Monografias | Rosas, ¿era bueno o malo? caudillismo e historiografía: de la pasión política al objeto de estudio desangeladoRosas, ¿era bueno o malo? caudillismo e historiografía: de la pasión política al objeto de estudio desangeladoResumen: El estudio del caudillismo argentino ha sido objeto de miradas tan disímiles y apasionadas, que paradójicamente es posible rastrear y contextualizar más fácilmente estas miradas que la problemática por ellas estudiada. Ha sido el tiempo de la política antes que el de la historia, el que ha primado en la investigación. Aún dando por sentado, honradez intelectual en determinados autores, estos no escaparon a su tiempo y su compromiso político e ideológico, lo cual les impidió la necesaria toma de distancia del objeto a analizar. El
estudio del caudillismo argentino ha sido objeto de miradas tan disímiles y
apasionadas, que paradójicamente es posible rastrear y contextualizar más fácilmente
estas miradas que la problemática por ellas estudiada.
Ha sido el tiempo de la política antes
que el de la historia, el que ha primado en la investigación. Aún dando por
sentado, honradez intelectual en determinados autores, estos no escaparon a su
tiempo y su compromiso político e ideológico, lo cual les impidió la
necesaria toma de distancia del objeto a analizar. El
fenómeno de masas del caudillismo, en tanto lado plebeyo de nuestra historia,
sirvió tanto para la legitimación como para la reprobación de situaciones
posteriores. No es casual que la principal organización armada de la década de
1970, adoptara adrede, y a fines de
mayor inserción popular, el nombre
de Montoneros. Las
significaciones y asociaciones acerca del caudillismo no siempre habían tenido
esa impronta positiva. En el comienzo el signo adjetivante del problema fue por
lo general negativo. Y en grado
sumo. Tanto del caudillismo en general como de las figuras de los caudillos en
particular. Con
una salvedad, hija de la diplomacia antes que del análisis histórico. Expresa
Félix Luna “que una elemental cortesía rioplatense ha evitado que
la historiografía liberal de este lado del estuario haya proseguido lanzando
contra Artigas la condición de héroe nacional y eso reviste al caudillo
oriental de una suerte de inmunidad póstuma. Si no hubiera sido así, si
Artigas no fuera el héroe epónimo de las efemérides escolares y las
reiteradas ofrendas florales en la Plaza Independencia, aún estaría sepultado
por la versión liberal de las historia”. Sombra terrible de
Facundo…. ¿Donde
comienza esta versión liberal de la historia? Versión que a partir de Vicente
Fidel López y Bartolomé Mitre, y
por mucho tiempo, será “la” historia oficial de la Nación. Tal vez el
punto de partida esté en los
escritos de la Generación del 37, donde aparecen los principales elementos genéticos
del “caudillismo clásico”: ruralización, violencia política y vacío
institucional. Será
Domingo Faustino Sarmiento, un hijo putativo (por pobreza y lejanía) de esa
Generación, el que sintetizará esos elementos construyendo magistralmente
desde la literatura (no en vano es considerado nuestro primer gran escritor) la
figura del caudillo. Utilizando la figura de Facundo Quiroga como excusa biográfica a modo de libelo opositor al rosismo, Sarmiento ve en el
caudillismo al otro necesario para dar sentido a su dicotomía entre Civilización
y Barbarie. El caudillo es entonces, la expresión de esa barbarie. Su poder
dimana de una doble condicionalidad: la espacial, en el que el Desierto es un hábitat
social dominado por la violencia; y la histórica, en el que el derrumbe del
orden colonial tuvo como resultado la fragmentación de la soberanía y la
potenciación de las luchas faccionales. Frente
a ese panorama políticamente despótico, socialmente “gaucho” y geográficamente
americano, el sanjuanino abogará decididamente por la Civilización. La
quintaesencia de la misma será europea, y el parámetro en donde reflejarse, los Estados Unidos. Esta
división maniquea entre civilizados y bárbaros acompañará a Sarmiento
a lo largo de su vida. “-No ahorre sangre de gauchos, general, que es
lo único humano que estos bípedos tienen”, aconseja a Mitre tras la farsa bélica
de Pavón. Su obsesión por el
desierto le lleva a afirmar imprudentemente (ya era un hombre de Estado) que el
mal que aqueja a la Argentina es la extensión. En
esa visión negativa del problema el sanjuanino no está solo. Vicente Fidel López
ve el origen del caudillismo en la anarquía de ese emblemático año 20, en que
la ausencia de una autoridad central impide contar con un ejército regular que
reprima la insurrección de las masas. Esa acefalía da lugar a un vacío
institucional. Este es ocupado por bandas faccionales comandadas por jefes
rurales. La consiguiente guerra social engendra un estado de barbarie,
desorganización y criminalidad. Ningún elemento positivo hay entonces en el
caudillismo. Su
“socio” en la construcción de una historia nacional, Bartolomé Mitre, es
menos extremista. Para Don Bartolo hay en el caudillismo un sentimiento democrático
y una tendencia igualitaria, que convenientemente adecentado y controlado por
las instituciones liberales, puede contribuir a la formación de la Nación.
