Monografias | Memoria finalMemoria finalResumen: Controversia sobre el Concepto de Racionalidad Organizacional en la Racionalidad Burocrática y en la Racionalidad Relativa de Michel Crozier. En la controversia sobre el concepto de racionalidad organizacional ( centrado en los conceptos de organización y poder ) en la racionalidad burocràtica y en la racionalidad relativa de Michel Crozier, hay diferencias entre una y otra racionalidad, en lo que se refiere a la organización, a la forma de considerar el funcionamiento de una organización, en la cuestión de la integración de las conductas de los individuos en la organizaciòn, como tambièn, en la visiòn del poder y finalmente en la cuestión de el poder o los poderes emanados de la organización.(E) Resumen
Introducción
Contextos Históricos
Referencias Teóricas
Análisis Comparativo
Bibliografía Resumen En la controversia sobre el
concepto de racionalidad organizacional ( centrado en los conceptos de
organización y poder ) en la racionalidad burocràtica y en la racionalidad
relativa de Michel Crozier, hay diferencias entre una y otra racionalidad, en lo
que se refiere a la organización, a la forma de considerar el funcionamiento de
una organización, en la cuestión de la integración de las conductas de los
individuos en la organizaciòn, como tambièn, en la visiòn del poder y
finalmente en la cuestión de el poder o los poderes emanados de la organización. Esta memoria tiene por objeto las formas con que se entienden
los conceptos de organización y de poder según la racionalidad burocrática y
la racionalidad relativa de Michel Crozier. El objetivo que me planteo en ella
es evidenciar similitudes y diferencias entre ambas concepcionesl El orden a cumplir el mencionado objetivo, el trabajo
comprende tres capítulos. El primero analiza las características de la
modernidad y, en su seno, de la racionalidad en Europa occidental, desde la
llamada etapa renacentista hasta el siglo XIX. Sobre este telón de fondo, se
presenta la visión weberiana del proceso de modernización del mundo occidental
y el contexto histórico en el cual surgió y se desarrolló lo que Crozier
llama "análisis organizacional". En el segundo capítulo, se exponen las referencias teóricas
de la racionalidad burocrática y de la racionalidad relativa de Crozier en lo
que hace a los conceptos de organización y poder. El tercer capítulo recoge un análisis comparativo entre una
y otra racionalidad con relación a las visiones que sustentan cada una acerca
de la organización y el poder. Por último, se exponen las conclusiones de todo
el trabajo, que ha consistido en una lectura crítica y comparativa de la
producción pertinente de Max Weber y de Michel Crozier, asistida por la
consideración de algunas entre sus mejores comentaristas. De estas fuentes se
da cuenta en la Bibliografía. Contextos Históricos El lapso entre 1715 y la Revolución Francesa en
el siglo XVIII ha recibido varios nombres, que intentan resumir el espíritu de
la época: Siglo de las Luces, Edad de la Razón. En esta etapa histórica se
produjo un amplio y radical proceso de renovación intelectual y transformación
de las mentalidades que, partiendo de Europa occidental, determinó el
desarrollo de la historia posterior de los demás continentes incluido entre
ellos América Latina. En los orígenes del movimiento de la Ilustración hay
que situar una actitud de duda ante las certezas tradicionales y el valor
primordial atribuido a la razón, considerada como único criterio de juicio:
una razón que pretende someter toda la realidad a su propia matriz, sin
limitaciones ni prejuicios. De este ilimitado despliegue de la razón crítica
brotó la gran floración de la cultura ilustrada, producto y consecuencia de un
largo proceso de transformación de la conciencia europea, que alcanzó los más
diversos campos del saber y fue acompañada —y condicionada, a su vez— por
una transformación no menos radical de las estructuras sociales y económicas. Si la actitud más característica de la
Ilustración fue la crítica de las tradiciones y de la autoridad en nombre de
la pura razón humana y de su capacidad para explicar toda la realidad, sin
necesidad de recurrir a mitos, leyendas ni supersticiones, ello fue sin duda
resultado de una larga preparación: sus orígenes se remontan al pensamiento
filosófico, científico del siglo XVII, si no ya a la llamada etapa
renacentista. Con respecto a esta importante etapa de la historia europea
Ernesto Sábato dice: En suma, si por Renacimiento consideramos no el
mero, estrecho y falso concepto de los humanistas sino el comienzo de los
tiempos modernos, hay que tomarlo como el despertar del hombre profano pero en
un mundo profundamente transformado por lo gótico y lo cristiano. Como una
civilización que simultáneamente produce palacios en estilo antiguo y
catedrales góticas, pequeños burgueses anticlericales como Valla y espíritus
religiosos como Miguel Ángel, literatura realista y satírica como Boccaccio y
un vasto drama cristiano como La Divina Comedia. En el Renacimiento se inician los tiempos
modernos. Es el abrir de ojos del hombre irrespetuoso de lo sagrado pero en un
mundo donde lo gótico y lo cristiano dejaron una honda huella en la historia
europea. El mismo como parte importante de la historia europea, y
particularmente italiana, estuvo pautado por una diversidad de propuestas
arquitectónicas (palacios en estilo antiguo y catedrales góticas) y literarias
(la literatura realista y satírica como Boccaccio y un profundo drama cristiano
como La Divina Comedia). En otras palabras, el Renacimiento fue un complejo jardín
en el cual convivieron contradictoriamente flores profanas con aquellas de
origen cristiano. A su vez, en la Europa del siglo XVII se manifestaron
adelantos científicos (el francés Descartes, el italiano Galileo, el holandés
Huygens y el inglés Newton) e importantes creaciones artísticas en sus
diferentes ramas. En la Europa del siglo XVII el filósofo
Descartes es el que plantea que en el conocimiento no son las sensaciones, sino
la razón la que desempeña el papel principal. Por consiguiente es partidario
del racionalismo, doctrina que sostiene la primacía de la razón en el proceso
cognoscitivo, la independencia de la razón respecto de las percepciones
sensoriales. El filósofo francés reserva un lugar excepcional a la deducción.
Para él son los axiomas las proposiciones de arranque de toda la ciencia. En la
cadena lógica de la deducción que sigue a los axiomas, cada eslabón es también
cierto. Mas para tener una representación clara y distinta de toda la cadena de
eslabones de la deducción, se precisa una fuerza de memoria indefectible. Por
ello, los principios evidentes o intuiciones tienen preferencia sobre los
razonamientos de la deducción. Pertrechada con los medios ciertos de pensar -la
intuición y la deducción-, la razón no puede lograr un conocimiento verdadero
en todas las esferas sino en el caso que se guíe por un método cierto. Sobre estas premisas del racionalismo erige
Descartes su doctrina metodológica, que expone en Discursos del Método, obra
publicada en 1637. Con su método centrado en el empleo de la duda metódica,
Descartes había inaugurado una manera diferente de situarse ante la realidad,
una concepción de la filosofía y de la ciencia como no dependientes de ningún
presupuesto teológico, sino perfectamente autónomas, guiadas solamente por el
espíritu crítico: es decir, había separado la religión de la filosofía.Esta
separación no tardó en resolverse en un ataque, más o menos violento, de la
filosofía contra la religión; o más precisamente, del espíritu crítico
contra las verdades dogmáticas y tradicionales. La herencia de Descartes, y
sobre todo sus reglas y su método del buen filosofar, influyeron en diversa
medida en personalidades de lo más variado, desde Spinoza a Locke y Bayle. Razón
crítica y ciencia experimental: éstos fueron los dos instrumentos principales
con que la cultura, en el siglo XVII y después en el XVIII, había comenzado a
hacer palanca para derribar no sólo las verdades y concepciones tradicionales,
difundidas por hábito y educación, sino el modo mismo de concebir el
conocimiento y la indagación de la realidad, en un esfuerzo constante por
sustituir con explicaciones racionales las creencias basadas en lo sobrenatural,
lo misterioso o lo fantástico. En el siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces,
se manifiesta la onda expansiva generada por la Revolución Inglesa
fundamentalmente la de 1688 y su Declaración de Derechos; la Ilustración
francesa; los comienzos de la Revolución Industrial; el pensamiento económico
liberal y la Ilustración alemana. En primer lugar, la onda expansiva generada
por la Revolución Inglesa fundamentalmente la de 1688 y su Declaración de
Derechos (que daban el triunfo al principio de la soberanía del pueblo
proclamada en 1649), su sistema político y el ordenamiento constitucional
salido de la misma, fue fuente de inspiración para el resto de Europa
particularmente para Francia; además de la filosofía política de John Locke y
la física y la mecánica de Newton. En segundo lugar, la Ilustración francesa. El
fin de los ilustrados franceses era criticar la ideología feudal, las
supersticiones religiosas y combatir por la tolerancia en materia de creencias,
por la libertad de pensamiento científico y filosófico, por la razón y contra
la fe, por la ciencia y contra la mística, por la libertad de investigación y
contra su estrangulamiento en nombre de las autoridades particularmente
religiosas, por la crítica y contra la apología. Los ilustrados franceses
establecen la obligación de elegir entre la libertad desacralizadora y la total
sumisión a los dogmatismos de la Iglesia Católica; entre el conocimiento científico
y la fe religiosa. El racionalismo experimental, el empirismo, la confianza en
la ciencia determinaron nuevas actitudes respecto a la religión, la sociedad y
la política. En general, la renuncia y la crítica de las
verdades metafísicas o absolutas eran expresión de una tendencia al
relativismo y a la admisión de que la verdad cambia con el paso del tiempo y la
diversidad de lugares, si bien en muchos casos los ilustrados franceses acabaron
sustituyendo los antiguos dogmas religiosos con una nueva dogmática, basada
precisamente en la razón, entendida como universalmente válida, o en la
naturaleza, considerada inmutable y regida por leyes fijas. El progreso científico
resultaba, para los ilustrados franceses, en cualquier caso, progreso de la
verdad y de la felicidad. Se estaba así afianzando la convicción de que la
ciencia estaba destinada a ocupar el puesto de la religión y de la filosofía
para enseñar a los hombres la virtud y convertir la tierra en un paraíso. Los
ilustrados franceses promocionaron una nueva interpretación de la historia,
basada en una doble exigencia que era la aplicación de los supremos criterios
de la razón al pasado y la cuidadosa investigación de las fuentes, es decir,
del documento histórico. En realidad estas dos exigencias no eran fáciles
de conciliar, ya que la primera podía conducir a emitir sobre el pasado unos
juicios de condena inapelable, mientras que la segunda requería una paciente
obra de estudio de las fuentes, respetuosa del pasado y de sus tradiciones. Sin
embargo, había un elemento que sustentaba y en cierto modo conjugaba ambas
exigencias que era fundamentalmente la concepción de progreso, como gradual
conquista de modos de vida más razonables, como paulatino triunfo de las
verdades sobre las tinieblas de la superstición y de la ignorancia. Este
fundamental optimismo, que veía en la historia una línea ascendente, permitía
invertir la vieja idea de una primitiva edad de oro o de un paraíso perdido, es
decir, de la superioridad de los antiguos sobre los modernos, para afirmar otra
concepción del desarrollo humano como paso, fatigoso y dramático, a unas
formas de civilización cada vez más perfeccionados. De ello deriva una
profunda convicción sobre la superioridad de los modernos respecto a los
antiguos y, por consiguiente, el derecho de los modernos a juzgar el pasado. El interés hacia la problemática política fue
algo primordial en toda la cultura ilustrada francesa, al menos en el sentido de
que el principal impulso del pensamiento ilustrado fue el deseo de una
organización mejor de la sociedad, más acorde con los nuevos ideales de
justicia, libertad y humanidad y con el desarrollo de las ciencias y las técnicas.
Es así que, en el campo político, la Ilustración francesa se expresó en
formas originales mediante análisis empíricos sobre la vida social, la
legislación, los sistemas fiscales y los ordenamientos civiles, sin perder de
vista, naturalmente, la gran meta, que era esencialmente la construcción de una
sociedad presidida por la razón. De ello derivaba para todos los Ilustrados
franceses un particular interés hacia la legislación, es decir, hacia una
concepción de la ley como momento supremo de igualdad entre los ciudadanos y máximo
instrumento para la eliminación de las arbitrariedades y los privilegios.
Aquella inspiración común racionalizante dejaba amplios márgenes, sin
embargo, para una multiplicidad de posiciones sobre cada uno de los temas específicos.
En especial, ante el problema del poder y del
gobierno, el pensamiento político ilustrado francés ofreció tres soluciones
diferentes: la primera, liberal-aristocrática; la segunda, despotismo ilustrado
y la tercera, democrática. Sus respectivos representantes fueron Montesquieu,
Voltaire y Rousseau. En tercer lugar, los comienzos de la Revolución
Industrial. Una serie de circunstancias favorables originó en la Gran Bretaña
del siglo XVIII el fenómeno de la primera "revolución industrial",
que en los siglos siguientes caracterizaría toda la época contemporánea. Los
factores que determinaron dicha revolución fueron, principalmente, el
crecimiento de la población, la abundancia de mano de obra, la amplia
disponibilidad de capitales y, en fin, toda una serie de perfeccionamientos técnicos,
que inauguraron la era de las máquinas, capaces de explotar fuentes naturales
de energía, en sustitución o como complemento de la energía humana o animal.
