Monografias | Una Visión Particular de la Percepción Social de la Ciencia: Entusiasmo, Trivialización, DesencantoUna Visión Particular de la Percepción Social de la Ciencia: Entusiasmo, Trivialización, DesencantoResumen: Se me puede reprochar con motivo que el título de esta exposición resulta demasiado largo, pero a cambio ofrece la ventaja de proporcionar una idea bastante precisa de su contenido. Para completar esa idea sólo quedaría señalar por una parte que entiendo la secuencia de esos tres jalones -entusiasmo, trivialización y desencanto- como fases más o menos sucesivas de un proceso histórico; y por otra, que al analizarlo adoptaré de modo predominante una perspectiva sociológica. Resumen Se me puede reprochar con
motivo que el título de esta exposición resulta demasiado largo, pero a cambio
ofrece la ventaja de proporcionar una idea bastante precisa de su contenido.
Para completar esa idea sólo quedaría señalar por una parte que entiendo la
secuencia de esos tres jalones -entusiasmo, trivialización y desencanto- como
fases más o menos sucesivas de un proceso histórico; y por otra,
que al analizarlo adoptaré de modo predominante una perspectiva sociológica
(1). Palabras
claves:
sociología/
antropología/ historia de la ciencia/ postmodernidad/ bioética Entusiasmo Podemos
aceptar con Aristóteles que los hombres buscan por naturaleza el saber. Pero si
nos fijamos en los modos prácticos en que se ha planteado esa búsqueda desde
la Grecia clásica hasta nuestros días, resulta oportuno concretar un poco más.
En general, el hombre ha asociado una doble finalidad a la adquisición de ese
saber: la utilidad práctica y el
sentido. El
ser humano tiene que procurar dar satisfacción a sus necesidades vitales
-alimentación, vivienda, reproducción, etcétera - y como esos fines no pueden
alcanzarse en solitario, ha de regular la convivencia con los demás, desde el
ámbito de la familia al de la sociedad global. Se hace necesario, por tanto,
desarrollar una tecnología y elaborar reglas de muy diverso tipo -éticas, jurídicas,
de urbanidad…-. A todo eso llamamos cultura. Pero al hombre no le basta con
esto. Casi tanto o más que la solución de los problemas materiales que plantea
la vida, necesita encontrarle un sentido para orientarse en ella. Ya que la
biología no nos dice cómo hemos de vivir -nuestro aparato instintivo, si es
que se admite la presencia de instintos en el hombre, es casi irrelevante a
estos efectos-, la vida se convierte en una tarea, en un proyecto que debemos
primero delinear antes de intentar llevarlo a la práctica con mayor o menor
fortuna. Parte de ese diseño incluye de modo inevitable el intento de dar
respuesta a las preguntas decisivas de la existencia: ¿Quiénes somos? ¿De dónde
venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué nos depara el futuro? Por eso, junto a la
tecnología y a los diversos
cuerpos normativos, encontramos en toda cultura un elemento simbólico,
sapiencial, que da razón de la identidad y del puesto del hombre en el mundo,
de su origen y de su destino. De modo tradicional, ésta ha sido la función del
mito o de la religión, según los casos. Si
nos fijamos en la Europa antigua y medieval, es la religión cristiana la que se
encarga de cumplir este papel (2). El cristianismo no se limita tan sólo a
proponer a los hombres un camino de salvación y, de modo subsidiario, a
responder a esos interrogantes existenciales básicos, sino que enmarca el
conjunto de la acción social y política. Por citar un ejemplo de actualidad -
debido al centenario que se celebra este año-, el reinado de Carlos V no tendría
sentido desligado de ese concreto horizonte religioso. Lo específico del
cristianismo es que Dios se ha revelado al hombre, manifestándole su voluntad,
tanto mediante palabras recogidas
en los textos que componen la Biblia, como en la persona de Jesucristo, Dios y
hombre verdadero. No
hay que detenerse en las repercusiones que tuvo para la Europa cristiana la
crisis, inicialmente sólo religiosa, que significó la reforma protestante. De
repente, la Sagrada Escritura se convirtió en un texto equívoco -todavía no
se hablaba del “círculo hermenéutico”-, que se prestaba a las más
variadas interpretaciones. Y esa diversidad de lecturas no se limitaba a
alimentar disputas técnicas entre teólogos y eclesiásticos, sino que la
confrontación se trasladó al ámbito
político, con resultados sangrientos. La
denominación de “guerras de religión” tal vez suene a exagerada,
pues las contiendas que asolaron Europa durante un siglo no se pueden
atribuir en exclusiva al elemento religioso, pero parece indudable que la religión
cristiana se convirtió en un poderoso factor de división y enfrentamiento. En
el nuevo contexto europeo derivado de
la paz de Westfalia, se hace preciso neutralizar ese foco de conflictos. Y la fórmula
adoptada para conseguirlo es el cuius
regio, eius religio. La
Biblia deja de ser así el texto que contiene las claves para orientar la
existencia de los europeos, de ahí que se necesite dar con otra fuente para
dotar de significado a la vida humana. Por suerte, no se tarda mucho en
encontrar un libro alternativo: la misma naturaleza,
obra también del Creador y en la que éste
manifiesta igualmente sus
designios providentes. La ventaja de este libro de la naturaleza es que está
escrito en un lenguaje inequívoco, el de las matemáticas, que no da lugar a
disputas hermenéuticas. La ciencia moderna inicia su portentosa singladura, en
un contexto de optimismo lleno de entusiasmo
y de confianza ciega en el progreso, que se convertirá en el gran mito
de la Ilustración. Este Progreso -en singular y con mayúscula- aparece como
necesario e ilimitado; es decir, se producirá de modo inexorable, al margen y
por encima de la actuación humana, y sus beneficios de todo orden nunca dejarán
de fluir, haciendo al género humano cada vez más sabio, justo
y feliz. Los
padres de la ciencia moderna -Galileo, Descartes, Kepler, Leibniz o Newton- están
animados por una intención casi apologética, convencidos de encontrar en la
legalidad que rige el orden del mundo la expresión más acabada de la voluntad
divina. Resulta ilustrativa la pretensión de Swammerdam de
mostrar la prueba de la providencia divina en la anatomía del piojo.
