Monografias | Rosario se fundó en Arroyo SecoRosario se fundó en Arroyo SecoResumen: Octubre de 1925: los festejos del supuesto bicentenario de la ciudad. Una eficaz operación de construcción de legitimidad de la burguesía rosarina. Octubre
de 1925: los festejos del supuesto
bicentenario de la ciudad. Una eficaz
operación de construcción de
legitimidad de la burguesía rosarina. “El dos de octubre entraba al puerto una
flotilla de guerra compuesta por los buques Almirante
Brown, Jujuy, Paraná y La Plata. Alvear
llegó al (día) siguiente, en tren escoltado por aeroplanos; y acto seguido
comenzaron las ceremonias. Te Deum,
banquete, representación en La Opera del poema “Raquel”, fuegos de
artificio en diversos barrios, colocación de piedras fundamentales para una
gran estación ferroviaria y el edificio del correo y el stadium
municipal y la Sociedad protectora de la mujer y la Clínica del trabajo y la
colonia de vacaciones de Carcarañá y el monumento a Rivadavia y el museo de
ciencias y artes y una nueva sala en el hospital Rosario…El presidente de la
república, sofocado, resistíase a colocar tanta piedra. Mostrósele el camarín
de la Virgen, joyita arquitectónica, complemento final de otras reformas
llevadas a cabo en la iglesia matriz por el piadoso celo de monseñor Nicolás
Grenón durante larguísimos años de curato; los residentes franceses donaron
al municipio una artística escultura; los españoles y los belgas, sendas
fuentes; el Jockey Club, la Diana del
rosedal; los ferroviarios, honraron con una placa la memoria de Stephenson,
inventor de las locomotoras; hubo acto inaugural de la nueva casa del colegio
San José, y bailes en el Jockey, y el Club Uruguayo, y el Italiano, y el Español;
y carreras en el hipódromo, y torneos de ajedrez, ciclismo, foot-ball, regatas, tennis,
atletismo y boxeo; y gran desfile de rodados, y concentración de aeronaves, y
actos públicos y conciertos en la biblioteca del Consejo de mujeres y en dos
escuelas normales y en el Colegio nacional y en El Círculo y en la Biblioteca
Argentina, donde recibieron su diploma los nuevos ingenieros; y magno desfile
escolar, y reparto de víveres, ropas y medallas; y jura de la bandera, colocación
de varias placas recordatorias, revista naval con bronco retumbar de artillería,
y luminarias tendidas en forma de inmenso pabellón patrio, y gran procesión cívica,
cerrando los festejos, que duraron diez días. No se si olvido algo. ¡Y todo
esto, conmemorando una fundación imaginaria! Rosario festejaba en realidad su
vigoroso desarrollo, su bien logrado presente.”[i] Con esta clave irónica que dimana de las páginas
de su ya canónica Historia de Rosario,
Juan Álvarez nos ayuda a entender el aquelarre orgiástico de Octubre de 1925,
con el Presidente de la Nación poniendo piedras fundamentales a diestra y
siniestra, conmemorando el presunto segundo centenario de la urbe. Hecho tan
estrafalariamente imaginario como imaginario era el presunto fundador, Francisco Godoy, a quién la
nomenclatura urbana premió dándole el nombre de su dudosa existencia a una
avenida de acceso. Para convertirse en la versión oficial de “lo fundante”,
tanto el año 1725 como el supuesto señor Godoy, habían tenido que derrotar
casi darwinianamente a múltiples competidores. Veamos entonces brevemente sobre
como y quienes este relato impuso
sus condiciones simbólicas de posibilidad. Rosario se fundó en Arroyo Seco Los
autores de este trabajo en algún momento utilizamos la frase con que
hemos titulado al mismo (y a este parágrafo en particular) como una
manera provocadora de concitar interés en la potencial audiencia de un programa
de radio que conducimos en la ciudad de Arroyo Seco[ii].
