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Increíble caceria de jabalíes

Resumen: Caía a pique el sol sobre el horizonte y mientras el disco dorado se perdía morosamente ensombreciéndolo todo, el mini-bus enfiló a media velocidad hacia el casco del Ciervo Rojo, enorme estancia pampeana considerada la cabeza de un ambiente único en el mundo por la gran diversidad de especies con relevancia del Puma -o león americano- y el inefable Jabalí.

Publicación enviada por Francisco Luis Gil


 

Caía a pique el sol sobre el horizonte y mientras el disco dorado se perdía morosamente ensombreciéndolo todo,  el mini-bus enfiló a media velocidad hacia el casco del Ciervo Rojo,  enorme estancia pampeana considerada la cabeza de un ambiente único en el mundo por la gran diversidad de especies con relevancia del Puma -o león americano- y el inefable Jabalí. 

El conductor,  aprovechando la oportunidad de viajar lento,  cumplía doble función e informaba por el altavoz a los deportistas sobre las características del afamado coto:  . . . del lado derecho pueden ver uno de los más grandes montes de caldén que existen. . . , ese arroyo se denomina DE LAS CRUCES pues todas las piedras que yacen en su fondo -aún las más pequeñas-se distinguen con la santa insignia. 

Si el hecho de disfrutar el recorrido tenía sabor propio,  el acto de capturar con la vista todas las imágenes que ofrecía el entorno,  lo tenía aún más.  Para un cazador esta clase de tour representa una de las más intensas delicias que nos consiente el destino.  Por fugaz que sea el contacto con un lugar extraño,  equivale a unas nupcias que siempre engendran algo,  un retoque de ideas preconcebidas o una confirmación de intuiciones.  Con voz clara,  pero monótona,  prosiguen las indicaciones del chauffeur: . . .  en ese potrero alambrado ocurrió hace mucho tiempo un accidente aéreo. . . 

Desde el fondo del vehículo un vozarrón grave acotó,  casi interrumpiendo al conductor: . . .  Se trataba de un DC-3 con 21 pasajeros,  en vuelo desde la Capital Argentina hacia el centro turístico de Bariloche.  Su velocidad de crucero era de 290 Km.  por hora.  La máquina despegó con 14. 000 Kg.  de peso bruto,  en vez de los reglamentarios 11. 400 que indicaban las especificaciones de fábrica.  Esa fue,  como luego se supo,  la causal del accidente.  Transcurría Mayo de 1949.  En él viajaba-también-mi padre y fue la razón por la cual nunca conocí a mi progenitor.  Las autoridades jamás explicaron el motivo del sobrepeso. . . 

Dicho esto , a modo de ineludible complemento explicativo,  tomó asiento.  El hombre lucía el atuendo característico de los guías cinegéticos. 

Una vez acomodados en nuestras habitaciones comenzaron a corporizarse los detalles del casco.  En su larga galería,  en el living,  en el comedor dispuesto en dos niveles,  en
los amplios ventanales de todos los ambientes que permiten disfrutar el soberbio panorama del extenso jardín y los campos lejanos,  en la piscina y en los cálidos y bien decorados dormitorios,  todo -definitivamente todo- nos
hacía presentir el más íntimo contacto con la naturaleza
y -fundamentalmente- las mentadas presas salvajes,  motivo capital de nuestro viaje. 

El grupo de deportistas era conducido por el sagaz J. R.  (Guía en grado de jefe de la empresa organizadora T. A. P. A.  S. A. ). Estaba compuesto por cinco cazadores:  Ángel,  Juan José y Armando,  españoles ellos.  Jesús,  oriundo de Lisboa y Duval,  membrudo personaje cuya nacionalidad,  edad y muchos de sus antecedentes,  tardaríamos en conocer.  No así su alias:   ¡Su
Alteza !  que,  naturalmente,  él mismo nos participó reiteradas veces. 

Ese Sábado amaneció despejado y gélido.  El pantagruélico desayuno sirvió para que el grupo terminara de intimar,  hecho indispensable en estas lides,  donde la metamorfosis obra en los humanos de forma y manera sorprendente.

Promediaba ya la mañana cuando el tupido monte que se observaba al poniente comenzaba a cerrarse frente a nosotros anunciando la proximidad del campo de cacería.   ¡NOS ENCANTÓ !  hizo mella en nuestros espíritus decididos a recorrer una de las áreas cinegéticas más curiosas,  exóticas y al mismo tiempo menos difundidas del planeta,  en cuanto atañe al más viril de los deportes:   ¡LA CAZA MAYOR !  

Nos disponíamos para cazar,  durante dos días como mínimo,  en la modalidad acecho.  Es la práctica que requiere mayor experiencia y conocimiento pues abatir un gran macho supone enfrentarse a un animal,  que habiendo llegado a viejo de suyo,  conoce y utiliza todas las mañas habidas y por haber,  trocando el deporte por una contraposición de astucias. 

Faltaban dos días para el plenilunio,  terminaba el Sábado y la noche prometía ser de las muy frías.  A unos trescientos metros de la aguada,  circundada por cuatro viejos caldenes frondosos y sólidos,  armaba J.  R.  el campamento requiriendo de todos el mayor de los silencios y  ! NADA DE CIGARRILLOS !  

