Resumen: En la denotación original de la palabra, una facultad[1] la componía un grupo de estudiantes que se reunía para compartir instalaciones académicas y alojamiento. Cada facultad era parte integrante de una corporación académica a la que se denominaba universidad. Este último término constituye una abreviatura de la expresión latina universitas magistrorum et scholarium (gremio –o unión- de estudiantes y maestros), la cual no refería a otra cosa que una organización destinada a la protección y desarrollo del ejercicio académico. Herederas de dicha tradición, las universidades actuales –en términos generales- se configuran como instituciones de enseñanza superior con potestad reconocida para otorgar títulos académicos.(V)
Publicación enviada por Gabriel Eira Charquero
I
I-.
En la denotación original de la palabra, una facultad
la componía un grupo de estudiantes que se reunía para compartir instalaciones
académicas y alojamiento. Cada facultad era parte integrante de una corporación
académica a la que se denominaba universidad. Este último término constituye
una abreviatura de la expresión latina universitas magistrorum et scholarium
(gremio –o unión- de estudiantes y maestros), la cual no refería a otra cosa
que una organización destinada a la protección y desarrollo del ejercicio académico.
Herederas de dicha tradición, las universidades actuales –en términos
generales- se configuran como instituciones de enseñanza superior con potestad
reconocida para otorgar títulos académicos.
Ahora bien, en función del carácter académico de su
naturaleza, el ejercicio universitario, seriamente entendido, debería
trascender ampliamente la ya de por sí compleja tarea de transmitir
conocimientos y habilidades técnico-disciplinarias. En efecto, puede
considerarse que la tradición académica -que instituyera Platón en las
afueras de la Atenas clásica-
se relaciona antes con la producción de saberes que con su transmisión,
aspecto éste último que se despliega como corolario ineludible del ejercicio
productivo: el cuerpo estudiantil (así como, en una función diferenciada, el
cuerpo docente) se forma tanto en el ejercicio de apropiación (y
aplicación) de técnicas y saberes constituidos, como –y fundamentalmente- en
la tarea de producir (y aplicar) conocimiento en forma sistemática.
Inicialmente asociadas con las corrientes de pensamiento
instituidas en sus procesos fundacionales,
las Academias pasaron a congregar conjuntos de personas que aprenden (y producen
procedimientos susceptibles de aprendizaje), organizadas para la promoción de
intereses generales, en el campo del ejercicio intelectual y profesional, y no
necesariamente conectadas con alguna escuela concreta.
Es durante el Renacimiento
europeo que dichas organizaciones adquieren un nivel de preeminencia intelectual
que –inicialmente- rivalizaría con las universidades para –luego-
integrarse en las mismas como modo operacional privilegiado de sus ejercicios.
Estas Academias se caracterizaban por reunir un conjunto de especialistas (bajo
patrocinio real o estatal) que se comprometían en el estudio e investigación
de temas literarios y artísticos (a los que se sumarían los científicos) que
luego serían publicados[6].
II-.
Parece obvio que si bien el mecenazgo proporciona un espacio
de operatividad relativamente autónomo, su cualidad de tal lo introduce en un
orden de vasallaje difícil de eludir. La autonomía, en este caso, se configura
como inversamente proporcional al coeficiente de dependencia frente a la figura
del mecenas. No obstante, como toda jerarquía –con un mínimo de
inteligencia- sabe, invertir en asesores absolutamente subordinados es tirar el
dinero, si lo que se pretende es una producción de calidad.
El ejercicio del mecenazgo no es (nunca ha sido) ingenuo,
tras la cortina de la epistemofilia asoma siempre una necesidad política y económica.
Es en función de dicha necesidad que el producto de la actividad intelectual
debe ser útil; o, más precisamente, debe dar pertinente cuenta de un orden
operativo específico. Resulta indiscutible que tal utilidad (o pertinencia) se
torna inviable en una corte de aduladores más preocupados por la sobrevivencia
cortesana que por el rigor de sus producciones. Tal vez por ello, los
patrocinios han permitido, mayoritariamente, un cierto orden de autonomía
relativa que ha posibilitado el desarrollo de las academias. Vale reconocer, sin
embargo, que los ejemplos históricos en contrario también han sido por demás
numerosos, pero dichos ejemplos no han hecho otra cosa que comprobar la
necesidad de la autonomía.
El ejercicio irreflexivo del autoritarismo ha redundado, no sólo
en este ámbito, en desastre para el propio orden jerárquico que pretendía
imponerse. Sólo a modo de viñeta, vale recordar la proscripción de la física
atómica durante el nacionalsocialismo (considerada una física judía) o de la
genética durante el estalinismo. Incluso en una institución en la cual el
fetiche de la jerarquía, y el culto a la autoridad, se configuran como
imperativos (tal es el caso de las fuerzas armadas), estas prácticas
constituyen armas de doble filo que amenazan la operatividad de la misma. En
efecto, la sacralización del principio de autoridad y la devoción de los
instituidos convocan a la promoción de ciertas configuraciones personales
autoritarias que, en función de las necesidades de sus heridas narcisistas,
suelen tornarse altamente peligrosas[7]
para la propia Institución. Por otra parte, se contribuye con el
establecimiento perverso de grupos altamente burocratizados[8]
en una suerte diagrama de favores (lazos de reciprocidad), que jerarquiza la
defensa del status quo (con el consecuente reparto de privilegios) por sobre las
necesidades del campo operativo específico. Finalmente, la identificación de
la Institución con lo Instituido, conduce a la subversión de la propia
naturaleza de la Institución (Institución = acción de instituir. Es decir;
fundar, crear), descalificando las fuerzas instituyentes y desdibujando así sus
funciones sociales renovadoras[9].
El Gran Salto hacia adelante de la China maoísta se
transformó en desastre, fundamentalmente, por efecto de la lógica autoritaria
que se encargó de boicotear la prosecución de sus propios objetivos. Los
cuadros medios y superiores de la Revolución se preocuparon más por su
supervivencia política (e incluso, física) que por sus logros productivos,
preocupación que los llevó a falsear sus informes y mentir en torno a la
calidad de su trabajo; millones de vidas pagaron las consecuencias. Del mismo
modo, el estalinismo produjo efectos similares (vale recordar la hambruna de los
primeros planes quinquenales), llegando a eliminar –durante las purgas- a sus
propios cuadros superiores, poniendo en peligro la propia sobrevivencia del
Estado soviético durante la Segunda Guerra Mundial.
Como viñeta, otro paréntesis anecdótico: Durante el
estalinismo, “a los trabajadores se les desterraba a durísimos campos de
trabajo si llegaban en dos ocasiones más de cinco minutos tarde al trabajo.
(...) Cuando se convocó a un concurso entre artistas para erigir una estatua en
conmemoración del centenario de Pushkin, el primer premio fue para un escultor
cuya estatua representaba a Stalin leyendo un libro de Pushkin”[10].
Del otro lado de la cortina, el absurdo también bailaba su epifanía;
tristemente célebres son las exhortaciones del senador Joe McCarthy a la delación
y las prácticas que han merecido su nombre (mccarthysmo), así como en nuestra
dictadura vernácula (1973-1984) los intentos de proscribir términos del
vocabulario (célula, tupamaros –hábilmente sustituida por el popular tapa
muros-). ¿Cuál ha sido la función operativa de estos exabruptos si no la de
descalificar la jerarquía desde la cual eran diagramados?. La mediocridad de
los excesos del autoritarismo no puede conducir a otra cosa que a la mediocridad
de las producciones que habilitan.
Como corolario provisional, no se puede menos que concluir en
la necesidad de autonomía para la función intelectual, incluso para
aprovecharse de ella. Y las jerarquías promotoras, medianamente inteligentes,
lo saben.
