Monografias | En nombre del padre, del hijo y del Santo Mercado; capitalismo y ética protestanteEn nombre del padre, del hijo y del Santo Mercado; capitalismo y ética protestanteResumen: Razón, ciencia, capitalismo y secularización son conceptos habitualmente vinculados a la modernidad. Largos ríos de tinta han corrido articulando estos términos de las maneras más disímiles. Muchos, concluyen que capitalismo y secularización son indisociables. Sostienen que la economía mercantil moderna se ha desarrollado a expensas de los sentimientos religiosos de los pueblos europeos. Por lo tanto, no sorprende que este enfoque haya originado violentas diatribas y desesperados alegatos contra el “malvado capital”, destructor de la tradición, las costumbres ancestrales y el orden social. Es decir, esta perspectiva asocia el capitalismo con la anti-religión y la desacralización del mundo.(V) Razón,
ciencia, capitalismo y secularización son conceptos habitualmente vinculados a
la modernidad. Largos ríos de tinta han corrido articulando estos términos de
las maneras más disímiles. Muchos, concluyen que capitalismo y secularización
son indisociables. Sostienen que la economía mercantil moderna se ha
desarrollado a expensas de los sentimientos religiosos de los pueblos europeos.
Por lo tanto, no sorprende que este enfoque haya originado violentas diatribas y
desesperados alegatos contra el “malvado capital”, destructor de la tradición,
las costumbres ancestrales y el orden social. Es decir, esta perspectiva asocia
el capitalismo con la anti-religión y la desacralización del mundo. Sin
embargo, una teoría contrapuesta se expone en “La
ética protestante y el espíritu del capitalismo” de Max Weber[1].
Como señala el filósofo, sociólogo y economista alemán, es posible
establecer una relación diferente entre capitalismo y religión. La tesis parte
de una sencilla observación: los países más avanzados de fines del siglo XIX
profesaban un credo protestante. Gran Bretaña, Alemania y los Estados Unidos
eran las naciones más poderosas de aquellos tiempos tras haber destronado a los
pueblos más prósperos del comienzo de la modernidad: las siempre católicas
España, Francia y las ciudades italianas. En este sentido, puede afirmarse que
la modernidad se caracteriza por el triunfo del protestantismo vinculado al
progresivo enriquecimiento de las naciones donde era el culto mayoritario. Por
lo tanto, este enfoque sugiere que la relación entre capitalismo y religión es
más estrecha de lo que supone la visión tradicional. Según
Hegel, “[con la modernidad] entramos en
el tiempo del espíritu que se concibe a sí mismo como elemento libre”[2].
En la modernidad nace el concepto de “libertad”. Esto sin dudas constituye
un fenomenal vuelco respecto de la mentalidad medieval y presenta una serie de
nuevos desafíos para la ética, una disciplina que durante todo el medioevo se
había limitado a un papel subsidiario de la religión. En efecto, la imponente
presencia de la Iglesia como reguladora de todas las esferas de la vida humana
tornaba imposible el desarrollo de la libertad humana. Sin
embargo, como señala Erich Fromm en El
miedo a la libertad, al mismo tiempo que el hombre conoce una libertad inédita
en la historia, decide rechazarla, rehuir la responsabilidad de esta libertad
buscando nuevas formas de sumisión. Y el nuevo sometimiento desembocará en la
Reforma protestante que, a su vez, acabará favoreciendo el desarrollo
capitalista por ciertos mecanismos que más adelante estudiaremos. A
continuación pretendo articular las investigaciones de Fromm y Weber para
delinear el recorrido que realiza la mentalidad moderna a partir del
Renacimiento, siempre siguiendo el eje de la libertad. Mi objetivo será
demostrar que el desarrollo de la mentalidad capitalista moderna no se debe
(como habitualmente se cree) a un proceso secularizador sino que responde a una
reacción psicológica de rechazo hacia la libertad recientemente adquirida. De
este modo, pretendo demostrar que el veloz crecimiento mercantil de las naciones
más exitosas de la modernidad (es decir, las protestantes) se debe
indirectamente un profundo rechazo a la modernidad que opera a través de un
rechazo a la libertad. Son pueblos que se enfrentan al comienzo de un proceso
secularizador pero le escapan y prefieren inclinarse por una nueva religión
donde ahogar sus temores, dudas y angustias. I-
Del paradigma medieval a la mentalidad moderna. A)
El paradigma medieval. El
punto de partida de la exposición se remonta inevitablemente a los albores del
mundo moderno: el Renacimiento del siglo XV que marca el quiebre con el
paradigma medieval y permite el nacimiento de la mentalidad moderna. En
El miedo a la libertad, Fromm realiza un minucioso análisis del
paradigma medieval, entendido como el conjunto de creencias, valores, normas y
