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El género en la Historia de Cuba

Resumen: Una aproximación al tema de género parecería relativamente fácil, teniendo en cuenta la trascendencia del debate en nuestros días y su importancia en el logro de un desarrollo social equitativo. Para la elaboración de este trabajo, transité por diversas aristas de la problemática, hasta quedar atrapada en un tema tan polémico actualmente como es la visión genérica dentro de la ciencia histórica, y específicamente, en la historia de nuestro país. (E)

Publicación enviada por Lic. Aimee Acosta López


 

Índice:

Presentación    ------------------------------------------------  3

¿Una Perspectiva de Género? (Introducción) -------------  6

Género e Historia --------------------------------------------- 14

Una aproximación al género en la historia de Cuba ------ 27

Conclusiones --------------------------------------------------- 30

Bibliografía ----------------------------------------------------- 32

Una aproximación al tema de género parecería relativamente fácil, teniendo en cuenta la trascendencia del debate en nuestros días y su importancia en el logro de un desarrollo social equitativo. Para la elaboración de este trabajo, transité por diversas aristas de la problemática, hasta quedar atrapada en un tema tan polémico actualmente como es la visión genérica dentro de la ciencia histórica, y específicamente, en la historia de nuestro país.

Realicé una búsqueda bibliográfica que me permitió percatarme de la escasez de estudios y textos acerca de la inserción de la perspectiva de género en la historiografía cubana, aunque se debe reconocer que existen valiosos esfuerzos, fundamentalmente desde la perspectiva femenina, centrados en el objetivo de rescatar el papel de la mujer dentro de nuestro proceso histórico.

Autores como Raquel Vinat de la Mata, María Margarita Castro Flores, Suset González Ortega, Elena Milián, Oscar Loyola Vega, Raúl Pérez Rolo, Digna Castañeda Fuertes, Raúl Izquierdo Canosa, Julio César González Pagés, Iraida Campos, entre otros, han abordado a la mujer cubana en diversos momentos y/o hechos de nuestra historia, desde diversos puntos de vista como:

     La participación femenina en los procesos independentistas, no sólo como participantes directas o colaboradoras, sino como eslabón fundamental para la materialización de los anhelos patrióticos desde su posición tradicional como "ama de hogar", y su rol protector y educativo; como principal transmisora de la herencia patriótica y libertaria de los cubanos.

      Consecuencias de eventos, procesos políticos y culturales, políticas y movimientos para el género femenino, incluyendo el proceso revolucionario iniciado en 1959, en el que alcanza un alto grado de emancipación social y de participación en la vida sociopolítica de la nación.

     Posturas asumidas por los gobiernos, en lo que se refiere a la mujer, sus derechos, posibilidades de realización, condiciones de vida, etc.

     En menor medida, la respuesta femenina ante la imposición social de roles, y su consiguiente reflejo en la evolución sociopolítica, con énfasis en el movimiento feminista desarrollado desde el inicio del siglo XX, bajo el influjo de la oleada reinvindicadora de las mujeres norteamericanas y europeas; sus demandas fundamentales, vertientes y resultados.

     Pero el objetivo que me propongo con este sencillo trabajo, no es abogar por la elaboración de una "historia de género", como la que se ha comenzado a elaborar desde el siglo pasado, entendida como una "historia de la mujer", con un marcado discurso feminista, y en franca oposición a la visión masculina de la historia, desarrollada desde los albores de la civilización. Es real la necesidad de salvar del olvido el lugar ocupado por el género femenino en nuestra evolución histórica, pero aún más allá, se necesita introducir en nuestro quehacer historiográfico una "nueva visión del acontecer histórico" , en la que perspectiva de género ocupe un lugar importante y esencial, con un real entendimiento y concientización de la categoría género, sus implicaciones e utilidad para la comprensión del devenir social y el rescate de la verdad pasada, presente y futura de la sociedad.

     Debemos partir de una premisa fundamental: para comprender el pasado, hay que considerar a hombres y mujeres por igual, y examinar de qué manera las relaciones y diferencias entre ellos han constituido un "resorte profundo[1]" de la organización y dinámica de las sociedades humanas. Esto conlleva, por tanto, a un replanteamiento de la historia en todos sus aspectos, convirtiendo al género en una nueva categoría para el análisis de los individuos y procesos, en una nueva perspectiva sobre las sociedades pasadas y su organización.

    El género  permitiría a los historiadores evocar una dimensión a la vez íntima y colectiva de la experiencia humana, practicando una incisión o un corte en la densidad de los hechos humanos, captándose "las diferencias de carácter social y cultural entre hombres y mujeres, es decir, diferencias susceptibles de variar de una cultura a otra, y cambiar a través del tiempo, en oposición a las diferencias innatas y anatómicas entre ellos, que quedan en general fuera del ámbito de las ciencias sociales"[2]. He aquí la esencia del concepto en historia.

 

¿Una Perspectiva de Género? (Introducción)

    Desde que se inicia el estudio de los primeros momentos de la civilización humana, un momento importante se remite a concebir una primera división social del trabajo entre hombres y mujeres, desde el mismo instante en que se descubre que los hombres eran encargados de la caza (no limitados en su movilidad por embarazos, lactancias ni menstruaciones), y las mujeres de la agricultura (tanto por razones físicas de cercanía al poblado, como proyecciones mágicas de su potencial fecundador). Esto nos lleva a creer, incluso, en la posible existencia de diversas formas de matriarcado. Por lo tanto, la diferenciación de roles y la atribución diferenciada del espacio (tanto social como material) entre los sexos, es ciertamente un fenómeno histórico, con muchos milenios de antigüedad.

     Por ello, la teoría de género es la teoría de las construcciones históricas en torno al sexo y a las atribuciones simbólicas de las cosas, los espacios, los territorios, etc. Es también la teoría de la organización social y de las concepciones de la realidad construidas con esas bases; y de las características de cualquier conformación de poder social como parte del orden de géneros, lo que incluye los mecanismos estatales de la reproducción en este orden.

