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Monografias | Globalizacion trabajo(s). precariedad(es) por un sindicalismo anticapitalista

Globalizacion trabajo(s). precariedad(es) por un sindicalismo anticapitalista

Resumen: La globalización económica es un régimen político cuya base social integra en los países del centro a las minorías poderosas y a las amplias clases medias. Mil millones de personas, beneficiarias de este modelo de modernización, constituyen una élite cuya movilidad y poder de consumo, se basan en la exclusión de la mayoría de la humanidad. Sus intereses particulares aparecen como universales.

Publicación enviada por Centro de Asesoria y Estudios Sociales




 


La globalización económica es un régimen político cuya base social integra en los países del centro a las minorías poderosas y a las amplias clases medias. Mil millones de personas, beneficiarias de este modelo de modernización, constituyen una élite cuya movilidad y poder de consumo, se basan en la exclusión de la mayoría de la humanidad. Sus intereses particulares aparecen como universales. El sistema parlamentario que, en muy diferentes países y tradiciones, asegura las condiciones económicas, culturales y represivas para la perpetuación de este modelo, ha secuestrado el nombre de “democracia”

            La imposición de los valores de esta minoría cosmopolita sobre los derechos humanos, las leyes y las culturas tradicionales de los pueblos y las naciones, es una forma de violencia simbólica propia del capitalismo global. Cualquier resistencia al colonialismo de este grupo privilegiado, justifica el uso “democrático” de la violencia estatal y de las guerras preventivas contra el enemigo exterior ó interior.

            Un nuevo nacionalismo consumista, ahora global, expresa los intereses de dicha minoría, cuya identidad se basa en la satisfacción del deseo individual a través del mercado, la inexistencia política de las mayorías excluidas y el control, o eventual destrucción, de cualquier otra identidad o sujeto social refractarios a este orden.

 

 CAPITAL FINANCIERO Y GLOBALIZACIÓN.

 

            El peso creciente de una forma del capital, el capital financiero, potenciado por las tecnologías de la información y por las constantes transferencias de soberanía que recibe de los estados, favorece el totalitarismo de una economía cuya única finalidad es la producción y reproducción ampliada del capital.

El capital financiero no opera, en primera instancia, con factores productivos materiales (trabajo, instalaciones, cultivos, máquinas, herramientas, etc) sino con dinero (títulos de propiedad garantes de los préstamos o inversiones, acciones, divisas, depósitos, créditos, etc) No trabaja con cosas materiales sino con representaciones de cosas materiales, con los equivalentes en dinero de la riqueza material. Pero el dinero carece de valor propio al margen del valor de las mercancías que, bajo la forma de precio, se reflejan en él. El capital financiero, al trabajar con capital dinerario, deja de trabajar con valores, para hacerlo exclusivamente con precios.

            La información privilegiada  que manejan, tanto el sector bancario, (observatorio privilegiado del resto de las empresas), como las grandes multinacionales que, con sus lobbys políticos y mediáticos, dominan las instituciones democráticas y la actividad social, se complementa con la capacidad para producir, ellos mismos, dicha información. Con su libertad de movimientos transnacional, legalizada por los estados nacionales, el capital financiero y las multinacionales pueden aumentar el precio de una empresa, de un territorio ó de la moneda de un país, sin más que anunciar que invertirán en ellos. Por el contrario, la sospecha de su retirada producirá un desplome en dichos precios. La amenaza de hacerlo, en caso de que los gobiernos les obliguen a respetar las necesidades sociales o medioambientales de los países, constituye un mecanismo intimidatorio hacia las instituciones políticas. Ese mecanismo, al ser habitual, nos advierte de la tendencial incompatibilidad entre la libertad de movimientos del capital y la democracia.

            Algunas empresas de la Nueva Economía, basada en las tecnologías de la información, consiguieron en los últimos años, sin mas que exhibir su capacidad de publicitar, vender y cobrar mercancías al usuario de un teléfono móvil a través de internet, multiplicar por diez el valor de sus acciones. Sin necesidad de que su cuenta de resultados presentara beneficios, incluso presentando perdidas, una pequeña empresa pudo revalorizar sus acciones en diez veces su valor nominal. A continuación, pudo comprar una empresa diez veces más grande, sin mas que intercambiar sus acciones sobrevaloradas con las acciones de dicha empresa. En esta creación de valor, ficticia pero muy real, (quien compró acciones de la empresa dinámica por 500 dólares, pudo venderlas por 5.000 dólares), no se creó ningún valor material. Solo se creyó que se crearía dicho valor en el futuro. La fé y las creencias teológicas medievales como fundamento de las acciones humanas, vuelven a aparecer, como fenómenos de masas, en la economía de las sociedades financieras racionalistas y tecnológicas modernas.

            La globalización aumenta constantemente la escala de las actividades especulativas del capital financiero que, con sus permanentes maquinaciones, altera los precios en los mercados, generando una inmensa burbuja[1] de riqueza financiera en base a la pura subjetividad. El poder político crea las condiciones para que estos intereses particulares (compartidos por grandes minorías en los países desarrollados) se presenten como los intereses generales de toda la sociedad. Los poderes mediáticos cooperan con la cínica exaltación del éxito económico a cualquier precio.

 

GLOBALIZACIÓN Y “CAPITALISMO POPULAR”[2]

 

            Constituye un hecho frecuente que alguien pida un crédito, aprovechando los bajos tipos de interés, para invertirlo, con sus ahorros, en la compra de una vivienda. El propósito es venderla más tarde, favoreciéndose por la enorme subida de precios en el mercado inmobiliario. En este proceso, el banco crea dinero en forma de crédito y lo ingresa en la cuenta corriente de quien lo solicitó. La garantía para el banco es el piso a comprar, que tiene un valor determinado en el momento de conceder el crédito. El dinero se paga por el comprador al vendedor del piso que, al desprenderse de dicho piso, lo considera un valor de no uso para sí mismo. La persona que compra el piso tampoco lo hace para usarlo, sino para rentabilizar sus ahorros. Al hacerlo, deja de utilizar su dinero como dinero para el consumo y lo utiliza como capital para la inversión. No busca satisfacer la necesidad de vivir en el piso sino que utiliza el piso como un medio para la revalorización de sus ahorros, ahora movilizados como capital. La persona que ha hecho esta inversión con sus ahorros, los ha conseguido, probablemente, a través de años de trabajo asalariado. Es una persona trabajadora. También, probablemente, tiene hijos que sufren la carestía de la vivienda como un obstáculo para emanciparse. Sin embargo, la persona ahorradora que ha hecho esta operación, espera beneficiarse de la subida de los precios de las viviendas y de los bajos tipos de interés. Pero, con esta operación, contribuye a dicha carestía, lo que es lo mismo que decir que contribuye a privar a las personas jóvenes del derecho a una vivienda y por lo tanto, a una vida autónoma.

            Las políticas gubernamentales que mantienen bajos los tipos de interés, favorecen la inversión de capital y estimulan la especulación inmobiliaria que produce grandes plusvalías en poco tiempo. También  benefician a nuestro obrero ahorrador que, aunque esté contra el gobierno en lo tocante a la guerra de Iraq, llegando incluso a acudir con su familia a una manifestación, ha votado al PP porque, en lo fundamental, es el partido del progreso y la prosperidad. Después de haber trabajado tantos años, no va a votar a partidos que, desde la oposición, protestan pero hacen lo mismo cuando están en el gobierno, solo que, al ser recién llegados, roban más y en el fondo, no saben bien lo que quieren porque no son los dueños de las empresas. Menos aún votará a partidos que apoyan a los okupas para que, lo mismo al final, se le metan en el piso donde ha colocado todos sus ahorros y todas sus ilusiones.

            Este “sueño americano” globalizado, como democracia del consumidor y capitalismo popular, vuelve esquizoides a l@s trabajador@s, incorporándoles activamente al proceso que va contra ell@s mism@s. La indefensión del ahorrador, transmutado en inversor minorista de capital, se hace explicita cuando una elevación de los tipos de interés (decisión en manos del gran capital a través del Banco Central Europeo) aumenta dramáticamente la cantidad a devolver al banco todos los meses. Cuando el gobierno, por motivos electoralistas, interviene en el mercado, construyendo viviendas protegidas o disminuyendo los incentivos fiscales a la compra de viviendas, la burbuja inmobiliaria explota. Se frena la subida de los precios inmobiliarios e incluso, puede producirse el descenso de dichos precios.  Entonces, nuestro ahorrador solo podrá vender lo que compró a un precio inferior al que le ha costado (y lo está pagando). El violento despertar del inversor popular es análogo al del honrado trabajador que se sentía participe en democracia con la lealtad a su empresa, hasta que su empresario decidió cerrar para irse a un país del este de Europa donde los salarios son la tercera parte, demostrándole, con esta decisión, que la finalidad de la empresa no era social sino egoísta y privada.

            En la experiencia del obrero inversor, aparecen todos los rasgos de la globalización: creación de valor sin crear nada material, economía al margen de las necesidades humanas y sociales, interiorización de la lógica del capital por parte de sus víctimas, desconsideración de las informaciones distintas a las cifras y los porcentajes de las ganancias; similitud de intereses, deseos y comportamientos entre los beneficiarios, los perjudicados y los amenazados por el capitalismo.

