarlo en un 25%. En el glomérulo renal se
obtiene un filtrado libre de macromoléculas. Este proceso, denominado filtración
glomerular, se produce sólo por la interacción de fuerzas físicas. El volumen de FG está determinado, por una parte, por la
diferencia entre las presiones hidrostática y coloidosmótica transcapilares y,
por otra, por el denominado coeficiente de ultrafiltración. La presión hidrostática
transcapilar (DP) es la
diferencia entre la presión hidrostática en el interior del capilar glomerular
(PCG) y la que existe en el espacio de Bowman (PEB), diferencia que favorece el
proceso de filtración glomerular. La presión coloidosmótica transcapilar (Dp)
es la diferencia entre la presión coloidosmótica en el interior del capilar
glomerular (pCG) y la
existente en el espacio de Bowman (pEB),
diferencia que tiende a oponerse a la filtración glomerular. Como el
ultrafiltrado plasmático carece prácticamente de proteínas, pEB
= 0, y por consiguiente, la diferencia de presiones transcapilares o presión
neta de ultrafiltración (PUF) puede derivarse de la fórmula La PCG permanece
relativamente estable a lo largo del capilar glomerular, mientras que pCG
aumenta en forma progresiva debido a la filtración continuada de un líquido
libre de proteínas. De este modo, la presión neta de ultrafiltración
disminuye a lo largo del capilar y cesa cuando PCG = PEB + pCG.
Aunque el FPR no aparece explícitamente en las fórmulas que definen el FG, su
intervención es evidente, ya que influye de modo decisivo en los cambios de la
presión coloidosmótica a lo largo de los capilares. Por consiguiente, el
volumen de FG es muy dependiente de los flujos sanguíneo y plasmático renales.
A pesar de todo ello, el FPR y el FG se mantienen relativamente constantes
gracias a la existencia de mecanismos de autorregulación para valores de presión
arterial media situados entre 80 y 180 mmHg. Por debajo de 80 mmHg, el FPR y el
FG disminuyen de modo proporcional y, finalmente, por debajo de 50 mmHg, cesa la
filtración glomerular. El otro factor que interviene como determinante del FG
es el coeficiente de
ultrafiltración (Kf), el cual está en función del área total de la
superficie filtrante y de la permeabilidad hidráulica de la pared capilar. Como
corresponde a un órgano destinado a producir un gran volumen de filtración, la
permeabilidad hidráulica de los capilares del glomérulo es muy superior a la
de otros tejidos. El riñón tiene, en
condiciones fisiológicas, una contribución decisiva en el mantenimiento del
balance de Na+, de agua, de K+ y de otros iones y en la regulación del
equilibrio ácido-básico del organismo. Diversos mecanismos fisiológicos
contribuyen a mantener constante el balance de Na+ mediante un aumento o una
disminución de su reabsorción tubular. El principal estímulo sobre el riñón
lo constituyen las modificaciones del denominado volumen arterial efectivo. Toda
disminución del volumen arterial efectivo (deshidratación, hemorragia) provoca
un aumento de la reabsorción de Na+ por el túbulo renal, mientras que un
aumento del volumen arterial efectivo (perfusión salina) tiene el efecto
contrario. Los principales mecanismos a través de los cuales las variaciones
del volumen arterial efectivo influyen en la excreción urinaria de Na+ son: a)
el flujo sanguíneo intrarrenal; b)
el sistema renina-angiotensina-aldosterona; c)
el sistema nervioso simpático, y d)
factores menos conocidos (hormona natriurética). Las variaciones del flujo
sanguíneo intrarrenal (mayor o menor grado de vasoconstricción) regulan
la reabsorción tubular de Na+ y agua a través de las modificaciones que causan
en las fuerzas físicas que controlan el FG y el transporte tubular de agua y
solutos en el túbulo proximal. Si la perfusión renal disminuye (descenso del
FPR), la vasoconstricción de la arteriola eferente mantiene la presión hidrostática
en el capilar glomerular y, por tanto, el FG disminuye en menor proporción que
el FPR. Este aumento de la fracción de filtración (FF) causa una mayor
concentración de las proteínas del plasma que abandonan el glomérulo renal
hacia los capilares peritubulares. El aumento de la presión coloidosmótica en
los capilares determina una mayor reabsorción de líquido en el túbulo
proximal. Un segundo mecanismo implicado en el balance del Na+ es el sistema
renina-angiotensina-aldosterona. En condiciones de disminución de la
presión de perfusión renal, de aumento excesivo de Na+ que alcanza la mácula
densa o de hiperactividad del sistema simpático, aumenta la secreción de
renina y secundariamente la de aldosterona. Ésta estimula la reabsorción
tubular de Na+ en la nefrona distal. El sistema
nervioso simpático influye también en la excreción renal de Na+ a través
de diversos mecanismos (estímulo de la secreción de renina y variaciones del
flujo sanguíneo intrarrenal).
Finalmente, cabe señalar la
existencia de una hormona
natriurética capaz de aumentar la excreción urinaria de Na+ en
respuesta a una expansión aguda del volumen extracelular y sin la intervención
de otros factores. También se ha descrito un factor
natriurético auricular (ANF) que aumenta la excreción de Na+ en
respuesta a estímulos que distienden la aurícula derecha. La capacidad del riñón para
regular el balance hídrico del organismo se debe a su aptitud para disociar la
excreción de agua de la de los solutos. Aunque la reabsorción de agua se
produce a lo largo de todo el túbulo renal, la mayor parte del agua filtrada se
reabsorbe en el túbulo proximal y en condiciones isosmóticas (reabsorción
obligada). Por consiguiente, la capacidad de disociar la reabsorción del agua
de la de los solutos es privativa de los segmentos distales de la nefrona
(reabsorción facultativa). Esta reabsorción del agua en el túbulo contorneado
distal y el colector depende básicamente de: a)
la hipertonicidad del intersticio medular; b)
la permeabilidad del túbulo renal para el agua, y c)
los niveles circulantes de ADH. En circunstancias normales, el riñón
humano es capaz de diluir la orina hasta un valor de 40 mosm/kg en condiciones
de máxima diuresis, lo que puede significar la excreción de hasta 24 L de agua
al día en ausencia total de ADH (diabetes insípida). Asimismo, el riñón
puede concentrar la orina hasta alcanzar la osmolaridad urinaria un valor de
1.200 mosm/kg en situación de máxima antidiuresis y excretar un volumen de
orina inferior a 600 mL/día en presencia de niveles altos de ADH. El mayor estímulo
para la secreción de ADH lo constituyen las variaciones de la osmolaridad plasmática
que actúan sobre los osmorreceptores del SNC. Excepto en condiciones extremas,
el FG no tiene un papel decisivo en la excreción de agua. El riñón participa
activamente en el balance de K+ del organismo. En condiciones normales, el riñón
excreta casi todo el K+ ingerido, ya que la eliminación fecal es sólo de unos
10 mEq/día. En el túbulo proximal se reabsorbe alrededor del 70% del K+
filtrado, y en el asa de Henle,
ente el 20 y el 30% restante. La nefrona distal puede, sin embargo, tanto
reabsorber el K+ que haya escapado a la reabsorción en los segmentos
precedentes, como secretarlo activamente. La velocidad de excreción renal de K+
en condiciones de sobrecarga aguda es rápida, y alrededor del 50% se elimina
por la orina en las primeras 12 h. En los casos de depleción de K+, por el
contrario, la excreción sólo disminuye por debajo de los 15 mEq/día al cabo
de 7-14 días. Además de la ingesta alimentaria de K+ y de la magnitud del
catabolismo celular, la excreción renal de K+ está influida y regulada por
varios factores, como el nivel sérico, la secreción de aldosterona, el estado
ácido-básico, el volumen del flujo urinario y la reabsorción de Na+ en la
nefrona distal. La hiperpotasemia, el hiperaldosteronismo, la alcalosis, la
poliuria y los diuréticos que favorecen un mayor aporte de Na+ a la nefrona
distal (furosemida y tiazidas) tienden a aumentar la excreción renal de K+. Por
el contrario, la depleción de K+ (hipopotasemia), el hipoaldosteronismo, la
acidosis, la oliguria y algunos diuréticos (espironolactona, triamtereno y
amilorida) disminuyen su excreción urinaria. El riñón desempeña un
papel decisivo en el mantenimiento del equilibrio ácido-básico a través de
los mecanismos fisiológicos de acidificación y alcalinización
de la orina. En condiciones normales, el metabolismo genera diariamente
alrededor de 20.000 mEq de ácido carbónico y de 50-100 mEq de ácidos endógenos
no volátiles. La mayor parte del ácido carbónico se halla en forma de CO2
disuelto en la sangre, y la producción diaria
se elimina por vía pulmonar. Además del ácido carbónico, el metabolismo
produce diariamente alrededor de 1 mEq/kg de ácidos no volátiles,
principalmente ácido fosfórico, ácido sulfúrico y diversos ácidos orgánicos
(láctico, betahidroxibutírico, etc.). Cuando estos ácidos no volátiles se
incorporan a los líquidos corporales, los sistemas tampón o amortiguadores (p.
ej., el sistema bicarbonato/ácido carbónico) reducen al mínimo la desviación
del pH al transformar los ácidos fuertes en ácidos débilmente disociados.