Pero se debe entender que las mujeres y los hombres no están en el mundo definidos sólo por su género, y que la organización genérica no es la única que ordena sus vidas. Mujeres y hombres son siempre, al mismo tiempo, partícipes de otros órdenes sociales y asumen así cualidades asignadas por otras condiciones sociales. Por ello, el análisis de género requiere la articulación de la teoría de género con las teorías que explican, nombran e interpretan otras condiciones sociales y otros órdenes que componen a la sociedad en superposición articulada, en una verdadera conjugación sólo reductible con propósitos de investigación.

En el plano de la teoría, la perspectiva de género es una construcción de vínculos teóricos, categoriales, hipotéticos e interpretativos que, ensamblados, permiten dar cuenta de la complejidad de las determinaciones de los sujetos, mujeres y hombres, así como de las dimensiones de la organización social y de las esferas en que cada una se reproduce.

     La perspectiva de género, llamada también enfoque de género, se basa en la teoría de género y se inscribe en tres paradigmas[3]: el paradigma teórico histórico - crítico, el paradigma cultural de feminismo y el paradigma del desarrollo humano. Sus raíces están en el materialismo histórico, la antropología,  la historia crítica, y el psicoanálisis. Es un paradigma ético inédito, una visión filosófica contemporánea, una óptica renovadora para comprender el desarrollo de la historia, y además, una acción política democratizadora.

La perspectiva de género permite enfocar, analizar y comprender las

características que definen a mujeres y hombres de manera específica, así como sus semejanzas y sus diferencias. Desde esa perspectiva se analizan las posibilidades vitales de unas y otros, el sentido de sus vidas, sus expectativas y oportunidades, las complejas y diversas relaciones sociales que se dan entre ambos géneros; también los conflictos institucionales y cotidianos que deben encarar, y las múltiples maneras en que lo hacen.

      Contabilizar los recursos y la capacidad de acción de mujeres y hombres para enfrentar las dificultades de la vida y realizar sus propósitos, es uno de los objetivos de ubicarse en la perspectiva de género,  y uno de sus resultados más prometedores.

Las cuestiones sustantivas que se plantean desde la perspectiva de género son:

    ¿En qué medida la organización patriarcal del mundo y las condiciones femenina y masculina que genera facilitan e impiden a las mujeres y hombres satisfacer sus necesidades vitales, realizar sus aspiraciones y dar sentido a sus vidas?

¿Cuál es la distancia entre el desarrollo personal y social de mujeres y hombres?

¿Cuál es la relación entre el desarrollo y el avance de los hombres

respecto de las mujeres, y de las mujeres respecto de los hombres?

    ¿Las relaciones de dominio y opresión entre los géneros, y las formas de ser mujer y ser hombres en las condiciones patriarcales favorecen el desarrollo social, el ejercicio de los derechos humanos y el mejoramiento de la calidad de la vida?

¿Cómo se crean y se desarrollan los procesos históricos de las relaciones patriarcales entre los géneros, cómo cambian y cómo es posible crear una alternativa no opresiva?

     La perspectiva de género permite la comprensión de las relaciones sociales intergenéricas (entre personas del mismo género), privadas y públicas, personales y colectivas, íntimas, sagradas, políticas. Además investiga la normatividad del contenido de género y de la reproducción del orden de género en el desiderátum: mandatos y mandamientos escritos, memorizados y transmitidos ritual, oral, ejemplar, gráfica o imaginariamente y asumidos sin posibilidad de cuestionamiento en los procesos de formación social y psíquica de cada sujeto según su asignación genérica. El funcionamiento adecuado de esa normatividad se da en la vivencia personal y colectiva, en la asunción del propio género, en la obediencia y el cumplimiento, pero también en la resistencia y la subversión.

 

    Cada formación social o cada mundo está compuesto por las organizaciones sociales producto de su propia historia, dentro de las cuales se encuentra una organización u orden social genérico (sujetos, relaciones, instituciones), una cultura genérica que hace vivible ese orden, y las subculturas de género e identidades particulares dentro de los géneros.

En cada sociedad se puede encontrar una organización social de género hegemónica, y aquella que cada clase, casta, estamento, desarrolla como suya tradicional y la conjuga con todos los otros órdenes. Por ello el enfoque sintetizador de género hace necesario recurrir a teorías sobre la nación y la nacionalidad, sobre lo étnico y la etnicidad, sobre la organización social de clases, castas y estamentos de diverso tipo, que nos permitan analizar la dinámica de cada categoría social y el significado que tiene para los sujetos de género su pertenencia a unas y a otras. Las condiciones étnicas, de clase y de casta, así como otras condiciones, modifican al género y la inversa. La pertenencia a una clase o a cualquier otra categoría social es diferente si se es hombre o mujer, y es diferente ser mujer o ser hombre en cada clase, casta o etnia.

Tanto el género como las otras condiciones sociales estructuran modos de vida particulares y desarrollan sus propias conformaciones culturales. Por eso se requiere comprender la manera en que se empalman o conjugan dialécticamente unas condiciones con otras para dar lugar a modos de vida y maneras de ser que resultan de conjuntos de determinaciones y no sólo de una.

Estas categorías no son estáticas, están en perpetuo movimiento. Cada mujer y cada hombre tiene asignada una identidad nacional y son definidas y definidos por ella, pues a lo largo de su vida la han procesado. Además, cada mujer y cada hombre viven desde sus condiciones de clase, étnicas, religiosas y otras en conjugación específica, cada mujer y cada hombre son una mujer y un hombre particulares. Las particularidades y las tradiciones, las costumbres y los modos de vida compartidos por grupos de mujeres y hombres, conforman grupos sociales particulares.

  Por su condición nacional, las mujeres y los hombres pueden ser connacionales cuando se identifican por compartir las posibilidades y las restricciones sociales que la nación representa para sus semejantes y porque han sido enseñados a integrar a su identidad la identidad personal nacional.

