Monografias | Los CosacosLos CosacosResumen: Los cosacos jugaron un papel especial en la historia de Rusia. Como comunidades libres, sirvieron al mismo tiempo a distintos zares, en particular de la casa Romanov, y protagonizaron al mismo tiempo en el pasado rebeliones campesinas importantes. Las tradiciones de los cosacos comenzaron a extinguirse a principios del siglo XX, con la guerra civil en Rusia, y posteriormente durante el periodo soviético, para tocar a su fin con la Segunda Guerra Mundial. 1.Resumen
Los cosacos jugaron un papel especial en la historia de Rusia. Como
comunidades libres, sirvieron al mismo tiempo a distintos zares, en particular
de la casa Romanov, y protagonizaron al mismo tiempo en el pasado rebeliones
campesinas importantes. Las tradiciones de los cosacos comenzaron a extinguirse
a principios del siglo XX, con la guerra civil en Rusia, y posteriormente
durante el periodo soviético, para tocar a su fin con la Segunda Guerra
Mundial. Aunque hoy existe cierto renacimiento cosaco, las tradiciones de antaño,
en un mundo que ha pasado a ser predominantemente urbano, se han convertido
sobre todo en reliquias para pieza de museo y atracción turista. Con todo, el
aporte de los cosacos a la historia militar y social de Rusia permanece en la
memoria. 2.Desarrollo
El mundo de hoy ya no es un mundo rural, habida cuenta del grado que ha
alcanzado la urbanización en la mayoría de los países del planeta. Con el
paso de un mundo a otro, las gestas campesinas suelen ser olvidadas por doquier,
y no parecen ya más que reliquias del pasado. De hecho, lo son: las rebeliones
en el campo se han vuelto extremadamente raras, con todo y sus contradicciones,
aunque en algunos lugares se suela seguir venerando las revueltas de antaño
(como ocurre aún esporádicamente con Zapata en México), que ya no se producen
en las grandes ciudades. En el pasado ruso, las comunidades rurales de cosacos
llegaron a ser famosas por su indomable libertad, por su modo de vida y, también,
por las rebeliones que protagonizaron algunos de sus héroes. Aunque sea una
historia que ha caído, como Pushkin, en el olvido entre las nuevas
generaciones, no faltaron en el siglo XX escritores, como Shólojov y Shukshin,
para inmortalizar la vida cosaca, como lo habían hecho en el pasado Lermóntov,
el propio Pushkin y León Tolstoi. El
origen de la palabra “cosaco” ha sido objeto de algunas polémicas. Mientras
que para un autor como Portisch significa en tártaro “hombre libre”, para
Yves Bréhéret la palabra “kazak” quiere decir - siempre en tártaro
- “vagabundo”, “aventurero a caballo” (jinete) o, también, “hombre
libre”. Para el historiador británico John Ure, los cosacos eran llamados
originalmente por los turcos quzzags,
término que fue evolucionando a kazaks,
una palabra tártara que significa “jinetes”. En todo caso, para Portisch,
en tiempos antiguos se llamaba “cosacos” a los siervos, campesinos y
soldados que huían de la explotación de los nobles rusos, de los tártaros
extranjeros y del servicio militar obligatorio, para dirigirse a las estepas del
sur de Rusia, en particular hacia las regiones del Dniéper, el Don y el Volga,
lugares a donde no llegaba el brazo de los grandes duques y desde donde se podía
luchar libremente contra los tártaros.
Étnicamente eslavos, los cosacos llegaron a tener una comunidad muy bien
organizada en Zaporozhie, al sur de la actual Ucrania, y que llegó a llamarse
Malorossia, la “pequeña Rusia”. Los cosacos zaporogos del Dniéper vivían
en una serie de islas prácticamente inaccesibles, y sus ritos de iniciación
eran más severos que los de las demás comunidades cosacas. Con sus
embarcaciones, llamadas “gaviotas”, se dedicaban entre otras cosas a la
piratería. A finales de la Edad Media, las poblaciones cosacas quedaron bajo el
fuego cruzado de Polonia, Lituania y Rusia, y mantuvieron relaciones tensas con
los rusos de Moscovia. Algunos cosacos llegaron a colaborar con los polacos,
aunque las relaciones con éstos no fueran muy buenas: prueba de ello habría de
ser la terrible persecución del cosaco Bogdan Jmelnitski contra los polacos
entre 1637 y 1647. Andando
el tiempo, bajo la égida de Iván IV El Terrible, se estableció un estatuto
especial para la voiska cosaca (“tropa”) del río Don (hacia 1570). Estos
estatutos garantizaban una administración autónoma de las comunidades cosacas,
actividades comerciales libres de impuestos, concesiones de tierras y eventuales
títulos de nobleza, a cambio de que los cosacos resguardaran las fronteras
rusas de las incursiones enemigas. Curiosamente, en tiempos de Iván El
Terrible, las bandas cosacas, formadas en un comienzo por tártaros disidentes,
quedaron engrosadas con refugiados de Moscovia y las tierras del norte de Rusia,
donde se acrecentaban los poderes de los terratenientes sobre los campesinos. En
todo caso, Iván el Terrible había hecho una contribución decisiva a la
centralización militar del Imperio zarista con la incorporación de los
cosacos, la creación de las fuerzas de lstreltsi (“francotiradores”), que jugarían un papel clave en la
toma de Kazán, y la temible “policía” de uniforme negro de los oprichniki
(“fuerzas especiales”), dedicados
a la persecución de los boyardos, nobles a veces demasiado poderosos de Rusia.