Ello se acompaña de una disminución de la concentración del ion bicarbonato
(HCO3) en el
plasma. La normalidad del equilibrio ácido-básico no se alcanza hasta que el
riñón elimina el exceso de iones H+ producidos
por el metabolismo celular y regenera el bicarbonato consumido en amortiguar los
ácidos no volátiles. El mecanismo
de acidificación urinaria mediante el cual el
riñón acidifica la orina y normaliza la concentración de bicarbonato en el
plasma se compone de dos procesos: a)
la reabsorción del bicarbonato filtrado y b)
la generación de bicarbonato adicional para
restituir el consumido en amortiguar la producción diaria de ácidos no volátiles.
Ambos procesos se acompañan de una secreción de iones H+
en la luz tubular, de modo que por cada 1 mEq
de ion H+ secretado,
1 mEq de ion HCO–3 es
reabsorbido o generado y se incorpora a la sangre La reabsorción
del bicarbonato filtrado ocurre sobre todo en
el túbulo proximal, donde se reabsorbe normalmente el 85%. El resto del
bicarbonato filtrado es reabsorbido en el túbulo distal. Esta reabsorción se
efectúa de forma indirecta.Los iones Na+ que
acompañaban al ion HCO–3 filtrado
se reabsorben en intercambio con iones H+ secretados
por la célula tubular, hidrogeniones que proceden del ácido carbónico formado
en su interior en presencia de anhidrasa carbónica. A su vez, el ion HCO–3
formado en el mismo proceso es cotransportado
junto con el ion Na+ reabsorbido
a los capilares peritubulares, consiguiéndose así la reabsorción del
bicarbonato sódico filtrado. El proceso de acidificación proximal,
imprescindible para recuperar el bicarbonato filtrado, es responsable de la
secreción tubular de alrededor de 4.500 mEq/día de iones H+,
pero no es capaz de generar un gradiente elevado de iones H+
entre la luz del túbulo renal y los capilares
peritubulares, de modo que el pH intraluminal sólo desciende entre 1 y 1,3 U.
La generación
adicional de bicarbonato, para restituir el
consumido, se efectúa en el túbulo distal. Además de reabsorber el
bicarbonato que ha escapado a la reabsorción proximal (15% del filtrado), el
proceso de acidificación distal determina la formación de una cantidad
adicional de bicarbonato, equivalente a la cantidad de iones H+
secretados hacia la luz tubular en forma de
acidez titulable y amonio. La acidez
titulable representa la cantidad de iones H+
presentes en la orina y combinados con
sustancias amortiguadoras filtradas y destinadas a ser excretadas,
principalmente fosfato monobásico (H2PO–4
). En condiciones normales, la excreción de
acidez titulable es de alrededor de 10-30 mEq/día. La otra fuente de iones H+
presente en la orina la constituyen los iones amonio
(NH–4 ),
resultantes de la excreción de iones H+ por
la célula tubular y del amoníaco (NH3)
que difunde desde la célula y procede del metabolismo de la glutamina. En
condiciones normales, la excreción de amonio es alrededor de 40-50 mEq/día,
pero en presencia de acidosis intensa puede ser incluso 10 veces mayor, a
diferencia de la acidez titulable cuyo incremento es mucho más limitado. Aunque
en distal es muy inferior a la del túbulo proximal, permite sin embargo generar
y mantener gradientes elevados de iones H+ entre
la luz y el espacio peritubular, de modo que el pH intraluminal puede disminuir
de 2,5 a 3,5 U y el pH de la orina consigue alcanzar valores por debajo de
cinco.Los mecanismos de alcalinización de la orina son, por el
contrario, mucho más sencillos, ya que consisten simplemente en disminuir la
tasa de reabsorción de bicarbonato filtrado. La capacidad renal para secretar
iones H+ aumenta en presencia de una reducción de volumen y de cualquier otro
proceso que estimule la reabsorción de Na+, así como en caso de acidosis metabólica,
elevación de la pCO2, estados de disminución de K+ y niveles elevados de
aldosterona, y disminuye en las circunstancias opuestas. El riñón realiza varias
funciones no relacionadas con la excreción de orina, como la secreción de
renina y de eritropoyetina, el metabolismo de la vitamina D, la producción de
prostaglandinas y la regulación del sistema calicreína-cinina. La renina,
secretada por las células del aparato yuxtaglomerular, regula la actividad del
sistema renina-angiotensina- aldosterona. La renina es una enzima proteolítica
que actúa sobre un sustrato plasmático de origen hepático (angiotensinógeno) para
formar primero angiotensina I y luego, con la participación de la enzima de
conversión, angiotensina II. Esta última sustancia es un poderoso
vasoconstrictor que, además, estimula la secreción de aldosterona. La secreción
de renina está influida y controlada por las variaciones de la presión de
perfusión renal, el aporte de Na+ a la mácula densa y la actividad del sistema
simpático. La eritropoyetina
es una glucoproteína de origen renal que facilita la proliferación y
maduración de los precursores de los hematíes en la médula ósea. Aumenta en
la estenosis de la arteria renal y en algunos casos de enfermedad renal poliquística,
hidronefrosis o hipernefroma, y disminuye en la insuficiencia renal aguda o crónica,
siendo una de las causas de la anemia observada en estos procesos. El riñón
participa activamente, mediante la enzima 1-hidrolasa, en el metabolismo de la vitamina
D, al convertir el 25-(OH)-colecalciferol en 1,25-(OH)2-colecalciferol o
forma activa de la vitamina D3. Ello favorece la absorción intestinal del
calcio y moviliza el calcio óseo. La disminución de la síntesis renal de
metabolitos activos de la vitamina D3 contribuye a la hipocalcemia observada en
la insuficiencia renal crónica y favorece el desarrollo de hiperparatiroidismo
secundario. Las prostaglandinas
renales intervienen en el control del flujo sanguíneo renal y se
sintetizan en su mayor parte en la región medular a partir del ácido araquidónico.
El riñón sintetiza diferentes prostaglandinas, algunas con acción
vasodilatadora (PGE3, PGI2 y prostaciclina) y otras con acción vasoconstrictora
(tromboxano A2). En general, cuando disminuye la presión de perfusión renal
aumenta la producción de prostaglandinas, lo cual determina una vasodilatación
intrarrenal que contribuye a mantener el flujo sanguíneo. El sistema calicreína-cinina
es un mecanismo hormonal local involucrado también en la regulación del
flujo sanguíneo renal y en la excreción urinaria de sodio. El objetivo de este capítulo
es orientar el estudio de los pacientes con enfermedades renales. Una vez
efectuadas la historia clínica y la exploración física,
la valoración del enfermo renal requiere la práctica sistemática de análisis
de orina, así como efectuar un número limitado de análisis de sangre (BUN,
creatinina, albúmina sérica y hematócrito, como mínimo) y algunas
exploraciones sencillas (radiografía de abdomen, ECG y examen del fondo de
ojo). Ello permite, en la mayoría
de los casos, alcanzar un diagnóstico sindrómico. El laboratorio permite
analizar la composición de la orina y de la sangre del paciente, así como
efectuar pruebas de funcionalismo renal. El análisis de orina incluye
proteinuria, sedimento urinario y cultivo de orina. Además, se pueden
investigar el pH y la densidad urinaria, así como la excreción de numerosos
solutos (glucosa, cuerpos cetónicos, urea, creatinina, sodio y potasio, entre
otros). En condiciones fisiológicas,
los individuos normales excretan por la orina menos de 150 mg de proteínas en
24 h. La excreción de cantidades mayores o proteinuria
es siempre anormal y puede detectarse fácilmente con el uso de tiras
reactivas, que dan un resultado positivo si la orina contiene más de 10-20
mg/dL. Sin embargo, aunque la cantidad total de proteínas en orina sea inferior
a 150 mg/24 h, la excreción de albúmina en cantidades superiores a 20 mg/min
es patológica y se denomina microalbuminuria.
