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El proceso educativo en el paradigma de la complejidad
Resumen: En el presente artículo, se tratará de dar un enfoque desde las interrogantes emanadas a partir de la inquietud de mejorar el actuar docente en el proceso de generación de avances en la práctica reflexiva acerca del proceso educativo, de tal forma de encontrar las herramientas que permitan originar un cambio sustancial en la acción pedagógica.
Publicación enviada por Franklin Castillo
RESUMEN
En el presente artículo, se tratará de dar un enfoque desde las interrogantes
emanadas a partir de la inquietud de mejorar el actuar docente en el proceso de
generación de avances en la práctica reflexiva acerca del proceso educativo, de
tal forma de encontrar las herramientas que permitan originar un cambio
sustancial en la acción pedagógica.
La base analítica se sustentará en la concepción epistemológica del paradigma de
la complejidad teniendo en cuenta las prácticas pedagógicas históricas y
recurrentes en las aulas nacionales fundamentadas en los clásicos modelos
didácticos.
INTRODUCCIÓN
Etimológicamente podemos definir la pedagogía como “el acto de dirigir o
instruir a los niños y a los cuidados que resultan de la educación de estos”,
como también podríamos tomar el concepto que para los romanos era el de
“instrucción y educación de los infantes”. Ya el concepto resulta a estas
alturas altamente polisémico y utilizado más allá de los ámbitos de las
instituciones escolares. Lo que debemos tener en claro es que la educación
constituye el objeto de estudio de la pedagogía, que en ningún caso encierra en
sí toda su esencia y fundamento. La pedagogía va más allá del campo
estrictamente educativo, ya que lleva a la persona hasta la autoeducación.
La pedagogía puede ser definida como arte y ciencia de la educación. Se dice que
la pedagogía es una ciencia, ya que consiste en un conjunto sistemático de
conocimientos que hacen referencia a un objeto determinado. Se entiende entonces
que como ciencia, debe proceder por análisis, al mismo tiempo que debe mostrar
de manera concreta su campo de interés y estudio, los métodos de los que hace
uso para alcanzar su meta específica y los resultados que finalmente logra.
Desde esta lógica, debemos agregar que junto con ser una ciencia, la pedagogía
tiene la particularidad de ser una ciencia humana.
La pedagogía es definida como un estudio metódico, basado en una investigación
racional acerca de los objetivos y medios más apropiados para alcanzar el fin
educativo. Por todo ello, la pedagogía debe tender a la integración de todos los
objetivos particulares que conforman la meta última de la educación, lo cual nos
remite a un nuevo aspecto humano, la libertad personal del educando. Desde este
punto de vista, el concepto pedagogía resulta mucho más extenso y amplio que el
de educación, por cuanto el primero se define como la manera a través de la cual
un educador enseña al educando a ser cada día menos dependiente del saber de
otros llevándole así a la consecución de su autonomía física, intelectual y
moral, según su propia elección.
Bajo esta premisa, como señala Henri Bergson (1859-1941), nuestro sistema de
intercambio social nos ha demostrado que todo sujeto debe sentirse comprometido
dentro de su propio proceso educativo y por ello debe tender a ser su propio
educador. El acto pedagógico se dirige hoy más que nunca hacia la misma
naturaleza humana, hacia la interioridad, libertad y personalidad del hombre en
desarrollo biosicosocial. Por ello, no cabe duda de que el problema de la
legitimidad o de la necesidad de la pedagogía va más allá de las meras
relaciones de heteroeducación, constituyéndose así como un difícil arte de
concienciar a la persona frente a la conveniencia de encontrar en sí misma las
respuestas ante las interrogantes diarias que dan sentido a la vida.
No nos extrañemos entonces de que el tratamiento educativo implique en su
sentido más amplio aspectos pedagógicos y preguntas como ¿es la transmisión de
conocimientos el objetivo central de la educación o más bien su finalidad es la
formación integral de la persona?, ¿en qué consiste el acto educativo?, ¿la
metodología educativa solo debe suscitar aprendizaje únicamente por imitación o
más bien su función es hacer que la persona lo construya y genere conocimientos
a partir de su individualidad?
No hay duda de que la esencia del acto educativo y del acto pedagógico no puede
reservarse a una de estas alternativas ya que la concepción humana en la cual se
fundamentan la educación y la pedagogía trae consigo la existencia de una
cultura social, de una educación y de los genes que nos permiten tener un
cerebro para pensar y tomar los elementos que nos interesen y ayuden a
desarrollar nuestras propias ideas que van a determinar finalmente la aparición
de diversas formas pedagógicas según el estudio histórico del movimiento
educativo.