Bien sabía que estas medidas drásticas resultan un tanto impopulares,  pero nunca ignoró que quien quiera dirigir la orquesta tendrá que dar la espalda a la multitud.  Cebar las lagunas incrementa las posibilidades de éxito.  Básicamente consiste en desparramar granos de maíz o trigo,  a poca
profundidad y rematar el trabajo con un suave apisonado del lugar para evitar que los pájaros hagan de las suyas.  Así se obligan los animales a ventear y facilitan su rápida localización. 

Desde el inicio me pareció advertir que Su Alteza no congeniaba con nuestro guía,  pero luego olvidé ese
pensamiento.  Se escuchó un grito. . .  ¡fuerte !  Duval requería y con urgencia,  se preparara inmediatamente el tan afamado asado criollo.  J.  R.  en un tono muy cordial,  casi humorístico,  le recitó el discurso anterior:  nada de humo,
nada de cigarrillos,  nada de nada. . . ¿O desea Ud.  que el más idiota de los jabalíes nos largue una risotada que se escuche desde Buenos Aires ?

Pero Duval,  inconmovible,  insistió:  ¡QUE LLAMEN AL COCINERO !  Jamás ha levantado nadie una estatua al que deja las cosas tal y como están,  dice un sabio proverbio.  Precisamente es lo que hacían los buenos y amigables españoles. . . nada,

permaneciendo mudos ante la irreverencia del francés y
olvidando que nadie nos recordará por nuestros pensamientos secretos,  pues de haberlos manifestado,  otro hubiere sido el desenlace final de esta increíble partida de caza. 

Malhumorado y desafiante Su Alteza.  Grave,  formal y severo J. R.  Retoma la palabra Duval y mirando a todos con gesto adusto apostrofa:  El cuerpo sigue fiel a su leyenda de sangre y gloria  ¡pues no hemos cambiado !  . . . Impera el silencio. 

Fijamente lo miró J.  R.  de hito en hito y -en una mezcolanza de sorpresa y desconcierto- preguntó ¿De que
cuerpo hablas tu ?  ! De la célebre Legión Extranjera !  contestó Duval,  agregando inmediatamente:  Los tiempos del rey Luis Felipe terminaron, no somos una caterva de asesinos,  delincuentes e indeseables,  somos los hombres más valientes del mundo y -aquí y ahora- lo demostraré.  Nuevamente reina el silencio. . . todos se miran.  J.  R. , que lucía grávido de ira,  grita: A veces hay sorpresas y agrega, enfrentando a Duval: Pues bien ¿Qué propones ?  ¡Cazar un gran macho sin armas !  respondió el francés al tiempo que inquiriéndole a "J.  R. " una respuesta, le pregunta ¿Qué dices tu. . . Gran Guía ?. El desafío estaba claramente planteado y entendiéndolo así bramó el conductor del tour: Eres un maldito desquiciado, un loco. Propones lo imposible y lo propones sólo por gusto  ! PERO ACEPTO !  

Las reglas seríanéstas: Juan José y Armando munidos de una escopeta semiautomática, cargada con postas(cartucho que contiene generalmente siete u ocho plomos esféricos
calibre38)una video-cámara, prismáticos y un radiotransmisor de mano, controlarían a Su Alteza fiscalizando su accionar. Con similares elementos Ángel haría lo propio respecto de J.  R.  Al cuidado del campamento quedaría Jesús que, a su vez, tomaría nota de los partes radiales. 

Eran las seis dela madrugada de un frío Domingo cuando partieron. Hacia el Norte del campamento caminaba J. R. , con rumbo Oeste lo hacía Duval. 

Ambos arropados, con vituallas, algunas bebida sin alcohol y desarmados.  Había luz suficiente para plasmar esas imágenes y Jesús aprovechó la oportunidad tomando una fotografía que contiene a los dos hombres, augustos, con una majestuosa Pampa por fondo. 

A los veinte minutos de marcha dio J. R.  con una fracción de cornamenta de ciervo colorado de un metro de longitud –poco más o menos-ya blanqueada por el sol. La componían seis puntas agudas, dos de las cuales estaban rotas. Con ella en mano caminó por más de una hora en dirección a la lomada desde donde se proponía localizar algún ejemplar. Más lo pensaba y mayor era su convencimiento del disparate que estaba protagonizando.

Pero resultaba insoslayable, so pena de perder mucho más que el liderazgo de un contingente.  ¡Una cuestión de honor ! , decía para sí. 

Fue entonces cuando lo vio, a no más de ciento cincuenta metros de distancia, pretendiendo cruzar oblicuamente en su camino.  J. R.  se agazapó tanto como pudo. La primera reacción del guía fue mirar en derredor corroborando si había otros.

La Pampa Argentina de ordinario se presenta llana y poblada de árboles, pero esta zona era excepcionalmente árida y estaba surcada de quiebras y lomas,  razón por la cual J.  R.  no vio nuevamente al enorme Jabalí hasta el momento en que salió de la hondonada. 