Los cosacos habrían de hacerse famosos, entre otras cosas, por su
indumentaria. Los trajes nacionales cosacos incluyen el kaftán
(un tipo de casaca) o bien la cherkessa
(túnica larga de origen circasiano, con cartucheras adosadas). En tiempos del
Imperio zarista ruso, los cosacos se distinguían por un pantalón azul con una
franja roja, lo que significaba que estaban “libres de impuestos”.
Igualmente famosos se volvieron el kinzhal
(puñal caucasiano), el shashka
(sable) y la temida nagaika (látigo o
fusta). Los cosacos llegaron a dominar un verdadero arte ecuestre con acrobacias
dignas de un circo (algunos las han llamado djitovka).
Desde los primeros asentamientos cosacos se hicieron populares el vino, el vodka
y las canciones (de donde la expresión “beber como un cosaco”): el gopak,
una danza de origen ucraniano, se convirtió en la música preferida, que hacía
que los cosacos saltaran sobre las mesas y patearan y lanzaran las piernas al
aire mostrando su flexibilidad y la de sus botas de cuero.
Aunque cristianos, la religión no jugó un papel demasiado importante
entre los cosacos. En Cherkassk, el principal enclave de los cosacos del Don, no
se construyó ninguna iglesia hasta casi un siglo después de Iván el Terrible.
Aunque los cosacos luchaban contra los “infieles”, en ocasiones se aliaron
con los musulmanes y, como ya se ha mencionado, con los católicos polacos.
Antes que nada, sin mayor congruencia en religión ni en confesión, los cosacos
se convirtieron en un estamento militar.
Los cosacos consiguieron una peculiar forma de organización social. Cada
comunidad cosaca era más o menos autónoma; podía consistir en una aldea (stanitsa)
o un campamento fortificado (gorodki).
Al fundar una stanitsa se levantaban
finalmente una iglesia y una escuela mixta (para hombres y mujeres), y solamente
después se creaba el resto de las construcciones (hospitales, casas
particulares, graneros…). En 1850, mientras el índice de analfabetismo en
Rusia llegaba al 85 %, en las
comunidades cosacas, instruidas, no llegaba al 5 %. Las comunidades cosacas
financiaban la instrucción de sus miembros con sus propios medios: las stanitsi brillaban por sus logros económicos y culturales.
La asociación de los cosacos con el Imperio Ruso hizo que sus
autoridades fueran directamente elegidas por el zar, aunque con ciertas
restricciones. El pueblo cosaco se rigió por determinadas normas, que
castigaban por ejemplo los delitos de robo (dentro de la comunidad), homicidio y
otros muchos. Por embriagarse en público o por maltratar a una mujer, la sanción
era de un número indeterminado de latigazos con la nagaika
en el maidan (una especie de plaza pública),
luego de lo cual el infractor debía inclinarse y agradecer en voz alta la
“lección”. Las sanciones podían aplicarse sin importar el estatuto o nivel
económico, y el robo de fondos de la comunidad o la traición se pagaban con la
pena de muerte.
Los encargados de dictar las normas y de ordenar las sanciones eran los
respetados jueces locales, elegidos (como el atamán o hetman, la máxima
autoridad de la comunidad cosaca y comandante supremo en tiempos de guerra) por
toda la comunidad, de modo democrático, una vez al año. El juez podía aplicar
sanciones a todos, incluso al atamán. Las decisiones trascendentales para la
comunidad se tomaban en los krugs
(asambleas populares). La solidaridad interna siempre estuvo muy presente: en
tiempos antiguos, en la comunidad cosaca de Zaporozhie (finalmente desplazada
por las autoridades rusas a las costas del río Kubán y del Mar Negro); a los jóvenes
que eran los únicos que mantenían a la familia se les colocaba un pendiente en
la oreja que los eximía de las misiones militares peligrosas, salvo que la
decisión de participar en éstas fuera voluntaria.
El fin de los heroicos cosacos, en el siglo XX, fue de algún modo
decepcionante. Como Búfalo Bill en Estados Unidos, aunque no se tratara de
vaqueros, con frecuencia terminaron convirtiendo sus proezas de antaño (entre
ellas, el arte de montar a caballo con los espectaculares ejercicios de
destreza) en espectáculo circense para los occidentales. Algunos cosacos, en
efecto, habían huido al exterior durante la guerra civil rusa (1918-1921),
luego de servir a las tropas contrarrevolucionarias “blancas” y hasta a los
anarquistas “negros” de Makhno en Ucrania, mientras otros, los que se
quedaron, llegaron a integrar el ejército soviético, con la temible caballería
de Budionny. Los cosacos que partieron al exilio se instalaron en Francia,
Alemania, Bélgica, Estados Unidos, Canadá, Australia, Argentina, Chile y
muchos otros países. Algunos, como los cosacos residentes en Nueva Jersey
(Estados Unidos), lograron mantener museos y bibliotecas nacionales cosacos. Durante
la guerra civil en Rusia, la alianza entre los cosacos y los “blancos” ni
siquiera había sido demasiado firme, aunque juntos pelearan contra los
“rojos”. Los cosacos reclamaban una “República cosaca independiente”
(la Unión de Cosacos del Don y del Kubán), bajo la dirección de Piotr
Nikolayevich Krasnov, pero los
monarquistas “blancos”, como en el pasado zarista, se oponían a cualquier
veleidad autonomista de sus “aliados”. La división entre los cosacos era
tal que el historiador ruso Kliuchevski habría de acusarlos de carecer de
“toda solidez moral y ética”. Ya desde 1918, Krasnov había dicho de sus
compañeros cosacos: “somos muy ruidosos, pero es poco lo que hacemos”.
