Monografias | Psiquiatría y prohibición de plantas psicoactivasPsiquiatría y prohibición de plantas psicoactivasResumen: La política internacional prohibicionista de una serie de sustancias disímiles a las que se les llama indiferenciadamente “drogas”, ahora compartida por el 100% de los estados, firmantes o no firmantes de las convenciones internacionales, constituye un fenómeno característico de nuestro tiempo. La política internacional prohibicionista de una
serie de sustancias disímiles a las que se les llama indiferenciadamente
“drogas”, ahora compartida por el 100% de los estados, firmantes o no
firmantes de las convenciones internacionales, constituye un fenómeno característico
de nuestro tiempo. No es un fenómeno espontáneo y coincidente, surgido de
necesidades de las diversas sociedades. Todo lo contrario, es un sistema de
control político impuesto que tiene una larga historia. Iniciada la campaña
prohibicionista hace casi un siglo ,en la Conferencia de Shangai de 1909, estuvo
en el primer momento dirigida contra el opio bajo instigación de la diplomacia
de los Estados Unidos, país que ya, por entonces, había iniciado internamente
la restricción del uso autorizado de los opiáceos como también de la cocaína,
motivo por el cual se limitó drásticamente la importación de hojas de hojas
de coca con la Pure Food and Drug Act de 1906. Cabe destacar que la prohibición recayó sobre
sustancias naturales hasta entonces respaldadas por la propia medicina académica
estadounidense, como nos recuerda, en el caso de las hojas de coca, la
monumental obra de Golden. W. Mortimer, médico e historiador, autor de Peru,
History of Coca, impresa en Nueva York en 1901, libro del cual apareció una
condensada versión francesa destinada a los médicos en 1904. Cabe denunciar
que, pese a la reedición de la versión original en 1975, y de la traducción
francesa en 1992, no existe aún versión en español1. De su lectura, en primer lugar, se desprende el
buen sentido clínico de los médicos norteamericanos, puesto de manifiesto al
apreciar las virtudes de la coca en su práctica profesional mientras estuvo en
boga, tal como registran los cuestionarios enviados por el doctor Mortimer y
cuyos resultados figuran en el Apéndice. Al mismo tiempo, sin embargo, como
registró y comentó Mortimer, aunque no precisó al enemigo, se gestaba la
conspiración que llevaría a la exclusión de la coca entre los cultivos más
preciados de la tierra. La Convención de La Haya de 1912, llamada indebidamente
« del Opio », pues no fue su único objetivo, internacionalizó la fiscalización
de la producción de la coca, al incluir a « la cocaína y sus sales » Tal
Convención, suscrita por el Perú en 1913, fue ratificada por el Tratado de
Versalles. Finalizada la II Guerra Mundial, las
Naciones Unidos asumieron el compromiso de llevar adelante la guerra
norteamericana aceptada sin crítica hasta entonces por las más diversas formas
de gobierno: democracias, dictaduras, y totalitarismos: fascismo, nazismo y
comunismo por igual. La Convención Única de Estupefacientes (Nueva
York,1961) fijó definitivamente la naturaleza del control que incluyó, entre
otros objetivos, la erradicación en veinticinco años del milenario coqueo
andino y del arbusto de coca (Erythroxylum coca, e. novogranatense) que
no estuviera destinado a la obtención de un agente saporífero sin alcaloides,
salvando así la producción destinada a la empresa Coca Cola que ha
seguido usando a la hoja de coca como parte de su fórmula secreta (Pendergrast,
1993). En el caso del Perú , debido a la presión de los Estados Unidos, se
dictó en 1978 el D.L. 22095, conocido como « Ley de Drogas » aún vigente,
dispositivo que considera al coqueo andino como « un problema social » y traba
con ello su debido aprovechamiento industrial. Las consecuencias de la política establecida han
