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Diagnóstico y caracterización de la familia del niño y la niña con diagnóstico de retraso mental
Resumen: La vida en familia discurre por disímiles momentos, pero el nacimiento de un niño o de una niña, es un acontecimiento clave para los padres, quienes comienzan a imaginar cómo será ese nuevo miembro y qué efecto causará, así como el nuevo rol...
Publicación enviada por Dr. C Ángel Luis Gómez Cardoso y MSc. Olga Lidia Núñez Rodríguez
La vida en familia discurre por disímiles
momentos, pero el nacimiento de un niño o de una niña, es un acontecimiento
clave para los padres, quienes comienzan a imaginar cómo será ese nuevo miembro
y qué efecto causará, así como el nuevo rol que les corresponde desempeñar a
partir del nacimiento del bebé, incluyendo la responsabilidad de la satisfacción
de las necesidades materiales y, sobre todo de su cuidado general.
Es incuestionable que al nacer ese nuevo miembro se producen cambios y
reestructuración de las funciones de los padres, hijos o demás integrantes en el
contexto familiar; pero en el caso de un niño o niña con diagnóstico de retraso
mental (RM), las expectativas familiares se transforman y, como consecuencia,
las relaciones interpersonales entre progenitores y, en ocasiones, entre todos
los miembros de la familia pierden su armonía y equilibrio emocional
Autores como J. Perera Mezquida (1995) consideran que ¨…ante la presencia de un
miembro con cualquier tipo de discapacidad, la familia, si no ha asimilado el
hecho, se vuelve vulnerable y las expectativas familiares cambian, produciéndose
toda una serie de sentimientos complejos, contradictorios y difíciles de
explicar y con las consecuentes interrogantes: ¿Cómo ha podido ocurrir?, ¿Qué
hemos hecho?, ¿Por qué ha sucedido?¨
Es por ello que la familia del niño y la niña con diagnóstico RM es aquella
estructura funcional básica donde se inicia el proceso de socialización y a
partir de la cual se comienza a compartir y fomentar la unidad de sus miembros,
con la consiguiente aceptación, respeto y consideración. Es, en última
instancia, donde se debe favorecer la diversidad, y propiciar un estilo de vida
que potencie y desarrolle al niño y a la niña con diagnóstico de RM, sobre la
base de la armonía, la seguridad, y la estimulación, con el propósito de
satisfacer sus necesidades (Gómez Cardoso, A.L.1997).
Las siguientes consideraciones son elementos distintivos que destacan la
importancia de la familia en comparación con las otras definiciones:
· Se reconoce a la familia como el ámbito de socialización de los hijos porque
es base de numerosas relaciones sociales, el espacio donde se garantiza la
unidad de sus miembros - cada uno con características, aptitudes y necesidades
diferentes – por considerarse la estructura funcional básica con posibilidades
para el crecimiento y el desarrollo de la persona.
· Se destacan conceptos básicos en la atención a estos niños(as) y sus familias,
entre ellos: seguridad, confianza, una postura de acercamiento y comprensión,
armonía, estabilidad del hogar, aceptación, respeto, consideración y tolerancia.
· Se acentúa el hecho de situar al educando con diagnóstico de RM en el centro
de la atención familiar (de todos sus integrantes), no con fines de
sobreprotección, sino de la búsqueda de la normalización y la integración
social, sin distinciones en relación con otros niños y niñas ni con sus propios
hermanos, si los hubiera, de modo que no se limiten sus posibilidades en la
adquisición de capacidades y habilidades sociales y, por lo tanto, en su
autonomía.
· Se potencian los aspectos positivos y generadores de máximo desarrollo
mediante la atención a este escolar, con énfasis en la evolución normal de
acuerdo con su grupo etáreo y sin la tendencia a la valoración exclusiva de la
desviación, logros que, finalmente, repercuten de manera satisfactoria en la
dinámica interna de la familia.
· Se favorece la diversidad, entendida como el gran desafío del nuevo milenio:
tolerancia, aceptación de las diferencias e integración de las mismas en metas
comunes que satisfagan las necesidades de todos y permitan a estos pequeños y
sus familias encontrar un lugar en el mundo y ejercer sus derechos como miembros
de la sociedad.
Habitualmente, todos los padres reaccionan con una conmoción y tristeza profunda
ante la noticia del nacimiento de un hijo(a) con diagnóstico de RM. Como expresa
P. L. Castro Alegret (1995), ¨ (…) el descubrimiento de la discapacidad en un
momento temprano de la vida del hijo lo vivencian los padres como una pérdida
muy dolorosa, constituyendo una gran lesión al concepto que tienen de sí mismos,
o como señalan varios autores, una herida narcisista. Ellos se pueden cuestionar
o perder las esperanzas en torno al hijo y al ideal de familia que tenían
formado. ¨
Dicho de forma general, y por nuestra experiencia en esta temática por las
investigaciones realizadas previamente, las familias suelen sentir:
· conmoción ante algo totalmente inesperado que da al traste con los ideales
planteados de los padres;
· negación y, por tanto, autoengaño para no aceptar lo que realmente es
evidente;
· tristeza, aflicción, pena y vergüenza, no sólo por el niño y la niña, sino por
ellos mismos, al considerar el fruto de la unión como una construcción personal
imperfecta;
· ansiedad, hostilidad y rechazo hacia el hijo(a), la familia y hasta la
sociedad;
· sentido de la culpa que desencadena un proceso de culpabilidades y la idea de
un embarazo no deseado por ambas partes.
