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La breve sonrisa de Leonardo - apuntes para una historia de la historia, el trabajo y el arte
Resumen: Se presenta aquí el Movimiento Armónico de la Historia, el cual permite comprender no solo los diversos ciclos por los que ha pasado la humanidad, incluyendo el que estamos y hacia dónde nos encaminamos en el futuro, sino también los diversos estilos artísticos en su condición íntima y su...
Publicación enviada por Alberto Pérez Delgado Fernàndez
ÍNDICE
1. Resumen
2. Introducción
3. Arte y trabajo
4. El Discóbolo y el trabajo campesino en la Grecia clásica
5. La Venus de Milo, comerciantes, marinos y científicos en el Helenismo
6. El Panteón y el trabajo del soldado y del esclavo en Roma
7. El Señor de la Compasión y la labor del monje en la India Gupta
8. La Mezquita de Córdoba y el trabajo del comerciante y del acequiador
9. La Alhambra y el aclimatador de plantas
10. La breve sonrisa de la Gioconda
11. El Barroco, cultivadores de maíz, pañeros, industriales
12. Impresionismo y modernidad
13. Bibliografía
RESUMEN
Se presenta aquí el Movimiento Armónico de la Historia, el cual permite
comprender no solo los diversos ciclos por los que ha pasado la humanidad,
incluyendo el que estamos y hacia dónde nos encaminamos en el futuro, sino
también los diversos estilos artísticos en su condición íntima y su natural
vinculación al trabajo social. Partiendo del papel que jugó el arte rupestre
para el trabajo del hombre prehistórico, se explica en qué se afinca,
esencialmente, el secreto de la belleza de las más destacadas obras que han
existido.
Para llevarlo ello a cabo, se enlazan los conceptos estéticos con el
desarrollo histórico del Trabajo Humano. Así, se aborda el Discóbolo en el
contexto del trabajo que se desarrollaba en la Grecia Clásica; la Venus de Milo
dentro del Helenismo, el Partenón y su conexión con el Imperio Romano, El Señor
de la Compasión dentro del espíritu religioso indio, y de igual forma se tratan
la Mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada, la Mona Lisa insertada en el
mundo monárquico del Renacimiento europeo y, finalmente, el Barroco y el Arte
Impresionista y Modernista.
INTRODUCCIÓN
¿Es desconsuelo lo que esconde la expresión de doña Lisa Cherardini? ¿Por qué su
mejilla derecha es flácida, por qué el cambio de horizonte en el cuadro? Y la
Venus de Milo, ¿son tan sugerentes sus caderas que pueden hipnotizar a través de
los siglos sin saber por qué? ¿Qué condición de belleza distingue la mezquita de
Córdoba del Panteón romano? ¿Por qué serán eternos los planos alterados del
cubismo, quién mira a quién en Las Meninas? Y, aún más importante, ¿qué relación
guardan esas obras maestras con el trabajo de los campesinos atenienses, los
herreros romanos, los artesanos indios o los laneros españoles? La historia del
trabajo y su espíritu, la historia del arte y su alma. De la imbricación íntima
de ambas trata la siguiente exposición.
Es posible aproximarse a la historia del trabajo y del arte haciendo una
analogía con el sencillo movimiento de un péndulo. Un péndulo describe cuatro
etapas en su movimiento. Cuando está pasando por su trayectoria más baja va a la
mayor velocidad, después comienza a frenarse, en el extremo de su trayectoria se
detiene y posteriormente de regreso comienza de nuevo a adquirir velocidad
conforme se vuelve a acercar a su trayectoria más baja, ahora de regreso. Puede
ocurrir que el viento zarandee al péndulo y momentáneamente lo frene en su
trayectoria, lo acelere, lo saque de esta, etc. Pero de todas maneras la
tendencia al movimiento siempre será la descrita anteriormente y una vez que el
viento cese regresará a describir esas cuatro etapas.
Para simplificar, consideremos un péndulo libre de acciones exteriores que
alteren su movimiento natural. Entonces, si por velocidad libre entendemos
libertad de fuerzas que centren el movimiento del péndulo, su primera etapa será
de descentralización, en su trayectoria más baja; en la segunda existirá cada
vez una tendencia mayor a la centralización, la cual se alcanzará en la tercera
etapa en el extremo de su movimiento, cuando el péndulo quede un instante
detenido por una fuerza que lo hala hacia el centro del movimiento, antes de dar
comienzo al regreso.
Y la última etapa será de tendencia a la descentralización
hasta que alcanza de nuevo su máxima velocidad en su trayectoria más baja,
aunque moviéndose ahora en sentido contrario. Por cada una de estas cuatro
etapas el cuerpo pasa de manera continua, de forma tal que ningún punto de su
trayectoria es igual a otro: solo en el punto más bajo hay una total
descentralización de las fuerzas actuantes (se anulan mutuamente) y por tanto
libertad de su movimiento y solo en el extremo hay una total centralización de
las fuerzas actuantes y por lo tanto se detiene, pero en un solo instante.
Pues bien, la historia del arte y del trabajo sigue también estas cuatro etapas
y es después de analizar las características que cada una de ellas, que podemos
entender una de las columnas en que se sustenta la perfección de las grandes
obra, como resultado de su vínculo con el trabajo a través de la historia.
DESARROLLO
ARTE Y TRABAJO
Es evidente la conexión de esencia que tuvo en la Prehistoria el arte y el
trabajo. La representación de caballos, bisontes y rebecos está tan ligada a la
caza como la música a los ritmos de las faenas agrícolas. Esta conexión no es
superficial, en el sentido de un rito adocenado, cada cacería obligadamente
condicionada a la visita a un templo cavernario; sino que la conexión es de
base: la desesperación por la supervivencia, por rastrear trabajosamente la
pieza de caza, enfrentarla y darle muerte, esa aventura estupenda y mortal, se
ve directamente condicionada por el ánimo que se tenga para ello, y este ánimo
lo insufla el brujo en el templo, donde al cazador se le hace próxima y pacífica
la fiera.
Pero si además la figura del animal no es basta, si presenta colores atrayentes
y formas delicadas con ancas evocadoras, entonces la pieza se hace asequible y
codiciada. Si se la ve tendida al galope se despierta el valor por darle
alcance; si yace, el anhelo por lancearla. Y cuando en la tierra no se encuentra
la raíz comestible, o mucho después, cuando no germina el grano, las largas
hambrunas se atenúan con la esperanza al contemplar la Venus de Willendorf, su
vientre prolífico y sus enormes senos generosos de buena leche.
De tal forma se funden la vida real y la artística que de manera instintiva se
adoran las figuras del animal y la mujer, y esta misma idolatría se transmite al
arma esbelta, regularmente afilada, cuando “la mano que toca la herramienta
siente toda su suavidad” (Parias, Nougier, Sauneron, Garelli, Bouriot & Rémondon,
1965, T I, p. 63) . Vale decir, ha nacido el signo en el arte.
EL DISCÓBOLO Y EL TRABAJO CAMPESINO EN LA GRECIA CLÁSICA
Los trabajos agrícolas constituían el fundamento de la economía griega.
Difícilmente pueda considerarse que en aquella democracia la base del trabajo
agrícola fuese la mano de obra esclava por tres razones: en primer lugar las
Ligas no constituyeron ejércitos conquistadores, característicos de una sociedad
pujante que vive de la esclavitud; en segundo lugar no existía el latifundio ni
siquiera durante la época arcaica, por el contrario los ciudadanos se dedicaban
a sus minifundios: “La evolución de las propiedades tendía al parcelamiento,
como consecuencia de la partición de las herencias; el Ática parece haber
alcanzado el límite de los minifundios al final del siglo V”( Parias et al.,
1965,T I, p. 242); y en tercer lugar porque durante todo el período griego nunca
existieron rebeliones de esclavos, como en Roma, y sí agitaciones sociales de
campesinos pobres y artesanos. El hecho de que una de las primeras grandes
rebeliones de esclavos contra Roma, la de Pérgamo, ocurriera a raíz de la
invasión romana de ese territorio griego es prueba de que la condición social de
la mayoría de la población había cambiado radicalmente.
Ahora bien, se sabe que ya desde la Grecia arcaica que –aunque no existan
latifundios como tales- la gran porción de tierra pertenece a los aristócratas.
Y a lo largo del siglo VII se generan huracanadas tensiones entre estos y los
campesinos las que en Atenas se neutralizan con las reformas de Solón, no tanto
por el hecho de la relativa eliminación de las deudas –incluyendo la esclavitud
por estas- sino principalmente por el reconocimiento estatal del trabajador
agrícola frente a los derechos de cuna de la oligarquía patriarcal, o sea, el
sistema social tiende con fuerza a la mayoría de los ciudadanos. Y ello es
propio de una sociedad descentralizada. Cada vez con mayor fuerza el trabajador
agrícola pobre se libera de restricciones de casta en el período que va de Solón
a Pericles. El espíritu social, entonces, es el de igualdad, una igualdad que no
complace a quien intente desde aquí medirla con una vara contemporánea. Pero nos
lo aclara un testigo cercano de esos tiempos, Aristóteles:
...la democracia es un Estado donde los hombres libres y los pobres, siendo la
mayoría,
están investidos con el poder del Estado(...)la más pura democracia es aquella
que se
llama así principalmente por la igualdad que en ella prevalece (“Política”,
Libro IV,
cap. 4, 1290b, 1291b. Tomado de la Enciclopedia Británica, entrada: democracy)
Envuelto en estos aires sociales se educa Mirón (490-430 a C). Y los griegos
necesitan, como el cazador prehistórico, que los alienten soplos de igualdad. El
griego admira al atleta como un héroe, casi como a un dios y Mirón se dispone a
ejecutar la estatua de un lanzador de disco. No de Zeus ni de Afrodita ni de
Heracles. No quiere destacar lo grandioso quiere insuflar de grandiosidad lo
parejo, la tersura de lo igual. Por otro lado, desde hacía tiempo los escultores
trataban de representar el movimiento en las estatuas. Pero representar el
movimiento en el espacio se enfrenta con dificultades muy serias, una de ellas
el desequilibrio de la figura. Esto es mucho más de lo que parece.