III-. El desarrollo de las universidades procede
del despliegue de una genealogía de procedimientos a la que se ha hecho muy
breve referencia en párrafos anteriores. Y es a partir de allí que se ha
localizado fundamentalmente en las universidades la responsabilidad de, además
de formar y perfeccionar a los cuadros técnico-profesionales de las sociedades
a las que pertenecen, un espacio privilegiado para producir un cuerpo de
conocimientos y procederes que posibilitan el sustento y desarrollo de los
conjuntos societarios, configurando en tal espacio las nuevas estrategias de
abordaje ante las necesidades que la vida presenta.
Debido a su naturaleza, el ámbito universitario vehiculiza
la posibilidad de producir tecnologías[11]
solidarias con las necesidades concretas de las comunidades, lo cual le confiere
una importancia estratégica fundamental. Atendiendo a esta perspectiva, la
formación no debería limitarse a la referencia personal inmediata[12],
sino a comprometer a los universitarios (estudiantes, docentes y egresados) en
el ejercicio de apropiación de su función social, que trasciende ampliamente
la consecución de un título habilitante. Si bien la función docente obliga,
necesariamente, a atender a las necesidades específicas de cada estudiante,
esto debería ser –como cabría esperar- en beneficio de la formación antes
que de su titulación formal.
El ejercicio docente, entonces, obliga a priorizar la formación
rigurosa, tarea en la cual la habilitación profesional no se constituye más
que en uno de los resultados imprescindibles de tal ejercicio. La producción de
conocimiento y la extensión universitaria se constituyen en resultados (así
como también en causales) no menos importantes de la práctica formativa de la
Universidad. Porque dicha acción formativa necesita trascender tanto al espacio
físico del aula como a la currícula programática de los cursos. Esta acción
formativa se despliega también en la apropiación del co-gobierno, en la
producción y ejecución de proyectos de investigación y extensión, en la práctica
ensayística, en la conformación de ágoras extra-curriculares (mesas redondas,
paneles, publicaciones, chats, jornadas), en la confrontación informal, en el
diagnóstico de las necesidades comunitarias y en el constante proceso de
territorialización de nuevas prácticas académicas. Del mismo modo, la formación
requiere trascender la conformación específica de los órdenes universitarios
para trasladarse al espacio abierto de la comunidad, en forma de producción de
conocimiento materializada en dispositivos de extensión y difusión (desde
programas concretos a clases abiertas, desde los foros al acceso a los mass
media, desde las publicaciones académicas a la diagramación de nuevas prácticas),
y en la propia acción de proporcionar profesionales competentes.
Estos procedimientos (comprometidos así con la ética universitaria), a los que
–obviamente- no escapan los dispositivos de formación, reformulación y
cuestionamiento permanente de la función docente, confieren a la universidad
una dimensión que la discrimina claramente de las organizaciones destinadas
exclusivamente a la capacitación profesional (mera formación terciaria),
determinando así su naturaleza específica.
“El enorme poder fáctico que proporciona el dominio de las
modernas tecnologías, hace que el acento deba desplazarse hacia los problemas
relativos al uso social de los conocimientos. El explosivo contenido ético y
político de la investigación científica en campos de vanguardia, como el
estudio de formas no convencionales de energía, manipulación genética,
neuropsiquiatría, técnicas de información y persuasión masiva: el efecto
depredador de las modernas tecnologías como consumidoras de recursos no
renovables y modificadoras del equilibrio ecológico exigen opciones que no
pueden quedar libradas al criterio de los operadores técnicos. Toda Universidad
debe preguntarse: ¿Para qué se investiga? ¿Qué se investiga? ¿Qué se enseña?
¿Qué profesionales y científicos deben formarse?. Estas cuestiones,
aparentemente técnicas, así escuetamente formuladas, sirven para darnos una
idea del profundo trasfondo ético que se pone en juego al plantear la discusión
de estos temas[13]”.
Nada de lo dicho configura una novedad, desde su artículo 2,
la propia Ley Orgánica de la Universidad de la República[14]
reconoce (y obliga a reconocer) estos aspectos, y -prácticamente-
la totalidad de las actividades (y publicaciones) oficiales de la UdelaR se
sustentan a partir un trípode conceptual: Docencia, Investigación y Extensión.
Es por todo ello que, la práctica universitaria exige
ser necesaria y rigurosamente académica[15],
en el entendido de que en la educación superior la sola transmisión corre el
peligro de derivar en la constitución de una escolástica, más vinculada con
las necesidades del status quo institucional que con las de la comunidad de la
cual la universidad forma, aunque diferenciada, parte constitutiva. Este peligro
no solamente convocaría a los excesos inherentes al autoritarismo (sostenido más
en la estructura jerárquica que en la autoridad académica) sino que se
traduciría en una praxis intelectual de pésima calidad, más preocupada por
los instituidos formales que por la excelencia de sus producciones. El rigor
académico se torna en este punto indispensable, lo cual obliga tanto a la
permanente interpelación (y puesta a prueba) de los saberes constituidos como
al constante ejercicio productivo y original en el área del conocimiento,
actitud y aptitud crítica sin la cual la naturaleza de dicho rigor se
desdibuja. Esta dimensión se torna imposible sin el libre ejercicio de la
libertad de opinión de todos los órdenes universitarios, ejercicio amparado
por la Ley Orgánica[16]
que otorga estatuto formal al instituto de la libertad de cátedra. En el mismo
sentido, la actividad universitaria debe desarrollarse con absoluta
independencia frente a intereses sectoriales que trasciendan los propios
objetivos universitarios y las necesidades concretas de la comunidad, instituyéndose
como organismo autónomo de forma tal que dicha independencia se torne efectiva.
Este último aspecto también se encuentra amparado por la Ley Orgánica, desde
su propia definición[17]
y sostenido por el instituto del co-gobierno, representativo de los tres órdenes
universitarios[18],
instituto que no solo posibilita el ágora académica sino que debiera forzar a
ella.
Como se planteaba en párrafos anteriores, uno de los
aspectos que discrimina a la Universidad de los institutos de formación
terciaria consiste precisamente en la capacidad de atender a la formación como
un dominio que trasciende la mera capacitación profesional. Lo cual se
relaciona íntimamente con la posibilidad de producir (y aplicar) conocimiento,
con autonomía, originalidad, y la capacidad de rectificar las producciones
instituidas cuyas lógicas de sentido hayan perdido vigencia. Por otra parte, su
ineludible carácter de servicio a la comunidad que le da sentido, obliga a una
permanente revisión ética y técnica de su propio accionar: “El destino y la
conducta de los egresados, como un aspecto parcial del problema mayor de los
fines últimos de la institución, siempre han estado presentes en la reflexión
universitaria: ¿mejoramiento del status personal?¿servicio a la sociedad?. En
las más diversas épocas y circunstancias se ha alertado contra el riego de
conducir a la Universidad al papel de un simple elevador de status. Profesiones
universitarias son aquellas en las que el hombre está dedicado a la creación
de valores –espirituales o materiales- de interés común. Ser médico,
abogado, filósofo o historiador, arquitecto o ingeniero, no es una fórmula de
vida al servicio de los propios fines individuales”[19].
La práctica universitaria, en suma (y si pretende merecer su
tipificación como tal) demanda trascender la mera capacitación técnico-profesional
para privilegiar la rigurosidad formativa en todos sus aspectos. Por ello,
resulta imperativo jerarquizar no sólo la transmisión de conocimiento, sino
–y fundamentalmente- su interpelación, producción y puesta a prueba, en
armonía con las necesidades concretas de la comunidad. Creando y
proporcionando, al hacerlo, herramientas concretas de operatividad que
posibiliten la apropiación de este modo de hacer universitario por parte de los
estudiantes, los demás órdenes, y –en definitiva- contribuyendo con el
desarrollo de la sociedad en la que la Universidad se inscribe.
