Monografias | Memoria final

Memoria final

Resumen: Controversia sobre el Concepto de Racionalidad Organizacional en la Racionalidad Burocrática y en la Racionalidad Relativa de Michel Crozier. En la controversia sobre el concepto de racionalidad organizacional ( centrado en los conceptos de organización y poder ) en la racionalidad burocràtica y en la racionalidad relativa de Michel Crozier, hay diferencias entre una y otra racionalidad, en lo que se refiere a la organización, a la forma de considerar el funcionamiento de una organización, en la cuestión de la integración de las conductas de los individuos en la organizaciòn, como tambièn, en la visiòn del poder y finalmente en la cuestión de el poder o los poderes emanados de la organización.(E)

Publicación enviada por Augusto Batista


 

      1. Resumen 

      2. Introducción 

      3. Contextos Históricos 

      4. Referencias Teóricas 

      5. Análisis Comparativo 

      6. Bibliografía

Resumen En la controversia sobre el concepto de racionalidad organizacional ( centrado en los conceptos de organización y poder ) en la racionalidad burocràtica y en la racionalidad relativa de Michel Crozier, hay diferencias entre una y otra racionalidad, en lo que se refiere a la organización, a la forma de considerar el funcionamiento de una organización, en la cuestión de la integración de las conductas de los individuos en la organizaciòn, como tambièn, en la visiòn del poder y finalmente en la cuestión de el poder o los poderes emanados de la organización.

Introducción

Esta memoria tiene por objeto las formas con que se entienden los conceptos de organización y de poder según la racionalidad burocrática y la racionalidad relativa de Michel Crozier. El objetivo que me planteo en ella es evidenciar similitudes y diferencias entre ambas concepcionesl

El orden a cumplir el mencionado objetivo, el trabajo comprende tres capítulos. El primero analiza las características de la modernidad y, en su seno, de la racionalidad en Europa occidental, desde la llamada etapa renacentista hasta el siglo XIX. Sobre este telón de fondo, se presenta la visión weberiana del proceso de modernización del mundo occidental y el contexto histórico en el cual surgió y se desarrolló lo que Crozier llama "análisis organizacional".

En el segundo capítulo, se exponen las referencias teóricas de la racionalidad burocrática y de la racionalidad relativa de Crozier en lo que hace a los conceptos de organización y poder.

El tercer capítulo recoge un análisis comparativo entre una y otra racionalidad con relación a las visiones que sustentan cada una acerca de la organización y el poder.

Por último, se exponen las conclusiones de todo el trabajo, que ha consistido en una lectura crítica y comparativa de la producción pertinente de Max Weber y de Michel Crozier, asistida por la consideración de algunas entre sus mejores comentaristas. De estas fuentes se da cuenta en la Bibliografía.

Capítulo I

Contextos Históricos
Modernidad y racionalidad en Europa Occidental

El lapso entre 1715 y la Revolución Francesa en el siglo XVIII ha recibido varios nombres, que intentan resumir el espíritu de la época: Siglo de las Luces, Edad de la Razón. En esta etapa histórica se produjo un amplio y radical proceso de renovación intelectual y transformación de las mentalidades que, partiendo de Europa occidental, determinó el desarrollo de la historia posterior de los demás continentes incluido entre ellos América Latina. En los orígenes del movimiento de la Ilustración hay que situar una actitud de duda ante las certezas tradicionales y el valor primordial atribuido a la razón, considerada como único criterio de juicio: una razón que pretende someter toda la realidad a su propia matriz, sin limitaciones ni prejuicios. De este ilimitado despliegue de la razón crítica brotó la gran floración de la cultura ilustrada, producto y consecuencia de un largo proceso de transformación de la conciencia europea, que alcanzó los más diversos campos del saber y fue acompañada —y condicionada, a su vez— por una transformación no menos radical de las estructuras sociales y económicas.

Si la actitud más característica de la Ilustración fue la crítica de las tradiciones y de la autoridad en nombre de la pura razón humana y de su capacidad para explicar toda la realidad, sin necesidad de recurrir a mitos, leyendas ni supersticiones, ello fue sin duda resultado de una larga preparación: sus orígenes se remontan al pensamiento filosófico, científico del siglo XVII, si no ya a la llamada etapa renacentista. Con respecto a esta importante etapa de la historia europea Ernesto Sábato dice:

En suma, si por Renacimiento consideramos no el mero, estrecho y falso concepto de los humanistas sino el comienzo de los tiempos modernos, hay que tomarlo como el despertar del hombre profano pero en un mundo profundamente transformado por lo gótico y lo cristiano. Como una civilización que simultáneamente produce palacios en estilo antiguo y catedrales góticas, pequeños burgueses anticlericales como Valla y espíritus religiosos como Miguel Ángel, literatura realista y satírica como Boccaccio y un vasto drama cristiano como La Divina Comedia.

En el Renacimiento se inician los tiempos modernos. Es el abrir de ojos del hombre irrespetuoso de lo sagrado pero en un mundo donde lo gótico y lo cristiano dejaron una honda huella en la historia europea. El mismo como parte importante de la historia europea, y particularmente italiana, estuvo pautado por una diversidad de propuestas arquitectónicas (palacios en estilo antiguo y catedrales góticas) y literarias (la literatura realista y satírica como Boccaccio y un profundo drama cristiano como La Divina Comedia). En otras palabras, el Renacimiento fue un complejo jardín en el cual convivieron contradictoriamente flores profanas con aquellas de origen cristiano. A su vez, en la Europa del siglo XVII se manifestaron adelantos científicos (el francés Descartes, el italiano Galileo, el holandés Huygens y el inglés Newton) e importantes creaciones artísticas en sus diferentes ramas.

En la Europa del siglo XVII el filósofo Descartes es el que plantea que en el conocimiento no son las sensaciones, sino la razón la que desempeña el papel principal. Por consiguiente es partidario del racionalismo, doctrina que sostiene la primacía de la razón en el proceso cognoscitivo, la independencia de la razón respecto de las percepciones sensoriales. El filósofo francés reserva un lugar excepcional a la deducción. Para él son los axiomas las proposiciones de arranque de toda la ciencia. En la cadena lógica de la deducción que sigue a los axiomas, cada eslabón es también cierto. Mas para tener una representación clara y distinta de toda la cadena de eslabones de la deducción, se precisa una fuerza de memoria indefectible. Por ello, los principios evidentes o intuiciones tienen preferencia sobre los razonamientos de la deducción. Pertrechada con los medios ciertos de pensar -la intuición y la deducción-, la razón no puede lograr un conocimiento verdadero en todas las esferas sino en el caso que se guíe por un método cierto.

Sobre estas premisas del racionalismo erige Descartes su doctrina metodológica, que expone en Discursos del Método, obra publicada en 1637. Con su método centrado en el empleo de la duda metódica, Descartes había inaugurado una manera diferente de situarse ante la realidad, una concepción de la filosofía y de la ciencia como no dependientes de ningún presupuesto teológico, sino perfectamente autónomas, guiadas solamente por el espíritu crítico: es decir, había separado la religión de la filosofía.Esta separación no tardó en resolverse en un ataque, más o menos violento, de la filosofía contra la religión; o más precisamente, del espíritu crítico contra las verdades dogmáticas y tradicionales. La herencia de Descartes, y sobre todo sus reglas y su método del buen filosofar, influyeron en diversa medida en personalidades de lo más variado, desde Spinoza a Locke y Bayle. Razón crítica y ciencia experimental: éstos fueron los dos instrumentos principales con que la cultura, en el siglo XVII y después en el XVIII, había comenzado a hacer palanca para derribar no sólo las verdades y concepciones tradicionales, difundidas por hábito y educación, sino el modo mismo de concebir el conocimiento y la indagación de la realidad, en un esfuerzo constante por sustituir con explicaciones racionales las creencias basadas en lo sobrenatural, lo misterioso o lo fantástico.

En el siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces, se manifiesta la onda expansiva generada por la Revolución Inglesa fundamentalmente la de 1688 y su Declaración de Derechos; la Ilustración francesa; los comienzos de la Revolución Industrial; el pensamiento económico liberal y la Ilustración alemana. En primer lugar, la onda expansiva generada por la Revolución Inglesa fundamentalmente la de 1688 y su Declaración de Derechos (que daban el triunfo al principio de la soberanía del pueblo proclamada en 1649), su sistema político y el ordenamiento constitucional salido de la misma, fue fuente de inspiración para el resto de Europa particularmente para Francia; además de la filosofía política de John Locke y la física y la mecánica de Newton.

En segundo lugar, la Ilustración francesa. El fin de los ilustrados franceses era criticar la ideología feudal, las supersticiones religiosas y combatir por la tolerancia en materia de creencias, por la libertad de pensamiento científico y filosófico, por la razón y contra la fe, por la ciencia y contra la mística, por la libertad de investigación y contra su estrangulamiento en nombre de las autoridades particularmente religiosas, por la crítica y contra la apología. Los ilustrados franceses establecen la obligación de elegir entre la libertad desacralizadora y la total sumisión a los dogmatismos de la Iglesia Católica; entre el conocimiento científico y la fe religiosa. El racionalismo experimental, el empirismo, la confianza en la ciencia determinaron nuevas actitudes respecto a la religión, la sociedad y la política.

En general, la renuncia y la crítica de las verdades metafísicas o absolutas eran expresión de una tendencia al relativismo y a la admisión de que la verdad cambia con el paso del tiempo y la diversidad de lugares, si bien en muchos casos los ilustrados franceses acabaron sustituyendo los antiguos dogmas religiosos con una nueva dogmática, basada precisamente en la razón, entendida como universalmente válida, o en la naturaleza, considerada inmutable y regida por leyes fijas. El progreso científico resultaba, para los ilustrados franceses, en cualquier caso, progreso de la verdad y de la felicidad. Se estaba así afianzando la convicción de que la ciencia estaba destinada a ocupar el puesto de la religión y de la filosofía para enseñar a los hombres la virtud y convertir la tierra en un paraíso. Los ilustrados franceses promocionaron una nueva interpretación de la historia, basada en una doble exigencia que era la aplicación de los supremos criterios de la razón al pasado y la cuidadosa investigación de las fuentes, es decir, del documento histórico.

En realidad estas dos exigencias no eran fáciles de conciliar, ya que la primera podía conducir a emitir sobre el pasado unos juicios de condena inapelable, mientras que la segunda requería una paciente obra de estudio de las fuentes, respetuosa del pasado y de sus tradiciones. Sin embargo, había un elemento que sustentaba y en cierto modo conjugaba ambas exigencias que era fundamentalmente la concepción de progreso, como gradual conquista de modos de vida más razonables, como paulatino triunfo de las verdades sobre las tinieblas de la superstición y de la ignorancia. Este fundamental optimismo, que veía en la historia una línea ascendente, permitía invertir la vieja idea de una primitiva edad de oro o de un paraíso perdido, es decir, de la superioridad de los antiguos sobre los modernos, para afirmar otra concepción del desarrollo humano como paso, fatigoso y dramático, a unas formas de civilización cada vez más perfeccionados. De ello deriva una profunda convicción sobre la superioridad de los modernos respecto a los antiguos y, por consiguiente, el derecho de los modernos a juzgar el pasado.

El interés hacia la problemática política fue algo primordial en toda la cultura ilustrada francesa, al menos en el sentido de que el principal impulso del pensamiento ilustrado fue el deseo de una organización mejor de la sociedad, más acorde con los nuevos ideales de justicia, libertad y humanidad y con el desarrollo de las ciencias y las técnicas. Es así que, en el campo político, la Ilustración francesa se expresó en formas originales mediante análisis empíricos sobre la vida social, la legislación, los sistemas fiscales y los ordenamientos civiles, sin perder de vista, naturalmente, la gran meta, que era esencialmente la construcción de una sociedad presidida por la razón. De ello derivaba para todos los Ilustrados franceses un particular interés hacia la legislación, es decir, hacia una concepción de la ley como momento supremo de igualdad entre los ciudadanos y máximo instrumento para la eliminación de las arbitrariedades y los privilegios. Aquella inspiración común racionalizante dejaba amplios márgenes, sin embargo, para una multiplicidad de posiciones sobre cada uno de los temas específicos.

En especial, ante el problema del poder y del gobierno, el pensamiento político ilustrado francés ofreció tres soluciones diferentes: la primera, liberal-aristocrática; la segunda, despotismo ilustrado y la tercera, democrática. Sus respectivos representantes fueron Montesquieu, Voltaire y Rousseau. En tercer lugar, los comienzos de la Revolución Industrial. Una serie de circunstancias favorables originó en la Gran Bretaña del siglo XVIII el fenómeno de la primera "revolución industrial", que en los siglos siguientes caracterizaría toda la época contemporánea. Los factores que determinaron dicha revolución fueron, principalmente, el crecimiento de la población, la abundancia de mano de obra, la amplia disponibilidad de capitales y, en fin, toda una serie de perfeccionamientos técnicos, que inauguraron la era de las máquinas, capaces de explotar fuentes naturales de energía, en sustitución o como complemento de la energía humana o animal. Tampoco debe olvidarse la difusión de una cultura y una mentalidad empírica y pragmáticas, especialmente favorables al perfeccionamiento de los instrumentos y de los sistemas de producción. La revolución industrial generó importantes consecuencias en el plano social y económico.