sido múltiples: económicas, sociales y políticas. Una vasta economía
sumergida que lava o « blanquea » el dinero mal habido mediante mil y un
recurso del sistema financiero (economía marginada habitualmente por los
economistas formales, con la reconocida excepción de Milton Friedman, quien
debido a ello ha abogado desde décadas atrás por la legalización); sociedades
escindidas entre los sectores convencionales ( en especial dependientes del
aparato estatal, incluyendo a las Universidades y a los tribunales de justicia),
reforzados por la permanente presencia de la campaña guerrera en los medios de
comunicación de masas que llevan adelante la propaganda oficial, frente a
millones de usuarios satisfechos que están obligados a guardar las formas so
pena de estigmatización personal cuando no de la penalización de su afición;
conformismo de los actores políticos que no encuentran la forma de revertir el
sistema y que por ello callan la importancia del negociado, a sabiendas de los
conflictos que genera. En el plano internacional la « prohibición » se ha
convertido en una « guerra », apoyada por el más poderoso Imperio de los que
han existido en la Historia y que ha encontrado en el tema una manera de
inmiscuirse en los asuntos internos de los demás naciones, puesto que aparece
legitimada su preocupación « sanitaria », la misma que se ve obligada a
compartir y sostener la Organización Mundial de la Salud mediante su Comité de
Expertos en Farmacodependencia, la instancia presuntamente científica que
responde por las « razones » del sistema. Son los Estados Unidos, en efecto, con el
fraternal y permanente apoyo del Reino Unido, los que distribuyen y controlan a
sus « agentes encubiertos » y a otros que aparecen públicamente dentro de los
países significativos en la producción o tránsito de las sustancias
prohibidas, en especial cuando se presume que abastecen a la « puritana » América.
Este último es el caso de la región andina donde el cultivo del arbusto de la
coca, limitado en sus usos tradicionales e industriales por la propia legislación,
en cumplimiento de los acuerdos internacionales, ha estado casi en exclusiva al
servicio del multimillonario negociado de la cocaína, droga de la cual fuimos
el primer productor mundial durante más de una década (1980-1994), hasta que
Colombia asumió la producción con sus extendidas y bien cuidadas plantaciones,
provocando la disminución de las mismas en nuestro territorio. Hoy, si bien la
disminución se ha mantenido ( de más de 120 mil hectáreas bajo a alrededor de
35 mil), el repunte del precio de la hoja lleva a temer que la ofensiva en
Colombia retrotraiga la situación y volvamos a ser un destacado « cocaine
country », aquejado nuevamente por la violencia que surge como estratégica
cortina de humo detrás del cual el negociado prospera, sea el Líbano, Afganistán
o el Chapare boliviano.
La « prohibición de las drogas », tal como ha
sido caracterizada recientemente por Harry G. Levine , Profesor de sociología
de Queens College de Nueva York ,en un artículo reciente publicado en The
Independent Review2, « es un sistema mundialmente extendido de
poder estatal. La prohibición global es un “hecho social”´ en términos de
Durkheim- sostiene Levine. Un “hecho social” que Levine describe en su
amplia variedad, desde la criminalización en los Estados Unidos que mantiene más
de medio millón de presos por posesión o pequeñas ventas de lo
prohibido(recuerden que hay más liberalidad en su mercado de armas), a Holanda
con su pragmática política de despenalización de la venta de marihuana en
determinados establecimientos (en el extremo posible conciliable con las
Convenciones internacionales suscritas), para evitar el mayor daño de su
criminalización y su vecindad con el más reducido mundo de las drogas llamadas