Sin embargo...
IV-.
Como se ha señalado, aunque parte
diferenciada la Universidad constituye al (y se constituye a partir del)
diagrama social sobre (y desde) el que opera. Y no hay actores sociales que
operen en forma ajena al territorio sobre el cual transitan.
Un cliché habitual consiste en exigir a la Universidad que
se “inserte en el medio”, o bien que “se inserte en la sociedad”. Ahora
bien, tal pedido no connota otra cosa que una negación superficial e ingenua
(como es habitual en todo lugar común) a lo que se señala en el párrafo
anterior. En efecto, la Universidad no puede insertarse en la sociedad por la
sencilla razón de que la misma es parte singularizada de dicha sociedad; no
puede insertarse porque forma parte constitutiva (está siendo, con la
singularidad que implica su especificidad) de aquello sobre lo que se pretende
insertar. Sostener lo contrario implicaría concebir un plano de exterioridad al
territorio social, difícil de fundamentar sin una especulación cuasi metafísica;
algo así como conceptuar lo social como un espacio abstracto con el cual sus
componentes actúan desde un espacio externo (¿cuál sería ese “afuera”
social donde se localizarían dichos componentes?).
La Universidad no es (no tiene posibilidad de serlo) ajena a
la sociedad, sino que está siendo en lo social. No se trata de que esté siendo
conjuntamente con la sociedad, no se agrega a la sociedad, es constitutiva de la
sociedad y deviene en la misma manera en que ésta lo hace; y es sólo en éste
devenir que se configura con una singularidad específica. Por ello siempre es
funcional a alguna de las exigencias del diagrama sobre el cual opera. Cuando se
denuncia su falta de operatividad en algún aspecto, dicha falta no corresponde
a su incoherencia con el diagrama social sino que, por el contrario, la misma se
inscribe, precisamente, en dicho diagrama. De alguna manera, es la propia trama
social que habilita y promueve tal cosa.
La constitución de una clase de tecnócratas academicistas,
vinculados más con el status quo de su disciplina que con las necesidades
concretas de la comunidad, no obedece a un alejamiento de la Universidad con
respecto a la sociedad sino, inversamente, a una tendencia a la estratificación
social que cristaliza de dicha manera. Del mismo modo, la burocratización, los
excesos académico-autoritarios, o cualquiera de las desviaciones que puedan ser
denunciadas, se hacen posibles gracias a un diagrama sociopolítico que
atraviesa todo el cuerpo social y que se manifiesta también en el espacio
universitario. De todos modos, vale reconocer que, en función del espacio políticamente
estratégico que la Universidad ocupa, estas tendencias se hacen allí
particularmente visibles. En tanto generador de saberes y cuadros superiores,
dicho espacio se torna especialmente candente y corre el peligro de constituirse
en un tribunal de la doctrina de la Verdad, guardián y legitimador de un orden
hegemónico de lo Real. Pero esta posibilidad no es ajena a la sociedad, sino
habilitada y promovida por el mismo diagrama que a ella la constituye.
Si la Universidad Pública se configura como un espacio
masificado, de nivel académico empobrecido, burocratizado, abandonado a
recursos ridículos y con exigua producción, puede llegar a operar –entre
otras cosas- como una suerte de guardería política para la juventud
desempleada o sub-ocupada. Esto puede obedecer a una estrategia política
(planificada o no) destinada a minimizar la presencia en la calle de estos
mismos jóvenes ociosos, dedicados a la movilización o a la pequeña
criminalidad. También puede obedecer a la apuesta por la formación y producción
privada (con formato empresarial), a la descalificación de la producción académica
en beneficio de la tercerización o –simplemente- a la jerarquización de
otros tipos de inversión pública. Pero, cualquiera sean los objetivos
–manifiestos o no-, esta pauperización del espacio universitario conforma el
efecto de conjunto de una estrategia política.
Si, por el contrario, la Universidad emerge como una parnaso
para elites privilegiadas, estratificado, con recursos orientados hacia una opción
académica que privilegia el savoir faire del status quo, esto también
configura el resultado de un efecto de conjunto; una estrategia política que la
trama social, como consecuencia de las correlaciones de fuerza vigentes –así
como de la dinámica de las formaciones subjetivas consecuentes-, habilita y,
vale la pena insistir, promociona de alguna u otra manera. Las particularidades
de la Universidad, entonces, se adhieren siempre al resultado de una opción política
configurada por las estrategias de la sociedad en la que ésta se inscribe,
aunque dicha opción no siempre obedezca a una planificación rigurosa.
Vale la pena recalcar, sin embargo, la cualidad de efecto de
conjunto; un estado de cosas no configura la simple imposición arbitraria e
impune de una autoridad, un sector, un grupo, una estamento o una clase. Así
como la ley, un estado de cosas “no es un estado de paz; no es la carta
otorgada por el nuevo soberano el día de su victoria –sino la batalla
perpetua; el ejercicio actual de unas estrategias”[20].
El particular posicionamiento (que, en definitiva, es siempre político) de la
Universidad se relaciona antes con el enfrentamiento de posturas, la chispa de
las espadas, el efecto de conjunto del equilibrio (o desequilibrio) de fuerzas,
que con simples mecanismos de imposición y acatamiento; los mismos procesos a
los que se ve sometida la sociedad a la que pertenece. Si hay algo a lo que la
Universidad se encuentra sujeta, ello es precisamente el mismo azar de la lucha[21]
al que se ven sometidas las sociedades.
En este sentido, resulta imprescindible convenir en que el
posicionamiento expuesto en este ensayo –así como cualquier otro posible-
obedece a una opción político-académico específica, que implican una
correspondencia (como no puede ser de otra manera) con otros posicionamientos
que operan en sintonía con el resto de los espacios de la trama social; una
concepción de Universidad, como resulta obvio, comprende una concepción del
papel de ésta en la sociedad y, por lo tanto, involucra también una concepción
del devenir, del ser, o el deber ser, de las sociedades. No atender a esta
dimensión del problema, esencialmente política, puede llegar a conducir la práctica
universitaria a una degradación doxática.
V-.
La progresiva transición desde las Sociedades Disciplinarias[22]
hacia las Sociedades de Control[23],
se tradujo, como cabría esperar, no sólo en una transformación revolucionaria
de los sistemas productivo-económicos, sino también en una mutación radical
de las formaciones sujetivas consecuentes. Y es, precisamente, en esta última
dimensión donde radica su potencialidad.
La decadencia de los grandes espacios de encierro, en tanto
dispositivo político hegemónico, se explica -en parte- por la caída de la
utopía fundante de las Sociedades Disciplinarias; la de la posibilidad de
disciplinar[24]
toda eventualidad de mal encauzamiento posible. Así, las sociedades
estratificadas que emergen en el último cuarto de siglo XX comienzan a
desdibujar al disciplinamiento en beneficio de una tecnología política más
efectiva (en términos de economía política) pero no por ello menos terrible;
el Control. Donde antes se inscribía la Fábrica-prisión como modelo paradigmático,
se inicia la consolidación de la Empresa en tanto referencia operativa. Al
centro de vigilancia localizado (la torre del vigía, el capataz de la fábrica,
el maestro, el médico, el director...) le sucede una dispersión de las lógicas
de vigilancia sostenida en la expansión de la competitividad como regla básica
de convivencia. Ya no se trata de operar directamente sobre los cuerpos
(actores) que se despliegan en el diagrama social (intentando prevenir desvíos,
corregir abominaciones, re-encauzar caminos, re-direccionar metas, fagocitar
disensos, asimilar resistencias, rehabilitar diferencias y re-incorporar
exterioridades) sino sobre el escenario sobre el cual transitan. Y esto sólo a
partir de la consolidación de una lógica de sentido lo suficientemente dúctil
como para adaptarse a las especificidades de cada acto pero, al mismo tiempo, lo
suficientemente vigorosa como para tornarse inapelable; auténtico fetiche del
hacer pragmático y –por ello- retórica axiomática del sentido común; la
Ley de Mercado.
