Monografias | En torno a la verdad que pretende la filosofía primera (praxeología) de Antonio González: la verdadEn torno a la verdad que pretende la filosofía primera (praxeología) de Antonio González: la verdadResumen: Justificación. Sobre la verdad en Estructuras de la praxis. La necesidad de una verdad primera para la filosofía. Las exigencias hipotéticas que debe cumplir la verdad primera. La verdad primera: la verdad simple de nuestros actos. El camino hacia la verdad primera: la epojé praxeológica. ¿Qué debemos entender por "acto"?. El sentido en que todo acto es una verdad primera. La justificación radical de los actos como verdad primera. Metodología de análisis de los actos. Los sistemas funcionales de actos y sus diversos tipos de verdad. Índice: 1.
Justificación. 2.
Sobre la verdad en Estructuras de la praxis. 2.1.
La necesidad de una verdad primera para la filosofía. 2.2.
Las exigencias hipotéticas que debe cumplir la verdad primera. 2.3.
La verdad primera: la verdad simple de nuestros actos. 2.3.1.
El camino hacia la verdad primera: la epojé praxeológica. 2.3.2.
¿Qué debemos entender por ‘acto’? 2.3.3.
El sentido en que todo acto es una verdad primera. 2.3.4.
La justificación radical de los actos como verdad primera. 2.3.5.
Metodología de análisis de los actos. 2.4.
Los sistemas funcionales de actos y sus diversos tipos de verdad. 2.4.1.
El carácter verdadero de las acciones: la verdad simple y la verdad actual. 2.4.2.
El carácter verdadero de las actuaciones: la verdad como adecuación. 2.4.3.
El carácter verdadero de la actividad: la verdad racional y la verdad como
realización. 3.
Valoración del problema de la verdad en la praxeología 1. Justificación de este trabajo: Ciertamente Antonio González no pretende con su libro
Estructuras de la praxis. Ensayo de una filosofía primera (1997, en adelante se
citará con las siglas EP) elaborar una teoría de la verdad, en el sentido
riguroso del término. Sin embargo, la columna vertebral de ese libro es
precisamente la idea de la posibilidad de una “verdad primera” que sirva de
base para elaborar una filosofía primera que, a su vez, sirva de base para
orientar y fundamentar la actividad humana y científica en el mundo. En este
sentido, lo que sigue a continuación es un esfuerzo por sistematizar lo que A.
González ha dicho sobre la verdad, sobre su necesidad, posibilidad, justificación,
y tipología. Hecho esto, podremos entonces valorar con más propiedad si A.
González se ocupa rigurosamente del tema de la verdad y en qué sentido, o si
no lo hace. 2. Sobre la verdad en el libro de A. González: 2.1. La necesidad de una verdad primera para la
filosofía El libro de A. González comienza con un reto realmente
apasionante: el reto de hacer filosofía, filosofía radical: “Estas páginas
pretenden ser unas páginas de filosofía. No es algo tan obvio como se pudiera
pensar” (EP 11). Luego de definir lo que no se ha de entender por filosofía
(opiniones nomás, combinaciones eclécticas, modas efímeras y
escolasticismos), A. González diagnostica para la filosofía un sano
escepticismo, que sugiere la idea de no aceptar ninguna opinión que no haya
sido radicalmente justificada. En esta no aceptación de prejuicios
injustificados, la tarea de la filosofía consiste precisamente en un saber
primero y radical: “La ‘primariedad’ de la filosofía no es otra cosa que
su radicalidad. Por eso, es imposible una auténtica reflexión filosófica que
no contenga, de alguna manera, una filosofía primera. Ahora bien, la filosofía
primera, justamente por su radicalidad, es siempre una filosofía principiante,
que nunca puede dar por terminada su labor” (EP 13). Esto no quiere decir que
la filosofía misma niegue su tradición y, con ella, el acervo acumulado en
centurias de reflexión, pero sugiere la idea de estar justificando radicalmente
sus comienzos. Para A. González un tipo de filosofía así entendida
sería enormemente útil para dar respuesta a la desorientación de la humanidad
contemporánea: “En la actualidad, la humanidad parece haber descubierto su
ignorancia del porvenir, y las predicciones que algunos se atreven a esbozar
sobre el mismo son en la mayor parte de los casos profundamente pesimistas. Ésta
