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Monografias | La Salud y la Guerra

La Salud y la Guerra

Resumen: La relación entre guerra y medio ambiente siempre ha existido. Hace cinco mil años, durante los primeros conflictos bélicos entre las ciudades de la Mesopotamia, como estrategia se demolían los diques para inundar las tierras enemigas. Pero talvez debido a la gran anticipación creada por durante la guerra del Golfo, por primera vez, hubo gran preocupación mundial respecto a las consecuencias ecológicas e la Guerra, incluso antes de que los hechos anunciados se produjeran.

Publicación enviada por Wilfredo G. Santa




 


La relación entre guerra y medio ambiente siempre ha existido. Hace cinco mil años, durante los primeros conflictos bélicos entre las ciudades de la Mesopotamia, como estrategia se demolían los diques para inundar las tierras enemigas. Pero talvez debido a la gran anticipación creada por durante la guerra del Golfo, por primera vez, hubo gran preocupación mundial respecto a las consecuencias ecológicas e la Guerra, incluso antes de que los hechos anunciados se produjeran. Tanto en los lugares de conflicto activo (Gollfo) como en los de conflictos pasivos (campos de entrenamientos como el de Vieques en Puerto Rico). y el de los guerrilleros), los daños al ambiente y la salud son devastadores y permanentes.

Pero uno de los eventos bélicos que hizo más prominente la preocupación por las consecuencias de la guerra para el medio ambiente fueron los resultados de la operación “Ranch Hand”, llevada a cabo en Viet Nam por Estados Unidos en los años sesenta cuyo objetivo era desfoliar la selva para expulsar de ella a los combatientes del bando comunistas.

 

Datos que horrorizan

 

Entre 1962 y 1971 la aviación militar estadounidense arrojó sobre Vietnam más de 70 millones de litros de poderosos herbicidas, en particular el “agente naranja” con el cual 1,7 millones de hectáreas fueron “rociados”. Al final de la guerra, una quinta parte de los bosques de Viet Nam del Sur había sido destruida químicamente y más de un tercio de los manglares había desaparecido. Los bosques que pudieron recuperarse, en su mayoría se tornaron para siempre en matorrales.

Por otra parte, no fue hasta el 21 de marzo de 2000 que La Alianza Atlántica oficialmente aceptó y reconoció haber utilizado proyectiles de uranio empobrecido en Yugoslavia. El Kosovo y el sur de Serbia se vieron seriamente afectados por la utilización de dichas armas radiactivas, las cuales liberan una nube de polvo de uranio que contamina el agua y la cadena alimentaria. Cuando por inhalación o ingesta entra a nuestro cuerpo, dicho polvo permanece en el organismo hasta un tiempo de dos a tres años, incrementando por diez los riesgos de esterilidad, de malformaciones en los recién nacidos y de cáncer. Estas armas se lanzaron por primera vez en  la guerra del Golfo del 1991.

En otra parte del mundo, en Yugoslavia, desde el 24 de marzo hasta el 10 de junio de 1999, la aviación de la OTAN efectuó 31,000 incursiones, bombardeando en esta República (Serbia, Montenegro, Voivodina, Kosovo). Se dispararon miles de proyectiles, algunos de los cuales fueron a impactar en Bulgaria y Macedonia. Muchos pilotos que regresaban de misiones, se lanzaron centenares de bombas al Adriático, en las aguas territoriales croatas, eslovenas e italianas. Según la OTAN, fueron lanzadas mil seiscientas bombas de fragmentación que liberaron doscientas mil minibombas. Miles de esas bombas, prohibidas por la Convención de Ginebra del 10 de octubre de 1980, no llegaron a estallar, convirtiéndose en potenciales minas en peligro de explotar en cualquier momento. Hasta ahora más de 200 kosovares han muerto a consecuencia de ellas.

Según un Equipo Especial de Investigación para los Balcanes (ESB) de las Naciones Unidas, cuatro sitios de mayor estragos debido a los efectos de la contaminación fueron Pancevo (a 20 Km. de Belgrado), Novi Sad (capital de Voivodina), Kragujevac (en el sur de Serbia) y Bor (cerca de la frontera con Bulgaria).

