Resumen: Cuento sobre acontecimientos que suelen suceder, pero que de igual manera no dejan de sorprendernos.
Publicación enviada por MERCEDES GONZÁLEZ
José trabajó como nunca en el consultorio dental; estaba tan agotado que sintió
deseos de retirarse a su casa de campo, no el domingo como acostumbraba hacerlo,
sino ir a relajarse desde el viernes en la noche. Pero no podía hacerlo porque
tenía un compromiso con un cliente nuevo el sábado en la mañana, para ponerle un
removible en la mandíbula inferior. Después de estar en el consultorio, sabía
que se quedaría todo el día por la cantidad de trabajo nuevo que tenía.
Cuando se graduó como dentista estaba enamorado de su profesión. Recordaba
cuando en el bachillerato una vecina de su madre cogió buches de orine de vaca
para quitarse el dolor de muela que la estaba volviendo loca. Al ver su
desesperación, él se prometió a sí mismo ser dentista para ayudar a los que no
podían pagar atención y orientación dental. Ahora, 10 años después, a él le
estaba pasando algo muy raro: no estaba satisfecho de lo que hacía.
Esto lo había comentado con algunos colegas en una reunión de amigos. En
realidad, él no había recibido un desengaño directo de ningún paciente, no le
había ido mal económicamente, pero en la vida, no todo era el dinero. Ahora se
daba cuenta de lo mal remunerada que era su profesión. En el campo al dentista
no lo miraban como a un doctor, sino como a un “sacamuelas”, “sacadientes” o
dentista barato.
Sin embargo, ¡ cuántas sonrisas nacían en cada boca que él arreglaba ! ¡cuántos
beefteaks volvían a comer sus clientes después de un buen arreglo bucal! Y
todo esto a costa de respirar mucho mal aliento de tantas personas que perdían
su dentadura por descuido, falta de higiene o por miedo de visitar al dentista.
Estaba recostado en el sillón adonde acostumbraba sentar a los clientes, se miró
al espejo que estaba frente a él, y volvió a quejarse en alta voz:
- Nadie habla bien del dentista, lo nombran sólo para decir : es bueno o es
malo; nunca lo llaman doctor, ni dicen: “qué buen trabajo me hizo”, vienen y se
van serios, como si uno fuera un verdugo a quien no quieren volver a ver más”.
Presionó el sillón y se estiró en él. Acostado, rascándose la cabeza pensó: lo
que pasa es que me estoy poniendo viejo”. Sin querer comenzó a hacer un
recuento de su vida espiritual. No creía en Dios, pero sí creía en Jesús y la
Virgen de la Altagracia , como muchos dominicanos. Esto era un secreto porque
como a él le gustaba el comunismo, para sus amigos, más bien era un ateo..
Pero no era un comunista profesional, sino un comunista de libros, vivía
leyendo a Carlos Marx, Lenin, todo lo que viniera de Fidel Castro: él sí era
fiel seguidor de Juan Bosch. Tampoco era católico militante, pero cuando tenía
un problema serio, recurría en silencio a Dios para que le diera ideas de cómo
resolver esos problemas.
Distraído en sus pensamientos no se había dado cuenta de que su primo Eduardo
había llegado. El acostumbraba visitarlo una o dos veces al mes cuando llegaba
a la ciudad de Santiago.
Eduardo vivía en la Capital, era un hombre sano, ingenuo y de buen
comportamiento; tenía tres hijos y en su cara se reflejaba la felicidad de una
persona que se sentía conforme por tener todo lo que anhelaba.. Antes era
católico, pero desde hacía un tiempo se había convertido a otra religión; ahora
era cristiano.
Sin que José se diera cuenta, entró al consultorio y con un ¡ Hey ! asustó a
José y lo volvió a la realidad.
- Oye, hermano, - le dijo - ¿ qué te pasa? . La sala está llena de pacientes y
tú como si nada.
- Si tú supieras, hermano - dijo José - que hoy no tengo deseos de trabajar.
Estaba dando tiempo a que llegara Liliana para dejarle mis pacientes e irme a
la casa.