Con el fin de la Primera Guerra Mundial, algunos cosacos, apoyados por el
jefe contrarrevolucionario “blanco” Wrangel, se encontraron en Grecia,
Yugoslavia y otros países balcánicos, solo para constatar con frecuencia que
el trato de sus “aliados”, en especial los británicos, no era realmente de
amistad, como lo relatara en sus memorias el cosaco Nicolas Svidin (Le secret de
Nicolas Svidine). Algunos, como el propio Svidin, lograron llegar hasta Francia
e instalarse allí, para trabajar como choferes de taxi, en centros de juegos de
azar de la Costa Azul (en Niza), como obreros o granjeros, en las terribles
condiciones de la Legión Extranjera francesa en Marruecos, o en centros
nocturnos (Svidin terminaría dirigiendo un coro de cosacos del Kubán), con una
vida de peripecias. Svidin, quien conocía el lugar en Bulgaria donde había
sido enterrado el “tesoro” de los “blancos”, con pertenencias (en
particular de joyería) y papeles de cierto valor, y que hizo hasta lo imposible
por recuperarlo (incluso utilizando un curioso pasaporte panameño), no dejó de
constatar que, si en la Unión Soviética los procedimientos de la policía eran
extremadamente duros, en un país como Bélgica las cosas no siempre eran más
sencillas. Al igual que otros “rusos blancos”, algunos cosacos, como el
mismo Svidin se negarían más adelante a pelear junto con la Alemania nazi
contra la Unión Soviética, por más desacuerdos que tuvieran con los
bolcheviques. Algunos cosacos regresaron después de la última conflagración
mundial a la Unión Soviética, aunque llegaron a ser deportados a Siberia para
trabajos forzados (en el caso de que hubieran colaborado con los “blancos”
durante la guerra civil), y murieron en la miseria y el olvido. Todavía
durante la Segunda Guerra Mundial, y luego de haber rechazado a veces las
colectivizaciones forzadas de Stalin (años ’30 del siglo XX), hubo cosacos
que terminaron colaborando con los alemanes, con la vana esperanza de obtener
cierta autodeterminación, mientras otros se alistaron en el Ejército Rojo y
hostigaron desde la retaguardia al ocupante nazi. En realidad, no era mayor el
interés de Berlín por la suerte de los cosacos, aunque se necesitaba una política
para “dividir y reinar”. Algunas comunidades cosacas no fueron las únicas
en colaborar con los alemanes. También lo hicieron, por ejemplo, grupos montañeses
de chechenos, lo que les costaría posteriormente la deportación.
En el caso de algunos grupos cosacos, su papel durante la última
conflagración mundial no había sido muy brillante. Ciertamente, muchos (cerca
de 100 mil) servían en el Ejército Rojo, y a ellos se sumaron voluntarios y
reclutas, entre otros bajo el mando del general Dovator: atacaron a las
divisiones Pánzer alemanas, penetraron por detrás de las líneas enemigas,
sabotearon trenes de aprovisionamiento y atacaron cuarteles de campaña de las
SS. Varios regimientos cosacos fueron ascendidos, como el Cuerpo de Caballería
del Kubán. Pero cuando los alemanes entraron en la Unión Soviética, algunas
comunidades (stanitsis) cosacas los recibieron como liberadores, como
ocurriera incluso en Novocherkassk, la “capital” cosaca del Don, donde
Serguei Pavlov se autonombró atamán local (jefe de la comunidad) y reclutó
cosacos para pelear junto con los germanos contra el Ejército Rojo. Entre los
partidarios de los alemanes solían haber antiguos cosacos “blancos” durante
la guerra civil (como el general Krasnov), y existió un caso por demás
curioso: el del coronel de las SS Helmut von Pannwitz, procedente del Báltico,
con algunos conocimientos del idioma ruso, que fue asignado por el alto mando
alemán para dirigir divisiones cosacas al servicio del invasor, y logró
convertirse en atamán general con el atavío del Kubán. Con
todo, Berlín nunca dejó de considerar a los cosacos Untermenschen,
“seres inferiores”, aunque “un poco menos” que los rusos. Luego de la
derrota alemana en Stalingrado, las divisiones cosacas de von Pannwitz fueron a
parar de la manera más extraña, ya en plena retirada, en Yugoslavia
(particularmente en Croacia) para luchar contra los partisanos de Tito, mientras
que un regimiento de cosacos del Don, bajo el mando del general Domanov, acabó
luchando con los alemanes en el norte de Italia, con cerca de 10 mil hombres.
