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Monografias | Tras el huevo de la serpienteTras el huevo de la serpienteResumen: El Tratado de Paz celebrado entre Alemania y las potencias vencedoras impuso a aquella unas condiciones draconianas basadas en el supuesto (desde la óptica de los vencedores) que ese rigor impediría que en el futuro el militarismo alemán pudiera dar lugar a una situación análoga a la de agosto de 1914. Alemania fue declarada “única responsable” de la guerra, y en consecuencia, debió sufrir las duras condiciones de una paz vengativa. DE
LA “PUÑALADA POR LA ESPALDA” AL CRACK DE LA BOLSA DE VALORES NEOYORQUINA.
UNA ESPERANZA FALLIDA: LA REPÚBLICA DE WEIMAR (1918 – 1929) El
Tratado de Paz celebrado entre Alemania y las potencias vencedoras impuso a
aquella unas condiciones draconianas basadas en el supuesto (desde la óptica de
los vencedores) que ese rigor impediría que en el futuro el militarismo alemán
pudiera dar lugar a una situación análoga a la de agosto de 1914. Alemania fue
declarada “única responsable” de la guerra, y en consecuencia, debió
sufrir las duras condiciones de una paz vengativa.[1] Perdió
su imperio colonial de ultramar, al tiempo que tras la lógica devolución de
Alsacia – Lorena a Francia, le fueron arrebatados territorios indudablemente
alemanes, tales como los Sudetes y el corredor del Dantzig, (ambos estos,
detonantes de la crisis que llevó a la 2° Guerra Mundial)[2]. Debió entregar su flota
(hundida en Scapa Flow) y el ejército de tierra quedo reducido a una mera
guardia territorial de cien mil hombres. Desde el punto de vista económico, el
carácter de las reparaciones que debía pagar (durante 25 años) a los países
vencedores, como la ocupación de estos de la cuenca del Ruhr[3],
no auguraban otra cosa que serias dificultades. Países
como Francia luchaban directamente por debilitar en su totalidad a Alemania y así
poder presionarla. Finalmente se le impuso una deuda de 132.000 millones de
marcos de oro, cifra que era sabido por todos imposible de pagar en aquel
momento[4].
Como John Maynard Keynes argumentó en su crítica a los alegatos contra
Alemania ("Las consecuencias económicas de la paz" de 1920),
solo la reconstrucción de una Alemania próspera podía garantizar el
mantenimiento de la economía liberal como tal, y advertía que la política de
seguridad francesa de debilitar a Alemania sería contraproducente a la larga.
Si había algo en lo que acordaba todo el arco político alemán era que las
reparaciones impuestas en Versalles eran injustas para su país y que había que
revertirlas. Fuera
de Alemania (aún en el misma Conferencia de Paz) se alzaban voces discordantes,
que veían con lucidez el peligro que entrañaba esta situación y pronosticaban
una era de profundas turbulencias si no se lograba reinsertar a los vencidos
dentro de la lógica capitalista- liberal que guiaba Europa desde el siglo
anterior. Uno
de los exponentes de esas voces discordantes era el ya mencionado Keynes, quien
vaticinó que sólo una incorporación total de las economías destruidas por la
guerra podría mantener a una Europa estable, liberal y burguesa. Obviamente que
el economista, un gran conocedor de su época, veía con preocupación el avance
de la 'amenaza roja' desde la Rusia bolchevique hacia el occidente
"civilizado". Keynes sabía de la necesidad de Rusia de expandir la
Revolución de octubre hacia otros países más allá de sus fronteras; y
Alemania, tanto por una cuestión geográfica como económica, era un óptimo
foco para absorber todas las ideas revolucionarias que estaban ya dando la
vuelta al mundo. La experiencia de la Revolución Rusa era muy atípica y se
contradecía con la teoría marxista, que veía a la revolución socialista
derrocando a la burguesía y no a la nobleza zarista[5],
pero era una oportunidad inmejorable de extender la revolución a la Europa
industrializada en donde la lucha de clases habría prendido con mayor fuerza
que en cualquier otro lado. La
proclamación de la República Socialista en Baviera en 1918, la República Soviética
de Munich en 1919, sumado a la abdicación del emperador y la caída del
viejo orden, fueron intentos que, aunque muy pequeños y de resultados efímeros,
demostraron que la llama de la Revolución prendía muy fuerte en una Alemania
derrotada y humillada por la guerra. Ejemplo de esto es que los propios
bolcheviques recién abandonaron la idea de una revolución en Alemania hacia
1923[6].