Los nuevos métodos suponían la neta separación entre la propiedad de los medios de producción y la fuerza de trabajo. Ello comenzó a determinar la crisis de las clases artesanales y la formación de un proletario incipiente a merced de los empresarios, por lo general mal pagado y obligado a horarios extenuantes. El uso de las máquinas introdujo la explotación de la mano de obra femenina e infantil, eliminando la necesidad de la especialización. En cuarto lugar, el pensamiento liberal, la total mutación de perspectivas económicas corresponde a las profundas transformaciones agrícolas y a los comienzos de la revolución industrial en Gran Bretaña, fue acompañada durante el siglo XVIII por un notable auge del pensamiento económico, que se orientó hacia la superación del mercantilismo, doctrina dominante durante todo el siglo anterior. Tanto la escuela fisiocrática, de origen francés como la llamada escuela económica clásica surgida en Gran Bretaña, se caracterizaron por una decidida reacción contra las teorías favorables al control estatal, contra la identificación de la riqueza de los estados con los metales preciosos acumulados y contra el proteccionismo y las trabas aduaneras.

En la base de las nuevas doctrinas, preferentemente liberales, se hallaba la convicción -común al pensamiento ilustrado- de que era preciso defender el orden natural sin intervenciones artificiosas y arbitrarias; ni siquiera en economía, y la suposición optimista de que la utilidad del individuo debía redundar necesariamente en favor de la colectividad, aumentando el bienestar y las riquezas generales. En quinto lugar, la Ilustración alemana. La misma, también combate por la razón y por una filosofía apoyada en la razón; intenta también resolver el conflicto entre fe y razón en favor de esta última y defiende el derecho a la crítica científica de cuestiones juzgadas hasta entonces de exclusiva competencia de la religión. Pero, la ilustración alemana, más que arrancar a la religión derechos en favor de la razón busca la avenencia entre el saber y la fe, entre la ciencia y la religión.

Es en este sentido, que su objetivo fundamental es una pedagogía de la razón crítica dentro de las categorías éticas. La escuela más influyente de la filosofía alemana del siglo XVIII es la de Christian Wolf, seguidor y divulgador de la filosofía idealista de Leibniz. Es así que, desde las consecuencias de la Revolución Inglesa pasando por los filósofos de la Ilustración en Francia como en Alemania hasta los comienzos de la Revolución Industrial y el pensamiento económico de cuño liberal; son cada uno ellos partes que componen el abanico histórico del que fue llamado Siglo de las Luces en el cual se elaboró un proyecto de modernidad emancipador de la sociedad. Con relación a esto último, Jürgen Habermas dice lo siguiente:

El proyecto de modernidad formulado por los filósofos del iluminismo en el siglo XVIII se basaba en el desarrollo de una ciencia objetiva, una moral universal, una ley y un arte autónomos y regulados por lógicas propias. Al mismo tiempo, este proyecto intentaba liberar el potencial cognitivo de cada una de estas esferas de toda forma esotérica. Deseaban emplear esta acumulación de cultura especializada en el enriquecimiento de la vida diaria, es decir en la organización racional de la cotidianeidad social. Para el sociólogo alemán, el proyecto de modernidad formulado por los filósofos del iluminismo del siglo XVIII se centraba en el desarrollo de una ciencia objetiva, una moral universal, una ley y la expansión de un arte autónomos como autorregulados; además este proyecto procuraba a la vez liberar el potencial cognitivo de cada una de estas esferas de toda forma esotérica y pretendían emplear esta acumulación de cultura especializada para hacer de la vida diaria una experiencia multicolor, es decir en la organización racional del diario vivir social.

Habermas sigue diciendo:Los filósofos del iluminismo, como Condorcet por ejemplo, todavía tenían la extravagante esperanza de que las artes y las ciencias iban a promover no sólo el control de las fuerzas naturales sino también la comprensión del mundo y del individuo, el progreso moral, la justicia de las instituciones y la felicidad de los hombres. Los filósofos iluministas en su proyecto de modernidad, particularmente Condorcet, le adjudicaron a las artes y a las ciencias un status-rol de "grandes" impulsores tanto del control de las fuerzas naturales como de la comprensión del mundo y del individuo, el progreso moral, la justicia de las instituciones y la felicidad de los hombres. En otras palabras, las artes y las ciencias en el proyecto de modernidad de los iluministas tienen el papel de ser los animadores centrales, fundamentalmente en lo que hace al entendimiento de todo aquello que sea mejoramiento moral, justicia institucional y alegría de vivir del hombre. A su vez, en 1789 se produce la Revolución Francesa paridora de la llamada Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano.

En relación con esto, Touraine dice:Del dualismo cartesiano a la idea de derecho natural, y posteriormente a la obra de Kant, los siglos XVII y XVIII, a pesar de la fuerza creciente del naturalismo y del empirismo que anuncian el cientificismo y el positivismo del siglo XIX, están fuertemente marcados en el plano intelectual por la secularización del pensamiento cristiano, por la transformación del sujeto divino en un sujeto humano, que está cada vez menos absorto en la contemplación de un ser cada vez más oculto, y se convierte en un actor, en un trabajador y en una conciencia moral. Este período culmina en un gran texto: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, votada por la Asamblea Nacional el 26 de agosto de 1789. Su influencia sobrepasó la influencia de las declaraciones norteamericanas y su sentido es muy diferente del sentido del Bill of Rights inglés de 1689. Si el texto de la declaración es grande, esto no se debe solamente a que proclama principios que están en contradicción con los de la monarquía absoluta que en este sentido son revolucionarios, sino también a que marca el fin de los debates de dos siglos y otorga una expresión universal a esa idea de los derechos del hombre que contradice la idea revolucionaria.

La declaración francesa de los derechos se sitúa en el punto de transición entre un período que estuvo dominado por el pensamiento inglés y el período de las revoluciones sometido al modelo político francés y el pensamiento alemán. Esa declaración es el último texto que proclama en el escenario público la doble naturaleza de la modernidad, construida a la vez de racionalización y de subjetivación, antes de que triunfen, durante un largo siglo, el historicismo y su monismo. Con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, para el sociólogo francés, se cierra un capítulo importante de la historia europea como lo fue el de los siglos XVII y XVIII y el texto de la importante Declaración pone de manifiesto de manera pública las dos caras de la modernidad, edificada a la vez de racionalización y de subjetivación.

Alain Touraine nos sigue diciendo: Las revoluciones que eliminan la monarquía absoluta de Inglaterra de las antiguas colonias inglesas convertidas en los Estados Unidos de América y la monarquía absoluta de Francia se han definido, pues, atendiendo a la influencia del pensamiento de la Ilustración y del dualismo cristiano y cartesiano. El individualismo burgués, que habrá de sobrevivir a este período, combinó la conciencia del sujeto personal con el triunfo de la razón instrumental, el pensamiento moral con el empirismo científico y la creación de la ciencia económica, como ocurre con Adam Smith.

La revolución francesa como revolución antimonárquica estuvo bajo el influjo del pensamiento de la Ilustración y del dualismo cristiano y cartesiano. A su vez, el individualismo burgués (que se manifiesta en la anteriormente señalada Declaración de 1789), hermanó la defensa de los derechos del hombre con el triunfo de la razón instrumental. Finalmente, Alain Touraine nos dice lo siguiente: Esto no ocurre todavía en el siglo XVIII, tanto predomina en él la lucha contra las tradiciones y los privilegios del Antiguo Régimen, antes de que las convulsiones producidas por la Revolución Francesa, el Imperio Napoleónico y la Revolución Industrial procedente de Gran Bretaña susciten la crisis romántica que pondrá fin a la firmada identidad de la experiencia interior y de la razón instrumental. Por eso la Declaración de los Derechos del Hombre es burguesa y al mismo tiempo defensora del derecho natural; su individualismo es afirmación del capitalismo y al mismo tiempo resistencia de la conciencia moral al poder del príncipe. Creación suprema de la moderna filosofía política, la Declaración de los derechos contiene ya en sí las contradicciones que van a desgarrar la sociedad industrial. En 1789 la lucha en Francia se centraba en abatir al Antiguo Régimen (la Monarquía absoluta) y todos sus privilegios feudales; esto hace que la Declaración de los Derechos del Hombre tenga la condición de ser burguesa y a la vez defensora del derecho natural (derecho innato); su individualismo es afirmación del capitalismo y a la vez resistencia de la conciencia moral al poder del príncipe.

A su vez, la Declaración de 1789 alberga en su vientre las contradicciones que se manifestarán abiertamente en la sociedad industrial. El siglo XIX, en Europa es la época de la llamada Restauración, de las oleadas revolucionarias basadas en el liberalismo político como en el nacionalismo, de la revolución industrial y de la cuestión obrera. La época que, contraponiéndose a la de la revolución suele llamarse de la restauración, responde a dos orientaciones antagónicas: una, mirando hacia el pasado, se nutría de la utopía de un regreso puro y simple al mundo existente antes de 1789; la otra era consciente de las profundas e irreversibles transformaciones acaecidas en el cuarto de siglo. La reposición de las dinastías "legítimas" no impidió que surgiese y se afirmase en los pueblos la idea de nación, como consecuencia a la vez que reacción ante el expansionismo francés.

Desde una primera confusa conciencia nacional alimentada por el culto romántico a la tradición popular, la idea se transformó progresivamente en una verdadera doctrina, pronto conectada con una corriente de pensamiento, el liberalismo. Estas dos directrices conviven no sólo en Francia, sino en toda Europa. La restauración no partía de un panorama uniforme por lo que hace a la estructura social y económica. La base social y productiva de Europa era todavía la tierra; pero el sistema económico revelaba los síntomas de un desequilibrio, debido a la rapidez de las transformaciones producidas por la revolución industrial, que había empezado a extenderse desde Gran Bretaña a Francia y a los Estados continentales, implicando un clima político y cultural contrario al Antiguo Régimen, e inspirado en un nuevo espíritu comercial y en la exaltación de las profesiones liberales. La reglamentación corporativa de las actividades productivas era incompatible con la lógica de la revolución industrial, que obedecía a las leyes del mercado y de la libre competencia.

Las nuevas formas de organización económica originaron un creciente proletariado urbano con necesidades y aspiraciones también nuevas. La dinámica del sistema productivo, con sus frecuentes fluctuaciones en los precios y en la productividad, tuvo consecuencias negativas para las clases más bajas, menos protegidas, y contribuyó a hacer madurar un clima propicio a las explosiones revolucionarias. Es así que, en los últimos treinta años del siglo XIX en Europa, el desarrollo de la producción industrial, que había comenzado en el período de las guerras liberales y nacionales, alcanzó niveles nunca conocidos hasta entonces. En el origen de dicho desarrollo hay que buscar la cooperación de la industria, la tecnología y la ciencia, lo que permitió aplicar numerosos descubrimientos en el campo de la metalurgia, conduciendo al nacimiento de la industria química. En otras palabras, la Europa del siglo XIX experimenta un rápido proceso de modernización económica, que a su vez genera una importante consecuencia en el terreno intelectual. Con relación a esto último, A. Touraine dice:La Modernización Económica acelerada tuvo como principal consecuencia transformar los principios del pensamiento racional en objetivos sociales y políticos generales.

Si los dirigentes políticos y los pensadores sociales de los siglos XVII y XVIII reflexionaban sobre el orden, la paz y la libertad en la sociedad, ahora, durante un largo siglo XlX, que se prolongó a buena parte del siglo XX, los pensadores transforman una ley natural en voluntad colectiva. El concepto de progreso es el que mejor representa esta politización de la filosofía de la Ilustración. Ya no se trata simplemente de permitir que avance la razón apartando lo que pueda ser un obstáculo a su marcha; hay que querer y amar la modernidad, hay que organizar una sociedad creadora de modernidad, una sociedad automotora. El acelerado proceso de modernización económica que experimentó Europa en el siglo XIX tuvo como principal derivación la modificación de los principios del pensamiento racional en objetivos sociales y políticos generales. Es así que, a diferencia de los dirigentes políticos y pensadores sociales de los siglos XVII y XVIII que meditaban sobre el orden, la paz y la libertad en la sociedad, los pensadores en el siglo XIX modifican una ley natural en decisión colectiva. Es en este sentido, que el concepto de progreso es el que mejor encarna esta politización de la filosofía de la Ilustración.

Es entonces, que ya no es para nada suficiente con dejar que se desarrolle la razón limitándose a cortar y a sacar toda aquella "maleza" que frene su gran marcha triunfal; ahora esencialmente además de idolatrar a la modernidad hay que tener la inmensa voluntad política de estructurar una sociedad hacedora de modernidad. Es decir, una sociedad que se mueva a sí misma constantemente que mire hacia el futuro siempre luminoso. Alain Touraine sigue diciendo: Condorcet contaba con los progresos del espíritu humano para asegurar la felicidad de todos; en el siglo XIX, la movilización social y política y la voluntad de felicidad son las que obran como motores del progreso industrial. Hay que trabajar, hay que organizarse e invertir para crear una sociedad técnica generadora de abundancia y de libertad. La modernidad era antes una idea, ahora se convierte por añadidura en una voluntad, sin que se rompa el lazo entre la acción de los hombres y las leyes de la naturaleza y de la historia, todo lo cual asegura una continuidad fundamental entre el Siglo de las Luces y la era del progreso. En el siglo XIX, la movilización social y política y la voluntad de felicidad tienen el status – rol de ser los motores del progreso industrial. Así, trabajo, organización e inversión son las materias primas para la fabricación de una sociedad técnica productora de abundancia y de libertad.