Pasando al Golfo, por otra parte, la famosa “noche a medio día”  provocada por la quema de pozos de petróleo en Kuwait, creo un aumento pronunciado de las infecciones respiratorias. Fueron necesarios seis meses y diez mil millones de dólares para apagar los incendios y reparar los pozos. Las capas de petróleo viscoso impregnan aun en el desierto.

El complejo petroquímico de Pancevo fue atacado diez veces. El ataque directo al depósito que contenía 1,500 toneladas del monómero cloruro de vinilo  (CVM) causó un incendio que duró ocho horas, destruyendo unas 800 toneladas de ese producto cancerígeno. Cuando este producto arde libera, entre otros químicos, ácido clorhídrico, que provoca bronquitis crónicas, dermatitis y gastritis, y dioxinas, que son los contaminantes orgánicos más tóxicos en el mundo, e incluso fosgeno, que fue uno un agente asfixiantes utilizados ampliamente durante la Segunda Guerra Mundial que afecta el sistema pulmonar. Entre los agentes químicos utilizados en la guerra, el fosgeno fue el responsable del mayor número de muertes.

En otro suceso, los depósitos de amoníaco, necesarios para la fabricación de abonos, fueron blanco indiscriminado de estos ataques y si no hubiera sido porque fueron vaciados antes como precaución, al estallar habrían eliminado toda forma de vida, incluso humana, en un radio de diez kilómetros, ya que la exposición a los gases de amoníaco es fatal. Aunque se evitó, la fauna del Danubio, donde se vertió el líquido, quedó destruida hasta 30 Km. río arriba. Además, según el informe del Centro Regional de Europa del Este para el Medio Ambiente (REC), más de 1,000 toneladas de hidróxido sódico (soda cáustica) se derramaron en dicho río. Desde entonces, la pesca ha desaparecido totalmente y el riego casi se imposibilitó. En los fondos arenosos del río han quedaron atrapados metales pesados y tóxicos incluso, que permanecerán allí durante mucho tiempo.

Los ataques iraquíes contra la población civil kurda entre abril de 1987 y agosto de 1988 provocaron también efectos a largo plazo, si bien éstos son difíciles de estudiar en el lugar. Tan solo en Halabja, ciudad bombardeada durante tres días en marzo de 1988 con agentes químicos y biológicos, se estima que entre 5,000 a 7,000 personas perdieron la vida y decenas de miles resultaron heridas. La primera investigación médica realizada en 1998 por la doctora Christine Gosden de la Universidad de Liverpool, informó al Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme, Dr. los muchos casos de cánceres raros, malformaciones en los niños, abortos naturales, infecciones pulmonares recurrentes y problemas neuropsiquiátricos graves.

Allí el gas de mostaza utilizado (iperita) quemó córneas, provocando casos de ceguera, existiendo el riesgo de que aparezcan cánceres cinco o diez años después de la exposición, según el estudio.

Sin excepciones todas las guerras provocan daños a la salud física, ambiental y emocional. Algunos de estos son deliberados, por razones militares como la defoliación del Viet Nam, así como la devastación, con maquinaria de gran tamaño, de 300.000 héctareas de bosque, que acompañó tal operación. También deliberados fue el sabotaje ordenado por Sadam Hussein de los pozos petrolíferos de Kuwait en 1991, en el clímax de la guerra del Golfo. De los 730 pozos atacados, unos 630 fueron incendiados. No deliberada en parte fue la consecuencia trágica de las inundaciones catastróficas en el sur de Mozambique en febrero del 2000 en donde las minas antipersonal dejadas atrás por la guerra civil que asoló ese país fueron arrastradas desde los campos minados a las aldeas empeorando su situación.

