Monografias | ¿Quién mató al coronel?

¿Quién mató al coronel?

Resumen: ¿Quien mato al coronel? Es una pieza de teatro realizada por Zamacuco cuenta con una cantidad de 19 personajes como son: Coronel Vega, Ujier del juzgado, El indio, Soldado 1, Escandón, El carcelero, Emilio Valdivieso, El cura, Tocho Hidrobo y otros.

Publicación enviada por Zamacuco Zamacuco


 

¿Quién mató al coronel?

Teatro

 Zamacuco
e-mail:zamacuco_literatura@yahoo.com

El siglo XXI
 

¿Quién mató al coronel?

 (Pieza en un acto)

Personajes             

H1             Este actor representará:     

·        Coronel Vega                  ·    Ujier del juzgado

·        El obispo                         ·    El indio   

·        Soldado 1

H2            Este actor representará:

·    Escandón                        ·    El carcelero

    • Emilio Valdivieso             ·    El cura
    • Tocho Hidrobo               

H3            Este actor representará:

·         Coronel Páez                  ·    El juez

·         El amo                            ·    Culi-Bronce        

M1            Esta actriz representará:

·         La Muerte                      ·    Etelvina

·         Marieta de Veintimilla     ·    Dolores Quinde      

M2             Esta actriz representará:   

·         María Teresa Toral         ·    La beata

 
H: actor
M: actriz

Prólogo

Antes de levantarse el telón se deberá apagar las luces para que la sala quede a oscuras. Los actores 1, 2 y 3 ingresarán furtivamente y se ubicarán en el proscenio. Allí se tenderán al piso y fingirán dormir. Se escuchará entonces el cántico de pájaros y el aleteo de algunas aves silvestres.

Los actores están sucios, sus ponchos rasgados y sus alpargatas cubiertas de fango. Duermen, pero no sueltan sus malincher ni sus mausser.

Entra la Muerte, en un caballo blanco.

La Muerte.- Guerra de zapateros, de hojalateros, de carpinteros. Guerra de sombrereras, de verduleras, de putas tras­no­chadas… El pueblo en armas se levanta y sucumbe… (Mira en derredor)  ¡Qué hermoso espectáculo! ¡Cientos de cuerpos inertes, engalanados de roja sangre. ¡A pelear! ¡A pelear mis valientes! ¡Hundan sus bayonetas hasta el fondo, en los vientres tibios de sus feroces enemigos! ¡Qué festín me he dado! ¡A la carga, coronel Ve­ga! ¡Toque diana! ¡Los menesterosos de Cuenca le han elevado hasta las nubes! ¡He colocado una corona de laureles en su frente! Ahora le toca a usted, coronel Vega. ¡Avance hasta Quito! ¡Esta es su oportunidad! ¡No tocaré un pelo a sus hombres! Además… ¿quién quiere esa roñosa turba? ¿Qué haría yo con esa canalla abyecta, impúdica, sinuosa, motejadora, criminosa y osada?  ¡Avance por los cerros, coronel, con su ejército pata al suelo, con su chusma de ganapanes, de mendicantes, de frailes y sacristanes! ¡Avance, coronel Vega! ¡Aproveche su hora de triunfos!

Sale la Muerte en su caballo blanco. La sombra de la muerte se proyecta larga y negra y el ruido metálico de los cascos de su caballo rompen la quietud de la fría mañana.

Soldado 1.- ¡Carajo! ¡Qué frío para cabal!. ¡Cabal! ¡La gran… puta! ¿Escucharon? Parecía el galope de un caballo de hielo… ¿Era un caballo de hielo?

Algunas codornices perdidas revolotean sobre las copas de los árboles y su cántico alegre restablece el equilibrio.

Tocho Hidrobo.- ¡Deja dormir, pendejo! ¡Caballo de hielo! ¡Ver para creer! ¡Te has quejado toda la noche!

Culi-Bronce.- ¿Dormir? ¿A esto le llama dormir, compadre Tocho? (Se incorpora, a medias y señala hacia el cielo). Es hora de levantarse. Son las cinco de la mañana.

Soldado 1.- ¡Cabal! ¡La gran… puta! ¡Cabal! ¿Y cómo sabes que son las cinco de la mañana? Todo está oscuro… ¿No está?

Culi-Bronce.-  ¿Y no estás escuchando a las codornices? Las codornices cantan a las cinco de la mañana.

Tocho Hidrovo.-  ¡Hey, Culi-Bronce! ¿No eres tú zapatero de profesión? ¡Qué pendejada! Dime, entonces… cómo sabes que las codornices cantan a las cinco de la mañana.

Culi-Bronce.- ¡Porque cantan, compadre! ¡Escucha, Tocho! ¡Presta atención! ¿No oyes el canto de las codornices?

Soldado 1.- (Se incorpora, a medias). ¡Y qué frío del putas! Y la garúa cabal que no cesa de lamernos el culo con su asquerosa lengua… (Al escuchar la palabra “culo” reacciona malamente el Culi-Bronce y le apunta con su malincher). ¡Tranquilo, Culi-Bronce! ¡Cabal, cabalito que no es contigo! (Pausa. Disminuye la tensión entre los hombres). ¿Alguien tiene un cigarrillo?

El Culi-Bronce se incorpora y le lanza una cajetilla de cigarrillos de envolver y una caja de fósforos al Soldado 1. Éste enciende dos cigarrillos y los pasa a sus compañeros, luego prepara otro para sí mismo.