Allí estaba sobre sus cuatro sólidas patas y munido de dos enormes colmillos,  blancos y filosos. La bestia no pesaba menos de 200 Kg. El animal miraba al guía con fijeza y desacostumbradamente, quedóse quieto. El árbol más cercano estaba, cuando menos, a cinco Km. del hombre y sin embargo, vino a su imaginación tan nítidamente que lo motivó a treparlo. 

Decía J. R.  para sí: El Jabalí macho y solo rara vez ataca.  Pero allí estaba la fiera que -habiendo acortado la distancia de manera imperceptible para el guía- se encontraba ahora a unos cincuenta metros de distancia, con los pelos del pescuezo sumamente erizados.  ¡Un cerdo que podía matarlo !  ¿Lo sabría también la bestia ?. Comprendió el guía que no podía mostrar miedo pues -si el cuadrúpedo se percataba de ello-. . . entonces sí que estaba perdido o -tal vez- ya lo estaba. Este animal, a diferencia del hombre, posee un considerable bagaje de instintos. Su inteligencia se basa en la memoria asociativa que motoriza recordando y relacionando fenómenos ocurridos en su presencia. 

En todo esto pensaba el guía buscando resolver la situación de modo rápido.  J. R.  Había concurrido a esta zona infinidad de veces en ejercicio de su profesión. Gozaba del favor y la confianza de cuantos lo habían conocido,  por su bien ganada fama de Buen Tipo.  ! Su Alteza cambió el rumbo Oeste y va hacia el Norte !  dijeron por la radio Juan José y Armando. 

Duval desconocía la Pampa y por tanto no disponía de los referentes válidos indispensables que le permitieran localizar al gran Jabalí de sus sueños mediante esta operativa que él mismo propuso e impuso. Sobre las actividades del guía,  lo único radiado por Ángel fue: . . . Tiene a la vista un enorme animal. . . yo también lo veo. . . Duval arribó a una conclusión clara:  Si alguno de los dos podía avistar uno -o más- Jabalíes,  ese sería el guía.  Por lo cual determinó cambiar su ruta y caminar hacia el poniente. 

Llevada de su buena índole Frida le hizo fiestas a un perro del tamaño y la apariencia de un lobo. Ni siquiera hubo amago de pelea. Una embestida súbita,  el metálico crujir de una tarascada, un salto hacia atrás-no menos súbito-y quedó Frida con un lado de la cara desgarrada desde la oreja derecha a la boca. Embistió la perra contra el agresor y volvió a morderla para luego sacar el cuerpo. Nuevamente lo acometió Frida y el perrazo la lastimó aún más. Ya no pudo levantarse. 

Garrote en mano un hombre puso orden. Ése hombre, dos años
antes, había sido J. R. Curó sus heridas y cuidó de ella hasta que pudo valerse por sí misma. En sus cavilaciones estaba el guía, con la enorme bestia a cincuenta metros y en la más amenazante de las actitudes, cuando escucha una especie de extraño murmullo. No, se dice. . .  ¡es un ladrido !

Aquilatados instintos por herencia de generaciones de domesticidad desaparecían ahora de este noble animal y volvía, en pocos segundos, al estado de aquellos que -vagando por montes y selvas- se alimentaban de presas vivas.   ¡Frida. . .  ¡Mi linda Frida !  murmuró J. R. al oído de la perra que aún lucia-casi con orgullo-el viejo desgarrón. 

Quedaron,  en un instante, prendados el uno del otro. 

A 50 metros -más o menos- un enorme Jabalí, en temeraria actitud, acechaba. Encima de él Frida, que no cesaba de dar vueltas y revueltas al tiempo que arañazos inexplicables sobre el gran montículo donde ambos se encontraban. Duval que,  para sorpresa del guía, se aproximaba.  ! Imposible estar en peores circunstancias !  pensaba J. R.  pues, al fin y al cabo, Su Alteza era a un mismo tiempo su responsabilidad y su contendor. ¿Que hacer ? Bajó la cabeza y con ella su mirada. La vista de un guía profesional es algo increíble, su olfato también lo es. Ambos sentidos estaban activados al máximo por la desesperación. Ya había dejado muy lejos la apuesta hecha con Duval. La actual situación se había transformado en preocupación seria, muy seria, ante tan inminente peligro. Lo primero que atinó hacer fueron señas-imperativas-a su rival indicándole ocultarse. Le hizo caso y desapareció Duval de la faz de la tierra, al instante.  ! Un problema menos !  pensó J. R. 

Un olor raro, extraño y dulzón, percibía el guía. Algo pequeño
y puntiagudo asomaba semienterrado. Miró, nuevamente, en dirección a la bestia.

Allí estaba, clavada al piso, desafiante, viéndolo todo en derredor. Como una saeta Frida salió disparada en dirección al poderoso Jabalí.

Frío y calculador hasta en los momentos de mayor exaltación se apostó el enorme cerdo en el sitio por donde pasaría la perra. No pudiendo retroceder ya Frida se encaró con éste.  Los dos colmillos largos, blancos y afilados del gran cuadrúpedo aparecieron. Frida intentó eludirlos con un salto desesperado, sin conseguirlo. Los filudos adminículos entraron por el estómago del noble can para terminar quebrándole el espinazo. Lanzó un alarido-tan fuerte e impresionante-que J. R.  escuchó claramente, aún a ésa distancia. Curtido el guía en estos lances elevó -mentalmente- una breve plegaria en honor de su fiel y querida amiga que ya no vería jamás. 

