Monografias | Investigar la ciudad para entenderla y vivirlaInvestigar la ciudad para entenderla y vivirlaResumen: La ciudad es una idea que vamos convirtiendo en referencia de lo que hacemos, somos y soñamos. Es algo más que un simple objeto que permite relaciones, movimientos y tiempos. Es que no obedecemos a una planeación ni a un mero ejercicio de normas sino a una condición de ciudadanía, a un Laberinto sentimental (en la teoría de José Antonio Marina) donde la otredad es la referencia obligada para entender nuestra espacialidad y temporalidad, ya que, sobre el aquí (en esto que establece los niveles de realidad), está presente el yo mismo (el self) y su relación inevitable con la diferencia.(V) Revista
de Comunicación Social. (Un
ensayo sobre la complejidad y la ilusión) “Al
revestirse de significados la realidad se vuelve interesante, atractiva,
repelente y, sobre todo, innumerable. Hay muchas cosas que ver, oír, hacer y
contar...”.
José Antonio Marina.
El laberinto sentimental. “En
la plaza de los mercaderes de ahumados, una mujer en cinta aborda a Jayyám.
Apenas tiene quince años y lleva el velo levantado. Sin una palabra, sin una
sonrisa en sus labios ingenuos, le quita de las manos un puñado de almendras
tostadas que acaba de comprar. El paseante no se asombra, es una antigua
creencia en Samarcanda: cuando una futura madre encuentra en la calle a un
forastero que le agrada, debe atreverse a compartir su alimento, así el niño
será tan hermoso como él, tendrá su misma silueta esbelta y los mismos rasgos
nobles y regulares”. Amín
Maalouf. Samarcanda.
Entrada
en la ciudad: La
ciudad es una idea que vamos convirtiendo en referencia de lo que hacemos, somos
y soñamos. Es algo más que un simple objeto
que permite relaciones, movimientos y tiempos. Es que no obedecemos a una
planeación ni a un mero ejercicio de normas sino a una condición de ciudadanía,
a un Laberinto sentimental (en la teoría
de José Antonio Marina) donde la otredad es la referencia obligada para
entender nuestra espacialidad y temporalidad, ya que, sobre el aquí (en esto
que establece los niveles de realidad), está presente el yo
mismo (el self) y su relación inevitable con la diferencia. La ciudad,
entonces, es un acontecimiento donde nos encontramos con un yo que se construye
en relación con el otro y lo otro. De aquí la necesidad de
tolerar la ciudad, es decir, de conocerla en todos sus resquicios y
manifestaciones, en la variedad de sus ciudadanos y en la historia que ha hecho
posible que compartamos un lugar, unos conocimientos, una serie de movimientos y
unos tiempos diversos. Estar en la ciudad implica compartir. En
Carne y piedra,
Richard Sennett establece la necesaria relación entre el cuerpo y lo
construido para ese o por ese cuerpo. Pero no en calidad de un cuerpo que es sólo
espectador o intérprete sino interventor de la espacialidad construida y en
permanente cambio, ya que el sujeto es quien hace
de la ciudad un espacio habitable o, en caso de que el sujeto no tenga
conciencia de ciudadanía (sentirse ciudadano), un lugar de conflicto. No es la
carne (el sujeto) la que se enfrenta a la piedra sino la que convive en la
piedra y con la carne de otro, comunicándose con otro, sintiendo al otro y creando con la
ayuda del otro. La ciudad, entonces (y reiterando) ,es un espacio de comunicación
y, como tal, hay que saber muy bien con qué nos comunicamos, a qué nivel y
buscando qué. Por esta razón hay que investigar la ciudad, conocerla, hacerla
partícipe de nosotros. La
ciudad investigada. Investigar,
en términos de Karl Popper, implica develar la mentira que cubre a la verdad.
