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Envejecimiento Poblacional: Una reflexión antropológica
Resumen: El envejecimiento de la población es un proceso gradual, en el cual, la proporción de adultos y ancianos aumenta, mientras disminuye la proporción de niños y adolescentes. Es un fenómeno contemporáneo eminentemente urbano, que afecta más al sexo femenino y tuvo un despegue alarmante, hacia la década de los ochenta del pasado siglo.
Publicación enviada por M.Sc. María Amelia González Braniella
Respeten a los ancianos, el burlarse no es hazaña.
la cigüeña, cuando vieja, pierde la vista y procuran
cuidarla en su edad madura, todas sus hijas pequeñas;
aprendan de las cigüeñas este ejemplo de ternura.
(Martín Fierro
José Hernández)
ENVEJECIMIENTO POBLACIONAL : UNA REFLEXIÓN ANTROPOLOGICA.
El envejecimiento de la población es un proceso gradual, en el cual, la
proporción de adultos y ancianos aumenta, mientras disminuye la proporción de
niños y adolescentes. Es un fenómeno contemporáneo eminentemente urbano, que
afecta más al sexo femenino y tuvo un despegue alarmante, hacia la década de
los ochenta del pasado siglo.
El envejecimiento demográfico está determinado por: el descenso de la
natalidad, la disminución de la mortalidad, fenómenos migratorios, que en
estos tiempos de industrialización, hacen que determinadas zonas queden
semipobladas o la estructura sea totalmente vieja, por el traslado de
residencias, al jubilarse, hacia lugares de climas más favorables, como ocurre
en las llamadas “costas geriátricas”. Ej: La Florida (E.U), Sur de
Inglaterra, Costa Azul (Francia), Mediterráneo Español, etc y otros factores
en franco proceso de estudio.
La proporción de ancianos incapacitados, es mucho mayor en los países en
desarrollo, debido a las condiciones socioeconómicas sufridas. En el mundo la
mayoría de estos incapacitados son atendidos en sus hogares, incluso en
regiones con mayor desarrollo, las instituciones especializadas se ocupan de
menos del 5 % de estos ancianos. El anciano se retira o lo retiran y se le
asigna un ingreso económico inferior al que necesita para subsistir, sin tener
en cuenta que, después de la edad de retiro, las mujeres pueden vivir como
promedio 20 años y los hombres 15 años más. Algo significativo y de
importancia, en la dinámica familiar y en la relación de dependencia, es la
sobre vida femenina mayoritaria en el mundo. Cuando una persona llega a la
ancianidad, sus conocimientos técnicos generalmente no son los más modernos,
su experiencia es poco estimada, además no están familiarizados, con los últimos
adelantos de la técnica y se le resta importancia, a la transmisión
intergeneracional. Los patrones de la sociedad moderna actual, refleja “el
viejismo”, comparable al racismo o al sexismo, al plantear que el viejo, tiene
muy poco o nada que aportar, al grupo social al que pertenece.
En el siglo que se inicia, ¾ partes de los ancianos vivirá en ciudades, sólo
el 27 % de los hombres y el 10 % de las mujeres tendrán empleo y de ellos el 6
% de las trabajadoras recibirán pensiones; de cada 100 adultos activos en los
países industrializados habrá 38 ancianos dependientes. En Asia Oriental se
duplicará la dependencia, ya que se pronostica que en China, por cada 3 adultos
activos, hay una persona de 60 años dependiente. .
En todos los grupos étnicos estudiados, se ha comprobado que la gerontofilia,
ha desempeñado un papel capital, al ser el anciano el centro, guardián y
transmisor de tradiciones. En las sociedades africanas y asiáticas, otrora
paladines del respeto tradicional al anciano, se ha apreciado un
resquebrajamiento de valores comunitarios, debido en particular a nuevas
tendencias individualistas y a valores establecidos en los modos de vida
modernos, donde se agudizan los riesgos de abandono y maltrato a los mayores.
Para el 2025, los longevos serán 800 millones y el incremento mayor ocurrirá
en el primer cuarto de siglo, se multiplicará por 15, en países como
Bangladesh, Brasil, México y Nigeria, el número de personas mayores de 60 años,
se habrá multiplicado por cuatro entre 1955 y 2025 y la proporción frente a la
población total, será de un 10%.
En Europa y América del Norte, la quinta parte de la población tiene 60 años
y más, se aprecian cambios en la pirámide en América Latina, el Caribe y
Asia. América Latina es una de las regiones menos envejecidas del mundo y se
espera que hacia el 2025 alcance la cifra de 14.2 %, será menos envejecida que
Europa (26.4 %), que América del Norte (24 %) y Oceanía (18.9 %) se encontrará
en situación similar a la de Asia (14.1 %) mientras Africa será durante mucho
tiempo, el continente más joven del mundo.
En América Latina y el Caribe más de 32 millones son viejos, de ellos el 55 %
son mujeres. La tasa anual de crecimiento está en un 3%, en comparación al 1.9
% de la tasa para población total. Se calculó que para el año 2000, el
aumento mensual neto pasaría de 15 mil personas. El Caribe es la región en
desarrollo más vieja del mundo, ya que el 9 % de su población total es
anciana. Este índice es inferior a las cifras correspondientes a Asia, pero
mucho mayor al Medio Oriente y Africa.