supuestos éticos que guiaban la conducta y concepción del mundo del hombre
feudal. La principal característica ética de la sociedad medieval era la
ausencia de toda libertad individual.[3]
Los hombres, encadenados a una determinada función dentro del cuerpo social, no
tenían ni la menor posibilidad de trasladarse de un estamento a otro. “Si
has nacido campesino, morirás campesino” era la consigna de una época en
que la costumbre regulaba las relaciones sociales y moldeaba las conciencias. En
el centro del sistema, la Santa Iglesia Católica velaba (como el Big Brother
orwelliano) por el respeto hacia las antiguas tradiciones dispuestas por Dios
para ordenar el universo. Toda doctrina que atacara el orden establecido era
inmediatamente condenada por herética. De este modo, la Iglesia, única intérprete
legítima de los textos bíblicos, gozaba del monopolio del juicio moral. Era la
Iglesia la que determinaba qué conductas eran aceptables y cuáles pecaminosas. Recordemos
aquí las tres preguntas a la que debe responder la filosofía según Kant: ¿Qué
puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar? En el
paradigma medieval, todas hallaban su respuesta en la tradición. A grandes
rasgos, el hombre podía saber lo que la Biblia decía que podía saber. Debía
hacer lo que la Iglesia mandaba y podía esperar una absolución en base a sus
buenas obras. Así de sencilla era la vida medieval. Por lo tanto, si bien la
libertad era prácticamente nula, el hombre de aquellos tiempos veía compensada
esta deficiencia gracias a la seguridad psicológica que le brindaba el saberse
parte de un cosmos conocido y ordenado. B)
Nacimiento de la mentalidad moderna. A
partir del siglo XV, la autoridad de la Iglesia como reguladora del sistema
feudal comienza a declinar. La centralizada unidad de la sociedad medieval se
disgrega a medida que crece la importancia del capital, la burguesía y el
comercio. El
término clave es “individualismo” pues éste marca la transición hacia la
modernidad. Como señala Hegel: el poder de la Iglesia se debilita “a
medida que el ser humano se concibe en una fuerza subjetiva y cuando tiene noción
de su libertad, al punto que adquiere para sí un absoluto derecho”[4].
En otras palabras, la modernidad nace cuando el hombre por fin se concibe como
individuo, cuando desarrolla la autoconciencia y deja de considerarse una mera
pieza de un todo ordenado. El
surgimiento de la libertad también define a la ética como una disciplina autónoma
de la religión. Kant dice: “por
voluntad se entiende una especie de causalidad de los seres vivos en cuanto que
son racionales y libertad sería la propiedad de esta causalidad por la cual
puede ser eficiente independientemente de causas ajenas que la determinen”[5]. En
el paradigma medieval, la voluntad no se concebía como libre sino que se
encontraba determinada por ciertas creencias que la constreñían causalmente a
respetar las tradiciones ancestrales. Entonces, no existía una moralidad en
sentido moderno. Sólo con la modernidad, la voluntad empieza a concebirse como
libre y autónoma y se convierte en “una
ley para sí misma”[6].
Se produce un “giro copernicano” del fundamento de la moral desde la Iglesia
hacia el sujeto. De
este modo, surge el concepto de “autonomía de la voluntad” entendida como
el “estado por la cual [la voluntad] es una ley para sí misma,
independientemente de cómo están constituidos los objetos del querer”[7].
Retomaremos este punto más adelante en la exposición. La autonomía kantiana y
la formulación del “imperativo categórico” constituyen un elemento
importante en la conformación de la mentalidad capitalista. Por
el momento, nos encontramos en pleno Renacimiento, cuando la declinación del
paradigma medieval brinda al hombre la posibilidad de soltarse de las cadenas
tradicionales que lo amarran a la oscuridad, la ignorancia y la superstición.
¡Qué mejor oportunidad para iniciar un proceso secularizador que le permita
desplegar todo su potencial! Sin embargo, pronto resulta claro que las cadenas,
si bien lo ligaban a un pasado oscurantista, también lo sujetaban a la
seguridad de un mundo conocido. Ahora, las tres preguntas kantianas han perdido
sus respuestas seguras. Ahora, el individuo tiene por delante un abismo.
Demasiado tarde ya para retroceder. Pero aun así, tampoco se atreve a saltar. II-
La Reforma protestante como respuesta a la nueva libertad Difícil
decisión enfrentaba el hombre de los albores de la modernidad. Delante de él,
un nuevo mundo, demasiado nuevo para las convicciones católicas tradicionales.
Pero hacia atrás, una Iglesia desprestigiada y en decadencia. Ese era el
tumultuoso mundo renacentista, un profundo conflicto entre un individuo libre y
un temor a la libertad. El aumento del poder de los monopolios, la incertidumbre
económica y un germen de duda religiosa resquebrajaban la antigua seguridad.