Tampoco debe olvidarse la difusión de una cultura y una mentalidad empírica y
pragmáticas, especialmente favorables al perfeccionamiento de los instrumentos
y de los sistemas de producción. La revolución industrial generó importantes
consecuencias en el plano social y económico. Los nuevos métodos suponían la neta separación
entre la propiedad de los medios de producción y la fuerza de trabajo. Ello
comenzó a determinar la crisis de las clases artesanales y la formación de un
proletario incipiente a merced de los empresarios, por lo general mal pagado y
obligado a horarios extenuantes. El uso de las máquinas introdujo la explotación
de la mano de obra femenina e infantil, eliminando la necesidad de la
especialización. En cuarto lugar, el pensamiento liberal, la total mutación de
perspectivas económicas corresponde a las profundas transformaciones agrícolas
y a los comienzos de la revolución industrial en Gran Bretaña, fue acompañada
durante el siglo XVIII por un notable auge del pensamiento económico, que se
orientó hacia la superación del mercantilismo, doctrina dominante durante todo
el siglo anterior. Tanto la escuela fisiocrática, de origen francés como la
llamada escuela económica clásica surgida en Gran Bretaña, se caracterizaron
por una decidida reacción contra las teorías favorables al control estatal,
contra la identificación de la riqueza de los estados con los metales preciosos
acumulados y contra el proteccionismo y las trabas aduaneras. En la base de las nuevas doctrinas,
preferentemente liberales, se hallaba la convicción -común al pensamiento
ilustrado- de que era preciso defender el orden natural sin intervenciones
artificiosas y arbitrarias; ni siquiera en economía, y la suposición optimista
de que la utilidad del individuo debía redundar necesariamente en favor de la
colectividad, aumentando el bienestar y las riquezas generales. En quinto lugar,
la Ilustración alemana. La misma, también combate por la razón y por una
filosofía apoyada en la razón; intenta también resolver el conflicto entre fe
y razón en favor de esta última y defiende el derecho a la crítica científica
de cuestiones juzgadas hasta entonces de exclusiva competencia de la religión.
Pero, la ilustración alemana, más que arrancar a la religión derechos en
favor de la razón busca la avenencia entre el saber y la fe, entre la ciencia y
la religión. Es en este sentido, que su objetivo fundamental
es una pedagogía de la razón crítica dentro de las categorías éticas. La
escuela más influyente de la filosofía alemana del siglo XVIII es la de
Christian Wolf, seguidor y divulgador de la filosofía idealista de Leibniz. Es
así que, desde las consecuencias de la Revolución Inglesa pasando por los filósofos
de la Ilustración en Francia como en Alemania hasta los comienzos de la
Revolución Industrial y el pensamiento económico de cuño liberal; son cada
uno ellos partes que componen el abanico histórico del que fue llamado Siglo de
las Luces en el cual se elaboró un proyecto de modernidad emancipador de la
sociedad. Con relación a esto último, Jürgen Habermas dice lo siguiente: El proyecto de modernidad formulado por los filósofos
del iluminismo en el siglo XVIII se basaba en el desarrollo de una ciencia
objetiva, una moral universal, una ley y un arte autónomos y regulados por lógicas
propias. Al mismo tiempo, este proyecto intentaba liberar el potencial cognitivo
de cada una de estas esferas de toda forma esotérica. Deseaban emplear esta
acumulación de cultura especializada en el enriquecimiento de la vida diaria,
es decir en la organización racional de la cotidianeidad social. Para el sociólogo
alemán, el proyecto de modernidad formulado por los filósofos del iluminismo
del siglo XVIII se centraba en el desarrollo de una ciencia objetiva, una moral
universal, una ley y la expansión de un arte autónomos como autorregulados;
además este proyecto procuraba a la vez liberar el potencial cognitivo de cada
una de estas esferas de toda forma esotérica y pretendían emplear esta
acumulación de cultura especializada para hacer de la vida diaria una
experiencia multicolor, es decir en la organización racional del diario vivir
social. Habermas sigue diciendo:Los filósofos del
iluminismo, como Condorcet por ejemplo, todavía tenían la extravagante
esperanza de que las artes y las ciencias iban a promover no sólo el control de
las fuerzas naturales sino también la comprensión del mundo y del individuo,
el progreso moral, la justicia de las instituciones y la felicidad de los
hombres. Los filósofos iluministas en su proyecto de modernidad,
particularmente Condorcet, le adjudicaron a las artes y a las ciencias un
status-rol de "grandes" impulsores tanto del control de las fuerzas
naturales como de la comprensión del mundo y del individuo, el progreso moral,
la justicia de las instituciones y la felicidad de los hombres. En otras
palabras, las artes y las ciencias en el proyecto de modernidad de los
iluministas tienen el papel de ser los animadores centrales, fundamentalmente en
lo que hace al entendimiento de todo aquello que sea mejoramiento moral,
justicia institucional y alegría de vivir del hombre. A su vez, en 1789 se
produce la Revolución Francesa paridora de la llamada Declaración de Derechos
del Hombre y del Ciudadano. En relación con esto, Touraine dice:Del dualismo
cartesiano a la idea de derecho natural, y posteriormente a la obra de Kant, los
siglos XVII y XVIII, a pesar de la fuerza creciente del naturalismo y del
empirismo que anuncian el cientificismo y el positivismo del siglo XIX, están
fuertemente marcados en el plano intelectual por la secularización del
pensamiento cristiano, por la transformación del sujeto divino en un sujeto
humano, que está cada vez menos absorto en la contemplación de un ser cada vez
más oculto, y se convierte en un actor, en un trabajador y en una conciencia
moral. Este período culmina en un gran texto: la Declaración de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano, votada por la Asamblea Nacional el 26 de agosto de
1789. Su influencia sobrepasó la influencia de las declaraciones
norteamericanas y su sentido es muy diferente del sentido del Bill of Rights
inglés de 1689. Si el texto de la declaración es grande, esto no se debe
solamente a que proclama principios que están en contradicción con los de la
monarquía absoluta que en este sentido son revolucionarios, sino también a que
marca el fin de los debates de dos siglos y otorga una expresión universal a
esa idea de los derechos del hombre que contradice la idea revolucionaria. La declaración francesa de los derechos se sitúa
en el punto de transición entre un período que estuvo dominado por el
pensamiento inglés y el período de las revoluciones sometido al modelo político
francés y el pensamiento alemán. Esa declaración es el último texto que
proclama en el escenario público la doble naturaleza de la modernidad,
construida a la vez de racionalización y de subjetivación, antes de que
triunfen, durante un largo siglo, el historicismo y su monismo. Con la Declaración
de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, para el sociólogo francés, se
cierra un capítulo importante de la historia europea como lo fue el de los
siglos XVII y XVIII y el texto de la importante Declaración pone de manifiesto
de manera pública las dos caras de la modernidad, edificada a la vez de
racionalización y de subjetivación. Alain Touraine nos sigue diciendo: Las
revoluciones que eliminan la monarquía absoluta de Inglaterra de las antiguas
colonias inglesas convertidas en los Estados Unidos de América y la monarquía
absoluta de Francia se han definido, pues, atendiendo a la influencia del
pensamiento de la Ilustración y del dualismo cristiano y cartesiano. El
individualismo burgués, que habrá de sobrevivir a este período, combinó la
conciencia del sujeto personal con el triunfo de la razón instrumental, el
pensamiento moral con el empirismo científico y la creación de la ciencia económica,
como ocurre con Adam Smith. La revolución francesa como revolución antimonárquica
estuvo bajo el influjo del pensamiento de la Ilustración y del dualismo
cristiano y cartesiano. A su vez, el individualismo burgués (que se manifiesta
en la anteriormente señalada Declaración de 1789), hermanó la defensa de los
derechos del hombre con el triunfo de la razón instrumental. Finalmente, Alain
Touraine nos dice lo siguiente: Esto no ocurre todavía en el siglo XVIII, tanto
predomina en él la lucha contra las tradiciones y los privilegios del Antiguo Régimen,
antes de que las convulsiones producidas por la Revolución Francesa, el Imperio
Napoleónico y la Revolución Industrial procedente de Gran Bretaña susciten la
crisis romántica que pondrá fin a la firmada identidad de la experiencia
interior y de la razón instrumental. Por eso la Declaración de los Derechos
del Hombre es burguesa y al mismo tiempo defensora del derecho natural; su
individualismo es afirmación del capitalismo y al mismo tiempo resistencia de
la conciencia moral al poder del príncipe. Creación suprema de la moderna
filosofía política, la Declaración de los derechos contiene ya en sí las
contradicciones que van a desgarrar la sociedad industrial. En 1789 la lucha en
Francia se centraba en abatir al Antiguo Régimen (la Monarquía absoluta) y
todos sus privilegios feudales; esto hace que la Declaración de los Derechos
del Hombre tenga la condición de ser burguesa y a la vez defensora del derecho
natural (derecho innato); su individualismo es afirmación del capitalismo y a
la vez resistencia de la conciencia moral al poder del príncipe. A su vez, la Declaración de 1789 alberga en su
vientre las contradicciones que se manifestarán abiertamente en la sociedad
industrial. El siglo XIX, en Europa es la época de la llamada Restauración, de
las oleadas revolucionarias basadas en el liberalismo político como en el
nacionalismo, de la revolución industrial y de la cuestión obrera. La época
que, contraponiéndose a la de la revolución suele llamarse de la restauración,
responde a dos orientaciones antagónicas: una, mirando hacia el pasado, se nutría
de la utopía de un regreso puro y simple al mundo existente antes de 1789; la
otra era consciente de las profundas e irreversibles transformaciones acaecidas
en el cuarto de siglo. La reposición de las dinastías "legítimas"
no impidió que surgiese y se afirmase en los pueblos la idea de nación, como
consecuencia a la vez que reacción ante el expansionismo francés. Desde una primera confusa conciencia nacional
alimentada por el culto romántico a la tradición popular, la idea se transformó
progresivamente en una verdadera doctrina, pronto conectada con una corriente de
pensamiento, el liberalismo. Estas dos directrices conviven no sólo en Francia,
sino en toda Europa. La restauración no partía de un panorama uniforme por lo
que hace a la estructura social y económica. La base social y productiva de
Europa era todavía la tierra; pero el sistema económico revelaba los síntomas
de un desequilibrio, debido a la rapidez de las transformaciones producidas por
la revolución industrial, que había empezado a extenderse desde Gran Bretaña
a Francia y a los Estados continentales, implicando un clima político y
cultural contrario al Antiguo Régimen, e inspirado en un nuevo espíritu
comercial y en la exaltación de las profesiones liberales. La reglamentación
corporativa de las actividades productivas era incompatible con la lógica de la
revolución industrial, que obedecía a las leyes del mercado y de la libre
competencia. Las nuevas formas de organización económica
originaron un creciente proletariado urbano con necesidades y aspiraciones también
nuevas. La dinámica del sistema productivo, con sus frecuentes fluctuaciones en
los precios y en la productividad, tuvo consecuencias negativas para las clases
más bajas, menos protegidas, y contribuyó a hacer madurar un clima propicio a
las explosiones revolucionarias. Es así que, en los últimos treinta años del
siglo XIX en Europa, el desarrollo de la producción industrial, que había
comenzado en el período de las guerras liberales y nacionales, alcanzó niveles
nunca conocidos hasta entonces. En el origen de dicho desarrollo hay que buscar
la cooperación de la industria, la tecnología y la ciencia, lo que permitió
aplicar numerosos descubrimientos en el campo de la metalurgia, conduciendo al
nacimiento de la industria química. En otras palabras, la Europa del siglo XIX
experimenta un rápido proceso de modernización económica, que a su vez genera
una importante consecuencia en el terreno intelectual. Con relación a esto último,
A. Touraine dice:La Modernización Económica acelerada tuvo como principal
consecuencia transformar los principios del pensamiento racional en objetivos
sociales y políticos generales. Si los dirigentes políticos y los pensadores
sociales de los siglos XVII y XVIII reflexionaban sobre el orden, la paz y la
libertad en la sociedad, ahora, durante un largo siglo XlX, que se prolongó a
buena parte del siglo XX, los pensadores transforman una ley natural en voluntad
colectiva. El concepto de progreso es el que mejor representa esta politización
de la filosofía de la Ilustración. Ya no se trata simplemente de permitir que
avance la razón apartando lo que pueda ser un obstáculo a su marcha; hay que
querer y amar la modernidad, hay que organizar una sociedad creadora de
modernidad, una sociedad automotora. El acelerado proceso de modernización económica
que experimentó Europa en el siglo XIX tuvo como principal derivación la
modificación de los principios del pensamiento racional en objetivos sociales y
políticos generales. Es así que, a diferencia de los dirigentes políticos y
pensadores sociales de los siglos XVII y XVIII que meditaban sobre el orden, la
paz y la libertad en la sociedad, los pensadores en el siglo XIX modifican una
ley natural en decisión colectiva. Es en este sentido, que el concepto de
progreso es el que mejor encarna esta politización de la filosofía de la
Ilustración. Es entonces, que ya no es para nada suficiente
con dejar que se desarrolle la razón limitándose a cortar y a sacar toda
aquella "maleza" que frene su gran marcha triunfal; ahora
esencialmente además de idolatrar a la modernidad hay que tener la inmensa
voluntad política de estructurar una sociedad hacedora de modernidad. Es decir,
una sociedad que se mueva a sí misma constantemente que mire hacia el futuro
siempre luminoso. Alain Touraine sigue diciendo: Condorcet contaba con los
progresos del espíritu humano para asegurar la felicidad de todos; en el siglo
XIX, la movilización social y política y la voluntad de felicidad son las que
obran como motores del progreso industrial. Hay que trabajar, hay que
organizarse e invertir para crear una sociedad técnica generadora de abundancia
y de libertad. La modernidad era antes una idea, ahora se convierte por añadidura
en una voluntad, sin que se rompa el lazo entre la acción de los hombres y las
leyes de la naturaleza y de la historia, todo lo cual asegura una continuidad
fundamental entre el Siglo de las Luces y la era del progreso. En el siglo XIX,
la movilización social y política y la voluntad de felicidad tienen el status
– rol de ser los motores del progreso industrial. Así, trabajo, organización
e inversión son las materias primas para la fabricación de una sociedad técnica
productora de abundancia y de libertad. La modernidad en el siglo XVIII era una idea, ya
en el siglo XIX se transforma por completo en una decisión esencialmente política
estando firme el vínculo entre la acción de los hombres y las leyes de la
naturaleza y de la historia, asegurando así una prolongación fundamental entre
el siglo de las Luces y la era del progreso. Es en el siglo XIX, donde sobresale
el llamado pensamiento historicista, este pensamiento asocia la modernización
con el desarrollo del espíritu humano, el triunfo de la razón con el triunfo
de la libertad, con la creación de la nación o con la victoria final de la
justicia social. Con respecto a este pensamiento A. Touraine dice: El
pensamiento historicista en todas sus formas está dominado por el concepto de
totalidad, que remplaza el de institución, tan importante en el período
anterior. Por eso, la idea de progreso ha querido imponer la identidad de
crecimiento económico y de desarrollo nacional. El progreso es la formación de
una nación entendida como forma concreta de la modernidad económica y social,
como lo indica el concepto, sobre todo alemán, de economía nacional, pero
también la idea francesa de nación, vinculada en el pensamiento republicano y
laico con el triunfo de la razón sobre la tradición. La ideología escolar de la III República, que sólo
se desvaneció en la segunda mitad del siglo XX, retomó este tema. La
modernidad no está, pues, separada de la modernización, como ocurría en el
caso de la filosofía de la Ilustración, sino que adquiere una importancia
mucho mayor en un siglo en el que el progreso ya no es únicamente el progreso
de las ideas, sino que se convierte en el progreso de las formas de producción
y de trabajo, en las que la industrialización, la urbanización y la extensión
de la administración pública afectan la vida de la mayoría. Es así que, la
idea de progreso es entendida por parte del pensamiento historicista desde el
concepto de totalidad, esto conduce a que crecimiento económico y desarrollo
nacional conformen una identidad. El progreso es equivalente a la constitución
de una nación que a su vez es sinónimo de modernidad económica y social, como
bien lo señala el concepto, muy alemán, de economía nacional. A su vez, del
lado francés, la idea de nación está en el pensamiento republicano y laico y
se encuentra estrechamente asociada con el triunfo de la razón sobre la tradición.
