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Monografias | Crisis mundial de valores en la era del olvido del corazónCrisis mundial de valores en la era del olvido del corazónResumen: Aunque el pasado haya sido pródigo, el presente y el futuro son aún inciertos. Nadie sabe si girará hacia algo peor o hacia algo mejor. La existencia presente permite siempre sentir lo que nos falta para la felicidad y perfección. Palabras clave: afectividad, amor (definición), antropología filosófica, axiología, conciencia, consenso, crisis de valores, cultura contemporánea, egoísmo, estado de violencia, ética, eudemonismo, felicidad, filosofía existencial, Friedrich Nietzsche, inautenticidad, individualismo, masificación, Maximiliano Kolbe, Meister Eckhart, nihilismo, responsabilidad personal y social, ser-en- el-mundo (In-der-Welt-Sein), solidaridad, verdad (definición), vínculo moral. Keywords:
afectividad amor
(definición) antropología
filosófica axiología conciencia consenso crisis
de valores cultura
contemporánea egoísmo estado
de violencia ética eudemonismo felicidad filosofía
existencial Friedrich
Nietzsche inautenticidad individualismo masificación Maximiliano
Kolbe Meister
Eckhart nihilismo responsabilidad
personal y social ser-en-
el-mundo (In-der-Welt-Sein) solidaridad verdad
(definición) vínculo
moral El
tema del que hablaremos hoy tiene que ver con el pasado y el presente. Aunque el
pasado haya sido pródigo, el presente y el futuro son aún inciertos. Nadie
sabe si girará hacia algo peor o hacia algo mejor. La existencia presente
permite siempre sentir lo que nos falta para la felicidad y perfección. El
hombre -desde luego- tiene la esperanza de un futuro mejor, pero al mismo
tiempo, teme lo incierto: la enfermedad, los inconvenientes serios, la angustia,
el dolor, las frustraciones, la ruptura de los afectos, las pérdidas, todo
anticipo de muerte. Pero nosotros hoy hablaremos de un tema muy peculiar, de
gran actualidad, como es el que he dado en llamar "Crisis mundial de
valores en la era del olvido del corazón". Crisis
es hoy una palabra de uso cotidiano. Es raro el día que no la decimos o
escuchamos y no falta quien la ve como una oportunidad. Pero crisis significa
etimológicamente "separar", "discernir"; y va unida siempre
a la urgencia de tener que tomar una decisión. Decisión a menudo dolorosa,
porque implica ejercer un mandato de libertad y, por lo tanto, de
responsabilidad. Dice Jean Guitton que hoy vivimos la "crisis de las
esencias": se refiere a la crisis de las ideas que hasta ahora formaban el
lazo entre las civilizaciones. Hoy no hay crisis solitarias, todas se comunican
entre si, se reabastecen recíprocamente para lo mejor o para lo peor. Y esta es
una de las razones de la angustia profunda, que ocupa el inconsciente de los
hombres - pues todo hombre digno es intransigente sobre lo esencial. Ese
hombre piensa con las categorías, idioma, circunstancia del momento que vive,
de acuerdo con la programación recibida de su cultura, que le transmite los
valores de su comunidad. Sabemos que la causa formal de la sociedad es el vínculo
moral de quienes la componen, su intención de buscar juntos el Bien Común.
Cuando este vínculo moral deja de existir por el egoísmo e individualismo,
acentuado en una búsqueda desenfrenada de si mismo por encima de todo, la
sociedad entra en crisis y en riesgo de disolución. Se genera un estado de
violencia, verdadera regresión humana, que abandona la racionalidad natural
para conducirse con rasgos de animalidad, propios de una infracultura. Este
"desorden social" conlleva la violación de los derechos esenciales de
la persona, el desprecio de la vida, propia y ajena, puesto de manifiesto en
formas innumerables: desde la industria del secuestro y la apropiación de los
bienes ajenos a través del hurto, del robo, hasta asimismo como una indebida
carga social de impuestos claramente injustos. Es también consecuencia de una
sociedad en crisis la desenfrenada búsqueda del tener, que somete al ser humano
a un consumismo de lo superfluo y aún de lo perjudicial, materializando valor y
virtud cual si fueran nuevas mercancías de la oferta y la demanda. "Valor"
traduce el término clásico de "bien" o "bondad"; es por lo
tanto equivalente a axioma (en lógica), dignidad (en las cosas); es algo que
vale de por sí y que merece ser visto, admirado, poseído - y que no nos
permite estar ausentes al presente. El primer valor es el don inestimable de la
vida, valor sagrado y hoy cuestionado al mismo tiempo. A este le sigue el amor,
lo único capaz de llenar el corazón del hombre -aún el amor no correspondido-
porque aunque se mezclen motivos de amargura quien ama mucho es siempre feliz.
