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Crisis Nuclear con Corea del Norte
Resumen: La caída del muro del Berlín y el desmembramiento de la URSS simbolizaron un drástico cambio en la estructura de poder internacional dando fin a la denominada Guerra Fría. No obstante, la conclusión de la misma no resultó ser la panacea para los males del globo.
Publicación enviada por Ma. Belen Avellaneda y Ma. Elena Araya
Introducción
La nueva coyuntura Internacional y sus desafíos
La caída del muro del Berlín y el desmembramiento de la URSS simbolizaron un
drástico cambio en la estructura de poder internacional dando fin a la
denominada Guerra Fría. No obstante, la conclusión de la misma no resultó ser
la panacea para los males del globo. Durante el período inmediato al deshielo
occidente, con Estados Unidos como estandarte, exacerbó el triunfalismo
capitalista expresado por sectores de la intelectualidad como el fin de la
historia. Con el transcurrir del tiempo se pusieron de manifiesto las
contradicciones de un mundo complejo azotado por una multiplicidad de nuevas
problemáticas. Surgen a la par de la globalización nuevos actores
internacionales como organismos multilaterales, nuevos Estados que emergen tras
el proceso de descolonización y el desmembramiento del bloque soviético,
corporaciones cuyos intereses y acciones penetran las fronteras interestatales,
etc. Diferentes fenómenos irrumpen con vehemencia en el escenario
internacional, cabe destacar entre ellos la pobreza, la reivindicación de los
desposeídos y oprimidos, el narcotráfico, la contaminación ambiental, las
crisis financieras, el terrorismo y la proliferación nuclear. Todas estas temáticas
no sólo se relacionan entre sí sino que su transnacionalización y el aumento
de la interdependencia, hacen que afecten a la comunidad internacional en su
conjunto. La creación del “Grupo de Alto Nivel sobre las amenazas, los desafíos
y el cambio” en el marco de Naciones Unidas pone de manifiesto la toma de
conciencia en relación al nuevo sistema internacional. De esta manera la Guerra
Fría no sólo imprimió su huella en los conflictos de la actualidad sino que
el fin de la misma suscitó nuevas amenazas y desafíos a la comunidad
internacional.
Dentro de este escenario se inscribe la problemática nuclear norcoreana, como
un indicador que en su seno encierra continuidades y rupturas ligadas a la
Guerra Fría y a la post guerra.
La península coreana, ubicada entre China y Japón fue históricamente una
presa codiciada por sus vecinos. Japón ocupó militarmente Corea en 1902 y en
1910 la anexó a su imperio.
Concluida la segunda guerra mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética
fraccionaron la península coreana en dos zonas de ocupación dividiendo a la
población en dos regimenes completamente opuestos e incompatibles. En el año
‘50 tuvo lugar una guerra con vista a una posible reunificación del
territorio, pero los intereses de las potencias encontraron en el statu quo la
mejor solución. Dividas en Norte y Sur, ambas Coreas, primaron diferentes
caminos en pos de su supervivencia y desarrollo. Mientras que Corea del Sur contó
con el apoyo económico de Estados Unidos que le permitió un rápido
crecimiento, así como también de apoyo militar llevado a cabo a través de
alianzas a lo largo del Pacífico con países como Japón (antigua rival). Corea
del Norte logró sobrevivir a partir de la ayuda de la Unión Soviética y
China, optando por desarrollar sus capacidades militares convencionales así
como también no convencionales (llegando a poseer un pequeño arsenal nuclear).
Hacia finales de la Guerra Fría la no proliferación y el control de las armas
de destrucción masiva apareció como leit motiv de los encuentros entre las
superpotencias, temática que éstas impusieron en la agenda de la comunidad
internacional a través de múltiples tratados. El TNP (Tratado de No
Proliferación) constituye el punto neurálgico de todos los acuerdos
internacionales relacionados con la utilización del potencial nuclear mientras
que Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) es el principal
organismo creado con la función de asegurar el desarme nuclear y la utilización
pacífica de este tipo de energía.
Al concluir la Guerra Fría el enemigo tradicional y ubicuo se diluye, las
amenazas toman formas múltiples y muchas de ellas se relacionan a fuerzas
transnacionales –como el terrorismo internacional, narcotráfico, y crimen
organizado- más que a conflictos interestatales propiamente dichos. Las nuevas
amenazas afectan principalmente a las personas, la población civil, sus valores
e instituciones. Ello lleva al replanteo del rol de las fuerzas armadas, los
servicios de inteligencia, las alianzas de seguridad colectiva y demás formas
de cooperación para el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales.
Para Corea del Norte la culminación de la Guerra Fría significó el fin de la
ayuda económica y bélica proveniente de la Unión Soviética y China, lo que
provocó un fuerte estrangulamiento económico para aquel país. A partir de la
desintegración de la URSS y el proceso de reformas en los países del Este,
Corea del Norte sintió agudamente la pérdida de interlocutores,
particularmente desde el establecimiento de las relaciones diplomáticas entre
los países del ex COMECOM y Corea del Sur. Pyongyang no puede recibir ayuda ni
del Banco Mundial ni del Banco Asiático de Desarrollo por lo cual en pos de
obtener recursos recurrió a la venta de armamento convencional y no
convencional a Oriente Medio y otras regiones del mundo.
La percepción sobre el avance de los peligros de la proliferación de armamento
nuclear y materiales nucleares a través de los cuales se pueden generar
atentados catastróficos ha obligado a plantear una profunda revisión de la
estrategia respecto de los Estados que puedan facilitar tales armas.
A partir de la óptica norteamericana la seguridad internacional se ve amenazada
por la combinación entre radicalismo y tecnología, vulnerabilidad que aumenta
por la conjunción entre “Estados canallas” con redes terroristas. “Los
Estados calificados como enemigos, distan de tener una identidad significativa
en cuanto capacidades militares, económicas y demográficas. Su importancia
como amenaza pasa a ser su control de armas de destrucción masiva y su eventual
interacción con el terrorismo internacional.” Desde los atentados del 11 de
septiembre de 2001 hasta el momento la estrategia de seguridad norteamericana
parece detentar poca flexibilidad dado que: se han adoptado posiciones rígidas,
se han soslayado y evitado negociaciones, y se ha optado por la guerra
preventiva contra el terrorismo y los Estados que alberguen terroristas buscando
también la disuasión de aquellos con capacidad convencional y no convencional
sospechados de entregar suministros a estas redes.
La reactivación, por parte de Corea del Norte, de su programa nuclear
–enriquecimiento de uranio y reactivación del procesamiento de plutonio- y la
declaración en abril de 2003 de que posee armas nucleares desencadenó una
crisis cada vez más aguda entre este país y los Estados Unidos y
subsecuentemente de otras potencias con intereses en el Sudeste de Asia.
La posibilidad de que Corea del Norte se transforme en un Estado con armas
nucleares que pueda brindar soporte logístico y estratégico para grupos
terroristas podría – y ya tiene – profundos efectos en el sistema
internacional. Esto se debe a que las acciones y amenazas a futuro ponen en
peligro la integridad del régimen internacional de no proliferación, y aumenta
la preocupación en los cinco países más implicados en la seguridad de la península
coreana: Estados Unidos, Corea del Sur, China, Japón y Rusia. Si se confirmase
las afirmaciones de Kim-Chong-il, dirigente de Corea del Norte, respecto de la
posesión de armas nucleares esto generaría un entorno muy difícil al poner en
peligro la paz y la estabilidad en Asia Oriental, que puede derivar en una nueva
carrera de armamentos y tal vez lanzar a la nuclearización a Japón, Corea del
Sur y Taiwán.
Aunque un análisis atento muestra que el peligro o amenaza nuclear directa de
Corea del Norte es escasa, dado, como veremos, su poca capacidad misilística,
su amenaza indirecta es considerable dada la posible exportación de material
nuclear o eventual nuclearización de otros países o grupos terroristas.
Esta amenaza indirecta y el historial como de proliferador de este país hace
que se lo perciba como una fuente de amenaza más allá de su potencial real en
términos cuantitativos.
Los medios para solucionar la crisis han sido objeto de polémica entre las
distintas potencias y demás países involucrados, dados los distintos intereses
en juego. Algunas países se inclinan por las negociaciones directas entre
Washington y Pyongyang (cuyas condiciones, formato y contenido son también
asuntos controvertidos). Otros incluso defienden (o no descartan) una opción
militar, de tipo táctico (ataque quirúrgico contra las instalaciones
nucleares) y hasta estratégico (invasión o ataque masivo). Mientras aparece
también una tercera vía, intermedia, que es la de aceptar la nuclearización
como un hecho consumado y propiciar el aislamiento y el estrangulamiento del régimen
norcoreano mediante sanciones hasta su eventual colapso.
En el siguiente trabajo analizaremos la cuestión nuclear con Corea del Norte y
el peso que ha adquirido su amenaza indirecta en el contexto post Guerra Fría y
particularmente post 11 de septiembre.
En un primer apartado definiremos un marco conceptual de análisis; en un
segundo apartado ponderaremos el nivel de amenaza nuclear que significa la
posesión de armas por parte de Corea del Norte; en el tercer y cuarto apartado
haremos un relato de los antecedentes y del desarrollo de la crisis; en el
quinto apartado analizaremos la complejidad estratégica, es decir el escenario
regional y el juego de intereses y percepciones entre los actores involucrados
en la crisis; en el sexto apartado presentaremos las opciones para solución del
conflicto y finalmente las conclusiones.
1. Marco conceptual
Para comenzar se hace necesario recurrir a herramientas conceptuales que nos
ayuden a comprender el escenario internacional que sirve de contexto a la crisis
que analizamos.
El sistema internacional contemporáneo post Guerra Fría es bastante más
complejo como para definirlo solamente como unipolar, bipolar o multipolar.
Huntington, por ejemplo caracteriza al sistema internacional actual como un híbrido
“uni-multipolar”, en donde hay un superpoder y varios poderes mayores, y
para establecer las pautas del sistema internacional se requiere de la acción
del superpoder en combinación con los Estados mayores. En un segundo nivel actúan
poderes regionales mayores como Rusia en Eurasia, Japón y China en el Este Asiático,
etc.
De acuerdo a la conceptualización que hace Joseph Nye estamos en presencia de
un sistema internacional con tres tableros o niveles de poder. El militar donde
hay una potencia predominante, momento unipolar (tablero superior), está
encarnada por Estados Unidos. El económico (tablero intermedio) donde la
característica es la tripolaridad, con tres mercados y/o actores importantes,
Estados Unidos, Europa y Japón. Y el tablero donde no hay control real del
Estado, “botton chessboard”, una zona difusa donde actúan e interactúan
nuevos y viejos actores internacionales a través de las fronteras. Nye suma a
este tablero no sólo la sociedad civil internacional, sino también las redes
terroristas, mafias, flujos de capitales, paraísos fiscales, venta de armas y
tráficos de drogas. Siguiendo con la lectura de Nye, debemos sostener que estos
tres escenarios de poder del sistema internacional están interrelacionados
verticalmente por lo cual, es en vano actuar en sólo uno de los planos de
poder. Como los tableros tienden a influenciarse, si una potencia desea actuar
en el tercer plano deberá necesitar de la ayuda activa de todos los países
para poder intervenir en él y sin éxito asegurado.
