Monografias | Un análisis sobre el ensayo “Una experiencia religiosa” de Sigmund GreudUn análisis sobre el ensayo “Una experiencia religiosa” de Sigmund GreudResumen: Es evidente que expondré algunas observaciones personales surgidas después de la lectura del ensayo de S. Freud, titulado “Una experiencia religiosa”. Esta
supuesta entrevista fue muy leída y
me procuró, entre otras, la siguiente carta
de un médico americano. Una
experiencia religiosa – Sigmund Freud Es
evidente que expondré algunas observaciones personales surgidas después de la
lectura del ensayo de S. Freud, titulado “Una experiencia religiosa”. Aunque
se trata de un escrito pequeño que no presenta mayores dificultades en su
texto, informo que utilizaré la traducción de Luis López Ballesteros y de
Torres, tomo XIV de las Obras Completas de Freud, de Editorial Iztaccihuatl S A,
México D F., páginas 309 a 313. Freud
inicia su discurso informando que cierto periodista publicó una entrevista a él
nunca efectuada. A raíz de esto, recibe cartas de lectores, entre otras la de
un médico americano que transcribiré a continuación y de la que se sirve como
base para elaborar su conjetura. La
carta del médico estadounidense (supongo que a eso se refiere al decir
americano) dice: “...Lo que más
me ha impresionado ha sido su respuesta a la pregunta de si creía en una
subsistencia de la personalidad después de la muerte. Según el informador,
habría contestado usted secamente: Eso me tiene sin cuidado. Le
escribo hoy para comunicarle un suceso vivido por mí el año mismo en que
terminaba mis estudios universitarios. Una tarde que me encontraba en el quirófano,
encontraron el cadáver de una anciana y lo colocaron sobre una de las mesas de
disección. Hondamente impresionado por la expresión de serena dulzura de aquel
rostro muerto, pensé en el acto: No, no hay Dios; si hubiera un Dios, no habría
permitido que una mujer tan bondadosamente amable viniera a la sala de disección. Al
regresar luego a casa, abrigaba la firme decisión de no volver a entrar en una
iglesia. Las doctrinas del cristianismo me habían inspirado ya antes graves
dudas. Pero
cuando me hallaba reflexionando sobre todo esto, surgió en mi alma una voz que
me aconsejó meditar mi resolución. Mi razón respondió a esta voz: Si alguna
vez adquiero la certeza de que los dogmas cristianos son verdaderos y de que la
Biblia es la palabra de Dios, los aceptaré sumisamente. En
los días siguientes, Dios hizo sentir claramente a mi alma que la Biblia es la
palabra de Dios, que todo lo que nos enseña sobre Jesucristo es verdad y que
Jesús es nuestra única esperanza. Desde entonces, Dios se me ha revelado con
otros muchos signos inequívocos. Como
“hermano médico” (brother physician) le ruego que medite sobre cuestión
tan esencial y le aseguro que si lo hace sinceramente, Dios revelará a su alma
la verdad, como a mí y a otras muchas personas...” A
continuación del texto de la carta, Freud realiza algunos comentarios sobre su
respuesta al médico. Le habría informado que se alegraba de que haya
conservado su fe. Luego dice que: “Dios no había hecho tanto por mí... y si
no se daba ya mucha prisa –teniendo en cuenta mi avanzada edad- no sería
culpa mía si seguía siendo hasta el fin, lo que ahora era: an infidel jew”. Avanzando
apenas unos párrafos nos encontramos con sus primeras apreciaciones en procura
de “intentar su explicación” ya que la carta le resulta interesante. Explica
que el médico, por su carrera “no podía ignorar estas y otras miserias”,
que “Dios permite cosas más fuertes que la de que una mujer de rostro simpático
acabe en una sala de disección”. Y
se pregunta: “¿Por qué su rebelión hubo de estallar precisamente al
experimentar aquella impresión ante el cadáver de la anciana?”. Avanzando
en la lectura informa sobre un error de su propia memoria al citar en una
discusión la carta, diciendo que el médico habría escrito que: “El rostro
de la anciana le había recordado el de su propia madre”. Advirtiendo
que la carta no contenía nada semejante informa que: “me di enseguida cuenta
de ello, pero precisamente este error de memoria constituye la explicación que
se nos impone al leer las palabras con las que el sujeto describe a la anciana
(sweet faced dear old woman). El afecto despertado por el recuerdo de la madre
es el responsable de la debilidad de juicio demostrada en aquella ocasión por
el médico”, asevera para luego agregar: “nos fijaremos también en las
palabras “hermano médico” ”. Más