La modernidad pasa a estar unida a la modernización y esto se manifiesta como
importante en el siglo XIX debido a que el progreso en este siglo se transforma
particularmente en el progreso (adelanto) de las formas de producción y de
trabajo. Es un tiempo, en que la industrialización, la
urbanización y la extensión de la administración pública señalan la
presencia modernizadora que como tal altera el diario vivir de las masas. Alain
Touraine sigue diciendo: El historicismo afirma que el funcionamiento interno de
una sociedad se explica por el movimiento que la lleva hacia la modernidad. Todo
problema social es, en última instancia, una lucha entre el pasado y el futuro.
El sentido de la historia es a la vez su dirección y su significación, pues la
historia tiende al triunfo de la modernidad que es complejidad, eficacia,
diferenciación y, por consiguiente, racionalización y también crecimiento de
una conciencia que es ella misma razón y voluntad y que sustituye la sumisión
al orden establecido y a las herencias recibidas. Para el historicismo, el
funcionamiento interno de una sociedad se explica esencialmente por el
movimiento que la lleva hacia la modernidad. Para este pensamiento, todo
problema social es en el fondo una cruda lucha entre el pasado y el futuro. Es
decir, entre lo viejo y lo nuevo. A su vez, la historia camina con paso
seguro y a tambor batiente hacia el triunfo de la modernidad. Esta última, para
el historicismo equivale a complejidad, eficacia, diferenciación y
consecuentemente racionalización y además crecimiento de una conciencia que
como tal conjuga razón y voluntad y que remplaza el sometimiento al statu quo y
a las herencias recibidas. La transformación de las estructuras económicas,
según los principios liberales, es el hecho dominante de la primera mitad del
siglo XIX fundamentalmente en Inglaterra. Desde 1830 el orden liberal tiene que
enfrentarse a quienes ha reducido a la servidumbre económica. Aparece entonces
un sistema de organización político, social e ideológico sustentado en los
intereses de la clase obrera como clase social, pero que aspira a una visión más
amplia y profunda que la de los propios sindicatos. Así es que comienza a acuñarse el término
socialismo en los medios obreros, como sistema que tiene como principio la
igualdad de los hombres. Para el estudio de este movimiento social es
imprescindible tener presente la realidad inglesa en los años 1830 a 1850. Se
terminaba de transitar de un régimen aristocrático al estatuto democrático, y
es en las grandes unidades industriales donde el problema social aparece en toda
su dimensión. Es lógico que el partido liberal agregase las reformas sociales
a su programa político, pero se va a manifestar impotente ante la movilización
cartista que demanda una solución humana a la cuestión obrera. El problema obrero es el más importante que se
le presenta a Inglaterra, siendo el primer país que modifica, en el siglo
XVIII, su capitalismo comercial en industrial. A esto se le suma, el ser el
primer país en encarar como algo público aquellos problemas que aquejan a la
masa obrera, hija de la sociedad industrial. Las conquistas políticas de la
burguesía la alejan terminantemente del pueblo. El desarrollo del crédito
privado y público beneficia las inversiones, la construcción de ferrocarril y
de centros industriales. Esto hace de la burguesía inglesa una clase dominante
que se levanta contra el conservadurismo de los propietarios tories y contra el
ímpetu de la clase obrera y sus organizaciones primarias. Los movimientos
obreros, por su parte, acusan a la economía liberal de su situación económica,
como resultado de la marcha sin ningún tipo de control con que se desarrollaba
el capitalismo, puesto de manifiesto en el desprecio por el hombre y la
inseguridad que esto generaba. Inglaterra fue la primera que contó con una masa
trabajadora o proletariado numeroso y, a su vez, la primera en tratar de evitar
su unión, reconociendo los grandes abusos de explotación. En la década 1830 – 1840, comienzan las
movilizaciones huelguísticas, las que son duramente reprimidas. Las
organizaciones sindicales fueron aceptadas en un principio, pero recién en 1871
es que se las reconoce con legalidad, dando inicio a una "legislación
laboral" referente al trabajo de niños y mujeres, haciéndose más
moderados los movimientos, pero tendientes a que los logros no fueran
simplemente reivindicativos. Se puede afirmar que desde el punto de vista ideológico,
este fue un período muy rico en cuanto a elaboración y generación de hechos. Podemos hacer la siguiente división en dos líneas
de pensamiento: por un lado, el liberalismo particularmente el inglés (más
centrada su reflexión en los problemas de orden económico), que planteaba que
las leyes naturales que pautan la marcha de la modernidad capitalista no podían
ser cambiadas; mientras que por otro se encuentra el llamado socialismo que
cuestiona y condena la modernidad capitalista. La primera línea de pensamiento,
el liberalismo inglés de la primera mitad del siglo XIX, entiende que hay que
eliminar desde el poder político las interferencias del Estado (limitándolo al
status – rol de juez y gendarme) y de los sindicatos en el funcionamiento del
mercado además de aplicar políticas de índole laboral y económica que
fortalezcan su funcionamiento, para que éste, en virtud de sus propios
mecanismos autocorrectivos,
conduzca a los individuos a una sociedad donde impere de manera amplia y
profunda la libertad individual y la eficiencia en lo que hace a la asignación
de bienes y recursos. Es decir, hacia un progreso indivisible e irreversible,
progreso técnico, progreso del bienestar, progreso intelectual y progreso moral
yendo a la par. La segunda línea de pensamiento: el socialismo, término éste
que aparece recién a mediados del siglo XIX, con diferentes tendencias y
repercusiones: socialismo utópico, anarquismo y socialismo científico. Pero, a
su vez, todas estas tendencias que conforman el arcoiris socialista tienen
varios puntos en común. En relación con este tema, Rudolf Rocker dice: A
los socialistas de todas las tendencias les es común la convicción de que la
presente organización social es una causa permanente de malestar y que a la
larga no podrá persistir. Común es también a todas las tendencias socialistas
la afirmación de que un mejor orden de cosas no puede ser producido por
modificaciones de naturaleza política, sino sólo por una transformación
radical de las condiciones económicas existentes, de manera que la tierra y
todos los medios de la producción social no queden como propiedad privada en
manos de minorías privilegiadas, sino que pasen a la posesión y a la
administración de la comunidad. Sólo así será posible que el objetivo y la
finalidad de toda actividad productiva sea, no la esperanza de la ganancia
personal, sino la aspiración solidaria a dar satisfacción a las necesidades de
todos los miembros de la sociedad. Para Rocker, lo que le es común a las
diferentes tendencias socialistas es, el identificar como la causa de los males
que experimenta el pueblo trabajador al orden capitalista y también la idea de
que a largo plazo ese orden se derrumba. A esto se le agrega, la idea de que la
instauración de un orden social y económico más justo sólo puede ser
producido por transformaciones de carácter radical (estructurales) de las
condiciones económicas existentes. Es decir, el pasaje de la tierra y todos los
medios de producción de manos privadas (burguesas) a manos de la comunidad de
trabajadores quienes serán los que administren. Con el objetivo y la finalidad,
según Rocker, de que toda la actividad productiva tenga como deseo solidario el
poder satisfacer las necesidades de todos los integrantes de la sociedad. En
otras palabras, los elementos en común de las diversas corrientes socialistas
son, tanto la condena al orden capitalista por someter a los proletarios a la
explotación y a la miseria, como el derrumbe del mismo y el proponer un orden
nuevo, fundamentalmente en lo económico, vía cambios estructurales en cuyo
orden los proletarios (la mayoría) serán los más privilegiados en lo que se
refiere a la distribución de la riqueza producida y controlada por ellos. No se
comprendería la segunda mitad del siglo XlX en el viejo continente si no se
mencionara el nacimiento de la llamada Asociación Internacional de Trabajadores
(A.I.T.); a su vez, no se entendería el nacimiento de la mencionada asociación
si la separamos de la realidad en la cual se gestó y que nos permite mostrar
las voluntades profundas de las que ella se hizo eco. La ola de estallidos
revolucionarios que sacude a Europa en 1848 se inicia en Paris, donde burgueses
y proletarios terminan enfrentándose como fuerzas antagónicas. Se expande por
los dominios de los Habsburgo en medio de revueltas separatistas y desórdenes
populares. Se extiende a Alemania y a Italia contribuyendo a acelerar los
movimientos nacionales de unificación e independencia. El proletariado participó
de estas luchas nacionales, que transitoriamente hicieron pasar a segundo plano
la idea internacional. En Italia se organizaron asociaciones de
solidaridad obrera bajo la bandera de Mazzini y en Alemania los obreros
intervinieron activamente en las luchas libradas en torno al problema nacional.
La situación de Francia e Inglaterra era distinta, pues cuando surge el
movimiento obrero ya hacía siglos que la unidad nacional estaba consolidada. La
derrota de las revoluciones en Europa inaugura un lapso de doce años que
presencia el debilitamiento de los movimientos obreros en la mayoría de los países.