La modernidad en el siglo XVIII era una idea, ya en el siglo XIX se transforma por completo en una decisión esencialmente política estando firme el vínculo entre la acción de los hombres y las leyes de la naturaleza y de la historia, asegurando así una prolongación fundamental entre el siglo de las Luces y la era del progreso. Es en el siglo XIX, donde sobresale el llamado pensamiento historicista, este pensamiento asocia la modernización con el desarrollo del espíritu humano, el triunfo de la razón con el triunfo de la libertad, con la creación de la nación o con la victoria final de la justicia social. Con respecto a este pensamiento A. Touraine dice: El pensamiento historicista en todas sus formas está dominado por el concepto de totalidad, que remplaza el de institución, tan importante en el período anterior. Por eso, la idea de progreso ha querido imponer la identidad de crecimiento económico y de desarrollo nacional. El progreso es la formación de una nación entendida como forma concreta de la modernidad económica y social, como lo indica el concepto, sobre todo alemán, de economía nacional, pero también la idea francesa de nación, vinculada en el pensamiento republicano y laico con el triunfo de la razón sobre la tradición.

La ideología escolar de la III República, que sólo se desvaneció en la segunda mitad del siglo XX, retomó este tema. La modernidad no está, pues, separada de la modernización, como ocurría en el caso de la filosofía de la Ilustración, sino que adquiere una importancia mucho mayor en un siglo en el que el progreso ya no es únicamente el progreso de las ideas, sino que se convierte en el progreso de las formas de producción y de trabajo, en las que la industrialización, la urbanización y la extensión de la administración pública afectan la vida de la mayoría. Es así que, la idea de progreso es entendida por parte del pensamiento historicista desde el concepto de totalidad, esto conduce a que crecimiento económico y desarrollo nacional conformen una identidad. El progreso es equivalente a la constitución de una nación que a su vez es sinónimo de modernidad económica y social, como bien lo señala el concepto, muy alemán, de economía nacional. A su vez, del lado francés, la idea de nación está en el pensamiento republicano y laico y se encuentra estrechamente asociada con el triunfo de la razón sobre la tradición. La modernidad pasa a estar unida a la modernización y esto se manifiesta como importante en el siglo XIX debido a que el progreso en este siglo se transforma particularmente en el progreso (adelanto) de las formas de producción y de trabajo.

Es un tiempo, en que la industrialización, la urbanización y la extensión de la administración pública señalan la presencia modernizadora que como tal altera el diario vivir de las masas. Alain Touraine sigue diciendo: El historicismo afirma que el funcionamiento interno de una sociedad se explica por el movimiento que la lleva hacia la modernidad. Todo problema social es, en última instancia, una lucha entre el pasado y el futuro. El sentido de la historia es a la vez su dirección y su significación, pues la historia tiende al triunfo de la modernidad que es complejidad, eficacia, diferenciación y, por consiguiente, racionalización y también crecimiento de una conciencia que es ella misma razón y voluntad y que sustituye la sumisión al orden establecido y a las herencias recibidas. Para el historicismo, el funcionamiento interno de una sociedad se explica esencialmente por el movimiento que la lleva hacia la modernidad. Para este pensamiento, todo problema social es en el fondo una cruda lucha entre el pasado y el futuro. Es decir, entre lo viejo y lo nuevo.

 A su vez, la historia camina con paso seguro y a tambor batiente hacia el triunfo de la modernidad. Esta última, para el historicismo equivale a complejidad, eficacia, diferenciación y consecuentemente racionalización y además crecimiento de una conciencia que como tal conjuga razón y voluntad y que remplaza el sometimiento al statu quo y a las herencias recibidas. La transformación de las estructuras económicas, según los principios liberales, es el hecho dominante de la primera mitad del siglo XIX fundamentalmente en Inglaterra. Desde 1830 el orden liberal tiene que enfrentarse a quienes ha reducido a la servidumbre económica. Aparece entonces un sistema de organización político, social e ideológico sustentado en los intereses de la clase obrera como clase social, pero que aspira a una visión más amplia y profunda que la de los propios sindicatos.

Así es que comienza a acuñarse el término socialismo en los medios obreros, como sistema que tiene como principio la igualdad de los hombres. Para el estudio de este movimiento social es imprescindible tener presente la realidad inglesa en los años 1830 a 1850. Se terminaba de transitar de un régimen aristocrático al estatuto democrático, y es en las grandes unidades industriales donde el problema social aparece en toda su dimensión. Es lógico que el partido liberal agregase las reformas sociales a su programa político, pero se va a manifestar impotente ante la movilización cartista que demanda una solución humana a la cuestión obrera.

El problema obrero es el más importante que se le presenta a Inglaterra, siendo el primer país que modifica, en el siglo XVIII, su capitalismo comercial en industrial. A esto se le suma, el ser el primer país en encarar como algo público aquellos problemas que aquejan a la masa obrera, hija de la sociedad industrial. Las conquistas políticas de la burguesía la alejan terminantemente del pueblo. El desarrollo del crédito privado y público beneficia las inversiones, la construcción de ferrocarril y de centros industriales. Esto hace de la burguesía inglesa una clase dominante que se levanta contra el conservadurismo de los propietarios tories y contra el ímpetu de la clase obrera y sus organizaciones primarias. Los movimientos obreros, por su parte, acusan a la economía liberal de su situación económica, como resultado de la marcha sin ningún tipo de control con que se desarrollaba el capitalismo, puesto de manifiesto en el desprecio por el hombre y la inseguridad que esto generaba. Inglaterra fue la primera que contó con una masa trabajadora o proletariado numeroso y, a su vez, la primera en tratar de evitar su unión, reconociendo los grandes abusos de explotación.

 En la década 1830 – 1840, comienzan las movilizaciones huelguísticas, las que son duramente reprimidas. Las organizaciones sindicales fueron aceptadas en un principio, pero recién en 1871 es que se las reconoce con legalidad, dando inicio a una "legislación laboral" referente al trabajo de niños y mujeres, haciéndose más moderados los movimientos, pero tendientes a que los logros no fueran simplemente reivindicativos. Se puede afirmar que desde el punto de vista ideológico, este fue un período muy rico en cuanto a elaboración y generación de hechos.

Podemos hacer la siguiente división en dos líneas de pensamiento: por un lado, el liberalismo particularmente el inglés (más centrada su reflexión en los problemas de orden económico), que planteaba que las leyes naturales que pautan la marcha de la modernidad capitalista no podían ser cambiadas; mientras que por otro se encuentra el llamado socialismo que cuestiona y condena la modernidad capitalista. La primera línea de pensamiento, el liberalismo inglés de la primera mitad del siglo XIX, entiende que hay que eliminar desde el poder político las interferencias del Estado (limitándolo al status – rol de juez y gendarme) y de los sindicatos en el funcionamiento del mercado además de aplicar políticas de índole laboral y económica que fortalezcan su funcionamiento, para que éste, en virtud de sus propios mecanismos autocorrectivos, conduzca a los individuos a una sociedad donde impere de manera amplia y profunda la libertad individual y la eficiencia en lo que hace a la asignación de bienes y recursos. Es decir, hacia un progreso indivisible e irreversible, progreso técnico, progreso del bienestar, progreso intelectual y progreso moral yendo a la par. La segunda línea de pensamiento: el socialismo, término éste que aparece recién a mediados del siglo XIX, con diferentes tendencias y repercusiones: socialismo utópico, anarquismo y socialismo científico. Pero, a su vez, todas estas tendencias que conforman el arcoiris socialista tienen varios puntos en común.

En relación con este tema, Rudolf Rocker dice: A los socialistas de todas las tendencias les es común la convicción de que la presente organización social es una causa permanente de malestar y que a la larga no podrá persistir. Común es también a todas las tendencias socialistas la afirmación de que un mejor orden de cosas no puede ser producido por modificaciones de naturaleza política, sino sólo por una transformación radical de las condiciones económicas existentes, de manera que la tierra y todos los medios de la producción social no queden como propiedad privada en manos de minorías privilegiadas, sino que pasen a la posesión y a la administración de la comunidad. Sólo así será posible que el objetivo y la finalidad de toda actividad productiva sea, no la esperanza de la ganancia personal, sino la aspiración solidaria a dar satisfacción a las necesidades de todos los miembros de la sociedad. Para Rocker, lo que le es común a las diferentes tendencias socialistas es, el identificar como la causa de los males que experimenta el pueblo trabajador al orden capitalista y también la idea de que a largo plazo ese orden se derrumba. A esto se le agrega, la idea de que la instauración de un orden social y económico más justo sólo puede ser producido por transformaciones de carácter radical (estructurales) de las condiciones económicas existentes.

Es decir, el pasaje de la tierra y todos los medios de producción de manos privadas (burguesas) a manos de la comunidad de trabajadores quienes serán los que administren. Con el objetivo y la finalidad, según Rocker, de que toda la actividad productiva tenga como deseo solidario el poder satisfacer las necesidades de todos los integrantes de la sociedad. En otras palabras, los elementos en común de las diversas corrientes socialistas son, tanto la condena al orden capitalista por someter a los proletarios a la explotación y a la miseria, como el derrumbe del mismo y el proponer un orden nuevo, fundamentalmente en lo económico, vía cambios estructurales en cuyo orden los proletarios (la mayoría) serán los más privilegiados en lo que se refiere a la distribución de la riqueza producida y controlada por ellos. No se comprendería la segunda mitad del siglo XlX en el viejo continente si no se mencionara el nacimiento de la llamada Asociación Internacional de Trabajadores (A.I.T.); a su vez, no se entendería el nacimiento de la mencionada asociación si la separamos de la realidad en la cual se gestó y que nos permite mostrar las voluntades profundas de las que ella se hizo eco. La ola de estallidos revolucionarios que sacude a Europa en 1848 se inicia en Paris, donde burgueses y proletarios terminan enfrentándose como fuerzas antagónicas. Se expande por los dominios de los Habsburgo en medio de revueltas separatistas y desórdenes populares. Se extiende a Alemania y a Italia contribuyendo a acelerar los movimientos nacionales de unificación e independencia. El proletariado participó de estas luchas nacionales, que transitoriamente hicieron pasar a segundo plano la idea internacional.

En Italia se organizaron asociaciones de solidaridad obrera bajo la bandera de Mazzini y en Alemania los obreros intervinieron activamente en las luchas libradas en torno al problema nacional. La situación de Francia e Inglaterra era distinta, pues cuando surge el movimiento obrero ya hacía siglos que la unidad nacional estaba consolidada. La derrota de las revoluciones en Europa inaugura un lapso de doce años que presencia el debilitamiento de los movimientos obreros en la mayoría de los países. Sin embargo mientras decrecía el poder de la aristocracia terrateniente el poder de la burguesía iba en aumento y dominaba en Inglaterra, en Francia y en Bélgica. En Francia la derrota de la clase obrera paralizó sus energías.

Los obreros volvieron a caer en el sectarismo, perfilándose dos corrientes. Una de ellas seguía a Blanqui, que aspiraba a tomar el poder mediante un golpe de mano de una resuelta minoría. La otra, mucho más poderosa, respondía a la influencia del pensador anarquista Proudhon, quien, fomentaba la existencia de los llamados Bancos de Intercambio encaminados a la obtención del crédito gratuito para los trabajadores. Bajo el segundo Imperio, ninguna organización política de obreros podía existir como tal abiertamente. Aunque los sindicatos eran ilegales subsistían bajo la apariencia de sociedades fraternales. Sin embargo, lentamente, las asociaciones obreras empezaron a crecer, en parte favorecidas por la política de Napoleón III, que concedió ciertas libertades sindicales. En mayo de 1864 Napoleón III derogó los artículos del Código Penal que impedían las coaliciones obreras formadas para conseguir mejoras en las condiciones de trabajo. Amenazado por la creciente oposición burguesa contra su régimen Bonaparte intentaba con esas medidas conseguir el apoyo de la clase obrera.

En Inglaterra el cartismo había llegado a su ocaso definitivo. La escuela de Owen se iba convirtiendo en una secta religiosa de libres pensadores. Junto a ella, surgió el socialismo cristiano de Kingsley y Maurice, que nada quería saber de luchas políticas. Poco a poco las trade-unions se fueron encerrando en una actitud de indiferencia política, limitándose a bregar por reivindicaciones inmediatas. Esta táctica parecía bastarles en una fase de prosperidad económica como la iniciada a partir de los años 50 y se relacionaba con la hegemonía inglesa en el mercado mundial. Sin embargo, las trade-unions aún no estaban oficialmente reconocidas; su existencia no era demasiado segura, de hecho ni de derecho, y la masa de sus afiliados carecían del derecho político del sufragio. Por otra parte, el auge del capitalismo en el continente y, por consiguiente, la aparición de una clase obrera muy numerosa amenazaba a los trabajadores británicos con una competencia muy peligrosa. A esto se sumaron las consecuencias de la guerra de secesión norteamericana, provocando una crisis algodonera que precipitó en la miseria a los obreros textiles. Estos hechos iban a alertar a las trade-unions. Al respecto, Federico Engels dice lo siguiente: Cuando la clase obrera europea hubo recuperado las fuerzas suficientes para emprender un nuevo ataque contra el poderío de las clases dominantes, surgió la Asociación Internacional de los Trabajadores. Esta tenía por objeto reunir en un inmenso ejército único a toda la clase obrera combativa de Europa y América. No podía, pues, partir de los principios expuestos en el Manifiesto. Debía tener un programa que no cerrara la puerta a las tradeuniones inglesas, a los proudhonianos franceses, belgas, italianos y españoles, y a los lassalleanos alemanes.