Cabe señalar que la pedagogía debe atender las diferencias individuales,
aptitudes y valores de cada uno de los educandos, siendo para ello
imprescindible el apoyo por parte de la vertiente orientadora y sicológica que
determina la metodología que resulta más adecuada a la formación de la
naturaleza de la persona, teniendo en cuenta la sociedad y cultura dentro de la
cual se lleva a cabo su proceso educativo.
1.- El Paradigma de la Complejidad
Edgar Morin nos ofrece una primera aproximación a la complejidad: "A primera
vista la complejidad es un tejido (complexus: lo que está tejido en su conjunto)
de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados: presenta la paradoja
de lo uno y lo múltiple. Plantea la Complejidad en conjunción de dos términos
que parecen autoexcluirse, pero que a poco que volvamos sobre nosotros mismos
los encontramos muy íntimamente entrelazados. La vida cotidiana es una vida en
la que cada uno juega varios roles sociales. Cada ser tiene una multiplicidad de
personalidades en sí mismo, un mundo de fantasmas y sueños que acompañan su
vida.
Para conocer la realidad no podemos renunciar ni al todo, ni a las partes; con
lo que esbozamos uno de los tres principios que según Morin nos pueden ayudar a
pensar la complejidad: el Principio hologramático, en el que no sólo la parte
está en el todo, sino que el todo, en cierto modo, esta en la parte. Las
relaciones que se establecen entre el todo y las partes son complejas: la unión
de las diversas partes constituye el todo, que a su vez retroactúa sobre los
diversos elementos que lo constituyen confiriéndoles propiedades de las que
antes carecían.
La relación del todo con las partes no es meramente acumulativa, es solidaria.
Las partes conforman el todo, pero este a su vez retroactúa sobre las partes
confiriéndoles propiedades nuevas, de las que carecían antes de combinarse entre
sí. El producto es productor de lo que produce, y el efecto causante de lo que
causa. Lo que Morin viene a llamar principio recursivo organizacional, que junto
al principio dialógico - que se basa en la asociación compleja de instancias
necesarias juntas para la existencia, el funcionamiento, y el desarrollo de un
fenómeno organizado - y junto al principio hologramático (en el que no sólo la
parte está en el todo, sino que el todo, en cierto modo, está en las partes)
constituyen los instrumentos que nos ayudan a movernos en la Complejidad.
No podemos contentarnos con encontrar la certidumbre en los fundamentos del
conocimiento clásico, en la separabilidad de los objetos, y en la lógica
deductivo-identitaria.
El conocimiento complejo afronta esa incertidumbre, esa inseparabilidad, y esas
insuficiencias. Nos encontramos con que ya no hay un fundamento único o último
para el conocimiento, "en un universo donde caos, desordenes y azares nos
obligan a negociar con las incertidumbres". Aunque el reconocimiento de no poder
encontrar certidumbre allí donde no la hay, constituye ya de por sí una
certidumbre.
La aceptación de la confusión puede convertirse en un medio para resistir a la
simplificación mutiladora. Nos falta un método en el comienzo, pero podemos
disponer de un a-método en el que la ignorancia, incertidumbre, confusión, se
convierten en virtudes.
Necesitamos reaprender a aprender, constituyendo "un principio organizador del
conocimiento que asocia a la descripción del objeto, la descripción de la
descripción, y el desenterramiento del descriptor. Nos encontramos ante el
nacimiento de un nuevo paradigma: el Paradigma de la Complejidad, que se empieza
a gestar en las crisis que afectan al conocimiento en nuestro siglo. Un
Paradigma que acepta "que el único conocimiento que vale es aquel que se nutre
de incertidumbre y que el único pensamiento que vive es aquel que se mantiene a
la temperatura de su propia destrucción."
2.- El Proceso Educativo en el Paradigma de la Complejidad
Ante la situación descrita, entonces, más allá de las declaraciones y las
propuestas de política, se requiere repensar el sentido y significado de la
educación.
A la luz de los desarrollos actuales, la educación es una tarea compleja, que
supone la interacción de diversos factores de un modo dinámico, variado y
diverso. En la formación de las personas intervienen múltiples elementos
enmarcados en diferentes relaciones sistémicas: cultura, sociedad, familia,
comunidad, agentes educativos y estudiantes.
El Informe Delors desarrolló además un concepto clave: la educación es un
proceso que dura toda la vida, lo cual supone que no está reducido a la
formación de las generaciones jóvenes, sino que es un proceso continuo que debe
atravesar toda la vida de una persona. A esto ha contribuido además al hecho de
que los conocimientos se transforman cada vez más rápidamente, de manera tal que
lo que uno aprende en un momento de su vida debe ser revisado poco tiempo
después dada la amplia movilidad y enriquecimiento continuo de las disciplinas.