La luz va acorralando poco a poco a  la reinante  oscuridad.

Soldado 1.- ¿Y entonces? ¡La gran… puta!  Apuesto, cabal, una de Mallorca: ¡También ustedes son del austro! ¿Son del Sur?

Culi-Bronce.- Yo soy cuencano, compadre. ¡A mucha honra!

Tocho-Hidrobo.- Yo nací en el Cañar, pero vivo en Cuenca como buen pendejo. Allí tengo mi negocito. Soy hojalatero… y de los buenos…

Soldado 1.- (Al Culi-Bronce) ¿Y tú, a qué te dedicas, cuando no andas echando tiros?

Culi-Bronce.- Yo soy zapatero.

Soldado 1.- Yo vengo desde Alausí, la tierra de los panaderos cabales.

Tocho Hidrobo.- (Se incorpora, a medias). ¿Dónde carajo estamos?

Culi-Bronce.- ¡Qué! ¿No lo sabes? ¡El gran Tocho Hidrobo no lo sabe! Estamos en el páramo, com­padre.

Tocho Hidrobo.- En el páramo, claro… pendejos… pero ¿dónde? ¿En qué maldito páramo?

Culi-Bronce.- En el mismísimo Chimborazo, compadre.

Tocho Hidrobo.- ¿Entonces… estamos cerca de Riobamba?

Culi-Bronce.-  (Se pone de pie). ¡Levántate, Tocho! ¡Ves allá! ¡Allá abajo! ¿Alcanzas a divisar esos techos rojos entre la neblina? ¡Esa es Riobamba! Y un poco más allá… un poco más arriba… Quito, la capital… y sentado en el palacio de gobierno… el indio Alfaro al que debemos derrocar.

Soldado 1.- ¡Qué Quito ni qué Alfaro! ¡La gran… puta! Ya me cansé de esta huevada… Cuando nos reclutaron nos prometieron harta plata… Habrá saqueo libre, dijeron… y con suerte hasta hembras… ¿Y? ¿Y qué nos han dado? Yo me regreso a Cuenca… ¡Cabal que me regreso!

Culi-Bronce.- ¿Regresar, compadre? ¿No somos acaso soldados leales? ¿No somos soldados victoriosos? ¿No luchamos en Pangor y en Tanquis? ¿No vencimos a los malditos liberales hijos del demonio? ¿Qué dirían de mí en Cuenca? El Culi-Bronce ha huido como un cobarde. ¿Qué dirían de ti, Tocho?

Tocho Hidrobo.- ¿Cómo, pendejo? Vinimos a dar una mano y cumplimos… como verracos…

Soldado 1.- Sí, cumplimos… ¡Cumplimos a cabalidad! ¡La gran… puta!  Con este malincher he volteado unos cuantos herejes. Dios sabe cuántos liberales he mandado al infierno… Yo he perdido ya la cuenta… Pero no podemos pasarnos la vida peleando y peleando… con la barriga vacía… cuando en Cuenca tenemos de todo… ¿Usted no es casado, amigo?

Se escucha el metálico sonido de una corneta. Los hombres se quedan estáticos, atentos.

Culi-Bronce.- ¡Están tocando diana, compadres! ¡Nos llaman! ¡Vámonos!

Tocho Hidrobo.- ¡Ven con nosotros, Culi! ¡Nada sacamos de estas pendejas guerras!

Culi-Bronce.- ¿Y abandonar a mi coronel Vega? Este culo de bronce no se mueve de aquí. ¡Ningún voluntario de la columna Vega desertará jamás! ¡Vayan ustedes, compadritos! ¡Yo me quedo!

El Tocho Hidrobo y el Soldado 1 abandonan la sala. Huyen hacia la izquierda, agazapándose, ocultándose detrás de los altos pajonales. El Culi-Bronce sale por la derecha.
 Acto único

Se levanta el telón. Hay plena luz. Es una tarde espléndida. El azul purísimo del cielo nos impide pensar en lo efímero de la vida. Ningún actor se halla en el escenario.

En el escenario se distinguen los siguientes espacios: la plaza central, donde se colocará el busto del coronel, una vez que haya sido declarado héroe de la ciudad; la casa del coronel, con su puerta de entrada y su balcón en la segunda planta; la calle Santander, que desembocará en la esquina de Garrido, lugar en el cual caerá mortalmente herido el coronel Vega; el tribunal, con los bancos en los cuales se sentarán los testigos para rendir sus declaraciones; y la iglesia con su púlpito exterior.

Perchas o percheros de pie, convenientemente ubicados, per­mi­ten apreciar las prendas que utilizarán los actores para ca­racterizar a los diferentes personajes. Los cambios de vestuario se harán directamente frente al público. Los actores se ayudarán mutuamente en estos menesteres.

Escena 1.- Se arma el estrado
Entran las dos actrices y los Actores 1 y 2.

Actriz 1.- ¿No deberían ocuparse de todo esto los carpinteros o los utileros?

Actor 2.- ¿Carpinteros dices? ¿Utileros has nombrado? ¿Qué te crees tú? El presupuesto de un teatro es tan mísero como el de un mendigo. ¡Agradece que te hayan contratado a ti para  esta representación!

Actriz 2.- (Cohibida) ¿Y dónde colocamos estas tablas?

Actor 1.- Tráelas acá, mujer. Tenemos que armar el estrado.