Made in USA-A. F/1936 fue lo primero que leyó J. R.  cuando -con una de las puntas de la cuerna- lo desenterró. Continuó excavando. 

Quebróse el hueso, seguramente por mucho tiempo de exposición al sol de La Pampa. Con las manos logró extraer el objeto metálico, sujeto a una cadena. La misma que en su extremo opuesto lucía la rectangular medalla aclarando su procedencia estadounidense del año 1936, perteneciente a la fuerza aérea de ése país. Un extravagante e insólito pensamiento lo estremeció. Por un sólo momento meditó sobre su padre al tiempo que dijo para sí:  ¿Me estaré volviendo loco ? Al fin se calmó. Tiró fuertemente de la cadenita sin comprender como podía resistir tanta tensión. En principio extrajo un culatín cuya madera estaba intacta. Rápidamente apareció el resto  ¡Era un arma !  Pero ¿de qué tipo se trataba ? que ni él podía distinguirla.  La boca del cañón era superior al de una escopeta calibre 12/70, con articulación central, monotiro y poco más o menos, del tamaño de un antiguo revolver Frontier.  Llamó su atención la falta de herrumbre.  Aparentemente se encontraba en aceptable estado.

Alentado por esa extraordinaria fuerza que al hombre insufla la incertidumbre y el peligro prosiguió en su faena exhumatoria. La pestilencia aumenta y logra individualizarlo  ¡SE TRATA DE ACIDO FENICO !  Aparece una caja,  similar a la de guardar zapatos, donde -entre otras palabras escritas en inglés- lee tetracresilo. . . conteniendo -además- hilo y algodón.

Definitivamente el recipiente servía de envoltorio para unos enormes cartuchos similares a los utilizados en la caza, pero de tamaño mucho mayor. En realidad, la suma daba tres. Ya no dudó  ¡Tenía entre manos una pistola lanza señales ! ¿Funcionaría ?. . .  imposible saberlo,  se dijo. Pero. . .  ! ALGO ES ALGO  ! Una nueva mirada en torno congeló su sangre. Por su parte Duval se incorporó, lentamente, pudiendo apreciar el mismo cuadro que se exponía ante el guía. Ocurrió lo propio con Juan José, Armando y el custodio de J.  R. ,  que para entonces, ya estaban intercomunicados por radio. Por su parte Jesús-al corriente de los acontecimientos-permanecía en el campamento. Si los Jabalíes han desarrollado algún sistema de comunicación entre ellos -o no- es algo que la ciencia deberá averiguar. Por regla general éstos animales no atacan al hombre. Pero cuando alguno ha matado y comido a una persona,  existe el peligro que incorpore carne humana a su dieta aún a riesgo de cualquier sacrificio que llevará adelante contra viento y marea. Una masa de pelos, patas y colmillos,  en un círculo no mayor a los cuarenta metros de diámetro,  se movía continuamente. Cuando menos una veintena de animales la componían ¿Qué Hacer ? Se preguntaba el guía. 

En el reino animal sus gesticulaciones y señas distan mucho de ser claras e inequívocas, pero era seguro que se disponían para atacar.  Todos habían advertido la temeraria actitud de estas bestias. Por fin los hombres-excepto Jesús- estaban reunidos. A todos miró J. R.  Con voz calmada les dijo: . . . En peor peligro no me he visto nunca. . . .  y agregó: Ataquémoslos nosotros primero. . . Duval, al escuchar esto,  por primera vez estuvo de acuerdo con el guía,  añadiendo: . . . Con las armas de nuestros amigos españoles saldremos adelante. . . (en definitiva sólo se trataba de dos escopetas calibre 16; veinte cartuchos/posta y un puñal Muela de 8/4).  J. R. los tenía bien contados. Eran cinco enormes padrillos y 16 hembras. Dirigiéndose solamente a Duval, díjole el guía: . . . Debes entender que la situación es muy otra a la presupuestada originalmente pues no se trata ya de Cazar un gran macho cada uno de nosotros sin armas. . . Se trata de 21 animales salvajes y sólo Dios sabe cuantos más han de unírseles. . . al tiempo que preguntó:  ¿Lucharemos contra todos ? Sí, replicó Duval. Pero lo haremos tu y yo, a cuchillo.  ¿Sólo tenemos uno. . . qué propones ? acotó J. R.  y remató el concepto con una jocosa expresión que contrastaba con la terrible situación: ¿O piensas que podremos turnarnos en el uso de la daga mientras las demás fieras toman cómodo asiento, nos contemplan, aplauden a sus congéneres o a nosotros, en el mejor de los casos ?. . . idiota !  

Cauto y tranquilo Su Alteza extrajo un puñal de 22 Cm. con caladura, que en su bota derecha tenía oculto. Bien –amigo mío- ya tenemos dos, así que  ¡ADELANTE !  