Es decir que la situación de inestabilidad que abrió 1917 para Alemania y el
agravamiento de esta situación por la ceguera de las políticas tomadas en
1919, dejaron planteadas en este país, más que en cualquier otro, una solución
que tenía tan solo dos caras, opuestas radicalmente, pero que querían cambiar
de raíz la situación: una República Socialista o un Estado Fascista. Era la
revolución y sus seguidores o los soldados de la contrarrevolución, pintada
como una revolución distinta a todas las conocidas hasta el momento. Una
contrarrevolución que en el caso de Alemania había adoptado los simbolismos y
las usanzas de la revolución original: crearon un Partido Obrero Nacional
Socialista, una bandera roja (aunque reformada y con el agregado de la esvástica)
y hasta tomaron la fecha del 1° de mayo como fiesta oficial de los nazis.[7]
Una exteriorización supuestamente proletaria, que una vez llegada al poder
mantuvo esa fachada populista[8]
a través de distintas estructuras tales como el Frente del Trabajo o la
organización Fuerza por La Alegría.[9] La
efímera República de Weimar fue un intento de evitar ambos extremos.
Historiando brevemente su estructura, origen y conformación digamos que la
citada República de Weimar fue quizás el experimento político más democrático
que se realizó en Alemania durante el siglo XX. Nació en medio del caos de la
derrota militar y la revolución social; y concluyó con el ascenso de la más
feroz de las dictaduras que vivieron los alemanes. Las fuerzas políticas que la
hicieron posible fueron el Partido Social Demócrata (SPD), el Partido Democrático
Alemán ("descendiente" del antiguo Partido Progresista) y el Partido
del Centro. Estas tres agrupaciones constituyeron posteriormente la
"Coalición de Weimar", luego de haber conformado la Asamblea
Constituyente de la nueva república alemana, en esa pequeña ciudad. Luego de
la firma del Tratado de Versalles, la Asamblea Constituyente terminó la redacción
de una Constitución para la nueva república. [10] Mantuvo
el cargo de Presidente elegido popularmente (por siete años y reelegible), con
amplios poderes en materia de política exterior y fuerzas armadas. También le
daba la capacidad de promulgar decretos de emergencia para proteger a la república
de las amenazas de detractores tanto de derecha, como de izquierda. El
Presidente nombraba al Canciller, cuyo gobierno requería la confianza del la cámara
baja del Parlamento (Reichstag), que a su vez era elegido por sufragio universal
y mediante un sistema de representación proporcional. La cámara alta (Reichsrat)
estaba compuesta por los delegados nombrados por los estados federales o länders.
Las características más modernas e innovadoras de esta Constitución eran las
herramientas para la participación popular y el referéndum, que permitían al
electorado introducir -por la vía de la petición- sus propias iniciativas de
ley en el Reichstag y forzarlo a discutir la propuesta. Si la iniciativa era
rechazada, un referéndum nacional podría permitir al electorado aprobar una
ley sin el consentimiento del Reichstag. De esta manera, nunca más un gobierno
alemán podría (en teoría) ignorar los deseos de los votantes. La
Constitución de Weimar fue promulgada oficialmente el 11 de agosto de 1919,
finalizando el período de gobierno provisional que había comenzado en
noviembre de 1918 con la proclamación de la República. Las elecciones para el
Reichstag se realizaron en junio de 1920. El apoyo popular al nuevo modelo político
alcanzó el 76,2 por ciento, mientras que las fuerzas antirrepublicanas (Partido
Nacional Popular Alemán y Partido Popular, ambos de derecha) obtuvieron un
escaso 10,3 por ciento en conjunto; Con este escenario político, la Asamblea
eligió al socialdemócrata Friedrich Ebert como el primer Presidente de la República.
En Versalles se impuso también una tendencia que era la que había dirigido los
rumbos de la economía mundial desde mediados del siglo XIX: era la ortodoxia
liberal clásica que, además de no haber podido evitar caer en la primera
Guerra Mundial, al parecer no había aprendido sus consecuencias y mantuvo los
mismos postulados económicos que antes del conflicto. Básicamente se mantuvo
la primacía del patrón oro, que imponía a los países deficitarios una salida
deflacionaria y constrictiva de sus economías interiores para poder así
mantener una paridad estable de sus monedas nacionales con el oro. Esta política
tuvo un relativo éxito en los países vencedores, en los neutrales y en Japón,
pero no en países derrotados como Alemania en donde el sistema monetario se
hundió y en 1923 la moneda perdió su valor y cayo a una millonésima parte.[11]
Esto produjo una escasez total del capital circulante e intensificó la
dependencia de la economía alemana hacia los créditos y empréstitos
extranjeros. Así la economía alemana quedó vulnerable y expectante de lo que
ocurría en la economía mundial durante toda la década del veinte y fue lo que
la arrastró a la crisis de la gran depresión en 1930.[12]
Según el historiador Eric Hobsbawm "esto preparo a las capas medias y
medias bajas para el fascismo"[13].