Los temas de seguridad, como el nuclear, se están desplazando al tercer plano o
tablero donde están haciendo colusión “Estados villanos” -con armas
nucleares o el potencial de poseerlas a futuro- y grupos terroristas. Esto
plantea problemas graves y de compleja solución dada las características del
sistema internacional.
Esta complejidad deriva de que para estos actores –Estados villanos o grupos
terroristas la disuasión nuclear no parece ser una herramienta eficaz para
contenerlos. Durante la Guerra Fría el arma nuclear tenía como principal función
la de disuadir al contrario sobre la inconveniencia de desarrollar un primer
ataque nuclear, ya que la respuesta podría conllevar a su destrucción, con lo
cual el enfrentamiento entre ambos se convertiría en absurdo. Además la
disuasión nuclear estaba dirigida contra Estados cuyos gobiernos eran
conscientes de la necesidad de proteger a su población y territorio, y se
esforzaban por actuar de la manera más racional posible para evitar una
destrucción mutua asegurada. Así sobre un frágil equilibrio del terror se
evitaba el enfrentamiento directo entre las superpotencias. Ahora bien con el
final de la Guerra Fría y la disminución progresiva de las tensiones entre
Estados Unidos y sus antiguos enemigos, ahora aliados en diversos ámbitos, se
han reducido considerablemente los peligros nucleares procedentes de grandes
Estados como la Federación Rusa o República Popular China, pero han aumentado
los peligros procedentes de “Estados villanos” o de grupos terroristas
internacionales. Para estos últimos la disuasión nuclear como la entendíamos
no sirve porque el arsenal nuclear estadounidense fue fundamentalmente diseñado
para dar respuesta a otros Estados con capacidades nucleares importantes, no
para disuadir a Estados que se encuentran en el umbral nuclear o a grupos
terroristas que pueden estar en posesión de bombas sucias.
Esta dificultad en la no eficacia de la disuasión nuclear pude comprenderse por
la aparición de amenazas no tradicionales o lo que se ha denominado amenaza
asimétrica. Es decir una amenaza que: no proviene de un ejército claramente
identificable; con motivación variada (esto es que puede obedecer a rivalidades
tribales, a revanchismos étnicos o a simples actividades criminales); cuya
ejecución proviene de entidades no estatales; a la explotación de factores
como la sorpresa, la “invisibilidad”, la capacidad de operar a distancia con
pocos recursos y causar un gran daño, etc.
La sorpresa, invisibilidad, organización flexible, la movilidad son ahora
sopesados como capacidades que grupos terroristas internacionales pueden
aprovechar e incluso ser letales si llegan a poseer armamento nuclear para
realizar atentados terroristas catastróficos. Esto ha llevado a las grandes
potencias, en especial los Estados Unidos, a la necesidad de obturar posibles vías
de suministro. Esta estrategia apunta directamente a los Estados que son
percibidos, no tanto por sus recursos materiales, sino por su identidad e
historial como potenciales proliferadores. Aquí juega un rol importante la
percepción de amenaza por parte de otros estados. En el análisis de la
percepción nos parece útil hacer referencia al concepto que S. Walt denomina
“balance de amenaza”. Este tipo de balance difiere... del “balance de
poder” -o de capacidades físicas concretas - en que los actores en el sistema
internacional no necesariamente focalizan toda su atención en las capacidades
materiales de un Estado competidor o agresivo sino que se ven sometidos a la
influencia de sus percepciones sobre las intenciones, naturaleza e historia del
actor en cuestión sumado a factores subjetivos que pueden llegar a pesar más
que las capacidades a la hora de identificar a rivales o enemigos.” Como
explica también la visión constructivista de las relaciones internacionales
expresada en análisis como los de Wendt, las interacciones y prácticas de los
actores generan estructuras sociales que derivan en relaciones de conflicto o
cooperación. Los recursos materiales de los Estados adquieren significado
dependiendo de la estructura de conocimiento compartido que subyace a ello. Así,
en el caso de Corea del Norte lo que plantea un desafío no son las capacidades
materiales en términos geoestratégicos (recursos económicos, población,
poderío bélico, etc.) sino las percepciones acerca de las intenciones y el
historial de este país en apoyo a grupos terroristas y a la proliferación
armamentística (específicamente misiles). En los términos constructivistas de
Alexander Wendt, la relación de Estados Unidos con los Estados pertenecientes
al “Eje del Mal” (dentro de los cuales se encuentra Corea del Norte) “no
será una relación kantiana de amigos o lockeana de rivales sino que será una
relación hobbesiana de enemigos o, aún más aguda, de “hostilidad
absoluta” (o sea el no reconocer en el “otro” ningún tipo de legitimidad
o capacidad de conciliación).” Para Fabián Carlos Calles ello deriva en al
menos cuatro hechos fundamentales. El primero y más evidente es que Estados
Unidos actuará como un estado revisionista bajo el principio “eliminar o ser
eliminado”. En esta lógica, la diferencia entre seguridad ofensiva y
defensiva se diluye ya que, como expresa la Estrategia de Seguridad Nacional
(ESN), “la mejor defensa es el ataque”: si lo que se busca es más seguridad
los estados pueden anexar territorios o invadir otros estados bajo pretextos
defensivos como sucede con Irak. Segundo, la toma de decisiones no tendrá muy
en cuenta las perspectivas futuras posibles sino que se orientará siempre al
“peor escenario”. Bajo este esquema, poco importa la jugada del otro actor
en dirección cooperativa. Tercero, las capacidades materiales relativas serán
de suma importancia. Como afirma A. Wendt, la enemistad le otorga a las
capacidades un significado particular, el cual no se deriva ni de sus
propiedades intrínsecas ni de la anarquía como tal, sino de la estructura del
rol, en este caso de enemigos. El enemigo puede provocar daños mayúsculos por
medio de estrategias “asimétricas” (terrorismo, disrupciones económicas,
etc.).
Pero en este nuevo esquema internacional el “único superpoder” no puede
actuar inconsultamente en todos los escenarios particularmente en aquellas
regiones rodeadas de potencias que aún detentan relevante poder. En el
escenario en juego participan los intereses e interrelaciones de otros actores,
a saber: China, Rusia, Japón y Corea del Sur. Las experiencias históricas de
cada uno de estos países derivará en estructuras de conocimiento compartido
diferentes a las que se producen en la lógica conflictiva entre Corea del Norte
y Estados Unidos. A su vez, los intereses y prioridades de estos actores son
ordenados de manera distinta a las pautas de Estados Unidos ya que se desprenden
de realidades y necesidades heterogéneas. No es igual el riesgo que toman Corea
del Sur y Japón en caso de realizarse un ataque preventivo contra el régimen
de Pyongyang dada su proximidad geográfica. Es también diferente el riesgo que
corren China y Rusia, ambos en la difícil tarea de transformar sus economías y
también sus sociedades para adaptarse al mercado, ante una posible
desestabilización en sus proximidades. Es por esta razón que las percepciones
e intereses de los actores se entrecruzan, convergen y divergen, aunque en
definitiva generalmente priman unas sobre otras.
Sumado a las interpretaciones anteriores cualquier análisis sobre un conflicto
internacional y sobre las posibles estrategias de solución debe tener en cuenta
los límites y contexto de la acción en un ambiente complejo como es el
escenario internacional. Como señala E. Morin “el dominio de la acción es
muy aleatorio, muy incierto. Nos impone una conciencia muy aguda de los
elementos aleatorios, las derivas, las bifurcaciones, y nos impone la reflexión
sobre la complejidad misma. Aquí interviene la noción de ecología de la acción.
En el momento en que un individuo emprende una acción, cualesquiera que fuere,
ésta comienza a escapar a sus intenciones. Esa acción entra en un universo de
interacciones y es finalmente el ambiente el que toma posesión, en un sentido
que puede volverse contrario a las intención inicial.” En este sentido es
indispensable tomar conciencia de la complejidad a la hora de encarar y resolver
problemáticas internacionales tan delicadas, ya que una presión que tenga como
intención disuadir ciertas acciones de la contraparte puede terminar en una
provocación de la agresión no deseada y más difícil de controlar siendo ello
contrario a la intención inicial.
Esta complejidad de la acción se hace evidente en el actual sistema
internacional donde el poder se está volviendo más multidimensional, las
estructuras más complejas y los Estados más permeables. En el análisis de
nuestro caso nos resulta interesante utilizar la conceptualización de poder que
hace J. Nye. Para este autor hay dos tipos de poder que colaboran
complementariamente a este hecho: el poder duro y el poder blando. El poder duro
es el tradicional poder militar y económico, el que funciona por la coacción,
el que consigue que el adversario haga lo que la potencia que lo ostenta quiere
o, que por lo menos logra que no haga lo que quiere hacer y que es molesto para
ella. En la política del palo y la zanahoria, es indudablemente el palo. Pero
también es, en parte, la zanahoria. Si el palo es la amenaza o la disuasión,
la zanahoria es el regalo: las inversiones, los créditos o tratados comerciales
en condiciones preferentes, etc. El poder blando, según Nye, corresponde a lo
que tradicionalmente se ha llamado “autoridad moral”. Un Estado tiene poder
blando en el momento en que es una referencia política o cultural. Un Estado
que disfruta de poder blando se constituye en referente para otros, tiende a ser
imitado y seguido, consigue sin violencia que otros estados hagan lo que él
quiere. El mismo emana de, por lo menos, tres fuentes: (i) la cultura e
identidad, esto es valores y prácticas; (ii) los principios políticos en vigor
y (iii) la política exterior, cuando ella se apoya en la legitimidad, en una
actitud generosa y en la propia autoridad moral. Por esta razón es necesario
para aquellos Estados que no sólo quieren detentar poder sino establecer una
hegemonía real lograr legitimar sus acciones a través de la construcción de
un sistema de valores que lleguen a ser compartidos por el resto de la comunidad
internacional.
En un sistema internacional cada vez más trasnacionalizado, la difusión y
fragmentación del poder plantea graves problemas de coordinación para
enfrentar las amenazas asimétricas. Y esta coordinación dependerá de la
capacidad y disponibilidad de los Estados para hacer un uso ponderado de poder
duro y blando. Este último nos lleva a analizar el concepto de hegemonía donde
el poder adquiere una forma consensuada donde se llega a una unidad entre las
fuerzas materiales objetivas y las ideas ético-políticas (donde las categorías
de pensamiento y sistema de valores se aceptan como criterios de determinación
de valores y verdad). Esta categoría es necesaria para comprender que las
respuestas unilaterales frente a las amenazas son una demostración de la
carencia de hegemonía por parte de Estados Unidos a pesar de ser el mayor poder
militar.
Otro concepto que se utilizará en el análisis es el de “interdependencia”,
el mismo es formulado por Keohane y Nye en su libro “Poder e
Interdependencia”. Implica dependencia mutua, se refiere a situaciones
caracterizadas por efectos recíprocos entre países o actores en diferentes países.
Hoy los desafíos en materia de seguridad tienden a superar la capacidad
individual de los Estados y la seguridad de cada Estado depende menos de las
capacidades militares individuales. Por ello los es necesario que los Estados
asuman formas asociativas y cooperativas en materia de seguridad.
