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Monografias | Estructura de la destrucción del yo: Proceso contra la historia de la filosofía de J.A. Sánchez Tarifa (Ed. Grupo Editorial Universitario, Granada)

Estructura de la destrucción del yo: Proceso contra la historia de la filosofía de J.A. Sánchez Tarifa (Ed. Grupo Editorial Universitario, Granada)

Resumen: Reseña del libro de filosofía del título y autor indicados. Desarrolla una actitud muy crítica de la Historia de la Filosofía y las contradicciones en las que ha desembocado. Al final se incluye también una entrevista de su autor.

Publicación enviada por Carmen Victoria Román Luna




 


El problema básico de la Historia de la Filosofía ha sido la consideración
que merecía el sujeto a cada pensador, en tanto que capaz de conocer y capaz
de ser conocido. Los filósofos se han caracterizado por prejuicios, la
mayoría de las veces malintencionados, que forzaban a una deformación,
muchas veces ridícula, de ese sujeto que aspiraba a conocer y a conocerse.
El escrito parte de la base de que, en la interpretación clásica del Yo en
la Historia de la Filosofía, ha primado la mala fe. "La Destrucción del Yo"
nos ofrece algunas claves para desenmascararla.

La Historia de la Filosofía ha escindido al Yo, identificándolo aisladamente
con alguno de sus tres genuinos componentes: pensamiento, existencia y
voluntad. Se ha querido definir al Yo como exclusivamente pensamiento
(racionalismo), exclusivamente existencia (existencialismo) o exclusivamente
voluntad (irracionalismo). Cualquier de estas perspectivas del Yo era
correcta en parte, pero dejaba inexplicada una gran dimensión del contenido
del Yo. Por eso, la reflexión del autor se centra en analizar al Yo desde
las tres categorías implicadas. La complejidad del Yo se hace manifiesta al
tratar de referirnos a sus cualidades, que no son otras que pensamiento,
existencia y voluntad. El Yo queda disgregado en estos componentes, que se
denominan en su unión "tríada basal" y que además, en uno de los muchos
recursos estilísticos que encontramos, los integrantes de la tríada van
girando a lo largo del escrito, simulando una especie de espiral que va
engullendo al lector, conforme avanza en su lectura.

Conocer al Yo implica conocer a cada uno de los elementos que lo integran.
Pero aquí encontramos un segundo nivel de complejidad, puesto que al querer
saber qué es el pensamiento, observamos que para hacer una aproximación a su
naturaleza hemos de, necesariamente, incluir como parte esencial de su ser a
la existencia y a la voluntad. No hay pensamiento, existencia o voluntad que
sean puros y menos aún fundantes, porque estos elementos exigen la
co-implicación para ser analizados. Así nos encontramos un segundo error
tradicional de la Historia de la Filosofía, que no sólo identificaba al Yo
con un elemento aislado de la tríada, sino que además lo desarraigaba a la
vez de su constitución triádica. En sentido general, la Historia de la
Filosofía ha cometido un tercer error: creer que era posible una definición
cerrada de cada uno de los componentes de la tríada basal. Aprovechándose de
esto, ha habido algunos filósofos que se han erigido en la culminación de la
filosofía, pensando que con su tema de estudio, con su genial e irrefutable
definición, se cerraba un episodio de la Historia de la Filosofía, porque
habían dicho todo lo que se tenía que decir.

"La Destrucción del Yo" reacciona contra cualquier tradición filosófica,
intentando analizar los componentes de la tríada basal desde su relación,
puesto que el autor desecha a priori el discurso cerrado sobre cualquier
concepto que se considere. No hay definiciones correctas porque la riqueza
conceptual desborda cualquier pretensión de delimitación de lo que, en el
fondo y desde el pensamiento, siempre es interpretación. Por eso el libro
estudia la intra-relación, la inter.-relación y la extra-relación de los
conceptos implicados en la tríada. La obra, en su primera parte, sigue un
estricto esquema de desarrollo, en un procedimiento que algunos han querido
ver recogido del Ars Magna, aunque nuestro autor, explícitamente, esté
contra la aplicación de cualquier método, porque, según expone, esta
estrategia incurre en los mismos errores que la definición, siendo muy
vulnerable a las críticas:

Intra-relación:
Pensamiento del pensamiento
Existencia de la existencia
Voluntad de la voluntad

Inter-relación:
Pensamiento de la existencia
Pensamiento de la voluntad
Existencia del pensamiento
Existencia de la voluntad
Voluntad del pensamiento
Voluntad de la existencia

Extra-relación:
El texto establece la vinculación de los componentes de la tríada basal con
los   principales conceptos de la Historia de la Filosofía. Este desarrollo
es de dimensiones inabarcables, por lo que el autor se centra en las
relaciones que ha considerado más pertinentes para el planteamiento de sus
propias propuestas.

El Yo se hace explícito a través del principio de acción. El resultado
último del conflicto complementario de la tríada, que es un conflicto
irresoluble, a la vez que necesario, queda representado por una acción en la
que el Yo compendia las tres fuerzas que lo constituyen. La tríada emite un
veredicto último frente al no-Yo y eso determina una acción de la que el Yo
debe hacerse responsable. La relación dialéctica de la tríada basal hace
igualmente indefinibles al pensamiento, a la existencia y a la voluntad, o
mejor dicho, los hace parcialmente definibles, pero al igual que sucedía con
el Yo, su nivel de definición ha de realizarse considerando a los uno en
función de los otros, teniendo en cuenta, según uno de los muchos
neologismos que acuña el autor, que son elementos "desidénticos", llevando
este enfrentamiento complementario a la esencia misma del concepto, pues son
tan idénticos como diferentes. El Yo, por ejemplo, en la desesperación,
cuando se enfrenta a su propia y voluntaria finitud, al suicidio, lo que
persigue es el cese de los tres componentes de la tríada simultáneamente;
intenta acabar, en su acto de ejecución, con lo que denominamos ambiguamente
"vida". En este punto de la obra hay una curiosa inversión, porque de una
estructura triádica, pasamos a una diádica, representada por dos conceptos
fundamentales; uno orientado a ejercer la acción, el otro destinado a
frustrarla: el atrevimiento y la precaución (el autor, en el prólogo, ya nos
anticipa que el libro es como una "acerada flecha. Empieza con una triada
[.] su parte central es una díada: atrevimiento y precaución; por último,
nos vemos abocados a su incisiva punta letal y vital con un concepto
monádico: el tiempo.") (DY). Ambas son tendencias previas del Yo, cada una
con sus funciones y con sus aspectos positivos y negativos. El problema, y
aquí el autor incluye su particular crítica social, es que la precaución se
ha desbordado completamente y ha copado los últimos resquicios de la
estructura social de nuestro tiempo. La precaución se ha convertido en una
forma de obsesión. Tradicionalmente se manifestaba en la religión, que es la
suma de todas las tendencias precautorias de los milenios que nos anteceden,
pero con sus pérfidas armas de chantaje emocional (entre otras proponer una
prolongación indeterminada de la vida frente a un instante de plenitud o de
placer que sistemáticamente nos lo presenta como peligroso), la precaución
ha arrasado, instituyéndose por doquier; ha espoleado un miedo ancestral,
nocivo y letal, que convierte a los pobres ciudadanos de nuestro tiempo en
acobardados títeres, hombres narcotizados, que reaccionan compulsivamente
ante ese temor neurótico arriesgándose de un modo anti-natural e inhumano
por verse libres, aunque sólo sea unos segundos, de tal presión. Así es como
surgen muchas de las aficiones de nuestra época y muchos de sus males, que
son algo más que extravíos individuales, son los auténticos vestigios de la
decadencia que nos acecha. Algunos, prisioneros de una vida precavida y sin
sentido, se aferran al alcohol, a las drogas como métodos de evasión o  a
múltiples adicciones incomprensibles para la naturaleza humana. Otros,
compungidos, se "deprimen", la gran epidemia de nuestra actualidad, porque
destruidas sus posibilidades de vivir por la precaución, no entienden por
qué y para qué hay que seguir invirtiendo el tiempo en un vacío anhelo de
vida. Algunos proyectan su colapso mental, su aturdimiento existencial, en
cualquier elemento que les es próximo, como su cuerpo, generando la
anorexia, o en su afán de posesión, produciendo el consumismo desaforado.
Por último están los que hastiados de precaución, de garantías sociales, de
seguridades vitales de todos los tipos y maneras, acaban suicidándose,
escupiendo a la sociedad todo el confort, la calidad de vida, el estado de
bienestar que con tanto orgullo preconiza. Se evita un debate público sobre
estos, cada vez más terribles, síntomas de decadencia, pero las estadísticas
sobrecogen. Hay un numerosísimo ejército de muertos voluntarios en Occidente
(más que el que genera cualquier ideología) que no perecen  por algún ideal
que valga más que su vida, sino que expresan de esta trágica y radical forma
su manera de decir no, un no desmedido y rotundo, que continuamente nos
negamos a oír, para no sentirnos abochornados del oropel de expectativas
insostenibles que estamos creando, sin que tengan justificación, apoyándonos
en la grandeza de un desarrollo técnico que dinamita las más básicas
estructuras humanas. Esta es una obra insólita para nuestra época, pues no
respeta ni nuestro mito más sagrado: el progreso. Según nuestro autor, la
idea de progreso se acuña, precisamente, para de una forma infructuosa y
pueril, tratar de burlar la decadencia, tratar de sortear los más serios
envites de nuestro destino cultural, que sin prisas, nos debilitan
intentando hacernos sucumbir. Ante la contradicción entre individuo y
sociedad, la decadencia se convierte en una necesidad, se genera por el
principio de auto-destrucción; estamos siendo testigos del suicidio de una
cultura.