            En la economía financiera, solo cuentan las expectativas en la evolución futura de los precios, es decir la creación de valor, en una segunda derivada, del dinero invertido en dinero. Es un proceso fantasmal porque el dinero no es valor, sino sólo representación del valor. El mantenimiento de esta ficción requiere que el ciclo nunca se detenga. Para ello, es preciso generar la confianza, el consentimiento y el sometimiento, respectivamente, de los sujetos sociales. La globalización profundiza el carácter totalitario de este ciclo, convirtiendo la política de los políticos en la administración de las crisis y las inestabilidades de este modelo económico, convertido en modelo político, social y ético. La estabilidad de los precios (IPC, tipos de interés) y la disciplina presupuestaria (déficit cero y deuda pública contenida[3] ) son los dogmas para la sostenibilidad del ciclo del capital. Ante la amenaza de recesión[4]  en las economías europeas más importantes, se está produciendo un cambio, consensuado entre la derecha y la izquierda capitalista, a favor de tolerar algo de déficit e incluso de inflación para estimular el crecimiento económico.

            La economía financiera mantiene numerosos canales de comunicación con la economía industrial y comercial. Una burbuja inmobiliaria[5] o financiera puede contribuir al crecimiento de la economía, mientras los agentes económicos se cuenten entre sí una historia que mantenga su confianza en que dicha burbuja no estallará. Por el contrario, cuando se pincha el globo, las consecuencias se proyectan sobre la economía material. Por ejemplo, miles de despidos ante las expectativas fallidas de lanzamiento de la tecnología U.M.S.T. en la telefonía móvil; ruina de los fondos de pensiones y miles de despidos en las grandes empresas sobreevaloradas por sus gerentes para ocultar el fracaso de su gestión o su enriquecimiento ilícito; desahucios de viviendas, quiebra de empresas y de bancos por la elevación de los tipos de interés y la perdida de valor de los inmuebles que garantizaban sus créditos, respectivamente. Si hay despidos masivos inducidos por el estallido de la burbuja financiera, cae el consumo, se contrae la economía, se reducen las inversiones y se producen más despidos.

            A pesar de la identidad entre los fines del capital financiero y los de otras fracciones del capital, como el industrial o el comercial, no conviene olvidar una contradicción presente en la naturaleza del dinero, o lo que es lo mismo, del capital. Esta contradicción se expresa radicalmente entre los intereses inmediatos de sus distintas fracciones (financiera, comercial, productiva). El capital financiero, cuyo paradigma es la bolsa, presenta a veces una dinámica antagonista con el capital productivo. Es frecuente, en EEUU, que cuando crece la economía real aumentando el empleo, cae la bolsa. La explicación se encuentra en las expectativas de los inversores de capital financiero. Si crece la economía y aumenta la ocupación, crece el consumo con los nuevos salarios y la mano de obra es más escasa. Por el efecto combinado del aumento de la demanda y la tendencia creciente de los salarios, se produce una tendencial subida de los precios. Si los precios suben, para evitar que se resienta el sector exportador de EEUU, es necesario aumentar los tipos de interés que al hacer más caro el dinero,  tienden a frenar el calentamiento (subida de precios) de la economía. Si suben los tipos de interés, que son la base para la remuneración de las obligaciones y los bonos del estado, será más rentable retirar dinero de la bolsa y colocarlo en productos financieros de renta fija. Con esta decisión de l@s inversores y como consecuencia del aumento del empleo, caerá la cotización de las acciones en la Bolsa.

 

TRABAJO ASALARIADO Y CAPITAL.

 

            El  capital no tiene una única forma. Unas veces se presenta como dinero, otras como mercancías y otras como medios de producción. Sin embargo, siempre se presenta como valor que se valoriza a sí mismo.  Esto lo consigue sometiendo múltiples procesos de vida a sus propios fines. Uno de ellos es el trabajo humano. El trabajo asalariado no es un hecho natural sino uno hecho político basado en la coerción.

            En el capitalismo, que es la universalización de la forma mercancía, el trabajo se ve obligado a comportarse como una mercancía más en manos del capital. Por eso, las personas trabajadoras ven sus necesidades condicionadas por las necesidades del capital. En cada formación social, el trabajo está determinado por la estructura de relaciones sociales en la que se realiza. El trabajo de una persona no contiene, en su despliegue laboral, todas las claves que le determinan. En las sociedades capitalistas el proceso de trabajo no consiste en la cooperación de cada persona con la sociedad de la que recibe lo que necesita, sino en la condición necesaria para el ciclo de valorización del capital. Sin tener en cuenta este hecho, no se comprende nada de las leyes invisibles que someten al trabajo y a l@s trabajadores, dentro y fuera de las empresas, a la dictadura del capital.

            La lucha anticapitalista es también la lucha contra la forma asalariada del trabajo. El trabajo asalariado es premisa y resultado del orden capitalista. El trabajo asalariado es la forma social que adquiere el trabajo, es decir, la actividad humana dedicada a la producción de los medios materiales de vida, cuando dicha actividad está regulada por la producción de valor y beneficio económico. Los ciclos temporales del trabajo humano, que es vida y producción social, se ven obligados a adaptarse a los ciclos temporales de la fuerza de trabajo, que es mercancía destinada a la producción de plusvalor. Pero ambos tiempos están, conflictivamente, en la persona asalariada.

Las relaciones de explotación que rigen el trabajo son inseparables, tanto de la forma asalariada de dicho trabajo, como de la “inmersión” e invisibilidad del trabajo de cuidados en manos de las mujeres. Estos hechos, con su red envolvente de relaciones jurídicas, políticas, económicas, familiares y culturales son, a su vez, inseparables de la explotación. Para que el trabajo humano sea obligado a expresarse como lo que no es, como una mercancía, es necesario obligar a las personas a acudir al mercado para vender su capacidad de trabajar. La creación del estado de necesidad que obligue a la gente a vender su fuerza de trabajo, exige uniformizar los tiempos de vida, de cuidados, de participación social, de gozo, de actividad y de creación cultural, bajo la regulación del tiempo de trabajo productor de capital. En este proceso, la separación de la persona de sus lazos comunitarios, de sus medios de producción y supervivencia, de sus obligaciones recíprocas de cuidar a otr@s, son las condiciones para que la persona asalariada, ahora "libre" y "modernizada", tenga que acudir, sin mas opciones, al mercado de trabajo para poder sobrevivir. Esta “liberación” tiene un plus de negatividad en el caso de las mujeres, que no son “liberadas”, como los hombres, de su trabajo de cuidar a otr@s.

            Casi toda la sociología del trabajo y casi toda la izquierda, consideran el conflicto como una anomalía, a pesar de que el conflicto de clase y de género están clavados en el núcleo mismo del trabajo asalariado. La capacidad de la fuerza de trabajo para crear valor se debe, precisamente, a esta tensión constitutiva de la relación salarial. La subordinación del tiempo de vida, del tiempo de trabajo y del tiempo de cuidados al tiempo del trabajo asalariado, productor de plusvalor, parece algo “natural”. Tal subordinación, lejos de mostrarse como la causante de la degradación del trabajo y de las relaciones humanas, aparece, por el contrario, como si dicho trabajo asalariado y su protagonista,  el “pater familiae”obrero, se enriquecieran por su cualidad de crear valor para el capital.

            La capacidad de las personas para producir bienes útiles y para multiplicar su propia fuerza productiva mediante la cooperación y la tecnología, dependen del cuerpo y de la inteligencia de las personas que cooperan productivamente. Sin embargo, al comprar el capital dicha capacidad, la fuerza de trabajo, adquiere el derecho de utilizar estas capacidades para unos fines y con unos procedimientos, ajenos a la voluntad de dichas personas. Esto quiere decir que, al incorporarse al proceso productivo asalariado, el cuerpo y la inteligencia de las personas trabajadoras, son parcialmente expropiados. Pero, eso sí, con el consentimiento de los propi@s trabajador@s. De esta forma, la fuerza productiva de la tecnología y de la cooperación, parece residir en el capital y no en las personas que trabajan. Ese consentimiento favorece la imagen fetichizada de que el valor es un atributo de la mercancía, es decir, del capital, en lugar del resultado de un proceso de producción en el que las personas trabajadoras lo han creado.

            El capitalismo necesita al trabajo asalariado para funcionar. Múltiples trabajos no asalariados y el trabajo de cuidados en especial, son la condición para la extracción de plusvalor por parte del capital, pero, en ningún caso, la fuente de valor y de plusvalor. La sustancia del capital es el plusvalor, procedente del plustrabajo expropiado a los trabajador@s asalariad@s.