Otros valores - podríamos llamarlos tesoros - como familia, verdad, justicia,
patria, religión, libertad, honor, fidelidad y algunos más, no son hoy enseñados
ni mucho menos promovidos. Al contrario, muchas veces se los ridiculiza y son
objeto de burla y de escarnio. Pero son éstos los que movilizan, porque estamos
presentes sólo a aquello que nos comunica su valor y su sentido profundo. Los
valores son absolutos, en el sentido de que no son relativos a algo. Y cuando
están en contacto con la realidad, hablan, sacuden, atraen, rompen la
indiferencia, mueven a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar con
decisión los peligros que puedan presentarse. Es el caso de los héroes y de
los mártires. Pensemos si no en Maximiliano Kolbe, por poner un ejemplo
relevante y significativo en cuanto a lo que representa el valor más
importante, como es el de la vida. El sentido y los valores se encuentran unidos
en la realidad y mueven la voluntad para producir la energía que se necesita
para la acción. "Nada
es mas útil al hombre en este mundo, que la amistad", decía Cicerón;
pero la amistad se alcanza únicamente cuando se olvida la utilidad. El
empobrecimiento vivencial y la indiferencia que se observan hoy, sobre todo en
una franja de personas aún jóvenes, responde a una pérdida de valores no
utilitarios. Ya que cuando el dinero es el primer valor la chatura es
inevitable. Aburrimiento, abulia, la falta de ideales, de heroísmo, de ejemplos
de calidad, son todos consecuencia de una civilización incapaz de descubrir el
sentido de lo trascendente. Es
Nietzsche uno de los primeros que cuestionan radicalmente los valores de
Occidente. Nietzsche propone una inversión radical de los mismos. Su expresión
"juicio de valor" es punto de partida de lo parcial, de lo emotivo, de
lo socialmente determinado. Ciertamente el deber supremo del hombre es buscar la
verdad, aquella que negaban los sofistas, verdad que está envuelta en belleza y
en fuerza. Resplandece y es más que poderosa. Se hace valer aunque se la quiera
sofocar y el hombre no tiene dominio sobre ella. Es exigente y profunda y por
eso obliga y compromete. No debe ser impuesta, sino expuesta, mostrada,
descubierta. Y se la descubre mirándola, viéndola - no razonando. Mientras
no hay verdad, no hay paz en el alma; en cambio, quien está en ella adquiere
una seguridad enorme, porque hay en el hombre voluntad natural de verdad y de
unidad, de coherencia, de continuidad y de lógica. Hablar de verdad en la
cultura contemporánea, en un ambiente enrarecido por el nihilismo, constituye
una provocación. Pero las grandes cuestiones de la existencia: Dios, el sentido
de la vida, la muerte, la justicia, lo exigen y deben buscarse porque son las
que realmente importan. Y así como la verdad exige inmutabilidad, la vida,
exige variedad, cambio, adaptación. Por eso decimos que una doctrina es
"verdadera" cuando une variedad y crecimiento, que son signos de
existencia, con la constancia y la identidad, que son los caracteres de la
esencia. Hay
transformaciones que ponen de manifiesto que la verdad haya podido cambiar,
permaneciendo idéntica, a fin de ser propuesta a todos los tiempos. Esto lo
percibimos claramente en la edad adulta, cuando nos damos cuenta cómo hemos
cambiado a través del tiempo, permaneciendo siempre el mismo "yo".