Finalmente, es menester definir que se entenderá por conflicto a una
divergencia de intereses por parte de los actores, donde necesariamente las políticas
de uno perjudica las del otro y viceversa. Por otra parte, se entiende por
cooperación (como la define Keohane en su libro “Después de la Hegemonía”)
a la actitud de los actores de adaptar sus conductas a las preferencias
presentes de otros por medio de una coordinación de políticas. En último
lugar se entiende por crisis a aquella situación que cumple con los requisitos
de: afectar altos intereses de la nación; implica un factor sorpresa para los
decidores; y hay poco tiempo para abordarla. Estas definiciones se hacen
necesarias dado que consideramos que nuestro estudio de caso representa un
conflicto permanente que involucra los intereses de diversos actores, que
contiene a su veces puntos críticos de tensión, y que únicamente se resolverá
a partir de la cooperación entre los principales actores involucrados.
2. Determinación del grado de amenaza potencial que presenta la posesión de
armas nucleares por parte de Corea del Norte
La primera pregunta que se suscita en el análisis es por qué Estados
Unidos y las potencias regionales del Sudeste Asiático perciben como
amenazadoras las acciones de Corea del Norte. Como se anticipó anteriormente
esta percepción se basa no tanto en una amenaza directa y contundente de poder
militar convencional –balance de poder- sino que es el resultado de un balance
de amenaza, es decir las percepciones sobre las intenciones, naturaleza e
historia de proliferación nuclear del actor en cuestión. El régimen de la República
Popular de Corea comenzó a manifestar interés de desarrollar un programa
nuclear propio a mediados de los ´50, concluida la guerra en la península.
Las investigaciones para llevar a cabo tal programa prosiguieron incesantemente.
En la década de los 80 en la zona de Yongbyun comenzó la construcción de un
centro de investigación nuclear a gran escala. No obstante de los avances de
Corea del Norte en el plano nuclear, en el año ´85 –bajo presión de la
URSS- firma el Tratado de No Proliferación. Con la debacle de la URSS y sus satélites
Corea del Norte no sólo perdió interlocutores políticos sino también fuentes
importantes de financiamiento económico. Pyongyang enfrentó y aún enfrenta
una deplorable situación económica. Conforme a informes de “Naciones Unidas
el país no dispone de medios suficientes para sobrevivir y sus carencias de
energía son alarmantes, lo que supuestamente es la motivación principal para
reactivar su programa nuclear” . A pesar de su catastrófica situación económica
Corea del Norte tiene un potencial militar fuertemente desarrollado. Ello lo
convirtió en un importante exportador de armas a Medio Oriente y al Tercer
Mundo, algunas de los cuales son nucleares. Para Estados Unidos este historial
como proliferador aumentó la percepción de amenaza potencial. Pero la mirada
de Estados Unidos no sólo se liga al historial de proliferación sino también
a la naturaleza del régimen. El régimen de economía planificado de Pyongyang
perteneció a la órbita soviética en el período de la Guerra Fría. Con la caída
de la URSS, Estados Unidos y Corea del Norte no construyeron una estructura de
identidades e intereses cooperativa sino que primó la desconfianza y la lógica
hobbesiana propia de la guerra. Sumado a ello la retórica de los líderes de
ambos países –Bush y Kim Chong-il- retroalimenta las percepciones negativas.
Respecto de la amenaza directa que suponen los programas nucleares de Corea del
Norte, la misma no parece ser seria pues “resulta improbable que los programas
de desarrollo de misiles balísticos (cuyas prueba estuvieron paralizadas entre
1999 y principios de 2003) hayan dado lugar a vehículos operativos y
precisos” . El misil operativo de mayor alcance No Dong, (con un carga máxima
de 700-1.000 kilos y un alcance de 1.000-1.300 kilómetros) ha sido probado sólo
una vez (y en 1993). La prueba del Taepo Dong 1 (carga de 1.000 kilos y alcance
de 1.500-2.000 kilómetros) que hizo en agosto de 1998 consistió en un
lanzamiento de tres fases (Scud, No Dong), que aparentemente fracasó en su
tercera fase, pese a sobrevolar territorio japonés y estrellarse en el Pacífico.
El Taepo Dong 2 (3.500-5.000 kilómetros y 1.000 kilos), que podría
reconvertirse, reduciendo la carga a unos cientos de kilos, en un misil
intercontinental (10.000-15.000 kilómetros), no ha sido probado y, por tanto,
es muy poco fiable. Además, los misiles norcoreanos no parecen ser un arma sino
un instrumento defensivo de disuasión. Para el régimen de Pyongyang el
armamento nuclear es la única carta de negociación para conseguir concesiones
de otros países como también la única forma para evitar la invasión directa
por parte de Estados Unidos.
En cuanto a las armas nucleares, si bien Pyongyang reconoció el 23 de abril de
2003 poseer dispositivos nucleares –bombas- y, pese a que las estimaciones de
los servicios de información estadounidenses sitúan su número en al menos dos
(y cinco más potenciales, como mínimo, una vez comenzado el reprocesamiento de
las barras de combustible, en un plazo inferior a un año), lo cierto es que
subsiste mucha incertidumbre al respecto.
Por el contrario, el peligro indirecto parece bastante más importante. Es aquí
donde el balance de amenaza se hace más contundente. “No cabe descartar la
eventual exportación de armas nucleares y la venta de sus componentes o su
tecnología de fabricación a otros Estados. Tampoco sería del todo
inconcebible que Pyongyang hiciese llegar armas nucleares, sus componentes o su
know-how a grupos terroristas. Existe el riesgo de que un dispositivo nuclear
pueda ser trasladado fuera del país sin ser detectado.” “Tras conseguir
cinco o seis bombas más a partir de las barras de combustible en Yongbyon,
Corea del Norte podría llegar a la conclusión de que dispone de suficientes
como para vender algunas a otros Estados Canallas o, mucho peor, a grupos
terroristas. Es completamente imposible que se pueda evitar de manera efectiva
que se exporten desde Yongbyon unos pocos bultos del tamaño de un pelota de béisbol.
Una pequeña cantidad de Plutonio 239 apto para bombas nucleares, que no sólo
tiene un tamaño reducido sino además es poco radioactivo y no emite una señal
que pueda ser detectada si se sacase de Corea del Norte hacia un destino en el
que grupos terroristas puedan recibirla” .
Ese riesgo indirecto obedece al largo historial de proliferación –historial
que también fortalece la percepción de este balance de amenaza- de misiles que
tiene Pyongyang. La exportación de misiles y de su tecnología ha sido práctica
común en los últimos años. Según un informe de la Carnegie Endowment for
Internacional Peace (CEIP) , Corea del Norte es el principal exportador de
misiles balísticos al mundo en desarrollo y sus exportaciones han continuado a
pesar de su moratoria de pruebas. Entre los Estados que han recibido misiles de
Corea de Norte figuran Irán, Libia, Pakistán y Siria. Entre otros, Egipto podría
haber recibido también algunos sistemas procedentes de Pyongyang. Es importante
señalar que se cree que Irán ha recibido ayuda de Corea del Norte para crear
su propia capacidad de producción de misiles y que podría intentar entrar en
el mercado de exportación de misiles. Se estima que las capacidades en misiles
de Irán y Pakistán son muy dependientes de la tecnología y de los equipos
norcoreanos. Además, la nuclearización de Corea del Norte no sólo fortalece
mucho la capacidad militar de un régimen impredecible (a la vista de otros
actores) y, por tanto, peligroso, sino que podría fomentar en la región una
carrera de armamentos aún mayor que la actual e incluso, como se manifestó
anteriormente propiciar la proliferación nuclear en Corea del Sur, Japón y
Taiwán.
Además es menester destacar que la gran emigración de norcoreanos hacia países
vecinos particularmente Corea del Sur y Japón facilita el tráfico de
materiales nucleares a estos países en los cuales podrán actuar grupos de
terroristas. De acuerdo con Peter Lupsha “actualmente la mayoría de los
grupos de crimen organizado transnacional, con células insertadas dentro de
naciones-estados... en términos de unión y solidaridad, estas redes de
afiliación están enraizadas en familias, clan, etnias, dialecto, cohorte y
variables culturales nacionales empíricamente comprensibles y reconocibles”.
Conforme lo manifiesta Vicente Garrido, un experto en desarme “tras los
atentados en Estados Unidos del 11 de septiembre, la Organización Internacional
de la Energía Atómica alertó sobre tres posibles amenazas: un ataque directo
contra instalaciones nucleares; robo de material fisionable para fabricar
bombas, y la elaboración y detonación de un artefacto de este tipo por parte
de terroristas”.
Como se puede observar es un conflicto sumamente complejo puesto que implica una
concepción clásica de la seguridad si se lo vislumbra desde el punto de vista
de la amenaza directa vis à vis otros Estados. Mientras que si se aborda desde
el peligro potencial indirecto que reporta entra en el plano de las nuevas
amenazas que azotan a los Estados y sus sociedades civiles.
3. Antecedentes Inmediatos
Corea del Norte aparece como un actor estratégico dentro de una inestable
región, como es el Sudeste Asiático, que desafía no sólo a Estados Unidos
sino también a organismos internacionales de control o regulación en materia
de política nuclear. El régimen reactivó instalaciones clausuradas en el
pasado, haciendo hoy alarde de poseer armas de destrucción masiva en febrero
del 2005 y el abandono de las negociaciones de forma indefinida.
La crisis nuclear que tuvo lugar en octubre de 2003 fue la segunda y más
contundente en menos de un decenio. La primera crisis se produjo en 1993-1994
cuando, ante las sospechas internacionales de que disponía de más plutonio que
el declarado, Pyongyang rechazó unas inspecciones propuestas por el OIEA, con
el que había firmado un acuerdo de garantías en 1992, y amenazó con abandonar
el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) al que se había adherido en 1985,
y con continuar con su programa nuclear de reprocesamiento de plutonio. Aquella
primera crisis fue resuelta con la firma del acuerdo-marco de 1994 con Estados
Unidos. En virtud de ese acuerdo, Corea del Norte se comprometió a abandonar
ese programa nuclear a cambio del levantamiento progresivo de las sanciones económicas
estadounidenses así como de la construcción de dos reactores nucleares de agua
ligera (“resistentes” a la proliferación) para generar electricidad y de la
recepción de medio millón de toneladas de petróleo al año hasta que
estuviera terminado el primer reactor. La construcción de los reactores y el
envío de petróleo se encomendaron a un consorcio internacional creado en 1995
y denominado KEDO (Korean Peninsula Energy Development Organization), formado
por trece países pero financiado fundamentalmente por Washington, Seúl y
Tokio.
El acuerdo marco abrió expectativas de acercamientos sin precedentes,
particularmente entre las dos Coreas. Los regimenes del Norte y el Sur
comenzaron a acercar posiciones, lograron diferentes acuerdos en varias temáticas:
se realizaron intercambios culturales, económicos y políticos. Los dirigentes
de un pueblo dividido focalizando las raíces históricas conjuntas comenzaron a
través de sus prácticas a alterar una estructura de conocimiento hobbessiana
fijada por la lógica bipolar de la Guerra Fría por una de incremento de
confianza. Cabe destacar el rol de China como interlocutor primordial de
Pyongyang y fuerte impulsor de las negociaciones.