Según este filósofo judeo-austriaco, partimos de lo falso, de lo que no es,
pero que ya nos señala un camino. Esto indica
que la primera evidencia, lo que vemos y sentimos, no es (lo que en términos
kantianos sería la necesidad del algo más). Y si es, es apenas una prueba
circunstancial, un efecto y no la causa, la primera apariencia pero no el fin de
lo aparente. Así, eso que por primera vez interpretamos, eso de lo que somos
espectadores primeros, es sólo una falacia. Hay un algo más y ese algo
más ya es el camino real de investigación. Es lo que Derridá ha llamado
el pre-nombre, la imagen del detrás, la primera incertidumbre de la
certidumbre. Es la poesía, lo que hay detrás de lo que nombra y es nombrado,
eso que Borges intuyó como la real escritura, la que determina la razón y no
el sumario de eso que encontramos sin saber qué es. O lo que es peor, que
creamos (o creemos) sin acertar a saber si es un
monstruo, como el del doctor Frankenstein, o algo ya sabido y
descontextualizado. El
hombre se hace preguntas con relación a su tiempo y espacio. Se pregunta por su
vida (relación contexto-entorno) y luego la relaciona con otras vidas (espacios
vividos) pasadas, presentes o (por vivir) futuras. La pregunta nace del hoy (lo
contemporáneo), la hipótesis del ahora y del
esto que me aflige, entendiendo por afligir aquello que me toca. José
Ortega y Gasset, determinaba la realidad como eso que está ahí, que tiene una
lectura de acuerdo con las circunstancias del espectador, es decir, con su
historiografía, su educación sentimental y con los saberes adquiridos para
transformar esa realidad. De esta manera, lo que me toca, se convierte en un
sentir holístico pues no es una relación uno-uno sino una interacción
uno-todo. La
ciudad, este espacio donde aparece el concepto de civilización (de civitas:
ciudad), es un sistema que se hace necesario leer para darle un carácter a lo
político y al espacio público, que es donde el ciudadano es libre porque
intercambia lo que hace. En este espacio, como sostiene Hannah Arendt, existe un
ejercicio de la libertad y del trabajo libre, donde la propuesta dignifica el
vivir y se opone radicalmente al trabajo servil, donde no hay proposición sino
obediencia. De esta manera, el ciudadano que intercambia (bienes, servicios,
conocimientos, sentimientos, propuestas morales, acciones políticas) y toma sus
propias decisiones de acuerdo con la interacción
que realiza, es el que hace posible el espacio público que, en
definitiva, es la ciudad viva y mutante, el opuesto a esa ciudad cerrada donde
el ejercicio de lo privado crea monstruos, debido
a que en el espacio privado no se dan acciones acordes con la realidad sino
deseos y fabulaciones. Para
investigar una ciudad, entonces, es necesario, primero, interpretar, argumentar
y proponer una espacialidad pública donde el sistema de intercambio y de
discusión sean los elementos que constituyan la condición de ciudadanía y el
sentido que esa ciudad tiene. Para esto, es imprescindible leer la ciudad como
sistema, ya desde la relación sujeto-objeto (donde el ser humano interpreta y
usa la construcción urbana), ya en la interrelación sujeto-sujeto (donde nos
comunicamos y desconstruímos los conceptos a fin de darles más vitalidad). La
ciudad como sistema: Un
sistema es aquella estructura donde todos los elementos están interconectados y
son interdependientes. Dicho de otra manera, es un pequeño universo donde cada
componente tiene un sentido, una dirección y un fin determinado. Esta
estructura conforma un tejido donde la acción y la reacción son permanentes.
De acuerdo con el pensamiento orgánico, la ciudad es un cuerpo que requiere
nutrirse y salir de los desechos
que esos nutrientes le dejan; también crece generando un orden adaptable a lo
que sucede, sean cambios morales o de acomodación al entorno. Y a sí mismo se
degenera cuando asume condiciones que afectan el organismo que la constituye.