Actriz 2.- ¿Estrado?

Actriz 1.- ¡Estrado, sí! ¡Estrado! … (Con voz burlona) ¡Sala de tribunal!

Actriz 2.- ¿Entonces se va a representar otra vez la escena del juzgado?

Actor 1.- En eso se sustenta precisamente esta obra. Pásame el martillo y unos clavos. (La Actriz 2 le pasa el martillo y la caja de clavos).

El Actor 1 y el Actor 2 clavan tablas por aquí y por allá. Las actrices traen cosas y ayudan a armar el estrado. Colocan los bancos donde se sentarán los testigos.

Entra el Actor 3, con un libreto en la mano.

Actor 3.- Esta es una obra complicada. Una obra enredada. ¡Qué explotación para bárbara! Me pagan por uno, pero debo representar a varios personajes. Aquí, donde me ven, debo vestirme de oficial y hablar con voz de trueno, debo disfrazarme de amo y rellenarme la barriga con trapos para que la gente crea que he comido hasta hartarme, debo colocarme la toga de juez y luego, el sucio uniforme de un mugroso soldado… Con tanto personaje uno hasta se confunde…

Actor 2.- Vivimos tiempos duros… hay que economizar. El presupuesto de un teatro es tan mísero como el de un mendigo. ¡Agradece que te hayan contratado a ti para  esta representación!

Actor 1.- Eso… creo que ya lo dijiste…

Actor 2.- ¿Ya lo dije? ¿Ya lo dije? Sí, claro que lo dije…

La Actriz 2 trae un gran libro y un sombrero.

Actriz 2.- ¿Dónde pongo este mamotreto?

Actor 1.- Cuidado vayas a soltarlo. Ese libro es toda una reliquia. Allí están registrados los nombres de los testigos. Déjalo encima de la mesa del juez.

La Actriz 2 avanza con mucho cuidado y deposita el libraco encima de la mesa, junto a la campanilla y al mazo.

Actriz 2.- ¿Y el sombrero de fieltro?

Actor 1.- Allí, allí, al lado del libro. Cuidado con ese sombrero: es importado desde España. (Inspecciona el escenario). Bien, bien. Todo parece estar en orden. Ya podemos marcharnos.

Actriz 2.-  ¿Salgo?

Actor 3.- Sí… Salga, salga…

Actriz 2.- Sí… Salgo, salgo…

Hecho esto, abandonan el escenario los Actores 1 y 2 y las dos actrices.

Actor 3.- Con el permiso del culto público, debo vestirme apropiadamente para la siguiente escena.

Escena 2.- Primera audienciaç
El Actor 3 se dirige al perchero donde se ha colgado la toga y el birrete de juez.

Juez.- ¡Oh… la trascendencia de los símbolos! ¡Oh… la fascinación que los símbolos ejercen! Esta es la toga. Será mi traje exterior, propio para la adusta ceremonia que está por empezar. Esta toga tiene el poder de transformar lo ilegal en legal… lo justo en injusto… la mentira en verdad… ¿A quién se le ha dado tanto poder como a un juez? Y este birrete completa el atuendo. Tiene la virtud de endereza los cerebros o de obnubila el entendimiento, según convenga al juez.

Canturrea mientras se viste.

Juez.-       Es tranquila y sin sobresaltos

                 La glotona vida de un Juez

                 ¿Cómo lo ves? ¿Cómo lo ves?

                 Nos nutrimos de los asaltos

                 Somos chicos sin sobresaltos

                 Nos nutrimos de los estupros.

                 Qué envidiable y regalada

                 Qué tranquila y sosegada

                 La dulce vida de un Juez

     ¿Cómo lo ves? ¿Cómo lo ves?

Entra apresuradamente la Actriz 2, con una maleta.

Actriz 2.- Señor, señor. Se ha olvidado nuevamente la male­ta.

Juez.- ¡Qué torpeza la mía! ¡Gracias! ¡Muchas gracias! ¡Ya puede retirarse! (La Actriz 2 no se retira). Ya puede irse… debemos seguir con la obra…

Actriz 2.- ¿Salgo?

Juez.- Sí… Salga, salga…

Actriz 2.- Sí… Salgo, salgo…

La Actriz 2 se retira. El Actor 3 abre la maleta y saca un  muñeco vestido de juez.

Juez.- Su señoría… Bien venido a ésta, su casa.

Acomoda el muñeco en uno de los sillones del estrado.

Juez.- Es un honor para mí trabajar con tan prestigioso magistrado. 

Va hacia la maleta y saca un segundo muñeco.

Juez.- ¡Mi querido doctor! ¡Qué gusto me da verle!  ¡Aquí está su puesto! No faltaba más… Hombres preclaros como su excelencia dan lustre a los tribunales de la República.

Se sienta en su estrado, en medio de los dos muñecos y toca la campanilla.

