Monografias | Escuela: la disciplina y el control; ¿malas palabras? Crisis de autoridad o “el Síndrome de la Mala Hora”

Escuela: la disciplina y el control; ¿malas palabras? Crisis de autoridad o “el Síndrome de la Mala Hora”

Resumen: El subtítulo hace alusión a la novela de García Márquez, una suerte de desprendimiento de la obra madre y maestra Cien años de soledad. Es bueno, entonces, recordar brevemente el argumento: Macondo después de años de guerras civiles, vuelve a recuperar una paz momentánea. Las autoridades tratan de generar entre la población, un clima de tolerancia, respeto, libertad. Pero pronto comienzan a aparecer una serie de pasquines pegados a las paredes o puertas de las víctimas de sus ataques, denunciando secretos bien sabidos por todos, pero nunca dichos.

Publicación enviada por Alfredo Dante Vargas


 

Presentación
El subtítulo hace alusión a la novela de García Márquez, una suerte de desprendimiento de la obra madre y maestra Cien años de soledad. Es bueno, entonces, recordar brevemente el argumento: Macondo después de años de guerras civiles, vuelve a recuperar una paz momentánea. Las autoridades tratan de generar entre la población, un clima de tolerancia, respeto, libertad. Pero pronto comienzan a aparecer una serie de pasquines pegados a las paredes o puertas de las víctimas de sus ataques, denunciando secretos bien sabidos por todos, pero nunca dichos. El efecto de estos pasquines es trágico, hay muertes a causa de ellos, el supuesto autor de los pasquines se transforma en un delincuente a perseguir. Pero el Alcalde quiere ser cauteloso, y trata de ser convincente con el sacerdote que le urge a que tome medidas ante esos hechos de desorden:
“Mire una cosa, padre –comenzó (el Alcalde)-: el pueblo está tranquilo, la gente empieza a tener confianza en la autoridad. Cualquier manifestación de fuerza en estos momentos sería un riesgo demasiado grande para una cosa sin mayor importancia”.

Sin embargo, los fantasmas de la subversión vuelven a poblar a Macondo, la actitud del Alcalde se endurece, y se vuelve a vivir las pesadillas del toque de queda, de los asesinatos sumarios, de las detenciones y demás arbitrariedades del poder. Seguramente esta novela da para hacer análisis desde muchas vertientes, pero nosotros nos detendremos en este aspecto tan sutil, de ostentar y mantener un orden, de ejercer la autoridad, de mantener el control, sin ejercer una dominación autoritaria y desmedida, sin caer en la arbitrariedad monológica.

Arqueología de la disciplina y el control
Seguimos en este punto a Michel Foucault para rastrear los orígenes del intento moderno de normalizar las conductas; en la “... Segunda mitad del siglo XVIII: el soldado se ha convertido en algo que se fabrica; de una pasta informe, de un cuerpo inepto, se ha hecho la máquina que se necesitaba; se ha corregido poco a poco las posturas; lentamente, una coacción calculada recorre cada parte del cuerpo, lo domina...” . Tenemos entonces que la acción sobre los sujetos, busca determinar un cambio, un “modelado”, que va a ir desde afuera hacia adentro. Ese afuera está considerado a través del espacio y del tiempo, ambos controlados y aprovechados exhaustivamente; en el caso del espacio, es la arquitectura puesta al servicio del control y de la vigilancia; en el caso del tiempo, con su segmentación para el máximo aprovechamiento posible. El adentro es una cuestión de adoctrinamiento, de construcción de una conciencia disciplinada. De hecho, esto ya venía considerándose como necesaria desde la antigüedad clásica, según Foucault , desde la Grecia clásica, con el famoso “ocuparse de sí mismo”, que suponía ocuparse de su salud y de sus posesiones, como de su alma. Ahora, ¿cómo uno debe ocuparse de su alma?, la respuesta estaba en un interés profundo del conocimiento de sí mismo: el mandato socrático-platónico: “conócete a ti mismo”, se traduce en una auto vigilancia de los más pequeños detalles de mi actividad, de mis pensamientos y de mis sentimientos. En el siglo I y II toma vigencia con mayor fuerza la introspección detallada, las confesiones, etcétera. Pero el “adentro” disciplinario se manifiesta con mayor fuerza en los procesos de confesión en la religión Católica, que, entre los siglos XII y XIII, termina de formar “... un sistema de interrogación codificado según los mandamientos de la ley de Dios, según los siete pecados capitales y, eventualmente, un poco más adelante, según los mandamientos de la Iglesia...” . Todos los aspectos disciplinarios encuentran su “tecnología” adecuada para su inducción y control.

