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Monografias | Educación, ruralidad y proyecto ético-políticoEducación, ruralidad y proyecto ético-políticoResumen: Apuntes para una construcción de sentido en la intervención Social de Servicio País. Diagnóstico y Negación: El Momento de la Crítica. Intervención contracultural y Prácticas de Resistencia: El Momento de la Propuesta. Dentro de la tradición de las ciencias sociales, la educación - junto a la familia y a la religión - forma parte de las instituciones que movilizan las fuerzas conservadoras de la sociedad. Junto con esto, también es considerada el instrumento más útil de integración, corrección de inequidades y movilidad social. Ambos principios se encuentran actualmente puestos en cuestionamiento ante la ofensiva de formas de exclusión y marginalidad. Dentro de la tradición de las ciencias sociales, la educación
- junto a la familia y a la religión - forma parte de las instituciones que
movilizan las fuerzas conservadoras de la sociedad. Junto con esto, también es
considerada el instrumento más útil de integración, corrección de
inequidades y movilidad social. Ambos principios se encuentran actualmente
puestos en cuestionamiento ante la ofensiva de formas de exclusión y
marginalidad que se ocultan en la dinámica misma del proceso educativo; formas
que son mantenidas, reproducidas y legitimadas por un "imaginario de
mercado" que, en su versión neoliberal, ha colonizado con su semántica
economicista el discurso y la practica educativa. La educación rural, por su parte, históricamente
considerada un dispositivo de integración sociocultural, encuentra competencia
en ese rol ante la aparición de nuevas formas y agentes de socialización, que
hace que profesores, padres, apoderados y alumnos deban movilizarse por espacios
escénicos caracterizados por una altísima complejidad, ante los cuales no se
encuentran dispositivos suficientemente confiables de manera de reducir la
contingencia que diseñan tales escenarios. Ante este diagnóstico, sostenemos que los agentes sociales
que buscan intervenir el sistema educativo deben hacerse cargo de una de las
características que define la intervención social: su naturaleza política. El
compromiso por generar procesos de cambios socioculturales involucra formas
destinadas a gatillar una redistribución del poder . Hablar de participación,
de intervenir desde la realidad local, de socialización, de empoderamiento,
etc. no significa otra cosa que sacar de su opacidad y profundizar procesos de
democratización latentes en la estructura del sistema. Algunas preguntas, entonces, que podemos hacernos pueden ser:
¿Estamos, como servicio país, en una "posición privilegiada" como
para provocar un proceso de cambio y transformación en las realidades que nos
toca intervenir? ¿Cuales son los cambios que podemos y nos toca realizar?¿Cuales
son nuestras limitaciones?¿Con qué actitud nos enfrentamos a esta tarea?, en
definitiva, ¿estamos preparados para asumir un compromiso político que pueda
hacerse cargo realmente de instalar procesos de transformación sociocultural en
el ámbito educativo? Para responder estas preguntas proponemos construir una
intervención social con sentido para Programa Servicio País en el área de la
Educación basada en la articulación de cuatro momentos: La Denuncia, la
Resistencia, la Polémica y la Concientización. I. Diagnóstico y Negación: El
Momento de la Crítica Si estamos de acuerdo con que la finalidad de la Educación
es "promover de forma intencional el desarrollo de ciertas capacidades y
apropiación de determinados contenidos de la cultura necesarios para que los
alumnos puedan ser miembros activos en su marco sociocultural de
referencia", estamos haciendo referencia a lo que dentro de la tradición
de las ciencias sociales siempre se ha sostenido: la educación - junto a la
familia y a la religión - forma parte de las instituciones que movilizan
las fuerzas conservadoras de la sociedad. Queremos decir con esto que los
discursos y las prácticas que sostienen las escuelas retroalimentan
