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Nos parece cuento que Adolfito se haya ido
Resumen: Adolfo Bioy Casare tuvo todas las características del transgresor, pero conservando aquel estilo que lo relacionaba con una clase social que mantenía su lustre de elite, aunque en franca retirada desde mediados de este siglo. Sin embargo nunca hizo ostentación de ello: su señorío se adivinaba en sus modales y en sus gestos descuidados.
Publicación enviada por Ricardo E. Brizuela
Tuvo
todas las características del transgresor, pero conservando aquel estilo que lo
relacionaba con una clase social que mantenía su lustre de elite, aunque en
franca retirada desde mediados de este siglo. Sin embargo nunca hizo ostentación
de ello: su señorío se adivinaba en sus modales y en sus gestos descuidados.
Se adaptó a las circunstancias cambiantes en los avatares de la subsistencia y
cuando tuvo que prestarse al juego del márketing para vender sus libros, se
escudaba divertido detrás de respuestas vagas o frases como cuchillos filosos,
que desnudaban en su ironía toda la crítica de un observador agudo.
Descubrió el interés de sus seguidores en las pequeñas anécdotas de su larga
vida; por eso se prestó resignado a contar retazos de ella sabiendo que también
mostraba pedazos de nuestra historia.
El escenario lo configuraba todos los años la Feria del Libro, donde con la
complicidad de María Esther Vázquez, explicaba cómo Charly Menditegui lo
sacaba de juergas nocturnas cuando apenas tenía once años.
Seguramente no habría sido ajeno a esto su padre, escritor y estanciero, por
aquella casi obligación del patriarca de facilitarle al hijo varón el acceso a
los misterios del sexo femenino: “Me enamoré de una bataclana, le robé el
coche a mi padre y la fui a buscar al día siguiente a la salida del teatro.
Cuando se dio cuenta que apenas tenía mas de diez años me dejó plantado. La
volví a ver muchos años después y me confesó que se había enamorado de mí,
pero ya no era lo mismo”, contaba risueño.
Aparentemente, las lecciones de Menditegui fueron exitosas: Adolfito nunca pudo
quejarse de su suerte con las mujeres. Con las propias y con las ajenas.
Relataba sus experiencias en sus inicios como escritor y se burlaba de sí
mismo. Confesó que el padre se hizo cargo del pago de la primera edición de su
primera obra. Luego vinieron cuatro libros de los que nunca quiso hablar porque
sostenía que eran muy malos. “Escribí la Invención de Morel con frases
cortas, para no correr riesgos”, dijo en una oportunidad muerto de risa.
Con Borges encarnaban la complementación: Adolfo se aferró a la vida hasta el
último minuto, como disfrutando de una copa hasta la gota final. Su amigo, en
cambio, confió tempranamente: “Confieso que he cometido el peor de los
pecados: no fui feliz”.
Juntos dieron vida a Bustos Domecq y a B. Suarez Lynch, dos seudónimos con los
que firmaron obras de antología. La simbiosis que los unió perduró más allá
de la muerte. Extrañamente, a medida que transcurrieron los años, los rasgos
de Borges se fusionaron en la cara de Adolfito.
También compartieron observaciones en tiempos distintos: “El hombre tiene la
costumbre de morirse”, dijo alguna vez, jocosamente, el primero. “Noto que
la gente de mi edad se muere”, sostuvo Adolfito cuando un periodista le hizo
saber que una Enciclopedia de Personalidades lo dio por muerto en 1982. Después
confesó que entonces había tenido “un ligero sobresalto”.
Veía cuanto lo rodeaba con una curiosidad de niño y, a veces, lo mismo que un
niño podía ser cruel en sus observaciones: “Gracias a los políticos cada
vez hablamos peor”, dijo al presentar “Breve diccionario del Argentino
Exquisito”. Resaltó entonces la “vía cursi y esforzada de quienes quieren
quedar como personas cultas o instruidas”.
Algunas observaciones suyas tenían el valor de un estudio sociológico: “Casi
todos esperan un tren que ya pasó. Yo también. A mí me encantan las causas
perdidas”.
Practicó deportes y se relacionó en ambientes diversos. Integró de esta
manera el grupo de argentinos que podían actuar en escenarios tan disímiles
como un palacio europeo o la fonda orillera del arrabal porteño, como Jorge
Newbery, Ricardo Güiraldes o el mismo Menditegui.
Su vida de escritor fue prolífica y rica en distinciones: “Me dieron todos
los premios demasiado pronto”, se justificaba Adolfito.
Ayer nos sorprendió muriéndose en Buenos Aires.
Hoy, parafraseando un poema de su amigo Borges solo atinamos a decir: “Se nos
hace cuento que Adolfo Bioy Casares haya muerto. Lo juzgamos tan eterno como el
agua o el viento”.
Buenos aires, 9 de marzo de 1999 - Publicado por
diarios de Argentina - Columna distribuída por INFOSIC Agencia de Noticias.
El autor:
Ricardo E. Brizuela es periodista,
escritor (SADE 6283) y especialista en comunicación, de nacionalidad argentina.
Se especializó en trabajos de investigación histórica, habiendo publicado
hasta la fecha mas de 200 monografías con diversos temas de esta disciplina y
economía, en diferentes medios de varios países.
La primera edición del libro Pasajeros de la
Historia se publicó en Buenos Aires en 1993.
Actualmente el autor se desempeña como consultor de empresas en comunicaciones,
al frente de su estudio, en toda el área de Latino América.
Su lugar de residencia permanente es Santiago de Chile.
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Publicación enviada por Ricardo E. Brizuela
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Código ISPN de la Publicación EpAkuukuZAVXPTKhYY
Publicado Friday 13 de August de 2004
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