            En el capitalismo, el trabajo productivo humano es obligado a expresarse a través del proceso laboral que produce plustrabajo y plusvalor. Los tiempos humanos de vida, de participación social y de cuidados, están presididos por los tiempos de producción de plusvalor. Tanto los bienes y servicios que la gente necesita, como la creación de puestos de trabajo, son sólo una condición necesaria para la creación de plusvalor para el capital. Las necesidades humanas, la dependencia de un salario para sobrevivir, la pertenencia social y la autoestima de las personas, tendrán o no satisfacción, en la medida que sirvan, o no,  para la reproducción del capital. Al amoldarse a este orden, la vida de la población asalariada no tiene como fundamento la existencia social, sino, en el mejor de los casos, la supervivencia. La participación social y la autoestima pasan a depender de la participación en la producción y el consumo de mercancías. En los actuales sistemas parlamentarios, las fuerzas políticas, tanto de derechas como de izquierdas, se limitan a preservar los mecanismos de reproducción de este orden. Esta lógica social degrada el trabajo humano, la participación social, la economía, la política, la condición humana y la naturaleza. Pero su dominio no se sustenta solamente en la fuerza, sino en el hecho de ser compartida por la mayoría de las personas trabajadoras. Los valores y representaciones simbólicas del capitalismo están incorporados a nuestro propio imaginario y anudados a nuestros propios deseos. Este consentimiento y esta adhesión, son la base de la legitimación del capitalismo y la principal condición para su sostenibilidad.

 

            El capital, el dinero, la forma valor, el intercambio rentable, la persecución del interés individual, como fundamentos del mercado, se convierten en el modo de regulación social dominante. L@s trabajador@s sólo se relacionan entre sí después de que su libertad ha sido expropiada por una voluntad ajena, que les ha incluido en un proceso laboral asalariado cuya finalidad esencial, la producción de plusvalor, les viene impuesta y se encuentra en permanente colisión con sus necesidades y derechos humanos. La lógica mercantil no destruye las otras lógicas de regulación social sino que las incorpora, subordinadas, a su propio proceso. El mercado avanza a costa del retroceso de la redistribución y la reciprocidad. La producción de una subjetividad social adaptada a este funcionamiento, es esencial para su continuidad. La lucha contra el capitalismo exige la lucha contra las condiciones que hacen posible que esta forma de trabajo  y la teología que la legitima sean dominantes y se extiendan por el mundo a través de la globalización.

           

LA RELACIÓN SALARIAL ES UNA RELACIÓN SOCIAL.

 

            La relación salarial no sólo se expresan en el momento de la producción. En las sociedades capitalistas el proceso laboral, con toda su centralidad, es condición y resultado de una envolvente social y de un proceso histórico. El proceso laboral no expresa, en una primera mirada, todas las lógicas sociales que lo explican. No permite visualizar las fuerzas que producen, tanto la separación entre la fuerza de trabajo (capacidad de producir) y el trabajo (acto de producir), como los hábitos de consumo o el papel de las mujeres en la producción y reproducción de la vida de las personas trabajadoras que producen el capital.

            Por esta razón, un sindicalismo anticapitalista, debe plantearse, algo más que las condiciones de intercambio de la fuerza de trabajo (salario, condiciones laborales, etc.). También debe tener en cuenta las formas de circulación de las mercancías y de los medios de producción, el consumo y la distribución del trabajo social, la desigualdad y subordinación de las mujeres en el trabajo asalariado y la desigualdad y descompromiso de los hombres en el trabajo de cuidados, así como las representaciones culturales, éticas y políticas que conforman los deseos y aspiraciones de l@s trabajador@s. Es necesario contemplar el funcionamiento de las formas de producción y las formas de circulación capitalista, tanto en su vertiente material como en su dimensión simbólica y tanto en la esfera pública del mercado como en la esfera privada de la familia. Estudiar estos procesos como las distintas - y contradictorias - partes de un todo que se retroalimenta constantemente a sí mismo. Este ciclo aparece como un movimiento autopropulsado, una sustancia en proceso, un sujeto automático, algo natural e inmodificable. Sin ver el conjunto de la estructura de relaciones sociales y su movimiento en el tiempo, no se pueden construir las palabras y las imágenes que expliquen las diversas formas de explotación y de dominio del capitalismo actual. Sin estas palabras, nunca se podrá interrumpir la lógica del capital. Pero si las palabras que explican esta compleja  relación social llamada capitalismo, no se expresan desde los lugares sociales en los que se desarrolla la lucha contra sus daños, dichas palabras  son estériles y quedan limitadas a recursos para la lucha de frases en manos de élites cuidadosamente separadas de la lucha de clases realmente existente.

 

CRISIS Y TECNOLOGÍA

 

            Por terribles y sangrientas que sean sus crisis, el capitalismo produce constantemente las condiciones de su propia reproducción,  no de su autodestrucción. La constante producción de trabajo asalariado por parte del capitalismo, va pareja de la repulsión de dicho trabajo por las inestabilidades de las fuerzas ciegas del mercado y por las ganancias en productividad que facilitan las nuevas tecnologías en permanente revolución. La globalización capitalista tiene como condición la globalización del trabajo asalariado, cada vez mas dependiente y sometido a la furia con la que el capital lo necesita para explotarlo y al tiempo, mediante el paro y la precariedad, lo repele, lo degrada y lo asesina.

 

            La tecnología es capital. Al multiplicar la productividad del trabajo, absorbe la fuerza productiva del trabajo para utilizarla contra l@s trabajador@s  mismos. Crece la capacidad de producir riqueza y paralelamente, el deterioro de las condiciones materiales del trabajo, es decir, de las personas trabajadoras.  La tecnología no expropia el saber de l@s trabajador@s porque el saber tecnológico pertenece a un orden de conocimiento distinto a las habilidades productivas de l@s trabajador@s. La función dominante de la tecnología hoy, consiste en imponer a los tiempos y las habilidades de las personas laborantes, los tiempos y el movimiento de unas máquinas  y unos procedimientos diseñados para los fines exclusivos y excluyentes del capital. La existencia de intersticios para una utilización no capitalista de la tecnología, no debe hacer perder de vista la exclusión social y la dominación que han producido y hacen posible dicha tecnología, así como su papel en la producción y reproducción del orden excluyente. Fuera del contexto económico, político y social que la produce, una tecnología como Internet sería irracional por muchas aplicaciones positivas que pueda tener. Las nuevas tecnologías están unidas, como la cara a la cruz de una moneda, a las relaciones sociales de explotación y exclusión que las han creado.

            La crisis del capitalismo, la liberación de las personas asalariadas, implica la crisis de este modo de trabajo y de las formas de existencia de gran parte de la tecnología actual. El objetivo a perseguir es la crisis del trabajo asalariado, potenciado por el capitalismo tecnológico global. Las dificultades para realizar la crítica del trabajo asalariado, provienen del hecho peculiar de que el trabajo aparece y funciona como lo que no es. El trabajo asalariado, que es la fuente del valor, de la riqueza de las sociedades capitalistas, se nos muestra invertido, como una función dependiente del capital. Nadie en su sano juicio sostendría la frase: "los trabajadores crean puestos de empresario"  cuando en realidad es así. Por el contrario, tod@s coinciden en que "los empresarios crean puestos de trabajo", lo cual se debe, por un lado, al apoderamiento, por parte del capital, de la fuerza viva del trabajo, de los cuidados y de la cooperación social y por otro, a la ocultación de los mecanismos de dicho apoderamiento.

Pretender utilizar las nuevas tecnologías, capaces de producir inmensas riquezas materiales, como la base para la superación de la escasez y la esclavitud del trabajo asalariado, es una manifestación más de la apariencia fetichizada de la riqueza y la tecnología en el capitalismo.

Quienes piden una mayor redistribución de la riqueza como paliativo de la pobreza y la exclusión, olvidan aspectos fundamentales de la naturaleza de dicha riqueza: a) Su abundancia para los incluidos, proviene del despojo y la ignominia de la mayoría de la humanidad, b) La fuente de tanta riqueza es, para la mayoría de la gente, una vida dedicada al trabajo asalariado mediante jornadas agotadoras o mediante jornadas discontinuas que, en ambos casos, condicionan radicalmente el tiempo de vida. c) La vida de la mayoría de las mujeres, dedicada al trabajo de cuidados, constituye una condición necesaria para la enorme producción de riqueza del capitalismo global. Supone una aportación gratuita e invisible a la creación de capital, incrementada con su propia y complementaria explotación laboral, cuando acuden a una segunda jornada como trabajador@s asalariad@s, d) Sin una moderación voluntaria de deseos consumistas superfluos, la precariedad y el paro como desconexión forzada de millones de personas del modelo fordista de pleno empleo y de acceso a un consumismo opulento, solo genera “nuevos pobres”, movilizados furiosa e irracionalmente hacia la improbable e indeseable recuperación de una identidad social basada exclusivamente en producir y consumir mercancías. Las necesidades básicas de l@s precarizad@s, que constituyen la mayoría de las clases asalariadas en los países del centro, no encuentra satisfacción en el mercado, ni protección por parte de los poderes públicos y la instituciones democráticas. Sin embargo, al expresarse a través de la ideología liberal del sindicalismo socildemócrata mayoritario, adoptan la forma de una irracional reclamación de los “viejos buenos tiempos” del capitalismo con rostro humano en Europa. Pero olvidan que ese modelo sólo se explica por el auge de las revoluciones obreras, la esquilmación de la naturaleza, el saqueo de los países empobrecidos y la realización obligatoria del trabajo de cuidados, de forma invisible y obligatoria,  por parte de las mujeres.

