Monografias | Definiciones sobre salud y su relación con los principios éticos universales. Consecuencias sobre la ética profesional en Enfermería y otras ciencias sanitariasDefiniciones sobre salud y su relación con los principios éticos universales. Consecuencias sobre la ética profesional en Enfermería y otras ciencias sanitariasResumen: La importancia de la ética profesional en Enfermería estriba de la relación directa que debe establecerse con el paciente/cliente que demanda cuidado y ayuda para mantener su salud o recuperarla y aliviar su dolor durante la convalecencia y tratamiento. La relación enfermera/o es siempre una relación terapéutica en la que se debería aplicar principios éticos universales. INTRODUCCION
La importancia de la ética profesional en Enfermería
estriba de la relación
directa que debe establecerse con el paciente/cliente que demanda cuidado y
ayuda para mantener su salud o recuperarla y aliviar su dolor durante la
convalescencia y tratamiento. La relación enfermera/o es siempre una relación
terapéutica en la que se debería aplicar
principios éticos universales. Pero ¿qué es la salud? Seguramente se
advertirá con prontitud la pluralidad de conceptos en torno al término, ya que
para cada persona y organismo involucrado en el tema no significan lo mismo. Por
ello, se hace necesario revisar el concepto de salud, la naturaleza de la
enfermería y la relación enfermera-paciente. Definición
de salud
Los clásicos no tenían especiales dificultades en alcanzar una idea
clara de lo que es la salud. Hablaban latín, y la sola palabra salus ya
les daba idea de su significado. En la actualidad, debemos retroceder a la
etimología para alcanzar lo que era evidente para ellos. Salus
y
salvatio,
muy iguales en latín (considérese que la U y la V, cuyos sonidos y grafía
ahora distinguimos, eran una sola letra para los clásicos), significan
.estar en condiciones de poder superar un obstáculo.
De estas palabras latinas se derivan sus equivalentes castellanas: salud
y salvación. El término castellano salvarse incluye el significado original(1Cfr.
Alarcón E. Teoría de la vida orgánica. Apuntes de
Psicología. Pamplona: pro manuscripto, 1988).
Otro tanto sucede en inglés, donde tenemos los términos health, salud, holy,
santo, y en las lenguas germánicas, donde tenemos los términos Heilen,
curar y Heilig, santo, de
.superar una dificultad, y se aplica tanto a dificultades naturales (salvarse de
un incendio, por ej.), como a las sobrenaturales (la salvación de los peligros
que la vida presente supone para la vida del alma).
Sin embargo, el término salud no se entiende actualmente como ligado a
dicho significado de superar una dificultad. De ahí la gran variedad de
definiciones, a veces profundamente discordantes, otras
veces más o menos de acuerdo en algunos puntos, y casi siempre eclécticas, que
se limitan a agrupar las opiniones más en boga sobre la cuestión.
Si recuperamos para el término salud
el significado, original y genuino, de superar
una dificultad, obtenemos una definición en toda
regla: salud es el hábito o estado corporal que nos permite seguir viviendo (
2Tomás
de Aquino. Summa Theologiæ,
I-IIæ, q. 50, a. 1, c.),
es decir, que nos permite superar los obstáculos que el vivir encuentra a su
paso. Porque, efectivamente, vivir no es simplemente estar , como está una
piedra. Vivir implica una actividad interna del ser vivo que consigue mantener
una cierta independencia y diferenciación de su ámbito exterior: el
mantenimiento de la homeostasis, característico de los vivientes, es un proceso
activo que se realiza contra dificultades que opone el medio (3
3Cfr.
Alarcón E. Op. cit. Cfr. Choza J. Manual de antropología
filosófica. Madrid: Rialp, 1988. 85.86 ).
Sólo un organismo sano está en condiciones de superar dichas
dificultades; el organismo enfermo encuentra en el ambiente problemas de difícil
superación, que le pueden llevar a fracaso en el mantenimiento de la propia
individualidad, es decir, a la muerte, tras la cual, el organismo se confunde
progresivamente con el ambiente: se igualan sus temperaturas, se descomponen sus
proteínas, se disuelven y homogeneizan sus diversos compartimentos orgánicos y
el contenido de éstos con el medio externo, etc.
Pero mantener la identidad individual no es el único objetivo del vivir:
de alguna manera, la identidad también se mantiene cuando el animal se
reproduce. Al reproducirse, consigue mantener vivo, en otro individuo de
la misma especie, lo que en sí mismo no va conseguir: vivir siempre con la vida
propia de su especie. Por esta razón, en el seguir viviendo de la definición
se debe considerar incluida la posibilidad de la reproducción.
Un animal que puede vivir pero que no se puede reproducir no está sano.
Por último, hay que considerar que existen alteraciones del funcionamiento
normal del organismo animal que, sin impedir completamente que pueda vivir o
reproducirse, suponen molestias o dificultades para el desarrollo normal de su
actividad. Enfermedades o
lesiones leves, que no ponen en peligro la vida, pueden considerarse enfermedad,
porque el malestar que producen dificulta la actividad normal de la vida animal.
Dicho de otro modo: la salud incluye un cierto grado de bienestar físico,
y de agrado en la actividad que es necesaria para vivir (bienestar psicológico);
sin embargo, la salud no es bienestar. Más bien, el bienestar es, en cierta
medida, una parte de la salud, es decir, es uno
de los medios necesarios para poder seguir viviendo. El
caso del hombre
La vida humana no se reduce a los aspectos meramente biológicos. La vida
biológica, junto con sus aspectos psicológicos, se encuentra en el hombre
impregnada de inteligencia y decisiones libres: de espiritualidad, en una
palabra.
El vivir humano no es exclusivamente biológico, sino una realidad
compleja: biológica, psicológica y espiritual. Por tanto, seguir viviendo, en
el caso del hombre, no es sólo poder mantener la vida biológica, poder
reproducirse, y un cierto grado de bienestar suficiente para estos fines. Es, y
de modo igual o más importante, poder actuar con su inteligencia
y voluntad, llevando a cabo actividades que no pueden realizar los animales:
trabajar, estudiar, etc.