La detección de la microalbuminuria requiere técnicas específicas (inmunoanálisis)
y tiene interés en el estudio de la nefropatía diabética. El uso de tiras
reactivas para detectar la proteinuria convencional es un método rápido
y sencillo, pero su sensibilidad varía según el grado de dilución y el pH de
la orina. Una muestra muy concentrada o con un pH muy alcalino puede dar un
falso resultado positivo, y una muestra muy diluida (poliuria), un falso
resultado negativo. Además, las tiras reactivas pueden no detectar las cadenas
ligeras de las inmunoglobulinas (proteinuria de Bence-Jones). También se emplea
ampliamente el método del ácido
sulfosalicílico (2 mL de orina más 8 gotas de ácido sulfosalicílico
al 20%). La formación de un precipitado indica un resultado positivo. Este método
da falsos resultados positivos con orinas que contienen contrastes radiológicos,
penicilina, sulfisoxazol, tolbutamida y ácido paraminosalicílico. Siempre que
la proteinuria sea positiva debe cuantificarse la cantidad excretada en orina de
24 h (concentración en orina ´ volumen
de la diuresis). La concentración de proteínas en la orina se mide con pruebas
turbidimétricas (ácido sulfosalicílico) o por colorimetría. Ello permite
clasificar la proteinuria en leve (menos de 1 g/24 h), moderada (1-3,5 g/24 h) o
intensa (más de 3,5 g/24 h). En algunos casos debe efectuarse además un
estudio “cualitativo” de la proteinuria mediante electroforesis o
inmunoelectroforesis, con el objeto de conocer las diferentes proteínas
contenidas en la orina. Desde este punto de vista, la proteinuria glomerular
es la más frecuente y se caracteriza por un porcentaje elevado de albúmina.
Se debe a un aumento anormal de la permeabilidad de la membrana basal para las
proteínas del plasma. La denominada proteinuria tubular
se observa cuando está disminuida la capacidad de reabsorción e las
proteínas filtradas normalmente, sobre todo en algunas neuropatías tubulares o
intersticiales. Se caracteriza por el hallazgo de pequeñas
cantidades de albúmina y el predominio de globulinas de bajo peso molecular (b2-microglobulina).
La proteinuria por sobrecarga
se produce cuando aumenta de modo anormal la
concentración plasmática de alguna proteína de pequeño tamaño (proteinuria
de Bence-Jones, mioglobinuria, hemoglobinuria y lisozimuria).
La proteinuria puede ser transitoria,
como la asociada al esfuerzo, que aparece sólo después de una actividad física
intensa, y la relacionada con la fiebre, la exposición al frío y la
insuficiencia cardíaca. La denominada proteinuria ortostática
aparece sólo cuando el individuo se halla de pie pero es negativa en
posición clinostática. En general su cuantía es inferior a 2 g/24 h. Este
tipo de proteinuria, si el sedimento urinario es negativo y no existe ningún
otro signo de enfermedad renal, carece de trascendencia clínica. La proteinuria
permanente,
aunque sea poco intensa, es siempre patológica, si bien su significado varía
según los casos. La proteinuria permanente aislada, es decir, sin hematuria ni
otras manifestaciones de enfermedad renal, suele estar causada por alteraciones
renales menores y no requiere la práctica de la biopsia. Entre las
enfermedades renales que cursan con proteinuria leve
(menos de 1 g/24 h) se incluyen la nefroangiosclerosis
benigna, la nefropatía diabética incipiente, la poliquistosis renal,
las nefropatías intersticiales, la uropatía obstructiva, la enfermedad quística
medular e incluso algunas formas menores o incipientes de glomerulonefritis. La
proteinuria de intensidad moderada
(1-3,5 g/24 h) puede observarse en formas avanzadas de cualquiera de las
enfermedades precedentes, pero es característica de nefropatías glomerulares
primitivas (glomerulonefritis) o secundarias a enfermedades sistémicas
(diabetes, amiloidosis, lupus eritematoso, hipertensión maligna, entre otras).
La proteinuria intensa
(más de 3,5 g/24 h) es propia del síndrome nefrótico y suele acompañarse
de hipoalbuminemia, hiperlipemia y edemas. Una excepción la constituye la
proteinuria debida a filtración excesiva de cadenas ligeras (proteinuria de
Bence-Jones). El significado clínico de la proteinuria de rango nefrótico
puede observarse en el llamado Síndrome Nefrotico. El examen del sedimento de
orina es un procedimiento diagnóstico sencillo y valioso. Se efectúa tras la
obtención de una muestra de orina reciente o conservada en medio ácido a 4 °C,
de la cual se centrifugan 10 mL a 2.000 rpm durante 5 min y se desechan los 9 mL
del sobrenadante. En un individuo sano, la orina contiene menos de 3 hematíes/campo,
menos de 5 leucocitos/campo y algunos cilindros hialinos, células epiteliales y
cristales. Cuando el recuento se expresa por minuto, los individuos normales
excretan menos de 2.000 hematíes y de 5.000 leucocitos por minuto. La hematuria
macroscópica es fácil de reconocer y constituye un motivo frecuente de
consulta, pero la presencia de sangre en la orina siempre debe confirmarse con
el examen del sedimento urinario. El resultado de las tiras reactivas es
positivo si existe hemoglobina en la orina, ya sea porque hay hematíes
(hematuria) o porque hay hemoglobina libre (hemoglobinuria). La mioglobina puede
también dar una reacción positiva. La hematuria
microscópica es un hallazgo de laboratorio, que puede presentarse
aislado o junto a otras alteraciones de la orina (proteinuria o bacteriuria). En
cualquier caso, la importancia de la hematuria no depende de su intensidad sino
de la causa que la motiva. La hematuria puede tener su origen en cualquier nivel
del aparato urinario, desde el glomérulo renal hasta la uretra anterior.
Incluye causas tan diversas como tumores, cálculos,
quistes, traumatismos, cuerpos extraños, infecciones, alteraciones de la
coagulación o inflamaciones del parénquima renal. El hallazgo de proteinuria
significativa (superior a 1 g/24 h), cilindros hemáticos o hematíes dismórficos,
indica que la hematuria es de origen glomerular. Los hematíes
dismórficos, con diferentes tamaños, formas y contenido en hemoglobina,
son fáciles de reconocer con el microscopio de contraste de fases. La leucocituria
es el hallazgo de un número anormalmente elevado de leucocitos en el
sedimento de orina (más de 5 leucocitos/campo). Este término es preferible al
de piuria, que tiende a asociar la
presencia de leucocitos con infección urinaria. Aunque, de hecho, la
leucocituria se debe, en la mayoría de los casos, a una infección aguda o crónica
del tracto urinario (uretritis, cistitis, prostatitis, pielonefritis), se trata
de un hallazgo inespecífico que indica inflamación del riñón o de la vía
excretora. En casos de leucocituria abacteriana está indicado el cultivo en
medio de Löwenstein. La presencia de un número elevado de eosinófilos en la
orina, superior al 5%, o eosinofiluria
es frecuente en la nefritis intersticial por hipersensibilidad. El
sedimento de orina puede contener cilindros
formados por la precipitación en la luz de los segmentos distales de la
nefrona de proteínas secretadas por el túbulo renal (proteína de
Tamm-Horsfall) y por otros elementos. En condiciones normales, la orina contiene
un número muy escaso de cilindros “hialinos”, que deben su nombre a su
aspecto translúcido. Los restantes tipos de cilindros (hemáticos, granulosos,
céreos) son siempre patológicos y su hallazgo constituye un fuerte argumento a
favor del origen parenquimatoso renal de las anomalías urinarias observadas.