En realidad, medido en términos geopolíticos del siglo XVII, no andábamos
tan descaminados. En 1689 un vecino de la ciudad de Santa Fe, el capitán Luis
Romero de Pineda, es beneficiado por una merced real, que le hace poseedor de
tierras situadas al sur de esa ciudad. Una extensión hasta entonces sin
propietarios, a lo largo del río Paraná, de seis leguas de fondo hacia el
poniente, entre el arroyo Ludueña y el Seco. Veintiocho kilómetros median
entre ambas desembocaduras, y en cualquiera de ellas (y de las intermedias del
Saladillo y del Frías) pudieron establecerse los primeros pobladores. Jugando
ex profeso con el anacronismo, fantaseamos radialmente con la posibilidad de que
estos protorosarinos concurrieran a bailar a Pasacalle y practicaran
deportes en Atletic, Unión o el Real, convocando a espectros de tres
siglos atrás a interactuar en clubes y espacios de diversión de nuestro hoy
arroyense. Más
allá de esta fabulación ahistórica, Romero de Pineda es
el primero en detentar una legitimidad jurídica (de acuerdo a la
legalidad colonial) sobre estas tierras. Es un estanciero
que no abriga entre sus planes el fundar un pueblo. Ya viejo, las tierras
pasan prontamente por herencia a sus hijos, comenzando una lenta pero
persistente subdivisión. Contemporáneamente
las dos primeras décadas del siglo XVIII asisten a un quiebre de la precaria
paz lograda entre Santa Fe y las parcialidades indígenas del Gran Chaco. La
inestabilidad e inseguridad que provoca la intermitente guerra da lugar a
que vecinos del norte se desplacen hacia el sur. Hacia esa merced de
Romero de Pineda, ya conocida como Pago de los Arroyos. Pago donde han
surgido nuevos establecimientos ganaderos, tales como las estancias jesuíticas
creadas sobre el río Carcarañá o el arroyo San Lorenzo Hay
entonces hacia 1720 un notorio proceso de colonización en la zona. Los recién
llegados buscaron alternativas pacíficas que les permitiera superar la
incertidumbre que en sus lugares de origen (Santa Fe y también Santiago del
Estero) les provocara la coyuntura de guerra con las parcialidades indígenas.
Esta población observó una dinámica particular de desplazamiento.
Debido a que –salvo en
casos muy puntuales- no tuvo acceso a la propiedad de la tierra, no resultó muy
rápido el asentamiento de estas familias dispersas por todo el Pago de los
Arroyos en un nucleamiento urbano determinado. Tal vez dos hechos separados por
una década; la creación por parte del Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires,
en 1730 de varios curatos, entre ellos el del Pago de los Arroyos, y un proceso
de fragmentación de la propiedad que se da en 1741 que permite el acceso a la
misma a pobladores asentados en condiciones hasta el momento de precariedad
legal, son los que posibilitan iniciar tímidamente el proceso centralizador. Fechas y fundadores para todos los gustos Este
proceso centralizador, el camino que va de la dispersión en el espacio a la
formación de la aldea, ha sido analizado en un excelente trabajo de investigación
de la historiadora Marta Frutos[iii].
Aborda la autora en forma de ensayo crítico la historiografía del hecho
fundacional. Este, lejos de ser unívoco, da lugar a una polisemia de fechas y
fundadores de acuerdo a cada investigador, que podríamos sintetizar de la
siguiente manera: Rosario
se origina en un nucleamiento sin fundador. Concuerdan en esta tesis varios
investigadores, pero no en el año inicial de tal nucleamiento. Así Nicolás
Amuchástegui lo fija en 1720, José Nuñez en 1725, Félix Barreto, Martiniano
Leguizamón y Augusto Maillé coinciden en 1726. Para Juan Álvarez, Camilo
Aldao, Ricardo Carbia y Manuel
Cervera el año fundacional es 1730, mientras que para Augusto Fernández Díaz
es 1746. Entre
los que adhieren a la tesis de un fundador de carne y hueso está Juan Carlos
Borqués que afirmó que Rosario fue fundada en 1730 por el gobernador de Buenos
Aires, Bruno de Zabala. Félix Chaparro establece la fecha en 1731 y como
fundador al primer párroco del curato, Ambrosio Alzugaray. Desde
un punto de vista no solo historiográfico, sino del mero sentido común, son
insostenibles las versiones de Francisco Nuñez que señala el año 1731 como
fecha de fundación y como fundador (o fundadora)….!a la mismísima Virgen María!.