No se quedan atrás los guerrilleros quienes causan tantos daños como los demás, mayormente forzados a obtener su sustento de la tierra, o saquear los recursos naturales de la región donde combaten para financiar la compra de armas. Se estima que en África occidental y central, la guerrilla ha financiado sus quehaceres derribando y vendiendo valiosas especies forestales. La misma situación se presentó en Camboya. En los años ochenta los combatientes somalíes fueron a menudo los instigadores del tráfico de marfil. En el Parque de Virunga y en otros lugares, los gorilas de las montañas fueron masacrados durante la guerra de Rwanda.



¿Existirán justificaciones para tanto daño?

 

En 1964, la propia  Federación de Científicos de Estados Unidos condenó la operación Ranch Hand, considerándola “un experimento químico injustificado”. Pero no fue hasta la publicación de varios informes, en 1970 y 1971, que establecían una relación entre las malformaciones de los recién nacidos y el agente naranja que provocó su suspensión. Las investigaciones ulteriores demostraron que uno de sus principales componentes, el “2,4,5-T”, contenía dioxina, que resultó ser uno de los venenos más poderosos jamás conocidos. La dioxina perturba las funciones hormonales, inmunitarias y reproductivas del organismo, y altera la calidad del esperma en el hombre. En Puerto Rico existen muchos ex-combatientes afectados.

El reciclaje natural ha eliminado ya en buena medida la dioxina de la vegetación de los suelos vietnamitas, pero esa sustancia sigue presente en la sangre, en los tejidos grasos del ser humano como en la leche materna. Según Le Cao Dai, director del Fondo para las Víctimas del Agente Naranja constituido por la Cruz Roja vietnamita, la leche de las mujeres expuestas al agente naranja en el ex Viet Nam del Sur, contiene unas diez veces más dioxina que la de las mujeres del ex Viet Nam del Norte o de países como Estados Unidos.

 

Consecuencias sobre la salud y el medio ambiente

 

Entre otras condiciones, se han observado malformaciones espantosas en los hijos de ex combatientes expuestos al agente naranja y a otros pesticidas. En Vietnam decenas de niños nacieron con deformaciones de los miembros, con un miembro menos o con ojos sin pupila, que pueden extenderse hasta la tercera generación.

En Kuwai, como las imágenes de la televisión mostraron al mundo, los pozos ardientes arrojaron durante meses su petróleo en el desierto, despidiendo un espeso humo negro. A consecuencia se formaron más de trescientos lagos de petróleo que cubrieron cerca  50 km2 de desierto. Se estima que 10 millones de m3 de petróleo se esparcieron por el área, un millón de los cuales se precipitaron en el Gofo Pérsico, provenientes de sabotajes iraquíes y de bombardeos de instalaciones estratégicas por parte de Estados Unidos y otros países. Esto creo una contaminación masiva de las costas de Kuwait y Arabia Saudí, afectando la pesca. Cinco años después el ecosistema costero saudita se había restablecido bastante, pero la población de tortugas que anidaba en las islas del Golfo nunca recuperó su nivel anterior.

Además de todo esto la lluvia de hollín, de partículas cancerígenas y de dióxido de azufre que se precipitó sobre cientos de kilómetros alrededor del Golfo, causó otros estragos inimaginables. Los Miles de búnkers, de escondites de armas y de trincheras rompieron el lecho de grava que permitía contener las dunas. Los tanques y los camiones destruyeron suelos frágiles y la vegetación. Según el Instituto de Investigación Científica de Kuwait, más 900 km2 de desierto fueron dañados por vehículos militares y movimientos de terreno, como consecuencia de lo cual avanzaron las dunas y recrudecieron las tempestades de arena y la erosión.

Los daños al medio ambiente provocados por las guerras han sido catalogados por quienes los producen, como involuntarios o colaterales. Durante la guerra del Golfo Estados Unidos lanzó sesenta mil bombas de fragmentación, que contenían unos 30 millones de minibombas. Estas aun forran el desierto, junto a unas 1.7 millones de minas antipersonal colocadas por los iraquíes. Aunque su mayoría ya fueron destruidas , el ecosistema del desierto ha quedado afectado.