Se ha experimentado una combinación de inmigraciones y emigraciones en la
Tercera Edad. La proporción de jóvenes que emigran a países desarrollados, en
busca de trabajo y el retorno de personas mayores a sus países de origen, con
el fin de morir en ellos, provoca cambios significativos en la composición
poblacional. Dentro de América Latina y el Caribe hay una diferencia histórica
- demográfica y socioeconómica, algunas naciones como Cuba tienen proyecciones
y programas al respecto, no ocurre así en Bolivia, Guatemala, Haití y El
Salvador. Han comenzado una proyección de atención al Adulto Mayor, a partir
de un aumento en la esperanza de vida, Colombia, Venezuela y Costa Rica.
Esto constituye, un reto desde todo punto de vista en nuestra área, por lo
cual, se impone tomar decisiones, que lleven a fortalecer valores culturales
tradicionales y estimulen la participación de los ancianos en la planificación,
gestión y ejecución de los programas y proyectos dirigidos a la Tercera Edad;
de ahí la necesidad de una reflexión profunda ante esta problemática.
¿Cuáles son las consecuencias de este envejecimiento poblacional este siglo?,
¿Qué respuestas en el orden sociocultural debemos dar?, ¿Estamos realmente
preparados para afrontarlo?
No es posible preparar a la población, en una cultura del envejecimiento si
partimos de que éste, es un problema sólo de la Asistencia Social y la Salud Pública.
Se requiere de la integración multisectorial, desde el intercambio y la
proyección de un programa integral de Atención al Adulto Mayor, con
interrelación generacional basada en la participación activa de todos.
La participación está en el centro de las acciones de este programa. La propia
determinación y jerarquización de necesidades y la toma de decisiones y
ejecución práctica de las mismas, han sido elementos constantes ligados al fenómeno
del cambio. Si a través del trabajo social y educativo, se puede demostrar que
dicho cambio es posible, las actividades de la vida cotidiana y las vivencias,
son elementos favorecedores de la participación comunitaria.
La participación e integración son el binomio que prima en el trabajo, de
promoción y animación sociocultural, de forma que todos se sientan
responsables e involucrados, en el accionar y por tanto son constructores de su
propia realidad.
Podemos destacar, que habrá cambio y mejora social, si ello se realiza a través
de una plena participación de las personas interesadas, donde se respete la
voluntad y autodeterminación de los individuos, para mejorar y desarrollar su
comunidad y en el caso que nos ocupa, los Adultos Mayores.
La toma de decisiones, debe partir, de un largo proceso de interiorización, análisis
y aprendizaje, tanto del personal llamado a asesorar y guiar el proceso como a
los gestores reales del mismo: el Adulto Mayor y su familia; el Adulto Mayor y
su comunidad.
Debemos tener presente, en este desarrollo de una cultura del envejecimiento,
que en los próximos 10 años, nuestros ancianos serán personas con una alta
calificación técnica, con una profunda capacidad de análisis y respuesta a
los problemas; un porciento elevado, tendrá una profesión universitaria y un
alto nivel de información, además, la apropiación de los fenómenos
socioculturales, no van a ser los mismos de los Adultos Mayores del siglo recién
finalizado.
No podemos hablar del desarrollo de una cultura del envejecimiento, si nos
alejamos de un análisis real de lo que son nuestros viejos hoy, lo que
necesitan, lo que ansían y lo que serán los viejos del mañana, donde nuestra
generación está incluida. El tiempo libre de que dispondrán los Adultos
Mayores del futuro, será un tiempo más restringido, los hábitos
cognoscitivos, valorativo y de consumo variarán, si tenemos en cuenta las
posibilidades informativas, el nivel cultural alcanzado, el avance de la
tecnología y una preparación más integral para afrontar la vejez.
Por tanto, ¿Están preparados los agentes de cambio (promotores, ancianos, jóvenes
y niños) para esta tarea? Mientras no hagamos una preparación integral,
multisectorial con una alta dosis de compromiso, responsabilidad y respuesta, no
puede existir una acción sociocultural eficiente y eficaz. Ante este reto económico,
social cada vez mas contradictorio e incierto, no se puede seguir trabajando con
datos independientes, ni se puede superespecializar parceladamente; tampoco
tener un enfoque meramente asistencialista : Nuestro accionar recaerá sobre un
sujeto al cual, debemos enseñar a participar, a asumir su rol social y por
supuesto a ser agente y gestor de un cambio, que debe transitar desde lo
individual, pasar por lo familiar y llegar a lo social, dado que las
proyecciones en este siglo, indican que nuestro país será en el 2025, el país
más envejecido de América Latina con un 23,4 % de la población mayor de 60 años.
Es vital crear una cultura para el envejecimiento con una mirada desde la
antropología sociocultural propiciatoria de mecanismos reflexivos, que permitan
una dinámica favorable a niveles ESTATAL, COMUNITARIO Y FAMILIAR, hasta llegar
al INDIVIDUO. La medicina, demografía, sociología, sicología, economía, así
como, otras ciencias sociales y humanísticas deben enfocar, caracterizar y
proyectar esta realidad en investigaciones, no sólo sobre el envejecimiento en
sí, sino desde el envejecimiento. La preparación de todos para valorar este
fenómeno, debe ser un elemento de prioridad en las proyecciones socioculturales
y económicas. La preparación en edades cercanas a la jubilación, la
convivencia intergeneracional y la ampliación del acervo cultural del Adulto
Mayor son necesidades y requisitos indispensables en el logro de una integración
a la vida activa de la comunidad.