“duras”, como se considera a la heroína y a la cocaína. Un “hecho social” tiene sin embargo su
historia, a la que poca atención le prestó Levine, aunque no dejó se
preguntar sobre la razón de la generalización, a lo largo del siglo XX
, de la “prohibición de las drogas” como la política de estado más
ampliamente aceptada y legítima ante las más variadas audiencias. Al
preguntarse sobre las razones de su acogida, si bien acepta que en la práctica
se ha debido a la presión diplomática de los Estados Unidos, encuentra que la
“prohibición de las drogas” se difundió porque era y es útil, funcional,
para todo gobierno, puesto que el Estado incrementa con ella su poder policial y
militar así como, mediante la satanización de las propias sustancias, lograda
por los medios de comunicación, convierten a la prohibición en el objetivo de
una cruzada social unificadora, presuntamente humanitaria, que fuerza la
solidaridad de políticos, hombres de iglesias, educadores, comunicadores en
fin, quienes comparten en términos de Levine “un romance con el Estado”,
estimado como autoridad suprema al servicio del bien común. Finalmente, Levine
señala el carácter instrumental de las Naciones Unidas para la generalización
de la política estadounidense. Dentro de ella se ha abierto paso el movimiento
de “reducción del daño” que pretende moderar los efectos negativos de la
prohibición mediante la tolerancia y la regulación, tal como representa el
reparto de jeringas e incluso el suministro asistido de heroína inyectada ,
como sucede en Holanda y Suiza. Dentro tal política de “reducción del daño”,
por ejemplo, se lleva adelante la campaña bien pensante y compasiva de George
Soros en los Estados Unidos, abogando, mediante The Lindesmith Center
dirigido por Ethan Nadelmann, por el uso médico aprobado de la marihuana frente
a diversas enfermedades. Quizás por respeto indebido al sistema, sin embargo,
omiten hablar del uso habitual de la planta, de la “addiction”, que
tan exitosa acogida tuvo en California a finales de los 60 y que se propagó
luego por los Estados Unidos hasta requerir, desde el inicio de los 80,una
producción doméstica que hoy, al inicio del milenio, abastece a decenas de los
millones de aficionados al cáñamo que no pueden ser ciudadanos libres, si
recordamos que, en palabras de José Martí, “la libertad es el derecho que
todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía” La nueva inquisición, inspirándose en la
antigua, descalifica el testimonio de los “adictos”, como la anterior
descalificaba a quienes defendieran su judaísmo o su “herejía”.
Si bien el penetrante análisis de Levine señala
factores decisivos en el establecimiento y mantenimiento de la política
adoptada, cabe destacar, sin embargo, que hay dos vacíos, íntimamente ligados.
El primero al limitar el origen de la prohibición a los años 20 del siglo
pasado, centrándose en los Estados Unidos3, ignorando la etapa
decisiva del cambio producido al fin del siglo XIX y
comienzo del XX, período inicial considerado en los tratados del tema,
comenzando por Thomas Szasz en su Química Ceremonial de 1975. Es así
como se da el primer vacío observable. El segundo, ligado con el primero, fue
ignorar la base doctrinaria en el cual la prohibición se fundamentó ante la
opinión pública, aspecto generalmente omitido en las revisiones del tema. No
bastaron, en efecto, las campañas públicas que los medios de comunicación
llevaron adelante, ni el ajetreo de los grupos temperantes. El sustento
necesario se dio cuando el descrédito del alcohol, del opio, de la cocaína y
de la marihuana fue asumido y comenzó a difundirse en los tratados psiquiátricos
de los padres fundadores(especialmente Emil Kraepelin) quienes estigmatizaron su
uso como una “toxicomanía”, al tiempo que surgían diversos psicologuismos
(Freud y seguidores, ortodoxos y heterodoxos) para explicar el malestar de la