Con todo, von Pannwitz acabó huyendo desde Austria para unirse a los partisanos
chetniks (monárquicos y anticomunistas) serbios, y Domanov se refugió
igualmente en Leinz (Austria). La grandeza de algunos combatientes cosacos, que
seguía atrayendo a los occidentales, tocaba a su fin: los británicos tomaron
cerca de 30 mil prisioneros cosacos de guerra en Austria, y fueron entregados a
los soviéticos, de acuerdo con lo establecido en Yalta. Considerados como
desertores y traidores, muchos fueron pasados por las armas (Krasnov, Domanov y
von Pannwitz) y otros desterrados a tierras lejanas en Siberia. Los cosacos
prisioneros no pensaban que serían entregados por los británicos. Con
el desplome de la Unión Soviética, el ahora ex presidente Boris Yeltsin intentó
de algún modo rehabilitar las tradiciones cosacas, aunque ya convertidas en
motivo de atracción turística (como las “guardias montadas” para vigilar
las calles de San Petersburgo). Pero también hubo cosacos que, oponiéndose a
Yeltsin, defendieron el Parlamento Ruso del asalto armado de Yeltsin. Mientras
que en ese momento el líder comunista Guennadi Ziuganov llamaba a la calma y a
no ejercer la violencia, unos cuantos cosacos se confundieron con fuerzas de
extrema derecha (monarquistas y “nacional-bolcheviques”) para defender a
sangre y fuego el Parlamento.
En 1990 se formó la Unión de Cosacos Rusos, integrada en gran medida
por cosacos “soviéticos”, mientras que en 1991 vio la luz la Unión de
Huestes Cosacas en Rusia y el Extranjero, con los cosacos perseguidos durante la
época comunista, con frecuencia descendientes de excombatientes “blancos”
durante el periodo de la guerra civil. Cuando se pensaba que las proezas cosacas
habían quedado en el pasado, resurgieron con el desplome de la Unión Soviética.
Algunas comunidades cosacas, aunque se opusieran a la descolectivización de la
agricultura, comenzaron a reclamar un mayor dominio sobre sus recursos naturales
y sus riquezas. El renacimiento cosaco, que había comenzado en la primavera de
1990 con una reunión en Rostov (en noviembre de 1990 se reunió la Primera
Conferencia del Ejército del Don, que eligió al filósofo Mijaíl Mijáilovich
Shólojov –hijo del célebre escritor- como su atamán), reclamó una mayor
autonomía cultural, para que los cosacos pudieran tener sus propias escuelas,
la “Facultad cosaca” en la Universidad de Kubán, películas cosacas e
incluso una enciclopedia local. Desde 1991, asambleas populares cosacas
reclamaron establecer bancos y bolsas propios para financiar sus actividades,
aunque el reclamo no tuvo muchas repercusiones. Algunas reivindicaciones
probablemente hayan ido demasiado lejos: algunos cosacos llegaron a reclamar el
gobierno de una ciudad como Rostov, aunque no existiera allí una mayoría
cosaca, y lo mismo habría de valer para ciudades más pequeñas, como Krasnodar
y Stavropol. Los
cosacos buscaron enrolarse pronto en la defensa de las fronteras territoriales
étnicas rusas. En 1992, algunos se alistaron para defender a los rusos en
Moldavia, un territorio relativamente pequeño de la antigua Unión Soviética
que anida entre Ucrania y Rumania. En 1993, los cosacos entraron nuevamente en
acción, esta vez en el Caúcaso, para defender a la población de osetios
contra los ingushes: en el siglo XIX, los cosacos del Terek ya habían sido
aliados de los osetios. Algunos cosacos más acudieron a Bosnia en ayuda de los
serbios, a Abjazia y el Karabaj en el Caúcaso, y a Tayikistán, cuando en
agosto de 1998 las fuerzas de talibanes afganos se acercaron peligrosamente a la
frontera ex soviética. De igual forma, los cosacos se opusieron a una posible
devolución de las islas Buriles a Japón, ya que algunos de ellos habían
participado en el pasado en el descubrimiento de la región. Aún así, los
cosacos no consiguieron la plena confianza de Yeltsin y, ya en el conflicto con
Chechenia, las patrullas cosacas se dedicaron a una inveterada actividad: el
pillaje. Yeltsin, aún con demagogia electoral, dudó en hacerse de una guardia
pretoriana de cosacos. Quedaba el recuerdo de los últimos tiempos del régimen
zarista, entre 1905 y 1917, cuando los cosacos, convertidos en policía montada
de las ciudades, fueron empleados en varias ocasiones para reprimir
manifestaciones populares de descontento (por ejemplo en San Petersburgo), en
particular de obreros y campesinos. Boris Pasternak hubo de relatar las cargas
de cosacos contra multitudes descontentas en el libro autobiográfico El
salvoconducto, y también en uno de los primeros capítulos de El Doctor
Zhivago. Antes, los cosacos también participaban en ocasiones en los pogroms
contra los judíos. Por
lo demás, pronto se confirmó que algunos cosacos poderosos se encontraban
involucrados en los asuntos de mafias. Tuvo que llegar Vladimir Putin al poder
en Rusia para que el problema del estatuto cosaco volviera a plantearse, luego
de que, en 1920, Lenin anulara la condición especial de que gozaban estas
comunidades, sobre todo en la medida en que habían prestado ayuda a los
contrarrevolucionarios “blancos”. Aunque el estatuto especial les fue
devuelto en 1990, los cosacos esperaron que se les volviera a llamar a defender
a Rusia, y desde Putin (en particular, desde el año 2005) se les consagró como
“guardianes de frontera” (una modalidad del servicio militar profesional),
sobre todo en las cercanías del Caúcaso y ante la infiltración del terrorismo
checheno en las fronteras meridionales de Rusia.
