Monografias | Átomo - El corazón de toda la materiaÁtomo - El corazón de toda la materiaResumen: ¿De qué modo y de qué está hecho el Mundo?. El átomo. El átomo y el elemento. Dalton encuentra la clave. "Las pequeñas masas" de Avogadro. Las partículas eléctricas. Un nuevo elemento fascinante. El átomo divisible. La energía proveniente del átomo. El átomo vacío. El núcleo y sus satélites. El neutrón rompe el átomo. La bomba nuclear. El maravilloso futuro atómico. El magnetismo. La Tierra es un imán. Algunos experimentos con el magnetismo. ¿De qué modo y de qué está hecho el Mundo? Actualmente se esta retornando o tratando de regresar a los
combustibles tradicionales y a decir que se esta consciente del problema ecológico;
Después de los malos manejos y los problemas acaecidos con la energía nuclear
(Chernobyl, pro ejemplo) y de que no se pudo dominar al 100% este tipo de energía
solo nos queda recordar y esperar tecnologías más seguras. Nos tocó conocer la Era Atómica, un período de la historia
que se inició en el año 1945 con las explosiones de las bombas nucleares
construidas con fines bélicos. Esas explosiones, las fuerzas más poderosas que
el hombre había desencadenado hasta aquella época, eran la respuesta que había
intrigado a los hombres de ciencia y a los filósofos durante más de dos mil
quinientos años, o sea: "¿De qué modo y de qué está hecho el
mundo?" Los primeros hombres que intentaron hallar la respuesta a
dicha pregunta fueron los griegos, quienes se esforzaban por encontrar
explicaciones según su lógica a todos los misterios de la naturaleza. Algunos,
llegaron a conclusiones extrañas. Aproximadamente en el año 600, antes de la
era cristiana, Tales de Mileto, un filósofo griego, aseveró que el agua era la
sustancia para los mares y todas las cosas líquidas, otra más sólida, para
los objetos duros como las piedras, etc. Poco después, otro pensador griego
anunció que la teoría de Tales era descabellada: era evidente porque todos los
objetos estaban formados de agua y aire. Otro hombre sostuvo que la materia primaria o elemento del
mundo era el aire, y otro más afirmó que se equivocaban: los objetos estaban
integrados por fuego. La situación continuó así, y una teoría sucedía a
otra. Años después, Demócrito dijo -la tierra, el cielo, los océanos,
la vegetación y todos los seres vivientes-, está integrado por pequeñísimas
partículas, agrupadas compactamente como las abejas en una colmena. Demócrito
llamó átomos a esas partículas, palabras griega que significa
"indivisible", o sea que no se puede separar. Esta teoría de las partículas,
aparentemente absurda, fue atacada nada menos que por Aristóteles, el célebre
filósofo, uno de los más grandes pensadores griegos que han existido.
Desacreditó en forma tal la teoría de Demócrito, que tuvieron que transcurrir
más de dos mil años antes de que los hombres de ciencia volvieran a tomarla en
consideración. Cuando lo hicieron, comprendieron que un solo detalle en la
teoría de Demócrito era el que la había hecho apartarse de todas las extrañas
teorías que la habían precedido. Hasta cierto punto, por lo menos, Demócrito
tenía la razón. Como sabemos, Demócrito confundió los átomos con lo que
ahora llamamos moléculas, pero iba por buen camino al afirmar que eran pequeñísimos.
Actualmente, sabemos que las moléculas son masas diminutas formadas por átomos.
Tanto las moléculas como los átomos son tan pequeños, que es difícil
imaginar su tamaño. Sólo hay unas cuantas especies distintas de átomos -más de
cien según la tabla periódica actual-, pero con ellas se pueden obtener muchas
clases diferentes de moléculas, así como todas las palabras del idioma español
se pueden escribir con sólo veintiocho letras. Para imaginar el tamaño de un átomo, observemos un grano de
azúcar. A unos metros de distancia, dicho trozo de azúcar no se puede
apreciar. Sin embargo, contiene millones de moléculas, y cada una de ellas está
formada por cuarenta y cinco átomos. Si existiera un microscopio tan potente, por medio del cual
apareciese amplificado un grano de azúcar al tamaño de la Tierra, se podrían
ver las moléculas que lo integran, presentando cada una de ellas el tamaño de
una casa. Además, se podrían apreciar, del tamaño de una habitación, los
cuarenta y cinco átomos que contiene cada molécula de azúcar. Pero existe algo mucho más pequeño que un átomo. Se llama
núcleo, y está situado en el centro de cada átomo; es tan visible como una
partícula de polvo en medio de la habitación de nuestro ejemplo anterior, y si
esto es difícil de creer, añadiremos que cada núcleo está integrado por partículas
aún más diminutas, llamadas protones y neutrones. Se podría suponer que, cuando un objeto es tan pequeño, no
tiene caso tomarlo en consideración, pero eso es erróneo, ya que cuando los
protones y los neutrones del interior de un átomo son fusionados o fisionados,
es cuando se obtienen cantidades inmensas de energía liberadas por bombas
nucleares y de hidrógeno, **** las estaciones generadoras de energía nuclear y
todas las demás maravillas de la Era Atómica. Para todos nosotros, la desintegración del núcleo de un átomo
fue uno de los acontecimientos más importantes de nuestra vida. Los átomos son
los "ladrillos" de que están hechos todos los objetos que nos rodean,
y su desintegración se está convirtiendo en el hecho central de nuestra
existencia diaria. En los años venideros, la desintegración y la fusión de
los átomos harán funcionar nuestra industrias y proporcionarán la energía de
las gigantescas embarcaciones y de las enormes aeronaves. Nos podrán ayudar a
curar muchas enfermedades, conservan durante largo tiempo y en buen estado los
alimentos, a combatir las plagas de insectos, y otras muchas cosas que serían
largas de enumerar. Pero quizá lo más asombroso es que todas esas maravillas
provienen de la desintegración de un objeto que nadie, hasta el día de hoy, ha
llegado a ver, un objeto que los hombres de ciencia al principio suponían que
existía, por que sin él, no había forma alguna de explicar como la tierra y
los objetos que hay en ella llegaron ha ser tal y como son. Aproximadamente del año 400 antes de J.C. hasta fines de
1500, en átomo fue olvidado. Aristóteles había creído que toda la materia
estaba hecha de cuatro "elementos": fuego, agua, tierra y aire, una
teoría que no difería en mucho de las de Tales de Mileto y de otro filósofos.
Como Aristóteles era un sabio, la gente aceptaba la teoría de los cuatro
elementos y el avance del estudio de la materia quedó estancado durante varios
siglos. (La teoría de Aristóteles de los cuatro elementos aún subsisten en el
viejo dicho: "Desafía los elementos", palabras que se emplean durante
un hombre sale a la calle cuando sopla en viento y cae la lluvia). Durante todo el período que estuvo dominado por la teoría
de Aristóteles de los cuatro elementos no hubo hombres de ciencia tal como los
conocemos hoy. Es decir, no hubo químicos que se dedicaran a investigar los
secretos de la materia, había, en cambio, alquimistas, personas que buscaban la
forma de transformar el plomo, un metal barato y abundante, en oro, para que sus
amos se enriquecieran. Aristóteles sugirió que eso podría ser posible, ya
que, según él, todos los metales estaban formados de los mismos cuatro
elementos. Finalmente, casi dos mil años después de Aristóteles, un
joven matemático Italiano llamado Galileo empezó a analizar todas las teorías
antiguas. Lo más importante de aquello resultó que él, por medio de
sus experimentos, ofreció probar que muchas de las teorías científicas de
Aristóteles eran erróneas. Su contribución al descubrimiento de la naturaleza
del átomo fue lograr persuadir a los hombres de ciencia de su época de que
solo aceptaran como validas todas aquellas teorías e ideas que pudieran ser
probadas experimentalmente Lenta y laboriosamente, la química regresó al camino recto
del que se había apartado. En el siglo XVII, un francés llamado Pierre
Gassendi sugirió que la teoría atómica de Demócrito podría ser cierta. Al
pasar el tiempo, más hombres empezaron a estar de acuerdo con él, pero era difícil
creer en los átomos, porque todos se topaban con una serie de preguntas
desalentadoras: "¿Cómo son los átomos?" "¿Qué aspecto
tienen?" "¿Qué los mantiene agrupados?" "¿Existen tantas
clases diferentes de átomos como objetos distintos hay en el mundo?""¿Están
formadas todas las cosas de la Tierra por una misma clase de átomos, sólo que
esto están agrupados en forma distinta?". FIGURA PAG. 13 Cincuenta años después de que Gassendi había despertado el
interés de todos, Roberto Boyle, un investigador irlandés, aportó nuevas
ideas acerca del misterio del átomo. Combinó la teoría de Aristóteles de la
existencia de los elementos con los métodos de prueba de los alquimistas,
quienes habían intentado infructuosamente obtener oro combinando metales más
baratos. Boyle hizo aquellos experimentos, no porque quisiera hacerse rico, sino
porque tenía el espíritu de curiosidad de un científico. Gradualmente, empezó
a darse cuenta de que, así como existían ciertas substancias que no podían
hacerse combinando otras, había muchas que sí tenían dicha propiedad. Por
ejemplo, que el bronce se podía obtener fundiendo juntos el zinc y el cobre,
que las sales se podían producir combinando los ácidos con los álcalis, que
otras substancias se podían separar para obtener substancias más simples, y
que lo mismo era cierto respecto del cobre y del mercurio. ¿A qué se debía
ese fenómeno? ¿Sería acaso porque había substancias más simples que otras?
Boyle llegó a la asombrosa conclusión de que todos los objetos existentes en
la naturaleza estaban hechos de un número limitado de substancias simples, y a
éstas, les dio el antiguo nombre griego: elementos. Pero lo que era un elemento, debía ser determinado por
experimentos químicos, no por la filosofía, como Tales de Mileto y Aristóteles
habían intentado hacerlo. Todas las substancias que no eran elementos,
incluyendo el aire y el agua, debían estar integradas por elementos distintos,
combinados o mezclados. Fue una teoría brillante y, además era cierta. La química,
después de la época de Boyle, tuvo que enfrentarse con muchos misterios
insondables, pero marchaba ya que el camino recto. ESTOS ELEMENTOS ERAN CONOCIDOS EN LA EPOCA EN QUE VIVIO BOYLE. Elementos conocidos, Año
100 a. de C. Elementos agregados, Hacia 1600 Fósforo descubierto Por Brendt en 1669 Oro Plata Zinc Estaño Antimonio 1674: Mayow comprobó que el aire está formado de dos
componentes Plomo Bismuto Cobre Arsénico Mercurio Hierro Carbono Referencia hecha en 1557 a un "metal insoluble", el platino (entonces sin nombre) 1700: Hidrógeno Azufre FIGURA PAG. 15 Una vez que Boyle hubo mostrado el camino, hubo una
efervescencia de actividad científica en toda Europa. Muchos elementos nuevos
surgieron. Cavendish y Priestley descubrieron el hidrógeno y el oxígeno.
Lavoisier, de nacionalidad francesa, encontró el nitrógeno, Scheele, un alemán,
descubrió el cloro. Al contrario del oro, de la plata, del azufre, del fósforo
y de otros elementos identificados por Boyle, todos los cuales eran sólidos,
estos nuevos elementos eran gaseosos: algunos incoloros e invisibles, otros,
como el cloro, eran de olor irritante y color peculiar. FIGURA PAG. 16 También se descubrió que cuando dos de esos gases, el hidrógeno
y el oxígeno, se combinaban, se obtenía agua, la cual era un líquido. Y lo
que era lo más asombroso, siempre se combinaban exactamente en las mismas
proporciones, es decir, que para transformar el hidrógeno en agua, debían
combinarse un kilogramo de hidrógeno y ocho kilogramos de oxígeno. Por lo
tanto, el agua pura siempre tenía la misma composición: ocho partes (en peso)
de oxígeno y una (en peso) de hidrógeno. Este mismo patrón se observó cuando
otros elementos se mezclaban para formar, combinaciones o compuestos, como después
se les llamó. Cuando el sodio y el cloro se combinaban para formar sal, o el
carbón y el oxígeno se unían para formar bióxido de carbono, la proporción
en que intervenían cada uno de los elementos era siempre constante, es decir,
la misma. Pero, ¿por qué? ¿Qué fenómeno asombroso ocurría cuando
el oxígeno se unía con el hidrógeno? Los químicos podían mezclar otros
elementos, digamos, el hidrógeno y el cobre, y no obtenían absolutamente nada.