Pero, sea de manera positiva o negativa, la
ciudad sigue siendo un sistema, y como tal hay
que leerla, teniendo en cuenta que la lectura principal nace del sujeto, del que
la vive, interpreta y mueve. La segunda lectura, la del objeto, es una
resultante de la primera (la lectura del sujeto) , que se acomoda a la acción
en términos de reacción y adaptación. Si leyéramos la ciudad bajo las
premisas de Darwin, la veríamos como un cuerpo sobre el cual otros se adaptan
transformando ese espacio primario (el de los objetos) en algo donde se dan todo
tipo de manifestaciones, dado que las cosas son
por el uso y no por su destinación. A este respecto, habría que recurrir a la
tesis de Wittgenstein: “El mundo no está compuesto de cosas sino de
hechos”, de conexiones entre lo que hay con relación
a lo que hay que hacer. Y esos hechos no son unidades únicas sino un
compuesto de hechos atómicos, es decir, de hechos cambiantes y nacidos del
hecho original o como iniciadores de ese hecho. No hay entonces voluntad en el
hecho sino obligación (afectos y afecciones, diría Spinoza) de llevarlo a
efecto. La
ciudad que se investiga, con base en lo anterior, debe ser indagada
permanentemente, al ritmo de cada tiempo y de cada sujeto nuevo, de lo que hay y
sucede, de los nuevos entramados y, a la vez, de las rupturas que se presentan
en el tejido que la conforma. La ciudad sistema, para ser investigada, exige de
conceptos, valores, percepciones y prácticas detectadas, ya para negociar con
ellas (anularlas, legitimarlas), ya para ampliarlas de acuerdo con lo
encontrado. Es decir, primero
tenemos que tener una conciencia de la ciudad, un concepto o conceptos que no
nos generen dudas. Esto implica saber qué son y para qué sirven los servicios
públicos, las instituciones públicas, los diferentes estratos, los centros de
conocimiento, los de producción, los de comercio y la manera como se habita la
ciudad. En este punto, la vivencia ciudadana
da la referencia de uso de lo urbano, sus niveles de seguridad, proyección y
tejido conceptual, o sea, nivel de conciencia de esa ciudad. Como dice Borges en
la Fundación mítica de Buenos Aires,
la ciudad tiene su construcción total desde el inicio y sólo en la medida en
que tenemos conciencia de ella, las cosas aparecen. Así, la ciudad sería un
descubrimiento antes que una construcción por partes, un develar las mentiras
que cubren esa verdad inmensa que es lo ciudadano, esto que nos permite vivir
sin miedo. La
ciudad, en su calidad de sistema, debe tener como fase preliminar un marco teórico
que permita concretar puntos y factores de evaluación. Así, no se trata de
encontrar cosas en la ciudad sino de comparar lo que se encuentra a fin de
determinar el hecho concreto, eso que ha pasado y pasa. Y si bien es cierto que
no hay un modelo de ciudad básico, sí existen
constituciones (esta es la teoría de ciudad básica en Aristóteles) que
permiten visualizar lo que debería ser la ciudad con relación a lo que es y
encontramos en ella. La constitución, esto que es la base del pacto social,
plantea la ciudad deseada, la que de acuerdo con unos parámetros que se definen
en deberes y derechos, podemos crear. Y es esa constitución la que nos provee
de los conceptos de ciudad y ciudadanía, la que nos dice qué debemos buscar
para ver hasta qué punto se ha cumplido lo pactado. También está en esa
constitución los valores, es decir, los ideales de ciudad y ciudadano, esto que
se construye con base en una urbanidad (comportamiento ciudadano). De esta
manera, hay modos de comparación, dado que la ciudad sigue siendo un ideal
antes que una obligación con la que se carga, o una orden dada, como a veces
parece cuando se analizan los planes territoriales y las planificaciones
urbanas.
En
todo sistema, siempre hay un espacio para percibir, es decir, para ver lo que
pasa y la manera de ajustarse. Y estas percepciones, lo que cambia y moldea la
moral (las costumbres), permiten asistir a la mutación de la ciudad, a las
nuevas acciones y reacciones, al ajuste de la política o a su desgaste y
desbarajuste. Como todo ser vivo, el mundo urbano sufre cambios permanentes y
nosotros, los ciudadanos, nos vemos afectados por ellos directa o
indirectamente. Y no porque toquen a nuestra puerta o lo digan los medios, sino
porque somos seres complejos que estamos en contacto con otros y con la otredad,
con la normatividad y con las reacciones pasivas o activas frente a variables no
previstas. El hecho de que seamos complejos y habitemos la complejidad (ciudad y ciudadanos nos mantenemos
conectados) lleva a catalogar las percepciones como un elemento confiable para
ver qué pasa y, en este aggionarmento,
asimilar lo nuevo que aparece y lo antiguo que se desactualiza o perece. Y