En toda su historia, los cosacos siempre tuvieron que enfrentarse al
problema de las lealtades divididas, y, en ocasiones, incluso al doble juego con
el poder ruso, como el que llevara a cabo el caudillo Iván Stepanovich Mazzepa
(que inspirara una obra de Byron), que en el siglo XVIII sirvió a los invasores
suecos de Carlos XII contra Pedro el Grande. Aunque partidarios de los zares,
los cosacos, amantes de la libertad, siempre fueron tratados por los dueños de
Rusia con cierto recelo, aunque a la larga se convirtieran en una especie de
guardia pretoriana. Prueba de este recelo está en que el atamán de los cosacos
solía ser un ruso, y no un cosaco. Los
cosacos cumplieron con una labor de primer orden en la conquista de la inmensa
Siberia, aproximadamente al mismo tiempo que los conquistadores españoles se
adelantaban por el continente americano. Sin embargo, y pese a que avanzaban con
los íconos y emblemas religiosos por delante, los cosacos no emprendieron el
exterminio sistemático de las poblaciones que encontraban a su paso, ni
consiguieron realmente sojuzgarlas, pese a esporádicas escaramuzas e innegables
exacciones. A diferencia de lo que ocurriera en América, la conquista de
Liberia no se hizo con la espada por delante. Cuando
los cosacos del Don comenzaron a adentrarse en el oriente ruso, Cristóbal Colón
aún no había descubierto América, y su ruta marítima habría de ser más
corta que la que los cosacos emprendieran por la enorme masa terrestre
siberiana. Estimulado por la familia de comerciantes y aventureros Stroganov, el
cosaco Yermak Timofeyevich, apoyado por siervos exiliados y delincuentes en
fuga, fue el primero en explorar Siberia Occidental (hasta las vertientes
orientales de los Urales, palabra que en tártaro significa “cinturón”),
desde 1581, y en enfrentarse –lo que a la larga le costaría la vida- con las
bandas de tártaros islamizados asentados en la región. Muerto Yermak, los
cosacos prosiguieron, pese a las inclemencias de un medio con frecuencia inhóspito,
con su expansión por los cinco mil kilómetros que conforman la mayor masa
terrestre de la tierra (llegaron al Pacífico por el mar de Ojotsk, al norte de
Japón, en 1639). El ritmo de expansión de los cosacos en Siberia, desde que
Yermak la iniciara en 1581, llegaba hasta casi siete mil quinientos kilómetros
cuadrados al año. Interesados en el comercio de pieles, los cosacos fueron
adentrándose por el Lena (el cosaco Basilio Bugor fue considerado su
descubridor), y Piotr Beketov comenzó con la fundación de Yakutsk. Otros
cosacos llegaron hasta el Kolyma e incluso a Novaia Zemlia, en el extremo norte
de Liberia. Llegados por el sur hasta el río Amur, los cosacos se enfrentaron
ocasionalmente con los chinos. En 1648, Semyon Ivanovich Dezhnyov consiguió
rodear la península de Chukotka y atravesar el estrecho entre Siberia y Alaska:
logró demostrar así que el continente asiático no estaba unido por tierra a
América ni a la gran masa ártica, pero su informe fue guardado durante cien años
en los archivos de Yakutsk, hasta que Pedro el Grande enviara al danés Vitus
Bering para cartografiar la región. En todo caso, si hubo exacciones de los
cosacos en Siberia, fue en la medida en que no recibían ninguna paga y tenían
que recurrir al pillaje, como ya era habitual. Siempre en Siberia, los cosacos
llegaron hasta las orillas del río Amur, como habrían de hacerlo más tarde
hasta el Ussuri, desecaron enormes marismas, y a costa de un duro trabajo y
grandes sacrificios crearon nuevos campos de cultivo y de cría de ganado. Las
orillas del Amur podían ser el granero de Siberia. El cometido principal de
aquellas colonias de cosacos era el de defender los territorios recientemente
conquistados frente a las ambiciones chinas, aunque las comunidades cosacas
también habrían de recibir ayuda de jornaleros chinos. Con los cosacos vivían
condenados a destierro a Siberia. Finalmente, la paz entre rusos y chinos en el
Amur llegó con los Tratados de Nerchinsk (1689). La
Conquista y el conocimiento de Siberia no fue el único servicio que los cosacos
prestaron a los zares de Rusia. También se enfrentaron a los turcos en los
alrededores del mar de Azov, para beneficio de Pedro el Grande, se adentraron
por Asia Central hasta toparse con los británicos (los rusos albergaban la idea
de llegar hasta los mares cálidos, una idea que por cierto repetiría de la
manera más absurda el demagogo ruso Vladimir Jirinovski, a finales del siglo