Todos estos factores presagiaban sucesos importantes, sucesos que pronto
conmoverían a Europa. A)
Decadencia eclesiástica La
decadencia del paradigma medieval corre paralelamente al declive de la Iglesia,
institución en torno a la que giraban todos los aspectos del mundo tradicional,
institución moral por excelencia pues determinaba el bien y el mal, el vicio y
el pecado, la absolución y la condena. Y quien osara poner en duda el infalible
juicio del Sumo Pontífice se ganaba una inmediata excomunión y una condena al
infierno (posiblemente haciendo escala en las hogueras de la Inquisición). La
Reforma protestante comenzó como una reacción religiosa contra una Iglesia
corrupta y desprestigiada. Hegel señala que las contradicciones en el reino
eclesiástico se manifestaban en la venta de indulgencias: “El perdón de los pecados, suprema satisfacción que busca el alma,
deseosa de la certeza de estar en armonía con Dios, es ofrecido al hombre con técnicas
simplistas y de un modo irresponsable, ya que basta con comprárselo por una
determinada suma de dinero”[8].
Por otro lado, el dinero recaudado a través de las indulgencias se destinaba a
“sensualidades externas” como la
construcción de la imponente Basílica de San Pedro. B)
El paradigma moderno como condición de posibilidad de la Reforma En
medio de este desolador panorama, en Alemania primero y luego en Suiza, dos
predicadores comienzan a pregonar reformas al catolicismo. En rigor, esto no
constituye una novedad en la historia de la Santa Iglesia. Las doctrinas heréticas
no son un invento moderno. Durante la Edad Media, otros gurúes religiosos se
rebelaron contra la Iglesia Católica. Pero el resto de las herejías
occidentales encabezadas por líderes carismáticos como Lutero y Calvino
acabaron inexorablemente en el fracaso. Durante
el medioevo, la plena vigencia del paradigma feudal otorgaba al hombre toda la
seguridad que necesitaba. Entonces, cuando el hereje medieval recorría campos y
ciudades predicando su nueva doctrina, sólo encontraba miradas de desconfianza.
Prácticamente nadie se planteaba que el catolicismo tal vez no fuera la
verdadera religión y pocos estaban dispuestos a arriesgar su salvación por
abrazar una doctrina herética. Aquí se observa al paradigma medieval en acción.
Lo tradicional siempre triunfaba sobre lo novedoso. En una sociedad cerrada,
estratificada y absolutamente ordenada, no había sitio para una revolución
religiosa. Adherir a un nuevo credo era sencillamente inconcebible para la
enorme mayoría. Sin
embargo, esto ya no es válido en el Renacimiento, cuando aparece un elemento
novedoso que permite que los autoproclamados nuevos pastores gocen de apoyo
popular. Y este nuevo elemento es la libertad. “¿Y
si fuera cierto lo que afirma este hombre?”, se dice el citadino
renacentista ante las “95 tesis” de Lutero fijadas en la puerta de la
catedral de Wittenberg, “¿Y si el
catolicismo no fuera la verdadera religión?”. Éste es el cambio de
paradigma. La duda es una característica de la modernidad (y será
sistematizada en el siglo XVII por Réné Descartes). El
hecho de que millones en Europa hayan escogido una nueva religión indica que,
al menos por un momento, han sido realmente libres. Si no hubiera existido un
atisbo de duda de que la Iglesia Católica no era la verdadera fe, pocos habrían
adherido a la Reforma, pocos habrían decidido arriesgar su salvación eterna
por abrazar una doctrina herética. Por lo tanto, sostengo que es el sentimiento
de duda surgido en el Renacimiento una condición necesaria para el éxito de la
religión reformada. Como
señala Fromm, la progresiva disolución del paradigma medieval deja a un
individuo aislado y desprotegido, en un estado de inseguridad permanente,
aterrado por el nuevo orden de cosas. La clase media urbana, los pobres de las
ciudades y los campesinos son los perdedores del nuevo sistema, son quienes
pierden la antigua confianza sin beneficiarse materialmente del capitalismo
naciente. Y son precisamente ellos quienes apoyan la Reforma, son ellos quienes
más temen a la libertad. Los poderosos comerciantes, amparados en sus nuevas
riquezas, jamás adhieren al protestantismo[9]. III-
Una nueva religión para un nuevo individuo. Hasta
este punto, hemos examinado las características psicológicas y sociales
reinantes en el tiempo de la Reforma. Hemos postulado que el éxito de las
nuevas iglesias se explica por la disolución del paradigma católico-medieval y
el sentimiento de inseguridad que genera entre las masas europeas. Ahora
bien, un breve estudio de las doctrinas protestantes nos confirma que el miedo a
la libertad juega un papel central en el resultado de la elección. A continuación,
focalizaremos el análisis en el calvinismo que es donde, desde mi punto de
vista, mejor se refleja el miedo a la libertad del hombre moderno. Desde luego
que no es el propósito del presente estudio realizar un análisis pormenorizado
de las distintas corrientes calvinistas. Bastarán para nuestros fines las
interpretaciones de Aranguren[10],
Fromm y Weber. Son
sólo dos los elementos calvinistas que me interesa destacar aquí. En primer
lugar, la particular concepción de Dios que presenta esta religión. El
calvinismo resalta la insignificancia de un individuo aislado ante un Dios que
es la otredad absoluta. Se pierde la concepción del Dios medieval, un Ser
benevolente (casi antropomórfico) en quien los hombres podían confiar como en
un padre. Tras la Reforma, Dios se convierte en un concepto alejado,
infinitamente perfecto frente a un hombre humillado y corrompido por el pecado
original. En
segundo lugar, debe destacarse la doctrina
de la predestinación. Según Calvino, el destino ultraterreno del hombre se
encuentra determinado desde antes de su nacimiento. En pocas palabras, las
buenas obras no conducen a la salvación. Es de notar aquí la fuerte diferencia
con el paradigma católico en que el creyente tenía la certeza de que
obedeciendo a los preceptos eclesiásticos quedaría absuelto de sus pecados.