es una situación que podemos caracterizar como de ‘desorientación’” (EP
16). El diagnóstico de A. González es que ni en las ciencias (naturales ni
sociales), ni en la técnica, ni en las tradiciones y religiones se pueden
esperar orientaciones exhaustivas de la actividad humana en el mundo contemporáneo,
por más que en otro tiempo así se haya pensado. En cambio, la filosofía, si
es radical, podría pretender servir como orientadora de la praxis humana en el
mundo, especialmente si ella se alumbra de la realidad de los países
empobrecidos del Tercer Mundo: “Por ello parece consecuente pensar que a los
pueblos periféricos les ha llegado la hora de entregarse a una auténtica
interrogación filosófica sobre los grandes problemas de la humanidad. Si en
otro tiempo se esperó una orientación de las ciencias sociales y de las
filosofías de los países industrializados, hoy día parece cada vez más obvio
que ellas nunca podrán responder a preguntas que no están interesadas en
plantearse. No se trata de desarrollar ningún nacionalismo intelectual, sino de
responder filosóficamente, ciertamente desde los pueblos empobrecidos, pero con
una perspectiva racional y universal, a los desafíos de la humanidad contemporánea”
(EP 19). El punto neurálgico de la filosofía radical sería su
pretensión de universalidad, es decir, de que “sus resultados sean accesibles
a cualquier persona, más allá de las fronteras de escuela, de las etnias y de
las culturas” (EP 21-22). Por eso “la filosofía tiene que situarse en un
plano accesible a todos los seres humanos, con independencia de los prejuicios
con los que pueda cargar cualquier tradición científica, religiosa, ideológica
o cultural. Para situarse en ese plano, la filosofía tiene que encontrar una
primera verdad que esté radicalmente justificada y en la que no se haya
introducido ningún supuesto ilegítimo” (EP 22). Resumiendo podemos decir que A. González busca una
filosofía primera que sea orientadora de los demás saberes y de la praxis
humana en el mundo. Esta filosofía primera es sobre todo una filosofía
radical, es decir, que se preocupa de no aceptar en su seno ninguna aseveración
y ninguna categoría no suficientemente justificada. Para ello, la filosofía
primera necesita de una verdad primera, accesible a cualquier persona
independiente de su tradición y cultura. Pasemos ahora a determinar cuáles han
de ser las exigencias hipotéticas que debe cumplir esta noción de verdad
primera. 2.2. Las exigencias hipotéticas que debe cumplir
la verdad primera Como veremos a continuación, en la argumentación de
A. González encontramos que la verdad primera debe de cumplir cuanto menos 3
exigencias mínimas, a saber: que no contenga ningún presupuesto injustificado;
que sea una verdad extralingüística; y que sea accesible a cualquier persona,
independiente de su tradición cultural. Veamos: a) La verdad primera no debe contener en sí
misma ningún presupuesto injustificado. Es algo que ya hemos venido hablando anteriormente y se
trata precisamente de la pretensión de radicalidad de la filosofía: no aceptar
ningún presupuesto injustificado. Sin embargo, ante esta exigencia se suelen
hacer cuatro objeciones: (1) que es imposible la liberación radical de todos
los presupuestos pues toda comprensión siempre está mediada por el lenguaje;
(2) que los presupuestos nos conectan con el pasado posibilitando su comprensión;
(3) que un saber libre de presupuestos cae en un a-historicismo; y (4) que el
deseo de evitar todo presupuesto es un presupuesto más. Ante estas objeciones, A. González defenderá la
posibilidad de un filosofar radical sobre cualquier otro tipo de filosofía
hermenéutica: “Es importante observar que estas
objeciones, de ser totalmente válidas, acabarían con una de las intenciones más
características del pensamiento filosófico durante siglos: la pretensión de
no aceptar ninguna tesis que no haya sido radicalmente justificada de un modo
accesible para cualquiera. Si la filosofía mostrara definitivamente que el
ideal de una carencia de presupuestos es un presupuesto más, la voluntad filosófica
de eliminar todo presupuesto habría acabado por destruir a la filosofía misma.