Los hombres se encuentran siempre en la verdad: no en la mentira, ni en la ilusión,
ni siquiera en los proyectos. Porque la mentira – la inautenticidad - destruye
la unidad, fomenta y produce lo imaginario, es nada; y vivir de la nada causa
inseguridad y angustia. La
aversión profunda hacia la mentira es algo que resulta incomprensible a quienes
no entienden la importancia de este valor. En los sistemas políticos, la
mentira sólo puede mantenerse un cierto tiempo - aunque para muchos hombres
haya abarcado toda su vida - pero siempre termina derrumbándose. Hay múltiples
ejemplos en la historia y todos los aquí presentes lo hemos vivido de una u
otra forma. La mentira es lo que no es, por lo tanto no puede mantenerse. Ser
justo y veraz supone siempre esencialmente la prudencia, que exige de quien obra
que conozca. Y el conocimiento objetivo de la realidad es decisivo, ya que quien
no considere todos sus aspectos caerá en la injusticia. La
prudencia está hecha de la memoria del pasado, de la inteligencia y comprensión
del presente y de la previsión del futuro. En la Edad Media, se consideraba
sabio al prudente, al que obraba bien, aquél a quien las cosas le parecían tal
como son. Decía Eckhart que "las personas no deben pensar tanto en lo que
han de hacer como en lo que deben ser". Es que la vida debe estar
subordinada al bien común y - en la medida que el hombre no pierde la
conciencia, es decir en la medida que la moral es, sobre todo, y ante todo,
doctrina sobre su verdadero ser - se produce el cambio que asocia la moral a una
doctrina del hacer, y sobre todo del no hacer: de lo mandado y de lo prohibido. Pero
la moral no es social, es ontológica; y su gran aliada es la lucidez. Cuando se
experimenta el sentido de algo valioso siempre se tiene la voluntad de
realizarlo, ya que la percepción del mismo está envuelta en una vivencia
valoral. El esfuerzo que se realiza para descubrir ese sentido se opone a la
pereza intelectual, aliada de la cobardía y de la indecisión. Estas al
contrario se unen a la creciente despersonalización actual, donde no tiene
cabida la justicia y donde se va perdiendo la luz de la conciencia - la mas
grave de todas las enfermedades, la que suprime la libertad interior. En
cuanto a la moral cristiana, su esencia no es un conjunto de principios, ni de
normas morales, sino una persona real e histórica que ha vivido en esta tierra
y en un tiempo determinado: Jesús de Nazareth, Jesucristo. Cada uno tiene un
estilo de vida propio, que puede ser mediocre - guiado por lo mínimo - o pleno
- guiado por lo máximo. Son estas opciones las que acaban creando hábitos y
modos de ser, que dan forma a la libertad y configuran una manera de situarse en
el mundo. Ningún hombre puede realizar todas las potencialidades que ha
recibido de Dios, como dones gratuitos, y elevarlas al más pleno rendimiento.
Ello depende siempre de saber renunciar, conscientemente, a determinadas
posibilidades de desarrollo. El
hombre más perfecto es aquél que está lo más sencillamente presente a todo
lo que hace y a todo lo que es. La vida humana es algo muy hondo; y si no se
vive así, con profundidad, no hay sabiduría, ni participación, ni acceso
posible a la verdad total. Aquel para quien sólo existe el momento actual no
puede tener visión suficientemente amplia - y quien no ve es persona peligrosa,
capaz de toda clase de error: moral e intelectual. Es
necesario, pues, que la conciencia funcione bien: que descubra la verdad y que
ponga orden entre los bienes y deberes. Al crecer las virtudes, ésta se
ensancha, tiene más holgura, está menos ocupada por los sentimientos y crece
la libertad interior. Para ejercer esta libertad hay que vencer la ignorancia y
las distintas manifestaciones de la debilidad. La ignorancia apaga la voz de la
conciencia, la deja a oscuras, no puede decidir bien - porque no sabe decidir.