En el drama trágico[25]
de la vida, el único escenario posible (axiomáticamente real) pasa a
configurarse como un mercado persa en el que todo acontecimiento debe ser
sobre-codificado en términos de costos y beneficios, de forma tal que las
opciones vitales se disponen desde los anaqueles del supermercado. El cuerpo
social opera así como una arena de intereses mercantiles en la que el exclusivo
efecto de conjunto legítimo (legitimado y legitimador) se relaciona con la
Oferta y la Demanda. Si antes los actores eran sometidos a minuciosos procesos
disciplinarios, el presente converge hacia una tecnología que sobre-codifica el
escenario de forma tal que dichos procesos se tornan superfluos; las
disposiciones escenográficas habilitan a la competitividad como modo
jerarquizado de existencia, de lo contrario los actores serán expulsados
(auto-expulsados, en función de su inoperancia) del drama. En la
Obra-sin-libreto de las Sociedades de Control los actores recurren a la
improvisación, acatando unas reglas de juego tan sutiles en su percepción (en
tanto reglas) como definitivas en sus efectos.
La Disciplina opera con el paradigma de la integración;
moldeando los cuerpos para que éstos se adecuen a las necesidades del diagrama
societario. El Control, en cambio, modula las posibilidades de hacer, operando a
partir de un artilugio radicalmente binario; (auto)inclusión y (auto)exclusión;
y es la competitividad quien marca la diferencia. En efecto, los procedimientos
funcionales a los devenires del mercado operan como los únicos capaces de
garantizar la sobrevivencia y –por tanto- la inclusión. No ser competitivo
conduce a la exterioridad marginal de los millones de excluidos (condenados al
Cuarto Mundo, a la nomalidad vegetativa de las estaciones de Metro, a los
show-bussiness de semáforo, a la rapiña, a los saqueos, o a los depósitos de
prisiones e instituciones psiquiátricas). Se trata de competir en el escenario
de la Ley de Mercado, en una suerte de tragicómico espectáculo deportivo cuyas
estrellas se identifican con el paradigma del empresario exitoso. Jueces y
vigilantes pasan a un segundo plano (más allá de la protección de la
integridad del escenario), desdibujados sus funciones a partir de la
auto-regulación mercantil. Una vez descartada la imperiosidad de la producción
industrial (agotada tras los excedentes), la Empresa viene a colaborar con la
imperiosidad del consumo en un régimen de competitividad terciario[26],
imponiendo sus formas particulares como modo de subjetivación paradigmático.
De este modo, la corporalidad concreta de los actores sociales (antes sujetos)
deviene en la corporalidad abstracta de la Empresa; se impone así la lógica
empresarial como una lógica de convivencia privilegiada; desde la especulación
financiera a la seguridad privada; desde el yuppismo a esa suerte de
neo-esclavitud contractual que pueden llegar a constituir las Empresas
Unipersonales en las estrategias de tercerización. El binomio amigo-enemigo se
funde en la categoría competidor, y es esta competencia la que tiende a imponer
la matriz de nuestras sociedades, auto-reguladas en función de ello. De alguna
manera, se busca imponer así el bicentenario sueño liberal de Adam Smith[27].
No es de extrañar que los sucesivos espacios de encierro,
herramientas del disciplinamiento (familia, guardería, escuela, universidad, fábrica,
ejército...) se difuminen en un espacio abierto. Es que el encierro
disciplinario se torna cada vez más innecesario en un diagrama social
auto-regulado por la competitividad. La mirada panóptica de la disciplina
pierde relevancia (por onerosa) ante la preeminencia de una llave de corte más
simple y, a la vez, más efectiva para las condiciones socio-históricas en las
que se desarrollan la Sociedades de Control: inclusión-exclusión,
procedimiento alimentado por la lógica de la Ley de Mercado. Ya no se trata de
re-encauzar, sino de diagramar las posibilidades de la competitividad; la cual,
a su vez, habilitará lo que sobrevive y lo que no. Si bien la coexistencia
actual –sobre todo en las sociedades periféricas- de ambos modelos
(disciplinario y de control) puede llevar a confusión, la tendencia hacia la
utopía de Adam Smith pretende aparecer como inevitable.
A pesar de ello, ciertos acontecimientos (como las tendencias
hacia un imperialismo planetario de corte clásico –y, como tal, esencialmente
disciplinario- que se desencadenaron a partir del 11 de septiembre del 2001) político
estratégicos parecen colocar serios obstáculos a estos procesos. Ciertamente,
la emergencia del Libre Mercado Global y la competitividad, como axiomas últimos
de la convivencia, parece contraponerse con la retórica del presidente Bush y
su cruzada antiterrorista. En aparente paradoja, conviven los llamados y la
praxis smithiana de los intereses representados por la cultura de Davos[28]
(habitualmente llamada Foro Económico Mundial), con procedimientos autoritarios
que pueden considerarse tan propios de las Sociedades Disciplinarias como
–incluso- de las de Soberanía[29].
La propia represión a la que se ven sujetas las fuerzas “antiglobalización”
puede parecer también una paradoja con respecto a los llamados a la tolerancia
económica y a la tendencia a la auto-regulación social en beneficio (y como
consecuencia de) la competitividad.
Pero la paradoja sólo es tal en la superficie. Es que la
Sociedad de Control, lejos de constituirse en un Real-Materia-Concreto como
pretenden sus apóstoles, no puede evitar configurar más que la materialización
de un deber ser; un Ideal-Simbólico que busca exorcizar su carácter de tal
tras la bandera del pragmatismo. Este deber ser, concebido como orden natural
(es decir; naturalizado), no puede concebir la posibilidad del error propio en
tanto el orden natural no cabe que esté sujeto a error. El menos malo de los
sistemas posibles no defiende, entonces, su propio status sino el estatuto de la
propia realidad; el modelo se pretende, así, no ideológico sino pragmático.
¿Es posible una manifestación más clara de fundamentalismo? El combate
furioso a la disidencia no pretende disciplinar el error ajeno sino eliminarlo;
excluirlo. Las fuerzas “antiglobalización” no constituyen un desvío, sino
una exterioridad al orden natural de las cosas. Y como tal merecen ser
combatidas, aunque se recurra a los mismos procedimientos con los que se
auto-descalifica el terrorismo. La propia tipificación del terrorismo ajeno
(categoría pretenciosa que comprende desde los fundamentalismos religiosos a
cualquier disidencia) literalmente como patología delirante y peligrosa, o
sencillamente como el Mal (excelente adjetivo que denuncia los fundamentalismos
propios), no expresa otra cosa que la renuncia a la utopía disciplinaria en
beneficio del exterminio o, al menos de la exclusión absoluta. Vista así, la
ajenidad a las reglas de juego conforma un orden de otredad[30]
absurdo y sin sentido, que no merece ser comprendido. Lo inédito no radica en
esta estrategia propagandística, de la cual se ha abusado históricamente por
parte de todos los bandos, sino en la particular forma en que se despliega para
convocar adhesiones y diagramar consensos. En el escenario del Libre Mercado
Global no hay lugar para la disidencia sino para la competitividad en el
interior de sus reglas de juego. La diferencia no amerita técnicas
disciplinarias sino sometimiento a la vitrina del supermercado planetario, para
ser consumida o desechada. El producto debe adecuarse a tal lógica y como tal
ofrecerse en una dinámica competitiva, en caso contrario debe excluirse hacia
la periferia del orden natural de las cosas; tras los alambres de púas, la
marginación, la miseria y/o los delirios del Eje del Mal. Se ha dicho que
oponerse a la globalización es oponerse a la fuerza de gravedad; el orden
natural de las cosas (Real-Material-Concreto) pretende estar del lado del
Capitalismo Global Integrado[31]
negando, de esta manera, toda otra opción de convivencia por irracional y
delirante, cosa que también han hecho una multiplicidad de regímenes hoy
fenecidos. El fundamentalismo, en cualquiera de sus manifestaciones, nunca ha
aprendido demasiado de la historia.