XX), pero sobre todo sirvieron para luchar, desde las orillas del río Terek,
contra la resistencia de los pueblos montañeses del Caúcaso, como los
chechenos, ya en el siglo XIX. Fue en ese contexto que Lermóntov escribió,
además de Un héroe de nuestro tiempo, los versos de la Canción de cuna
cosaca. En la novela de Lermóntov, el “antihéroe” Pechorín, noble ruso,
conoce finalmente una guarnición de cosacos del Terek, luego de sus aventuras
por el Caúcaso. Por su parte, León Tolstoi también habría de inmortalizar a
los cosacos del Terek en su novela homónima, Los cosacos, donde el héroe (¿o
“antihéroe”?) noble ruso Olenín, cuyo desgano contrasta con el vigor de
sus huéspedes (que luchan contra los abreks chechenos), se enamora de la
muchacha cosaca Marianka. El
historiador John Ure explica esta fascinación que podían ejercer las cosacas:
“las mujeres en una stanitsa cosaca eran muy diferentes de sus congéneres
del norte de Rusia, explica Ure, y radicalmente opuestas a las mujeres que podían
encontrarse en un harén turco, más al sur. Las mujeres cosacas eran famosas
por su independencia y espíritu; participaban en los mismos trabajos que los
hombres y también compartían la camaradería en el campamento”. Las mujeres
debían criar a sus hijos, atender la agricultura y los negocios y cuidar los
bienes mientras sus maridos se encontraban en campaña militar, pero, en
ocasiones, familias enteras de cosacos seguían a las tropas con todas sus
pertenencias, y las mujeres llegaban a luchar junto con los hombres. Las mujeres
cosacas gozaban de libertades, trato igualitario y mucho respeto desde el siglo
XV, algo que para muchos se antojaba inimaginable. Las bodas cosacas eran una
auténtica fiesta, y muy especial por su manera de proceder: el novio, vestido
con la cherkessa, a caballo, acompañado por una docena de amigos, iba a
buscar a la novia a galope a través de la stanitsa, y disparaba al mismo
tiempo tiros de pistola al aire. La novia subía en un equipaje e iba a la
iglesia, escoltada por el novio y sus amigos. Luego de la ceremonia religiosa,
ya de por sí con la belleza del rito ortodoxo, se volvía a casa y comenzaba la
fiesta. En
el siglo XX, durante el periodo soviético, Shólojov escribió la novela más
larga que se haya escrito sobre los cosacos, El Don Apacible. En ella retrató
las contradicciones del cosaco del Don, Grigori Mélejov, que ora luchó con los
“rojos”, ora se convirtió en bandido, y que jamás terminó de idealizar,
sin llegar a mirar más lejos, el “tercer camino” que glorificaba las
comunidades cosacas de antaño y, además, lo aislaba del pueblo. El personaje
de Shólojov habría de ser un héroe popular, pero trágico.
Quizás una de las proezas más grandes de los cosacos haya sido el
servicio prestado al ejército ruso durante la invasión napoleónica, a
principios del siglo XIX. Como los franceses, el teórico prusiano de la guerra,
von Clausewitz, habría de asombrarse por el modo en que los cosacos se lanzaban
con la mayor ferocidad sobre la retaguardia de las tropas de París que se
retiraban en desorden y en pleno invierno de Rusia. La campaña rusa llegó
hasta la capital francesa, junto con los cosacos, y uno de ellos, el conde
Matvei Ivanovich Platov, habría de hacerse famoso entre los ingleses y desfilaría
con sus huestes en Hyde Park. En Londres, como antes en París, los legendarios
cosacos se habían convertido en una de las grandes atracciones del público que
asistía a los desfiles de la victoria contra Napoleón. Cuenta la anécdota que
Napoleón dijo en alguna ocasión, aunque pensara de ellos que eran poco menos
que salvajes: “denme 20 mil cosacos, y conquistaré a toda Europa y hasta el
mundo entero”. La respuesta de los cosacos del Don, por boca de sus atamanes
(jefes), habría sido ésta: “mande 20 mil francesas, y dentro de 20 años
tendrá 20 mil cosacos. Pero todos ellos van a servirle a Rusia”.
Si los cosacos no sirvieron siempre fielmente a los zares (del mismo modo
en que no lo había hecho Mazzepa), es en la medida en que llegaron a encabezar
varias revueltas campesinas que habrían de sembrar el miedo en la Rusia de la
servidumbre. Entre estas revueltas destacan las de Yemelian Pugachev y de Stenka
Razin, sobre las que habremos de detenernos aquí. Seguramente la revuelta del
segundo haya dejado una mayor estela que la del primero, al grado de inspirar la
legendaria canción de Stenka Razin.