De este modo, la definición de salud dada anteriormente, válida para el
caso del animal, debe ser reinterpretada para el caso del hombre. Básicamente,
se puede afirmar que una persona está sana cuando puede realizar sus
actividades humanas normales: ir al trabajo, cuidar del hogar o de los hijos,
leer, etc. Sin embargo, en el hombre, estar sano no es una mera yuxtaposición
de la consideración de la salud propia del animal y de la más típicamente
humana. Las actividades propiamente humanas no pueden ser llevadas a cabo sin un
adecuado funcionamiento físico y psicológico.
Por esta razón, la salud que podríamos
llamar meramente animal está al servicio de actividades más altas: es un bien
instrumental para la actividad espiritual. Así, se puede dar la situación
paradójica de que, examinada
la vida humana desde el punto de vista meramente animal, no exista salud y, sin
embargo, considerada desde el punto de vista humano, sí que pueda decirse que
la hay.
Se reconoce de este modo que, aunque existen pequeñas molestias o
malestares, no alcanzan éstos a impedir el desarrollo de las actividades
normales. Así, una persona que carezca de capacidad para reproducirse, o
que tenga algunas alteraciones físicas o psicológicas leves (como puede ser
una ligera inestabilidad de la articulación del tobillo o una leve ansiedad
pasajera) puede, en muchas ocasiones, desarrollar su vida normalmente.
Dependiendo de la actividad que desempeñe, estas alteraciones, que serían
enfermedad en el animal, pueden constituir o no enfermedad en esa persona.
La constatación de esta realidad ha llevado a numerosos autores a
concluir que la salud es algo subjetivo, que depende solamente de
la apreciación del sujeto. Esta conclusión es errónea: el estado de salud no
depende de cómo se sienta el sujeto, sino del modo de vida que lleve. Y este
modo de vida puede y debe ser conocido por el médico que, de esta manera, está
en condiciones de hacer una apreciación objetiva
del estado de salud del paciente. Sin embargo, esta apreciación objetiva no
equivale a no encontrar lesiones en el examen físico del paciente o a no hallar
alteraciones en las pruebas de diagnóstico psicológico.
La apreciación objetiva del estado de salud depende de la captación de
los problemas que puede suponer la lesión, o las lesiones, sobre su
vida cotidiana. Dicho de otro modo: el juicio acerca del estado de salud de una
persona depende de la captación de su modo de vivir personal. La
versión moderna de la salud
Sin embargo, en tiempos recientes ha cambiado notablemente esta concepción
de la salud, en buena medida debido a los cambios que hemos mencionado
anteriormente que se han producido en las sociedades modernas: por el avance de
las ciencias (entendidas como tecnologías) y por el cambio en la concepción de
la naturaleza de la sociedad y de las relaciones sociales. Salud
como integridad
El avance científico que se ha dado en tiempos recientes, muchas veces más
idealizado que real, ha repercutido en la concepción médica de la enfermedad.
Quizá el aspecto más sobresaliente sea la asimilación dentro
de la práctica médica de una visión científica del cuerpo enfermo, con el método
científico hipotético deductivo desarrollado especialmente en la época
moderna.
El resultado de esta visión llevó en el siglo XIX a la búsqueda
de las lesiones características de cada enfermedad: desechando esquemas teóricos
preconcebidos, los médicos se dedicaron a buscar las alteraciones orgánicas
subyacentes a las diversas enfermedades, con la
idea de que cada enfermedad responde a una alteración física, que se puede
observar y, conforme avance la ciencia, tratar.
La concepción de salud que hay tras dicha interpretación es sencilla de
entender: salud es el estado de integridad orgánica. Si hay una enfermedad es
porque hay una alteración física. Esta manera de ver las cosas tiene razón en
numerosas ocasiones, pero no deja de ser problemática en otras.
Así, sólo hasta tiempos muy recientes resultaba imposible encajar
dentro de este esquema ninguna de las enfermedades psiquiátricas: lo espiritual
parecía no poder reducirse nunca a
problemas neurológicos hasta
que los modernos desarrollos han mostrado lo contrario en algunos casos; esto no
impide que sigan existiendo patologías irreductibles a lo orgánico, no sólo
porque la neurología no está suficientemente desarrollada, sino porque
realmente se trata de problemas no orgánicos.
Otro problema de la equiparación enfermedad-lesión es el
establecimiento del límite de la normalidad. En algunos casos, la lesión es la
aparición de estructuras o formas peculiares de tejidos o de órganos, y no
existe gradación entre su existencia o su no existencia. Pero, en la mayoría
de los casos, la lesión admite un más y un menos, una
gradación, en suma. En dichos casos, ¿en qué punto comienza la enfermedad?
Por poner un ejemplo: se considera obesa una persona con un peso que excede lo
normal para su estatura y complexión esquelética. Sin embargo, ¿dónde se ha
de situar el límite de la normalidad?
Normalmente se barajan las tablas que las compañías de seguros han
realizado sobre la esperanza de vida según el peso corporal, que dan una máxima
supervivencia en un peso un poco inferior a la media de la población. Pero, ¿qué
margen hay que admitir como todavía normal? Y, si se acepta como normal un
ligero sobrepeso sobre la media, ¿con qué criterio se establece una cifra a
partir de la que el sobrepeso se considera
obesidad? ¿Por qué esa cifra y no un poco más o un poco menos?
Como puede verse, fijar los márgenes entre los que debe de moverse la
integridad orgánica no es fácil, pues siempre incluye una dosis de decisión
arbitraria, en el sentido de que no es una determinación que dependa de una
determinación científica de la realidad, sino, más bien, de la apreciación
común, sensata, de la realidad orgánica del paciente y
de lo que resulta patológico.