VI-.
En este orden de cosas se inscribe la Universidad. Y es precisamente por ello
que no es, porque no puede ser, ajena. La omnipresencia axiomática de la
competitividad hace peligrar lo que el posicionamiento específico de este
trabajo plantea en torno a lo que debería ser su naturaleza. Reconociendo su
cualidad de Ideal-Imaginario[32],
este posicionamiento no puede menos que intentar analizar la progresiva
mercantilización del hacer universitario como una degradación de sus
procedimientos.
Esto se fundamenta en la cada vez más perceptible
consolidación de la lógica del capital de la práctica universitaria. El
modelo paradigmático de la empresa si instala, al menos, a partir de dos planos
que colaboran con el deterioro de aquello que otorga a la Universidad su
especificidad social; en primer lugar, el recurso a la lógica de mercado como
herramienta predilecta para la jerarquización de campos de conocimiento,
y en segundo lugar (pero no secundario), el recurso a la competitividad como
modalidad privilegiada de relacionamiento extra e intra institucional. Esto da
cuenta de una modulación subjetiva –que se impone como real-trascendente-
vasalla del diagrama dispuesto a partir de la emergencia de las tecnologías políticas
de las Sociedades de Control.
El meta-discurso empresarial, fiel a su cualidad doxática,
busca imponerse como lógica de funcionamiento indispensable para la
sobrevivencia del acontecer universitario. Bajo el esquema del “mercado de
ideas”[33],
la competencia por (y desde) las disciplinas, cuya producción resulta
lucrativamente estratégica, pretende posicionarse como la causa de la riqueza
académica, con el peligro de subordinar la docencia y la investigación a las
exigencias del mundo de los negocios. La lógica mercantil, impuesta en las
universidades, legitima que las donaciones empresariales sean consideradas como
inversiones que redundan tanto en publicidad como en descubrimientos
comercializables; de este modo, la actividad académica pasa a mimetizarse con
los departamentos de investigación y desarrollo de las propias empresas
inversoras. En este sentido, cuando la tarea universitaria puede llegar a
afectar los intereses de las empresas las inversiones de éstas se cortan a la
manera de una sanción: La Nike suspendió su apoyo financiero a tres
universidades (Michigan, Oregon y Brown) cuando sus estudiantes denunciaron la
explotación de mano de obra esclava en el Tercer Mundo por parte de la empresa[34].
Esta subordinación del hacer universitario a la lógica del
capital se torna progresivamente perversa en la medida en que los presupuestos
pasan a depender cada vez más del sector privado. Es el caso de la Ley
Bayh-Dole, en los EEUU, que desde 1980 autoriza a patentar los inventos
financiados por el gobierno, la cual fue posteriormente complementada con leyes
que animaron a las universidades para comercializar sus patentes y a conceder
exenciones fiscales a las empresas que financiaran la investigación
universitaria. De este modo, el interés empresarial pasa a ser subvencionado
por el aparato de Estado. El Estado de California (por ejemplo), que antes
financiada casi totalmente la Universidad de Berkeley, pasa a sostener, en 1999,
apenas un 34% de su presupuesto. En el ejemplo, el absurdo se despliega como un
cuadro naif; la familia Haas (heredera de la grifa de jeans Levi-Strauss) logró
que el business school de la Universidad llevara su nombre, el decanato lleva el
título de “Bank of American dean”, los edificios están saturados de
logotipos comerciales, y todo el equipamiento (incluidas las sillas) lleva el
nombre del agente privado inversor correspondiente[35].
En su conjunto, y desde la aprobación de la ley Bayh-Dole, las inversiones
privadas en investigación universitaria se han multiplicado por ocho, y el número
de patentes registradas por las universidades por veinte[36].
Los defensores del paradigma de la Ley de Mercado sostienen
que este régimen propicia, por efecto de la búsqueda de la excelencia
competitiva, mejores montos de inversión, equipamiento más adecuado, adecuación
de la praxis universitaria a las necesidades del mercado (confundiendo así el
mercado con la comunidad), más rápida difusión de los descubrimientos en
función de su rápida comercialización; todo lo cual redundaría en
crecimiento económico y desarrollo de las sociedades. El fantasma de Adam Smith
parece sonreír tras esta racionalización de la codicia.
Sin embargo, los efectos en el campo nos hablan de otra
cosa. En la Empresa-Universidad, quienes se benefician de este esquema son
aquellos servicios de resultados más lucrativos; los restantes se ven
postergados o eliminados. Y esto se torna especialmente alarmante cuando, en una
sociedad estratificada, las necesidades más urgentes son precisamente las menos
lucrativas, lo cual contribuye con la institución de una distancia cada vez
mayor entre los sectores más deprimidos y los más privilegiados. Desde esta
perspectiva, los actores académicos corren el peligro de asimilar su función a
la de agentes empresariales más preocupados por la colocación de sus productos
que por las necesidades de la comunidad que la propia Universidad integra. En
este orden de cosas, los estudiantes pasan a considerar sus estudios como una
inversión destinada exclusivamente a su promoción personal y económica,
seleccionando Centros Universitarios (y ámbitos disciplinarios) en función su
coeficiente de impacto en el mercado, postergando las otras variantes (nivel
académico, función social, aptitud disciplinar, entre otros) a un segundo
plano.
El matrimonio entre la estructura universitaria y la lógica
empresarial cuenta con varias anécdotas célebres:
“En noviembre de 1998, la
Universidad de California, Berkeley, firmaba un acuerdo con la sociedad suiza
Novartis, que hizo una donación de 25 millones de dólares al departamento de
microbiología (Plant and Microbial Biology). En contrapartida, la
universidad pública concedía al gigante suizo de farmacia y biotecnología el
derecho de apropiarse de más de una tercera parte de los descubrimientos
generados por los investigadores del departamento (incluidos los financiados por
el Estado de California o por el Gobierno Federal), así como de negociar las
patentes de invención derivadas de ellos. Además, la universidad concedía a
Novartis el control de dos de las cinco sedes del comité de investigación del
departamento, encargado de recaudar fondos para la investigación”[37].
La pretendida donación se constituye, literalmente, como un
acuerdo comercial entre socios, a pesar de contar con la objeción de un alto
porcentaje (más de la mitad) de los investigadores comprometidos en el
contrato. Estos últimos sostenían que el mismo coartaba la investigación por
el bien público, así como el libre intercambio de ideas en el seno de la
comunidad científica[38].