     Pero como el género modifica las potenciales nacionales de cada quien, y cada nación tiene, un perfil propio por el tipo y la calidad de las condiciones de género y de las relaciones genéricas que alberga, la pertenencia a la condición nacional adquiere significados específicos para las mujeres y para los hombres.

    Cada nación da un tratamiento diferenciado a mujeres y hombres, lo que expresa de manera concreta e indudable el orden social de géneros que la constituye. Las evidencias hacen posible encontrar las maneras compartidas y distintas en que hombres y mujeres de las mismas categorías nacionales, ideológicas, religiosas, políticas, laborales y aún familiares, viven diferenciadamente la migración, el exilio, el asilo, el refugio. Las diferencias genéricas intervienen también en la configuración de la vulnerabilidad y las oportunidades de sobrevivencia, adaptación y desarrollo de hombres y mujeres.

    También existe el orden etario que se empalma con lo genérico. La vivencia de la edad puede tan sólo ser semejante de manera formal para las mujeres y los hombres; el género la hace irremediablemente particular. Los órdenes sociales más entreverados son el del género y el de la edad. Se conjugan a tal punto, que constituyen el orden social genérico-etario: los sujetos son definidos en sus modos de vida y en su identidad por la combinación dinámica género-edad.

     En consecuencia, las categorías sociales del género no son sólo mujer u hombre, sino también niña y niño, adulta, adulto, anciana, anciano. Los períodos de vida de cada mujer y de cada hombre están marcados por su edad, sus necesidades, sus expectativas, y sus oportunidades.

     La edad, además, establece el fechamiento social; conforme a sus marcas etarias, las personas pertenecen a épocas y a generaciones. Esto las define a tal grado que pueden reconocerse entre sí por su forma de expresarse, por sus visiones del mundo, por sus comportamientos e intereses: comparten hechos significativos, referencias, una época, un mundo, y una relación de coincidencia.

Esto nos evidencia que cada época trata de maneras distintas a mujeres y hombres, pues los procesos y los sucesos que comparten tocan a unas y a otros de manera diferentes. Además, las mujeres y los hombres se ubican en formas diferentes respecto a su época, y la aprovechan o sucumben a ella conforme a las posibilidades de género que cada época proporciona

 Todos los procesos de vida son procesos culturales y todas las personas son seres de cultura, aprenden cultura, generan cultura, viven a través de su cultura. Por eso es imprescindible analizar las concepciones del mundo filosóficas, ideológicas, religiosas, científicas y éticas en la sociedad en que se ubican los sujetos, y la forma en que asumen su cultura; es decir, la concreción de las concepciones del mundo en los sujetos, su identificación con su mundo o su extrañamiento frente a él.

    Cada sociedad y cada persona tienen su propia concepción de género. Es parte de su visión del mundo, de su historia y de sus tradiciones. Toda concepción de género se conjuga con las otras visiones que conforman las identidades culturales y las de cada persona, los valores imperantes y las motivaciones para la acción. Así se integran las cosmovisiones de género, sociales y personales.

Las ideas, los prejuicios, las interpretaciones, las normas, los deberes y las prohibiciones sobre la vida de las mujeres y los hombres conforman las cosmovisiones particulares de género, que son siempre etnocentristas.

      El análisis de género nos permite, por tanto, desmenuzar las características y los mecanismos del orden patriarcal, y de manera explícita, criticar sus aspectos nocivos, destructivos, opresivos y enajenantes, debidos a la organización social estructurada por la inequidad, la injusticia y la jerarquización basadas en la diferencia sexual transformada en desigualdad genérica.

Abundan los casos en que los alcances de la teoría y de la perspectiva de género han sufrido un reduccionismo que circunscribe el género a lo femenino y a los esfuerzos por incrementar la participación de las mujeres, su empoderamiento, la satisfacción de algunas de sus necesidades y su acceso a algunos recursos. En estos casos, el término pierde lo esencial de su contenido ético, filosófico, científico y político, y se vuelve parte de algunos vocabularios especializados equivalente de mujer.

    Obviando las situaciones de vida de los hombres, también tiende a desvanecerse así la importancia fundamental que para la teoría de género tienen los procesos, sus definiciones histórico - culturales y, en todo ello, las relaciones entre hombres, entre mujeres, de las mujeres con los hombres, y de ellas y ellos con las instituciones.

    Se puede entender entonces que la perspectiva de género corresponde con un nuevo paradigma histórico y en consecuencia, un nuevo paradigma cultural. Da cuenta de lo que cambia y de lo que se conserva, de las maneras que fluyen los procesos históricos y las tendencias que se prefiguran como significativas para la vida de mujeres y de los hombres, para la configuración social, para la distribución equitativa de los poderes, para vivir y para enriquecer la cultura con el derecho a la igualdad en la diversidad.

    Es una problemática en la que estamos inmersos mujeres y hombres, y que forma parte sustantiva en la construcción de la democracia, de la redefinición de los modelos de desarrollo y de la redefinición de la vida personal y colectiva.

La mirada desde la perspectiva de género lleva a nombrar con nuevas palabras las cosas conocidas, hace evidente hechos ocultos y otorga a lo conocido otros significados. Incluye el propósito de transformar el orden de poderes entre los géneros y, con ello, la vida cotidiana, las relaciones, los roles y las normas legitimadoras del ser mujer y del ser hombre. De manera concomitante, esa mirada inspira cambios en la sociedad, en las concepciones del deber ser, del desear ser  y del poder ser, así como en las creencias y en el Estado.

    Todos los cuerpos normativos laicos y religiosos, científicos, jurídicos, académicos, entre otros, sancionan el orden de géneros, establecen deberes, obligaciones y prohibiciones asignadas a los géneros, y definen las formas de su relación, así como los límites y el sentido de esta. Por tanto,  exige el examen de la eficacia real y simbólica de las capacidades de conservación, innovación y cambio de las diversas dimensiones de los contenidos socioculturales del género, y de la maleabilidad característica de la economía, la sociedad y la política en relación con la reproducción histórica de los géneros.

