Monografias | Increíble caceria de jabalíesIncreíble caceria de jabalíesResumen: Caía a pique el sol sobre el horizonte y mientras el disco dorado se perdía morosamente ensombreciéndolo todo, el mini-bus enfiló a media velocidad hacia el casco del Ciervo Rojo, enorme estancia pampeana considerada la cabeza de un ambiente único en el mundo por la gran diversidad de especies con relevancia del Puma -o león americano- y el inefable Jabalí. Caía a pique
el sol sobre el horizonte y mientras el disco dorado se perdía morosamente
ensombreciéndolo todo, el mini-bus
enfiló a media velocidad hacia el casco del Ciervo Rojo,
enorme estancia pampeana considerada la cabeza de un ambiente único en
el mundo por la gran diversidad de especies con relevancia del Puma -o león
americano- y el inefable Jabalí. El conductor, aprovechando la oportunidad de viajar lento,
cumplía doble función e informaba por el altavoz a los deportistas
sobre las características del afamado coto:
. . . del lado derecho pueden ver uno de los más grandes montes de caldén
que existen. . . , ese arroyo se denomina DE LAS CRUCES pues todas las piedras
que yacen en su fondo -aún las más pequeñas-se distinguen con la santa
insignia. Si el hecho de
disfrutar el recorrido tenía sabor propio,
el acto de capturar con la vista todas las imágenes que ofrecía el
entorno, lo tenía aún más. Para un cazador esta clase de tour representa una de las más
intensas delicias que nos consiente el destino.
Por fugaz que sea el contacto con un lugar extraño,
equivale a unas nupcias que siempre engendran algo,
un retoque de ideas preconcebidas o una confirmación de intuiciones.
Con voz clara, pero monótona, prosiguen
las indicaciones del chauffeur: . . . en
ese potrero alambrado ocurrió hace mucho tiempo un accidente aéreo. . .
Desde el fondo
del vehículo un vozarrón grave acotó, casi
interrumpiendo al conductor: . . . Se
trataba de un DC-3 con 21 pasajeros, en
vuelo desde la Capital Argentina hacia el centro turístico de Bariloche. Su velocidad de crucero era de 290 Km. por hora. La máquina
despegó con 14. 000 Kg. de peso
bruto, en vez de los reglamentarios
11. 400 que indicaban las especificaciones de fábrica. Esa fue, como
luego se supo, la causal del
accidente. Transcurría Mayo de
1949. En él viajaba-también-mi
padre y fue la razón por la cual nunca conocí a mi progenitor. Las autoridades jamás explicaron el motivo del sobrepeso. .
. Dicho esto , a
modo de ineludible complemento explicativo,
tomó asiento. El hombre lucía
el atuendo característico de los guías cinegéticos.
Una vez
acomodados en nuestras habitaciones comenzaron a corporizarse los detalles del
casco. En su larga galería,
en el living, en el comedor dispuesto en dos niveles, en El grupo de
deportistas era conducido por el sagaz J. R.
(Guía en grado de jefe de la empresa organizadora T. A. P. A.
S. A. ). Estaba compuesto por cinco cazadores: Ángel, Juan José
y Armando, españoles ellos.
Jesús, oriundo de Lisboa y
Duval, membrudo personaje cuya
nacionalidad, edad y muchos de sus
antecedentes, tardaríamos en
conocer. No así su alias:
¡Su Ese Sábado
amaneció despejado y gélido. El
pantagruélico desayuno sirvió para que el grupo terminara de intimar,
hecho indispensable en estas lides,
donde la metamorfosis obra en los humanos de forma y manera sorprendente.
Promediaba ya
la mañana cuando el tupido monte que se observaba al poniente comenzaba a
cerrarse frente a nosotros anunciando la proximidad del campo de cacería.
¡NOS ENCANTÓ ! hizo mella en nuestros espíritus decididos a recorrer una de
las áreas cinegéticas más curiosas, exóticas
y al mismo tiempo menos difundidas del planeta,
en cuanto atañe al más viril de los deportes:
¡LA CAZA MAYOR ! Nos disponíamos
para cazar, durante dos días como
mínimo, en la modalidad acecho.
Es la práctica que requiere mayor experiencia y conocimiento pues abatir
un gran macho supone enfrentarse a un animal,
que habiendo llegado a viejo de suyo,
conoce y utiliza todas las mañas habidas y por haber,
trocando el deporte por una contraposición de astucias.