Juez.- ¡Silencio! ¡Silencio en la sala! Comienza la audiencia para determinar las causas de la muerte del coronel Antonio Vega Muñoz, acaecida el diez de diciembre de 1906, a eso de las tres de la tarde. La audiencia descubrirá sin duda alguna a los autores, cómplices y encubridores de este nefando suceso. Esto lo puedo decir sin ambages. Aquí entre nos, deben saber ustedes que soy el juez más conspicuo de la región. Ya verán como desconcierto a los testigos. Ya verán como tejo y destejo este asunto según le plazca a mi regalada gana... Y si bien no brillará la verdad, porque eso jamás debe buscar un juez que de­see permanecer en su cargo, saldrá de esta sala un veredicto, ajustado exactamente en todos sus puntos a las disposiciones del supremo gobierno. (Canturrea). “Es tranquila y sin sobresaltos… la dulce vida de un Juez”.  Bien, bien. Volvamos al tema…. (Se coloca unos lentes sobre su nariz y examina el proceso).  Veamos… Este es el proceso. Un tanto confuso, un tanto desorganizado, pero proceso al fin. ¡Y cómo apesta este caso! ¡Puff! (Se restriega las narices) Según consta en autos, el mentado coronel Vega era trasladado hasta la ciudad de Cuenca en calidad de prisionero del coronel Páez. Avanzó sin ninguna novedad hasta el sitio conocido con el nombre de El Rollo y al ingresar a la calle Santander para entrar propiamente a la ciudad, frente a la casa popularmente conocida como la esquina de Garrido, cayó al suelo ensangrentado, fulminado por un disparo de arma de fuego en la cabeza. (Se dirige respetuosamente a los dos muñecos). Si… en la cabeza, sus excelencias… en la cabeza… (Aparte). Parece que sus excelencias han caído en sus ya tradicionales ensueños… (Con un súbito grito) ¿Podemos llamar a los testigos? (Al muñeco de la izquierda que se ha asustado y  ha pegado un brinco) ¡Gracias, gracias su excelencia. (Al muñeco de la derecha, también con un intempestivo grito) ¿Y usted qué opina, su excelencia? (El muñeco se asusta y salta) ¡Gracias, gracias su excelencia. (De frente, al público). Constituido este tribunal de conformidad con las leyes vigentes, llama al primer testigo. (Toma el gran libro de los testigos y lee el nombre). ¡Que pase el señor Emilio Valdivieso Ramírez!

Entra el primer testigo. Le acompaña el ujier del juzgado, armado con un garrote.

El ujier.- ¿Le pego con el garrote?

Juez.- ¡No, todavía! ¡Déjale que declare!

El ujier conduce al testigo hasta el banco y le hace sentar a la fuerza.

Juez.- ¡Nombre!

Emilio Valdivieso.- Emilio Valdivieso es mi nombre, señor.

El testigo se ha puesto de pie, para contestar la pregunta del juez.

Juez.- ¡Siéntese! (Emilio Valdivieso se sienta). ¿A su juicio, díganos señor Valdivieso, el coronel Vega se suicidó?

Emilio Valdivieso se pone de pie y empieza a responder a la pregunta, en un balbuceo incomprensible.

Emilio Valdivieso.- Br… zas… ju… ja… ta… ta.

Juez.- ¡Siéntese! ¡No entiendo lo que usted está diciendo! (Emilio Valdivieso se sienta). Así está mejor. ¡Ahora cálmese! ¿Se suicidó o no se suicidó el coronel? ¡Conteste la pregunta!

Emilio Valdivieso.- (En voz baja) Se suicidó, señor.

Juez.- ¡No le escucho! ¡Póngase de pie!

Emilio Valdivieso.- ¡Se suicidó, señor! Se disparó con un revólver. Tomó el arma y la acercó hasta la sien derecha. Con su mano izquierda sostenía el cañón, que se movía de un lado al otro, porque él  se bamboleaba de un lado al otro al caminar, como una canoa y la trompetilla de la pistola se movía con él.  El coronel levantó la abertura del poncho hacia arriba para no sacar el revólver, para que nadie se dé cuenta de lo que él quería hacer. Yo vi todo, porque iba detrás de él...

Juez.- ¡Está bien! ¡Eso es suficiente! (Al muñeco de la izquierda) ¿Desea su excelencia interrogar al testigo? (Al muñeco de la derecha) ¿Y su excelencia desea hacerlo? (A Emilio Valdivieso) ¡Bien! ¡Muy bien! Ya ha oído a los señores magistrados! ¡Puede marcharse! (Al ujier) ¡Lléveselo!

El ujier.- ¿Ya puedo pegarle con el garrote?

Juez.- Sí, pero no delante del público… Después nos tildan de tiranos…

El ujier toma del brazo a Emilio Valdivieso, le amenaza con su garrote y lo arrastra hasta la salida.

Juez.- (Al muñeco de la izquierda). Esto es pan comido, colega. (Al muñeco de la derecha). Las cosas marchan sobre ruedas. El ejército nada tiene que ver con esta muerte. El gobierno saldrá muy bien librado de este asunto. (Al muñeco de la izquierda) ¿Podemos llamar al segundo testigo? (Al muñeco de la derecha) ¿Está de acuerdo su señoría? (Desde el estrado, lee en el libro el nombre de la testigo). ¡Que pase la señora Dolores Quinde! (Toca la campanilla) ¡He dicho que pase Dolores Quinde!

Se escucha la voz de Dolores Quinde. “¡Suélteme! ¡Déjeme! ¿Qué le pasa pes al chasso este?”. Entra Dolores Quinde, bajándose las polleras, arreglándose la blusa desabotonada.

Dolores Quinde.- ¡Esto es el colmo, señor Juez! El chasso del ujier me ha dado una nalgada y me ha abierto la blusa… (Entra y se sienta en uno de los bancos, sin dejar de hablar). Yo soy Dolores Quinde, señor Juez, casada con el Tocho Hidrobo. Mujer respetable, como me ve, no para que me anden sobajando en los juzgados.