Los descubrimientos se habían sucedido en abundancia y en forma rápida, pero
ninguno de ellos tenían sentido. En alguna parte debía estar la clave, una
explicación que permitiera reunir todos los pedazos y juntarlos. Juan Dalton, un profesor inglés, fue quien dio la clave. La
explicación era el átomo, la antigua teoría de Demócrito. Dalton sabía que cuando varios elementos se observaban al
microscopio, aparecían en diversas formas cristalinas. Los cristales del oro
siempre eran iguales, los del cobre también lo eran, pero los cristales del oro
y del cobre eran muy distintos entre sí. Por lo tanto, llegó a la conclusión
de que los átomos de estas substancias debían tener las mismas características:
todos los átomos del oro tenían parentesco, al igual que los del cobre, pero
dos clases distintas de átomos no presentaban similitud entre sí. Los compuestos, como el agua, debían ser agrupaciones
regulares de átomos, pero de distinta clase. El agua sería entonces una
combinación de átomos de oxígeno y de hidrógeno. Y, dijo Dalton, la razón
de que ocho gramos de oxígeno siempre se combinan con un gramo de hidrógeno,
debe ser que ocho gramos de oxígeno deben tener el mismo número de átomos que
uno de hidrógeno. Por lo tanto, concluyó Dalton, el agua consta de un número
incalculable de átomos dobles: un átomo de hidrógeno combinado con uno de oxígeno,
siendo este último ocho veces más pesado que cada uno de los átomos de hidrógeno.
Era una idea sencilla y maravillosa. Sin este impulso, dado en la dirección
adecuada, la ciencia aún estaría dando traspié en un camino de confusión.
Por haber formulado esta teoría, a Dalton se le considera el fundador de la
moderna teoría atómica. FIGURA PAG. 17 FIGURA PAG. 18 "LAS PEQUEÑAS MASAS" DE
AVOGADRO Había una posibilidad de error en la teoría de Dalton. Él
había calculado que los átomos de oxígeno pesaban ocho veces más que los de
hidrógeno, y que el agua, los números de las dos clases de átomos eran
iguales. Pero supongamos que el óxido pesa, digamos, treinta y dos
veces más que el hidrógeno. Entonces, debería haber cuatro átomos de hidrógeno
por cada uno de oxígeno por cada uno de oxígeno para explicar la proporción
de ocho a uno. Esto no era imposible: la proporción de uno a uno era, en
particular, incierta, debido al hecho de que en determinados casos existían dos
elementos que formaban varios compuestos diferentes: la proporción de uno a uno
obviamente no podía ser exacta ni aplicable para todos los elementos. Nadie conocía los verdaderos pesos relativos de los átomos
de diversos elementos, y nadie podía decir categóricamente cómo los átomos
se agrupaban en los compuestos. Este problema fue finalmente resuelto en 1811 por Amadeo
Avogadro, un gran físico italiano. Muchos años antes, Roberto Boyle había
hecho un descubrimiento interesante: supongamos que un gas, como el hidrógeno o
el oxígeno, se coloca en una botella. El gas ejercerá una ligera presión
contra las paredes del frasco. Ahora bien, si la misma cantidad de gas,
mantenida a una temperatura uniforme, se introduce en una botella de la mitad de
tamaño que la anterior, se encuentra que el gas ejerce doble presión contra
las paredes del recipiente. A este principio se le dio el nombre de Ley de Boyle. En
lenguaje común y corriente, expresa que cualquier cantidad de gas encerrada en
un recipiente duplicará su presión si se le comprime a la mitad de su volumen,
la triplicará en la tercera parte de su volumen, y así indefinidamente,
siempre que la temperatura se mantenga constante en cada caso. Al aplicar la Ley de Boyle como base de sus experimentos,
Avogadro hizo una inspirada conjetura: si dos gases se colocan en unos
recipientes del mismo tamaño y se someten a una temperatura uniforme, y se
ejerce la misma presión, entonces, debe haber el mismo número de partículas
gaseosas en cada frasco. Según esto, para averiguar cuánto pesaba un átomo de
oxígeno comparado con uno de hidrógeno, pesó cantidades iguales de oxígeno y
de hidrógeno y calculó, por este nuevo método, el peso de cada uno de estos
elementos. El oxígeno pesaba dieciséis veces más que el hidrógeno, y
para hacer agua(ocho veces más de oxigeno, en peso, que de hidrógeno), dos átomos
de hidrógeno tenían que unirse con un átomo de oxígeno. Los químicos
abrevian los nombres de los elementos identificándolos por sus iniciales, el oxígeno
se conocen por las letras O y H, respectivamente. Dalton había sugerido que el
agua estaba hecha de HO, expresando un átomo de H y uno de O. Ahora, Avogadro
había descubierto que la fórmula correcta era H2O. La agrupación
de los átomos era más compleja de lo que Dalton había pensado. Y se descubrió
mucho después que en ciertos compuestos era aún más compleja. Una molécula
de azúcar, por ejemplo, se compone de cuarenta y cinco átomos: doce de carbono
(C), veintidós de hidrógeno (H) y once de oxígeno (O). Escrito en forma científica,
esto es: C12H22O11. Semejantes racimos de átomos
necesitaban nombre, y Avogadro lo acuñó: "moléculas" o "masas
pequeñas". Por fin, los hombres empezaban a descubrir las respuestas a
la pregunta: "¿De qué y de qué modo está hecho el mundo?" Toda la
materia está formada de elementos y compuestos. Los elementos están
constituidos de moléculas y átomos. Los compuestos están formados de clases
diferentes de átomos, agrupados en moléculas. FIGURA PAG. 19 FIGURA PAG. 20 En los cincuenta años siguientes a los experimentos de
Avogradro, se supo mucho acerca de la química y de la física. Se descubrió
que tanto los átomos como las moléculas están en continuo movimiento, efectúan
grandes recorridos en los líquidos y en los gases y vibran apenas en los sólidos.
Muchos nuevos elementos fueron descubiertos. Cada uno, por supuesto, tenía su
propio átomo, y cada cual tenía un peso distinto al de los demás. Sin embargo, muy poco se hizo durante ese tiempo para
explorar más profundamente en la estructura básica y en la función interna
del átomo. De pronto, la investigación del átomo empezó a desarrollarse rápidamente.
En el año 1900, los hombres de ciencia conocían la fuerza que hacía que los
átomos se mantuvieran agrupados en moléculas. Avanzaban ahora dentro de campos
más nuevos e interesantes, en forma tan rápida, que los experimentadores
apenas se podían mantener al tanto de los conocimientos de los demás. En el fondo de este avance repentino yacía una fuerza que
había sido conocida antes que el propio átomo: la electricidad. Fue Tales de
Mileto el que le dio nombre a la electricidad. Tales había observado que, al
frotar el ámbar, una substancia resinosa amarilla, se producía una fuerza
capaz de atraer pequeñas partículas de tela y de otros materiales hacia el ámbar.
Tales llamó electricidad a esa extraña fuerza, palabra que en griego significa
fricción, elektron. Posteriormente, los hombres de ciencia descubrieron que
muchos otros objetos podían producir la misma atracción cuando se frotaban
unos con otros. Además, averiguaron que aquello que causaba dicha atracción
-lo que fuera la electricidad- podía conducirse a lo largo de un alambre. Descubrieron también otro extraño fenómeno: a veces, en
vez de atraerse la una o la otra, las substancias que contenían electricidad se
repelían, es decir, se rechazaban. Benjamín Franklin, el que no sólo fue un
propulsor de la independencia americana, sino el primer científico famoso de América,
llegó a la conclusión de que había dos clases de electricidad. A una, la llamó "negativa" y a la otra
"positiva". Las substancia con cargas de electricidad negativa se
rechazaban entre sí, e igual sucedía con dos substancias con cargas positivas.
Pero una carga negativa y otra positiva se atraían una a la otra. Franklin también trató de averiguar qué originaba las
fuerzas eléctricas. "Quizá -dijo- la electricidad es una clase de materia
y tal vez la materia eléctrica está formada de partículas". Casi cien años después de la muerte de Franklin, la primera
prueba llegó en la forma de un asombroso descubrimiento. Si las terminales
positivas y negativas se colocaban en una solución de agua con sal, las
burbujas de hidrógeno se desprendían de la terminal negativa y las de oxígeno
de la terminal positiva, y después de un rato, el agua desaparecía. La
electricidad separaba las moléculas del agua, disociando sus átomos y
descomponiendo el agua en los elementos que la constituyen: hidrógeno y oxígeno. FIGURA PAG. 21 La corriente eléctrica anulaba, en alguna forma, lo que
mantenía unidas las moléculas. Desde los descubrimientos de Dalton, los
hombres de ciencia habían estado preguntándose acerca de la fuerza que mantenían
unidos los diferentes átomos de una molécula. Ahora, parecía que aquella
fuerza era la electricidad. Por vez primera, los investigadores empezaron a
pensar que el átomo podía contener cargas eléctricas. Los átomos en sí son
neutros: no contienen carga positiva ni negativa. Pero en su interior existen
ambas clases de electricidad, claro está que en cantidades iguales. A fines del siglo XIX, los científicos empezaron a
experimentar, haciendo pasar corrientes eléctricas por un tubo de vidrio, del
cual había extraído previamente el aire. Obtuvieron resultados curiosos. En
primer lugar, un extraño brillo aparecía en uno de los extremos del tubo. Unos
rayos de cierta clase brotaban de la punta del alambre (llamado electrodo)
situado en un extremo, e iluminaban el vidrio en el otro extremo. Además,
pronto fue evidente que aquellos rayos no eran luminosos como los que conocían.
Un imán colocado junto al tubo los hacía cambiar de dirección, y los imanes
no tienen poder de atracción sobre la luz. Aquéllas debían ser partículas
con carga: las mismas partículas de electricidad de que Franklin había hablado
hacía más de cien años. Los hombres de ciencia los llamaron
"electrones". Más tarde se descubrió que algunos tubos producían otros
rayos que no podían ser desviados por un imán. FIGURA PAG. 22 FIGURA PAG. 23 Un día, en 1895, un científico alemán llamado Guillermo
Roentgen experimentaba con los rayos de electrones, cuando observó que una
pantalla de papel, colocada cerca del tubo, se iluminaba con un brillo
fluorescente. Roentgen interpuso la mano entre los rayos y la pantalla. Para su
asombro, la sombra de su mano no apareció como la esperaba, sino que se veían
los huesos. Unos rayos invisibles atravesaban la carne e iluminaban la pantalla,
pero una buena cantidad de ellos eran detenidos por los huesos para producir una
sombra clara de la parte ósea de la mano. Roentgen había descubierto los rayos
X. El descubrimiento de Roentgen revolucionó el diagnóstico de
las enfermedades del hombre. El mundo de la medicina apreció rápidamente la
gran ventaja de poder observar la posición de los huesos y los órganos
humanos, sin tener que recurrir a la cirugía. Además de reproducir una imagen en la pantalla, los rayos
Roentger podían imprimir una foto sobre el papel fotográfico. Poco después del descubrimiento de los rayos X, Enrique
Becquerel, un científico francés, hizo otro descubrimiento importante.
Becquerel se había interesado por un elemento relativamente poco conocido,
llamado uranio, porque poseía ciertas propiedades peculiares, las cuales le hacían
pensar que tenían relación con los rayos X de Roentgen. En aquella época se sabía que, cuando el uranio se agregaba
a otras substancias para formar sales de uranio, las sales despedían un leve
brillo o fluorescencia, durante unos instantes, al exponerlas a la luz solar.