La estrategia de la administración Clinton se había basado en: (1) solventar
la crisis nuclear de 1993-94 con el acuerdo-marco, que paralizaba el programa
nuclear norcoreano; (2) apoyar la sunshine policy del presidente surcoreano Kim
Dae Jung; (3) comenzar una negociación sobre el programa de misiles de
Pyongyang, que, como ya se señaló, no pudo culminarse a finales de 2000 por
falta de tiempo antes de las elecciones presidenciales estadounidenses; (4)
iniciar discusiones y negociaciones a alto nivel.
Desde finales de 1994 hasta octubre de 2002 todo parecía indicar que Corea del
Norte se había atenido a sus compromisos. Entre 1994 y 2000 la atención de la
administración Clinton se centró en un segundo problema con Corea del Norte:
el desarrollo del programa de misiles y la exportación de ellos y sus
componentes o tecnología. El desarrollo de sucesivas generaciones de misiles
(Scud-B, Scud-C, No Dong, Taepo Dong 1, Taepo Dong 2) empezó a plantear un
serio problema cuando, en agosto de 1998, Corea del Norte probó uno de ellos
(un Taepo Dong 1, de tres fases), con un lanzamiento que sobrevoló Japón. Además,
era bien conocido que Corea del Norte estaba exportando misiles, sus componentes
o su tecnología a diversos países, como Pakistán, Libia, Egipto, Siria, Irán
o Yemen . La administración Clinton no tuvo tiempo para cerrar un acuerdo al
respecto antes de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2000 pero
consiguió en 1999 una moratoria temporal de las pruebas de misiles.
El fallido acuerdo sobre misiles habría consistido en cancelar el desarrollo y
la exportación de ellos a cambio de compensaciones económicas y del acceso
gratuito de los norcoreanos a servicios extranjeros de lanzamiento de satélites.
Desde 2001, y a pesar del escepticismo de la nueva administración republicana
en Washington, todo indicaba que el programa nuclear norcoreano estaba
paralizado y las perspectivas parecían positivas.
4. Desarrollo de la crisis desde 2002/2003 hasta la actualidad
Un cambio sustancial en la situación se produjo cuando Washington hizo público,
el 16 de octubre de 2002, que Corea del Norte había admitido el 4 de octubre,
durante un encuentro en Pyongyang entre James A. Kelly, subsecretario
estadounidense para Asuntos de Asia Oriental y el Pacífico, y Kang Sok Chu,
viceministro norcoreano de Asuntos Exteriores, que estaba desarrollando un
programa nuclear secreto de enriquecimiento de uranio.
Tal programa era una clara contravención del TNP y de varios acuerdos
internacionales firmados por Corea del Norte: la Declaración Corea del
Sur-Corea del Norte sobre desnuclearización de la península (1991), el acuerdo
de garantías con el OIEA (1992), el acuerdo-marco firmado con Estados Unidos en
1994 y la declaración Corea del Norte-Japón de septiembre de 2002. “Kelly
aparentemente presentó a Kang pruebas de que Corea del Norte había recibido
tecnología nuclear (de centrifugadoras de gas) desde Pakistán a cambio de
misiles y que Corea del Norte estaba intentando adquirir tanto aluminio fuerte
(que se usa en los equipos destinados a enriquecer uranio para fabricar bombas
nucleares) como tecnologías de láser para instalaciones nucleares”.
La política de la administración Bush impulsó una retórica de
inflexibilidad, particularmente luego de los atentados del 11 de septiembre. De
acuerdo con el analista Pablo Bustelo la nueva política de la administración
Bush ha consistido en: a) críticas a la sunshine policy del presidente
surcoreano Kim Dae Jung; b) freno a la negociación sobre programas de misiles
entablada por la administración Clinton (abril de 2001); revisión de la política
respecto de Corea del Norte (junio de 2001): propuesta de discusión “seria”
sobre una “agenda amplia” basada en cuatro aspectos: (1) mejor aplicación
del acuerdo-marco, esto es, un cumplimiento más rápido del acuerdo de
salvaguardias con el OIEA; (2) restricciones “comprobables” a los programas
de misiles; (3) prohibición de las exportaciones de misiles; y, como novedad,
(4) una posición militar convencional menos “amenazadora”; además, Estados
Unidos insiste en una “comprobación estricta” de cualquier acuerdo
adicional y, en febrero de 2002, incluyó el tema de los derechos humanos; c)
nueva doctrina nuclear (diciembre de 2001): inclusión de Corea del Norte entre
los siete países susceptibles de un ataque nuclear preventivo por parte de
Estados Unidos; d) discurso sobre el estado de la Unión (enero de 2002):
inclusión de Corea del Norte en el “Eje del Mal”, junto con Irak e Irán.
Por su parte el gobierno norcoreano declaró que, para cancelar ese programa
nuclear, exigía una nueva negociación con Estados Unidos encaminada a: (1)
obtener garantías de que no habría ataque preventivo; (2) un reconocimiento
formal del régimen por parte de Estados Unidos y de Japón (lo que hubiese
abierto la puerta a una importante asistencia económica); y (3) un pacto de no
agresión y un tratado de paz con Estados Unidos.
La inflexibilidad de ambos líderes culminó en un incremento de la lógica
conflictiva a partir de la percepción de amenaza y desconfianza entre las
partes. Sus prácticas retroalimentaron sus misperceptions, puesto que a
mediados de noviembre del 2002, Estados Unidos suspendió los envíos de petróleo
que se habían realizado desde el acuerdo-marco de 1994, lo que supuso en la práctica
la anulación de dicho acuerdo. Pyongyang reaccionó amenazando con: (1)
reactivar la central nuclear de Yongbyon quitando los precintos y las cámaras
de vigilancia del OIEA y expulsando a los inspectores de ese organismo y (2)
retomar las pruebas de misiles de largo alcance, en moratoria unilateral desde
septiembre de 1999, moratoria que se había hecho indefinida en la declaración
de Pyongyang (septiembre de 2002) entre Corea del Norte y Japón. Tales amenazas
se entendieron entonces no sólo como una respuesta a la suspensión de los envíos
de petróleo sino también, como una reacción ante el incidente del buque So
San en el Océano Índico (que transportaba misiles Scud con destino a Yemen) y
un intento de influir en las elecciones presidenciales surcoreanas del 19 de
diciembre y de fomentar el anti-americanismo en el Sur, así como de aprovechar
la concentración de los esfuerzos estadounidenses en el conflicto con Irak.
A finales de diciembre, Pyongyang reactivó en efecto la central de Yongbyon,
quitando precintos y cámaras. Reinició la construcción de otras dos centrales
y expulsó a los inspectores del OIEA al tiempo que desplazaba armamento a las
proximidades de la “zona desmilitarizada” del paralelo 38 . La
“justificación” norcoreana consistió en afirmar que tales medidas eran una
respuesta a las “amenazas” de la administración Bush (cuando lo cierto es
que el programa secreto se estaba desarrollando desde al menos 1998 y que las
“amenazas” habían sido más bien relativas) y una réplica a la ruptura por
parte de KEDO y de Estados Unidos, al suspender los envíos de petróleo y del
acuerdo-marco de 1994 (cuando la realidad es que la confesión previa del
programa secreto era una contravención directa de ese acuerdo).
En enero de 2003, pese a los requerimientos del OIEA, Pyongyang decidió
denunciar el TNP, señalando sin embargo que volvería al Tratado si Estados
Unidos reanudaba los envíos de petróleo y que abandonaría su programa nuclear
si Washington se reafirmaba en la declaración conjunta de octubre de 2000
(emitida durante la visita de Madeleine Albright) que indicaba que Estados
Unidos no albergaba “intenciones hostiles” respecto del régimen norcoreano.
En febrero y marzo del 2003 Corea del Norte efectuó dos pruebas de misiles
(anunciadas con antelación y con vehículos de corto alcance) en el Mar del
Este (24 de febrero y 10 de marzo), terminando así con la moratoria que había
declarado indefinida en septiembre. Amenazó con empezar a reprocesar el
combustible almacenado antes de 1994, con retirarse del armisticio de 1953 y con
desencadenar una guerra si era objeto de sanciones. El 2 de marzo, cuatro Mig
norcoreanos interceptaron (aunque sin mayores consecuencias) un avión RC-135 de
reconocimiento estadounidense, en espacio aéreo internacional a 240 kilómetros
al Este de la costa oriental de Corea del Norte. La respuesta de Washington
consistió en desplazar varios bombarderos B-1 y B- 52 a Guam y algunos F-117,
junto con un grupo aeronaval (el portaaviones Carl Vinson y su grupo de
batalla), a la península. No obstante, los bombarderos desplazados a Guam
fueron trasladados de nuevo a Estados Unidos a finales de mayo. También
regresaron a Estados Unidos los F-117 a principios de junio. Las rigideces en
las posiciones de ambos actores los lleva a encontrarse en una situación
similar al dilema de seguridad, entendido como una estructura social compuesta
por el conocimiento intersubjetivo en donde los Estados son tan desconfiados que
hacen asunciones sobre el peor de los casos acerca de las intenciones de los demás;
como resultado definen sus intereses en términos de autoayuda. Es por esta razón
que la injerencia de actores con influencia en la región actúen como
mediadores a favor de la estabilidad, se hizo sumamente necesaria.
En abril, después de efectuar una tercera prueba de un misil, Pyongyang aceptó
finalmente entablar conversaciones con Estados Unidos, que se celebraron a
partir del día 23 de ese mes en Pekín, bajo los auspicios de China. Tales
conversaciones no llegaron a buen puerto y fueron interrumpidas antes de lo
previsto. Pyongyang admitió, por vez primera, que disponía de armamento
nuclear, ofreció renunciar a él y desmantelar sus programas nucleares a cambio
de garantías de seguridad, ayuda económica y relaciones diplomáticas con
Washington y señaló que interpretaría unas eventuales sanciones como un acto
de guerra.
En mayo, los servicios de información surcoreanos y estadounidenses detectaron
que se estaba empezando a reprocesar las barras de plutonio y Corea del Norte
declaró que consideraba “muerto” el acuerdo de 1991 sobre una península
libre de armas nucleares.
En suma, estos acontecimientos demuestran que, en comparación con la crisis de
1993-94, la situación del 2003 fue considerablemente más grave y peligrosa.
Actualmente la propia Corea del Norte ha confirmado que dispone de armamento
nuclear. Ha desarrollado aparentemente misiles de mayor alcance que los que tenía
en 1994. La desavenencia entre Estados Unidos y Corea del Sur sobre cómo
manejar esta crisis es importante, dado el nuevo enfoque de política exterior
de la administración Bush y el creciente nacionalismo surcoreano.