El surgimiento de la Asociación Internacional de los Trabajadores (en el año 1864) se da en un momento en la cual la clase obrera está lo suficientemente fuerte como para iniciar una nueva ofensiva contra el poderío de las clases dominantes. Además de que el objetivo de la Internacional es reunir en una sola y amplia columna a toda la clase obrera combativa de Europa y América. Para poder lograr esto, la Internacional tenía que levantar un programa lo suficientemente amplio para que ingresaran a la misma todas aquellas diversas corrientes de pensamiento que forman parte del mundo obrero. Con respecto, al nacimiento de la Internacional Marx dice: ...La Internacional fue fundada para remplazar las sectas socialistas o semisocialistas por una organización real de la clase obrera con vistas a la lucha. Los Estatutos iniciales y el Manifiesto Inaugural lo muestran a simple vista.La Internacional fue fundada con la clara intención de organizar un movimiento obrero real de cara a la lucha. La Internacional, una vez creada, tuvo sus apoyos principales en los sindicatos ingleses, el movimiento obrero francés y en los grupos de exiliados alemanes residentes en Londres. La importancia que tuvo la primera Internacional para los proletarios de Europa occidental y tiempo después para los proletarios de América a pesar de su corta vida como Asociación de Trabajadores es señalada por Engels de la siguiente manera: ¡Proletarios de todos los países, uníos! Sólo unas pocas voces nos respondieron cuando lanzamos estas palabras por el mundo, hace ya cuarenta y dos años, vísperas de la primera revolución parisiense, en la que el proletariado actuó planteando sus propias reivindicaciones. Pero, el 28 de setiembre de 1864, los proletarios de la mayoría de los países de la Europa occidental se unieron formando la Asociación Internacional de los Trabajadores, de gloriosa memoria.

Bien es cierto que la Internacional vivió tan sólo nueve años, pero la unión eterna que estableció entre los proletarios de todos los países vive todavía y subsiste más fuerte que nunca, y no hay mejor prueba de ello que la jornada de hoy. Pues, hoy, en el momento en que escribo estas líneas, el proletariado de Europa y América pasa revista a sus fuerzas, movilizadas por vez primera en un solo ejército, bajo una sola bandera y para un solo objetivo inmediato: la fijación legal de la jornada normal de ocho horas, proclamada ya en 1866 por el Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra y de nuevo en 1889 por el Congreso obrero de París. El espectáculo de hoy demostrará a los capitalistas y a los terratenientes de todos los países que, en efecto, los proletarios de todos los países están unidos. ¡Oh, si Marx estuviese a mi lado para verlo con sus propios ojos! La Asociación Internacional de los Trabajadores, sentó las bases de la organización internacional de los obreros para la preparación de la conquista de sus derechos sociales desde el seno de la modernidad capitalista contra la llamada burguesía que en ese modelo de modernidad resulta ser la gran beneficiaria principalmente en lo económico.

En la segunda mitad del siglo XIX, además de la aparición en el escenario público europeo de la Internacional, la llamada Comuna de París (1871) fue uno de los acontecimientos más importantes de ese siglo; dado que, lo ocurrido en la ciudad luz generó un fuerte impacto en el orden político vigente del viejo continente y también una gran influencia política e ideológica, principalmente sobre la propia Internacional. En su Introducción al estudio de Marx sobre la guerra civil en Francia, Engels explica la génesis del movimiento popular que dio lugar a la Comuna: Durante la guerra, los obreros de París habíanse limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada ya la paz después de la capitulación de París Thiers, nuevo jefe del Gobierno, tenía que darse cuenta de que la dominación de las clases poseedoras –grandes terratenientes y capitalistas- estaba en constante peligro mientras los obreros de París tuviesen en sus manos las armas. Lo primero que hizo fue intentar desarmarlos. El 18 de marzo envió tropas de línea con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería que era de su pertenencia, pues había sido construida durante el asedio de París y pagada por suscripción pública. El intento no prosperó; París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el Gobierno francés, instalado en Versalles.

El 26 de marzo fue elegida, y el 28 proclamada la Comuna de París. El Comité Central de la Guardia Nacional; que hasta entonces había tenido el poder en sus manos, dimitió en favor de la Comuna, después de haber decretado la abolición de la escandalosa "policía de moralidad "de París. La Comuna de París surgió de un movimiento de las masas populares; nadie lo había preparado consciente y sistemáticamente. El que la población parisiense fuera empujada a la revolución y asaltara los cielos del poder burgués, se debió a las siguientes causas: Primera, la guerra franco alemana, provocada por la política francesa, que tenía por objeto impedir la formación de la unidad alemana; Segunda, el desempleo entre los trabajadores; Tercera, la ruina de la pequeña burguesía; Cuarta, la indignación del pueblo contra la alta clase y los jefes que se habían mostrado absolutamente incapaces; Quinta, una gran efervescencia en la clase obrera descontenta de su situación y tendiente a otro régimen social y Sexta, la conjunción reaccionaria de la Asamblea Nacional que hacía temer por la suerte de la Republica.

Es así que, todas estas causas empujaron a la población parisiense a la revolución que hizo pasar el poder a las manos de la guardia nacional, de la clase obrera y de la pequeña burguesía. Era entonces, la primera vez que el proletariado moderno se erigía a la condición de dueño del poder político. Marx y Engels dicen: Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los últimos veinticinco años, y con éste, el de la organización del partido de la clase obrera; dadas las experiencias prácticas primero, de la revolución de febrero, y después, en mayor grado aún, de la Comuna de París, que eleva por primera vez al proletariado, durante dos meses, al poder político... Antes de la Comuna de París el poder era detentado por los propietarios y los capitalistas, es decir, por sus hombres de confianza que formaban lo que se llama el Gobierno. Después de la revolución del 18 de Marzo, cuando el Gobierno de M. Thiers huyó de París con sus tropas, su policía y sus funcionarios, el pueblo quedó como único dueño de la situación y el poder pasó al proletariado (producto de la sociedad industrial y organizado como partido de clase) junto a sus aliados. Es así que, Marx dice lo siguiente: He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un Gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo. Sin esta última condición, el régimen de la Comuna habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de una clase. La Comuna, como Gobierno de la clase obrera, producto de la lucha de clases entre explotados y explotadores, es la gran palanca política que permite conquistar la modernidad comunista. Es decir, la sociedad sin clases y sin Estado.

 

Finalmente, Lenin dice: Mas, pese a todos sus errores, la Comuna constituye un magno ejemplo del más importante movimiento proletario del siglo XIX. Marx concedió un gran valor al alcance histórico de la Comuna: si cuando la pandilla de Versalles emprendió la traicionera tentativa de apoderarse de las armas del proletariado parisiense, los obreros se las hubiesen dejado arrebatar sin lucha, la funesta desmoralización que semejante debilidad hubiera sembrado en las filas del movimiento proletario habría sido muchísimo más grave que el daño ocasionado por las pérdidas que sufrió la clase obrera en el combate por la defensa de sus armas. Por grandes que hayan sido las pérdidas de la Comuna, la significación de ésta para la lucha general del proletariado las ha compensado: la Comuna puso en conmoción el movimiento socialista de Europa, mostró la fuerza de la guerra civil, disipó las ilusiones patrióticas y acabó con la fe ingenua en los anhelos nacionales de la burguesía. La Comuna enseñó al proletariado europeo a plantear en forma concreta las tareas de la revolución socialista. La Comuna de Paris, significó para el proletariado europeo del siglo XIX una experiencia fracasada pero real de gobierno obrero y que por ser real en los hechos cuestionó y puso en jaque a una modernidad como la burguesa que se presentaba a sí misma como algo natural y eterna en el tiempo, considerando utópico y criminal todo tipo de planteo que viniese de la clase proletaria con aires de alternativo en lo político y fundamentalmente a nivel económico a su racionalidad; que, por otra parte, no tiene otro fin que el lucro. El socialismo, después de la Comuna, pasó a llamarse socialismo científico alemán, quedando a un costado la corriente anarquista de Proudhon y el blanquismo. A su vez, para la burguesía francesa la derrota de la Comuna significo conjurar por diez años el espectro socialista. Hasta principios del año 80 no se despertó en Francia el socialismo. En 1889 se fundó en Paris la llamada Segunda Internacional.

En el transcurso del período comprendido entre la disolución de la Primera Internacional y la fundación de la Segunda, se celebraron varios Congresos obreros, socialistas y sindicales, que no tenían, sin embargo, ninguna base común. En 1889, con motivo de la Exposición Internacional de París, se reunirán en esta ciudad dos magnos Congresos socialistas convocados por los posibilistas el uno y por los marxistas el otro, cuyo resultado fue la fundación de la Segunda Internacional. En este Congreso se adoptó el principio de la jornada internacional del 1º de Mayo. La Segunda Internacional, en su primera etapa (1889 a 1896) se centró en establecer una línea de demarcación precisa entre el socialismo y el anarquismo. En su segunda etapa (1896 a 1904) se centra en fijar los principios de la lucha de clases y la actitud de los partidos socialistas con respecto a los gobiernos burgueses. En suma, la Segunda Internacional marca la época de la preparación del terreno para una amplia extensión del movimiento socialista entre las masas proletarias en una serie de países. A su vez, el socialismo de la Segunda Internacional, conlleva en sí, la noción de progreso. El sociólogo A. Touraine dice:La idea de progreso ocupa un lugar medio, central, entre la idea de racionalización y la de desarrollo. La primera idea otorga la primacía al conocimiento, la segunda a la política; el concepto de progreso afirma la identidad entre medidas de desarrollo y triunfo de la razón, anuncia la aplicación de la ciencia a la política y, por consiguiente, identifica una voluntad política con una necesidad histórica. Creer en el progreso significa amar el futuro, a la vez ineluctable y radiante. Esto es lo que expresó la II Internacional, cuyas ideas se difundieron por la mayor parte de los países de Europa occidental al afirmar que el socialismo surgiría del capitalismo cuando hubiera agotado su capacidad de crear nuevas fuerzas productivas y al hacer, al mismo tiempo, un llamamiento a la acción colectiva de los trabajadores y a la intervención de los elegidos que los representan.

En el socialismo de la Segunda Internacional, la noción de progreso se encuentra presente en la idea de que el primero aflora desde las entrañas del capitalismo en el momento en que este hubiera agotado su capacidad de crear nuevas fuerzas productivas y al hacer, al mismo tiempo, una invocación a la lucha en común de los trabajadores y a la intervención de los elegidos que los representan. Touraine sigue diciendo:Según esta visión, los conflictos sociales son ante todo los conflictos del futuro contra el pasado, sólo que la victoria del primero quedará asegurada no únicamente por el progreso de la razón sino también por el éxito económico y el éxito de la acción colectiva. Esta idea está en la médula de todas las versiones de la creencia en la modernización. La visión de que el progreso tiene un rostro socialista lleva a que los conflictos sociales sean presentados, en este caso por la Segunda Internacional, como antagonismos entre el futuro contra el pasado.

A su vez, para que el futuro tenga la victoria en el bolsillo es absolutamente necesario que con el progreso de la razón se dé también el triunfo económico y el triunfo de la acción colectiva. Es decir, el avance del conocimiento, la abundancia económica y el logro de las metas políticas por parte de las masas obreras organizadas. En suma, para la Segunda Internacional, el progreso es sinónimo de socialismo y el socialismo sinónimo de futuro luminoso y para que la victoria de esta luminosidad se encuentre asegurada es necesario el avance del conocimiento, la abundancia económica y el logro de las metas políticas por parte de las masas obreras organizadas. El siglo XIX europeo está pautado también por el fenómeno colonialista e imperialista.

El año 1870 marcó para Europa el inicio de un largo periodo de paz, destinado a prolongarse hasta las puertas de la Primera Guerra Mundial. Si de 1854 a 1870 se habían librado dieciséis guerras, en los últimos treinta años del siglo XIX Europa no registró ningún conflicto militar digno de mención. La crisis que tuvo lugar en los Balcanes de 1876 a 1878 no se resolvió tanto por las armas como por los esfuerzos de la diplomacia europea encabezada por Bismarck. El canciller alemán logró, a través de un sistema de alianzas y de acuerdos mantener un equilibrio precario pero duradero, impidiendo la formación de Bloques Contrapuestos; pero el éxito de Bismarck al congelar las tensiones europeas se obtuvo a expensas del resto del mundo, que precisamente en aquellos años fue escenario de luchas continuas y objeto de reparto entre las grandes potencias. Era imposible controlar el sentimiento de ardiente nacionalismo que, derivado del espíritu democrático y liberal de los años de las revoluciones nacionales, conformaba la mentalidad de la clase dirigente y de las poblaciones de toda Europa. La fe innata en las concepciones nacionalistas, si bien podía hacer de catalizador para la potenciación política y económica de los Estados europeos, no podía permanecer ya en sus angostos confines o verse sofocada por las maniobras diplomáticas del sistema bismarckiano.