La Escuela, institución nacida en la Modernidad y con una génesis no ajena al ejército y a la clausura católica, no permanece extraña a esos mismos aspectos: La Salle dice: “...Con la palabra castigo, debe comprenderse todo lo que es capaz de hacer sentir a los niños la falta que han cometido, todo lo que es capaz de humillarlos, de causarles confusión: ... cierta frialdad, cierta indiferencia, una pregunta, una humillación, una destitución de puesto” . Sanción y acción sobre el cuerpo del alumno, terminan siendo casi una misma cosa. La Salle también recomendaba en unas de sus obras, que los niños debían “... tener el cuerpo derecho, un poco vuelto y libre del lado izquierdo, y un tanto inclinado hacia delante, de suerte que estando apoyado el codo sobre la mesa, la barbilla pueda apoyarse en el puño, a menos que el alcance de la vista no lo permita; la pierna izquierda debe estar un poco más adelante bajo la mesa que la derecha[...]La parte del brazo izquierdo desde el codo hasta la mano, debe estar colocado sobre la mesa” .

Sin embargo, todas estas estrategias de disciplina y de control, enmarcadas en “espacios cerrados” , pronto giran en un mecanismo vacío y ritualizado, que desnaturaliza su función original. En realidad, todo el proceso moderno cae en esta crisis de sus propios enunciados, como bien lo demostraron numerosos autores, desde Habermas, hasta Vattimo, sólo por nombrar a los más representativos . La institución Educación va a ser el blanco de numerosas investigaciones y las conclusiones respectos de este vaciamiento de sentido se reflejan en todas ellas; la conclusión: los gobiernos de los países más importantes del planeta se plantean la necesidad de renovar el sistema educativo.

La “herencia” de las dictaduras
Los gobiernos dictatoriales en América Latina formaron parte del folklore americano, incluso de la representación sesgada y ridiculizante de los filmes de Holywood. Fue una negra realidad para nosotros, manantial inagotable para la creación literaria de nuestros mayores escritores, y un problema con muchos ensayos de explicación, por parte de sociólogos, antropólogos y politólogos, respecto de la endemia de gobiernos “cesaristas”, ya sean de facto o elegidos por la voluntad popular . Sea como fuere, el resultado fue que después de la última dictadura en Argentina, hubo casi una reacción generalizada contra todo aquello que fuera “militarización” de la sociedad civil. Creemos que el clímax de esta reacción la capitalizó el Gobierno de Carlos Menem con la eliminación del Servicio Militar Obligatorio, pero todo esto ya se estaba viviendo en las escuelas, con la práctica directa y con una enorme irrupción de textos y ensayos de la pedagogía crítica, poniendo en tela de juicio todo acto o práctica que tuviera algún ligero aroma a militar. En este conjunto de prácticas y teorías juzgadas, cayó, casi como primer blanco, la disciplina, y, como por efecto dominó, la vigilancia y el control. La libertad recuperada en la democracia, también traía con ella la confianza sin límite en la naturaleza humana, una posición roussoniana respecto de la libertad de elección, de acción, de pensamiento, de expresión. Todo sin duda, legítimo y sano, pero... como si la historia se repitiera, las contradicciones internas de la modernidad con sus principios más queridos, también parecen hacer tambalear los logros de las sociedades democráticas, cuando tratan de aplicar, en extremo, una suerte de lessaire faire timorato por falta de verdadera práctica democrática, por un verdadero ejercicio de la ciudadanía, es el alcalde de Macondo repitiendo “cualquier manifestación de fuerza en estos momentos sería un riesgo demasiado grande para una cosa sin mayor importancia”. Claro, entendiendo fuerza, en el sentido restringido de acto de autoridad legítima.

Disciplina y control: dependen del cristal con que se los mire
Como decíamos en el apartado anterior, situaciones históricas, acompañadas de un profuso material teórico y de productos de investigaciones, llevaron a deslegitimar la disciplina. Los trabajos de la escuela de Frankfort (Adorno y Horkheimer), Pierre Bourdieu y su teoría de la reproducción aplicada en las instituciones educativas y, en la Argentina, los trabajos de Frigerio, Kaminsky y otros, terminaron por convencer que el sistema de disciplinamiento y control sirve para mantener una suerte de status quo en la sociedad, que representa mantener los privilegios de las clases dominantes y reproducir desigualdades sociales, de hecho, hay muchas pruebas de ello . Una institución educativa más justa, debía tratar, en lo posible, de mirarse a sí misma, hacer un análisis de debilidades y fortalezas y, sobre todo, “desnaturalizar” la naturalidad con que había asumido ser un instrumento del poder.