Washington está además concentrado en la guerra internacional contra el
terrorismo y en gestionar la posguerra en Irak. Pero el nuevo triunfo, en la
elecciones presidenciales, de Bush brinda respaldo interno a las actitudes
desafiantes vis à vis otros países del globo. Dada esta situación los
discursos respecto de una posible guerra preventiva contra Corea del Norte
cobran mayor vigor en la administración. En contrapartida el régimen
norcoreano también aumentó su apuesta al declarar públicamente la tenencia de
armas atómicas y el retiro de las negociaciones por la “actitud hostil de
Washington” (febrero de 2005). No obstante, días después abrió la
posibilidad de volver a la mesa de negociaciones bajo ciertas condiciones. Para
que renuncie a sus ambiciones nucleares, tres series de negociaciones se han
realizado ya en Pekín, en presencia de las dos Coreas, Estados Unidos, China,
Rusia y Japón, la última en junio de 2004. Este nuevo cambio se produce días
después de una frenética actividad diplomática para relanzar un proceso de
paz en punto muerto desde hace ocho meses, “analistas sugirieron que la
maniobra podría ser una de las estrategias de negociación del empobrecido
Estado comunista, con miras a obtener más beneficios a cambio de renunciar a
sus aspiraciones nucleares. De hecho, hasta ahora las negociaciones se han
centrado en tratar de detener el programa nuclear norcoreano a cambio de ayudas
económicas, energéticas y alimentarias”.
5. Complejidad estratégica: actores y escenario regional
Las diferencias políticas e intereses entre los principales países
afectados son, por lo menos a primera vista, considerables. El acercamiento de
posiciones entre los actores implicados es indispensable para evitar acciones
unilaterales que conllevan altos costos y deslegitiman la institucionalidad
internacional. En un mundo donde el único superpoder no puede actuar sólo es
necesario aunar esfuerzos con otros poderes mayores intervinientes en pos de
lograr sus objetivos.
La región del Asia-Pacífico ha sido uno de los principales polos de estímulo
para el crecimiento económico internacional. A pesar de la crisis económica
que afectó a la región en 1997 (principalmente a Tailandia, Indonesia, Corea
del Sur, Malasia) los países que aquí convergen han manifestado un crecimiento
constante a lo largo de los últimos 30 años, una actividad productiva
creciente que hace de este lugar uno de los mayores centros económicos del
mundo. Por la importancia geoestratégica de la zona las grandes potencias han
buscado hoy y en el pasado ganar posiciones aquí. En nuestro estudio de caso,
en concreto, cabe destacarse la importancia de seis actores intervinientes:
Corea del Norte, Corea del Sur, Estados Unidos, Japón, Rusia y China. Lo cierto
es que mientras que la relación entre Estados Unidos y Corea del Norte se basa
en una estructura identitaria prácticamente hobbesiana, donde prima la
desconfianza, tanto China como Rusia fueron antiguos “camaradas” de
Pyongyang, si bien no se puede hablar de una relación de confianza,
indudablemente la relación de empatía entre Corea del Norte y ambos países es
mayor que con Estados Unidos. Es por esta razón que no sólo son actores
influyentes e intervinientes en la cuestión sino que también suelen ser
interlocutores y mediadores válidos a la hora de acercar posiciones.
Desde Estados Unidos, y en el marco previo a las elecciones norteamericanas,
Bush defendió los resultados cosechados :
1) El desmantelamiento de la red de proliferación nuclear del científico
pakistaní A. Q. Khan (que suministró tecnología nuclear a Corea del Norte).
2) Trabajo desarrollado con los aliados de Estados Unidos para hacer frente a la
amenaza norcoreana en el marco de las conversaciones a seis bandas.
Bush se opuso a las conversaciones bilaterales porque entiende que serían una
concesión a Kim-Chong-il, y que destruirían el proceso de seis bandas, lo que
haría que Washington perdiese la posibilidad de contar con la capacidad de
influencia de China sobre Corea del Norte.
El objetivo primordial de Washington reside en el desmantelamiento completo,
comprobable y definitivo de los programas nucleares de Corea del Norte. Al
comienzo Estados Unidos sostuvo el “principio de secuencialidad”, esto
significó que primero debería llevarse a cabo un desmantelamiento total de los
programas nucleares y posteriormente se negociaría una garantía multilateral
de seguridad y la ayuda energética. Ni Corea del Norte, ni China, ni Rusia, ni
Corea del Sur aceptaban lo propuesto pues favorecen el principio de
“simultaneidad” en negociación. Por esta razón en la última ronda de seis
bandas y previo a las elecciones norteamericanas, Washington señaló que podría
aceptar un proceso de dos fases:
“(1) congelación de los programas nucleares a cambio de ayuda energética de
los otros cuatro países y del estudio de una garantía de seguridad y de las
necesidades energéticas a medio plazo de Corea del Norte; (2) desmantelamiento
comprobable de los programas a cambio del posterior levantamiento de sanciones,
en el camino hacia la normalización de relaciones, que exigiría un diálogo
sobre Derechos Humanos y fuerzas convencionales” .Esta propuesta fue rechazada
por Corea del Norte.
Tras las elecciones presidenciales de Estados Unidos la política “agresiva”
del presidente reelecto George W. Bush no sólo se vio fortalecida sino que fue
legitimada por el pueblo norteamericano, lo que llevó a aumentar la dureza y
rigidez en la posición negociadora.
La estrategia óptima para Washington sería poder sancionar a Corea del Norte a
través del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, fuere mediante la propuesta
de la OIEA o de Estados Unidos mismo. Pero Rusia y China no sólo se han opuesto
a tal acción sino que han vetado la discusión en el Consejo. Ante esta situación
se percibe que si bien Estados Unidos se ha declarado a favor de las
negociaciones y la resolución de la cuestión por la vía diplomática, en
realidad apuesta por el estrangulamiento y derrumbe del régimen. Ello se
manifiesta en el modus operandis de dos políticas aplicadas: la Proliferation
Security Iniciative (PSI), lanzado en el 2003 incluye la participación de
diferentes países (Alemania, Australia, España, Estados Unidos, Francia,
Italia, Japón, Países Bajos, Polonia, Portugal, Gran Bretaña, Canadá,
Dinamarca, Noruega, Rusia, Singapur y Turquía) y busca impedir el tráfico marítimo,
aéreo y terrestre de armas de destrucción masiva, sus componentes o vehículos.
Ello, permite también la interceptación de barcos y aviones norcoreanos que
transporten armas ilegales, drogas, moneda falsa y la confiscación de su carga
( no obstante, ni China, ni Corea del Sur pertenecen a la PSI por lo cual el
control del tráfico desde Corea del Norte tiene grandes filtraciones) y podría
ampliarse a la restricción de remesas financieras que Corea del Norte recibe de
la comunidad coreana en Japón. Ejemplo de esta política fue la paralización
de un intento de venta de tecnología de misiles balísticos de Corea del Norte
a Nigeria.
Otra forma de presión a través de la cual Estados Unidos ha querido provocar
el derrumbe del régimen es a través de la North Korean Human Rights Act
(NKHRA). Fue firmado por Bush y asigna fondos para ayuda humanitaria y para la
labor de organizaciones no gubernamentales que promuevan “los Derechos
Humanos, la democracia, el imperio de la ley y el desarrollo de una economía de
mercado” en Corea del Norte. También otorga asistencia económica y asilo político
a desertores y refugiados; y busca penetrar en el sistema informativo de Corea
del Norte.
Esta alternativa (derrumbe) es propiciada y sostenida por sectores
neo-conservadores de la intelectualidad norteamericana tales como Horowitz,
Kristol o Eberstadt, quienes no toman en cuenta el disenso que esta opción
genera entre los actores involucrados y las drásticas consecuencias que puede
provocar por un lado porque detiene las negociaciones creando un status quo que
sólo sirve para que Corea del Norte concrete sus programas nucleares, por otro
lado, ante el empantanamiento en las negociaciones permite a futuro una
alternativa bélica que implica altísimos costos y gran desequilibrio regional.
La posición norteamericana quita flexibilidad a las estrategias de solución,
ello indica que básicamente confían en su poder duro para doblegar a
Pyongyang.
La posición de Tokio puede considerarse como intermedio entre la actitud de
firmeza extrema de Estados Unidos y la posición más conciliadora de China,
Corea del Sur y Rusia.
Mientras que Washington ha optado por una contención sobre la base de una
creciente presión (incluso intentando llevar el tema al Consejo de Seguridad en
pos de sanciones) sumado a un eventual diálogo multilateral; Pekín, Seúl y
Moscú se inclinan por el acercamiento o implicación, abriendo vías de
negociación con Pyongyang y descartando las sanciones, así como favoreciendo
el diálogo bilateral entre Estados Unidos y Corea del Norte.
El Japón ha tenido una política “precavida” hacia Corea del Norte.
Particularmente porque las experiencias históricas de ambos países los definen
como enemigos (no hay que olvidar que Corea fue invadido y colonizado por Japón).
Sin embargo en el 2002, el entonces Primer Ministro japonés Koizumi viajó a
Corea del Norte para reunirse con Kim-Chong-il en una cumbre que dio lugar a la
Declaración de Pyongyang. La misma proclamaba “(1) el reconocimiento de la
responsabilidad norcoreana en el rapto y secuestro de ciudadanos japoneses en
los años ´70s y ´80s; (2) la renuncia por parte de Pyongyang a la exigencia
de compensaciones y reparaciones por el período colonial japonés (1910-1945),
sustituida por una solicitud más pragmática de cooperación económica; (3) la
moratoria indefinida de las pruebas de misiles que Pyongyang había declarado
temporal (hasta 2003) en 1999; y (4) el mantenimiento de los acuerdos
internacionales en lo relativo a la cuestión nuclear” .
Esta Declaración fue incumplida por Pyongyang, así como también otros
acuerdos, lo que genera una situación de alta tensión en la región.
A ello se le suma que las pruebas misilísticas efectuadas por Corea del Norte
han preocupado a Tokio, la eventual combinación de misiles perfeccionados y de
cabezas nucleares o biológicas plantea un escenario peligroso para el mismo. A
lo que se suma la expuesta confrontación por el secuestro de ciudadanos
japoneses.
Ante este escenario la posición de Japón es la de oponerse a sanciones que,
desde su punto de visto exacerbarían el comportamiento peligroso e impredecible
de Kim-Chong-il y podrían a su vez “fomentar la exportación de misiles y de
tecnología nuclear y sus actividades de contrabando de drogas en el Mar del
Este” . Japón está a favor de una resolución pacífica y diplomática de la
crisis, rechazando también cualquier solución militar (ataque quirúrgico a
las instalaciones nucleares, invasión, bloqueo, salvo en el caso de ataque
inminente). A su vez, insiste en llevar a la mesa de negociaciones a Pyongyang
incondicionalmente, y al igual que Estados Unidos defiende el diálogo
multilateral. Cabe destacar que Tokio también se opone a cualquier escenario
que contemple entre sus objetivos principales forzar un cambio de régimen en
Corea del Norte y propone cambios económicos y políticos graduales.