cultura moderna y proporcionarle al racionalismo una fe interpretativa de los
avatares de la vida que tanta falta le hacía debido a la secularización
producida. Desde entonces, dentro de la clientela reclamada
por la psiquiatría se contaron a los usuarios de las sustancias “adictivas”,
juzgados como usuarios “compulsivos”, con absoluto menosprecio de su imagen
y de su opinión personal. Se impuso con ello un segundo argumento de autoridad:
si el “enfermo mental” se caracterizaba como escapando al autocontrol e
igual ocurría en las “toxicomanías”, quedaban justificadas entonces las
medidas restrictivas de la comercialización de tales sustancias y la imposición
por la fuerza de tratamiento, mediante el internamiento, asegurando, con la
distancia de la reclusión, la impunidad del trato que a partir de ahí les
daban los “especialistas” (las llamadas “terapias”del choque electrico,
la lobotomía y el empleo de drogas sintéticas con efectos laterales y
acumulativos que no fueron tenidos en cuenta al recurrir a ellas). Tratamiento
similares se aplicaron a los “alcohólicos” y “adictos” sin reflexión
alguna sobre el incumplimiento del precepto hipocrático de no hacer daño. Sólo los recientes progresos en neuroquímica y
de la tecnología computarizada, a partir del descubrimiento de las endorfinas y
de la exploración del funcionamiento cerebral, ha podido orientar hoy
finalmente a la psicofarmacología y reducir los daños producidos por la atención
psiquiátrica tradicional que durante gran parte del siglo pasado se mantuvo por
su inmerecido prestigio científico. Pesó no sólo sobre su voluntaria e
involuntaria clientela. En nombre de la “salud mental”, contra la cual
atentaban en la práctica y en la teoría, la psiquiatría se arrogó el poder
clasificatorio que estigmatizó a cientos de millones de seres humanos y nos
mantiene estigmatizados todavía. Descalificar a las plantas medicinales del
sistema nervioso empleadas por la medicina fue casi un requisito profesional,
por así decirlo, de la existencia de la propia psiquiátrica y de las
psicoterapias creadas para “curar” los problemas asociados a su ausencia. La prohibición fue es el resultado de la prédica
psiquiátrica, puesta al servicio del control social por el Estado policía, del
“ogro filantrópico”. Omitir tal consideración, como es costumbre , impide
realmente replantear desde su base teórica, “el problema de las drogas””,
recurriendo al auténtico conocimiento científico, esto es de acuerdo a la razón
y a la experiencia en el decir de Claude Bernard.
A diferencia de Levine, quien como sociólogo se
ha limitado al “social fact” de la “prohibición de las drogas” sin
desagregar ésta en forma alguna , el análisis personal en el cual me apoyo,
pasando del hecho a su historia, tomó como hilo conductor la estigmatización
oficial del coqueo andino, a partir del fallo del Comité de Expertos de la
Organización Mundial de la Salud que, en 1952, juzgo debía considerarse al hábito
tradicional como una forma de “toxicomanía” o “adicción”,
categoría de la fantasmagórica psicopatología psiquiátrica, según creo
haber demostrado documentadamente en el caso del recurso andino4. Tal condena, en efecto tiene una historia
perfectamente reconstruible a partir del Informe de la Comisión de Estudio
de las Hojas de Coca (Lake Success,1950), designada por el Consejo Social y
Económico de las Naciones Unidas. con el cual la Organización Mundial de la
Salud pretende haber acabado con la revisión de la información pertinente. En
la 28º sesión del Comité de Expertos en Farmacodependencia de la Organización
Mundial de la Salud(1992), se negó a recomendar una revisión crítica del caso
de la hoja, pese a la revalorización obtenida en Bolivia y el Perú , aduciendo
que se apoyaba y no desistía de hacerlo en la información entonces recogida.