Esta congruencia entre la
incipiente ciencia moderna y la fe cristiana no es casual en modo alguno.
Conviene recordar que fue justamente la desacralización del mundo llevada a
cabo por el cristianismo el humus sobre el que pudo germinar la ciencia en
sentido moderno. Así, no puede extrañar que fueran clérigos y frailes,
franciscanos más en concreto, sus primeros y destacados
cultivadores. Ya
se ha dicho que el surgimiento de la ciencia moderna se enmarca en un contexto
de crisis, crisis que sacude los fundamentos mismos de la cristiandad medieval,
pero el entusiasmo que da título a este epígrafe está más que justificado.
La ciencia nos va a asegurar una comprensión cabal de los designios de Dios
para el hombre y el mundo, a la vez
que nos proporcionará
conocimientos suficientes para incrementar tanto el saber teórico como el
dominio práctico del mundo natural. Y durante un par de siglos las previsiones
parecen cumplirse al pie de la letra.
Porque
la ciencia inicia lo que será un
desarrollo prodigioso que el
conjunto de la opinión pública europea sigue con toda atención. No se trata
de algo propio de especialistas que afecte tan sólo a unos restringidos círculos
de iniciados. En una medida que cuesta imaginar al ciudadano de nuestros días,
lo que se elabora y debate en los medios científicos interesa e incluso
apasiona a la casi totalidad de la población. Se habla y se discute de
cuestiones científicas o filosóficas en las universidades y en las academias,
lo que resulta obvio, pero también en las cortes, en los salones de los nobles
y en los puestos de los mercados. Ni siquiera las mujeres quedan al margen de
este proceso, aunque luego la Ilustración ya cuajada tenderá a marginarlas. Ahí
están las relaciones de Descartes con nobles y princesas, Las
cartas a una princesa alemana de Euler o El
sistema newtoniano para la mujer de Algarotti; el Journal
des savants podrá incluso decir con un punto de ironía que el afán por
saber está convirtiendo a la galantería en algo pasado de moda. Sin
embargo, cuando los efectos de ese asombroso desarrollo científico y tecnológico
empiezan a generalizarse y a afectar al conjunto de la población occidental
-revolución industrial, por ejemplo-, surgen los primeros síntomas de crisis. Trivialización Ni
el imparable incremento de los conocimientos, ni las chimeneas de las fábricas
que se multiplican por doquier logran esconder la inesquivable realidad: esa
maravillosa ciencia no consigue, a pesar de todos sus progresos, aquietar las más
profundas aspiraciones que laten en el fondo del corazón humano. La ciencia no
da respuesta a las preguntas decisivas y, en consecuencia, no nos indica cómo
hemos de vivir. Los conocimientos que nos proporciona en cantidades crecientes
tienen, sin duda, un gran interés práctico y van a posibilitar un grado de
bienestar material nunca imaginado, pero se muestran en igual medida
desprovistos de significado a la hora de buscar respuesta a las preguntas que más
importan en nuestra vida. En este contexto habla Tenbruck del progreso científico
como de un proceso de trivialización. Con cierta tristeza se registra que no
tiene solución la ecuación que se
proponía identificar ciencia y felicidad. Hoy
sabemos más que nunca -se estima que el acervo del saber disponible se duplica
cada cinco años-, pero a la vez nunca ese saber ha importado tan poco a la
generalidad de los hombres. Interesa, por supuesto, la aplicación práctica de
los nuevos conocimientos en la medida en que contribuye a combatir enfermedades
o a resolver los problemas de la
humanidad, pero, a pesar de que
también la divulgación científica haya experimentado un notable desarrollo,
casi nadie se preocupa por los retos o debates que centran la atención de los
medios científicos. Todo
desencanto guarda proporción
directa con la magnitud de las expectativas que al fin se vieron defraudadas. Es
lógico, por tanto, que el desengaño inducido por el incumplimiento de las
promesas formuladas por la ciencia estuviera llamado a provocar una profunda
frustración. Se entiende, entonces, que la ciencia haya recurrido a diversas
estrategias para paliar los efectos de la catástrofe y, dentro de lo posible,
salvar la cara. Una
primera manera de combatir ese indeseable efecto
trivializador consiste en dirigir la mirada hacia nuevas disciplinas científicas,
en la confianza de que ellas sí que podrán proporcionar el significado
anhelado. Este intento se ha visto facilitado por el considerable incremento de
nuevas ciencias surgidas a lo largo de estos últimos siglos. Con frecuencia
la constitución de esas nuevas disciplinas se vio acompañada por la
formulación de las más altas expectativas en cuanto al desvelamiento, por fin
ya definitivo, de los secretos de la estructura del Universo o de la existencia
humana. Ahí están, a título de ejemplo, los casos del vitalismo de Hans
Driesch, la mecánica cuántica de Max Planck
o la cibernética de Norbert Wiener, por no hablar de la cosmovisión asociada
al paradigma neodarwinista. El
mecanismo es siempre el mismo: la aparición y subsiguiente consolidación de
una nueva ciencia parece autorizar a sus cultivadores a pontificar y dar por
resueltas las últimas cuestiones relativas al sentido de la vida. El entusiasmo
que provocan en cada caso los nuevos descubrimientos es tan grande, que esos
científicos no consiguen escapar a la precipitación, por lo que sus proclamas
suelen presentarse como pronósticos de inminente cumplimiento.