GENERO E HISTORIA

     Desde las últimas décadas del siglo XX la categoría género ha sido insertada en la historiografía universal, con cuatro connotaciones fundamentales[4]:

      Sentimientos, situaciones, instituciones y normas sociales involucradas en las relaciones individuales que se originan en la sexualidad humana

     Papeles, oportunidades y espacios asignados a cada sexo, vivencias propias de cada sexo, así como la visión del mundo e ideal de vida arraigados en ello

     Una faceta de la identidad social y su representación colectiva que constituyen para las ciencias sociales una categoría de análisis (junto con las etnias, clases, etc.)

     Un agente de organización material y simbólico que históricamente ha estructurado las sociedades de manera asimétrica y discriminatoria entre lo masculino y lo femenino.

      A partir de ello se elaboran trabajos históricos que plantean el tema del género, dirigidos hacia dos direcciones fundamentales:

     Los que se refieren explícitamente a la historia de las mujeres, el género, la masculinidad

     Aquellos que no figuran explícitamente en la categoría de "estudio de género" aunque participan de la misma problemática, incluyendo los que anteceden a la aparición del concepto de género en tiempo.

     Lo anterior presenta como condicionamiento material la mayor afirmación y visibilidad de las mujeres en la sociedad, lo que ha provocado una interrogante por parte de los hombres sobre su papel e identidad masculina. "Progresivamente, el reposicionamiento de cada sexo alcanza todas las esferas, provocando entre ambos la redistribución de los derechos, responsabilidades, espacios, ámbitos de diferencia y convivencia"[5].

     Es por ello que partiendo de los cuestionamientos surgidos de sus sociedades y que los interpelan, los historiadores comienzan a mirar el pasado de manera diferente, fenómeno que considero una manifestación más de la propia evolución acelerada de la sociedad.

    Se deja atrás el machismo (término con el que se acuña la hiperbolización de la masculinidad y pone al macho, entiéndase al hombre, como centro del universo), y se desecha el conjunto de ideas socio- ideológico -culturales, que se han encargado de preservar la hegemonía masculina como centro del poder universal, manifiestas en obras históricas donde las mujeres son insignificantes y los hombres "asexuados". Estudios donde los sujetos históricos son "hombres", haciendo referencia a un "todo".

    Generalmente es en los temas centrales -formación de clase, ideologías, el Estado- donde reinan  las más abusivas generalizaciones en términos masculinos, y el estudio de la familia como único asunto de las mujeres, sabiendo que ella ha sido un centro importante de producción económica y la base de la jerarquía política que articula las comunidades; lo que deforma y empobrece de igual manera el conocimiento del pasado.

    Pero el tratar a las mujeres por separado de los hombres, tampoco explica "la significación de los papeles sexuales en la vida social y los cambios históricos"[6]. Después de haber recuperado el pasado de las mujeres, tendremos que escribir la historia de los hombres y las mujeres, y la de las categorías mediante las cuales se representa lo masculino y lo femenino (cultura y naturaleza, por ejemplo). "Nuestra meta está en comprender la importancia de los sexos, de los grupos genéricos, en el pasado histórico"[7].

La declinación de la historia masculina, hizo necesario volver a instalar a las mujeres en el tiempo, mostrar que tenían una historia, lo que ha propiciado la acumulación de conocimientos con la finalidad de rescatar el pasado de las mujeres y bajo la premisa incuestionable de que "todo fenómeno puede ser observado desde la perspectiva de las mujeres y alcanzar, entonces, otras dimensiones, ya que hombres y mujeres pueden ser afectados por ello de manera diferente.[8]"

No es sólo entender la simetría en estas relaciones genéricas, sino comprender el sistema de relaciones sociales en su globalidad. Por ello, los problemas que enfrentan los historiadores al enfocar a los hombres, son inversos a los de la historia de las mujeres: omnipresencia en lugar de invisibilidad, y sujetos asexuados mientras que las mujeres han sido "el sexo" por excelencia.

    Esto a condiciona que si bien siempre han existido lagunas en las fuentes históricas, al tratarse de las mujeres, los "silencios de la historia[9]" se exacerban; y el filtro de las fuentes masculinas a través del cual rescatamos algo sobre las mujeres, se hace omnipresente.

Actualmente se habla de relaciones de género, diferencias de género, identidad de género, o en términos más generales, de perspectiva de género. Las nociones de relación, diferencia e identidad están prácticamente unidas: "se hace la experiencia de sí y la diferencia entre uno mismo y el otro en la relación que establecemos con esa otra persona[10]".

    De lo que se trata es de entender la historia a partir del género, partiendo del principio de diferenciación latente que nos afecta a todos.  Un nuevo enfoque que marque puntos de ruptura con la historiografía existente, balizando el campo de la historia del género y articulando sus conceptos. Hasta ahora las acepciones que la historia y otras ciencias humanas han dado a este concepto son: las relaciones entre hombres y mujeres, las diferencias entre hombres y mujeres, sus implicaciones en la formación y desarrollo de la identidad social y de la organización social.

    Analizada desde este punto de vista, el concepto género funciona como una categoría de análisis a la que recurre, en especial, la historia social, muy relacionada con la historia económica y cultural, o sea, una historia que vincula el estudio de los procesos con las personas, sus condiciones e interrelaciones, lo que les sucede y lo que hacen, sus proyectos y el sentido que dan a su vida y al mundo, tomando el término de perspectiva para considerar globalmente una sociedad, un proceso. Sugiere un punto de vista sintético desde el cual se percibe cómo las sociedades han organizado las diferencias entre hombres y mujeres, o cómo, en su organización, ha operado sin descanso, una diferenciación acorde con lo masculino y lo femenino. Esto ha permitido que los historiadores comiencen a desarrollar una perspectiva de género sobre todo ámbito de organización y cambio social, situándose en el plano práctico o simbólico -trabajo, política, religión, período de guerra, régimen jurídico, sistema de parentesco, etc.-.

