Monografias | Realismo maquiavélico: praxis política y praxis vitalRealismo maquiavélico: praxis política y praxis vitalResumen: “Lo útil como sinónimo de bien” es una frase que podría perfectamente resumir la clave del pensamiento maquiavélico contenido en cualquier compendio o manual de teoría política. Sin embargo, Nicolás Maquiavelo no fue solamente un teórico de la praxis política sino un filósofo, un moralista y un autor de ficción. Sus concepciones del bien, del mal y de la utilidad trascienden el mero ámbito de la gobernabilidad porque su literatura didáctica –bajo la forma de tratados u obras dramáticas– exceden la paideia del príncipe y pasan a transformarse en exemplum del comportamiento virtuoso que todo hombre y toda mujer deberían practicar en la esfera pública y privada: esto último se desprende del análisis de su comedia La mandrágora, muy en sintonía con los preceptos esbozados en El príncipe, como intentaré demostrar. “Siempre
que he visto un ser vivo he encontrado voluntad de poder; hasta
en la voluntad del siervo encontré voluntad de ser señor. Al
más débil le induce su voluntad a servir al más fuerte, porque esa
voluntad quiere dominar lo que es más débil aun: se trata de un
placer del que no quiere privarse” Friedrich
Nietzsche, Así habló Zaratustra “El
ansia de conquista es sin duda un sentimiento muy
natural y común” “Lo
útil como sinónimo de bien” es una frase que podría perfectamente resumir
la clave del pensamiento maquiavélico contenido en cualquier compendio o manual
de teoría política. Sin embargo, Nicolás Maquiavelo no fue solamente un teórico
de la praxis política sino un filósofo, un moralista y un autor de ficción.
Sus concepciones del bien, del mal y de la utilidad trascienden el mero ámbito
de la gobernabilidad porque su literatura didáctica –bajo la forma de
tratados u obras dramáticas– exceden la paideia
del príncipe y pasan a transformarse en exemplum
del comportamiento virtuoso que todo hombre y toda mujer deberían practicar
en la esfera pública y privada: esto último se desprende del análisis de su
comedia La mandrágora, muy en sintonía
con los preceptos esbozados en El príncipe,
como intentaré demostrar. Sin
embargo –y esto es lo que Francis Bacon más admiró del escritor
florentino– su obra no sólo se rige por el imperativo del “deber hacer”
sino que se construye en base a lo que los hombres “efectivamente hacen”.
Maquiavelo, gracias a su agudeza de observación, supo transformarse en cronista
de su época y extraer de la experiencia aquellas conductas que coronaron el éxito
de sus protagonistas para inmortalizarlas y educar así a una sociedad que
necesitaba salir del estancamiento económico, político y social practicando
una virtud muy peculiar. Por
supuesto que el concepto de virtù
que subyace en la obra maquiavélica debe leerse a la luz de los nuevos tiempos,
en los albores de la Modernidad y en el seno de la conflictiva realidad
italiana; para comprenderla necesitamos despojarnos de escalas de valores anacrónicas
como la areté helénica, la pietas
latina o la virtud cristiana. La
simetría que existe entre la moral pública y la privada en la obra de Nicolás
Maquiavelo, en mi opinión, no se ha estudiado lo suficiente gracias a la
prioridad concedida a su teoría realista sobre el origen del Estado y la
conservación del poder. Esta es la causa de la siguiente diferencia que
tradicionalmente se ha señalado entre Hobbes y Maquiavelo: la
obra del empirista inglés también tiene una pretensión teórica pero se
diferencia de la del italiano en que su estudio parte de la naturaleza,
abarcando ámbitos más amplios y no sólo políticos. Por
el contrario, yo considero que Maquiavelo
no se limita sólo a efectuar planteos políticos en sus obras sino que muestra
a todas luces cómo concibe la naturaleza o condición humana aunque no bajo el
rótulo de un ensayo filosófico a manera de los empiristas modernos o del escéptico
Montaigne, sino que la hace aparecer de manera subliminal en la interacción de
personajes arquetípicos que dialogan en su teatro. El género dramático
–cuya etimología griega significa acción–,