Una conciencia deformada o con poca formación moral es incapaz de acertar; y
quien no sabe qué tiene que hacer sólo tiene la libertad de equivocarse. Por
otro lado, el que es débil se deja arrebatar la libertad por el desorden de sus
sentimientos o por la coacción externa del "qué dirán". Hoy es
imprescindible superar los automatismos económicos y enterarse, hasta donde sea
posible, de las implicaciones morales de cada decisión, ya que vivir de acuerdo
con la conciencia es vivir en la verdad. Dice Juan Pablo II en "Centesimus
Annus" que "quienes están convencidos de conocer la verdad y se
adhieren a ella con firmeza, no son fiables desde el punto de vista democrático,
al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable
según los diversos equilibrios políticos". A
este propósito hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual
guía y orienta la acción política, entonces todas las ideas y las
convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de
poder. Aunque hoy se predique la democracia como sistema político inclusivo y
de participación, la realidad nos indica que estamos viviendo en un
sociologismo horizontal, formado por masas y no por sociedades, sociologismo que
la mayoría de las veces desemboca en totalitarismo profundo y excluyente,
visible o encubierto, fruto de esas pseudodemocracias hodiernas y del
relativismo moral, desde donde se las dirige y mantiene juntas, por medio o bien
de la propaganda - todo es consenso, encuestas - o bien del terror. En la masa,
el hombre pierde la libertad de decidir por si mismo, caducan todos sus
derechos. Se
convierte en cosa, medio, se puede tasar, es parte del Estado o recurso natural,
es sustituible, descartable. Existe una profunda desconfianza de la realidad y
este vacío moviliza para la evasión, para la fuga. No hay metas, pero sí
sustitutos: alcohol, drogas, sexo, crímenes, o su visualización a través de
los medios de comunicación: excitaciones fuertes, que nacen del tedio y de una
vida sin sentido, y que una vez logradas vuelve al mismo tedio, ya que los
placeres buscados por excitación o evasión son siempre efímeros. En la
cultura de la muerte el Estado instrumenta los medios para resolver los
problemas humanos matando. Aduce razones económicas, sociales, sentimentales;
no encuentra trabas de orden moral o religioso, siempre el consenso; si no
verdadero, falso. En
tales amontonamientos tolerantes, preocupados más que antes por una concepción
falsa de la libertad, se hace constante el conflicto entre el ideal de libertad
y de solidaridad. Y mientras tanto los medios de comunicación nos condenan a la
apariencia, callando lo esencial. No
sucede así con la sociedad compuesta por personas que poseen y se reconocen la
dignidad que da consistencia al tejido social, donde cada hombre es sujeto,
portador de derechos inalienables; donde su libertad no se reduce a la mera
participación electoral sino se ejerce desempeñándose con responsabilidad en
múltiples asociaciones, con trascendencia política, social, cultural o artística,
avanzando hacia posiciones mas elevadas en un orden de grandeza donde prevalece
la calidad y el equilibrio - y donde los mayores riesgos preludian mayores
triunfos. Muy
rara vez escuchamos hoy ponderar a alguien por sus virtudes. Casi podríamos
decir que las palabras "virtud" o "virtuoso" han perdido
vigencia en el lenguaje cotidiano. Y sin embargo, "virtud" denota la más
elevada actividad del alma, lo máximo a que puede aspirar el hombre, o sea la
realización plena de sus potencialidades. Dice
Max Scheler que la sociedad se aglutina alrededor de personalidades superiores,
jerárquicas, virtuosas, ya que su vida es poderosamente sociógena, porque
vincula la interioridad con la afectividad. El tema de la afectividad es central
en la antropología de todos los tiempos, pero particularmente en el nuestro,
donde la tendencia actual, de total independencia de valores, se dirige a las
masas, no a las sociedades; y prescinde de lo afectivo. Pascal
diagnostica la era moderna como la del olvido del corazón. "Corazón",
entendido como núcleo de la personalidad: como centro de la libertad de la
persona, ya que es también luz, no solo afecto, porque cuando el amor es ciego
es siempre fatalmente falso. El hombre de hoy necesita que le hablen no sólo a
la "razón" sino también al "corazón", a sus afectos. Una
verdad, un sentido que no sea a la vez un bien o un valor, que no genere una
resonancia afectiva plenificante de nuestras ansias profundas, no tendrá
ninguna capacidad de llegada, no será palabra para el hombre de nuestro tiempo.