En suma, no existen criterios científicos de normalidad, ni pueden
existir, sino que la sanidad los toma de la apreciación común de la situación
del paciente, y les asigna un rango de características físicas mensurables,
que podrían ser otras levemente distintas sin ningún inconveniente.
La visión del patólogo, por tanto, no está en condiciones de
determinar con exactitud lo que es salud o enfermedad sino contando con
apreciaciones no científicas de la realidad del paciente. Pero esto significa
que igualar enfermedad y lesión resulta insostenible como aproximación
a lo que es la salud y la enfermedad, pues se apoya, en último término, no en
la presencia o ausencia de lesiones, sino en
su valoración, hasta cierto punto arbitraria, por parte de quien examina al
enfermo.
Esta situación de crisis interna hacía
que la definición de salud como integridad orgánica estuviera necesitada de
revisión desde poco después de sus comienzos; esta revisión tuvo lugar de
modo más o menos oficial cuando
la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio su definición en 1948. Salud
como bienestar
En su declaración de constitución, en 1948, la OMS definió la salud
como el estado de perfecto bienestar físico, psíquico y social, y no sólo la
ausencia de lesión o enfermedad. ¿Cómo se llegó a esta definición? Como
vimos, la situación heredada del siglo XIX identificaba enfermedad con lesión,
a pesar de que dicha equiparación incluía dificultades teóricas no
despreciables.
La salida estas dificultades vino mediada por la nueva visión de
la medicina que se implantaba en la sociedad, imbuida de optimismo en
las nuevas posibilidades de la técnica para dominar la biología humana. El
futuro de la Medicina presentaba a ésta como un medio más
para conseguir la satisfacción de las necesidades y deseos humanos. Pero esos
deseos son, por definición, personales.
En Medicina, los deseos del paciente, la razón por la que los
enfermos acuden a los servicios sanitarios, es el sentir de alguna manera que
tiene un tipo de dificultades cuya solución está en manos del médico, por
medio de la manipulación técnica de su cuerpo. Y el tipo de dificultades que
hacen acudir a otros miembros de la sociedad, expertos en distintas profesiones,
se reduce, dentro de la idea ilustrada de sociedad, a la existencia de una
carencia que puede ser satisfecha por dicho profesional.
El profesional sanitario, dentro de este modo de concebir las cosas, es
el experto en el bienestar que se deriva del buen funcionamiento orgánico;
ése es el producto que vende. Por tanto, salud será el bienestar, y eso es lo
que el médico, farmacéutico, etc., pueden conseguir
con su trabajo en la vida de los pacientes.
Como el contexto de ideas traía consigo la herencia del siglo XIX de la
equiparación de salud con integridad orgánica, la definición tiene que
aclarar que va más allá de ella. Así, tras indicar que salud es el perfecto
bienestar, señala que esta afirmación es un paso adelante de la visión de los
patólogos del XIX: .... y no sólo la ausencia de lesión o enfermedad. Además,
la solución de igualar la salud con el bienestar del paciente resuelve bien dos
cuestiones: por una parte, hace que el límite arbitrario que había que
establecer para determinar lo que es la salud tenga un procedimiento objetivo
para establecerse: preguntar al paciente. Y, en segundo lugar, dicho
procedimiento casa muy bien con el espíritu de libertad individualista de la
modernidad: resulta muy aceptable en una sociedad en la que el criterio personal
resulta muchas veces el último elemento de juicio para las acciones.
Además, la definición de la OMS se presenta con el optimismo de
pretender abarcar todos los sectores de la vida humana: no sólo se refiere al
bienestar físico o psíquico, sino que llega a afirmar que el bienestar social
es salud. De alguna manera, esta afirmación trasluce
la pretensión cientificista de dominar absolutamente la naturaleza por medio de
la técnica para conseguir su bienestar total, no sólo en su aplicación al
hombre, sino también al resto de las estructuras humanas.
La definición de salud de la OMS
asimila la visión moderna de la sociedad como mecanismo para conseguir los
bienes de consumo al gusto
de cada cual mediante el dominio despótico de la naturaleza por medio de la técnica. Inconsistencias
de la definición de la OMS
Aunque la definición de salud de la OMS ha sido repetida hasta la
saciedad, y está en la mente de la mayor parte de los profesionales sanitarios
de la segunda mitad del siglo XX, no resiste un análisis mínimamente riguroso,
especialmente si se considera que nunca se ha intentado desde instancias
oficiales dar de dicha definición una interpretación que rebaje el sentido
literal de sus expresiones: para la OMS salud es bienestar, sin paliativos,
aunque otras personas, probablemente con un análisis más fino de la cuestión,
entiendan algo diferente.
Para poder desarrollar las actividades diarias es necesario un cierto
grado de bienestar físico. Un dolor intenso nos inhabilita para la vida. Pero
eso es muy distinto de afirmar que el bienestar físico es estar sano. La prueba
consiste en la experiencia común: hay enfermos que, en una determinada postura,
consiguen aliviar o hacer desaparecer sus dolores; sin embargo, nadie en su sano
juicio diría que esa postura le ha curado, y que vuelve otra vez a enfermar
cuando se mueve; quienes mueren por congelación, cuando han entrado en
hipotermia, dejan de tiritar y describen que han dejado de sentir la molestia
del frío y se sienten bien, aunque cualquier experto intentaría entonces que
se movieran y calentarlos antes de que fallezcan. Y, al revés, hay momentos en
la vida diaria en que se producen palpitaciones, respiración jadeante, o
agotamiento, que nadie atribuye a ningún proceso morboso, pues se siguen de
modo natural a un ejercicio físico intenso.
En suma, la equiparación de salud y bienestar físico es
insostenible desde
ningún punto de vista. El bienestar psíquico es otra de las cualidades de la
persona sana según la OMS. Sin embargo, también su examen detallado nos
muestra inconsistencias.