tal como lo concibe Maquiavelo, pone en escena aquellos comportamiento sociales
que se reproducen fuera del escenario; esto le permite al espectador objetivar
esas conductas y a la obra trascender el mero espectáculo. El
análisis comparativo que esbozaré en este trabajo parte el supuesto de que el
teatro, desde su concepción como fenómeno dionisíaco en la antigua Grecia
hasta la teoría del distanciamiento de Bertold Brecht, cumple una función
social, una función didáctica y se transforma en vehículo eficaz de
adoctrinamiento. En el caso del teatro realista de Maquiavelo, no podemos
limitarnos a una lectura inmanente, dada la coherencia que existe con su teoría
política. El teatro y la vida, en este caso, se encuentran íntimamente
ligados. Es
por eso que resulta necesario acercarse a Maquiavelo desde un enfoque
multidisciplinar que abarque la filosofía, la política, la historia, la
literatura y la educación. Para Atilio Boron “es
por eso que Maquiavelo es un clásico de la teoría política: alguien cuya obra trasciende las
limitaciones de tiempo y geografía, y cuyas palabras poseen el raro don de la
permanente contemporaneidad. Esta actitud de aproximarnos a la teoría y la
filosofía políticas desde el aquí y el ahora, se asienta sobre dos supuestos.
Por un lado, el radical convencimiento de que la misión de la filosofía –y
muy especialmente la filosofía política– es transformar el mundo y no sólo
contemplarlo. La famosísima tesis onceava de Marx sobre Feuerbach constituye un
axioma fundamental de nuestro trabajo en este campo. La reflexión filosófico-
política de Maquiavelo obedecía a la misma inspiración; en su caso, liberar a
Italia de la dominación extranjera y del yugo de la Iglesia romana”.[1] Por
otra parte, las
implicaciones de filosofía y literatura vienen de lejos y han constituido un
capítulo importante de la propia filosofía. “Los griegos (...) reflexionaron
ampliamente sobre el significado, legitimación y alcance de la poesía y el
drama; en Kant, y sobre todo en Schelling y Hegel, el arte, que incluye de lleno
la literatura, es no ya un campo de reflexión para la filosofía, sino un órgano
de expresión de la verdad misma”[2].
La
obra de Maquiavelo se halla inscripta en su tiempo. Como sostiene Pipkin, “a
la estructura de pensamiento de Maquiavelo le corresponde una estructura histórica
que le sirve de sustento y le otorga sentido”[3].
El individualismo y el realismo, nuevas
concepciones acerca del hombre y la naturaleza respectivamente, asociadas con
las nuevas experiencias de la economía mercantil y los cambios en los sistemas
políticos –tanto las que se fueron desarrollando en las ciudades como las
acciones de las monarquías en el proceso de centralización– modificaron
concepciones tradicionales sobre la política y el ejercicio del poder.
Maquiavelo logró llevar al terreno de las ideas sistemáticas las experiencias
que se fueron desarrollando en este campo. En
lo que respecta a la tradición, resulta necesario inscribirlo como continuador
de la línea iniciada por Guillermo de Ockham y como precursor de las ideas de
Hobbes. El
nominalismo de Ockham socavó los fundamentos de la filosofía y la teología
medieval porque asestó “el golpe de gracia a la escolástica, al considerar
los universales como términos, conceptos de la mente separados de las cosas
sensibles, limitando el conocimiento a lo individual, la única realidad
cognoscible es la que viene revelada por la experiencia, revalorizando las
ciencias experimentales y separando la filosofía de la teología.”[4]
Esto implicó deslindar la teología de la política, dejar de concebir a esta
última como tarea pastoral, sustituir una fundamentación teológica de la política
por una fundamentación racional de la misma. Recordemos que la teoría política
autorizada por el momento era la de Santo Tomás de Aquino, contenida en La
monarquía. Al igual que Ochkam, también Marsilio de Padua fue perseguido
por la autoridad eclesiástica y se refugió en la corte del emperador Luis de
Baviera. A éste le preocuparon fundamentalmente las relaciones entre el Estado
y la Iglesia. Escribió el Defensor pacis