Pero,
¿cuáles fueron las causas de la Gran Depresión que arrasaron en todo el globo
y que condujeron a algunos países europeos al fascismo? Según Peter Temin la
causa principal de la depresión fue el mantenimiento de una política monetaria
restrictiva que caracterizó a los finales de la década del '20. Es decir el
mantenimiento de una política que en vez de ser expansiva, mantenía a las
economías en bajos niveles de crecimiento exterior (contractivas) y se basaba
en los mandatos que difundía la escuela liberal siendo su mayor símbolo
el mantenimiento de la ideología del patrón oro.[14]
Como vimos antes, el mecanismo de ajuste para la economía no era la devaluación
sino la deflación, o sea una variación en los precios nacionales en vez de una
variación en el tipo de cambio. El hecho de haber aplicado una política de
devaluación hubiera significado directamente abandonar los parámetros del patrón
oro. El
auge crediticio a lo largo de toda la década del veinte demoró la llegada de
la depresión, pero no la evito[15].
El espíritu de la concepción liberal clásica establecía que los gobiernos no
se "entrometían" en los asuntos financieros y económicos, y que la
economía se regulaba a sí misma basándose en la ley principal del
Laissez-faire: la Ley de Say (que postula que cualquier fenómeno de
superproducción se corregirá por sí solo). Siguiendo
el caso alemán destacamos que el aferramiento al patrón oro fue tenaz y que la
economía no tendió a ser expansiva sino que fue cada vez se contrajo más. En
medio del caos de la hiperinflación el Presidente Ebert llamó a Gustav
Stresemann (líder del DVP) a formar un nuevo gobierno para resolver la crisis. Todo
este creciente fortalecimiento del sistema democrático alemán, tuvo un punto
de inflexión: el Viernes Negro de la Bolsa de New York de octubre de 1929. A
partir de allí, Weimar comenzó una etapa descendente que se profundizó
juntamente con la crisis económica. El
canciller alemán Heinrich Brüning (marzo de 1930 a mayo de 1932) tomó
medidas fuertemente deflacionarias, aumentó los impuestos y redujo los gastos
sociales, los salarios, los precios y el tipo de interés; todas éstas tendían
a mantener un patrón oro ya deficiente en sus soluciones. Pero por esas ironías
de la historia, Gran Bretaña que había sido el paladín del patrón oro y de
la economía liberal, abandono dicho patrón el 20 de septiembre de 1931, con lo
cual sentó un precedente extraordinario para escapar a los efectos de la
depresión y para cambiar radicalmente la política monetaria vigente.[19] El gobierno alemán
contempló la devaluación para seguir el camino inglés, debido a que las
acusaciones de haber violado el Plan Young ya no surtían efecto una vez que una
potencia como Gran Bretaña ya las había violado, pero a fin de cuentas se
mantuvo la tendencia deflacionista. El
único camino para acabar con la depresión económica era un abandono de las
políticas deflacionarias vigentes y plantear una nueva concepción del
rol del Estado en la economía. Estos fueron los caminos que tomaron en dos países
muy distintos en 1933: los Estados Unidos de F.D. Roosevelt y la Alemania Nazi
de A. Hitler.[20] En
mayo de 1932 Brüning es sustituido por el canciller F. Von Papen, quien intentó
una profunda expansión económica en Alemania. Los nazis tuvieron su primer
traspié en las elecciones de noviembre de 1932 y consiguieron la suma del 33%
de los votos (en 1930 habían obtenido 107 escaños, en 1932 230 escaños, pero
a finales de ese año disminuyeron hasta los 196)[21].
Pero como afirma Temin la inestabilidad de la política reflejaba la
inestabilidad de la economía y la recuperación de Papen no se mantuvo, no
atreviéndose a dar el salto de la devaluación que habría sido en ese caso
verdaderamente revolucionario[22].