Mejorar la calidad de vida no se mide en términos cuantitativos y está
relacionado con las necesidades básicas satisfechas. El retiro laboral, implica
un riesgo de desocialización, pero este, no debe considerarse un retiro de la
vida útil; es un período que requiere una atención previa y un análisis
objetivo, donde desempeñe un papel importante, la información.
Además de la garantía económica y de salud, surgen otros problemas, como la
soledad por falta de relaciones sociales y la indiferencia frente a la
oportunidad de desarrollar nuevos intereses, situaciones que deben resolverse
mediante servicios sociales adecuados.
Podemos afirmar que el envejecimiento creciente de la población mundial nos
lleva, a replantearnos el concepto de vejez y sobre todo mejorar la dimensión
cualitativa de la vida. Ya que vivir, para el Adulto Mayor, es poder desarrollar
su existencia en condiciones atrayentes y satisfactorias, que permitan compartir
con otras generaciones los sentimientos, valores, experiencia enriquecedora y
tradiciones en el marco apropiado de su realidad familiar y social.
Un poco de Historia sobre el Envejecimiento
De las culturas antiguas orientales llegó a griegos, romanos, y hebreos la
idea del “SOPLO O CUANTUN DE VIDA” al ser creado el hombre por un ser
supremo, dicho aliento vital, se va consumiendo con el tiempo hasta llegar la
muerte. Esta creencia, tiene una fuerte base de la paleomedicina euroasiática
(Estudio de las ideas, acerca de la enfermedad, vejez y muerte, que tenían
pueblos muy primitivos ubicados en el noroeste de Europa y zonas de la Siberia,
relacionadas con la primitiva capa de población asiática, de cultura muy
atrasada) y de la Neuma griega (Premiun, componente vital para los griegos, espíritu,
soplo, aliento).
Son famosos los casos recogidos por la literatura, de personas de cientos de años,
como los casos de Matusalem, Enoch y muchos más, esto responde a que el
promedio de vida de aquella época, estaba entre los 25 y 30 años y las
personas que llegaban a la longevidad, se consideraban centenarias como
referencia metafórica.
Muchos fueron los filósofos y médicos, que hicieron recomendaciones para
prolongar la vida o rejuvenecer. Textos remotos de China refieren, que dormir
con jóvenes favorecía un intercambio de energía, al sustraerle el Yang, que
retardaría la decrepitud.
En la Biblia existen varias historias relacionadas con el intercambio del soplo
de vida, una de ellas es la del Rey David, viejo ya no podía guardar el calor
de su cuerpo y para esto se le ofreció la joven sunamita Abisag; de este
relato, parte el principio del sunamismo, o cuidado y convivencia con los
ancianos por parte de personas más jóvenes.
Las civilizaciones clásicas nos brindaban dos paradigmas de imitación: los héroes,
valientes, hermosos, audaces, de corta vida, cuyas hazañas les otorgaban la
inmortalidad; y los ancianos, los cuales con su saber promovieron el ideal del
hombre estoico. Los precolombinos compartían esta dicotomía, sólo merecía la
pena, morir joven en combate o muy anciano como miembro del consejo.
Nuestra cultura occidental, de tradición judeocristiana, ha rendido culto
durante siglos a estos dos modelos; la heroicidad, que enfrentan dificultades y
forja el carácter y a la experiencia, adquirida con los años. La vejez es por
tanto, la edad de la razón.
En muchas zonas de estructura tribal, el envejecimiento es un proceso de
representatividad positivo ya que, él es el sabio, el modelo a seguir, él
resistió la muerte y las dificultades, lo cual sirve de inspiración en valores
grupales.
En África, el anciano no teme a la muerte, pues le representa un paso, un
encuentro con sus ancestros, lo cual garantiza una acción benéfica y sagrada
por la comunidad Lo que para los cultos occidentales son síntomas de
decrepitud: pérdida de memoria, aislamiento, sordera y ceguera, son para ellos,
una transformación hacia una fase superior de desocialización, es ponerse en
contacto con sus antepasados, hablan y ven a los espíritus, no poder caminar,
refleja un franco proceso de metamorfosis para convertirse en espíritu,
mientras más viejos, más sabios y sagrados.
En las sociedades occidentales, el enfoque es diferente, aún en aquellos países
con tradición judeocristiana, donde la gerontofilia, fue piedra angular de un
sistema de valores y costumbres; la vejez, es considerada como un período de
soledad, incapacidad e inutilidad social, donde ser viejo es sinónimo de carga
y dependencia.
El primer mundo, hace esfuerzos y programas de atención al anciano, para la
protección económica y social, pero la visión tenida es profundamente
asistencial y económica. Aumenta la segregación por edades, cada vez más
agresiva, al establecer una separación intergeneracional pronunciada entre jóvenes
y viejos, los cuales, realizan actividades diferenciadas, en territorios
separados y en momentos del día distintos.