Becquerel descubrió que el uranio, así como todos sus compuestos, despedían
rayos, los que, al igual que los rayos X, velaban el papel fotográfico aunque
estuviera envuelto. Además ofrecía otro detalle curioso: era un elemento que
despedía rayos, sin razón aparente. Becquerel había descubierto la radiactividad, aunque
tuvieron que pasar muchos años antes de que el proceso fuera cabalmente
comprendido. Sin embargo, en la época de Becquerel, aquel descubrimiento fue
otro paso en la marcha hacia la Era Atómica. FIGURA PAG. 24 Enrique Becquerel hizo otro descubrimiento casi tan
importante como el de haber observado los rayos que despedía el uranio. Cuando
probó el mineral del que se obtenía el uranio, observó que desprendía una
radiación más fuerte que el uranio puro. Ningún elemento, de los que se conocían
entonces, emitía tales rayos. Podía, por lo tanto, ser un elemento desconocido
que se encontrase entre el mineral de uranio, y uno que ofrecía posibilidades
fascinantes. Pero existía una enorme dificultad: ningún análisis químico,
efectuado hasta entonces, había revelado la presencia de aquel misterioso
elemento. La búsqueda, una de las más dramáticas en la historia de
la ciencia, fue encabezada por una pareja de investigadores: el físico francés
Pedro Curie y su esposa María, de nacionalidad polaca. Los dos consiguieron una
tonelada del mineral de Becquerel y empezaron a hacer ensayos. Comprobaron y descartaron muestra tras muestra, extrayéndole
sus impurezas, tratando de eliminar todo, excepto la parte del mineral que emitía
radiactividad. Trabajaron paciente y laboriosamente, hasta que habían ensayado
con casi toda la tonelada del mineral. Poco después, no quedaba sino una pequeña
cantidad del elemento llamado bismuto, el cual contenía ciertas impurezas. Las
propiedades químicas del bismuto eran bien conocidas: eran las impurezas las
que atraían el interés de los esposos Curie. Una de las impurezas resultó ser un nuevo elemento
radiactivo, el cual, tal y como Becquerel lo había predicho, despedía mayor
radiación que el uranio. María Curie le dio el nombre de polonio, en honor de
su patria. Era un descubrimiento maravilloso, pero sólo aumentaba su
curiosidad, pues los residuos del mineral descartado despedían más radiaciones
que el propio polonio. Por fin, casi cuatro años después de iniciarse la búsqueda,
los dos científicos encontraron la substancia misteriosa: un elemento tan
poderoso que, cuando Becquerel se lo echó en el bolsillo, sufrió una grave
quemadura. Debido a sus rayos, los esposos Curie llamaron radio al nuevo
elemento. Su larga y minuciosa búsqueda en una tonelada de mineral había
producido sólo unos cuantos cristales de la substancia, casi tan pocos como los
que se obtienen al sacudir una sola vez un salero. En los años que siguieron, se encontraron muchas
aplicaciones para el radio. Una de sus propiedades físicas era que permanecía
más caliente que el medio que lo rodeaba, es decir, que no sólo emitía
radiaciones, sino que desprendía calor. Algún día, los hombres de ciencia
hallarían la explicación de ese calor misterioso, y su hallazgo conduciría a
nuevos y asombrosos descubrimientos. FIGURA PAG. 25 Al usar el radio, con sus potentes rayos, los hombres de
ciencia aprendieron muchas cosas que les intrigaban. La más importante se refería
a los propios rayos. Los investigadores pusieron un trozo de radio en una caja
de plomo en la que había un diminuto agujero. Los rayos no atravesaban el
plomo, pero una porción de ellos escapaban continuamente por el agujero. Al
igual que los rayos de la electricidad circulando dentro de un tubo en el cual
se había hecho el vacío, los rayos del radio se desviaban ante la presencia de
un imán, o por lo menos, algunos lo hacían, otros, se desviaban en la dirección
opuesta, y otros más avanzaban sin desviarse, como si no existiese el imán. Las dos clases de rayos que se desviaban recibieron los
nombres de las dos primeras letras del alfabeto griego: rayos alfa y rayos beta.
A los rayos que no sufrían desviación alguna se les llamó rayos gamma, nombre
de la tercera letra griega. Posteriormente las investigaciones demostraron que
los rayos negativos, los beta, eran electrones, pero que se desplazaban más
velozmente que cualesquiera de los rayos conocidos hasta entonces, y que los
rayos gamma, al igual que los rayos X de Roentgen, avanzaban en línea recta sin
sufrir alteración alguna por la fuerza magnética. Los rayos alfa eran algo nuevo y enigmático. Eran
comparativamente lentos y no podían penetrar tan profundamente como, por
ejemplo, los rayos gamma. Nadie había visto nada que se les pareciera. Finalmente, unos científicos encabezados por sir Ernest
Rutherford, de Nueva Zelanda, y un inglés, Federico Soddy, encontraron de dónde
procedían aquellos rayos, y, al lograrlo, identificaron al rayo alfa. FIGURA PAG. 28 FIGURA PAG. 29 La radiactividad, el proceso que hace emanar los rayos, no
era sino la desintegración de los átomos, dijeron los dos físicos. Esos átomos
particulares estaban fuera de equilibrio, o, empleando el término científico,
eran inestables, como una torre de naipes que tiene demasiadas cartas en uno de
sus lados. Al igual que las torres de naipes, los átomos radiactivos se caían,
y las tres clases de partículas se formaban cuando los átomos se
desintegraban. En cuanto a la naturaleza de la partícula alfa, la explicación
era sencilla, pero sensacional a la vez. Se había encontrado que esa partícula
pesaba cuatro veces más que el átomo de hidrógeno. El helio ionizado - un átomo
que se ha convertido en una partícula ionizada- era precisamente lo que la partícula
alfa resultó ser. El átomo de radio estaba produciendo un elemento totalmente
diferente cada vez que emitía una partícula alfa. Y lo que era más, es que
otro elemento -el que nunca antes se había descubierto- quedaba del elemento
original. Cuando un átomo de radio se desintegraba, formaba un átomo de helio
y un átomo del nuevo elemento, al que se le llamó "radón". El peso
atómico del radio era 226, el del helio, 4, y el del radón, 222. Fue entonces cuando los científicos comprendieron que el átomo
lo habían estado llamando con un nombre erróneo durante muchos años. No era,
como Demócrito lo había creído, un objeto diminuto que no podía ser dividido
en partes más pequeñas. No sólo era posible dividir los átomos de radio,
sino que era imposible evitar que ellos mismos se dividieran. LA ENERGIA PROVENIENTE DEL ATOMO En esta etapa, un destacado físico llamado Alberto Einstein
entró en escena con una teoría que revolucionó la ciencia. Lo que hace que
los motores funcionen, los árboles crezcan, los hombres caminen y las bombas
estallen era conocido por los científicos como energía. La teoría de Einstein
era sencilla: todos los objetos que hay en la Tierra contienen energía, y toda
la materia y toda la energía son equivalentes, es decir la materia es energía
en estado estable. Además, Einstein encontró la forma de calcular esa energía.
Para determinar cuánta podía haber en un átomo, multiplicó la velocidad de
la luz por ella misma, o sea, la elevó al cuadrado, luego, multiplicó el
resultado obtenido por la masa del átomo. Cuando expresó su teoría por medio
de una fórmula concisa, ésta resultó ser: E=mc2, en la cual, E
representa la "energía", m la masa en gramos y c la velocidad de la
luz en centímetros por segundo. Al elevar a la segunda potencia la velocidad de
la luz, ésta resulta ser aproximadamente de ... 900,000,000,000,000,000,000 cm2/seg2. Según dicha fórmula, veintiocho gramos de materia
convertida en energía, mantendría encendida una bombilla de cien vatios
durante un millón de años. En otras palabras, Einstein mencionaba la energía atómica
por vez primera. Era aparente que una clase de átomo, por lo menos, estaba
liberando un poco de su energía. El ligero ascenso de temperatura que había
sido apreciado en el radio, significaba que la materia activa estaba en
movimiento en el interior de la masa, y que la poca que había escapado en forma
de radiación estaba generando calor, el cual es una forma de energía. Fue en 1905 cuando Einstein dio el primer paso en el camino
que llevaría a gobernar la energía atómica. Habían transcurrido 2500 años
para que la teoría de Demócrito se desarrollara y llegara a ese punto, y casi
un siglo había pasado desde que Dalton empezara a explorarla científicamente. (Einstein fue el primer científico en comprender que la
materia era energía "congelada"). Pero, cuarenta años después de formular Einstein su teoría,
la ciencia atómica se ha desarrollado a una velocidad vertiginosa. Mientras los investigadores se encaminaban hacia el período
más dramático de la ciencia atómica, ¿qué era lo que en realidad conocían
acerca del átomo? He aquí, nuevamente, los datos con los que tenían que
trabajar. Los hombres de ciencia habían descubierto que los sólidos,
los líquidos y los gases, o todo, en otras palabras, era un elemento, la
substancia más simple, o un compuesto, constituido por dos o más elementos. (O
también una mezcla, en la cual dos o más elementos intervenían, pero que se
mantenían separados, como la arena y el agua). Los "ladrillos de
construcción" de los elementos eran átomos sencillos. Los bloques de los
compuestos eran moléculas, constituidos por dos o más átomos mantenidos
unidos por cierta atracción eléctrica. Unos elementos eran radiactivos, o sea
que sus átomos se encontraban fuera de equilibrio y que despedían partículas
alfa con cargas positivas (o átomos de helio), partículas beta con cargas
negativas, y rayos gamma (similares a los rayos X) que carecían de cargas eléctricas.
Este proceso ponía en libertad energía y si era posible hacer que del átomo
emanara energía cuando se deseara, la fuerza resultante sería mucho más
potente que cualquier otra conocida hasta entonces. (Si un gramo de materia se transformara en energía,
proporcionaría aproximadamente 1,000,000 de kilovatios durante un día o
mantendría encendida una bombilla de 100 vatios durante 40,000 años). FIGURA PAG. 32 Un átomo está formado principalmente de
espacio vacío. En 1911, sir Ernest Rutherford, el científico neozelandés,
que había contribuido a explicar la radiactividad, intentó un experimento. Rutherford colocó un trozo de radio en una caja de plomo, en
la que previamente había hecho un agujero, y dispuso las cosas en forma tal,
que un flujo constante de partículas alfa saliera por el agujero. De manera que
interceptara dicho flujo, puso una pantalla de vidrio, tratada con substancias
químicas fluorescentes, como lo hiciera Roentgen, para que al chocar las partículas
contra ella, se iluminara. Entre la caja de plomo y la pantalla, en medio de la
trayectoria seguida por las partículas, colocó una lámina de oro
extremadamente delgada. No obstante su escaso grosor, éste parecía suficiente
para detener las partículas alfa, como una pared detiene un chorro de agua, ya
que estaba constituida por centenares de átomos. Pero aquello no dio el
resultado que se buscaba: las partículas alfa atravesaron la laminilla, como si
los átomos de oro no fueran sino espacio vacío. Pero no todas las partículas lograron pasar. Rutherford
colocó otra pantalla fluorescente en uno de los lados, y en ella aparecieron
reflejados unos diminutos corpúsculos luminosos, señal evidente de que unas
cuantas partículas rebotaban en los átomos de oro y formaban
"chispas" en la pantalla lateral. Otras partículas rebotaban también,
pero iban a parar de nuevo a la caja de plomo. Rutherford contó el número de partículas que atravesaban
la pantalla y el número de las que rebotaban, y entonces hizo público el mayor
descubrimiento concerniente a la constitución del propio átomo. "La razón por la que la mayoría de las partículas
pasan a través de los átomos de oro -dijo Rutherford-, es que los átomos son
casi espacio vacío, pero cada uno contiene un centro diminuto con carga eléctrica
positiva. Cuando las partículas alfa, también con cargas positivas, se acercan
al centro, son rechazadas, ya que las cargas positivas se rechazan unas a otras.