Una primera revisión del Informe
presentado por la Comisión a las Naciones Unidas puede mostrar la exclusión,
dentro de la bibliografía recogida y anotada por el doctor Pablo Oswaldo Wolf,
de todos los testimonios médicos peruanos que hablaban de los beneficios
derivados del coqueo andino, comenzando por la Disertación sobre el aspecto,
cultivo, comercio y virtudes de la famosa planta del Perú nombrada Coca que
en 1794 publicara el doctor Hipólito Unanue en Mercurio Peruano, informe
que fue debidamente considerado, tanto en los Estados Unidos como en Europa,
prestándole a la coca el apoyo académico para su divulgación y
aprovechamiento industrial por firmas farmacéuticas (Parke, Davis and Co.;
Merck) y otras (Vin Mariani elaborado por Angelo Mariani en Paris; la Coca
Cola en Atlanta). La omisión de tuvo que ser justificada por el
doctor Wolff, en un artículo presentado en el Boletín de Narcóticos
publicado en Internet y al cual remito5, al restarle valor a la
historia médica anterior de la planta andina y aduciendo, en el caso concreto
de Hipólito Unanue, que en el decir de Hermilio Valdizán, a su vez padre
fundador de la psiquiatría peruana y paradójico estudioso de nuestra medicina
popular, se habría tratado de un “estudio agronómico” con el título “El
cultivo de la Coca”. El doctor Valdizán, creador de la cátedra de Psiquiatría
en la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Marcos de Lima, fue
realmente quien dio el aporte inicial y decisivo a la satanización del coqueo
andino, al enviar desde Roma, donde realizaba estudios de especialización, un
alarmante artículo “El cocainismo y la raza indígena” (La Crónica Médica,
Lima, 15 de agosto de 1913) en el cual, apoyándose en el juicio a la distancia
de Emil Kraepelin, maestro de la psiquiatría mundial, consideraba al coqueo un
hábito pernicioso, una “intoxicación crónica”. La escuela psiquiátrica
peruana adoptó la consigna de la campaña que hasta hace poco puso en
entredicho a la hoja de coca, al igual que los misioneros católicos le pusieron
en entredicho en la segunda mitad del siglo XVI,
cuando en el Segundo Concilio Limense (1567) se decretó su condena, desatendida
por la Corona. La “Bibliografía” del Informe – en
efecto – recogía en cambio, ampliamente y sin mayor crítica, toda la
producción psiquiátrica sobre el tema, destacando desde el inicio, con el
vocabulario adoptado, la orientación psicopatologizante que le animaba. Al hábito
andino que describía erróneamente como “mascar coca”, pues la coca no se
masca sino que se exprime su jugo en la parte de lateral de la boca, le llamó
P.O Wolff “cocaísmo”, forma moderada de repetir la excomunión de
Valdizán que dio pié al absurdo proceso. No está demás señalar que las
presuntas investigaciones científicas que respaldaron el negativo Informe
de la Comisión de Estudio, eran trabajos presididos por el prejuicio escolástico
kraepeliano contra la cocaína que sus miembros no pusieron siquiera en duda.
Planteamientos erróneos y métodos de investigación cuestionables, cuando no
risibles hoy día, sirvieron de base al Informe que llevó al Comité de
Expertos de la OMS a imponer la sentencia que se empeñó
en mantener en 19926.
Detrás del juicio a la coca seguido al final de
los 40, ejercía su presencia la anterior condena de la cocaína, la que a su
vez es revisable en su origen. Esta tarea ha sido posible por la publicación,
en 1975, de los Escritos sobre Cocaína de Sigmund Freud, gracias al interés
del profesor Robert Byck y a la autorización de Anna Freud, la devota hija del
creador del psicoanálisis. La historia de los sucesos producidos en Viena entre
1884 y 1887 nos muestran que la estigmatización de la cocaína fue resultado de
la extrapolación en la que incurrió un neuropsiquiatra alarmado, Erlenmeyer,
por el triste resultado que había tenido en un distinguido colega y amigo de
Freud, a quien el maestro del psicoanálisis le prescribió inyecciones de cocaína
para librarse de la habituación a la morfina. De Erlenmeyer y su reacción,
viene ese lugar común hoy día que es llamarle al alcaloide “flagelo”,
apreciación en la que se apoyó años más tarde Kraepelin para referirse al