Desgraciadamente, la luz que se nos anuncia
cercana suele tardar en aparecer y, mientras tanto, seguimos en la
penumbra. Eso sí, los rápidos avances
técnicos facilitan que nuestra
instalación material en el mundo se perfeccione cada vez más, lo que sin duda
hará la espera algo más llevadera. Si
la ampliación del campo del saber, y la subsiguiente proliferación de nuevas
ciencias, no nos trae la iluminación definitiva, no queda entonces más remedio
que aceptar un retraso en el logro del objetivo. Como la confianza en el
Progreso se mantiene todavía inalterada, el
ya es sustituido por un todavía
no. Es verdad que aún no hemos conseguido una respuesta definitiva a esos
interrogantes últimos, pero todo es cuestión de tiempo. El carácter
acumulativo del progreso científico no tardará en dar satisfacción a nuestras
pesquisas. Sólo hay que tener paciencia y, por supuesto, seguir trabajando. De
modo paralelo, se lleva a cabo un
considerable esfuerzo en el afinamiento de la metodología científica. Ahí están
los desarrollos de la matemática, la lógica y la teoría de la ciencia, junto
con el perfeccionamiento de las técnicas experimentales y de los instrumentos
de medida. La preocupación por el método pasa a ocupar un lugar central en la
tarea científica. Estos avances metodológicos multiplican los datos
disponibles, que son además mucho más fiables, lo que permite mantener viva la
esperanza: nada habla en contra de las hipótesis formuladas, así que, en
cuanto dispongamos de los medios necesarios para verificarlas, habremos llegado
a la meta del esclarecimiento definitivo acerca del ser íntimo del Universo y
del hombre. El
afianzamiento del método experimental consagra el triunfo del positivismo. Este
ideal cognoscitivo y metodológico va a fascinar a las nacientes ciencias
sociales -historia, sociología, psicología, antropología…-, que lo van a
adoptar como modelo con la intención de constituirse en disciplinas tan
positivas como las ya asentadas ciencias naturales. La
aplicación del probado método experimental al propio hombre, ya sea en sí
mismo considerado, en su existencia a lo largo del tiempo o en su dimensión
social, tendría que dar de modo necesario los frutos tan largamente deseados.
La sociedad y la cultura se asimilan a la naturaleza. Si hemos conseguido
desvelar los secretos del mundo físico y controlarlo a nuestra conveniencia,
cabe esperar algo parecido cuando conozcamos de modo científico las leyes que
rigen la vida social. “Saber para prever, prever para dominar” es el lema de
la sociología de Comte y un ideal que -en
mayor o menor medida, y de forma más
o menos declarada- ha subyugado a
la sociología hasta el día de hoy. La utopía puede adquirir así un tinte
científico, lo que la hace más verosímil. Por fin estaremos en condiciones de
instaurar un régimen social perfecto, gobernado científicamente, que alumbrará
una nueva humanidad. Al
cabo de casi dos siglos de cultivo positivo de las nuevas ciencias sociales está
claro que nuestros conocimientos de detalle acerca de la condición humana se
han multiplicado de forma exponencial. Pero es igual de dudoso que esas
disciplinas hayan cumplido la función sapiencial que se les atribuyó al
comienzo de su exitosa trayectoria. Disponemos de innumerables datos acerca de
la vida humana en el pasado y en el presente, pero las ciencias sociales no están
en condiciones de decirnos cómo hemos de vivir. Este resultado más bien escuálido
no debería sorprendernos, pues, con independencia de que se deduzca de la misma
naturaleza de la actividad científica, ya fue anunciado con suficiente antelación.