Ella no habría muerto al ser devorada por las ciencias, sino en virtud de su
propio impulso interno. De este modo, la filosofía estrictamente dicha sería
sustituida por una hermenéutica filosófica, ocupada en el estudio de la
constitutiva historicidad y lingüisticidad de toda comprensión. Ni que decir
que una filosofía así mutilada sería incapaz de proporcionar una orientación
a una humanidad dividida en múltiples tradiciones heterogéneas.” (EP 24) Lo
que le interesa a A. González es salvar la radicalidad del filosofar y salir
del vicioso círculo hermenéutico. Para ello, como la cita lo indica, A. González
pone en cuestión el carácter unidimensional y absoluto de la objeción hermenéutica.
El problema de fondo consiste en que es demasiado riesgoso convertir a la
filosofía en una hermenéutica de ideas, que fácilmente se sesgaría hacia un
relativismo ético, justificando cualquier tipo de actuaciones. Una cosa es
reconocer el carácter lingüístico e histórico de toda expresión cultural
–incluida la filosofía-, y otra es usar ambos en pro de un relativismo que
encubre situación de dominación e injusticia. De ahí que A. González continúe
interrogando a la hermenéutica en su dimensión moral: “¿O se trata más
bien de afirmaciones unilaterales, muy gratas a quienes están interesados en
subrayar la heterogeneidad de los pueblos y, por tanto, la conveniencia de su
aislamiento o, también, de una imposición mundial de la cultura occidental”
(EP 25).
Denotado
el peligro, A. González argumenta, siguiendo a Husserl, que el hecho que los
presupuestos hayan aparecido en el pasado no implica necesariamente que tengan
que seguir apareciendo en el futuro. Y es que, en definitiva, como bien lo
recoge de Gadamer, “el carácter ineludible y productivo de algunos
presupuestos”, no demuestra precisamente “el carácter ineludible y
productivo de todos los presupuestos” (EP 25-26). De tal manera que la filosofía
exige distinguir entre aquellos presupuestos legítimos frente a los demás
presupuestos que es preciso criticar. Esto último acarrea entonces el problema de saber cuál
ha de ser el o los criterios para discernir entre presupuestos justificados y
presupuestos injustificados. Y con ello pasamos a la segunda exigencia. b)
La verdad primera debe ser de carácter extra-lingüístico La hermenéutica filosófica, argumentando que toda
verdad es esencialmente lingüística, señala que todo criterio de
discernimiento entre presupuestos estará siempre lastrado con los supuestos con
los que carga todo lenguaje. Ante esta situación, A. González no tiene otra
que ampliar el concepto de verdad para evitar el relativismo hermenéutico: “Ahora
bien, pudiera ser que la tesis según la cual toda verdad tiene un carácter
constitutivamente lingüístico fuera un presupuesto más, carente de suficiente
justificación. Ciertamente, la tradición filosófica occidental ha pensado la
verdad al hilo del logos. Pero pensamos lo que sucedería si hubiera alguna
verdad que no fuera constitutivamente lingüística. En este caso, no sólo
tendríamos que criticar ese presupuesto, sino que, al hacerlo, estaríamos
destruyendo el prejuicio que fundamenta la idea de un interminable círculo
hermenéutico. Supongamos que la filosofía encuentra una primera verdad que no
tiene un carácter lingüístico y que, precisamente por ello, es accesible a
todos con independencia de los presupuestos de cada tradición. Con ello no habríamos
acabado de un golpe con todos los presupuestos, tal como soñó la ilustración,
pues la conceptuación filosófica de esa verdad primera será inexorablemente
una conceptuación lingüística. Pero, al menos, habríamos obtenido con esa
verdad un criterio no lingüístico con el que contrastar los supuestos
presentes en cualquier conceptuación.” (EP 29) De esta manera, un nuevo concepto de verdad (la verdad
primera) nos ofrecería el criterio último sobre el cual estaríamos revisando,
en cada situación histórica y desde cada tradición cultural, los presupuestos
justificados e injustificados. Ciertamente, en la descripción y definición de
esta verdad primera, la filosofía estaría abocada inexorablemente a hacerlo
lingüísticamente, de tal modo que lo más que puede pretender es un
