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Madera certificada: una esperanza que crece
Resumen: El 28 por ciento de la superficie terrestre está cubierta por bosques. Esta masa forestal está sometida en sus dos terceras partes a la explotación comercial. El sistema de madera certificada, surgido a partir un cambio de estrategia de los movimientos ecologistas, pretende garantizar una gestión sostenible de los bosques. Desde 1995, el protocolo internacional FSC ha multiplicado por diez el número de hectáreas certificadas y se ha consolidado como un método fiable y eficaz para la conservación de los bosques del planeta. Ahora llega el turno de la sociedad civil.
Publicación enviada por Antonio Pita
Apenas
supone una mínima parte del comercio maderero mundial, pero la madera
certificada se ha convertido en una pequeña esperanza para nuestros bosques.
La certificación consiste en un sello que acredita que productos de origen
forestal (madera, papel, tableros, carbón...) han sido extraídos de bosques
bien gestionados desde un punto de vista no sólo económico, sino también
social y ambiental. Es decir, garantiza que su compra no contribuye a aumentar
los graves problemas a los que se enfrentan los bosques del Planeta y sus
habitantes: deforestación, explotación abusiva, tala ilegal, pérdida de
biodiversidad, etc. Algo fundamental si tenemos en cuenta que cerca del 28% de
la superficie terrestre está cubierta de bosques y las dos terceras partes de
estas masas forestales están sometidas al aprovechamiento comercial de su
madera. De hecho, cada minuto se pierden unas 26 hectáreas de bosque en
cualquier parte del mundo, casi 14 millones de hectáreas al año.
La idea de la madera certificada surgió de un cambio de estrategia por parte
del movimiento ecologista. En la década de los ochenta, las organizaciones
ambientales habían decidido boicotear de forma sistemática la madera tropical
en respuesta al fracaso que supuso la liberalización del comercio maderero
internacional. Aunque el boicot atrajo la atención sobre el problema de la
destrucción de los bosques, no se podía considerar como una solución a largo
plazo y, además, podía tener efectos no deseados, como la conversión de
bosques en tierras de cultivo o un incremento del uso de productos -el PVC o el
aluminio, por ejemplo- menos ecológicos que la madera. A su vez, al centrarse
en los bosques tropicales, el boicot descuidaba la pérdida de biodiversidad en
los bosques europeos y norteamericanos. Fue así cómo, a principios de los
noventa, se creó el concepto de certificación forestal y etiquetado de la
madera.
En la actualidad existen diversos sistemas de certificación: nacionales, como
el Canadian Standard Association (CSA), la Sustainable Forestry Initiative (SFI)
o el American Tree Farm System; regionales, como el Pan European Forest
Certificate (PEFC); etc. Sin embargo, el Forest Stewardship Council (FSC) es el
único sistema que cuenta con el apoyo de las principales ONG ecologistas o de
conservación -el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, en sus siglas en inglés),
Greenpeace o Amigos de la Tierra- porque es el único aplicable mundialmente,
con criterios de certificación exigentes y formado por representantes de países
del Norte y del Sur que se reparten el poder de decisión de forma equilibrada.
Desde su fundación, el FSC ha experimentado un crecimiento notable. En 1995,
apenas alcanzaba los 4 millones de hectáreas certificadas de bosques y
plantaciones; y contaba con 97 miembros de 25 estados. En la actualidad ha
certificado más de 40 millones de hectáreas y tiene unos 600 miembros en 71 países
diferentes. El 63% del área certificada por FSC se encuentra en Europa (un 40%
sólo entre Suecia y Polonia) y entre Canadá y Estados Unidos albergan un 20%
del total mundial.
Pese a ser hasta un diez por ciento más cara que la común, la demanda de
madera certificada también aumenta. Esto se debe a que, gracias al sello, el
consumidor puede identificar aquellos productos madereros que favorecen una
gestión sostenible y “premiar” a las empresas y propietarios de bosques
comprometidos con el medio ambiente. Es lo que, en economía, se denomina
“valor añadido”: un factor que concede una ventaja comparativa a una
empresa respecto a sus competidores en el sector. Según un estudio de la
Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) de España y WWF/Adena, un 40% de
los consumidores españoles estaría dispuesto a pagar entre un 10 y un 14 por
ciento por encima del valor de un mueble para proteger el medio ambiente.
Otro motivo de esperanza es el creciente apoyo de las administraciones públicas
a la madera certificada. Un apoyo en forma de políticas de adjudicaciones públicas
que, en la contratación de obras y suministros, exijan madera certificada.
Aunque todavía queda mucho camino por recorrer, diversos ayuntamientos europeos
ya participan de esta iniciativa. Es el caso de Rotterdam (Holanda); Oranienburg
(Alemania); Habo (Suecia); Horsham (Reino Unido)... a los que se acaba de unir,
en diciembre pasado, el ayuntamiento de Barcelona, en España. Resulta evidente
que, con una cuota de mercado de un 16% del Producto Interior Bruto (PIB) de la
Unión Europea, la adjudicación pública supone un instrumento potencial de
enorme importancia.
Acostumbrados, como estamos, al bombardeo de noticias sobre catástrofes
medioambientales, es fácil caer en el “ecopesimismo” y olvidar que existen
-por pequeños que sean- motivos para la esperanza. La madera certificada es
buena prueba de ello. Ahora, es la sociedad civil quien puede, desde una doble
faceta, ayudar a que este sistema crezca: como ciudadanos, exigiendo a nuestros
gobernantes que apoyen su adquisición; y como consumidores, comprando productos
forestales de manera responsable.
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Publicación enviada por Antonio Pita
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Código ISPN de la Publicación EpZVFkypZkkIFZIoMz
Publicado Wednesday 28 de January de 2004
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