Frente a esto, se opone la estricta doctrina calvinista que supone que nada de
lo que haga podrá torcer su destino. La salvación no llega por los méritos
del individuo sino por una manifestación gratuita de la gracia Divina. Como
afirma Fromm, la religión reformada traduce el terror del hombre renacentista[11].
Es consciente de su libertad pero se siente insignificante ante el nuevo orden
social. Tan indefenso ante los monopolistas y los usureros como lo está ante
Dios. Por lo tanto, se llega a la paradójica situación en que el individuo
responde a la libertad recientemente adquirida adhiriendo a una religión que
aniquila a la única libertad que tenía el hombre durante la Edad Media: la de
alcanzar su propia salvación por medio de sus obras. Ahora, la doctrina de la
predestinación le niega también esta libertad. Su suerte ha sido sellada a sus
espaldas por un Dios ajeno. Es
decir, tras la disolución del paradigma feudal, el hombre goza de una libertad
que no había conocido nunca. Se ha desligado de las ataduras al cosmos eclesiástico.
Esto le genera una incertidumbre atroz, insoportable. Y él responde aniquilando
la única libertad que había conocido en la Edad Media. El miedo vence a la
libertad. IV-
La misteriosa transubstanciación de Dios en el mercado. Llegamos
así a un punto crucial de la exposición, donde me atrevo a sugerir que, en la
moral calvinista, se produce una misteriosa transubstanciación que convierte a
Dios en el mercado. Antes que nada, deseo aclarar que debe tomarse dicha
afirmación como una metáfora pues resultaría
absurdo sostener ontológicamente que Dios es el mercado. No obstante, en la ética
calvinista, se produce una simbiosis entre estos dos elementos hasta el punto
que ambos quedan asociados indisolublemente. A)
“Dios” y “mercado” como conceptos abstractos. En
primer lugar, la simbiosis entre Dios y el mercado se produce en un nivel que
denominaré “conceptual”. Más arriba, hemos mencionado que el calvinismo
postula la existencia de un Dios que es la otredad absoluta. Es decir, es con la
Reforma que Dios se convierte en un frío concepto filosófico[12].
Paralelamente, el “mercado”, como concepto plenamente articulado recién
surge después de la Reforma, en los economistas mercantilistas de los siglos
XVI y XVII. Durante el medioevo, sólo existían algunas nociones vagas y
difusas que no lograban articularse en un concepto acabado. Entonces,
es notable la estrecha relación que se establece entre Dios y el mercado. Ambos
son conceptos abstractos. Ambos funcionan con ciertas leyes intrínsecas que los
hombres no alcanzan a develar (incluso hasta nuestros días). Ambos son
impiadosos: el mercado castiga con la bancarrota a quien no se adapte mientras
que Dios condena al Infierno a quienes niega su gracia arbitraria. Sin
embargo, para no quedar completamente en el mundo de la intelección, debe
establecerse un vínculo entre estos conceptos y los hombres. Debe haber alguna
forma en que estos se manifiesten. B)
Forma de expresión de Dios y el mercado. Aquí
llegamos a un nivel más profundo de la transubstanciación. Es en la problemática
de la manifestación empírica que ambos conceptos se identifican plenamente.
Justamente, para el calvinista, Dios y el mercado se expresan por el mismo medio
y hablan por la misma boca. Recordemos
que en el calvinismo, el individuo jamás sabe si pertenece al grupo de los
elegidos o los condenados. Esto lo llena de una angustia insoportable donde
nadie puede ayudarlo. Durante el medioevo, el hombre contaba con la Iglesia como
guía. Podía acudir a la parroquia y oír al cura: “Eres
un hombre justo y piadoso. Confiesas tus pecados y te arrepientes sinceramente.