donde, bajo la influencia de Aristóteles, considera el surgimiento y desarrollo
de la sociedad civil desde la naturaleza, presentando las bases de la
independencia con respecto a la Iglesia. El gobierno es elegido por el pueblo y
no puede haber dos cabezas, de manera que la cabeza religiosa debe ser
decapitada. Al
escribir El príncipe, nuestro autor
se propuso explicar cuáles habían sido las razones del hundimiento político-militar
florentino e italiano en manos de los «bárbaros» y ofrecer alternativas para
la regeneración política de Italia, que se encontraba dividida en pequeños
Estados que combatían entre sí. Asimismo, en el interior de diferentes
ciudades se producían disturbios civiles tales
como regicidios. Maquiavelo ve a Italia
esclavizada, oprimida, desorganizada,
castigada, despojada, encarnecida, invadida Y
la solución para estado tan catastófico no podía ser otro que una
medida de fuerza: el uso controlado de la crueldad con el objetivo de
mantener unidos a los súbditos, el cinismo (entendiendo el término en sentido
vulgar), faltar a la palabra dada si es preciso y emular a las bestias si se
necesita, especialmente las cualidades del zorro y del león. “Las
pasiones que inclinan a los hombres hacia la paz son el temor a la muerte; el
deseo de aquellas cosas que son necesarias para una vida confortable” sostiene
Hobbes en su clásico Leviatán. Esto
significa que el valorar y el obrar humanos están regidos por el utilitarismo y
el egoísmo, y que la sociedad surge de un acuerdo artificial basado en el
propio interés que busca la seguridad por temor a los demás. La teoría de la
conservación del poder político de Maquiavelo es el más claro antecedente del
pensamiento de Hobbes acerca del egoísmo humano. En
la dedicatoria
de El príncipe aparece el método
empleado para elaborar la teoría política basada en el “conocimiento de las
acciones de los hombres, adquirido gracias a una larga experiencia de las cosas
modernas y a un incesante estudio de las antiguas” (4)
porque para Maquiavelo “La
experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son
precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a
los demás con su astucia y reído de los que se han confiado en su lealtad los
únicos que han realizado grandes empresas” (88). Francis
Bacon dijo que la mayor virtud de Maquiavelo fue la de haber sido el primero que
describió y tuvo en cuenta lo que los hombres hacían en la vida política y no
lo que debían o decían hacer. Es decir: construyó su ciencia a partir de la
experimentación y la observación en consonancia con los principios de la
Historia natural que Bacon propuso más tarde en La
gran restauración. En
el vigésimo cuarto capítulo aparecen las causas por las que los príncipes de
Italia perdieron sus Estados: el rey de Nápoles y el duque de Milán, por
ejemplo, cometieron el error de no organizar sus milicias. Para Maquiavelo, el
arte de la guerra debe ser la principal preocupación de un príncipe ya que
“el estar desarmado hace despreciable” (74). Para sostener el gobierno es
fundamental levantar un ejército respetable y presentar batalla puesto que “a
los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos (...) La ofensa que se haga al
hombre debe ser tal que le resulte imposible vengarse” (13). Maquiavelo llegó
a tal conclusión tras observar conductas de reyes como Luis de Francia o de
ciudadanos que ascendieron al poder por talento como Francisco Sforza –duque
de Milán– y César Borgia, conocido como el duque Valentino. Con respecto a
mantener una buena milicia, pone como ejemplo a Filipo, el padre de Alejandro
Magno. El
capítulo noveno presenta una caracterización de los principados eclesiásticos
que me parece clave para entender el concepto maquiavélico de “poder” y la
singular definición de “virtud” o “bien” que subyace en su teoría política,
los cuales resultan coherentes con las lapidarias observaciones que aparecen en La
mandrágora acerca de la curia. Maquiavelo distingue los principados civiles
de los eclesiásticos en cuanto a su naturaleza, ya que en los principados
eclesiásticos no es necesario conservar el poder porque: “se conservan (...)
