Monografias | Tecnociencia: fetiche de nuestro tiempoTecnociencia: fetiche de nuestro tiempoResumen: El desarrollo tecnocientífico impregna el mundo contemporáneo de un modo tal que podemos considerar a las sociedades actuales, y particularmente a las del hasta hace poco llamado Primer Mundo, como sociedades configuradas sobre la base de ese desarrollo y vertebradas por sus conocimientos.
El desarrollo tecnocientífico impregna el mundo contemporáneo de un
modo tal que podemos considerar a las sociedades actuales, y particularmente a
las del hasta hace poco llamado Primer Mundo, como sociedades configuradas sobre
la base de ese desarrollo y vertebradas por sus conocimientos. El
desarrollo tecnocientífico impregna el mundo contemporáneo de un modo tal que
podemos considerar a las sociedades actuales, y particularmente a las del hasta
hace poco llamado Primer Mundo, como sociedades configuradas sobre la base de
ese desarrollo y vertebradas por sus conocimientos. El
conocimiento científico demostró una gran capacidad transformadora de la
realidad circundante, de los propios seres humanos. Y con esa capacidad,
convertida en éxitos prácticos, el quehacer científico ha ido desplazando
poco a poco, siglo a siglo, otras dimensiones del hombre, que, en general no
pueden presentar tan brillante foja de servicios. Definir
lo éticamente valorable y lo éticamente deleznable, lo bello y lo feo, resulta
tan arduo que se puede comprender que el hombre tenga irresueltas estas
cuestiones o que, incluso resueltas, se replanteen con renovada fuerza problemática
que debe ser encarada una y otra vez. La
actividad científica moderna, limitándose al abordaje de los problemas más
simples, pudo ir ganando terreno, hasta cubrir territorios enormes y complejísimos;
el vasto conocimiento científico contemporáneo. Tanto
se ha desarrollado la actividad científica que en las actuales coordenadas se
procura resolver cada vez más todo a partir y a través de la ciencia. Se ha
producido así una paradójica absolutización de lo científico, una
identificación del pensamiento científico con el pensamiento válido, como si
la ciencia pudiera darnos los instrumentos para la resolución de todos los
problemas humanos, de los éticos, los políticos, los existenciales, los estéticos. Así
nos encontramos con el afán de los elencos políticos dominantes de justificar
todos sus pasos sobre la base de resoluciones presuntamente científicas o al
menos objetivas. De allí la floración de "expertos", conocedores de
áreas limitadas que se supone dominan "científicamente". La
relación entre ciencia, tecnología y poder ha ido variando con el tiempo y se
está operando una concentración e incluso una unificación que, dados los
presupuestos declamados de "sociedad abierta y pluralista" y del
"culto a las libertades", resulta por lo menos altamente
significativa. En
tiempos ya idos, ciencia y tecnología eran relativamente autónomos del poder.
Ciertamente, los amos de las sociedades antiguas eran quienes disponían del
saber, pero de modo ocasional, menos sistemático. El quehacer científico
estaba concentrado en la actividad voluntaria, vocacional, a menudo solitaria,
de pensadores. Ellos mismos como inventores, u otros, aplicaban los nuevos
conocimientos adquiridos a desarrollos tecnológicos y con ellos
retroalimentaban nuevos avances científicos, y como si fuera de paso, contribuían
con el poder establecido. (Y también lo combatían, como en el ejemplo
proverbial de Galileo Galilei que junta en su vida de manera muy fructífera las
relaciones entre nuestros tres conceptos, ciencia, tecnología y poder: como
fabricante de lentes, como técnico, construyó instrumentos, como el
telescopio, que le permitieron avanzar en los conocimientos científicos (astronómicos
en este caso) y como científico entró en conflicto con las creencias del poder
establecido acerca de los movimientos terráqueos.) Los
centros de poder del s. XX -los estados, las grandes empresas- tienen hoy con la
ciencia y la tecnología una relación muy distinta, tanto es así que ya no se
puede hablar prácticamente de científicos o inventores independientes (siguen
existiendo, pero ya no constituyen la corriente principal sino casos aislados,
por las dificultades que tienen que vencer para llevar adelante sendas de
conocimiento no institucionales, es decir que no estén "amparadas"
por gobiernos o empresas multimillonarias y transnacionales). La ciencia y la
tecnología se desarrollan cada vez más en grandes complejos militares y/o
industriales. La fusión
de ciencia y técnica y su creciente función dentro de las estructuras de poder
les otorga una presencia cada vez más imponente y problemática en nuestras
vidas cotidianas. Por eso mismo es importante ser consciente sobre sus
implicancias. Una de
tales es la idea, hecha sentido común en nuestras sociedades, de lo tecnocientífico
como lo dado, lo incriticable (no ya lo incriticado), por su basamento científico.