El atrevimiento crea caminos novedosos para que su impulso enaltecedor se
manifieste. Pero la precaución acaba haciéndose dueña de ellos. Hemos dicho
que la esencia de la precaución se refleja, ante todo, en la religión, que
instaura una meta-precaución (¡Pórtate bien y alcanzarás la verdadera vida,
la vida eterna!), pero poco a poco toda forma de expresión humana va siendo
copada y asumida por su influencia. La ciencia surge como rival de la
precaución, pero ésta acaba poniéndola también a su servicio. Cualquier
logro científico se orienta a la precaución y la ciencia médica (con todos
sus matices hechiceros en cualesquiera sociedades que se considere), la más
precautoria de todas, ocupa un lugar preeminente en las prioridades de las
culturas. También la filosofía se convierte así en un remedio precautorio,
para que aquellos especímenes humanos que no se contentan con el discurso
religioso, tengan alguna otra posibilidad de saciar sus ansias de
perpetuidad, acicateadas por la precaución. Por eso el autor hace una
despiadada denuncia de lo que ha venido siendo la Historia de la Filosofía,
considerándola una prehistoria de un pensamiento nuevo que habrá de
imponerse para plantear las cuestiones vitales desde otro planteamiento bien
distinto. En el texto, la Historia de la Filosofía aparece como una teología
mal enmascarada, a la que prácticamente todo filósofo ha contribuido a
consolidar; algunos con justificaciones directas y artificios teóricos;
otros aparentemente oponiéndose a ella, pero beneficiándola como revulsivo
(piénsese en el conjunto de filósofos ateos que, frente a las promesas de
redención de la religión o la filosofía, nos ofrecen la angustia, la nada y
la desesperación como alternativa o a Nietzsche con ese "espeluznante
bálsamo metafísico"(DY) que es el eterno retorno de lo idéntico o a
Heidegger con su mística del Ser, instauradora de una neo-teología, más
dañina, si cabe aún, que la anterior).