Los cilindros “hemáticos” son característicos de inflamación aguda de los
glomérulos, aunque también se pueden hallar en alteraciones de la coagulación. El sedimento urinario puede
mostrar también diferentes tipos de cristales,
aunque su identificación rara vez es de gran ayuda para el diagnóstico,
excepto cuando muestra la presencia de cristales hexagonales de cistina
(cistinuria). La demostración de gérmenes
patógenos y su identificación requiere la práctica de un cultivo de orina en
condiciones apropiadas. La orina debe recogerse con la máxima asepsia en un
recipiente estéril, tomando una muestra durante la mitad de la micción. La
muestra debe transportarse de inmediato al laboratorio o conservarse el menor
tiempo posible a baja temperatura. A continuación se siembra en un medio
adecuado y se mantiene a 37 °C durante 24 h. El laboratorio de bacteriología
procede entonces a efectuar el recuento del número de unidades formadoras de
colonias (UFC) que crecen por mililitro de orina sembrada (urocultivo
cuantitativo) y a la identificación del germen (urocultivo cualitativo). Se acepta en general que un número
superior a 100.000 UFC/mL significa una probabilidad muy alta de infección
urinaria, entre 10.000 y 100.000 UFC/mL el significado es dudoso (el examen debe
repetirse) y un número inferior a 10.000 UFC/mL representa una contaminación
accidental de la muestra. Recientemente se ha demostrado, sin embargo, que
existen infecciones de orina verdaderas que cursan con un número bajo de
colonias (incluso inferior a 1.000 UFC/mL), en particular si se acompañan de más
de 5 leucocitos/ campo. En la mayoría de los casos
el germen es único, pero existen infecciones urinarias polimicrobianas. El
germen aislado con mayor frecuencia es Escherichia
coli, sobre todo en pacientes ambulatorios y sin anomalías en la vía
urinaria. En individuos con litiasis es frecuente la infección por Proteus
y en pacientes hospitalizados la infección puede estar causada por Klebsiella,
Enterobacter o Pseudomonas
aeruginosa. Mucho menos frecuentes son las infecciones por gérmenes grampositivos, como Staphylococcus
aureus, aislado en pacientes con bacteriemia estafilocócica.
Recientemente se ha demostrado el carácter patógeno del Staphylococcus
saprophyticus, un germen considerado banal hasta ahora. En los portadores
de sonda vesical permanente, se aísla Candida
albicans con bastante frecuencia. El hallazgo de otros microorganismos en
el aparato urinario, como Mycobacterium
tuberculosis o diferentes tipos de hongos, protozoos y virus, requiere
procedimientos específicos. 5.
Otros análisis de orina. El pH
urinario varía entre límites muy amplios pero, en condiciones normales,
la orina suele ser ácida y con un pH inferior a 6,5 ya que debe eliminar la
producción diaria de ácidos no volátiles. La utilidad de una medida aislada
del pH de orina es, sin embargo, muy limitada, excepto que se relacione con el
estado ácido-básico de la sangre. La capacidad renal de acidificación
urinaria se explora mediante pruebas de sobrecarga. La densidad
urinaria es un método sencillo, aunque inexacto, para estimar la
concentración concentración total de solutos en una muestra de orina, ya que
su medida puede sobrevalorarse cuando la orina contiene cantidades elevadas de
glucosa, proteínas o contrastes radiológicos. Por estas razones, es preferible
la determinación de la osmolaridad
urinaria, que se efectúa con la ayuda de un osmómetro (descenso del
punto crioscópico). La osmolaridad de la orina varía entre 40 y 1.200 mosm/kg
y refleja la capacidad renal para concentrar y diluir la orina; no obstante,
para obtener una medida rigurosa de esta capacidad se requiere efectuar la
prueba de concentración y dilución. La presencia de glucosa
en la orina en cantidades superiores a 20 mg/dL es siempre anormal y
suele deberse a hiperglucemia, aunque a veces es consecuencia de un descenso del
umbral de reabsorción (glucosuria normoglucémica). El hallazgo de cuerpos
cetónicos (cetonuria) es indicativo de acidosis diabética y se
investiga con tiras reactivas. La presencia de aminoácidos en la orina en
cantidades significativas (aminoaciduria) es patológica y debe investigarse con
la reacción de Brand. El ionograma
urinario proporciona información acerca de la concentración de sodio,
cloro y potasio en la orina y, cuando se conoce el volumen de la diuresis,
permite calcular las cantidades diarias excretadas. En condiciones normales, la
excreción urinaria de estos iones refleja fielmente los aportes de la dieta y
sus variaciones. Esta información puede ser de utilidad diagnóstica si se
relaciona con las concentraciones plasmáticas y el balance del organismo, pero
su determinación aislada rara vez tiene interés. En condiciones normales, la
excreción urinaria de sodio en un adulto oscila entre 100 y 200 mEq/24 h y la
de potasio entre 50 y 100 mEq/24 h. La determinación de calcio, fósforo,
magnesio, ácido úrico y oxalatos forma parte de la exploración del enfermo
con litiasis renal. Finalmente, la excreción de urea, creatinina y otros
productos finales del metabolismo nitrogenado sólo tienen utilidad si se
relacionan con los valores plasmáticos de estas mismas sustancias, lo que
constituye el fundamento de diversas pruebas funcionales. En la mayoría de los casos,
la orientación preliminar del enfermo con una nefropatía puede conseguirse con
un número limitado de análisis de sangre. En primer lugar destacan la urea, la
creatinina y el ácido úrico. La urea
es el principal metabolito de las proteínas y constituye alrededor del
50% de los solutos contenidos en la orina. La concentración de urea en
sangre oscila entre 10-40 mg/dL (1,7-6,7 mmol/L) y sólo aumenta de modo
significativo cuando se ha perdido más del 50% de la función renal. En la
actualidad, la mayoría de los laboratorios expresa su concentración en términos
de nitrógeno ureico en sangre (BUN o blood
urea nitrogen) y, como el nitrógeno es alrededor de la mitad de la molécula
de urea, su concentración normal se halla entre 5 y 20 mg/dL (0,8-3,3 mmol/L).
La concentración de urea o nitrógeno ureico en sangre es, sin embargo, una
medida bastante imperfecta de la función renal. Depende, entre otros factores,
del aporte de proteínas en la dieta, del catabolismo proteico y del volumen de
la diuresis. Pueden hallarse cifras algo elevadas aun cuando la función de los
riñones sea por completo normal. La creatinina
es un producto del metabolismo muscular de la creatina. Su concentración
en suero o plasma es notablemente más constante y depende mucho menos de la
ingesta proteica y del catabolismo que la urea. Por este motivo es más fiable
como índice de retención nitrogenada. Su concentración en suero depende de la
masa muscular de cada individuo, pero, en los adultos, la concentración normal
es < 1,3 mg/dL
(<105 mmol/L)
en el varón y < 0,9
mg/dL (79 mmol/L) en la mujer.
Como la creatinina procede del metabolismo muscular, los estados de rabdomiólisis
pueden provocar aumentos de la creatinina que no guarden paralelo con la cifra
de urea en sangre. A pesar de ello, la concentración de creatinina es un índice
de funcionalismo renal que goza de aceptación
universal. La creatinina es filtrada por el glomérulo y, además, secretada en
un pequeño porcentaje por el túbulo renal. En todo caso debe tenerse presente
que la concentración de creatinina sérica sólo aumenta por encima del límite
normal cuando la función renal ha disminuido a menos de la mitad. Ello se debe
a que la relación entre la concentración sérica y el filtrado glomerular es
de tipo hiperbólico El ácido
úrico aumenta también su concentración sérica cuando se deteriora la
función renal. Sin embargo, como su elevación puede estar relacionada con
alteraciones primarias del metabolismo de las purinas, la uricemia por sí sola
no se emplea para valorar el funcionalismo renal. Además de las determinaciones
citadas, los análisis de sangre básicos para la orientación preliminar del
enfermo renal y para alcanzar un diagnóstico sindrómico incluyen: hematócrito,
sodio, cloro y potasio, pH, pCO2 y HCO–3, calcio y fósforo y albúmina sérica.
En los pacientes cuya historia o cuyos hallazgos previos sugieren un origen
inmunológico de su enfermedad renal, pueden estar indicados los siguientes exámenes
complementarios: anticuerpos antinucleares y anti-DNA; C3, C4 y CH50;
inmunocomplejos circulantes; C3 nephritic
factor, y anticuerpos antimembrana basal glomerular (anti-MBG) y
anticitoplasma de los neutrófilos (ANCA). La mayoría de las pruebas
destinadas a determinar la capacidad renal de excreción de una sustancia que se
elimine por la orina utilizan la noción de aclaramiento renal o clearance.