Faltaban dos días
para el plenilunio, terminaba el Sábado
y la noche prometía ser de las muy frías.
A unos trescientos metros de la aguada,
circundada por cuatro viejos caldenes frondosos y sólidos,
armaba J. R.
el campamento requiriendo de todos el mayor de los silencios y
! NADA DE CIGARRILLOS ! Bien sabía que
estas medidas drásticas resultan un tanto impopulares,
pero nunca ignoró que quien quiera dirigir la orquesta tendrá que dar
la espalda a la multitud. Cebar las
lagunas incrementa las posibilidades de éxito.
Básicamente consiste en desparramar granos de maíz o trigo,
a poca Desde el inicio
me pareció advertir que Su Alteza no congeniaba con nuestro guía,
pero luego olvidé ese Pero Duval, inconmovible, insistió:
¡QUE LLAMEN AL COCINERO ! Jamás
ha levantado nadie una estatua al que deja las cosas tal y como están, dice un sabio proverbio.
Precisamente es lo que hacían los buenos y amigables españoles. . .
nada, permaneciendo
mudos ante la irreverencia del francés y Malhumorado y
desafiante Su Alteza. Grave,
formal y severo J. R. Retoma
la palabra Duval y mirando a todos con gesto adusto apostrofa:
El cuerpo sigue fiel a su leyenda de sangre y gloria
¡pues no hemos cambiado ! .
. . Impera el silencio. Fijamente lo
miró J. R.
de hito en hito y -en una mezcolanza de sorpresa y desconcierto- preguntó
¿De que Las reglas seríanéstas:
Juan José y Armando munidos de una escopeta semiautomática, cargada con
postas(cartucho que contiene generalmente siete u ocho plomos esféricos Eran las seis
dela madrugada de un frío Domingo cuando partieron. Hacia el Norte del
campamento caminaba J. R. , con rumbo Oeste lo hacía Duval.
Ambos
arropados, con vituallas, algunas bebida sin alcohol y desarmados.
Había luz suficiente para plasmar esas imágenes y Jesús aprovechó la
oportunidad tomando una fotografía que contiene a los dos hombres, augustos,
con una majestuosa Pampa por fondo. A los veinte
minutos de marcha dio J. R. con una
fracción de cornamenta de ciervo colorado de un metro de longitud –poco más
o menos-ya blanqueada por el sol. La componían seis puntas agudas, dos de las
cuales estaban rotas. Con ella en mano caminó por más de una hora en dirección
a la lomada desde donde se proponía localizar algún ejemplar. Más lo pensaba
y mayor era su convencimiento del disparate que estaba protagonizando. Pero resultaba
insoslayable, so pena de perder mucho más que el liderazgo de un contingente. ¡Una cuestión de honor ! , decía para sí.
Fue entonces
cuando lo vio, a no más de ciento cincuenta metros de distancia, pretendiendo
cruzar oblicuamente en su camino. J.
R. se agazapó tanto como pudo. La primera reacción del guía
fue mirar en derredor corroborando si había otros. La Pampa
Argentina de ordinario se presenta llana y poblada de árboles, pero esta zona
era excepcionalmente árida y estaba surcada de quiebras y lomas,
razón por la cual J. R.
no vio nuevamente al enorme Jabalí hasta el momento en que salió de la
hondonada. Allí estaba
sobre sus cuatro sólidas patas y munido de dos enormes colmillos,
blancos y filosos. La bestia no pesaba menos de 200 Kg. El animal
miraba al guía con fijeza y desacostumbradamente, quedóse quieto. El árbol más
cercano estaba, cuando menos, a cinco Km. del hombre y sin embargo, vino
a su imaginación tan nítidamente que lo motivó a treparlo.
Decía J. R. para sí: El Jabalí macho y solo rara vez ataca.
Pero allí estaba la fiera que -habiendo acortado la distancia de manera
imperceptible para el guía- se encontraba ahora a unos cincuenta metros de
distancia, con los pelos del pescuezo sumamente erizados.
¡Un cerdo que podía matarlo ! ¿Lo
sabría también la bestia ?. Comprendió el guía que no podía mostrar miedo
pues -si el cuadrúpedo se percataba de ello-. . . entonces sí que estaba
perdido o -tal vez- ya lo estaba. Este animal, a diferencia del hombre, posee un
considerable bagaje de instintos. Su inteligencia se basa en la memoria
asociativa que motoriza recordando y relacionando fenómenos ocurridos en su
presencia. En todo esto
pensaba el guía buscando resolver la situación de modo rápido.