Sin negar que es necesario un cierto bienestar psíquico para poder vivir
una vida sana, nuevamente no se puede admitir la equiparación de bienestar psíquico
y salud. En efecto, existen estados de serenidad y placidez debidos a procesos
morbosos (la semiinconsciencia de un paciente
con un coma leve debido a un traumatismo craneoencefálico, el bienestar de un
drogadicto que se acaba de administrar una dosis de droga), que nadie consideraría
salud ni por asomo. Y, al revés, en la vida existen situaciones de tensión,
ansiedad o tristeza que son la reacción lógica ante presiones de oposiciones,
situaciones de convivencia tensa, fallecimiento de un familiar muy querido; y
nadie piensa
que dichas reacciones sean patológicas si no alcanzan un grado desmesurado o se
prolongan más allá de lo razonable.
Por último, la OMS establece inequívocamente que el bienestar social es
salud. El problema de esta equiparación reside, en primer lugar, en la
equivocidad de la expresión bienestar social. Ahí
cabe desde un básico afirmar que no existen guerras o hambre, hasta que todos
los ciudadanos disfruten de unos determinados estándar de comodidades (tipo de
casa, servicios públicos, electrodomésticos, etc.). Puede decirse que decir
que el bienestar social es salud, o bien no significa nada, o bien puede
significar todo lo que los medios técnicos pueden proporcionar al ser humano:
el objetivo de la sociedad ilustrada (tener todo lo que todos puedan desear)
pasa a recibir el nombre de salud.
Es innegable, sin embargo, que un grado elevado de bienes que proporciona
la vida en sociedad, por medio de la división del trabajo, permite llevar una
vida en la que la enfermedad aparece con menos frecuencia. Así, conforme el
progreso técnico ha permitido disponer de agua corriente limpia en las casas,
sistemas de alcantarillado (inicialmente construidos para evitar los malos
olores de las calles), viviendas con calefacción, etc., la
incidencia de muchas enfermedades ha bajado.
Pero esto no significa que esos beneficios que proporciona la vida en
sociedad sean la salud: contribuyen a ella, pero es evidente que no lo son: en
una sociedad que proporcione todos los medios imaginables, sea relativos para el
cuidado de la salud, sea de bienestar social, existirán enfermos.
Resumiendo: la definición de salud de la OMS, tomada literalmente, es
completamente irreal, no se ajusta a lo que conocemos espontáneamente de la
salud y de la enfermedad. Para salir de este atolladero y salvar a la vez la
definición de la OMS, ha habido autores que han dado un sentido amplio al término
bienestar que se incluye en la definición. Bienestar, según esta interpretación,
no sería la agradable sensación de estar a gusto, sentirse bien, sino que la
amplían a otras cuestiones no estrictamente sensibles: incluyen en bienestar
cuestiones tan heterogéneas como poder desarrollar el trabajo, las relaciones
interpersonales (familiares, laborales o de amistad), la capacidad de poder
seguir sus aficiones y motivaciones habituales, etc.
Como puede verse, de este modo se aproximan de nuevo a la versión clásica
de la salud: rotulan como bienestar el
hecho de que el hombre pueda desarrollar su vida diaria (en otros casos el rótulo
es calidad de vida,
pero de esta cuestión hablaremos más extensamente después). De este modo, la
definición de la OMS (La salud es el estado de perfecto bienestar
....)
transforma su significado casi en el clásico (La salud es el estado de perfecto
poder hacer las actividades de la vida diaria
). De este modo, la definición resulta relativamente tolerable.
El problema es que las palabras de la OMS no dan pie para pensar así: bienestar significa
bienestar,
y no poder hacer las actividades diarias. Con
muy buena voluntad se podría admitir que el estado de perfecto bienestar es una
expresión ambigua y que, por tanto, la definición de la OMS, interpretada del
modo amplio que hemos mencionado, podría ser aceptable.
Pero, aparte de que desde instancias oficiales nunca se ha apoyado dicha
interpretación, tomadas las cosas tal como aparecen, el bienestar es bienestar,
es decir, la sensación agradable de estar a gusto. Y la salud
no es eso, como hemos visto anteriormente. La definición de salud de la OMS es
un desatino. La
enfermedad inevitable
Una consecuencia que se observa en la sociedad actual como consecuencia
de la asimilación del concepto moderno de salud es que
nadie está sano. En efecto: si la salud es la integridad orgánica, dicha
integridad se convierte inconscientemente en una especie de
desiderátum, de cuerpo perfecto que sólo existe en los anuncios.
Pero ni siquiera esta apariencia perfecta es la salud: en efecto, incluso
en
la persona aparentemente sana (en el sentido de integridad corporal, de ausencia
de lesiones) un examen médico atento es capaz de descubrir lesiones que pasaban
inadvertidas por no causar sintomatología, o problemas que no suponen lesiones
ahora pero las supondrán en el futuro.
También si se considera la salud según la versión modificada de la
OMS, es decir, como el estado de perfecto bienestar, sucede algo similar:
en cuanto han pasado los años jóvenes, en los que no se siente el cuerpo y la
vida se desarrolla sin aparentes tropezones ni dificultades impuestas por el
cuerpo, comienzan los achaques. Pero, si salud es bienestar, como siempre tiene
todo el mundo alguna pequeña molestia, por minúscula que sea, no se puede
considerar completamente sano.
La conclusión que se saca de todo esto, y que es opinión común, es que
no existe nadie que esté sano, y que todos estamos enfermos. Si se nota una
molestia, por ahí va la enfermedad; y, si no se nota, basta acudir al médico
para que encuentre algo que no había sospechado el paciente.
Evidentemente, también se admite que este estar enfermo colectivo admite
grados: hay quien está muy enfermo y quien no se nota nada pero, aunque parezca
sano, con un estudio suficientemente profundo se podrían descubrir las lesiones
que padece, aunque no las sienta por el momento. Pero, grados aparte, la
afirmación inicial sigue en pie: todos estamos enfermos y no hay nadie sano.