Los padres, y en particular las madres, experimentan reacciones emocionales
diversas que se traducen en posturas muy diferenciadas según las características
individuales. Existen tres rasgos de actuación que conducen a emociones
extremas, a saber:
· El inicio de lo inesperado.
· La aparición de la depresión y la tristeza.
· El momento de afrontar la realidad.
El impacto inicial de lo inesperado proviene del cambio repentino del concepto
que los padres tienen de sí mismos, de la familia y del futuro. En sentido
general, los padres albergan grandes esperanzas con los hijos(as), pero al nacer
un niño o niña con diagnóstico de RM, las expectativas se frustran. Sufren un
fuerte trastorno emocional y confusión al conocer el ¨problema¨ del hijo(a). En
este sentido, si dolorosa es la noticia del diagnóstico en el momento del parto,
más traumática es aún cuando se sabe tardíamente. La forma en que se comunica a
los padres el diagnóstico de su hijo(a), agudiza el impacto inicial de lo
inesperado.
Los padres se enfrentan a una situación de conflictos que termina en depresión y
tristeza y genera sentimientos de angustia y grandes problemas personales. Como
todos los progenitores sienten el deseo y la obligación de amar al hijo,
acariciarlo, protegerlo, mimarlo; pero, en ocasiones, los sentimientos son
ambivalentes y llegan hasta el rechazo.
En estos casos, surgen situaciones bien determinadas en cuanto a la posición
adoptada por la familia: la no aceptación del “problema” y la aceptación del
mismo.
Las familias que adoptan desde el inicio la postura de la no aceptación se
distinguen por ser por un lado, evasivas, escapistas, inmaduras; negativas ante
la evidencia, el diálogo y la búsqueda de alternativas a favor de la aceptación,
mientras que por otro toman la discapacidad como algo irreparable, sin solución
ni posibilidades de alcanzar una situación normal. Estas posturas conducen a
otras actitudes que entorpecen a largo plazo el desarrollo integral del niño o
de la niña como persona. Entre ellas, cabría mencionar:
· La protección excesiva: Amparan excesivamente al niño o a la niña dentro y
fuera del ámbito familiar.
· El rechazo: Son incapaces de valorarlos del mismo modo que a los otros
miembros de la familia.
· El abandono: Muestran un rechazo absoluto; se despreocupan no sólo del trato,
sino también de los cuidados físicos y las atenciones primarias.
· La escasa valoración: Son incapaces de valorar las posibilidades y aptitudes
del hijo(a). El trato constante y permanente como si fuera un niño pequeño
perjudica y afecta considerablemente el proceso de maduración del hijo(a).
· Las falsas expectativas: En su anhelo de no aceptar la realidad, esperan y
exigen más de lo que los hijos(as) pueden dar, y provocan situaciones de
frustración y desánimo perjudiciales para la relación interfamiliar.
Las familias que asumen la postura de la aceptación, adoptan una actitud más
realista, toman conciencia de las posibilidades y las limitaciones de los
hijos(as), favorecen y potencian al máximo sus capacidades y, por consiguiente,
buscan las vías para alcanzar la integración y la normalización del niño(a) en
la sociedad.
En este caso, los padres logran resolver su crisis de valores, aceptan al hijo(a)
tal cual es y le proporcionan el mismo amor que al resto de los hijos(as), si
los hubiera. Gracias a la aceptación, se establece el equilibrio entre el
reconocimiento de las limitaciones del menor y los recursos necesarios para
contrarrestarlas.
El momento de afrontar la realidad señala el inicio de la aceptación. Los padres
deben ocuparse también de realidades más concretas: económicas, sociales,
educativas, etc.
La vida de la familia, generalmente, se torna aburrida, monótona. El círculo de
amistades disminuye y también las actividades en el tipo libre.
La mujer se iguala al hombre en las actividades laborales y sociales; sin
embargo, en el hogar no siempre es así. Al nacer el hijo(a) la madre es, por lo
general, quien abandona todo tipo de responsabilidades excepto las propias del
hogar y el cuidado del hijo(a), sobre todo en las edades más tempranas. Tal
situación se agudiza aún más para la madre con un hijo(a) con diagnóstico de RM,
como la única encargada de su atención dados los criterios familiares de que
sólo ella sabe cómo tratarlo y atenderlo, controlar sus medicamentos, sus
actitudes y su alimentación.
Una reacción típica después del primer período de crisis, según nuestra
experiencia durante más de veinte años en la labor de investigación y
diagnóstico, es la de buscar muchas y variadas opiniones de diversos
especialistas para hallar una respuesta que niegue el diagnóstico inicial e
incluso el pronóstico.