Otras exploran el comportamiento del riñón en situaciones de máximo esfuerzo,
como la prueba de la concentración y dilución o la prueba de acidificación
urinaria. A continuación se exponen sólo aquellas pruebas que han demostrado
utilidad clínica. El aclaramiento o capacidad
renal de excretar una sustancia se calcula empleando la fórmula: Px donde Ox es la concentración de una
sustancia x en orina, Px la concentración en plasma y
V el volumen minuto de orina. Esta fórmula expresa la
relación que existe entre la cantidad de sustancia eliminada (Ox ´
V) y su concentración plasmática (Px). El resultado se expresa en
mL/min y equivale al volumen de plasma que es completamente depurado de x
durante su paso por los riñones en la unidad de tiempo. Se trata de un volumen
más “facticio” que real, dado que no existe un volumen de plasma que sea
completamente depurado a su paso por el riñón, mientras que el resto permanece
intacto. Sin embargo, esta medida equivale al trabajo de excreción renal
efectuado. El aclaramiento
de la urea fue una de las primeras pruebas de aclaramiento utilizadas
para medir el funcionalismo renal. La urea se filtra por el glomérulo y luego
experimenta una reabsorción parcial en los túbulos, al tiempo que es también
secretada, aunque en menor grado. En cualquier caso, la reabsorción tubular de
la urea filtrada está muy influida por el volumen de la diuresis, el cual
depende a su vez del grado de hidratación. Por esta y otras razones, el
aclaración de la urea prácticamente se ha abandonado. El aclaramiento
de la creatinina endógena es, por el contrario, una prueba muy útil y
aceptada como medida del filtrado glomerular. Su realización es sencilla, ya
que solamente requiere determinar las concentraciones de creatinina en plasma y
orina y el volumen minuto urinario. En condiciones normales, el aclaramiento de
creatinina es de 100-120 mL/min. La creatinina se elimina en su mayor parte por
filtración, razón por la que se utiliza como medida clínica del filtrado
glomerular. Sin embargo, la creatinina es también secretada por los túbulos
renales, secreción que tiende a aumentar a medida que se elevan las
concentraciones de creatinina sérica. Por esta razón, cuando existe
insuficiencia renal avanzada, el aclaramiento de la creatinina es algo superior
al filtrado glomerular verdadero; no obstante, a pesar de estas limitaciones, se
ha demostrado su utilidad clínica y es aceptado de forma universal. Aunque sólo
de forma aproximada, el aclaramiento de la creatinina (Ccr) puede estimarse a
partir de la creatinina en plasma (Pcr) en función de la edad, el sexo y el
peso corporal del individuo mediante la fórmula: Ccr = (140 – edad) ´
peso corporal Pcr ´
72 o 85 donde el Ccr se expresa en mL/min,
la edad en años, el peso en kg, la Pcr en mg/dL y 72 se emplea para varones y
85 para mujeres. El aclaramiento de inulina
es una técnica más exacta de medición del filtrado glomerular, pero se
reserva para trabajos de investigación, ya que requiere una perfusión
intravenosa de inulina. El aclaramiento de iotalamato
marcado con 125I, calculado a partir de la curva de aclaramiento plasmático
de este radiofármaco, permite medir el filtrado glomerular sin necesidad de
recolección de orina. El aclaramiento
del ácido paraminohipúrico es una prueba empleada para medir el flujo
plasmático renal (FPR). Requiere la perfusión continua intravenosa de
paraminohipurato, sustancia que tiene la particularidad de eliminarse
completamente del plasma a su paso por el riñón, debido a que es filtrada y
secretada al mismo tiempo por el túbulo renal. Su empleo se reserva para
trabajos de investigación clínica. El FPR también puede calcularse a partir
de las curvas de aclaramiento de ortoyodohipurato marcado con 131I.
El riñón normal es capaz de
diluir la orina hasta alcanzar una densidad de 1.001 (40 mosm/kg) y de
concentrarla hasta na densidad de 1.035 (1.200 mosm/kg). Como ya se ha señalado,
la medida de la osmolaridad es más precisa que la determinación de la densidad
urinaria. La prueba de concentración
explora la capacidad renal para concentrar la orina en condiciones de máxima
restricción acuosa (pérdida del 3-5% de peso corporal) y/o bajo el efecto de 5
U de vasopresina acuosa por vía subcutánea. Los individuos normales alcanzan
una densidad ù 1.025
(900 mosm/kg), y en general se acepta que la prueba es innecesaria en las
personas cuya densidad urinaria espontánea en ayunas es ù
1.020 (800 mosm/kg). La capacidad renal de concentración está
disminuida en ausencia de hormona antidiurética (ADH) (diabetes insípida
hipofisaria), cuando el túbulo renal es insensible a ADH (diabetes insípida
nefrógena) y cuando aumenta la carga osmótica por nefrona (diuresis osmótica
e insuficiencia renal crónica). La pérdida de la capacidad de concentración
acompaña de modo casi constante a la disminución del filtrado glomerular, en
cuyo caso su utilidad clínica es discutible. Por el contrario, es
particularmente eficaz para detectar pérdidas selectivas de la capacidad de
concentración en pacientes con alteraciones tubulares aisladas, pero con
filtrado glomerular normal, y en el diagnóstico diferencial entre la diabetes
insípida y la poliuria psicógena. La prueba de dilución
explora la capacidad renal para diluir la orina en condiciones de
sobrecarga acuosa (1.200 mL de agua en ayunas) y se considera normal si la orina
alcanza una densidad <
1.003 (80 mosm/kg). En la insuficiencia renal crónica, la capacidad de
dilución sólo disminuye de modo significativo cuando el filtrado glomerular es
inferior a 20 mL/min. La utilidad clínica de la prueba de dilución es bastante
limitada. Para alcanzar una diuresis acuosa máxima (dilución máxima) es
necesario un suministro adecuado de líquido al segmento dilutor de la nefrona,
una reabsorción apropiada de los solutos a este nivel y su impermeabilidad al
agua. Por consiguiente, la capacidad de dilución está limitada en los estados de reducción
de volumen y/o disminución del filtrado glomerular, en la cirrosis hepática
con ascitis, en la insuficiencia cardíaca, cuando se emplean diuréticos y en
los casos de secreción inapropiada de ADH. Todas estas circunstancias
disminuyen la capacidad de dilución urinaria y favorecen el desarrollo de
hiponatremia si no se limita la ingesta de agua. En algunos casos se utilizan
los conceptos aclaración
osmolar (Cosm) y aclaramiento
de agua libre (CH2O) para una mejor comprensión del trabajo renal de
excreción de agua y solutos. El volumen de orina (V) puede concebirse formado
por dos fracciones. Una correspondería al volumen que contiene todos los
solutos de la orina con una concentración idéntica a la del plasma o Cosm. La
otra fracción es la diferencia entre el volumen urinario, V, y el Cosm, fracción
denominada CH2O, y cuyo valor puede ser positivo o negativo. Debe señalarse que
el CH2O no es un aclaramiento en el sentido usual del término, aunque expresa
la capacidad renal para aclarar el plasma de agua durante el proceso de formación
de la orina. Si la orina es isotónica
respecto al plasma, el volumen V es igual a Cosm y, por consiguiente, el
CH2O es igual a 0. Cuando la orina es hipotónica,
el volumen V es igual a Cosm + CH2O, lo que significa que el CH2O es positivo.
Por el contrario, cuando la orina es hipertónica,
el volumen V es igual a Cosm – CH2O y, por tanto, el CH2O es negativo. El pH urinario puede oscilar
entre 4,5 y 7,8 U. En condiciones normales la orina suele ser ácida y su pH
inferior a 6,5, ya que debe eliminar la producción diaria de ácidos no volátiles.
