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Monografias | Reflexiones sobre la comunidadReflexiones sobre la comunidadResumen: Según una posición vigente, la idea de comunidad no debe ser asociada con el marxismo o los socialismos igualitaristas, ni reducida a los mismos, precisamente por atentar contra el propio desarrollo individual de la persona humana. Asimismo, la comunidad tampoco puede estar supeditada a los mecanismos del mercado por el egoísmo y desconfianza subyacentes, dado que al fin de cuentas el mercado se basa en la competencia y rivalidad entre los individuos y conglomerados de éstos. LA
COMUNIDAD MAS ALLA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO Según
una posición vigente, la idea de comunidad no debe ser asociada con el marxismo
o los socialismos igualitaristas, ni reducida a los mismos, precisamente por
atentar contra el propio desarrollo individual de la persona humana. Asimismo,
la comunidad tampoco puede estar supeditada a los mecanismos del mercado por el
egoísmo y desconfianza subyacentes, dado que al fin de cuentas el mercado se
basa en la competencia y rivalidad entre los individuos y conglomerados de éstos.
Sin embargo, la posición que postula una comunidad más allá del socialismo y
del capitalismo, puede ser criticada desde la vertiente actual de predominio de
las filosofías que defienden la postura de la denominada economía social de
mercado, y catalogada como un eclecticismo neutro, vacío y carente de
contenido. Las
enormes torres de cristal, asentadas en la ciudad capital peruana, Lima, parecen
hablar por sí solas frente a todo intento de eclecticismo referido a la materia
que estamos tratando. Al fin de cuentas, la economía, como ciencia, es una
sola, aunque desde Adam Smith haya adoptado cierta postura ideológica. El
Estado, como organización administrativa que representa a la nación, es más
bien el elemento central al cual nos debemos de dirigir, y en ese sentido ha de
ir nuestro estudio sobre la comunidad y la naturaleza de la misma. COMUNIDAD:
DEFINICION Y CARACTERISTICAS Si
bien la comunidad viene a ser una colectividad humana que nace de la naturaleza,
expresando el pluralismo y diversidad que caracteriza a la misma, y si bien está
formada por seres humanos con diferentes habilidades y capacidades, a ser
desarrolladas para la felicidad personal y el bienestar grupal, el problema a
resolver es cuál de estas últimas metas tiene o debe tener la prioridad, o, en
todo caso, establecer la necesaria equivalencia entre ambas. En
la revista peruana de filosofía, arte y literatura “Apeirón” (Edición N°
3, Año 3, Noviembre del 2001) encontramos el artículo “¿Comunidad política
o sociedad de individuos integrados?” de Soledad Escalante B. que se relaciona
directamente con este espinoso tema del orden de prioridades dentro de la
denominada “comunidad”. En
su mencionado trabajo, Soledad Escalante hace, desde un inicio, una precisión
de la “comunidad política”, entendida bajo la óptica de una perspectiva
comunitaria de su identificación y defensa como tal, a partir de un marco de
reconocimiento de la vida comunal, por un lado, y, por el otro, de la
“integración ciudadana” bajo una perspectiva liberal de la misma, por la
cual el atender a las preocupaciones de la comunidad significará el preocuparse
porque la propia vida sea buena y justa. Aunque
la autora del referido artículo advierte, también prácticamente desde el
comienzo del mismo, que su estudio se centra fundamentalmente en Ronald Dworkin,
de clara orientación liberal, frente a autores como Charles Taylor, de
tendencia comunitaria o comunitarista, las conclusiones que se pueden sacar
