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Monografias | El lenguaje y la configuración de la realidad: del Timeo al Tractatus Logico-PhilosophicusEl lenguaje y la configuración de la realidad: del Timeo al Tractatus Logico-PhilosophicusResumen: “Los discursos se encuentran emparentados con aquellas cosas que explican” sostuvo Platón en su Timeo. “La sintaxis lógica que articula el lenguaje no es en rigor sino un reflejo de la sintaxis lógica que articula el mundo” supuso Wittgenstein en uno de sus más famosos escritos tempranos. Para el primer filósofo, el fundamento de la realidad sensible sólo se vislumbra a través del mito, cuya imperfección constitutiva ejemplifica la misma naturaleza de lo explicado. Veinticinco siglos de reflexión filosófica más tarde, la teoría wittgensteniana del isomorfismo entre lenguaje y mundo a partir de la postulación de la iconicidad lingüística vuelve a insistir en esa misma dirección. “Los
discursos se encuentran emparentados con aquellas cosas que explican” sostuvo
Platón en su Timeo. “La sintaxis lógica
que articula el lenguaje no es en rigor sino un reflejo de la sintaxis lógica
que articula el mundo” supuso Wittgenstein en uno de sus más famosos escritos
tempranos. Para el primer filósofo, el fundamento de la realidad sensible sólo
se vislumbra a través del mito, cuya imperfección constitutiva ejemplifica la
misma naturaleza de lo explicado. Veinticinco siglos de reflexión filosófica más
tarde, la teoría wittgensteniana del isomorfismo entre lenguaje y mundo a
partir de la postulación de la iconicidad lingüística vuelve a insistir en
esa misma dirección. Correspondencia y
reflejo son términos comunes, aunque
no compartan el mismo fundamento ontológico. La
preocupación por aprehender el mundo y la mediación del lenguaje en la tradición
filosófica –como obstáculo o herramienta– será el tema del presente
trabajo. La
distinción entre “imagen” y “modelo” que el personaje platónico Timeo
efectúa en el pasaje 29b-c del Timeo[1]
antes de comenzar con la historia mítica de los orígenes del mundo y
de la Humanidad permite identificar dos tipos de relaciones: en primer lugar, la
relación de “participación, presencia y comunicación” producida entre el
mundo sensible y el mundo inteligible de acuerdo con la Doctrina de las Ideas ¾según
la cual existen Ideas universales, inmortales e incorruptibles que otorgan
fundamento ontológico a las entidades particulares sensibles¾;
en segundo lugar, el vínculo que entabla el discurso de los mortales con su
referente extrasígnico, el cual reproduce la relación modelo-copia que los
particulares entablan con las Ideas. De esta manera, en este pasaje aparecen dos
“niveles de recursividad” entre copia y modelo dentro del pensamiento platónico.
Timeo
sostiene que “los discursos son del mismo orden que las cosas que explican”.
Por lo tanto, los discursos sobre lo que es “permanente y estable” serán
ellos mismos “permanentes e inmutables” mientras que los discursos “sobre
lo hecho a imagen de otro (...) no podrán ser más que verosímiles. Y la
explicación que ofrece es la siguiente: "como el hablar de las cosas
divinas está por encima de nuestras fuerzas, debemos creer a quienes en tiempos
pasados tuvieron noticia de las mismas y que podrían llamarse descendientes de
los dioses, obteniendo de sus antepasados su seguro conocimiento. Y no nos está
permitido negar la fe a los hijos de los dioses, aunque su enseñanza pueda no
ser verosímil ni desmostrable de modo cierto"[2].
Para expresar lo indecible, Timeo acude a un “mito paracientífico” –de
acuerdo con la taxonomía de Frutiger– y expone su teoría cosmológica. Critias
también hará uso del mismo recurso relatando el mito genético de la Atlántida
y explicará el origen de la polis postulando un gobierno ideal semejante el
planteado en República. Timeo
reconoce que, siendo un hombre, sólo puede aspirar a la “verosimilitud”
sobre la génesis del mundo, nunca a la verdad, y que la forma más adecuada
para hablar del modelo inmutable del cual el mundo surgió es el mito (eikós lógos o eikós mythos).