De igual manera Miguel Pereyra lleva la fecha de fundación
al tardío 1814 e instituye al
Director Supremo de las Provincias Unidas, Gervasio Posadas, como fundador. De
suscribir esta peregrina y anacrónica versión, deberíamos aceptar por
ejemplo, que Belgrano creó la bandera en medio de la nada. Con
mayor seriedad profesional que los citados precedentemente se sitúan Alberto
Montes y Wladimir Mikielievich, quienes sustentan
como fecha de fundación el bienio 1746/8 y como fundador al capitán Santiago
Montenegro. Hemos
dejado para el final a la tesis que terminó imponiéndose. Triunfo que no le
otorga mayor valor de veracidad que las otras. Nos estamos refiriendo a la que
sitúa en el año 1725 la fecha de fundación y a Francisco de Godoy como el
fundador. A
esta tesis adhirieron en la última mitad del siglo XIX y en las primeras décadas
del veinte, destacados intelectuales rosarinos, tales como Estanislao Zeballos
(que bautiza a Godoy como “Manuel”), Eudoro Carrasco y su hijo Gabriel,
Calixto Lassaga y Antonio Cafferata. Todos ellos no hacían sino retomar
la versión de un personaje singular: Pedro Tuella. El polifacético Pedro
Tuella: maestro, burócrata, bolichero, autodidacta,
poeta, historiador y….pescador de pacuses. Hacia
1738 nace en la provincia española de Huesca, Pedro Tuella. En 1759 se
encuentra en el Río de la Plata. Es un funcionario menor, uno más del ejército
de burócratas con los que la monarquía borbona acomete la reconquista de América,
tras siglos de desidia y dejar
hacer a las oligarquías criollas por parte de la Casa de Austria. Destinado
como maestro a las misiones del Guayrá, en 1775 desembarca de modo accidental
en Rosario. Será su residencia definitiva, hasta su muerte ocurrida casi cuatro décadas después en el mismo solar en el que
luego se levantará la casa donde nacerá y vivirá Juan Álvarez. Curiosa
casualidad que une al primer historiador rosarino con “el” historiador
rosarino. Forzando esta línea de continuidad analicemos la figura de Tuella a
partir de Álvarez, quién lo define como “hombre estudioso y sencillo, mitad
literato mitad pulpero, que a fuerza de asiduidad y lecturas concluyó por ser
tolerable autodidacto en la modestísima Capilla del Rosario de fines del siglo
XVIII”.[iv] Maestro
de escuela, receptor de impuestos, estanquero de tabaco, pulpero; Tuella de a
poco afianza su patrimonio, módico sin duda, de acuerdo a la pobreza general de
la región. Ciertas inquietudes del espíritu lo llevan a suscribirse y hacerse
corresponsal del primer periódico de Buenos Aires, el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico
del Río de la Plata. Álvarez relativa estos escarceos intelectuales de
Tuella. Reproduce burlonamente una carta de este a su amigo Vicente Echeverría,
donde le cuenta que solo le interesa dormir la siesta, y al despertarse, tomar
unos mates e ir al río a sacar un pacú. En realidad es injusto con Tuella.
Después de todo, y pese a sus limitaciones el bueno de don Pedro se las ingenia
para que el Telégrafo Mercantil…
publique en 1802 una obra de su autoría. Se trata de la Relación Histórica del pueblo y jurisdicción del Rosario de los
Arroyos en el Gobierno de Santa Fe, provincia de Buenos Aires. En
este trabajo Tuella da a luz su versión fundacional: hacia 1725 un
“ilustre” vecino de Santa Fe, Francisco de Godoy, junto a su familia,
vecinos blancos e indígenas “mansos” se trasladaron
al sur del río Carcarañá, estableciendo un nuevo poblado en tierras de
la antigua merced de Romero de Pineda. Godoy dotó al poblado de una capilla
presidida por una imagen que los había venido protegiendo en su éxodo desde el
norte, la imagen de la Virgen del Rosario. Gracias a la decidida voluntad de
Francisco de Godoy, el núcleo poblacional se afianzó, portando en ciernes en
medio de la modestia inicial, un futuro venturoso. Hasta
aquí el relato de Tuella. Pese a los intentos de Juan Álvarez de destruirlo al
demostrar con argumentos de contundencia que el tal Godoy nunca había andado
por estas tierras, y que tal vez por ninguna, al ser harto dudosa su existencia,
el relato supervivió. Su capacidad simbólica no estaba en el pasado sino en el
futuro. Pedro Tuella era sin saberlo, aparte de todo lo que fue, un positivista avant
la garde. El primero de una ciudad que encontraría en el orden y progreso
positivista, su razón de ser. “Y Rosario era una
aldea todavía, cuando surgió Travella y Compañía.” Esta
frase estaba escrita en un barquito de juguete que a modo de veleta dominaba las
alturas de un comercio situado en la ochava sudeste de la rosarina esquina de Córdoba
y Sarmiento. La piqueta acabó con el comercio y su popular barquito a fines de
la década de 1950. El moderno edificio que lo reemplazó ostenta en su entrada