En otros lugares de conflictos bélicos, como Bor, ciudad cercana a la frontera con Bulgaria, se observó una contaminación con PCB y una grave polución atmosférica debida a emisiones del gas dióxido de azufre que agrava los asmáticos. Los bombardeos de las minas de cobre, de la central eléctrica y del depósito de hidrocarburos, situados allí, también afectaron al país vecino. El periódico 24 Horas, de Sofía, dio cuenta de que “caían del cielo pájaros muertos” a consecuencia de la nube tóxica, que además provocó lluvias ácidas. Mientras, en Kosovo, los campesinos presenciaron cómo los árboles se deshojaban en plena primavera. A consecuencia, las autoridades serbias confirmaron que se diagnosticaron casos de bronquitis crónica, asma, eczema, diarrea o complicaciones tiroideas, entre otras.

Recientemente surgió la inquietud sobre las consecuencias a largo plazo del empleo de uranio empobrecido —material escasamente radiactivo pero denso utilizado para que los proyectiles puedan perforar los tanques. Durante la guerra del Golfo unas 300 toneladas de uranio de ese tipo se dispersaron en los campos de batalla. Aún no se sabe con exactitud qué efectos pueden tener en la salud y el medio ambiente los desechos radiactivos dejados por esas municiones. Suele afirmarse que el uranio empobrecido podría ser el causante de un aumento de la incidencia de cánceres en el sur de Irak y de graves malformaciones en los niños nacidos de soldados expuestos. Pero ningún estudio ha confirmado esa relación.

Otra causa de perjuicios para el medio ambiente son las oleadas de refugiados, inevitable consecuencia de las guerras, cuya presencia afecta a los recursos naturales del lugar donde se establezcan. Durante los años noventa en el sur de Guinea, la llegada de unos 600,000 refugiados que huyeron de los conflictos de los países fronterizos de Sierra Leona y Liberia, produjeron la transformación de las zonas salvajes y forestales en donde se asentaron.

 El conflicto en Rwanda y los sucesos que desencadenaron en el este de la República Democrática del Congo (RDC, antiguo Zaire) son una de las principales causas de la deforestación de África central. El Parque Nacional de Virunga, primer parque africano de ese tipo establecido en la frontera entre la RDC y Rwanda, sufrió consecuencias irreparables. La Unión Mundial para la Naturaleza (UICN) informó de que en seis meses los refugiados rwandeses y los soldados hutus de los campamentos situados en torno a la ciudad de Goma (RDC) habían destruido 300 km2 del parque en busca de leña y de algo de comer. Se estimó que los  ochocientos cincuenta mil refugiados que vivían en el parque consumían diariamente entre 410 y 770 toneladas de productos forestales. Los soldados zaireños aprovecharon la oportunidad para vender la madera del parque a los refugiados y a los organismos de socorro.

A nivel mundial, se estima que en 56 países existen un total de 65 millones de minas antipersonal instaladas y activas, que siguen amenazando a la gente y a la vida salvaje, desde Angola hasta Nicaragua, desde Eritrea hasta Lao. Según la Cruz Roja, estas causan mensualmente unas 800 víctimas fatales y millares de heridos. Se estima que han provocado 36,000 amputaciones en Camboya y 23,000 en Somalia.

 

 Lamentablemente para los seres humanos y la naturaleza, los conflictos bélicos recientes han dañado gravemente el medio ambiente, afectando por muchos años a generaciones futuras. Tristemente los daños al planeta y a la humanidad nunca desaparecen con el fin de los conflictos, por lo cual una guerra en cualquier parte del mundo, es una crisis contra toda la naturaleza en donde todos somos víctimas y para las cuales nunca habrá suficiente justificación. La Guerra no importa a donde la lleves, siempre regresará de alguna manera a la puerta de tu casa.

 

Especial para Escenario, El Vocero de Puerto Rico

Por: Wilfredo G. Santa, M.D—7-13-2004

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Publicado Monday 26 de July de 2004

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