Sin embargo mientras decrecía el poder de la aristocracia terrateniente el
poder de la burguesía iba en aumento y dominaba en Inglaterra, en Francia y en
Bélgica. En Francia la derrota de la clase obrera paralizó sus energías. Los obreros volvieron a caer en el sectarismo,
perfilándose dos corrientes. Una de ellas seguía a Blanqui, que aspiraba a
tomar el poder mediante un golpe de mano de una resuelta minoría. La otra,
mucho más poderosa, respondía a la influencia del pensador anarquista
Proudhon, quien, fomentaba la existencia de los llamados Bancos de Intercambio
encaminados a la obtención del crédito gratuito para los trabajadores. Bajo el
segundo Imperio, ninguna organización política de obreros podía existir como
tal abiertamente. Aunque los sindicatos eran ilegales subsistían bajo la
apariencia de sociedades fraternales. Sin embargo, lentamente, las asociaciones
obreras empezaron a crecer, en parte favorecidas por la política de Napoleón
III, que concedió ciertas libertades sindicales. En mayo de 1864 Napoleón III
derogó los artículos del Código Penal que impedían las coaliciones obreras
formadas para conseguir mejoras en las condiciones de trabajo. Amenazado por la
creciente oposición burguesa contra su régimen Bonaparte intentaba con esas
medidas conseguir el apoyo de la clase obrera. En Inglaterra el cartismo había llegado a su
ocaso definitivo. La escuela de Owen se iba convirtiendo en una secta religiosa
de libres pensadores. Junto a ella, surgió el socialismo cristiano de Kingsley
y Maurice, que nada quería saber de luchas políticas. Poco a poco las
trade-unions se fueron encerrando en una actitud de indiferencia política,
limitándose a bregar por reivindicaciones inmediatas. Esta táctica parecía
bastarles en una fase de prosperidad económica como la iniciada a partir de los
años 50 y se relacionaba con la hegemonía inglesa en el mercado mundial. Sin
embargo, las trade-unions aún no estaban oficialmente reconocidas; su
existencia no era demasiado segura, de hecho ni de derecho, y la masa de sus
afiliados carecían del derecho político del sufragio. Por otra parte, el auge
del capitalismo en el continente y, por consiguiente, la aparición de una clase
obrera muy numerosa amenazaba a los trabajadores británicos con una competencia
muy peligrosa. A esto se sumaron las consecuencias de la guerra de secesión
norteamericana, provocando una crisis algodonera que precipitó en la miseria a
los obreros textiles. Estos hechos iban a alertar a las trade-unions. Al
respecto, Federico Engels dice lo siguiente: Cuando la clase obrera europea hubo
recuperado las fuerzas suficientes para emprender un nuevo ataque contra el
poderío de las clases dominantes, surgió la Asociación Internacional de los
Trabajadores. Esta tenía por objeto reunir en un inmenso ejército único a
toda la clase obrera combativa de Europa y América. No podía, pues, partir de
los principios expuestos en el Manifiesto. Debía tener un programa que no
cerrara la puerta a las tradeuniones inglesas, a los proudhonianos franceses,
belgas, italianos y españoles, y a los lassalleanos alemanes. El surgimiento de la Asociación Internacional de
los Trabajadores (en el año 1864) se da en un momento en la cual la clase
obrera está lo suficientemente fuerte como para iniciar una nueva ofensiva
contra el poderío de las clases dominantes. Además de que el objetivo de la
Internacional es reunir en una sola y amplia columna a toda la clase obrera
combativa de Europa y América. Para poder lograr esto, la Internacional tenía
que levantar un programa lo suficientemente amplio para que ingresaran a la
misma todas aquellas diversas corrientes de pensamiento que forman parte del
mundo obrero. Con respecto, al nacimiento de la Internacional Marx dice: ...La
Internacional fue fundada para remplazar las sectas socialistas o
semisocialistas por una organización real de la clase obrera con vistas a la
lucha. Los Estatutos iniciales y el Manifiesto Inaugural lo muestran a simple
vista.La Internacional fue fundada con la clara intención de organizar un
movimiento obrero real de cara a la lucha. La Internacional, una vez creada,
tuvo sus apoyos principales en los sindicatos ingleses, el movimiento obrero
francés y en los grupos de exiliados alemanes residentes en Londres. La
importancia que tuvo la primera Internacional para los proletarios de Europa
occidental y tiempo después para los proletarios de América a pesar de su
corta vida como Asociación de Trabajadores es señalada por Engels de la
siguiente manera: ¡Proletarios de todos los países, uníos! Sólo unas pocas
voces nos respondieron cuando lanzamos estas palabras por el mundo, hace ya
cuarenta y dos años, vísperas de la primera revolución parisiense, en la que
el proletariado actuó planteando sus propias reivindicaciones. Pero, el 28 de
setiembre de 1864, los proletarios de la mayoría de los países de la Europa
occidental se unieron formando la Asociación Internacional de los Trabajadores,
de gloriosa memoria. Bien es cierto que la Internacional vivió tan sólo
nueve años, pero la unión eterna que estableció entre los proletarios de
todos los países vive todavía y subsiste más fuerte que nunca, y no hay mejor
prueba de ello que la jornada de hoy. Pues, hoy, en el momento en que escribo
estas líneas, el proletariado de Europa y América pasa revista a sus fuerzas,
movilizadas por vez primera en un solo ejército, bajo una sola bandera y para
un solo objetivo inmediato: la fijación legal de la jornada normal de ocho
horas, proclamada ya en 1866 por el Congreso de la Internacional celebrado en
Ginebra y de nuevo en 1889 por el Congreso obrero de París. El espectáculo de
hoy demostrará a los capitalistas y a los terratenientes de todos los países
que, en efecto, los proletarios de todos los países están unidos. ¡Oh, si
Marx estuviese a mi lado para verlo con sus propios ojos! La Asociación
Internacional de los Trabajadores, sentó las bases de la organización
internacional de los obreros para la preparación de la conquista de sus
derechos sociales desde el seno de la modernidad capitalista contra la llamada
burguesía que en ese modelo de modernidad resulta ser la gran beneficiaria
principalmente en lo económico. En la segunda mitad del siglo XIX, además de la
aparición en el escenario público europeo de la Internacional, la llamada
Comuna de París (1871) fue uno de los acontecimientos más importantes de ese
siglo; dado que, lo ocurrido en la ciudad luz generó un fuerte impacto en el
orden político vigente del viejo continente y también una gran influencia política
e ideológica, principalmente sobre la propia Internacional. En su Introducción
al estudio de Marx sobre la guerra civil en Francia, Engels explica la génesis
del movimiento popular que dio lugar a la Comuna: Durante la guerra, los obreros
de París habíanse limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha.
Pero ahora, sellada ya la paz después de la capitulación de París Thiers,
nuevo jefe del Gobierno, tenía que darse cuenta de que la dominación de las
clases poseedoras –grandes terratenientes y capitalistas- estaba en constante
peligro mientras los obreros de París tuviesen en sus manos las armas. Lo
primero que hizo fue intentar desarmarlos. El 18 de marzo envió tropas de línea
con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería que era de su
pertenencia, pues había sido construida durante el asedio de París y pagada
por suscripción pública. El intento no prosperó; París se movilizó como un
solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el
Gobierno francés, instalado en Versalles. El 26 de marzo fue elegida, y el 28 proclamada la
Comuna de París. El Comité Central de la Guardia Nacional; que hasta entonces
había tenido el poder en sus manos, dimitió en favor de la Comuna, después de
haber decretado la abolición de la escandalosa "policía de moralidad
"de París. La Comuna de París surgió de un movimiento de las masas
populares; nadie lo había preparado consciente y sistemáticamente. El que la
población parisiense fuera empujada a la revolución y asaltara los cielos del
poder burgués, se debió a las siguientes causas: Primera, la guerra franco
alemana, provocada por la política francesa, que tenía por objeto impedir la
formación de la unidad alemana; Segunda, el desempleo entre los trabajadores;
Tercera, la ruina de la pequeña burguesía; Cuarta, la indignación del pueblo
contra la alta clase y los jefes que se habían mostrado absolutamente
incapaces; Quinta, una gran efervescencia en la clase obrera descontenta de su
situación y tendiente a otro régimen social y Sexta, la conjunción
reaccionaria de la Asamblea Nacional que hacía temer por la suerte de la
Republica. Es así que, todas estas causas empujaron a la
población parisiense a la revolución que hizo pasar el poder a las manos de la
guardia nacional, de la clase obrera y de la pequeña burguesía. Era entonces,
la primera vez que el proletariado moderno se erigía a la condición de dueño
del poder político. Marx y Engels dicen: Dado el desarrollo colosal de la gran
industria en los últimos veinticinco años, y con éste, el de la organización
del partido de la clase obrera; dadas las experiencias prácticas primero, de la
revolución de febrero, y después, en mayor grado aún, de la Comuna de París,
que eleva por primera vez al proletariado, durante dos meses, al poder político...
Antes de la Comuna de París el poder era detentado por los propietarios y los
capitalistas, es decir, por sus hombres de confianza que formaban lo que se
llama el Gobierno. Después de la revolución del 18 de Marzo, cuando el
Gobierno de M. Thiers huyó de París con sus tropas, su policía y sus
funcionarios, el pueblo quedó como único dueño de la situación y el poder
pasó al proletariado (producto de la sociedad industrial y organizado como
partido de clase) junto a sus aliados. Es así que, Marx dice lo siguiente: He
aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un Gobierno de la
clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase
apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de
ella la emancipación económica del trabajo. Sin esta última condición, el régimen
de la Comuna habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política
de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social.
Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos
económicos sobre que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente,
la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en
trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de una clase. La
Comuna, como Gobierno de la clase obrera, producto de la lucha de clases entre
explotados y explotadores, es la gran palanca política que permite conquistar
la modernidad comunista. Es decir, la sociedad sin clases y sin Estado. Finalmente, Lenin dice: Mas, pese a todos sus
errores, la Comuna constituye un magno ejemplo del más importante movimiento
proletario del siglo XIX. Marx concedió un gran valor al alcance histórico de
la Comuna: si cuando la pandilla de Versalles emprendió la traicionera
tentativa de apoderarse de las armas del proletariado parisiense, los obreros se
las hubiesen dejado arrebatar sin lucha, la funesta desmoralización que
semejante debilidad hubiera sembrado en las filas del movimiento proletario habría
sido muchísimo más grave que el daño ocasionado por las pérdidas que sufrió
la clase obrera en el combate por la defensa de sus armas. Por grandes que hayan
sido las pérdidas de la Comuna, la significación de ésta para la lucha
general del proletariado las ha compensado: la Comuna puso en conmoción el
movimiento socialista de Europa, mostró la fuerza de la guerra civil, disipó
las ilusiones patrióticas y acabó con la fe ingenua en los anhelos nacionales
de la burguesía. La Comuna enseñó al proletariado europeo a plantear en forma
concreta las tareas de la revolución socialista. La Comuna de Paris, significó
para el proletariado europeo del siglo XIX una experiencia fracasada pero real
de gobierno obrero y que por ser real en los hechos cuestionó y puso en jaque a
una modernidad como la burguesa que se presentaba a sí misma como algo natural
y eterna en el tiempo, considerando utópico y criminal todo tipo de planteo que
viniese de la clase proletaria con aires de alternativo en lo político y
fundamentalmente a nivel económico a su racionalidad; que, por otra parte, no
tiene otro fin que el lucro. El socialismo, después de la Comuna, pasó a
llamarse socialismo científico alemán, quedando a un costado la corriente
anarquista de Proudhon y el blanquismo. A su vez, para la burguesía francesa la
derrota de la Comuna significo conjurar por diez años el espectro socialista.
Hasta principios del año 80 no se despertó en Francia el socialismo. En 1889
se fundó en Paris la llamada Segunda Internacional. En el transcurso del período comprendido entre
la disolución de la Primera Internacional y la fundación de la Segunda, se
celebraron varios Congresos obreros, socialistas y sindicales, que no tenían,
sin embargo, ninguna base común. En 1889, con motivo de la Exposición
Internacional de París, se reunirán en esta ciudad dos magnos Congresos
socialistas convocados por los posibilistas el uno y por los marxistas el otro,
cuyo resultado fue la fundación de la Segunda Internacional. En este Congreso
se adoptó el principio
de la jornada internacional del 1º de Mayo. La Segunda Internacional, en su
primera etapa (1889 a 1896) se centró en establecer una línea de demarcación
precisa entre el socialismo y el anarquismo. En su segunda etapa (1896 a 1904)
se centra en fijar los principios de la lucha de clases y la actitud de los
partidos socialistas con respecto a los gobiernos burgueses. En suma, la Segunda
Internacional marca la época de la preparación del terreno para una amplia
extensión del movimiento socialista entre las masas proletarias en una serie de
países. A su vez, el socialismo de la Segunda Internacional, conlleva en sí,
la noción de progreso. El sociólogo A. Touraine dice:La idea de progreso ocupa
un lugar medio, central, entre la idea de racionalización y la de desarrollo.
La primera idea otorga la primacía al conocimiento, la segunda a la política;
el concepto de progreso afirma la identidad entre medidas de desarrollo y
triunfo de la razón, anuncia la aplicación de la ciencia a la política y, por
consiguiente, identifica una voluntad política con una necesidad histórica.
Creer en el progreso significa amar el futuro, a la vez ineluctable y radiante.
Esto es lo que expresó la II Internacional, cuyas ideas se difundieron por la
mayor parte de los países de Europa occidental al afirmar que el socialismo
surgiría del capitalismo cuando hubiera agotado su capacidad de crear nuevas
fuerzas productivas y al hacer, al mismo tiempo, un llamamiento a la acción
colectiva de los trabajadores y a la intervención de los elegidos que los
representan. En el socialismo de la Segunda Internacional, la
noción de progreso se encuentra presente en la idea de que el primero aflora
desde las entrañas del capitalismo en el momento en que este hubiera agotado su
capacidad de crear nuevas fuerzas productivas y al hacer, al mismo tiempo, una
invocación a la lucha en común de los trabajadores y a la intervención de los
elegidos que los representan. Touraine sigue diciendo:Según esta visión, los
conflictos sociales son ante todo los conflictos del futuro contra el pasado, sólo
que la victoria del primero quedará asegurada no únicamente por el progreso de
la razón sino también por el éxito económico y el éxito de la acción
colectiva. Esta idea está en la médula de todas las versiones de la creencia
en la modernización. La visión de que el progreso tiene un rostro socialista
lleva a que los conflictos sociales sean presentados, en este caso por la
Segunda Internacional, como antagonismos entre el futuro contra el pasado. A su vez, para que el futuro tenga la victoria en
el bolsillo es absolutamente necesario que con el progreso de la razón se dé
también el triunfo económico y el triunfo de la acción colectiva. Es decir,
el avance del conocimiento, la abundancia económica y el logro de las metas políticas
por parte de las masas obreras organizadas. En suma, para la Segunda
Internacional, el progreso es sinónimo de socialismo y el socialismo sinónimo
de futuro luminoso y para que la victoria de esta luminosidad se encuentre
asegurada es necesario el avance del conocimiento, la abundancia económica y el
logro de las metas políticas por parte de las masas obreras organizadas. El
siglo XIX europeo está pautado también por el fenómeno colonialista e
imperialista. El año 1870 marcó para Europa el inicio de un
largo periodo de paz, destinado a prolongarse hasta las puertas de la Primera
Guerra Mundial. Si de 1854 a 1870 se habían librado dieciséis guerras, en los
últimos treinta años del siglo XIX Europa no registró ningún conflicto
militar digno de mención. La crisis que tuvo lugar en los Balcanes de 1876 a
1878 no se resolvió tanto por las armas como por los esfuerzos de la diplomacia
europea encabezada por Bismarck. El canciller alemán logró, a través de un
sistema de alianzas y de acuerdos mantener un equilibrio precario pero duradero,
impidiendo la formación de Bloques Contrapuestos; pero el éxito de Bismarck al
congelar las tensiones europeas se obtuvo a expensas del resto del mundo, que
precisamente en aquellos años fue escenario de luchas continuas y objeto de
reparto entre las grandes potencias. Era imposible controlar el sentimiento de
ardiente nacionalismo que, derivado del espíritu democrático y liberal de los
años de las revoluciones nacionales, conformaba la mentalidad de la clase
dirigente y de las poblaciones de toda Europa. La fe innata en las concepciones
nacionalistas, si bien podía hacer de catalizador para la potenciación política
y económica de los Estados europeos, no podía permanecer ya en sus angostos
confines o verse sofocada por las maniobras diplomáticas del sistema
bismarckiano. El historiador uruguayo, Vivian Trías, dice lo
siguiente:Entonces las revoluciones burguesas eran económica y políticamente
liberales, nacionalistas y románticas. Esa etapa se agota en el último cuarto
del siglo XIX, con la transformación del capitalismo liberal en monopolista e
imperialista. El nacionalismo se convierte en una ideología de expansión, de
conquista de colonias y de áreas de influencia. Sufre un proceso de perversión
y envilecimiento, asume pautas "chauvinistas", agresoras, y
exasperadas militaristas, racistas, blande un orgullo nacional prepotente que no
afirma tanto la propia nacionalidad como desprecia y trata de avasallar a las
otras. El nacionalismo cambia dialécticamente de signo; de progresista se
trastoca en reaccionario. El nacionalismo, basado esencialmente en la voluntad
de poder y en la ética de la guerra, planteaba inevitablemente el problema de
un desahogo en el exterior, muy pronto canalizado hacia la expansión colonial.