una placa que anuncia al viandante que “en este solar en 1852, entonces pleno
campo, hoy corazón comercial de la opulenta ciudad, se estableció la familia
Travella…” “Aldea”,
“1852”, “pleno campo”, “opulenta ciudad”, términos en apariencia
inconexos pero que adquieren
sentido lógico de acuerdo a un discurso que repetido hasta el hartazgo por
cierta historiografía, por la prensa, por la costumbre, etc., se ha convertido
en un lugar común en la conversación general de la sociedad rosarina. Nos
referimos a la creencia que ubica en
la caída del rosismo, el momento de despegue socio-económico de Rosario. La
batalla de Caseros sería en términos sarmientinos un parte aguas: antes, la
barbarie; después, la civilización. Si bien recientes trabajos de investigación
de miembros de la Escuela de Historia de la U.N.R.[v],
cuestionan parcialmente la validez de esa creencia, lo cierto es que la misma ha
persistido hasta adquirir entidad discursiva de verosimilitud casi
incontrastable. Hay
sin dudas razones fácticas de peso que avalan ese discurso. Citaremos solo a
modo de ejemplo las contundentes
cifras demográficas que nos indican que entre el momento de elevación de la
aldea al rango de ciudad el 05 de Agosto de 1852 hasta el momento de los
festejos del supuesto bicentenario en 1925, la
población se ha multiplicado por cien. Un
crecimiento que proporcionalmente pocas ciudades del mundo alcanzaron en
esa magnitud. Consecuentemente
esa revolución demográfica establece cambios igualmente radicales en la
sociedad rosarina. El papel ascendente que la ciudad va logrando al posicionarse
favorablemente frente a distintas coyunturas, tales como el rol de puerto
alternativo que juega en la etapa de la Confederación Argentina, o el rol de
puerto abastecedor durante la
Guerra del Paraguay, la ubican en situación inmejorable para aprovechar al máximo
las posibilidades que a partir de las últimas décadas del siglo XIX
encuentra en el Modelo Agro
exportador vigente. Hacia el Centenario de la Revolución de Mayo, Rosario es la
cabecera indiscutible de la “pampa gringa”, ese vasto hinterland que
desborda el sur santafecino y avanza sobre el este cordobés y el norte
bonaerense. La llanura cordobesa ve en Rosario, y no en la docta, a su ciudad de
referencia. Ya
para entonces se hay consolidado una clase rectora que nada tiene que ver con el
antiguo patriciado aldeano de medio siglo atrás. Esa nueva elite no es otra que
la burguesía. Consecuencia directa en su origen del espectacular proceso
inmigratorio y demográfico “la burguesía rosarina pisa firme; hija del
desarrollo agrario, se identifica totalmente con el progresismo liberal, y no
solo carece de complejos frente a las viejas clases, sino que las mira por
arriba del hombro, porque se siente con mejor derecho a conducir. No postula
reconocimiento y será ella la que lo dará”[vi]. La
clase terrateniente argentina no tiene residencia siquiera provisoria en
Rosario. Es entonces esa “exitosa nueva clase” la que lleva la voz cantante.
Y lo hace con orgullo, exhibiendo ante propios y extraños, la concreción práctica
de su filosofía positivista. Compra su propio discurso de clase rectora, auto convencida que es su afán de progreso
lo que ha transformado la otrora insignificante aldea en una gran ciudad. La juventud de Rosario es su más antigua tradición Esta
paráfrasis del sarcasmo con el que Oscar
Wilde definía a la prepotente Norteamérica del riflero Roosevelt, bien puede
aplicarse a Rosario en la misma época. No hay prosapia ni alcurnia añeja en
los dominios de Ceres y Mercurio. Y
si no la hay, entonces debe ser inventada. No puede ser que la gran ciudad del
porvenir tenga un origen ignoto. La hija de sus propios hijos, según la
definición de la burguesía que se ve a si misma como la gran hija rectora,
debe tener una fecha de nacimiento y si es posible, un padre. Comienza la
invención del acto fundacional. Está
disponible la versión de Pedro Tuella que pese a hacer aguas ostensiblemente
desde el punto de vista del rigor histórico,
ha sido aceptado por importantes publicistas. Si la figura de Tuella
mueve al comentario risueño, su relato adquiere entidad y consenso al ser
defendido por figuras de la talla intelectual de Zeballos, los Carrasco, Lassaga
o Cafferata. Así
a principios del siglo XX, la avenida resultante del levantamiento de las vías
del Ferrocarril Oeste Santafesino, recibe el nombre de Francisco de Godoy, al
igual que el barrio situado en su extremo oeste. La nomenclatura actúa a modo
de avanzada de un proceso donde el problema de la fundación se significa más
en símbolos e imágenes de la modernidad (avenidas, nuevos barrios) que en
elementos coloniales inexistentes. Este
proceso culmina en 1924 con dos proyectos presentados en el Concejo Deliberante.