Ante esta impotencia, a fines de 1932 se consumó lo que Ian Kershaw define como
“el derrumbe (de la República de Weimar) en una situación de crisis
realmente extraordinaria que coordinó una serie de tendencias destructivas
separables, quizás superables de una en una, pero fatales en conjunto. La
crisis de legitimidad fue al mismo tiempo una crisis de la política popular en
un sistema pluralista y de la política de las élites... La creciente
incapacidad de la élite del poder tradicional para controlar la organización
de la política en defensa de sus intereses – también quebrantados por la
crisis económica - se reflejó en una serie de intentos frustrados de
establecer un nuevo marco autoritario de gobierno”[23] En
enero de 1933 Hitler fue elegido canciller (en el marco de haberse constituido
en la solución aceptada con reticencia por las élites alemanas). Dos meses
después se realizaron las últimas elecciones libres de Alemania: el
Nacionalsocialismo fue ratificado en las urnas, básicamente porque como afirma
Kershaw, la clase obrera organizada, única fuerza política que tenía
posibilidad de hacerle frente, llevaba años penosamente dividida y hacía mucho
que había dejado de desempeñar un papel significativo en la determinación de
la lucha por el poder.[24] Se
instauró así un régimen nuevo en todos los sentidos del término. Una vez
ubicados en el poder los nazis no tuvieron pudor en eliminar todos los
mecanismos democráticos que los habían situado allí y menos aún lo tuvieron
para romper con la ortodoxia económica internacional. Desconocieron los
compromisos de empréstitos internacionales y las pesadas cargas (no tanto económicas
sino más bien políticas y morales) de las reparaciones sobre Alemania. Como
era de esperarse todas estas medidas contaron con un amplio apoyo entre las
vapuleadas masas del pueblo alemán. Su principal objetivo era la eliminación
del desempleo masivo, que en ese momento alcanzaba a un tercio de la población.
Sus concepciones se basaban en un anti liberalismo que les permitió no
comprometerse a priori con los ideales del libre mercado. Hitler
supo aprovechar con amplia lucidez y visión política, las erróneas actitudes
que se tomaron para con Alemania en la "Paz de Versalles". Una
visión complementaria para entender la depresión es la planteada por John
Holloway, quien analiza el crack de 1929 como un evento económico que no es
externo al desarrollo de las relaciones de clase en la contienda entre el
capital y el trabajo. Por lo que dice que la crisis de 1929 fue la otra cara de
la revolución de 1917. "La revolución de 1917 había sido la declaración
de la clase trabajadora de que la vieja relación con el capital debía llegar a
su fin y el crac de 1929 remarcó para el capital que de veras era así..."[25].
1929 marco la caída final del viejo orden mundial y de su modo de dominación.
La crisis era la expresión del poder del trabajo en- y- contra el capital y
estaba produciendo unos efectos desastrosos. EN
BUSCA DE UNA SALIDA ALTERNATIVA. En
la década de 1920 la burguesía capitalista se debatía entre dos concepciones
que la intentaban mantener, pero basadas en supuestos muy diferentes. Contra la
idea liberal clásica se estaban alzando unas voces descontentas pidiendo que se
realizaran "reformas" al capital para poder adaptarlo a la coyuntura
de la postguerra. Este debate al interior de la burguesía giraba en torno a
tres puntos fundamentales: las relaciones internacionales, el rol del Estado y
el control del dinero.[26] El
tratado de Versalles fue la primera expresión de la lucha entre reformistas y
ortodoxos. Como vimos anteriormente los que se impusieron en las discusiones
fueron los "reaccionarios" y los "progresistas" - como
Keynes- se vieron desplazados. Con
respecto al papel del Estado en la economía, los progresistas argumentaban que
un Estado moderno debía tener un papel activo e intervencionista (un aspecto
que la primera guerra había desarrollado). Y con respecto al dinero advertían
sobre la profunda necesidad de abandonar el patrón oro que los tenía
acorralados y adoptar posturas de expansión en cada país. Como argumenta
Holloway "todas las funciones que usualmente se asocian al Estado
'keynesiano' después de 1945 eran ya temas de discusión en los años
veinte"[27] LA
CAIDA DEL LIBERALISMO. ¿UN OCASO WAGNERIANO? La
Gran Depresión causó una tremenda desorientación sobre los supuestos
esenciales que apuntalaban al liberalismo. Quedaron demostradas todas las