Esta podía considerarse como una lucha por la vida, que permitía a una nación
demostrar ante las demás sus preeminencias físicas e intelectuales; se tendría
así una confirmación de las teorías, difundidas en Alemania, sobre razas
dominantes e inferiores, y se corroboraría el sentimiento de superioridad de
los ingleses al que, cada vez con mayor frecuencia, se apelaba en Gran Bretaña.
En Rusia, el nacionalismo, frustrado en sus ambiciones mediterráneas, apuntaba
a rehacerse en el Extremo Oriente a expensas de China. Francia, humillada por la
derrota en la guerra franco- prusiana e incapaz por el momento de recuperar los
territorios perdidos en Alsacia-Lorena, empezó a mirar a África como el sector
adecuado para revalidar su condición de gran potencia. El historiador compatriota, V. Trías sigue
diciendo: En Inglaterra surge por primera vez la nueva formulación -puesto que
es la primera en construir un gran imperio-, cuando Kipling justifica su expansión
imperial con su white man`s burden (la carga del hombre blanco). Encubre
la explotación de los pueblos sometidos con una pretendida misión civilizadora
y evangelizante. La difusión del espíritu nacionalista hizo que los pueblos
tomaran una más clara conciencia de sí mismos, de sus características y, por
lo tanto, de sus responsabilidades. Un pueblo para ser grande debía proponerse
una misión, identificada con frecuencia con el deber de llevar la cultura
occidental a las poblaciones no europeas. Los hombres blancos debían soportar
ahora, como sostenía el escritor inglés Rudyard Kipling, la "carga"
de extender por todo el mundo las formas materiales y espirituales de su
civilización. Las poblaciones africanas y asiáticas debían ser
"despertadas" y conducidas al sistema de vida que había probado ser
el mejor tanto en el terreno político en el científico, y sobre todo, en el
económico. El sentimiento de superioridad de los blancos
estaba asociado al gran progreso económico que en aquellos años había
efectuado Occidente. Es así que, nacionalismo y orgullo racial se alimentaban
con los progresos de la economía, que inducía a la expansión y al mismo
tiempo se ponía a su servicio. El desarrollo industrial fue tal que, si bien en
1870 en Gran Bretaña podía ser considerada como la potencia que detentaba la
hegemonía económica de Europa y de todo el mundo, sólo diez años después se
encontraba igualada y superada en algunos sectores por naciones como Alemania y
los Estados Unidos. En este magno proceso de crecimiento y reestructuración del
sistema económico occidental deben buscarse las causas profundas de la expansión
colonial. Los últimos treinta años del siglo XIX conocieron un gran desarrollo
productivo, pero al mismo tiempo se caracterizaron por una relevante y
prolongada crisis, que bajo el nombre de "gran depresión "se prolongó
hasta principios del siglo XX. En este período, aunque el volumen de la
producción, de los intercambios y de las inversiones fue superior en mucho al
de los años precedentes, se registró sin embargo una clara disminución de las
tasas de incremento en todas las ramas de la actividad económica, debida
esencialmente a la falta de salidas suficientes para absorber las mercancías y
los capitales acumulados. El sistema productivo occidental se encontró por
tanto frente a la necesidad de reestructurar por completo sus bases, condición
indispensable para no incurrir en un auténtico desastre económico. La reconversión del sistema capitalista
ante la crisis de superproducción de 1873, hizo perder la esperanza a muchos,
de que, ante su contradicción básica, el sistema capitalista se tambaleara y
estuvieran las condiciones para su desaparición. Es así que, nada de esto
sucedió, al contrario, se operó el tránsito del capitalismo premonopolista,
con el dominio de la libre empresa, al capitalismo monopolista o imperialismo.
El capitalismo premonopolista, con el dominio de la libre competencia, alcanzó
su punto culminante en las décadas del 60 y el 70 del siglo XIX. Durante el último
tercio del siglo XIX se operó el tránsito del capitalismo premonopolista al
capitalismo monopolista. El capitalismo monopolista o imperialismo representa la
fase superior del capitalismo; su rasgo distintivo fundamental es la suplantación
de la libre competencia por la dominación de los monopolios. Es entonces que,
según la clásica definición de V. I. Lenin, los rasgos económicos
fundamentales del imperialismo son: 1) la concentración de la producción y del
capital llega hasta un grado tan elevado de desarrollo, que crea los monopolios,
los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el
industrial y la creación, en el terreno de este "capital financiero",
de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de
la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande;
4) se forman asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las
cuales se reparten el mundo, y 5) ha terminado el reparto territorial del mundo
entre las potencias capitalistas más importantes. El imperialismo es el capitalismo en la fase de
desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del
capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de
capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha
terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más
importantes.La crisis, planteada por primera vez en 1873, estimuló en ciertos
sectores, la concentración de la producción en pocas pero gigantescas empresas
industriales. En los países europeos, esencialmente en Alemania y en Gran Bretaña,
en los Estados Unidos y en el Japón empezaron a formarse a un ritmo cada vez más
rápido los trusts y los grandes cárteles de las industrias, los cuales,
acaparando el aprovisionamiento de materias primas, los transportes y la mano de
obra, y bajando metódicamente los precios, provocando la ruina o la sumisión a
su supremacía de las empresas ajenas a ellos. Nacían así, auténticos
imperios económicos que controlaban completamente las principales ramas de la
actividad productiva, como las del acero, de los productos químicos, de los
tejidos, de las fuentes energéticas. Paralelamente al sector industrial, el bancario
experimentaba un fenómeno similar. Los principales bancos se anexionaban o
controlaban gran número de instituciones menores y tendían acaparar
progresivamente la totalidad del aparato financiero del Estado. La industria
perdió entonces su libertad de movimiento en la búsqueda de créditos y empezó
a depender estrechamente de los capitales de los bancos. La división entre
capital bancario e industrial iba desapareciendo dando lugar, con la unión de
los bancos y las industrias, a un nuevo capital mucho más pujante, el
financiero. Eran los principios del monopolio y no los de la libre competencia
los que se estaban convirtiendo en la base de las economías de los diferentes
Estados, los cuales, decretando al mismo tiempo la desaparición del
librecambismo y la adopción del sistema proteccionista, contribuyeron a cambiar
definitivamente el aspecto del capitalismo. La gran producción de cereales a
bajo precio que había ido desarrollándose en los países extraeuropeos, como
los Estados Unidos y Argentina, y el miedo a que su exportación masiva pudiera
minar completamente el equilibrio económico de los Estados europeos incitó a
adoptar el proteccionismo. Pero estas medidas defensivas se hicieron muy
pronto necesarias también en el campo industrial, donde, a pesar de la
creciente expansión, existían todavía notables desniveles en el grado de
desarrollo y de competencia entre las grandes industrias nacionales. El
proteccionismo, además de fomentar la industria existente, potenció la aparición
de otras, contribuyendo así, a su vez, a prolongar aquella crisis que derivaba
de un incremento de la producción superior a la capacidad de absorción de los
mercados. Estando ya Europa cerrada por barreras aduaneras, las potencias
tuvieron que buscar en otra parte las salidas para sus productos. La Gran Bretaña,
la única gran potencia que había permanecido fiel al librecambismo, se vio
obligada a recurrir a la penetración en países extraeuropeos. El
proteccionismo en Europa la había puesto en una situación crítica en lo que
hace a su economía. Los ingleses se dedicaron, entonces, a estimular
las inversiones en el extranjero, especialmente en las áreas coloniales. Gran
Bretaña ya había hecho de la India (como de sus otras posesiones) una colonia
económica y de América meridional una zona de inversiones e intercambios
privados. La ampliación de las actividades coloniales estaba indudablemente
unida al hecho de que todo cuanto Gran Bretaña había invertido en aquellos
lugares estaba dando sus frutos; pero la carrera por el reparto del mundo, en la
que la Gran Bretaña de finales de la época victoriana participó antes que
nadie, seguida muy pronto por el resto de las potencias, revestía caracteres
muy distintos a los de la época colonial anterior. La pura y simple búsqueda
de mercados, natural en las crisis de superproducción y agudizada por la adopción
de sistemas proteccionistas, no basta para definir cumplidamente la lógica del
imperialismo. Es necesario remontarse, como bien entendió Lenin, a las nuevas
estructuras de tipo monopolista que todos los Estados industriales estaban
realizando. Los grandes monopolios en formación debían
asegurarse un rendimiento continuo e invertir en áreas ventajosas el exceso de
capitales que su gran vitalidad económica les permitía acumular. En Europa
esto no era posible, tanto por el bajo nivel de los precios, como porque la
ampliación del mercado interior, único que las barreras proteccionistas
dejaban disponible, implicaría el aumento de la capacidad adquisitiva de las
masas obreras y por lo tanto una nueva alza de sus salarios y la mejora de sus
condiciones de vida; ello suponía la renuncia de los grandes industriales a una
buena parte de sus beneficios, a lo que, evidentemente no estaban dispuestos. El
crecimiento y el refuerzo de los grandes trusts no podía, por tanto,
verificarse sino a expensas de los territorios extraeuropeos, donde la tierra a
buen precio, los salarios bajos, las materias primas a bajo coste y la facilidad
de asumir posiciones monopolistas hacían prever inversiones altamente
rentables. La posesión exclusiva de regiones ricas en materias primas constituía
una necesidad cada vez más esencial para los grandes grupos económicos; era el
arma más eficaz para desbaratar la competencia interior y la internacional. Pero aún era más necesario en la medida en que
el proceso de concentración tendía a crear conjuntos que reunían en una única
empresa diversas ramas industriales que, partiendo de la materia prima, comprendían
las sucesivas fases de elaboración. Los ingleses en Egipto y los rusos en
Turkestán se dedicaron a intensificar y extender la producción del algodón,
con el fin de monopolizarlo y crear un trust textil que concentrara en sus manos
todas las etapas de su elaboración. Cuanto más se desarrollaba el proceso de
formación de los monopolios, más aumentaba la carrera por la conquista de
nuevos territorios. Para que los beneficios de las inversiones fuesen más
seguros y rápidos y el control sobre las materias primas exclusivo, los
inversores debían llegar los primeros a ciertas zonas. Los monopolios sólo podían
prosperar si lograban mantener intactas sus posiciones privilegiadas; la expansión
imperialista debía convertirse en una auténtica carrera con vistas al
acaparamiento de cuantos territorios fuese posible. Aunque éstos no prometieran
una explotación inmediata, podrían revelarse más adelante ricos en recursos
y, por lo tanto, no debían descuidarse corriendo el riesgo de dejarlos en manos
de futuros competidores. Sin embargo, la unión de los diversos grupos
económicos y las clases políticas que hubieran debido proceder a la actuación
práctica del expansionismo colonial no fue inmediata. Fueron necesarios los últimos
treinta años del siglo para que el momento económico coincidiera con la praxis
política del fenómeno imperialista. Su mismo comienzo no fue contemporáneo en
todos los países incluidos los europeos. En suma, el imperialismo surge como
respuesta a la crisis económica de 1873 – 1875 y demuestra su eficacia en la
consolidación y defensa del sistema capitalista mundial, al costo de
intensificar la explotación de los países coloniales y dependientes. Es decir,
a las poblaciones de estos países. Alain Touraine se refiere a los siglos XIX y
XX: La historia de los siglos siguientes es la de la creciente separación de
estos dos principios tan fuertemente asociados en el pensamiento de Locke: la
defensa de los derechos del hombre y la racionalidad instrumental. Cuando más
esta racionalidad construye un mundo de técnicas y de poder, más se aparta la
invocación a los derechos del hombre (primero en el movimiento obrero, luego en
otros movimientos sociales) de la confianza en la razón instrumental. La humanidad impulsada por el progreso se
pregunta si no pierde su alma, si no la vende al diablo al adquirir la dominación
de la naturaleza. Finalmente, si la modernidad del siglo XVIII fue un proyecto
de sociedad basado en un concepto de razón no ceñido a la razón instrumental,
sino dando igual significación a la razón moral y estética, durante todo el
siglo XIX europeo se asistió a un proceso en el cual lo racional se transforma
en lo racional instrumental. La sociedad europea occidental en el siglo XIX está
forjada, como tal, a imagen y semejanza de la clase burguesa. Es decir, el modo
de producción imperante en las naciones modernas europeas es el modo burgués
de producción. La modernidad tiene rostro capitalista. 1.2. La modernidad occidental desde la mirada de Max Weber La concepción clásica de la modernidad se centra en la construcción de una
imagen racionalista del mundo, que integra el hombre en la naturaleza y que
desestima todas las formas de dualismo del cuerpo y del alma, del mundo humano y
del mundo trascendente. La sociedad moderna es entendida, por esta concepción
de la modernidad, como una sociedad racionalizada. Es decir, como un sistema
social autoproducido, autocontrolado y autorregulado. Así se instala la noción
de que el actor y el sistema tienen una perspectiva reciproca. Con relación a
esto ultimo, dice Touraine: Esta concepción clásica de la modernidad, que
dominó a Europa y luego al conjunto del mundo occidentalizado antes de
retroceder ante las criticas y la transformación de las practicas sociales,
tiene como tema capital la identificación del actor social con sus obras y su
producción, ya se trate del triunfo de la razón científica y técnica, ya se
trate de las respuestas racionalmente aportadas por la sociedad a las
necesidades y a los deseos de los individuos.La concepción clásica de la
modernidad solo tiene en cuenta al individuo en su carácter de funcionario,
productor y ciudadano. La misma, apuesta a la unidad del hombre y la sociedad. El aporte individual
es valorado positivamente por esta concepción de la modernidad si la conducta
del hombre en su vida pública y privada resulta útil para el progreso de la
razón objetiva en la sociedad. A su vez, hay una serie de conceptos que son
claves en la sociología weberiana y que definen la concepción clásica de la
modernidad. Según Touraine:Reconozcamos pues el vigor y hasta la violencia de
la concepción clásica de la modernidad. Esta concepción fue revolucionaria,
como toda apelación a la liberación, como todo repudio de compromiso con las
formas tradicionales de organización social y de creencia cultural. Hay que
crear un nuevo mundo y un hombre nuevo volviendo las espaldas al pasado, a la
Edad Media, y tornando a encontrar en los antiguos la confianza en la razón sin
dejar de dar una importancia central al trabajo, a la organización de la
producción, a la libertad de los intercambios mercantiles y a la
impersonalizada de las leyes. Desencanto, secularización, racionalización,
autoridad racional legal, ética de la responsabilidad: los conceptos de Max
Weber, que han llegado a ser clásicos, definen perfectamente esta modernidad...