dado que se apoyan en antiguas instituciones religiosas que son tan potentes y
de tal calidad que mantienen a sus príncipes en el poder sea cual fuere el modo
en que éstos procedan y vivan. Estos son los únicos que tienen Estados y no
los defienden, súbditos y no los gobiernan” (58) Según Maquiavelo, éstos
son principados seguros y felices, “inspirados por el señor”. Es decir:
mantener el status quo, en esta clase de principados, no implica esfuerzo ni
vocación; no obstante, funcionan bien. En
lo que concierne a las costumbres del clero, encontramos aquí las mismas críticas
del erasmismo hacia los
abusos de la Iglesia: los monjes hipócritas, los clérigos ambiciosos y las
ceremonias huecas. Pero la crítica no está puesta en las tachas morales de los
prelados “por sí mismas”, ya que el bien maquiavélico no se mide en términos
de virtud cristiana, sino en las consecuencias que tales excesos acarrean en el
bienestar y la unión del país. La
mandrágora:
la dimensión didáctica del teatro maquiavélico El
teatro es una puesta en acto de ciertos cuestionamientos que no pueden ser
capturados a través del logos filosófico, sino que son actuados poéticamente;
en este sentido, el teatro constituye un topoi
de problematización y reflexión. En Grecia, fue una emergencia histórica.
“El teatro no es meramente un hecho estético, es, ante todo, un hecho político,
en tanto productor de efectos, en tanto transformador de la vida personal y
socio-cultural de un pueblo. Hay en el teatro un cierto poder de transformación,
una capacidad de abrir horizontes de sentido y cosmovisiones nuevas. Tal es su
dimensión política primera, más allá de los vínculos históricos que el
teatro griego pueda tener con la democracia ateniense”[5].
Voltaire
fue otro moderno que veía que la literatura podía servir como vehículo para
modificar la sociedad de entonces, por eso escribió sátiras sarcásticas y
escritos filosóficos donde expresó su odio a la tiranía e hipocresía del
cristianismo. Y Bertold Brecht, en el siglo veinte, consideró al teatro como
una vía de distanciamiento crítico capaz de permitir al espectador asumir un
compromiso social. Desde
sus comienzos se caracterizó por una radical oposición a la forma de vida y a
la visión del mundo de la burguesía y, naturalmente al teatro burgués,
sosteniendo que sólo estaba destinado a entretener al espectador sin ejercer
sobre él la menor influencia. Brecht, desarrolló una nueva forma de teatro que
se prestaba a representar la realidad de los tiempos modernos, y se encargó de
llevar a escena todas las fuerzas que condicionan la vida humana. Hasta el fin
de su vida sostuvo la tesis de que el
teatro podía contribuir a modificar el mundo. Su llamado teatro épico, narrativo, continua apuntando en
las escenificaciones de hoy a provocar la conciencia crítica de espectadores y
actores. Teniendo
en cuenta las apreciaciones que aparecen en El
príncipe acerca de los prelados, apuntadas en el apartado anterior, me
interesa ver cuál es el concepto religioso que subyace en La
mandrágora y de qué modo éste se vincula con el contexto socio-histórico
de producción y recepción del texto. Sin embargo, como afirma Ruben Dri, es
necesario tener en cuenta la diferencia entre la religión como fenómeno
socio-cultural y la Iglesia como institución. La religión o el fenómeno
religioso es una forma de conciencia social cosmovisiva que da sentido. La
Iglesia, por el contrario, es una institución que ejerce o pretende ejercer el
monopolio de la cosmovisión religiosa. Las críticas que Maquiavelo
efectúa a la Iglesia en el capítulo noveno de su obra paradigmática no van
dirigidas a la religión como tal. Para Maquiavelo, no sólo no está mal que
los pueblos sean religiosos, sino que la religión es uno de los fundamentos de
la buena marcha de un Estado. El problema es la
corrupción de la religión, sobre todo en su cabeza, en aquellos que se
presentan como sus pastores. “Las
disensiones y disputas entre los nobles son originadas por la ambición de los
prelados” (61) sostiene en El príncipe.