En esta afirmación general de todos estamos enfermos o no hay nadie
completamente sano. Se observa una de las ideas post modernas frecuentes
en nuestra sociedad, y que veremos con más detalle en otro lugar: al optimismo
que reinaba a principios del siglo XX de que la ciencia puede lograr satisfacer
todos los deseos humanos, incluyendo la
salud perfecta, ha sucedido un cierto pesimismo: dicho logro se considera
inalcanzable.
La salud, más que un estado real, se considera como una especie de
ideal, al que tendemos, pero que realmente nunca podemos ni podremos alcanzar. Algunas
consecuencias para las profesiones sanitarias
Estas ideas básicas sobre salud tienen consecuencias muy directas sobre
el modo práctico de ejercer las profesiones sanitarias: al determinar el fin
que se debe perseguir, los medios técnicos que se deben de emplear (la
realización de intervenciones sanitarias) deberán ser acordes con el fin
perseguido.
Hoy, se observan con frecuencia modos de ejercer la profesión que
desvelan que se concibe erradamente la naturaleza de la salud, especialmente en
el sentido moderno de integridad orgánica o de bienestar.
Me referiré a tres deformaciones especialmente frecuentes: la obsesión
por el bienestar, el autonomismo a ultranza y el igualitarismo. La
búsqueda del bienestar
Como hemos visto, la definición de la OMS establecía que ésta es el
estado de perfecto bienestar físico, psíquico y social, y no sólo la ausencia
de lesión o enfermedad. Por tanto, si se sigue esta definición de salud como
orientación en la actividad sanitaria, ésta deber a ir dirigida solamente
a conseguir el bienestar.
Dicho de otro modo: esta definición reduce al hombre a sus aspectos
meramente animales o placenteros. Si se sigue esta idea de la OMS, la atención
sanitaria tendría un objeto parecido a la veterinaria: arreglar las lesiones físicas
(de modo muy mecanicista, como se realizan en el taller los arreglos de los
coches), y conseguir que el paciente se sienta a
gusto. Como hemos visto, en este último objetivo, los médicos con un poco de
sentido común incluyen, como en un cajón de sastre, todos los demás aspectos
de la vida humana: que el paciente pueda caminar, leer, relacionarse, etc.; el término
bienestar se emplea así de modo peligrosamente equívoco; pienso que de esta
falta de precisión terminológica se sigue buena parte de la confusión
imperante en los artículos científicos a la hora teorizar sobre la salud.
De modo paralelo a esta ambigüedad del término bienestar, que parece
incluir todos los aspectos de la vida humana, aparece el empleo de la expresión
calidad de vida. Originalmente se pensó en los indicadores de calidad de vida
como en una serie de parámetros objetivos que medían las limitaciones que sufrían
los enfermos por sus padecimientos.
Sin embargo, si se sacan de este contexto, calidad de vida pasa a
equipararse a bienestar. Y, como el término bienestar , pasa a incluir todo lo
que puede suceder en la vida humana que pueda tener connotación de
satisfactorio o insatisfactorio, de agradable o desagradable (y puede llegar a
incluir cuestiones tan ajenas a la salud como la ausencia de remordimientos,
proyectos vitales cumplidos, etc.).
Por tanto, si la definición de la OMS se toma estrictamente, sin
forzarla para interpretarla de modo sensato, se ve que es una definición
incorrecta, sesgada, y potencialmente generadora de una mala atención clínica:
si el profesional sanitario ejerce para que el paciente se sienta bien a toda
costa, el resultado sería lo que se describe en Un mundo feliz, y la solución
total a los problemas humanos, una droga como el soma, que hace sentirse bien y
no causa resaca.
Y no puede extrañar que, dentro de este modo de entender las
cosas, la
Medicina debería procurar la muerte del que sufre, si no se puede conseguir el
pleno bienestar o la satisfacción del individuo, en su versión más amplia
(proyectos vitales cumplidos, posibilidad de gobernar la propia vida sin
depender de los demás, etc.).
La veterinaria sí que pone en práctica rutinariamente esta solución,
pues sólo tiene que perseguir la integridad física y el bienestar de los
animales;
si el animal sufre, su vida carece de sentido (utilidades para el hombre aparte)
y lo más razonable en dicho caso es la muerte.
Si estas consecuencias de considerar la salud como bienestar son ciertas,
quien defienda la definición de salud de la OMS deberá como mínimo, hacer una
interpretación de ella contraria a su sentido literal explícito, apoyándose
en la ambigüedad del término .bienestar. Sin embargo, dicha interpretación
benévola es inestable y frágil, pues se apoya, precisamente en una ambigüedad
terminológica, por lo que, quienes la defiendan, deberán estar permanentemente
a la defensiva de su interpretación literal, que hará su aparición una y otra
vez.
La solución a este problema es relativamente sencilla: omitir toda mención
a dicha definición cuando se hable de temas de salud. Dicha mención deber á
evitarse también de modo indirecto, esquivando el
empleo de expresiones como el bienestar del enfermo o la calidad de vida del
enfermo excepto en los casos en que
sea estrictamente necesario, como puede suceder cuando estamos evaluando la
eficacia de alguna medida de cuidados paliativos. Subjetividad
de la salud y autonomismo
Es bien sabido que la consulta de un enfermo suele comenzar a raíz de un
padecimiento de nueva aparición: un dolor, una herida accidental, o cualquier
otro problema. Sin embargo, dicha consulta puede interpretarse de dos modos
distintos. En el primero de ellos, el paciente acude a consultar a su médico
porque la herida, o el malestar que ha aparecido,
le impide desarrollar su vida cotidiana: ya no es la leve molestia que puede
pasarse sin prestarle mucha atención. Quien le atiende, viendo el problema que
aqueja, intenta las medidas oportunas para que pueda continuar su actividad
normal (ya veremos más
adelante cómo se pueden clasificar dichas medidas.
Pero existe otro modo, muy diferente, de acudir a la atención sanitaria:
el paciente acude porque, del mismo modo que en el caso anterior, experimenta
algún tipo de molestia. Pero acude, no con la pretensión de intentar volver a
una vida más o menos normal, sino con
la pretensión exclusiva de acabar con su molestia o, más bien, lo que él
interpreta como una molestia.