En el claro atardecer de ese Domingo brilló el acero. Dejó su mochila en el piso y con gesto adusto, le indicó al guía:   ¡Vamos,  muévete !  Murmurando al oído de J.  R. , Ángel le dijo . . . Ve todo lo calmo que puedas y procura ése macho que está a la derecha de la piara, el que tiene partido el colmillo izquierdo. . . ¿lo ves ? Sí, contestó J. R. Finalmente agregó el buen Español: Nosotros trataremos de cubrirlos. . . hasta donde podamos. 

Recto caminó Su Alteza hacia el lote de bestias. Paradójicamente se cumpliría la profecía de J. R. La manada se apartó del elegido por Duval, más de 20 Mts. , dejándolo solo. El Jabalí arremetió contra El Legionario. El hombre dejó pasar la primera embestida aprovechando para esquivar los colmillos y -al mejor estilo de los toreros- clavó su arma en el lomo. Sintió el cerdo la estocada y resbaló. Acometió Duval y sin dudarlo, procuró el corazón. La primer cuchillada fue fallida, enterrándose el arma hasta la empuñadura en el barro. Recuperó la daga y nuevamente lo intentó acertando ahora un tremendo puntazo en el cogote que cortó la yugular de cuajo.

Duval, bañado en sangre, sostenía al gran padrillo por la cabeza. El cerdo, aún gravemente herido mantenía buena parte de su potencialidad y sus más de 200 Kgs.  de peso los hizo notar.  Con un rápido giro del pescuezo acertó en la axila izquierda del hombre que en un desesperado esfuerzo logró -por fin-introducir el acero directamente en el corazón del animal,  matándolo instantáneamente. Seguramente algún órgano de importancia había sido interesado por cuanto Su Alteza yacía en el piso, al parecer  ¡MUERTO !  Sin dudarlo y al unísono, Juan José y Armando dispararon sus armas en cerrada descarga contra la piara.  Ciertamente alguno de los tiros tuvo doble efecto,  pues once de las bestias cayeron muertas o heridas. Recargaron los españoles, con una mecánica que hablaba a las claras de una vasta experiencia en este deporte y encararon nuevamente sus armas contra la manada conformada aún por once -o más- animales. 

Grave tronó la voz del guía:  ! Quietos ! . . .  ! Miren !  Ya no había más jabalíes. Evidentemente estas bestias se comunican entre sí. . . de alguna forma, aseguraron todos al tiempo que, atónitos, intercambiaban nerviosas miradas. La situación era clara para J. R. Por alguna causa la piara se había retirado, lo cual no era verosímil. El piso pampeano estaba literalmente tapizado con cadáveres de jabalíes en un radio de veinte a treinta metros.  Duval permanecía en el suelo, posiblemente muerto o, en el mejor de los casos, herido gravemente.

Por lo demás reinaba una extraña calma que, sumada al crepúsculo del atardecer y el revolotear de unos Teruterus que alborotaban con sus chillidos, traían malos presentimientos al guía. Una vez más miró a Duval. Lo distinguía con dificultad pues la tarde caía inexorablemente.  El riesgo de todos aumentaba, especialmente el de Su Alteza. Los potentes prismáticos, 7 x 50, alcanzados por Armando facilitaron-por el momento-las cosas. Estaban todos reunidos en el sitio donde originalmente se apostara J. R.  transformado ya en una suerte de refugio o mini-ampamento.  El guía tomó una rápida determinación ordenando al resto construir con piedras, ramas y lo que tuvieren próximo algo -lo que fuere- parecido a una trinchera.  Dispuso luego las dos escopetas,  en sendos lugares, de tal forma que cubriesen frente y retaguardia de los españoles. 

Sólo Juan José debió conformarse con la video-cámara como única arma. Las comunicaciones radiales que el portugués hacía insistentemente, eran tantas que debieron pedirle:  Silencio hasta nuevo aviso. Nuevamente enfocó J. R.  los binoculares hacia su máxima preocupación, DUVAL. Estaba como siempre, quieto.

A su lado el gran padrillo, muerto. Semihundidos los dos en una especie de fango que en buena medida había colaborado la sangre de ambos para que se formara. Por última vez orientó los gemelos hacia El Legionario y -ya con los nervios a flor de piel-dijo a sus amigos: Me lo temía !


Gesticuló imperativamente indicando por señas a sus compañeros tomar lugar junto a las armas dentro del precario reducto. Empuñó el Muela y -cuando se aproximaba a Duval- observó, sin dar crédito a sus ojos, que el enorme felino -tal una saeta- procuraba lo mismo. Por ferocidad y astucia el león americano o Puma, resulta uno de los félidos más temibles y sagaces, diferenciándose por esto del resto de su especie. Es una bestia magnífica, hasta de 90 Kgs.  de peso. Su cuerpo -similar al del Jaguar- es una masa de músculos huesos, carne y piel. Sus hábitos son nocturnos y de carácter desconfiado. Por regla general se alimenta de cérvidos, en preferencia decreciente ganado doméstico.  Paradójicamente desprecia la carne de cerdo pero, al igual que el Jabalí, si conoció carne humana. . . enloquece por ella.