“aproximación asintótica hacia esa verdad primera, que por su mismo carácter
extralingüístico nunca sería abarcada exhaustivamente en ningún lenguaje”
(EP 29). c) La verdad primera debe ser accesible a cualquier
persona, con independencia de su tradición cultural y lenguaje. Nuevamente, esta exigencia va en contra de la hermenéutica
y de las filosofía que recurren a las condiciones de posibilidad del lenguaje
(Apel), ya que estas condiciones de posibilidad varían según personas,
culturas y etapas históricas. Recordemos que lo que intenta A. González es una
filosofía a la altura de los tiempos, es decir de alcance global y desde los
pueblos del Tercer Mundo, como ya señalábamos arriba. Recapitulando podemos decir entonces que las tres
exigencias que debe cumplir, hipotéticamente, la “verdad primera” son: (1)
que la verdad primera no ha de contener ningún presupuesto injustificado; (2)
que la verdad primera debe ser constitutivamente extralingüística; y (3) que
la verdad primera ha de ser accesible a cualquier persona, independiente de su
tradición cultural. Finalmente, para A. González, “una verdad de este tipo,
aunque no nos garantice la carencia absoluta de presupuestos en nuestras
descripciones de la misma, nos ofrece la posibilidad de una “filosofía
primera”, siempre abierta y nunca definitiva, pero capaz de progresar
constantemente en la conceptuación más libre y radical de su punto de
partida” (EP 30). 2.3. La verdad primera: la verdad simple de
nuestros actos La discusión con el idealismo trascendental de Husserl
y con el realismo trascendental de Zubiri (EP 31-43), le lleva a A. González a
señalar hipotéticamente que en los actos se ha de encontrar esa verdad primera
que busca la filosofía. Sin embargo, se trata únicamente de una construcción
hipotética y no propiamente el hallazgo de un análisis de filosofía primera.
Por eso vamos a pasar directamente a este análisis y conceptuación de la
verdad primera. 2.3.1. El camino hacia la verdad primera: la epojé
praxeológica El punto de partida de A. González es “la distinción
entre los múltiples actos en los que las cosas se nos presentan y lo que sean
las cosas con independencia de los mismos” (EP 46). Sobre esto anota cinco
observaciones a tomar en cuenta: (1) que la ‘distinción’ no es ‘reflexión’
(vuelta de un sujeto sobre sí mismo; no se ha partido de ningún sujeto), sino
‘retracción’ desde lo que presuponemos que son las cosas hacia los actos
mismos, es decir, hacia el ámbito de la verdad primera de los actos; (2) la
‘distinción’ tampoco es ‘reducción’ pues no se trata de poner entre
paréntesis las cosas para re-direccionar la mirada hacia una subjetividad
trascendental, ya que no pretendemos negar la ‘alteridad radical’ ni la
ejecutividad y los dinamismos de nuestros actos, sino conservar ambos en un
mismo análisis; (3) tal ‘distinción’ no nos aboca hacia un solipsismo,
sino que se trata de una distinción que sugiere la validez para cualquiera, en
este sentido se trata de un análisis trascendental, pero como ‘análisis’
siempre mejorable por otros; (4) este punto de partida no es ningún tipo de
“fundamento último”, sino que tan sólo se refiere al hallazgo fáctico de
la verdad primera de nuestros actos; y (5) esta verdad primera no se refiere a
ningún ego sum, es decir, a la afirmación de la existencia de un sujeto, en
primer lugar porque no partimos de ningún sujeto y, en segundo lugar, porque no
nos interesa la afirmación sobre la existencia, sino únicamente el acto y lo
contenido por él. La distinción entre el acto y la cosa que se actualiza
es, pues, en A. González una verdadera epojé filosófica, no en el sentido de
reducción trascendental, sino en el sentido de análisis. Veamos: “Todo lo anterior explica en qué
consiste la verdadera epojé filosófica. En ella no se suspenden nuestros
juicios; toda nuestra praxis cotidiana sigue en ejercicio, y con ella también
todos nuestros juicios. Pero la filosofía primera considera estos juicios, no
en cuanto proposiciones dotadas de un contenido y de una estructura lógica,
sino en cuanto actos de juzgar. Al hacer esto, la filosofía no pretende
“reducir” en modo alguno nuestros actos, sino solamente someterlos al análisis.