Pongamos
un ejemplo de la historia relativamente reciente. En una presentación ante la
Comisión de Recursos Naturales y Conservación del Ambiente Humano de la Cámara
de Diputados de la Argentina, que hizo la biogenetista anglochina Mae-Wan Ho
durante su visita a este país en agosto de 2000, surgió una pregunta muy
significativa. Ho hizo una presentación dramática puesto que las
investigaciones realizadas en su propio ejercicio profesional la habían llevado
a una visión muy cauta y crítica de la ingeniería genética en general y de
los alimentos transgénicos en particular. Postulaba en todo caso, derivar o
superar esa actividad por cauces nuevos, pero de un modo u otro impugnando
siempre la actividad "normal" de los biólogos moleculares
comprometidos en esas tareas. Una
colega de la disertante, una joven bióloga argentina, planteó con cierta
rispidez: "-Me preocupan las críticas de la doctora Ho porque puede pasar
que el vulgo [sic], enterado de algunos defectos de la ingeniería genética
como el uso indiscriminado de antibióticos, o el uso de agentes tumorígenos,
pasen a creer que cualquier tecnología es mala." Obsérvese
que la joven bióloga observada no hizo siquiera el menor intento de hacer una
defensa de los métodos impugnados. Y sin embargo, fue muy contestataria. ¿Cuál
es la lógica del ilógico planteo de esta bióloga molesta? ¿Qué presupuestos
ideológicos, qué actitud la sostiene? Que si impugnamos una tecnología dada
puede colapsar la confianza en "la" tecnología en general. La
conclusión forzosa de semejante "lógica" debería ser que más vale
no impugnemos ninguna tecnología, así nos aseguramos la confianza del público
para todas ellas. Tácitamente
la bióloga preguntante, a la que tanto costaba asimilar las observaciones críticas
de Mae-Wan Ho reclama un cheque en blanco para el desarrollo tecnológico. Y si
hay algo que necesita un examen es precisamente la creencia de que el desarrollo
tecnológico es bueno per se, porque sí. Un solo
ejemplo para justificar la última afirmación: la crisis ecológica planetaria
a la que hemos ingresado de la mano de los despliegues tecnocientíficos no
parece que podrá ser resuelta por vía tecnocientífica. Esa misma
imposibilidad nos revela la potencialidad negativa de tanto cientificismo,
actitud común a progresismos de derecha o de izquierda. Es
interesante analizar la actitud mental de nuestra bióloga porque es altamente
representativa de mucha gente y en particular de elencos tecnocientíficos. Si algo
ha demostrado el desarrollo científico es que no alcanza por sí solo para
garantizar una sociedad mejor; la historia nos enseña que los conocimientos
tecnocientíficos se usan tanto para ayudar al hombre a vivir en la Tierra como
para contaminar la Tierra enervando las condiciones de existencia de los hombres
(y de los animales, de las plantas, de la vida en general y de todo el planeta,
nuestro hogar celeste). Algo más
se presenta como subyacente a la preocupación citada; una suerte de doble función
que se arrogan los científicos como colegio profesional. Se supone que
persiguen la verdad como científicos, pero resulta que también están muy
atentos a la credulidad del "vulgo". Con lo
cual el científico aúna, sin pensarlo tal vez, pero no diría sin quererlo, la
doble función de sabedor y pastor de almas. La función de saber es la clásica
del científico, pero su interés en que la gente "crea" les otorga la
función de pastores, sacerdotal. Esa
doble función es peligrosa. Sobre todo porque está escondida, salvo en
intervenciones "desnudas" como la de la joven bióloga. (1) Que
permite a los ingenieros genetistas seleccionar las plantas transgénicas pero
al mismo tiempo liberan irresponsablemente al ambiente cantidades de antibióticos
con el resultado inevitable de agravar un problema ya de alcance mundial, que es
el de la resistencia bacteriana al tratamiento mediante antibióticos debido a
la formación permanente de cepas resistentes. (2) Los
ingenieros genetistas se valen de tales agentes porque son los que mejor
franquean la entrada de genes extraños a las células que se quieren modificar
genéticamente. Ho y otros investigadores sostienen que eso es "jugar con
fuego". Se
impone discernir dos planos, absolutamente distintos, pero que actitudes como la
analizada confunden. Por un lado, no es cierto que una técnica (o un desarrollo
científico) esté legitimado por el hecho de su mera existencia. Ni la ciencia