En algunos países existen barriadas o pueblos, sólo habitados por Adultos
Mayores, donde el intercambio intergeneracional, la armonía de las edades y la
transmisión de ideas, experiencias y tradiciones se ha roto. Aparecen nuevos
valores favorecedores del individualismo, discriminación y aislamiento. La
solidaridad se debilita y se rechaza la maravilla de la reciprocidad entre
generaciones.
Culturalmente el rechazo a lo viejo, la pérdida de valores humanos solidarios,
pragmatismo y el rejuego de nuevos valores utilitarios, hace que la
gerontocracia sea ya, un concepto obsoleto en muchos lugares del orbe.
Se ha comprobado que los extremos son negativos. No podemos coquetear entre una
segregación y una mitificación; lo cual traería como consecuencia, una falta
de visión ante esta problemática. Se impone pues, un cambio de actitud que
propicie, la ubicación real del anciano en su medio familiar y social.
La utilidad en la familia y en la sociedad, es un objetivo universal de los
ancianos; cumple siempre ciertas funciones, mientras conserva su capacidad
psicofísica para hacerlo. Hace aportaciones a la familia, su propia presencia
es un factor de integración familiar, que aporta continuidad, a la vez es una
“reserva activa”, al hacerse imprescindible en situaciones críticas; es árbitro
en negociaciones entre generaciones, construye socialmente la biografía
familiar, partiendo de datos, relaciones y nexos, recordar o interpretar lo
pasado. La familia y la red de parientes, desempeñan un papel importante en la
protección del anciano. Cuando las necesidades del anciano, rebasan las
capacidades familiares, existen formas aceptadas socialmente para transmitir
toda o parte de la responsabilidad a su encargo.
Se evidencia que la modernización, implica cambios en las funciones de la
familia más que en su estructura, y la atención familiar, puede producirse de
distintas formas, donde la cohabitación es sólo una de ellas.
Cuando más incide el cambio sociocultural en diferenciar generaciones, menor es
la inserción del anciano en su familia. Por este y otros motivos, cuando el
anciano, no está bien adaptado a su familia, recurre con más frecuencia, a la
relación con otros ancianos y a su implicación en actividades asociativas.
El nivel educativo alcanzado, es hoy, un factor que incide positivamente, en su
capacidad para velar por sus intereses y para la incorporación activa a las
actividades que distintas instituciones promueven o diseñan para ellos.
Las definiciones culturales de las distintas etapas del ciclo vital, son
cambiantes en el tiempo, lo cual incide de manera inequívoca, en la variación
de los intentos adaptativos y socializadores de los ancianos.
La edad, como criterio de diferenciación, juega un rol en la cultura. El valor
adjudicado a ese rol, incide en el valor otorgado a los ancianos y, por tanto, a
su situación en el seno de una sociedad. Las normas respecto al establecimiento
de barreras de ancianidad, tales como, la jubilación laboral en Occidente o la
institucionalización de los incapacitados, son barreras que se establecen,
determinadas principalmente por factores demográficos, económicos y
educativos.
La adaptación del anciano a la senectud, depende de la existencia de pautas y
valores atribuidos a ella en su cultura. La variable que con mas frecuencia, se
asocia a la satisfacción de los ancianos en su vida, es el control ejercido
sobre sí mismo. Esta capacidad de autocorregir la vida, depende tanto, de la
habilidad personal para plantear las estrategias correctas, que han de
satisfacer sus necesidades y tomar para ello las oportunas decisiones, como de
las posibilidades que sus condiciones sociales, le ofrecen para llevarlo a cabo.
Los valores, que son variables por criterio de edad, pueden llegar a ser
contradictorios. Al alcanzar la vejez, los individuos se verán impulsados a
tomar valores y asumir actitudes, que chocan con los que se les había impuesto,
durante toda la vida. La adaptación del anciano será entonces, tanto más difícil,
cuanto mayor sea esta discrepancia y más difícil sea responder adecuadamente a
las expectativas.
La desvinculación de los ancianos, es parte de los procesos generales de
alienación, lo cual reviste una particular intensidad en las sociedades
industrializadas de Occidente; se van distanciando del medio social, dando una
posibilidad a su desaparición psíquica y social, reforzada de la muerte.
Los Adultos Mayores que pueden mantenerse en activo más tiempo, vinculados a
sus relaciones habituales básicas, están más satisfechos y mejor integrados,
la vejez se valora universalmente como adecuada, cuando existe seguridad,
respeto por parte de otros y posibilidades de ser socialmente útil. Todas las
sociedades distinguen entre ancianos competentes y dependientes. Será más
valorado cuanto más competente y participativo sean; el respeto es un factor de
adaptación cultural que beneficia al anciano.
Los estereotipos de los ancianos, como otras imágenes, constituyen expectativas
que cambian con el tiempo; son compartidas en el seno de una cultura por
personas jóvenes y viejas de igual manera.
La ancianidad es una etapa culturalmente pautada, que se caracteriza por la
escasez de roles y por la ambigüedad de los que asumen. Supone, para el
individuo, el tener que hacer un ajuste a causa de esa pérdida, por tanto, lo
importante no es la edad cronológica, sino cuando se define culturalmente su
retirada de los roles sociales. Es una etapa vulnerable de la vida, pues la
autoestima y el sentido de la utilidad a veces no se tienen, en una escala de
valores positiva.