En esto consiste la verdadera epojé: en una instalación en el ámbito radical
de nuestros actos. Con ello, la filosofía gana para sí un ámbito de verdades
primeras radicalmente justificadas sobre las que puede desplegar su tarea. Los
actos constituyen el tema primero de la filosofía, su punto de partida
radical.” (EP 50) 2.3.2. ¿Qué debemos entender por ‘acto’? A.
González señala que para definir lo que se ha de entender por ‘actos’
debemos de evitar todo tipo de explicación desde instancias más allá de los
mismos. Por así decirlo, se intentará excluir toda instancia más allá del
acto, todo presupuesto injustificado. De esta manera, el ‘acto’ quedará
acotado (delimitado) por todo aquello más allá del mismo. Los presupuestos que acotan el acto y que, por tanto,
debemos evitar son, cuanto menos, siete: (1) Presupuesto sustancialista: en los
actos no se nos da inmediatamente sustancias y potencias, y los actos en filosofía
primera no pueden ser explicados por instancias más allá de los mismos. (2)
Presupuesto subjetivista: en los actos tampoco se da inmediatamente un sujeto.
En todo caso, el sujeto sería la condición de posibilidad de los actos, en el
sentido que es un sujeto quien ‘ejecuta’ actos. Sin embargo, la filosofía
primera no está interesada en las condiciones de posibilidad, sino en lo dado
inmediatamente en los actos. Por eso en vez de hablar en filosofía primera de
persona o conciencia, tendríamos que hablar del carácter personal o consciente
de los actos. No se trata de negar que hayan personas más allá de nuestros
actos, solamente de distinguir entre lo dado y lo que trasciende el acto. (3)
Presupuesto intelectualista: en filosofía primera no hay un privilegio de los
actos intelectivos sobre los demás actos, sino que todos los actos, sean
intelectivos, afectivos o volitivos, se encuentran en el mismo ámbito de la
verdad primera. (4) Presupuesto empirista: de la misma manera que en el
anterior, la filosofía primera no está interesada en privilegiar los actos
sensitivos sobre los intelectivos. Todos poseen el mismo nivel y se encuentran
en el mismo ámbito de la verdad primera. La filosofía primera no está
interesada en explicar el origen de las ideas, sino en analizar los actos. En
este análisis podremos encontrar relaciones funcionales de actos, incluso una
mayor vivacidad de unos actos respecto otros, pero ello no es suficiente para
privilegiar unos actos sobre otros. Aquí es donde A. González da su primera
descripción de los actos: los actos son actualizaciones de cosas (Cf. EP 57).