Respecto de la Federación Rusa, existe una percepción de irrelevancia de Moscú
en su auto asignado papel de mediador en el marco de una solución multilateral
que se dilata. Si bien durante el período de Guerra Fría Moscú contribuyó
decisivamente a instaurar el régimen comunista de Corea del Norte a través de
tropas, armamentos, ideólogos, tecnología, etc. Pero tras el colapso de la
URSS su influencia se ha debilitado. “Con Vladimir Putin, Rusia ha desplegado
una nueva política coreana que incluye una ofensiva diplomática destinada a
acabar con la larvada crisis que bloqueó manifiestamente sus intereses
nacionales a medio y largo plazo”. Rusia tiene un gran interés en activar y
comprometer a Pyongyang en pos de la estabilidad necesaria que facilite la
integración económica de todo Asia Septentrional. Dado que, tras el fin de la
Guerra Fría y más aún con el restablecimiento de las relaciones entre Rusia y
Corea del Sur, la influencia de Moscú sobre Corea del Norte disminuyó dado que
este actor podrá tener un rol activo en las negociaciones pero no constituye
una piedra angular en la negociación. Más allá de la vocación Euroasiática
de Putín, lo cierto es que su rol en las negociaciones se vincula más a una
“política de prestigio” que intenta llevar Rusia que a la influencia real
que tiene en la zona en virtud de su poder duro y blando. Ambos tipos de poder
han disminuido para Rusia, ya que tiene pocas capacidades materiales
(particularmente por su debacle económico) para ejercer el poder duro “ en su
reimpulsada vocación euroasiática no se plasma en una diplomacia de peso
porque carece de los recursos económicos para contrarrestar la abrumadora
presencia norteamericana en Asia-Pacífico” y el cambio de discurso
conjuntamente con el viraje a una economía de mercado le restaron el poder
blando que poseía sobre Pyongyang durante la Guerra Fría.
Los intereses de Rusia en la región son diversos, particularmente le interesa
la venta de armas de Pyongyang, la participación en la modernización de la
industria pesada norcoreana, en lo que sea industria metalúrgica, refinerías
de petróleo y reactores nucleares. Geoestratégicamente, en el largo plazo,
“la normalización en la Península Coreana, junto con la normalización de
las relaciones Moscú-Tokio, podría permitir la materialización del plan ruso
de construir una línea adicional del ferrocarril transiberiano a través de la
Península Coreana. Para Rusia esto supondría un extraordinario beneficio como
puente de mercancías asiáticas a Europa y contribuiría a convertirla en la
potencia euroasiática que dice ser.”
Asimismo, Rusia ha manifestado su voluntad de contribuir para solucionar los
problemas energéticos de la península mediante oleoductos y gaseoductos que
vinculen Siberia y el Extremo Oriente de la Federación Rusa con las dos Coreas.
En estas condiciones la posición rusa se limita a propiciar el diálogo y
descarta la utilización de presiones ya que éstas nunca surtieron efecto con
Pyongyang.
Otras limitaciones a la política exterior de Putín respecto de Corea del
Norte son:
- El aumento de desconfianza de Corea del Norte con respecto de Rusia ya que
percibe como una “traición” la declinación del apoyo a su régimen. También
toma como traición los acercamientos a Corea del Sur y el hecho de que el
Tratado de Amistad Rusa Norcoreana del 2000 no incluye la defensa mutua en caso
de guerra. Y la desconfianza de Rusia respecto de Pyongyang dada la
impredictibilidad de su líder.
- Las presiones que ejerce Estados Unidos sobre Moscú. Por ejemplo en el 2003
Powell manifestó “con un PBI del tamaño de Holanda, Rusia debería ser más
cauta respecto a sus relaciones con los Estados delincuentes, porque acercarse
mucho a ellos podría asustar a los inversores que pretende atraer Moscú”.
- Incapacidad para actuar concertadamente con China en asuntos que no sean
estrictamente bilaterales.
- Rusia se insertó en un Asia que carece de mecanismos de seguridad
institucionalizados y de alcance regional compartidos.
En cuanto a Corea del Sur, históricamente ha sido aliada de Estados Unidos.
Representa una base geoestratégica para las tropas norteamericanas.
Tras el armisticio de 1953 las relaciones intercoreanas se congelaron y la
hostilidad primó hasta 1971 cuando las dos Coreas acordaron mantener charlas a
través de la Cruz Roja en vistas a reunir familias separadas por la guerra. En
el año ´72 anunciaron un acuerdo para trabajar conjuntamente en pos de una
reunificación pacífica. Si bien se llevaron a cabo contactos, los mismos
tuvieron coto en la declaración del Presidente Surcoreano, Park Cheng Hee que
anunció su voluntad de ingresar de forma separada a Naciones Unidas. El diálogo
reapareció cuando en 1984 cuando Corea del Norte ofreció ayuda a Corea del Sur
tras una inundación. En el ´88 se impulsaron nuevos intercambios Norte-Sur en
pos de la unificación de la comunidad nacional coreana. En 1990 ambas Coreas
ingresaron a Naciones Unidas. En Seúl comenzaron los primeros acuerdos
interministeriales. Los diálogos finalizaron con dos acuerdos: el Acuerdo Básico
y la Declaración Conjunta de Desnuclearización de la Península firmada en
1991.
La Declaración Conjunta sobre Desnuclearización “prohibía a ambos lados
testear, manufacturar, producir, recibir, poseer, almacenar, desplegar o usar
armas nucleares y prohibía asimismo la posesión de procesadores nucleares y
facilidades para la obtención de uranio. Se organizaría una Comisión de
Control Nuclear Conjunta (JNCC) para la verificación de la desnuclearización...
Además, en 1992 la República Popular Democrática de Corea acordó una garantía
con la OIEA respecto de la desnuclearización en concordancia con el TNP de
1985, lo que permitiría la inspección de la zona.”
Para ese año (1992) la relación entre ambas Coreas se vio interrumpida debido
a la tensión provocada por la cuestión nuclear. El Programa Nuclear de Corea
del Norte se transformó en el principal foco de conflicto. En el ´93 Corea del
Sur reforzó sus lazos con Estados Unidos a través de la política de “Team
Spirit” vis à vis con Corea del Norte. Tras la crisis en 1994, como se expresó
anteriormente se firma el “Agreement Framework”. Al tiempo que disminuye la
tensión por la cuestión nuclear se incrementaron los intercambios entre las
dos Coreas. Se implementó desde Corea del Sur “la Sunshine Policy” hasta el
2000 cuando se llevó a cabo un acuerdo entre los presidentes de Corea del Norte
y Corea del Sur. Ese año se firmó el “Acuerdo Kim-Kim” y los temas
centrales que se trataron fueron: la reunión de familias separadas por la
guerra, la ayuda y cooperación económica de Seúl para aliviar las escaseses
de los norcoreanos, los problemas de seguridad a causa de desarrollo
armamentista del Norte, y la presencia de bases militares estadounidenses en el
Sur. Tras los atentados del 11 de septiembre y la posterior inclusión de Corea
del Norte en el “Eje del Mal” los acercamientos intercoreanos fueron
mermados, particularmente luego de la crisis 2002/3 y la actual. Para Corea del
Sur la tenencia de armamento nuclear por parte del Norte es una amenaza directa
a su seguridad. Dado que los riesgos que corre Corea del Sur por su cercanía
son más altos que los de cualquier actor, la prudencia y actitud conciliatoria
han primado en su política. Un ataque a Corea del Norte puede repercutir en una
respuesta directa (más probablemente una invasión que ataque nuclear) sobre
Corea del Sur. Por esta razón siempre pujó a favor del diálogo, las
negociaciones diplomáticas y la resolución pacífica. Además, la cuestión de
proliferación en Corea del Norte no constituye sólo una amenaza a la seguridad
surcoreana sino a su identidad y nación. La desnuclearización pacífica de la
península implica un avance trascendental en la posibilidad de reunificación
de la nación coreana.
“La posición de Corea del Sur es claramente crítica con la de Estados Unidos
y se haría aún más distante si Washington gira hacia posiciones más duras.
El presidente surcoreano Roh Moo-Hyun, en sus visitas recientes a Estados Unidos
y a varios países europeos, ha manifestado con claridad que no hay alternativa
al diálogo, que las sanciones serían contraproducentes y que una política más
estricta con Corea del Norte tendría “repercusiones graves”. En particular,
durante su visita a Los Ángeles a mediados de noviembre, Roh señaló que la
amenaza del uso de la fuerza carece de eficacia como táctica negociadora, que
las sanciones económicas (incluyendo un embargo) no son deseables y que la
crisis nuclear debe ser resuelta en el marco de las conversaciones a seis
bandas. En su visita a Francia en los primeros días de diciembre, Roh fue más
allá y dijo que la pretensión de algunos países occidentales de colapso del régimen
norcoreano es ingenua (porque el cambio de régimen no va a ocurrir) y peligrosa
(porque hace que los dirigentes de Pyongyang estén en permanente tensión).”
La República Popular China es hoy por su histórica relación con Pyongyang y
su poderío regional un Estado clave para la resolución del conflicto. China es
el principal proveedor de ayuda económica y alimentaria de Corea del Norte. Si
bien la personalidad del líder norcoreano demuestra rasgos de autonomía, la
influencia que puede ejercer el gobierno chino sobre el régimen norcoreano
reporta una importancia crucial. “El éxito de Beijing de mantener fuertes
lazos con Pyongyang es un indicador de que los líderes de Corea del Norte y
China comparten la misma creencia de que un sistema internacional unipolar
dominado por Estados Unidos representa grandes desafíos a sus respectivos
intereses nacionales” . La República Popular de China se encuentra en un período
de transición y transformación interna en pos de insertarse en la “economía
mundial capitalista” convirtiéndose así en un “estado socialista de
mercado” . Para este fin la estabilidad de la región del Sudeste Asiático es
fundamental. China en el plano político mundial ha manifestado un relativo
“bajo perfil”, pero el mismo se incrementa en una región donde los
intereses económicos y geoestratégicos se ven plenamente involucrados. La
mediación China en el conflicto, a su vez, no sólo es importante para la
resolución pacífica del mismo sino que ve en tal participación una forma de
acotar las iniciativas norteamericanas que vayan en detrimento de sus propios
intereses.
China comparte el objetivo de la desnuclearización de la península coreana,
pero al igual que Rusia se niega a incluir el tema en la agenda del Consejo de
Seguridad. Por su parte ha favorecido el diálogo como mecanismo para propiciar
un arreglo pacífico. A su vez, piensa que es necesario combinar un esfuerzo
multilateral a través de las negociaciones de las seis bandas; con contactos
bilaterales directos entre Estados Unidos y Corea del Norte.
Este país se opone vehementemente a cualquier acción que pueda empeorar la
situación. China está en contra de las sanciones por un buen número de
razones: las mismas podrían desencadenar represalias militares contra Corea del
Sur o Japón. Si el régimen se derrumba, China tendría que hacer frente a una
invasión de refugiados y perdería el Estado tapón que supone Corea del Norte
entre las fuerzas chinas y los soldados estadounidenses en Corea del Sur (así
como, más en general, la alianza militar de Estados Unidos con varios países
de Asia Oriental y Oceanía); una reunificación rápida pondría en
dificultades económicas a Corea del Sur, que es uno de los principales
inversores y socios comerciales de China; además, la responsabilidad principal
de las sanciones recaería en China, que es la principal fuente de suministro de
petróleo y alimentos a Corea del Norte. A su vez, la República Popular sabe
que el colapso político de Corea del Norte podría facilitar su aislamiento
geoestratégico, tras los avances de Estados Unidos en Asia Central y
Meridional, y el giro político de Rusia , además de plantear una referencia de
emancipación política, peligrosa para su población. Así, Beijing intenta
flexibilizar posiciones a favor de encontrar “zonas de acuerdo mutuo”.