Finalmente, llegamos en el escrito a la reflexión sobre el tiempo. Los
avatares del Yo, de la tríada basal, del atrevimiento y la precaución,
aderezados por el principio de acción, concluyen en una inextricable
vinculación temporal. El Yo se desarrolla en el tiempo. Pero no en un tiempo
primordial y escindido, no en un tiempo primigenio y superior (tiempo
ficticio del que la filosofía y la religión han sacado el máximo provecho),
sino en la temporalidad, "en un tiempo manchado de ser" (DY). La
temporalidad determina a priori la condición de posibilidad del Yo, de que
el Yo sea. Es una relación muy compleja, a la vez que simple, porque
básicamente el Yo y sus componentes están inmersos en la temporalidad, son
temporalidad. Hay que tener en cuenta que temporalidad y Yo no coinciden ni
se derivan ni proceden de orígenes diferentes. La temporalidad es para que
el Yo sea y muestre lo que es,  para que se explaye en el atrevimiento, pero
para ningún otro testigo que sí mismo. El Yo no debe demostrar nada porque
no hay criterio extrínseco a su propio ser. No debe demostrar sino
demostrarse, no se amolda a ningún juicio, sino a su propia valoración,
erigiéndose en su propio criterio. La temporalidad es la gozosa posibilidad
de desplegar la fecundidad que se porta, como tríada basal,  para
enorgullecernos de ella ante nosotros mismos. Es tal el grado de perfección
que se alcanza en esta relación, que incluso podemos renunciar, con la
drástica evasión del suicidio, a ser partícipes de su juego. La tríada basal
supone una libertad tan inmensa, que al proponernos la temporalidad aceptar
el fascinante juego de la vida, se nos permite decir no.

Frente a las especulaciones filosóficas clásicas, "La Destrucción del Yo"
quiere reivindicar una temporalidad inmanente, en contraposición a un tiempo
trascendente. Y además, en la obra, se valora optimistamente el sentido
finito y efímero de la vida, criticando con severidad las alternativas
trascendentes, con unas promesas de eternidad que son las que realmente
desfundamentan el sentido de ser del Yo. Se presenta una alternativa
original, una aceptación de la finitud del Yo desde el éxtasis y no desde la
tragedia, pero desde un sentimiento extático que no es una forma de evasión
ocasional, sino que nos es dado por el mero hecho de vivir, por el exultante
sentimiento que implica la vida. La felicidad es una cualidad de base que
configura al Yo. Por eso se intenta explicar, no tanto cómo puede el Yo
alcanzar la felicidad, sino porque la ha perdido. El Yo no es en la
infelicidad desde que tiene conciencia de sí mismo, sino que es en la
felicidad y teorías filosóficas destructivas, ficticios mundos de
ultra-tumba con todo tipo de promesas ilusorias, inhumanos sistemas de
organización social. son en realidad los enemigos fundamentales del Yo y
aquellos que lo abocan a la perdida del sentido de su propio ser. Filosofía
y religión han estado hermanadas en su lucha contra el Yo una vez más,
tratando de redefinir las estructuras de la temporalidad desde una eternidad
obsesiva y acaparadora que fuera la simiente y el sentido de un tránsito
existencial, en el que el Yo se vería inmerso por un capricho celestial,
promovido además en el monoteísmo por un afán de venganza. En la lectura,
encontramos una regular condena de las religiones y del sentimiento negativo
que las promueve. El libro reivindica una nueva concepción del tiempo, más
acorde con las expectativas que se le atribuyen al Yo desde el atrevimiento
y no desde la precaución, desde la inmanencia y no desde la trascendencia.