Juez.- ¡Profesión!

Dolores Quinde.- ¡Sombrerera, pes! ¡Como todas aquí en Cuenca! ¡Lindos sombreros de paja toquilla tejo! ¿No quie­re comprar unito? (Saca de entre sus polleras un sombrero y lo muestra con orgullo). ¡Aquí tengo uno, mire que lindura!

Juez.- No, gracias. ¡Prosiga!

Dolores Quinde.-  (Ve el sombrero que usaba el coronel Vega antes de caer herido de muerte. Este sombrero está precisamente sobre la mesa del juez. Se para, lo toma entre sus manos, se lo coloca en la cabeza). Este es el sombrero de fieltro. Sombrero importado, es.  Este es el mismito sombrero. Lo reconozco muy bien, señor Juez. Me han hecho la mar de preguntas sobre este sombrero, señor Juez. Es el mismitico que estaba puesto el coronel cuando le dispararon. ¡Hay que castigar al cholo ujier! ¡Abrase visto tanta falta de respeto! ¡Los follones me levantó por atrás y no me dejaba pasar! (Continúa con su relato). Yo miso cogí el sombrero, del suelo. Lo limpié con mi pañolón y lo tuve en mi poder como reliquia santa. Pero cuando vino la señora viuda del coronel tuve, a la fuerza pes, que entregarle la prenda. Cuando agarré el sombrero vide una mancha oscura, aquí, aquí señor Juez (se señala la sien derecha con la mano).

Juez.- Esta mujer está complicando las cosas. (Al ujier). ¡Ujier! ¡Ujier! ¡Llévesela! ¡Llévesela! ¡No puedo controlar a la testigo!

Ujier.- ¡Vamos preciosa! Ya lo ves… El juez ha dicho que vengas conmigo…

El ujier avanza y toma del brazo a Dolores Quinde. Quiere sacarla a empellones, pero ella continúa hablando hasta ser expulsada del escenario.

Dolores Quinde.- Por diosito, señor Juez… le estoy diciendo la verdad. Como que me llamo Dolores Quinde, natural de Cuenca. La mancha en el sombrero era como de fogonazo, pero yo raspé bien en mi casa para limpiar el sombrero del coronel. Lindo sombrero era, fino, de paño importado.

El ujier manosea de lo lindo a la testigo.

Dolores Quinde.-  ¡Dígale, señor Juez a su ujier que tenga más respeto con los testigos… Si más parece que tiene cuatro manos… Tienen que haberle disparado al coronel por sobre su cabeza. El tiro debe haber entrado por el agujero que se puede ver en el ala derecha del sombrero. ¿Cómo pueden decir que se ha suicidado? Ni que uno pudiera poner la pistola así, arriba de la cabeza para dispararse (Levanta una de las manos y dispara el gatillo de una pistola imaginaria).

El ujier toma en sus brazos a Dolores Quinde y Desaparece del escenario con su apetecida presa.

Suenan doce campanadas en la torre de alguna iglesia.

Juez.- ¡Las doce! ¡Hora del almuerzo! (Al muñeco de la iz­quierda) ¿Almorzará usted con el gobernador, su señoría? ¡Qué bien! La política… siempre la política… (Al muñeco de la derecha). Le entiendo. Ha sido un día agitado su señoría… Un día muy agitado… (Toca la campana) ¡Silencio en la sala! ¡Se suspende esta sesión hasta el día de mañana, a las diez de la mañana. (Toma el mazo y golpea).

Se apagan las luces. El escenario queda a oscuras.

Escena 3.- Tejado y palomas
Las luces vuelven a encenderse. Algunas palomas revolotean en el tejado de la casa del coronel. Se abre violentamente uno de los balcones y sale Etelvina, la  criada, con una escopeta.

Etelvina.- Maldita peste. Otra vez la plaga de las palomas… Y cómo ensucian y cómo rompen las tejas. Y la patroncita María Teresa cómo les mima, cómo les malcría… (Dispara dos o tres veces, con dirección al tejado). Esto les enseñará buenos modales… ¿Qué es eso de andar todo el día con los gritos destemplados? ¡Cu, cucucú, cu, cucucú!

María Teresa.- (Desde otro de los balcones de la casa).- ¡Etelvina! ¡Etelvina!

Etelvina.- ¡Aquí! ¡Aquí estoy, patroncita!

María Teresa.- ¿Qué fue ese ruido? ¿Llega ya triunfante el coronel?

Etelvina.- No, patroncita. La ciudad está abandonada. Nadie camina por las calles…

María Teresa.- ¿Y… entonces… quiénes eran los que disparaban?

Etelvina.- Era yo, patroncita. Era yo, que espantaba a las palomas…

María Teresa.- Etelvina… cuántas veces tengo que decirte… Deja en paz a las avecitas del cielo… Ahora ellas son mi único consuelo. ¿Por qué les disparas? Aquí… aquí (señala su pecho) apunta tu arma, pérfida Etelvina.

Etelvina.- Patroncita… no volverá a ocurrir, patroncita María Teresa… Dejaré que esas avechuchas rompan las tejas, dejaré que ensucien toda la casa y armen todo el alboroto que quieran… con tal de verle sonreír.