Sostener una pesada figura en desequilibrio ya constituye un reto desde el punto
de vista físico pues el elemento de sostén no puede ser ajeno al motivo de la
escultura. Durante la época arcaica Zeus apenas puede levantar los brazos,
apenas puede dar pasos tímidos sin desmoronarse. Y este inconveniente ni
siquiera es el principal. Una figura en desequilibrio rompe ferozmente el ideal
de la pareja perfección que se necesita expresar. La igualdad requiere, dicho
rústicamente, tres bucles a la izquierda de la frente de Zeus y otros tres a la
derecha. Y un atleta al lanzar un disco deja su cuerpo totalmente orientado
hacia el proyectil que se acaba de fugar de su mano. A pesar de todo Mirón
acepta el reto, representar el movimiento más enérgico dentro de un marco de la
igualdad más perfecta.
Al Discóbolo se le reprocha la poca expresividad de su rostro. Y se le reprocha
la falta de estabilidad que tendría el atleta al lanzar el disco en la forma que
Mirón lo representó (un problema físico de desequilibrio de palancas),
efectivamente, al disparar con su mano derecha, probablemente caería. Y si para
equilibrarse levanta el brazo izquierdo ello le reduciría velocidad de rotación.
En fin, se dice, ningún discóbolo debería adoptar esa posición antes de lanzar
el disco.
Pero Mirón necesita, ante todo, representar el movimiento sin desequilibrio
estético –no físico-, y todavía más, sublimar la igualdad.
El Discóbolo ha sido millones de veces reproducido por todo tipo de propaganda.
Tiene levantado el disco en su mano derecha mientras el brazo izquierdo está
algo plegado sobre el cuerpo, la mano a la altura de la rodilla. Si movemos la
vista desde el disco en lo alto, recorremos el brazo que lo levanta, pasamos a
los hombros del atleta, continuamos por el brazo izquierdo ligeramente plegado
al cuerpo y finalmente recorremos la pantorrilla izquierda hasta el pie en
punta, que el atleta ha dejado un poco atrás, nos hemos movido por un arco de
círculo casi perfecto.
Si recorremos el torso ligeramente curvado y después
pasamos al muslo bien modelado, nos hemos movido aproximadamente por otro arco
de círculo. Ambos arcos de círculos se cortan, y como la cabeza y los glúteos
quedan uno delante y otro detrás de ambos arcos de círculo, toda la figura da la
impresión de un arco guerrero tensado con su flecha. Quiere decir, Mirón
representó intachablemente la energía del movimiento más intenso, la inminencia
del disparo más potente. Pero queda endeudado con la necesaria impresión de la
igualdad más pura. ¿O no? El cuerpo debía quedar repartido democráticamente en
el espacio. Y esto es aún más importante, y, como obligadamente debe hacerse en
toda obra de arte que realmente lo sea, debe quedar como impresión velada, no
ostensiblemente mostrada sino de manera que mueva el espíritu del hombre más que
sus propios sentidos. ¿Cómo lo logra Mirón?
Existe una figura geométrica que, aun desplegada en el espacio, no permite que
ninguno de sus puntos valga más que otro. Y es precisamente el círculo. Todos
los puntos del círculo están a una misma distancia del centro, idénticamente
repartidos en el espacio. Y todos los músculos del Discóbolo están repartidos en
dos arcos de circunferencia, con lo cual todo su cuerpo queda igualitariamente
repartido e integrado al espacio de manera tan excelente como lo anhelaba la
estética clásica: amar la belleza con moderación. La persistencia del círculo
incluye el disco, medio arrojadizo del atleta. Pero todavía queda el reproche
que se hace a la impasividad del rostro.
En una figura humana el rostro atrae inmediatamente la atención de quien mira,
incluso si no ocupa un lugar principal en el diseño. Si el rostro reflejase
aunque fuera un poco, aunque fuera una partícula del enorme esfuerzo que se hace
antes de lanzar un disco, toda la magia anterior se viene abajo pues el rostro
se roba el equilibrio inmediatamente a pesar de que los músculos estén
uniformemente repartidos en los arcos de círculos. Por ello Mirón prefiere
mantener en su rostro la tenue sonrisa de las estatuas anteriores, arcaicas. Por
supuesto que evidentemente él sabía lo que estaba haciendo al transigir con este
pecado, no es influencia del pasado como se le reprocha, es, simplemente,
genialidad.
LA VENUS DE MILO, COMERCIANTES, MARINOS Y CIENTÍFICOS EN EL HELENISMO
Aristóteles, crítico de la ahora decadente democracia ateniense, la considera
una forma pervertida de un Estado donde a la larga los ciudadanos gobiernan,
porque la democracia considera solo a los pobres y no el bien común (“Política”
Libro III, cap. 7, 1279b. Tomado de la Enciclopedia Británica, entrada
democracy). Aristóteles es el maestro de Alejandro cuyas conquistas se
extendieron por Asia hacia la India y por el sur hacia Egipto. ¿En qué consistía
ese bien común para Aristóteles? ¿Se refería al bien de todos, a la mejoría de
todos, incluyendo a los pobres de la democracia ateniense? Si el trabajo en la
Grecia clásica se basaba en la agricultura y la economía dependía de esta,
¿había cambiado algo? Los griegos siempre fueron esforzados agricultores, pero
con una población en aumento, los suelos aún peores y sobre todo con una
experiencia mucho mayor en el arte de la navegación y en el establecimiento de
colonias, lo único que para todos resulta mejor consiste en traer a suelo griego
productos baratos de otras tierras. Grecia no producía ya ni grano ni aceite
suficientes para alimentarse. Y los frutos del Oriente eran inalcanzables y
beligerantes. No solo por las acometidas persas contra Grecia, sino porque el
mercader persa y su comercio no significaban nada para el imperio. Parias et
al., 1965,T I, p.266 señalan: “las capitales del imperio persa eran sobre todo
residencias principescas y centros administrativos; los mercaderes no tenían
acceso a la plaza principal que se abría ante el palacio, donde solo se paseaban
los jóvenes nobles”. Como decía Aristóteles, el bien común posiblemente no solo
beneficiaría a los griegos sino también a sus enemigos.“Más que una conquista se
trata de una revolución”. (Parias et al., Idem)
¿Podía Grecia mover algo el péndulo fuera del estado de descentralización que
era su democracia? Para pasar a una etapa de transición hacia la centralización
se necesitaban núcleos de centralización los que, aunque subordinaran elementos
de diferente tipo cada uno, tuviesen conexiones entre ellos. De lo contrario no
se puede comenzar a centralizar lo que es tan diverso. Y Grecia contaba con
dichos núcleos: los comerciantes. Los había especializados en los granos de las
islas mediterráneas, otros en papiros, cristales, telas y ungüentos del Oriente,
otros en perfumes de la Arabia y algunos hasta en telas de la China. Los
diversos elementos eran los diferentes productores y los marinos, provenientes
de pueblos que habían estado en guerra entre sí. Los núcleos que centralizarían
todo este mundo diverso y pendenciero, los intereses comunes por el intercambio.
Y los comerciantes estaban interconectados, no solo por el dialecto común con
que se comunicaban, koiné, sino por “las asociaciones de mercaderes, donde muy
probablemente concluían acuerdos y contratos” (Parias, et al., 1965, T I,
p.280). Una vez eliminado el muro persa, tanto el Mediterráneo levantino como
las rutas caravaneras es suyo, ayudados por la multitud de ciudades fundadas por
Alejandro en las rutas comerciales y la experiencia y tecnología de sus marinos.
No importa que en la península decaiga la agricultura y la artesanía, las
ciudades comerciales se llenan de inmigrantes que se favorecen económicamente, y
no solo son griegos: judíos y naturales habitan en ciudades cosmopolitas que
ofertan trabajo y mezclan ídolos religiosos y príncipes al gusto de cada cual.
Pero esta prodigalidad de viajes está llena de osadías que tiene que enfrentar
el marinero y el comerciante mismo. Ausencia de orientación en mar abierto,
piratería, tormentas –la novela helenística da cuenta de ello, como informa
Hauser (1966)- . Y además es necesario conocer la realidad con precisión. No
solamente hace falta orientarse en el mar sino también en el universo, y así
nace la ciencia independiente de la filosofía. Dos nombres bastan para probarlo:
Arquímedes y Euclides. Y no todos los hombres son capaces de lidiar con las
dificultades que impone ahora el mar, el desierto y el reciente universo. Es
tiempo de seleccionar hombres, desaparece la gris igualdad de la democracia.
Véase a este respecto el sentimiento que experimentaba Aristóteles (trad.
Azcárate):
Si se distribuyen flautas entre varios artistas, que son iguales, puesto que
están dedicados al mismo arte, no se darán los mejores instrumentos a los
individuos más nobles, puesto que su nobleza no les hace más hábiles para tocar
la flauta; sino que se deberá entregar el instrumento más perfecto al artista
que más perfectamente sepa servirse de él. Si el razonamiento no es aún bastante
claro, se le puede extremar aún más. Supóngase que un hombre muy distinguido en
el arte de tocar la flauta lo es mucho menos por el nacimiento y la belleza,
ventajas que, tomada cada una aparte, son, si se quiere, muy preferibles al
talento de artista; y que en estos dos conceptos, en nobleza y belleza, le
superen sus rivales mucho más que los supera él como profesor; pues sostengo que
en este caso a él es a quien pertenece el instrumento superior. (Libro III, cap.
VII, parra 2)
La leyenda de Alejandro había dejado un personaje: el héroe. Y es ahora el héroe
el núcleo de centralización de los espíritus y las voluntades. El mito más
representado es el de Heracles. Y las diosas se desnudan y muestran sus osadas
caderas.
Se ha dicho que las caderas de la Venus de Milo son heroicas. Ya Praxíteles
había desnudado a las diosas y estos refinados comerciantes realizaban el largo
viaje hasta la isla de Cnido nada más que para ver a su Venus desnuda y con
semblante de mujer. De manera natural el cuerpo de una mujer tiene dos núcleos
de centralización distintos: los senos y el pubis. Los senos centralizan los
hombros y ciertas disposiciones de los brazos, el pubis centraliza las caderas.
La estrechez de la cintura separa ambas zonas. Prueba de ello es que al
representar dioses masculinos, si se quiere mantener separadas ambas zonas y dar
un toque cinético a la escultura se necesita ladear femenilmente las caderas
(contrapossto).Sin embargo, la propiedad heroica no se nota tanto en la Venus de
Cnido como ocurre con la Venus de Milo.