Esta necesidad de suscitar una respuesta afectiva con nuestras palabras y
acciones, además de ser propia de la naturaleza humana, tiene sus raíces más
cercanas en el seco y árido racionalismo que domina la cultura occidental de
los últimos siglos - y que de ninguna manera ha sido superado por el hecho de
estar caducas sus versiones clásicas. Por
eso una visión "intelectualista", que valorice únicamente el ámbito
cognoscitivo y no preste atención al mundo afectivo de la persona, es
totalmente insatisfactoria. Necesitamos una antropología "cálida"
para el hombre actual, ahogado por la frialdad del racionalismo moderno y
postmoderno. La afectividad no consiste en fuerzas ciegas puramente instintivas,
enemigas del espíritu. Por el contrario, reclama luz y medida, para encontrar
en ellas su quicio y fecundidad existencial. El conocimiento frío, un saber que
no produce reacciones afectivas, o una vida superficial, que manifiesta falsas
afectividades, puede hacer coexistir la libertad exterior, con la esclavitud
interior. Solo
llega hondo lo que importa, lo que llega al corazón, de ahí la cordialidad -
que es, además, el hábito de ser amable, sincero y sobre todo cuidadoso. Poner
en marcha el corazón es demostrarle al prójimo la posibilidad de ser amado. Esta
palabra, "amor", está hoy totalmente devaluada. Se la ha cargado de
asociaciones físicas que la desvirtúan y que llevan a confusión. Amar a
alguien significa ampliarle sus valores, sus virtudes, sus capacidades - y
disimular sus defectos. Y ser "cuidadoso" consiste en respetar en
primer lugar la libertad del otro, libertad que lo hace responsable, porque lo
hace capaz de dar razón de su obrar. Consiste también en reconocer el modo de
ser del prójimo; en adecuar la amabilidad y la sinceridad a la sensibilidad de
cada persona, a su ritmo, a las características que lo singularizan, que hacen
de ella o él una persona con nombre y apellido, diferente de todas las demás y
con la misma dignidad. La
cordialidad transforma y ubica la relación y el trato entre personas, lo que
equivale a decir que humaniza. La vida actual parece haber olvidado este recurso
de humanización, en pos de una rivalidad, una competitividad, que no tiende a
un ordenamiento por mérito sino a ver quien se impone con mayor prepotencia. Es
como si la amabilidad produjese una pérdida de derechos, una disposición a ser
atropellados. A la cordialidad se opone la crudeza, la dureza en el trato o, lo
que es peor aún, la indiferencia. Por lo tanto la cordialidad ha de comenzar y
aprenderse en el hogar, sabiendo que es allí donde nacen los sentimientos. Sentimientos
que llegan y brotan del corazón, donde reina la espontaneidad. Es allí, en el
hogar, donde también se aprende a amar, a perdonar, a reparar las ofensas. El
amor es siempre sacrificio y gozo. El amor es, además, misterio, una realidad
que supera la razón, sin contradecirla; es más, exalta sus potencialidades.
Digamos por último, que la persona humana sólo se realiza plenamente en el
amor. Y
cuando esta virtud se instala en el hombre, instala casi como segunda naturaleza
las satisfacciones cualitativas, las del espíritu, hoy cada vez más raras. Y
se produce así la felicidad: presente en esas mismas realidades espirituales,
en el gozo intelectual, fecundidad, generosidad, plenitud, alegría incomparable
y encuentro consigo mismo y con los demás. Autor: Santiago
Héctor Valdés Filósofo,
médico, ex-viceministro de Salud de la República Argentina. Correo:
haydeevaldes2@hotmail.com Conferencia
pronunciada el dos de julio de 2005 Publicación enviada por Santiago Héctor Valdés Contactar mailto:valdez_111@hotmail.com Código ISPN de la Publicación EEkpZlEEEFhvAeAUcm Publicado Thursday 7 de July de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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