De acuerdo con éste, el mundo fue generado temporalmente a partir de un modelo
eterno que fue contemplado por el Demiurgo, cuyo asiento fue brindado por el
receptáculo o chóra. “Todo lo que
nace, nace necesariamente por la acción de una causa (...) Todas las veces que
el Demiurgo, con sus ojos sin cesar puestos en lo que es idéntico a sí, se
sirve de un modelo de tal clase (...) todo lo que de esta manera produce es
necesariamente bello”[3].
Este artífice miró “el modelo que es idéntico a sí, y uniforme” y no el
“modelo generado o nacido”, y como “era imposible adaptar enteramente esta
eternidad a un Mundo generado (...) su autor se preocupó por hacer una especie
de imitación móvil de la eternidad”[4].
¿Por qué Platón recurre a un mito para explicar la génesis del mundo? ¿Se
tratará de un método didáctico para explicar ideas abstractas mediante metáforas
e imágenes gráficas? ¿Por qué emparenta mythos
y logos? Porque así como las entidades sensibles o empíricas son una versión
imperfecta de la Idea inteligible, el lenguaje también es una copia verosímil,
no verdadera, de su objeto; por definición el lenguaje per se no es capaz de dar cuenta cabalmente del origen del universo;
este argumento implícito otorga validez al mito cosmogónico –plausible, pero
no verificable– que Timeo construye. De esta manera, “el mito rompe con la
demostración dialéctica (...) se revela como el único que puede hablar de
ciertas cosas (...) no es un método para buscar la verdad sino un medio para
exponer lo verosímil (...) interviniendo allí donde la dialéctica se revela
inoperante”[5].
El estatus epistemológico del discurso mítico es respaldado por el mismo Sócrates,
quien luego de la explicación de Critias acerca del “imperio maravilloso”
que “se abismó en el mar” opina que tal mito “No se trata de una leyenda
construida por capricho sino de una historia verdadera”[6].
La
cuestión que se plantea es la siguiente: ¿cómo hablar filosóficamente del
devenir, sometido en su incesante cambio a la causalidad ciega de la necesidad?
Si este devenir tiene demasiado de irracional para que se le aplique un
razonamiento riguroso, ¿en qué radica la legitimidad del mito? La
validez del mito se basa en la oportunidad que ofrece de transformarse en el único
camino viable para internarse allí donde la dialéctica tropieza, lo cual es
plenamente coherente con la Doctrina de la Ideas, ya que Platón contradiría su
teoría si esbozara una cosmogonía –cuyo modelo es una Idea perfecta–
apelando a la “verdad” y no a la verosimilitud. Cuando
se trata de dar razón del orden visible, imagen o símil de lo inteligible, no
queda más que contentarse con un discurso o relato verosímil. Por
otra parte, el lenguaje aparece como un fenómeno
del mundo, por lo tanto es evidente que su capacidad explicativa acerca de
las entidades inteligibles será deficiente. Aceptar
las afirmaciones precedentes implica aceptar
la imposibilidad de reproducir algún tipo de verdad dentro del ámbito
humano, no sólo sobre la generación del mundo, sino sobre la naturaleza del
nivel superior o fundamento que todas las cosas “imitan”. “El uso de la
palabra se compara por analogía con la producción de imágenes, para
distinguirse así de la visión directa de las cosas”[7].
El mejor ejemplo de esta afirmación son los interrogatorios socráticos –aporéticos,
como única alternativa– que
ejemplifican el impedimento de definir una Idea sin acudir a ejemplos empíricos
o a un lenguaje apropiado para un mundo sujeto al devenir, dificultad que obliga
a una perífrasis permanente. De
esta manera comprobamos que el pasaje 29b-c no sólo señala la opacidad
inmanente del lenguaje sino la limitación intrínseca del conocimiento humano,
la cual motiva la explicación mítica desarrollada en el monólogo de Timeo. Para
Hegel, la actitud de Platón es más poética que filosófica, de tal modo que
para entender sus tesis filosóficas se hace necesario rebasar la forma
literaria. En efecto, para Hegel la verdadera forma en que existe la verdad es
únicamente el sistema científico. El
parentesco entre los objetos y los signos, entre el referente y su simbolización,
se asemeja a la concepción nominalista “primitiva” que Ludwig Wittgenstein
criticaba en las Confesiones agustinianas,
al decir que San Agustín consideraba que “Es el objeto el que está en la
palabra”[8].