El animal se revolvió y saltó sobre su víctima. Con furia asesina abrió sus mandíbulas y sujetó a Duval por la nuca.  El hombre se movió -sólo un poco- y más se encolerizó la bestia. El silencio era aterrador. No se oían ni ruidos ni gruñidos. Sólo rompía esa calma los esfuerzos del Puma por arrastrar su presa hacia el interior de la noche, de las sombras  ¡DE LAMUERTE !  En una confusión de brazos -morenos y fuertes- y grandes extremidades rayadas, hombre y bestia cayeron al suelo. Por un momento se distrajo el Puma,  persistiendo en masticar una tira de cuero cabelludo que cortó de la cabeza de Duval. Instintivamente, como al descuido,  dio un zarpazo que rasgó ropas y la pierna derecha del guía.  Posiblemente por casualidad ocurrió que la mano izquierda de J. R.  sujetó la carnosa y larga lengua de la bestia.  Por un segundo semejante afrenta hizo que el animal dudase. Entonces dos colmillos -cual dagas gemelas- se cerraron sobre la palma perforándola hasta el hueso. Un tremendo golpe con el cabo del cuchillo hizo que el Puma echara la testa hacia atrás. Abrió la enorme boca y sin contemplaciones,  el toque seguro y la sensibilidad casi artística del guía, permtiéronle salir del trance, cortándola de cuajo. El asombro de la fiera tornóse en loca ira. Asestó un zarpazo en la cara del hombre que sólo pudo desviar parcialmente con el antebrazo derecho. Las garras le abrieron una herida en el párpado izquierdo, cortaron la ceja derecha y el labio inferior de la boca.  De cara a la muerte,  recurrió al último consuelo humano  ! Encomendarse a Dios !  Por primera vez J. R.  oyó al gran felino romper su silencio. Primero gruñó y luego rugió.  Brotaba tanta sangre de su boca que, prácticamente, lo ahogaba.  ¡Era su oportunidad !  con un diestro y rápido movimiento de la mano sana enterró el MUELA hasta el mango,  lo desplazó de derecha a izquierda para -finalmente- degollar al Puma que, aparatosamente, se desplomó muerto. 

Cierto es que algunos en silencio sufren más ruidosamente que otros. Ése era el caso de Duval. Su rostro lo reflejaba vivamente. La vida nos ofrece gloriosas excepciones que a diario los dibujos y letreros nos comunican. Obviamente J.  R. , como todo mundo, había observado miles de ellos. Pero éste, en especial,  NO LO OLVIDARÍA JAMÁS. 

Sosteniéndolo con su brazo sano cargó a Duval sobre sus hombros. La luna llena colaboró y en veinte minutos de máximo esfuerzo alcanzó el precario refugio. Un suspiro de alivio recorrió el campamento. J. R.  se desplomó. Por unos momentos permaneció así, sentado junto al hombre herido, observando a sus compañeros y  ¡Agradeciendo al Supremo !  

Duval no podía emitir palabra. Como en la zona de la garganta no se advertían rasguños atribuyeron el hecho al fuerte impacto emocional recibido. Su mirada era, aun mismo tiempo, límpida y penetrante. Probó su diestra  ¡Funcionaba !

Por señas pidió un lápiz. No había. Como si extraños e irrefrenables impulsos lo motivaran, insistió. Finalmente, de entre sus ropas, Armando rescató una estilográfica que inmediatamente colocó entre los dedos de Su Alteza. 

Con la cubierta de la vieja caja encontrada por el guía improvisaron un pizarrón. La tímida luz de la única linterna de bolsillo daba a la escena un toque sublime.

Cuatro hombres, olvidados de su difícil situación, aguardaban que su compañero se pronunciara:  ! Amigo !  las cosas más importantes de la vida no son cosas.  En la parte inferior de la tapa y a modo de rúbrica, alcanzó a dibujar una desproporcionada "D". 

J. R. lloró. . . . todos lo hicieron. Eran lágrimas de estirpe, de linaje,  de gratitud. . . de deportistas. Una cosa es el hombre solo y otra el que instala una rivalidad frente a los demás.  Este era el caso de Su Alteza que, tras el esfuerzo de la lucha y el de mostrar su gratitud mediante un letrero, yacía ahora en una litera hecha con pajas y ramas.

Ser guía no es una profesión, es un arte. No existen para él archivos auxiliares y debe confiar –ante todo- en sus orígenes,  en sus experiencias y llegado el caso, hasta en las caprichosas tradiciones orales escuchadas en tantas noches. . .  ¡en tantos campamentos ! Ellas toman visos de autoridad en el momento en que se concretan y sobre tales bases debe decidir.  Por lo cual J. R. , suficientemente recompuesto en lo físico y emocional,  determinó pasar el resto de la noche en el precario refugio antes que arriesgar el contingente en una ruta de incertidumbre y peligros. Por ello el parte radiado a Jesús fue el siguiente. . . Duval mal herido.  Procura un médico. Dios mediante estaremos allí luego del amanecer. Permanece atento. REZA. . .  Los que vienen de la batalla callan y no hablan de la guerra porque el denuedo enmudece los espíritus templados en la lucha. Eso hacía J. R.  Pero su certidumbre respecto del proceder futuro de las bestias era tal,  que decidió prepararse y prepararlos a todos.