Este ideal de integración y cooptación que expresa el historiador Mitre, no se
corresponde con la política represiva que el presidente Mitre implementa en las
provincias del interior. Un
adversario político de Mitre, Juan Bautista Alberdi, considera al caudillismo,
paradigmático de la barbarie. Pero agrega a esta definición, las causas que le
dieron origen: ante la orfandad de recursos económicos por el monopolio porteño
de las rentas de aduana, las provincias deben soportar estos gobiernos despóticos
y sin ley que se dan en un contexto debilidad estatal. Todo esta pauperización
institucional se basa en la fragmentación política nacional, una apariencia de
federación que no es otra cosa que anarquía. En
todos estos autores, hay una preocupación expresada en forma directa o tácita,
acerca de esas masas campesinas, cuya
naturaleza “bárbara” es
inherente al fenómeno del
caudillismo, alimentándose recíprocamente. Desierto y Barbarie constituyen las
dos partes de una ecuación a desmontar. De allí que junto al ordenamiento
constitucional se propugna la llegada de capitales, el desarrollo de la producción,
la extensión y mejora de los medios de transporte, y el
fomento de la inmigración europea. La fórmula alberdiana “Gobernar es
Poblar” sintetiza esa intencionalidad positivista que las presidencias de la
Organización Nacional deben llevar a la práctica. Pero
es un proyecto que queda a medio camino. El orden y progreso soñados, hace
aguas por muchos lados. Surge entonces una nueva interpretación del
caudillismo, buscando en esta, los escritores consustanciados con el
positivismo, el origen de los problemas de su propia coyuntura: la degradación
de costumbres, el carácter levantisco y hasta racial de los inmigrantes que se
traduce en la agitación social y gremial, el aumento de los índices
delictivos, etc. Desde el
cretinismo cientificista y la
ostentación farolera de las nuevas disciplinas (psicología, sociología,
antropología, etc.) encuentran
estos autores, rastros del caudillismo
en la sociedad de su época. José
María Ramos Mejía, es quizá el principal exponente
de esta tendencia que traslada el caudillismo al mundo emocional, y su
marco social al terreno de la psiquis colectiva y la herencia. Desde la
psiquiatría se puede interpretar la historia. Así el rosismo se explica por la
locura moral de Rosas. Las masas a su vez se contagian esa locura,
que estalla periódicamente en orgiásticas convulsiones de violencia. Y
estos exaltados orgasmos sociales se producen ante la mirada entre abúlica e
indiferente del resto de la población, afectada por depresión mental. Así
vemos en esta corriente, la creencia en un determinismo social basado en el
entramado formado por la herencia racial y la psicología de las masas. Han
desplazado el significado del caudillismo del anterior postulado basado en un
determinismo cultural. Cambiando figuritas Ya
bien entrado el siglo XX, hacia la década de 1930, surge una nueva corriente
historiográfica: el revisionismo histórico. Más que explicar el fenómeno del
caudillismo, intentan valorarlo positivamente. Revisan los supuestos
liberales, rescatando a aquellos estigmatizados por la historiografía oficial.