limitaciones y la inexistencia de soluciones políticas para escapar a la
crisis. Ante
el colapso del sistema liberal quedaban abiertas varias opciones a seguir: una
era el comunismo que había tenido unos resultados impredecibles en la Unión
Soviética[28],
otra era un capitalismo "reformado" que había abandonado los
supuestos del libre mercado y bregaba por una intervención y una planificación
por parte del Estado en la economía (en 1936 sé público la obra de Keynes
"Teoría general del empleo, el interés y el dinero" que fue la
elaboración teórica más importante de este capitalismo renovado), y
otra alternativa era el fascismo que ya había ganado terreno en Italia y en
Alemania, y tenía pretensiones universales. La
amenaza más letal al liberalismo provenía de la propia derecha. El fantasma de
la revolución roja se había calmado luego de la primera oleada revolucionaria
hacia 1923, además con el ascenso de Stalin al poder todas las aspiraciones de
internacionalismo se desvanecieron en medio de una política de terror que
concebía la posibilidad del comunismo en un solo país. Los intentos de
extender la revolución a China fueron contraproducentes. Por
el lado reformista sus supuestos comenzaron a ser aplicados principalmente en
Estados Unidos a través del New Deal de Roosevelt, pero en forma embrionaria y
sin conseguir los resultados esperados. La realidad de un Estado Benefactor con
intervención en la economía y en la sociedad lograría su mayor éxito recién
en los "años dorados" posteriores a la segunda guerra mundial en
1945. La
amenaza provenía principalmente de las fuerzas de derecha. "Todas eran
contrarias a la idea de la revolución social y en la raíz de todas ellas se
hallaba una reacción contra la subversión del viejo orden social operada en
1917-1920. Todas eran autoritarias y hostiles a las instituciones políticas
liberales(...), todas esas fuerzas tendían a ser nacionalistas, por un
resentimiento contra estados extranjeros(...) o para adquirir legitimidad y
popularidad"[29]. El
ascenso de la derecha fascista fue una respuesta al peligro de la revolución
social mundial y al fortalecimiento de la clase obrera en todos los países
adelantados. Sin estos dos factores el nazismo no habría calado tan
profundamente en las capas sociales que se veían desplazadas y amenazadas por
el impacto revolucionario. La experiencia en Alemania había sido muy clara y a
la vez muy próxima como para no dejarse impresionar y como para no atender a un
llamamiento tan orgánico en contra de aquella amenaza. Pero
como aclara Hobsbawm[30],
hay que hacerle al menos dos matizaciones a esta tesis sobre la contrarrevolución:
1)
subestima el impacto que tuvo la Gran Guerra sobre un segmento de las capas
medias y medias bajas que había entregado todo en la contienda, y que se sentían
defraudadas y desoídas por las autoridades. Muchos jóvenes y soldados habían
apostado a conseguir un ascenso social o un reconocimiento como héroes y no lo
lograron. En cambio Hitler supo ganarse a esos desengañados y valorizó sus
figuras con el mito del 'frontsoldat', factor que sirvió de pilar para la
creación de grupos comando como las S.A.[31]
o las S.S. que fueron formidables lugares para conseguir los anteriores
objetivos personales[32]. 2) el avance de la
derecha no fue tan sólo en contra del bolchevismo, sino contra todos los
movimientos e instituciones de la clase obrera organizada, que de alguna manera
u otra amenazaban la estructura social y podían ser acusadas de su
desmembramiento. Y también contra el sistema liberal democrático, del que la
República de Weimar es un ejemplo. Tal
como hemos detallado precedentemente, el triunfo del totalitarismo alemán no se
cimentó en una sola causa. Consiguientemente, el fracaso del experimento político
liberal democrático conocido como República de Weimar tampoco obedece a un
hecho determinante y ubicuo. Ambos acontecimientos, el sistema democrático de
Ebert y Stresemann, y el Tercer Reich de Adolfo Hitler están forzosamente
relacionados no solamente por mera continuidad cronológica. El fracaso de uno
posibilitó el triunfo del otro, dentro de un contexto general de crisis que
excedió las fronteras alemanas y cuyas consecuencias cimentaron las décadas
siguientes. En definitiva, lo sucedido entre 1918 y 1933 constituye una proceso
cuya involución de la democracia a la dictadura, constituye una problemática
que no encuentra una explicación única. No