La revuelta de Yemelian Pugachev contra las tropas rusas de Catalina la
Grande de Rusia (Catalina II) se produjo en el siglo XVIII. El cosaco del Don,
nacido en 1742, había peleado contra Federico el Grande de Prusia y contra los
turcos, hasta convertirse con el paso del tiempo en un bandido siempre fugitivo.
Hacia 1773, Pugachev aprovechó el descontento de los cosacos del Don, pero
sobre todo del Yaik (en los Urales), de muchos siervos rusos de la gleba
fugitivos y de los “viejos creyentes” religiosos ortodoxos para declararse
–lo que le valdría ser llamado “impostor”- zar y “Emperador Autócrata,
el Gran Señor Pedro Fedorovich de Todas las Rusias”, y para lanzarse en una
sublevación que habría de expandirse por el Volga y las riberas del Yaik, con
un número de rebeldes que llegaba hasta los 25 mil hombres. Catalina la Grande
decidió perseguir de modo implacable a Pugachev y salvó así la fortaleza de
Oremburgo. Derrotado por primera vez, Pugachev consiguió rearmarse y marchar
hacia Perm y Kazán, donde los cosacos se libraron al pillaje y el incendio de
la mayor parte de la ciudad. En 1774, Pugachev anunció que, desde Kazán,
marcharía hacia Moscú. Pero ya tenía un infatigable persecutor: el coronel
ruso Mijelson, que le siguió los pasos hasta derrotarlo en las cercanías de
los Urales. Entretanto, Pugachev había prometido a los siervos nuevos derechos
y la abolición de los impuestos, y había sembrado el terror entre los
terratenientes, como en Saransk, Penza y Saratov. Acorralado por Mijelson,
Pugachev finalmente tuvo que darse a la fuga: cuando se puso precio a su cabeza,
fue entregado a los rusos por el antiguo cosaco Iván Tvorogov. Enjaulado como
un animal, Pugachev, que en una de sus correrías se había negado a reconocer a
su propia familia (esposa e hijos) por seguir en el papel de “impostor”, fue
llevado a Moscú y ejecutado el 10 de enero de 1774, luego de ser mutilado,
estigmatizado y flagelado (aunque Catalina la Grande le otorgara la
“clemencia” de cortarle primero la cabeza), y los hijos inocentes del
rebelde fueron enviados a una fortaleza remota donde permanecieron encarcelados
durante más de 50 años. En su ira, Catalina la Grande rebautizó el Yaik (que
se convirtió en Ural), y muchos cosacos zaporogos y del Volga fueron obligados
a reasentarse en el Caúcaso, a lo largo del río Terek.
La revuelta de Pugachov habría de servir de marco para la novela de
Alejandro Pushkin, La hija del capitán, una historia romántica donde el héroe,
un noble ruso, acabaría entablando una extraña amistad con Pugachev, pese a la
crueldad de éste. Pushkin había estudiado con detalle la revuelta de Pugachev,
para escribir el trabajo científico Historia de la revuelta de Pugachev.
Curiosamente, el célebre autor ruso habría de retratar a un Pugachev
despiadado, pero también justo, talentoso y valiente, sagaz y humano. La hija
del capitán transcurre así, en buena medida, en la fortaleza de Belogorsk, no
lejos de Oremburgo y del cuartel de Pugachev en Berda, y no deja por cierto de
poner de relieve la traición de ciertos rusos y la constante deserción de los
cosacos a favor de Pugachev.
Más famosa que la revuelta de Pugachev habría de resultar la de Stenka
Razin, uno de los grandes héroes populares en la Rusia en la Rusia del siglo
XVII, y que tendría por escenario el Volga. Como ha escrito el historiador John
Ure, “la leyenda cobra fuerza con la simple mención del Volga, ya que este río
es en sí mismo una parte integral de la historia y la conciencia rusas”. Se
ha dicho que quien controla el Volga desde Yaroslavl (cerca de Moscú) hasta
Astraján (en el mar Caspio) controla de hecho la Rusia europea: el primero en
conseguirlo fue Iván el Terrible. La revuelta de Razin dio lugar a canciones de
taberna y relatos apócrifos, pero una de esas canciones habría de perdurar
hasta hoy en la memoria.
Stenka Razin tuvo pronto razones para enfrentarse con la autoridad
zarista, ya que su hermano Iván, miembro leal de un regimiento de cosacos del
Don, se convirtió en desertor y fue capturado y colgado por los rusos. Razin se
convirtió en pirata del Volga, para descender río abajo hasta Astraján y, con
cerca de 20 mil hombres, dedicarse al pillaje contra los persas en el Mar
Caspio. Ya se había atraído la enemistad de Moscú e intentó,
infructuosamente, buscar la protección del sha de Persia. Siguió con la
piratería en el Caspio hasta que prácticamente fue derrotado por los hombres
del sha. Con todo, Razin ya había ganado una enorme popularidad en Astraján.