A su vez, cuestionan a ciertos héroes del panteón liberal. En principio
parece un simple cambio de figuritas: el que era bueno pasa a ser malo y
viceversa. Pero más allá de este simplismo maniqueo en el que esta corriente
parece caer, el objetivo pasa por desplazar y centrar el interés del análisis
en el imperialismo y la dominación oligárquica. Indagan el pasado en virtud
del presente que viven en la llamada
Década Infame. No
es casual que el texto canónico de ese inicial revisionismo, Argentina
y el imperialismo británico, en el que sus autores, Julio y Rodolfo
Irazusta, presentan a Rosas como la gran figura de la soberanía luchando contra
los designios imperialistas anglo franceses, aparezca a menos de un año de la
firma del Pacto Roca-Runciman, ese “Estatuto Legal del Coloniaje”. Es
el tiempo en que Carlos Ibarguren justifica al rosismo en tanto “tiranía”
por su contribución a la unidad nacional. Curioso caso el de este aristocrático
militante demócrata progresista, que ve virtud en donde los liberales vieron
defecto. Todas
estas reivindicaciones poco aportaron a un real esclarecimiento del rosismo.
Pero sirvió este de excusa para que el revisionismo fuera acusado desde el
liberalismo, de sustentar un
totalitarismo de derecha, cuando no desembozadamente
fascista. Esta
generalización es injusta. Ciertamente hubo en esa corriente, autores
antidemocráticos, enrolados en el integrismo católico. Pero junto a ellos,
priman los de pensamiento más amplio. El grupo nucleado en Forja,
es exponente de un nacionalismo democrático, interesado en los problemas del país,
con ideas sociales alejadas del corporativismo. Su lucha no es contra la
democracia, sino contra ese remedo de ficción institucional, basado en el
fraude y la dependencia, que se vive en la época. Muchos de los forjistas pasarán
del radicalismo al peronismo, no abyecta ni obsecuentemente, sino con sentido crítico.
Baste citar los nombres de Homero Manzi, Luis Dellepiane o el emblemático de Arturo Jauretche, a quién Jorge Luis Borges le prologara
su libro El Paso de los Libres, una
exaltación en verso a la última montonera yrigoyenista. El valor de las palabras,
la continuidad de los nombres Pero
el revisionismo, en sus distintas variantes, fue valorativo antes que
explicativo. Lo cual se correspondía
con el lenguaje político argentino, donde la adjetivación trascendió en las
palabras a la época que las engendró. El caudillismo conservó, pese a los
inevitables usos y cambios, muchos de los atributos de las primeras
interpretaciones. Las palabras tienen en política una carga asociativa
particular. Y una continuidad en el tiempo, dimanente de esas asociaciones. Los
ataques al caudillismo (en tanto este era agente de exteriorización de las
masas), desde lo cultural y lo étnico, de los primeros
ensayos románticos y positivistas, constituyen una constante, que
transformada en diatriba, se extendió a otros movimientos populares. Así el
radicalismo yrigoyenista fue ridiculizado por los personeros del Régimen,
debido al origen plebeyo o inmigratorio de sus miembros. Desde la sorna, una
cofradía escatológica unía al médico de Yrigoyen, Meabe, rebautizado (a raíz
de los problemas urinarios de su paciente) como doctor Meabene,
con la itálica y anal prosapia de los radicales rosarinos: Coulín, Coullón y
Culacciatti, en feliz connubio con el criollísimo correligionario riojano Julio del Culo Moreno. El
peronismo sufrió idénticos ataques. Era el partido de los negros, de los
cabecitas...la barbarie resucitada un siglo después, levantando los pisos
parquets para hacer asado. Sin embargo, el peronismo tuvo la virtud de correr
esa infamia descalificante por
izquierda, haciendo propio con sentido contrario mucha diatriba. Así hay un
pequeño paso desde la valoración semántica presente en los discursos de
Evita, de los grasitas, o de los queridos
descamisados de la década de 1945/55, al comando que en 1970 acomete el
secuestro de Aramburu y firma su primer parte, como Montoneros.
A partir del uso ex profeso de ese nombre,
asumen su empresa como un intento de continuidad de un proceso histórico. ¿Un feudalismo pampeano? En
esos mismos años, varios autores, retoman la cuestión de la clase
terrateniente en la explicación del caudillismo. Jacinto Oddone, y Andrés
Carretero, entre otros, explican desde la teoría de la dependencia, al
caudillismo como la forma política de la dominación de esa clase. A
su modo, mucho antes, José Ingenieros, había asociado el fenómeno del
caudillismo al feudalismo. Para él Rosas no es más que un señor feudal,
restaurador sí, pero no de las leyes, sino de derechos y prácticas antiguas.