Poder, ese es un concepto clave para poder entender el descrédito de la disciplina y el control, el síndrome de la “Mala hora”.

Poder para Max Weber, consistía en “... la chance de imponer la propia voluntad en una relación social, aún contra la resistencia de los otros” . Foucault, en un principio, casi piensa en esa misma línea cuando considera que el poder es una red de relaciones, un juego de “libertades” mediante el cuál, algunas personas buscan determinar la conducta de otras; esta sería una concepción restrictiva del poder, considera Foucault mismo, puesto que poder aquí es leído como “... esencialmente jurídico, lo que dice la ley, lo que prohíbe, lo que dice ‘no’, con toda una letanía de efectos negativos: exclusión, rechazo, barrera, negaciones, ocultaciones, etcétera. Ahora bien, considero inadecuada esta concepción...” . Estamos convencidos de que es esta línea “negativa” de la concepción del poder, lo que más inspiró a los teóricos en sus análisis sobre el control y la disciplina en la Escuela, y de hecho, no estaban errados si nos atenemos al uso indiscriminado de la fuerza para sostener el poder, que, hasta aún hoy, se ejerce en las instituciones.

Si leemos a Hannah Arendt, encontramos otra visión sobre el poder: “El poder corresponde a la capacidad que tienen los hombres no sólo de actuar, o de hacer algo, sino de llegar a la unión con los otros, y de actuar en acuerdo con ellos. No es nunca un individuo el que dispone del poder; quien lo posee es siempre un grupo humano, y el poder perdura solamente mientras el grupo se mantiene unido. Cuando decimos de alguien que ‘detenta el poder’, esto sólo significa en realidad que él ha sido autorizado por un determinado número de hombres para actuar en su nombre...” .

Volviendo a las prácticas de disciplina y de control, nuestra hipótesis de trabajo es que, considerados estos mecanismos desde una concepción de poder “negativo”, siempre estarán en función de la fuerza o dominación, en el “secuestro” de voluntades para un grupo en particular, o para un sujeto. En este sentido, la disciplina y el control serán herramientas usadas arbitrariamente, monológicamente, y desde una sola dirección: arriba-abajo.

Pero sabemos que, desde el espíritu de la Ley Federal de Educación, es la concepción arendtiana de poder lo que se rescata. En estas circunstancias, ¿qué pasa con la disciplina y el control?.

El síndrome de “La mala hora”
El temor de ejercer productivamente el poder, y con ello, una dimensión equilibrada de la disciplina y el control, por el supuesto de que se va a caer en un “exceso autoritario”, es lo que configura el que llamamos Síndrome de La Mala Hora. Mencionar control y disciplina con el resquemor de quien dice “malas palabras”, es fundamentalmente producto de quien lee estas condiciones a través de una versión negativa del poder. Desgraciadamente, quienes no ejercen un poder como “... la capacidad que tienen los hombres no sólo de actuar, o de hacer algo, sino de llegar a la unión con los otros, y de actuar en acuerdo con ellos” terminan por no plantear un trabajo con disciplina, sino que se conforman con imponer un sistema de control y vigilancia arbitrarios, monológicos, basados en una red mezquina de premios y castigos selectivos, en una intrincada relación de “espionajes” y de obsecuentes que se transforman en “corre ve y diles” de la autoridad, que en este sentido, es puramente formal, escrita, designada, más no delegada por ninguna agrupación de voluntades como desea Arendt.

Es este último modo de ejercer “el poder”, la “disciplina” y el “control”, de la que la mayoría de los sujetos de instituciones escolares tienen experiencia, entonces, no es extraño que todas esas palabras sean antipáticas y que los rectores o autoridades formales, con cierta formación en la pedagogía crítica, no quieran “enrolarse” en las filas del control y la disciplina como formas productivas de práctica institucional, porque no pueden sentirla como tales.

Reflexiones finales
Lejos de ejercer el poder como el Alcalde de Macondo, si se entiende a aquel como una delegación por el consenso de voluntades de hombres concientes y libres, se lo transforma en un mecanismo necesario y legitimante de toda acción productiva. Es ese sentido el que le da Gerard Mendel cuando habla de acto poder, es decir, con aquella necesidad de que los actores se sientan dueños, y por lo tanto responsables, de los actos que puedan llegar a realizar, cuanto más se identifiquen con el acto realizado como un producto de ellos mismos.

La disciplina, como ese arte de organizar tiempo, espacio y movimiento, es una condición necesaria para que la institución pueda ofrecer a los sujetos certidumbre y estructura: dos aspectos que son fundamentales en un sistema equilibrado; dos aspectos que los sujetos sociales actualmente, piden a gritos y con diversas manifestaciones en las grandes ciudades de nuestro país. Sin certidumbre y estructura deviene el caos y la anomia, la sociedad, en sus fundamentos, se disuelve.