asumen rasgos de un eclecticismo que es del caso destacar porque la idea
central, a nuestro entender, es literalmente la siguiente: “ Un ciudadano
integrado acepta que el valor de su propia vida depende también del éxito de
su comunidad al tratar a todos sus miembros del mismo modo. Si todos los
miembros entienden que los demás comparten esta actitud, entonces la comunidad
ganará en estabilidad y legitimidad, pese a que, por ejemplo, sus miembros
presenten desacuerdos sobre lo que es la justicia … “. Ese
eclecticismo de recoger lo mejor de ambas posiciones puede confundirse con la
posición que usted asume cuando afirma que el bienestar y la libertad
corresponden exclusivamente al mundo de la comunidad, que es a la vez el mundo
del pluralismo, de la razón y la moderación de las emociones
y de la convergencia entre la libertad individual y la libertad
colectiva. Creemos apreciar ciertas coincidencias por lo menos. Al
margen de cualquier descrédito que pueda tener el término ”eclecticismo”,
la cuestión a resolver en última instancia no debe ser parametrada bajo el
dilema dicotómico del todo o nada, del sí o del no. En el mundo fenoménico,
al fin de cuentas como dicen algunos, no hay negro ni blanco, sino diferentes
tonalidades de gris. En ese marco de complejidad ha de ser situado el tema de la
comunidad respecto a los intereses de los individuos que la integran. Rescatando
niveles teóricos del cooperativismo, podemos decir que el desarrollo personal
de cada cual debe de estar en armonía con el desarrollo general de los
individuos, en base a la patentización de las posibilidades o talentos, por la
conversión exitosa de la potencia en acto. La comunidad no viene a ser sino un
Estado microscópico, o una muestra representativa y adecuada del Estado nación,
y como tal su principal misión consiste en defender y proteger la persona
humana, en la dignidad inherente a su naturaleza. LA
COMUNIDAD COMO IMPOSICION Sin
embargo, la comunidad podría ser vista como el resultado lógico obligatorio
de un proceso de imposición de los más fuertes hacia los más débiles.
Y es que la comunidad se explica en primera instancia por la existencia previa física
de las personas naturales que la integran. Como se diría, la comunidad no es
concebible sin individuos que le den sustento a la misma, ya que la comunidad,
como tal, no pasa de ser un mero concepto que para no ser una ilusión necesita
de un carácter diferenciador, puesto que una simple reunión física de
personas no tiene porqué identificarse con lo que es o puede ser en sí la
comunidad. La
comunidad, así como el todo, no es una llana suma de las partes. Pensar o creer
lo contrario es caer en un simplismo exagerado que haría que llamásemos
comunidad a simples conglomerados de individuos que se pueden reunir partiendo
por duros ánimos de lucro extremo y terminando por no santos objetivos propios
de bandas delincuenciales. Entre ambas fronteras se encuentra el justo medio al
respecto, y quizás aquí ya tengamos un elemento que se puede generalizar a lo
que es, con propiedad, la comunidad. No se puede llamar comunidad a una simple reunión mecánica
de individuos porque tal reunión, por ser simple, no va acompañada de actos
concretos de solidaridad y preocupación por el destino de los demás. Las
actuales urbanizaciones o sectores urbanos de nuestras ciudades para ser
comunidades deberían de practicar esos actos, cumplir esos requisitos, más aún
cuando sus habitantes dicen profesar la fe católica o cristiana en general. ¿Dónde
está la solidaridad? ¿Dónde está la compasión o piedad? ¿Dónde el amor al
prójimo? ¿En quiénes se ve el rostro magnánimo de Dios?