En la sociología de Max Weber se amplía la concepción de un pujante
ascenso de la modernidad, racionalización y secularización, que destruye todo
lo referente a esencias, pertenencias y creencias. Esta idea expone la concepción
clásica de la modernidad. Es decir, la lucha histórica de las luces contra la
tradición y del racionalismo instrumental contra la expresividad comunitaria.
Así los conceptos clave de la sociología de Max Weber (desencanto,
secularización, racionalización, autoridad racional legal, ética de la
responsabilidad) precisan o aclaran esa concepción clásica de la modernidad
que domino a Europa y después al conjunto del mundo occidentalizado. Con
respecto, a la modernidad desde la visión de Weber, Albrecht Wellmer dice lo
siguiente: Weber continúa, de algún modo, la tradición de sus predecesores
del siglo XIX cuando analiza la transición hacía la modernidad como un proceso
de racionalización; un proceso de racionalización, sin embargo, en el que las
ciencias sociales están destinadas a jugar un papel cada vez más importante.
Al mismo tiempo, a través de su análisis de los correlatos institucionales de
racionalización progresiva -economía capitalista, burocracia y ciencia empírica
profesionalizada-, demuestra que la "racionalización" de la sociedad
no lleva ninguna perspectiva utópica, sino que parece que conduce más bien a
un encarcelamiento en aumento del hombre moderno en sistemas deshumanizados de
un nuevo tipo... El sociólogo alemán Max Weber presentó el proceso de racionalización del
mundo hacía la modernidad como la institucionalización de la racionalidad
instrumental carente de su trasfondo normativo en los sistemas económicos y
administrativo (su tesis sobre la pérdida de libertad) y como la división de
una concepción del mundo centrada en la religión en tres esferas contrapuestas
de valores: moralidad, ciencia, y arte (su tesis sobre la pérdida de
significado). El proceso de racionalización del mundo se inicia para Weber con
la racionalización cultural de las visiones del mundo religiosas. El sociólogo
alemán, J. Habermas dice lo siguiente: En un análisis de la actualidad Weber
se atiene más que en ninguna otra parte a la perspectiva teórica desde la que
la modernización se presenta como una prosecución del proceso histórico
universal de desencantamiento. La diferenciación de esferas culturales de valor
autónomas, que es importante para la fase de nacimiento del capitalismo, y la
independización de los sistemas de acción racional con arreglo a fines, que
caracteriza desde el siglo XVIII al desarrollo de la sociedad capitalista, son
las dos tendencias que Weber funde en una crítica de la actualidad de tono
existencialista e individualista. El primer componente puede expresarse en la
tesis de la pérdida de sentido y el segundo en la tesis de la pérdida de
libertad. El sociólogo alemán, Habermas hace una división del diagnóstico weberiano
en las tesis de la pérdida de sentido y la pérdida de libertad del individuo
en la modernidad. En tanto la primera hace referencia principalmente a la
racionalización cultural -el retiro de la ética a un ámbito irracional y su
contradicción con las órdenes y esferas de valor del mundo y la
incompatibilidad de esferas de valor-; la segunda está formulada en relación a
la racionalización social que es el monopolio de la racionalidad formal como única
forma de racionalidad posible para organizar la vida social y a su
institucionalización en la economía de mercado, el Estado racional – legal y
en el derecho formal moderno. El sociólogo alemán, Habermas sigue diciendo:
Bajo la rúbrica de "nuevo politeísmo" Weber expresa la tesis de la pérdida
de sentido. En ella se refleja la experiencia del nihilismo, típica de su
generación, que Nietzsche había dramatizado de forma tan impresionante. Pero más original que la teoría es la fundamentación que le da Weber
recurriendo a una dialéctica que supuestamente está ya contenida en el propio
proceso de desencantamiento vehiculado por la historia de las religiones, esto
es, en el proceso mismo de alumbramiento de las estructuras de conciencia
modernas: la se disocia en una pluralidad de esferas de valor destruyendo su
propia universalidad. Esta pérdida de sentido la interpreta Weber como el desafío
existencial ante que se ve el individuo de reconstruir en el ámbito privado de
su propia biografía, con el arrojo que la desesperación produce y con la
absurda esperanza del desesperado, la unidad que ya no cabe reconstruir en los
órdenes de la sociedad. Pues la racionalidad práctica, que liga racionalmente
con arreglo a valores las orientaciones de acción racionales con arreglo a
fines dotándolas así de cimentación, sólo puede encontrar ya su lugar, si no
en el carisma de nuevos dirigentes, en la personalidad del individuo solitario;
al propio tiempo, esta autonomía interior, una autonomía que es menester
afirmar heroicamente, está amenazada porque dentro de la sociedad moderna ya no
se encuentra ningún orden legítimo capaz de garantizar la reproducción
cultural de las correspondientes orientaciones valorativas y de las
correspondientes disposiciones a la acción. Para Weber, la llamada pérdida del
sentido se basa en que la racionalización de las visiones del mundo centradas
en una ética de salvación implicó una fragmentación de la cultura en las
esferas científicas, moral y estético–expresivas. Puesto que Weber entendió que los ordenes del mundo (economía, política,
ciencia), eran irreconciliables con una ética de convicción basada en
principios, la moral debía pasar a ser confinada al ámbito privado y el
individuo aislado y heroico debía decidir a cual de los dioses se entregaba. A
la ética de convicción privatizada e incapaz de resolver cuestiones públicas,
Weber opone una ética de responsabilidad desencantada incapaz de dirimir en última
instancia sobre cuestiones práctico-morales contrapuestas: los valores
esenciales y más sublimes se han retirado de la vida pública. Con la moral
privatizada, la cultura pasa a ser interpretada a través de las otras esferas
dos esferas de valor, la cognitiva-instrumental y la estético-expresiva, que
son también para Weber irreductibles. Es así que, la cultura moderna pasa a
ser una cultura dominada por especialistas sin espíritu y por sensualistas sin
corazón. En lo que respecta, a la visión weberiana de la pérdida de libertad del
individuo en la modernidad, Richard J. Bernstein dice lo siguiente: Weber sostenía
que la esperanza y expectativa de los pensadores de la Ilustración eran una
ilusión amarga e irónica. Estos mantenían una conexión necesaria y fuerte
entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad, y la libertad humana
universal. Pero una vez desenmascarado y comprendido, el legado de la Ilustración
fue el de la Zweckrationalität -de la racionalidad instrumental- deliberada.
Esta forma de racionalidad afecta e infecta todo el campo de la vida social y
cultural abarcando las estructuras económicas, la ley, la administración
burocrática, e incluso las artes. El crecimiento de la Zweckrationalität no
conduce a la realización concreta de la libertad universal, sino a la creación
de una "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática de la que no
hay modo de escapar. Es así que, para Weber, el sueño de la Ilustración (de
que hubiera un fuerte vínculo entre el crecimiento de la ciencia, la
racionalidad, y la libertad humana universal) en los hechos no pasó de ser un
lindo sueño propio de una noche de verano o peor aún se metamorfosea en la
pesadilla infernal de la jaula de hierro de una sociedad en que sus
fundamentales sistemas de organización como la burocracia, el derecho moderno y
la empresa capitalista, se encuentran dirigidos por una racionalidad
estrictamente técnica, ante la cual, cualquier tipo de pautas ajenas a la misma
se las entiende como utópicas y atentatorias contra su propia eficacia. Dado este panorama, Weber no consideró, que una sociedad socialista fuera
realmente una alternativa radical a la "jaula de hierro" de la
racionalidad burocrática imperante en el capitalismo. En relación con este
tema, Reinhard Bendix nos dice lo siguiente: A quienes confiaban en que una
futura sociedad socialista obraría una transformación radical, Weber les
advertía que, en una sociedad planificada centralmente, las tendencias burocráticas
alcanzarían un nivel más alto aún. La división del trabajo y el empleo de
aptitudes especializadas, en la administración, aumentarían hasta tal punto
que cabía vislumbrar como remate una "dictadura de los burócratas",
más verosímil que la "dictadura del proletariado".Para Weber, la
sociedad socialista no sería una alternativa radical a la "jaula de
hierro" de la racionalidad burocrática, dado que la misma, al ser una
sociedad planificada centralmente, la organización burocrática sería omnímoda
y omnipotente. Es decir, la sociedad socialista, para Weber, podía ser solo el
triunfo multiplicado de la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática.
La "dictadura de los burócratas ". Finalmente, R. Bendix nos dice:
Preocupó a Weber, desde el principio hasta el fin de su carrera, la evolución
del racionalismo en la civilización de Occidente. El estudio de toda una vida no solo le reveló la complejidad de sus
antecedentes, sino el carácter precario de sus logros. Él demostró, por
encima de toda duda, que una profunda adhesión a la causa de la razón y la
libertad habría orientado la elección del tema; su investigación demostró,
también por encima de toda duda, que la razón y la libertad estaban amenazadas
en el mundo occidental. Weber fue un contemporáneo de Freud, que dedicó el
trabajo de toda su vida a salvaguardar la razón del hombre, después de haber
sondeado hasta el fondo el abismo de su irracionalidad. Weber, por su parte,
procuró salvaguardar la herencia de la Ilustración, después de haber
explorado ampliamente las condiciones históricas anteriores a esa herencia. Tal
exploración creó en él una conciencia trágica del peligro. Cuando le
preguntaban el propósito de su investigación erudita, respondía: "Quiero
ver cuánto puedo soportar ".En el diagnóstico que hace Weber de la
modernidad en Occidente manifiesta una visión pesimista en lo que hace a la
marcha de la misma. Dado que, para el sociólogo alemán, la racionalización
del mundo moderno no conduce a hacer realidad en la sociedad la vinculación
entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad y la libertad humana
universal, sino a que la vida humana se mecanice careciendo así de significado
y libertad. 1.3. Génesis y desarrollo del análisis
estratégico de Michel Crozier En la mitad de la década de los 60 del siglo
pasado, cuando la sociedad industrial moderna, incluida la francesa, miraba a su
futuro (en lo económico, en lo científico–tecnológico, en lo político, en
lo social y cultural), de una manera muy optimista, Crozier resaltaba el
desarrollo en este tipo de sociedad de las grandes organizaciones, siendo las
mismas para el sociólogo francés algo inherente a la sociedad industrial; además
de llevar en su seno un "nuevo" fenómeno, digno de estudio sociológico,
llamado burocrático. Ahora bien, este fenómeno es entendido por Crozier, de la
siguiente manera: El tema de nuestro pensamiento, al hablar del fenómeno burocrático,
es falta de adaptación, la inadecuación, o, según la expresión de Merton,
las "disfunciones"que se producen inevitablemente dentro de las
organizaciones humanas. Es así que, Crozier al hablar del fenómeno burocrático
se esta refiriendo concretamente, utilizando un concepto de Merton, a las
llamadas disfunciones que se generan en el seno de las organizaciones humanas. El sociólogo, Crozier sigue diciendo: El análisis
del fenómeno burocrático, en el sentido disfuncional que utilizamos, se coloca
con toda naturalidad en esa perspectiva; la pesadez y rutina " burocráticas
" pueden interpretarse fácilmente como consecuencia de la resistencia del
material humano, y para comprenderlos es inevitable remitirse a una sociología
de las organizaciones: el mal funcionamiento no puede existir sino
comparativamente con un funcionamiento ideal. Una teoría de la burocracia
constituye pues forzosamente un caso particular dentro de una teoría más
general de las organizaciones, que a su vez debería ser en sí misma un
elemento esencial de una sociología de la acción, válido para el estudio
global de la sociedad. Al analizar, el fenómeno burocrático como algo
equivalente a disfunción las llamadas deformaciones burocráticas (lentitud,
pesadez y rutinas, etc.) pueden entenderse, según Crozier, como resultado de la
resistencia del material humano. A su vez, para la comprensión científica de
la resistencia del material humano, es necesario, para el sociólogo francés,
una sociología de las organizaciones. Una teoría del funcionamiento de la
burocracia es apenas, para Crozier, un caso especifico que forma parte de una
teoría más general de las organizaciones, que según él tendría que ser en sí
misma una pieza esencial de una sociología de la acción, útil para el estudio
global de la sociedad. Es decir, que para Crozier la sociología de las
organizaciones es un elemento clave para cualquier estudio macrosociológico
verdaderamente comprehensivo. El carácter aplicado de la sociología de las
organizaciones permite descubrir, según Crozier, nuevos aspectos del fenómeno
burocrático. Al respecto, el sociólogo francés dice: El estudio de los dos
casos tomados por nosotros, considerados como ejemplos significativos del fenómeno
burocrático, no solamente nos aporta informaciones sobre un problema
particular, crucial para la sociología de las organizaciones, sino que reviste
además grandísimo interés para el análisis de los sistemas culturales. En
efecto, la resistencia del material humano que en él se pone de manifiesto, está
hondamente ligada a ciertos comportamientos primarios y a ciertos rasgos
característicos del sistema cultural francés. El estudio de estos aspectos
culturales del fenómeno burocrático permitirá introducir una dimensión nueva
en la sociología de las organizaciones. En efecto, si bien parece posible
elaborar una teoría general y universal de las organizaciones, poniendo entre
paréntesis los diferentes sistemas sociales y culturales, en cuanto se pasa al
de la patología de las organizaciones el análisis cultural se convierte en
instrumento indispensable que permite marcar los límites de la teoría
universal e interpretar su aplicación en contextos culturales diferentes. Al
mismo tiempo, y ése es nuestro objetivo final, un análisis tal permite
entrever la posibilidad de renovar la teoría de los sistemas culturales.