Basta recordar, entre tantos posibles testimonios, la cáustica crítica del
desengañado Pareto a la ingenua pretensión del laicista Durkheim de elaborar
una moral nueva a partir de la ciencia. Desencanto Si
tampoco las nuevas ciencias sociales consiguen eludir la trivialización y el
orgulloso moderno descarta dirigir su mirada a la sabiduría clásica -que
considera obsoleta y descalificada por los avances de la ciencia-,
no queda más que el recurso de la zorra de la fábula ante las uvas
inalcanzables: declarar que la búsqueda del antaño ansiado objetivo en
realidad no tiene sentido. Si la respuesta se muestra escurridiza y, a la
postre, inasequible, una manera de evitar el fracaso salvando las formas es
renunciar sin más a plantear la
propia pregunta. Muerto el perro, se acabó la rabia. Esta
operación admite a su vez diversos grados o etapas. De entrada, se rebajan las
pretensiones cognoscitivas, que se limitan a lo verificable empíricamente. Es
la época del neopositivismo lógico. El ámbito de lo cognoscible de modo
objetivo se recorta así drásticamente. Y cuando el mismo neopositivismo entre
en crisis, al ponerse de manifiesto que sus presupuestos
metodológicos no son más que una mera petición de principio, se optará
por suspender toda pregunta. El mundo, regido por el azar, se torna hermético,
sin sentido. El lenguaje pierde toda aptitud para expresar cualquier tipo de
conocimiento acerca de esa supuesta realidad. Para Foucault, por ejemplo, las
palabras no son más que violencia que hacemos a los demás y a las cosas. Este
itinerario de la reflexión filosófica sobre la ciencia se vio acompañado por
una crisis de la ciencia misma -ocurrida
en el primer tercio de nuestro siglo- cuyas consecuencias se dejan sentir hasta
el día de hoy. Cuando
los físicos se creían a punto de desvelar los secretos de la materia -y
conocer la estructura del átomo iba a permitir averiguar también la del
universo entero-, sobrevino una profunda crisis que erosionó los cimientos de
la que era hasta ese momento la reina de las disciplinas científicas. Después
de aportaciones como las de Heisenberg, Bohr o Gödel, ya nada volvió a ser
igual. La
investigación científica encuentra unos límites que parecen insalvables por
principio. El ideal del absoluto objetivismo se esfuma sin remedio. Hay que
renunciar a la pretensión de un conocimiento completo y definitivo, que iba a
hacer el mundo del todo transparente a nuestra mirada inquisitiva. Se acepta que
tanto las hipótesis como las teorías basadas en ellas tienen una vigencia
provisional y limitada: la caducidad se instala en el corazón de la actividad
investigadora. Las leyes que establece la ciencia ya no son la expresión de
determinismos que manifestarían la esencia de la realidad, sino
meras aproximaciones estadísticas o probabilísticas, relativas a los
fenómenos observables. La confianza en la propia capacidad, que rozaba la
arrogancia, se convierte en modestia. No importa que esta metamorfosis se lleve
a cabo de buen grado o a la fuerza, la realidad se impone de modo implacable.
Aunque los testimonios que documentan este cambio de actitud son muy abundantes,
me limitaré a citar aquí uno de los más cualificados: “En 1921 yo creía -y
compartía esta creencia con muchos de los físicos contemporáneos- que la
ciencia producía un conocimiento objetivo del mundo, que está gobernado por
leyes deterministas. Para formarse una representación del mundo, el método
científico me parecía superior a otros procedimientos más subjetivos, como la
filosofía, la poesía o la religión. Y siempre pensé que el inequívoco
lenguaje de la ciencia era un medio apropiado para lograr un mejor entendimiento
entre los seres humanos. En 1951 ya no lo creo así. La frontera entre objeto y
sujeto se ha difuminado, leyes estadísticas han reemplazado a las
deterministas, y por encima de fronteras nacionales los físicos se dan cuenta
de que han contribuido, no al mejor entendimiento entre las naciones, sino a la
invención y aplicación de las más horribles armas destructoras” (3). La
ciencia no se ve obligada a modificar únicamente su talante, sino que también
debe someter a revisión crítica
su propia historia. A partir de las aportaciones de Kuhn y otros y de los
debates en torno a la concepción heredada y al programa fuerte, se empiezan a
ver esa historia y las prácticas de la comunidad científica con una nueva luz,
muy alejada de la hagiografía oficial.
La historia de la ciencia ya no aparece como un simple proceso lineal de
acumulación del saber llevado a cabo por científicos heroicos y altruistas,
entregados a su quehacer con una abnegación que recuerda la del sacerdote
dedicado a su ministerio sagrado (imagen, por cierto, muy empleada por los
propios científicos del siglo pasado, imbuidos de la excelencia de su misión.
Como la religión tradicional estaba llamada a desaparecer para ceder su puesto
a la ciencia, ellos ocuparían, en consecuencia, el lugar de los sacerdotes).