Y es que en los actuales conglomerados urbanos, por ejemplo, en dos casas
vecinas uno de sus habitantes puede estar disfrutando, feliz de la vida, el
logro de un doctorado, mientras el otro, el vecino, puede estar apretando el
gatillo de un arma de fuego para poner fin, por mano propia, a su existencia. Esa
es la lamentable realidad actual. Y el Estado brilla por su ausencia, a
diferencia de su omnipresente presencia a la hora de cobrar los tributos e
impuestos. En
ese sentido, la comunidad puede ser vista como una imposición dirigida a
guardar las formas, para aparentar lo que no es real. El cristianismo formal de
la mayoría de los occidentales choca con la selva de cemento en que se han
convertido las calles de las ciudades y pueblos. El instinto de conservación de
los individuos, sumado a su ansia de poder y sojuzgamiento de semejantes, marcan
la pauta en las sociedades occidentales, de cultura judeocristiana. El
superhombre amoral, en la práctica de las cosas, es más considerado que el
hombre bueno y justo. Así de sencillo y simple. Nada más y nada menos. Puede
parecer cruel lo dicho. Pero es la verdad, y como tal, si hemos de querer
cambiar el estado de cosas al respecto, lo primero que tenemos que hacer, nos
guste o no, es aceptar la verdad. Luego surge el legítimo ¿por qué?. ¿Por
qué se considera más al superhombre amoral que al hombre bueno y justo? ¿Por
qué el primero se lleva los mejores lauros y los más ovacionados aplausos? ¿Por
qué tal realidad si en los códigos morales y religiosos se proclama lo
contrario? ¿Por qué tal realidad? ¿Por qué? ¿Por qué? Luego
está la búsqueda de respuestas. Y en ese ánimo nos encontramos con la
naturaleza inherente al ser humano. Esa naturaleza dual, que tiende tanto al
bien como al mal, y propia de un ser en eterno conflicto desde los mismos
albores de la creación. Si
bien es cierto que las nociones universales de bien y mal varían de acuerdo al
espacio y tiempo de que se trate, no se puede negar que el bien está ligado a
todo aquello que es propio de la bondad humana, y que el mal, por el contrario,
viene a ser la exacta correspondencia de la maldad humana, entendida ésta como
lo que, implicando actos de injusticia, busca el sojuzgamiento y la destrucción
de los demás. Es de resaltar que la destrucción, en la época actual, va desde
el asesinato por encargo vía sicarios profesionales hasta el ataque y erosión
de la imagen y credibilidad de las personas. El
relativismo sobre el bien y el mal ha sido y es utilizado hábilmente por los
convenidos y vendidos de siempre, esos que, a lo largo de la historia, han
pululado como gérmenes y que han medrado entre las ruinas de cada una de las
civilizaciones. Para
los mercenarios de la vida, no hay mejor arma ideológica que el relativismo.
Desde los niveles primarios de las abstracciones hasta la universalidad de las
filosofías, para tales mercenarios y convenidos de siempre es importante que el
relativismo alcance el rango de principio universal, vigente más allá de las
formalidades institucionales de las contemporáneas sociedades occidentales u
orientales, porque de ese modo tienen cierta autorización implícita para
actuar sin mayores dificultades. Como
el ser humano tiende, en términos generales, tanto al bien como al mal, el
relativismo es una arma ideológica mortal. Sin embargo, las diferencias entre
lo que es bien y mal en diversas culturas y personas son en realidad de forma,
no de fondo. Si hemos de hablar de fondo, queda claro que el bien es uno solo a
través de todas las eras, lo mismo sucede respecto al mal. Pese a ello, los
traficantes y mercenarios de la vida destacan las formas sobre el fondo para
entronizar el relativismo en el imaginario de los pueblos con el único fin de
justificar los saqueos de las sociedades humanas. Mantener
a la gente en la ignorancia respecto a lo que se esconde detrás del relativismo
es tarea de los vendidos de siempre, aunque hay que tener cuidado en la
vehemencia al condenar el relativismo porque no está lejos el caer en el otro
extremo, el cual es el absolutismo propio de Estados tiranizantes y opresores de
la libertad individual de las personas. En
tales formas de gobierno opresoras y tiranas, también se destacarían las
formas sobre el fondo pero respecto al absolutismo de señalar una sola
manifestación de bien, a la cual todos deben considerar como único y universal
referente a la hora de realizar los actos y hechos concretos. No obstante que
puede haber buena fe en ello, no obstante que, en un principio, pueden haber
existido buenas intenciones, las sociedades y Estados en los cuales rige el
absolutismo van a engendrar en su mayor parte individuos fanáticos y cerrados
en esquemas estrechos de concepción, pues habrán, a manera de reacción,
minorías reacias a ser regidas por el totalitarismo de considerar una única
forma o manifestación de bien. LA
COMUNIDAD COMO COMPLEMENTO E INTEGRACION
Frente a las enormes desventajas e inconvenientes que para la libertad
individual ofrece la comunidad vista como imposición, se erige como legítima
alternativa el sentido de la comunidad entendida como complemento e integración.