Este apoderamiento semántico y político de la precariedad y la exclusión, por parte de sus causantes, impide que la crisis del “capitalismo con rostro humano”, máxima expresión de la consolidación del capitalismo, en los países del centro, pudiera convertir la exclusión en rebelión. El vacío de rebelión es el vacío de fuerza popular, de impugnación práctica y teórica de la globalización de la precariedad, la soledad y la muerte. Sin fuerza, no se puede transformar la creación y la exclusión masivas de fuerza de trabajo, en rebaja generalizada de la jornada laboral; la carencia de lo esencial para la mitad de la humanidad en condena del consumismo irracional y defensa de una austeridad que garantice la seguridad y la dignidad para tod@s; la crisis de los cuidados en la adaptación del tiempo de trabajo asalariado al tiempo de vida y no del tiempo de vida al tiempo de trabajo asalariado, como sucede en la actualidad; el despoblamiento del campo y la violencia cultural contra los saberes y las tecnologías campesinas tradicionales en la defensa y promoción de las mismas como productores de alimentos sanos, respetuosas con el patrimonio biogenético de la tierra, los recursos del entorno, los ciclos de la naturaleza, la distribución en circuitos cortos y el equilibrio territorial y demográfico.

Pedir una mejor distribución de esta riqueza es el mensaje político de la socialdemocracia, dirigido a la progresía consumidora y compasiva. La insolvencia teórica de esta petición, al concentrarse en la circulación de la riqueza, es decir en la superficie del proceso global de producción y reproducción capitalista, obvia la inmensa violencia que contiene el momento de producción de dicha riqueza. La petición de “dinero gratis” y la crítica al trabajo, sin más matices, por parte de una nueva elite de doctorandos y becarios postmaterialistas, que recitan a Negri sin haber leído a Marx, es una forma “epatante” de la misma ideología socialdemócrata que pulula en el interior de los movimientos sociales. Mas allá de su estética radical, su dimensión política principal es la de constituirse en una segunda ó tercera marca de la socialdemocracia para el control de mercado juvenil a la izquierda de las ONGs.

 

EL SALARIO.

 

            El salario no es el pago del trabajo (el valor de lo producido por la persona que trabaja), sino el precio de mercado de la fuerza de trabajo, es decir, lo que cuesta, en cada momento y lugar, la producción y reproducción de la vida del trabajador y de su familia. El salario no depende del valor añadido por el trabajo de  la persona asalariada, sino del precio de la mercancía “fuerza de trabajo”, es decir, del coste de formación, producción y reproducción del trabajador. Las regulaciones políticas del precio de esta mercancía (convenios, leyes laborales, reglamentos estatales, etc.), sólo son correcciones de este precio. El salario no depende del valor del producto que producimos, sino del valor que cuesta producirnos a nosotros mismos como productor@s asalariad@s.

            Unas deportivas fabricadas en Asia tienen un coste de dos euros, representando el salario un 50% del total del coste, es decir, un euro. Si esas zapatillas se venden en Europa a un precio de 100 euros ¿porqué el salario de la persona que trabaja en Asia no es de 50 euros? La estructura político-social de muchos países de Asia explica que la gente asuma las condiciones de vida que supone el salario de un euro. Para la persona que fabrica estas zapatillas, queda demostrado que el salario no paga el valor añadido por su trabajo, sino el precio de producción de su propia fuerza de trabajo, de ella misma como persona asalariada, en ese país de Asia.

            La globalización tiende a desmontar todas las barreras de protección política que protegen a la fuerza de trabajo de las leyes de la oferta y la demanda. Si hay más volumen de trabajador@s que de empleos, el precio de la fuerza de trabajo, el salario, debe bajar. La empleabilidad, eje de las políticas de empleo en Europa, asumida por partidos de izquierda y sindicatos mayoritarios, consiste, precisamente, en eliminar todas las coberturas sociales que permiten a una persona desdeñar ciertos empleos por sus ínfimas condiciones.

            Sí cambiamos al niño indonesio por la persona que hace trabajo textil domiciliario sumergido, en un pueblo de Castilla la Mancha, por un precio de 0,2 euros por minuto, vemos que esta persona se enfrenta, a través del mercado global, con otra que hace el mismo trabajo en Túnez por un precio de 0,1 euros por minuto. La competitividad se convierte en un argumento incontestable. Si en Túnez el precio del trabajo es la mitad, l@s manchegos, si no quieren que el proceso laboral se traslade a Túnez, tendrán que aceptar ganar la mitad de lo que ganan. Estos ejemplos prueban que el salario es independiente de lo que cada uno produce realmente. Pero también, que la libertad de movimientos de los capitales constituye un mecanismo para burlar los derechos sociales y laborales.

            La crisis del trabajo como actividad social productiva de bienes útiles y el auge de la fuerza de trabajo como mercancía productiva de plusvalor para el capital, son simétricas. Cuanto mayor es  la escala de movimientos del capital, mayor es su independencia respecto a regulaciones y leyes. Esta dinámica supone para la mayoría, en los países del centro, la precariedad y la privación de derechos y libertades consagrados en las Constituciones. En los países de la periferia es la causa del hambre, las enfermedades, la muerte y la guerra. La forma salario, como forma dominante de identidad, pertenencia y fuente de recursos para la mayoría de la población, constituye un atentado a los derechos humanos y a las libertades democráticas perpetrado desde la defensa retórica de los mismos. En los países europeos, donde las revoluciones obreras forzaron un capitalismo regulado, la insurrección silenciosa e ilegal de las patronales, junto al consentimiento y la cooperación de las instituciones y la complicidad de la izquierda, son la base de la colaboración de la mayoría. Esta situación, supone una permanente vulneración de las leyes, no reconocida por el poder político, ni por el poder  judicial, es decir, la disolución, de facto, del estado de derecho.

 

 TRABAJO(S) Y PRECARIEDAD(ES)

 

En el capitalismo, la exclusión y la precariedad no son estados carenciales como la vejez, la enfermedad o la infancia, sino estados artificialmente producidos por una generalizada violencia social. La fuerza del capital radica en su capacidad para vampirizar los procesos de vida y cooperación  alimentando con ello su propia valorización y convirtiendo ésta en la fuerza constituyente de la sociedad. Este proceso crea una dislocación generalizada:  la economía deja de ser un instrumento para la vida social, haciendo de la sociedad un instrumento para la economía; el trabajo debe expresarse como trabajo asalariado y con ello, deja de ser para la vida, pasando a ser la vida para el trabajo; la naturaleza no es tratada como nuestra casa sino expoliada, manipulada y contaminada; los sentimientos, la compasión y las emociones, solo cuentan como una moral interior sin consecuencias en nuestras formas de vida, de  participación política, trabajo y consumo; las necesidades humanas se satisfacen, no a través del apoyo mutuo, desde dentro de la comunidad, sino a través del mercado o del estado; los cuidados de las personas, al realizarse por las mujeres en el interior del hogar familiar, no están en el mercado de trabajo y por tanto, no existen oficialmente, la actividad de cuidados, en el lenguaje oficial de la Encuesta de Población Activa (E.P.A), se llama “inactividad”; las principales relaciones entre las personas no se producen directamente, sino a través del intercambio rentable, es decir, del dinero; las personas no son sociables, lo que es sociable es el dinero; en el capital. Y no en las personas, parece radicar el principio de cooperación y de producción de riqueza; las personas se relacionan entre sí como cosas y las cosas se relacionan entre sí como personas; el orden social no se funda por las relaciones entre las personas (política), sino por las relaciones entre las cosas mediadas por el dinero (mercado). Esta catástrofe humanitaria y social, no se resuelve, sino que se agrava, con un “buen empleo”. La causa del paro y la precariedad es, precisamente, el trabajo (asalariado)

 

La fuerza del capital proviene de la violencia con la que se constituye en sujeto dominante. Esta violencia excluye todas las dimensiones de la vida no útiles para el beneficio económico privado. El poder capitalista inocula a sus víctimas esta lógica en forma de deseos de consumo y apropiación irracionales. Pero la debilidad del capital, radica en la posibilidad de que sus víctimas comprendan la naturaleza de este mecanismo y se vuelvan, individual y colectivamente, contra él, haciéndolo imposible.

Sin dejar de pertenecer, en parte, a esta lógica que lo invade todo, es necesario identificarla y nombrarla para, tanto desde dentro como desde fuera de ella, combatirla. Lo excluido y lo apartado reaparecen frecuentemente de forma desordenada, generalizando la lucha entre las víctimas y dando armas a los poderosos para secuestrar las libertades. Desde dentro de esta lógica excluyente no hay solución, porque ambos extremos incluido – excluido, son sólo los dos polos, a lo sumo intercambiables, de un mecanismo antisocial e inhumano. Un buen empleo, un buen salario, un buen consumo, no solucionan la precariedad y la exclusión de sus beneficiari@s, porque requieren la precariedad y la  exclusión de otr@s much@s. Pero, desde fuera de la lucha de los precari@s y l@s excluid@s, sólo tenemos compasión, ONGs y socialismo de cátedra. Es necesario considerar la precariedad y la exclusión no solo como carencia, sino también, como potencia negadora del orden excluyente. Crear una subjetividad antagonista en l@s desheredados de la tierra no depende, no depende de ninguna ley histórica sino de la actividad política.