Incluso con un pH ácido, la cantidad de iones H+ libres en la orina es
cuantitativamente muy escasa (0,01 mEq/L para un pH de 5), dado que la mayoría
de los iones H+ son secretados en forma de acidez titulable (AT) y de ion amonio
(NH4 +). Sin embargo, desde un punto de vista fisiológico, el pH urinario es
esencial porque se relaciona con la cantidad de iones H+ que se excretan en
forma de AT y NH4+. La capacidad máxima de
acidificación de la orina puede explorarse mediante una sobrecarga ácida, en
general la administración oral de cloruro
amónico (0,1 g/kg de peso), y la recolección de sucesivas muestras de
orina durante un período de 6-8 h. Esta prueba no debe efectuarse en pacientes
con insuficiencia renal, ni tampoco es necesaria en individuos con acidosis
metabólica espontánea. En los casos de insuficiencia renal avanzada suele
haber acidosis metabólica si el filtrado es inferior a 15 mL/min. En tales
circunstancias la orina suele ser ácida, pero la excreción de AT y sobre todo
de NH4+ es insuficiente para evitar el desarrollo de acidosis sistémica. La prueba de sobrecarga con
cloruro amónico se utiliza para detectar posibles defectos tubulares aislados
en la capacidad de acidificación renal no asociados a disminuciones francas del
filtrado glomerular y, en particular, en el diagnóstico de la acidosis tubular
renal (ATR). Dado que el objetivo de la prueba de sobrecarga ácida es provocar
una acidosis sistémica moderada, ésta es innecesaria en presencia de acidosis
metabólica espontánea. En estos casos, el hallazgo de un pH urinario superior
a 5,4 es ya per se indicativo
de ATR. Por el contrario, si no hay acidosis espontánea, la prueba de
sobrecarga con cloruro amónico permitirá conocer el pH urinario más bajo que
puede alcanzarse, así como la máxima excreción posible de AT y NH4 +. Recientemente se introdujo
una prueba de sobrecarga con bicarbonato
destinada a explorar la capacidad de acidificación distal a través del
comportamiento de la pCO2 urinaria. En individuos normales, la pCO2 urinaria
aumenta y supera en más de 20 mmHg la pCO2 de
la sangre cuando se provoca bicarbonaturia intensa con una perfusión de
bicarbonato sódico. Por el contrario, en la ATR distal (tipo I), la pCO2
urinaria se aproxima a la pCO2 de la sangre pero no la supera. La ventaja de
esta prueba radica en su sencillez y en que es mejor tolerada que una sobrecarga
ácida. La exploración radiológica
del paciente renal comienza siempre con la radiografía simple de abdomen y se
completa
en la mayoría de los casos
con una urografía intravenosa (UIV). La práctica de otros exámenes radiológicos
depende en gran medida del resultado de las exploraciones precedentes. Una radiografía de abdomen
de buena calidad suministra información acerca de la situación, el tamaño y
la forma de los riñones, al tiempo que permite descubrir calcificaciones
renales en la vía urinaria o en las arterias renales La tomografía renal sin
contraste es una exploración útil cuando la radiografía simple de abdomen no
permite visualizar los riñones y la inyección de contraste está
contraindicada. El método para obtener las imágenes tomográficas es similar
al empleado en el estudio de otros órganos. La tomografía renal permite
demostrar algunas alteraciones morfológicas mayores (riñones atróficos,
aumentados de tamaño, con deformaciones corticales o con imágenes de quistes o
tumores), pero no aporta dato alguno acerca de las cavidades pielocaliciales o
del resto de la vía urinaria. La UIV es una exploración
fundamental, y a menudo imprescindible, en el estudio del aparato urinario. La
inyección intravenosa de contraste radiológico permite visualizar la imagen
radiodensa del parénquima renal (nefrograma), así como el molde opaco del
sistema colector (pielograma) y del resto de la vía urinaria. El medio de
contraste empleado suele ser una sal triyodada del ácido benzoico en forma de
solución hipertónica al 50 o 60%. La dosis depende del peso corporal y suele
ser de unos 30 g de yodo para un adulto. La mayor parte del contraste se elimina
por filtración glomerular y, por consiguiente, la calidad de las imágenes
empeora en presencia de insuficiencia renal. La restricción acuosa facilita la
concentración del medio de contraste, pero esta restricción puede ser
peligrosa cuando la función renal es deficiente.
La UIV permite obtener en los primeros 3 min una imagen nefrográfica
detallada de los riñones. A continuación se inicia el llenado del sistema
pielocalicial y se observa la progresión del contraste a lo largo de toda la vía
urinaria. Esta exploración permite descubrir malformaciones congénitas del
aparato excretor, localizar una obstrucción y comprobar la dilatación que
provoca por encima del obstáculo, observar malformaciones de la silueta renal o
distorsión de los cálices causadas por quistes y tumores, visualizar cálculos
radiopacos o defectos de depleción debidos a cálculos radiotransparentes,
descubrir áreas de necrosis papilar, cavernas tuberculosas y otras múltiples
alteraciones renales. Además, la UIV permite explorar detalladamente el
trayecto ureteral y la morfología de la vejiga urinaria La UIV convencional
puede modificarse para adaptarla a determinadas exigencias. La UIV
minutada consiste en obtener placas precoces (cada minuto durante los
primeros 5 min), además de las que se efectúan en los tiempos habituales, con
el objetivo de precisar el momento en que se inicia la excreción del contraste
por cada riñón. Este procedimiento se utiliza para la detección de la
hipertensión vasculorrenal. La UIV
por perfusión, en la que se efectúa una perfusión continua de
contraste, tiene por objeto facilitar la obtención de imágenes en
individuos con insuficiencia renal. Este proceder no se halla desprovisto de
riesgos.La UIV, al igual que cualquier otra técnica de exposición a los rayos
X, está contraindicada en el embarazo. Además, se presentan reacciones
adversas al contraste yodado en alrededor del 5% de la población general. Los
pacientes diabéticos con insuficiencia renal se hallan expuestos a un
empeoramiento, en general transitorio, de la función renal. Además, se han
descrito episodios de insuficiencia renal aguda tras la práctica de urografías
o de otras técnicas que implican la inyección de dosis elevadas de contraste,
en los pacientes con mieloma, deshidratación o insuficiencia renal. La arteriografía permite
visualizar con detalle la vascularización arterial del riñón. El medio de
contraste se inyecta mediante un catéter introducido por vía femoral en la
aorta abdominal o incluso en el interior de la arteria renal principal. La
arteriografía permite objetivar lesiones congénitas o adquiridas de las
arterias renales, como estenosis, trombosis, aneurismas y fístulas
arteriovenosas. En este sentido desempeña un papel importante en el diagnóstico
de la hipertensión vasculorrenal y se halla indicada cuando esta sospecha se
fundamenta en datos clínicos (soplo abdominal) o en los resultados de
exploraciones previas (UIV, renograma, etc.) menos cruentas .La arteriografía
permite además visualizar masas renales de tamaño reducido y establecer el
diagnóstico diferencial entre tumores y quistes renales. Los quistes, únicos o
múltiples, provocan un desplazamiento armónico de las ramas arteriales,
mientras que los tumores, y en especial los malignos, se acompañan de imágenes
de neoformación vascular. La arteriografía renal rara vez constituye la
primera exploración en un paciente. En general, la arteriografía renal está
indicada, aunque no en todos los casos, cuando la urografía previa muestra: a)
masa o tumor renal; b)
aumento de tamaño de uno o de ambos riñones; c)
riñón mudo; d)
urografía anormal después de un traumatismo; e)
asimetría urográfica en un paciente hipertenso; f)
calcificaciones hiliares, y g)
urografía normal en hematurias de causa desconocida. En las masas o
tumores renales, la arteriografía está indicada cuando la ecografía o la
tomografía computarizada (TC) sugieren una masa sólida o de consistencia
dudosa. Si su consistencia es líquida suele estar indicada la punción del
quiste, reservando la arteriografía para los casos en que la punción muestra
una celularidad atípica.
La angiografía digital
intravenosa por sustracción (DIVAS) es una técnica de introducción reciente
que permite obtener imágenes angiográficas secuenciales del territorio
arterial tras la inyección intravenosa
de un medio de contraste. Las imágenes previas a la inyección del
contraste se sustraen mediante un ordenador de las imágenes posteriores, para
un mejor contraste de las arterias renales. Esta refinada técnica, mucho menos
invasiva que la arteriografía convencional, permite observar las arterias
renales y sus ramas de división con resultado satisfactorio en el 92% de los
casos. Una DIVAS normal evita la práctica de una arteriografía en la mayoría
de los casos. La opacificación detallada
del territorio venoso se consigue mediante la inyección directa de contraste a
través de un catéter en el interior de la cava (cavografía) o de las propias
venas renales (flebografía renal). La TC es una exploración
radiológica muy valiosa y de introducción más reciente. La imagen obtenida
representa un corte axial de la región explorada. Las principales aportaciones
de la TC son su capacidad para explorar de modo incruento regiones antes
inaccesibles y su capacidad para discriminar una amplia gama de densidades,
permitiendo diferenciar estructuras intrarrenales de diferentes densidades. La principal indicación de
la TC en la exploración del aparato urinario es la detección, la delimitación
y el análisis densitográfico de las masas renales. Los carcinomas renales
tienen una densidad heterogénea, contornos imprecisos y se diferencian con
facilidad del resto del parénquima. Por el contrario, los quistes renales
aparecen bien delimitadosy su densidad es inferior a la de los tumores sólidos.