J. R. Había concurrido a
esta zona infinidad de veces en ejercicio de su profesión. Gozaba del favor y
la confianza de cuantos lo habían conocido,
por su bien ganada fama de Buen Tipo.
! Su Alteza cambió el rumbo Oeste y va hacia el Norte ! dijeron
por la radio Juan José y Armando. Duval desconocía
la Pampa y por tanto no disponía de los referentes válidos indispensables que
le permitieran localizar al gran Jabalí de sus sueños mediante esta operativa
que él mismo propuso e impuso. Sobre las actividades del guía, lo único radiado por Ángel fue: . . . Tiene a la vista un
enorme animal. . . yo también lo veo. . . Duval arribó a una conclusión
clara: Si alguno de los dos podía
avistar uno -o más- Jabalíes, ese
sería el guía. Por lo cual
determinó cambiar su ruta y caminar hacia el poniente.
Llevada de su
buena índole Frida le hizo fiestas a un perro del tamaño y la apariencia de un
lobo. Ni siquiera hubo amago de pelea. Una embestida súbita,
el metálico crujir de una tarascada, un salto hacia atrás-no menos súbito-y
quedó Frida con un lado de la cara desgarrada desde la oreja derecha a la boca.
Embistió la perra contra el agresor y volvió a morderla para luego sacar el
cuerpo. Nuevamente lo acometió Frida y el perrazo la lastimó aún más. Ya no
pudo levantarse. Garrote en mano
un hombre puso orden. Ése hombre, dos años Aquilatados
instintos por herencia de generaciones de domesticidad desaparecían ahora de
este noble animal y volvía, en pocos segundos, al estado de aquellos que
-vagando por montes y selvas- se alimentaban de presas vivas.
¡Frida. . . ¡Mi linda
Frida ! murmuró J. R. al oído de
la perra que aún lucia-casi con orgullo-el viejo desgarrón.
Quedaron, en un instante, prendados el uno del otro.
A 50 metros -más
o menos- un enorme Jabalí, en temeraria actitud, acechaba. Encima de él Frida,
que no cesaba de dar vueltas y revueltas al tiempo que arañazos inexplicables
sobre el gran montículo donde ambos se encontraban. Duval que, para sorpresa del guía, se aproximaba. ! Imposible estar en peores circunstancias ! pensaba
J. R. pues, al fin y al cabo, Su Alteza era a un mismo tiempo su
responsabilidad y su contendor. ¿Que hacer ? Bajó la cabeza y con ella su
mirada. La vista de un guía profesional es algo increíble, su olfato también
lo es. Ambos sentidos estaban activados al máximo por la desesperación. Ya había
dejado muy lejos la apuesta hecha con Duval. La actual situación se había
transformado en preocupación seria, muy seria, ante tan inminente peligro. Lo
primero que atinó hacer fueron señas-imperativas-a su rival indicándole
ocultarse. Le hizo caso y desapareció Duval de la faz de la tierra, al
instante. ! Un problema menos ! pensó
J. R. Un olor raro,
extraño y dulzón, percibía el guía. Algo pequeño Allí estaba,
clavada al piso, desafiante, viéndolo todo en derredor. Como una saeta Frida
salió disparada en dirección al poderoso Jabalí. Frío y
calculador hasta en los momentos de mayor exaltación se apostó el enorme cerdo
en el sitio por donde pasaría la perra. No pudiendo retroceder ya Frida se
encaró con éste. Los dos
colmillos largos, blancos y afilados del gran cuadrúpedo aparecieron. Frida
intentó eludirlos con un salto desesperado, sin conseguirlo. Los filudos adminículos
entraron por el estómago del noble can para terminar quebrándole el espinazo.
Lanzó un alarido-tan fuerte e impresionante-que J. R.
escuchó claramente, aún a ésa distancia. Curtido el guía en estos
lances elevó -mentalmente- una breve plegaria en honor de su fiel y querida
amiga que ya no vería jamás. Made
in USA-A. F/1936
fue lo primero que leyó J. R. cuando
-con una de las puntas de la cuerna- lo desenterró. Continuó excavando.