Algunas veces las partículas se desvían de su trayectoria recta y otras, son
rechazadas violentamente en la dirección de donde vienen. A juzgar por el número
de ocasiones en que una partícula acierta a chocar, el centro debe ser
cincuenta mil veces más pequeño que el resto del átomo". Rutherford llamó a este centro el núcleo del átomo. La
ciencia tenía ahora un nuevo objeto que estudiar, uno que era sumamente
importante. FIGURA PAG. 33 (Rutherford disparó rayos alfa sobre una lámpara
de oro y encontró que éstos rebotaban en todas direcciones). FIGURA PAG. 34 Y 35 (En el experimento de Rutherford, la
mayoría de las partículas alfa atravesaban la lámina de oro, por que los átomos
son espacio casi vacío. Cuando las partículas pasaban cerca de los diminutos núcleos
de los átomos de oro, eran rechazadas violentamente. FIGURA PAG. 36 (Una esfera atada a un cordel gira y tiende a
escapar debido a su momento de inercia. Los físicos clásicos creían que ese
mismo efecto era el que evitaba que los electrones se precipitaran sobre el núcleo
del átomo). A través de toda la historia del átomo había parecido que
cada nuevo descubrimiento conducía a nuevas incógnitas. La primera que despertó
el descubrimiento de Rutherford fue en particular desconcertante: si el núcleo,
el diminuto corazón del átomo, estaba rodeado de un espacio cincuenta mil
veces mayor que él, ¿por qué no todos los átomos existentes en la Tierra se
caían, como globos desinflados?. Otra incógnita que surgió fue igualmente confusa: si el átomo
contenía un núcleo con carga eléctrica positiva y un electrón con carga
negativa, ¿cómo se mantenían separados?. Las cargas positivas y negativas se
atraían unas a otras, y en un espacio tan pequeño como el de un átomo, era
asombroso que el electrón y el núcleo no chocasen con gran fuerza. Los físicos clásicos habían supuesto que un electrón y un
núcleo se atraen por sus cargas eléctricas igual que la Tierra y el Sol se
atraen por su fuerza de gravedad; que el electrón debía moverse en una órbita
alrededor del núcleo en forma idéntica a como nuestro planeta gira en torno
del astro solar. La Tierra, suspendida por la fuerza de gravedad, gira alrededor
del Sol como una roca sujeta al extremo de un cordel. El momento de inercia del
cuerpo que se mueve (ya sea la roca o la Tierra), mantiene al objeto en el
espacio. De la misma manera, el momento de inercia del inquieto electrón debía
impedir que éste se precipitara hacia el núcleo. Pero en 1913, Niels Bohr, un científico danés, realizó un
descubrimiento trascendental. "La teoría clásica -dijo- puede ser cierta en
determinados campos, pero no necesariamente en el terreno de la física atómica,
porque allí las condiciones existentes son totalmente distintas. "Los electrones en un átomo giran alrededor del núcleo
en la misma forma que los planetas en torno del Sol. Cuando el electrón gira,
la aceleración le hace liberar energía significa que el electrón también
pierde inercia, la cual le es necesaria para mantenerse girando constantemente
en torno del núcleo". Por lo tanto, si la teoría clásica en cierta, el electrón
debía chocar. Bohr comprendió aquello y añadió un nuevo concepto: "Un
electrón no irradia energía continuamente, sino de manera intermitente, en
forma de quanta. Sólo lo hace cuando es estimulado para saltar de su propia órbita
a otra mayor. Cuando el electrón regresa automáticamente a su lugar, pierde la
energía que había ganado. Por lo tanto, el electrón absorbe y conserva
suficiente energía para mantenerse girando alrededor del núcleo. FIGURA PAG. 37 (Los electrones giran tan rápidamente y en
direcciones tan variadas, que el campo eléctrico que forman parece crear un
objeto sólido. POR FIN: DE QUÉ Y DE QUÉ MODO ESTÁ HECHO EL MUNDO Ahora, los hombres de ciencia empezaban a examinar el increíblemente
diminuto núcleo atómico. Imaginemos qué representaba ese esfuerzo: los
investigadores intentaban calcular cómo estaba constituida una substancia cuyo
tamaño era de 1/12,500,000,000,000 centímetros. Un siglo antes, un hombre llamado Guillermo Prout había
teorizado acerca de la composición de los átomos, pero nadie lo había tomado
en cuenta. Había dicho que los átomos de todos los elementos parecían estar
formados de átomos de hidrógeno, o, en otras palabras, que el hidrógeno era
la unidad fundamental de lo que estaban hechas todas las substancias. Ahora, los científicos empezaron a notar algo asombroso
acerca del hidrógeno: ese elemento tenía el más sencillo de todos los átomos:
un núcleo con un solo electrón, girando alrededor del núcleo. Al experimentar
con otros átomos, los científicos descubrieron que el núcleo de hidrógeno
aparecía por todas partes. ¿Estaban todos los átomos formados parcialmente de
núcleos de hidrógeno? La hipótesis de William Prout había sido cierta. Los
experimentos posteriores demostraron que el núcleo de hidrógeno podía ser
considerado como la base del núcleo de todos los demás átomos: del oxígeno,
del oro, del antimonio, etc. Se le llamó "protón" al núcleo del
hidrógeno. El protón pronto lo averiguaron, era pesado. En el átomo
del hidrógeno su peso era prácticamente el del propio átomo. En cuanto al
electrón, la otra única parte del átomo del hidrógeno, casi no pesaba nada.
E la tabla periódica de los elementos, los científicos anotaron tanto el número
como el peso de cada uno de los elementos. El número se refería a la cantidad
de protones que había en el núcleo del átomo. El peso era el peso relativo de
un átomo del elemento comparado con el de un átomo de oxígeno, si el oxígeno
se tomaba como 16. FIGURA PAG. 38 (Todos los átomos contienen núcleos de hidrógeno,
o protones (rojos). Los neutrones se muestran en color (negro). Actinio Ac 89 Bromo Br 35 Cromo Cr 24 Gadolinio Gd 64 Lutecio Lu 71 Oro Au 79 Radio Ra 88 Telurio Te 52 Aluminio Al 13 Cadmio Cd 48 Curio Cm 96 Galio Ga 31 Magnesio Mg 12 Osmio Os 76 Radón Rn 86 Terbio Tb 65 Americio Am 95 Calcio Ca 20 Disprosio Dy 96 Germanio Ge 32 Manganeso Mg 25 Oxígeno O 8 Renio Re75 Titanio Ti 22 Antimonio Sb 51 Californio Cf 98 Einstenio E 99 Hafnio Hf 72 Mendelevio Mv 101 Paladio Pd 46 Rodio Rh 45 Torio Th 90 Argón A 18 Carbono C 6 Erbio Er 68 Helio He 2 Mercurio Hg 80 Plata Ag 47 Rubidio Rb 37 Tulio Tm 69 Arsénico As 33 Cerio Ce 58 Escandio Sc 21 Hidrógeno H 1 Molibdeno Mo 42 Platino Pt 78 Rutenio Ru 44 Tungsteno W 74 Ástato At 85 Cesio Cs 55 Estaño Sn 50 Hierro Fe 26 Neodimio Nd 60 Plomo Pb 82 Samario Sm 62 Uranio U 92 Azufre S 16 Cinc Zn 30 Estroncio Sr 38 Holmio Ho 67 Neón Ne 10 Plutonio Pu 94 Selenio Se 34 Vanadio V 23 Bario Ba 56 Circonio Zr 40 Europio Eu 63 Iridio In 49 Neptuno Np 93 Polonio Po 84 Silicio Si 4 Xonón Xe 54 Berilio Be 4 Cloro Cl 17 Fermio Fm 100 Iridio Ir 77 Niobio Nb 41 Potasio K 19 Sodio Na 11 Yodo I 53 Berkelio Bk 97 Cobalto Co 27 Flúor F 9 Lantano La 57 Níquel Ni 28 Praseodimio Pr 59 Talio TI 81 Yterbio Yb 70 Bismuto Bi 83 Cobre Cu 29 Fósforo P 15 Laurencio Lw 103 Nitrógeno N 7 Promecio Pm 61 Tantalio Ta 73 Ytrio Y 39 Boro B 5 Criptón Kr 36 Francio Fr 87 Litio Li 3 Nobelio No 102 Protactinio Pa 91 Tecnetio Tc 43 Los elementos conocidos hasta hoy día, con sus símbolos y números
atómicos. El peso atómico del hidrógeno era 1 y tenía un protón en
su núcleo. Además, el protón estaba cargado positivamente, y esto tenía
que ser así, ya que el núcleo de cada átomo era positivo, y el protón era el
núcleo del átomo de hidrógeno. Por cada protón, cada átomo tenía un electrón
girando alrededor de su núcleo; por lo tanto, el oxígeno, con ocho protones,
tenía ocho electrones, y así sucesivamente. Esto mantenía el perfecto
equilibrio: un electrón negativo por cada protón positivo, lo cual significaba
que el átomo en sí no podía ser ni positivo ni negativo. Los hombres de
ciencia habían supuesto que los átomos eran neutros, pero ahora sabían por qué. Puesto que el átomo era neutro, existía otra posibilidad
mencionada por Rutherford: quizá aún había dentro del propio átomo partículas
neutras sin descubrir. Una partícula como ésa bien podía escapar fácilmente
a todos los métodos de descubrimiento por medio de la electricidad, que la
ciencia había inventado para examinar el átomo. Esa teoría fue confirmada cuando dos físicos alemanes,
Bothe y Becker, encontraron pruebas de que en un choque de átomos que ellos habían
propiciado, una radiación se producía. Pero después, muchos científicos
repetían el experimento y, en 1932, sir James Chadwick, físico inglés, fue
capaz de explicarla. Había una partícula neutra en el interior del núcleo. El
átomo de oxígeno, por ejemplo, no sólo tenía ocho electrones negativos y
ocho protones positivos, sino que además contaba con ocho de las recién
descubiertas partículas neutras, a las que los investigadores dieron el nombre
de "neutrones". Con el descubrimiento del neutrón, se podía decir que la
ciencia había llegado a la meta de su larga búsqueda. Por fin se tenía la
respuesta a la vieja pregunta: "¿De qué y de qué modo está hecho el
mundo?" Todo: la madera, la piedra, el oro, el aire, el cuerpo humano,
estaba formado de electrones, protones y neutrones, dispuestos en diferentes
combinaciones. Cierta vez se había creído que el más pequeño bloque de
construcción era el átomo, y que muchos de ellos existían, una clase para
cada elemento y cada uno distinto de los otros: Ahora, los conocedores sabían
que el átomo no era la unidad más pequeña. Cada átomo, no importaba cuánto
se diferenciase de los otros, estaba formado de electrones, protones y
neutrones. Y que si se pudieran comparar los electrones del oro y los electrones
del plomo, se encontraría que eran exactamente iguales, como también lo eran
sus protones y sus neutrones. La única diferencia entre el oro y el plomo era
que existían más electrones, protones y neutrones en el plomo, que en el oro. De este descubrimiento surgió una suposición fascinante: si
los hombres de ciencia pudieran quitar los electrones, protones y neutrones del
plomo, y los dispusiesen en cierta forma particular, podrían hacer oro. ¡Lo
mismo que los alquimistas habían intentado hacer! Esto, de hecho, ya se ha
realizado. FIGURA PAG. 40 Un átomo de oxigeno tiene 8 protones, 8
neutrones y 8 electrones. FIGURA PAG. 41 El primer cambio nuclear fue realizado por
Ernest Rutherford, en 1919. Por supuesto, a los hombres de ciencia de la década de 1920
a 1930 no les interesaba obtener oro del plomo. El proceso era demasiado costoso
para que valiera la pena intentarlo. Ahora que ya sabían de qué estaban hechas
todas las substancias, querían conocer más a fondo el átomo y sus partes. Para ello, el neutrón había sido un valioso hallazgo. La
mejor forma de adquirir nuevos conocimientos acerca del átomo era bombardearlo
con rayos -lo que en esa época se hacía con partículas alfa- Pero las partículas
alfa, como hemos visto, rara vez podían penetrar en la parte más interesante
del átomo: el núcleo. La partícula alfa, de carga positiva, cada vez que se
acercaba a los protones, con carga positiva también, era rechazada y desviada.