Al adentrarnos al ámbito de tal comunidad podemos verificar ciertas
coincidencias o puntos de encuentro con lo planteado por Soledad Escalante en su
artículo “¿Comunidad política o sociedad de individuos integrados?”, ya
antes mencionado.
En efecto, la idea de conclusión de la referida autora sobre la
comunidad gira sobre lo siguiente, en palabras literales de la misma: ” … Un
ciudadano integrado acepta que el valor de su propia vida depende también del
éxito de su comunidad al tratar a todos sus miembros del mismo modo. Si todos
los miembros entienden que los demás comparten esta actitud, entonces la
comunidad ganará en estabilidad y legitimidad, pese a que, por ejemplo, sus
miembros presenten desacuerdos sobre lo que es la justicia … “
Una comunidad no tiene por qué ser la reproducción estandarizada de
ciertos estereotipos de seres humanos. No se pide creer exactamente en lo mismo.
No se pide tener los mismos gustos en lo que a aficiones o inclinaciones se
refiere. Lo único que se pide es estar integrados a un conjunto de personas, en
el ámbito de la comunidad, por medio de elementos comunes que reflejen cierto
compromiso para con los demás, de manera que de caer algún miembro de la
comunidad repentinamente en desgracia, por enfermedad o accidente natural o
humano, los restantes miembros acudirán inmediatamente para brindar la ayuda
del caso.
No otra cosa concluye Soledad Escalante cuando señala que Dworkin es
consciente de que el mundo real –que es el mundo en el que nuestra vida se
desenvuelve- se distingue del mundo ideal por la ausencia de compromiso de los
ciudadanos y de los dirigentes políticos con la idea de la justicia.
Si hemos de hablar de bien común, sin caer en lirismo alguno, el
derrotero para poderlo sentir realmente posible tiene que ver con una luz
llamada justicia, simplemente justicia. No siendo incompatible la justicia con
la piedad o compasión, aquélla viene a ser el elemento ordenador y pacificador
del sistema, la luz que hace soportable vivir en la oscuridad.
Desde los clásicos conceptos de la justicia sobre el dar a cada cual lo
que le corresponde según sus actos y la naturaleza de los mismos, hasta
nuestros días, la justicia se encuentra estrechamente ligada con la equidad, y
ahora quizás más que nunca necesitamos tener en cuenta la justicia, como
contraria al abuso y al ejercicio arbitrario de cualquier forma de poder. La
sociedad peruana últimamente, tras el espectáculo de los denominados
vladivideos, se ha sentido estremecida desde sus cimientos, y ha exigido
justicia, de manera enfática y rotunda, pues si bien antes se pedía justicia
en todo orden de cosas y ya se tenían suficientes indicios de las enormes colas
de corrupción que, en mayor o menor grado, acompañaban a cada gobierno de
turno luego de finalizados sus respectivos mandatos, no se había visto tan
descarnadamente la doble moral y amoralidad de reconocidos personajes públicos.
En el marco de la comunidad vista como complemento e integración, los
seres humanos sabrán vivir de la mejor manera en medio de la diversidad, y la
justicia ya no será solamente, como la democracia, un hermoso cuento para que
los niños se duerman. Con la plasmación de tal modelo de comunidad ya no habrá
necesidad de dormir en ese sentido, pues el sueño de la justicia y la
democracia se habrá convertido en una refulgente realidad. D.N.I
18069920 Profesor
de derecho y metodología de la investigación científica en la Escuela de
Posgrado de la Universidad Nacional de Trujillo – Perú, 34 años LA
COMUNIDAD MAS ALLA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO Según
una posición vigente, la idea de comunidad no debe ser asociada con el marxismo
o los socialismos igualitaristas, ni reducida a los mismos, precisamente por
atentar contra el propio desarrollo individual de la persona humana. Asimismo,
la comunidad tampoco puede estar supeditada a los mecanismos del mercado por el
egoísmo y desconfianza subyacentes, dado que al fin de cuentas el mercado se
basa en la competencia y rivalidad entre los individuos y conglomerados de éstos.