Es fácil intuir hasta qué punto un hijo con diagnóstico de RM pone a prueba la
estructura de la familia. La carga emotiva y de trabajo, de por sí engorrosa en
condiciones normales, se hace difícilmente tolerable cuando el hijo(a) provoca
graves preocupaciones por su estado de salud. Las necesidades de atención y
ayuda aumentan extraordinariamente. La igualdad de la pareja, la notoria
nuclearidad de la familia contemporánea y la persistente dependencia de los
hijos(as), son otros tantos puntos neurálgicos sobre los cuales la fuerza
perturbadora de la información-diagnóstico incide con efecto desestabilizador.
Sin lugar a dudas, el párrafo anterior enuncia las principales causas
ocasionadas por cambios en las relaciones interpersonales y conduce a la
reflexión de brindar una mayor cobertura a la familia en la búsqueda de apoyo y
preparación. A la familia no se le debe dar soluciones, sino caminos y
perspectivas de trabajo (Castro Montero, 1996).
La situación misma de la familia no orientada provoca, en la mayoría de los
casos, el olvido y la desatención de los hermanos llamados “normales” para
dedicarle casi todo el tiempo al de la discapacidad, porque “él lo necesita
más”. En ocasiones, las exigencias de los otros hijos(as) afectan los lazos
afectivos con estos a favor del que sufre el diagnóstico de RM. Las
características más comunes de esta situación son las siguientes (Vidal Lucena,
1995):
· La disminución de la atención emocional y física debido a la dedicación que
requiere el niño o la niña con "problemas".
· La distribución de los roles o papeles de atención: la madre al niño o niña
con RM y el padre u otro familiar al resto de los hermanos.
· Las responsabilidades adjudicadas a los hermanos normales para la atención y
el cuidado del otro.
· La disminución de las relaciones de juego entre hermanos.
· Las rivalidades por las atenciones desviadas al otro hermano con diagnóstico
de RM.
· La evasión de las relaciones con el hermano que presenta esta discapacidad.
· La disminución del tiempo de ocio y los paseos sociales.
Por otra parte, cuando el niño o la niña con diagnóstico de RM es el
primogénito, aparece el miedo, lógico por demás, a volver a procrear. En un
sinnúmero de casos, los padres deciden tener un solo hijo(a) o, en ocasiones,
recurren a la adopción como la forma de aumentar la familia sin temores ni
riesgos (Vidal Lucena, 1995).
Normalmente, las personas asumen una actitud lastimera, “cariñosa”,
sobreprotectora o, simplemente, cohibida por el desconcierto provocado por las
pocas habilidades ante otras personas con diagnóstico de RM. Raras veces se
detienen a pensar en lo que sienten y piensan esas personas. Si no se aborda el
tema directamente con ellos, es imposible ofrecer respuestas a esas actitudes.
María Victoria Gallardo Jáuregui plantea que la autopercepción nace (y sólo
puede nacer) de comparaciones directas, pero también nace de la manera diferente
conque las personas significativas se relacionan con nosotros y con las demás
(Gallardo Jáuregui, 1994).
El planteamiento anterior es el eje central para valorar la dependencia entre el
trato y las actitudes con los niños y las niñas con diagnóstico de RM y la
percepción de las características de los mismos en el seno familiar, con el
objetivo de favorecer una actuación no sólo tolerante y comprensiva, sino
tendente al desarrollo continuo y sistemático de las habilidades de esos niños y
niñas.
Los especialistas (Castro Alegret, 1997, Torres González, 2005, Gómez Cardoso,
2007) entre otros, coinciden en que la evaluación de la familia con hijos con
algún tipo de necesidad educativa especial debe realizarse lo más tempranamente
posible, con la finalidad de intervenir en la formación de actitudes parentales
que contribuyan al logro del equilibrio emocional, después del sufrido por el
nacimiento del niño y de la niña con diagnóstico de RM; por otra parte, evitar
un diagnóstico que encasille desde un inicio a esa familia.
En este sentido, son muy interesantes las reflexiones de PL Castro Alegret
(1995), cuando expresa que al trabajar con la familia, en la educación especial
se emplean términos tales como "caracterización", "diagnóstico" y "evaluación"
sin una clara distinción, ni una suficiente fundamentación científica. Y a
renglón seguido puntualiza:
1- A los efectos del trabajo pedagógico, se requiere tener un conocimiento de
los alumnos que están en la escuela especial mediante una rápida identificación
de las características de sus familias. Se presume que toda característica de la
familia o del hogar que pueda afectar al hijo con necesidades educativas
especiales debe considerarse en su educación compensatoria.
2- Por otra parte, se necesita un diagnóstico de los alumnos y, por ende, una
evaluación más profunda de los padres, lo cual se lleva a cabo con la
colaboración de profesionales especializados que se apoyan en un enfoque teórico
del asunto, emplean ciertos procedimientos metodológicos de su disciplina
científica, y valoran a los alumnos mediante clasificaciones sustentadas en
dicho diagnóstico.