La Confederación no es más que un pacto entre señores feudales. Don Juan
Manuel es entonces, el representante de la oligarquía terrateniente. Más
cerca a nuestro tiempo, Tulio Halperín Donghi,
da una explicación que termina concordando con la inicial interpretación de la generación romántica. Así el proceso
emancipador entreteje las categorías de militarización y democratización,
formando una red en que se asienta el ascenso al poder de los caudillos. La síntesis
de ambas categorías es la de una impronta autoritaria asociada al poder
militar. El desguace del aparato militar regular en la década de 1820, origina
un vacío de poder, en el que las luchas sociales dimanantes de la caída del
orden colonial, se transforman en luchas faccionales entre bandas armadas. En
ese contexto hay un desplazamiento del poder de las élites urbanas hacia los
jefes de tales bandas, de origen rural y grandes propietarios por lo general. A
ese destino solo escapó la
provincia de Buenos Aires, donde la persistencia de un ejército regular impidió
la lucha de facciones. José
Carlos Chiaramonte no ve en el año 1820 la fecha en que se disgrega una
Nación, simplemente porque esa Nación no existía. Si, en 1820
se asiste al fracaso de constituir un estado unificado tras una década
en que ese proyecto coexistió con la tendencia a la consolidación de soberanías
provinciales independientes. Esta tendencia es la que finalmente triunfa y a
partir de entonces las provincias se van dando una serie de normas fiscales,
legislativas y políticas. Todo un corpus legal que se orienta a la consolidación
del margen de autonomía de cada élite provincial. Este afianzamiento, excede a
la voluntad o intencionalidad que pueda tener la persona del caudillo al
respecto. Bajo el signo de la
violencia y la mansedumbre La
heterogeneidad de los caudillos, por su origen, su patrimonio,
nivel cultural, cultura política, etc., impide establecer un
estereotipo. A simple título de ejemplo destacamos que junto a hombres de
instrucción elemental como Estanislao López, hallamos a figuras tales como el
General Juan Facundo Quiroga, quién tras el velo de su sarmientina sombra
terrible, su reuma y su afición a
la timba, esgrimía un estilo, claro, concreto y personal (no necesitaba de
tinterillos alquilados para expresarse), en donde la ironía se daba la mano con
citas bíblicas y deliciosos arcaísmos, en un todo narrativo armonioso y
atrayente. Ejemplo de esta prosa, son algunos párrafos de la carta que envía a
Rosas desde Tucumán el 26 de Diciembre de 1831, en donde tras citar elípticamente
a su archi enemigo López “...Solamente
si yo tuviere la sangre tan helada como la nieve de la cordillera de los
Andes...podría hacer liga con el Gigante de los Santafecinos…” recuerda que
los soldados “...no pueden ni deben hacer la guerra a sus expensas, según lo
dice San Pablo...” Más
allá de la violencia como modo de hacer política, la complementariedad entre
coerción y consenso, mostró algunas figuras de mansedumbre patriarcal. Tal el
caso de Nazario Benavídez en San Juan, Celedonio Gutiérrez en Tucumán o Ángel
Vicente Peñaloza en La Rioja. Ensayistas provenientes del liberalismo
como David Peña, y los fundadores
de la Nueva Escuela Histórica, Emilio Ravignani
y Ricardo Levene, entre otros, no dudaron en separar la asimilación de la
figura del caudillo a la figura del villano. Perdía
sustento entonces la postura liberal que
igualaba barbarie a caudillismo. El sindicato del gaucho Hemos
hecho referencia al marco de autoridad y al modo de ejercicio de la misma.