Esta última situación, da pie a que surjan expectativas trasnochadas, desde nihilismos fanáticos, hasta buscadores de mesías sospechosamente fascistas, sospechosamente totalitaristas. Reconocer el valor de la disciplina supone reestablecerla con su fin productivo en el seno de una organización plenamente democrática: las normas disciplinarias que emergen del consenso de los actores, no son arbitrarias, al ser dialógicas (producto del dia-logos), suponen todas las perspectivas posibles, y una construcción que proviene de la base del grupo social, legitimada por un consenso de poder democrático.

Una institución educativa que piense en el poder, la disciplina y el control en estos términos productivos, puede transformarse en la esperanza de certidumbre y estructura para tantos jóvenes desorientados entre tantos mensajes y prácticas contradictorios. No se trata de pensar la disciplina en términos de niños de pelo corto, formados en fila de uno y a un brazo de distancia marchando al son de una banda militar, sino de buscar de nuevo el sentido de la práctica organizada, de las normas con sentido, del control de un hacer consensuado: ofrecer significado y acción productiva, en todos nuestros actos institucionales.

AUTOR:
Alfredo Dante Vargas
Alfredo Dante Vargas es Magíster en Estudios Sociales para América Latina, Licenciado en Psicología, por las Universidades Nacionales de Santiago del Estero y de Tucumán, Argentina, respectivamente. Especializado en Investigación Educativa por la Universidad Nacional de Córdoba, se desempeña en el área de Educación desde hace catorce años, siendo el tema de la Convivencia Escolar y sus distintos factores, en lo que más ahondó estos últimos años.
Actualmente reside en Santiago del Estero, Capital, Argentina.


[1] Michel Foucault: VIGILAR Y CASTIGAR. Ed. Siglo XXI, México, 1.991, pág. 139.

[2]                        : TECNOLOGÍAS DEL YO. Ed. Paidós, Barcelona, 1.995.

[3] Michel Foucault: LOS ANORMALES. FCE, Buenos Aires, 2.000. Pág. 166.

[4] Citado por Michel Foucault en VIGILAR Y CASTIGAR, pág. 183.

[5] En Michel Foucault, Íbid. (párrafo extraído de Conduite des Écoles chretiennes, de J.-B. de La Salle, de 1.828), pág. 156.

[6] Por ejemplo, el trabajo de Jacques Donzelot: Espacio cerrado, trabajo y moralización en Espacios de poder, de AAVV, Las Ediciones de La Piqueta, Madrid, 1.991.

[7] Hay un excelente tratamiento de esta crisis de las ideas modernas en Peter Wagner: Sociología de la modernidad, Ed. Herder, Barcelona, 1.997.

[8] Por ejemplo, ver Norbert Lechner: Estado y sociedad en una perspectiva democrática, en ESTUDIOS SOCIALES, N° 11, segundo semestre, 1.996; y de Elizabeth Jelin: La construcción de la ciudadanía: entre la solidaridad y la responsabilidad en CONSTRUIR LA DEMOCRACIA: DERECHOS HUMANOS, CIUDADANÍA Y SOCIEDAD EN AMÉRICA LATINA, Ed. Nueva Sociedad, Caracas, 1.996.

[9] Por ejemplo, el conocido texto LAS INSTITUCIONES EDUCATIVAS. CARA Y CECA, de Frigerio, Poggi y Tiramonti;  DISPOSITIVOS INSTITUCIONALES de Gregorio Kaminsky y LA SOCIEDAD, de Adorno y Horkheimer, todos, textos muy usados en la capacitación de docentes y directivos en la transformación propuesta por la Ley Federal de Educación.

[10] Puede servir como muestra el capítulo “Cabezas rapadas y cintas argentinas” en LA MÁQUINA CUlTURAL de Beatriz Sarlo, Ed. Ariel, Bs. As., 1.998.

[11] Citado por Julio De Zan: LIBERTAD, PODER Y DISCURSO, Ed. Almagesto, Bs. As., 1.993, pág. 112.

[12] M Foucault: EL DISCURSO DEL PODER, Folios Ediciones, México, 1.983, pág. 38.

[13] Citada por Julio De Zan, Op. Cit. Pág. 118.

[14] Gerard Mendel: SOCIOPSICOANÁLISIS Y EDUCACIÓN. Edic. Novedades Educativas, UBA, Bs. As., 1.996, pág. 95.

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Publicado Wednesday 15 de November de 2006

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