Ahora descubrimos, no sin asombro, que los científicos son hombres como los demás,
víctimas de las pasiones más viles y elementales -ambición, envidia,
soberbia, afán de poder, apego a la riqueza, etc.- y que la historia está
llena de revoluciones violentas, pugnas entre paradigmas rivales y luchas por la
reputación, donde el amor a la verdad no siempre inspira los comportamientos. Hemos
pasado, pues, de la trivialización al desencanto. Pero no todo está perdido.
De una parte, y como luego mostraré, la decepción no ha arruinado por completo
el crédito de que gozaba la ciencia; y de otra, nos queda la tecnología. Si no
esclarecimiento del sentido de la existencia, tenemos al menos el dominio técnico
del mundo al servicio del bienestar material de la humanidad (o de su fracción
occidental, si queremos ser más precisos). A este respecto sí que se han
cumplido las expectativas, formuladas ya en fecha temprana por Francis Bacon: el
dominio de la naturaleza, la equiparación de saber y poder, la instauración
del reino del hombre sobre la tierra. Lo que aquí se enuncia no es un simple
ojalá, sino un auténtico mandato, que el moderno se ha apresurado a cumplir. Los
resultados dan motivo más que suficiente para enorgullecerse de los logros de
la cultura moderna, pero no pueden ocultar un carácter ambivalente, que parece
propio de casi toda realización humana, reflejo tal vez de nuestra bifronte
condición, capaz de lo mejor y de lo peor. Los
hombres de la Ilustración eran incapaces de pensar que del desarrollo científico
pudieran derivarse consecuencias negativas, pues la ciencia parecía la cifra de
todos los bienes. Sin embargo, nuestra mirada menos ingenua percibe hoy
las luces y las sombras de
la empresa científica. El siglo XX es un claro ejemplo: pocas veces se
ha dado en la historia una alianza tan estrecha entre la civilización y la
barbarie, entre las cimas más elevadas de progreso y los abismos más profundos
de vileza. Es
verdad que la ciencia ha renunciado al monopolio
del conocimiento válido o incluso a la simple hegemonía que reivindicó
durante los siglos ilustrados, y hoy convive mal que bien con la pluralidad de
discursos y puntos de vista que caracteriza la postmodernidad. Ya no aspira a
ocupar el puesto de Dios, pero eso tampoco parece preocuparle en exceso, pues
antes se ha encargado de erosionar la vigencia de la religión, que ahora quedaría,
en todo caso, relegada al ámbito de lo privado, dado que todavía parecen
existir individuos que dicen sentir necesidades religiosas. Hay que renunciar a
la aspiración de ser la guía que oriente la vida de los hombres, ya que las
circunstancias inexorables obligan a aceptar el fracaso de esa misión que la
ciencia se había autoencomendado. Pero esto no significa que nos encontremos
abatidos y con las manos vacías: hay sucedáneos a los que aferrarse, como
por ejemplo el poder y el dinero. Si
la ciencia moderna se concibe a sí misma como un poder, llamado a controlar en
primera instancia el mundo físico y, a continuación, el mundo social, no tiene
nada de extraño que haya buscado el acercamiento a la política, pues las dos
partes salen ganando en este maridaje. Los
políticos buscan encantados la asistencia de los expertos, por diversas
razones. De una parte, hay que reconocer que el gobierno de sociedades complejas
en un mundo cada vez más globalizado apenas sería
posible sin el concurso de expertos en los más variados campos. Buena
parte de la acción de gobierno tiene un componente técnico que exige
personas cualificadas para resolver los problemas planteados. Pero a la
vez, invocar la complejidad de los asuntos y remitir a los dictámenes de los
expertos resulta una manera muy apropiada de eludir la propia responsabilidad y
trasladarla a otros cuando resulta necesario adoptar medidas impopulares. Los
supuestos imperativos objetivos esconden con mucha frecuencia la simple desidia
o la incapacidad de los políticos. A estas alturas también hemos desechado el
ideal tecnocrático, que pareció seducir a
científicos sociales y políticos hasta mediados de los años 70, y somos bien
conscientes de que la planificación es imposible y de que
el gobierno no se convertirá en un plazo breve en una técnica infalible
(4). En este panorama, con frecuencia imprevisible, conviene estar rodeado de
expertos a los que culpar de los propios errores, supuesto -claro está- que se
consiga convencer a los votantes. Los
expertos, por su parte, obtienen evidentes ventajas de su cercanía al gobierno.