Veamos ahora la relación entre caudillismo y clientelismo. Esta asociación es
de carácter medular para autores como John Lynch. En su obra Caudillos
en Hispanoamérica, considera que el
surgimiento del caudillismo se apoya en un trípode conformado por la inexistencia de reglas formales; la competencia política
dirimida a través de conflictos armados; y una sociedad bipolar de
terratenientes y peones, entrelazados por relaciones clientelares. En ese estado, el personalismo reemplaza a la ley, la
violencia se torna la forma
aceptable de dirimir conflictos políticos, pero la estructura social se
mantiene inalterable, protegida por el caudillo. Relaciones de intercambio
francamente desiguales unen a este, tanto con
su entorno próximo como con la clientela más periférica. Esa
desigualdad en la
reciprocidad, desde el revisionismo, había sido referenciada irónicamente por
Arturo Jauretche, al afirmar que el caudillo era el Sindicato del gaucho. Para
Lynch, no hay ningún germen democrático en el caudillismo, dado que su
cualidad clientelar lo torna opuesto
a los ideales republicanos. El caudillo en tanto
propietario, primero convierte a los ciudadanos y soldados y peones, y
luego, ya estos totalmente desprotegidos de las leyes, en clientes. Así los
derechos adquiridos en las guerras de independencia se pierden definitivamente,
quedando la balanza a favor de la
clase terrateniente, que es en definitiva, la que representa el caudillo. Esta
imagen del caudillo, como representante de la clase terrateniente (la que a la
vez le sostiene en el poder), es puesta en duda en recientes trabajos de investigación que se basan en el supuesto de la existencia
de condiciones previas, que impiden ejercer
un poder absoluto y discrecional. La abundancia de tierras, persistencia de
antiguos usos, escasez de mano de obra y la
consiguiente movilidad rural, son algunas de esas condiciones. Otros
trabajos desarticulan la idea de anarquía y anomia estructural como
forzosamente pertinentes a las geografías sociales del caudillismo. Así por
ejemplo, estudios de campo acotado
sen tiempo y espacio a los llanos riojanos en la explosiva década de 1860,
oponen a la visión tradicional de horda salvaje aplicada a los montoneros que
acompañan los postreros intentos del Chacho Peñaloza
y Felipe Varela, la
existencia de una estructura militar con jerarquías y responsabilidades
establecidas. Esos paisanos llanistas y catamarqueños no son los criminales y
bandoleros que han quedado en el imaginario popular gracias a la difusión de
algunas zambas, sino campesinos afincados que se movilizan de acuerdo a lo que
le ordenan sus jefes. Otros
ensayos analizan la relación entre caudillismo y masas indígenas, Lo
étnico es abordado, por ejemplo, al relevarse los liderazgos que se hacen
presente en la rebelión de campesinos en la puna jujeña en la década de 1870. Preguntas sin respuesta Todos
estos trabajos dan cuenta de un intento de retomar el tema del caudillismo sin
preconceptos ni condicionamientos. Mucho se ha escrito, pero mucho más queda
por escribirse. Las condiciones son amargamente favorables. Hasta hace muy poco
el análisis estaba viciado -concientemente o no- de preconceptos ideológicos y
políticos. Las hipótesis a las que se arribaban debían legitimar desde el pasado el actual posicionamiento del investigador. Paradójicamente,
el grado de desmovilización y apatía de nuestra época, permite llegar de
forma más desapasionada y con mejor comprensión a un fenómeno que se sitúa
en los orígenes mismos de la Nación Argentina. Es una tarea que investigadores
de distintas disciplinas sociales (en especial la historia) realizan en el marco
de una sociedad que tras dos décadas de continuidad institucional muestra una
madurez impensable en otras épocas. Una sociedad cada vez menos dispuesta a
aceptar con respecto al pasado, a su pasado, que le vendan buzones o le cambien
figuritas. Aunque…a veces frente al historiador no pueda reprimir hacerle la
clásica pregunta: -Rosas, ¿era bueno o malo? En esos términos, no hay
respuesta posible. Afortunadamente. Fernando
Cesaretti y Florencia Pagni Escuela
de Historia. Universidad Nacional de Rosario Publicación enviada por Fernando Cesaretti y Florencia Pagni Contactar mailto:grupo_efefe@yahoo.com.ar Código ISPN de la Publicación EpAyypkllurLliijoR Publicado Thursday 30 de September de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
ilustrados.com nace con el fin difundir el conocimiento publicando trabajos de investigación, monografias, tesis, presentaciones powerpoint y afines. Publicar trabajos en ilustrados.com ha alcanzado prestigio y reconocimiento internacional siendo cada vez más el número de académicos, empresas, investigadores, científicos que consultan las publicaciones de nuestro portal. | |||||||||