es rol de los historiadores decir que hubiera sucedido si en realidad las ideas
de Keynes hubieran sido las vencedoras en Versalles, si se hubiera así evitado
la Gran Depresión y la segunda Guerra Mundial; ni tampoco que hubiera pasado en
Alemania si Von Papen hubiera devaluado en 1932, quizás no hubiéramos
conocido los horrores de Hitler[33]
y el nazismo; pero lo que sí se puede saber es que si en vez de haber triunfado
ciertas políticas monetarias y sociales y no otras que fueron erróneas y
desastrosas para la humanidad en el curso del siglo XX, muchas cosas no hubiesen
sucedido así y a lo mejor el futuro depararía un horizonte no tan negro en el
mundo. Hoy,
en el siglo XXI, cuando el edificio del Estado Benefactor se ha desmoronado y
las instituciones que aún quedan de él están siendo vaciadas, el Estado no es
el mismo, y para peor hemos vuelto a una lógica liberal (neoliberal) en
la cual la primacía la tiene nuevamente el mercado. Los conflictos sociales
aunque surgen en todos lados, cada vez son más desoídos. Los movimientos de la
derecha fascista son revalorizados como una nueva salida posible, los neonazis y
la extrema derecha política logran altos niveles de adhesión. Por esto y para
no volver a caer en la misma trampa es importante recordar la historia y como
dice Hobsbawm "hacérsela recordar a los que la quieren olvidar". Carolina
Bensabath Fernando Cesaretti Ronen Man Escuela
de Historia. Universidad Nacional de Rosario [1]
El otro gran perdedor fue el Imperio Austro-Húngaro. Sucesivos Tratados
(Saint Germain, Saint Simon, etc.) formalizaron los hechos que entre 1918 y
1919, acabaron con el sueño supranacional regido desde Viena. A su vez
la caída de los Romanov en 1917 y la Paz de Brest Litovsk que el gobierno
bolchevique firmó con Alemania a principios de 1918, permitió el surgimiento
o resurgimiento de nuevos estados. A principios de 1920 sobre el fantasma
territorial de las tres grandes monarquías desaparecidas en la vorágine de
la guerra, la cartografía europea incorporaba a Finlandia, Letonia, Estonia,
Lituania, Checoslovaquia, Hungría, el Reino de Servios y Croatas, y Polonia. [2]
Tanto los Sudetes como el llamado “Corredor Polaco” estaban poblados
mayoritariamente por alemanes. La reivindicación de estos territorios por el
régimen nacionalsocialista, a finales de los años 30, desembocó
respectivamente en la desmembración de Checoslovaquia, la invasión a Polonia
y la Guerra Mundial. [3]
El territorio renano del Sarre, rico en hierro y carbón, fue dejado en dudosa
situación de fideicomiso de la flamante Liga de las Naciones, hasta que en
1935 un plebiscito decidió por abrumadora mayoría (no podría haber sido de
otra forma dado que sus habitantes eran alemanes) su reincorporación al Reich.
Tras el fin de la 2da Guerra Mundial, los vencedores tomaron al pié de la
letra la opinión de Karl Marx que la historia se repite como comedia, y
nuevamente separaron el Sarre. En 1957 se puso fin a esta fantochada, y el
Sarre pasó a ser un Lander más de la R.F.A. [4]
Hobsbawm Eric: Historia del siglo XX. Ed. Planeta/Crítica, Buenos Aires,
1994. pp. 105-106 [5]
Esto de nobleza zarista debe ser relativizado en grado sumo. En el cuarto de
siglo que precedió al disparo que Gabrilo Princip efectuó en Sarajevo, el
Imperio Romanov tendió a incorporar cada vez mas sectores (medios y
burgueses) y superar la autocracia. Especialmente después de los sucesos de
1905, con la amplia convocatoria de la Duma, y las reformas de Stopolyn
(1906-11), que ampliaron enormemente las clases de pequeños propietarios agrícolas.
Rusia entraba en el siglo XX a marcha forzada, y la figura de su Emperador,
Nicolás II, encuadraba cada vez más en la de un monarca constitucional,
semejante a su primo inglés (con quien tenía un gran parecido físico, añadimos
nosotros, concientes de la futilidad del comentario). ¿Qué hubiera pasado si
la guerra no interrumpe este proceso? Es una pregunta que amerita un juego
para historiadores de lo contrafactual, o para amantes de la ucronía. Más
allá de estas conjeturas, lo cierto es que en una calurosa noche de 1918, en
los sótanos de la Casa Ipatiev en Ekaterimburgo, no solamente se fusiló al
último Zar junto a su familia, sino que los fusileros bolcheviques con los últimos
disparos, cimentaron la estereotipada imagen de “Nicolás el Sanguinario”:
esto es la creación de un enemigo que legitimara en su desmesurada crueldad,
las acciones que contra él emprendieron sus adversarios. Vease. Reed, J.