negativamente el stablishment social de manera tal que los niños se hacen
herederos de un sistema de significados, esquemas de distinciones, modos de
pensar y tipos de inclinación que reciben un status y un valor social
determinado y funcional al status quo societal. Siguiendo a P. Bordieu (Teoría
de la reproducción social) el valor social que las comunidades asignan a tal
sistema de significados ha sido diseñado por los grupos consolidados en
posiciones dominantes, las que - al utilizar como aliado a las escuelas -
convierten a éstas en verdaderos dispositivos de legitimación y reproducción
del capital cultural dominante. En el caso de la educación rural, como
veremos, estos esquemas de significados y distinciones están representados
por los estilos de vida urbano y los proyectos sociopolíticos de desarrollo
que define cada estado. Junto con esto, la tradición sociológica ha considerado a
la educación como el mecanismo más útil de integración y movilidad
social. De esta manera, se ha dicho, las desventajas sociales que acompañan
a los grupos más vulnerables de la sociedad tendrían la oportunidad de verse
compensadas desde la educación. Sin embargo, lo que podemos ver es que las
políticas y programas orientados hasta ahora a la obtención de mayor
cobertura no se han visto acompañada de respuestas eficientes frente a las
diferencias socioeconómicas, geográficas, lingüísticas y culturales de la
población, dejando , de este modo, al sistema educativo vulnerable ante la
ofensiva hegemónica del neoliberalismo económico y de un tipo de
"imaginario de mercado" a través del cual ha colonizado con
su semántica economicista las prácticas y los discursos que definen y
orientan la acción social en educación, segmentándola y estratificándola.
Los elementos culturales presentes en el sistema educativo actual nos hablan
de una forma de mercantilización de la educación, formas que, denunciamos,
son mantenidas, reproducidas y legitimadas por este "imaginario de
mercado". De esta manera, podemos cuestionar nuestro sistema
educativo actual en su función de dispositivo de integración social haciendo
referencia a las formas de exclusión y marginalidad ocultas en la dinámica
misma del proceso educativo. El mejor ejemplo de esto es la educación
rural, la cual ha sido históricamente considerada un dispositivo de
integración sociocultural para un segmento de la población que
tradicionalmente se ubicaba en espacios geográficos, temporales y
relacionales distintos a los urbanos. Sin embargo, podemos actualmente
observar que la distinción rural/urbano construída sobre la bipolarización
de elementos culturales propios de la modernidad se encuentra actualmente en
crisis ante la dificultad de operacionalizarla (convertir el concepto teórico
en conceptos empíricos). Esto último se encuentra relacionado con los
cambios históricos operados en las comunidades rurales y la aparición de
nuevas formas y agentes de socialización lo que ha provocado un diferencial
entre – por una parte – la vertiginosidad de los cambios generados en las
esferas tecnológica, económica, sociopolítica y comunicacional, y – por
otra – la lentitud con que los esquemas mentales individuales pueden dar
cuenta de esos cambios. La introducción de elementos de modernidad
(electricidad, agua potable, mejoramientos de caminos, puentes, etc) ha
generado escenarios propicios para la aparición y embestida de los medios de
comunicación social (la TV principalmente). Estos MCS ( empresas de
construcción de realidad, como ha señalado J.L. Pintos) han introducido
elementos culturales propios de los estilos de vida urbanos (esquemas de
distinciones, orientaciones, expectativas, etc), haciendo que la bipolarización
rural/urbano pierda en operacionalidad lo que hace la distinción ambigua y,
en muchos sentidos, absurda. La aparición de estas nuevas formas y agentes de
socialización diseñan un escenario de altísima complejidad que vuelven
contingentes las imágenes del futuro y cuestionan la capacidad de apropiarse
de los segmentos de realidad que antes eran familiares y otorgaran seguridad.