Cabe destacar que si bien Estados Unidos y China aunque sean competidores estratégicos
en materia geopolítica tienen economías realmente imbricadas. “Inicialmente,
lo que hizo que ambos países se acercaran fue el deseo de frenar, incluso
disminuir, el poderío de la URSS. Pero pronto descubrieron que cada uno podía
recibir importantes ventajas económicas de una relación menos antagonista y
cada cual tenía visiones de largo plazo que ambos pensaron que podían
impulsarse con este curioso arreglo bilateral. Estados Unidos buscó domesticar
a China, sacarlo de su capullo maoísta al torbellino mercantil de la economía
mundo capitalista. China buscaba comprar tecnología, oficio y sobre todo tiempo
para fortalecer su economía y su ejército, y que le permitiera convertirse en
una superpotencia” .
Hoy Estados Unidos es el principal socio comercial de China, mientras que China
es el principal tenedor de deuda (Tbonds) norteamericana. Esta relación de
interdependencia hace que sus relaciones recíprocas sean cautelosas y no
desafiantes. Así, tenemos una superpotencia y una potencia regional que buscan
contenerse mutuamente pero que tienen demasiados intereses y relaciones económicas
de por medio como para desafiarse directamente la una a la otra.
En definitiva, La República Popular busca la apertura económica de Corea del
Norte para evitar el derrumbamiento estrepitoso del régimen y lograr una mayor
distensión en la península coreana. Para extender su poder en un escenario
estable. A su vez, la promoción de la negociación por parte de este país no sólo
le permite ganar posiciones sino que a la vez cuenta con el visto bueno de
Estados Unidos cuyos líderes han reclamado constantemente a China un rol más
activo en la solución del conflicto.
6. Análisis de las principales opciones para la solución del conflicto:
ventajas e inconvenientes
He aquí donde prioritariamente radica la importancia de la “ecología de
la acción”. A la hora de tomar una decisión a favor de intentar dar una
solución a una problemática no podemos dejar de tener en cuenta la complejidad
del escenario donde la misma deberá ser llevada a cabo.
Las opciones que se le presentan a los actores pueden sintetizarse en: (1)
adopción de algún tipo de medida militar; (2) aceptar la nuclearización de
Corea del Norte pero tomando medidas encaminadas a aislar y contener al régimen
con el fin de provocar su colapso; (3) utilización de la vía diplomática para
entablar negociaciones tendientes a conseguir una eliminación completa y
comprobable de los programas de armas nucleares a cambio de contrapartidas económicas
y energéticas, así como también de una garantía multilateral de seguridad
(un claro linkage en términos de Keohane y Nye).
Dado que la alternativa militar en el marco de la legalidad que proporciona el
Consejo de Seguridad de Naciones Unidas resulta inviable por la oposición y
veto de China y la Federación Rusa, la utilización de la fuerza militar en un
“ataque preventivo” por parte de Estados Unidos sería un acto unilateral.
Demostraría una pérdida total del poder blando de Estados Unidos que no puede
lograr que la comunidad internacional apoye y legitime sus valores. Por otra
parte dentro del concepto de poder duro la utilización de la fuerza militar es
lo que se denomina poder punzante (sharp power). “Quienes se resistan a él
sentirán el aguijón de las bayonetas, mostrándole a empujones la dirección
que debe seguir... Se impone cada vez más la idea de que la superioridad
militar aplastante es la base más sólida de la seguridad nacional. Esta
supremacía abrumadora no sólo disuade a los enemigos potenciales sino que
también consigue que otras potencias desistan de intentar alcanzar el nivel de
acumulación progresiva de fuerzas de Estados Unidos”
Pero la excesiva concentración en el poder duro merma la capacidad de ejercer
poder blando, necesario para cualquier hegemonía. A su vez, no toma en cuenta
el aumento que habría respecto de las percepciones negativas de los demás
actores involucrados frente a la actual política norteamericana. Esta
alternativa carece también de una evaluación real de los tremendos costos
potenciales y altos riesgos que implicaría una operación de tamaña magnitud.
Asimismo, la decisión de una guerra, invasión o ataque quirúrgico no toma en
cuenta la noción de ecología de la acción pues es sabido que el control de la
situación, una vez en el terreno, es mucho menor a lo planificado. Convergen
variables aleatorias dentro de un ambiente incierto en el cual la acción puede
escapar e incluso volverse contraria a la acción inicial (la post guerra iraquí
es un ejemplo).
Finalmente, una política unilateral implica desconocer que si bien Estados
Unidos es la única superpotencia militar no lo es en los demás planos y
necesita consensuar con otros actores de la región el establecimiento de pautas
o reglas.
La segunda opción implica amenazar a Corea del Norte con aislarlo, bloqueando
sus eventuales actividades de exportación, restringiendo las transferencias
financieras del exterior, penalizarlo a través de un embargo comercial con la
idea de estrangular económicamente al régimen para producir su colapso o
incluso una cuarentena naval.
Esta opción también tiene grandes inconvenientes principalmente porque dado
los intereses en juego los actores involucrados no aceptarían de consenso esta
alternativa, por otra parte no hace desaparecer el peligro nuclear.
En primer lugar, esta opción equivale a congelar cualquier relación de Corea
del Norte con otros actores, especialmente los contactos entre Corea del Norte y
Corea del Sur. A lo cual este último país no está dispuesto a renunciar. A
pesar de las diferencias y tensiones ambas Coreas comparten la idea de que
existe una única nación coreana de la que se deriva la voluntad para cooperar
en función de lograr la reunificación. Norte y Sur a través de sus prácticas,
llevando a cabo una serie de intercambios, promoviendo encuentros y
negociaciones, a través de ayuda económica, encuentros culturales, etc., han
buscado generar año a año una estructura social de intereses e identidades lo
suficientemente amistosa y efectiva para hacer posible la lenta reunificación.
Una retórica cada vez más rígida, como la planteada por Washington, puede
tirar todos estos esfuerzos por la borda. Una reunificación tras una eventual
debacle del régimen de Pyongyang sería “apresurada” y probablemente quedaría
trunca. Además, las rígidas imposiciones las sufriría el pueblo norcoreano
aumentando así la percepción negativa hacia los países extranjeros que apoyan
a Washington, incluida Corea del Sur.
Además, mantener la presión sobre Corea del Norte para propiciar el colapso,
implica tanto el apoyo tanto de Rusia como de China, que como se manifestó en
el apartado anterior no encuentran que esta opción sea favorable a sus
intereses particulares. A su vez, aún con el apoyo formal de los actores, crear
un “anillo de hierro” impenetrable alrededor de Corea del Norte parece algo
imposible. Los atentados del 11 de septiembre, el accionar de grupos
terroristas, traficantes (dentro del botton chessboard) y los flujos de
inmigración ilegal han demostrado la fácil permeabilidad de la frontera en la
superpotencia militar. ¡Cuánto más difícil será asegurar la impermeabilidad
de Corea del Norte! Por ejemplo el tráfico de plutonio u otros materiales
resultan muy difíciles de detectar.
Por otra parte es importante destacar que las sanciones (como se dijo
anteriormente) podrían generar un comportamiento más agresivo por parte de
Corea del Norte que ya ha declarado que interpretaría tales acciones como actos
de guerra. Una presión sobre Corea del Norte puede ponerla “contra la espada
y la pared”; probablemente llevándola a una situación donde las alternativas
sólo sean “matar o morir”. Así puede desencadenar una acción militar para
con los vecinos. Como se manifestó reiteradas veces presiones llevadas a cabo
para modificar las conductas agresivas de la contraparte pueden derivar en lo
contrario.
Asimismo, se debe tener en cuenta que “el régimen de Kim-Chong-il se ha
mantenido incólume pese a las hambrunas e inundaciones, a una muy deteriorada
situación económica, a la reducción de la ayuda por parte de Rusia y de China
y a la fuerte presión de Estados Unidos. Su legitimidad no se ve desafiada por
una oposición organizada, ni protestas sociales generalizadas, ni se han
registrado intentos de golpes militares o intrigas palaciegas. Tampoco predomina
el caos en el ejército ni se han dado purgas masivas de oficiales de alta
graduación. Es más, el derrocamiento de Kim Chong-il podría incluso dar mayor
poder a sectores opuestos a la reforma económica y a la apertura a Corea del
Sur y a Japón.” Por esta razón parece poco probable que la presión pueda
generar un derrumbe del régimen en el corto o mediano plazo.
Finalmente, hay que recordar que el mayor peligro de la nuclearización de Corea
del Norte no es directo sino indirecto. Ello es crucial para captar que ahogar
económicamente al régimen provocará que éste venda más armas a fin de
subsistir a la presión. Así, siguiendo la lógica de la ecología de la acción
bajo la intención de disminuir la proliferación, el estrangulamiento económico
del régimen puede causar lo opuesto. Incluso, una eventual caída del mismo
podría dejar en situación descontrolada el material nuclear.
La tercera opción incluye retomar el diálogo y las negociaciones. La premisa
central que la sustenta es que se puede alcanzar la desnuclearización sin la
necesidad de derrocar el régimen de Pyongyang. Ello no significa que la tarea
sea fácil. Se debe reemplazar toda una estructura cognitiva e historia de
desconfianza, recelos, intrigas, maltratos en pos de una estructura de confianza
mutua, es menester cambiar la estructura de rol de los actores interactuantes,
de negativa (o de enemigos) a una positiva, a fin de hacer posible la cooperación.
En este sentido, es necesario recordar que la negociación puede ser un largo
proceso donde la paciencia es fundamental. A pesar de que ha habido anteriores
encuentros las partes no han salido de sus respectivos “puntos de seguridad”
(en términos de Zartman) en , ni tampoco se ha decidido una “fórmula de
negociación consensuada”, ambas cuestiones son claves para llevar la
negociación a buen fin. Existen varios obstáculos a solucionar. El primero es
el de las “condiciones” para retomar el diálogo. Mientras que Estados
Unidos, Japón y Corea del Sur han convenido no ceder a la pretensión de
Pyongyang de que se le otorguen concesiones previas a la negociación, Pyongyang
asegura que no retomará el diálogo en el actual contexto. Para ello China ha
intentado mediar constantemente para que Corea del Norte acceda a negociar. Dada
la condena de la comunidad internacional sobre Corea del Norte tras la aceptación
de posesión de armas de destrucción masiva, es necesaria que Kim-Chong-il
permita retomar las negociaciones.
Conclusiones
La complejidad del sistema internacional trasnacionalizado en donde los
Estados siguen siendo los actores primordiales, pero existen áreas de problemáticas
que muchas veces escapan a su completo control, plantea no sólo graves
problemas de seguridad real –estrategia, coordinación etc.- sino cambios
importantes a nivel de percepción de las amenazas. Esto se hace evidente en el
caso de las sucesivas crisis desatadas por Corea del Norte, un Estado que a
pesar que de no ser una amenaza importante a nivel directo – su capacidad
misilística es muy pobre- es percibida como una amenaza indirecta por su
identidad e historial como proliferador. En este balance de amenaza que plantea
el régimen de Pyongyang al resto de los actores se cruzan los intereses estratégicos
de los mismos en la península coreana. Las divergencias en las posiciones de
los actores involucrados se hacen evidentes en las distintas alternativas de
solución del conflicto.