Esta última sugiere una línea ondulada esbelta a través de los senos si
imaginamos el brazo izquierdo tomando una manzana y el derecho sosteniéndose el
manto (peplo), y esta línea lleva la vista desde los hombros hasta el manto, o
sea, desde el primero hasta el segundo centro de centralización. El pubis por su
parte subordina las caderas y el envoltorio del manto alrededor de las mismas,
manto cuya prolongación son los pliegues a lo largo de las piernas. Ahora
bien,¿qué la hace “heroica”? El contrapossto y el manto envuelto alrededor de
las caderas acentúa estas, pero si la figura fuera frontal como las Venus de
Praxíteles, no sintiéramos subliminalmente el poder de esas caderas. Y es que un
destello genial de un tal Alexandros permite al torso de la diosa girar quince
grados, solo eso. Y esos quince grados afinan algo más la cintura, con lo cual
la conexión entre los centros de subordinación superior e inferior se hace
elocuente al ánimo del observador a causa del nuevo movimiento vital que cobra
la figura, resaltando sin otros aditivos la cadera, que ahora, sin llegar a ser
ampulosa, se torna heroica.
EL PANTEÓN Y EL TRABAJO DEL SOLDADO Y DEL ESCLAVO EN ROMA
El brioso comercio griego requirió, como se ha visto, crear un dialecto. Fue
necesario también ayudar a la navegación con rutas previas bien estudiadas, una
especie de guía de viaje llamada periploi. Se hizo forzoso acuñar moneda y crear
banqueros honestos, formados en el ideal del héroe. Pero con el tiempo los
negociantes enriquecidos se relajan a la vida cómoda de las cortes y comisionan
contratistas para que hagan su trabajo.
Los banqueros se pervierten y para los marinos ya las rutas consuetudinarias no
constituyen particulares desafíos. ¿Podía otra potencia tomarles entonces la
ventaja y desbancarlos? En África del Norte una ciudad llamada Cartago, de raíz
fenicia y muy bien ubicada geográficamente, también se dedicaba al comercio.
Pero no hacen ninguna innovación de la técnica naval, no acuñan moneda, no
tienen bancos, su comercio se facilita por su ubicación intermedia, la
proximidad a las tribus bárbaras del Oeste de Europa les permite trocar con
ellas–mediante señales de humo- pacotilla por plata y estaño o traer del Sudán
oro, cambiado también por pacotilla. Y estos metales los trasladan a Oriente
donde a su vez obtienen productos fabricados o alimentos. Por supuesto, este
sistema primitivo de comercio no podía sustituir al griego helenístico por muy
relajado que estuviese. Antes bien, vulnerable como es, será derrotado por un
nuevo pueblo no comerciante.
Simultáneamente con el desarrollo de la civilización griega un pueblo bárbaro de
la Italia central, de economía agrícola y pastoril, y en lucha perenne con
enemigos que provienen de todos los alrededores, va adquiriendo una experiencia
militar impresionante. Su sistema económico es en extremo primitivo, aún más que
el cartaginés, solo necesitan hacer incursiones, dominar territorios, tomar en
prisión jóvenes fuertes y esclavizarlos en las labores de campo.
Sin embargo, el éxito que tienen con tal empresa les permite asentarse cada vez
mejor en una ciudad que crece continuamente: Roma. Y en una ciudad con recursos
aparecen siempre hijos de ella que ansían cultivarse. La única cultura admirada
que está a su alcance es la que poseen las ciudades griegas que tienen cerca (en
el sur de la península itálica se asienta Siracusa, patria de Arquímedes) y que
conocen por el comercio. Por otra parte, desde antiguo este pueblo bárbaro se
había mezclado con otro, los etruscos, que probablemente aprendieron también de
los griegos cómo drenar tierras pantanosas, irrigar tierras secas y medir los
terrenos para ordenar las propiedades.
Así, una ciudad alejada de las rutas
comerciales privilegiadas por los griegos puede crecer, absorber cierta cultura,
organizar una república y escapar de las invasiones alejandrinas. Pero aquella
república estaba preñada de contradicciones sociales: los intereses de
aristócratas poseedores de latifundios, y los intereses de los pequeños y
medianos propietarios; y como en Grecia –y quizás a imitación de ella misma- esa
contradicción se resuelve con leyes más o menos democráticas. Pero lo que no
sucedió en Grecia, sociedad de múltiples ciudades-estado, sí ocurre aquí,
sociedad de una gran ciudad que vive de un gran campo. Parias, et al., 1965,
comentan:
Sobre este conflicto [patricios contra plebeyos] se engarza otro mucho más
complejo, en
el cual la fortuna mobiliaria se opone a la inmobiliaria (...) la ciudad al
campo (...) cuyas
fuentes de renta y cuyos intereses son divergentes(...) Esta situación, que
contiene ya en
germen las crisis que arruinaron a la República, no corresponde ya al orden
antiguo del
patriciado y la plebe. La sociedad cerrada se ha abierto y, gracias al
liberalismo romano,
los más ricos de los plebeyos(...)se han sumado a los patricios, mientras que
entre estos
los hay que se convierten en tránsfugas. Ha nacido otra aristocracia. (T I, p.
345)
O sea la etapa de descentralización típica de Grecia clásica no se da aquí, ni
la etapa de tendencia a la centralización típica de la Grecia helenística. Lo
que sucede es que a la oligarquía de ascendencia patriarcal se acopla una nueva
oligarquía pecuniaria, el péndulo no avanza, y su trabazón no se resuelve
independientemente de que la sociedad consiga cultivarse a partir del acervo
griego.
Pero el espíritu del helenismo filtra la conciencia romana. La contradicción que
presenta la oligarquía helénica es equivalente a la contradicción de su propia
oligarquía. Y no necesitan una oligarquía. Necesitan que el péndulo se mueva
hasta el extremo y las fuerzas se centralicen. Un príncipe justo a la cabeza de
una estructura política piramidal traería muchas ventajas. Tendría que ser un
jefe militar reputado, porque es el ejemplo del soldado y el trabajo de este es
proporcionar esclavos, que son la base de la economía romana. Tendría que ser un
buen organizador, que administre el mundo conquistado y sepa sacarle provecho
con eficiencia. Y sobre todo tendría que neutralizar a la rara oligarquía de
senadores, todos ricos pero con el formidable antagonismo ciudad-campo el cual,
tirando cada uno para sí, no pone riendas al mundo conquistado. Leemos en Parias
et al., 1965:
A la explotación desordenada sigue la punción fiscal. Que es una mejora.
Catastros y
censos de las personas permiten establecer mejor el asiento de los impuestos. La
percepción, sea directa o por medio de pequeños adjudicatarios, se regulariza.
La era de
los hombres de negocios ha terminado. Empieza la de los funcionarios. (T I,
p.279)
A pesar de que Roma se convierte en centro del mundo, existe un gran problema
que no puede resolver. En la Grecia Clásica el campesino produce o gestiona
–depende de su posesión- el bien de vida fundamental y el Estado lo ampara. En
la Grecia Helenística el comerciante produce o gestiona el bien de vida
fundamental y el Estado lo ampara.
En la Roma Imperial el esclavo es quien
produce el bien de vida fundamental y el Estado lo somete. Con este pecado
original, resultado de un tipo de economía primitiva, Roma es capital del mundo.
De donde los consumidores no producen sino soldados, nada para el intercambio,
por lo cual hay que subvencionarlos. Y en las ciudades de las provincias donde
reside el gobernador sucede lo mismo. Pan, vino y circo al pueblo que aporta los
soldados. Al desfigurarse el carácter del trabajo, muy pronto se tuerce el
carácter del emperador.
Desde un 47 aC, año de César dictador vitalicio hasta un
37 dC, año de Calígula emperador, han transcurrido solo 84 años y podemos
figurarnos la catastrófica diferencia. A un Claudio sucede un Nerón. De aquí que
el arte necesite insuflar el espíritu de centralización de la manera mejor
posible. La Eneida es un ejemplo excelso. Toda la Edad de Oro del Imperio
Dorado. Y cien años después Adriano crea, por su juicio o por su impulso, una de
las maravillas del arte universal: El Panteón.
La cúpula enorme es referente del imperio, del poder centralizado. Al entrar al
Panteón sobresalta la enormidad de un espacio cubierto de 43 metros de diámetro.
Allá en lo alto una sola entrada para toda la luz, un opérculo de 8 metros de
diámetro parece pequeño debido a la altura a que está.
Toda la visión del
interior del templo depende de la luz que penetra por ese agujero. Solo cuando
los reflejos del piso dan en las paredes se pueden ver las imágenes de los
mosaicos o de las esculturas que la habitaron en su tiempo. Todo absolutamente
depende de esa luz magnífica y única allá en lo alto. Conforme se mueve el sol
la luz va permitiendo observar el resto de las imágenes que son rigurosamente
dependientes de ella. Ars est celare artem (el arte consiste en disimularlo).
Los romanos de hoy, sobrecogidos, aseguran que quien está dentro no se moja
cuando llueve. Tan grande es el emperador.
EL SEÑOR DE LA COMPASIÓN Y LA LABOR DEL MONJE EN LA INDIA GUPTA
Vuestras armas, ¡oh poderosos de este mundo!, deben servir para proteger a los
débiles y no para maltratarlos.
“Sakuntala”
El imperio romano ha llegado a un límite. Controlar territorios militarmente y
esclavizar a sus habitantes tiene un confín: las fronteras del mundo que se
puede esclavizar. Los romanos, desde el inicio del imperio y percatados del
problema que un límite de esclavos impondría a las necesidades alimenticias de
una población creciente, de hecho inventan la ciencia agronómica para
incrementar la productividad del trabajo. Varrón y Columela coleccionan un
conjunto de procedimientos que han demostrado su eficacia en las tierras
mediterráneas, pero la laxitud posterior –con la excepción de la época de los
emperadores Antoninos- no conduce a nuevos empujes.