El primero es de Calixto Lassaga que propone celebrar el año siguiente el
Segundo Centenario de la Ciudad. Lassaga, como vimos hace suyo el año
fundacional señalado por Tuella, pero se encuentra con un problema: este
no ha indicado un día de fundación en particular. Entiende que ese vacío
puede ser llenado eligiendo como sucedáneo una fecha notable para la urbe. Por
ejemplo, la de la creación de la bandera, el 27 de febrero. Entonces
se presenta otro proyecto, el de Antonio Cafferata. Con iguales oropeles
intelectuales que Lassaga, propone que ante la imprecisión de fechas, se
utilice una móvil que está inscripta en la tradición de la ciudad. Esa fecha
no es otra que el Día de la Virgen del Rosario, haciendo coincidir de esta
manera la hipotética fundación con las fiestas patronales. La fecha es móvil
porque la festividad de la Virgen del Rosario se celebra el primer domingo de
octubre. En 1925 “cae” el día 4.[vii] Aprobado este proyecto
por el Concejo, las fuerzas vivas entran en un frenesí organizativo que
culminará el “día del bicentenario”. Abrimos
este trabajo con el relato que hace Juan Álvarez
acerca de la sofocante actividad que le tocó en suerte al Jefe del Poder
Ejecutivo Nacional, presidiendo
innumerables y variopintos actos. Ese aristócrata, ceseoso y mal hablado que
era Marcelo T. de Alvear debe haber sonreído en su interior con suficiencia,
tratando de guardar las formas cuando le mostraron un retrato “legítimo” de
Godoy, que no era sino una copia del retrato de José Mármol que se halla en el
Museo Histórico Nacional. Idénticas formas que hubiera guardado frente a la
postura radiofónica citada de los autores de este trabajo, sosteniendo que
Rosario se fundó en Arroyo Seco. Versión tan descartable, o paradójicamente
tan aceptable, como la triunfante de Pedro Tuella. Efímeras representaciones
del pasado entendidas desde el presente. Y
sobre las que poco importaba su falta de sustentación histórica, su
evidente orfandad heurística. No en vano con notable lucidez de análisis, Juan
Álvarez había captado el sentido último de las celebraciones de Octubre de
1925: “Rosario festejaba en realidad
su vigoroso desarrollo, su bien logrado presente”. Cambiemos en esta definición,
“Rosario” por “burguesía rosarina” en el sentido gramsciano de
clase hegemónica, y entenderemos la operación de legitimación que se enmascaró
tras el supuesto bicentenario de la ciudad hija de sus propios hijos. Fernando Cesaretti y Florencia Pagni Escuela de Historia. Universidad Nacional de
Rosario [i]
ALVAREZ, Juan, Historia
de Rosario (1689-1939), UNR Editora, Rosario, 1998, p. 491 [ii]
Programa Misceláneas, F.M. 91.5
Radio Arroyo Seco [iii]
FRUTOS de PRIETO, Marta, La
polémica fundación de Rosario. Su Historiografía, Ed. Fundación
Ross, Rosario, 1984 [iv]
ALVAREZ, Juan, op.
cit., p. 113 [v]
FERNANDEZ, Sandra R. y VIDELA,
Oscar R., La evolución económica
rosarina durante el desarrollo agroexportador, en La Historia de Rosario, T. 1 Economía y Sociedad, Homo Sapiens
Ediciones, Rosario. 2001. [vi]
JAURETCHE, Arturo; El medio pelo en la
sociedad argentina, Ed. Peña
Lillo, Bs. As., 1970, ps. 128/129 [vii]
A partir de 1940, se determinará
una fecha fija, será la del 7 de octubre. Publicación enviada por Fernando Cesaretti y Florencia Pagni Contactar mailto:grupo_efefe@yahoo.com.ar Código ISPN de la Publicación EEpuEkpVVyYJIWNgrw Publicado Sunday 26 de December de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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