En efecto, el compromiso contractual de Berkeley obliga a la Universidad a
dirigir sus líneas de investigación (así como la comercialización de sus
patentes) en función de los intereses de la empresa patrocinante más allá de
las necesidades de la comunidad, así como a inhibir todas las críticas
(propias de hacer universitario) posibles cuando éstas puedan cuestionar, de
una u otra manera, los intereses del capital. Y esto en un área tan estratégica
lo es al ámbito de la biotecnología.
Otra célebre anécdota se relaciona con la Universidad
de Yale, New Haven, Connecticut La Medical School de la Universidad es la
responsable del descubrimiento del stavudine, el antiretroviral más recetado
del mundo. Componente fundamental del triple cóctel terapéutico contra el VIH,
este medicamento ha generado para la universidad cerca de 261 millones de dólares
entre su colocación en el mercado, (1994) y el 2000, cantidad que ha
representado el 90% de los royalties recibidos. Esta suma es el producto de un
acuerdo con la BMS (Bristol-Myers Squibb), establecido en 1998 –cuatro años
después de su patente; 1990-, que otorga a la multinacional farmacéutica los
derechos exclusivos de explotación. El contrato posibilitó el establecimiento
de un monopolio para BMS que le permite fijar precios a voluntad;
aproximadamente U$S 5 dólares los 40 mg. (la dosis es de 80 mg.).
Comercializado bajo la marca registrada de Zerit, la droga permitirá a la
empresa recaudar varios miles de millones de dólares a partir de su colocación
en la estructura sanitaria del Primer Mundo; no así en los países más
afectados por la pandemia (como es el caso del Africa subsahariana) donde su
precio lo hace inaccesible. Los monumentales intereses en juego se articulan a
partir de una trilogía altamente comprometida; la propia Universidad, la
industria farmacéutica y los investigadores (para los cuales Yale cede el 30%
de los royalties; uno sólo de los investigadores, el Dr. William Prusoff,
declara recibir entre 5,5 y 6 millones al año). Cuando la delegación
sudafricana de Médecins Sans Frontières solicita autorizar en Sudáfrica la
importación de una versión genérica del stavudine para poder atender
gratuitamente a las víctimas del VIH/Sida (la empresa hindú Cipla Ltd. Ofrece
una tarifa treinta y cuatro veces más barata que la de la BMS), esto se hace al
tiempo que 39 compañías farmacéuticas demandan judicialmente al gobierno
sudafricano por la autorización de “licencias obligatorias” en caso de
urgencia sanitaria. Las necesidades de la comunidad se ven amenazadas por los
intereses del capital. Pese a la movilización de estudiantes, técnicos e
investigadores de Yale (entre quienes se encontraba el propio Dr. Prusoff), la
universidad no renunció a su patente en Sudáfrica ni rompió su acuerdo con la
BMS; se recurrió a una formación de compromiso, en forma de acuerdo comercial
estratégico, que reduce drásticamente la tarifa de BMS (sólo para Sudáfrica),
desplaza a Cipla Ltd., y obliga al fabricante local (Aspen Pharmacare) a operar
subsidiariamente en estrecha colaboración con la propietaria de los derechos de
explotación[39].
Confiadas en la retórica argumental de Adam Smith, las
empresas farmacéuticas se conjugan con los defensores de la universidad
mercantil para este estado de cosas a partir de su corolario; el incentivo económico
es el único que se muestra capaz de hacer invertir las extraordinarias sumas
que comprometen a la investigación biotecnológica a largo plazo. Sin embargo,
omiten que en la prosecución de beneficios económicos se jerarquiza la
colocación comercial del producto por encima de su necesidad social y, aún, de
su calidad. La industria farmacológica invierte tres veces más en marketing y
administración que en investigación y desarrollo (aún cuando este último
aspecto cuenta con importantes subvenciones vehiculizadas por las
universidades): “En diciembre de 2001, dos investigadores de la School of
Public Health de la Universidad de Boston, Alan Sanger y Deborah Socolar,
publicaron un estudio comparativo sobre la progresión de los efectivos. La
industria farmacéutica estadounidense emplea casi dos veces más personal (81%)
en marketing que en investigación. Por su parte, BMS gastó, en 2000, 3860
millones de dólares para marketing y administración contra 1930 millones para
investigación y desarrollo”[40].
Los ejemplos referidos, si bien atañen a universidades
localizadas en lo que se configura como paradigma del Capitalismo Global
Integrado, muy lejano en recursos y posibilidades a nuestras sociedades periféricas,
no pueden menos que servir como analizadores de una lógica modulativa que
–por su carácter central y paradigmático, y salvando las distancias- termina
dejando huella en nuestras propias universidades. La relación de mecenazgo,
fundante de la academia, parece ir sustituyéndose por una modalidad contractual
en la que ésta se constituye en socio minoritario. La dependencia hacia el
capital privado corre el peligro de transformar a la Universidad en una mera
tercerización de la actividad empresarial, con las dificultades inherentes a
toda subordinación de la actividad académica a intereses sectoriales.
Por su localización estratégica, la Universidad se ve
sometida a fuerzas que, como efecto de conjunto, buscan imponer
modalidades de operatividad serviles a las tecnologías políticas hegemónicas.
En su informe sobre el “Taller Latinoamericano en defensa de la Universidad Pública”
(Managua, febrero de 2000), la profesora Irma Antognazzi de la Facultad de
Humanidades y Artes de Rosario (Argentina) señala que: (...) “las UP”
(Universidades Públicas) “del área están sufriendo procesos de
"reconversión" y sometidas a políticas emanadas de organismos
financieros trasnacionales llevadas a la práctica por los gobiernos locales.
Las tradicionales UP, democráticas, gratuitas, con autonomía académica, han
sido sacudidas progresivamente y poco o nada conservan hoy de aquellos rasgos.
¿Se trata de medidas aisladas o estamos ante un plan concertado de alcance
continental?