Aunque el hombre de ciencia declara oficialmente consagrar todos sus esfuerzos
al incremento del saber, la tentación fáustica siempre está ahí, acechando
cualquier momento de debilidad. Durante
algún tiempo los científicos procuraron tranquilizar su conciencia invocando
el carácter aséptico de sus descubrimientos. Ellos no serían responsables,
decían, del uso que se hiciera de sus hallazgos. Pero esta distinción, que tal
vez se pueda mantener en la teoría, se vio desmentida muchas veces
por la práctica. Edward Teller, por ejemplo, no se limitó a poner a
punto la bomba de hidrógeno, sino que formó parte -y no consta que lo hiciera
coaccionado- del llamado Target-Committee, integrado por políticos, militares y
científicos y constituido para elegir las ciudades enemigas que entrarían en
consideración como posibles blancos para el lanzamiento de la bomba. No
sorprende, por tanto, que en los años posteriores y hasta el día de hoy,
a sus 91 años, siga defendiendo el “deber moral de fabricar bombas”,
a la vez que reconoce que muchas veces ha actuado como un político. Su lema es
bien sencillo: -Hacer lo que se puede hacer y acabar lo que se ha comenzado. No
se puede escapar al imperativo de saber y de aplicar técnicamente lo sabido. Y
si no lo hace uno, lo harán los demás, por lo que conviene darse prisa para
ser los primeros y controlar la situación dentro de lo posible (como es
conocido, los otros son siempre gente sin escrúpulos, bárbaros
irresponsables). El desarrollo científico y tecnológico se convierte en una
especie de destino inexorable, que se impone al hombre al margen de lo que éste
quiera. Todavía hace apenas unos meses declaraba en una entrevista a propósito
del veto a los ensayos nucleares: “El espíritu de acabar con los ensayos es
el espíritu de la ignorancia; estoy contento de haberlo violado. Creo que no lo
violamos lo suficiente” (5). En continuidad con esta actitud, el presidente
Truman casi parecía un hombre de ciencia cuando declaraba después del
lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima que lo habían hecho porque la
tenían y había que utilizarla. Para
que no se me reproche que me baso en una coyuntura tan particular como la de la
guerra mundial y la guerra fría que le siguió, cedo la palabra a Philippe
Kourilsky, director de investigación en el CNRS y director
del laboratorio de biología molecular y genética en el Instituto
Pasteur de París: “Realmente estamos condenados a saber, a incrementar más y
más nuestros conocimientos, de forma que no nos queda más elección que tratar
con el máximo cuidado posible las cosas que vamos descubriendo” (6).
Kourilsky también profesa el credo específico de la comunidad científica: la
ciencia no es mala en sí misma; en todo caso, puede ser reprobable el uso que
se haga de ella. “Se trata de la libertad de la ciencia y de nada más.
Nuestro cometido es hacer un trabajo de pioneros. Que la humanidad acierte o no
a recorrer el camino que le abrimos es cosa suya, no nuestra”, declara sin
ambages uno de los físicos de la pieza teatral de Dürrenmatt (7). Es
comprensible que los que saben, al menos sobre el papel, aspiren con todas sus
fuerzas a poder llevar un día a la práctica sus diseños ideales. Podemos
incluso aceptar que les mueve únicamente el deseo de hacer feliz a la
humanidad. En la práctica, da lo
mismo: el sufrido ciudadano de a pie pagará por igual un precio muy elevado.
Parece que después de 1989 la
construcción violenta de la utopía se ha desvanecido un tanto del horizonte de
nuestros intelectuales -no obstante, todavía
quedan algunas voces residuales que insisten en que la idea sigue siendo válida,
aunque hayan fallado los intentos de llevarla a la práctica-, y se reconoce con
fuerza creciente que la democracia es la mejor manera de acercarse a esos
ideales de justicia, paz y
libertad, pero habrá que esperar un poco antes de considerar esa especie de
experimento social como algo superado por completo. No parece que nuestra
capacidad de aprender de los errores pasados se haya agudizado en los tiempos
actuales. La
alianza entre política y ciencia, que tan beneficiosa muestra ser para ambas
partes, se tornaría inoperante si faltara dinero, imprescindible en nuestros días
para hacer cualquier cosa. Surge así pujante
el complejo científico-tecnológico, político e industrial. Todos parecen
ganar en esta ampliación de la inicial alianza entre dos. Aunque de modo
ocasional cada actor de este juego se queje de las trabas que le ponen los
otros: la economía denunciará las insuficiencias del marco jurídico que le
ofrece la política; la ciencia se quejará de la escasez de recursos económicos
y de la ausencia de políticas impulsoras de la investigación, etcétera,
al final se logra un entendimiento aceptable, pues hay en juego fabulosos
negocios, mucho dinero, poder y la
influencia a los que ya me he referido. Posiblemente
al día de hoy nada ejemplifica mejor esta tendencia que lo que ocurre
alrededor de la genética. En el momento en que trascienden a la opinión
pública descubrimientos susceptibles tanto de aplicaciones beneficiosas como de
usos perjudiciales, las reacciones suelen
seguir una pauta ya muchas veces reiterada: rechazo horrorizado; rechazo sin
horror -los ánimos se han tranquilizado un tanto después del susto inicial-;
incipiente curiosidad; cuidadoso examen de la cuestión; aceptación para casos
excepcionales, claramente tipificados por las leyes; aceptación de hecho tras
el incumplimiento cada vez más frecuente de esas leyes; difusión generalizada.