El objetivo de quien le atiende debe ser su bienestar y no, como el
caso
anterior, la vida que se ve posibilitada por un cierto grado de bienestar. Lógicamente,
según este segundo punto de vista, ¿quién puede decir si se encuentra bien, a
gusto? El propio paciente.
Por tanto, el ejercicio de las profesiones sanitarias sólo se
puede llevar a cabo preguntando al paciente cómo está y qué es lo que desea,
o, dicho de otro modo, qué malestar le ha hecho acudir al médico. Sin embargo,
esta pregunta, tiene el siguiente matiz, diferente al que le da el sentido común:
hay que preguntar al paciente sobre su bienestar porque ésta es la única vía
para poder averiguar lo que no tiene una respuesta
objetiva, pues lo que causa agrado a unas personas, no lo causa a otras.
La salud, por tanto, es una cuestión puramente y exclusivamente
subjetiva. El paciente está sano si dice que está sano, y está enfermo si
dice que está enfermo. Como es evidente, entre estos dos extremos hay
posturas intermedias, matices, aceptación parcial de lo que dice el médico e
intento parcial de imposición del propio criterio de modo irracional.
Pero, si, como defiende la OMS, la salud es bienestar,
entonces el criterio
del paciente es el único que debe ser tenido en cuenta, pues sólo él sabe cuándo
está a gusto, cuándo tiene bienestar. A esta idea responden muchas actitudes
agresivas y exigentes de algunos enfermos: ellos son quienes deciden; se hace lo
que ellos dicen.
Esta postura de decisión unilateral por parte del enfermo de lo que se
ha de hacer puede denominarse autonomismo del enfermo. Es un modo de comportarse
que suele ir unido a una comercialización de la atención sanitaria:
se la concibe como un bien de consumo, como algo que se compra con dinero y que
debe cumplir las expectativas de satisfacción del cliente. O como
se suele decir en el negocio comercial, el cliente siempre tiene razón. Y su
razón es su bienestar, pero valorado por
él mismo, es decir, lo que le apetece.
En Estados Unidos esta exigencia de corte comercial se ha vestido de un
ropaje ético que hace sentirse a los médicos menos manipulados por
el dinero que cobran: se prefiere hablar de respeto a la autonomía del paciente
donde muchas veces, en ciertas especialidades o
intervenciones, no hay casi ningún residuo de preocupación por el enfermo,
sino un mero intercambio comercial, en que el médico se encuentra vendido a lo
que desea el paciente y no tiene voluntad propia.
Evidentemente, la justa autonomía del paciente es una realidad que debe
ser respetada; es otra manera de decir lo que mencionamos en la definición clásica:
estar sano depende del modo de vida que lleva la persona, y el médico debe
contar con ese modo de vivir a la hora de enfocar un tratamiento. Pero eso es
radicalmente distinto a aceptar que el paciente siempre tiene razón, como si
fuera el cliente de unos grandes almacenes, donde se compra lo que más agrada,
sin más motivo que el gusto.
El médico, la enfermera, el farmacéutico, también tienen algo que
decir en la relación profesional-paciente, y no son unos meros asalariados bajo
las órdenes del enfermo, ni su único objetivo es causar el bienestar. Por
tanto, del mismo modo que se espera que el médico respete al paciente, debe
esperarse el respeto en sentido opuesto. Lo
que no sería obligado encontrar en un comerciante es lo que se debe esperar del
médico y de la enfermera: negativa a aplicar tratamientos que sabe que son
ineficaces o dañinos, negativa a actuar contra sus principios morales,
justificado en los juramentos profesionales(ver Anexo) efectuados y siguiendo el
principio ético universal de no dañar y de beneficiar (beneficiencia,
no-maleficiencia).
Estas negativas, más que imposiciones al paciente, son precisamente su
defensa: si se accediera a todas sus peticiones, el verdadero bien del enfermo
quedaría sin abogado. Aquí nos encontramos nuevamente con una
equivocidad, en este caso en el empleo del término autonomía: para unos
significa que una persona puede organizar su vida a su gusto, sin ningún baremo
que les constriña, poniendo a la Medicina al servicio de su gusto; mientras que
para otros significa que cada persona tiene un modo de vivir distinto, que debe
ser considerado por el profesional de la sanidad a la hora de su actuación clínica.
Mientras el primer sentido es inaceptable, el segundo es imprescindible en la
buena práctica médica y de enfermería. Desigualdad
de los pacientes
La versión moderna de la salud como integridad orgánica está muy
presente entre la clase médica y de enfermería, pues la mayor parte de la enseñanza
que reciben los futuros profesionales consiste en información científica sobre
el cuerpo humano sano y enfermo, y en adiestramiento técnico para restituir la
integridad al organismo.
De esta formación, que conecta con el concepto de salud como integridad
orgánica del siglo XIX, se deriva una mentalidad que podría denominar, hasta
cierto punto, mecanicista, y un estilo de trabajo que contiene muchas
similitudes con los procesos industriales.
En el trabajo industrial, o manual en general, se establecen
procedimientos normalizados de trabajo que, según su exigencia en las
comprobaciones de los productos o de los diversos pasos intermedios que se
realizan, merecen una certificación de calidad en el proceso de producción.
Toda producción medianamente seria tiene un protocolo normalizado de
actuación que evita los fallos en el producto terminado. En sanidad sucede algo
parecido cuando se asume que la salud equivale a la integridad corporal, pues el
objetivo es algo material, a saber, una determinada conformación corporal en el
sujeto que atendemos (la
normalidad que, como vimos, es tan difícil de determinar y contiene una nada
desdeñable dosis de arbitrariedad). Por
tanto, la Medicina actual, ante un diagnóstico de una determinada lesión,
tiene una tendencia muy marcada a establecer un protocolo normalizado de actuación(manuales
de técnicas y procedimientos en Enfermería; Diagnósticos de Enfermería
estandarizados) E incluso también para llegar al diagnóstico se establecen
protocolos que permiten, como al realizar una clasificación botánica, ir
descartando posibilidades hasta llegar al resultado correcto.