“Diez días que conmovieron al mundo”. [6]
Hobsbawm, E: Op. Cit. pp. 74-76. [7]
J. Goebbels, uno de las principales figuras del nazismo hasta el final (de
hecho se suicidó con su mujer, tras envenenar a sus ocho pequeños hijos en
los sótanos de la Cancillería, unas horas después que Hitler), Goebbels,
decíamos, provenía del comunismo berlinés, y su esposa, Magda,
presentada por el régimen como ejemplo de fecundidad maternal
nacionalsocialista, había sido la amante de un dirigente estudiantil judío
y espartaquista. [8]
Cierto paralelismo se puede trazar entre la impronta populista del nazismo y
el de otros regímenes mucho más cercanos a nosotros en tiempo y espacio.
Veamos al respecto lo expresado por una historiadora argentina: “las notas
distintivas del populismo latinoamericano fueron el nacionalismo como
componente ideológico fundamental, la fuerte presencia estatal en lo económico
y social en un sentido redistribucionista, un modelo de desarrollo industrial
orientado al mercado interno, la organización de un sindicalismo de masas
estrechamente vinculado al Estado, fuertes liderazgos personales y en algunos
casos componentes autoritarios”.Aguila, Gabriela. “El terrorismo de Estado
sobre Rosario (1976-83)” En Rosario en la Historia (de 1930 a nuestros días)
Tomo 2. UNR Editora, Rosario, 2000. p. 214 [9]
Fuerza Por la Alegría, fue una copia ampliada (y ciertamente mejorada) del
Dopo Lavoro del régimen mussoliniano. [10]
El gran sociólogo Max Weber fue convocado para colaborar en su redacción. [11] En enero de 1923 se
produjo una gran crisis para la República: tropas belgas y francesas ocuparon
la zona industrial del Ruhr, porque Alemania dejó de pagar las reparaciones
de guerra y de esta manera buscaban la compensación por las pérdidas
ocasionadas a Francia y Bélgica. El gobierno alemán respondió llamando a la
población de la región a parar todas las actividades industriales. Para
pagar a estos trabajadores que estaban en paro, el gobierno alemán comenzó a
imprimir dinero a un volumen tan descabellado que pronto perdería
virtualmente su valor. Para graficar el volumen de la inflación, habría que
decir que en 1914 un dólar estadounidense era equivalente a cuatro marcos
alemanes; para mediados de 1920 valía 40 marcos, a principios de 1922 costaba
200 marcos, un año después su valor era de 18 mil marcos y en noviembre de
1923 un dólar era equivalente a cuatro mil doscientos millones de marcos
alemanes. La hiperinflación alimentó el radicalismo tanto de la derecha,
como de la izquierda. [12]
Hobsbawm E.: Op. Cit. pp. 96-97. [13]
Hobsbawm E.: Op. Cit. p. 97. [14]
Temin Peter: “La Gran Depresión en Europa” En Europa en crisis, 1919 –
1939. Mercedes Cabrera, Santos Juliá, Pablo Aceña (Comps). Ed. Pablo
Iglesias. pp. 77-78. [15]
Hobsbawm afirma “... es necesario tener en cuenta que la expansión económica
fue alimentada en gran medida por las grandes corrientes de capital
internacional que circularon por el mundo industrializado, y en especial hacia
Alemania... eso hacía muy vulnerable a la economía alemana, como quedó
demostrado cuando se retiraron los capitales norteamericanos después de
1929...” Op. Cit. pp. 97-98 [16]
Berlín se convierte en una meta intelectual de primer orden. Una mezcla de
vanguardia artística, osadía intelectual y relajación de costumbres, dan a
la ciudad una atmósfera irrepetible. Tal vez el áurea de Lola Lola, esa
prostituta y cantante de cabaret que manipula a un circunspecto profesor
universitario en “El ángel azul”, filme de 1929 protagonizado por Marlene
Dietrich y Emil Janning, ilustre adecuada y simbólicamente sobre el clima
cosmopolita y osado de la capital alemana en esos años. Años que son también
los del expresionismo o los de la Escuela de Frankfurt, de Walter Benjamín.
Los nazis acabarían con todo eso, englobando todas las tendencias bajo el rótulo
de “arte degenerado”. [17]
Los hombres del Este, según la particular definición del periodista Paul
Johnson. Este autor ubica en clave geográfica a los partidarios de la reacción,
trazando una analogía con el espacio ocupado por los junker en el mapa alemán.