frente a lo que nace y muere, se dan las prácticas ciudadanas, los movimientos
y entendimientos de ciudad, los ritmos que se imponen y lo urbano que se
manifiesta en actitudes, aptitudes y respuestas a los niveles de modernismo
(progreso) y modernidad (entendimiento de ese progreso). Cuando
uno se reúne con un grupo de ciudadanos para hacer propuestas de ciudad, los
entrevistados, que han vivido y sentido el espacio que se investiga, hacen
propuestas atinadas o absurdas, nacidas de esa investigación inconsciente que
hicieron al caminar, al tomar un autobús, al participar de un evento, al entrar
en contacto con un temor o una alegría. Sus respuestas aparecen como resultante
de las rutinas, de las preguntas que se han hecho, de las interacciones que han
tenido con otros, de los miedos controlados y de los deseos que no se cumplen. Y
en esas propuestas nunca establecen una verdad absoluta como fin o construcción,
sino, simplemente, una búsqueda de la verdad. Como anota Bertrand Russell en Cambridge,
uno de sus textos autobiográficos, lo verdadero se conforma con encuentros y
desencuentros, con lo que es y no es, o cambia y entonces ya no acredita lo que
era. La lógica de Russell se compone de enfrentamientos con lo inesperado. Y
esto es la ciudad, lo que no esperamos de ella y lo que cambia. No es entonces
un objeto sino la interpretación e interacción de un sujeto con relación a
otro. En otros términos, es comunicación activa, en movimiento e interactuando
permanentemente. La ciudad teórica versus. la ciudad real:
En
La estructura del medio ambiente, de Christopher Alexander, hay un capítulo
que dice que la ciudad no es un árbol, indicando
con esto que más que una estructura determinada por una fractalidad
(crecimiento lineal y geométrico) es también un habitáculo caótico y vivo,
con crecimientos diversos y en ocasiones acromegálicos y enfermizos, como
sucede en los cordones de miseria de las ciudades latinoamericanas. Así, una
ciudad puede diseñarse igual que una molécula, con un adentro y un afuera,
haciendo parte de un correcto plan territorial; pero ese diseño se deformará y
asumirá una vida propia cuando los habitantes se apropien de él y al concepto
de planeación interpongan el de cultura, forma de supervivencia y estética
cruzada por el entorno, la información y la adaptación de soluciones a
necesidades sentidas. Entonces, la ciudad no crece de manera ordenada sino de
manera cultural con ajustes a la mediatización de la actualidad y, como diría
José Ortega y Gasset, interponiendo el recurso de las circunstancias, en este
caso del ciudadano: su historia, su educación sentimental, sus relaciones
socio-económicas con el entorno etc. Aristóteles
decía que la lógica era la suma de principios a través de los cuales entendíamos
(o al menos medíamos) la realidad. Y al hablar de esos principios se refería a
principios humanos habidos de pactos sociales, de conocimientos comprobados y de
posibilidades nacidas de la especulación ordenada. Y de esa lógica se desprendían
dos variantes: la lógica teórica y la lógica práctica. Lo
teórico se construye sin más variables que las esperadas sobre la calidad del
problema, es decir, bajo un plano ideal de cómo debería ser esto o aquello.
Ya, en el plano de lo práctico, lo ideal pasa a un plano real y lo que eran
modos (determinaciones) comienzan a enfrentar accidentes, cambios en esos modos,
producto de variables que no se pueden controlar: cambios en el clima,
mutaciones territoriales, desórdenes sociales y económicos, mala
gobernabilidad etc. Y en este punto, lo planeado se convierte en un objeto de
adaptación y sujeto de flexibilidad, o en una mera utopía.
En otras palabras, en un modelo que se hace necesario ajustar a un vivir
y a un hacer que, en muchas
ocasiones, es el que obliga la mutación del deber ser. Con
base en lo anterior, siempre vamos a ver el enfrentamiento entre la ciudad teórica
y la ciudad real, la primera (la teórica) concebida sobre el papel (hoy diríamos
que en el auto-cad) y sobre
las tres dimensiones de un plano (donde la tercera, la profundidad, está
falseada). Y la segunda (la real), construida sobre los principios de realidad
social, económica y cultural. Y sobre unas éticas ciudadanas que,
interrelacionadas, generan una ciudad como debe ser o al menos en el espíritu
de lo que es y que la teoría no concibe porque no conoce: la actualidad de la
civilidad, esto que nace de la ciudad que muta, se toma por otros, se desmiembra
o, simplemente, acoge nuevas moralidades. Publicación enviada por José Guillermo Ángel R. Contactar mailto:jgangel@cis.net.co Código ISPN de la Publicación EpAlEklkZVGLMQcOrt Publicado Monday 18 de October de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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