Sin embargo, la posición que postula una comunidad más allá del socialismo y
del capitalismo, puede ser criticada desde la vertiente actual de predominio de
las filosofías que defienden la postura de la denominada economía social de
mercado, y catalogada como un eclecticismo neutro, vacío y carente de
contenido. Las
enormes torres de cristal, asentadas en la ciudad capital peruana, Lima, parecen
hablar por sí solas frente a todo intento de eclecticismo referido a la materia
que estamos tratando. Al fin de cuentas, la economía, como ciencia, es una
sola, aunque desde Adam Smith haya adoptado cierta postura ideológica. El
Estado, como organización administrativa que representa a la nación, es más
bien el elemento central al cual nos debemos de dirigir, y en ese sentido ha de
ir nuestro estudio sobre la comunidad y la naturaleza de la misma. COMUNIDAD:
DEFINICION Y CARACTERISTICAS Si
bien la comunidad viene a ser una colectividad humana que nace de la naturaleza,
expresando el pluralismo y diversidad que caracteriza a la misma, y si bien está
formada por seres humanos con diferentes habilidades y capacidades, a ser
desarrolladas para la felicidad personal y el bienestar grupal, el problema a
resolver es cuál de estas últimas metas tiene o debe tener la prioridad, o, en
todo caso, establecer la necesaria equivalencia entre ambas. En
la revista peruana de filosofía, arte y literatura “Apeirón” (Edición N°
3, Año 3, Noviembre del 2001) encontramos el artículo “¿Comunidad política
o sociedad de individuos integrados?” de Soledad Escalante B. que se relaciona
directamente con este espinoso tema del orden de prioridades dentro de la
denominada “comunidad”. En
su mencionado trabajo, Soledad Escalante hace, desde un inicio, una precisión
de la “comunidad política”, entendida bajo la óptica de una perspectiva
comunitaria de su identificación y defensa como tal, a partir de un marco de
reconocimiento de la vida comunal, por un lado, y, por el otro, de la
“integración ciudadana” bajo una perspectiva liberal de la misma, por la
cual el atender a las preocupaciones de la comunidad significará el preocuparse
porque la propia vida sea buena y justa. Aunque
la autora del referido artículo advierte, también prácticamente desde el
comienzo del mismo, que su estudio se centra fundamentalmente en Ronald Dworkin,
de clara orientación liberal, frente a autores como Charles Taylor, de
tendencia comunitaria o comunitarista, las conclusiones que se pueden sacar
asumen rasgos de un eclecticismo que es del caso destacar porque la idea
central, a nuestro entender, es literalmente la siguiente: “ Un ciudadano
integrado acepta que el valor de su propia vida depende también del éxito de
su comunidad al tratar a todos sus miembros del mismo modo. Si todos los
miembros entienden que los demás comparten esta actitud, entonces la comunidad
ganará en estabilidad y legitimidad, pese a que, por ejemplo, sus miembros
presenten desacuerdos sobre lo que es la justicia … “. Ese
eclecticismo de recoger lo mejor de ambas posiciones puede confundirse con la
posición que usted asume cuando afirma que el bienestar y la libertad
corresponden exclusivamente al mundo de la comunidad, que es a la vez el mundo
del pluralismo, de la razón y la moderación de las emociones
y de la convergencia entre la libertad individual y la libertad
colectiva. Creemos apreciar ciertas coincidencias por lo menos. Al
margen de cualquier descrédito que pueda tener el término ”eclecticismo”,
la cuestión a resolver en última instancia no debe ser parametrada bajo el
dilema dicotómico del todo o nada, del sí o del no. En el mundo fenoménico,
al fin de cuentas como dicen algunos, no hay negro ni blanco, sino diferentes
tonalidades de gris. En ese marco de complejidad ha de ser situado el tema de la
comunidad respecto a los intereses de los individuos que la integran. Rescatando
niveles teóricos del cooperativismo, podemos decir que el desarrollo personal
de cada cual debe de estar en armonía con el desarrollo general de los
individuos, en base a la patentización de las posibilidades o talentos, por la
conversión exitosa de la potencia en acto. La comunidad no viene a ser sino un
Estado microscópico, o una muestra representativa y adecuada del Estado nación,
y como tal su principal misión consiste en defender y proteger la persona
humana, en la dignidad inherente a su naturaleza. LA
COMUNIDAD COMO IMPOSICION Sin
embargo, la comunidad podría ser vista como el resultado lógico obligatorio
de un proceso de imposición de los más fuertes hacia los más débiles.