La opción militar resulta ser la más peligrosa y riesgosa por lo que
Washington debería dejar de considerar esta alternativa, cuanto menos públicamente,
ya que los costos que la misma implica son extremadamente altos. Respecto de los
costos materiales representa un gasto de decenas de miles de millones de dólares
y en cuanto a los costos humanos se estima que pueden ser incluso diez veces más
elevados en comparación a las bajas en Irak (algo que la opinión publica
norteamericana difícilmente aceptaría). Por otro lado, una nueva acción
unilateral por parte de Estados Unidos que desestime el rol de Naciones Unidas
como principal garante de la paz y la seguridad internacionales terminaría
minando de lleno el régimen de legalidad internacional que representa esta
organización intergubernamental. Si bien Estados Unidos no confía en los regímenes
de inspección nuclear e hizo del unilateralismo y la guerra preventiva
elementos centrales de su política exterior, es importante que este Estado
tenga en cuenta que en un mundo donde la globalización ha aumentado la
interdependencia y las amenazas se han hecho difusas el logro de la seguridad de
forma individual sustentado en la noción de auto-ayuda no tiene cabida, en este
mundo interdependiente e interconectado, propiciar la seguridad de forma
individual resulta inconcebible. En palabras de Huntington “un hegemón debe
tener la capacidad para anticiparse a las grandes cuestiones internacionales y
liderar estrategias globales para resolverlas”, así la política concebida
unilateral y unidimensionalmente manifiesta que Estados Unidos no sólo no es
hegemón sino que a cada paso se mueve en dirección contraria al
establecimiento de una hegemonía. Si Estados Unidos decide tirar por la borda
aquellos regímenes que nacieron como amparo y sustento del sistema de valores
norteamericanos, estaría desperdiciando desproporcionadamente el poder blando
que construyó en el pasado.
Pensar en una guerra preventiva contra Corea del Norte manifiesta inclusive la
no utilización siquiera de la totalidad del poder duro, puesto que se centra en
el poder punzante y deja de lado el poder económico o pegajoso. Concentrase únicamente
en el poder militar es propio del pensamiento realista predominante en la Guerra
Fría. Este enfoque subraya que el poder militar domina todas las demás formas
de poder, pero esta perspectiva no tiene en cuenta los altos costos de la
utilización de la fuerza y la posible no correspondencia en términos de
eficacia o dominio de los resultados deseados. El poder económico en este caso
equivale a atacar con la fortaleza propia la debilidad ajena. Utilizar la
zanahoria, es decir las inversiones, los créditos o tratados comerciales en
condiciones preferentes etc. de las cuales el régimen de Corea del Norte está
necesitado por su aguda situación económica. La crisis económica de Corea del
Norte se inició a finales de los años ochenta pero se agudizó en los años
noventa: el colapso de los otros países de economía centralmente planificada;
los elevados gastos militares; las sanciones económicas y los desastres
naturales (sequías, tifones, inundaciones) hacen que lograr planes de
desarrollo sea, en gran medida, difícil. Por añadidura, al no formar parte del
Banco Mundial y del Banco Asiático de Desarrollo, no puede recibir fondos de
esos organismos. Definitivamente, la penetración económica en el bloque soviético
fue una herramienta fundamental durante el período de Guerra Fría y dado la
preponderancia que ha adquirido el eje económico en las relaciones
internacionales de la actualidad la utilización de esa herramienta no resulta
en ninguna medida anacrónica.
Respecto de la opción que considera aceptar de facto la nuclearización y, al
mismo tiempo, promover el aislamiento y la contención de Pyongyang, con miras a
provocar el derrumbe del régimen no sólo parece un escenario poco realista a
corto-medio plazo sino que, de producirse, generaría dificultades y costos
serios tanto a Corea del Sur (que tendría que gestionar una reunificación rápida
y desordenada) como a China (que tendría que absorber previsiblemente un número
muy alto de refugiados, perdería un aliado que actúa como Estado tapón en una
zona altamente estratégica para sus intereses). Además de los intereses económicos
y geopolíticos, raíces culturales e históricas enlazan a ambos países con
Corea del Norte por lo cual no están dispuestos a aceptar poner coto a sus
relaciones. Rusia, por su parte, tampoco adhiere a una opción que implique la
caída del régimen y por lo tanto una desestabilización regional. De los países
involucrados Japón es el que se muestra más favorable a Washington pero también
apoya opciones de cambios graduales y no drásticos que puedan afectar sus
intereses en la región. Los tres Estados con más experiencia en el trato y
relaciones con Pyongyang, China, Rusia y Corea del Sur descartan esta
posibilidad en tanto que consideran que cercar a un régimen que está
acostumbrado al aislamiento dista de ser una estrategia que provoque una caída
del mismo. En cambio tal presión puede provocar un aumento de la agresión y
retroalimentar la conflictividad.
De este modo, resulta que la opción más apropiada parece ser la mesa de
negociación. La característica principal de estas negociaciones reside en que
dos de los actores involucrados, Corea del Norte y Estados Unidos, han aumentado
considerablemente la rigidez de sus posiciones y las retóricas de los
principales dirigentes retroalimentan la desconfianza haciendo predominar una lógica
de suma cero desde la cual la cooperación se torna imposible. Por lo tanto, es
indispensable preservar el marco multilateral de negociación a seis bandas y
complementarlo con encuentros bilaterales de carácter ministerial y no llevar a
cabo, por el momento, encuentros cumbres bilaterales entre Estados Unidos y
Corea del Norte. Consideramos que dada la aversión personal entre los
mandatarios de ambos países un encuentro influiría negativamente en las
negociaciones.
La República Popular China debe seguir impulsando los encuentros. Este país no
sólo puede ejercer poder duro económico sobre Norcorea, dado que es el
principal socio comercial, abastecedor de alimentos y ayuda económica y
humanitaria múltiple, sino que en su rol de “economía socialista de
Mercado” sumado a sus valores culturales compartidos con Corea confieren a
China suficiente poder blando como para erigirse como modelo o referente a
seguir por Corea del Norte. “El poder duro siempre seguirá siendo crucial en
un mundo de Estados que defienden su independencia, pero el poder blando se
volverá cada vez más importante a la hora de tratar asuntos trasnacionales
cuya solución exija la cooperación multilateral”.
Por otro lado el endurecimiento de posiciones por ambas partes puede hacer que
las exigencias de Estados Unidos a Corea del Norte se hagan cada vez más
amplias (armamento nuclear, misiles, secuestros, fuerzas convencionales, reforma
económica, derechos humanos, etc.) y que las contrapartidas exigidas por
Pyongyang incluyan el mantenimiento de algún tipo de programa nuclear,
dificultando así el acuerdo mismo dado que el balance de amenaza a favor de
Corea del Norte seguiría presente. Además el tema del mantenimiento de un
programa nuclear en un contexto de malas condiciones económicas en Corea del
Norte hacen ciertamente que sea más vulnerable a las presiones externas pero a
la vez más proclive a vender al mejor postor (gobiernos o incluso grupos
terroristas) material nuclear o misiles.
Asimismo, en pos de lograr un progreso en las negociaciones Estados Unidos debe
abandonar cualquier pretensión de cambio de régimen y debe concentrar su
atención en el esfuerzo de concertar un desmantelamiento comprobable, total y
definitivo del programa nuclear norcoreano. Es menester a favor de no generar
desconfianzas mutuas aplicar medidas sincronizadas y paralelas, lo que puede
llevarse a cabo a través de la negociación de paquetes de medidas. Al
concretarse los acuerdos deberían derivar en una desnuclearización total y
comprobable de la península coreana a cambio de garantías de seguridad
multilaterales y asistencia económica, como objetivo de mínima. Un acuerdo óptimo
debería incluir el reconocimiento político por parte de Estados Unidos y Japón
a Corea del Norte y un pacto de no agresión entre ellos, así como también
disposiciones para la verificación del estado de cumplimiento de los Derechos
Humanos en Norcorea.
El control de proliferación nuclear y la lucha contra el terrorismo
internacional requieren de respuestas caracterizadas por un salto cualitativo en
la cooperación y coordinación –poder blando- entre los Estados, donde la
información y su adecuado procesamiento adquieren mucha importancia. La
conformación de coaliciones de información real y a tiempo entre Estados
aliados constituye la mejor forma de hacer frente a las amenazas asimétricas o
no convencionales las que a su vez suelen estar ligadas entre si (el terrorismo,
el narcotráfico, el crimen organizado, la depredación ecológica, la
proliferación de tecnología de uso dual, etc.). “La paradoja del poderío
estadounidense es que la política mundial cambia de un modo que hace imposible
que la potencia más poderosa del mundo desde los tiempos de Roma alcance por sí
sola algunos de sus objetivos internacionales más importantes. Estados Unidos
carece de capacidad internacional e interna de resolver los conflictos internos
de otras sociedades y, al mismo tiempo, de vigilar y dirigir los acontecimientos
transnacionales que amenazan a los estadounidenses en su propio país. En muchos
asuntos que hoy son fundamentales, como la estabilidad financiera internacional,
el narcotráfico, la propagación de enfermedades y sobre todo el nuevo
terrorismo, el poderío militar por si sólo no puede conducir al éxito, y su
uso puede a veces resultar contraproducente. En lugar de eso, como el país más
poderoso Estados Unidos debe propiciar las coaliciones internacionales para
enfrentar estas amenazas y desafíos comunes” . En pos de lograr aunar
posiciones será necesario tomar en consideración los intereses de los actores
involucrados en los conflictos y, en vista a ellos acordar con Pyongyang la
suspensión y el desmantelamiento de sus programas nucleares y de misiles de
largo alcance a cambio de reconocimiento diplomático, garantías de no agresión
y ayudas económicas no parece en absoluto un mal negocio para la comunidad
internacional. Esta puede ser una oportunidad de equilibrar el balance de
amenaza que supone la posesión de armas nucleares por parte de Corea del Norte.
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Anexo
Mapa del Programa Nuclear de Corea del Norte

Center for Nonproliferation Studies,
Monterey Institute of International Studies
AUTORAS:
Lic. Ma. Belen Avellaneda
Lic. Ma. Elena Araya
[4]
Joseph S. Nye,
“Redefining the National Interest” Foreign Affairs. July /August 1999.
Citado por Calle, Fabián Carlos. Los lineamientos estratégicos de los Estados Unidos post 11-9: algunas de sus implicancias internacionales y hemisféricas.
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Morin, Edgar; Introducción al Pensamiento
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[10]
Nye Joseph. The
Paradox of Amercian Power. Why the world’s ony superpower can’t go it
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Bermudez
J. S., Jr. (1999), “A History of Ballistic Missile Development in the
DPRK”, Occasional Paper, nº 2, Center for Non Proliferation Studies,
Monterey Institute of
International Studies.
[33]
Beijing observa
con inquietud cómo Estados Unidos ha reforzado su alianza con Japón,
estrechado sus relaciones con la India, renovado sus relaciones de defensa
en el Sureste asiático y establecido bases en Asia Central. Por otro lado
debe evitar enajenar a EEUU: China importa el 30% de sus necesidades de petróleo
y más de la mitad de esa cifra procede de Oriente Próximo. Esta clave
energética explica algunos de sus intereses: si Estados Unidos va a influir
en el precio y distribución del petróleo iraquí, resulta evidente para
Beijing –que hacia 2030 importará el 84% del petróleo que consume– que
es mejor no enfrentarse a Washington. Ver Delage, Fernando. La política
exterior china en la era de la globalización. www.cidob.es/castellano/
publicaciones/Afers/63delage.cfm - 87k
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