PARA SALIR DEL MERCADO Y DEL ESTADO.

 

Más allá de sus diferencias, todas las teorías modernas comparten la noción de un individuo aislado y previo al hecho social o político. Para Hegel el estado es la expresión de la sociedad y el resumen de los intereses generales. Para Hobbes, el estado (Leviatán) es el origen de la convivencia pacífica, al someter a su voluntad soberana a “los hombres” que, en estado de libertad, viven en permanente guerra civil. Para Adam Smith, el estado debe garantizar la libertad individual, la propiedad privada y el libre funcionamiento del mercado porque, de dicho mercado, provienen la prosperidad y las relaciones pacíficas de l@s ciudadan@s. Para los liberales el estado es el garante del mercado. Para los socialdemócratas el estado es el regulador del mercado.

El individualismo metodológico describe - y prescribe - a un  individuo a partir del cual construir la sociedad. Sin embargo, no habría ser humano individual, persona, sin el hecho social sin la sociedad. Tampoco habría sociedad sin personas, sin individuos sociales, que solo pueden individualizarse desde su dimensión social previa.

Al igual que el lenguaje no es posible sin los otros, la persona, que es un ser social, no es posible sin la sociedad. La sociedad no solo es el resultado sino también la condición para el ser humano. El ser humano, construido por el lenguaje, es un ser racional porque tiene el “logos”, el habla, que es una adquisición social. La base de las teorías que legitiman la precariedad y la exclusión, ofreciendo, como única salida más mercado o más estado, se asientan en una representación falsa de la naturaleza humana. Por eso, la antropología, la sicología, la economía y la sociología actuales, partiendo de la falacia del “individualismo metodológico”, deben resolver el problema de la constitución de la sociedad desde la dictadura del estado (sin una autoridad exterior que ponga las normas es imposible la convivencia) y desde la teología del mercado (cada uno mirando dentro de sus propios intereses construye, por una fuerza providencial - la mano invisible -, la convivencia ordenada)

Por el contrario, la concepción de la naturaleza humana como una naturaleza social, que solo es humana con los otros, permite comprender racionalmente la naturaleza social de la precariedad y la exclusión y, por lo tanto, abrir la posibilidad de modificar los problemas desde nuestras propias acciones y omisiones. Desde la noción de una naturaleza humana que incluya las relaciones sociales entre las personas, los fenómenos de precariedad y exclusión, es decir la situación social de l@s precari@s y excluíd@s, ya no aparecen como algo ajeno a la situación social (los hábitos de trabajo, participación y consumo) de los incluidos. A partir de esta mirada, la libertad individual no consiste en eliminar los obstáculos para satisfacer los propios deseos, sino en la capacidad para elegir entre el bien (lo que tiene en cuenta, además de mis deseos, las necesidades de los otros, produciendo seguridad para tod@s) y el mal (al tener en cuenta exclusivamente mis deseos, pero no los deseos de los demás, se crea competencia, lucha e inseguridad). Con estas nociones no se elimina el mercado, pero se le ponen límites normativos, que favorecen la creación de redes autónomas de apoyo mutuo y protección, basadas en la cooperación de las personas y de los pueblos, en lugar de en la competencia. No se disuelve el Estado, pero se multiplican los poderes intermedios que lo condicionan y acotan en su dinámica de dominio. No se elimina el poder, pero se recupera para las personas, en el interior de los grupos sociales, su poder personal como cuota - parte del poder del grupo, en lugar de que el poder de las personas, dependa del poder otorgado por el Estado o por el Capital. No desaparecen el Mercado ni el Estado, pero se les regula desde la sociedad, limitando su poder desde el poder popular, autodeterminado del Estado y del Mercado.

A partir de estos paradigmas, cabe concebir el bienestar en términos colectivos, la libertad como capacidad para elegir entre el bien y el mal, en lugar de cómo la eliminación de los obstáculos para satisfacer el interés individual; la educación como la formación de los niños y niñas para ser personas virtuosas (capaces de ser libres y practicar el bien), en lugar de personas decentes (que siguen las normas del mercado y del estado sin interrogarse por las consecuencias de exclusión e inseguridad que estas instituciones producen). Desde esta visión, se abre la posibilidad de utilizar la razón y la inteligencia como herramientas para fijar nuestros propios fines, moderando nuestros deseos superfluos, teniendo en cuenta las necesidades de los demás y los límites de la naturaleza, en lugar de utilizarlas como un instrumento para satisfacer nuestros deseos individuales por encima de todo. Desde aquí podemos considerar la política como la formación permanente de las personas éticas, la felicidad como el placer de hacer el bien y la pedagogía como la repetición de las acciones buenas y como el aprendizaje que permite disfrutar haciendo el bien.

Con estos principios no se solucionan los problemas por arte de magia. No se disuelve la guerra, la violencia, el mercado, el estado, el daño producido por quinientos años de razón instrumental, ni las secuelas de una humanidad explotada, degradada y envilecida, prisionera de la lógica del mal, que es la lógica del capitalismo. Sin embargo, al producir una ruptura teórica con los paradigmas de la explotación y la dominación, los avances conseguidos formarán parte de la solución y no parte del problema. Establecer una tensión entre el ser y el deber ser, adentrándonos en un mundo incierto, sin leyes teológicas que garanticen nada de antemano, es el vertiginoso ejercicio de la libertad colectiva, de la recuperación del protagonismo en la economía, la protección social y los cuidados de las personas. La recuperación del dialogo como experiencia democrática radical, de la constitución de sujetos sociales que se autodeterminan colectivamente, del poder popular constituyente como fundamento del orden político y del acontecimiento revolucionario, como transformación local de las relaciones entre las personas y estas con la naturaleza. Sin estos acontecimientos locales no hay revolución social que valga, otro mundo es imposible.

 

 SINDICALISMO KEYNESIANO Y CAPITALISMO GLOBAL.

 

            El sindicalismo, defensor incauto, o interesado, del “progreso” y analfabeto voluntario, o involuntario, de la lógica del capital, se limita a negociar la profundidad de cada adaptación de los de abajo a la globalización competitiva. El sistema necesita bombear  sangre humana para sostener la creación financiera de riqueza que, al no salir del dinero mismo, debe salir de la hiper explotación del trabajo, la actividad humana y la naturaleza. El sindicalismo regula, aposta o sin querer, como un aparato más de poder, la continuidad del ciclo capitalista.

            El paso entre el sindicalismo como movimiento y el sindicato como institución, visible desde la transición política española, recibe el nombre de “modernización sindical” Este tránsito consiste en la adaptación dinámica del sindicalismo mayoritario y del sindicalismo corporativo a las exigencias de un modelo de acumulación crecientemente internacionalizado y competitivo. Su punto de partida es la constitución de la Economía como único principio de realidad y la aceptación sindical del beneficio privado como condición para el cumplimiento del derecho a un trabajo y un salario dignos, a la integridad física, la salud y la vida de l@s trabajador@s, a la vivienda, la protección social, las libertades democráticas y el respeto a la naturaleza.

            El “libre comercio”, supone la eliminación de las trabas que obstaculizan la circulación de capital, el intercambio rentable y la libertad y seguridad de las inversiones. Tras el libre comercio de mercancías, incluidos los alimentos y las medicinas, viene el libre comercio de los servicios, incluidos los relacionados con las comunicaciones, el transporte, la propiedad intelectual, la educación y la protección a la salud, la enfermedad, la infancia y la vejez. 

            Con la globalización, la economía de mercado acentúa sus fines autoreferentes en un circuito cerrado de crecimiento, productividad y competitividad, al margen de las necesidades de los pueblos y las personas. El proceso de globalización del capitalismo, como modo de producción económico, político, cultural y físico, es la historia de la adaptación sindical a este proceso violento y la historia del alejamiento del sindicalismo de las fuentes de su legitimidad y su poder social. Es la historia de la crisis del sindicalismo anticapitalista y el auge del sindicalismo capitalista. La crisis del movimiento obrero como movimiento popular anticapitalista, es el precio de la transformación del sindicalismo mayoritario[6] en diversos aparatos políticos para la regulación y el control del conflicto inscrito en la relación salarial[7]

            La izquierda capitalista, anclada en un liberalismo nostálgico, teorizado en su día por Keynes para unas condiciones políticas y económicas ya desaparecidas, administra esta lógica desde el gobierno ó la combate débilmente, de palabra, desde  la oposición. Difunde, como aparentes soluciones estratégicas, el piadoso deseo de democratizar la globalización, intentando que los países pobres lleguen a ser como los ricos o proponiendo, como bandera de “otro mundo posible”, un impuesto del 0,5 por mil para las transacciones internacionales del capital financiero, dedicando estas sumas a la ayuda al desarrollo de los países previamente empobrecidos por nuestras formas de  dominación, producción y consumo.

            En el otro extremo, desde fuera, aunque cada vez mas cerca, de la izquierda tradicional, sectores juveniles críticos al trabajo asalariado, desde una lírica “postmaterialista”, piden “dinero gratis” como fórmula para sus particular éxodo de la miseria del trabajo asalariado. Al desconocer en sus reivindicaciones las causas de dicha miseria se están convirtiendo en una nueva “marca” de la socialdemocracia, en su versión “epatante y espectacular”.