De todas formas, el saldo que deja Roma en las ingenierías es sobresaliente:
agrimensura, técnica de la construcción, hidrotécnica y arte militar. En
astronomía, el sistema de Ptolomeo –sabio de la Alejandría romana- permitía
entender mejor el movimiento de las estrellas visibles imaginando las esferas
donde estaban inscritas rotando alrededor de un punto situado en algún lugar de
La Tierra, un punto con cierto movimiento. Las verdaderas joyas de las ciencias
aplicadas romanas las constituyen los acueductos y la ingeniería de caminos,
como corresponde a un Estado centralizado cuyas ciudades principales, Roma ante
todo, disfrutaban prácticamente gratis de agua y del trigo que les llegaba (y de
muchos otros bienes). Pero, como se ha dicho, el imperio había llegado a las
fronteras que podía esclavizar.
Y cuando la capital del imperio se ve forzada a
mudarse para Bizancio este panorama no cambia. La esperanza en aumentar la
producción agrícola sigue dependiendo del aumento de la población y de las
superficies cultivadas más que de un mejoramiento de la tecnología. Las tierras
del Asia Menor no eran tan pródigas como las de Occidente y el laboreo sigue
siendo el tradicional: el empleo de bueyes, la siega con hoz corta, el arado
rígido.
La escasez cada vez mayor de esclavos obliga a acudir a un trabajo campesino
prácticamente esclavizado. Solamente el comercio es de cierta importancia en el
Imperio de Oriente porque depende mucho de una artesanía y minería monopolizada
por el imperio, pero entonces resulta que el comerciante extranjero es recibido
con sospecha. Ni siquiera el invento de la llamada vela latina, que permite el
barloventeo en las embarcaciones, logra que el tráfico marítimo de naves
bizantinas alcance la altura que debiera, en una época donde ya la
centralización imperial se hacía obsoleta y se necesitaba un viraje hacia una
etapa de tendencia a la descentralización, algo no concebido ni en la peor de
las pesadillas de los emperadores.
Más allá de las fronteras orientales del imperio, en Persia y la India, sí
existían condiciones para esta tendencia a la descentralización. Después de la
declinación de Roma, las historias de ambos pueblos constituyen un eslabón
necesario para concebir la civilización llamada occidental. La influencia
grecolatina en el subcontinente indio, y más aún en Persia es algo totalmente
conocido. La influencia de las ciudades alejandrinas y el comercio lo permiten.
La agricultura india, por iniciativa propia y por los contactos con el mundo
helénico y el chino, es en el siglo III una de las agriculturas más
desarrolladas del mundo.
A pesar de la insuficiencia de datos sobre el Oriente,
nos exponen Perroy, Auboyer, Cahen, Duby & Mollat:
la agricultura, riqueza básica del país, gana terreno sin cesar a las tierras
incultas. Los
cultivadores, ciertamente muy numerosos, se sirven de arados uncidos con bueyes
y
producen cebada, paddy, varias especies de arroz, caña de azúcar, sésamo y
azafrán.
Gracias a los riegos y al abono, se obtienen varias cosechas anuales. Para el
ganado se
cuidan las praderas y se enumeran el buey giboso, el buey ordinario, la vaca, la
ternera,
el caballo, el mulo, las cabras y el camello (...) el comercio se ejerce por
igual con los
cereales que con las piedras preciosas, los tejidos de seda y el marfil. (1966,
p.72)
Pero la historia de la antigua India no se puede comprender sin el papel
determinante que juega el monje. Según Fernández Bulté, J., Yánez, R.M.,
Carreras, D. & Lizón, J.L.:
La problemática que introduce el sistema de castas en la India, nos conduce a
indagar
las razones por las cuales en esta variante de los despotismos orientales, el
rey, jefe
político, maharajá, no constituye el elemento superior de la sociedad, y por el
contrario, se encuentre en franca dependencia de la casta sacerdotal. (2002, p.
110)
Y, ¿qué es un monje brahmán? De acuerdo al Código de Manú, es persona sagrada,
jefe de todos los seres creados. Los sacerdotes están en la cima, como dioses
terrenales o brahmanes; en segundo lugar los guerreros, a continuación los
agricultores y mercaderes, y por último los sudras, servidores, especialmente de
los brahmanes. Ahora bien ¿cómo se acepta este sistema? Por la vigencia de
creencias como la reencarnación y el karma. Según estas creencias religiosas,
todas las personas reencarnan varias veces y tienen la posibilidad de nacer en
una casta más alta, siempre y cuando en su anterior vida hayan obedecido las
reglas de la casta a la que pertenecieron. Así, el karma en realidad retrae a
las personas de intentar rebelarse contra la ley.
Para que la civilización pase a una etapa de tendencia a la descentralización
hace falta una sociedad que se asiente en núcleos de descentralización,
desligados entre sí (a veces opuestos entre sí), pero que agrupen elementos
similares. Solo de esta manera se puede comenzar a descentralizar aquello que
está fuertemente centralizado. Estos núcleos de descentralización los posee la
India, gracias al papel del monje. Los núcleos de descentralización desligados
entre sí, en tiempos de la dinastía Gupta, los constituyen las diversas
confesiones religiosas, brahmanismo y budismo principalmente, con sus distintas
escuelas.
Todos se benefician con la protección y donaciones de los soberanos,
que garantizan el austero esplendor de los establecimientos religiosos y
escuelas. Y los elementos similares que agrupan son los fieles: todas las
confesiones tratan de congregar a príncipes, comerciantes, guerreros, artesanos,
campesinos. Inmediatamente puede hacerse una objeción, ¿no coexistía el budismo
con el brahmanismo siete u ocho siglos antes de los monarcas Guptas? Entonces,
¿por qué es ahora cuando se convierten en núcleos de descentralización?
La India vivió una época floreciente de centralización durante los tiempos del
rey Asoka, tres siglos aC. Para llevar a cabo su gobierno Asoka tuvo que elevar
el budismo a la categoría de religión oficial y así anular el poder de los
brahmanes. Las monarquías Guptas no florecen hasta los siglos IV y V dC. Son
brahmanistas, pero como conquistan territorios budistas su inteligente política
es proteger a todos los monjes. De esta manera, es de conjeturar que aparezca
una briosa emulación entre las distintas confesiones y escuelas y por
consiguiente los monjes se sientan impelidos más que nunca a dar ejemplos
ortodoxos de conducta (en su juventud debe estudiar profundamente, después será
un cabeza de familia ejemplar, finalmente debe despedirse de la familia y
convertirse en anacoreta y en sus últimos años vivir de la limosna), y cuando la
conducta del monje es ejemplar el karma obliga a tensar el espíritu del conjunto
de la sociedad, temeroso cada cual de su próxima vida.
El monje inspira cómo actuar y la actuación de todos, desde el rey al sudra,
desarrolla impetuosamente la sociedad. Esta suposición se confirma en el campo
del arte, al ser creado por Kalidasa, de confesión brahmánica, uno de los dramas
egregios de la literatura universal y a la vez ser ejecutado en una cueva
catedral de Ajanta, de confesión budista, la figura de lo que se ha dado en
nombrar “El Señor de la Compasión”, una pintura que se puede comparar sin
sonrojo a la Mona Lisa.
En Sakuntala el mundo de la dignidad de los brahmanes, simbolizado por una joven
huérfana que no se permite calmar su sed antes de regar las flores agostadas del
bosque sagrado donde ella vive junto a los brahmanes, se opone resueltamente al
mundo pedestre de poder y gloria de la corte. Conforme vamos conociendo a la
muchacha la acción se desplaza del mundo telúrico de la caza a mansalva al mundo
espiritual de lotos sagrados sobrevivientes del agua.
Un acto tras otro Kalidasa
va borrando subrepticiamente la frontera entre lo humano y lo divino. Habiendo
dado el rey promesa de matrimonio a la joven, la olvida involuntariamente cuando
ella, absolutamente desamparada, hace una fatigosa expedición para llegar hasta
él en palacio. Pero si el rey la rechaza y la reina la hostiga los dioses
responden trasladándola, a pesar de ser humana, al paraíso. Finalmente Sakuntala
es reconocida por el rey, pero la condición y el espíritu de la época están
plasmados incluso cuando Sakuntala al final es reconocida por el rey: esa
muchacha huérfana simboliza el espíritu brahmánico, ¡guárdate entonces,
emperador de hombres, de tus actos!
Los valores estéticos de este drama, nos
advierte Campuzano:
no solo han sido reconocidos por la crítica romántica europea (...) sino también
por los
pandit (sabios) hindúes: el más bello entre todos los géneros poéticos es el
drama; entre
los dramas, Sakuntala; en este, el cuarto acto, y en este acto, cuatro estrofas:
“Divinidades ocultas bajo la corteza de los árboles majestuosos, la joven que
nunca quería apagar su sed antes de haber regado las plantas agostadas, la
muchacha
para quien era un crimen cortar las flores y daba gracias a la primavera que les
ofrecía la magnificencia de las piedras preciosas, Sakuntala os abandona para ir
al
palacio de su esposo. ¡Que su viaje sea fácil! Cuando esté fatigada, ¡que la
sombra de
los cedros y los alerces les ofrezcan un abrigo impenetrable a los rayos del sol
y que un
suave céfiro robe a los lotos azules de los lagos sagrados un fresco rocío para
derramar
en torno a ella!”. (1987, p. 5)
El budismo, a diferencia del brahmanismo, no ofrece la reencarnación como
oportunidad para alcanzar una mejor casta sino para que en cada vida el hombre
pueda sacrificarse por el bien de los demás hasta que toda la humanidad quede
redimida. En una leyenda, un alumno de Buda le pide a este le permita ser
enviado a predicar en tierra de infieles.
“Pero son bárbaros, ¿y si te injurian de palabra?”. “Se los agradeceré, porque
no me golpean y puedo seguir predicando tu nombre”. “ ¿Y si te golpean y te
hacen sangrar?”. “Se los agradeceré porque no me hieren y puedo continuar
predicando tu nombre”. “¿Y si te lancean hasta la muerte?” “Se los agradeceré
porque me dan la oportunidad de reencarnar, llegar donde Buda y pedirle que me
vuelva a enviar a tierra de bárbaros para predicar su nombre”.Después de unos
instantes de reflexión el anciano mira al joven.
“Entonces ya estás preparado, ¡ve y salva a esos infelices!”