3- Continuamente se evalúan cualidades de los sujetos de nuestra educación y de
sus padres, así como los resultados que alcanzan, las dificultades que pueden
presentar, etc. La evaluación está presente en el diagnóstico, pero también se
utiliza para la caracterización.
Sin lugar a dudas, el estudio de los términos utilizados obliga a separarlos
conceptualmente para entender el por qué de cada uno de ellos. Sin embargo, los
mismos se combinan, se retroalimentan, se condicionan el uno al otro, es decir
tienen un carácter cíclico en la cotidianidad y en la práctica sistemática.
Generalmente, se parte de un diagnóstico con un carácter tentativo, presuntivo,
que conduce a una evaluación inicial, la cual después de enriquecida, presupone
la actualización del diagnóstico. En ambos casos, se precisa de la
caracterización sistemática para describir y sistematizar todo lo que se ha
constatado desde diferentes puntos de vista en la propia cotidianidad mediante
la indagación y la recopilación basadas en el desempeño de la familia en su
labor educativa.
De acuerdo con PL Castro Alegret (1999), la evaluación de los padres o el
sistema familiar es una actividad científica que requiere sistematicidad, no es
algo ocasional, sino todo un plan con procedimientos, métodos e instrumentos
previamente determinados, es decir, asumidos o determinados intencionadamente
con anticipación. También se requiere definir con anterioridad la concepción
sobre la familia sustentada por la evaluación, las muestras de comportamiento
que se tomarán, así como los aspectos de tiempo y frecuencia, los lugares donde
se desenvuelven los integrantes de la familia y manifiestan los comportamientos
observados.
Es por ello que innegablemente, al comparar la evaluación con el diagnóstico es
fácil deducir que las aspiraciones de este último van más allá, por cuanto lo
que se desea es comprender a la familia mediante un sinnúmero de evaluaciones.
Se trata entonces de evaluar y diagnosticar a la familia del niño y la niña con
diagnóstico de RM con vista a diseñar y establecer una serie de acciones
educativas que faciliten su preparación para la actuación diaria con su hijo(a),
porque, a pesar de que la conceptualización de la familia y su funcionamiento se
han abordado en varias publicaciones desde los años 90 del pasado siglo, aún no
hay un modelo teórico sobre el funcionamiento familiar que se aplique en la
práctica del diagnóstico y la atención a la familia en los diversos espacios
profesionales. Sin un modelo aceptado por la generalidad de los profesionales,
se hace difícil avanzar en la evaluación y el diagnóstico de las familias de los
niños y las niñas con diagnóstico de RM.
Existen razones suficientes para redimensionar el papel a desempeñar por esta
clase de familia en el desarrollo de sus miembros, el conocimiento de ésta, su
evaluación y diagnóstico; de ahí que se proponga la siguiente: estrategia
educativa para la caracterización, diagnóstico y preparación de la familia del
niño y de la niña con diagnóstico de retraso mental (Gómez Cardoso, 2007).
Vale la pena señalar que se trata de una estrategia con carácter educativo,
orientada a la búsqueda constante de posibilidades y recursos para, de acuerdo
con las necesidades, diseñar acciones dirigidas al cambio que favorezca a las
familias con disfunciones a partir del nacimiento o la información del
diagnóstico del niño(a) con retraso mental. El diseño de esta estrategia implica
también la articulación dialéctica entre las etapas concebidas, a saber: la
identificación y el estudio multidisciplinario, el diagnóstico y definición de
las necesidades, la aplicación de acciones educativas, el seguimiento
sistemático de las acciones diseñadas y la evaluación y actualización del
diagnóstico inicial, así como de las metas a alcanzar que respondan a dos
interrogantes: ¿para qué deseamos solucionar el problema? y ¿cómo pretendemos
solucionarlo?
La concepción de dicha estrategia se basa en fundamentos teóricos, metodológicos
y éticos a partir de los cuales se organiza cada acción destinada no sólo a
transformar la realidad, sino también a los sujetos protagónicos implicados. Es,
además, una estrategia flexible que puede ser utilizada por la familia en
función de las particularidades de los niños y las niñas y de las
características muy peculiares de cada una de ellas. Como objetivo cardinal se
propone propiciar el cambio en la dinámica disfuncional de la familia, y en sus
protagonistas esenciales, a fin de lograr una familia armónica y equilibrada
desde el punto de vista emocional con la puesta en práctica de actividades de
carácter educativo dirigidas fundamentalmente a preparar a los padres para que
adopten una actitud más positiva al aceptar y creer en las posibilidades reales
de su hijo(a).
Como en toda estrategia, se aprecia un proceso de toma de decisiones que
comienza a partir de la necesidad existente materializada en la concepción de
las distintas etapas concebidas; continúa con la aplicación de acciones; se
regula a partir de los imprevistos que aparecen y finaliza con el cumplimiento
del objetivo propuesto o la determinación de la imposibilidad de alcanzarlo en
los términos esperados dada la valoración de lo realizado. De ahí su carácter
cíclico como eslabón primario, que conlleva a la permanente autorregulación en
función de las inferencias, las predicciones, las anticipaciones, los cambios,
las reformulaciones, etc. y, todo ello, en estrecha correspondencia con la
búsqueda del logro de los objetivos trazados de la forma más eficiente.