En algunos lugares y sociedades “los ancianos pueden llegar a ser
aculturales”. Viven afuera y aparte del cuerpo disponible de tradiciones, que
constituyen la pauta cotidiana de los más jóvenes, la causa sería el proceso
de deculturación. Es posible que el núcleo de una cultura esté centrado en
torno a la etapa joven de la vida, antes de iniciar el declive. Llegado el
momento, éste va vaciando de contenidos culturales la vida, dando lugar a la
situación antes expuesta.
El sistema cultural, entendido aquí como sistema de valores, prestigio y
jerarquías creadas sobre esas bases, es una variable de primer orden, que
determina de manera muy importante las posiciones y condiciones de adaptación
de los ancianos. Las ideas que se tienen sobre ellos, afectan sobre todo a sus
condiciones físicas y psíquicas, y a sus características intelectuales,
morales y de calidad de vida. Así pues, la posición de los ancianos en la
sociedad y aún más, las posibilidades que tienen de adaptarse a ella, dependen
en buena medida, de factores normativos e ideológicos. La autoconsideración de
su nueva situación mejoran su calidad de vida. El conocimiento acumulado, la
experiencia y el tiempo libre disponible en los Adultos Mayores, exigen análisis
y atención a la hora de diagnosticar, planear, organizar y diseñar acciones o
servicios culturales, destinados a este sector poblacional.
La acción sociocultural va cobrando más importancia en el mundo entero, y en
Cuba, ha comenzado a preocupar, dada la proliferación de proyectos culturales y
sociales dirigidos a los Adultos Mayores; el problema está en el abordaje,
ejecución y la evaluación de los mismos. Una intervención de este tipo, que
no parta de un diagnóstico real, de un estudio profundo de las características
del sector al que va dirigido y de la búsqueda de fuentes y antecedentes, difícilmente
podrá diseñar una estrategia de impacto.
No sólo debemos partir, del sujeto sobre el cual vamos a incidir, debemos tener
en cuenta, edad, sexo, nivel escolar, gustos, preferencias, necesidades básicas,
estilos de vida, estado de salud física y mental, potencialidades; además del
análisis de los recursos materiales y humanos con que contamos para acometer
esta tarea, también es medible, la disponibilidad social comunitaria, dentro
del marco de la cultura del envejecimiento.
Es un reclamo asumir un nuevo enfoque y un análisis consciente de un problema
abordado con toda la seriedad que requiere; dado el reto que el envejecimiento
poblacional impone a científicos, antropólogos y culturólogos en el presente
siglo.
La solución de las necesidades básicas, implica la autorrealización del
individuo, aumento del nivel y la calidad de vida, así como, la participación
activa. La creación de modelos independientes, propicia la confianza y una
actitud decisiva a la hora de asumir los modelos de desarrollo humano,
incorporando la transferencia tecnológica, además de métodos coyunturales,
que permiten una inserción e identificación consciente en el proceso de
cambio, sin dejar a un lado, el análisis reflexivo y dialógico de las
dimensiones del desarrollo, lo económico y lo cultural, los cuales, deben
marchar al unísono, donde uno no se vaya por encima del otro, de esta manera la
cuota de poder y la toma de decisiones se evidencia en el devenir del proceso de
cambio.
El refuerzo y defensa de la identidad grupal e individual es la que imprime el
sentido de la vida, el compromiso y transmisión de valores, lo cual, conforma
esa historia de la cotidianeidad con estímulos favorecedores de la promoción
humana. Cuando el individuo se siente capacitado, en su papel de portador de una
cultura, necesariamente transmisible a distintas generaciones, refuerza su
sentido de pertenencia a un grupo etáreo tradicionalmente identificado, con el
binomio sabiduría- experiencia y asume el encargo social de conservar y
transmitir el patrimonio cultural familiar-comunitario, además de la memoria
viva, aspectos de vital importancia en los procesos de identidad comunitaria.
El compromiso adquirido por las personas mayores, en el contexto de desarrollo,
hace indefectiblemente, que el papel asumido tiene que adquirir matices de
protagonismo, en la construcción de una historia cotidiana, donde las
referencias al pasado y las proyecciones hacia el futuro, son obligadas.
El Adulto Mayor, se sabe necesario y fuerte en referencias, aún en sociedades
donde lo viejo no es valorado. Por esa razón, desaprovechar las posibilidades
de participación y aporte de los ancianos, es un error que a la larga costará
caro.
No podemos hablar de promoción humana, si no respetamos la dignidad de la
persona, desde lo individual hasta lo colectivo. Ellos son portadores de una
cultura construida a partir de la historia familiar, pasando por la local hasta
llegar a la nacional. Nuestros viejos de hoy, nos legaron un proyecto social,
una tradición, un sistema de valores y esperan de las generaciones venideras,
la continuación de su obra, además de la creación de nuevas expectativas,
generadas por el devenir social del propio desarrollo humano. Los adultos
maduros del presente, en unas dos décadas serán ancianos que diseñaron nuevos
proyectos, a partir de sus propias utopías y esperan de los que siguen la
concreción de sus sueños.