“cocainismo” como el ansia o deseo de consumirlo, dada su naturaleza
“tóxica”. Los psicólogos sociales somos muy concientes del
peso de nuestra actitud en el acto fundamental de la percepción, identificación,
reconocimiento o categorización. En función de tal identificación se analiza
el objeto, precisándose sus características. De ahí el poder seductor de los
prejuicios que nos tienen al condicionar nuestra perspectiva. Los conflictos
mundiales están teñidos justamente de prejuicios que mantienen la distancia
entre los pueblos y entre las generaciones. La hoja de coca, percibida hasta el surgimiento
del discurso psiquiátrico como planta nutritiva y medicinal (Mortimer,1901),
fue recategorizada como droga peligrosa por la “adicción” que
provocaba la “cocaína” contenida en sus hojas(cocainismo). Ella sería
la “sustancia activa” precisada por la farmacología en el siglo XIX
para dar razón de su más notables efectos: anestésico local y, a la vez,
estimulante del sistema nervioso. Recordemos que Freud en su primer y
jactancioso ensayo Úber Coca, publicado en 1884, había asumido el mismo
punto de partida, al atribuir las virtudes reconocidas en las hojas al alcaloide
extraído de ellas: “la cocaína y sus sales son preparados que tienen
todos los efectos, o al menos los más esenciales, de las hojas de coca”7. Tal reduccionismo inicial y compartido permitió
el traslado arbitrario de su condena a la propia hoja, omitiendo considerar que
esta es un compuesto orgánico. Para ello debió soterrarse la información
anterior. Siguiendo la escuela de Kraepelin, los psiquiatras no demostraron
interés alguno en conocer y evaluar los anteriores informes médicos que
auspiciaron su acogida en el siglo XIX. El Informe
de la Comisión de las Naciones Unidas puede legítimamente ser cuestionado, en
otras palabras, por haberse escondido pruebas. Poner al día la información
científica implicaría hacer presente investigaciones básicas que no han sido
incorporadas al archivo de la coca en las Naciones Unidas y menos tenidas en
cuenta por la Organización Mundial de la Salud.
La psicología cognitiva resalta la importancia
“marco de referencia”(Allport,1939) como todo contexto que condiciona
nuestra percepción, emoción y conducta. Sigmund Freud tenía el propio en 1884 cuando,
ilusionado, creyó encontrar en el uso personal de la cocaína el estupendo
estimulante que como el señaló haciendo referencia a ella: ”Muchos médicos
han pensado que la coca8 puede llegar a ocupar un puesto importante
entre la serie de fármacos que administran los psiquiatras. Es bien sabido que
éstos tienen una amplia gama de productos que les permiten ayudar a sus
pacientes a reducir la excitación de los centros nerviosos, pero que no tienen
ninguno para aumentar un funcionamiento menguado de esos centros”9.
Era, en el lenguaje médico de la época, el remedio ideal para la
“neurastenia”(Beard,1868). No es extraño pues que el reduccionismo farmacológico
adoptado al querer ver en la cocaína “el auténtico agente de los efectos de
la hoja de coca” fue facilitado por el nivel de análisis al que había
llegado la química, de acuerdo a lo que el mismo Freud precisaba en su monografía
Über Coca: “según las informaciones de los químicos, las hojas de
coca contienen algunas otras sustancias que todavía no han sido descubiertas”10. Poco a poco el compuesto orgánico fue analizado,
llegando a que la propia Comisión de Estudio nombrada por el Consejo Económico
y Social reconociera en el Informe (1950) que, como otro vegetal más,
compartía la coca otros nutrientes, vitaminas y minerales, en especial el
calcio, sin reparar en el menosprecio del dato debido al dominio ejercido por el
discurso farmacológico-psiquiátrico que la reducía a cocaína, “el tercer
flagelo“ del que Erlenmeyer culpó a Freud, motivo de la preocupación
internacional. En 1965, Carlos Collazos Chiriboga, Director por
entonces del Instituto de Nutrición del Ministerio de Salud del Perú, publicó
en Viernes Médico, un informe sobre “Coqueo y Nutrición” que no
mereció el debido reconocimiento, pues se había iniciado entonces ya el
silenciamiento del tema, dado que la coca estaba destinada a la extinción. Tal