La consecuencia de este modo de plantearse la actuación profesional hace
que se trate a todos los pacientes por igual: ante una determinada lesión o un
determinado síntoma, debe actuarse siempre de la misma manera, siguiendo las
reglas del protocolo adecuado al caso.
Sin embargo, si consideramos la naturaleza verdadera de la salud (estado
corporal que permite continuar la vida humana), el planteamiento habitual de
aplicación de protocolos se muestra radicalmente insuficiente, pues, en sus
versiones más organicistas, no considera el modo de vida personal del paciente.
Indudablemente,
hay protocolos que, en un momento de la línea de actuación, consideran como
factor discriminador el estilo de vida del paciente o su opinión personal.
Pero, en muchas ocasiones, parece que tal factor se introduce por las exigencias
y protestas de los pacientes que se ven tratados de modo no relacionado con lo
que consideran sus problemas reales.
En efecto, la influencia de la actividad habitual de una persona en la
consideración de su estado de salud o enfermedad lleva a una consecuencia poco
aceptada actualmente por los médicos: no toda lesión orgánica debe ser
tratada con la misma intensidad, y el grado de esfuerzo por eliminar lesiones
depende del tipo de vida que lleve el paciente.
La expresión tipo de vida debe entenderse aquí en su sentido más amplio, es
decir, englobando no sólo aspectos de actividad individual¿ (fundamentalmente
profesionales), sino otras consideraciones económicas, familiares, culturales,
religiosas y sociales. En este aspecto, el currículo de los planes de estudio
de la carrera de Enfermería son innovadores al considerar el estilo de vida de
los pacientes/clientes, insertos en una determinada entidad socio- cultural y
,que a su vez, presenta en el seno de la organización familiar una peculiar
manera de actuar, sentir e interpretar la realidad.
Por contra, actualmente, malinterpretando la letra de las normas deontológicas
que obligan a no discriminar entre pacientes, se asume que todos los pacientes
son iguales, y se emplean con ellos los medios disponibles para producir la
curación orgánica, con el criterio, en caso de escasez de medios, de primero
llegado, primero servido. Algunas
consecuencias para las profesiones
sanitarias
La actitud en torno a la concepción reduccionista del hombre y de la
salud humana, considera casi en exclusiva lo meramente corporal. Para
que todos fuéramos realmente iguales de cara al enfermar, sería necesario que
no nos distinguiéramos unos de otros, quedando igualados
con un patrón de actividad común, que se podría equiparar a la actividad
instintiva de los animales.
Para ellos, enfermar es siempre lo
mismo, y el veterinario los puede tratar por igual: curando sus lesiones
para que puedan llevar a cabo los objetivos instintivos de su especie, o
matándoles si no pueden ser curados o suponen un peligro para sus cuidadores o
para otros animales.
La relación médico-paciente, por contra, no es la aplicación ciega de
unos patrones fisiológicos ideales que hay que restaurar, como quien
repara una máquina. Es, en primer lugar, diálogo con el paciente y
conocimiento de éste como persona, con un modo de vida peculiar,
aficiones, ambiente, cultura, religión, etc. En este diálogo, quien le atiende
asimila esa originalidad vital y así aprende de sus pacientes y madura como
persona durante su ejercicio profesional. A continuación, propone benévolamente
una ayuda técnica para el problema humano que ha provocado el trastorno orgánico
o psíquico. Y, como el problema humano es distinto en cada Organización
Médica Colegial. El Código de Ética y Deontología Médica de España, Artículo
4.2: expresa que “El médico debe cuidar con la misma conciencia y solicitud a
todos los pacientes, sin distinción por razón de nacimiento, raza, sexo,
religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o
social”. La Organización Colegial de Enfermería, en su Código Deontológico de la Enfermería Española, Artículo 4
expresa: “....los profesionales de enfermería están obligados a tratar a
todos con el mismo respeto, sin distinción de raza, sexo, edad, religión,
nacionalidad, opinión política, condición social o estado de salud”. Así, la
propuesta de ayuda técnica será muy variable, dependiendo de la persona.
Esto no es discriminación, pues se propone la ayuda con la mejor
voluntad hacia el paciente. Precisamente, porque se intenta .cuidar con la misma
conciencia y solicitud.6 a
todos los pacientes, no se les proponen soluciones iguales, sino adaptadas al
caso particular.
La buena voluntad es la que hace que la ayuda propuesta sea diferente. Así,
por poner un ejemplo, en el caso de una enfermedad grave, propondrá medidas drásticas
que podrán conseguir la curación a costa
de un gasto grande y sin muchas probabilidades de éxito al paciente joven, con
serias responsabilidades familiares o profesionales en
las que no podrá ser sustituido. Sin embargo, si el paciente es mayor, sin vínculos
familiares, y le expresa su idea de que la vida ya
no tiene mucho sentido para él, es razonable que se abstenga de proponer
tratamientos curativos de alto precio, agresivos, molestos y
de efectividad sólo marginal. Por estas razones, el buen médico se abstendrá
de recomendar tratamientos muy penosos, o que vayan
contra la conciencia o la sensibilidad cultural de su paciente.
Para poder llegar a este consejo
adaptado al paciente es fundamental el diálogo, tan descuidado en la práctica
contemporánea. El descubrimiento del paciente como persona, sus peculiaridades
familiares o culturales, sus aficiones, no son cuestiones periféricas o
irrelevantes en la anamnesis, pues pueden hacer variar decisivamente la
orientación terapéutica. Un efecto secundario de un medicamento o de una
intervención quirúrgica, que al médico le puede parecer trivial, puede
revestir mucha importancia para el paciente, y esa importancia debe ser conocida
mediante el diálogo. Términos
ambiguos Como
hemos podido ver, el concepto de salud que habitualmente se maneja en la atención
sanitaria se mueve alrededor de las ideas
de integridad orgánica y de bienestar del paciente (entendido esto último como
lo que el paciente desea o apetece). Sin embargo, como
vimos al comienzo, del capítulo, la salud no es ni integridad ni bienestar.