“El Señor de la Compasión ” es una pintura hecha sobre una superficie lisa de
arcilla blanca pulida dentro de una enorme cueva excavada en una montaña. Es una
de los cientos de pinturas hechas en las cuevas catedrales próximas a un pequeño
poblado de nombre Ajanta. Representa a un príncipe ricamente vestido en el
momento de renunciar a todo en el mundo para dedicarse a alcanzar la redención
del resto de los mortales. No tiene un rótulo que explique lo dicho sino que la
sola expresión de sus ojos hablan solemnemente acerca del acto que está a punto
de llevar a cabo. Como toda legítima obra de arte de una época con tendencia a
la descentralización, gobiernan la obra dos o más centros plásticos opuestos
pero artísticamente enlazados mediante la imaginación del creador.
A primera
vista resalta la fortaleza del hombre, su ancho tórax, pero sin darnos cuenta la
redondez dulce de los hombros moldea el torso. La expresión resuelta de los ojos
fijos contrasta con la placidez de su mirada caída. El rostro viril contrasta
con los delicados pliegues de las vestiduras. Su brazo fuerte sostiene un loto
cerca de su cara, con los dedos de la mano extendidos a manera de pétalos de
flor. La perfección de su arte reside en lo inexpresado, refinamiento supremo. Millard refiere:
En la figura del gran Bodisatva, la combinación de una gracia lánguida y casi
femenina con la serenidad acogedora de su máscara y sus hercúleas proporciones
se
esfuerza, gracias a esos símbolos visibles, por expresar las cualidades
inseparables de
compasión y de fuerza en este intercesor celeste. (1967, entrada “India”)
LA MEZQUITA DE CÓRDOBA Y EL TRABAJO DEL COMERCIANTE Y DEL ACEQUIADOR
Durante la época Gupta florecieron la lógica, la matemática y la astronomía. La
primera había recibido un impulso notable ya desde la escuela ñaia (s I aC) y la
segunda hizo una conquista inmarcesible en esa época: la numeración de base
decimal que hoy llamamos “arábiga”. Aharbhata estudió las ecuaciones
indeterminadas y desarrolló la astronomía, la aritmética comercial se impulsó
notablemente con la nueva numeración, lo cual junto con la seguridad que la
dinastía Gupta ofrecía a las rutas comerciales hacia Oriente y Occidente y el
esfuerzo desplegado en el trabajo por la sociedad que antes se ha comentado,
convirtieron a la India Gupta en una potencia económica mundial.
Es probable que
la producción intelectual estuviese mayormente generada por la casta brahmánica,
como está documentado sucedió con las teorías atomísticas del asceta Kanada (s V
aC), quien se alimentaba de los granos que recogía en los campos segados. Todas
las castas excepto tal vez los sudras desarrollaron su inteligencia con los
numerosos juegos de lógica que se han ido descubriendo hasta hoy y de los cuales
el ajedrez es el ejemplo descollante.
No muy diferente del panorama indio lo es el dorado Estado sasánida de Persia en
la misma época. “Tres castas dominantes: la nobleza territorial, el clero rico y
la administración burocrática” (Perroy et al., 1966, p. 50) y ambas sociedades
bien cebadas del conocimiento helenístico por el Oeste y la cultura china “rica
en ciencias” por el Este.
Pero correspondió a un pueblo seminómada vecino el llevar a cabo el próximo
movimiento del péndulo hacia la descentralización: las tribus árabes. La
proximidad relativa de las civilizaciones es uno de los factores que permite se
aceleren o no los cambios en el desarrollo. Esa es una de las razones básicas de
por qué en la cuenca mediterránea y en el Asia Menor la cultura ha podido ser
tomada sucesivamente en relevo por uno y otro pueblo, la razón por la cual en la
larga noche medieval los aislados bosques de Europa vivieron en relativa
ignorancia y también una de las razones que explica la dificultad que este mismo
relevo ha encontrado tanto en el subcontinente indio como en la vasta China.
Las tribus nómadas árabes realizaban un largo comercio caravanero. Podían
observar tanto los enormes palacios sasánidas cupulados como la catedral
bizantina de Santa Sofía. Pudieron ponerse en contacto con fragmentos de la
cultura griega difundida en Persia y además nutrirse de la aritmética comercial
india también llevada allí. Y no solo utilizaron la aritmética de base decimal,
sino que por la necesidad de manejar partes de unidades en el pesaje,
descubrieron el número fraccionario. Aún llegarían a más.
El primitivo trabajo
del acequiador en los oasis no solo daba de beber a plantas, animales y hombres,
sino que casi con seguridad le permitió caer en la cuenta, muy empíricamente, de
las leyes que gobiernan la conducción del agua y posteriormente, a todo el
pueblo, de amar el agua de esas moradas salpicadas de fuentes y albercas
(“acequia” viene del árabe as-saquiya: la que da de beber). Con Mahoma estos
pueblos pasan de politeístas a monoteístas y la fe religiosa enciende en las
mezquitas los corazones. Leamos a Pijoán (T XII, 1996, p. 58): “Sugiere Creswell
que la primitiva mezquita de Córdoba era un erial cuadrado, con solo una galería
del lado del mihrab(...) Actualmente ocupa un lugar de 22 250 metros cuadrados,
que la hacen el monumento religioso mayor del mundo”.
O sea, esta maravilla del arte mundial no era mucho más que un gran patio. En un
patio al que acuden creyentes de todas las fortunas los seres humanos se
igualan, no existe un trono para el emperador sino que todo es parejo y
democrático, y constituye estéticamente lo opuesto al haz de luz imperial de
cuyo privilegio dependen todas las figuras del Panteón romano: la luz del
pabellón celeste ilumina a todos por igual. Pijoán escribe:
Al llegar Mahoma a Medina, cuando la héjira, todos los ciudadanos le pedían se
detuviera en sus casas.
Mahoma dejó a su camello decidir el lugar donde
instalarse, que fue el patio o era de secar dátiles de la casa de unos
huérfanos. Ya de allí no se movió el Profeta, porque dijo: El hombre debe estar
donde está su silla de montar y su camello. (...)Mahoma compró la casa con el
patio adjunto por diez dinares(...) y allí se convocaban a los creyentes cada
viernes para la oración. Según Baladuri, ya en tiempos del Profeta el patio fue
rodeado de pórticos con troncos para soportes y techos de palma. (T XII, 1996,
p. 16)
Todos los árabes libres son iguales ante Alá, y a los creyentes se los libera de
cargas fiscales (solo la entrega de la décima parte de lo que se gana pero para
beneficio de la comunidad, y ni siquiera es obligatoria la peregrinación a La
Meca para quienes tienen limitados sus recursos). De hecho la guerra que
sostiene Mahoma desde la ciudad de Medina –ciudad de modestos agricultores del
desierto- contra La Meca –ciudad rica, de comerciantes- es prueba de este
sentimiento. Mahoma tiene que huir a Medina porque, él mismo siendo comerciante,
predica un culto monoteísta que perjudica económicamente a su grupo social. Este
sentimiento de igualdad obligó a la ayuda que el creyente debe a los huérfanos,
a las viudas y a los enfermos.
En Perroy et al. se advierte:
...la Ley, que el musulmán no concibe separada de la fe, y que como esta tiene
autoridad divina, está dirigida a las obligaciones de este mundo: entrega de una
limosna a la comunidad, guerra santa contra los enemigos de la fe para
someterlos por la fuerza. (1966, p. 101)
Parias et al. reconocen :
... el Profeta tenía ante todo la preocupación por reprimir los abusos del lujo
y de la avaricia, y la prohibición que dictó contra el préstamo con interés pudo
haber redundado en perjuicio del desarrollo económico (!). En tiempos de los
Califas Omeyas (661-750) no conocemos grandes mercaderes musulmanes. (1965, TII,
p. 61)
Resulta entonces comprensible la epopeya que constituyó la relampagueante
conquista del mundo por el Islam. “...Para nosotros no fue ventaja pequeña ser
liberados de la tiranía de los romanos, escribiría un cronista monofisista”
(Perroy et al., 1966, p. 102). Es explicable. En Egipto se abole el monopolio
que ejerce el Imperio Romano de Oriente con el fin de abastecer Constantinopla y
se sustituye por un comercio libre, de particulares indígenas.
En Perroy et al.
se tiene que conceder:
En la campiña las tierras se repartieron en dos categorías: tierras privadas y
públicas, a las que en beneficio de la comunidad es asimilaron las de los
propietarios desaparecidos a causa de la huida o de muerte en la guerra(...)el
dueño no ejerce ninguna de las prerrogativas de la autoridad pública sobre sus
arrendatarios, menos dependientes de él, por consiguiente, de cuanto solían
serlo de los grandes patronos bizantinos o sasánidas (1966, p.108).
No por gusto ocurre, cuando les es permitido, “la conversión en masa de los
indígenas al Islam” (Idem). En cuanto a la esclavitud, que persiste entre los
árabes, está muy morigerada: por estos tiempos es únicamente doméstica. Parias
et al., 1965, TII, p. 69 aclaran: “...a no haber sido por la guerra
[refiriéndose a los soldados turcos obligados a incorporarse al ejército], la
piratería y la trata de esclavos, que proporcionaba inmensas masas de negros,
turcos y eslavos, la esclavitud hubiese sido borrada del mundo musulmán”.
Signo claro del espíritu descentralizador lo es que en la Persia ahora
decadente, donde se ha enriquecido una oligarquía latifundista en perjuicio de
los endeudados campesinos, ya desde finales del siglo V aparece un movimiento
mazdekista que nunca murió: “más que una predicación religiosa, una protesta
social que exige comunizar los bienes” (Perroy et al., 1966, p. 52).
La uniformidad religiosa de las mezquitas, donde ni siquiera la dirección del
mirhab (nicho vacío que mira a La Meca) posee un lugar arquitectónico
privilegiado sino que se puede constatar la igualdad de direcciones al observar
los diversos caminos que custodian las columnas; el gusto por lo abstracto –el
cual encontraremos mucho más tarde en los tiempos similares que vivió Piet
Mondrian- donde no se permite el arte figurativo (aunque ello no está prescrito
en el Corán), nacen del inevitable sentimiento de igualdad que marcó la gran
expansión musulmana. La mezquita de Córdoba es arte vivo que refleja este
espíritu descentralizador. Como todas las mezquitas su génesis es un patio
parejo, y los embellecimientos posteriores deben acentuar una belleza igualmente
repartida.