¿Por qué no usar el neutrón, la parte del núcleo que no tenía carga
alguna?. Podía hacerse llegar hasta el núcleo, y nada lo detendría. Los rayos
gamma también son neutros, pero por ser una de las formas de la luz, no tienen
la fuerza de una partícula sólida, como lo es el neutrón. Así, los científicos empezaron a bombardear los átomos con
neutrones, y obtuvieron éxito. En 1938, dos hombres de ciencia alemanes, Otto Hahn y Fritz
Strassmann, observaron algo desconcertante mientras bombardeaban los átomos de
uranio con neutrones. Los átomos parecían dividirse en dos. En vez de con
uranio, los científicos trabajaban con bario y criptón, cuyo peso atómico era
el mismo del uranio, pero ahora existían dos átomos en donde sólo había
existido uno antes. Un aparato que los dos físicos estaban usando en el
experimento indicaba que una cantidad espectacular de energía se había
liberado: aproximadamente 200 millones de electronvoltios. Hahn y Strassmann se quedaron atónitos ante ese resultado y
no sabían a qué atribuir lo ocurrido. Lise Meitner, una física amiga de Hahn, ofreció una
explicación respecto a este hecho. Sin saberlo, Hahn y Strassman había partido
el núcleo de un átomo de uranio. El neutrón, al hendir el átomo de uranio,
lo había partidos en dos. Los dos pedazos de átomo se habían separado
violentamente con una enorme fuerza, ya que cada uno de ellos contenía muchos
protones con carga eléctrica positiva, los que una vez separados se habían
rechazado unos a otros impetuosamente. La violencia separación nuclear había
liberado la energía registrada en el sensible aparato utilizado por Hahn y
Strassmann. FIGURA PAG. 42 Cuando un átomo de uranio se desintegra,
libera una gran cantidad de energía. FIGURA PAG. 43 En una reacción en cadena, un átomo que se
fisiona deja escapar neutrones, los que, a su vez, fisiona más átomos. Muy al principio de la Segunda Guerra Mundial, una de las
noticias más sensacionales fue la de que los hombres de ciencia de todo el
mundo se habían unido para trabajar juntos, compartiendo sus descubrimientos y
alegrándose de los éxitos de los demás. Desde el griego Demócrito,
italianos, ingleses, franceses, alemanes, americanos, daneses, rusos,
neozelandeses y los científicos de otras muchas nacionalidades habían
contribuido en gran escala al esfuerzo del hombre por explicar la estructura del
universo. Ahora, la ciencia se había convertido repentinamente en un
arma bélica, y las naciones no podían compartir sus armas con el enemigo.
Claro está que nadie sabía que se podía obtener una bomba haciendo estallas
los átomos, pero si se llegaba a construir, sería un arma que decidiría el
resultado de la guerra, y todos los hombres de ciencia lo sabían. El nuevo sigilo científico ayudó a los Estados Unidos y a
la Gran Bretaña. Muchos hombres de ciencia alemanes e italianos se habían
refugiado en esos dos países. A principios de 1940, la mayoría de ellos
trabajaba al lado de los científicos americanos e ingleses y laboraban día y
noche para construir una bomba nuclear. En el otoño de 1939, Alberto Einstein escribió una carta al
presidente Franklin D. Roosevelt, pidiéndole que se reuniera con un grupo de
científicos que tenían algo importantísimo que comunicarle. Cuando los
hombres de ciencia vieron al presidente, le explicaron las conclusiones de Lise
Meitner y por qué eran de importancia trascendental: al desintegrarse el átomo
de uranio, además de liberar una gran cantidad de energía, dejó escapar un
enorme número de neutrones, los que salieron disparados como proyectiles.
Aquello era en verdad asombroso, ya que, si se ponían juntos muchos átomos de
uranio y se partía uno, los neutrones que dejara escapar hendirían los otros
átomos y los partirían, y a su vez liberarían más neutrones que partirían
otros átomos y así sucesivamente. El proceso total, llamado reacción en
cadena, ocurría en una fracción de segundo, produciendo una explosión nunca
antes vista. A los hombres de ciencia les desagradaba la idea de convertir
el átomo en un arma mortífera, pero sabían que si los Aliados no construían
una bomba nuclear, sus enemigos lo harían. El presidente Roosevelt estuvo de
acuerdo con ellos, y ordenó que el proyecto se pusiera en marcha
inmediatamente. Aunque era relativamente fácil "hablar" de la
bomba nuclear, era otra cosa muy diferente construir una. La tarea principal de
desarrollarla le tocó a los Estados Unidos. Era una enorme labor y una jugada
formidable. Cinco años tuvieron que transcurrir antes de que el proyecto se
realizara, y en él se gastaron más de dos mil millones de dólares. Lo peor de
todo era que nadie estaba seguro de que los aliados pudieran contar con una
bomba a cambio de todo ese dinero. El elemento con el que los hombres de ciencia trabajaron fue
el uranio 235 -una forma poco común de ese elemento- en cantidad tan enorme
como nunca antes se había acumulado en un solo lugar. La obtención del uranio
en las cantidades que se necesitaban fue sólo una pequeña parte del problema.
Mientras el uranio se comportaba relativamente bien, un nuevo elemento llamado
plutonio se podía obtener del uranio y servía mejor al proyecto. Por lo tanto,
se construyeron grandes instalaciones para convertir las toneladas del mineral
en kilogramos de uranio y luego éste en plutonio. Una vez que tuvieron reunida la materia prima, los hombres de
ciencia tenían que encontrar la forma de extraer la energía que contenía. Enrique Fermi, el famoso científico italiano y sus
colaboradores, emprendieron la tarea. Al igual que Einstein, Fermi vivía en América.
En un laboratorio secreto, abajo del estadio de fútbol de la Universidad de
Chicago, Fermi acumuló en forma de muro bloques de carbono (el carbono estaba
en forma de grafito, la misma substancia que se emplea en los lápices). Fermi
necesitaba carbono, porque éste retarda el movimiento de los neutrones, ya que
entre más lentamente avancen estos, desintegran mejor a los átomos. Espaciado
entre los bloque de carbono había la cantidad necesaria de uranio para desatar
una reacción en cadena. (La cantidad era importante: si era pequeña, la reacción
no se produciría, es decir, los neutrones se perderían en el espacio en vez de
chocar, sin desintegrar nuevos Átomos de uranio). Introducidas en esta pila de carbono y uranio (llamada pila
nuclear) había varias varillas largas hechas de una substancia que atrajera los
neutrones. Mientras las varillas estuvieran introducidas en la pila, sólo unos
cuantos neutrones podrían chocar con los átomos de uranio para desatar una
reacción en cadena. Al extraer lentamente las varillas, Fermi confiaba en poder
gobernar el número de neutrones que chocaban con los átomos, y en esa forma
regular la cantidad de energía nuclear que se liberaba al estallar los átomos.
Para medir la cantidad de energía, Fermi tenía un aparato, que ahora nos es
familiar, un contador Geiger, el cual medía la radiactividad produciendo una
vibración cada vez que un rayo gamma lo tocaba. El sonido era amplificado y
escuchado mediante unos audífonos. FIGURA PAG. 46 Al chocar las partículas con el tubo del
contador Geiger, cierran un circuito eléctrico y producen una vibración que se
puede escuchar en unos audífonos. Una tarde de diciembre de 1942, Fermi y sus colaboradores
lenta y cuidadosamente empezaron a sacar las varillas del uranio. Casi sin
respirar, escuchaban la reacción del contador Geiger. La vibración se hacía más
y más rápida. Los neutrones escapaban de los átomos de uranio chocando contra
nuevos átomos y haciendo que más neutrones escapasen. Una reacción en cadena
controlada se había logrado finalmente. FIGURA PAG. 47 Las varillas de Cadmio en una pila regulan la
reacción atómica en cadena. Lo único que faltaba ahora, era hallar la forma de almacenar
la cantidad correcta de uranio o de plutonio dentro de una bomba y encontrar cómo
hacerla estallar. Construir una bomba fue labor de otros dos años y medio, y
el 16 de julio de 1945, la primera bomba nuclear estalló en el desierto de
Nuevo México. Cuando la imponente nube en forma de hongo se disipó, un enorme
agujero había sido hecho en la arena. Tres semanas después, la segunda bomba fue arrojada desde un
avión sobre Hiroshima, Japón, estallando con una potencia igual a la de veinte
mil toneladas de dinamita. Destruyó la ciudad por completo. Tres días más
tarde, el 9 de agosto, una bomba aún más potente fue arrojada sobre la ciudad
de Nagasaki. El 14 de octubre, Japón anunció su rendición, y la guerra terminó. Ya han transcurrido muchos años desde el amanecer de la Era
Nuclear. La ciencia ha encontrado cómo construir bombas aún más potentes,
pero de mayor importancia que ellas son las aplicaciones pacíficas que se les
han hallado al átomo y a su núcleo. La gente de todas partes del mundo confía
en que los átomos nunca vuelvan a ser usados para la destrucción. Pero lo que
sí es seguro, es que se aplicarán con fines constructivos. De hecho, los átomos
ya se han puesto a trabajar para la industria y, hasta el año 1958, habían
ahorrado la suma de 500 millones de dólares. En cuatro años, dicha suma
representaba el costo original del programa de energía atómica. La industria no es la única que emplea la energía nuclear.
Ésta ha probado su gran importancia en la medicina, en la agricultura, en los
transportes, en la minería y en todas y cada una de las demás actividades
humanas. Algunas de sus aplicaciones más espectaculares son bien
conocidas. Las estaciones generadoras de energía nuclear abastecen de
electricidad a varias ciudades. La radiación atómica se emplea para
diagnosticar y descubrir algunas enfermedades y curar otras. Los motores
nucleares impulsan a los barcos y, dentro de poco tiempo, harán lo mismo con
los aeroplanos. Algún día el átomo podrá proporcionar calor a ciudades
enteras, generar fuerza para las naves espaciales, derribar montañas, abrir
canales y descubrir nuevos yacimientos de minerales. Quizá aun pueda utilizarse
para mejorar las condiciones climáticas de la Tierra. Pero dentro de cada una de esos grandes proyectos, hay
probablemente cientos de aplicaciones menos conocidas de la energía nuclear. El
reactor atómico nos permite convertir en radiactivos toda clase de elementos y,
en el comercio y en la industria, ha probado ser de gran utilidad en muchas
formas asombrosas. He aquí unas cuantas de ellas: En la industria petrolera, la cual envía constantemente
grandes cantidades de petróleo crudo a través de millares de kilómetros de
tubería, el átomo ha hecho posible que se haga circular, una después de otra
y por la misma tubería, dos clases distintas de petróleo, para luego
separarlas en el otro extremo: Se colocan "etiquetas" radiactivas
entre los dos envíos, y un contador Geiger es el encargado de
"avisar" cuándo termina de pasar la primera clase de petróleo y cuándo
empieza a llegar la segunda. Si los ingenieros de una fábrica desean saber el número de
vueltas que da una polea giratoria, colocan un pedazo de material radiactivo
sobre su orilla y un contador Geiger se encarga de registrar cada vez que el
trozo radiactivo pasa por el mismo lugar. Para medir la altura de un líquido que está almacenado en
un depósito, se envían rayos a la pared del depósito y se coloca un contador
en el extremo opuesto. Como los rayos no pueden atravesar los líquidos, el
contador registra el nivel cuando los rayos empiezan a pasar por donde no hay líquido. La radiactividad protege a los trabajadores que laboran cerca
de máquinas peligrosas. Un trozo de material radiactivo se coloca en una
pulsera en la muñeca del trabajador. Cuando su mano se acerca a un lugar de
peligro, la radiación hace sonar la alarma de un aparato instalado en la máquina. Para medir el grosor del papel, el de la lámina, o el de
muchos otros objetos, los fabricantes disparan rayos radiactivos a través de
los materiales y cuentan el número de rayos que salen por el otro lado. Cuando
pasan demasiados rayos, significa que el material es muy delgado. Si sólo pasan
unos cuantos, es que el material es grueso. Cuando cierto material plástico que se emplea para forrar
los conductores eléctricos se somete a la radiación alcanza tal dureza, que
resulta ser uno de los mejores aislantes. Las roturas internas que llega a haber en las piezas metálicas
de los aparatos pueden ser descubiertas por medio de la radiación (antiguamente
se empleaban rayos X, pero la radiación atómica resultó ser mucho más económica). La electricidad estática, del tipo que a veces brota al
tocar la manija de la portezuela de un automóvil, puede ser muy peligrosa
cuando hay substancias explosivas cerca de ella. La energía atómica se puede
aplicar para descargar esa electricidad y evitar así que cause daño. La lista de las aplicaciones industriales del átomo y sus
derivados es interminable. Además de lo que hemos mencionado, el átomo se
emplea para construir los indicadores de la velocidad de los aeroplanos, para
fabricar mejores jabones y lápices labiales, cintas adhesivas más fuertes y
vidrio mucho más duros. Se puede usar aun para descubrir la presencia del humo
en la atmósfera y para analizar un tronco de árbol y determinar el número de
nudosidades internas que contenga. En la medicina, el átomo no tiene tantas aplicaciones como
en la industria, pero quizá su importancia sea mayor. Alivia el dolor,
contribuye a la técnica quirúrgica, proporciona ayuda a los médicos para
diagnosticar el mal de sus pacientes. He aquí unos cuantos ejemplos del uso de
la energía atómica en la medicina. Para averiguar hasta qué partes del organismo llega un
medicamento y si es que lo alivia, se agregan pequeñas dosis de substancias
radiactivas a las substancias curativas, las cuales pueden ser rastreadas con un
contador. Substancias químicas similares se pueden agregar a la sangre para que
los médicos puedan saber qué órganos y partes del cuerpo sufren de circulación
defectuosa. Como Becquerel lo supo por propia experiencia, las
substancias radiactivas son a menudo tan potentes, que pueden causar quemaduras.