El historiador uruguayo, Vivian Trías, dice lo siguiente:Entonces las revoluciones burguesas eran económica y políticamente liberales, nacionalistas y románticas. Esa etapa se agota en el último cuarto del siglo XIX, con la transformación del capitalismo liberal en monopolista e imperialista. El nacionalismo se convierte en una ideología de expansión, de conquista de colonias y de áreas de influencia. Sufre un proceso de perversión y envilecimiento, asume pautas "chauvinistas", agresoras, y exasperadas militaristas, racistas, blande un orgullo nacional prepotente que no afirma tanto la propia nacionalidad como desprecia y trata de avasallar a las otras. El nacionalismo cambia dialécticamente de signo; de progresista se trastoca en reaccionario. El nacionalismo, basado esencialmente en la voluntad de poder y en la ética de la guerra, planteaba inevitablemente el problema de un desahogo en el exterior, muy pronto canalizado hacia la expansión colonial. Esta podía considerarse como una lucha por la vida, que permitía a una nación demostrar ante las demás sus preeminencias físicas e intelectuales; se tendría así una confirmación de las teorías, difundidas en Alemania, sobre razas dominantes e inferiores, y se corroboraría el sentimiento de superioridad de los ingleses al que, cada vez con mayor frecuencia, se apelaba en Gran Bretaña. En Rusia, el nacionalismo, frustrado en sus ambiciones mediterráneas, apuntaba a rehacerse en el Extremo Oriente a expensas de China. Francia, humillada por la derrota en la guerra franco- prusiana e incapaz por el momento de recuperar los territorios perdidos en Alsacia-Lorena, empezó a mirar a África como el sector adecuado para revalidar su condición de gran potencia.

El historiador compatriota, V. Trías sigue diciendo: En Inglaterra surge por primera vez la nueva formulación -puesto que es la primera en construir un gran imperio-, cuando Kipling justifica su expansión imperial con su white man`s burden (la carga del hombre blanco). Encubre la explotación de los pueblos sometidos con una pretendida misión civilizadora y evangelizante. La difusión del espíritu nacionalista hizo que los pueblos tomaran una más clara conciencia de sí mismos, de sus características y, por lo tanto, de sus responsabilidades. Un pueblo para ser grande debía proponerse una misión, identificada con frecuencia con el deber de llevar la cultura occidental a las poblaciones no europeas. Los hombres blancos debían soportar ahora, como sostenía el escritor inglés Rudyard Kipling, la "carga" de extender por todo el mundo las formas materiales y espirituales de su civilización. Las poblaciones africanas y asiáticas debían ser "despertadas" y conducidas al sistema de vida que había probado ser el mejor tanto en el terreno político en el científico, y sobre todo, en el económico.

El sentimiento de superioridad de los blancos estaba asociado al gran progreso económico que en aquellos años había efectuado Occidente. Es así que, nacionalismo y orgullo racial se alimentaban con los progresos de la economía, que inducía a la expansión y al mismo tiempo se ponía a su servicio. El desarrollo industrial fue tal que, si bien en 1870 en Gran Bretaña podía ser considerada como la potencia que detentaba la hegemonía económica de Europa y de todo el mundo, sólo diez años después se encontraba igualada y superada en algunos sectores por naciones como Alemania y los Estados Unidos. En este magno proceso de crecimiento y reestructuración del sistema económico occidental deben buscarse las causas profundas de la expansión colonial. Los últimos treinta años del siglo XIX conocieron un gran desarrollo productivo, pero al mismo tiempo se caracterizaron por una relevante y prolongada crisis, que bajo el nombre de "gran depresión "se prolongó hasta principios del siglo XX. En este período, aunque el volumen de la producción, de los intercambios y de las inversiones fue superior en mucho al de los años precedentes, se registró sin embargo una clara disminución de las tasas de incremento en todas las ramas de la actividad económica, debida esencialmente a la falta de salidas suficientes para absorber las mercancías y los capitales acumulados. El sistema productivo occidental se encontró por tanto frente a la necesidad de reestructurar por completo sus bases, condición indispensable para no incurrir en un auténtico desastre económico.

 La reconversión del sistema capitalista ante la crisis de superproducción de 1873, hizo perder la esperanza a muchos, de que, ante su contradicción básica, el sistema capitalista se tambaleara y estuvieran las condiciones para su desaparición. Es así que, nada de esto sucedió, al contrario, se operó el tránsito del capitalismo premonopolista, con el dominio de la libre empresa, al capitalismo monopolista o imperialismo. El capitalismo premonopolista, con el dominio de la libre competencia, alcanzó su punto culminante en las décadas del 60 y el 70 del siglo XIX. Durante el último tercio del siglo XIX se operó el tránsito del capitalismo premonopolista al capitalismo monopolista. El capitalismo monopolista o imperialismo representa la fase superior del capitalismo; su rasgo distintivo fundamental es la suplantación de la libre competencia por la dominación de los monopolios. Es entonces que, según la clásica definición de V. I. Lenin, los rasgos económicos fundamentales del imperialismo son:

1) la concentración de la producción y del capital llega hasta un grado tan elevado de desarrollo, que crea los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica;

2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, en el terreno de este "capital financiero", de la oligarquía financiera;

3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande; 4) se forman asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) ha terminado el reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes.

El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más importantes.La crisis, planteada por primera vez en 1873, estimuló en ciertos sectores, la concentración de la producción en pocas pero gigantescas empresas industriales. En los países europeos, esencialmente en Alemania y en Gran Bretaña, en los Estados Unidos y en el Japón empezaron a formarse a un ritmo cada vez más rápido los trusts y los grandes cárteles de las industrias, los cuales, acaparando el aprovisionamiento de materias primas, los transportes y la mano de obra, y bajando metódicamente los precios, provocando la ruina o la sumisión a su supremacía de las empresas ajenas a ellos. Nacían así, auténticos imperios económicos que controlaban completamente las principales ramas de la actividad productiva, como las del acero, de los productos químicos, de los tejidos, de las fuentes energéticas.

Paralelamente al sector industrial, el bancario experimentaba un fenómeno similar. Los principales bancos se anexionaban o controlaban gran número de instituciones menores y tendían acaparar progresivamente la totalidad del aparato financiero del Estado. La industria perdió entonces su libertad de movimiento en la búsqueda de créditos y empezó a depender estrechamente de los capitales de los bancos. La división entre capital bancario e industrial iba desapareciendo dando lugar, con la unión de los bancos y las industrias, a un nuevo capital mucho más pujante, el financiero. Eran los principios del monopolio y no los de la libre competencia los que se estaban convirtiendo en la base de las economías de los diferentes Estados, los cuales, decretando al mismo tiempo la desaparición del librecambismo y la adopción del sistema proteccionista, contribuyeron a cambiar definitivamente el aspecto del capitalismo. La gran producción de cereales a bajo precio que había ido desarrollándose en los países extraeuropeos, como los Estados Unidos y Argentina, y el miedo a que su exportación masiva pudiera minar completamente el equilibrio económico de los Estados europeos incitó a adoptar el proteccionismo.

Pero estas medidas defensivas se hicieron muy pronto necesarias también en el campo industrial, donde, a pesar de la creciente expansión, existían todavía notables desniveles en el grado de desarrollo y de competencia entre las grandes industrias nacionales. El proteccionismo, además de fomentar la industria existente, potenció la aparición de otras, contribuyendo así, a su vez, a prolongar aquella crisis que derivaba de un incremento de la producción superior a la capacidad de absorción de los mercados. Estando ya Europa cerrada por barreras aduaneras, las potencias tuvieron que buscar en otra parte las salidas para sus productos. La Gran Bretaña, la única gran potencia que había permanecido fiel al librecambismo, se vio obligada a recurrir a la penetración en países extraeuropeos. El proteccionismo en Europa la había puesto en una situación crítica en lo que hace a su economía.

Los ingleses se dedicaron, entonces, a estimular las inversiones en el extranjero, especialmente en las áreas coloniales. Gran Bretaña ya había hecho de la India (como de sus otras posesiones) una colonia económica y de América meridional una zona de inversiones e intercambios privados. La ampliación de las actividades coloniales estaba indudablemente unida al hecho de que todo cuanto Gran Bretaña había invertido en aquellos lugares estaba dando sus frutos; pero la carrera por el reparto del mundo, en la que la Gran Bretaña de finales de la época victoriana participó antes que nadie, seguida muy pronto por el resto de las potencias, revestía caracteres muy distintos a los de la época colonial anterior. La pura y simple búsqueda de mercados, natural en las crisis de superproducción y agudizada por la adopción de sistemas proteccionistas, no basta para definir cumplidamente la lógica del imperialismo. Es necesario remontarse, como bien entendió Lenin, a las nuevas estructuras de tipo monopolista que todos los Estados industriales estaban realizando.

Los grandes monopolios en formación debían asegurarse un rendimiento continuo e invertir en áreas ventajosas el exceso de capitales que su gran vitalidad económica les permitía acumular. En Europa esto no era posible, tanto por el bajo nivel de los precios, como porque la ampliación del mercado interior, único que las barreras proteccionistas dejaban disponible, implicaría el aumento de la capacidad adquisitiva de las masas obreras y por lo tanto una nueva alza de sus salarios y la mejora de sus condiciones de vida; ello suponía la renuncia de los grandes industriales a una buena parte de sus beneficios, a lo que, evidentemente no estaban dispuestos. El crecimiento y el refuerzo de los grandes trusts no podía, por tanto, verificarse sino a expensas de los territorios extraeuropeos, donde la tierra a buen precio, los salarios bajos, las materias primas a bajo coste y la facilidad de asumir posiciones monopolistas hacían prever inversiones altamente rentables. La posesión exclusiva de regiones ricas en materias primas constituía una necesidad cada vez más esencial para los grandes grupos económicos; era el arma más eficaz para desbaratar la competencia interior y la internacional.

Pero aún era más necesario en la medida en que el proceso de concentración tendía a crear conjuntos que reunían en una única empresa diversas ramas industriales que, partiendo de la materia prima, comprendían las sucesivas fases de elaboración. Los ingleses en Egipto y los rusos en Turkestán se dedicaron a intensificar y extender la producción del algodón, con el fin de monopolizarlo y crear un trust textil que concentrara en sus manos todas las etapas de su elaboración. Cuanto más se desarrollaba el proceso de formación de los monopolios, más aumentaba la carrera por la conquista de nuevos territorios. Para que los beneficios de las inversiones fuesen más seguros y rápidos y el control sobre las materias primas exclusivo, los inversores debían llegar los primeros a ciertas zonas. Los monopolios sólo podían prosperar si lograban mantener intactas sus posiciones privilegiadas; la expansión imperialista debía convertirse en una auténtica carrera con vistas al acaparamiento de cuantos territorios fuese posible. Aunque éstos no prometieran una explotación inmediata, podrían revelarse más adelante ricos en recursos y, por lo tanto, no debían descuidarse corriendo el riesgo de dejarlos en manos de futuros competidores.

Sin embargo, la unión de los diversos grupos económicos y las clases políticas que hubieran debido proceder a la actuación práctica del expansionismo colonial no fue inmediata. Fueron necesarios los últimos treinta años del siglo para que el momento económico coincidiera con la praxis política del fenómeno imperialista. Su mismo comienzo no fue contemporáneo en todos los países incluidos los europeos. En suma, el imperialismo surge como respuesta a la crisis económica de 1873 – 1875 y demuestra su eficacia en la consolidación y defensa del sistema capitalista mundial, al costo de intensificar la explotación de los países coloniales y dependientes. Es decir, a las poblaciones de estos países. Alain Touraine se refiere a los siglos XIX y XX: La historia de los siglos siguientes es la de la creciente separación de estos dos principios tan fuertemente asociados en el pensamiento de Locke: la defensa de los derechos del hombre y la racionalidad instrumental. Cuando más esta racionalidad construye un mundo de técnicas y de poder, más se aparta la invocación a los derechos del hombre (primero en el movimiento obrero, luego en otros movimientos sociales) de la confianza en la razón instrumental.

La humanidad impulsada por el progreso se pregunta si no pierde su alma, si no la vende al diablo al adquirir la dominación de la naturaleza. Finalmente, si la modernidad del siglo XVIII fue un proyecto de sociedad basado en un concepto de razón no ceñido a la razón instrumental, sino dando igual significación a la razón moral y estética, durante todo el siglo XIX europeo se asistió a un proceso en el cual lo racional se transforma en lo racional instrumental. La sociedad europea occidental en el siglo XIX está forjada, como tal, a imagen y semejanza de la clase burguesa. Es decir, el modo de producción imperante en las naciones modernas europeas es el modo burgués de producción. La modernidad tiene rostro capitalista.

1.2. La modernidad occidental desde la mirada de Max Weber

La concepción clásica de la modernidad se centra en la construcción de una imagen racionalista del mundo, que integra el hombre en la naturaleza y que desestima todas las formas de dualismo del cuerpo y del alma, del mundo humano y del mundo trascendente. La sociedad moderna es entendida, por esta concepción de la modernidad, como una sociedad racionalizada. Es decir, como un sistema social autoproducido, autocontrolado y autorregulado. Así se instala la noción de que el actor y el sistema tienen una perspectiva reciproca. Con relación a esto ultimo, dice Touraine: Esta concepción clásica de la modernidad, que dominó a Europa y luego al conjunto del mundo occidentalizado antes de retroceder ante las criticas y la transformación de las practicas sociales, tiene como tema capital la identificación del actor social con sus obras y su producción, ya se trate del triunfo de la razón científica y técnica, ya se trate de las respuestas racionalmente aportadas por la sociedad a las necesidades y a los deseos de los individuos.La concepción clásica de la modernidad solo tiene en cuenta al individuo en su carácter de funcionario, productor y ciudadano.