En Pijoán:
Nuevos constructores piadosos enriquecieron las mezquitas con más hileras de
columnas por este lado [el del mihrab] y con un pórtico simple también en los
otros tres, y así multiplicándose el número de hileras de columnas en el lado
del mihrab, la mezquita tomó tan diferente aspecto que nadie por él recordaría
su planta primitiva: esto es, se convierte en un templo con numerosas naves o
hileras de columnas paralelas y con un patio anterior como antesala del lugar
santo (1932,T II, p. 212).
LA ALHAMBRA Y EL ACLIMATADOR DE PLANTAS
Una nueva era se instala en el mundo musulmán en los tiempos descentralizadores
de la gran expansión, y como ocurrió en el mundo griego es sustituida por la
tendencia a la centralización. Aparece un nuevo agente capaz de establecer
núcleos de centralización conectados entre sí. No es posible comprender
cabalmente la evolución del mundo islámico si se considera al Califa como un
soberano absoluto a semejanza de los monarcas europeos posteriores o a los
emperadores romanos anteriores.
Si así fuera, una sociedad centralizada en
aquellos tiempos necesitaría de caminos excelentes que llegaran desde los
territorios administrativamente dependientes de él, como sucedió en tiempos
romanos, pero los árabes incluso en Bagdad o en Córdoba no construyen buenas
vías de transportación. “El mundo árabe ignora el coche con ruedas (hasta tal
punto que, al recibir de los indios esta figura del ajedrez, la convierten en
roca)” (Parias et al., 1965, T II, p. 65). En cambio el riego alcanza alturas
ignoradas por los demás pueblos. Los árabes, aprendiendo inicialmente del
trabajo en los oasis, son capaces de aclimatar en las secas tierras del Magreb y
el sur español prácticamente todas las plantas conocidas.
Parias et al:
En el siglo IX, en el curso de una fiesta dada en el palacio del califa en
Samarra, se presentó una curiosidad de todo punto inesperada, y extraordinaria:
las naranjas y los limones de la India. Al siguiente siglo, el naranjo se
aclimataba al suelo de Palestina. El arroz y la caña de azúcar fueron llevados a
regiones que antes desconocían. A finales del siglo IX, la aparición del papel
había acarreado la ruina de los productores de papiro en Egipto. El lino lo
sustituyó. El Fayún y el lago de Tinnis encaminaron hacia la Mesopotamia enormes
cantidades de tejidos blancos, elaborados a veces con hilos de plata y oro. En
973, la conquista de Egipto por los Fatímidas originó la ruptura con Bagdad y
por consiguiente la pérdida de este mercado. La solución consistió en la
distribución por todos los países árabes, desde el Irán hasta España, en el
siglo X, del algodón de la India: a esta fecha se remonta el éxito del algodón
egipcio. (T II, 1965
p. 62)
La región donde mejor se deja estudiar el nuevo proceso social es en al-Andalús.
“el perfeccionamiento extraordinario del primitivo sistema de riegos, sometido a
un régimen administrativo para la distribución de agua y acequias, fueron
realizaciones que modificaron eficazmente la agricultura, aumentando la
rentabilidad de la tierra y del trabajo aplicada a ella” (Parias & Reglá, T II,
1965 p. 440). ¿Y quiénes son estos señores que se disputan el agua?
Son los que
producen el alimento del califato y los bienes y materias primas que se
comercian, o sea, los ejes del desarrollo a quienes el califa administra y por
lo tanto, sirve. Se conforma una aristocracia latifundista-comercial, formada
por los jefes conquistadores a quienes se les ha otorgado tierras que han puesto
en envidiable producción –la pequeña propiedad fue respetada en general- con la
formidable introducción de nuevos cultivos.
Inicialmente, los jefes militares llegados a España vivían en continuas pugnas
entre sí. Consintieron entonces en 756, en traer un príncipe Omeya: Abderramán,
refugiado en África de la revolución abasí que se había producido en Siria y
Mesopotamia, para que instalara un emirato y organizara la sociedad. Desde el
comienzo se observa el papel de mediador y organizador del futuro califato. En
general todo el mundo musulmán sigue la misma estructura social: “...la
aristocracia militar. Si los mercaderes dedican una parte de sus ganancias a la
compra de fincas, por su parte los propietarios invierten una parte de las suyas
en las empresas comerciales” (Perroy et al., 1966, p.178). De este binomio el
más importante lo es el ángulo agrícola: “Por notables y nuevas que sean sus
actividades [comerciales], ni en el Islam ni en Occidente los mercaderes fueron
quienes tuvieron más parte en la constitución de las grandes monarquías
territoriales” (Idem, 1966, p.188).
El palacio fortaleza de la Alhambra es un notable ejemplo arquitectónico, un
monumento a la cultura mundial de este espíritu de tendencia a la centralización
del cual estaba impregnada la sociedad. Para ello, en la obra deben existir
núcleos de centralización que unifiquen lo diverso pero que estén a su vez
conectados entre sí. Estos núcleos son los oasis.
El oasis representa para el árabe nómada una divinidad natural en medio de la
muerte. Sin oasis no existe economía ni comercio ni religión, pero con el oasis
aparece todo de golpe. Si el artista musulmán quiere representar algo hermoso,
acogedor, lleno de contenido religioso y de paz, debe sugerir un oasis. Y oasis
son los patios fontanados y albercados de la Alambra. Vista en planta, la
Alhambra aparece como un gran conjunto de habitaciones y dos grandes patios: el
de los Leones y el de los Arrayanes, próximos uno al otro. Pero las habitaciones
son totalmente distintas alrededor de uno y otro.
Alrededor de la alberca con la
hilera de arrayanes las habitaciones son salones de despacho para dirimir
querellas y administrar el califato. Alrededor del patio con la fuente de doce
leones las habitaciones son para descansar. Los moradores y visitantes de la Alhambra no podían mezclarse porque el acceso estaba cerrado con una puerta
doble. El patio de los Arrayanes centraba el selamlik o habitaciones para la
administración de justicia y despacho de los negocios de Estado, y el patio de
los Leones centraba el harén. La vida pública y la vida privada. “La vida se
desarrollaba en torno a dos grandes patios”, dice Pijoán. Cada núcleo de
centralización asumía su papel sobre construcciones arquitectónicas diferentes:
salas y moradas. Desde el selamlik el visitante oteaba la gran alberca y por las
ventanas olorosas le llegaba el perfume de los mirtos verdísimos.
Las graves disputas de los potentados se apaciguaban con estas potencias
naturales. Por debajo de toda la Alhambra corrían canales con agua fresca y la
calidez y sequedad andaluza desaparecían fantásticamente. Si un diplomático
extranjero venía encendido de cólera o un gran aristócrata se obstinaba sin
remedio, el paseo por la alberca entre mirtos y la persuasiva voz del califa
contribuían a calmarlo, más aún por el contenido religioso de esta notable
arquitectura. En el harén el príncipe descansaba, estudiaba el Corán, escuchaba
los preceptos de un médico sabio o leía un diván de poesías en la nueva
escritura árabe. Jamás la Alhambra fue palacio de bacanales como Versalles,
Fontainbleu y otros.
¿Qué nos dice Pijoán?:
[el harén] es algo reducido: no se explica que pudieran reunirse allí multitudes
de cortesanos y servidores, armarse pendencias, celebrar fiestas, danzas y
zambras como las que describen los cronistas castellanos que aprovecharon la
Alambra para escenario de novelas moriscas (1996, vol XII, p.515).
Desde todas las ventanas del harén se ve la Fuente de los Leones. Junto a ella
se podía meditar, conversar íntimamente o decidir una guerra. Ahora bien, igual
que el busto de la Afrodita de Milos y su pubis están interconectados por una
cintura ligeramente rotada de la diosa, el patio de los Arrayanes y el de los
Leones necesitan un broche que los una.
Volvamos a Pijoán:
Al-Hamra, la Roja (Alhambra) tiene dos grupos de aposentos, uno junto a otro,
pero aislados por una pared medianera. Gómez Moreno, en su Guía de Granada,
dice: “El Cuarto de los Leones, antes de la Reconquista, fue en absoluto
independiente del Cuarto de Comares. Este último es el conjunto de salas
alrededor del patio de los Arrayanes”. (1996, vol XII, p. 515).
Pero podemos descubrir la cintura de la Venus de Milo: desde la alberca del
Patio de los Arrayanes se puede descender por una escalerilla al baño de la
Alhambra “hábilmente colocado” entre el selamlik y el harén. Del baño del
selamlik se puede acceder a uno de los aposentos del harén: el Cuarto de las Dos
Hermanas, el más completo del harén, al cual puede accederse tanto desde el baño
– o sea desde la sección centrada por los Arrayanes- como desde el harén
–centrado por el Patio de los Leones-. “Es un conjunto de salas perfectamente
habitables...[y de ellas] la sala principal es la mayor maravilla de la Alhambra
(...) Tiene un gran salón(...) y hay una especie de zócalo que ocupa todo el
piso bajo” (Pijoán, 1996, vol XII, pp. 528-529). ¡Un verdadero patio techado
enlaza los dos patios mayores que centran toda la Alhambra!. El arquitecto sirio
puso allí una inscripción: “...soy como un jardín (...) la luna me desea por
habitación (...) pero yo no soy la única belleza de este lugar, yo misma quedo
extasiada contemplando a mis dueñas” (Pijoán, Idem). ¡Queda todo dicho!
LA BREVE SONRISA DE LA GIOCONDA
Los árabes habían llegado en sus conquistas hasta el sur de Francia (Marsella
estuvo ocupada siglo y medio), así que el Califato de Córdoba, asentado en todo
su esplendor en el sur de España, llevó hasta el sur de Francia fragmentos de su
cultura. Y una vez reconquistada Cataluña, los monjes franceses eran mandados
estudiar allí. Algunos, además de Teología, aprendieron la ciencia árabe ahora
traducida y parcialmente apropiada por los españoles. Se sabe que el monje
francés Gerberto (940-1003) aprendió en Barcelona el “Tratado de los Números”
del español José, la Astrología traducida por Lupito y con sus propias manos
fabricó un reloj de péndulo, un globo y un astrolabio. “El pueblo bajo, dados
sus experimentos físicos, lo tenía por brujo” (Enciclopedia Americana, entrada
Gerberto) y eso que ya había sido creado Papa con el nombre de Silvestre II.