Si bien Timeo no refiere estrictamente
al significado, al señalar el vínculo obligado entre la naturaleza de la
palabra y el referente extrasígnico, rechaza la concepción del lenguaje
entendido como producto de una convención. Por ello podemos decir que en el
pasaje 29 b-c se deduce que el lenguaje alberga la capacidad de ser producto mimético
de un referente –en este caso el mundo sensible– por encontrarse los
discursos “emparentados con aquellas cosas que explican”.
Aristóteles,
por el contrario, sostiene en su Poética que
“Los objetos que los imitadores representan son acciones efectuadas por
actores (...) los imitan mejores o peores de lo que nosotros somos”. La
tragedia pinta a los hombres “peores de lo que son” y la comedia
“mejores”[9].
Si bien Platón también advierte sobre la posibilidad de que lo poetas realicen
una “buena” o una “mala” mímesis en los libros II, II y X de República,
en el segundo capítulo de la obra citada Aristóteles acentúa el carácter de
artificio, desviación y desfiguración propio de la palabra; sin embargo
resulta fundamental establecer una diferencia –haciendo uso de las categorías
propuestas por la Escuela de Praga, en particular por Roman Jakobson– ya que
en el pasaje 29 b-c Platón se restringe exclusivamente a la función
referencial del lenguaje y Aristóteles, en los primeros capítulos de su Poética,
se limita a caracterizar la función expresiva o poética. Definición,
origen y reflexiones acerca del uso de los mitos en Platón Anteriormente
explicamos que Platón
emplea mitos alegóricos, genéticos y paracientíficos con el objetivo de
manifestar sus ideas centrales ante la imposibilidad de expresar algunos temas
fundamentales mediante el logos. Sin
embargo, la
noción de “mito” que hemos heredado de los griegos pertenece a una tradición
de pensamiento que es propia de Occidente y en la que el mito se define por lo
que no es, en una doble oposición a lo real (el mito es ficción) y a lo
racional (el mito es absurdo). En griego, mythos
designa un discurso formulado, ya se trate de un relato, un diálogo o la
enunciación de un proyecto. El mythos
pertenece, por lo tanto, al orden del legein.
El logos, por el contrario, sitúa su acción sobre el espíritu a otro
nivel diferente al de la operación mimética (mímesis) y la participación
emocional (sympátheia). Se propone establecer la verdad después de una
investigación escrupulosa. Es
muy significativo que la misma oposición entre lo mythodes –lo maravilloso propio de la expresión oral y de los géneros
poéticos– y el
alethinós logos –el discurso verídico– se encuentre también entre los
filósofos y conlleve en ellos una actitud análoga con respecto al mythos
asimilado en su forma narrativa a un cuento de viejas (mythos
graós, como aparece en Gorgias).
Por ejemplo, cuando Platón en el Sofista
trata de descalificar la tesis de sus predecesores eleatas o heracliteos, les
reprocha el haber utilizado, a modo de demostración, el relato de
acontecimientos dramáticos, de peripecias y trastornos imprevistos: “Me dan
la impresión de que nos cuentan mitos, como si fuéramos niños”, sostiene. El
significado mismo de mito designa un género especial de historias. El uso de la palabra mito, tanto
en el lenguaje de los griegos como en el nuestro, presenta multitud de aspectos,
pero la pregunta fundamental que ésta nos plantea es la verdad del relato que
encierra. La
tesis de Pieper[10]
es que Platón considera como verdad intangible el contenido de los mitos. El
primer argumento en contra de esta afirmación es de Karl Reinhardt: estas
historias no pasan de ser un puro juego mental porque no existe la fe en los
helenos. La opinión de Reinhardt no es la única, ya antes Leibniz había
declarado que "los gentiles no conocieron ningún artículo de fe".