La preparación individual familiar y comunitaria en el cambio de óptica y
actitud que se impone, dado el envejecimiento poblacional creciente, precisa un
reconocimiento de las potencialidades del Adulto Mayor, así como, de su inserción
y participación social en un proceso de transmisión y ascenso cualitativo de
las relaciones intergeneracionales,a esto que podemos llamar cultura del
envejecimiento. En este siglo será el momento, en el cual, la dimensión
cultural del desarrollo, primará en muchas órdenes, como respuesta ante el
avance globalizado de la tecnología y la diferencia abismal entre los
poseedores de recursos y los desposeídos, la batalla cultural adquiere matices
de sobrevivencia y defensa de la identidad. La población Adulta Mayor del 2025,
será altamente calificada y con un importante nivel científico, cultural e
informativo. Sus gustos, preferencias y la forma de aprovechar el tiempo libre
será evidentemente muy distinto a la realidad actual, dada la elevada urgencia
en el plano culturológico.
El desarrollo tecnológico, científico y económico, no dan respuesta total a
nuestras necesidades de desarrollo humano integral. Los grupos que logran vivir
más años, se enfrentan a necesidades fundamentales, que la sociedad debe
intentar poner a su alcance. La imagen de la vejez puede variar según las
sociedades, no sólo constituye un hecho natural, sino una construcción histórica
cultural y comprende el orden biológico, demográfico, económico, social y político,
por tanto cultural. Sin ser en sí misma un problema, sino una etapa normal del
ciclo vital, la vejez constituye una dificultad, cuando el grupo de ancianos no
disponen de los satisfactores requeridos, para suplir sus carencias y no puede
desarrollar sus potencialidades. Desde esta perspectiva, el problema real es que
el desarrollo, contribuye a la supervivencia del anciano, pero no siempre ha
puesto a disposición de este grupo, las posibilidades de satisfacción que sus
capacidades y necesidades exigen
El cambio pone en tela de juicio, nuestros modelos tradicionales, para
comprender y atender al anciano. La consideración de la vejez, como un problema
inevitable soportable hasta que la muerte pone fin, constituye un esquema
superable en el futuro.
Las experiencias organizadas, de quienes abordan el tema con responsabilidad y
compromiso, nos demuestran, que el viejo es una fuente inagotable de
potencialidades, participación y recursos para sí mismos y para el resto de la
sociedad.
Las propuestas de intervención gerontológica, se han visto sobrepasadas, por
la dinámica propia de los acontecimientos, a partir de los cuales se han
constituido los proyectos y modelos de participación. La concepción sobre el
trabajo con los Adultos Mayores, se ha transformado significativamente, a partir
de experiencias vitales que promueven referentes conceptuales, de carácter holístico.
Las posibilidades reales de la Gerontología como disciplina, se fundamentan al
trascender la atención asistencialista y la modificación de prejuicios y
estereotipos, que han obstaculizado el camino de la promoción, imprescindible
para el desarrollo de una cultura del envejecimiento.
Existen una serie de aspectos a tener en cuenta para el desarrollo de la cultura
del envejecimiento:
· Creación de bases informativas para preparar a la población y a
instituciones estatales ante la problemática del envejecimiento.
· Educar a la población joven y de edad mediana para envejecer con calidad de
vida.
· Activar los programas de atención a la Tercera Edad en el orden de la salud,
cultura, deporte, seguridad social y educación para adultos.
· Desarrollo de una cultura del envejecimiento como elemento dinámico de la
sociedad.
· Esta cultura del envejecimiento, deja en sí, el sedimento de un constante
ensayo - error, que posee elementos de ajuste en la tensión dialéctica entre
socialización y aislamiento, lo tradicional y lo novedoso.
Los que formulan políticas y los ejecutores del desarrollo, deben empezar a
tomar en cuenta el envejecimiento poblacional, deben aumentar las oportunidades
para las personas mayores y contribuir con su pericia y conocimiento, al
desarrollo humano sostenible.
Al dar una mirada antropológica de esta problemática es necesario tener en
cuenta que en lo social, se presentan mitos y prejuicios relativos a la vejez
importantes a tener en cuenta, para cualquier proyección sociocultural; ellos
son:
El mito de la improductividad
Este aspecto es contradictorio, si lo comparamos con múltiples ejemplos de
ancianos, que han desempeñado un papel importante en la marcha de la historia,
incomparablemente mejor que oleadas ingentes de jóvenes. Debemos valorar que
muchos, a pesar del retiro laboral, continúan transmitiendo valores y
habilidades a jóvenes, con los cuales garantizan la continuidad de oficios y
actividades, donde es importante, el proceso educativo y la experiencia; ésta
es una forma de sentirse útiles y de incorporarse a la comunidad.
Es una etapa de la vida, rica en la utilización correcta del tiempo libre
disponible. Ahora puede dedicar a labores productivas en el hogar o la
comunidad, el tiempo que antes por su responsabilidad laboral, no poseía. El
Adulto Mayor se convierte en un obrero comunitario potencial, en la solución de
problemas de la vida cotidiana laboral, donde además de su experiencia,
desarrolla ingenio y participa de forma activa en la gestión familiar
comunitaria.
Cuántos ancianos aprenden nuevos oficios, incluso aquellos del sector
intelectual o con profesiones sedentarias, se desarrollan en esferas
insospechadas. Debemos tener en cuenta el desarrollo de aficiones laborales como
la carpintería, jardinería, “labores de aguja”, albañilería, diseño y
muchos otros que comienzan a estimular, no sólo el fin utilitario, sino también
el educativo terapéutico.