Si sigues por esta senda, tendrás un sitio asegurado en el Reino de los Cielos”. Diezmos
y confesiones periódicas bastaban para obtener al menos un cierto grado de
certeza respecto del destino ultraterreno del alma. Debe destacarse el papel
central que la confesión cumple dentro de la moral católica. La vida del católico
se caracterizaba por un comportamiento cíclico. El pecador acudía al cura
arrepentido por sus malas obras y temiendo por su salvación. El sacerdote lo
recibía en el confesionario, le administraba las penitencias del caso y le
aconsejaba realizar un número de buenas obras para borrar sus culpas[13].
De este modo, el feligrés obtenía la certeza de marchar por la buena senda.
Pero más pronto que tarde, volvía a pecar para regresar atormentado al
confesionario y recibir nuevas penitencias para limpiar su alma. Por lo tanto,
en el culto católico, Dios se expresaba a los hombres a través de la Iglesia.
El pasaje bíblico en que Jesús dice a Pedro “Lo que desates en la Tierra yo desataré en los Cielos” era el
fundamento de la relación entre el hombre y Dios. El Papa, como Vicario de
Cristo establecía la mediación entre el universo terrenal y el celestial.
Entonces, si la Iglesia emitía una bula diciendo que “X es bueno”, el
feligrés podía tener toda la certeza de que si hacía X, estaría agradando a
Dios y ganándose un sitio en el paraíso. Sin
embargo, dicho mecanismo carecía de validez en la moral calvinista donde no
existía un sacerdote que pudiera aconsejar al hombre cómo remediar sus
pecados. Nadie sabía quién pertenecía al grupo de los elegidos pero todos sabían
que no había ninguna acción que pudiera trasladar al hombre de un grupo a
otro. De este modo, la duda se imponía como un sentimiento constante e
ineludible. El perturbado calvinista podía orar a Dios para que le revelara su
destino. Pero aquel Dios absolutamente trascendente no se dignaba a responder a
las súplicas del sufriente. Es
en este punto donde se establece la famosa relación entre la ética protestante
y el espíritu del capitalismo. El calvinista atormentado necesitaba una
manifestación divina que lo librara de su duda. “¿Cuál
es mi destino?”, clamaba, “¡Dios!
¡Dame una señal! ¡Sólo una señal!” ¿Pero cuál podía ser esa señal? Max
Weber señala que para el calvinismo, el mundo fue creado para honrar a Dios[14].
Y Dios quiere que los hombres organicen la comunidad de acuerdo a sus leyes. Sin
embargo, esto no constituye una diferencia específica respecto del catolicismo
medieval. El católico también estaba sujeto a las leyes divinas. La diferencia
consiste en las diferencias estipuladas entre las leyes divinas católicas y
calvinistas. Para la Santa Iglesia, el mejor modo de honrar a Dios consistía en
entregarse a la vida contemplativa monástica. Sin embargo, para el calvinismo,
la vida contemplativa se asociaba con el egoísmo, con el desinterés con el
mundo. A grandes rasgos, la buena vida calvinista consistía en actuar en el
mundo dedicándose a una profesión. Sin
embargo, ¿puede ésta ser la relación específica entre calvinismo y
capitalismo? ¿Acaso el católico medieval no trabajaba? ¿Quién sembraba y
cosechaba en los campos? ¿Quién construyó las magníficas catedrales góticas?
Desde luego que el católico trabajaba. Pero, como señala Weber, su actitud
hacia el trabajo era por completo diferente. En el medioevo, el trabajo no tenía
un componente moral más allá de “te
ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Puesto que Dios no había
creado una tierra de abundancia, el trabajo se imponía como una realidad
inevitable. Sin embargo, sólo aparecía como una necesidad externa, no como una
coacción interna. El objetivo era trabajar el tiempo necesario para llevar un
nivel de vida tradicional pero ni un minuto más. En
el calvinismo, el trabajo se convierte en una cuestión moral, un modo de vencer
la duda y la angustia religiosa. Así, el éxito mercantil se convierte en señal
de la salvación del alma. Si bien tal vez no fuera ésta la convicción
original de Calvino, en la tradición calvinista fue asociándose éxito
comercial con salvación[15].
Ahora sí que el pastor calvinista puede consolar a su atormentado feligrés:
“¿Dudas de tu salvación? Ve a
trabajar. La decisión de Dios se manifiesta a través de tu éxito como
empresario”. Aquí
es donde se produce la simbiosis entre Dios y mercado. La decisión Divina sobre
la gracia se manifiesta en el éxito mercantil. Es decir, agradar a Dios implica
agradar al mercado. ¿Y de qué depende el éxito empresarial? Sin dudas, de un
ethos determinado donde no hay cabida para el ciclo “pecado-penitencia-regreso
al pecado” católico-medieval. El éxito en los negocios requiere un plan de
vida racional y coherente. Un
empresario triunfador es aquél que produce los bienes demandados por el
mercado. Es decir, quien convierte al cumplimiento de las reglas del mercado en
su “imperativo categórico”. Y por este riguroso cumplimiento (gracias a una
completa dedicación al trabajo profesional), el mercado lo recompensa con altos
beneficios económicos. Así, el empresario obtiene su redención comercial.