Esto ha supuesto la ampliación de la noción de la llamada “educación básica”,
que antes estaba limitada sólo a niños y adolescentes, en función de contenidos
de lectura, escritura y cálculo. Por ello, la insistencia está hoy no tanto en
los contenidos, como en el desarrollo de competencias que nos permitan “aprender
a aprender”, siendo esta la base para poder seguir aprendiendo a lo largo de
toda nuestra vida.
Por tal razón, el paradigma de la complejidad nos permite ir más allá de un
simple cambio o enriquecimiento de los contenidos o las metodologías educativas.
La idea de la complejidad exige repensar el sentido del conocimiento y del
significado de la educación.
La tarea educativa ha estado confiada tradicionalmente a los educadores, pero es
una responsabilidad de la sociedad en su conjunto. La complejidad de lo social
exige que la educación sea asumida desde una perspectiva inter o
transdiciplinaria, buscando la sinergia entre los aportes de diversos campos de
estudio y de acción (pedagogía, sociología, psicología, antropología, etc.).
Los estudios e investigaciones en educación han ido relevando elementos antes
invisibles para el quehacer educativo como las nuevas concepciones de la
inteligencia, el valor de la autoestima y las expectativas, el entramado
institucional, organizacional y cultural de los centros educativos, el valor de
las emociones y los afectos, etc. Falta, sin embargo, que la tarea educativa en
sí se beneficie de la perspectiva inter o transdiciplinaria, que se ve cada vez
con más frecuencia en el ámbito de la investigación.
Esto exige, como punto clave, examinar lo que es la formación inicial y continua
de los docentes. Hay deficiencias claras tanto en la formación de los docentes
como de los directivos. Se privilegian los aspectos técnicos y pedagógicos, y no
se desarrollan competencias que permitan entender la complejidad de los procesos
educativos, ni siquiera aquél de la enseñanza y el aprendizaje, que están en el
centro de la tarea educativa.
La escuela no es ajena a los procesos de cambio que se manifiestan en nuestras
sociedades. Muchos conceptos y teorías se renuevan con increíble rapidez y la
movilidad se ha convertido en la característica principal. Sin embargo, las
escuelas no son instituciones preparadas para asumir el cambio. La cultura
escolar sigue siendo profundamente autoritaria, vertical, basada en el paradigma
del orden. “El orden en las escuelas es un valor en sí mismo. Para mantenerlo es
permitido reprimir, castigar, violentar, suspender, expulsar.... El orden en la
escuela significa disciplina, jerarquía, ubicación.”
Por tanto, las normas y las reglas tienen a veces mayor valor que las personas.
El paradigma de la complejidad nos debe ayudar a evitar las simplificaciones. De
hecho, en el momento que vivimos, y la crisis desatada a nivel mundial, aparece
la tentación del maniqueísmo (buenos/malos; terroristas/defensores de la
“justicia infinita” (¿?); oriente/occidente). La educación puede reforzar estos
estereotipos, o más bien ser un espacio de resistencia crítica a la
simplificación.
Para la escuela de nuestros días se abre la enorme tarea de filtrar y de
interconectar experiencias diferentes, heterogéneas, desequilibradas. Es esta
una tarea que ante todo se define en sentido negativo: lo que no se puede hacer
de ningún modo, más que lo que se debe hacer. ¿Puede estar la escuela a la
altura de redefinirla en términos educativos? La perspectiva de la complejidad,
en educación, debe crear en las personas competencias y actitudes para asumir y
enfrentar la diversidad que asume formas distintas según género, cultura, etnia,
lengua, orientación sexual, preferencia sexual o creencia religiosa. El Informe
Delors de UNESCO (1997) definía la educación en función de 4 pilares (aprender a
ser, aprender a hacer, aprender a conocer, aprender a convivir). “Aprender a
convivir” significa desarrollo de la tolerancia, pero más que ello, apertura a
lo distinto.
La apertura a la diversidad va mucho más allá que eso, pues supone una dimensión
ética y una convicción de que el otro es irreductible y que sin el otro yo no
puedo ser yo mismo.
El reconocimiento de la diversidad exige también repensar la propia identidad.
Necesitamos reconocer nuestra identidad y pertenencia local, pero abiertos a las
exigencias de la ciudadanía global, evitando falsas dicotomías. Tal como señala
Ceruti, una de las tareas urgentes de la educación es “ayudar al individuo a
percibirse como una identidad múltiple, ayudándolo al mismo tiempo a percibir a
los otros individuos como identidades también múltiples. Solo este juego de
reconocimiento recíproco, en sí mismo y en los otros, puede hacer emerger nuevas
ideas de ciudadanía...”
En el contexto de cambios y transformaciones que vivimos, debemos aprender a
convivir con la incertidumbre. En los centros educativos no se deberían enseñar
las cosas como definidas, o como leyes inmutables, o como versiones acabadas. No
se trata sólo de mostrar la diversidad de opiniones o puntos de vista que
existen en diversas áreas del saber humano.