medida había sido aceptada ya por nuestro gobierno en la Convención Única de
Estupefacientes, realizada en Nueva York en 1961, en ausencia de una
representación diplomática crítica que cuestionara los supuestos de los
acuerdos prohibicionistas logrados. El aporte decisivo del doctor Collazos fue
demostrar experimentalmente la extracción “no desdeñable, por cierto, de
varios nutrientes importantes”, y en especial el aprovechamiento del caroteno
apreciado en el plasma sanguíneo, luego del coqueo tradicional. Su primera
conclusión fue señalar que “contiene varias sustancias nutritivas, algunas
de ellas en proporción llamativa”, pero que “su asociación con la cocaína
significa impedimento capital para su consumo”. El criterio psiquiátrico
dominaba entonces, reforzado por la suscripción de la Convención. Un año
antes el Presidente Belaunde había prohibido la comercialización de la hoja de
coca por debajo de los 1,500 metros de altura, pero la resistente realidad
impidió que se cerrara en la costa el mercado tradicional de la hoja… Existían
y siguen existiendo zonas costeñas y urbanas de consumo de hoja de coca entre
los sectores populares, campesinos, obreros y pescadores de nuestro litoral. En 1975 el análisis de la hoja de coca, cumplido
por Aulik, Duke y Plowman en Harvard University, demostró la gran riqueza de
nutrientes de la hoja de coca, comparada con el de las 50 mejores plantas
alimenticias de Latinoamérica, encontrándose valores que le llevaron a Plowman
a resaltar su importancia: 100 gramos de hoja de coca satisfacerían los
requerimientos recomendados para hombres y mujeres en calcio, hierro, fósforo,
vitamina A y riboflavina. Los hallazgos científicos no fueron capaces de
cambiar la apreciación psiquiátrica y oficial del alimento andino, razón que
explica la dación en el Perú del D.L 22095 (1978), aún vigente, cuyo
considerando inicial califica al coqueo de “problema social”, pese a que,
adicionalmente a las investigaciones de la coca como alimento, se habían
desvirtuado los cargos sobre los efectos “tóxicos” de la costumbre indígena
(Weil 1975; Grinspoon y Bakalar 1976; América Indígena 4 1978) La investigación
llevada adelante en Bolivia por William Carter y Mauricio Mamani11,
recogiendo información básica en el mismo universo de los usuarios
tradicionales, no logró alterar tampoco la política sustitucionista en los
organismos internacionales regidos por la legislación prohibicionista que
excluye la realidad de la coca como alimento del mundo andino.
Si bien la historia del desprestigio de la
marihuana (Cannabis indica, sativa y ruderalia)y de la amapola del opio(Papaver
somniferum) no consta en un expediente oficial de las Naciones Unidas, como
consta el caso de la hoja de coca, sería fácil corroborar el origen puramente
psiquiátrico de su descrédito mediante procedimientos similares a los seguidos
en el caso de la planta andina. Bastaría pasar de la “ciencia” actual a su
historia, como recomendó Thomas Khun en su iluminador libro Las revoluciones
científicas. Se apreciará entonces cómo el prejuicio psicopatologizante,
asumido oficialmente y difundido por la propaganda oficial gracias al prestigio
otorgado a la psiquiatría , se impuso al saber médico que siempre las consideró
útiles medicinas tradicionales del sistema nervioso. Es suficiente, para confirmar lo dicho, revisar
la preciosa información proporcionada por Szasz en su Ceremonial Chemistry,
The Ritual persecution of drugs, addicts and pushers, publicado en 1973,
libro mencionado sólo marginalmente en las revistas más serias, dadas las
consecuencias que tendría la adopción de su denuncia de la “addiction”
como un seudo diagnóstico médico. Según registra Szasz, en 1885 el Informe de
la Royal Comision on Opium comparó al opio con el licor y en 1894, el Informe
de la Indian Hemp Drug Comision, por encargo del gobierno británico, concluyó
que ”el uso regular, moderado de ganja o bhang produce el mismo efecto que
dosis regulares y moderadas de whiski”. El cáñamo de la India y los opiáceos
tenían de hecho ya por entonces un lugar asegurado en la farmacopea aprobada.