El punto de partida es la etapa de identificación de la familia que incluye el
conocimiento de la realidad objetiva en la que se organiza, vive y actúa. Esta
información se obtiene por dos vías fundamentalmente: mediante las concebidas
como familias en riesgo o por medio de los Equipos Técnicos Multidisciplinarios
del CDO.
En este primer paso se recopila toda la información necesaria, lo que permite
tener un conocimiento inicial de la familia. Aquí se incluyen los problemas
familiares, cómo, dónde y desde cuándo se manifiestan, la extensión e intensidad
de los mismos, así como la actitud y las opiniones de otras personas al
respecto. En fin, un diagnóstico presuntivo que supone la formulación de una
hipótesis que requiere ser comprobada y objetivizada.
A continuación, se impone reflexionar para comprender a cabalidad el problema e
ir más allá de la mera recopilación de la información, por lo tanto es
imprescindible discutir sobre el problema y tratar de explicar su desarrollo,
origen, relaciones y consecuencias.
Una vez identificada la familia, se debe comenzar el estudio multidisciplinario
de la misma, en dos vertientes: el estudio del niño y la niña con diagnóstico de
RM como causa determinante de la disfunción familiar y a la familia como vía
para profundizar en el nivel de la disfunción, la estructura familiar y las
potencialidades para enfrentar el cambio.
Desde el mismo inicio del estudio de la familia, es importante que no se sienta
agredida y para lograrlo es necesario que participe activamente en el proceso de
diagnóstico. Cabría hablar entonces de un diagnóstico participativo, o sea, un
diagnóstico que la incluya en el análisis de la situación, en un ambiente que
propicie poner la investigación en manos de los protagonistas, para que sean
ellos quienes adopten posiciones y tomen decisiones sobre el qué, para qué y
cómo diagnosticar en correspondencia con sus intereses y necesidades a partir de
la definición de los problemas hasta la formulación de acciones para
solucionarlos o atenuarlos.
El diagnóstico participativo es, sobre todo, un proceso educativo por
excelencia. En él, la familia comparte experiencias, intercambia ideas y aprende
colectivamente al profundizar e investigar su propia realidad sobre la base de
causas objetivas, reales. Nadie mejor que la propia familia para entender y
proporcionar recursos de ayuda basados en sus vivencias cotidianas.
La participación de la familia en todo el proceso de estudio rompe barreras que
en ocasiones limitan el objetivo del diagnóstico; entre ellas la barrera de la
comunicación y el nivel de interacción. No es un estudio de la familia, sino
desde la familia y con la familia.
Entre todos los elementos que participan en el proceso de diagnóstico,
indudablemente la familia desempeña un papel de capital importancia y, a su vez,
de gran necesidad. Todos en su conjunto deben garantizar el carácter dialógico
en sus relaciones para solucionar el “problema”.
El carácter dialógico se garantiza en la medida en que:
· Se logre un nivel de relación constructivo y colaborador, donde todos aporten
ideas para hallar las soluciones pertinentes.
· Se cree una relación de participación, compromiso y responsabilidad compartida
entre todos los implicados en el proceso.
· Se logre que las propuestas de cambios o modificaciones surjan en la familia.
Para estudiar a la familia, hay que penetrar en su estructura, conocer el
desarrollo de la misma. Es necesario concebir la estructura de ese desarrollo
con un enfoque integral. El comportamiento hacia el niño y la niña con
diagnóstico de RM, debe analizarse no sólo desde el punto de vista biológico,
sino desde la forma en que se afronta el “problema” de ese niño o niña.
Para llevar a cabo un estudio multidisciplinario de este grupo social primario,
es menester considerarlo como la integración de la diversidad y valorar el
resultado de la herencia histórica de la misma.
Por lo tanto, son elementos claves para este estudio: el sistema de relaciones
que se establecen en la estructura del desarrollo de la familia, sus componentes
y los roles que desempeñan cada uno de ellos, los límites y la autonomía de
éstos y, como elemento esencial, el rol comunicativo entre ellos.
Es muy importante prepararse para indagar sobre la comunicación interfamiliar;
es decir, qué, cómo y para qué comunica la familia, y hasta dónde se comunica.
Es imprescindible al profundizar en la comunicación, hurgar no sólo en la que se
realiza mediante la palabra, sino también mediante gestos y el contacto de piel
a piel, que a veces son más necesarias que la propia palabra.
Para estudiar seria y detenidamente a la familia del niño y la niña con
diagnóstico de RM, es necesario conocer:
· Sus metas.
· La evaluación de la propia familia sobre su “problema”.
· La conducta de enfrentamiento del problema.
· La situación que conspira contra la estabilidad familiar.
· Las debilidades de la familia.
· Las fortalezas y las potencialidades de la familia.