adelante dice: “Podemos, pues, representarnos el proceso en la siguiente
forma: La visión del cuerpo desnudo (o que ha de ser desnudado) de una mujer
que le recuerda a su madre, despierta en el joven la nostalgia de la madre,
procedente del complejo de Edipo y completada en el acto por la rebelión contra
el padre. La imagen del padre y la de Dios no se encuentran aún muy separadas
en él, y el deseo de la muerte del padre puede hacerse consciente como duda de
la existencia de Dios y quererse legitimar ante la razón como indignación por
el maltrato inflingido al objeto materno... Durante el conflicto... no se aduce
argumento ninguno para la justificación de la idea de Dios ni se dice tampoco
con qué signos inequívocos hubo de demostrar Dios su existencia al sujeto,
desvaneciendo sus dudas... El combate interior tiene de nuevo en el terreno
religioso su desenlace, predeterminado por el complejo de Edipo: Una completa
sumisión a la voluntad de Dios-padre”. Hasta
aquí, de manera prácticamente completa, el contenido y conclusión del análisis
de Freud. Al
leerlo anoté algunas observaciones. Una de ellas fue la siguiente afirmación:
“...su carrera hace suponer que no podía ignorar estas y otras miserias. Y
entonces, ¿por qué su rebelión contra Dios hubo de estallar precisamente al
experimentar aquella impresión ante el cadáver de la anciana?”. Resulta
que ello es sólo parcialmente correcto. El médico dice claramente que: “Las
doctrinas del cristianismo me habían inspirado ya antes graves dudas”. De
aquí podemos inferir que no se trata de la primera rebelión; nos habla de
“graves dudas” anteriores. Desconocemos como fueron las anteriores posibles
rebeliones a las cuales el médico no hace específica referencia; pero no
podemos asegurar que no hayan existido. Tomando
debida nota de este hecho podemos permitirnos pensar que bien pudiera ser que la
rebelión narrada sólo tenga de particular su resolución y no su escenario. Es
el propio médico el que nos dice que hubo otras rebeliones, “graves dudas”,
“ya antes”; no nos habla del escenario en que surgieron (pudieran ser
situaciones similares); tampoco nos comenta su resolución en aquellas
oportunidades. Me
parece claro que Freud se apresura al decir que la situación estalló
“precisamente al experimentar aquella impresión”. Hemos visto que “ya
antes” se había rebelado de alguna forma contra el Dios-padre. Otro
elemento que también llamó mi atención fue la rápida conclusión que realiza
como resultado de su propio error al decir ante terceros que al médico “El
rostro de la anciana le había recordado el de su propia madre”, concluyendo
que “me di enseguida cuenta de ello, pero precisamente este error de memoria
constituye la explicación que se nos impone al leer las palabras con las que el
sujeto describe a la anciana (sweet faced dear old woman). El afecto despertado
por el recuerdo de la madre es el responsable de la debilidad de juicio
demostrada en aquella ocasión...”, para luego agregar: “nos fijaremos también
en las palabras “hermano médico” ”. Veamos
esto por parte. Una posible traducción de la frase “sweet faced dear old
woman” es: “dulce rostro de la querida anciana”. Esto sobre la base de
darle a la palabra “dear” el significado de “querida”. Pero la realidad
es que “dear”, dentro del lenguaje coloquial es traducible también como:
Apreciado/a, Estimado/a. De hecho, cuando escribimos una carta en inglés
podemos encabezarla diciendo: “Dear Fulano” o sea “Estimado (o Apreciado)
Fulano”. No tiene necesariamente un matiz ligado a lo familiar o lo amado. De
esta forma podemos ver que el médico habría expresado tan sólo lo siguiente:
“dulce rostro de la apreciada (o estimada) mujer”, donde “dear” se
utiliza en un mero sentido formal, no vinculante sentimentalmente. Así
carece de sustento la razón que quiere apoyarse en una supuesta evocación al
recuerdo materno. El
otro punto es la referencia a la cita de “hermano médico”. Aquí
es obligatorio recordar que el escritor de la carta es un cristiano. Nos bastará
leer el consejo que el propio Jesús estableció para sus seguidores:
"Ustedes no se hagan llamar Rabí; porque uno solo es su Maestro, y todos
ustedes son hermanos” (Mateo 23:8). También
las palabras de uno de sus discípulos: “Así que el dicho se difundió entre
los hermanos de que aquel discípulo no habría de morir...” (Juan 21:23). O,
para finalizar, las palabras del apóstol Pedro frente a 120 seguidores
reunidos: “Hermanos, era necesario que se cumpliesen las Escrituras...”