Para poder conocer el estado de salud de un paciente es
necesario el conocimiento de dicho paciente como persona, con sus cualidades
peculiares irrepetibles que hacen que le atendamos de modo distinto a cualquier
otro.
Sin embargo, a pesar de nuestro interés en atender a cada persona de
modo adecuado a su individualidad irrepetible, con todas sus peculiaridades,
la idea de salud como integridad o como bienestar está tan difundida, que es fácil
que se entremeta sin haber sido llamada.
El camino para este aparecer subrepticio es, la mayor parte de las veces, por
medio de terminología que empleamos para referirnos
al estado de salud de los pacientes y que resulta, al menos, ambigua, dando pie
a considerar la salud en su versión inaceptable. Ya
hemos mencionado a este respecto algunos términos que se prestan a dicha ambigüedad,
y que, por ello, deben emplearse con precaución.
Así sucede con las expresiones bienestar y calidad de vida, que hemos examinado
anteriormente. añadiremos aquí otras
tres de empleo frecuente, entre las muchas que podríamos escoger: baremos
objetivos (o datos objetivos o
expresiones similares), autonomía y consentimiento informado. Objetividad
Cuando en la atención sanitaria o, de modo más general, en cualquier
disciplina científico técnica, se quiere hacer hincapié en la realidad de una
determinada cuestión, se habla de que es algo objetivo, como queriendo decir
que se ha realizado sobre ello una observación directa, sensible, contrastable
con la de otros observadores, que da una idea exacta
de la realidad sobre la que se está trabajando.
En la atención sanitaria, esta objetividad se suele relacionar con lo
científicamente comprobable en el enfermo, es decir, con cuestiones orgánicas
comprobables, bien mediante la exploración directa, bien mediante pruebas analíticas,
radiológicas o de otro tipo, que nos
muestran directa o indirectamente el estado físico de alguna parte del
organismo del enfermo.
Al atender a los pacientes, tendemos a prestarles la mejor atención
posible; y, por una atención de la una asociación de ideas casi automática,
tendemos a pensar que dicha atención es la que tiene más en cuenta los datos
científicos, objetivos, de modo que pueda
prestarse una ayuda lo más competente posible (desde el punto de vista técnico).
Así, casi sin darnos cuenta, prestamos una mayor atención al aspecto
meramente físico u orgánico del paciente, en detrimento de su conocimiento
como persona, que es el que nos permite la atención que realmente se le debe
prestar, pues el paciente es una persona enferma,
y no un organismo enfermo. De aquí se deduce que debemos emplear con precaución
los términos objetivo y objetividad., por poseer esa tendencia intrínseca a
dirigirnos hacia los aspectos físicos del
paciente, con descuido paralelo de sus facetas humanas. Autonomía
La antítesis de esa objetividad científica que intenta reducir todo en
el paciente a sus aspectos físicos u orgánicos consiste en dejar de lado
dichos aspectos objetivos (en mayor o menor medida) para fijarse, sobre todo, en
lo que el paciente desea. Ya hemos visto anteriormente que,
en la crisis de la consideración de la salud como integridad orgánica, la idea
moderna de la salud soluciona el pro6.5. TÉRMINOS
AMBIGUOS 97 Como
hemos podido ver, el concepto de salud que habitualmente se maneja en la atención
sanitaria se mueve alrededor de las ideas
de integridad orgánica y de bienestar del paciente (entendido esto último como
lo que el paciente desea o apetece). Sin embargo, como
vimos al comienzo, del capítulo, la salud no es ni integridad ni bienestar.
Para poder conocer el estado de salud de un paciente es
necesario el conocimiento de dicho paciente como persona, con sus cualidades
peculiares irrepetibles que hacen que le atendamos de
modo distinto a cualquier otro.
Sin embargo, a pesar de nuestro interés en atender a cada persona de
modo adecuado a su individualidad irrepetible, con todas sus peculiaridades,
la idea de salud como integridad o como bienestar está tan difundida, que es fácil
que se entremeta sin haber sido llamada.
El camino para este aparecer subrepticio es, la mayor parte de las veces, por
medio de terminología que empleamos para referirnos
al estado de salud de los pacientes y que resulta, al menos, ambigua, dando pie
a considerar la salud en su versión inaceptable. Ya
hemos mencionado a este respecto algunos términos que se prestan a dicha ambigüedad,
y que, por ello, deben emplearse con precaución.
Así sucede con las expresiones bienestar y calidad de vida, que hemos examinado
anteriormente. añadiremos aquí otras
tres de empleo frecuente, entre las muchas que podríamos escoger: baremos
objetivos (o datos objetivos o
expresiones similares), autonomía
y consentimiento informado. Objetividad
Cuando en la atención sanitaria o, de modo más general, en cualquier
disciplina científico técnica, se quiere hacer hincapié en la realidad de una
determinada cuestión, se habla de que es algo objetivo, como queriendo decir
que se ha realizado sobre ello una observación directa, sensible, contrastable
con la de otros observadores, que da una idea exacta
de la realidad sobre la que se está trabajando.
En la atención sanitaria, esta objetividad se suele relacionar con lo
científicamente comprobable en el enfermo, es decir, con cuestiones orgánicas
comprobables, bien mediante la exploración directa, bien mediante pruebas analíticas,
radiológicas o de otro tipo, que nos
muestran directa o indirectamente el estado físico de alguna parte del
organismo del enfermo.
Al atender a los pacientes, tendemos a prestarles la mejor atención
posible; y, por una atención de la una asociación de ideas casi
automática, tendemos a pensar que dicha atención es la que tiene más en
cuenta los datos científicos, objetivos, de modo que pueda
prestarse una ayuda lo más competente posible (desde el punto de vista técnico). | |||||||||