La precariedad del nuevo orden y la necesidad de administrar el riesgo que
diseñan las nuevas redes comunicacionales hacen que aquellos actores sociales
que se movilizan en busca de algún tipo de protagonismo por estos nuevos
espacios escénicos – autoridades educacionales, profesores, padres,
apoderados y alumnos - deban hacerse cargo de encontrar las formas de acortar
la brecha entre las demandas propias de la configuración de nuevas realidades
gatillados por el cambio tecnológico guiado por intereses económicos y las
reales capacidades que tienen como individuos y/o colectivos de dar cuenta de
estos cambios de manera de adaptarse a ellos y responder a sus requerimientos. La dificultad de encontrar los dispositivos suficientemente
confiables de manera de generar operaciones sociales capaces de reducir la
complejidad que caracteriza a tales escenarios a hecho que el manejo de
contingencias se realice dentro de los campos comunicacionales propios del
sistema parcial dominante: el económico. Lo que denunciamos, por lo tanto, es
la mercantilización de la educación, que se entiende aquí como la
necesidad de responder a las señales comunicacionales que irritan el sistema
educativo producto de su acoplamiento estructural con el sistema económico.
Esto se debe, constatamos, ha un nuevo paradigma en educación sostenida por
la política educacional del proyecto sociopolítico de desarrollo del Estado
la que nos habla de la necesidad de vincular el sistema educativo con los
requerimientos de crecimiento y desarrollo económico del país. Como ejemplo
de ello podemos señalar la municipalización de la educación. El traspaso de
la educación desde una responsabilidad estatal a una municipal con el fin de
mejorar la gestión, significó una reforma estructural que no siempre ha traído
como consecuencia una mejora en la calidad de la educación. Muchos
sostenedores, encontrando como aliado la política del Ministerio de Educación,
se han transformados en verdaderos empresarios de la educación. A través de
la adquisición y uso sistemático de categorías, distinciones, indicadores y
criterios propios de la racionalidad económica se ha impulsado un énfasis en
el logro de objetivos instrumentales expresados en su mayoría en indicadores
cuantitativos como tasas y porcentajes de cobertura, deserción, etc. De
manera que los sostenedores deban enfatizar aquellos logros relacionados con
el aumento de las subvenciones en desmedro de aquellos factores más
cualitativos vinculados a la calidad. Esta lógica mercantilista contiene
elementos que se convierten en incentivos perversos para hacer surgir y/o
mantener el clientelismo en la educación. La subordinación de los logros del
sistema educativo a la semántica y la pragmática económica es mantenida,
legitimada y reproducida a través de un sistema de distinciones y
representaciones que podemos llamar "imaginario de mercado". Este
imaginario se encuentra a la base del proceso de exclusión que se esconde en
la opacidad del mismo proceso educativo. Podemos dar como ejemplo de ello la
formación en empleos terciarios de bajo costo que entregan Liceos y que no
responden a un diagnóstico certero de las necesidades locales, sino más bien
a una apuesta de integración a la "empresa privada" (uno de los
fetiches alrededor del cual se articulan las expectativas de éxito dentro del
imaginario de mercado). Este tipo de decisiones a tenido como consecuencia dos
tipos de efectos: se premia la migración campo-ciudad (con los conocidos
peligros y consecuencias asociadas a ello); y la absorción, como mano de obra
barata, por parte de empresas privadas relacionadas con la explotación de
recursos naturales. Podemos sumar ambos fenómenos al proceso de exclusión
que atraviesa la región Latinoamérica caracterizado por la precarización de
la condición salarial a la que alude Robert Castel en sus ensayos, el
surgimiento de los trabajos desnecesarios y el aumento del sector informal en
la economía. La apuesta de la educación por ser una forma de preparación
para el mundo laboral que supere la generación de economías y estrategias de
sobrevivencia no tiene mayor sentido si no se inserta dentro de una análisis
más amplio que involucre un diagnóstico exhaustivo de las reales condiciones
de tal integración a la cadena de producción actual. De otra manera se corre
el riesgo de estar preparando personas para la exclusión al no tener las
herramientas necesarias para hacer frente a las demandas de un nuevo escenario
del trabajo caracterizado por la desprotección de los trabajadores. Ante este diagnóstico, postulamos que los agentes sociales