(Hechos 1:16). Es constante el empleo del término “hermano/s” en los
Evangelios y muy especial y frecuentemente en las epístolas apostólicas, para
hacer referencia a la comunidad cristiana o a alguno de sus miembros. Así,
es claro que la costumbre entre los cristianos de llamarse hermano, no es nueva.
La vemos hoy mismo en algunos predicadores cuando al entregarnos algún folleto
o al llamar a nuestra puerta para predicarnos, aun sin pertenecer nosotros a su
religión, nos llaman también “hermanos”. Estos
elementos no parecen estar debidamente atendidos por Freud. Hasta
aquí algunos detalles interesantes que permiten arribar a otra lectura del
relato expuesto por el médico, diferente de la realizada por Freud. Sin
embargo, ciertos enunciados del ensayo me hicieron pensar que este nuevo enfoque
sobre el mismo podía (y debía) ser ampliado. Llamaron
mi atención los siguientes: El error de
memoria: “El rostro de la anciana le había recordado el de su propia
madre”. Me inclino a pensar que aquí no se descubre un recuerdo del médico
sino un sentimiento del propio Freud respecto de su madre (Amalia), siendo
él el que piensa en ella imaginándola muerta a partir de la escena
descripta en la carta en cuestión. La confesión
indirecta de su propia rebelión ante el Dios-padre al decir: “Dios no había
hecho tanto por mí... no sería culpa mía si seguía siendo hasta el fin,
lo que ahora era: an infidel jew (un judío infiel)”. Por último
debo resaltar la similitud que encontré entre la exposición del médico
sobre su conversión y las palabras del padre de Freud escritas en una
Biblia que le regaló. Este hecho lo descubrí después de recolectar la
información a que haré referencia seguidamente. En
lo particular, el error de memoria señalado me impulsó a preguntarme: ¿El
relato del médico no lo estará llevando a Freud a evocar a su propia madre?;
¿Cómo era la relación entre Freud y su madre?; ¿No habrá algo en ella que
lo lleva a proyectar sobre el galeno un sentimiento sólo vinculado a si mismo?. Este
cuestionamiento me estimuló a procurarme información a través de un buscador
en Internet. Para mi fortuna, colocando entre comillas la frase “la madre de
Freud”, me encontré con el sitio Psicoanálisis de Mary Isabel Videla. La
URL es http://www.geocities.com/athens/parthenon/9581/index.htm. En
ella aparece una breve pero interesante difusión del contenido del libro
“Freud, Una cronología diferente de sus relaciones personales”, de las
autoras Mary Isabel Videla y Doris Hajer, Universidad de la República, Facultad
de Psicología, Área de Psicoanálisis, Montevideo, Uruguay, 1ª edición 1996. Entre
otras cosas, pude extraer lo siguiente sobre Amalia Nathansohn: “La madre de
Freud era una mujer cariñosa, enérgica y dominante, que tuvo una influencia
decisiva en su vida...”. Martín, el hijo de Freud la recuerda como “una típica
judía polaca, con todas las deficiencias que ello supone. No era en modo alguno
lo que nosotros llamaríamos una dama; tenía un temperamento enérgico y era
impaciente, obstinada, de ingenio agudo y sumamente inteligente”... Judith
Bernays, sobrina de Freud, que vivió mucho tiempo con su abuela materna,
escribió: “Amalia Freud imponía su voluntad en cuestiones pequeñas y
grandes, era temperamental, enérgica, inflexible... con los íntimos era una déspota
y una déspota egoísta”... Rendía culto sin tapujos a su primogénito, a
quien llamaba “mi dorado Siggi”... En algunas cartas, Freud habla del alivio
que sintió a la muerte de su madre, a cuyo funeral no concurrió y a quien
sobrevivió por sólo nueve años, diciendo que ahora él también se sentía
libre para morir ya que ella no vivía para sufrir su pérdida”. Tras
esa lectura no me pareció errada mi presunción. A
mi juicio, Freud proyecta sobre el médico una explicación que en realidad se
refiere a sí mismo. Es él el que piensa en su propia madre muerta. Es él
quien en su deseo de liberación de su yugo la ve representada en una mesa de
disección y observa allí el rostro de esa “querida anciana”, su madre
Amalia. Es él el que desde hace varios años “y si no se daba ya mucha
prisa”, estaba y seguiría rebelado contra Dios, “siendo hasta el fin, lo
que ahora era: an infidel jew (un judío infiel)”. El
escrito de Freud refiere a un artículo del otoño de 1927 por lo que estimo que
su fecha de composición no es muy posterior a ello. Freud