Sin embargo, la religión será buena o mala en la medida en que sea políticamente
útil o inconveniente y para Maquiavelo está claro que, mientras la religión
antigua, la romana, era políticamente eficaz al promover la virtù
política del ciudadano, la religión cristiana en su manifestación histórica
es más bien inútil e incluso nociva. A ello y también a la Iglesia, asentada
en Roma, hace responsables Maquiavelo en buena parte del hundimiento político y
la corrupción de Italia. La
mandrágora
(Mandragola, 1518), es una sátira de las costumbres florentinas de la época
considerada la mejor comedia italiana del siglo XVI y una de las más valiosas
del Renacimiento. Su nombre se debe a una planta herbácea de olor fétido cuyas virtudes son
conocidas desde tiempos remotos a la que se atribuía virtudes mágicas y era
empleada para sus maleficios por los hechiceros de la antigüedad. La fama de la
mandrágora no resulta del todo ajena a la trama del relato, así como tampoco
lo son algunos de los nombres propios elegidos por Maquiavelo, que resultan una
prolongación de las cualidades morales de los personajes en cuestión. Porque
el objetivo del autor de esta comedia es, en mi opinión: moralizar. La
ubicación espacio-temporal coincide con las circunstancias de vida del autor:
transcurre en Florencia, a principios del siglo dieciséis. Y podemos reconocer
otra semejanza con la realidad. Uno de los personajes, Messer Nicia,
el marido de Lucrecia, sostiene que “En
esta tierra no hay más que gente mezquina y no se aprecia virtud alguna (...)
Así van las cosas en esta tierra, quien no tiene un patrimonio que le venga de
los padres no encontrará perro que le ladre, y no sabemos hacer otra cosa que
ir a los funerales o a las reuniones cuando hay un casamiento o pasarnos todo el
día sentados en el banco del Procónsul holgazaneando.” (14) Esta es la misma
queja que aparece en El príncipe: la ineptitud que gobierna la ciudad, la falta de
virtud de los políticos entendiendo “virtud” en sentido maquiavélico: como
habilidad defensiva, uso de la maldad “necesaria” o justificada por las
necesidades concretas –la prioridad del cálculo político–,
el reconocimiento y uso de la oportunidad haciendo abstracción de los componentes morales y de la
referencia trascendente de la virtud cristiana. El argumento de la obra gira en
torno a la esterilidad de un matrimonio (Lucrecia-Messer Nicia) y al anhelo
compartido de tener un hijo. Calímaco se ha enamorado de Lucrecia y piensa el
modo de favorecer un acercamiento. Conociendo el deseo de la pareja, junto con
su amigo Ligurio, arman un plan que consiste en engañar a Messer Nicia hablándole
de los poderes curativos de la mandrágora para fertilizar a su mujer. Sin
embargo, luego de beber una dosis del jugo de la planta, le informan que el
primer hombre que se acueste con su esposa morirá, con lo cual el matrimonio
debe aceptar un tercero que ocupe el lugar de Nicia por una vez. En este engaño
toma partido un fraile: NICIA:
Debo convencer a mi mujer, y no creo que jamás lo consienta. CALÍMACO:
Decís verdad. Sin embargo a mí no me gustaría ser marido, si luego no puedo
convencerla de hacer lo que yo quiero. LIGURIO:
Yo encontré el remedio. NICIA:
¿Cuál? LIGURIO:
Persuadirla a través del confesor. CALÍMACO:
¿Quién se arreglará con el confesor? LIGURIO:
Tú, yo, el dinero, nuestra astucia y picardía y la codicia de él. (...) LIGURIO:
Está bien. Ahora dadme, si tenéis, veinticinco ducados; en estos casos, es
menester ganar y amigarse con el fraile pronto y darle esperanzas de mejores
recompensas. NICIA:
Tómalos, el gasto no me molesta pues ya sabré economizar por otro lado. LIGURIO:
Estos frailes son muy taimados y astutos y es normal, pues ellos conocen
nuestros pecados y los suyos propios De quien hablan es de Fray
Timoteo, a quien podemos tomar como arquetipo de clase. Cabe señalar que la
etimología griega de “Timoteo” indica
el espíritu o enviado de Dios, y la etimología latina implica temeroso
de Dios. En ninguno de los casos se trata –precisamente- de este fraile.