En el texto, encontramos veladas alusiones, incluso citas camufladas, de
diferentes autores y no sólo de filósofos; el propio título es una mezcla de
expresiones utilizadas por escritores tan dispares como S. Kierkegaard, G.
Orwell o N. Chomsky. "La Destrucción del Yo: Proceso contra la Historia de
la Filosofía" es una obra que también invita a la subversión; a no creer ni
aceptar lo que nos presentan como razonable, a carcajearnos de la artificial
sensatez de la época que nos ha tocado vivir, a no rendirnos ante el
espíritu de decadencia de un tiempo que entrevé y banaliza sus enfermedades
letales. En el escrito se revela un despiadado enfrentamiento entre
tradición e innovación, entre misoneísmo y filoneísmo. El autor ha
manifestado que "ha llegado el momento de echar siete llaves al sepulcro del
idealismo alemán y a los vaniloquios pseudo-filosóficos que de él se
abastecen, a la mal llamada filosofía de nuestra época, carente de ideas,
repetitiva hasta la extenuación, alimentada del plagio que se practica
rutinariamente y que con impudor se proclama como original". El libro
reclama, de un modo ambicioso, otra forma de hacer filosofía y considera a
nuestra tradición filosófica como la mera prehistoria de un nuevo
pensamiento, que debe abrirse camino a través del caótico pensamiento
post-moderno. Estas ideas y otras muchas se exponen, además, de un modo
directo, desprovisto de hipocresía, incriminatorio cuando no provocador, con
un lenguaje incendiario capaz de producir exacerbadas pasiones a favor y en
contra de lo manifestado, pero que, desde luego, no dejan indiferente a
nadie.
                                                                            
                                   J. L. Mayorga.


ENTREVISTA: JOSÉ ANTONIO SÁNCHEZ TARIFA

¿Cuál es tu historial académico?
He realizado un doctorado , estudios criminológicos y alguna cosa más, pero
no tengo mucho mérito porque estudiar para mí es una necesidad. Muchas veces
en mi vida he intentado dejar de estudiar, pero nunca he podido, me da una
sensación de angustia existencial, como si las neuronas se me anquilosaran,
como si se me inutilizara mi capacidad de pensar. En cierta ocasión, siendo
muy joven, me di cuenta de que perdía el tiempo y entonces me prometí, para
siempre, estudiar, viajar o estar metido en alguna aventura inclasificable.
Eso es para mí vivir. Aunque ante todo me considero un vagabundo del cosmos,
que ha coincidido en este tiempo como podría no haberlo hecho.
¿Cómo te interesaste por la filosofía?
Desde que la leí por primera vez, me gustó. Siendo niño me encantaba la
literatura, pero poco a poco advertí que los temas que más me interesaban,
pertenecían a la filosofía. Aunque cualquier definición reduccionista es
injusta. Hay mucha literatura en la filosofía y mucha filosofía en la
literatura. Me gusta considerar las cosas desde la totalidad, porque pienso,
como un célebre idealista, que lo verdadero es el Todo, que cualquier cosa
está relacionada con cualquier otra, incluso  con aquella que en apariencia
es contrapuesta.


¿Cómo te definirías?

Como buen filósofo, siempre he sido un inadaptado para mi época, física y
emocionalmente hablando. Soy demasiado constante y regular, no necesito
novedades de ningún tipo para hallarle sentido a mi vida. Muy diferente a
las personas de nuestra época, que están obsesionadas en demostrar
públicamente que son normales,  muy preocupadas por su normalidad. Mi
descuidada estética revela mi espíritu rebelde y selectivo. No invierto un
solo esfuerzo, ni un momento, en parecer mejor física o intelectualmente. Me
conformo con lo que soy y con lo que tengo. Y así me siento infinitamente
feliz. No me preocupan las circunstancias que me acontezcan en el futuro, sé
cómo me voy a enfrentar a ellas. Me defino como un no, como un gran no a los
ridículos cibermitos de nuestra época y  a su idea más delirante de todas,
que es la de progreso. Me considero uno de los últimos baluartes de una casi
extinta resistencia a la que al final tendrá que recurrir la historia para
darle sentido a la sociedad. Se avecina un cambio radical en nuestra
civilización para el que hay que estar preparados. Puede acontecer en días o
en años o en siglos, pero asistimos impasibles a la lenta agonía de un modo
de entender la vida que se ha agotado.