que, como el Programa Servicio País, buscan intervenir el sistema
educativo deben hacerse cargo de una de las características que define la
intervención social: su naturaleza ético-política. Apuntando a la
necesidad de participar, y en algunos casos iniciar, procesos de democratización
y redistribución del poder en las comunidades educativas y asegurar la real
participación en la toma de decisiones de todos los estamentos de la educación,
proponemos sustentar la intervención de Servicio País en un eje valórico-axiológico
que recupere la posibilidad real de optar por la revalorización de la ética
como indignación, de una ética que abandone lo "pastoral" y el púlpito
y se vuelva interpelativa, cuestionadora y, sobretodo, que se convierta en una
ética para la acción. Considerando la ética como una reflexión personal
sobre la libertad, se hace necesario constatar que la educación, no solo no
ha sido un vehículo de liberación, sino que ha servido a la legitimización
de la dominación , en una expresión y reproducción del poder dominante en
donde "la pedagogía dominante es la pedagogía de las clases
dominantes". Proponemos, en definitiva, una ética en íntima relación
con la práctica política, aquélla que se fundamenta en la construcción de
un horizonte de sentido que guíe y oriente las transformaciones declaradas en
los objetivos del programa Servicio País. De esta manera, el compromiso por instalar procesos de
cambios socioculturales declarados en los objetivos del Programa debe
involucrar formas destinadas a gatillar una redistribución del poder lo que
significa profundizar procesos de democratización latentes en la estructura
de los sistemas. Esto nos habla de la necesidad de configurar un tipo de
apuesta o enfoque del cambio que oriente la intervención hacia algún
horizonte. II. Intervención contracultural y
Prácticas de Resistencia: El Momento de la Propuesta. Es posible encontrar, por ejemplo, que el discurso del
Programa se encuentra matizado por una serie de categorizaciones que, a pesar
de algunas contradicciones, nos hablan de una apuesta por lo colectivo y la
democratización de espacios públicos y. Esta apuesta debiera articular
una serie de acciones contraculturales que sean coherentes con lo declarado. Sin embargo, surgen algunas preguntas que podemos hacernos
sobre el tipo de intervención realizado. ¿Estamos, como servicio país, en
una "posición privilegiada" como para provocar un proceso de cambio
y transformación en las realidades que nos toca intervenir? ¿Cuales son esos
cambios? ¿Cuales son nuestras limitaciones? ¿Con qué actitud nos
enfrentamos a esta tarea? En definitiva, ¿estamos preparados para asumir
un compromiso ético-político que pueda hacerse cargo realmente de instalar
procesos de transformación sociocultural en el ámbito educativo? Creemos que para responder a estas preguntas se deben
recoger los siguientes planteamientos:
Los desafíos de la nueva intervención social deben ser
respondidos luego de un análisis crítico de los contenidos que definen tal
intervención al enfrentarse a las nuevas formas de configuración de lo social.
Trabajamos con personas (Mounier), Sujetos/actores(Touraine), fenómenos móviles
(fenomenología), dobles contingencias (Luhmann), etc. Cualquiera sea la matriz
epistemológica y teórica por la cual hayamos optado estamos haciendo
referencia a la necesidad de mantener un diálogo continuo con una sociedad que
cambia. Del conocimiento de las actuales transformaciones y del deber ético-político
de tomar partido y participar en el desencadenamiento del cambio va a depender
la efectividad de nuestra intervención. Sostenemos que si Servicio País busca
realizar una intervención que se oriente a dar un "rostro más
humano" a la actual configuración de lo social, debe hacerse cargo de la
naturaleza política de sus acciones y de la base ética que lo debe orientar. Los costos sociales de la modernización, la segmentación
interna y la integración internacional configuran un escenario en donde podemos
declararnos neutrales, pero no indiferentes. Los juicios que hemos aquí sostenidos no tienen la intención
de presentarse como originales ni mostrarse como la única forma de hacer las
cosas, sino que buscan inquietar el discurso dominante en Servicio País,
provocar o polemizar de manera de que pueda ser contestada nuestra pregunta
original: ¿Cuál es la apuesta de Servicio País en Educación? ARNOLD, Marcelo. "Sistemas Sociales", Apuntes de
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