María Teresa.- Sonreír…

Etelvina.- Sí, sonreír, sonreír. Cuando venga el patroncito Antonio iremos todos a los bosques de Gualaquiza; cogeremos duraznos y toctes y chamburos…

María Teresa.- Y sin embargo… un negro presentimiento se ha apoderado ya de mi alma… Una punzada quebranta mi corazón y sofoca mi aliento… Yo le dije, Etelvina. Le dije que no vaya esta vez… Le dije que no haga tratos con los dos bandos… Le dije: Antonio… cómo se te ocurre que los liberales y los conservadores hayan unido sus fuerzas. No les creas, Antonio. Los liberales y los conservadores son como el agua y el aceite… Jamás unirán sus fuerzas. El único que saldrá perdiendo en todo esto serás tú… Pero él no me hizo caso. “Hay que restablecer el orden”  -Me dijo-. “Han roto la constitución”… Etelvina… tengo miedo… siento que esta vez la muerte ronda por esta casa…

Etelvina.- Patroncita… No piense esas cosas… Ya verá como llega el coronel. Ya verá como llega victorioso, como siempre…

María Teresa.- ¡Etelvina! ¡Anda donde el señor cura, tu tío!

Etelvina.- ¿Dónde mi tío cura?

María Teresa.- Sí… que rece, que rece. Dile: “Mi patrona María Teresa Total le pide que celebre una misa por el coronel Antonio…”. Ruégale que organice una santísima procesión… ¡Oh! ¡Oh! (Lleva sus dos manos al pecho, en señal de dolor). Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte…. 

Etelvina.- ¿Qué le pasa, patroncita?

María Teresa.- ¡El caballo! ¡El caballo, Etelvina!

La criada y la patrona entran y cierran las puertas de los balcones.

Las luces se apagan y la sala queda a oscuras.

De pronto, sin previo aviso se escucha a lo lejos disparos de fusilería. Los gritos de soldados rompen la quietud de la tarde: ¡Viva la Mayesquerita! ¡Viva la generala! ¡No dejaremos que tumben al general Veintimilla! Luego de eso, reina el silencio.

La luz de la sala ha vuelto a encenderse.

Escena 4.- La mayesquerita
Entran el Actor 3, vestido como amo de hacienda; el Actor 2, vestido como cura de pueblo y la Actriz 1, con su vestido de criada. Los tres avanzan hasta las gradas de ingreso a la plaza y se sientan, de cara al público.

Etelvina.- (Detrás del cura, le tira de la sotana, para que le haga caso). ¡Tío, tiíto! ¿Qué le digo a mi patrona? ¿Qué le digo sobre la misa y sobre los rezos y sobre la procesión?

El cura.- Y dale la burra al trigo. ¿No ves que estamos ocupados, sobrina? Espera un momento… ya habrá tiempo de sobra para eso…

Etelvina.- ¡Tío, tiíto!

El amo.- Eso fue a comienzos de 1883, mi querido amigo… 

El cura.- La estrella nefanda de la dictadura se eclipsaba…

Etelvina.- Ya que me han traído hasta esta plaza, sin que sepa de esto mi patrona… ¿me pueden explicar sus mercedes qué es eso de “la estrella nefanda”? (Al cura). Explíqueme usted, como tío propio de esta su sobrina predilecta.

El cura.- Cosas de hombres, sobrina. Cosas que a ti no te incumben… Hija mía… estamos hablando de Don Ignacio de Veintimilla.

El amo.- Dicen que en Quito la lucha fue tremenda, especialmente el 10 de enero.

El cura.- Sí. Eso fue una verdadera carnicería. Pero todo terminó en la madrugada del 11. Doña Marieta de Veintimilla fue apresada y conducida al Municipio, para que la vigile la guardia integrada por estudiantes. Los jóvenes, admirados por la belleza, la valentía y serenidad de su cautiva le dieron serenata…

El amo.- Ya ve usted, mi doctor. Esos sí que eran tiempos galantes.

Las luces del escenario se apagan. Al encenderse éstas nuevamente se ve a la mujer, al amo y al cura, de pie en la mitad de la plaza. Junto a ellos hay un perchero, del cual penden algunas piezas de ropa y una espada. Cerca del público, en primer plano, se ha colocado una jaula de hierro, cubierta parcialmente con un paño negro.

El amo.-  El coronel era joven, Etelvina. La sangre le hervía en las venas…

Etelvina.- ¿El patroncito? ¿El coronel con una muchacha desnuda? ¿En una cárcel? No. Eso no es posible… ¿Y ustedes quieren que yo entre a esa jaula? ¡Ni que estuviera loca! Yo me marcho de aquí. Debe estar buscándome mi patrona…

La criada inicia su salida.

El amo.- ¡Espera! No seas porfiada Etelvina. Mi primo, el chasso Federico me lo contó con lujo de detalles. El Federico peleó en Quito con las fuerzas de Antonio Vega. Claro que en esos años él todavía no tenía el grado de coronel… ¿Tú entiendes eso, verdad? ¡El formó parte de los que derrotaron a Veintimilla y apresaron a la generala!

Etelvina.- ¿A la generala?

El amo.- A doña Marieta de Veintimilla…

Etelvina.- Es que no puede ser. ¿Cómo puedo creer una cosa como esas? ¿El coronel? Debe tratarse de un embuste. El patroncito era todo un caballero. ¡Dios mío, debo estar soñando!