La misma, apuesta a la unidad del hombre y la sociedad. El aporte individual es valorado positivamente por esta concepción de la modernidad si la conducta del hombre en su vida pública y privada resulta útil para el progreso de la razón objetiva en la sociedad. A su vez, hay una serie de conceptos que son claves en la sociología weberiana y que definen la concepción clásica de la modernidad. Según Touraine:Reconozcamos pues el vigor y hasta la violencia de la concepción clásica de la modernidad. Esta concepción fue revolucionaria, como toda apelación a la liberación, como todo repudio de compromiso con las formas tradicionales de organización social y de creencia cultural. Hay que crear un nuevo mundo y un hombre nuevo volviendo las espaldas al pasado, a la Edad Media, y tornando a encontrar en los antiguos la confianza en la razón sin dejar de dar una importancia central al trabajo, a la organización de la producción, a la libertad de los intercambios mercantiles y a la impersonalizada de las leyes. Desencanto, secularización, racionalización, autoridad racional legal, ética de la responsabilidad: los conceptos de Max Weber, que han llegado a ser clásicos, definen perfectamente esta modernidad...

En la sociología de Max Weber se amplía la concepción de un pujante ascenso de la modernidad, racionalización y secularización, que destruye todo lo referente a esencias, pertenencias y creencias. Esta idea expone la concepción clásica de la modernidad. Es decir, la lucha histórica de las luces contra la tradición y del racionalismo instrumental contra la expresividad comunitaria. Así los conceptos clave de la sociología de Max Weber (desencanto, secularización, racionalización, autoridad racional legal, ética de la responsabilidad) precisan o aclaran esa concepción clásica de la modernidad que domino a Europa y después al conjunto del mundo occidentalizado. Con respecto, a la modernidad desde la visión de Weber, Albrecht Wellmer dice lo siguiente: Weber continúa, de algún modo, la tradición de sus predecesores del siglo XIX cuando analiza la transición hacía la modernidad como un proceso de racionalización; un proceso de racionalización, sin embargo, en el que las ciencias sociales están destinadas a jugar un papel cada vez más importante. Al mismo tiempo, a través de su análisis de los correlatos institucionales de racionalización progresiva -economía capitalista, burocracia y ciencia empírica profesionalizada-, demuestra que la "racionalización" de la sociedad no lleva ninguna perspectiva utópica, sino que parece que conduce más bien a un encarcelamiento en aumento del hombre moderno en sistemas deshumanizados de un nuevo tipo...

El sociólogo alemán Max Weber presentó el proceso de racionalización del mundo hacía la modernidad como la institucionalización de la racionalidad instrumental carente de su trasfondo normativo en los sistemas económicos y administrativo (su tesis sobre la pérdida de libertad) y como la división de una concepción del mundo centrada en la religión en tres esferas contrapuestas de valores: moralidad, ciencia, y arte (su tesis sobre la pérdida de significado). El proceso de racionalización del mundo se inicia para Weber con la racionalización cultural de las visiones del mundo religiosas. El sociólogo alemán, J. Habermas dice lo siguiente: En un análisis de la actualidad Weber se atiene más que en ninguna otra parte a la perspectiva teórica desde la que la modernización se presenta como una prosecución del proceso histórico universal de desencantamiento. La diferenciación de esferas culturales de valor autónomas, que es importante para la fase de nacimiento del capitalismo, y la independización de los sistemas de acción racional con arreglo a fines, que caracteriza desde el siglo XVIII al desarrollo de la sociedad capitalista, son las dos tendencias que Weber funde en una crítica de la actualidad de tono existencialista e individualista. El primer componente puede expresarse en la tesis de la pérdida de sentido y el segundo en la tesis de la pérdida de libertad.

El sociólogo alemán, Habermas hace una división del diagnóstico weberiano en las tesis de la pérdida de sentido y la pérdida de libertad del individuo en la modernidad. En tanto la primera hace referencia principalmente a la racionalización cultural -el retiro de la ética a un ámbito irracional y su contradicción con las órdenes y esferas de valor del mundo y la incompatibilidad de esferas de valor-; la segunda está formulada en relación a la racionalización social que es el monopolio de la racionalidad formal como única forma de racionalidad posible para organizar la vida social y a su institucionalización en la economía de mercado, el Estado racional – legal y en el derecho formal moderno. El sociólogo alemán, Habermas sigue diciendo: Bajo la rúbrica de "nuevo politeísmo" Weber expresa la tesis de la pérdida de sentido. En ella se refleja la experiencia del nihilismo, típica de su generación, que Nietzsche había dramatizado de forma tan impresionante.

Pero más original que la teoría es la fundamentación que le da Weber recurriendo a una dialéctica que supuestamente está ya contenida en el propio proceso de desencantamiento vehiculado por la historia de las religiones, esto es, en el proceso mismo de alumbramiento de las estructuras de conciencia modernas: la se disocia en una pluralidad de esferas de valor destruyendo su propia universalidad. Esta pérdida de sentido la interpreta Weber como el desafío existencial ante que se ve el individuo de reconstruir en el ámbito privado de su propia biografía, con el arrojo que la desesperación produce y con la absurda esperanza del desesperado, la unidad que ya no cabe reconstruir en los órdenes de la sociedad. Pues la racionalidad práctica, que liga racionalmente con arreglo a valores las orientaciones de acción racionales con arreglo a fines dotándolas así de cimentación, sólo puede encontrar ya su lugar, si no en el carisma de nuevos dirigentes, en la personalidad del individuo solitario; al propio tiempo, esta autonomía interior, una autonomía que es menester afirmar heroicamente, está amenazada porque dentro de la sociedad moderna ya no se encuentra ningún orden legítimo capaz de garantizar la reproducción cultural de las correspondientes orientaciones valorativas y de las correspondientes disposiciones a la acción. Para Weber, la llamada pérdida del sentido se basa en que la racionalización de las visiones del mundo centradas en una ética de salvación implicó una fragmentación de la cultura en las esferas científicas, moral y estético–expresivas.

Puesto que Weber entendió que los ordenes del mundo (economía, política, ciencia), eran irreconciliables con una ética de convicción basada en principios, la moral debía pasar a ser confinada al ámbito privado y el individuo aislado y heroico debía decidir a cual de los dioses se entregaba. A la ética de convicción privatizada e incapaz de resolver cuestiones públicas, Weber opone una ética de responsabilidad desencantada incapaz de dirimir en última instancia sobre cuestiones práctico-morales contrapuestas: los valores esenciales y más sublimes se han retirado de la vida pública. Con la moral privatizada, la cultura pasa a ser interpretada a través de las otras esferas dos esferas de valor, la cognitiva-instrumental y la estético-expresiva, que son también para Weber irreductibles. Es así que, la cultura moderna pasa a ser una cultura dominada por especialistas sin espíritu y por sensualistas sin corazón.

En lo que respecta, a la visión weberiana de la pérdida de libertad del individuo en la modernidad, Richard J. Bernstein dice lo siguiente: Weber sostenía que la esperanza y expectativa de los pensadores de la Ilustración eran una ilusión amarga e irónica. Estos mantenían una conexión necesaria y fuerte entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad, y la libertad humana universal. Pero una vez desenmascarado y comprendido, el legado de la Ilustración fue el de la Zweckrationalität -de la racionalidad instrumental- deliberada. Esta forma de racionalidad afecta e infecta todo el campo de la vida social y cultural abarcando las estructuras económicas, la ley, la administración burocrática, e incluso las artes. El crecimiento de la Zweckrationalität no conduce a la realización concreta de la libertad universal, sino a la creación de una "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática de la que no hay modo de escapar. Es así que, para Weber, el sueño de la Ilustración (de que hubiera un fuerte vínculo entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad, y la libertad humana universal) en los hechos no pasó de ser un lindo sueño propio de una noche de verano o peor aún se metamorfosea en la pesadilla infernal de la jaula de hierro de una sociedad en que sus fundamentales sistemas de organización como la burocracia, el derecho moderno y la empresa capitalista, se encuentran dirigidos por una racionalidad estrictamente técnica, ante la cual, cualquier tipo de pautas ajenas a la misma se las entiende como utópicas y atentatorias contra su propia eficacia.

Dado este panorama, Weber no consideró, que una sociedad socialista fuera realmente una alternativa radical a la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática imperante en el capitalismo. En relación con este tema, Reinhard Bendix nos dice lo siguiente: A quienes confiaban en que una futura sociedad socialista obraría una transformación radical, Weber les advertía que, en una sociedad planificada centralmente, las tendencias burocráticas alcanzarían un nivel más alto aún. La división del trabajo y el empleo de aptitudes especializadas, en la administración, aumentarían hasta tal punto que cabía vislumbrar como remate una "dictadura de los burócratas", más verosímil que la "dictadura del proletariado".Para Weber, la sociedad socialista no sería una alternativa radical a la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática, dado que la misma, al ser una sociedad planificada centralmente, la organización burocrática sería omnímoda y omnipotente. Es decir, la sociedad socialista, para Weber, podía ser solo el triunfo multiplicado de la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática. La "dictadura de los burócratas ". Finalmente, R. Bendix nos dice: Preocupó a Weber, desde el principio hasta el fin de su carrera, la evolución del racionalismo en la civilización de Occidente.

El estudio de toda una vida no solo le reveló la complejidad de sus antecedentes, sino el carácter precario de sus logros. Él demostró, por encima de toda duda, que una profunda adhesión a la causa de la razón y la libertad habría orientado la elección del tema; su investigación demostró, también por encima de toda duda, que la razón y la libertad estaban amenazadas en el mundo occidental. Weber fue un contemporáneo de Freud, que dedicó el trabajo de toda su vida a salvaguardar la razón del hombre, después de haber sondeado hasta el fondo el abismo de su irracionalidad. Weber, por su parte, procuró salvaguardar la herencia de la Ilustración, después de haber explorado ampliamente las condiciones históricas anteriores a esa herencia. Tal exploración creó en él una conciencia trágica del peligro. Cuando le preguntaban el propósito de su investigación erudita, respondía: "Quiero ver cuánto puedo soportar ".En el diagnóstico que hace Weber de la modernidad en Occidente manifiesta una visión pesimista en lo que hace a la marcha de la misma. Dado que, para el sociólogo alemán, la racionalización del mundo moderno no conduce a hacer realidad en la sociedad la vinculación entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad y la libertad humana universal, sino a que la vida humana se mecanice careciendo así de significado y libertad.

1.3. Génesis y desarrollo del análisis estratégico de Michel Crozier

En la mitad de la década de los 60 del siglo pasado, cuando la sociedad industrial moderna, incluida la francesa, miraba a su futuro (en lo económico, en lo científico–tecnológico, en lo político, en lo social y cultural), de una manera muy optimista, Crozier resaltaba el desarrollo en este tipo de sociedad de las grandes organizaciones, siendo las mismas para el sociólogo francés algo inherente a la sociedad industrial; además de llevar en su seno un "nuevo" fenómeno, digno de estudio sociológico, llamado burocrático. Ahora bien, este fenómeno es entendido por Crozier, de la siguiente manera: El tema de nuestro pensamiento, al hablar del fenómeno burocrático, es falta de adaptación, la inadecuación, o, según la expresión de Merton, las "disfunciones"que se producen inevitablemente dentro de las organizaciones humanas. Es así que, Crozier al hablar del fenómeno burocrático se esta refiriendo concretamente, utilizando un concepto de Merton, a las llamadas disfunciones que se generan en el seno de las organizaciones humanas.

El sociólogo, Crozier sigue diciendo: El análisis del fenómeno burocrático, en el sentido disfuncional que utilizamos, se coloca con toda naturalidad en esa perspectiva; la pesadez y rutina " burocráticas " pueden interpretarse fácilmente como consecuencia de la resistencia del material humano, y para comprenderlos es inevitable remitirse a una sociología de las organizaciones: el mal funcionamiento no puede existir sino comparativamente con un funcionamiento ideal. Una teoría de la burocracia constituye pues forzosamente un caso particular dentro de una teoría más general de las organizaciones, que a su vez debería ser en sí misma un elemento esencial de una sociología de la acción, válido para el estudio global de la sociedad. Al analizar, el fenómeno burocrático como algo equivalente a disfunción las llamadas deformaciones burocráticas (lentitud, pesadez y rutinas, etc.) pueden entenderse, según Crozier, como resultado de la resistencia del material humano. A su vez, para la comprensión científica de la resistencia del material humano, es necesario, para el sociólogo francés, una sociología de las organizaciones. Una teoría del funcionamiento de la burocracia es apenas, para Crozier, un caso especifico que forma parte de una teoría más general de las organizaciones, que según él tendría que ser en sí misma una pieza esencial de una sociología de la acción, útil para el estudio global de la sociedad. Es decir, que para Crozier la sociología de las organizaciones es un elemento clave para cualquier estudio macrosociológico verdaderamente comprehensivo.