Las capacidades y actitudes de dirección y organización, desarrolladas a lo
largo de la vida laboral activa, pueden aprovecharse en grupos sociales, de
forma tal, que constituya una labor sociocultural comunitaria.
La participación en la recopilación, difusión de datos, anécdotas, descripción
de personalidades, dan a las historias locales un valor significativo y sobre
todo altamente valioso, al convertirse en fuente viva y de valores identitarios
de un grupo o una comunidad. La productividad material e intelectual de la
Tercera Edad, está en la medida en que demos un mayor margen de participación
integradora.
El mito de incapacidad creativa y de realización personal de sueños
pospuestos.
La creatividad no tiene límite de edad, muestra de ello, son obras magníficas
en la literatura, la música, la ciencia, artes plásticas, etc. cuyos autores
al concebirlas ya tenían una edad mayor de sesenta años. La imaginación
creadora en el Adulto Mayor, debe ser estimulada a partir del vínculo
experiencia - potencialidad, la cual subyace, en espera de una oportunidad de
expresión. No podemos olvidar, que los creadores van madurando su proceso
creativo e incorporan nuevas ideas, en el devenir de su historia personal. La
valoración de su obra y el reconocimiento social, hacen que si bien, no pueden
en un momento determinado, ejecutar por ellos mismos sus proyectos, aglutinan e
involucran personas de otras generaciones, para que pongan en práctica sus
fantasías creativas.
Nuestra realidad cubana cuenta con valiosísimas personalidades en el ámbito de
la cultura, la ciencia, el deporte y otras ramas del saber, las cuales son parte
del patrimonio cultural de nuestro país y gozan de prestigio internacional.
El mito de la desvinculación y falta de compromiso.
El ansia de vivir de la inmensa mayoría de las personas de la Tercera Edad
y su alto grado de participación, favorece el encargo social, al cual están
llamados los miembros, de este grupo poblacional. El hecho de que no exista un
horario laboral estricto, no implica que no haya un compromiso y una
responsabilidad familiar, con sus amigos y los grupos sociales en los cuales se
desenvuelven; sienten la necesidad de sentirse útiles, dan sus opiniones y
toman decisiones, que le permite reforzar su sentido de pertenencia y su
compromiso grupal - comunitario, con alto grado de participación.
No hay persona con mayor sentido de la responsabilidad, que el Adulto Mayor. Su
sistema de valores lo hace inflexible, en eso de “dar su palabra” y estar
presente en eventos, ya sea familiar, grupal o comunitario.
Se consolida la socialización y el deseo de ser tenido en cuenta, a la hora de
tomar decisiones. El desempeño de un rol asignado, facilita la integración
activa y el proceso comunicativo intergeneracional, estimula la autogestión y
el trabajo en tareas de bien común; necesidad de corregir errores y crear
nuevas expectativas para él y los demás, lo ayudan a crecer en su dimensión
cultural.
El mito de ” somos demasiado viejos para aprender”.
En estos momentos en que se habla por activa y por pasiva de la educación
permanente desde el nacimiento hasta la muerte. La educación formal e informal,
sin ser una panacea universal, sí desempeña un papel importante en la
socialización del Adulto Mayor, convirtiéndolo en un ente activo de la promoción
cultural en su más amplio concepto. Los esfuerzos educativos en la Tercera
Edad, deben estar en consonancia, con la convocatoria al saber, desde la
participación, lo cual permitirá, una toma de conciencia de sus derechos y
deberes, por lo tanto de su responsabilidad en la transmisión de valores y
experiencia.
La asimilación de nuevos conocimientos, aptitudes y hábitos puede tener lugar
a cualquier edad; sólo requiere que el anciano en un aprendizaje efectivo,
posea mayor tiempo y estímulos. La vejez es un período útil, con
satisfactores y potencialidades a descubrir, esto favorece el aprendizaje a
partir de un circuito retroalimentación - educación permanente.
La educación en la Tercera Edad, favorece la actitud positiva ante el
envejecimiento; ya que retroalimentan antiguos conocimientos, crean nuevos
sistemas y construyen ellos mismos el proceso docente educativo; mejorar así su
salud física y mental, al aportar un flujo de conocimientos en la elevación
del nivel cultural, que promueve estilos de vida saludable; de esta forma,
asumir conscientemente su propio envejecimiento, garantiza mejores condiciones
de vida, el autovalidísmo, la autoestima y los prepara como agentes de cambio.
El mito de la Edad Dorada
El Adulto Mayor está sometido a un mayor stress que otros grupos,
enfermedad, jubilación, pérdida de seres queridos y otras causales, esto
contradice la idea optimista de que esta edad es para no preocuparse y
realizarse plenamente, ya que, todo se le es permitido, son el centro de la
familia y su única preocupación es esperar pacíficamente el final; los
cambios en los sistemas de valores de las generaciones jóvenes y las
diferencias en las cuotas de saber y poder en el mundo moderno, hacen que, el
llegar a viejo se convierta en algunas latitudes, en lugar de un honor, en una
tragedia.