El cura.- (Se levanta y toma de la mano a Etelvina). ¡Ven, ven acá, sobrina! (La conduce hasta la jaula).  ¿Ves estas recias rejas? Supón que esa es la cárcel donde habían encerrado a Doña Marieta. Ahora entra tú. (La obliga a entrar en la jaula). Ya no serás la sobrina de un humilde cura… serás la encantadora sobrina del general Veintimilla. Has luchado con valor, sí, pero te han derrotado. Estás cansada y sucia. Has peleado por tu tío como una leona… pero te han vencido tus enemigos. Ahora te tienen encerrada en esa inmunda cárcel… (Risueño, empieza a quitarse la sotana). No te alarmes Etelvina. Yo solamente seré uno de tus carceleros, ja, ja, ja…

Etelvina.- ¡No, no… tiíto… por favor! ¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Favorézcanme!

El amo.- (Hacia el foro) ¡Ya puede entrar usted, coronel!

Entra el coronel Antonio Vega. Viste una nítida guerrera y una gorra militar. Al cinto, su espada. Los negros bigotes prestan adustez al rostro joven.

Entre tanto, el cura se ha quitado su sotana, se viste de carcelero y juega con un manojo de llaves. 

Coronel Vega.- ¿Qué son esos gritos? ¿Quién arma tanto alboroto?

Etelvina.- (Al amo). Defiéndame usted, patroncito, bonitico. Sáqueme de aquí.

Coronel Vega.-  Ah… era usted. ¡Buenas noches, doña Marieta! Discúlpeme por interrumpir su tranquilidad, a estas horas de la noche. Solo quería saber si todo está en orden… Con su permiso, debo retirarme.

Etelvina.- (Grita). ¡No puede retirarse! ¿Qué es lo que pasa? ¿Dónde está mi Tiíto…? ¿Por qué este hombre me está diciendo Marieta?

El carcelero.- Porque los papeles se han cambiado. Ahora le toca a usted el de doña Marieta. ¿No le paga el director para eso?

Etelvina.- ¿Así? ¿Sin transiciones?

El carcelero.- ¡Sin transiciones!

Marieta.- Está bien… sin transiciones. Ahora debo cambiar el tono de mi voz. Seré Marieta de Veintimilla, la Mayesquerita. (Con mucha elegancia en el hablar). ¿Así que el señor Vega, para demostrar su bizarría alguacilesca, ha da­do órdenes de registrar las cosas que me mandan mis pro­pios familiares?  (Al carcelero). ¡A usted le estoy ha­blando! ¿Está sordo o es débil mental?

Carcelero.- Señora… no se altere usted… La orden de requisa ha sido suspendida.

Marieta.- ¡Suspendida! ¡Haberse visto semejante lisura! ¡Páseme entonces mis pertenencias! (Empieza a quitarse la ropa, hasta quedar desnuda).

El carcelero corre hacia el perchero, toma un vestido, un calzonario, un sostén y retorna solícito a la jaula.

Marieta.- (Recibe la ropa). Cierren ustedes los ojos, insolentes. ¡Vuelvan la cara a otro lado! ¿No ven que estoy desnuda?

El coronel Vega y el carcelero viran con pudor sus caras, para no mirar el cuerpo de Marieta.

Marieta.- (Al coronel). ¿Y usted, señor Vega… a cuál bando pertenece? ¿Es usted un “regenerador” o un “restaurador”…

Coronel Vega.- He peleado por reivindicar el imperio de la Constitución.

Marieta.- ¡Entonces no es liberal!

Coronel Vega.- Lucho y lucharé siempre por la legalidad y el orden.

Marieta.- ¡Un “restaurador”! Ya sabía yo que usted era un “restaurador”. (Con visible coquetería). ¿Y cuántos años tiene usted, señor Vega?

Coronel Vega.- Veinte y siete.

Marieta.- Hermosa edad, plena de vigor y fogosidad… Los hombres suelen ser interesantes a su edad… ¿Lo sabía? ¿Es usted fogoso, señor Vega? (Pausa. Con voz despótica, voz de mando). Le he formulado una pregunta… ¿va a quedarse callado, sin responder a una dama? (Pausa)… Usted, señor Vega, ya puede mirarme, si lo desea… (Pausa). ¡Míreme!

El coronel mira, con rubor, la desnudez de Marieta.

Marieta.- ¿Qué le pasa? ¿Por qué se turba? ¿Jamás ha visto una mujer desnuda? ¡Tome usted estas bragas! (Le lanza un calzonario). Tome usted estos sostenes (Le lanza la prenda íntima). Lleve esas minucias, de mi parte, al general Ezequiel Landázuri, para que acabe de robarme todo lo que a mí me pertenece.

Oscuridad en el escenario.

En la torre de la iglesia las campanas tocan a rebato. Los actores desarman la jaula y dejan libre la plaza.

Escena 5.- El púlpito
Marieta y su carcelero han abandonado el escenario.

El coronel se despoja de su uniforme militar y se viste de obispo.

Coronel Vega.- Hemos de despojarnos un día de nuestra piel, como me desprendo ahora de este uniforme, propio para la guerra y para la sangre. (Avanza hasta la percha donde está el atuendo de obispo). ¡Oh… el poder de los símbolos! ¡Oh… la magia de los símbolos! Blanco lino, cubierto de encajes y brocados de oropel. Qué distinción, qué oculta nobleza prestas a mi cuerpo. Preciosas galas, santísimas galas, qué influencia ejercen estas galas sobre el ignaro pueblo. Y esta capa de rojo rabioso, cómo otorga a mi rostro el gesto angelical, cómo cambia el timbre de mi voz con esta pesada capa. Cómo se dulcifican mis más profundos pensamientos… de qué manera cambia mi lenguaje… (Toma la mitra). Al colocar sobre mi cabeza la mitra, me zambullo con deleite en los misterios sacro­san­tos del antiguo Egipto.  Ahora que he sido ungido, ahora que he sido transformado en vida, tengo el poder de atraer la amable mirada de Dios sobre nuestro combativo ejército… y cuando logremos la victoria… entonces entonaremos un tedeum.