El panorama cambió físicamente. El desierto, inmenso, donde la vista se pierde sin tener donde posar, exhibía a la luz de la luna grotescas y fantasmagóricas estampas de patascortas, gruesos cuerpos y blancos colmillos ¡Eran Jabalíes !  Procedió a desmontar los tres viejos cartuchos encontrados ayer.  Pidió las municiones que no habían utilizado Juan José y Armando,  quedóse con seis y devolvió dos a cada uno de ellos rogándoles no utilizarlas,  excepto cuando él lo indicara.

Contestaron los deportistas españoles con un sólido gesto de aprobación y confianza, revitalizador para el guía. Les pidió se alejaran unos metros y se abocó al trabajo. De los cartuchos nuevos separó -prolijamente-pedernales, pólvora, tacos y municiones.  Haciendo lo propio con los de bengala, apartó la pólvora negra (o de humo) utilizada en la década del’30. Un guía es también sagaz observador de la vida de campo. Su vasta sabiduría es fruto de la experiencia. El sabe, aún en plena oscuridad, en que dirección transita con sólo tantear las pajas, ya que aquellas -marchitadas por el sol- se inclinan hacia el naciente.  Pronostica las posibilidades de cambio de tiempo por muchos detalles: cuando el perro duerme patas arriba anuncia lluvia. Significa lo mismo cuando los yegüarizos disparan alocados por la pampa. Pero es seguro que soplará viento cuando el chingolo canta en la noche. . .  y J. R. lo había escuchado cantar varias veces en la que aún transcurría. 

A instancia del guía los cinco huéspedes del precario refugio quedáronse sin calzoncillos, pues éste necesitaba el borde superior elástico de las prendas. Con no poco esfuerzo quitáronle el de Duval y rápidamente hicieron su aporte,  obviamente sorprendidos. 

Con una rama en forma de "Y" como trabuquete, enterrada su base más de un metro y atando fuertemente los cordones flexibles en ambas puntas que se unían en los extremos opuestos al cuero, que extrajo del cinturón del herido, quedó listo el artificio que utilizaría a modo de catapulta. Un rápido vistazo con los binoculares le permitieron advertir -aún con luz de luna-que la piara nuevamente se había reunido.  Cuando menos se trataba de 30 ejemplares, dos de ellos dedicados a destrozar el cuerpo del Puma. Todos en igual disposición que al comienzo, dentro de un círculo de unos 20 metros de diámetro. Con dos de los viejos cartuchos-bengala, insertando por el orificio destinado al fulminante sendas mechas cortas(improvisadas con hilo y algodón), quedó listo el continente. Dentro, dispuesto todo como si se tratase de munición convencional para escopeta, agregó una buena dosis de pólvora moderna y un separador de cartón. Seguidamente ácido fénico en abundancia,  otro separador y luego, municiones calibre 38 hasta el borde, que remató con un doblez, impidiendo así su salida por ley de gravedad.   ¡Son dos bombas !  dijo Ángel.  Inmutable prosiguió J. R.  con el tercer cartucho. Este tenía otro destino. Lo armó con el pedernal original. Luego pólvora nueva(excesiva cantidad según Armando)y doblez final.   ¡Otra bomba !  pensaron los tres españoles.

El plan de J. R. estaba claro, en principio. La interrelación de los elementos utilizados en la factura de los explosivos, era aterradora. Aún así era menester hacer un tiro de aproximación que permitiera un cálculo cierto, sin con ello alertara los cerdos. ¿Qué hará ? se preguntaban todos. Preparó la catapulta. Buscó una piedra de peso similar a un cartucho grande. Probó-una y otra vez-la resistencia de los elásticos y finalmente-convencido-reunió a sus amigos.

Bien, les dijo, éste será el trámite. . . y lo relató.   ¡Entendido !  J. R.  los miró a todos, se desearon suerte y se abrazaron. 

Rayaba el alba y dio paso a otro gélido día que comenzó con viento fuerte del Sur, tal y como vaticinara el guía. El tiro de prueba con la piedra cayó-para asombro de todos- en el centro mismo de la piara.  Se dispersaron y se reunieron los cerdos en acto simultáneo, haciendo caso omiso del asunto.   ¡Increíble !  Dijo Juan José que, por su profesión de ingeniero civil, no salía de su estupor. Se aproximó a J.  R.  y le preguntó: ¿Es también el cálculo matemático tu especialidad ? No,  le respondió éste. Conozco algo del idioma chino. . . ¿Si. . . qué ? Fíjate, apuntó el guía: La palabra crisis está formada por dos ideogramas: uno significa peligro y el otro oportunidad, ese es el cálculo que yo conozco.