¿Qué esperas de la vida?
Si hablamos de mi sensación subjetiva, nada, siempre ha sido la misma.
Disfruto cada momento de la vida y mientras padezco muchas pequeñas muertes.
Desde que siendo adolescente comprendí lo que era la crueldad y la
desesperación humana, me he sentido morir infinitas veces: he muerto en el
Líbano, en Palestina, en Afganistán, en las dictaduras americanas, en las
corruptas sociedades neoliberales, en Chiapas, en las pateras cruzando el
estrecho, estoy muriendo en Irak y también moriré en muchos otros sitios
como Corea del Norte, Irán o Cachemira... Por eso, desde que era
adolescente, considero que sólo me resta vida regalada, que en realidad no
me pertenece, sino que está al servicio de una causa mayor y mucho más
importante que yo.  También aspiro a que, algún día, el pueblo guerrero
neutralice al pueblo usurero, que tantos crímenes está cometiendo contra la
humanidad.


¿Crees  en Dios? ¿Por qué?
Si fuera más sensato sería agnóstico, pero soy ateo. Desde que nací, tengo
la certeza irracional de que Dios no existe. No obstante, los auténticos
creyentes me caen muy bien; los considero personas interesantes, con un halo
romántico formidable. Aunque hay muchos farsantes. El verdadero Dios de
nuestro tiempo es el dinero y ya estamos viendo que los fanáticos del dinero
pueden llegar a ser tanto o más peligrosos que los fanáticos de Dios.

¿Crees en la reencarnación? ¿Por qué?
Cualquier esperanza de ultratumba me parece inaceptable, una invitación a
renunciar a vivir. El valor maravilloso de la vida reside en su pérdida
certera e imparable. Esto es lo que le da sentido a estar vivos y lo que nos
induce a esquivar la muerte continuamente. Cada segundo lo perdemos de un
modo irreparable e irreversible. El que asuma su derrota existencial, estará
siempre lamentándose por el tiempo perdido sin vivir; el que asuma su éxito
existencial, se tomará en serio su futuro, comprometiéndose a no
desperdiciar nunca más el tiempo: Carpe Diem. Frente al tiempo perdido, este
será un tiempo enriquecido. La reencarnación es una tentación más para que
no nos tomemos esta vida, nuestra vida, la única vida, en serio. Es otro
consuelo, otro remedio metafísico, para los que están malgastando su tiempo,
tienen problemas con ello y sufren. No soy de su tribu; los respeto, pero no
los puedo comprender.

Respecto a tus estudios de criminología, ¿Crees que existe el mal?
No creo en la existencia del mal. Cualquier persona es capaz de cualquier
cosa, según el contexto. El mal es circunstancial. Los peores instintos los
tenemos todos igual que los criminales.  La sociedad misma se contradice en
su aparente moralidad, porque matar es un crimen que se condena, pero en una
guerra, cuantas más personas se maten, más medallas se reparten. Como aquel
viejo ateniense ágrafo, creo que el delincuente no es malo, sino ignorante.
Y sus actos son un mero accidente social.


¿Piensas que las fuerzas que mueven al mundo son el amor y el odio?
Siempre he reivindicado la figura del remoto pluralista de Ácragas como uno
de los más grandes pensadores. Creo que hay una tendencia en el Universo
altruista y egoísta, de la que los seres humanos somos su más descarnada
expresión. Hay amor y odio en todos y en todo, pero no hay que ser
maniqueos. Es una tendencia que se manifiesta cíclicamente en las personas.
Destruyendo a alguien cometemos un doloroso atentado contra la Razón
Universal, que es la  que nos constituye. El ensañamiento contra las
personas surge  de la cobardía y de la necedad y, sin embargo, es lo que
fundamentalmente rige nuestro entorno; comprobémoslo y seamos muy críticos
con esta actitud. Lo detestable son algunas inclinaciones de la gente, no
las personas en sí mismas, que bien orientadas por el amor y hacia el amor,
son todas adorables. No existe el malo, sino el equivocado.


¿Qué piensas del racismo?
Para mí, todos los hombres somos manifestación de la raza humana, que es la
única raza que existe. Discriminar a alguien por aspectos tan superficiales
como su etnia, país, religión, estudios o nivel económico, me parece una
inmoralidad. Hay gente cargada de odio por sus propias frustraciones que
necesita odiar. Y así lo hacen sobre el elemento más débil de su entorno: un
subordinado del trabajo, una esposa, un hijo o un trabajador extranjero que
ha venido aquí a buscarse la vida. El racismo es una de las muchas
manifestaciones vergonzosas de nuestra cultura junto a la anorexia, la
depresión y el suicidio.