Quebróse el
hueso, seguramente por mucho tiempo de exposición al sol de La Pampa. Con las
manos logró extraer el objeto metálico, sujeto a una cadena. La misma que en
su extremo opuesto lucía la rectangular medalla aclarando su procedencia
estadounidense del año 1936, perteneciente a la fuerza aérea de ése país. Un
extravagante e insólito pensamiento lo estremeció. Por un sólo momento meditó
sobre su padre al tiempo que dijo para sí:
¿Me estaré volviendo loco ? Al fin se calmó. Tiró fuertemente de la
cadenita sin comprender como podía resistir tanta tensión. En principio
extrajo un culatín cuya madera estaba intacta. Rápidamente apareció el resto
¡Era un arma ! Pero ¿de qué
tipo se trataba ? que ni él podía distinguirla.
La boca del cañón era superior al de una escopeta calibre 12/70, con
articulación central, monotiro y poco más o menos, del tamaño de un antiguo
revolver Frontier. Llamó su atención
la falta de herrumbre. Aparentemente
se encontraba en aceptable estado. Alentado por
esa extraordinaria fuerza que al hombre insufla la incertidumbre y el peligro
prosiguió en su faena exhumatoria. La pestilencia aumenta y logra
individualizarlo ¡SE TRATA DE
ACIDO FENICO ! Aparece una caja, similar a la de guardar zapatos, donde -entre otras palabras
escritas en inglés- lee tetracresilo. . . conteniendo -además- hilo y algodón.
Definitivamente
el recipiente servía de envoltorio para unos enormes cartuchos similares a los
utilizados en la caza, pero de tamaño mucho mayor. En realidad, la suma daba
tres. Ya no dudó ¡Tenía entre
manos una pistola lanza señales ! ¿Funcionaría ?. . .
imposible saberlo, se dijo.
Pero. . . ! ALGO ES ALGO ! Una nueva mirada en torno congeló su sangre. Por su parte
Duval se incorporó, lentamente, pudiendo apreciar el mismo cuadro que se exponía
ante el guía. Ocurrió lo propio con Juan José, Armando y el custodio de J.
R. , que para entonces, ya estaban intercomunicados por radio. Por
su parte Jesús-al corriente de los acontecimientos-permanecía en el
campamento. Si los Jabalíes han desarrollado algún sistema de comunicación
entre ellos -o no- es algo que la ciencia deberá averiguar. Por regla general
éstos animales no atacan al hombre. Pero cuando alguno ha matado y comido a una
persona, existe el peligro que
incorpore carne humana a su dieta aún a riesgo de cualquier sacrificio que
llevará adelante contra viento y marea. Una masa de pelos, patas y colmillos,
en un círculo no mayor a los cuarenta metros de diámetro,
se movía continuamente. Cuando menos una veintena de animales la componían
¿Qué Hacer ? Se preguntaba el guía. En el reino
animal sus gesticulaciones y señas distan mucho de ser claras e inequívocas,
pero era seguro que se disponían para atacar.
Todos habían advertido la temeraria actitud de estas bestias. Por fin
los hombres-excepto Jesús- estaban reunidos. A todos miró J. R.
Con voz calmada les dijo: . . . En peor peligro no me he visto nunca. . .
. y agregó: Ataquémoslos nosotros
primero. . . Duval, al escuchar esto, por
primera vez estuvo de acuerdo con el guía, añadiendo: . . . Con las armas de nuestros amigos españoles
saldremos adelante. . . (en definitiva sólo se trataba de dos escopetas calibre
16; veinte cartuchos/posta y un puñal Muela de 8/4). J. R. los tenía bien contados. Eran cinco enormes padrillos
y 16 hembras. Dirigiéndose solamente a Duval, díjole el guía: . . . Debes
entender que la situación es muy otra a la presupuestada originalmente pues no
se trata ya de Cazar un gran macho cada uno de nosotros sin armas. . . Se trata
de 21 animales salvajes y sólo Dios sabe cuantos más han de unírseles. . . al
tiempo que preguntó: ¿Lucharemos
contra todos ? Sí, replicó Duval. Pero lo haremos tu y yo, a cuchillo.
¿Sólo tenemos uno. . . qué propones ? acotó J. R.
y remató el concepto con una jocosa expresión que contrastaba con la
terrible situación: ¿O piensas que podremos turnarnos en el uso de la daga
mientras las demás fieras toman cómodo asiento, nos contemplan, aplauden a sus
congéneres o a nosotros, en el mejor de los casos ?. . . idiota ! Cauto y
tranquilo Su Alteza extrajo un puñal de 22 Cm. con caladura, que en su
bota derecha tenía oculto. Bien –amigo mío- ya tenemos dos, así que
¡ADELANTE ! En el claro
atardecer de ese Domingo brilló el acero. Dejó su mochila en el piso y con
gesto adusto, le indicó al guía: ¡Vamos,
muévete ! Murmurando al oído de J.