Por ello se comprende que las relaciones de género en las cuales entra en juego la sexualidad presentan una amplia variedad de arreglos y significaciones, en el transcurso del tiempo y según las sociedades. Esto resalta al estudiarse la esfera de los sentimientos, comportamientos e intereses que rodean las relaciones sexuales y de género, no sólo de los involucrados, sino también las de las familias y comunidades a las que pertenecen.

    Para materializar estos elementos todos los textos deben ser interrogados desde el punto de vista del género: "¿Se trata de hombres o de mujeres? Cuando no se habla de mujeres, ¿Por qué ese silencio? ¿Qué significa el hecho de que un grupo esté compuesto únicamente de hombres? Hombres o mujeres ¿quién interviene en lo que ocurre? ¿A quién corresponde la iniciativa? ¿Quién se mantiene como espectador? ¿Qué se espera de cierta persona por el hecho de ser de sexo femenino o masculino? ¿Qué argumentos son esgrimidos para apoyar dichas diferencias en una sociedad dada? ¿Qué actitud, manera de manifestar el cariño es considerada femenina o masculina? Etc.[11]"

     Diversos autores plantean incluso desechar aquellas categorías que por ser demasiado globales, dejan de ser útiles -los vencidos, los criollos, las élites, el pueblo, la clase obrera, etc.-, "seudos universales[12]" que no son calificados sino en términos masculinos y detrás de los cuales se percibe poco o nada de la mitad femenina de la humanidad. Se plantea que estos constituyen una evidencia de cómo las sociedades continuamente ponen sobre el tapete un vocabulario "de posibles masculinos - femeninos, ligados a nuestra dualidad inherente, para organizarse y funcionar[13]".

     Actualmente se aboga por la utilización, en la historia, de términos gramaticales inclusivos de todos los seres humanos, personas y gentes; pues el sesgo, producto del androcentrismo, tanto en esta ciencia como en otros ámbitos del conocimiento, se manifiesta, sin darnos cuenta, en nuestra manera de expresarnos. El concepto de género, de la misma manera que nos da la posibilidad de estudiar una relación social entre hombres y mujeres, confiriendo a nuestro análisis una sutileza acrecentada, nos permite identificar también la construcción, en el plano del lenguaje, de un femenino y un masculino, y comprender cómo su representación moldea identidades sexuales.

    Existen historiadores e historiadoras que dan la misma consideración a las mujeres y los hombres en el estudio de los procesos, o hacen de las relaciones y diferencias entre ellos el eje central de sus investigaciones. Estas obras constituyen una invitación a dar una mirada diferente sobre el pasado y las huellas que nos queda de él, tanto para captar ese "resorte profundo" de la organización y la dinámica de las sociedades humanas que constituyen las relaciones y diferencias entre los sexos, como para ejercitarse en una "lectura sexuada" de los procesos y dinámicas, y ello cualquiera sea el ámbito de la historia: política, económica o militar.

    Hay estudios donde la noción de género designa las relaciones entre hombres y mujeres, teniendo como fundamento su sexualidad, pero que no están determinadas por ella sino, por el contrario, son contingentes a la organización de dichos hombres y mujeres en sociedad. La mayoría de los trabajos actuales se refieren a esta tipo de acepción. O sea, se trata de una sexualidad en plano de las relaciones heterosexuales. Las relaciones de género que se dan en el marco de la homosexualidad, y el sentido que revisten, tanto para las personas que las viven como para la colectividad, comienzan a ser objeto de investigaciones históricas en tiempos recientes.

"No es una tarea fácil de determinar si un factor como la clase, la raza o el sexo es más importante que cualquier otro para definir el status de las mujeres o su papel en la historia... Las colaboraciones que forman este libro sugieren que es absolutamente indispensable hacer una cuidadosa evaluación de la época, los factores geográficos y las estructuras económicas antes de hacer generalizaciones de ninguna especie. No obstante, todos... llevan un mensaje definitivo: el sexo es un factor determinante en la historia que no podemos pasar por alto, cualquiera sea el peso que decidamos que debe dársele."[14]

     Pero esta categoría además nos sirve para realizar análisis más exhaustivos acerca de la identidad socia, referida obviamente a la persona, pero en su pertenencia a un grupo (y por tanto aquel del cual se diferencia). ¿De qué modo la diferencia de género entra en la identidad social para definir un grupo y comprender una sociedad? Los historiadores e historiadoras localizan en las fuentes signos de identidad que les permiten conocer con mayor precisión el cuerpo social, pues la investigación histórica se basa en una doble premisa: primero, las diferencias entre individuos han pesado considerablemente sobre su destino y por ende el sentimiento que tenían de sí mismo; segundo, la identidad social refleja diversas facetas o dimensiones de su experiencia como personas. Este análisis identitario nos permite analizar la identidad social y el sentido que le dieron, percibiendo que la diferencia entre hombre y mujer ha sido uno de sus elementos centrales, tanto para dar una representación inteligible de su propia sociedad como para guiarse, en la práctica, en sus relaciones entre sí. Los historiadores, hasta ahora, no lo han visto en las fuentes.

     Son innumerables los textos, que en un sentido histórico, nos acerca al género como aspecto importante en la sociedad, analizados desde su contexto. Uno de ellos son las autobiografías. El mundo hispano es rico en documentos autobiográficos, que permiten comprender de qué manera el hecho de haber nacido hombre o mujer ha implicado destinos diferentes y, en tal sentido, una visión de la vida, a veces distinta también. Las memorias de hombres de guerra o mar, conquistadores y descubridores desde los siglos XV al XVII, soldados de las guerras de independencia, más adelante los del período republicano en el siglo XIX, revolucionarios y guerrilleros del siglo XX, los relatos autobiográficos entregados por las religiosas de claustro a sus confesores entre los siglos XVI y XVIII y la correspondencia intercambiada entre mujeres de la elite social del siglo XVIII, constituyen importantes  fuentes.