Como Thomas Szasz destacó, « la mitología de la psiquiatría ha corrompido no
sólo nuestro sentido común y la ley, sino también nuestro lenguaje y nuestra
farmacología ». Por eso pudo orientar a la política y a la desinformada opinión
pública.
La revision de la información oficial sobre la
hoja de coca, desde elInforme de la Comisión de Estudio de las Naciones
Unidas(1950), muestra la evidente distorsión del punto de vista psiquiátrico
que permitió, incluso, descartar la validés de la anterior información médica.,
de lo cual la “Bibliografía anotada” del referido Informe constituye
prueba documental. El “paradigma”, de las “intoxicaciones crónicas” o
“addictions”, consagrado como “enfermedades mentales”, por llamarle de
algún modo al absurdo prejuicio psiquiátrico, proporcionó apoyo doctrinario
al prohibicionismo estatal en los Estados Unidos, convertido luego en patrón
exportable de su política internacional. Independientemente por ello de las nefastas
consecuencias económicas, sociales y políticas de la cruzada mundial, de las
cuales especialmente los países productores pagamos las consecuencias, como es
el caso de los países andino, se impone el cuestionamiento del actual
“desorden establecido” por razones estrictas de salud. La reapropiación por
la Humanidad de las plantas medicinales del sistema nervioso estigmatizadas por
la escolástica psiquiátrica permitiría el reordenamiento pacífico de los países
productores y , a la vez, permitiría una verdadera educación para su debido
aprovechamiento fundado en información confiable. Sería la major manera de
responder al reto del uso desordenado y aveces clandestino de drogas legales e
ilegales, puesto que se atendería, en forma natural, al apetito selectivo del
sistema nervioso por los nutrientes que aprovecha de las plantas. Saliendo de las sombras que la descalificadora
doctrina psiquiátrica mantiene, podremos entonces hablar cara a cara,
reclamando los países productores el derecho a industrializar debidamente y
colocar en el Mercado global grandes recursos naturals que podrían entonces
garantizar el desarrollo auténtico de las zonas productoras; reclamando los
usuarios el derecho a contar con el abastecimiento regular de las plantas
psicoactiva tradicionales preferidas, en el orden y magnitud del café, el
chocolate o el té.
History of Coca, The Divine Plant of the
Incas, Fitz Huhg Ludlow Memorial Library Ed.,San Francisco,1974 De la Coca a la Cocaïne, Utz, Paris,
1992
Publicaciones del autor. “La Coca el Mundo Andino y los Extirpadores de
idolatría del siglo XX “, en América Indígena 4,
Instituto Indigenista Interamericano, México, 1978.
También en La Coca, Visión indígena de una
planta satanizada, J.Boldó- III, México, 1986. WEB Cocachasqui: http://www.cocachasqui.org
Apertura total:
El autor desea reconocer la asistencia material, el ánimo y la guía de
The Narco News Bulletin, La Escuela de Narco News de Periodismo Auténtico,
su Director General Al Giordano y el resto del profesorado, y de la
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internacional sobre legalización de las drogas “Saliendo de las
sombras: terminando con la prohibición a las drogas en el siglo XXI”
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Saindo das Sombras: terminando com a proibiçao das drogas no século XXI
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elaboraçao desta reportagem. O texto, as opinioes expressadas e as
conclusoes alcançadas, se houver, sao de responsabilidade do autor. 19 de febrero de 2003
Publicación enviada por Baldomero Cáceres Santa María Contactar http://www.narconews.com Código ISPN de la Publicación EpZZlEklplchQXhVks Publicado Thursday 26 de February de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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