R. , Ángel le dijo . . . Ve todo lo calmo que puedas y procura ése
macho que está a la derecha de la piara, el que tiene partido el colmillo
izquierdo. . . ¿lo ves ? Sí, contestó J. R. Finalmente agregó el buen Español:
Nosotros trataremos de cubrirlos. . . hasta donde podamos. Recto caminó
Su Alteza hacia el lote de bestias. Paradójicamente se cumpliría la profecía
de J. R. La manada se apartó del elegido por Duval, más de 20 Mts. ,
dejándolo solo. El Jabalí arremetió contra El Legionario. El hombre dejó
pasar la primera embestida aprovechando para esquivar los colmillos y -al mejor
estilo de los toreros- clavó su arma en el lomo. Sintió el cerdo la estocada y
resbaló. Acometió Duval y sin dudarlo, procuró el corazón. La primer
cuchillada fue fallida, enterrándose el arma hasta la empuñadura en el barro.
Recuperó la daga y nuevamente lo intentó acertando ahora un tremendo puntazo
en el cogote que cortó la yugular de cuajo. Duval, bañado
en sangre, sostenía al gran padrillo por la cabeza. El cerdo, aún gravemente
herido mantenía buena parte de su potencialidad y sus más de 200 Kgs.
de peso los hizo notar. Con
un rápido giro del pescuezo acertó en la axila izquierda del hombre que en un
desesperado esfuerzo logró -por fin-introducir el acero directamente en el
corazón del animal, matándolo
instantáneamente. Seguramente algún órgano de importancia había sido
interesado por cuanto Su Alteza yacía en el piso, al parecer
¡MUERTO ! Sin dudarlo y al
unísono, Juan José y Armando dispararon sus armas en cerrada descarga contra
la piara. Ciertamente alguno de los
tiros tuvo doble efecto, pues once
de las bestias cayeron muertas o heridas. Recargaron los españoles, con una mecánica
que hablaba a las claras de una vasta experiencia en este deporte y encararon
nuevamente sus armas contra la manada conformada aún por once -o más-
animales. Grave tronó la
voz del guía: ! Quietos ! . . . ! Miren ! Ya no
había más jabalíes. Evidentemente estas bestias se comunican entre sí. . .
de alguna forma, aseguraron todos al tiempo que, atónitos, intercambiaban
nerviosas miradas. La situación era clara para J. R. Por alguna causa la piara
se había retirado, lo cual no era verosímil. El piso pampeano estaba
literalmente tapizado con cadáveres de jabalíes en un radio de veinte a
treinta metros. Duval permanecía
en el suelo, posiblemente muerto o, en el mejor de los casos, herido gravemente.
Por lo demás
reinaba una extraña calma que, sumada al crepúsculo del atardecer y el
revolotear de unos Teruterus que alborotaban con sus chillidos, traían malos
presentimientos al guía. Una vez más miró a Duval. Lo distinguía con
dificultad pues la tarde caía inexorablemente.
El riesgo de todos aumentaba, especialmente el de Su Alteza. Los potentes
prismáticos, 7 x 50, alcanzados por Armando facilitaron-por el momento-las
cosas. Estaban todos reunidos en el sitio donde originalmente se apostara J. R.
transformado ya en una suerte de refugio o mini-ampamento.