Y es que la comunidad se explica en primera instancia por la existencia previa física
de las personas naturales que la integran. Como se diría, la comunidad no es
concebible sin individuos que le den sustento a la misma, ya que la comunidad,
como tal, no pasa de ser un mero concepto que para no ser una ilusión necesita
de un carácter diferenciador, puesto que una simple reunión física de
personas no tiene porqué identificarse con lo que es o puede ser en sí la
comunidad. La
comunidad, así como el todo, no es una llana suma de las partes. Pensar o creer
lo contrario es caer en un simplismo exagerado que haría que llamásemos
comunidad a simples conglomerados de individuos que se pueden reunir partiendo
por duros ánimos de lucro extremo y terminando por no santos objetivos propios
de bandas delincuenciales. Entre ambas fronteras se encuentra el justo medio al
respecto, y quizás aquí ya tengamos un elemento que se puede generalizar a lo
que es, con propiedad, la comunidad. No se puede llamar comunidad a una simple reunión mecánica
de individuos porque tal reunión, por ser simple, no va acompañada de actos
concretos de solidaridad y preocupación por el destino de los demás. Las
actuales urbanizaciones o sectores urbanos de nuestras ciudades para ser
comunidades deberían de practicar esos actos, cumplir esos requisitos, más aún
cuando sus habitantes dicen profesar la fe católica o cristiana en general. ¿Dónde
está la solidaridad? ¿Dónde está la compasión o piedad? ¿Dónde el amor al
prójimo? ¿En quiénes se ve el rostro magnánimo de Dios?
Y es que en los actuales conglomerados urbanos, por ejemplo, en dos casas
vecinas uno de sus habitantes puede estar disfrutando, feliz de la vida, el
logro de un doctorado, mientras el otro, el vecino, puede estar apretando el
gatillo de un arma de fuego para poner fin, por mano propia, a su existencia. Esa
es la lamentable realidad actual. Y el Estado brilla por su ausencia, a
diferencia de su omnipresente presencia a la hora de cobrar los tributos e
impuestos. En
ese sentido, la comunidad puede ser vista como una imposición dirigida a
guardar las formas, para aparentar lo que no es real. El cristianismo formal de
la mayoría de los occidentales choca con la selva de cemento en que se han
convertido las calles de las ciudades y pueblos. El instinto de conservación de
los individuos, sumado a su ansia de poder y sojuzgamiento de semejantes, marcan
la pauta en las sociedades occidentales, de cultura judeocristiana. El
superhombre amoral, en la práctica de las cosas, es más considerado que el
hombre bueno y justo. Así de sencillo y simple. Nada más y nada menos. Puede
parecer cruel lo dicho. Pero es la verdad, y como tal, si hemos de querer
cambiar el estado de cosas al respecto, lo primero que tenemos que hacer, nos
guste o no, es aceptar la verdad. Luego surge el legítimo ¿por qué?. ¿Por
qué se considera más al superhombre amoral que al hombre bueno y justo? ¿Por
qué el primero se lleva los mejores lauros y los más ovacionados aplausos? ¿Por
qué tal realidad si en los códigos morales y religiosos se proclama lo
contrario? ¿Por qué tal realidad? ¿Por qué? ¿Por qué? Luego
está la búsqueda de respuestas. Y en ese ánimo nos encontramos con la
naturaleza inherente al ser humano. Esa naturaleza dual, que tiende tanto al
bien como al mal, y propia de un ser en eterno conflicto desde los mismos
albores de la creación. Si
bien es cierto que las nociones universales de bien y mal varían de acuerdo al