Las elecciones de los nombres, como dije anteriormente, no son azarosas; tampoco
en el caso de Lucrecia, como veremos luego. El uso de la ironía en los
siguientes fragmentos hace aun más eficaz la crítica: LIGURIO:
Debéis persuadir a la abadesa para que le dé a la niña una poción que la
haga abortar. FRAILE:
Esto hay que pensarlo. LIGURIO:
¿Cómo que hay que pensarlo? Pensad en todo el bien que resulta de esto: vos
salváis el honor del monasterio, de la niña, de los parientes, le devolvéis
una hija a su padre, complacéis a Messer Nicia y a tantos otros parientes, y
daréis tantas limosnas como pueden darse con los trescientos ducados; y por
otro lado, no ofendéis más que a un trozo de carne nonata, sin sentidos, que
de mil maneras puede perecer, y yo creo que es bueno aquello que beneficia a más
gente y contenta a más. FRAILE:
Así sea, en nombre de Dios. Haré lo que queréis, y que todo sea por Dios y
por la caridad. Decidme cuál es el monasterio, dadme la poción y, si os
parece, aquel dinero; así podré comenzar a hacer algún bien. LIGURIO:
Ahora reconozco que sois el religioso que yo creía. (...) LIGURIO:
La mujer con quien acabo de hablar me ha dicho que la niña abortó por sí
sola. FRAILE:
Bueno, entonces esta limosna se me hizo humo. LIGURIO:
¿Qué decís? FRAILE:
Digo que ahora tenéis más razón que nunca para donar esa limosna. En
El príncipe, Maquiavelo sostiene que
todo
hombre que quiera hacer “profesión de bueno” es inevitable que se pierda
entre tantos que no lo son. Por lo cual es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser
bueno, y a practicarlo o no de acuerdo con la necesidad. Sin embargo, es
esencial, para no cometer excesos y ganar enemigos innecesarios, practicar la
hipocresía: el
príncipe debe “parecer” la clemencia, la fe, la rectitud y la religión
misma. Este mismo proceder es el que rige la conducta de los personajes de la
comedia maquiavélica; el grado de “virtud” de sus comportamientos inmorales
(es decir: el grado de utilidad) es garantizado por el éxito que tienen gracias
al engaño, el cinismo, la hipocresía, el egoísmo y la ambición de la que
hacen uso. En La mandrágora no existe
el “principio de justicia poética” del teatro lopesco, gracias al cual el
maniqueísmo que domina la obra se resuelve finalmente en favor de “los
buenos”. Por el contrario, el que triunfa aquí es aquel que confabula contra
su prójimo en favor de propio bienestar. FRAY
TIMOTEO, solo FRAILE:
Yo no entiendo quién engaña a quién. Ese crápula de Ligurio vino con aquella
primera historia para tentarme y para, si yo la aceptaba, inducirme más fácilmente
a ésta; si yo no aceptaba aquélla, no me hubiera contado ésta para no
descubrir sus planes inútilmente; y la otra, que era falsa, les llevaba sin
cuidado. La verdad es que me han engañado; no obstante, de este engaño sacaré
bastante provecho. Messer Nicia y Calímaco son ricos, y a cada uno por
distintas razones se le puede sacar mucho dinero; es mejor que el asunto se
mantenga secreto, pues les importa tanto a ellos como a mí que no se divulgue.
Sea como sea, no me arrepiento. Además es cierto que no dudo que haya
dificultades, pues Madonna Lucrecia es prudente y buena pero yo la engañaré
justamente por el lado de la bondad. Y todas las mujeres, al final, tienen poco
seso y son cortas de entendimiento; y apenas aparece una que sabe hablar,
presume de ello pues en tierra de ciegos el tuerto es rey. Ahí viene con su
madre, que es una golfa, y que me ayudará mucho para conseguir mis propósitos. Sin embargo, el mayor paralelo
que podemos encontrar entre la virtud del gobernante esbozada en El
príncipe y la virtud privada es la que aparece en el siguiente fragmento,
en el cual es claro reconocer el trillado eco maquiavélico de que “el fin
justifica los medios”, el principio del cálculo político que vale aquí para
cualquier ciudadano: FRAILE:
Pero volvamos a lo que estaba diciendo antes. En cuanto a vuestra conciencia,
vos debéis tomar como norma general la de que, donde existe un bien cierto y un
mal incierto, nunca hay que renunciar al bien por miedo al mal. El bien cierto aquí es que vos quedaréis encinta y que procuraréis
un alma para Dios nuestro Señor; el mal incierto es que muera aquél que se acueste con vos después de
tomar la poción, pero sucede a veces que no mueren. Sin embargo, dado que
la cuestión es dudosa, será mejor que Messer Nicia no corra ese riesgo.