            Con la escala y la consolidación de la economía capitalista, aumenta la subordinación política y cultural de toda la sociedad a dicha economía. Este crecimiento cuantitativo, propicia la retroalimentación entre sus planos materiales e inmateriales y origina cambios cualitativos en las formas de explotación, creación de valor y obediencia del capitalismo histórico. Entre dichos cambios, cabe destacar el paradójico aumento simultáneo de la ferocidad del capitalismo y de la sumisión de la mayoría de sus víctimas.

            Cuando el capital, en particular su fracción financiera, consigue estos grados de libertad, todas las demás libertades quedan subordinadas a la suya. Las leyes laborales y sociales, producto del esfuerzo y la lucha de generaciones de trabajadores, se vuelven, junto a las normas que protegen el medio ambiente, atentatorios a la libertad de inversión y al derecho del capital a obtener beneficios. La Organización Mundial del Comercio (OMC) tiende a fundamentar normativamente, a través de acuerdos opacos entre los gobiernos,  la primacía de los derechos del capital respecto a los derechos humanos. Todo ello, sin abandonar el discurso en defensa de los mismos, del medioambiente y de la soberanía de los pueblos.

            En este contexto, el sindicalismo mayoritario se legitima, tanto por su pragmatismo, invocando los intereses concretos de la gente más allá de ideologías políticas, como por su eficacia negociadora, mas allá de aventuras temerarias. Pero, es precisamente en las condiciones políticas, invisibles a la mirada superficial de la izquierda capitalista, donde radica la explicación y por lo tanto, la potencial solución de los problemas. El desorden de un modo de producción social entregado a las fuerzas del mercado, se traslada a las relaciones entre las personas y los pueblos. El aumento del desorden, sin una fuerte conciencia y organización popular anticapitalista, no anuncia el final del orden capitalista sino la creación de las condiciones de terror que requiere su continuidad.

            El desorden se manifiesta en el enfrentamiento de los intereses inmediatos de los trabajadores fijos con los de los eventuales y precarios, de los hombres con las mujeres, de los obreros productores de servicios con los ciudadanos consumidores de los mismos, de los agricultores que buscan el precio más alto posible para los alimentos que producen, contra los consumidores urbanos, que persiguen el precio más bajo posible de dichos alimentos; de los autóctonos contra los inmigrantes, ocupados y parados, viejos y jóvenes, etc. El desorden es la precariedad y la inseguridad de la mayoría, la contaminación y la soledad, la explotación, el hambre, las enfermedades evitables, la muerte y la guerra.

            Es en la envolvente política y en el proceso histórico de cada situación, donde se oculta la verdad más verdadera, la segunda naturaleza de la verdad que se nos presenta a ojos vista. Sin esa segunda naturaleza de la realidad, no se puede comprender por qué la gente acepta trabajar por un salario humillante y en condiciones insoportables; por qué, para la mayoría, el horizonte vital se limita a sobrevivir como un ser solitario enfrentado a sus semejantes; por qué la libertad consiste, para millones de personas, en la elección entre el paro y la precariedad, entre la miseria y la emigración, viéndose obligados a vivir una vida de trabajadores sin trabajo, consumidores compulsivos sin recursos y ciudadanos sin derechos. La repetición incesante de los daños del capitalismo sin que dichas críticas comprometan  nuestras acciones y nuestras omisiones, es la materia prima de la progresía sin cuya complicidad sería inviable el turbocapitalismo actual.

            Por otro lado, la eficacia negociadora no se debe medir por el afán de negociarlo todo, sino por los resultados de dicha negociación que, tras veinticinco años de “sindicalismo modernizado”, están a la vista. Si hace 25 años, nos hubieran dicho que ocho de cada diez jóvenes trabajadores, serían parad@s o precari@s y que la acción sindical en los sectores más vulnerables y explotados debe hacerse, de nuevo, desde la clandestinidad, no nos lo hubiéramos creído.

            El sindicalismo mayoritario defiende, poco y mal, las condiciones de venta de la fuerza de trabajo de los asalariados. Pero lo peor de todo es que considera dicha venta como la única forma posible de trabajo y asume la noción de “mercado de trabajo”, como algo natural. Al obviar la violencia de los mecanismos de creación de trabajo asalariado a escala mundial, el sindicalismo mayoritario carece de instrumentos teóricos para una valoración justa de la globalización y para enfrentar los flujos migratorios masivos que contribuyen a una modificación radical de los mercados de trabajo. Hablar de limosnas para el desarrollo de países empobrecidos por el intercambio desigual, es un acto de hipocresía cuyo origen está en el respeto reverencial hacia la globalización capitalista, el desarrollo tecnológico y la multiplicación de las expectativas de consumo que estos fenómenos permiten en el primer mundo.El sindicalismo mayoritario, defiende, poco y mal las condiciones de renta de la fuerza de trabajo de los asalariados. Pero lo peor de todo es que considera dicha renta, como la única forma de trabajo y la noción de mercadodetrabajo, como algo neutral. Al obviar la violencia de los mecanismos de creación de trabajo asalariado a escala mundial mediante la ruina económica el desprecio cultural de las poblaciones dedicadas a  la pequeña producción y la distribución en circuitos cortos, sobre todo de productos agroalimentarios, de los países poco desarrollados, el sindicalismo mayoritario carece de instrumentos teóricos para una valoración justa de la globalización y enfrentar los flujos .... masivos originados por la violencia competitiva de nuestras multinacionales en los países pobres. Hablar de limosnas para el desarrollo de países previamente arruinados por nuestros hábitos de consumo es un acto de hipocresía. Su origen es el respeto reverencial hacia la globalización capitalista, el desarrollo tecnológico y la multiplicación de las expectativas de consumo que ambos factores nos permiten en el primer mundo.El sindicalismo mayoritario, defiende, poco y mal las condiciones de renta de la fuerza de trabajo de los asalariados. Pero lo peor de todo es que considera dicha renta, como la única forma de trabajo y la noción de mercadodetrabajo, como algo neutral. Al obviar la violencia de los mecanismos de creación de trabajo asalariado a escala mundial mediante la ruina económica el desprecio cultural de las poblaciones dedicadas a  la pequeña producción y la distribución en circuitos cortos, sobre todo de productos agroalimentarios, de los países poco desarrollados, el sindicalismo mayoritario carece de instrumentos teóricos para una valoración justa de la globalización y enfrentar los flujos .... masivos originados por la violencia competitiva de nuestras multinacionales en los países pobres. Hablar de limosnas para el desarrollo de países previamente arruinados por nuestros hábitos de consumo es un acto de hipocresía. Su origen es el respeto reverencial hacia la globalización capitalista, el desarrollo tecnológico y la multiplicación de las expectativas de consumo que ambos factores nos permiten en el primer mundo.

            La relación de desigualdad y explotación de la actividad humana que impone el trabajo asalariado, se incrementa con la potenciación material y cultural de la “libre empresa”, el “libre comercio” y la “libertad de movimientos de los capitales”. Con el poder social del capital, crece la exclusión en sus múltiples formas. Una de ellas es la apropiación, por parte del capital, del trabajo que, para la producción, reproducción y mantenimiento de la vida humana, se realiza fuera del mercado en el espacio privado del hogar familiar, por parte de las mujeres.

            Con declaraciones para la galería y medidas parciales, neutralizadas por la implacable lógica del beneficio privado, el sindicalismo defiende el trabajo. Pero esa defensa, al descansar sobre la aceptación de todas las propuestas y valores del capitalismo y al desconocer la dimensión política y de poder oculta tras la forma asalariado del trabajo, no puede mantenerse. Desde dentro de la lógica del capital, el sindicalismo mayoritario hace más por la defensa y la apología del capitalismo que por la defensa de los trabajadores. Su única estrategia consiste en una relación defensiva fracasada de antemano. Su horizonte teórico y estratégico no es canalizar y organizar las dinámicas de lucha, sino defender, tanto el buen fin de los negocios para que se cree empleo, como su reconocimiento, por parte de los empresarios y el gobierno, como representante, en régimen de monopolio, de la población asalariada. Las luchas no están excluidas, (casualmente, los grandes sindicatos son los que tienen la mayor organización, experiencia y tradición) pero quedan reservadas para recordar a los poderes políticos y económicos que, sin contar con el poder sindical, el permanente proceso de flexibilización y transparencia en el trabajo, exigidos por la economía global, no van a ser fáciles.

Su aparente distancia de “la política” implica un vacío de discurso propio que, naturalmente, es ocupado por el discurso de la izquierda “progre”, coincidente, en lo esencial, con el discurso de la derecha: modernización, competitividad, interés, beneficio privado, tecnología como progreso, creación de empleo, bienestar como alto nivel de consumo, ruptura entre lo reivindicativo y lo político, entre lo particular y lo general, entre las palabras que se pronuncian y los actos que se realizan.