¿Cuántos países has visitado?
Nunca los he contado, alrededor de medio centenar.
¿Qué has aprendido de tus viajes?
He viajado mucho, pero nunca he hecho turismo. Diferencio radicalmente entre
el turista y el viajero. El primero intenta desplazar su seguridad social
allí donde se traslada. Vaya a donde vaya, siempre está unido por un férreo
cordón umbilical a su lugar de procedencia. Los viajeros nos arrojamos a las
fauces del destino, arrostramos lo que nos deparan las más insospechadas
experiencias y procuramos salir indemnes con nuestra astucia. Frecuentemente
me he sentido Odiseo, ese que vosotros soléis denominar Ulises. Sin embargo,
apenas he aprendido nada nuevo sobre el ser humano viajando. Me suelo
integrar bastante bien con otras culturas, es sólo cuestión de tiempo (no
tener prisa) y amabilidad (mostrar interés por sus formas de vidas de un
modo sincero). Son mucho más receptivos que nosotros. Con ellos, me he
adiestrado en técnicas de supervivencia increíbles y me ha fascinado el
fenómeno humano en cualquiera de sus manifestaciones. Los sentimientos
nobles de los individuos no son tan diferentes más allá de las
manipulaciones de su cultura. Viajar es una experiencia que nunca nos deja
indiferentes. Por eso, cualquier persona nota una eufórica sensación cuando
sueña con el viaje. Lástima que los prejuicios culturales tengan tanta
fuerza y seamos tan pocos los que gozamos con sus deleites. El ciudadano
medio de hoy no es libre, está encadenado a sus mil prejuicios, no puede
viajar, sólo hacer turismo.


Sabemos que hace tiempo que practicas el alpinismo ¿has subido muy alto?
Siempre me han fascinado las montañas y durante la mayor parte de mi vida
las he escalado. La dificultad ha dependido de mi preparación en el momento
concreto, pues soy aficionado a muchas más cosas al margen de escalar. La
altura máxima que he alcanzado fue en el Himalaya, alrededor de 5.500
metros, pero esa no ha sido mi ascensión más difícil; el Soupham Dagi en el
Kurdistán turco, el Cervino en los Alpes, el Dent du Geant en el macizo del
Mont Blanc o el Naranjo de Bulnes, que apenas supera los 2.500 metros, son
montañas que presentan grandes exigencias técnicas en algunas de sus
vertientes. De cualquier modo no concibo el alpinismo como un deporte, es
mucho más, es una forma de vida, una opción existencial.
¿Cómo se te ocurrió atravesar el Sahara en autostop?
Era una idea que tenía desde que era pequeño, un sueño que pude hacer
realidad. Cruce el Sahara por el Tanezrouft desde Argelia a Mali. Es uno de
los sitios más inhóspitos del planeta, totalmente despoblado, casi
intransitable y misterioso, miles de kilómetros de arena, de pedregales y
sin agua. El silencio allí es imponente. Estuve con los tuareg y los
dogones... pero no suelo hablar de mis viajes. Son experiencias tan íntimas,
tan irrepetibles, tan incomunicables, que describiéndolos sólo puedo
conseguir deformarlos.