Algunas de éstas llegan a ser graves, pero también pueden ser benéficas, como
cuando se emplean para destruir las células cancerosas que no pueden extirparse
por medio de la cirugía. Mucha gente que ha padecido cáncer ha vivido más
tiempo gracias a ese tratamiento. Los que padecen de fiebre de heno se beneficiarán con la
investigación atómica que efectúan los botánicos. Con el objeto de
determinar el trayecto que siguen las esporas de la ambrosía, la cual hace
estornudar a los que sufren de dicha fiebre, los científicos primero colocan
substancias radiactivas en los lugares donde crece la ambrosía. Luego, rastrean
las esporas con un contador Geiger. Las drogas, los vendajes y otros productos químicos y médicos
pueden ser esterilizados al someterlos a la acción de los rayos atómicos, que
destruyen las bacterias y los gérmenes portadores de las enfermedades. Los insectos que atacan los cereales pueden ser combatidos
por medio de la radiactividad, ahorrando en esta forma mucho dinero a los
agricultores. Los brotes tempraneros de las patatas que les echan a perder
pueden ser retardados si se les aplican rayos atómicos. Para darnos cuenta de lo eficaz que han llegado a ser los
fertilizantes (o sea, para saber hasta qué partes de la planta llegan), baste
decir que los agrónomos los hacen radiactivos antes de esparcirlos por el
suelo. Al crecer la planta, el fertilizante puede ser rastreado con un contador. Las semillas de las plantas, después de que se les ha
sometido a la radiactividad, pueden crecer en forma anómala una vez que se les
ha plantado: plantas grandes, torcidas, plantas pequeñas, plantas con muchos
frutos, plantas sin ellos; todas ellas se han obtenido en esos experimentos.
Algunas variedades pueden resultar mucho mejores que las plantas originales de
donde provinieron. Una nueva variedad de cacahuate se obtuvo en esa forma. Por
ejemplo, produce más cacahuates por planta, puede resistir más fácilmente las
plagas, y tiene una cáscara más dura. Los hábitos de los insectos devoradores de plantas pueden
ser descubiertos haciendo radiactivos a unos cuantos de sus individuos, y luego,
siguiéndolos con un contador Geiger para saber adónde van y cómo viven. La
información así obtenida puede utilizarse en la elaboración de mejores métodos
con que combatirlos. Y por supuesto, hay muchas aplicaciones de la energía atómica
aparte de la industrial, agrícola y médica, que son casi de tanta importancia
como el interés que despiertan. Por ejemplo, las bacterias que echan a perder
los alimentos pueden ser destruidas mediante la radiación; los productos
tratados por este medio pueden conservarse frescos durante muchos meses. Los topógrafos pueden marcar los límites de un terreno con
estacas previamente tratadas con substancias radiactivas, para localizarlas más
tarde con un contador Geiger. La edad de los objetos extraídos por los arqueólogos se
puede determinar midiendo la radiactividad de una clase de carbono que
contienen. Ese carbono pierde su radiactividad a cierto ritmo, que los científicos
conocen, lo cual les permite calcular la edad del objeto en cuestión. En forma considerable o pequeña, el átomo ayuda a mejorar
el medio en que vivimos. Los científicos nunca sabrán hasta dónde los llevará
su curiosidad, al tratar de averiguar de qué modo está hecho el mundo. Los
investigadores descubrieron un arma terrible, pero también marcaron los
derroteros de una vida mejor. PARTE II ¿QUÉ ES EL MAGNETISMO? Cerca de las costas del mar Egeo, en lo que hoy es Turquía, los antiguos
griegos hicieron un descubrimiento sorprendente: encontraron una piedra metálica,
negruzca, que no se parecía a las otras piedras, pues por alguna razón
misteriosa tenía el poder de alcanzar a los objetos de hierro y hacer que se le
reunieran. Como la piedra fue encontrada en Magnesia, en el antiguo país de
Lidia, recibió el nombre de magnes; se trataba del mineral de hierro al que
llamamos magnetita o piedra imán, que si puede alcanzar otros objetos y
hacerlos que se unan a ella. Se llama magnetismo a la propiedad que tiene esta piedra de atraer las cosas
o rechazarlas. Nos inclinamos a creer que el hierro es la única materia magnética,
porque la magnetita lo es en alto grado, y otros minerales no lo son en forma
apreciable; pero no es así realmente, el níquel y el cobalto son muy magnéticos,
y muchos otros elementos, incluso los gases, lo son, pero en muy pequeña
medida. Algunas personas creen que las piedras magnéticas son simples objetos
curiosos y raros, y que los imanes son juguetes; pero aun cuando es divertido
jugar con los imanes, están lejos de ser juguetes nada más, y los hay de
varias formas. Todo el mundo está familiarizado con las formas más comunes de los imanes:
el imán en forma de barra y el imán en forma de herradura. El imán en forma
de herradura es simplemente una barra imantada doblada en U, para que sus dos
extremos, o polos, pueden cercanos y concentren su energía. Un imán de barra, o cualquier trozo de hierro, o de una aleación (una liga
de varios metales), magnetizados, exhibe su fuerza magnética en líneas que en
realidad son curvas, como se muestra gráficamente en la fotografía de la página
siguiente. Estas líneas están más juntas en los dos extremos del imán, que
es donde se concentra su fuerza. Las líneas no son únicamente planas, como
aparecen en la fotografía, sino que rodean al imán por todos lados. Cualquier
materia atraída por el imán seguirá estas líneas al dirigirse hacia él. Las
líneas se llaman líneas de fuerza magnéticas, e indican la dirección en la
que viaja la fuerza magnética, y no la potencia de la fuerza en un punto
determinado. El espacio que abarcan estas líneas recibe el nombre de campo magnético. La naturaleza del magnetismo es misteriosa. Los chinos la conocían desde
hace más de mil años, como los griegos y otros pueblos antiguos que estaban
familiarizados con los metales. Sin embargo, creían que el magnetismo era producido por dos espíritus que
vivían en la piedra magnética, uno de los cuales poseía una fuerza de atracción
y el otro una fuerza repelente. En los últimos años se ha aprendido mucho acerca del magnetismo, pero
estamos muy lejos de saberlo todo al respecto. Para entender lo que significa
que un cuerpo sea magnético, tenemos que considerar cómo está constituida la
materia. Hoy día, son pocas las personas que no han oído hablar de
los átomos. Llamamos era atómica a la época en la que vivimos, no porque sea
la Era en la que se descubrieron los átomos, sino porque es la época durante
la cual el hombre ha aprendido lo suficiente acerca de los átomos como para dar
un uso práctico a la energía que encierran. FIGURA PAG. 9 Los elementos, tales como el oro, el carbono y
el cobre, están constituidos de átomos iguales. La magnetita está compuesta
de dos elementos: hierro y oxígeno. Durante muchos siglos se consideró que el átomo era la partícula
más pequeña en que podía dividirse un elemento. Hace dos mil años, Lucrecio,
el poeta latino, dio una descripción muy clara de lo que hoy llamamos la teoría
atómica. Sin embargo, la demostración de esa teoría estaba reservada para un
matemático y químico inglés, John Dalton, quien la hizo a principios del
siglo XIX. Un elemento es cualquier sustancia que no se puede
descomponer en sustancias diferentes, excepto por desintegración nuclear. Hay más
de cien elementos, los que, como el hierro, el oro y el carbono, son ellos
mismos y nada más. Un elemento, ya se trate de un sólido como el cobre, o de
un gas como el hidrógeno o el oxígeno, es simplemente la reunión de los átomos
de la misma clase que llevan el mismo nombre de ese elemento. A menudo, los átomos de una elemento se combinan con los átomos
de otro para hacer una partícula un poco mayor que el átomo, a la que se llama
molécula de la magnetita, la piedra magnética de la antigua Lidia, está
constituida de tres átomos de hierro y cuatro de oxígeno. Cada átomo de
hierro es un imán. Se puede imaginar que una molécula es un animalito con
cabeza y cola; la cabeza de cada uno atrae la cola de los demás y rechaza las
otras cabezas. Esta atracción tiene el efecto de alinear las moléculas de la
magnetita como un banco de peces que nadarán todos en la misma dirección. Sin embargo, un trozo de magnetita es un cuerpo en sí mismo,
y tiene cabeza y cola propias. Las moléculas están acomodadas en tal forma
que, aun cuando realmente existen espacios entre ellas, a simple vista parecen
formar un trozo sólido de metal bastante pesado. Este trozo de metal es un imán
y su cabeza y su cola se llaman polos, siendo una el polo positivo y la otra el
polo negativo. Mucho antes de que supieran que los imanes grandes eran
conjuntos de imanes diminutos, todos los cuales se comportaban en la misma
forma, los hombres estaban fascinados con la fuerza que ejercía el imán, lo
que les sugería que en la piedra había alguna forma de vida o algún espíritu.