espacio y tiempo de que se trate, no se puede negar que el bien está ligado a
todo aquello que es propio de la bondad humana, y que el mal, por el contrario,
viene a ser la exacta correspondencia de la maldad humana, entendida ésta como
lo que, implicando actos de injusticia, busca el sojuzgamiento y la destrucción
de los demás. Es de resaltar que la destrucción, en la época actual, va desde
el asesinato por encargo vía sicarios profesionales hasta el ataque y erosión
de la imagen y credibilidad de las personas. El
relativismo sobre el bien y el mal ha sido y es utilizado hábilmente por los
convenidos y vendidos de siempre, esos que, a lo largo de la historia, han
pululado como gérmenes y que han medrado entre las ruinas de cada una de las
civilizaciones. Para
los mercenarios de la vida, no hay mejor arma ideológica que el relativismo.
Desde los niveles primarios de las abstracciones hasta la universalidad de las
filosofías, para tales mercenarios y convenidos de siempre es importante que el
relativismo alcance el rango de principio universal, vigente más allá de las
formalidades institucionales de las contemporáneas sociedades occidentales u
orientales, porque de ese modo tienen cierta autorización implícita para
actuar sin mayores dificultades. Como
el ser humano tiende, en términos generales, tanto al bien como al mal, el
relativismo es una arma ideológica mortal. Sin embargo, las diferencias entre
lo que es bien y mal en diversas culturas y personas son en realidad de forma,
no de fondo. Si hemos de hablar de fondo, queda claro que el bien es uno solo a
través de todas las eras, lo mismo sucede respecto al mal. Pese a ello, los
traficantes y mercenarios de la vida destacan las formas sobre el fondo para
entronizar el relativismo en el imaginario de los pueblos con el único fin de
justificar los saqueos de las sociedades humanas. Mantener
a la gente en la ignorancia respecto a lo que se esconde detrás del relativismo
es tarea de los vendidos de siempre, aunque hay que tener cuidado en la
vehemencia al condenar el relativismo porque no está lejos el caer en el otro
extremo, el cual es el absolutismo propio de Estados tiranizantes y opresores de
la libertad individual de las personas. En
tales formas de gobierno opresoras y tiranas, también se destacarían las
formas sobre el fondo pero respecto al absolutismo de señalar una sola
manifestación de bien, a la cual todos deben considerar como único y universal
referente a la hora de realizar los actos y hechos concretos. No obstante que
puede haber buena fe en ello, no obstante que, en un principio, pueden haber
existido buenas intenciones, las sociedades y Estados en los cuales rige el
absolutismo van a engendrar en su mayor parte individuos fanáticos y cerrados
en esquemas estrechos de concepción, pues habrán, a manera de reacción,
minorías reacias a ser regidas por el totalitarismo de considerar una única
forma o manifestación de bien. LA
COMUNIDAD COMO COMPLEMENTO E INTEGRACION
Frente a las enormes desventajas e inconvenientes que para la libertad
individual ofrece la comunidad vista como imposición, se erige como legítima
alternativa el sentido de la comunidad entendida como complemento e integración.
Al adentrarnos al ámbito de tal comunidad podemos verificar ciertas
coincidencias o puntos de encuentro con lo planteado por Soledad Escalante en su
artículo “¿Comunidad política o sociedad de individuos integrados?”, ya
antes mencionado.