Prusia sería el baluarte del antiliberalismo, en contraposición a Occidente.
Johnson, Paul. Tiempos Modernos. Javier Vergara Ed. Bs. As. 1988. pp. 120-121 [18]
Como joven oficial, había participado de la guerra franco prusiana de 1870, y
había asistido a la ceremonia en que el salón de los Espejos de Versalles,
Bismarck proclamó el Imperio Alemán. [19]
Temin P.: Op. Cit. pp. 83-85. [20]Interesante
coincidencia cronológica,:ambos asumen en el mismo mes y año – enero de
1933 – y mueren en el mismo mes y año – abril de 1945-, aunque Don
Franklin Delano partió “pa los pagos de ande no se vuelve”, quince
días antes que el Adolfo. [21]Temin
P.: Op. Cit. p. 88 [22]
Por conformación mental y política, F. Von Papen, líder del Centro Católico,
no podía dar ningún salto revolucionario. En Enero de 1933 este
representante de la vieja política, creyó poder controlar a Hitler, elevándolo
al cargo de canciller, y manejándolo desde la sombra. Von Papen terminó su
carrera política como inocuo representante diplomático en Viena y Roma. Los
acontecimientos (y el “cabo austriaco” lo habían devorado políticamente). [23]
Kershaw Ian: “El Estado Nazi: ¿Un Estado Excepcional? En Revista Zona
Abierta N° 53. Madrid, Oct/Nov, 1989. pp. 134-135 [24]
Kershaw I: Op. Cit. p. 135 [25]
Holloway John: “Se abre el abismo. Surgimiento y caída del Keynesianismo.
En Holloway J: Marxismo, Estado y Capital. La crisis como expresión del poder
del trabajo. Fichas temáticas de Cuadernos del Sur, Tierra del Fuego, Buenos
Aires, 1994. p. 47 [26]Holloway
J: Op. Cit.: pp. 39-40. [27]Holloway
J: Op. Cit.: p. 41. [28]
La economía de la URSS crecía a unos pasos agigantados y con un nivel de
industrialización desconocido para la época, además la ola de la Gran
Depresión ni siquiera se había aproximado hasta Rusia. Muchos occidentales
habían podido viajar allí y ver por si mismos lo que era "el milagro
ruso" en el marco de la producción y habían admirado el hecho de que
casi no existía el terrible flagelo de la desocupación que estaba
consumiendo a sus países. Por esto apuntaron la novedad de los planes
quinquenales y de políticas de planificación como los de la NEP. Le
asombraba enormemente al mundo capitalista el alto acatamiento a las ordenes
en el trabajo y la baja conflictividad social (no habían previsto el régimen
de terror que estaba detrás de toda la maquinaria estalinista). [29]
Hobsbawm: Op. Cit. pp. 119-120. [30]
Hobsbawm: Op. Cit. pp. 130-132. [31]
La S.A., Guardia de Asalto, dirigida por Rohem, actuó casi como un Seguro de
Desempleo a principios de los años 30. Miles de desocupados engrosaron sus
filas (del mismo modo que lo hacían en las filas del Partido Comunista) más
por una cuestión pragmática de sobrevivencia que convencidos ideológicamente.
Por esta razón, las S.A. fueron una fuerza de choque, muy útil para ganar
las calles en los años de lucha por la toma del poder, pero con una impronta
plebeya en su base, que la tornaba potencialmente peligrosa una vez conseguido
este. De allí la Purga contra sus principales dirigentes en 1934, conocida
como “La noche de los cuchillos largos” [32]
En realidad la S.S. es una guardia personal del Fhurer, que comienza de modo
modesto, dirigida por Himler hacia 1929. Su gran desarrollo comenzará tras la
caída en desgracia de la cúpula de la S.A.. Desde 1934 conocerá una década
de creciente y espectacular influencia, al punto de ser considerada “un
estado dentro del estado”. La S.S. tendrá responsabilidad principal (`pero
no excluyente) en la perpetración del Holocausto. [33]
O si en 1907 el joven Adolfo Hitler. no era reprobado en su examen de ingreso
a la Academia de Artes de Viena. Ejemplos de este tipo son innumerables, pero
tenemos claro que la historia no se construye en base a estos supuestos. Publicación enviada por Carolina Bensabath Fernando Cesaretti y Ronen Man Contactar mailto:grupo_efefe@yahoo.com.ar Código ISPN de la Publicación EEpyyAVFFygMIhXHkp Publicado Tuesday 25 de January de 2005 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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