ni la técnica gozan de un seguro propio de legitimación, es más bien el poder
establecido el que introduce esa legitimidad (tanto por la financiación previa
como por el uso posterior). Sin
embargo, también es cierto que cada avance tecnocientífico, una vez dado,
adquiere una facticidad que va más allá de toda legitimidad extra- o supra-
científica o técnica. Aun cuando podamos entender problemática o preocupante
esa adquisición, una vez existente adquiere tan categórico peso de existencia
como si fuera el más bendecido avance. Hablamos de la dificultad en ese caso
ante la irreversibilidad de las acciones humanas. La humanidad no se introduce
en la ignorancia, únicamente sale de ella (sólo que, diríamos, no sabe por qué
puertas). Esta
irreversibilidad total o casi total del avance tecnocientífico es lo que
algunos confunden con su legitimidad. Es
precisamente ese rasgo de las adquisiciones o de los desarrollos tecnocientíficos
lo que aumenta de modo decisivo la problematicidad de este tipo de conocimiento
y sus aplicaciones. Por eso se hace tan importante una política al respecto. El
investigador Brian Tokar aclara: "En los últimos años las investigaciones
destinadas a crear nuevos productos agrícolas manipulados genéticamente han
tenido un ritmo vertiginoso; en contraste, la marcha de las investigaciones
sobre sus posibles consecuencias han sido de una lentitud pasmosa (Revista del
Sur, no 67, Montevideo, mayo 1997). Y Jerome Rifkin estima que el Ministerio de
Agricultura de EE.UU. dedica apenas un 1% de su presupuesto a investigar los
efectos ambientales de los cultivos transgénicos. Es indudable que existe una
política que no fomenta la investigación de los efectos de aquellas
experimentaciones que sí se estimulan. Pero
hay un segundo aspecto para tener en cuenta que da por tierra con la pretensión
de la joven bióloga refractaria a las críticas de Ho: y es que si el
desarrollo tecnocientífico no es un proceso necesario, eso quiere decir,
parafraseando a Nebbia, que hay otros procesos posibles. De eso, científicos
que por definición no pertenecen ni al "vulgo" ni son críticos del
cientificismo, son bien conscientes. Obsérvense estas consideraciones de César
Milstein, anglo-argentino, premio Nobel de Medicina: "Factores externos
tienen gran importancia -gobiernos, dinero- en la ciencia. No influyen, no
pueden influir en los resultados de la elaboración científica. Estos factores
pueden influir, en cambio, en el mayor o menor crecimiento de las diversas ramas
de la ciencia e incluso dentro de una determinada rama." (suplemento
Futuro, Página12, Buenos Aires, 10/8/1991). Si semejantes condicionamientos se
reconocen en la actividad científica, ¿qué decir de lo tecnológico? El
cambio de los vínculos entre el poder (político, militar, económico) y las
actividades tecnocientíficas ha sido radical; la relativa autonomía de que éstas
gozaban ha cedido el lugar a una total dependencia. Y a una significativa
inversión mediante la cual los impulsos "innovadores" provienen de
las aplicaciones tecnológicas que son las que posibilitan los grandes dominios
geopolíticos y los cuantiosos dividendos. Es la
tecnología la que parece llevar ahora la ciencia a remolque. En lugar de un
futuro abierto como tuvo tradicionalmente la ciencia, siempre de dudosa aplicación
hoy parece tener su futuro asegurado al servicio de una expansión tecnológica
sin pausa. Pero ya sabemos que la expansión tecnocientífica no es ni neutra ni
independiente. Tiene nombre y apellido. La
situación presente nos impele a una responsabilidad mucho mayor respecto del
destino y del sentido de la actividad tecnocientífica. Para limitarnos al área
bioquímica y biogenética: la clonación, la ingeniería genética, las
terapias génicas, el alegado mejoramiento de la especie, no son cuestiones
científicas: nos atañen a todos. La
sociedad en que vivimos es la que así se está construyendo (o destruyendo). * Luis
E. Sabini Fernández Periodista
especializado en cuestiones ambientales, a cargo del Seminario de Ecología en
la cátedra libre de DD.HH. de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA,
corresponsal del semanario Arbetaren, de Estocolmo, editor de la revista
cuatrimestral Futuros. Publicación enviada por Luis E. Sabini Fernández Contactar http://www.ecoportal.net Código ISPN de la Publicación EpZVFkpklVLVJeNoQl Publicado Wednesday 28 de January de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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