· Los mecanismos de adaptación y crecimiento
· Los estilos de comunicación.
La familia reproduce sus modelos de generación a generación. El rol de
padre-madre se aprende en la cotidianidad y es indiscutible que el aprendizaje
ocurre por ensayo y error.
Un aspecto de vital importancia es cómo se evalúa la familia. Ella tiene que
sentirse respetada; por lo tanto, no se debe invadir su espacio. La familia debe
evaluar su propia dificultad, lo cual obliga a reflexionar sobre sus propias
reflexiones, valga la redundancia. Hay que respetar sus criterios y demostrarle
que puede analizar los problemas por sí misma.
En este estudio se pretende analizar con más profundidad las opiniones sobre la
situación enfrentada por la familia con un hijo o una hija con diagnóstico de RM,
opiniones no sobre lo que se piensa sino sobre lo que se siente. Y ese sentir
sólo lo experimentan los padres. Las diferencias en la comprensión del problema
dependen del nivel cultural, el modelo, la herencia y el lugar ocupado por las
metas trazadas en este tipo de familia.
Así, es importante la indagación sobre las vivencias personales de sus miembros
y el impacto causado en ellos por determinada situación comunicativa. Singular
importancia tiene también el estado actual de la estrecha vinculación entre lo
cognitivo y lo afectivo.
Sólo mediante la profundización en el estudio de la familia se tienen elementos
para arribar a un diagnóstico y evaluación de ésta sobre la base de sus
necesidades.
El diagnóstico es un primer paso para conocer la realidad en que vive la
familia. Permite detectar los problemas, los diferentes elementos que
condicionan esa realidad y posibilita una aproximación al entendimiento de las
causas que generan el “problema”.
Este proceso permite, además de manera clara, ordenada y objetiva, investigar y
analizar lo que se pretende transformar. Y para lograr esa transformación es
preciso transitar del diagnóstico descriptivo a uno argumentativo, de modo tal
que se pormenorice la situación.
El eslabón esencial en el diagnóstico de la familia del niño y la niña con
diagnóstico de RM es la cotidianidad, es decir, la práctica diaria que
posibilita la reflexión teórica a partir de lo objetivo, lo real, lo concreto.
Sólo entonces, con conocimiento profundo de la familia y su diagnóstico, se
puede considerar qué necesita para resolver su “problema”, o sea, evaluarla.
Es necesario tener en cuenta que el proceso de diagnóstico requiere del estudio
de cada uno de los miembros de la familia y de su dinámica funcional, ya que,
por lo general, la afectación no está únicamente en el niño y la niña con
diagnóstico de RM, sino en toda la estructura del funcionamiento familiar. Es
importante conocer cuán preparada está la familia para resolver su problemática,
pues en esa preparación todos los miembros crecen y se desarrollan.
Es necesario en extremo tener en cuenta la estrecha relación existente entre lo
que piensan y expresan estas familias, las circunstancias en que viven y lo que
realmente hacen, o dicho de otro modo, lo que piensan y lo que expresan deben
ser el reflejo de la situación en que viven. No siempre esta relación se
manifiesta de forma coherente, a veces piensan en algo que no se corresponde con
la actuación, o simplemente la forma de actuar no se corresponde con las
necesidades de la situación en que viven.
Sin lugar a dudas, esta relación es vital, porque la transformación de la
realidad de estas familias sólo se logra con una actuación mancomunada, en la
que ellas asumen el papel protagónico a partir del conocimiento de esa realidad.
No existen necesidades y acciones divorciadas de la realidad, que es una sola,
aunque cambiante y contradictoria, por la incoherencia entre lo que piensan,
actúan y las situaciones en estas familias.
Es importante tener en cuenta que no siempre la causa aparente es la causa real.
Por otra parte, el análisis de la causa como indicador, permite reforzar
fortalezas o debilidades en la familia (o ambas inclusive), aspecto de gran
conveniencia para el diseño de las necesidades.
Ese análisis posibilita, la delimitación de las necesidades de la familia y
precisa en las áreas que las mismas ocupan, sean estas sociales, comunicativas,
afectivas, físicas, morales, materiales, estéticas, profesionales,
intelectuales, etc.
Teathertene (March Vianes, 1995) identificó cuatro etapas en las necesidades
familiares:
· La información acerca de los problemas de los niños(as).
· El respeto por los niños, los padres y las relaciones entre ellos.
· La asistencia específica (psicológica, educacional y médica).
· El apoyo emocional.
La T.N.S. (Necesidad de Servicio de la Familia) (Baileg y Simeonsson 1995) mide
las necesidades de los padres y confirma aquellas de los familiares de
discapacitados; a saber: las necesidades de información acerca del niño y la
niña, su cuidado y educación, los servicios y la interacción con ellos; las
necesidades de apoyo formal o informal, pero crítico, objetivo y real; la
necesidad de informar o explicar a otros familiares; las necesidades de demandas
financieras; necesidades de servicios comunitarios y, por último la satisfacción
para el correcto funcionamiento familiar.
El conocimiento pleno de las necesidades reales, contribuye a la aplicación de
acciones de acuerdo con las necesidades.