Luego descubrieron que se le podía dar esta fuerza a un pedazo de hierro, si se
le frotaba con una piedra magnética. Los griegos estaban enterados de que la piedra imán podía
atraer el hierro. Tales de Mileto, quien vivió desde el año 640 a. de C. Hasta
el 546 a de C., creía que este poder se debía a un alma, en el diálogo Ion,
escrito por Platón, Sócrates dice que la piedra "no sólo atrae los
anillos de hierro, sino que también les imparte una fuerza similar para atraer
otros anillos, y algunas veces puedes ver una cantidad de pedazos de hierro y de
anillos suspendidos uno del otro, hasta formar una cadena bastante larga". El romano Lucrecio Caro escribió, durante el primer siglo de
nuestra era: "...el hierro puede ser atraído por esa piedra, a la que los
griegos llaman magneto por su patronímico, ya que tiene su origen dentro del
territorio hereditario de los magnetos." También escribió: "Algunas
veces, además, el hierro se aparta de esta piedra, ya que está acostumbrado a
apartarse de ella y a seguirla, sucesivamente." Figura pág. 10 La magnetita es un mineral negro, duro y
pesado, en relación con su tamaño, sus cristales tienen normalmente la forma
de octaedros, es decir, tienen ocho caras. Figura pág. 11 Siempre que se suspende un pedazo de hierro
imanado, se alinea con el campo magnético de la Tierra. Al pasar el tiempo, los hombres también comprobaron que una
barra de hierro magnetizada, cuando se le suspende por el centro, apunta
aproximadamente a los polos norte y sur de la Tierra. Al principio no entendían
que la propia Tierra es un imán gigantesco, y que la barrita de hierro
magnetizada simplemente estaba tratando de alinearse con el campo magnético de
la Tierra. Los hombres de los tiempos clásicos no sabían que el imán
tenía esta propiedad. La primera mención precisa de la polaridad se encuentra
en un diccionario del año 121, en el siglo XI, un chino fabricante de
instrumentos, Shen Kua, menciona el uso de la aguja magnética para orientarse,
después del año 1100, otro chino, Chu Yu, relata que la brújula la usaban los
navegantes. La gente que vivió hace mucho tiempo carecía de una parte
importante del conocimiento necesario para explicar el magnetismo, esta parte
era el conocimiento de la electricidad, que ahora sabemos que es inseparable del
magnetismo. Aun los griegos y los romanos, que tuvieron el talento suficiente
para comprender lo de los átomos, ignoraban que el átomo de cada uno de los
elementos existentes no es una simple partícula de materia sin partes móviles
en su interior. El átomo, diminuto como es, es semejante a un universo en
miniatura, con un centro o núcleo, y pequeñas partículas con cargas eléctricas,
o electrones, que giran alrededor del núcleo. El átomo de cada elemento tiene
un número diferente de electrones que giran alrededor del centro, por ejemplo,
el hidrógeno, que es el primero elemento, tiene uno, el uranio, que es el nonagésimo
segundo elemento, tiene noventa y dos. LO QUE PODEMOS HACER CON EL MAGNETISMO En la actualidad, nuestra civilización depende casi por
completo de la electricidad. Aun cuando hay formas de electricidad que existen
independientes del imán (una de ellas es, por supuesto, el rayo), formas que
pueden producirse sin necesidad de imanes (como en las pilas secas e hidroeléctricas),
no podría suministrarse la electricidad de la manera y la cantidad en la que es
usada hoy día, si no existiera el magnetismo. La comprensión total del magnetismo puede no alcanzarse
durante algún tiempo, pero sabemos cómo se comportan los imanes y la corriente
eléctrica, y aun desconociendo el por qué se comportan de esa manera, podemos
hacer varias cosas sorprendentes con ellos. Muchos de nosotros nos sorprenderíamos
al saber cuántas de esas cosas asombrosas damos por supuestas. Por ejemplo, si vive usted en una ciudad, en una casa o en un
departamento, muchos de los aparatos que utiliza y de las comodidades de que
disfruta dependen de imanes para su funcionamiento: los timbres de las puertas y
de los ascensores usan imanes, el teléfono es un aparato magnético que produce
sonidos por la vibración de un diafragma, Figura Pág. 13 En el interior de un receptor telefónico, el
imán permanente ejerce una atracción constante en el borde de un delgado
diafragma metálico. El electroimán regula la atracción según los impulsos eléctricos
que recibe y que pasan por el alambre enrollado en las bobinas, impulsos que ya
han sufrido los efectos de las ondas sonoras. Esto hace que el diafragma se
mueva hacia adentro y hacia fuera, y emita ondas sonoras que son las mismas que
se vertieron, al hablar, en el teléfono. Así, los impulsos eléctricos que
representan palabras se convierten en ondas de sonido. El movimiento de este disco está determinado por un imán
cuya fuerza varía con los cambios de modulación de la voz, la corriente eléctrica
que le proporciona luz y fuerza normalmente se produce por una dínamo o
generador, que carecería de potencia si no tuviera imanes, la energía que
llega a estos aparatos y a los de televisión, a los de radio y a muchos otros,
se mide con un instrumento que es accionado por un imán. Si el refrigerador que conserva los alimentos es eléctrico,
funciona gracias a un motor cuyo corazón son unos electroimanes, el fonógrafo
que permite disfrutar de la música, probablemente lo hace con la ayuda de
imanes, los dictáfonos y los magnetófonos usan una cinta magnética que,
aunque parezca raro, no está hecha de metal, sino de material plástico
revestido con polvo de óxido de hierro magnético, las puertas de la alacena de
la cocina se conservan cerradas merced a pestillos magnéticos, el calentador de
petróleo, que mantiene las habitaciones a una temperatura elevada, y el aparato
acondicionador del aire, que conserva frescos los recintos, son accionados,
todos, por motores electromagnéticos. En la calle, los imanes se encuentran en todas partes. Esa
fuerza extraña que el hombre primitivo creía que era un espíritu, está
presente en los taxímetros, en los autobuses, en los trenes subterráneos, en
los camiones y aun en los interruptores que accionan los semáforos de tránsito.
El motor eléctrico está dondequiera, y allí donde hay un motor eléctrico está
un imán ejerciendo su fuerza en el eje y haciéndolo girar. Un avión moderno
usa más de cien motores eléctricos. En el campo también es necesario el electroimán, que es una
barra o una tira de metal adecuado, que se vuelve magnética cuando pasa por
ella una corriente eléctrica. Tan pronto como se interrumpe la corriente, cesa
el magnetismo. Figura Pág. 17 Potentes imanes industriales se usan para
levantar pesados trozos de hierro y de acero. La maquinaria que se emplea para segar las mieses depende
parcialmente del imán, como depende la maquinaria que hace y repara los
caminos, extraemos agua con imanes por medio de motores que usan imanes,
calentamos agua con electricidad que ha sido generada con imanes. Tanto en el campo como en la ciudad, sería imposible
disponer de transportes y de comunicaciones sin los imanes. Enviamos telegramas
gracias al magnetismo y la electricidad. Figura Pág. 16 Los imanes son tan necesarios en la vida
suburbana y rural, como lo son en la vida de la ciudad. Los motores de los
tractores, que se emplean en las granjas, usan electroimanes. El agua se
calienta en calentadores de agua, cuyo funcionamiento depende de electroimanes,
y las bombas de agua se valen también de estos aparatos para funcionar. En la industria, el imán es el ayudante silencioso del
hombre. Levanta grandes cantidades de chatarra de hierro y acero para las
fundiciones, extrae pedazos de metal de los ojos de los obreros sin lesionarlos,
localiza metales bajo tierra y en el mar, y si se usa para ello, saca a la
superficie lo que ha localizado. Figura Pág. 18 William Gilbert, un médico inglés, dijo que
la Tierra era un imán gigantesco. Sin embargo, hace sólo ciento cuarenta años que un científico
danés, Hans Oersted, se asustó y asustó al mundo al descubrir que la
electricidad y el magnetismo eran parientes cercanos. Son infinitas las
posibilidades que abrió ese sencillo descubrimiento. Fue hasta fines del siglo XVI cuando empezó a estudiarse con
rigor científico el tema del magnetismo. En el año 1600, William Gilbert, de
Manchester, Inglaterra, publicó un libro acerca del magnetismo titulado De
magnete, que puso a pensar a la gente acerca de esa fuerza misteriosa. Gilbert,
que era médico de la corte de la reina Isabel, afirmó que la Tierra era un imán
y que su magnetismo superficial provenía probablemente de las materias
magnetizadas que estaban en su interior, escribió acerca de la declinación y
de la inclinación magnéticas, y también apuntó que el hierro magnetizado
perdía su poder de atracción cuando se le calentaba al rojo vivo, pero que lo
volvía a adquirir cuando se enfriaba. Gilbert estaba convencido del valor de los métodos y los
experimentos científicos, al respecto, afirmó: "En el descubrimiento de
los secretos y en la investigación de las causas ocultas de las cosas, son los
experimentos fidedignos los que proporcionan las pruebas claras, y no las
suposiciones probables y las opiniones de profesores y filósofos
vulgares". Sin embargo todavía creía que el magnetismo era algo como un
alma o un espíritu dentro del metal magnetizado. Faltaba algo en el mundo de Wiliam Gilbert, sin lo cual le
era imposible señalar el camino a los hombres que le sucederían, este faltante
era el conocimiento de la electricidad misma. Setenta y cinco años después de la publicación del libro
sobre magnetismo, de Gilbert, Robert Boyle, un científico aficionado irlandés,
de cuarenta y ocho años de edad, publicó el primer libro acerca de la
electricidad. En este libro examinaba el hecho singular que ocurre cuando se
frota un pedazo de ámbar con un pañuelo de seda, el ámbar se comportará con
algunos objetos ligeros, no metálicos, tales como el tejido vegetal o los
pedazos de papel, en forma muy similar a como se comporta un imán frente a
trozos de hierro. Pasaron otros setenta y cinco años antes de que sucediera
algo que señalara que la atracción que ejercía el ámbar, cuando se le frota
sobre los pedazos de papel, era la misma fuerza que causaba que el rayo brincara
de la nube a la tierra y de la tierra a la nube. En 1752, Benjamín Franklin lo
demostró al obtener una chispa de una nube cargada de electricidad. El famoso
experimento de Franklin, con una cometa, una cuerda, una llave y la descarga de
un rayo, hizo posible que los hombres se dieran cuenta de que el rayo era lo
mismo que una chispa eléctrica. Al mismo tiempo, un francés de nombre d´Alibard llegó a la
misma conclusión que Franklin es decir, que el rayo era simplemente una forma
exagerada de la chispa producida por el frotamiento del ámbar con un pañuelo
de seda. Pero, ¿cuál era la relación de la electricidad con el magnetismo? Antes de que transcurriera otro siglo, la electricidad llegó
a ser tan familiar a los científicos que fue el tema de innumerables
experimentos. En el año 1819, Hans Christian Oersted, quien también era filósofo,
descubrió que una corriente eléctrica que pasa por un alambre paralelo a la
aguja de una brújula, puede hacer desviar la aguja hasta ponerla en ángulo
recto con el alambre conductor. Este fenómeno probaba que la corriente eléctrica,
o sus efectos al menos, no estaba limitada en su totalidad al alambre conductor,
parecía como si la corriente estuviera rodeada por algo que pudiera alcanzar y
causar efectos en los conductores cercanos, este algo es lo que se llama un
campo de fuerza, y era el campo de fuerza que rodeaba al alambre conductor de la
corriente eléctrica, el que hacía que el alambre cargado actuara como si fuera
un imán. Hemos vistos que los primeros imanes conocidos eran pedazos
de mineral de hierro, mismos que hoy día se conocen como imanes naturales, o
piedras imán, que en francés antiguo, en italiano y, por supuesto, en español,
significa piedra dura. Pero en inglés, la piedra imán se denomina lodestone, término
formado de dos palabras que significan "piedra" y "camino",
por lo que en ese idioma, la piedra que usada como brújula, señalaba a los
marineros el camino que debían recorrer. Sin embargo, como ya se dijo, también
hay imanes artificiales, el hierro endurecido común o el acero, pueden ser
imanados si se les golpea, siempre en la misma dirección, con un imán,
recientemente se descubrió que si se imana una aleación de aluminio, níquel y
cobalto, se obtiene un imán de dureza y duración extraordinarias. La íntima relación existente entre el magnetismo y la
electricidad, descubierta por Hans Christian Oersted, fue el principio de una
nueva rama del conocimiento científico: el electromagnetismo, que condujo al
descubrimiento de que podía crearse un imán, si se envolvía una barra de
hierro con alambre aislado y se hacía pasar una corriente eléctrica a través
del alambre, el primero que lo demostró, al año siguiente al descubrimiento de
Oersted, fue un francés de nombre Dominique Francois Arago. El primer electroimán,
en forma de herradura, fue construido por el inglés, William Sturgeon, el año
1824. Con el descubrimiento del electromagnetismo y la adquisición
de la capacidad para aplicarlo, los científicos empezaron a buscar la manera de
convertir en fuerza la relación entre el magnetismo y la electricidad. Si la
electricidad podía producir magnetismo, se desprendía claramente que el
magnetismo debía ser capaz de producir electricidad. Pero, ¿cómo? Entre los años 1830 a 1860, los científicos encontraron el
cómo, y de ello lograron construir el motor eléctrico, en el que se usa un
electroimán para girar un eje forrado con alambres conductores de electricidad.