Abordaremos en momento un nuevo terreno, que puede considerarse (en algunos
aspectos por lo menos) más apropiado que los terrenos tradicionales para el
estudio de las modalidades de inserción de los sistemas culturales en la
realidad de nuestro tiempo. Hasta el presente, las culturas y los conjuntos
culturales se han analizado, sobre todo, a partir de los sistemas de valores y
de los rasgos psicológicos singulares de una "personalidad básica"
ideal. Rara vez se los confronta con los problemas de la
acción y, en particular, con el problema del material humano necesario para la
acción en una sociedad industrial compleja. Para Crozier, el estudio de dos
casos (la agencia de contabilidad de París y el monopolio industrial) concretos
considerados por él como ejemplos paradigmáticos del fenómeno burocrático es
de sumo interés fundamentalmente para el análisis de los sistemas culturales.
La resistencia del material humano que en el estudio se pone de manifiesto, para
el sociólogo francés, esta estrechamente vinculada a ciertas conductas
primarias y a ciertos rasgos característicos del sistema cultural francés. El
estudio de los aspectos culturales del fenómeno burocrático permitirá
introducir, según Crozier, una dimensión nueva en la sociología de las
organizaciones; es decir, a la hora de estudiar la patología de las
organizaciones el análisis cultural se transforma en instrumento esencial, en
lo que se refiere a marcar las fronteras de la teoría universal e interpretar
su aplicación en contextos culturales heterogéneos. Además, de renovar la
teoría de los sistemas culturales, en el sentido que las culturas y los
conjuntos culturales se los pasará a confrontar específicamente con el
problema del material humano indispensable para la acción en una sociedad
industrial compleja. Es decir, como la sociedad francesa. A fines ya, de la década de los 60 del siglo XX
las sociedades industriales modernas de occidente, particularmente la sociedad
francesa estaba pasando por una etapa de agotamiento de su orden dominante y que
la crisis de Mayo de 1968 puso de manifiesto. Es así que, esta situación de
agotamiento de lo instituido que estaba experimentando la sociedad gala y los
sucesos del llamado Mayo francés, no le fueron ajenos, como acontecimientos, a
la mirada sociológica de Crozier, quien dice lo siguiente: Hoy todos admiten,
aunque solo sea formalmente, que la sociedad francesa es una "sociedad
bloqueada". Sin embargo, la cuestión no es denunciar los defectos de
nuestras estructuras o de nuestros hábitos -y menos aún soñar con el mundo
maravilloso que sería el nuestro con tal de que aceptáramos una u otra de las
múltiples recetas que nos ofrecen nuestros expertos en la materia– sino
comprender y provocar el cambio. ¿Por qué la sociedad francesa ha quedado
bloqueada dentro de su andamiaje burocrático y paternalista? ¿Por qué los
franceses emplean su tiempo en reforzar, hasta mediante sus recriminaciones, el
sistema bajo el cual padecen? ¿Cómo cambian? ¿Cómo podrían cambiar? ¿De qué
modo podría el conocimiento ayudarnos a cambiar mejor o a cambiar de un modo
distinto? Tal es el doble tema de esta obra, fruto de una serie de dolorosas
confrontaciones entre mi experiencia de investigador y mis frustraciones de
ciudadano. En su mayor parte estos ensayos fueron escritos en los dos años
previos a la crisis de mayo. Sus temas -el poder, la participación, el cambio
y la crisis- son los que fueron más profundamente vividos por muchos de
nuestros conciudadanos durante el estallido revolucionario que nos envolvió.
Para el sociólogo M. Crozier, la sociedad francesa es una "sociedad
bloqueada", por varios círculos de centralización y estratificación
administrativas, incapaz de autocorrección. La crisis experimentada por la
sociedad gala en Mayo de 1968 pone en el orden del día de la opinión pública
francesa temas como el poder, la participación, el cambio y la crisis, temas
todos estos que antes de la crisis de Mayo fueron sólo tratados en el plano teórico,
en este caso, por Crozier. Con respecto, al llamado Mayo francés, Crozier sigue
diciendo: Si se procura tomar distancia respecto del vocabulario ideológico y
de las formas habituales del razonamiento marxista o antimarxista, cuyo empleo,
como hemos visto, tiende en realidad a confundir el análisis, lo que llama la
atención en la crisis de mayo es que no fue revolucionaria en sus objetivos políticos
ni en sus intenciones sociales, mientras que sí lo fue, y profundamente, en sus
medios de expresión, o sea en el nivel de los mecanismos del juego social, o más
sencillamente de las relaciones humanas. Lo que trajo consigo no fue una ruptura social ni
política, sino cultural. La interpretación que se impone con esta perspectiva
se plantea, por consiguiente, en términos de medios; el origen y los resortes
de la crisis no deben ser buscados en la organización del poder político o del
poder económico, sino en el funcionamiento de las instituciones de la vida
cotidiana. Los franceses no se rebelaron para poner fin a la explotación
capitalista ni para edificar la sociedad sin clases; se precipitaron a la crisis
para enjuiciar un sistema de relaciones humanas, un estilo de acción y un modo
de gestión que los perjudicaban. Así, la crisis de mayo aparece antes que nada
como un cuestionamiento del estilo de acción a la francesa y una rebelión
instintiva contra lo que hemos denominado sociedad bloqueada. En cierto modo,
los rasgos más característicos de la crisis pueden ser considerados como
característicos de la sociedad bloqueada. Esta se basaba sobre el temor al enfrentamiento y
sobre una concepción jerárquica de la autoridad. La crisis será, entonces, el
festival del enfrentamiento y la impugnación de la autoridad. Para Crozier, la
crisis de Mayo fue revolucionaria y muy hondamente, en lo que se refiere, en el
nivel de los mecanismos del juego social, es decir, en las relaciones humanas.
Lo que trajo consigo, según él, una ruptura esencialmente cultural. La
explicación que prevalece con esta perspectiva se plantea, por consecuencia, en
términos de medios. Es así que, para Crozier los orígenes y los resortes de
la crisis de Mayo tienen que ser buscados en el funcionamiento de las
instituciones de la vida cotidiana. Los franceses, según él, se precipitaron a
la crisis para enjuiciar un sistema de relaciones humanas, un estilo de acción
y un modo de gestión que los perjudicaban. Es decir, la explosión de Mayo del 68 fue una
rebelión contra el modo burocrático de organización y los aspectos
autoritarios del estilo a la "francesa ". A su vez, lo sucedido en
Francia en Mayo de 1968 no fue un fenómeno aislado del resto del mundo moderno
sino todo lo contrario; así lo entiende el propio Crozier, quien dice lo
siguiente: Desde el punto de vista intelectual, moral y político, la crisis de
mayo señala para Francia el fin de un período y el advenimiento de una nueva
sensibilidad. Pero si entre nosotros la ruptura fue más viva, y por
consiguiente más fácil de distinguir, aunque no de analizar, la conmoción ha
sido general, y ni siquiera comenzó en Francia. Nuestra crisis tomó un
significado muy particular, que remite antes que nada a nuestro sistema de
gobierno y nuestro estilo de acción; pero al mismo tiempo es parte de un gran
movimiento, una especie de tambaleo general del mundo civilizado que se precipitó
al final de la década de 1960. Ha muerto algo que fue esperanza, que ahora
parece ilusión y cuya desaparición nos abruma: cierto racionalismo demasiado
simple, cierta confianza demasiado fácil en la razón, la convergencia y el
progreso. La crisis de Mayo en Francia, como crisis, para Crozier, es expresión
de una crisis más general y también mas honda, la que experimenta de una
manera acelerada desde fines de la década de 1960, el mundo civilizado. Es
decir, lo que esta en crisis es la totalidad de la cadena del mundo civilizado,
siendo el Mayo francés un eslabón más de toda la cadena civilizatoria en
crisis. En otros términos, lo que esta en crisis a
finales de los 60 del siglo pasado es la sociedad industrial como tal, es decir,
la llamada sociedad moderna. La muerte de una esperanza basada en el
racionalismo, la razón, la convergencia y el progreso que a finales de la señalada
década del siglo XX, es sólo una mera quimera. Con respecto, a esta crisis,
Crozier dice: Como la ruptura francesa, dicha conmoción desencadenó una gran
fiebre ideológica. Sin embargo, lo que en realidad cuestiona, del
mismo modo que la crisis de mayo, no son tanto los principios morales cuanto las
formas de pensamiento y los sistemas de gobierno. A mi parecer, para comprender
este problema crucial no existe ejemplo más revelador, más espectacular y que
pruebe mejor ese cambio de sensibilidad que el de la guerra fría y la oposición
entre los bloques. Esta crisis, del mundo civilizado al igual modo que la crisis
de mayo lo que cuestiona esencialmente, según Crozier, son las formas de
pensamiento y los sistemas de gobierno. A su vez, para una mejor comprensión de
esta problemática, el sociólogo francés, pone como ejemplo revelador que
prueba ese cambio de sensibilidad a la llamada guerra fría y la oposición
entre el ya desaparecido bloque socialista y el bloque capitalista. Crozier
sigue diciendo: Quince o veinte años atrás, la esperanza de una convergencia
posible entre los dos sistemas, el soviético y el norteamericano, era muy
aventurada, y solo algunos espíritus avanzados osaban formularla en la noche de
la guerra fría. ¿Quién habría imaginado entonces que esa esperanza llegaría
a ser, para los rebeldes de fines de la década de 1960 y una gran parte de la
nueva generación intelectual influida por ellos, la realidad más detestable de
un mundo opresivo y corrompido? ¿Quién habría podido creerlo hace apenas seis
o siete años, cuando el mundo entero vibraba todavía con esa esperanza,
convocado por esas grandes figuras de la apertura y la liberalización: Kennedy,
Jruschov y Juan XXIII? Este vuelco espectacular no es sino uno de los que
caracterizan los años de crisis moral e intelectual que acabamos de vivir. El sueño de la convergencia se derrumbó al
mismo tiempo que cierto ideal de progreso superficial e indefinido, de confianza
en la razón humana y de la fe liberal, cuyo mejor ejemplo está dado por
Estados Unidos con su Peace Corps, pero del que también es posible encontrar
huellas en la exuberancia jruschoviana y en la sencillez del papa Juan. Para
Crozier, que en el año 1949 o en 1954, en plena guerra fría, la esperanza de
una convergencia posible entre el sistema soviético y el sistema norteamericano
se la considerara muy aventurada formulada solo por algunos espíritus
adelantados y que después los rebeldes de fines de la década de 1960 y una
parte importante de la nueva generación intelectual influida por ellos
consideren la esperanza de esa convergencia posible entre los dos mencionados
sistemas como algo odioso de un mundo pautado por la opresión y la corrupción;
cuando en 1962 el mundo entero vibraba todavía con esa esperanza convocado por
tres grandes lideres reformadores (J. F. Kennedy, N. Jruschov y Juan XXIII) dos
de los tres políticos y uno religioso, es un vuelco espectacular siendo uno de
los vuelcos, según él, que caracterizan la crisis moral y intelectual, en este
caso, de los fines de la década de los 60 del siglo pasado. Al derrumbarse el sueño de la convergencia también
se vino abajo, según Crozier, cierto ideal de progreso superficial e
indefinido, de confianza en la razón humana y de la fe liberal, encarnado por
U.S.A., a través de los cuerpos de paz de la administración Kennedy y en un
menor grado en la propuesta comunista de Jruschov y en la figura de Juan XXIII.
Es decir, lo que se vino abajo como un castillo de naipes al igual que el sueño
de la coexistencia pacífica fue una ideología que se puede calificar de
modernista (esta concepción clásica, a la vez filosófica y económica de la
modernidad, la define como triunfo de la razón, como liberación y como
revolución y define la modernización como modernidad en acto, como un proceso
enteramente endógeno; Alain Touraine, Crítica a la modernidad, p. 25) o
de matriz iluminista (se trata de su concepción del progreso como una acumulación
lineal, unívoca y autocorrectiva; Carlos Pareja, Una alternativa al pensar
iluminista, p. 17) siendo la misma, sustento ideológico a inicios de la década
de los 60 del siglo XX de gobiernos modernizadores tanto en el campo capitalista
(administración Kennedy) como en el ya desaparecido campo socialista (gobierno
de Jruschov) y que a fines de los 60, es bueno decirlo, la administración
Kennedy como el gobierno de Jruschov por sus contradicciones en lo interno como
en lo externo ya habían pasado a la historia junto con sus sueños en versión
capitalista o comunista de construir un mundo próspero, feliz y pacífico. El
panorama mundial a fines de los sesenta del siglo XX, esta pautado por rupturas,
divergencias y disparidades a todos los niveles. Con respecto, a lo que se
avecina, Crozier dice: En oposición a las prematuras esperanzas de
convergencia, nuestro mundo moderno amenaza ser, a plazo breve y mediano, no un
mundo armonioso de progreso racional, liberal o colectivista, sino de rupturas,
divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones y grupos. Siendo
así, se puede pensar que en esta gran prueba de coexistencia activa que no se
supo prever no están en juego las ideologías, hace tiempo superadas, sino los
métodos intelectuales que sirven de base para concebir y organizar la acción
colectiva. En oposición a las apresuradas creencias de
convergencia, el panorama del mundo moderno, en este caso, el de a fines de la década
de los sesenta del siglo pasado, para Crozier amenaza ser, a breve y a mediano
plazo, no un mundo armonioso de progreso racional, liberal o colectivista,
(norteamericano y soviético) sino de rupturas, divergencias y disparidades
entre naciones, sistemas, regiones y grupos. Es decir, un mundo moderno plagado
de contradicciones (antagónicas y no antagónicas) entre naciones, sistemas,
regiones y grupos; en donde la marcha del mismo y de los mismos es zigzagueante.