    Las autobiografías nos descubren en qué consistía, en una época dada, una vida de mujer u hombre, o sea, nos hace comprender de qué modo el hecho de haber nacido hombre o mujer ha influenciado su condición histórica. Además, permiten apreciar a lo largo de una vida lo que llamamos las diferencias de género: el abanico de posibilidades y limitaciones -materiales e institucionales-, ambiciones y expectativas reservadas a cada sexo en una época dada; y la manera como una existencia masculina ha participado diferentemente en vastos procesos sociales; el espacio físico al interior del cual ha podido desarrollarse la vida de una persona, según si se trataba de un hombre o de una mujer.

    En la Universidad argentina, se ha estudiado, desde esta perspectiva, documentos antiguos, como la Carta de Isabel de Guevara a la princesa gobernadora doña Juana, exponiendo los trabajos hechos en el descubrimiento y conquista del Río de la Plata por las mujeres para ayudar a los hombres[15]., con la cual se descubre que muchas mujeres participaron en procesos tan importantes como la conquista y colonización de América, y fueron excluidas de sus beneficios. Una muestra más de la discriminación histórica de la mujer.

    La guerra, tema de la historia androcéntrica por excelencia, puede ser examinada desde el prisma de las mujeres, o más bien, por la "división sexual" que provoca. Este evento divide la sociedad en dos: el campo de batalla y fuera de él, y la línea divisoria pasa entre ambos sexos. El pivote de ese reposicionamiento inmediato que implica la guerra, es la redefinición de las funciones, espacios y responsabilidades entre hombres y mujeres, al pedírseles a las mujeres que llenen la ausencia de los hombres, que actúen sin ellos. También el carácter superficial y temporal de las posiciones y ventajas consentidas a las mujeres durante la guerra y la fuerza de los arquetipos que resurgen en los papeles propuestos a las mujeres y en la representación que hacemos de ellas -se sacrifican, apoyan moralmente y cuidan físicamente-.

    También en el plano literario, las novelas costumbristas y las naturalistas constituyen fuentes imprescindibles, pues en ellas el marco de espacio y tiempo reviste gran importancia, y las reglas particulares que dan a cada uno su lugar y gobiernan las relaciones entre la gente, “son descubiertas con la agudeza de observación de un antropólogo”[16]. Ejemplos trascendentales son las obras Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, y Trafalgar de Pérez Galdós. Son fuentes que nos hacen comprender que el matrimonio y las relaciones entre los sexos cambian con el transcurrir del tiempo, que por ejemplo el trabajo, el poder y la propiedad han significado cosas distintas para las mujeres según las épocas, evidenciando las normas jurídicas que regulan las condiciones femeninas.

Fueron los estudios del género, muchas veces denominados "historias de mujer", los que evidenciaron como eje de análisis la relación de carácter social y evolutivo entre los sexos. La historia de los EEUU es la que incorpora de manera más avanzada la historia desde la perspectiva de género, a partir de la comprensión de una norma occidental: la pareja monógama y heterosexual cuya unión está sancionada por una autoridad religiosa o civil y es vivida en la esfera privada, la inserción de la pareja y su vida conyugal, mediante esta ceremonia en una familia, un parentesco, una comunidad. De ahí el hecho de que en las investigaciones sobre las relaciones de género se insertara el estudio de las instituciones, el derecho privado, la historia de la familia, la sexualidad, la vida privada, temas estelares a partir de 1960.

Por ejemplo se desarrollan estudios sobre las campañas militares, donde se extrae un prototipo que nos permite situarnos en un contexto más amplio, aclarando el papel de agente que jugaron grupos masculinos en vastos procesos como el de la Conquista. De esta forma se abre además la vía al estudio de microsociedades monogenéricas, con reglas de funcionamiento, relaciones de poder y prácticas culturales propias. "La figura masculina del ciudadano se identifica con la del defensor de la patria; la patria por la que combaten son las madres y esposas que quedaron lejos del frente. Se observa cómo se forma un grupo masculino: las diferencias sociales que lo cruzan, un espíritu de cuerpo que se va formando a través de las pruebas y aventuras compartidas (entre las que se destaca el bautismo de fuego), el horror de la guerra vivida -tan anhelada en el momento de enrolarse-".[17]

     Al efectuarse este análisis, por ejemplo, en el estudio de nuestras sociedades coloniales, todas las variables incorporadas son evaluadas a partir de una diferenciación marcada por la diferenciación sexual de los protagonistas. ¿Se trata de un esclavo o una esclava? Una apreciación en este sentido conlleva a la comprensión de que esta diferencia ha significado tareas y relaciones diferentes, con los amos, con el enrolamiento en el ejército, modalidades variables de inserción en las redes institucionales o en las de la sociabilidad esclava y negra, grandes diferencias en la posibilidad de ganar dinero, en el costo de su libertad y ganancia por medio de su trabajo, etc.

Para esto se hace imprescindible analizar los procesos contemporáneos nacionales que influyeron en la condición femenina: flujos demográficos, progresos de la educación, movilización a favor de la independencia, reformas legislativas y fluctuaciones económicas; resaltando aquellos momentos esenciales donde se juega el destino de las mujeres: su situación legal (capacidad jurídica, régimen de dotes, transmisión y gestión del patrimonio, etc.) y, el empleo (remunerado o no).

 

    En cuanto a las fuentes estadísticas, se debe tener en cuenta que las cifras son siempre imperfectas, y que, por tanto, la crítica del historiador debe tomar en consideración que en una sociedad donde la división del trabajo ha introducido históricamente tales diferencias entre hombres y mujeres y donde la visión del mundo ha privilegiado tan sistemáticamente el punto de vista masculino, el "trabajo" medido por el censo ¿da cuenta de la actividad desplegada por las mujeres? Para comprender la baja de actividades femeninas registradas, debemos interrogarnos sobre la noción de trabajo que la sociedad chilena tenía, su adopción como unidad de medida en el censo y su evolución de un censo a otro.