Tomas Davenport, un herrero de Nueva Inglaterra, E.U.A., patentó el primer
motor eléctrico en 1837, se dice que usó el vestido de bodas de su esposa,
hecho de seda, para aislar los alambres que empleó al hacer los electroimanes
para su motor. En 1831, Michael Faraday, uno de los hombres más notables en
todo el campo científico, tuvo buen éxito en su intento de hacer que un imán
produjera electricidad. Es de advertir que el imán que usó fue la propia
Tierra. Para alcanzar este resultado hizo que una barra de hierro maleable, en
la que enrolló alambre aislado, diera vueltas sobre sí misma, y así
interrumpió las líneas de fuerza del campo magnético de la Tierra, interrupción
que tuvo el efecto de generar una corriente eléctrica en el alambre. Cuando se
sustituyó el campo magnético de la Tierra, un tanto difícil de manejar, por
un electroimán, o una dínamo, se había encontrado una inapreciable aplicación
del magnetismo. Figura Pág. 20 Oersted colocó una aguja imantada paralela a
un alambre que conducía corriente eléctrica, proveniente de una batería, la
aguja se desvió hasta formar ángulo recto con el alambre. Cuando invirtió la
dirección de la corriente, la aguja giró en la dirección opuesta. Así
descubrió Oersted que la electricidad y el magnetismo están íntimamente
relacionados. Figura Pág. 21 Un electroimán se forma al pasar corriente
eléctrica por un alambre que está enrollado en una barra de hierro. Figura Pág. 22 El aparato es un generador cuando una flecha
gira dentro del campo magnético, la corriente eléctrica se genera en las
bobinas. El aparato es un motor cuando la corriente eléctrica se suministra a
las bobinas y la flecha gira dentro del campo magnético. El año 1844, Samuel F. B. Morse envió por primera vez un
mensaje por medio de un telégrafo eléctrico. Morse inventó su telégrafo con
la ayuda de los conocimientos científicos de Joseph Henry, un paisano suyo
quien había descubierto que empleando unos alambres se podía hacer funcionar
un electroimán colocado a gran distancia. Pero fue Morse quien usó este
conocimiento con buenos resultados, para producir sonidos como de golpes secos,
largos y cortos, comparables a puntos y rayas para lograr este objetivo se valió
de una barra móvil montada en una espiga, la que suspendió sobre un electroimán,
que estaba unido por alambres a un interruptor, el cual, al cerrarse enviaba una
corriente eléctrica que magnetizaba al electroimán, que entonces atraía la
barra hacia abajo, produciendo un sonido seco. Al abrir el interruptor, el
electroimán perdía su magnetismo y la barra volvía a su posición original
mediante un resorte colocado al efecto, con lo que volvía a su posición
original mediante un resorte colocado al efecto, con lo que volvía a producirse
el ruido. Un sonido breve, o sea un punto, se producía al oprimir y retirar la
presión rápidamente del interruptor, un sonido largo, o raya, se lograba al
mantener la presión sobre el interruptor. En una ocasión, Morse afirmó: "Como la esencia de mi
invento consiste en el uso de la fuerza motriz de la corriente eléctrica o galvánica,
a la que llamo « electromagnetismo » cualquiera que sea la forma en que haya
sido generada, para marcar o imprimir caracteres inteligibles, signos o letras a
cualquier distancia, resulta una nueva aplicación de esa fuerza, de la que
denuncio jurídicamente ser el primer inventor o descubridor". Esta demanda concreta de Morse no fue resuelta favorablemente
por la Suprema Corte de los Estados Unidos, la que sentenció que una ley de la
naturaleza no podía ser patentada por individuo alguno, sin embargo, el telégrafo
de Morse colocó los cimientos para el establecimiento del moderno sistema
telegráfico con que contamos hoy día. Figura Pág. 23 Samuel F.B. Morse (1791-1872), fue pintor e
inventor, de hecho, en 1832 era profesor de pintura y escultura en la
universidad de la ciudad de Nueva York. En 1837, abandonó las bellas artes y se
dedicó por completo a encontrar aplicaciones para la electricidad. Además de
ser conocido por la invención del telégrafo, también concibió la famosa
clave telegráfica que lleva su nombre. Aun cuando nuestro planeta está formado por todos los
elementos químicos, en combinaciones y proporciones diferentes, y aun cuando la
corteza de la Tierra está constituida en su mayor parte por granito, la Tierra
se comporta magnéticamente en forma muy parecida a como lo haría si fuera una
esfera sólida de metal. Al ser una esfera que gira continuamente sobre sí misma como
si fuera un enorme y fantástico trompo, nuestro planeta tiene lo que se llama
un eje. El eje terrestre es una línea imaginaria trazada a través de su
centro, como si se atravesara una naranja con una aguja de tejer. Si con un
movimiento de torsión se hace girar la aguja, la naranja girará también.
Podemos imaginar que la línea trazada a través del centro de la Tierra, la
aguja de tejer sobre la cual gira el planeta, sale a través de la corteza
terrestre en dos puntos: uno superior y otro inferior, el superior es el polo
norte y el inferior el polo sur. Figura Pág. 24 El eje de la Tierra pasa por el polo norte
geográfico y el polo sur geográfico, en la posición aproximada que muestra la
aguja de tejer que atraviesa la naranja. Figura Pág. 25 La línea de puntos que pasa a través del imán
de barra se alinea con el polo norte magnético, y con el polo sur magnético,
los que no son los mismos que los polos geográficos norte y sur,
respectivamente. Sabemos que un imán tiene polos en los que se concentra su
fuerza magnética, pero los polos magnéticos terrestres no son los mismos que
los geográficos. En realidad, la Tierra es como la naranja del ejemplo en la
que alguien hubiera introducido un imán de barra, sin tratar de alinearlo
exactamente con el eje sobre el que gira la esfera, este imán está colocado en
el interior de la naranja en tal posición que forma ángulo con el eje que une
el polo norte geográfico con el polo sur geográfico. Aunque no llega hasta la
superficie de la naranja, un polo del imán ejerce su fuerza sobre la
superficie, fuerza que está concentrada en un punto llamado polo norte magnético.
En nuestro planeta, este segundo polo norte está a alguna distancia del polo
norte geográfico, lugar, este último, al que llegó el almirante Peary en el año
de 1909. Lo mismo pasa en el sur del planeta. El efecto del campo magnético
de la Tierra se hace sentir en el polo sur magnético, que está tan distante
del polo alcanzado por Roald Amundsen en 1911, cuanto dista el polo norte magnético
del polo norte. Es muy importante la existencia de estos dos polos
suplementarios. ¿Cómo puede ser que la Tierra, que no está constituida por
completo de meta, y cuyo interior sabemos que es líquido y caliente, pueda
comportarse como si fuera una masa sólida de metal imanado o magnetizado?. Para
tratar de contestar esta pregunta, tenemos que volver los ojos a lo que William
Gilbert ignoraba cuando trataba, hace trescientos años, de explicar el
magnetismo de la Tierra, esto es, al comportamiento de las corrientes eléctricas.
Ahora sabemos que las corrientes eléctricas pueden producir magnetismo, incluso
en los gases y los líquidos. Es necesario suponer que hay corrientes eléctricas en el
metal fundido del núcleo terrestre. Ignoramos cómo fueron generadas, pero,
como todas las corrientes eléctricas, están rodeadas por un campo magnético. El movimiento de rotación de la Tierra es el causante de que
la superficie del globo actúe como la parte externa de una dínamo, es decir,
transforma el movimiento mecánico de la rotación en corrientes eléctricas que
se suman a las corrientes del núcleo terrestre. De esta manera, la Tierra
mantiene su calidad de imán, con las líneas de fuerza sobre la superficie,
reunidas en los polos magnéticos, tal como todos los imanes tienen líneas de
fuerza más concentradas en los polos. Figura Pág. 26 Al girar la Tierra se forman corrientes eléctricas
que refuerzan las que existen en su interior. Por tanto, la Tierra sigue siendo
un imán con sus líneas de fuerza. Figura Pág. 27 Después de pasar tres años en el Ártico,
Amundsen llegó a Nome, Alaska, en agosto de 1906. LA BUSQUEDA DE LO QUE ES EL MAGNETISMO Durante el siglo XIX, los hombres de ciencia aprendieron más
acerca del magnetismo y de sus aplicaciones en beneficio de la humanidad, pero
no tenían idea, o apenas si vislumbraban, la relación verdadera entre el
magnetismo y la electricidad, cosa que no se podía esperar que supieran, sin
saber más acerca de la Tierra, considerada como un imán. Así fue que los
científicos empezaron a reunir todos los datos que pudieron, relacionados con
el imán que tenían bajo los pies y con su enorme y complicado campo de fuerza. A principios del siglo XX, los hombres sabían
aproximadamente en qué lugares debían estar los polos magnéticos, norte y
sur, los matemáticos podían informarles dónde estaba el verdadero polo norte,
pero la aguja de la brújula señalaba en otra dirección. De modo que se
consideró prudente estudiar los efectos del magnetismo en algunas relaciones de
la Tierra en las que todavía no se le habían hecho observaciones, una de éstas
era la región en la que poco más o menos estaba el polo norte magnético. A principios del verano de 1903, Roald Amundsen, el gran
explorador noruego, emprendió un viaje en una pequeña balandra de motor
llamada Gjoa, para tratar de encontrar una vía marítima entre el Océano Atlántico
y el Pacífico e, incidentalmente, para realizar una serie de observaciones
cerca de la posición que ocupaba en esas fechas el polo norte magnético. Aun
cuando los polos magnéticos se mueven y cambian de posición, durante el mes de
septiembre de ese mismo año, Amundsen localizó el polo en el lado occidental
de la península de Boothia, en el norte del Canadá, a unos trescientos veinte
kilómetros al sur del polo norte verdadero. Figura Pág. 28 El Carnegie, completamente aparejado, se hace
a la vela para cumplir su misión de medir el campo magnético de la Tierra.
Para que las lecturas de los instrumentos magnéticos resultaran tan exactas
como fuera posible, el airoso barco de madera con velas de lona llevaba muy poco
metal, excepto la clavazón indispensable para mantener unido el maderaje. Amundsen levantó un campamento a unos ciento cuarenta kilómetros
del polo magnético, y allí pasó el invierno, durante el cual hizo
regularmente lecturas de sus instrumentos. Éste fue el inicio de la moderna
observación magnética, que alcanzó su culminación durante el Año Geofísico
Internacional, que comprendió una parte de 1957 y otra de 1958. Durante los últimos cincuenta años se han realizado
observaciones del magnetismo en miles de puntos en cada una de las regiones de
la Tierra. En los primeros años de este siglo, la Institución Carnegie armó
un barco que no era magnético, hecho de madera con clavazón y abrazaderas de
bronce y de cobre, sólo se usó una muy pequeña cantidad de hierro. El hermoso
velero llevaba instrumentos para medir la dirección y la intensidad de las líneas
de fuerza del campo magnético terrestre. El Carnegie, como fue bautizado, navegó
durante muchos años recogiendo datos de la fuerza magnética de la Tierra,
finalmente, fue destruido por un incendio y abandonado en los Mares del Sur. A
partir de entonces su trabajo ha sido realizado por otros barcos. Expediciones de observación tan recorrido las selvas de África
y América del Sur, para hacer en tierra lo que el velero Carnegie hizo en el
mar durante sus años de labor científica. Como resultado de todo este trabajo de exploración, hoy
disponemos de una imagen casi perfecta de la fuerza magnética del imán más
grande que conocemos. Sin embargo, hasta hace muy poco tiempo sólo teníamos
una vaga idea de qué es lo que le proporciona el magnetismo a la Tierra, que, a
su vez, es la causa de la fuerza magnética que los griegos encontraron en las
piedras de Lidia. Durante los años 1957 y 1958 se unieron las naciones del
mundo en una empresa científica de muchísima importancia, que fue el llamado Año
Geofísico Internacional, durante el que se mantuvieron estaciones de observación
en todas partes de la Tierra, particularmente en el Continente Antártico. Gran
parte del trabajo de estas estaciones fue dedicado al estudio del magnetismo. Los resultados de todas estas observaciones han producido un
gran cambio en nuestras ideas acerca del magnetismo terrestre. Figura Pág. 30 Si desde un edificio se arrojan, en el mismo
momento, tres pelotas de pesos diferentes, llegarán al suelo en el mismo
instante. La razón de que así ocurra es que la gravedad atrae a todos los
cuerpos con la misma velocidad. LA GRAVEDAD Y EL MAGNETISMO Se podría disculpar a una persona no observadora, si dijera:
¡Vaya, por supuesto que la Tierra es un imán!. Si sostengo este trozo de
hierro y lo suelto, la fuerza de gravedad lo alcanzará y lo atraerá. Esto es
cierto, pero la Tierra también atraerá a un pedazo de madera o a una pluma. La
fuerza que hace que las cosas caigan no es el magnetismo, aunque en varios
aspectos se parece a la atracción de un imán, es una fuerza a la que llamamos
gravedad y que es la resultante de la masa de la Tierra y de la masa del objeto
atraído, y no de la magnetización o imanación de sus moléculas. Si se sube a
lo alto de una torre y desde allí se arrojan unas piedras, éstas caerán en
dirección al centro exacto de la Tierra, no importa qué tan alto se les
arroje. La fuerza del magnetismo terrestre difiere bastante de la fuerza de la
gravedad. Hemos visto que hace mucho tiempo los hombres de ciencia sabían
que al suspender por el centro una tira de hierro magnetizado, sin que nada le
impidiera girar, apuntaría más o menos a los extremos norte y sur del eje
terrestre. También hace mucho tiempo, Figura Pág. 31 Una aguja imanada que flota sobre el agua, en
una paja o en una astilla de madera, es una brújula primitiva. tanto que nadie
sabe exactamente cuánto, el hombre empleó el conocimiento que tenía de este
hecho para fabricar un instrumento, al que en la actualidad llamamos brújula,
que les mostraba la dirección en la que viajaban. En su forma primitiva, la br | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||