Este paso supone varios requisitos:
· Precisar las acciones a desarrollar con la familia en sí.
· Precisar las acciones a desarrollar con la familia para que trabaje o actúe
con el niño(a).
· Establecer un orden jerárquico en el sistema de acciones.
· Garantizar el alcance múltiple de las acciones que se planifiquen, es decir
que tengan un alcance multidimensional y multidireccional.
· Autorreflexión por parte de la familia y de los que trabajan con ella que
propicie la valoración de la evolución o la involución ante el “problema”.
Ahora bien con la aplicación de las acciones no basta para la preparación que
requiere la familia. Se precisa de un seguimiento sistemático de las acciones
diseñadas, tanto de la evolución general de la familia por parte de los
especialistas, como de la evolución del niño y la niña por parte de la familia.
Es conveniente que la familia se autoevalúe de modo tal que arribe a sus propias
conclusiones, por lo que sus miembros deben mantener un registro con las
vivencias, las experiencias y los resultados concretos del trabajo ejecutado.
Por último, se hace indispensable la evaluación de la estrategia educativa y la
actualización del diagnóstico inicial. Además de las opiniones de los
especialistas, son muy valiosos los criterios de los propios padres. En la
medida en que los padres se percaten de los resultados diarios lentos, a veces
de sus hijos(as), la situación inicial adquirirá paulatinamente otros matices,
porque se habrán preparado para asumir una conducta tendente a la comprensión y
la búsqueda de soluciones en el marco de las relaciones interpersonales de la
familia.
La coherencia de la estrategia educativa se comprueba al analizar en detalle el
orden de las diferentes etapas. Cada paso supone los anteriores y estos, a su
vez, condicionan los siguientes. En la práctica diaria se materializan en un
vínculo tan estrecho que es muy difícil deslindar uno de otro; su separación
sólo obedece a la necesidad de su cabal entendimiento.
Como es de suponer, el trabajo no culmina con la fría evaluación de la eficacia
de la estrategia educativa, porque la realidad cambia constantemente y siempre
habrá más necesidades por resolver. Es fácil percatarse entonces del carácter
cíclico de la misma. Al evaluarla, no pueden omitirse ciertas reflexiones; por
ejemplo, si la familia y el niño y la niña con diagnóstico de RM han
evolucionado, cabe afirmar que las acciones diseñadas fueron adecuadas; si, por
el contrario, involucionan, retroceden o se estancan, no cabe duda de que las
acciones diseñadas no se corresponden con las necesidades concebidas y,
lógicamente, no hubo certeza en el diagnóstico establecido.
En ambos casos, se retoma el diagnóstico como nuevo punto de partida para
establecer un nuevo ciclo. Primero, para actualizar el estudio y las
necesidades, y escalar peldaños superiores en el desarrollo estructural y
armónico de la familia; segundo, para profundizar en el estudio, rediseñar y
redefinir las acciones en correspondencia con las verdaderas necesidades que,
lógicamente, se basan en la certeza del diagnóstico. El objetivo del nuevo
diagnóstico es ampliar o profundizar en los conocimientos sobre la realidad
actual de la familia con vista a lograr la solución del “problema”.
Vale la pena aclarar que el alcance cíclico de la estrategia educativa no
significa la repetición mecánica de cada paso, sino el establecimiento de un
orden lógico en forma de espiral que permita alcanzar niveles de solución y
calidad más elevados en cada etapa.
A diferencia de los modelos que incluyen la participación de los padres en el
tratamiento de los hijos(as) (Verdugo Alonso, 1995), la estrategia educativa
propuesta se distingue por una serie de argumentos que constituyen
fundamentaciones teóricas novedosas. Las anteriores no partían de etapas que
permitieran el conocimiento exhaustivo de la familia como elemento inicial para
definir sus necesidades, debilidades y fortalezas, no incluían el papel
protagónico de los padres en el proceso de estimulación temprana ni en otras
actividades que favorecen el desarrollo motor, cognitivo y social del niño(a).
El rol protagónico de los padres permite afrontar las reacciones emocionales,
cognitivas y sociales de los hijos(as); apreciar de manera más objetiva los
cambios de actitud de estos; experimentar cambios positivos en los niveles de
estrés; valorar las capacidades del niño(a) y el sentido de competencia en la
atención de estos, todo lo cual repercutirá en más armonía, seguridad y
estabilidad del hogar.
Otros elementos que demuestran la autenticidad de la estrategia educativa
diseñada son: no se centra exclusivamente en las madres, sino en ambos cónyuges;
implica la participación de otros miembros de la familia; reporta beneficios
para toda la familia, (los hermanos, si los hubiera y para la familia
extendida); favorece la relación padre-hijo(a) al intervenir en ambos; se ajusta
al desarrollo temprano al reconocer que los años preescolares son un tiempo
normativo en el ciclo vital de las familias que se centra en el desarrollo de
las habilidades del niño(a) (autoayuda, lenguaje, cognitivas, y sociales);
enfatiza la enseñanza incidental en cada acto de la vida diaria, en las
vivencias de cada familia; y generaliza los resultados, es decir, es posible
trasladar la ayuda a situaciones análogas.