Como el moderno es de talante sistemático y no soporta la incoherencia, al
final hay que modificar leyes, reglamentos y códigos deontológicos para
adaptarlos a la nueva realidad. La curiosidad del hombre es ilimitada, casi
tanto como su capacidad para acostumbrarse a cualquier situación, lo que basta
para explicar esa dinámica imparable. Si además está
por medio la posibilidad de hacer negocio, la suerte está echada. Quien
intente oponerse a la generalización de esas prácticas se verá atropellado
sin remedio por la fuerza de los hechos, y
cuando los abusos se generalicen o
alcancen dimensiones clamorosas, siempre se podrán
crear comités de ética para que formulen recomendaciones destinadas a
paliar los daños producidos. De esta forma, el negocio no se interrumpe y queda
más o menos salvada la buena conciencia. La
clonación ofrece en estos momentos una ocasión privilegiada para confirmar
este diagnóstico (8). Una empresa denominada Clonaid, radicada en las
Bahamas, ofrece a través de Internet la posibilidad de clonar a clientes
solventes -con el dinero no se juega- por 200.000 dólares. Puede ser legítimo
dudar de la seriedad de esta oferta, por lo que vamos a dirigir la mirada a un
conspicuo representante del establishment
científico: Lee M. Silver, biólogo molecular de la Universidad de Princeton y
autor del libro El paraíso clonado.
No me considero competente para analizar o discutir lo que de biología hay en
su trabajo, pero cualquiera entiende las consideraciones mercantiles -lo cortés
no quita lo valiente- que nos ofrece el mismo Silver. En julio de 1998
declaraba: “Hay un inversor
privado que ha puesto a disposición tres millones
de dólares para clonar un perro. En Japón acaban de nacer dos terneros
clonados y otro grupo de investigadores en Oregón intenta hacer lo mismo con un
mono. Es obvio que clonar monos sólo tiene sentido si se quiere aplicar ese
procedimiento al hombre. Se invierte porque se puede ganar mucho dinero. Pienso
que la clonación de hombres se convertirá en un gran negocio” (9). Silver
no habla a la ligera, pues ha hecho sus cuentas -que son de lo más sencillas,
dicho sea de paso-. En efecto, calcula que en Estados Unidos hay tres
millones de matrimonios estériles. Con que sólo un 0,5 % de esos seis
millones de personas quisiera descendencia mediante la clonación, habría ya
treinta mil interesados. Pero incluso aunque no fueran más que diez mil
se podría hacer un buen negocio. Silver, que
tiene una visión amplia, ha
advertido enseguida que su mercado potencial no se limita a los matrimonios estériles.
Las parejas de homosexuales, por ejemplo, podrán tener así hijos propios, lo
que contribuirá, según sus estimaciones, a facilitar la aceptación social de
estos procedimientos. Los estadounidenses estarán, sin duda, dispuestos a pagar
para que se les apliquen las modernas técnicas reproductoras, lo que lleva a
Silver a pronosticar que Estados Unidos será el primer país donde se clonarán
seres humanos. Es
posible que esta previsión valga para la explotación comercial del asunto,
porque en cierto sentido ya se les ha adelantado alguien, en este caso de Corea
del Sur: el doctor Lee Bo-Yon y su equipo de la Universidad Nacional de Seúl
han logrado producir un clon humano según la técnica con la que se obtuvo la
oveja Dolly, aunque lo dejaron morir al cabo de pocas horas por escrúpulos
morales (10). Estos
desarrollos no consiguen eliminar un inequívoco tufillo eugenésico, y en
Europa estamos ya un tanto curados de espanto después
de las traumáticas experiencias del régimen nazi, lo que ha dificultado
hasta el momento su aceptación social. Pero
los intereses que hay en juego son muy poderosos, y los recursos de que disponen
para influir en la opinión pública a su favor son abundantes, a lo que se suma
el debilitamiento del recuerdo que
trae consigo el paso del tiempo, por lo que la invocación de los horrores del
nazismo no conservará su eficacia disuasoria por tiempo indefinido. Lo
sucedido recientemente en Inglaterra ilustra de modo inquietante esta dinámica.