Desde 1670, Razin comenzó a acariciar nuevas ambiciones: descontentos por la
sobrecarga de impuestos, los pequeños granjeros buscaban refugio entre los
cosacos; lo mismo hacían soldados sin paga y “viejos creyentes” (raskolniks),
enemistados con un patriarca reformador que pretendía modificar los rituales
tradicionales de la Iglesia ortodoxa rusa. Todos ellos, junto con tártaros,
bashkires, kalmicos y otros, terminaron por engrosar las desorganizadas filas de
Razin, que decidió lanzarse Volga arriba y asediar Tzaritsin (la futura
Volgogrado y Stalingrado) con éxito. Cayeron más ciudades: Kamishin, Saratov y
Samara, al igual que Penza y Tambov. En su campaña, Razin había conformado un
“ejército” de cerca de 250 mil hombres. La respuesta de Moscú sería
implacable en Simbirsk, en el cauce superior del Volga, y que era en muchos
sentidos la llave que conducía a Kazán, Nizhni-Novgorod, Vladimir y Moscú.
Aunque el asedio de Razin fue prolongado, las tropas zaristas, con los streltsi,
mosqueteros regulares y disciplinados, resistieron. El “populacho” que
acompañaba a Razin sufrió fuertes bajas, y el caudillo tuvo finalmente que
darse a la fuga con una pequeña escolta de jinetes cosacos. La Iglesia y el
Estado pusieron precio a su cabeza y comenzó una persecución despiadada.
Fueron cosacos leales al zar –y a traición, como solía ocurrir en las
rebeliones campesinas de antaño- los que capturaron a Razin y lo llevaron
encadenado a Cherkassk. De ahí fue enviado con su hermano Frolka a Moscú,
donde fue paseado engrilletado sobre un carro. No hubo juicio. Luego de soportar
las peores torturas, Razin fue ejecutado, y entre 1671 y 1672 se abatió sobre
el Volga una represión implacable, donde los nobles boyardos que tanto odiaba
el caudillo cosaco se cobraron las afrentas recibidas. El zar decidió mejorar
la paga de los soldados, luego de percatarse de la poca fiabilidad de los streltsi
en las guarniciones del Volga. Para John Ure, Stenka Razin dejaría en todo caso
“un legado que se convertiría en parte indisoluble no sólo del folclore sino
también del propio carácter ruso”. En adelante, “para bien y para mal,
habría un poco de Stenka Razin en cada ruso y mucho en cada cosaco”.
Vassili Shukshin retrató mejor que nadie, ya en el siglo XX, las
características de la rebelión de Razin en la novela Je suis vennu vous
apporter la liberté. Irascible, Razin difícilmente toleraba el servilismo, y
no entendía como los mismos siervos que se le habían unido solían retroceder
a la hora de enfrentarse con las tropas zaristas, pero sobre todo con una
Iglesia temida. Furioso, Razin acabó por atacar los íconos, grandes símbolos
de la ortodoxia rusa, y por granjearse de este modo la animosidad o el temor de
muchos de quienes lo seguían. Amante de la libertad y al mismo tiempo cruel y
justiciero, Razin no siempre era capaz de comprender las contradicciones del
“populacho” que formaba su ejército, como acabó por no comprender las
propias contradicciones de los cosacos que lo entregaron, cansados como estaban
de la lucha contra el zarismo.
Los cosacos siempre han resultado fascinantes en la historia rusa, como
estamento militar y como protagonistas de grandes sublevaciones campesinas en un
pasado ya lejano. Fue sin duda entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial que
su aureola se vino abajo, aunque hayan resurgido con algunas de sus
reivindicaciones con la caída de la Unión Soviética. Un auténtico renacer
cosaco se antoja difícil, aunque este estamento siga ofreciendo, hasta hoy, sus
servicios de guardafronteras a Moscú. Y es que la misma Rusia, durante el siglo
XX, dejó en un “gran salto” de ser un mundo predominantemente rural, para
convertirse en uno urbano donde los cosacos apenas pueden ser una pieza de museo
y un motivo de atracción turística. 3. Bibliografía -Bréhéret, Yves.
Les cosaques. Balland, Paris, 1972. -Laqueur, Walter.
La Centuria Negra. Anaya & Mario Muchnik. Barcelona, 1995. -Lermóntof. Un héroe
de nuestro tiempo., Espasa-Calpe, Madrid, 1962. -Portisch, Hugo.
La Siberia que he visto. Plaza & Janés, 1972. -Pushkin,
Alejandro. La hija del capitán. Raduga, Moscú, 1975. -Semionov, Yuri.
Siberia. Conquista y exploración del venero económico de Oriente, Labor,
Barcelona, 1958. -Shólojov, Mijaíl.
El Don Apacible. Progreso, Moscú, 1975. -Shukshin,
Vassili. Je suis venu vous donner la liberté Raduga, Moscú, 1984. -Svidine, Nicolas.
Le secret de Nicolas Svidine. Robert
Laffont, Paris, 1973. -Tolstoi, León.
Los cosacos. Sebastopol. Relatos de guerra. Porrúa, México, 1985. -Ure, John. Los
cosacos. Ariel Pueblos, Barcelona, 2002. Autor: Dr. Marcos Cueva
Perus Instituto de
Investigaciones Sociales Universidad
Nacional Autónoma de México México Contactar
e-mail: cuevaperus@yahoo.com
Publicación enviada por Dr. Marcos Cueva Perus Contactar mailto:cuevaperus@yahoo.com.mx Código ISPN de la Publicación EEkFVAkuEADSliinyG Publicado Tuesday 9 de August de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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