(5) Presupuesto idealista: la filosofía primera evita la escisión idealista de
dos zonas de cosas. Para A. González el idealismo hace de la distinción analítica
(distinguir entre los actos en que se actualizan las cosas y las cosas mismas)
una distinción metafísica, constituyendo el mundo del sujeto y el mundo de las
cosas dos zonas de cosas totalmente separadas, entre las cuales media un
“abismo infranqueable”, citando a Husserl (EP 59). De ahí que el idealismo
es una construcción teórica y metafísica que no le interesa a la filosofía
primera, así como tampoco le interesa otros tipos de construcciones metafísicas
sobre el conocimiento o sobre la naturaleza, tales como el realismo y el
materialismo. No se trata de un menosprecio hacia tales teorías, sino una
distinción de planos. Mientras que la filosofía primera se ocupa de los actos
y lo que en ellos se actualiza tal como se actualiza, el realismo y materialismo
se ocupan de una teoría sobre la estructura de nuestro conocimiento y una teoría
sobre la estructura del mundo real. Como teorías van más allá de un análisis
de nuestros actos y, por lo tanto, más allá de una filosofía primera. (6)
Presupuesto activista: la filosofía primera tampoco está interesada en
explicaciones sobre el origen de nuestros actos. En este sentido no es ni
pasivista ni activista. A lo sumo, la filosofía primera puede constatar en su
análisis que hay actos donde se da un mayor protagonismo personal o un mayor
protagonismo de las cosas, pero no obliga unilateralmente a un tipo de
protagonismo. (7) Presupuesto pragmatista: también hay que evitar la supuesta
primacía de la práctica sobre la teoría, la cual es una teoría más, en
primer lugar, y no también es cierto que todo acto intelectivo es, de hecho, un
acto. Llegados a este punto, podemos ya acercarnos más a una
conceptuación de los actos: “En
definitiva, las actos liberados de todos los presupuestos que usualmente se
proyectan sobre ellos, consisten en actualizaciones de algo que se presenta como
radicalmente otro. (...) Lo que les confiere a las percepciones, intelecciones,
afecciones, imaginaciones o voliciones su carácter de actos es que en todas
ellas se actualizan las cosas en alteridad radical. (...) En estas
actualizaciones, las cosas se presentan como radicalmente independientes de su
actualización, remitiéndonos a la cosa misma e invitándonos al olvido de
nuestros actos. Los actos no constituyen una ‘prisión celular’, como sucedía
con el sujeto moderno, sino que ellos están constitutivamente abiertos a las
cosas. Los actos así entendidos constituyen la verdad primera de la filosofía.”
(EP 65) 2.3.3. El sentido en que todo acto es una verdad
primera Hasta ahora hemos expuesto la argumentación de A. González
sobre la epojé praxeológica (que consiste en distinguir entre los actos en
donde las cosas se presentan y las mismas cosas con independencia de los actos)
como vía para llegar a los actos, y sobre la conceptualización de los actos
(los actos, ya sin presupuestos, consisten en ser actualizaciones de cosas). Por
último también hemos dicho que los actos así entendidos constituyen esa
verdad primera que busca la filosofía. Estamos pues en el lugar de ver en qué
sentido A. González ha podido aseverar esto; es decir, en qué sentido A. González
encuentra que los actos cumplen las exigencias de esa verdad primera que buscábamos
para la filosofía. Como decíamos arriba, la verdad primera para A. González
tiene que tener un carácter extra-lingüístico para salir del relativismo del
círculo hermenéutico. En este sentido, la verdad primera de los actos no es la
evidencia de un razonamiento concluyente (conclusión desde unas premisas), ni
la evidencia con que los actos se imponen a nuestra inteligencia, y tampoco la
evidencia entendida como el cumplimiento entre un contenido de conciencia y una
cosa inteligida (Husserl). En todos estos casos el problema que se presenta es
que se trata de verdades duales entre la inteligencia y la cosa. No es que ello
no ocurra, lo que pasa es que no es lo propio del ámbito de la verdad primera.