 

     Como parte de análisis tendríamos que ver igualmente cuál ha sido el lugar destinado a otro concepto tan importante como masculinidad en la historiografía.

 

     En el conjunto de las ciencias sociales, esta categoría ha sido analizada desde diversas perspectivas[18]:

 

·         Perspectiva Profeminista: Integrada por los hombres que se identifican con el discurso feminista de los años 60. Esta perspectiva se puede dividir en dos enfoques el liberal y el radical que asume posturas  miméticas a la de las feministas.

·         Perspectivas Gay: Defiende los derechos de la comunidad homosexual en contra de la homofobia, además de incorporar temas de poca comprensión en otros grupos como el travestismo, transexualidad, sadomasoquismo y pornografía.

·         Perspectiva Mitopoética: Establece paralelos y oposición a las corrientes del feminismo cultural con el que se identifica. Esta perspectiva sustenta la diferencia sexual como base para la construcción de los géneros.

·         Perspectiva Socialista: Basada en las discusiones sobre las estructuras de poder en la sociedad y su efecto en la misma, apoyan las corrientes del feminismo que identificaron al movimiento de mujeres con la burguesía y su papel divisor para la clase obrera.

·         Perspectiva de los Hombres Afrodesendientes: Analiza los problemas que vinculan los diferentes grupos étnicos y raciales de hombres, y aunque la bibliografía más abundante es sobre las comunidades afroamericanas, ya existen debates sobre latinos, judíos, y de otras comunidades.

·         Perspectiva Evangélico – Cristiana: Opuesta a las ideas del feminismo, rescata los dogmas de las religiones evangélico – cristiana donde el papel protagónico social lo tendrá el hombre por los designios de Dios.

·         Perspectiva Conservadora: En oposición a las ideas del feminismo, sustenta a través de la biología los roles asignados a los hombres y a las mujeres, identificando todo lo que sea público a los primeros y lo privado a ellas.

·         Perspectiva de los Derechos del Hombre: Plantea con un discurso ambiguo su simpatía hacia el feminismo, pero a la vez refuta su nocividad a la hora de analizar los privilegios masculinos, los cuales critica pero no ayuda a crear una nueva perspectiva.

Es a partir de los últimos años del siglo XX que se abren nuevas aristas para estos estudios, descubriendo su connotación histórico – cultural. Estudios realizados, por ejemplo, identifican tres componentes mínimos de la identidad masculina en el siglo XIX, identidad psíquica y social a la vez: en el hogar, la profesión (propia de la clase media, en oposición al trabajo manual de la clase popular), y las asociaciones con sus congéneres donde encuentra su respetabilidad.

Son elementos esenciales para comprender entonces el pasado, la cultura e idiosincrasia de un pueblo, a partir del entendimiento de aspectos tan medulares en su identidad social.

 

Una aproximación al género en la historia de Cuba

Las investigaciones históricas en cuba, desde la época colonial, han estado permeadas por las concepciones genéricas desarrolladas, a través de los tiempos, en la cultura nacional; y que han estado caracterizadas por un fuerte androcentrismo, un marcado “machismo”, que repite un estereotipo universal de varón al que se le asignan valores patriarcales que lo hacen preso de una construcción de género. Muchas de sus obras, muestran a las mujeres como diferentes de los hombres, en el sentido de seres incompletos e inferiores o a través de su discurso, refuerzan las construcciones sociales de género imperantes.

Diversos autores explican este fenómeno a partir de las “prácticas culturales del primitivo período colonial[19], con la producción de un discurso marcadamente patriarcal, identificados dentro de la relación conquistadores ⁄ conquistados.

Junto con la dicotomía buen salvaje ⁄ bárbaro, los amerindios y su espacio físico fueron rutinariamente mostrados en términos femeninos. Recuérdese el tan socorrido grabado América, que muestra el encuentro entre Américo Vespucio y una clásica figura femenina europea que representa el continente “descubierto[20].

El análisis descubre cómo a partir de este momento a la “América” se le asigna una identidad femenina, equivalente a sexualidad, inocencia y unidad con la naturaleza, a la vez “cuerpo femenino” que debía ser dominado y moldeado. Esta sexualización del otro contribuyó a la construcción de una identidad patriarcal occidental como eje alrededor del cual se definieron otras identidades, como la genérica, en estas tierras conquistadas.

Por ello, al efectuarse un bosquejo en la historiografía cubana, resalta su sello “machista” y por tanto, la invisibilidad del quehacer femenino dentro del conjunto del devenir histórico cultural.

Diversos textos abordan a la mujer, enmarcada en los roles asignados a través del devenir histórico, como ama de hogar, instructora, etc., destacándose sólo aquellos ejemplos trascendentales que rompen con los esquemas establecidos. Por ejemplo, una figura siempre presente, aunque pienso escasamente abordada, ha sido Ana Betancourt, participante de la Asamblea de Guaímaro en 1869, en la que hizo uso de la palabra para exigir el reconocimiento de los derechos femeninos en la Constitución de la República en Armas.

De esta manera, quedan débilmente presentadas las mujeres en los diferentes momentos de nuestra historia, a veces abordadas en capítulos apartes, extraídas del contexto estudiado; como si su actuación hubiera sido separada de la de los hombres, o como si resultara un suceso no provocado por los mismos factores que condicionaron la actuación de estos. 

He encontrado innumerables ejemplos de mujeres que, en conjunto con los hombres, han participado de procesos y eventos importantes de nuestra historia. Desde la cimarrona Melchora, que creó palenques móviles donde se refugiaban los rebeldes en las montañas de la Sierra del Rosario, la actuación de las mujeres habaneras ante la ocupación inglesa en 1762 las que escribieron el primer documento que se conozca, acusando a los jefes militares españoles por sus negligencias, y exaltando la capacidad de los criollos profundamente ofendidos por la forma en que se rindió la plaza.