El carácter aplicado de la sociología de las organizaciones permite descubrir, según Crozier, nuevos aspectos del fenómeno burocrático. Al respecto, el sociólogo francés dice: El estudio de los dos casos tomados por nosotros, considerados como ejemplos significativos del fenómeno burocrático, no solamente nos aporta informaciones sobre un problema particular, crucial para la sociología de las organizaciones, sino que reviste además grandísimo interés para el análisis de los sistemas culturales. En efecto, la resistencia del material humano que en él se pone de manifiesto, está hondamente ligada a ciertos comportamientos primarios y a ciertos rasgos característicos del sistema cultural francés. El estudio de estos aspectos culturales del fenómeno burocrático permitirá introducir una dimensión nueva en la sociología de las organizaciones. En efecto, si bien parece posible elaborar una teoría general y universal de las organizaciones, poniendo entre paréntesis los diferentes sistemas sociales y culturales, en cuanto se pasa al de la patología de las organizaciones el análisis cultural se convierte en instrumento indispensable que permite marcar los límites de la teoría universal e interpretar su aplicación en contextos culturales diferentes. Al mismo tiempo, y ése es nuestro objetivo final, un análisis tal permite entrever la posibilidad de renovar la teoría de los sistemas culturales. Abordaremos en momento un nuevo terreno, que puede considerarse (en algunos aspectos por lo menos) más apropiado que los terrenos tradicionales para el estudio de las modalidades de inserción de los sistemas culturales en la realidad de nuestro tiempo. Hasta el presente, las culturas y los conjuntos culturales se han analizado, sobre todo, a partir de los sistemas de valores y de los rasgos psicológicos singulares de una "personalidad básica" ideal.

Rara vez se los confronta con los problemas de la acción y, en particular, con el problema del material humano necesario para la acción en una sociedad industrial compleja. Para Crozier, el estudio de dos casos (la agencia de contabilidad de París y el monopolio industrial) concretos considerados por él como ejemplos paradigmáticos del fenómeno burocrático es de sumo interés fundamentalmente para el análisis de los sistemas culturales. La resistencia del material humano que en el estudio se pone de manifiesto, para el sociólogo francés, esta estrechamente vinculada a ciertas conductas primarias y a ciertos rasgos característicos del sistema cultural francés. El estudio de los aspectos culturales del fenómeno burocrático permitirá introducir, según Crozier, una dimensión nueva en la sociología de las organizaciones; es decir, a la hora de estudiar la patología de las organizaciones el análisis cultural se transforma en instrumento esencial, en lo que se refiere a marcar las fronteras de la teoría universal e interpretar su aplicación en contextos culturales heterogéneos. Además, de renovar la teoría de los sistemas culturales, en el sentido que las culturas y los conjuntos culturales se los pasará a confrontar específicamente con el problema del material humano indispensable para la acción en una sociedad industrial compleja. Es decir, como la sociedad francesa.

A fines ya, de la década de los 60 del siglo XX las sociedades industriales modernas de occidente, particularmente la sociedad francesa estaba pasando por una etapa de agotamiento de su orden dominante y que la crisis de Mayo de 1968 puso de manifiesto. Es así que, esta situación de agotamiento de lo instituido que estaba experimentando la sociedad gala y los sucesos del llamado Mayo francés, no le fueron ajenos, como acontecimientos, a la mirada sociológica de Crozier, quien dice lo siguiente: Hoy todos admiten, aunque solo sea formalmente, que la sociedad francesa es una "sociedad bloqueada". Sin embargo, la cuestión no es denunciar los defectos de nuestras estructuras o de nuestros hábitos -y menos aún soñar con el mundo maravilloso que sería el nuestro con tal de que aceptáramos una u otra de las múltiples recetas que nos ofrecen nuestros expertos en la materia– sino comprender y provocar el cambio. ¿Por qué la sociedad francesa ha quedado bloqueada dentro de su andamiaje burocrático y paternalista? ¿Por qué los franceses emplean su tiempo en reforzar, hasta mediante sus recriminaciones, el sistema bajo el cual padecen? ¿Cómo cambian? ¿Cómo podrían cambiar? ¿De qué modo podría el conocimiento ayudarnos a cambiar mejor o a cambiar de un modo distinto? Tal es el doble tema de esta obra, fruto de una serie de dolorosas confrontaciones entre mi experiencia de investigador y mis frustraciones de ciudadano. En su mayor parte estos ensayos fueron escritos en los dos años previos a la crisis de mayo.

Sus temas -el poder, la participación, el cambio y la crisis- son los que fueron más profundamente vividos por muchos de nuestros conciudadanos durante el estallido revolucionario que nos envolvió. Para el sociólogo M. Crozier, la sociedad francesa es una "sociedad bloqueada", por varios círculos de centralización y estratificación administrativas, incapaz de autocorrección. La crisis experimentada por la sociedad gala en Mayo de 1968 pone en el orden del día de la opinión pública francesa temas como el poder, la participación, el cambio y la crisis, temas todos estos que antes de la crisis de Mayo fueron sólo tratados en el plano teórico, en este caso, por Crozier. Con respecto, al llamado Mayo francés, Crozier sigue diciendo: Si se procura tomar distancia respecto del vocabulario ideológico y de las formas habituales del razonamiento marxista o antimarxista, cuyo empleo, como hemos visto, tiende en realidad a confundir el análisis, lo que llama la atención en la crisis de mayo es que no fue revolucionaria en sus objetivos políticos ni en sus intenciones sociales, mientras que sí lo fue, y profundamente, en sus medios de expresión, o sea en el nivel de los mecanismos del juego social, o más sencillamente de las relaciones humanas.

Lo que trajo consigo no fue una ruptura social ni política, sino cultural. La interpretación que se impone con esta perspectiva se plantea, por consiguiente, en términos de medios; el origen y los resortes de la crisis no deben ser buscados en la organización del poder político o del poder económico, sino en el funcionamiento de las instituciones de la vida cotidiana. Los franceses no se rebelaron para poner fin a la explotación capitalista ni para edificar la sociedad sin clases; se precipitaron a la crisis para enjuiciar un sistema de relaciones humanas, un estilo de acción y un modo de gestión que los perjudicaban. Así, la crisis de mayo aparece antes que nada como un cuestionamiento del estilo de acción a la francesa y una rebelión instintiva contra lo que hemos denominado sociedad bloqueada. En cierto modo, los rasgos más característicos de la crisis pueden ser considerados como característicos de la sociedad bloqueada.

Esta se basaba sobre el temor al enfrentamiento y sobre una concepción jerárquica de la autoridad. La crisis será, entonces, el festival del enfrentamiento y la impugnación de la autoridad. Para Crozier, la crisis de Mayo fue revolucionaria y muy hondamente, en lo que se refiere, en el nivel de los mecanismos del juego social, es decir, en las relaciones humanas. Lo que trajo consigo, según él, una ruptura esencialmente cultural. La explicación que prevalece con esta perspectiva se plantea, por consecuencia, en términos de medios. Es así que, para Crozier los orígenes y los resortes de la crisis de Mayo tienen que ser buscados en el funcionamiento de las instituciones de la vida cotidiana. Los franceses, según él, se precipitaron a la crisis para enjuiciar un sistema de relaciones humanas, un estilo de acción y un modo de gestión que los perjudicaban.

Es decir, la explosión de Mayo del 68 fue una rebelión contra el modo burocrático de organización y los aspectos autoritarios del estilo a la "francesa ". A su vez, lo sucedido en Francia en Mayo de 1968 no fue un fenómeno aislado del resto del mundo moderno sino todo lo contrario; así lo entiende el propio Crozier, quien dice lo siguiente: Desde el punto de vista intelectual, moral y político, la crisis de mayo señala para Francia el fin de un período y el advenimiento de una nueva sensibilidad. Pero si entre nosotros la ruptura fue más viva, y por consiguiente más fácil de distinguir, aunque no de analizar, la conmoción ha sido general, y ni siquiera comenzó en Francia. Nuestra crisis tomó un significado muy particular, que remite antes que nada a nuestro sistema de gobierno y nuestro estilo de acción; pero al mismo tiempo es parte de un gran movimiento, una especie de tambaleo general del mundo civilizado que se precipitó al final de la década de 1960. Ha muerto algo que fue esperanza, que ahora parece ilusión y cuya desaparición nos abruma: cierto racionalismo demasiado simple, cierta confianza demasiado fácil en la razón, la convergencia y el progreso. La crisis de Mayo en Francia, como crisis, para Crozier, es expresión de una crisis más general y también mas honda, la que experimenta de una manera acelerada desde fines de la década de 1960, el mundo civilizado. Es decir, lo que esta en crisis es la totalidad de la cadena del mundo civilizado, siendo el Mayo francés un eslabón más de toda la cadena civilizatoria en crisis.

En otros términos, lo que esta en crisis a finales de los 60 del siglo pasado es la sociedad industrial como tal, es decir, la llamada sociedad moderna. La muerte de una esperanza basada en el racionalismo, la razón, la convergencia y el progreso que a finales de la señalada década del siglo XX, es sólo una mera quimera. Con respecto, a esta crisis, Crozier dice: Como la ruptura francesa, dicha conmoción desencadenó una gran fiebre ideológica.

Sin embargo, lo que en realidad cuestiona, del mismo modo que la crisis de mayo, no son tanto los principios morales cuanto las formas de pensamiento y los sistemas de gobierno. A mi parecer, para comprender este problema crucial no existe ejemplo más revelador, más espectacular y que pruebe mejor ese cambio de sensibilidad que el de la guerra fría y la oposición entre los bloques. Esta crisis, del mundo civilizado al igual modo que la crisis de mayo lo que cuestiona esencialmente, según Crozier, son las formas de pensamiento y los sistemas de gobierno. A su vez, para una mejor comprensión de esta problemática, el sociólogo francés, pone como ejemplo revelador que prueba ese cambio de sensibilidad a la llamada guerra fría y la oposición entre el ya desaparecido bloque socialista y el bloque capitalista. Crozier sigue diciendo: Quince o veinte años atrás, la esperanza de una convergencia posible entre los dos sistemas, el soviético y el norteamericano, era muy aventurada, y solo algunos espíritus avanzados osaban formularla en la noche de la guerra fría. ¿Quién habría imaginado entonces que esa esperanza llegaría a ser, para los rebeldes de fines de la década de 1960 y una gran parte de la nueva generación intelectual influida por ellos, la realidad más detestable de un mundo opresivo y corrompido? ¿Quién habría podido creerlo hace apenas seis o siete años, cuando el mundo entero vibraba todavía con esa esperanza, convocado por esas grandes figuras de la apertura y la liberalización: Kennedy, Jruschov y Juan XXIII? Este vuelco espectacular no es sino uno de los que caracterizan los años de crisis moral e intelectual que acabamos de vivir.

El sueño de la convergencia se derrumbó al mismo tiempo que cierto ideal de progreso superficial e indefinido, de confianza en la razón humana y de la fe liberal, cuyo mejor ejemplo está dado por Estados Unidos con su Peace Corps, pero del que también es posible encontrar huellas en la exuberancia jruschoviana y en la sencillez del papa Juan. Para Crozier, que en el año 1949 o en 1954, en plena guerra fría, la esperanza de una convergencia posible entre el sistema soviético y el sistema norteamericano se la considerara muy aventurada formulada solo por algunos espíritus adelantados y que después los rebeldes de fines de la década de 1960 y una parte importante de la nueva generación intelectual influida por ellos consideren la esperanza de esa convergencia posible entre los dos mencionados sistemas como algo odioso de un mundo pautado por la opresión y la corrupción; cuando en 1962 el mundo entero vibraba todavía con esa esperanza convocado por tres grandes lideres reformadores (J. F. Kennedy, N. Jruschov y Juan XXIII) dos de los tres políticos y uno religioso, es un vuelco espectacular siendo uno de los vuelcos, según él, que caracterizan la crisis moral y intelectual, en este caso, de los fines de la década de los 60 del siglo pasado.

Al derrumbarse el sueño de la convergencia también se vino abajo, según Crozier, cierto ideal de progreso superficial e indefinido, de confianza en la razón humana y de la fe liberal, encarnado por U.S.A., a través de los cuerpos de paz de la administración Kennedy y en un menor grado en la propuesta comunista de Jruschov y en la figura de Juan XXIII. Es decir, lo que se vino abajo como un castillo de naipes al igual que el sueño de la coexistencia pacífica fue una ideología que se puede calificar de modernista (esta concepción clásica, a la vez filosófica y económica de la modernidad, la define como triunfo de la razón, como liberación y como revolución y define la modernización como modernidad en acto, como un proceso enteramente endógeno; Alain Touraine, Crítica a la modernidad, p. 25) o de matriz iluminista (se trata de su concepción del progreso como una acumulación lineal, unívoca y autocorrectiva; Carlos Pareja, Una alternativa al pensar iluminista, p. 17) siendo la misma, sustento ideológico a inicios de la década de los 60 del siglo XX de gobiernos modernizadores tanto en el campo capitalista (administración Kennedy) como en el ya desaparecido campo socialista (gobierno de Jruschov) y que a fines de los 60, es bueno decirlo, la administración Kennedy como el gobierno de Jruschov por sus contradicciones en lo interno como en lo externo ya habían pasado a la historia junto con sus sueños en versión capitalista o comunista de construir un mundo próspero, feliz y pacífico. El panorama mundial a fines de los sesenta del siglo XX, esta pautado por rupturas, divergencias y disparidades a todos los niveles. Con respecto, a lo que se avecina, Crozier dice: En oposición a las prematuras esperanzas de convergencia, nuestro mundo moderno amenaza ser, a plazo breve y mediano, no un mundo armonioso de progreso racional, liberal o colectivista, sino de rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones y grupos. Siendo así, se puede pensar que en esta gran prueba de coexistencia activa que no se supo prever no están en juego las ideologías, hace tiempo superadas, sino los métodos intelectuales que sirven de base para concebir y organizar la acción colectiva.