En
la Enciclopedia Americana, leemos:
De los tres puentes –España, Sicilia y la Siria de los Cruzados- por los cuales
el conocimiento musulmán y la cultura árabe entraron en Europa, fue España
indudablemente el más importante. Estos elementos, sin exagerar, contribuyeron
de forma vital al redespertar de Europa y la pusieron en camino del progreso
moderno
(entrada Middle East).
Como se conoce, Europa en esa época además de absorber la cultura árabe (y por
lo tanto hindú y griega) hace un giro manifiesto hacia la centralización con la
instalación de las monarquías y la trabajosa formación de los Estados
nacionales. Y ese movimiento del péndulo en el punto más extremo de su
trayectoria, consistentemente centrado por las fuerzas del hilo y la gravedad,
tiene que expresarse en el espíritu del arte. Aparecen las grandes cúpulas como
en los tiempos romanos. Aparecen las composiciones en triángulo del Renacimiento
con Cristo en el vértice y las Tres Marías en la base. Y aparece la Mona Lisa de
Leonardo da Vinci.
Este retrato refleja también el espíritu centralizador que anima la época, solo
que tan maravillosa y sutilmente tratado que sentimos su belleza, pero es
dificultoso el descifrarla. Comencemos por sus manos entrelazadas y sus
antebrazos, constituyen la base de un triángulo cuyo vértice se instala en la
cabeza de la dama. Pero después da Vinci cubre sus vestiduras con tonos oscuros
de manera que damos con el escote iluminado y más arriba, el rostro.
En este movimiento de nuestros ojos es difícil advertir que la caída de los
bucles por los hombros de la señora constituyen los lados de un nuevo triángulo
cuyo vértice cae en la mejilla izquierda de la dama. Así que aparece este nuevo
triángulo con base en el escote y vértice exactamente en la mejilla izquierda de
la mujer, o sea, los lados de este nuevo triángulo llevan inconscientemente a
nuestros ojos hacia su mejilla izquierda. René Berger (1969) decía muy bien que
la importancia de este retrato radica en su modelado.
Esa mejilla izquierda es
la cúpula que domina el resto del rostro. O sea hay una nueva piramidación con
vértice en el pómulo izquierdo, ahora en las tres dimensiones que sugiere el
modelado. Igual que la cúpula de Santa Sofía domina las demás cúpulas que la
acompañan, la cúpula de la mejilla izquierda –con el punto más brillante de las
prominencias del rostro- domina la cúpula de la ceja, las cúpulas de la frente y
del mentón. El específico semiperfil que le da Leonardo hace desaparecer la
proyección que constituirían el mentón y sobre todo la nariz si la mujer hubiese
ladeado un poco más la cabeza. Entonces, para que esa mejilla sugiera la cúpula
dominante, la sonrisa no puede ser más abierta pues esa mejilla quedaría
contraída de una forma demasiado patente. El toque enigmático de la sonrisa,
tomado por Leonardo de su maestro Verrochio, es solo un distractor, debemos
concentrar nuestra observación en el pómulo al ver la pintura.
La Mona Lisa no es un retrato inacabado, como han dicho algunos, toda la vida
costó a Leonardo dar los sucesivos retoques para que el efecto de la mejilla
fuera sugerente y no ostensible, con lo cual se hubiera acabado el arte. Por
ello hay quien ha observado que el retrato se parece algo al propio pintor:
muchas veces tuvo Leonardo que mirarse en el espejo, pincel en mano y ya sin la
modelo delante, para resaltar la mejilla en su justo término.
Otros hay que han concluido que la modelo tendría parálisis en la mejilla
derecha, porque allí el pintor casi no pudo contraer el pómulo, con lo cual el
efecto de la mejilla izquierda se habría también acabado. Por eso se interrumpe
el horizonte: a nuestra derecha es más alto y a nuestra izquierda es más bajo,
para dar la impresión de que el pómulo izquierdo es mirado desde abajo –y con
ello resalta- y el pómulo derecho es mirado desde arriba –con lo cual se
aplana-. Y también por eso, como se sugiere en cierta popular novela de
aventuras, extendió un poquito más de lo natural la mejilla derecha: para
resaltar su planitud en contraste con el domo de la izquierda y que así toda la
subordinación piramidal de la monarquía y el papado quedara establecida.
EL BARROCO, CULTIVADORES DE MAIZ, PAÑEROS, INDUSTRIALES
El estupendo desarrollo de las ciencias durante las monarquías conduce a un
conocimiento más exacto por el ser humano de la realidad con la que trabaja, los
centros de enseñanza e investigación pasan a depender de los reyes y son las
monarquías las que pueden subvencionar los largos y aventurados viajes.
Cristóbal Colón no consiguió de ninguna sociedad mercantil italiana el
financiamiento del viaje a Catay, las colonias portuguesas en la India fueron
epopéyicamente establecidas por los monarcas portugueses. De América no solo oro
y plata llegó a Europa, sino también una diversidad de plantas que incrementaron
la cantidad de alimentos debido a sus propiedades.
Parias et al:
La más célebre es el maíz (...) Es un alimento tanto para hombres como animales,
y muy especialmente para aves de corral(...) para el trabajo campesino las
consecuencias son considerables (...) el campesino cuenta ahora con dos cosechas
anuales en vez de una. El nuevo cultivo mejora el suelo y beneficia al del trigo
(...) la nueva agricultura modifica el ritmo de su existencia. Desaparecido el
barbecho, llega la hora de la sucesión ininterrumpida de los laboreos. (1965, T
II, pp.364-365)
El desarrollado conocimiento de la Mecánica hace posible el progreso de
herramientas y maquinarias. Y estas permiten a su vez aprovechar con más
eficiencia la fuerza del viento, del agua, la animal y la humana. En la
fabricación de paños hay ahora máquinas para ejecutar el cardado, hilado,
devanado, tejedura, batanado y prensado. Algunas máquinas de los talleres se
mueven con la fuerza del agua. Las herramientas manuales se multiplican y hacen
el trabajo con más exactitud y productividad. Llega el momento que resulta más
eficiente concentrar todas esas labores especializadas en locales amplios –a
veces se habilitan para ello antiguas iglesias- que continuar trabajando en los
hogares de forma independiente o en talleres pequeños. Así aparecen las
fábricas. “La originalidad de la época moderna en la historia textil y la que
hace a esta industria motriz de los siglos XVI y XVII es la organización del
trabajo que puede establecerse en las fábricas” (Parias et al, 1965, T II, p.
392).
Y si es cierto que los monarcas establecen factorías reales lo es más que existe
un sujeto a quien le es posible manejar mucho mejor esta fuente económica: el
industrial. Es el antiguo comerciante enriquecido que se ha convertido en
banquero y prestamista incluso de las monarquías para financiar sus guerras, y
ahora invierte su dinero en la instalación de grandes factorías.
El monarca tiene recursos, pero para garantizar los Estados nacionales recién
conformados e incrementarlos, se involucra en guerras continuas de las cuales
salen beneficiados los prestamistas de todos los países beligerantes igualmente.
Los núcleos de descentralización que constituyen los industriales agrupan por
igual desde artesanos hasta artistas (piénsese en los tapices), es más, se
disputan los maestros de oficios mejor calificados y se disputan los eventuales
mercados.
Esta especie de guerra sorda entre ellos impulsa la producción.
Pero el rey limita su desenvolvimiento. Si Colbert, ministro de Luis XIV en
Francia, hace prosperar en el país una industria de lujo muy rentable (artículos
pequeños, fáciles de transportar y caros) como tapices, porcelanas y encajes,
por otra parte anula la iniciativa privada del industrial con una infinita
cantidad de reglamentos normativos que rigidizan la forma en que pueden
fabricarse los productos (reglamentos más destinados al fisco y al
proteccionismo que a garantizar la venta mediante la calidad del producto).
Así que príncipes y reyes no pueden por naturaleza llevar a cabo una tendencia a
la descentralización y este espíritu penetra en el arte. Se requieren por lo
menos dos núcleos desligados o antagónicos entre sí y que ambos agrupen los
elementos similares resultantes de la anterior centralización. Un artista
italiano se inflama de la nueva estética y produce una obra de arquitectura
destinada a ser eterna, Gian Lorenzo Bernini (1598-1690) y su pórtico de San
Pedro. Las plazas en el barroco son muy importantes porque proyectan la iglesia
hacia la ciudad. La plaza de Bernini es elíptica y como todas las elipses, posee
dos focos. Si el paseante está en el centro de la elipsis, ve una columnata que
encierra la plaza muy uniformemente distribuida. Conforme el paseante se mueve
desde el centro hacia uno de los focos, al mirar hacia el cuadripórtico van
apareciendo las columnas de una hilera de atrás, escondidas para su vista cuando
se hallaba en el centro.
Finalmente, llegado al foco de la elipsis, las columnas de la hilera de atrás
cubren los espacios vacíos que hay entre una y otra columna de la hilera
delantera, lográndose un nuevo esquema de uniformidad en la columnata. De esta
manera el centro de la elipsis genera una imagen del cuadripórtico griego pero
el foco de la elipsis genera otra distinta, y el espectador no se siente deudo
del espacio, como bajo una cúpula del Renacimiento. Esta tendencia a la
descentralización se agudiza en la pintura romántica del siglo XIX, por ejemplo
en Delacroix, donde varios centros de subordinación se disputan el cuadro, sin
embargo el color sirve de nexo entre las diferentes partes evitando la completa
descentralización de la pintura.
Dos monumentales obras del barroco plasman genialmente la nueva estética, como
hizo Bernini con su pórtico: “La Ronda Nocturna” de Rembrandt y “Las Meninas” de
Velázquez. En el primero la disposición del conjunto de figuras atrapa
inmediatamente al espectador y lo incorpora como parte del pueblo que presencia
la comitiva. En “Las Meninas” el efecto merece un análisis detallado. Los dos
núcleos subordinantes se inscriben en el espacio de claridad del plano delantero
(la princesa y sus meninas) y en el de oscuridad cada vez mayor conforme se va
pasando hacia el fondo de la habitación.