El Reino Unido ofrece hoy el marco jurídico más permisivo para las prácticas,
tanto científicas como industriales, relativas a la reproducción y la genética,
pero esto no siempre ha sido así. El Human
Fertilization Act británico sigue en lo esencial las recomendaciones del
informe Warnock acerca de la investigación en embriones y la medicina
reproductiva, elaborado en 1982 por encargo del gobierno Thatcher. La mayoría
del Parlamento y de la población se mostró entonces contraria a esas
recomendaciones tan ‘liberales’, pero los científicos implicados supieron
emplearse a fondo en una eficaz campaña de sensibilización de la opinión pública,
y pronto se consiguió invertir el sentir popular. Se hizo ver a la gente que
las posibles consecuencias positivas de la investigación en embriones no deberían
ser sacrificadas por reservas éticas, sobre cuyo contenido no existía además
ningún consenso. Para tranquilizar las conciencias escrupulosas y asegurar que
todo discurriría dentro de los cauces marcados por la ley, se creó un
organismo de control, la Human
Fertilization and Embriology Authority (HFEA), que se encargaría
además de velar por la observancia de las necesarias pautas éticas
(sobre las que ya habíamos quedado en que no era fácil alcanzar un mínimo
consenso…). Es
claro que, a pesar del desencanto que he intentado reseñar en estas páginas y
de la conciencia cada vez más generalizada del carácter ambivalente del
progreso científico y tecnológico, el ascendiente de los científicos sobre el
conjunto de la población sigue siendo muy considerable. Un halo de
respetabilidad envuelve todavía casi todo lo que se elabora bajo la rúbrica de
‘científico’. Tal vez nada ilustra mejor que los experimentos de Milgram
las aberraciones a que pueden ser movidas personas honorables si se les hace ver
que la ciencia parece justificarlas. No tiene así nada de extraño que en
nombre del saber puedan cometerse los crímenes más horribles. En
la presentación de esta mesa redonda se nos invitaba a pensar en la gente
corriente, en los usuarios y destinatarios, en los beneficiados y perjudicados
por el quehacer de los científicos. Considero urgente hacer ver a la
generalidad de la población que los científicos son personas como las demás,
con grandezas y miserias, y no semidioses incorruptibles y altruistas. La
ciencia es, sin duda, una aventura apasionante y ámbito privilegiado para la
manifestación de la excelencia y
la dignidad humanas, pero también un turbio negocio donde se trafica con vidas
humanas al servicio de dudosos intereses políticos y económicos. Hemos visto
ya de todo y estamos bien escarmentados, por lo que debería acabar la época de
los cheques en blanco. Tal
como corresponde a los modos de hacer propios de un régimen democrático, la
ciencia tendría que acostumbrarse a rendir cuentas a esa sociedad a la que dice
servir. La transparencia, el debate público acerca de los fines y medios, el
establecimiento de prioridades en diálogo con todos los implicados, son
prácticas que no tienen por qué disminuir la calidad de las actuales y
futuras investigaciones. Y para los especialistas no debería resultar
humillante someterse a lo que dicte el buen sentido de los ciudadanos y sus
representantes. Hay mucho en juego y los expertos no han mostrado hasta el
momento mayor capacidad de discernimiento que el común de los mortales. Es
claro que el juicio acerca del sentido de la actividad científica y del papel
que deba corresponder a la ciencia en la vida de las personas y de las
sociedades no es científico a su vez, sino que
trasciende el ámbito de la ciencia: en este punto cualquiera puede
invocar una autoridad no menor que la de los propios investigadores. Estos, además,
tenderán a incurrir con más facilidad en la parcialidad del que actúa como
juez en cosa propia. No se trata de poner en marcha una especie de cruzada
fundamentalista o retrógrada y propugnar la vuelta a las cavernas -soy el
primero en disfrutar agradecido de los beneficios de todo tipo que pone a
nuestra disposición el avance científico-, sino de llamar la atención acerca
de algunas sombras que no pocas veces empañan una tarea que, hasta hace poco,
despertaba un respeto y una veneración casi religiosos. En definitiva, considero que
ha llegado la hora de decir en voz alta que ese rey, supuestamente vestido con
los deslumbrantes ropajes de la sabiduría y el progreso, en realidad está
medio desnudo. Notas 1)
La inspiración del contenido de estas páginas
debe mucho a la sociología de Max Weber y a la de uno de sus principales
comentadores, Friedrich Tenbruck. Cfr.
M. Weber, Gesammelte Aufsätze zur
Wissenschaftslehre, J. C. B. Mohr (Paul Siebeck), Tübingen
71998. F. Tenbruck, Die
kulturellen Grundlagen der Gesellschaft, Westdeutscher Verlag, Opladen 1989. 2)
Como es obvio, aquí no se habla más que de uno de los efectos o consecuencias
del hecho religioso, es decir, de alguna de sus repercusiones en la vida social.
En rigor, lo propio y decisivo de la religión cristiana radica en su dimensión
trascendente, de relación con Dios, que no es en sí misma objeto de estudio
para el sociólogo. 3)
Max Born, Physics in my Generation,
Oxford-New York-Toronto 1956. Citado
en F. Tenbruck, Perspektiven der
Kultursoziologie, Westdeutscher Verlag, Opladen 1996, p. 177. 4)
Se cuenta que Georges Pompidou, jefe del Gobierno francés, declaró justo después
de las agitaciones de mayo del 68 que en esta vida había tres maneras seguras
de ir a la ruina: Las mujeres, el juego y el consejo de los expertos. Sus
motivos tendría… 5)
Investigación y Ciencia (279), diciembre 1999, p. 32. 6)
Frankfurter Allgemeine Zeitung, 21.XI.1989, p. 9. 7)
F. Dürrenmatt, Die Physiker, Gesammelte
Werke, Stücke 2, Zürich 1996, p. 192. 8)
Se trata de un caso representativo, pero no del único. Se podría hablar en términos
muy similares, por ejemplo, de la investigación sobre el genoma humano, con su
característica mezcla de intereses científicos, políticos y económicos. 9)
Frankfurter Allgemeine Zeitung, 20.X.1999, p. 54. 10)
Bild, 18.XII.1998, pp. 1 y 10. Magíster
en Antropología y Desarrollo | Departamento
de Antropología | Universidad de Chile
© 2002 Publicación enviada por Dr. Alejandro Navas García Contactar http://csociales.uchile.cl Código ISPN de la Publicación EpZZZkEkZutJXZJCLf Publicado Wednesday 25 de February de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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