En efecto, la idea de conclusión de la referida autora sobre la
comunidad gira sobre lo siguiente, en palabras literales de la misma: ” … Un
ciudadano integrado acepta que el valor de su propia vida depende también del
éxito de su comunidad al tratar a todos sus miembros del mismo modo. Si todos
los miembros entienden que los demás comparten esta actitud, entonces la
comunidad ganará en estabilidad y legitimidad, pese a que, por ejemplo, sus
miembros presenten desacuerdos sobre lo que es la justicia … “
Una comunidad no tiene por qué ser la reproducción estandarizada de
ciertos estereotipos de seres humanos. No se pide creer exactamente en lo mismo.
No se pide tener los mismos gustos en lo que a aficiones o inclinaciones se
refiere. Lo único que se pide es estar integrados a un conjunto de personas, en
el ámbito de la comunidad, por medio de elementos comunes que reflejen cierto
compromiso para con los demás, de manera que de caer algún miembro de la
comunidad repentinamente en desgracia, por enfermedad o accidente natural o
humano, los restantes miembros acudirán inmediatamente para brindar la ayuda
del caso.
No otra cosa concluye Soledad Escalante cuando señala que Dworkin es
consciente de que el mundo real –que es el mundo en el que nuestra vida se
desenvuelve- se distingue del mundo ideal por la ausencia de compromiso de los
ciudadanos y de los dirigentes políticos con la idea de la justicia.
Si hemos de hablar de bien común, sin caer en lirismo alguno, el
derrotero para poderlo sentir realmente posible tiene que ver con una luz
llamada justicia, simplemente justicia. No siendo incompatible la justicia con
la piedad o compasión, aquélla viene a ser el elemento ordenador y pacificador
del sistema, la luz que hace soportable vivir en la oscuridad.
Desde los clásicos conceptos de la justicia sobre el dar a cada cual lo
que le corresponde según sus actos y la naturaleza de los mismos, hasta
nuestros días, la justicia se encuentra estrechamente ligada con la equidad, y
ahora quizás más que nunca necesitamos tener en cuenta la justicia, como
contraria al abuso y al ejercicio arbitrario de cualquier forma de poder. La
sociedad peruana últimamente, tras el espectáculo de los denominados
vladivideos, se ha sentido estremecida desde sus cimientos, y ha exigido
justicia, de manera enfática y rotunda, pues si bien antes se pedía justicia
en todo orden de cosas y ya se tenían suficientes indicios de las enormes colas
de corrupción que, en mayor o menor grado, acompañaban a cada gobierno de
turno luego de finalizados sus respectivos mandatos, no se había visto tan
descarnadamente la doble moral y amoralidad de reconocidos personajes públicos.
En el marco de la comunidad vista como complemento e integración, los
seres humanos sabrán vivir de la mejor manera en medio de la diversidad, y la
justicia ya no será solamente, como la democracia, un hermoso cuento para que
los niños se duerman. Con la plasmación de tal modelo de comunidad ya no habrá
necesidad de dormir en ese sentido, pues el sueño de la justicia y la
democracia se habrá convertido en una refulgente realidad. D.N.I
18069920 Profesor
de derecho y metodología de la investigación científica en la Escuela de
Posgrado de la Universidad Nacional de Trujillo – Perú, 34 años Publicación enviada por Iván Guevara Vasquez Contactar mailto: iusfilosofia@yahoo.es Código ISPN de la Publicación EpZAlElAFFxBcCgHVi Publicado Saturday 20 de March de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
ilustrados.com nace con el fin difundir el conocimiento publicando trabajos de investigación, monografias, tesis, presentaciones powerpoint y afines. Publicar trabajos en ilustrados.com ha alcanzado prestigio y reconocimiento internacional siendo cada vez más el número de académicos, empresas, investigadores, científicos que consultan las publicaciones de nuestro portal. | ||||||||