El guía tomó una rápida determinación ordenando al resto construir
con piedras, ramas y lo que tuvieren próximo algo -lo que fuere- parecido a una
trinchera. Dispuso luego las dos escopetas,
en sendos lugares, de tal forma que cubriesen frente y retaguardia de los
españoles. Sólo Juan José
debió conformarse con la video-cámara como única arma. Las comunicaciones
radiales que el portugués hacía insistentemente, eran tantas que debieron
pedirle: Silencio hasta nuevo
aviso. Nuevamente enfocó J. R. los
binoculares hacia su máxima preocupación, DUVAL. Estaba como siempre, quieto. A su lado el
gran padrillo, muerto. Semihundidos los dos en una especie de fango que en buena
medida había colaborado la sangre de ambos para que se formara. Por última vez
orientó los gemelos hacia El Legionario y -ya con los nervios a flor de
piel-dijo a sus amigos: Me lo temía ! Cierto es que
algunos en silencio sufren más ruidosamente que otros. Ése era el caso de
Duval. Su rostro lo reflejaba vivamente. La vida nos ofrece gloriosas
excepciones que a diario los dibujos y letreros nos comunican. Obviamente J. R. , como todo mundo, había observado miles de ellos. Pero
éste, en especial, NO LO OLVIDARÍA
JAMÁS. Sosteniéndolo
con su brazo sano cargó a Duval sobre sus hombros. La luna llena colaboró y en
veinte minutos de máximo esfuerzo alcanzó el precario refugio. Un suspiro de
alivio recorrió el campamento. J. R. se
desplomó. Por unos momentos permaneció así, sentado junto al hombre herido,
observando a sus compañeros y ¡Agradeciendo
al Supremo ! Duval no podía
emitir palabra. Como en la zona de la garganta no se advertían rasguños
atribuyeron el hecho al fuerte impacto emocional recibido. Su mirada era, aun
mismo tiempo, límpida y penetrante. Probó su diestra
¡Funcionaba ! Por señas pidió
un lápiz. No había. Como si extraños e irrefrenables impulsos lo motivaran,
insistió. Finalmente, de entre sus ropas, Armando rescató una estilográfica
que inmediatamente colocó entre los dedos de Su Alteza.
Con la cubierta
de la vieja caja encontrada por el guía improvisaron un pizarrón. La tímida
luz de la única linterna de bolsillo daba a la escena un toque sublime. Cuatro hombres,
olvidados de su difícil situación, aguardaban que su compañero se
pronunciara: ! Amigo ! las cosas más importantes de la vida no son cosas.
En la parte inferior de la tapa y a modo de rúbrica, alcanzó a dibujar
una desproporcionada "D". J. R. lloró. .
. . todos lo hicieron. Eran lágrimas de estirpe, de linaje,
de gratitud. . . de deportistas. Una cosa es el hombre solo y otra el que
instala una rivalidad frente a los demás.
Este era el caso de Su Alteza que, tras el esfuerzo de la lucha y el de
mostrar su gratitud mediante un letrero, yacía ahora en una litera hecha con
pajas y ramas. Ser guía no es
una profesión, es un arte. No existen para él archivos auxiliares y debe
confiar –ante todo- en sus orígenes, en
sus experiencias y llegado el caso, hasta en las caprichosas tradiciones orales
escuchadas en tantas noches. . . ¡en
tantos campamentos ! Ellas toman visos de autoridad en el momento en que se
concretan y sobre tales bases debe decidir.
Por lo cual J. R. , suficientemente recompuesto en lo físico y
emocional, determinó pasar el resto de la noche en el precario refugio
antes que arriesgar el contingente en una ruta de incertidumbre y peligros. Por
ello el parte radiado a Jesús fue el siguiente. . . Duval mal herido.
Procura un médico. Dios mediante estaremos allí luego del amanecer.
Permanece atento. REZA. . . Los que vienen de la batalla callan y no hablan de la guerra
porque el denuedo enmudece los espíritus templados en la lucha. Eso hacía J.
R. Pero su certidumbre respecto del
proceder futuro de las bestias era tal, que
decidió prepararse y prepararlos a todos. El panorama
cambió físicamente. El desierto, inmenso, donde la vista se pierde sin tener
donde posar, exhibía a la luz de la luna grotescas y fantasmagóricas estampas
de patascortas, gruesos cuerpos y blancos colmillos ¡Eran Jabalíes ! Procedió a desmontar los tres viejos cartuchos encontrados
ayer. Pidió las municiones que no
habían utilizado Juan José y Armando, quedóse
con seis y devolvió dos a cada uno de ellos rogándoles no utilizarlas,
excepto cuando él lo indicara. Contestaron los
deportistas españoles con un sólido gesto de aprobación y confianza,
revitalizador para el guía. Les pidió se alejaran unos metros y se abocó al
trabajo. De los cartuchos nuevos separó -prolijamente-pedernales, pólvora,
tacos y municiones. Haciendo lo
propio con los de bengala, apartó la pólvora negra (o de humo) utilizada en la
década del’30. Un guía es también sagaz observador de la vida de campo. Su
vasta sabiduría es fruto de la experiencia. El sabe, aún en plena oscuridad,
en que dirección transita con sólo tantear las pajas, ya que aquellas
-marchitadas por el sol- se inclinan hacia el naciente.