¿Por qué te fuiste a Chiapas? ¿Qué te atrajo de la guerrilla zapatista?
Allí buscaba varias cosas. Para empezar hombres diferentes, vivos, con
valores ante todo humanos y colectivos. Los hallé en las selvas y en las
montañas de Chiapas, campesinos anónimos, sin rostro, muy trabajadores, que
estaban dispuestos a hacer su historia a cualquier precio. Han buscado en
este inhóspito medio un escudo natural que los proteja de los depredadores
humanos, antes de los conquistadores, ahora de los gobiernos neoliberales.
En las comunidades indígenas se hablaba en serio; la gente tomaba en franca
consideración cualquier propuesta y las asambleas las constituían varones,
mujeres y niños que discutían temas públicos, otorgándosele igual valor al
voto de cada uno. La comunidad respetaba a todos sus miembros y éstos
respetaban a la comunidad. En Chiapas se está ensayando una nueva forma de
vida y de sociedad, mucho más integradora y más constructiva que la nuestra.
También menos tecnócrata y menos "tecnólatra". Por eso se ve como una
amenaza. Las elites del sistema no quieren competidores peligrosos que
ofrezcan alternativas válidas. Aunque siempre habrá un Hop-Frog dispuesto a
impartir justicia.


Hemos oído que vas a publicar un libro llamado "La Destrucción del Yo", ¿de
qué trata?


Es un libro totalmente desaconsejable. Es una obra en la que expongo mi
filosofía, mi particular manera de entender al ser humano y a la sociedad.
Creo que ha habido una conjura milenaria contra los valores básicos del Yo,
que ha agotado su efecto devastador. El escrito representa una invitación a
que la gente piense, pero sobre todo a que cambie; a que cambie su modo de
pensar y a que cambie su modo de vivir. O sea que tendrá un nivel de ventas
ridículo, será un gran fracaso editorial. Sin embargo, es de lo que más me
enorgullezco, de haber escrito una obra que surge con conciencia explícita
de ser una operación fracaso. Me siento identificado con su fin y satisfecho
como autor. Para mí, el triunfo es la gran mentira. También debo reconocer
que es de difícil lectura. Presupone muchas teorías filosóficas sin las que
no se puede comprender bien. Estoy prevenido contra su incomprensión y
contra su tergiversación, pero no la he escrito para la gente de mi época,
es para otros hombres, en otro tiempo.


¿Es cierto que has estado en la cárcel?
Sí, estuve en la cárcel haciendo visitas periódicas mucho tiempo, porque
realicé una investigación de criminología sobre presos extranjeros. La
prisión es una micro-sociedad que funciona bajo sus propias reglas. Se
aprende mucho allí. Es otro aspecto de la vida y de la sociedad. Tendría que
haber un intercambio más fluido entre los presos y los que viven fuera para
que así nos hiciéramos más conscientes de las causas del delito y, de paso,
más comprensivos.


Cuéntanos la experiencia más interesante de tu vida.
Es una sugerencia inapropiada, porque normalmente las experiencias más
interesantes son inconfesables. Te responderé que depende de lo que
entendamos por el término "interesante". Si hablamos de una experiencia
mágica, irreal, donde descubramos algo nuevo y diferente de lo habitual,
aunque pueda parecer macabro, creo que fue la muerte de mi hermano. Resultó
una vivencia cualitativamente diferente, donde aprendí mucho de mí mismo. El
resto son experiencias cuyo rasgo común está en función de las expectativas
que se depositen: escalar altas montañas, atravesar desiertos, adentrarse en
selvas, sobrevivir en las grandes ciudades, que es lo más difícil de todo...
Nunca nos sorprendemos por algo que no esté dentro de nosotros mismos. El
recurso a las circunstancias externas es un mero rodeo para conseguir lo que
podríamos lograr sin movernos jamás de nuestro entorno.


Una pregunta muy personal: ¿te consideras un ligón?
Creo que soy una persona muy sociable, por eso tengo grandes y duraderos
amigos y  amigas. Pero pienso que no soy un ligón porque no me gustan las
relaciones frívolas. Todas las personas, independientemente de su edad,
sexo, raza, religión o formación, me atraen  porque me parece que de
cualquiera de ellas tengo mucho que aprender. Sin embargo a la gente le
cuesta abrirse y para llegar a conocer algo de alguien, debemos establecer
una relación muy estrecha. No soy un ligón, soy un hombre abierto a la
humanidad.
                                                                            
Carmen Victoria Román Luna

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Publicación enviada por Carmen Victoria Román Luna
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Publicado Monday 6 de December de 2004

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