A. González extiende este concepto de verdad dual incluso a los intentos de
Heidegger y de Zubiri: “También
la concepción heideggeriana de la verdad como ‘desvelación’ presupone una
dualidad entre lo que se desvela y el existente para el que algo se desvela. Y
la existencia, como hemos dicho, no es tema de filosofía primera. Incluso
cuando Zubiri habla de la ‘verdad real’ como ratificación de la cosa en el
acto de intelección, tenemos también la dualidad entre la cosa actualizada y
el acto de actualización. Ciertamente es una dualidad que se da en nuestros
actos, y consiste precisamente en la alteridad a la que nos hemos referido con
anterioridad. Sin embargo, aquí no nos estamos refiriendo a la verdad que tiene
la cosa actualizada en el acto de actualización, sino a la verdad simple de ese
acto.” (EP 67) De tal modo que para A. González los actos tienen un
tipo de verdad no dual, sino simple. El concepto de ‘verdad real’ de Zubiri
es posible precisamente por el hecho de que las cosas se actualizan en nuestros
actos. Ya lo había dicho antes al hablar en torno del ‘realismo
trascendental’ de Zubiri: cuando hablamos que las cosas se actualizan “en”
los actos, estamos diciendo que hay una anterioridad de estos actos donde las
cosas se actualizan respecto de las cosas que se actualizan (cf. EP 41). Quizás
esta apreciación no quede claro todavía, pero se entenderá mejor cuando
analicemos los distintos tipos de verdad en el próximo apartado. Lo que aquí
nos interesa dejar claro es que la verdad de los actos es una verdad simple,
elemental, fáctica. Ahora bien, es precisamente esta verdad primera, todo lo
elemental que se quiera, desde donde se puede pensar en cualquier otro tipo de
verdad, sea como evidencia, adecuación, desvelación o actualización. 2.3.4. La justificación radical del acto como verdad
primera Para Husserl la justificación de una filosofía
primera vendría en la apodicticidad de sus hallazgos, de su verdad. La
apodicticidad hace referencia a lo necesario y universal. Ante esto, señala A.
González que la verdad primera de los actos no es de carácter apodíctico sino
fáctico. Los actos se dan de hecho, en su misma ejecutividad. El problema de la
apodicticidad es que considera el devenir como algo malo, inseguro, negativo y
contingente. Por eso, la fundamentación radical de la verdad primera no está
en la apodicticidad, sino en su carácter de absoluto: “los actos son
‘ab-solutos’ en el sentido de que ellos están ‘sueltos-de’ cualquier
justificación a partir de sus presupuestos” (EP 72). De tal manera que la
justificación radical de la verdad primera hace referencia al carácter
primordial, absoluto e ineludible de los actos. Además la universalidad de esta
verdad primera no es la universalidad del concepto, sino una universalidad como
trascendentalidad: “el término ‘trascendental’ designa aquí el carácter
de una verdad que, sin ser apodíctica, es ‘absoluta’, porque está
‘suelta-de’ toda fundamentación en otra verdad ulterior” (EP 73). De tal
manera que es una justificación fáctica, y no racional. 2.3.5. Metodología de análisis de los actos Ante el torrente caótico de actualizaciones, sin orden
y coherencia, A. González se pregunta por la capacidad de la filosofía de
acercarse a los actos y orientar la praxis humana. Su método será el analítico,
en primer lugar, salvaguardando la pluralidad de actos sin necesidad de acudir a
ninguna entidad metafísica que los saque del devenir; en segundo lugar, señalando
que no hace falta una dilatación o trascendencia del acto, sino tan sólo
su actualización en otro acto, yendo más allá de la ampliación de la
inmanencia que proponía Husserl. De esta manera, la filosofía analítica tiene
consigo dos tipos de actos: (1) el primordial, el acto de rememoración; y (2)
el actual, que es aquél que traigo de un atrás, de un antes. Para A. González
el segundo acto ha perdido ya su carácter de verdad primera, más no el
primero, y con ello se mantiene la filosofía en una tarea siempre constante de
revisión de los presupuestos y de precisión de los análisis (cf. EP 75). La
verdad primera, de esta manera, lo único que permite es un proceso asintótico
de aproximación, y nunca una plena posesión de la verdad. Este hecho llevará
a A. González a reclamar que “el filósofo es amante de la sabiduría, pero
no poseedor de ella”; y más que una posesión de la verdad, hemos entonces de
contentarnos con una persecución humilde y constante de la verdad. 2.4. Los sistemas funcionales de actos y sus
diversos tipos de verdad Hasta aquí hemos visto lo que A. González ha
entendido por verdad primera, su necesidad, sus exigencias hipotéticas, el
hallazgo de los actos y su justificación radical. Por último, vimos también
la metodología analítica que caracteriza su filosofía. En lo que sigue del
libro, es decir los capítulos 3, 4 y 5, A. González analizará las distintas
funcionalidades de actos, a saber, lo que él denomina acciones, actuaciones y
actividad. En cada caso se dará una breve descripción de lo que se ha de
entender por acciones, actuaciones o actividad, e inmediatamente después se
procederá a exponer lo dicho sobre la verdad en cada sistema. 2.4.1.