En el espacio oscuro del fondo se
inserta una puerta abierta por un aristócrata a la luz de otra habitación lo
cual conduce de inmediato la vista hacia el espejo adyacente, casi en el centro
de la oscura pared del fondo. Por el contrario el pintor constituye una zona
oscura adyacente a la intensa claridad del primer plano. Quedan así plasmados
por contraste dos puntos de atención que, una vez contempladas la princesa y las
meninas, centran todo el cuadro: el espejo que supuestamente refleja a los
monarcas (una de las meninas comienza a realizar una genuflexión) y el propio
rostro de Velásquez, que mira algo. Ahora bien, ¿son los monarcas del reino los
reflejados en el espejo del fondo? Un rey y una reina merecerían un lugar más
destacado o por lo menos el reconocimiento indudable de sus facciones.
El
comienzo de la genuflexión en una de las meninas nos indica que la pareja acaba
de llegar, pero solo están esbozadas las figuras de la pareja real. No se
reconocen con exactitud porque no es posible que queden definidos allá en el
espejo del fondo. Sin embargo Velásquez, ¿las está mirando? Eso parece. La
mirada de Velásquez está fija en el lugar donde apareciera un externo espectador
del cuadro. Acoge, como Rembrandt, el espacio exterior del cuadro (y también lo
hace la disposición de las figuras del primer plano e incluso sus actitudes). ¿A
quién mira Velásquez? ¿A los reyes? ¿Son otras que los reyes las personas
reflejadas en el espejo? ¿Quién ha llegado? Sí, el pintor lo está mirando a
usted, al pueblo, a través de los siglos. A usted, en el lugar del rey.
IMPRESIONISMO Y MODERNIDAD
Según Pierre Francastel (Padrón, 1999, p. 7), esta época fue la primera etapa en
la destrucción de la concepción tradicional del espacio que tuvo su origen en el
Renacimiento. Y así debe ser, pues son tiempos de descentralización y por lo
tanto diametralmente opuestos a la centralización renacentista. En lugar de una
disposición triangular, ya sea en primer plano o en la magnífica perspectiva de
“La Ultima Cena” de Leonardo, el Impresionismo trae el fondo al primer plano, lo
confunde con él haciéndolo claro con lo cual desaparece la perspectiva incluso
aérea.
En palabras francas, todos los planos merecen igual importancia. Y esto es
válido tanto para el Impresionismo, digamos Monet y su “Parlamento de Londres”,
como para el postimpresionismo de Cezanne, quien en sus bodegones quiebra la
perspectiva y podemos verle el fondo a una fuente de mesa que está al nivel de
nuestros ojos, y válido también en el arte cubista donde absolutamente todos los
planos tienen igual reparto y puede verse incluso el ojo escondido de una señora
que está de perfil. En cuanto al color, en el “Almuerzo sobre la Hierba” de
Manet, la espalda de la joven desnuda presenta reflejos morados. Ninguna espalda
tiene tintes morados pero sí una espalda pintada, ¿por qué no?. ¿No merece el
color morado igual importancia que el rosa? ¿No contrasta bien con el blanco
rosa? ¿No armoniza mejor este color con el entorno boscoso? Son tiempos en que
todos los colores y formas reclaman igual presencia.
Esto nos recuerda la pareja simetría de las mezquitas, la abstracción en los
cornisamentos que hacía al escultor árabe partir y convertir las hojas de acanto
griegas realizadas en los frisos de antiguas columnas que aprovechaba, en
figuras abstractas. Y después del Impresionismo y el Postimpresionismo, después
de casi todos los “ismos”, debía entonces darse un paso más y hacer desaparecer
las formas de los seres y objetos naturales porque solo así podía acudirse a la
fusión de formas geométricas con lo que ninguna de ellas centralizaría nada.
Malevich, quien llevó el arte figurativo hacia la abstracción absoluta nos
cuenta, según Micheli:
Cuando en 1913, mientras realizaba esfuerzos desesperados para liberar el arte
del lastre de la objetividad, me refugié en la forma del cuadrado y expuse un
cuadro que no representaba otra cosa que un cuadrado negro sobre fondo blanco
(...) lo que yo había expuesto no era un cuadro vacío sino la percepción de la
no-objetividad”. (1967, p. 232)
Realmente lo que hizo Malevich fue traer las formas geométricas a la
objetividad, porque liberan al pintor para insertar en el cuadro los colores
cuyo gusto estético mejor convenga lo cual no puede hacerse libremente si
representa un ser u objeto modelo. Y el traer al cuadro los colores más
apropiados y las formas que mejor guste, permite que aparezcan todas las formas
y colores y no que predomine obligadamente el verde o el azul cada vez que se
representa un paisaje o una marina.
Quien inicia este movimiento es el Salón de los Rechazados en París, y
particularmente Eduard Manet (1832-1883). Leemos en Hunter:
El almuerzo sobre la hierba devino pronto en el escándalo del nuevo salón (...)
Manet había turbado al público al tomar el tema clásico de ciertas figuras en un
paisaje, basado en un grabado renacentista de Marcantonio Raimondi y colocarlas
vestidas –y desvestidas- a la usanza actual. Había insertado a una joven desnuda
en compañía de dos caballeros completamente vestidos (...) y el público encontró
el realismo encantador y candoroso de Manet indecente (...) sin embargo, cuando
Cabanel ese mismo año exhibió en el salón oficial una Venus mucho más sugestiva
que la figura de Manet (...) hubo poca reacción.
El lustroso academicismo de la
obra fue ampliamente admirado, y trajo a su creador honores públicos.
Probablemente el público se sentía tan ofendido con los métodos de peinture
claire de Manet como con el contenido de la obra. En lugar de seguir la práctica
prevaleciente de modelar con muchos valores de gradaciones desde la luz a lo
oscuro, Manet lleva a cabo un color límpido y relativamente no modelado en
contrastes tonales planos y dramáticos. Realmente, lo que Manet había hecho era
destrozar muchas convenciones. (1956, Cap. I, p. 16)
Y en Seller:
Manet no solo fue renovador del contenido, sino también de las formas: creó
superficies de color unidas, elevó el horizonte de modo inusitado, separó la
masa de las figuras del segundo plano. (1989, p. 26).
En el Almuerzo sobre la Hierba la muchacha encorvada recogiendo algo y que está
al fondo, es totalmente clara ella y su entorno, con lo cual todo ello es traído
de golpe a primer plano. Manet pintó un bodegón completamente académico en la
esquina izquierda del cuadro tal vez para evitar que lo tacharan de desconocedor
de conceptos elementales, pero de todas formas fue furiosamente criticado. El
hecho de no modelar la espalda desnuda sino traer el blanco casi puro con
sombras moradas en una espalda daba algo así como carta de ciudadanía a los
demás colores que no existieran en un modelo natural, y ello es lo que hace
explotar a la crítica y no el desnudo en sí mismo.
Hunter:
De la noche a la mañana ganó Manet un enorme prestigio, el prestigio del
ridículo. Pero las grandes innovaciones de Manet y su posición en despliegue de
batalla reunieron a pintores fundamentales a su lado. Pronto fue algo así como
un héroe del arte. Era el principio de su amplio reconocimiento como guía de la
vanguardia en arte.
(1956, p. 34).
Entonces, ¿es desconsuelo lo que esconde la expresión de doña Lisa Cherardini?
¿Por qué su mejilla derecha es flácida, por qué el cambio de horizonte en el
cuadro? Y la Venus de Milo, ¿son tan sugerentes sus caderas que pueden
hipnotizar a través de los siglos sin saber por qué? ¿Qué condición de belleza
distingue la mezquita de Córdoba del Panteón romano? ¿Por qué serán eternos los
planos alterados del cubismo, quién mira a quién en Las Meninas? Y, aún más
importante, ¿qué relación guardan esas obras maestras con el trabajo de los
campesinos atenienses, los herreros romanos, los artesanos indios o los laneros
españoles? Es probable que ahora podamos responder estas preguntas.
BIBLIOGRAFÍA
Azcárate, Nicolás de. Política ,de Aristóteles. Tomado de la Biblioteca Virtual
Miguel de (Cervantes.
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Hunter, S. (1956) Modern french painting, New York: Dell Publishing Co.
Micheli, M. (1967) Las vanguardias artísticas del siglo XX, La Habana: UNEAC.
Millard, R. (1967) Diccionario universal del arte y los artistas, Barcelona:
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Padrón, S. (1999) Curso de introducción a la historia de las artes plásticas, La
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Parias, L-H., Nougier L-R., Sauneron, S., Garelli, P., Bourriot, F. & Rémondon,
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Perroy, E., Auboyer, J., Cahen, C., Duby G. & Mollat M. (1966) Historia general
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Pijoán, J. (1932) Historia general del arte. Madrid: Espasa-Calpe.
Pijoán, J. (1996) Summa artis. Madrid: Espasa-Calpe.
Séller, K. (1989) La pintura francesa del siglo XX. La Habana: Arte y
Literatura.
The Encyclopedia Americana (1959), New York-Chicago-Washington D.C.: American
(Corporation.
AUTOR
Alberto Pérez-Delgado Fernández.
Licenciado en Física, ISPEJV.
Graduado en la especialidad de Pintura, San Alejandro.
Graduado en Seguridad Industrial, Instituto de Ingeniería, Eisleben, Alemania.
Investigador de profesión, con varios textos y artículos publicados.
Datos Personales:
ieit@ceniai.inf.cu
apd@7620yahoo.es
Nacido en La Habana, Cuba, en 1942.
Biografía del autor.
Laboro desde hace catorce años como investigador auxiliar en el Instituto de
Estudios e Investigaciones del Trabajo. Me gradué en 1972 en Ciencias Físicas
por la Universidad de La Habana y en 1977 en la especialidad de Pintura en la
Escuela Nacional de Bellas Artes “San Alejandro” en La Habana. He publicado
varios textos docentes en temas laborales y actualmente tengo uno en prensa,
como coautor, para la Facultad de Ingeniería Industrial. He participado como
ponente en diversos eventos nacionales e internacionales en el tema Trabajo.
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Publicación enviada por Alberto Pérez Delgado Fernàndez
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Publicado Wednesday 28 de May de 2008
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