Pronostica las posibilidades de cambio de tiempo por muchos detalles:
cuando el perro duerme patas arriba anuncia lluvia. Significa lo mismo cuando
los yegüarizos disparan alocados por la pampa. Pero es seguro que soplará
viento cuando el chingolo canta en la noche. . .
y J. R. lo había escuchado cantar varias veces en la que aún transcurría.
A instancia del
guía los cinco huéspedes del precario refugio quedáronse sin calzoncillos,
pues éste necesitaba el borde superior elástico de las prendas. Con no poco
esfuerzo quitáronle el de Duval y rápidamente hicieron su aporte,
obviamente sorprendidos. Con una rama en
forma de "Y" como trabuquete, enterrada su base más de un metro y
atando fuertemente los cordones flexibles en ambas puntas que se unían en los
extremos opuestos al cuero, que extrajo del cinturón del herido, quedó listo
el artificio que utilizaría a modo de catapulta. Un rápido vistazo con los
binoculares le permitieron advertir -aún con luz de luna-que la piara
nuevamente se había reunido. Cuando
menos se trataba de 30 ejemplares, dos de ellos dedicados a destrozar el cuerpo
del Puma. Todos en igual disposición que al comienzo, dentro de un círculo de
unos 20 metros de diámetro. Con dos de los viejos cartuchos-bengala, insertando
por el orificio destinado al fulminante sendas mechas cortas(improvisadas con
hilo y algodón), quedó listo el continente. Dentro, dispuesto todo como si se
tratase de munición convencional para escopeta, agregó una buena dosis de pólvora
moderna y un separador de cartón. Seguidamente ácido fénico en abundancia,
otro separador y luego, municiones calibre 38 hasta el borde, que remató
con un doblez, impidiendo así su salida por ley de gravedad.
¡Son dos bombas ! dijo Ángel.
Inmutable prosiguió J. R. con
el tercer cartucho. Este tenía otro destino. Lo armó con el pedernal original.
Luego pólvora nueva(excesiva cantidad según Armando)y doblez final.
¡Otra bomba ! pensaron los
tres españoles. El plan de J.
R. estaba claro, en principio. La interrelación de los elementos utilizados en
la factura de los explosivos, era aterradora. Aún así era menester hacer un
tiro de aproximación que permitiera un cálculo cierto, sin con ello alertara
los cerdos. ¿Qué hará ? se preguntaban todos. Preparó la catapulta. Buscó
una piedra de peso similar a un cartucho grande. Probó-una y otra vez-la
resistencia de los elásticos y finalmente-convencido-reunió a sus amigos. Bien, les dijo,
éste será el trámite. . . y lo relató.
¡Entendido ! J. R.
los miró a todos, se desearon suerte y se abrazaron.
Rayaba el alba
y dio paso a otro gélido día que comenzó con viento fuerte del Sur, tal y
como vaticinara el guía. El tiro de prueba con la piedra cayó-para asombro de
todos- en el centro mismo de la piara. Se
dispersaron y se reunieron los cerdos en acto simultáneo, haciendo caso omiso
del asunto. ¡Increíble ! Dijo Juan José que, por su profesión de ingeniero civil, no
salía de su estupor. Se aproximó a J. R.
y le preguntó: ¿Es también el cálculo matemático tu especialidad ?
No, le respondió éste. Conozco
algo del idioma chino. . . ¿Si. . . qué ? Fíjate, apuntó el guía: La
palabra crisis está formada por dos ideogramas: uno significa peligro y el otro
oportunidad, ese es el cálculo que yo conozco. Todos rieron.
El primer tiro, catapultado, estaba aún en el aire cuando J. R.
disparaba el segundo. Al igual que la pedrada de aproximación, hicieron
perfecto blanco. Al menos diez cerdos fueron abatidos por las postas. Varios más
se dispersaron en loca fuga hacia sus guaridas, seguramente amedrentados por la
pestilencia del ácido y el tremendo estampido de los cartuchos. Se
miraron-satisfechos-los cuatro hombres y, en ése preciso instante, grita
Armando: Vienen cuatro más Eran
tres machos-enormes-con fabulosos colmillos. La hembra era la cuarta. Directo
hacia ellos. Alta la cola y baja la
cabeza ¡temible actitud en estas bestias ! pensó J. R. A una distancia de 30 Mts. , Juan José hizo gala de
su extraordinaria puntería y los dos cerdos punteros cayeron muertos,
impecablemente. El click, en vacío, del pretendido tercer disparo lo llamó a
la realidad ¡Sólo dos cartuchos !