Eduardo no lo dejó seguir hablando y le dijo con entusiasmo:
- Te traigo un notición.
- ¡ No me digas !
- Déjame decirte primero de qué se trata. Hoy es lunes, pero el sábado unos
predicadores de la Iglesia a la que pertenezco, vienen al estadio de Santiago a
hacer milagros; es un encuentro maravilloso y asisten más de mil personas
porque estos predicadores vienen de Puerto Rico; créeme, hacen milagros!
- Qué cuento es ése ? - dijo José desinteresado. No creo en milagros, menos
angloamericanos.
- Déjame explicarte, - le dijo Eduardo, juntando las manos en forma de
súplica. Tú no sabes que el Pastor que viene a dirigir la Asamblea y a hacer la
sanación con imposición de manos, empasta las muelas y los dientes con sólo orar
!
- ¡ Cómo! - dijo José, parándose de un salto del sillón.
- Eso, dijo Eduardo. - Ya él lo hizo en New Jersey y fue un éxito.
José no pudo aguantar la risa, pero paró de reir por respeto a su primo.
Eduardo, eufórico, siguió hablando: - Es cosa de Dios, son milagros reales,
todo el que va lo puede ver con sus propios ojos. Si quieres ver y tocar los
dientes y las muelas, lo puedes comprobar, yendo para que te convenzas.
- Si es así, yo tengo que ver eso - dijo José. Te prometo que voy. ¿Cuándo
es el evento?
- Es el domingo, y yo te espero allá en los primeros asientos de alante, a
las 8:30 de la mañana. Ve temprano porque el estadio se llena completo.
Cuando Eduardo se fue, José se llenó de dudas, pero después, pensativo, dijo:
- ¡ A carajo! No voy a perder nada con ir a ver qué se esconde en todo
esto; pero no me puedo tragar la píldora del empaste con la oración; si es
verdad, con lo coros que están los materiales dentales y la jodía luz que se va
diez y doce horas....¡ Qué me mate la curiosidad como al gato...todo es posible!
Y a lo mejor puedo trabajar con él y economizar tiempo y material. ¡ Miren que
con rezar se empasten los dientes! Es verdad que este mundo está muy loco o
lleno de pendejos. Esto hay que verlo, así que no puedo dejar de ir.
A las 8:30 de la mañana ya José estaba sentado en el estadio. La gente se
contentaba solo cantando, orando, gritando, hasta que al fin, a las 2:30 de la
tarde llegaron los predicadores. Solamente uno de ellos era el que tenía el don
de empastar los dientes. Ya a esa hora hacía un calor insoportable pero aun así
el público estaba hipnotizado. Muchos caían al suelo emocionados. Unos decían
que estaban llenos del Espíritu Santo, otros lloraban y daban gracias a Dios por
poder estar allí, seguros de encontrar lo que habían ido a buscar a través de la
oración del Pastor.. Por fin, a eso de las 5 P.M. terminó la ceremonia de
sanación. El quería ver y palpar el milagro de los empastes en los dientes y
muelas, del que le había hablado su primo... Dónde estaban las personas a las
que les habían trabajado en sus dentaduras?
Eduardo, emocionado, se había ido a saludar a los Pastores. José intranquilo lo
buscó y corrió hasta él para interrogarlo.
- ¿ Dónde están las personas a las que le empastaron los dientes? Todavía
no he visto ni uno de los sanados.
Un señor que estaba parado al lado del Pastor le dijo: - Aquella señora, a la
derecha del Pastor, está dando testimonio.
Ella estaba con la boca abierta y los ojos cerrados enseñándole a 6 ó 7 personas
con un dedo en la boca, los empastes que le había hecho el Pastor cuando le oró.
José caminó hasta ella y su sorpresa fue tan grande que apenas podía hablar.
Rapidamente se recuperó y mirando a la mujer cara a cara le dijo:
- Martha , ¿ qué tú haces aquí?
Ella cambió de color, cerró la boca y abrió sus ojos con asombro cuando
José le dijo:
- ......porque esas muelas y dientes que tú dices que te empastó el Pastor
ahora, es el trabajo que te hice yo ayer, en mi consultorio.
-
F I N
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