Asimismo, son fáciles de identificar con esta técnica las anomalías de forma,
tamaño y situación de los riñones, así como la hidronefrosis, la
poliquistosis renal, los cálculos, las colecciones perirrenales (abscesos o
hematomas), los aneurismas de la aorta abdominal, la trombosis de la vena cava
inferior y las masas ganglionares paraórticas. La ecografía es uno de los métodos
más rápidos, eficaces y cómodos para explorar los riñones y, con ciertas
limitaciones, el resto del aparato
genitourinario. La ecografía no utiliza radiaciones ionizantes y no entraña
riesgos. La ecografía permite observar los riñones y detectar masas renales y
pararrenales, dilatación de las cavidades (hidronefrosis) y alteraciones de la
ecostructura renal y guiar la introducción de agujas destinadas a biopsia
renal. El examen ecográfico es independiente del grado de actividad funcional
del riñón y, por consiguiente, en los pacientes con anuria o insuficiencia
renal grave puede explorarse
el tamaño renal con facilidad y rapidez. En el caso de existir obstrucción de
la vía urinaria, la ecografía demuestra la dilatación del uréter y de las
cavidades renales y, dado que la exploración puede repetirse sin riesgo cuantas
veces sea necesario, permite el seguimiento de la obstrucción urinaria. La
ecografía puede objetivar masas renales con un tamaño superior a 2 cm, incluso
en presencia de fracaso del funcionalismo renal, lo que no ocurre con la urografía
o los exámenes isotópicos. Las masas sólidas se pueden diferenciar de los
quistes con alto grado de fiabilidad. Debido a su excelente
capacidad para diferenciar tejidos blandos, está particularmente indicada para
detectar la extensión venosa de los tumores renales y/o la presencia de
adenopatías, y cuando los hallazgos de la TC son equívocos. Algunos radioisótopos
inyectados por vía intravenosa se acumulan o excretan por el riñón
proporcionando información útil acerca de la morfología y el funcionalismo
del aparato excretor. Las cantidades inyectadas son muy pequeñas y las
exploraciones isotópicas suelen considerarse cómodas para el paciente y con
escaso riesgo. Es un registro temporal de la
radiactividad acumulada en el riñón tras la inyección de un radioisótopo de
eliminación renal (ortoyodohipurato marcado con 131I). Una vez inyectado, el isótopo
se diluye en el volumen extracelular y, tras alcanzar el riñón, se inicia su
excreción principalmente por secreción tubular, eliminándose el 80% de la
cantidad inyectada en el plazo de 20 min. Mediante un detector situado frente a
la fosa lumbar se registra la radiactividad procedente del riñón y se obtiene
una curva que refleja en todo momento la relación entre la cantidad de isótopo
que llega a través de la arteria renal y la cantidad excretada a través de la
vía urinaria. La morfología de la curva se altera si se modifican el flujo
sanguíneo renal o el funcionalismo tubular o si existe una dificultad excretora
(obstrucción). La eliminación del radioisótopo puede también seguirse
visualmente mediante una gammacámara, en cuyo caso pueden obtenerse imágenes
de intensidad decreciente cada 4 min (estudio dinámico secuencial). La
principal aplicación del renograma es la detección de lesiones estenosantes de
la arteria renal y de obstrucciones de la vía urinaria. Alrededor del 80% de
los casos de hipertensión vasculorrenal se pueden detectar con esta técnica
(con un 20% de falsos negativos y un 10% de falsos positivos). Por el contrario,
los obstáculos de la vía urinaria se descubren fácilmente con otros medios
(urografía, ecografía). La inyección de diversos
radiofármacos de eliminación renal permite observar temporalmente los riñones
y la vía urinaria. La exposición a la radiación es menor que en los exámenes
radiográficos estándar y no produce reacciones alérgicas. En la actualidad,
esta exploración se realiza con una gammacámara de alta resolución y con
radiofármacos de excreción renal rápida, lo que proporciona una visión dinámica
del paso del trazador a través del riñón y del sistema excretor. Ello
permite, además de observar las estructuras, valorar la perfusión renal, la
acumulación en el parénquima y la excreción urinaria de un modo secuencial.
El marcador suele ser un isótopo del tecnecio (99mTc) y las sustancias más
empleadas son el glucoheptonato (AGH) y la dimetilenetriamina (DTAP). Ambas
presentan un aclaración rápido y se eliminan principalmente por filtración
glomerular. También se puede recurrir a la gammagrafía retardada con
dimercaptosuccinato de 99mTc (ADMS), que permanece fijado al tejido renal
durante varias horas y que resulta bastante sensible para detectar lesiones
corticales como infartos, tumores, quistes y hematomas. La inyección de un compuesto
de eliminación renal como el pertecnetato marcado también con 99mTc permite
visualizar, con la ayuda de una gammacámara y durante breves instantes, la
aorta abdominal y el tronco principal de las arterias renales. Estas imágenes,
obtenidas cada 2 seg, pueden registrarse en una placa fotográfica. El primer tránsito
(perfusión) del pertecnetato se observa mucho mejor en la actualidad
con el 99mTc DTAP o el 99mTc
AGH. La resolución de las imágenes obtenidas es baja y, por consiguiente, éstas
sólo permiten valorar alteraciones mayores de la perfusión renal (ausencia de
flujo sanguíneo, estenosis muy intensa, etc.); por esta razón, la
angiogammagrafía renal sólo se emplea cuando se sospecha una oclusión aguda
de la arteria renal (trombosis o embolia). Sin embargo, como esta exploración
puede repetirse con escaso riesgo, se utiliza en el seguimiento de la cirugía
vascular del riñón y en el trasplante renal. La biopsia renal está
indicada en enfermedades del parénquima renal de carácter difuso. Nunca
constituye una exploración inicial, sino que se reserva
para los casos en que no se ha alcanzado un diagnóstico definitivo con otros
medios. Las principales indicaciones de la biopsia renal son: a)
la proteinuria permanente; b)
la hematuria macroscópica o microscópica recurrente; c)
el síndrome nefrótico; d)
la insuficiencia renal aguda (IRA) de causa inexplicable o de duración prolongada; e)
la afección renal en las enfermedades sistémicas, y f)
el rechazo del riñón trasplantado. Los pacientes con
alteraciones urinarias aisladas (proteinuria y/o hematuria) son candidatos a la
biopsia renal cuando dichas alteraciones están bien demostradas, son
permanentes y el diagnóstico es imposible con otros medios. La biopsia renal es
innecesaria en los niños con glomerulonefritis aguda postestreptocócica o con
síndrome nefrótico idiomático entre los 2 y 6 años. Tampoco se requiere
cuando la sospecha diagnóstica es muy fundada (diabetes o amiloidosis). En la
IRA, la biopsia renal es necesaria cuando el origen es incierto, la oliguria se
prolonga más de 4 sem y se sospecha una enfermedad distinta a la necrosis
tubular. La utilidad de la biopsia renal en las enfermedades sistémicas se debe
justificar para cada caso en particular y es innecesaria en la hipertensión
arterial esencial o en la pielonefritis crónica demostrada por hallazgos urográficos.
La biopsia renal es una exploración invasiva cuyo riesgo se debe valorar y
contrastar con los posibles beneficios de su empleo. En principio está
contraindicada cuando existen: a)
riñón único; b)
alteraciones de la coagulación; c)
hipertensión no controlada; d)
insuficiencia renal avanzada, o e)
atrofia renal. Además, no suele efectuarse
cuando se sospecha tumoración renal, absceso perirrenal, hidronefrosis,
pionefrosis, TBC renal o enfermedad poliquística. La exploración retrógrada
de la vía urinaria está justificada cuando la UIV no aporta datos suficientes,
cuando se pretende inspeccionar visualmente la vía
urinaria (endoscopia) o cuando se requiere introducir sondas o catéteres con
fines diagnósticos o terapéuticos (instrumentación). La exploración retrógrada,
en la que suelen combinarse procedimientos instrumentales y radiológicos, la
efectúa habitualmente el urólogo. La cistografía
retrógrada tiene como objetivo opacificar la vejiga mediante un
contraste radiológico introducido con la ayuda de una sonda vesical y
constituye la exploración más eficaz para demostrar o descartar un reflujo
vesicoureteral. La cistoscopia
es un procedimiento para observar directamente la vejiga con fines diagnósticos,
realizar otros exámenes (ureteropielografía retrógrada) o incluso practicar
actos terapéuticos. La ureteropielografía
retrógrada es una exploración más complicada, no desprovista de
riesgos, que requiere efectuar una cistoscopia previa con el fin de introducir
un catéter en uno o ambos uréteres. El contraste inyectado a través del catéter
permite observar con detalle tanto el uréter como la pelvis y los cálices
renales. Como puede comprobarse,
algunos de ellos son exclusivos de las enfermedades renales, pero todos forman
parte, por razones diversas, del área de interés de la nefrología. Las causas
de cada uno de estos síndromes se detallan en los apartados correspondientes. El hallazgo aislado de una
alteración urinaria (proteinuria, hematuria o leucocituria) constituye un
problema relativamente frecuente. El diagnóstico
exige comprobar el carácter realmente “aislado” de la anomalía detectada
y, en particular, excluir la existencia de insuficiencia renal, síndrome nefrótico,
infección urinaria, hipertensión arterial, obstrucción urinaria o litiasis,
ya que tales hallazgos indican siempre enfermedad renal o de la vía urinaria.