Finalmente, Karl Prumm afirma que el mito era una doctrina "libre" que
nunca estuvo sujeta a una autoridad que lo proclamara o que lo guardase
oficialmente. Pieper, por su parte, cree que valdría la pena distinguir entre
“algo verdadero” y una “verdad histórica”. Por ejemplo: un creyente
cristiano no tiene por "realidad histórica" al relato bíblico de la
creación ni al relato sobre el paraíso, y no obstante posee la certeza de que
en tales historias se dice algo intangiblemente verdadero. Además, para el
hombre antiguo el mito no estaba sujeto a ninguna autoridad "docente
oficial". La
oposición entre el mythos y el logos, en el doble plano de las formas de
expresión y de los modos de pensamiento, es una tradición marcada por el sello
del racionalismo. Pero no por esto el mito es un recurso caprichoso o
arbitrario, sino plenamente coherente con la teoría del conocimiento que
subyace en la Doctrina de las Ideas, paradigmáticamente expresada en la sexta
parte de la República por medio del
esquema de la línea dividida. Isomorfismo
entre lenguaje y mundo: el modelo tractariano Ludwig
Wittgenstein postuló en su Tractatus
Logico-Philosophicus una tesis ontológica sobre los constituyentes últimos
de la realidad. La obra citada aplica consistentemente el método analítico,
aunque él reconoce la prioridad a Frege y Russell. Partiendo de la suposición
de la prioridad ontológica del pensamiento sobre el lenguaje, le interesó
estudiar la relación de los pensamientos con el mundo y con el conocimiento. "De
lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio"[11]
dice Wittgenstein. ¿Qué quiere decir esta aseveración? Quiere decir que el
mundo exterior existe como un grupo de hechos, que a su vez están constituidos
cada uno por distintas configuraciones (para este filósofo sus componentes se
representan por proposiciones elementales, lógicamente independientes entre sí)
y que cuando tratamos de describir el mundo en cualquier lenguaje, científico o
no,
surge la duda de si lo que decimos
realmente corresponde a lo que el mundo es, o sea, nuevamente el problema de
las relaciones entre el lenguaje y las configuraciones de la realidad que
intenta describir, como veíamos a propósito de Timeo.
En ambas obras, lo que deseamos conocer es
la verdadera naturaleza de tal correspondencia, pero estamos condenados a
lograrlo de manera indirecta, porque sólo podemos expresarla por medio del
lenguaje. Wittgenstein
postula que los lenguajes, para ser significativos, deben poseer una estructura
idéntica. Todo ello nos lleva (inconscientemente) a imaginar un lenguaje ideal,
un lenguaje perfecto que sea la traducción perfecta de la constitución de la
identidad del mundo. A partir de esta presuposición, Wittgenstein plantea la
cuestión del isomorfismo. La
teoría figurativa del lenguaje afirma que una proposición es una figura, es
decir, una representación de un hecho. Y lo es porque entre la proposición y
el hecho existe un “isomorfismo” que nos hace ver que poseen una misma
estructura, el mismo tipo de relación en sus términos. Wittgenstein pone el
siguiente ejemplo: el disco gramofónico,
el pensamiento musical, la notación musical, las ondas sonoras, están todos,
unos respecto a otros, en aquella interna relación figurativa que se mantiene
entre lenguaje y mundo. Sin embargo, esta tesis enfrenta a Wittgenstein con un
presupuesto indemostrable, que es precisamente el isomorfismo... La
evidencia del mundo se expresa a sí misma en el hecho de que el lenguaje sólo
puede referir a él, y así lo hace. Dado que sólo a partir de su significado,
del mundo deriva el lenguaje el modo en que significa, no es concebible ningún
lenguaje que no represente este mundo. Según Wittgenstein, al delimitar a qué
cosas me puedo referir, delimito también el mundo; a eso se refiere con su
conocida afirmación: “los límites de mi lenguaje señalan los límites de mi
mundo”. Las posibilidades que la realidad admite están prefiguradas, a priori, en las posibilidades lógico sintácticas de las palabras
que configuran el signo proposicional: “las representaciones son, ellas
mismas, hechos modalmente isomorfos a los hechos que representan”[12]
(337) Una proposición elemental verdadera corresponde plenamente a la realidad:
no sólo sus palabras nombran objetos reales, sino que la particular posibilidad
lógico sintáctica con arreglo a la cual se ha configurado el signo
proposicional configura igualmente a los objetos. Breve
corolario Frente
a los límites del conocimiento humano, asomándonos al borde de nuestra
aprehensión racional, la solución platónica radica en contentarse con el símbolo
que el mito expresa, confiando en la Idea trascendente que lo sustenta. Para el
filósofo analítico, nuestro único escudo de lucha contra la ignorancia es
refugiarnos en el solipsismo.¨ Autora: Lic.