El obispo sube al  púlpito y predica a voz en cuello.

Obispo.- Hoy, 30 de marzo de 1887 la justicia ha dejado caer su brazo vengador. Derrotado Vargas Torres, el ateo, por las fuerzas del Coronel Antonio Vega Muñoz, fue apresado y juzgado por la Corte Marcial. Se le condenó a muerte. ¡Requiescat in pace! Se le insinuó pedir el indulto, pero su orgullo lo perdió. ¡Oh Luzbel, tu soberbia te ha traicionado! ¡Hoy han fusilado a Luis Vargas Torres! Ha caído finalmente el masón, en la flor de su juventud. Desde el Perú llegó para sembrar el caos en la República y fue abatido en Loja. Quiso derrocar al gobierno constitucional del Presidente José María Plácido Caamaño pero yace ahora de bruces, los sanguinolentos labios besan el polvo de la tierra. ¡Que nadie le llore! ¡Qué nadie lamente su pérdida! ¡Que los Ullauri, los Peralta, los Valdivieso, los Chica, los Malo y toda la caterva de avezados liberales se santigüen, se confiesen y se mueran… Que levanten en la plaza central el busto del coronel de las victorias.

La luz enfoca el busto del coronel Vega, en el centro de la plaza. Se abre bruscamente el balcón en la casa del coronel. Allí aparece la patrona, con su rostro lívido, desencajado. La luz solamente ilumina a la mujer, el resto queda en penumbra.

María Teresa.- ¡Miente usted, señor obispo! ¡La iglesia incitó esta guerra absurda! ¿Cree que con eso llena mi alma? Me habla usted como si él viviera. ¡Lo mataron! ¿No lo sabe? ¡Los esbirros de Alfaro mataron a mi Antonio! Ahora han organizado una parodia; han instaurado un proceso de títeres para cubrir su crimen con otro más horrendo; quieren convencer al pueblo que mi Antonio se suicidó. ¡Mentira! ¡Esa es otra vil mentira! ¡Él amaba la vida y me amaba más que a nadie en el mundo! ¡Él creía en Dios! Dígame usted ahora, señor obispo, ¿cómo pueden acusar de suicida a un hombre de fe? ¿Y qué hace la iglesia? ¿Qué hace usted? Habla de bustos y de estatuas de piedra! ¡Dígame! ¡Dígame ahora! ¿De qué me sirve esa maldita estatua?

Etelvina aparece junto a su patrona. La abraza.

Etelvina.- ¡Entre! ¡Entre patroncita! Ya no está aquí el señor obispo.

María Teresa.- ¿Ya no está? ¿Y entonces… por qué me llaman? ¿No escuchan cómo me llaman? Gritan con sus voces de ultra tumba: ¡María Teresa! ¡María Teresa Total, viuda de Vega!

Etelvina.- No. No diga esas cosa, patroncita. Ya se fue el señor obispo. Todos se fueron… La casa está sola…

María Teresa.- ¿Y ese olor a velas y sahumerio? ¿Y ese ruido? ¿Y esas voces? ¿Y esas campanas que doblan a muerto?

Etelvina.- Solo son las palomas. Las palomas, patroncita…

Etelvina y la patrona entran a la casa y cierran el balcón. Ahora la luz ilumina nuevamente el púlpito.

Obispo.- Gracias te damos, señor, por enviarnos al coronel de las victorias. ¡El es el caudillo del Partido Conservador Ecua­toriano! ¡Esta es la hora de Cuenca! ¡Es una hora azul! Es el azul de la esperanza… el azul de los conservadores… Que cada hija de María lleve sobre su pecho una cinta azul, el color sacrosanto del cielo… Que cada cuencano lleve sobre su pecho un distintivo azul… ¡Dios y Patria, sean nuestras divisas!

Una bandada de palomas revolotea alrededor de la plaza.

Obispo.- ¡Deben acabar con esa peste! ¡Santa Ana de los cuatro Ríos de Cuenca está infestada de palomas!

Las luces del escenario y de la sala se apagan. Todo queda a oscuras.

Escena 6.- La procesión
Se escucha el tropel de un grupo de personas que avanza.

Voz del cura.- (Canturreando) ¡Salve salve, Gran Señora!

Voces del amo, el indio, la beata y Etelvina.- (Cantu­rrean­do) ¡Salve poderosa madre!

Voz del cura.- (Canturreando) ¡Salve emperatriz del cielo!

Voces del amo, el indio, la beata y Etelvina.- (Can­tu­rrean­do) ¡Hija del Eterno Padre!

Desde la calle Santander llegan, en procesión un indio, su amo, una beata, Etelvina  y el cura. Todos, menos el cura, llevan velas encendidas. El cura porta una cruz alta.

Entra la procesión. Los hombres y las mujeres avanzan cabizbajos.

El cura.- ¡Del enemigo malo!

El amo, el indio, la beata y Etelvina.- ¡Líbranos, Señor!