Las coincidencias entre las distintas situaciones descritas
en el Taller permitieron verificar que estamos ante un plan global para toda la
región. Los argumentos y justificaciones para generar los cambios en las
distintas UP son los mismos: una supuesta hipertrofia de la matrícula;
creciente ineficacia; divorcio respecto de las necesidades del país, poca
"utilidad" del conocimiento producido (lo que sería la causa de la
baja absorción en el mercado laboral de los egresados); supuesta inexistencia
de recursos públicos para destinar a una actividad de "escaso
rendimiento", y carencia de docentes calificados. Todo esto justificaría
reducir la matrícula, cambiar planes de estudio acortando los de grado y crear
postgrados; vincular la Universidad al mercado como sinónimo de "la
sociedad"; "categorizar" y "actualizar" a los
profesores. Las nuevas medidas que se implementan pueden ubicarse en dos grandes
rubros vinculados estrechamente entre sí por las consecuencias que provocan:
financiamiento y autonomía.”[41]
Con respecto al financiamiento concluye que: “La reducción
de presupuestos para las UP empieza -con variantes para cada país- a mediados
de los "80 con un eufemismo, "racionalidad administrativa", que
ocasionó verdaderos ahogos financieros compensados -y en parte disimulados- por
las "libertades" para vender conocimientos, servicios, proyectos,
investigaciones, cursos, consultorías, etc. en el marco de las políticas de
"libertad de mercado". Se abrió así subrepticiamente la vía
"privatizadora" de la UP, que mercantilizó su actividad aun
manteniendo la apariencia y rasgos estatales. Estas actividades para el
"mercado" produjeron dos efectos inmediatos. Uno, que se debía
producir lo que el mercado demanda, abandonando las líneas de investigación
desde objetivos científicos y sociales que no coinciden necesariamente con los
intereses de quienes pueden pagar y comprar esos conocimientos. Dos, se empezó
a advertir el primer nivel de discriminación de universidades y facultades según
las ofertas más acordes con el mercado. Además, produjo discriminación al
interior del cuerpo docente, con ingresos diferenciados según los proyectos que
lograran venderse. La consecuencia más seria fue la introducción de la lógica
del mercado en el quehacer académico de las UP. Otra vía para la provisión de
fondos fue la política de subsidios y créditos condicionados a ciertas líneas
de docencia, extensión o investigación estipuladas desde fuera de las
universidades, por ejemplo el programa FOMEC (Fondo para el Mejoramiento de la
Calidad universitaria) en Argentina y FOMES (Fondo para el Mejoramiento para la
Educación Superior) en México, ambos con capitales del Banco Mundial. Las políticas
estatales, por su parte, facilitaron la apertura de universidades privadas”.[42]
Sobre la autonomía: “La exigencia de que el investigador
sea además docente y a la inversa -que en principio es correcta- en las
condiciones actuales de reducción presupuestaria y de cargos expulsa del
sistema u obliga a "inventar" tareas o asumir cargos que no están en
el interés ni en las posibilidades del docente-investigador. A su vez, la
investigación debe ser "acreditada" y esto también requiere de
veedores, consultores, evaluadores que deben aplicar las pautas fijadas por el
programa. Al combinar luego la "categoría" con el cargo y la dedicación
(simple, semiexclusiva o exclusiva), resulta el monto del ingreso que el docente
cobrará en cuotas cuatrimestrales que van desde poco más de 100 dólares hasta
más de tres mil. Aquello de "a igual trabajo igual salario", ha
dejado de existir. El sistema legitima y oculta los bajos salarios y genera un
verdadero mercado de negociación individual de los ingresos y de las
condiciones institucionales del trabajo académico, produciendo una marcada
estratificación de este sector con ingresos diferenciados. Se trata de un
mecanismo perverso que atenta contra las condiciones requeridas para la docencia
y la actividad investigativa. Los ingresos de los docentes ya no dependen de su
calidad académica, ni de la importancia científica o social de sus
investigaciones, ni de su preocupación por la docencia de las nuevas
generaciones, sino más bien de su habilidad para presentar la información
requerida en el momento preciso. La carrera así desatada entre los docentes los
conduce a un esfuerzo burocrático, administrativo, formal, para conseguir
mejorar su magro ingreso. Los mexicanos, que llaman a la gran mayoría de la
planta docente "pobresores", reconocen que este sistema chantajea a la
actividad académica y la prostituye en la entrega de los papers a tiempo y con
los avales del caso, sometiéndola a reglas que van haciendo "caer del
sistema" a muchos que no llegan a cumplirlas. Esto produce una discriminación
pavorosa, un crecimiento del individualismo y la competitividad, el abandono de
la mística docente y de la investigación, el debilitamiento de los sindicatos
y un achatamiento de la actividad comunitaria. Existen algunos docentes en la cúspide
de una escala de privilegios, una casta académica que integra las consultorías,
las asesorías, los jurados, las líneas editoriales, el control de la producción
de conocimientos. Aunque en su mayoría se trata de intelectuales que en los ´60
y "70 lograron reconocimiento por su aporte al pensamiento crítico, en la
actualidad han abandonado esa función, al menos en la UP.”[43]
En estas condiciones, y en acuerdo con las modalidades
imperantes de subjetivación, la Universidad comienza a desdibujar su modo de
hacer específico en beneficio de la modalidad empresarial. Y lo más
significativo de esta transformación radica precisamente en su capacidad para
tornarse legítima, justificada por el pragmatismo del imperio del mercado; se
erige como natural. De este modo, se sostiene que el orden natural de las cosas
(el mercado) va accediendo por fin al espacio académico, transformándolo en
una subsidiaria de la lógica empresarial. Los signos son múltiples; una lógica
administrativa economicista que valora el rendimiento a destajo en función de
índices al menos discutibles (horas-pizarrón, estudiantes por docente,
cantidad de publicaciones y citas de terceros...), jerarquización de acuerdos
(y ámbitos) lucrativos, conceptualización del orden estudiantil como clientela
a la cual vender títulos habilitantes... Vior y Bertoni, educadora y
economista, respectivamente, profesoras de la Universidad Nacional de Lujan
(Argentina), proponen 9 puntos a partir de los cuales es posible abrir un campo
de visibilidad para estas transformaciones en la región[44]:
“a) Inseguridad presupuestaria: las universidades
relacionadas con núcleos muy dinámicos económicamente o con organismos
estatales sufren los avatares de la política económica, ya que pueden lograr y
perder ingresos azarosamente;
b) Aumento de la influencia de los intereses de las empresas
sobre los planes de estudio para la formación de profesionales, con valoración
del desarrollo de individuos disciplinados, no críticos, en detrimento de la
formación científica básica, el desarrollo de capacidades cognitivas y el
trabajo en equipo;
c) Uso de los bienes y espacios públicos para la satisfacción
de intereses privados: laboratorios, instalaciones y personal de la universidad
(resultado de inversiones públicas realizadas para la calificación de alto
nivel científico y tecnológico), son aprovechados para el lucro privado;
d) Valoración de la actividad universitaria a partir de parámetros
economicistas. Revalorización de los "producidos propios" con
generación de espacios de "privilegio", dotados de mejor
infraestructura y equipamiento, con mayor libertad, en desmedro de los espacios
dedicados a la docencia de grado, investigación y extensión;
e) Incorporación de personal, dedicado al trabajo en
contratos específicos, que no asume actividades con alumnos ni en investigación;
f) Desplazamiento de la "extensión" (entendida
como instancia que articula producción y circulación de saber e implica el
compromiso de la universidad con el desarrollo de prácticas que contribuyan a
la democratización socia)l, por la venta de servicios;
g) Surgimiento de un estrato gerencial -que en muchos casos
poco tiene que ver con la vida académica y poco puede aportar para su
mejoramiento- a cargo de la promoción y gestión de contratos;
h) Diferenciación entre instituciones, disciplinas, áreas
de trabajo, agudizada por el acceso a recursos extra-presupuestarios.
Fragmentación entre universidades y dentro de cada una de ellas, ruptura de
relaciones cooperativas y solidarias;
i) Las pasantías en empresas se convierten en un reemplazo
de profesionales graduados, porque los estudiantes resultan más baratos. Esta
situación ha generado otras consecuencias negativas, ya que los estudiantes
demoran su egreso, perpetuándose como pasantes para no convertirse en graduados
desocupados y la universidad baja su "eficiencia interna”.[45]
El intento de modulación empresarial de la práctica
universitaria se traduce, también, en la modulación de nuevos modos de ser del
universitario. Casi imperceptiblemente, y en armonía con la naturalización de
la competitividad como forma instaurada de subjetividad, el actor universitario
deviene en una suerte de empresario intelectual que racionaliza su accionar
desde la pragmática del mercado.