Marisa E. Martínez Pérsico Universidad
de Buenos Aires Universidad
de Salamanca Trabajo
realizado para el curso de Análisis de Textos de Filosofía Griega dictado
por el Dr. Pablo García Castillo (Universidad de Salamanca, 2004/2005) Todos
los derechos reservados. Se
permite la reproducción parcial con
mención del autor. v
Bibliografía
utilizada. Aristóteles
(1999) Poética. Buenos Aires: El
Aleph. Droz,
Genevieve (1993) Los mitos platónicos.
Barcelona: Labor. García
Carpintero, Manuel (1996) Las palabras,
las ideas y las cosas. Barcelona: Ariel filosofía. Leszl,
Walter Gabriele (2003) “¿Por qué formas? Sobre algunas de las razones por
las que Platón concibió la hipótesis de las formas inteligibles” en Di
Camillo, Santa Cruz (ed.), Lecturas sobre
Platón y Aristóteles VI, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras. Marcos,
Graciela (1997) “Sobre la naturaleza dialéctica del relato verosímil del Timeo”
en Revista Venezolana de Filosofía N°35.
S.R. Pieper,
Joseph (1984) Sobre los mitos platónicos.
Barcelona: Editorial Herder. Platón
(1996) Timeo. Madrid: Aguilar. Ross,
David (1997) Teoría de las Ideas de Platón.
Madrid: Cátedra. Valdés
Villanueva, Luis (1991) La búsqueda del
significado. Madrid: Tecnos. Wittgenstein,
Ludwig (1988) Investigaciones filosóficas.
México: UNAM. ----------------------------
(1997) Tractatus Logico-Philosophicus.
Traducción
castellana de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera. Madrid: Alianza Editorial [1]
Platón (1966) Timeo. Madrid: Aguilar. [2]
Ross, David (1997) Teoría de las
Ideas de Platón. Madrid: Cátedra. pp.152-153. Fragmento traducido por
el autor. [3]
Platón, Ibídem, 28a, 24.
[4]
Platón, Ibídem, 27d, 15. [5]
Droz, Geneviève (1993) Los mitos platónicos.
Barcelona: Labor. pp.10-11. [6]
Platón, Ibídem, 26e, 23. [7]
Leszl, Walter Gabriele (2003) “¿Por qué formas? Sobre algunas de las
razones por las que Platón concibió la hipótesis de las formas
inteligibles” en Di Camillo, Santa Cruz (ed.), Lecturas
sobre Platón y Aristóteles VI, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y
Letras, p.61. [8]
Wittgenstein, Ludwig (1988) Investigaciones
filosóficas. México: UNAM, 1988, p.17. [9]
Aristóteles, Poética (1999)
Buenos Aires, El Aleph, p.7. [10]
Pieper, Joseph (1984) Sobre
los mitos platónicos. Barcelona: Editorial Herder. p.27 [11]
Wittgenstein,
Ludwig (1997) Tractatus
Logico-Philosophicus. Traducción
castellana de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera. Madrid: Alianza Editorial.
p.71 [12]
García
Carpintero, Manuel (1996) Las palabras, las ideas y las cosas. Barcelona: Ariel filosofía. p.
337 Publicación enviada por Lic. Marisa E. Martínez Pérsico Contactar mailto:marisamar@fullzero.com.ar Código ISPN de la Publicación EEkVVpAlpVOQIqyKDP Publicado Wednesday 31 de August de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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