Paralelamente, un empresario que no cumple con los requerimientos del mercado es
devorado por la competencia y con mucha razón puede considerarse parte
integrante de los condenados por el capitalismo. Por lo tanto, observamos que el
juicio de Dios coincide con el juicio del mercado. Por eso sostengo que ambos
hablan por una misma boca. Ahora
bien, en el paradigma católico, el éxito comercial no se consideraba un factor
determinante del destino ultraterreno del alma. Lo que en realidad importaba
para la salvación era el cumplimiento de ciertas leyes divinas y un sincero
arrepentimiento por los pecados. Sin embargo, esto tendía a fomentar un estilo
de vida incompatible con el capitalismo. El burgués triunfador no puede
permitirse el ciclo católico que hemos descripto más arriba. Nadie que
pretenda forjar una empresa exitosa puede permitirse ausentarse del trabajo ni
trabajar con desgano. Por
lo tanto, en el culto católico se observa una disociación entre el ethos comercial y el ethos
religioso. Lo que no es necesariamente reprobable desde el punto de vista
doctrinario puede ser catastrófico en el mercado. Hasta en algunos casos, podría
decirse que el catolicismo era abiertamente opuesto a la ética capitalista.
Basta con citar algunos pasajes bíblicos famosos: “Bienaventurados los pobres, pues de ellos es el Reino de los Cielos”
o “Es más fácil que un camello pase
por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos”. El
cristianismo medieval valoraba la pobreza como bien lo demuestra el surgimiento
de las órdenes mendicantes franciscanas y dominicanas. Como señala Aranguren,
“la moral cristiano-medieval era ascética,
con un ascetismo de renuncia al mundo”[16]
que se convierte en el primer obstáculo al desarrollo capitalista. Por
el contrario, en el calvinismo, ethos
comercial y religioso coinciden exactamente. El calvinista está
religiosamente orientado a un estilo de vida ascético mundano, una condición
indispensable para el éxito capitalista. Es decir, cumplir con los deberes
religiosos y comerciales es, generalizando, una misma cosa. Llevar una vida ascética
le permite al puritano tener éxito comercial. Y tener éxito comercial le
brinda un indicio de que pertenece al grupo de los elegidos. Por lo tanto, lo
que es correcto desde la perspectiva de las leyes del mercado es también lo
correcto según las leyes de Dios. Y aquí es donde ocurre la transubstanciación
por la que el mercado se convierte en Dios. En el paradigma católico-medieval,
la Iglesia es la única que puede manifestarle al hombre si pertenece al grupo
de los salvados o los elegidos. Pero tras la Reforma calvinista, es el mercado
quien obtiene esta prerrogativa. V-
Las raíces religiosas de la secularización capitalista. Tal
vez pocas instituciones modernas se encuentren tan asociadas con la secularización
como el capitalismo. El mercado capitalista ha sido denostado frecuentemente por
individuos de todas las clases y credos. Ha sido acusado de disolver la moral
tradicional, de disgregar a la familia, de corromper al pueblo y de causar toda
clase de perversiones en la humanidad. Es decir, se lo acusa de subvertir todos
los valores habitualmente asociados con la vida espiritual. El
capitalismo moderno es un proceso de acumulación que comienza alrededor del
siglo XV bajo la forma de “capitalismo
mercantil”. Más adelante, irá mutando a lo largo de distintas etapas
denominadas “capitalismo industrial” (siglos XVIII y XIX) y “capitalismo
monopolista” (siglo XX). Si bien el tipo de organización económica ha
ido variando en los diferentes períodos, todos tienen en común una misma
mentalidad calculativa y racional, la misma que se forja durante los primeros
tiempos del capitalismo, en la época de la Reforma protestante. Es en ese
tiempo que se moldea el homo economicus. En este sentido, puede afirmarse que el empresario
del siglo XVI tenía una mentalidad similar a la del empresario del siglo XXI:
ambos tenían a la obtención de beneficios como la máxima prioridad y ambos
buscan asignar sus recursos del modo más eficiente posible para alcanzar su
objetivo. A
lo largo de la exposición, hemos venido sosteniendo que la mentalidad
capitalista moderna (y su fanática adicción por el trabajo) es resultado de un
proceso que comienza con la Reforma protestante que, a su vez, surge del miedo a
la libertad del hombre renacentista. Sin embargo, no debemos suponer que el
calvinismo es un credo que explícitamente se propuso como objetivos el
crecimiento económico y la asignación más eficiente de los recursos. Y mucho
menos se proponía iniciar un movimiento secularizador (al que sin dudas el