En oposición a las apresuradas creencias de convergencia, el panorama del mundo moderno, en este caso, el de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado, para Crozier amenaza ser, a breve y a mediano plazo, no un mundo armonioso de progreso racional, liberal o colectivista, (norteamericano y soviético) sino de rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones y grupos. Es decir, un mundo moderno plagado de contradicciones (antagónicas y no antagónicas) entre naciones, sistemas, regiones y grupos; en donde la marcha del mismo y de los mismos es zigzagueante. Es así que, en la gran prueba de coexistencia activa (nuevo capítulo de la guerra fría entre las dos superpotencias) lo que esta en juego, según Crozier, son los métodos intelectuales que sirven de base para concebir y organizar la acción colectiva. Es entonces que, para el sociólogo francés: El racionalismo planificador al estilo soviético fue el primero en sufrir los efectos, ya que solo podía ilusionar en una atmósfera de restricción y de secreto. Cuando la competición dejó de tener lugar en el campo militar para pasar al del consumo, su ineficacia se hizo evidente. El racionalismo planificador al estilo soviético, según Crozier, no escapa a que experimente sus propias limitaciones, dado que en un contexto de competición en el campo fundamentalmente del consumo y no en el campo militar se evidencio su total ineficacia.

Es decir, que en una atmósfera donde impera la total libertad el racionalismo planificador al estilo soviético desilusiona claramente. Crozier, sigue diciendo: El problema reside en los medios y en el método que permite utilizarlos. Aquellos son de una lentitud y un costo insoportables; hacen muy difícil la comunicación entre la base y la cúspide, falsean las informaciones, impiden efectuar, con rapidez, los múltiples ajustes indispensables, desalientan la innovación y sofocan los recursos humanos potenciales del sistema. El método sintético, deductivo, a priori, que justifica el empleo de esos medios, es rígido y hace muy difícil aprender con la experiencia. Los dirigentes soviéticos prefieren emprender periódicamente grandes revoluciones administrativas y entre tanto imitar los procedimientos, técnicas y hasta soluciones norteamericanos, en lugar de reelaborar los principios y métodos de acción que son la causa de sus fracasos. El problema radica, según Crozier, en los medios y en el método que permite utilizarlos. A nivel de medios, estos son para el sociólogo francés, de una lentitud y un costo insoportables, hacen muy difícil la comunicación entre la base y la cúspide, falsean las informaciones, impiden efectuar, con rapidez los múltiples ajustes indispensables, desalientan la innovación y sofocan los recursos humanos potenciales del sistema.

En lo que hace, al método, el método sintético deductivo, a priori, que justifica el empleo de esos medios, para Crozier, es rígido y hace muy difícil aprender con la experiencia. En suma, los medios y el método del racionalismo planificador al estilo soviético resultan ser incapaces de dar respecta a los problemas organizacionales relacionados a la sociedad de consumo, como ya era la sociedad soviética en esa década del siglo XX. Además, del llamado racionalismo planificador al estilo soviético, Crozier también hace referencia a la llamada síntesis liberal estadounidense y dice lo siguiente: Durante varios años, los contratiempos de la planificación soviética parecieron justificar y consagrar las pretensiones de los intelectuales liberales norteamericanos. La síntesis liberal que ellos inspiraban parecía ser la última (y única) encarnación posible de la razón. Es así que, debido a los porrazos que experimentaba la planificación soviética la síntesis liberal de los norteamericanos aparecía en el centro del escenario como la última y además de única encarnación posible de la razón. Dice Crozier: Si tomamos el ejemplo de Estados Unidos, hay que buscar la responsabilidad por el derrumbe de la síntesis liberal en la unión de dos métodos opuestos en que se apoyaba: el incrementalismo y la planificación política global. El incrementalismo es, en el fondo, la racionalización de las prácticas de ajuste recíproco empleadas por la democracia pluralista al estilo norteamericano.

Es una extensión de la filosofía de los economistas liberales al conjunto de las actividades colectivas públicas. Permite demostrar que, lo mismo que en un mercado, el conjunto de microajustes de los partidos da mejor resultado que cualquier planificación o coordinación a priori. Conviene, por lo tanto, renunciar a toda "política" y conformarse con calcular los costos y ventajas marginales para cada problema, y en función de las presiones ejercidas por los diversos partidos en juego. Para Crozier, la responsabilidad por el derrumbe de la síntesis liberal se encuentra en la unión de dos métodos (el incrementalismo y la planificación política global) opuestos en que se basaba la misma. El incrementalismo, según Crozier, además de ser en el fondo una racionalización de las prácticas de ajuste recíproco empleadas por la democracia pluralista al estilo norteamericano, es también, una extensión de la filosofía de los economistas liberales al conjunto de las actividades colectivas públicas. Esto permite demostrar que, al igual que en un mercado, el conjunto de microajustes de los partidos da mejor resultado que cualquier planificación o coordinación a priori. Esta lógica conduce a darle la espalda a toda "política" y conformarse con calcular los costos y ventajas marginales para cada problema, y en función de las presiones ejercidas por los diversos partidos en juego. Crozier sigue diciendo: Esta regla de acción supone un universo perfectamente neutral y racional, sin apego, dependencia o viscosidad particulares.

Puede ser invocada como ideal, de modo algo semejante al que se refiere a la extinción del Estado: seria un gran progreso que el conjunto de las acciones de todos los participantes en el juego social fuera totalmente neutro y racional, y hay que hacer todos los esfuerzos posibles para avanzar en ese sentido. Pero no corresponde a la realidad de ninguna manera, porque en todos los niveles en que se realiza una acción aparecen relaciones de dependencia y nudos de poder que falsean el juego, y si bien parece posible avanzar mucho en tal sentido, es difícil que aquellos puedan ser suprimidos por entero.

En consecuencia, en el contexto occidental actual, el incrementalismo suele conducir a resultados en contradicción total con los objetivos de los liberales, tales como escaladas ciegas de las que Vietnam no es más que un ejemplo, o con mayor frecuencia, la constitución y desarrollo de círculos viciosos de pobreza, estancamiento económico y regresión cultural y social. Para Crozier, el ideal incrementalista (un universo perfectamente neutral y racional, sin apego, dependencia o viscosidades particulares) es solo eso, un ideal, que no se corresponde para nada con la realidad, ni con la vida misma. Porque, entiende que, en todos los niveles que se realiza una acción se manifiestan relaciones de dependencia y nudos de poder que falsean el juego, siendo muy difícil en los hechos la supresión de esos fenómenos de una manera absoluta. Esto da como consecuencia, en el contexto occidental, en este caso, el de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado, que el incrementalismo, según Crozier, lleva a resultados en contradicción total con los objetivos de los liberales, tales como la guerra de Vietnam y la aparición de problemáticas de orden socioeconómico y cultural. Pasando, ahora a la llamada planificación política global, Crozier se refiere a la misma diciendo lo siguiente: Es lógico que la planificación política global, los programas coherentes de acción, satisfagan más el espíritu.

Alrededor de ellos se opera la síntesis o las síntesis sucesivas. Pero siempre hay una profunda contradicción entre la voluntad de globalismo que los anima y la práctica de una aplicación "incremental" que debe servirles de apoyo. Por otra parte, y sobre todo, la extraordinaria dificultad de razonamiento a priori que suponen, tiene por consecuencia que se basen generalmente en conocimientos superficiales y extrapolaciones apresuradas, con el único cimiento real de una necesidad muy arbitraria de coherencia. Es en este nivel global donde fue trabada y perdida esa "partida" de convergencia artificial que en definitiva no hizo más que exacerbar los conflictos. Los programas coherentes de acción de una planificación política global, según Crozier, además de que alrededor de ellos se opera la síntesis o las síntesis sucesivas también manifiestan, de por sí, una profunda contradicción entre la voluntad de globalismo que los anima y la práctica de una aplicación "incremental" que debe servirles de apoyo. A esto se le suma, la dificultad que tiene en sí un razonamiento a priori, que como tal, se sustenta en conocimientos superficiales y extrapolaciones apresuradas, con la única base real de una necesidad muy arbitraria de coherencia. Después, de analizar críticamente el racionalismo planificador al estilo soviético y la síntesis liberal norteamericana, el sociólogo francés, pasa a la búsqueda del nuevo método intelectual y con respecto a esta renovación dice lo siguiente: Para superar la oposición incrementalismo - globalismo es preciso rechazar el dilema y buscar la renovación más allá de los principios y los planes globales de acción –cuyo impacto es siempre mucho más débil de lo que parece- en el análisis de las regulaciones reales de los múltiples sistemas sobre los que se debe actuar y donde la acción no puede tener lugar sino en forma incremental.

El método intelectual a cuya búsqueda estamos nos permitiría descubrir los puntos clave de estos sistemas, para concentrar allí los recursos libres de la sociedad o de sus diversos segmentos autónomos capaces de acción. Esos recursos, siempre demasiado débiles, no deben ser empleados sino en los puntos de aplicación donde sean más eficaces. No se trata de reemplazar por un fragmento de poder público el sistema ya en funcionamiento, ni de poner a su lado otro sistema nuevo, sino de contribuir, mediante la acción proyectada, a modificar sus reglas de juego de manera que el nuevo juego produzca resultados diferentes. Es también el método que nos permitiría lanzar y animar procesos de aprendizaje, de nivel institucional o –más generalmente- colectivo análogos a los que se pueden poner en marcha en el nivel individual. Para superar la oposición incrementalismo – globalismo es preciso, según Crozier, rechazar el dilema y buscar la renovación en el análisis de las regulaciones reales de los múltiples sistemas sobre los que se debe actuar y donde la acción no puede tener lugar sino en forma incremental. A su vez, el método intelectual buscado permitiría, en la opinión de Crozier, descubrir los puntos clave de estos sistemas, para concentrar allí los recursos libres de la sociedad o de sus diversos segmentos autónomos capaces de acción. Se trata de contribuir mediante la acción proyectada a modificar las reglas de juego del sistema en funcionamiento de manera que el nuevo juego produzca resultados diferentes.

Además, el propio método permitiría, según Crozier, lanzar y animar procesos de aprendizaje colectivo similares a los que se pueden poner en marcha a nivel individual. En suma, lo que el método lograría sería fundamentalmente poder determinar los puntos más sensibles del sistema que se quiere hacer evolucionar y tratar de realizar mediante procesos de aprendizaje colectivo la modificación de sus reglas de juego de forma que el nuevo juego elabore resultados distintos. Crozier sigue diciendo: Entre las macrodecisiones arrogantes y las microdecisiones ciegas, solo hallarán el camino de una responsabilidad más limitada, pero más directa, si abandonan su estrecho racionalismo. Claro está que ese método no permitiría escapar a la lógica de los grandes sistemas ni a la interrogación sobre los fines últimos y los principios e ideologías que los sustentan. Pero al menos tendría la ventaja de ofrecer una perspectiva más neutral, menos dependiente, tanto de los objetivos generales como de las restricciones prácticas que impone la lógica de los grandes sistemas. No supone convergencia a priori ni compromete irremediablemente en un camino determinado, y esto puede convertirse en fermento de desarrollo general, al margen de las ideologías y al margen de la ideología de la convergencia.

Al final, el método propuesto por Crozier radica en un camino del medio entre las macrodecisiones arrogantes y las microdecisiones ciegas, entendiéndolo como un camino de una responsabilidad más limitada, pero más directa, con la condición que se abandone todo tipo de racionalismo estrecho y excluyente. A su vez, por un lado, ese método no permitiría escapar a la lógica de los grandes sistemas ni a la interrogación sobre los fines últimos y los principios e ideología que lo sustentan. Por el otro lado, al menos tendría la ventaja de ofrecer una perspectiva más neutral, menos subordinada, tanto de los objetivos generales como de las restricciones prácticas que impone la lógica de los grandes sistemas.

 El que no suponga convergencia a priori ni comprometa irremediablemente en un camino determinado, para Crozier, esto puede convertirse en fermento de desarrollo general, al margen de las ideologías en general y particularmente al margen de la ideología de la convergencia. En suma, en un contexto mundial, como el de a fines de la década de los sesenta en el siglo XX pautado por la presencia de una coexistencia activa entre las dos superpotencias de la época, es decir, la no convergencia entre los dos sistemas el soviético y el norteamericano y ante los porrazos experimentados por la planificación soviética y el derrumbe de la síntesis liberal (dos métodos intelectuales que sirven de base para concebir y organizar la acción colectiva), Crozier entiende que, el nuevo método intelectual que oficie de base para concebir y organizar la acción colectiva tiene que estar en una "tercera vía" entre las macrodecisiones arrogantes y las microdecisiones ciegas que no supone una convergencia a priori (a nivel de sistemas) ni tampoco compromete irremediablemente en un camino determinado. Es así que, para Crozier, el panorama de mundo moderno, en este caso el de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado, además de estar pautado por rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones y grupos, también ese mismo mundo moderno experimenta una evolución a nivel de las relaciones humanas. El propio Crozier, dice lo siguiente:

En general, tenemos t