murió en 1939 de lo que surge que Amalia Nathansohn lo habría hecho en 1930. A
la fecha de composición del ensayo Freud contaba ya con más de setenta años,
cáncer de mandíbula (descubierto en 1923) y su madre aún viva. El
cuadro de situación parecería favorecer mi sospecha sobre su deseo
inconsciente de que su madre muriera cuanto antes y su posterior confesión
sobre que tras su muerte “ahora él también se sentía libre para morir ya
que ella no vivía para sufrir su pérdida”, creo que reafirma este argumento. Desde
allí resulta claro que Freud ve en el relato del médico un episodio en el que
verdaderamente asistimos a la descripción de sus propios sentimientos. El
“sweet faced dear old woman” se transforma en el “dulce rostro de la
querida anciana, mi madre, Amalia”. Su propio deseo de ver muerta a su madre
despierta su “indignación por el maltrato inflingido al objeto materno” por
él mismo. Ante ello reafirma su rebelión contra Dios-padre informándole que
“no sería culpa mía si seguía siendo hasta el fin, lo que ahora era: an
infidel jew (un judío infiel)”. Estos
elementos sumados a los expuestos anteriormente permiten, como ya dije, otra
lectura del ensayo “Una experiencia religiosa”. Para
finalizar quiero resalta un hecho que me parece digno de alguna consideración. Se
trata de las palabras que el padre de Freud, Jakob, le escribiera a éste en
ocasión de regalarle una Biblia en su cumpleaños. La dedicatoria la extraje
del sitio que señalé más arriba y dice así: “Querido hijo: Fue en tu séptimo
aniversario cuando el espíritu de Dios comenzó a inclinarte hacia el saber.
Diría que el espíritu de Dios te habló así: “lee mi libro; te abrirá los
caminos del conocimiento y del intelecto. Este es el libro de los libros; es el
pozo que excavaron los sabios y del que los legisladores han extraído las aguas
de su sabiduría. Tú has visto en este libro la visión del todopoderoso, tú
lo has escuchado complacido, tú lo has recreado y has intentado volar a las
alturas sobre las alas del Espíritu Santo. Desde entonces he conservado la
misma Biblia. Hoy, día en que cumples treinta y cinco años, la he sacado de su
retiro y te la envío como prenda de amor de tu anciano padre”. Son
las palabras de un padre judío que cree en su Biblia Hebrea como libro
originado en Dios. Nos muestran un profundo cariño hacia su hijo. Se
advierten allí afirmaciones tales como: “Fue en tu séptimo aniversario
cuando el espíritu de Dios comenzó a inclinarte hacia el saber” o “...el
espíritu de Dios te habló así: lee mi libro...”. En
esto me pareció encontrar cierto paralelismo con las siguientes afirmaciones
del médico: “En los días siguientes, Dios hizo sentir claramente a mi alma
que la Biblia es la palabra de Dios... Desde entonces, Dios se me ha revelado
con otros muchos signos inequívocos”. Ante
ello Freud dice: “Durante el conflicto... no se aduce argumento ninguno para
la justificación de la idea de Dios ni se dice tampoco con qué signos inequívocos
hubo de demostrar Dios su existencia al sujeto, desvaneciendo sus dudas... El
combate interior tiene de nuevo en el terreno religioso su desenlace,
predeterminado por el complejo de Edipo: Una completa sumisión a la voluntad de
Dios-padre”. Me
resulta imposible no preguntarme: En vista de su opinión sobre esos dichos de
la carta del galeno, ¿Cómo habrá considerado Freud, oportunamente, la
dedicatoria de su padre?; ¿Habrá teorizado cuestionamientos similares a los
expresados ante la carta del médico?; En su propio combate interior, ¿No le
resultó la carta un elemento que le permitió, en el terreno religioso,
reafirmar su propia rebelión contra el Dios-padre?, ¿No habrá sido una forma
de dar a conocer, camufladamente, su opinión sobre una parte de la dedicatoria
de su padre?. En
determinados textos como el ensayo sobre el que acabo de exponer mis profanas
pero humildes observaciones, hay mucho de lo que yo llamaría un “vehemente
juego dialéctico”. Sucede muchas veces, en muchos lugares. Por
ello, espero sepan entender mi propensión a repensar sobre lo pensado. Autor: Daniel
Adrián Madeiro Copyright
© Daniel Adrián
Madeiro. Todos
los derechos reservados para el autor. Publicación enviada por Daniel Adrián Madeiro Contactar mailto:Madeiro@Tutopia.Com Código ISPN de la Publicación EEkkyVEEZFzeHkRpXE Publicado Friday 29 de July de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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