capitalismo aportó buena parte de sus componentes). Desde los tiempos de la
Reforma, occidente conoce un lento pero firme proceso secularizador, tal vez
coronado en el ateísmo marxista y su célebre máxima: “la
religión es el opio de los pueblos”. Lutero
y Calvino, quienes tanto han hecho (inconscientemente) por el desarrollo de la
mentalidad capitalista habrían sido los primeros en oponerse. Por
lo tanto, el componente capitalista de la secularización se produce a través
de la “astucia de la Razón” hegeliana. La Reforma sólo tenía por objetivo
un retorno a la ética del cristianismo primitivo. Si ese ethos concordaba con
la mentalidad necesaria para el desarrollo del mercado, es algo que no entraba
en sus intenciones originales. Sin embargo, sea como fuere, la cuestión es que
su fomento de la laboriosidad resultó totalmente funcional para las tendencias
económicas de la época. Entonces,
el desarrollo mercantil tuvo por factor esencial un motivo religioso. Se sigue
que la institución secular por excelencia encuentra sus raíces en la religión
reformada. En otras palabras, el capitalismo no es hijo de un proceso
secularizador. Aún más, como señala Aranguren, para el calvinismo “no
hay ni puede haber actos indiferentes, sino que todos han de ir cargados de
religiosa moralidad”[17] Por
lo tanto, entre el paradigma católico-medieval y el reformista no debemos
distinguir entre religión y secularización. Ambas doctrinas son profundamente
religiosas. No es que el calvinista se dedicara a la vida mundana por una
consciencia de que nada hay en el Más Allá. Su entrega al mundo es
precisamente una desesperada búsqueda de la certeza de su salvación. Ambas
doctrinas se orientan, en última instancia, a lo ultraterreno. Sólo que los
medios para alcanzarlo difieren: en el catolicismo es un ascetismo contemplativo
mientras que en el calvinismo es un ascetismo mundano. Uno
de los grandes logros de la Reforma consistió en la creación de un espíritu
capitalista donde el elemento central es la traslación del deber de trabajar
desde el exterior al interior del sujeto. En el credo calvinista, el trabajo se
considera una coacción interna. Y aquí se establece una fuerte relación con
Kant. En
los primeros tiempos de la Reforma, la orientación al trabajo surgía de una
voluntad “heterónoma” de los pueblos protestantes (si se me permite
utilizar esta expresión) pues la actividad laboral servía al individuo para
calmar su angustia religiosa. El trabajo se concebía como una obligación
emanada de un “imperativo hipotético”, que señala solamente que cierta “acción
es buena para algún propósito posible”[18].
Es decir, el individuo se entrega al trabajo con la esperanza de encontrar un
alivio contra su angustia. Sin
embargo, a medida que avanza la modernidad y el proceso secularizador, el
trabajo comienza a concebirse como un fin en sí mismo, un acto cargado de
moralidad aunque desligado de consideraciones religiosas. En otras palabras, el
trabajo se convierte en un imperativo categórico, “que
representa una acción por sí misma como objetivamente necesaria, sin
referencia a ningún otro fin”[19]. Este es el resultado último de la Reforma en su
relación con el espíritu capitalista. La secularización lleva los postulados
protestantes hasta sus últimas consecuencias y acaba por quitarle su fundamento
religioso a la obsesión por el trabajo. Conclusión Aranguren
sintetiza claramente la mentalidad calvinista que hemos venido desarrollando:
“Si por Modernidad se entiende, como
suele, humanismo, antropocentrismo y exaltación de la libertad humana, el
calvinismo supuso, en principio, todo lo contrario de aquello: Maiestas
todopoderosa, Trascendencia absoluta, y determinismo del ser humano, mero
instrumento a través del cual quien obra es un Dios absolutamente trascendente”[20]. Difícilmente
pueda hallarse una mejor síntesis de esta exposición. Este pasaje nos señala
cómo la doctrina calvinista surge como una reacción ante los postulados de la
naciente modernidad de los siglos XV y XVI. Al humanismo antropocéntrico le
opone un Dios todopoderoso y trascendente. A la nueva libertad, la confronta con
un férreo determinismo que convierte al hombre en un mero instrumento. De este
modo, refleja a la perfección el miedo a la libertad que surge tras el declive
del paradigma medieval, un miedo que debe canalizarse de alguna manera para no
sumergir al individuo en una crisis psicológica. Y, como señala Fromm, la
sublimación se realiza a través del trabajo. Desde la Reforma, por primera vez
el hombre se ve impulsado a trabajar aunque no exista coacción externa[21].