En cuanto al acto en sí, que sea pecado es una fábula, pues es la voluntad la
que peca y no el cuerpo y, además, la causa del pecado es contrariar al
marido, y vos lo complacéis; es causa de placer, y a vos os da disgusto. Y,
además el objetivo debe ser visto en todas las cosas: vuestro objetivo es
llenar una silla en el paraíso y complacer a vuestro marido. Dice la Biblia que
las hijas de Lot, cuando creyeron que se habían quedado solas en el mundo,
copularon con su padre y, como la intención fue buena, no pecaron. Os juro,
Madonna, por este pecho consagrado que, en conciencia, el obedecer en este caso
a vuestro marido es tan pecaminoso como comer carne el miércoles, que es pecado
que se lava con agua bendita. LUCRECIA:
¿Adónde me queréis llevar, padre? FRAILE:
Quiero llevaros a cosas que os darán motivo para rezar siempre a Dios por mí,
y esto os dará más satisfacción dentro de un año que ahora.[6] Un príncipe no debe preocuparse
porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto el
mantener unidos y fieles a los súbditos, sostiene Maquiavelo en El
príncipe. Y aquí se alude a que “el objetivo debe ser visto en todas las
cosas”. No importa comportarse como bestia si se conserva el poder; tampoco
importa la muerte de un hombre si la suprema meta de Niceo y Lucrecia –engañados–
es tener un hijo. Tanto la praxis política
como la praxis vital, en los escritos maquiavélicos, son ajenas a la moral e
independientes de ella. En el siguiente fragmento también
se hace patente la ironía hacia el oficio eclesiástico, en el cual podemos
reconocer el eco erasmista mencionado: FRAILE:
No he podido cerrar un ojo en toda la noche, de puro deseo de saber cómo les ha
ido a Calímaco y a los otros. Y así he matado mi tiempo con varios menesteres:
he rezado maitines5
2,
leído una vida de los Santos Padres, fui a la iglesia y encendí una lámpara
que estaba apagada, le he cambiado el velo a la Virgen que hace milagros... ¡Cuántas
veces he dicho a estos frailes que la tengan limpia! Y después se asombran si
falta devoción. Recuerdo el tiempo en que había quinientos exvotos
y
hoy no hay más que veinte... ¡la culpa la tenemos nosotros que no hemos sabido
conservarle la reputación! Cada tarde solíamos salir en procesión después de
rezar completas, y cada sábado hacíamos cantar letanías. Nos dedicábamos
totalmente a esto, para que se viesen exvotos recientes, consolábamos en las
confesiones a los hombres y a las mujeres para que hiciesen promesas. Ahora no
se hace nada de eso, ¡y después se asombran si las cosas se enfrían! Ah, ¡qué
poca cabeza tienen estos frailes míos! Así como el fraile lleva un
nombre que funciona como prolongación de las cualidades morales del personaje,
lo mismo sucede con Lucrecia, cuyo nombre hace alusión a la famosa mujer romana
conocida por su fidelidad, mencionada por Tito Livio en muchas ocasiones. Como
veremos en el siguiente párrafo, esta virtud no existe en la esposa: LUCRECIA:
Puesto que tu astucia, la estupidez de mi marido, la simpleza de mi madre y la
perversidad de mi confesor me han llevado a hacer algo que por mí sola nunca
hubiera hecho, juzgo que esto ha sido una disposición celestial que así lo ha
querido y no soy quién para rechazar aquello que el cielo quiere que acepte.