““Empresa”, esa es la palabra-clave que resume la
concepción en ascenso de la nueva
Universitas
que, bajo el impulso de los sucesivos ministerios, se concibe cada vez más por
analogía con el campo económico. Es elocuente la terminología que sirve para
designar las actividades universitarias más valorizadas. Ahora se trata
esencialmente de "gestionar los flujos", de "responder a una
demanda social de diplomas profesionales", de "adaptar la oferta de
formación", de "crear sinergías", "en asociación
con...", etc. El Contrato cuatrienal de desarrollo firmado entre el
Ministerio de Educación Nacional y el Instituto de Estudios Políticos de Lyon,
el 10-7-2000, es un ejemplo de este nuevo lenguaje: "Con el fin de preparar
a sus estudiantes para integrarse en las instituciones europeas de derecho público
y privado, sometidas a la competencia mundial, el establecimiento desea ampliar
progresivamente la duración de su formación pluridisciplinar a cuatro años,
para darle un carácter internacional, profesionalizado y más adecuado para las
formaciones universitarias del tercer ciclo"”.[46]
En la lógica de las Sociedades de Control se configura una
suerte de terminología meta-lingüística (una lingua franca de la revolución
neoliberal, diría Bourdieu[47])
que desplaza un conjunto de vocablos en beneficio de otro funcional a las lógicas
de sentido imperantes. Esta neoterminología, nutrida de categorías
provenientes preponderantemente del ámbito de las Ciencias Políticas y Económicas,
se instaura como máquina sobre-codificadora de lo real, en un orden subjetivo
articulado íntimamente con las necesidades del mercado global. Emergen, así,
categorías tales como; “globalización”, “mundialización”,
“flexibilidad”, “gobernabilidad”, “empleabilidad”, “excelencia”,
“nueva economía”, “tolerancia cero”, “multiculturalismo”,
“consenso”, “comunidad internacional”, “bussiness”, “mercadeo”,
“sustentabilidad”, “viabilidad”, “competitividad”, “modernización”...,
desde los cuales se despliega una abanico de significaciones que torna a esta lógica
de sentido como inapelable. “Al igual que las dominaciones de género o de
etnia, el imperialismo cultural es una violencia simbólica que se apoya en una
relación de comunicación forzada, para imponer la sumisión. En este caso, su
peculiaridad consiste en que universaliza los particularismos vinculados con una
experiencia histórica singular, haciéndolos irreconocibles como tales y
reconocibles en cambio como universales”[48].
Se trata de una particular forma metalingüística que proporciona significantes
imperativos más allá de las traducciones posibles; en efecto, se posiciona en
los intersticios de cada lenguaje con efectos de homogenización de sentido,
convocando a la significación desde las lógicas del capital instaladas en un
mercado planetario.
En este diagrama subjetivo, los actores universitarios pueden
llegar sumir su práctica en la obediencia a las reglas de juego de las
tendencias económicas globales. De este modo, muchos docentes pueden llegar a
considerar, explícita o implícitamente, que su tarea debe privilegiar la
atención de estudiante-clientes, orientados hacia una calificación profesional
conforme al perfil exigido por un mercado de trabajo y dominado por las
expectativas e intereses del mundo empresarial. Vista desde esta perspectiva, la
formación universitaria se asimila a una habilitación (o, mas precisamente, a
una titulación) terciaria de agentes entrenados para la competencia, y a la
capacitación de mano de obra al servicio de las necesidades del capital. En
esta modalidad, el economicismo pasa a autonomisarse de su ámbito disciplinario
específico para instaurarse como meta-discurso de todo el acontecer
universitario (y en definitiva, de todo el cuerpo social). La
Universidad-Empresa atiende así a dos demandas de marcado: la de las empresas
patrocinantes y la configurada por la clientela estudiantil deseosa de hacer de
dichas empresas su propia clientela.
“El actual éxito del estilo gerencial en la Universidad
sin duda no habría sido tal si el contexto político-ideológico no hubiera
estado sellado por el triunfo del economicismo. La universidad no hace otra cosa
que retomar los modelos y las normas preconizadas o impuestas por nuestros príncipes
y sus consejeros. Nos limitaremos a recordar el informe de la comisión Attali,
compuesta por universitarios y empresarios que comulgan en el consenso de la
"democracia de mercado", como el patrón de la Lyonnaise des Eaux, Jérôme
Monod, cercano a Jacques Chirac, y el sociólogo Alain Touraine, ex teórico de
la "segunda izquierda", que define así una de las "cuatro
revoluciones" que debe hacer la Universidad: "Las relaciones con las
empresas, las empresas innovadoras, que crearán la mayor parte de los empleos
de mañana, sólo podrán desarrollarse en una relación estrecha y confiada con
el sistema universitario"; a lo que se añade una de las "siete
misiones de la enseñanza superior: adaptar a los oficios de pasado mañana y al
espíritu de empresa". Sería inútil buscar en este breviario una
recomendación para que la Universidad desarrolle el espíritu crítico y el
sentido del servicio público”.[49]
Estas transformaciones tienden a restar valor social al
capital cultural en provecho del capital económico, y se traducen en una
progresiva degradación de los saberes inútiles (para el capital) en favor de
aquellos saberes (las llamadas “nuevas tecnologías”) capaces de construir
productos fácilmente comercializables. Pero la lógica empresarial puede,
incluso, trascender el diagrama de producción (y selección) de conocimiento,
en función de las necesidades del mercado, hasta llegar al propio modo
operativo de la cotidiana universitaria. Analizador de este último aspecto,
puede considerarse a la tendencia mediática de algunos actores que jerarquizan
el acceso a la difusión pública por sobre las especificidades de su tarea académica,
transformándolos en agentes de marketing que desdibujan la actividad docente en
beneficio de la prosecución de prestigio y financiamiento para proyectos
propios, buscando posicionarse como líderes en ciertos nichos específicos del
mercado; culto al lobby y al impacto mediático, más propio de los gerentes de
relaciones públicas que de los responsables de la producción de conocimiento.
VII-.
Como se ha señalado, este rumbo no constituye más que un efecto de
conjunto, no obliga (porque no puede) a la instauración definitiva de tal
diagrama. La propia tradición universitaria habilita a la constitución de
estrategias de resistencia que le permiten identificar nuevas modalidades
operativas para cumplir con aquellos objetivos fundantes que a la universidad le
han dado sentido. Tal como lo señalan Accardo y Courcuff[50],
vale aplicar para los universitarios una paráfrasis de Weber referida a los
periodistas: “Lo sorprendente en estas circunstancias no es que muchos
(individuos) se hayan salido de sus carriles o que hayan fallado desde el punto
de vista humano, sino que a pesar de todas esas dificultades, el gremio tenga
una cantidad tan grande de personas de auténtico valor e incluso de (personas)
honestas mucho más importante de lo que suponen los profanos”.[51]
Es que el acontecer académico, tal como ha sido concebido
–y por su propia naturaleza- posibilita la emergencia de la disidencia aunque
ésta pueda llegar a ser percibida como minoritaria e incluso marginal. Ejemplos
de ello lo constituyen tanto los espacios de reflexión académico-universitarios,
las acaloradas discusiones de co-gobierno, y la propia persistencia de
actividades (en investigación, extensión y docencia directa) dirigidas hacia
las necesidades concretas de la comunidad, pese al ahogo financiero y los obstáculos
a los que se ven sometidas. La opción por esta concepción del hacer
universitario obedece tanto a una necesidad ético-social ineludible, como a la
necesidad de sostener un rigor académico que permita a la Universidad cumplir
con las tareas que le son propias en tanto tal. Atender a la consolidación de
las lógicas empresariales en el ámbito planetario no implica (no debe
implicar) subordinarse a ellas sino que, muy por el contrario, debe permitir el
trazado de procedimientos que –teniendo presente su existencia- permitan
operar a los universitarios sin desdibujar su carácter de tales. De lo
contrario, la propia naturaleza de la Universidad es la que se pone en riesgo.
De los talleres universitarios del Foro Social Mundial (Porto
Alegre-2001) surge la coincidencia en la condena a las políticas económicas
que pretenden convertir a la universidad en una "fábrica de
graduados" y al conocimiento en una mercancía.[52]
La Universidad constituye un espacio estratégico, tal y cual ha sido
constituido, renunciar a él implica renunciar a una herramienta fundamental
para el desarrollo de nuestras sociedades y la prosecución de estrategias de
convivencia más tolerables.