La lucha de diversas féminas, organizaciones, publicaciones a favor de los derechos femeninos, a partir de los primeros años de la república neocolonial, como el Conjunto Nacional Democrático Femenino, el Partido Nacional Femenino, en las que se destacaron mujeres como Amalia Mallén y Digna Collazo.

Innumerables nombres se podrían mencionar, pues la mujer ha estado presente, al igual que los hombres, en todos los momentos de nuestro devenir histórico. Incluso es de ahí que se puede analizar y descubrir el carácter independiente y fuerte de la mujer cubana de nuestros días.

Se plantea, que esta ausencia de una perspectiva de género dentro de la historiografía cubana, se evidencia igualmente en la ausencia de estudios acerca de la homosexualidad, el travestismo y el feminismo. Temas que, actualmente es que comienzan a ser abordados en el conjunto de las ciencias sociales.

 

CONCLUSIONES

El criterio de género pasará progresivamente a formar parte de la herramienta mental con la cual los historiadores abordan el pasado, como mismo fueron adoptadas las nociones de clase social, status social, las de "duración" o construcción del tiempo variable según el registro de experiencia considerado. Esto permitiría ampliar y renovar el conocimiento histórico y nos permitiría extender los límites de nuestra memoria del pasado.

No existe aún una metodología propia a una historia escrita desde una perspectiva de género, pero de lo que se trata es de sacar provecho de los recursos del método histórico para responder a este desafío.

Se debe echar sobre el pasado una mirada sintética que englobe a hombres y mujeres, considerando las modalidades de sus relaciones y los efectos de sus diferencias en el plano de la sociedad entera. En este caso el concepto de género nos reserva un punto de vista -empleando en este caso el concepto de perspectiva de género-. Un punto de vista desde el cual es posible percatarse cómo las sociedades han organizado las diferencias entre hombres y mujeres, y cómo, en su organización, ha operado una línea divisoria entre masculino y femenino.

 Esta línea divisoria precede el pasado histórico, la hemos heredado de tiempos inmemorables. Las sociedades parecen reacondicionarlas incansablemente. Por una parte, los atributos que son considerados como propios de cada sexo son intercambiados reiteradamente, por ejemplo, aquí las mujeres son las que se encargan de la agricultura, allá son los hombres: en 1750, los hombres son los que usan tacones altos en el mundo occidental, en 1950 en cambio, eran las mujeres.

Por otra, las sociedades han reproducido una disimetría entre lo masculino y lo femenino -una preeminencia de lo primero sobre lo segundo- legitimando el poder de los hombres sobre las mujeres. Desde ese punto de vista, recién se comienza a medir la novedad que representa, a partir del siglo XX, el cuestionamiento explícito de esta disimetría por parte de sociedades enteras y sus instituciones.

La historia nos hace palpar aquí una estructuración fundamental de la sociedad a partir de un modo de pensamiento diferencial masculino- femenino, trátese de organización material o simbólica, trabajo, familia, teogonía o costumbres de la vestimenta, ocupación de los espacios o distribución de las tareas domésticas. Somos permanentemente remitidos a un pensamiento de tipo dual (masculino o femenino), distributivo (entre masculino y femenino), que parece haber penetrado y modelado las instituciones, normas, ritos, definición de políticas.

Cuando se invisibiliza el origen histórico de la desigualdad entre hombres y mujeres, se contribuye a reproducir las condiciones cuya consideración se omite, y a mantener o incrementar la opresión de las mujeres al no verlas ni considerarlas como parte de la sociedad, del desarrollo y de la democracia. Así pues, la aportación de la perspectiva de género consiste en develar la mitad oculta de la realidad y con ello modificar la ya conocida para favorecer la creación de una nueva realidad equitativa, igualitaria y justa.

Comprender y aceptar la teoría de género puede producir una suerte de revolución intelectual personal ubicada en la transformación de las mentalidades que distingue al final de este milenio.

Se debe escribir una historia que se acerque más a la experiencia humana, que es la de hombres y mujeres.

 

BIBLIOGRAFIA

 

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Datos de la Autora:

 

Lic. Aimee Acosta López

Licenciada en Historia

Universidad de la Habana, Cuba.

Tlf: (537) 2030807

e_mail: aimee7528@hotmail.com


[1]Georges Duby en Anne Pérotin- Dumon: El género en historia. Segunda Parte. Introducción, Universidad Católica de Chile, 2001. www.sac.ac.uk⁄ ilas. P.2

[2]Idem.

[3] Seyla Benhabid y Drucilla Cornet:: Teoría feminista y teoría crítica, Alfons el Magnánim, Valencia, 1990, p. 9 ( www. cosmovision.htm)

[4]Anne Pérotin- Dumon: El género en historia. Segunda Parte. Introducción. P. 3

[5]Idem. P. 4

[6]Natalie Zemon Davis en Anne Pérotin- Dumon: El género en historia. Segunda Parte. Antología de trabajos y fuentes. P. 3

[7]Idem

[8]Ibidem, p. 5

[9]Michelle Perrot en Anne Pérotin- Dumon: El género en historia. Tercera Parte. La enseñanza y la investigación: Lecciones y promesas en Chile. P. 9

[10]Anne Pérotin – Dumon: El género en historia. Segunda Parte. Introducción, p. 3

[11] Anne Pérotin – Dumon: El género en historia. Tercera Parte, p. 10

[12]Idem

[13]Ibidem., pp 10-11

[14]Anne Pérotin – Dumon: El género en historia. Segunda Parte. Introducción, p. 2

[15] Anne Pérotin – Dumon: El género en historia. Segunda Parte. Antología de trabajos y fuentes, p.1

[16] Ibidem, p. 4

[17]Idem

[18] Julio César González Pagés: Género y masculinidad en Cuba: ¿el otro lado de una historia?, Edición Digital, Ciudad de la Habana, 2001. pp. 1-2

[19] Geddes González, Henry. Las estrategias visuales de la construcción de la diferencia en las Américas en Temas # 14, abril – junio, 1998. p. 4

[20] Ibídem., p. 12