Se tendría que enseñar principios que permitan afrontar lo inesperado, lo
incierto, y aprender a moverse en el terreno de arenas movedizas que supone la
información fragmentada y contradictoria, que es la única con la que muchas
veces contamos en la vida cotidiana. Como dice Morin,”es necesario aprender a
navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certeza.”
Sin embargo, no hay todavía suficiente investigación y reflexión, especialmente
entre los docentes, sobre el significado de estos cambios y los supuestos
subyacentes. El hecho de que el maestro deje de ser la única fuente en el aula,
se reconozca los saberes de los alumnos, se permita la irrupción de nuevas
fuentes de conocimiento y la construcción de saberes propios, es de por sí, un
giro copernicano. El constructivismo no es sólo una teoría psicológica, o una
estrategia para plantear el aprendizaje. El constructivismo se adscribe dentro
de un paradigma cultural, que entiende la cultura como un foro, como un proceso
constante de negociación y renegociación. Al comprender esto aparece con más
claridad la dificultad de implantar este enfoque en la cultura de las escuelas.
Los maestros son los primeros que deben aprender a asumir la incertidumbre como
una realidad cotidiana y que es la actitud que puede ayudar mejor a ser
auténticos guías o compañeros de camino de sus alumnos para asumir la
complejidad del mundo actual. “El profesor no enseña, sino que ayuda a aprender,
y el aprendizaje es autopoiesis”
La educación, luego, debe suponer una extensión del horizonte, una apertura
permanente hacia lo nuevo. Lo que se necesita es estar dispuestos para lo
inesperado, evitando la trivialidad y el determinismo empobrecedor.
Morin señala que “lo complejo no puede resumirse al término complejidad,
retrotraerse a una ley de complejidad ó reducirse a la idea de complejidad”. La
complejidad es el paradigma en que nos movemos y al que no podemos reducir. Por
tanto, enfrentar la complejidad supone una tensión, como señalaba Morin, entre
la “aspiración a un saber no parcelado, no dividido, no reduccionista, y el
reconocimiento de lo inacabado e incompleto de todo conocimiento.” La educación
es y seguirá siendo un campo particular donde se expresan estas tensiones y en
el que las propuestas particulares, los intereses privados y colectivos seguirán
expresándose de diversas maneras.
Se necesita el desarrollo de una nueva sensibilidad y nuevas actitudes, que
permitan ver lejos y mirar en lo hondo y que son las que harán posible una
educación significativa.
3.- CONCLUSIONES
El Paradigma de la Complejidad representa para el proceso educativo una nueva
perspectiva teórica y epistemológica de los saberes referidos a la formación del
ser humano, lo cual supone ante todo un cambio dirigido a vencer la tentación de
la rutina, de la simplificación y la superficialidad, del determinismo
mecanicista y de la inercia, de la repetición acrítica de los esquemas mentales
y prácticos por la fuerza de la costumbre o por vicios profesionales que
padecemos los profesores a veces.
El Paradigma de la complejidad en el proceso educativo es un cambio dirigido a
superar la tentación del tradicionalismo y del acomodamiento, la tendencia a no
ser creativos y sobre todo, a desconocer las potencialidades que tienen para un
aprendizaje verdaderamente significativo los fenómenos emergentes, los errores,
el despliegue de las subjetividades individuales y colectivas en los nuevos
escenarios educativos y en cada uno de los alumnos.
Como la educación actúa con y sobre los alumnos, esta obligada a interactuar con
la diversidad en su generalidad unificadora y en la singularidad de cada
persona, es aquí donde se gesta otra importante razón de que en el proceso
educativo se estén produciendo importantes aplicaciones y a la vez aportes de la
complejidad, pues este es uno de los principios básicos de este paradigma, la
necesidad de aceptar y permitir el despliegue de la diversidad como una
condición para el desarrollo.
Por esta razón la educación no se propone entender un grupo particular de
fenómenos como cualquier otra área, sino el propósito es más totalizante, es el
de alcanzar y generar en cada persona el despliegue de la razón misma en todas
sus posibilidades.
4.- REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
Morin, E. (1994). El método. Vol. I: el conocimiento del conocimiento.
Madrid:Cátedra.
Morin, E. (1996). El paradigma perdido. Barcelona: Kaidos.
Morin, E. (1998). Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa.
Morin, E. (2000). La mente bien ordenada. Barcelona: Seix Barral
Morin, E. (2002). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.
Buenos Aires: Nueva Visión.
AUTOR
Franklin Castillo Retamal
Profesor de Educación Física, Magíster en Educación, Magíster en Motricidad
Humana©, Docente Universidad Católica del Maule. Docente Universidad Autónoma de
Chile.
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Publicado Tuesday 26 de June de 2007
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