Pero Armando ya había encarado su arma y la Disparó. Falló el
primero, por carga defectuosa. El segundo tiro tocó al animal en la grupa sin
derribarlo y peor aún, sin detenerlo. El español miró
a J. R. con el gesto de impotencia que caracteriza a los intrépidos ante la
indefensión. El guía le arrojó el Muela que -en el aire- tomó éste y sin
alardes, pero en franca ostentación
de su fuerza física y gallardía de raza, degolló a la bestia con un toque tan
impecable que conmovió al resto que rompió en un cerrado aplauso. Limpió el
acero sobre el cuero del Jabalí, miró en derredor y dijo:
Producto de las monterías. Nuevamente se iluminó el rostro de estos
valientes deportistas que, sin pretenderlo, habían participado en una cacería
de jabalíes definitivamente increíble. ¿Y la hembra ?
gritó el guía, absorto aún por la demostración e idoneidad de los españoles.
En tremenda barahúnda, Ángel se había procurado la pistola lanza bengalas
cargada con esa bomba. Apuntó cuidadosamente y disparó. El estrépito hizo
retumbar La Pampa. Virtualmente volatilizó al animal. Con Partieron del
reducto a las 09: 00 a. m. con
destino al campamento principal. El Portugués ya estaba informado de ello
gracias al transmisor de radio. J. R. , hombre convencido que cualquier trabajo
aún pequeño en apariencia, desatendido
por despreocupación o por indolencia, gravitará negativamente sobre los
resultados finales, se abocó a la tarea de construir un catre para transportar
a Duval. Básicamente se trataba de dos gruesas ramas, unidas entre sí
por cuatro cinturones de cuero, dispuestos en las puntas y dos en el centro. Los
huecos restantes se completaron con un entrelazado de esparto(paja de largos y
resistentes vástagos, que crece en
La Pampa Argentina en forma de matorral). Completaron el
recorrido en tres horas de marcha. Un verdadero record, si se toma en cuenta los
más de 90Kg. de Su Alteza que -dando muestras de recomponerse- daba
vueltas en la litera y la fatiga que pesaba en grado superlativo sobre los
cuatro portadores. ¡Llegaron ! Jesús, radiante
de gozo, corrió a su encuentro. Se aseguró que
todos estuvieran bien y abrazándolos, dijo:
Obró el eterno poderío del amor, capaz de mover el sol y las demás
estrellas aclarando –de inmediato- que parafraseaba a EL DANTE, en su poema
inmortal. J. R.
lo miró con cierta picardía. Introdujo su mano sana en la ratera y le
dijo al Inmediatamente
trasladaron a Duval hacia las dependencias principales del Ciervo Rojo, donde el
médico de la empresa organizadora, comenzó su atención y –para tranquilidad
de todos- les aclaró que no revestía gravedad
¡Se recuperará en quince o veinte días ! aseguró. No obstante dispuso
transportarlo por avión a Buenos Aires e internarlo en una clínica, lugar
donde permaneció hasta su total curación.
Unos expresan
que salió del Río de La Plata. Otros que está
influenciado por la habanera (hamacada y sensual que traían los tripulaciones
cubanas al puerto de Buenos Aires) pero, innegablemente, su raíz es hispánica.
Especialmente
andaluza. No obstante esta colisión
de pequeños patriotismos, el tango brota-súbitamente-sólo en Argentina. Para festejar
el regreso Jesús tenía dispuesto, en complicidad con los encargados del coto,
una completa orquesta típica. Los compases de La Cumparsita (himno del
tango)inundaron La Pampa y terminada su despaciosa elaboración, todos lo
bailaron ¡Felices ! Bien sabía J.
R. que el buen amigo portugués no
había podido participar(cuando menos activamente) en esta increíble cacería.
Por ello, aproximándose a él y a solas, le dijo:
Amigo mío, mañana mismo
intentaremos abates de Puma y Jabalí. . . ¿Qué te parece ? Profundamente
lo contempló Jesús y contestó: Viajar serena el ánimo y hace a los hombres
prudentes, aclarando inmediatamente Cervantes
! FRANCISCO
LUIS GIL. Publicación enviada por Francisco Luis Gil Contactar mailto:tapasa@yahoo.com Código ISPN de la Publicación EpAkZAEuAVxOBwzfsM Publicado Tuesday 17 de August de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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