La coacción interna surgida con el calvinismo es mucho más efectiva porque
convierte al hombre en esclavo de sí mismo. De este modo, se observa que se
realiza un traslado del eje de la sumisión: de las antiguas tradiciones en el
paradigma medieval al individuo en el paradigma moderno-protestante. Así
se fundan las bases de la moderna civilización capitalista. Es el miedo a la
libertad lo que se encuentra en los fundamentos de este modo de producción. Y
esto puede ofrecer un esbozo de explicación para la observación realizada en
la introducción. En los primeros días de la modernidad, las naciones más
poderosas de occidente eran España, Francia y las ciudades italianas, Estados
que mantuvieron su fidelidad a la Iglesia de Roma hasta nuestros días. Sin
embargo, hacia comienzos del siglo XX, hacia fines del período moderno, las
potencias dominantes eran Gran Bretaña, Alemania y los Estados Unidos, tres países
protestantes. Desde
luego que la breve explicación esbozada en este ensayo no puede considerarse
concluyente ni, mucho menos, definitiva. Entre el siglo XV y el XX sin dudas se
han producido acontecimientos históricos políticos, económicos y culturales
que han afectado el desarrollo de cada una de estas naciones. No obstante, el
traslado del poder dominante desde países católicos hacia protestantes no deja
de ser sugerente. A lo largo de los avatares políticos de cinco siglos, tal vez
existiera en las naciones triunfadoras un pueblo con una mentalidad
protestante-capitalista que trabajaba en silencio, ahorraba, acumulaba,
acumulaba y acumulaba. Sin
embargo, al centrarse en los componentes morales protestantes de principios de
la modernidad, el presente estudio deja sin analizar la evolución moral
occidental de los países católicos a lo largo del mundo moderno. El caso de
Francia presenta un contraejemplo para mi hipótesis. A fines del siglo XIX, era
una nación capitalista avanzada y aún así mantenía su fidelidad al
catolicismo. Por lo tanto, no debe considerarse apresuradamente al
protestantismo como condición sine qua
non para el desarrollo del capitalismo. Y
esto me lleva a la segunda observación que puede hacerse a mi estudio. Aquí,
me he limitado a tratar la mentalidad capitalista como surgida de un fenómeno
religioso. Sin embargo, no puede negarse que la secularización que se produce a
medida que va avanzando la modernidad tiene un impacto en la mentalidad
capitalista. En otras palabras, es razonable suponer que a medida que va
avanzando el proceso secularizador, el impacto de la religión en la ética
profesional disminuye considerablemente y la mentalidad capitalista empieza a
fundamentarse sobre bases laicas. Posiblemente,
el miedo a la libertad siga desempeñando un papel en la mentalidad capitalista
aunque ya no resulta tan claro que sea una respuesta a la angustia religiosa. En
todo caso, este fenómeno brinda campo para nuevas investigaciones. Federico
Ast Lic.
Economía (UBA) Estudiante
de licenciatura en Filosofía (UBA) federicoast@yahoo.com.ar [1]
Max Weber, La Ética Protestante y el
Espíritu del Capitalismo, Ediciones Península (1969) [2]
G. F. W. Hegel, Filosofía de la
Historia, Ediciones Claridad (1976), pg. 418 [3]
Erich Fromm, El Miedo a la Libertad,
Editorial Paidós (2004), pg. 58 [4]
G. F. W. Hegel, Filosofía de la
Historia, Editorial Claridad (1976), pg. 419 [5]
Emmanuel Kant, Fundamentación de la
Metafísica de las Costumbres, ed. Libertador (2004), pg. 115 [6]
Emmanuel Kant, Fundamentación de la
Metafísica de las Costumbres, ed. Libertador (2004), pg. 116 [7]
Emmanuel Kant, Fundamentación de la
Metafísica de las Costumbres, ed. Libertador (2004), pg. 109 [8]
G. F. W. Hegel, Filosofía de la
Historia, Ed. Claridad (1976) pg. 420 [9]
Erich Fromm, El Miedo a la Libertad,
Editorial Paidós (2004), pg. 93 [10]
José Luis Aranguren, La Ética Protestante, Diccionario de Ética [11]
Erich Fromm, El Miedo a la Libertad,
Editorial Paidós (2004) pg. 93 [12]
Max Weber, La Ética Protestante y el
Espíritu del Capitalismo, Ediciones Península (1969), pg. 123 [13]
Max Weber, La Ética Protestante y el
Espíritu del Capitalismo, Ediciones Península (1969), pg. 149 [14]
Max Weber, La Ética Protestante y el
Espíritu del Capitalismo, Ediciones Península (1969), pg. 131 [15]
José Luis Aranguren, La ética protestante, pg. 503 [16]
José Luis Aranguren, La Ética
Protestante, Diccionario de Ética, pg. 504 [17]
José Luis Aranguren, La ética protestante, pg. 503 [18]
Emmanuel Kant, Fundamentación de la
Metafísica de las Costumbres, ed. Libertador (2004), pg. 83 [19]
Emmanuel Kant, Fundamentación de la
Metafísica de las Costumbres, ed. Libertador (2004), pg. 83 [20]
José Luis Aranguren, La Ética
Protestante, Diccionario de Ética, pg. 501 [21]
Erich Fromm, El Miedo a la Libertad,
Editorial Paidós (2004), pg. 105 Publicación enviada por Federico Ast Contactar mailto:federicoast@yahoo.com.ar Código ISPN de la Publicación EEkEAZFFEAtpmDCPfZ Publicado Thursday 21 de July de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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