La transformación de la dinámica familiar, el cambio de rol del anciano y las
dificultades a las cuales se enfrenta este grupo, hace que las organizaciones no
gubernamentales y los especialistas constaten, que el bienestar del Adulto
Mayor, no está en la seguridad y asistencia, ni en “la importancia
museable”, que algunos le confieren, sino en la verdadera promoción de una
dimensión cultural del desarrollo en la Tercera Edad.
Las investigaciones y diseños de políticas deben centrarse más, en esta
dimensión. No se puede seguir considerando al Adulto Mayor, como un número,
una carga, sino en lo que realmente es: una persona en desarrollo.
A estos mitos y a otros más, nos enfrentaremos en el proceso de cambio, donde
el anciano es protagonista del trabajo cultural, social y cotidiano. La
importancia que para una persona mayor adquiere el entorno, es otro de los
aspectos a tener en cuenta, su barrio, vecinos, amigos y familiares, adquieren
una relevancia creciente en el momento en el cual, según lo establecido, más
necesitan de ellos.
Habría por tanto, que empezar a ver la vejez como una edad privilegiada, ya que
rotos los mitos y desterrados los prejuicios, el anciano puede empezar a
realizar aquello con lo que siempre soñó, pero no pudo o no supo. Es el
momento de disfrutar la retribución social del trabajo y esfuerzo de años,
llenar sus espacios con procesos creativos, pintar, bailar, cantar, narrar,
escribir, dedicarse a ejercitar su cuerpo, memoria, ampliar lenguaje, estimular
su imaginación, contemplar la naturaleza, potenciar nuevos proyectos y todo
tipo de actividades deportivas, culturales y sociales.
Un abuelo es una pieza clave en la marcha de la empresa familiar y comunitaria,
ya que transmite con puntualidad y exactitud una cultura y un patrimonio, sin lo
cual, queda incompleto el acontecer social; por tanto, necesitamos plantear
desde diferentes ámbitos, la modificación de la comunidad, sus relaciones
intergeneracionales, así como, asumir una responsabilidad social, individual y
comunitaria, capaz de iniciar una transformación cultural, en un mundo cuyo
avance nos convoca a dar, nuevas respuestas a viejos problemas.
Las necesidades de los Adultos Mayores son por costumbre desatendidas, de la
misma manera que las cuestiones minoritarias de antes, como género, medio
ambiente, los derechos de niños y adolescentes, las cuales son consideradas de
una forma rutinaria. La utilidad del anciano está fundamentalmente en su
experiencia, conocimiento de la vida y capacidad de respuesta, esto de hecho, se
convierte en un valor de cambio, para establecer relaciones de igual a igual,
con sectores más jóvenes dentro de la comunidad. Empezar a tomar conciencia de
todo lo que se haga hoy por ellos, camino que estamos marcando y por el que
inexorablemente pasaremos algún día, por tanto la preparación es obligada.
La dimensión cultural del desarrollo, favorece la aparición de proyectos que
colocan al Adulto Mayor en el lugar que verdaderamente le corresponde, sin
paternalismo, discriminaciones, maltratos o complacencias. Los proyectos diseñados
para el Adulto Mayor, deben de estar orientados realmente, a la dignidad de la
persona mayor, como miembro activo de la sociedad y constructor de su historia
personal y de la memoria colectiva, o sea, no es más que, incorporar al
quehacer cultural, a sus proyectos e intervenciones, la dimensión humana del
desarrollo, a partir de estrategias participativas, en el fomento de un cambio
de actitudes, voluntades y valores, que proporcionen una mayor realización, en
planos individuales, grupales y comunitarios.
A diferencia de otros cambios sociales y económico mayores, el envejecimiento
es posible predecirlo con cierto grado de confiabilidad y antelación. Esto
permite a los que formulan política, una oportunidad de desarrollar y adaptar
las estrategias, para satisfacer la necesidad de la Tercera Edad del mañana. De
no hacerse, el envejecimiento poblacional sería la próxima crisis del mundo en
vías de desarrollo.
La reunión de la comisión para el Desarrollo Social de la ONU (CDS) en febrero
de 1998 indicó que el Programa en Envejecimiento de la ONU, debe trabajar todas
las aristas de la promoción humana en colaboración con UNDP, se impone por
tanto una revisión del pensamiento e imaginario, ya que, UNA POBLACIÓN QUE
ENVEJECE NO ES UNA CARGA, SINO UN POTENCIAL ÚTIL A DESARROLLAR E INTEGRAR
SOCIAL Y COMUNITARIAMENTE.
La sociedad que no cuida a sus niños,
no tiene derecho al FUTURO.
La sociedad que no cuida a sus ancianos,
no tiene derecho a la HISTORIA.
Anónimo
AUTORA:
M.Sc. María Amelia González Braniella
Ciudad de la Habana,1957. Cuba
Graduada en 1980 de Lic. En Pedagogía y en 1987 en Defectología del Instituto
Superior Pedagógico Enrique José Varona, diplomada en Gerontología (1998) y
Master en Desarrollo Cultural en el Instituto Superior de Arte en el 2000. Fue
fundadora de la Primera Universidad del Adulto Mayor en Cuba y ha desarrollado más
de 15 años en el mundo de la Cultura y 25 dedicada a la docencia.
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Publicación enviada por M.Sc. María Amelia González Braniella
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Publicado Tuesday 21 de March de 2006
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