Todos rieron. El primer tiro, catapultado, estaba aún en el aire cuando J. R.  disparaba el segundo. Al igual que la pedrada de aproximación, hicieron perfecto blanco. Al menos diez cerdos fueron abatidos por las postas. Varios más se dispersaron en loca fuga hacia sus guaridas, seguramente amedrentados por la pestilencia del ácido y el tremendo estampido de los cartuchos. Se miraron-satisfechos-los cuatro hombres y, en ése preciso instante, grita Armando:  Vienen cuatro más Eran tres machos-enormes-con fabulosos colmillos. La hembra era la cuarta. Directo hacia ellos.  Alta la cola y baja la cabeza ¡temible actitud en estas bestias ! pensó J. R.  A una distancia de 30 Mts. , Juan José hizo gala de su extraordinaria puntería y los dos cerdos punteros cayeron muertos, impecablemente. El click, en vacío, del pretendido tercer disparo lo llamó a la realidad  ¡Sólo dos cartuchos ! Pero Armando ya había encarado su arma y la Disparó. 

Falló el primero, por carga defectuosa. El segundo tiro tocó al animal en la grupa sin derribarlo y peor aún, sin detenerlo. 

El español miró a J. R. con el gesto de impotencia que caracteriza a los intrépidos ante la indefensión. El guía le arrojó el Muela que -en el aire- tomó éste y sin alardes,  pero en franca ostentación de su fuerza física y gallardía de raza, degolló a la bestia con un toque tan impecable que conmovió al resto que rompió en un cerrado aplauso. Limpió el acero sobre el cuero del Jabalí, miró en derredor y dijo:  Producto de las monterías. Nuevamente se iluminó el rostro de estos valientes deportistas que, sin pretenderlo, habían participado en una cacería de jabalíes definitivamente increíble. 

¿Y la hembra ? gritó el guía, absorto aún por la demostración e idoneidad de los españoles. En tremenda barahúnda, Ángel se había procurado la pistola lanza bengalas cargada con esa bomba. Apuntó cuidadosamente y disparó. El estrépito hizo retumbar La Pampa. Virtualmente volatilizó al animal. Con
gesto de pretendida docilidad bajó la pistola y a todos vio -calmadamente-al tiempo que decía: No fue Don Armando el único participante de aquellas Monterías. 

Partieron del reducto a las 09: 00 a. m.  con destino al campamento principal. El Portugués ya estaba informado de ello gracias al transmisor de radio. J. R. , hombre convencido que cualquier trabajo aún pequeño en apariencia,  desatendido por despreocupación o por indolencia, gravitará negativamente sobre los resultados finales, se abocó a la tarea de construir un catre para transportar a Duval.  Básicamente se trataba de dos gruesas ramas, unidas entre sí por cuatro cinturones de cuero, dispuestos en las puntas y dos en el centro. Los huecos restantes se completaron con un entrelazado de esparto(paja de largos y resistentes vástagos,  que crece en La Pampa Argentina en forma de matorral). 

Completaron el recorrido en tres horas de marcha. Un verdadero record, si se toma en cuenta los más de 90Kg. de Su Alteza que -dando muestras de recomponerse- daba vueltas en la litera y la fatiga que pesaba en grado superlativo sobre los cuatro portadores.  ¡Llegaron !  Jesús,  radiante de gozo,  corrió a su encuentro.

Se aseguró que todos estuvieran bien y abrazándolos, dijo:  Obró el eterno poderío del amor, capaz de mover el sol y las demás estrellas aclarando –de inmediato- que parafraseaba a EL DANTE, en su poema inmortal.  J. R.  lo miró con cierta picardía. Introdujo su mano sana en la ratera y le dijo al
Portugués:  ¡Es para ti !  Agregando: Recuerdo del más sanguinario de los félidos, que no pudo vencer a eso que escribió EL DANTE. . .  ¡Amor por el prójimo !  Y le entregó una enorme lengua de Puma, intacta. 

Inmediatamente trasladaron a Duval hacia las dependencias principales del Ciervo Rojo, donde el médico de la empresa organizadora, comenzó su atención y –para tranquilidad de todos- les aclaró que no revestía gravedad  ¡Se recuperará en quince o veinte días ! aseguró. No obstante dispuso transportarlo por avión a Buenos Aires e internarlo en una clínica, lugar donde permaneció hasta su total curación. 

Unos expresan que salió del Río de La Plata. 

Otros que está influenciado por la habanera (hamacada y sensual que traían los tripulaciones cubanas al puerto de Buenos Aires) pero, innegablemente, su raíz es hispánica.

Especialmente andaluza.  No obstante esta colisión de pequeños patriotismos, el tango brota-súbitamente-sólo en Argentina.

Para festejar el regreso Jesús tenía dispuesto, en complicidad con los encargados del coto, una completa orquesta típica. Los compases de La Cumparsita (himno del tango)inundaron La Pampa y terminada su despaciosa elaboración, todos lo bailaron  ¡Felices !  

Bien sabía J. R.  que el buen amigo portugués no había podido participar(cuando menos activamente) en esta increíble cacería. Por ello, aproximándose a él y a solas, le dijo:  Amigo mío,  mañana mismo intentaremos abates de Puma y Jabalí. . . ¿Qué te parece ?

Profundamente lo contempló Jesús y contestó: Viajar serena el ánimo y hace a los hombres prudentes, aclarando inmediatamente

Cervantes !

FRANCISCO LUIS GIL. 

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Publicado Tuesday 17 de August de 2004

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