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La calculada ambigüedad rusa ante el tratado de Kioto
Resumen: El 11 de diciembre, los asistentes a la IX Conferencia del Cambio Climático (COP-9), en Milán (Italia), celebraron el sexto aniversario del Protocolo de Kioto con una gran torta. No había, sin embargo, demasiadas razones para el optimismo: la Conferencia finalizó un día después sin un compromiso para la entrada en vigor de Kioto.
Publicación enviada por Antonio Pita
El
protocolo de Kioto contra el Cambio Climático contiene objetivos legalmente
obligatorios para que los países industrializados disminuyan las emisiones de
los seis gases de efecto invernadero (el principal, el dióxido de carbono) que
provocan el calentamiento global. El objetivo es reducir para el periodo
2008-2012 estos niveles en un 5,2% respecto a las cifras de 1990.
Como decíamos, el Protocolo no se encuentra todavía en vigor. Lo hará 90 días
después de que lo ratifiquen al menos 55 países que sumen el 55% de las
emisiones de gases de efecto invernadero. En la actualidad, 120 países lo han
ratificado, pero sólo generan el 44% de las emisiones; y, entre ellos, sólo
dos de los seis grandes contaminantes mundiales: la Unión Europa y Japón.
India y China, como países en vías de desarrollo, no tienen obligación de
reducir sus emisiones en el primer periodo de cumplimiento. Por tanto, las
ausencias de Estados Unidos, que genera el 36,1% de las emisiones del Planeta; y
de Rusia (17,1%) impiden el despegue definitivo de Kioto.
Rusia ha sido el centro de atención durante la Conferencia. Descartado por
completo que Estados Unidos ratifique el Protocolo –se desmarcó claramente de
él hace dos años-, Moscú tiene la llave de la entrada en vigor. Y, por tanto,
vende caro su apoyo con una postura ambigua y, en ocasiones, contradictoria.
Durante la Cumbre Mundial de Desarrollo Sostenible de 2002, celebrada en
Johannesburgo (Sudáfrica), el primer ministro ruso Kasyanov declaró que su país
ratificaría pronto Kioto. El presidente Putin confirmó posteriormente dicha
intención. Sin embargo, en octubre de este año, Putin aseguró que el aumento
de las temperaturas provocado por el cambio climático no vendría mal a un país
como Rusia porque así gastarían menos en abrigos de pieles y ropa para el frío.
En la reciente Conferencia de Milán, Rusia echó un jarro de agua fría a los
optimistas. El consejero económico del presidente, Andrei Illarionov, aseguró
que Rusia no puede ratificar Kioto “en su forma actual” porque su
cumplimiento “ralentizaría nuestro crecimiento económico”. Es decir, el
Kremlin exige cambios en el texto que le beneficien. “La declaración que hice
repetía textualmente lo que dijo el presidente Putin tras reunirse con
representantes de la Unión Europea”, explicó Illarionov dos días después
para aclarar que no se trataba de una opinión personal.
En la postura de Rusia pueden influir varios factores. Por un lado, la política
interna: Putin afronta unas elecciones presidenciales en marzo de 2004, por lo
que se descarta que Rusia ratifique el Protocolo antes de esa fecha. Por otra
parte, las resistencias de los potentes lobbies de los sectores del petróleo y
del gas, reacios a que la enorme industria basada en el empleo de combustibles fósiles
heredada de la época soviética ceda paso a un modelo energético sostenible.
Todo parece indicar, asimismo, que las posturas son divergentes dentro de la
propia Administración de Putin (algunos de sus portavoces dicen que el
calentamiento global es positivo para el país porque expandirá las zonas
cultivables). Otro factor podría ser la presión de Estados Unidos. Fue
precisamente un desmentido a destiempo de portavoces norteamericanos lo que
desató las sospechas al respecto.
Sin dejar de ser cierto lo anterior, cada vez cobra más consistencia la hipótesis
de que Rusia mantiene una estudiada estrategia de llevar la negociación al límite
como posición de fuerza ante su anhelada entrada en la Organización Mundial de
Comercio (OMC). “No se puede mercadear con la ratificación: sería abrir la
Caja de Pandora”, aseguraba bajo anonimato un responsable europeo en la
Cumbre. Según distintos especialistas, Rusia pretende una serie de concesiones
por parte de la Unión Europea, que exige una subida del precio de la energía
en el mercado interior ruso.
La gran paradoja es que Rusia no debería tener en principio grandes
dificultades para cumplir el Protocolo que únicamente le obliga a estabilizar
las emisiones de gases en los niveles de 1990. La gran ventaja rusa es que su
inventario de gases se ha reducido en este periodo un 38 por ciento a
consecuencia del desplome de su actividad industrial. Rusia podría, por tanto,
obtener a corto plazo importantes sumas de dinero por la venta de derechos de
emisión de gases que serían comprados por las naciones ricas que rebasasen el
listón que les asignó Kioto. A largo plazo, sin embargo, el resurgimiento de
su actividad industrial le podría suponer mayores costes económicos.
Otro motivo que tendría Rusia para dar el sí definitivo a Kioto serían las
consecuencias medioambientales del calentamiento global en su propio territorio.
Según el estudio de la Oficina Meteorológica de Reino Unido “Cambio Climático
y sus impactos: una perspectiva global” el permafrost (la capa helada
permanente que cubre casi dos tercios de Rusia) está mostrando señales de
deshielo. Este hecho podría provocar graves daños en los bosques, edificios e
infraestructuras. Y, sobre todo, en algo que importaría mucho al presidente
Putin: oleoductos y gaseoductos. Además, la productividad agrícola se podría
reducir entre un 10 por ciento y un 40 por ciento.
“Ciento veinte países están listos para mudarse a la casa de Kioto. Sólo
falta que Rusia ponga la llave”. De esta simbólica manera, el coordinador en
Rusia del Programa de Cambio Climático del Fondo Mundial para la Naturaleza
(WWF), Alexey Kokorin, explicaba el sentir mayoritario de la comunidad
internacional. La Conferencia de Milán finalizó, sin embargo, sin la
ratificación rusa. Una vez más, los intereses económicos se impusieron a la
necesaria protección del medio ambiente.
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Publicación enviada por Antonio Pita
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Publicado Wednesday 28 de January de 2004
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