            La abrumadora falta de legitimidad del modelo sindical imperante, se compensa con el vacío de cualquier alternativa tanto teórica como práctica. Los discursos descalificadores o las reclamaciones de luchar más, sin una teoría que explique las claves del apoyo de la clase obrera a este tipo de sindicalismo y sin un discurso que ponga de manifiesto las falacias con las que se legitima este modelo económico y social, son inútiles. Pero siendo totalmente necesaria, esta teoría no es suficiente. Es preciso organizar políticamente las múltiples precariedades. Experimentar, una vez tras otra, fórmulas de organización y autodefensa de las mayorías precarizadas y privadas de derechos políticos y sociales, dentro y fuera del espacio laboral. Este es un punto clave para la refundación de un sindicalismo anticapitalista con poder social autónomo. El ciclo de experimento, error, análisis y rectificación debe complementarse con una apertura a lenguajes sociales externos a la empresa y deslocalizarse, creando espacios de apoyo mutuo y de cooperación en luchas territoriales o sectoriales. La formación, el debate y la comunicación, son actividades ineludibles dentro y entre los distintos colectivos sociales. El estudio colectivo para la construcción de las palabras que expresen la verdad de los hechos, es una condición para activar la reactivación, la participación y la movilización de la gente. Sin ellas, no es posible un sindicalismo anticapitalista.

            Hablar de sindicalismo mayoritario o de sindicalismo capitalista, supone hablar de CCOO y UGT, pero no solo. El modelo sindical mayoritario contiene a la mayoría de la clase obrera, no solo a su parte sindicada (aproximadamente el 19% de la población asalariada). Por el contrario, hablar de sindicalismo anticapitalista supone hablar de organizaciones sindicales más a la izquierda, pero no solo. Hay mucha  gente anticapitalista dentro de los sindicatos mayoritarios. También se producen actitudes sectarias que, en nombre de glorias pasadas, brillan por su ausencia en las luchas actuales, coexisten pacíficamente con la precariedad e impiden la unidad entre gente combativa por razones puramente identitarias. Las enormes insuficiencias y patologías de los sectores anticapitalistas, facilitan el trabajo del sindicalismo mayoritario que, para la continuidad de su hegemonía, necesita el vacío de cualquier alternativa sindical que demuestre, practica y teóricamente, su capacidad de enfrentamiento con los empresarios y de defensa participativa y real de l@s trabajador@s.

            Cuando hablamos de sindicalismo capitalista no solo hablamos de veinte o treinta miembros de una ejecutiva federal, sino de docenas de miles de cuadros liberados del trabajo en la empresa, integrantes de órganos de dirección sectorial o territorial, asalariados estables, envejecidos, con un alto nivel de consumo, con una formación muy baja que se maquilla con la basura teórica que se produce desde los aparatos de la dirección o desde los medios de comunicación de masas controlados por la socialdemocracia. Una parte de esta capa social tiende a enfrentarse inmediatamente con los compañeros de su propio sindicato que desean luchar o con las secciones sindicales que se autoorganizan, o se coordinan socialmente ante una agresión patronal. El deseo compulsivo de pasar horas reunidos con la dirección, o en su defecto, en el cuarto sindical, son sus mayores aspiraciones. Ese personal conservador, servil ante las patronales, es la élite que gestiona, desde dentro de las “organizaciones de clase”, los intereses presentes y futuros de la “clase obrera”. Estas direcciones sindicales no traicionan a la clase obrera sino a sus sectores más combativos. Su hegemonía es rigurosamente democrática. Se basa en una corriente circular de generación mutua entre una clase obrera desencantada, individualizada, impotente, consumista, calculadora y oportunista y esta penosa vanguardia. Los miles de militantes que, tanto fuera como dentro de las grandes corporaciones sindicales, se esfuerzan cada día por organizar a las víctimas de la globalización, agonizan aplastados, “democráticamente”, entre la pasividad de las masas y la degeneración de los aparatos sindicales.

            El discurso que legitima este círculo vicioso es : “No podemos hacer mas desde el sindicato porque la gente no quiere hacer más”. “Cualquier intento que no parta de esta realidad está condenado al fracaso y las derrotas que solo traerán retrocesos” Pero en realidad, la verdadera cosecha de derrotas y retrocesos corresponde a este modelo de sindicalismo capitalista que, con la usurpación de un pasado de lucha, cubre las vergüenzas de un presente de ignorancia, división, desmoralización y colaboración con el enemigo.

            En el modelo sindical del franquismo, los sindicatos eran verticales porque albergaban en la misma organización a los empresarios y a los obreros. El corporativismo fascista abolía por decreto la lucha de clases. La demostración real era el nacionalsindicalismo que, junto con la familia y el municipio, vertebraban políticamente el Estado franquista. En un aparato sindical corporativo (todo para el estado, nada fuera del estado, nada contra el estado), era impensable la lucha de clases porque disolvía el orden político. Este modelo sindical fue combatido por los sectores mas generosos de la clase obrera que, en unas condiciones muy duras de clandestinidad y represión, en la década de los sesenta y setenta, consiguieron cotas de libertad , mejoras laborales y el respeto de los empresarios y los gobiernos.

            Hoy, tras la “modernización sindical”, los grandes sindicatos aparecen como organizaciones autónomas del estado.  Pero el gasto creciente de sus aparatos, junto a la baja afiliación, les hace dependientes del estado. Su debilidad teórica se cubre con un discurso keynesiano, como forma de aparentar que se mueven por algo mas que por un cálculo meramente táctico. El clientelismo y la defensa del status de funcionarios por parte de  miles de antiguos luchadores obreros, se complementa armónicamente con la mansedumbre, civilizada y democrática, de l@s trabajador@s, frente a los abusos, ilegalidades e intimidaciones de los empresarios. En el franquismo, no se podía luchar contra el capital porque lo impedía la brigada político-social. Hoy, en la monarquía parlamentaria que le ha dado continuidad, tampoco se puede,  porque, con sus acciones y sus omisiones, lo impide la burocracia sindical.

 

 

POR UN SINDICALISMO ANTICAPITALISTA.

 

El proceso de crecimiento y consolidación del capitalismo como modo de producción social, es el mismo proceso que el crecimiento y la consolidación del trabajo asalariado como modo de trabajo dominante. El capitalismo no tiene al trabajo asalariado esperándole para desarrollarse. Se desarrolla rompiendo las relaciones sociales no capitalistas basadas en trabajos no asalariados y recomponiendo, posteriormente, una parte de esos trabajos en forma de trabajo asalariado, realizado bajo el mando directo del capital y otra parte, en forma de trabajo doméstico y de cuidados realizado, esencialmente, por las mujeres.

            No es posible combatir el capitalismo sin combatir el trabajo asalariado y la asignación exclusiva a las mujeres del trabajo de cuidados. No se puede comprender el virulento despliegue del capitalismo sin comprender la virulencia precarizadora, embrutecedora y homicida del trabajo asalariado y la desigualdad de género en la asignación del trabajo de cuidados.

            Estudiar el capitalismo, comprenderle para combatirle mejor desde el punto de vista de sus víctimas, exige tener en cuenta que, bajo dicho sistema, la fuerza vital del trabajo asalariado y del trabajo de cuidados está incorporada al ciclo de producción y reproducción del capital. Esta subordinación se sustenta en varios hechos encadenados; Uno: la capacidad de trabajo de las personas debe comportarse como una mercancía más. Dos: las mujeres, al tener la responsabilidad expresa de la producción y reproducción de la vida humana en la esfera privada del hogar, se encuentran en una posición social subordinada a los hombres. Tres: estos hechos, que someten la vida, la sociedad, la naturaleza, el trabajo y los cuidados al ciclo del capital y encierran una enorme violencia social, son considerados normales por los hombres y por la mayoría de las mujeres. Cuatro: el modo de producción capitalista no solo es un modo de producción económico sino también político – social y síquico. El ciclo del capital produce objetos para los deseos pero también deseos para los objetos, produce no solo mercancías sino también personas y relaciones entre ellas.

La crítica al capitalismo para ser solvente, debe contener la crítica a las formas habituales de trabajar, comer, consumir, cuidar y ser cuidados, pensar, desear, sentir y participar socialmente. Es decir, la crítica al capitalismo exige volver, de manera reflexiva, la crítica hacia nosotr@s mism@s, como trabajador@s asalariad@s, hombres y mujeres que cuidan y son cuidad@s, ciudadan@s y consumidor@s.

            Al criticar al capitalismo desde la crítica al trabajo asalariado y al trabajo de cuidados, estamos abriendo la posibilidad de que las personas trabajadoras, los hombres y mujeres, al hacer conscientes los principios económicos, políticos y culturales que nos colonizan, iniciemos un éxodo colectivo, fuera de la esclavitud de la relación salarial, de la subordinación de las mujeres a los hombres, del consumismo como sinónimo de bienestar y del descompromiso político. Este éxodo, consiste en ir más allá de la legítima defensa de las condiciones en las que vendemos nuestra fuerza de trabajo y de la forma en la que cuidamos y somos cuidados. Requiere que nos veamos como seres sociales necesitados, no solo del trabajo, sino también de cuidar y ser cuidados, de la creación cultural y artística, de la deliberación y de la participación política desde lugares sociales.