Si la historia clínica y las restantes exploraciones son negativas, la proteinuria
aislada permanente suele estar causada por alteraciones renales menores,
aunque algunas veces es el primer signo de una enfermedad renal evolutiva. La
biopsia renal no es obligatoria, excepto que aparezcan alteraciones del
sedimento (hematuria), hipertensión o deterioro de la función renal. El diagnóstico de hematuria
aislada, única o recurrente, requiere descartar
mediante una exploración exhaustiva (urografía, cistoscopia y, en ocasiones, arteriografía
renal) cualquier causa de hemorragia. La hematuria aislada de origen nefrótico
se acompaña a menudo de hematíes dismórficos y se puede observar en la
nefropatía IgA y en la enfermedad por membranas finas. La leucocituria
aislada es poco frecuente ya que, en general, se asocia a infección
urinaria. Se ha comprobado su presencia en la pielonefritis crónica, la
nefropatía por analgésicos y la nefritis lúpica entre otras. Este síndrome consiste en la
aparición de hematuria asociada a alteraciones agudas de la función renal
(oliguria, retención nitrogenada o descenso del
filtrado glomerular), formación de edemas y/o hipertensión transitoria.
Traduce una inflamación aguda de los glomérulos renales. La hematuria puede
ser macroscópica o microscópica y el sedimento contiene a menudo cilindros hemáticos,
lo cual es exclusivo de las hematurias que se originan en la nefrona. La
proteinuria es un hallazgo casi constante. Para establecer el síndrome es
necesario disponer de algún dato que apoye el carácter reciente de la lesión
renal. Los edemas y la hipertensión son frecuentes pero no constantes. La
enfermedad que mejor reproduce las manifestaciones de este síndrome es la
glomerulonefritis aguda postestreptocócica, pero también puede observarse en
otras nefropatías glomerulares. El síndrome nefrótico se
define como una proteinuria superior a 3,5 g/24 h/1,73 m2, acompañada de
hipoalbuminemia y, a menudo, de edemas e hiperlipemia. Traduce un aumento
anormal de la permeabilidad de la membrana basal glomerular (MBG) para las proteínas
del plasma. El único criterio imprescindible para el diagnóstico es la
magnitud de la proteinuria, pero la hipoalbuminemia (albúmina sérica inferior
a 2,5 g/dL) es prácticamente constante. Los edemas son muy frecuentes, aunque
no es obligada su presencia para el diagnóstico. La hiperlipemia es menos
constante. El síndrome nefrótico puede estar causado por enfermedades renales
muy diversas. La IRA es un síndrome
caracterizado por un deterioro rápido del filtrado glomerular y que puede
cursar con oliguria, anuria o diuresis conservada. Para afirmar su existencia es
necesario objetivar, por una parte, el deterioro de la función renal y, por
otra, el carácter agudo de esta alteración. La aparición de oliguria, y con
menor frecuencia de anuria, es un dato muy sugestivo, pero alrededor del 30% de
los casos cursan con diuresis conservada. En esta situación, tiene un
significado equivalente la comprobación de que el filtrado glomerular disminuye
en sólo días o semanas o de que la creatinina sérica aumenta como mínimo a
razón de 0,5 mg/dL/día. El hallazgo de unos riñones de tamaño reducido
descarta el diagnóstico, dado que la atrofia renal es un signo inequívoco de
insuficiencia renal crónica. La IRA puede ser de origen prerrenal (funcional),
posrenal (obstructiva) o ser debida a lesiones de parénquima renal o a una
obstrucción vascular. El término insuficiencia
renal crónica (IRC) indica que el filtrado glomerular se halla reducido y que,
además, esta disminución se ha producido a lo largo del tiempo y tiene un carácter
definitivo. El grado de deterioro de la función renal es independiente de los
criterios mencionados y puede ser leve, moderado, avanzado o terminal. Aunque es
sencillo demostrar que el filtrado glomerular está disminuido, no siempre es fácil
comprobar el carácter crónico de la insuficiencia renal. Si no se conoce el
curso previo de la enfermedad, la mejor evidencia de cronicidad la proporciona
el hallazgo de que la función renal continúa disminuida a lo largo de un período
no inferior a 3 meses, tiempo durante el cual el filtrado glomerular se mantiene
relativamente estable. Ello permite descartar tanto un deterioro transitorio de
la función renal como una insuficiencia renal rápidamente progresiva. Por otra
parte, antes de afirmar que un paciente presenta IRC es necesario descartar
algunas causas de aumento del BUN o de la creatinina sérica que no dependen de
una lesión del tejido renal, como ingestión
excesiva de proteínas, hipercatabolismo o insuficiencia cardíaca. Además, en
todo paciente con insuficiencia renal se debe descartar también la obstrucción
de la vía urinaria. En este grupo se incluye una
serie de alteraciones selectivas del funcionalismo tubular que no se asocian, al
menos en un principio, a una disminución del filtrado glomerular. Dichas
alteraciones pueden presentarse aisladas o asociarse entre sí. El diagnóstico
requiere demostrar la presencia actual del trastorno tubular, lo que a veces
obliga a realizar pruebas funcionales específicas. En general consisten en
defectos de la capacidad para el transporte tubular de solutos (reabsorción o
secreción) o de la capacidad para concentrar o acidificar la orina. A menudo se
descubren por el hallazgo de alteraciones en la composición de la orina
(glucosuria, fosfaturia, aminoaciduria) o de la sangre (acidosis hiperclorémica). La presión arterial normal
en un adulto se define como una cifra de presión sistólica < 140 mmHg y una
cifra de presión diastólica < 90 mmHg. La hipertensión arterial (HTA) se
define en el adulto como una presión arterial sistólica ù
160 mmHg y/o una presión diastólica ù
90 mmHg. Entre los límites definidos como normales y patológicos se sitúa
un estado al que se denomina hipertensión
límite. En la infancia, las cifras son menores y varían con la edad. El
término hipertensión
maligna se utiliza en presencia de cifras de presión arterial muy
elevadas (presión arterial diastólica ù
130 mmHg) y acompañadas de fondo de ojo grados III y IV y de deterioro
evidente de la función renal. La hipertensión es un síndrome y, como tal,
puede tener múltiples etiologías. El diagnóstico de infección
urinaria requiere la presencia de un número significativo de bacterias en la
orina (urocultivo con más de 100.000 UFC/mL) o la demostración de otros gérmenes
menos frecuentes (M.
tuberculosis, C. albicans) mediante técnicas específicas. El sedimento
urinario puede mostrar leucocituria, pero este dato aislado no es suficiente
para el diagnóstico. La presentación clínica puede ser tanto la de una
bacteriuria asintomática descubierta de modo fortuito, como la de una infección
urinaria acompañada de signos y síntomas locales (cistitis, prostatitis,
uretritis, pielonefritis) o de manifestaciones sistémicas (fiebre, sepsis). Este síndrome se define por
la expulsión de uno o varios cálculos, su observación radiológica o su
extracción por endoscopia o cirugía. El cólico nefrítico no constituye per
se una evidencia suficiente. Los signos y síntomas de litiasis pueden
ser nulos (litiasis asintomática), consistir en episodios de dolor característico
(cólico nefrítico), acompañados o no de hematuria, o estar en relación con
sus complicaciones. Los cálculos próximos a la unión ureterovesical se
manifiestan sobre todo por síntomas urinarios bajos (disuria, polaquiuria y
urgencia miccional). Algunos pacientes consultan por manifestaciones clínicas
relacionadas con complicaciones de la litiasis (infección, obstrucción o
insuficiencia renal). El diagnóstico de obstrucción
urinaria puede sospecharse por sus manifestaciones clínicas, pero siempre
requiere la comprobación de que el vaciado de la vejiga es incompleto
(obstrucción urinaria baja) o de que existe dilatación del uréter o de la
pelvis y cálices renales (obstrucción urinaria alta). La comprobación de una obstrucción
urinaria baja se obtiene mediante sondaje vesical por el hallazgo de
retención de orina o de un residuo posmiccional. La demostración de una obstrucción
urinaria alta sólo es posible con métodos radiológicos o ecográficos,
que revelan una dilatación de la vía urinaria por encima del obstáculo. 1.
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