Por lo tanto te tomo por señor, amo, guía; tú serás mi padre, mi confesor y
también quiero que seas mi felicidad; y aquello que mi marido quiso por una
noche, lo quiero para siempre. Te harás su compadre y vendrás esta mañana a
la iglesia y de allí irás a almorzar con nosotros; y el ir y el venir dependerán
de ti y podremos vernos a toda hora y sin sospecha. La
mandrágora
termina con final feliz: el fraile con dinero, Calímaco amante de una mujer
casada, Lucrecia infiel, Nicia a la espera de un hijo y con la conciencia limpia
aun por la muerte de un joven. Todos han colocado “el objetivo por sobre todas
las cosas” y sorteado con éxito los obstáculos. El último parlamento
corresponde al fraile, quien invita a entrar a todos a la iglesia e ir a misa
para decir la oración prevista. Además
del análisis precedente, existen interpretaciones alegóricas que ven en Calímaco
(que podría ser Lorenzo II de Médicis) al padre de una nueva república, a sus
tentativas para conquistar a la amada como la vida política, a Messer Nicia
como Soderini (o los príncipes italianos con poca virtud, prudencia, ánimo y
falta de virtud política) y a Lucrecia como representación de Florencia (crédula
con Savonarola y fiel –mientras pudo- a Soderini)[7].
La
conclusión que se desprende del análisis comparativo de La mandrágora y El príncipe,
a la luz del contexto político y de la política positiva que concibe
Maquiavelo, es que su
ética no es solamente una ética para el gobernante sino una ética para el
hombre común. Maquiavelo no sólo se limita a efectuar planteos políticos en
sus obras sino a retratar la condición humana; como diría Hobbes, el
hombre es un lobo para el hombre, en sentido genérico. ¨ Autora: Lic.
Marisa E. Martínez Pérsico Universidad
de Buenos Aires Universidad
de Salamanca Trabajo
realizado para el curso de Filosofía Moderna dictado por el Dr.
José Luis Fuertes Herreros (Universidad de Salamanca, 2004/2005) Todos
los derechos reservados. Se
permite la reproducción parcial con
mención del autor. ¨
Atilio
Boron (1999) Teoría y Filosofía Política.
La tradición clásica y las nuevas fronteras. Buenos Aires: CLACSO/EUDEBA. ¨
Rubén
Dri (1996) Autoritarismo y democracia en la Biblia y en la Iglesia. Buenos
Aires: Editorial Biblos. ¨
AA.VV.
(2002), Fortuna y virtud en la república democrática. Ensayos sobre
Maquiavelo. Buenos Aires: CLACSO - Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. ¨
María
Cecilia Colombani (1999), Teatro, historia y antropología. Una aproximación al corazón del
ritual dionisíaco. Buenos Aires: Universidad de Morón. ¨
AA.VV.
(2000) Filosofía y literatura.
Salamanca: Sociedad Castellano-leonesa de filosofía. ¨
Nicolás
Maquiavelo (1513/1971) “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”,
en Obras políticas. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales. ¨
--------------------------,
Del arte de la guerra. Madrid:
Editorial Tecnos. ¨
--------------------------,
El Príncipe–La Mandrágora. Madrid:
Editorial Cátedra. ¨
J.L.Fuertes
Herreros, “La Suma de la Lógica de Guillermo de Ockam y el nominalismo”.
Material obligatorio de la cátedra Filosofía Moderna, Universidad de
Salamanca, primer semestre 2004/2005. ¨
Thomas
Hobbes, Leviatán.
Material obligatorio de la cátedra Filosofía Moderna, Universidad de
Salamanca, primer semestre 2004/2005. ¨
Francis
Bacon. La gran Restauración. Material
obligatorio de la cátedra Filosofía Moderna, Universidad de Salamanca, primer
semestre 2004/2005. [1]
AA.VV. (2002) Fortuna
y virtud en la república democrática. Ensayos sobre Maquiavelo. Buenos
Aires: CLACSO - Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Pg. 167 [2]
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Pg. 186 Publicación enviada por Lic. Marisa E. Martínez Pérsico Contactar mailto:marisamar@fullzero.com.ar Código ISPN de la Publicación EEkVVpAuVAxiAPvhrj Publicado Wednesday 31 de August de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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