La aplicación de la estrategia se logró con la participación activa de los
especialistas del CDO, fundamentalmente, y también de los maestros y otros
profesionales de la educación especial en Camagüey que se desempeñan en la labor
de orientación, seguimiento y evaluación de las familias, por tal motivo, la
preparación previa de todos reviste suma importancia.
Aspecto clave en el debate sobre familia es el relativo a las funciones que ésta
ejerce y aunque en este momento no hagamos alusión a la tipología de las mismas,
sí es menester reconocer la necesaria función educativa para la preparación de
estas familias y por otra parte el papel de la comunicación para el logro de
tales objetivos.
Es innegable que para lograr el correcto cumplimiento de la función educativa,
los padres deben prepararse para desempeñarla, porque es en la familia donde los
hijos(as) aprenden a vivir, valorar, dialogar, trabajar, escuchar y sobre todas
las cosas a amar, aprenden, además, a comportarse socialmente con hábitos y
actitudes dignas en correspondencia con los patrones de conducta de su propia
familia acordes con la sociedad contemporánea. La preparación implica la
actuación ejemplar de los padres.
Mucho se dice sobre lo poco que conversa la familia actual y cómo la creciente
participación de padres e hijos(as) en la vida social obstaculiza este necesario
proceso; sin embargo, el problema no radica en la cantidad de tiempo compartido
por los padres y sus hijos(as), sino en la calidad de la comunicación (Núñez
Aragón, 2005).
La comunicación es el eje de toda la interacción en la cotidianidad familiar.
Mediante la comunicación y el rol que desempeñado por los miembros de la familia
se trasmiten valores, experiencias, hábitos, normas, costumbres, modos y pautas
de comportamiento; se aportan reflexiones, valoraciones, vivencias y
motivaciones; se propicia, además, la incorporación correcta de patrones y
valores sociales con métodos de gratificación y sanción; se plantean estímulos
para modificar ideas, costumbres y actitudes. La comunicación es la expresión
más completa de las relaciones humanas.
La primera responsabilidad de la familia es fomentar el amor y el ejemplo
provenientes de las mejores tradiciones hogareñas reforzando una cultura de vida
donde se respire una atmósfera de intercambio de opiniones, experiencias y
sentimientos, que propicien el diálogo y la democracia entre sus miembros
Castillo Suárez, 1997).
En el caso de las familias con un niño o una niña con diagnóstico de RM, el
proceso comunicativo no es posible sin el afecto ni el amor, sobre todas las
cosas. Según A. Clavijo Portieles (2002) ¨el afecto es interpersonal por
definición. Y la familia es crisol y objeto principal de los afectos¨. Atinadas
las palabras del especialista, porque el afecto que los padres sean capaces de
expresar a sus hijos(as) motivará en buena medida la capacidad de amar de estos.
José Martí Pérez, maestro de maestros, ha dado lecciones de lo que significa el
amor: Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin
amor, no puede ver (…) Por el respeto entra el amor, a quien se desdeña, no se
puede querer (…) El amor es el lazo de los hombres, el modo de enseñar y el
centro del mundo. (…) La única verdad de esta vida, y la única fuerza, es el
amor. En él está la salvación y con él está el mundo (Martí Pérez, 1975).
No es posible entender la palabra amor si se restringe su significado al término
exclusivo del sentimiento del padre, la madre, el hijo, el familiar cercano, el
religioso, el esposo, la esposa. Visto en sentido universal, el amor humaniza,
contribuye al progreso de la sociedad, es el eje del desarrollo de los valores
sensibles, útiles, vitales, estéticos y morales.
En las familias, y en especial en los niños y las niñas con diagnóstico de RM,
el amor confiere atributos de ternura, entrega, interés, generosidad y
confianza; indispensables para la creación y el desarrollo de valores positivos.
El amor insustituible en todo acto de la vida humana; cuando se ausenta, se
ausenta también la tranquilidad familiar, laboral, social y mundial.
El amor, hecho realidad en la familia del niño y la niña con diagnóstico de RM,
se trasluce en sonrisa, bondad, ternura, en desapego de ideas egocentristas, en
tolerancia, sinceridad, responsabilidad, humildad, honestidad y compromiso.
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AUTORES
Dr. C Ángel Luis Gómez Cardoso. Profesor Titular. Departamento de Educación
Especial. Facultad de Educación Infantil. Instituto Superior Pedagógico José
Martí. Camagüey. Cuba
MSc. Olga Lidia Núñez Rodríguez. Profesora Auxiliar. Departamento de Educación
Especial. Facultad de Educación Infantil. Instituto Superior Pedagógico José
Martí Directora del Centro de Diagnóstico y Orientación. Camagüey. Cuba.
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Publicación enviada por Dr. C Ángel Luis Gómez Cardoso y MSc. Olga Lidia Núñez Rodríguez
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Publicado Wednesday 19 de March de 2008
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