La defensa de las condiciones de trabajo es necesaria, pero no suficiente. Para multiplicar los lugares de lucha y creatividad social anticapitalista es imprescindible, por un lado, abordar la crítica al capitalismo con nosotr@s dentro y no fuera, es decir, transformar nuestras propias formas de vida. Por otro, organizar y agrupar las luchas defensivas  en un cauce común que impida, en multitud de espacios sociales, el avance del terror global  poniendo la fuerza necesaria para la autodeterminación de las identidades sociales excluidas y así convertir los regímenes parlamentarios de mercado en democracias verdaderas y nuestras identidades precarias en identidades humanas.

            La crítica al capitalismo global y la superación de la complicidad de la izquierda capitalista, exigen construir los sujetos sociales que, no solo desde dentro, sino también desde fuera del mercado y del estado, pongan la fuerza necesaria para cambiar las reglas del juego en las relaciones sociales. El Movimiento contra la Globalización, la Europa del Capital y la Guerra puede ser un cauce para que la proliferación de millones de subjetividades y acontecimientos rebeldes, impidan la globalización de la desigualdad, de la violencia y del desamparo. Sin organizar la acumulación de fuerza y el apoyo mutuo de las innumerables dinámicas de autodefensa, resistencia y antagonismo, esta proliferación es impotente. El sindicalismo anticapitalista necesita, para ser sindicalismo,  defender al trabajo asalariado en sus condiciones concretas y para ser anticapitalista, criticar teórica y prácticamente dicha forma de trabajo. Pero también necesita como componente necesario de un amplio movimiento social anticapitalista, criticar la subordinación de las mujeres a los hombres y las formas de alimentación y consumo. Es necesario defender el salario, aunque dicho salario sea el operador de la subordinación del trabajo al capital y de las mujeres a los hombres. También lo es exigir al Estado que sea garante de los derechos sociales, aunque el Estado sea el garante de la desigualdad. Pero limitarse sólo a eso es jugar dentro del mercado y del Estado. De ahí solo sale más mercado y mas Estado. No habrá izquierda anticapitalista sin sindicalismo anticapitalista. Sin organizar a las masas de trabajador@s, precari@s, consumidor@s, mujeres y excluid@s, nos moveremos entre el mercado, el Estado y los intelectuales postmaterialistas que nos predican una lírica espontaneista de “éxodos” sin conocer las génesis.            

            El problema no está en la burocracia sindical sino en nosotros. Si esa burocracia desapareciera,  nosotros seguiríamos siendo inviables en una clase obrera mayoritariamente individualizada, desmovilizada y derechizada. La reconstrucción del sindicalismo anticapitalista desde la conyuntura actual de globalización del capital, requiere de espacios de apoyo mutuo, mestizos y flexibles, para los colectivos que luchan. Un sindicalismo alternativo solo puede crecer como un sindicalismo anticapitalista en sus palabras, en sus actos y en sus formas de organización y participación. Requiere de la cooperación de los militantes sindicales para sostener y organizar las múltiples dinámicas de resistencia que se dan. Pero también de la creación del discurso que muestre las cosas como son, desde el punto de vista de los que sufren.

            Estos espacios y discursos, al surgir en un escenario globalizado, que incluye un sindicalismo capitalista hegemónico, no pueden crearse por decreto ni fundarse, totalmente nuevos, por un pequeño grupo. Necesitan, para abrirse camino, demostrar su capacidad explicativa y su utilidad para la lucha y así ir ganando voluntades. Deben centrar su atención, sus palabras y sus hechos, no en los defectos del sindicalismo mayoritario, sino en dar salidas a los problemas de la gente. No podrán prosperar como sindicalismo exclusivamente reivindicativo sin actuar como sindicalismo político, contemplando las dimensiones sociales de la condición asalariada (género, raza, cultura, nacionalidad, edad) y buscando espacios de cooperación con otros movimientos, también enfrentados al capitalismo desde su propia identidad (mujeres, homosexuales, ciudadan@s, inmigrantes). Dar a los otros la propia fuerza para recibirla de ellos. El Movimiento Contra la Globalización, la Europa del Capital y la Guerra es el espacio político donde las distintas identidades en lucha pueden tener su referente político y su lugar de cooperación y apoyo mutuo.

            Defenderse del capitalismo solo es posible desde la lucha contra el capitalismo. Luchar contra el capitalismo, en su fase actual de globalización, es luchar contra la globalización. Luchar por otra globalización es como luchar  por otro capitalismo, otra hambre, otra represión, otra guerra. Eso no tiene sentido, salvo para el bloque socialdemócrata (partidos y sindicatos de la izquierda capitalista) que llama “otra globalización” a estar ellos en el gobierno para conducir la misma globalización capitalista.

            Sin crear la fuerza popular que se enfrente al capitalismo, no es posible otro mundo, porque no es posible, ni deseable, otra precariedad, otra guerra, otras privatizaciones. No es posible más globalización que la neoliberal, porque dentro del capitalismo no es posible la globalización de los derechos humanos y la democracia. El sindicalismo anticapitalista no radica en ningún lugar específico, pero está entre nosotr@s como una realidad minoritaria en grupos aislados, dentro y fuera del sindicalismo hegemónico y como potencialidad en algunas organizaciones.

            Es decir, el sindicalismo anticapitalista, con vocación de crecer en dimensión y no sólo de engordar una sigla, debe ser generoso en la apuesta por fortalecer un espacio anticapitalista plural, no sólo sindical sino también socio-político.

            No se trata de fundar nuevos espacios vacíos para que sus fundadores sean jefes, sino de abrir dinámicas de encuentro, cooperación y apoyo entre grupos reales, implicados en luchas locales y sectoriales . No se trata de superar la impotencia sumando muchas impotencias sino de abrir espacios donde la potencia de grupos sociales en acción se multiplique con la cooperación y el apoyo mutuo. Muchas experiencias, marginales a escala de toda la sociedad, pero influyentes en su propio territorio, son las dinámicas que debe incorporar un proceso de reconstrucción de un sindicalismo anticapitalista.

            Un sindicalismo anticapitalista no es suficiente para la defensa de la clase obrera. Pero es necesario para la reconstrucción de una izquierda anticapitalista. Aunque el sindicalismo y la izquierda capitalista los consideren sus peores enemigos, el sindicalismo anticapitalista no debe convertir a sus adversarios en sus maestros ni a sus competidores en sus enemigos principales. El Movimiento contra la Globalización, la Europa del Capital y la Guerra puede ser un cauce para que la autodeterminación de millones de subjetividades y acontecimientos rebeldes, impidan la globalización de la desigualdad, de la violencia y del desamparo. Pero este movimiento que ha demostrado su enorme potencialidad no podrá prosperar sin mantenerse fuera del control de la izquierda capitalista. Sin conseguir la autonomía política y organizativa que le permita trabajar con la izquierda capitalista y no trabajar para la izquierda capitalista.

 

 

A. M.

CAES. I´04.



[1] Burbuja Financiera.- Sobrevaloración anormal de los activos (acciones, futuros, inmuebles, etc) Sube la demanda de estos activos, por la creencia de que sus precios aumentarán. Como una profecía autocumplida esto aumenta los precios en el presente,. Por ejemplo: compro acciones de una multinacional farmacéutica porque me he enterado que el gobierno le va a autorizar un medicamento muy eficaz para el cáncer. Invierto en bolsa, no porque las empresas vayan bien, sino  porque la bolsa lleva subiendo dos años y creo que va a seguir subiendo.

 

[2]  La especulación se ha democratizado. Veamos dos ejemplos: En las sociedades opulentas, por ejemplo España, hay más de ocho millones de cuenta partícipes en los fondos de inversión. Todas las opciones políticas, de derecha e izquierda, especulan con el terreno desde el poder municipal, multiplicando, mediante recalificaciones el precio del metro cuadrado y utilizando de forma ilegal su información privilegiada para obtener grandes plusvalías.

[3] Déficit público: diferencia entre los ingresos y los gastos del Estado en un ejercicio anual. Deuda Pública: Acumulación histórica de los déficits, es decir, la deuda que el Estado ha contraído para financiarlos.

[4] Recesión : situación en la que entra una economía cuando se mantiene, durante dos trimestres seguidos, en tasas de crecimiento cero o negativo.

[5] Burbuja inmobiliaria: sobrevaloración de los precios de los inmuebles en base a una subida simultánea de las viviendas ofertadas y del precio de las mismas, cuando, según la ley de la oferta y la demanda, el crecimiento de la oferta debería reducir los precios.

[6]. Mayoritario a) en términos institucionales (CCOO y UGT suman, a mediados de 2003, casi siete de cada diez delegad@s sindicales, en computo 1999-2003), b) en términos ideológicos (su discurso sindical es dominante en la gran mayoría de la clase obrera ), c) en términos políticos (la institución sindical consigue impedir que se extiendan y se coordinen las múltiples dinámicas de resistencia y antagonismo social que al margen, e incluso dentro, del sindicalismo mayoritario, proliferan en la constante conflictividad social)

7 La relación salarial capital-trabajo debe ser entendida como una relación social que atraviesa otras muchas relaciones sociales (género, edad, ciudadanía, especie, raza, nacionalidad, creencias, opción sexual, etc) y que, a su vez, es atravesada por ellas.

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Publicación enviada por Centro de Asesoria y Estudios Sociales
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Publicado Wednesday 25 de February de 2004

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