Es así que, en la gran prueba de coexistencia activa (nuevo capítulo de la
guerra fría entre las dos superpotencias) lo que esta en juego, según Crozier,
son los métodos intelectuales que sirven de base para concebir y organizar la
acción colectiva. Es entonces que, para el sociólogo francés: El racionalismo
planificador al estilo soviético fue el primero en sufrir los efectos, ya que
solo podía ilusionar en una atmósfera de restricción y de secreto. Cuando la
competición dejó de tener lugar en el campo militar para pasar al del consumo,
su ineficacia se hizo evidente. El racionalismo planificador al estilo soviético,
según Crozier, no escapa a que experimente sus propias limitaciones, dado que
en un contexto de competición en el campo fundamentalmente del consumo y no en
el campo militar se evidencio su total ineficacia. Es decir, que en una atmósfera donde impera la
total libertad el racionalismo planificador al estilo soviético desilusiona
claramente. Crozier, sigue diciendo: El problema reside en los medios y en el método
que permite utilizarlos. Aquellos son de una lentitud y un costo insoportables;
hacen muy difícil la comunicación entre la base y la cúspide, falsean las
informaciones, impiden efectuar, con rapidez, los múltiples ajustes
indispensables, desalientan la innovación y sofocan los recursos humanos
potenciales del sistema. El método sintético, deductivo, a priori, que
justifica el empleo de esos medios, es rígido y hace muy difícil aprender con
la experiencia. Los dirigentes soviéticos prefieren emprender periódicamente
grandes revoluciones administrativas y entre tanto imitar los procedimientos, técnicas
y hasta soluciones norteamericanos, en lugar de reelaborar los principios y métodos
de acción que son la causa de sus fracasos. El problema radica, según Crozier,
en los medios y en el método que permite utilizarlos. A nivel de medios, estos
son para el sociólogo francés, de una lentitud y un costo insoportables, hacen
muy difícil la comunicación entre la base y la cúspide, falsean las
informaciones, impiden efectuar, con rapidez los múltiples ajustes
indispensables, desalientan la innovación y sofocan los recursos humanos
potenciales del sistema. En lo que hace, al método, el método sintético
deductivo, a priori, que justifica el empleo de esos medios, para Crozier, es rígido
y hace muy difícil aprender con la experiencia. En suma, los medios y el método
del racionalismo planificador al estilo soviético resultan ser incapaces de dar
respecta a los problemas organizacionales relacionados a la sociedad de consumo,
como ya era la sociedad soviética en esa década del siglo XX. Además, del
llamado racionalismo planificador al estilo soviético, Crozier también hace
referencia a la llamada síntesis liberal estadounidense y dice lo siguiente:
Durante varios años, los contratiempos de la planificación soviética
parecieron justificar y consagrar las pretensiones de los intelectuales
liberales norteamericanos. La síntesis liberal que ellos inspiraban parecía
ser la última (y única) encarnación posible de la razón. Es así que, debido
a los porrazos que experimentaba la planificación soviética la síntesis
liberal de los norteamericanos aparecía en el centro del escenario como la última
y además de única encarnación posible de la razón. Dice Crozier: Si tomamos
el ejemplo de Estados Unidos, hay que buscar la responsabilidad por el derrumbe
de la síntesis liberal en la unión de dos métodos opuestos en que se apoyaba:
el incrementalismo y la planificación política global. El incrementalismo es,
en el fondo, la racionalización de las prácticas de ajuste recíproco
empleadas por la democracia pluralista al estilo norteamericano. Es una extensión de la filosofía de los
economistas liberales al conjunto de las actividades colectivas públicas.
Permite demostrar que, lo mismo que en un mercado, el conjunto de microajustes
de los partidos da mejor resultado que cualquier planificación o coordinación
a priori. Conviene, por lo tanto, renunciar a toda "política" y
conformarse con calcular los costos y ventajas marginales para cada problema, y
en función de las presiones ejercidas por los diversos partidos en juego. Para
Crozier, la responsabilidad por el derrumbe de la síntesis liberal se encuentra
en la unión de dos métodos (el incrementalismo y la planificación política
global) opuestos en que se basaba la misma. El incrementalismo, según Crozier,
además de ser en el fondo una racionalización de las prácticas de ajuste recíproco
empleadas por la democracia pluralista al estilo norteamericano, es también,
una extensión de la filosofía de los economistas liberales al conjunto de las
actividades colectivas públicas. Esto permite demostrar que, al igual que en un
mercado, el conjunto de microajustes de los partidos da mejor resultado que
cualquier planificación o coordinación a priori. Esta lógica conduce a darle
la espalda a toda "política" y conformarse con calcular los costos y
ventajas marginales para cada problema, y en función de las presiones ejercidas
por los diversos partidos en juego. Crozier sigue diciendo: Esta regla de acción
supone un universo perfectamente neutral y racional, sin apego, dependencia o
viscosidad particulares. Puede ser invocada como ideal, de modo algo
semejante al que se refiere a la extinción del Estado: seria un gran progreso
que el conjunto de las acciones de todos los participantes en el juego social
fuera totalmente neutro y racional, y hay que hacer todos los esfuerzos posibles
para avanzar en ese sentido. Pero no corresponde a la realidad de ninguna
manera, porque en todos los niveles en que se realiza una acción aparecen
relaciones de dependencia y nudos de poder que falsean el juego, y si bien
parece posible avanzar mucho en tal sentido, es difícil que aquellos puedan ser
suprimidos por entero. En consecuencia, en el contexto occidental
actual, el incrementalismo suele conducir a resultados en contradicción total
con los objetivos de los liberales, tales como escaladas ciegas de las que
Vietnam no es más que un ejemplo, o con mayor frecuencia, la constitución y
desarrollo de círculos viciosos de pobreza, estancamiento económico y regresión
cultural y social. Para Crozier, el ideal incrementalista (un universo
perfectamente neutral y racional, sin apego, dependencia o viscosidades
particulares) es solo eso, un ideal, que no se corresponde para nada con la
realidad, ni con la vida misma. Porque, entiende que, en todos los niveles que
se realiza una acción se manifiestan relaciones de dependencia y nudos de poder
que falsean el juego, siendo muy difícil en los hechos la supresión de esos
fenómenos de una manera absoluta. Esto da como consecuencia, en el contexto
occidental, en este caso, el de a fines de la década de los sesenta del siglo
pasado, que el incrementalismo, según Crozier, lleva a resultados en
contradicción total con los objetivos de los liberales, tales como la guerra de
Vietnam y la aparición de problemáticas de orden socioeconómico y cultural.
Pasando, ahora a la llamada planificación política global, Crozier se refiere
a la misma diciendo lo siguiente: Es lógico que la planificación política
global, los programas coherentes de acción, satisfagan más el espíritu. Alrededor de ellos se opera la síntesis o las síntesis
sucesivas. Pero siempre hay una profunda contradicción entre la voluntad de
globalismo que los anima y la práctica de una aplicación
"incremental" que debe servirles de apoyo. Por otra parte, y sobre
todo, la extraordinaria dificultad de razonamiento a priori que suponen, tiene
por consecuencia que se basen generalmente en conocimientos superficiales y
extrapolaciones apresuradas, con el único cimiento real de una necesidad muy
arbitraria de coherencia. Es en este nivel global donde fue trabada y perdida
esa "partida" de convergencia artificial que en definitiva no hizo más
que exacerbar los conflictos. Los programas coherentes de acción de una
planificación política global, según Crozier, además de que alrededor de
ellos se opera la síntesis o las síntesis sucesivas también manifiestan, de
por sí, una profunda contradicción entre la voluntad de globalismo que los
anima y la práctica de una aplicación "incremental" que debe
servirles de apoyo. A esto se le suma, la dificultad que tiene en sí un
razonamiento a priori, que como tal, se sustenta en conocimientos superficiales
y extrapolaciones apresuradas, con la única base real de una necesidad muy
arbitraria de coherencia. Después, de analizar críticamente el racionalismo
planificador al estilo soviético y la síntesis liberal norteamericana, el sociólogo
francés, pasa a la búsqueda del nuevo método intelectual y con respecto a
esta renovación dice lo siguiente: Para superar la oposición incrementalismo -
globalismo es preciso rechazar el dilema y buscar la renovación más allá de
los principios y los planes globales de acción –cuyo impacto es siempre mucho
más débil de lo que parece- en el análisis de las regulaciones reales de los
múltiples sistemas sobre los que se debe actuar y donde la acción no puede
tener lugar sino en forma incremental. El método intelectual a cuya búsqueda estamos
nos permitiría descubrir los puntos clave de estos sistemas, para concentrar
allí los recursos libres de la sociedad o de sus diversos segmentos autónomos
capaces de acción. Esos recursos, siempre demasiado débiles, no deben ser
empleados sino en los puntos de aplicación donde sean más eficaces. No se
trata de reemplazar por un fragmento de poder público el sistema ya en
funcionamiento, ni de poner a su lado otro sistema nuevo, sino de contribuir,
mediante la acción proyectada, a modificar sus reglas de juego de manera que el
nuevo juego produzca resultados diferentes. Es también el método que nos
permitiría lanzar y animar procesos de aprendizaje, de nivel institucional o
–más generalmente- colectivo análogos a los que se pueden poner en marcha en
el nivel individual. Para superar la oposición incrementalismo – globalismo
es preciso, según Crozier, rechazar el dilema y buscar la renovación en el análisis
de las regulaciones reales de los múltiples sistemas sobre los que se debe
actuar y donde la acción no puede tener lugar sino en forma incremental. A su
vez, el método intelectual buscado permitiría, en la opinión de Crozier,
descubrir los puntos clave de estos sistemas, para concentrar allí los recursos
libres de la sociedad o de sus diversos segmentos autónomos capaces de acción.
Se trata de contribuir mediante la acción proyectada a modificar las reglas de
juego del sistema en funcionamiento de manera que el nuevo juego produzca
resultados diferentes. Además, el propio método permitiría, según
Crozier, lanzar y animar procesos de aprendizaje colectivo similares a los que
se pueden poner en marcha a nivel individual. En suma, lo que el método lograría
sería fundamentalmente poder determinar los puntos más sensibles del sistema
que se quiere hacer evolucionar y tratar de realizar mediante procesos de
aprendizaje colectivo la modificación de sus reglas de juego de forma que el
nuevo juego elabore resultados distintos. Crozier sigue diciendo: Entre las
macrodecisiones arrogantes y las microdecisiones ciegas, solo hallarán el
camino de una responsabilidad más limitada, pero más directa, si abandonan su
estrecho racionalismo. Claro está que ese método no permitiría escapar a la lógica
de los grandes sistemas ni a la interrogación sobre los fines últimos y los
principios e ideologías que los sustentan. Pero al menos tendría la ventaja de
ofrecer una perspectiva más neutral, menos dependiente, tanto de los objetivos
generales como de las restricciones prácticas que impone la lógica de los
grandes sistemas. No supone convergencia a priori ni compromete
irremediablemente en un camino determinado, y esto puede convertirse en fermento
de desarrollo general, al margen de las ideologías y al margen de la ideología
de la convergencia. Al final, el método propuesto por Crozier radica
en un camino del medio entre las macrodecisiones arrogantes y las
microdecisiones ciegas, entendiéndolo como un camino de una responsabilidad más
limitada, pero más directa, con la condición que se abandone todo tipo de
racionalismo estrecho y excluyente. A su vez, por un lado, ese método no
permitiría escapar a la lógica de los grandes sistemas ni a la interrogación
sobre los fines últimos y los principios e ideología que lo sustentan. Por el
otro lado, al menos tendría la ventaja de ofrecer una perspectiva más neutral,
menos subordinada, tanto de los objetivos generales como de las restricciones prácticas
que impone la lógica de los grandes sistemas. El que no suponga convergencia a priori ni
comprometa irremediablemente en un camino determinado, para Crozier, esto puede
convertirse en fermento de desarrollo general, al margen de las ideologías en
general y particularmente al margen de la ideología de la convergencia. En
suma, en un contexto mundial, como el de a fines de la década de los sesenta en
el siglo XX pautado por la presencia de una coexistencia activa entre las dos
superpotencias de la época, es decir, la no convergencia entre los dos sistemas
el soviético y el norteamericano y ante los porrazos experimentados por la
planificación soviética y el derrumbe de la síntesis liberal (dos métodos
intelectuales que sirven de base para concebir y organizar la acción
colectiva), Crozier entiende que, el nuevo método intelectual que oficie de
base para concebir y organizar la acción colectiva tiene que estar en una
"tercera vía" entre las macrodecisiones arrogantes y las
microdecisiones ciegas que no supone una convergencia a priori (a nivel de
sistemas) ni tampoco compromete irremediablemente en un camino determinado. Es
así que, para Crozier, el panorama de mundo moderno, en este caso el de a fines
de la década de los sesenta del siglo pasado, además de estar pautado por
rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones y
grupos, también ese mismo mundo moderno experimenta una evolución a nivel de
las relaciones humanas. El propio Crozier, dice lo siguiente: En general, tenemos t | |||||||||