El carácter verdadero de las acciones: la verdad simple y la verdad actual Las acciones son estructuras elementales o sistemas
funcionales de actos sensitivos, afectivos y volitivos.
Son sobre todo las estructuraciones funcionales de estos tres tipos de actos
elementales que, por una parte, carecen de sentido, pero, por otra parte, no son
simples actos estimúlicos, sino que son acciones estrictamente libres. Para A. González en las acciones se dan dos tipos de
verdades. Por una parte, “la acción, en cuanto sistema de actos, se encuentra
situada en el mismo nivel de la verdad primera de nuestros actos” (EP 102).
Sin embargo, por otra parte, en tanto que también se presentan en los actos que
integran las acciones las cosas actualizadas como sistemas de propiedades, surge
un nuevo tipo de verdad, que sería la verdad actual. A. González dirá: “En
este nivel tenemos otro tipo de verdad, que no es la verdad simple, pero tampoco
la verdad del análisis. Es la verdad de lo actualizado, que Zubiri denomina
‘verdad real’. Para evitar la anfibología del término ‘realidad’,
preferimos hablar de ‘verdad actual’.” (EP 103) Como se ha dicho, se trata de la ‘verdad real’ que
maneja Zubiri, es decir, de la verdad de las cosas actualizadas en nuestros
actos por el mero hecho de estar precisamente actualizadas. A. González subraya
además que “la cosa presente en nuestros actos, en cuanto actualizada en
ellos, posee una verdad casi tan elemental como[1] la verdad
simple: es la verdad actual de la cosa en nuestra acción” (EP 103). Aquí
podemos notar que hay un sutil giro filosófico, de donde merecería la pena
hacerse la pregunta: ¿Qué diferencia hay entre la verdad simple y la verdad
actual? Dejemos esta pregunta para la valoración final y sigamos con el tema de
la verdad en Estructuras de la praxis. 2.4.2.
El carácter verdadero de las actuaciones: la verdad como adecuación Las
actuaciones son sistemas funcionales de acciones con sentido, es decir, acciones
fijadas. En este sentido, se trata de una estructura de actos sensitivos,
afectivos y volitivos que, junto con los actos intelectivos que dan el
“sentido”, constituyen verdaderas percepciones, emociones y deseos. Desde
ellas podemos decir, por ejemplo, que tomamos café, que leemos el diario, etc.
Sin embargo, se trata de acciones intencionales que no suponen necesariamente
los actos conscientes, como señalaba la fenomenología; de tal manera que
podemos entender nuestras acciones sin que ello signifique precisamente que
tengamos conciencia de las mismas. En las actuaciones también se dan los dos tipos
previos de verdad, tanto la verdad simple de los actos que la integran como la
verdad actual de las cosas en tanto que actualizadas en tales actos. Sin
embargo, las actuaciones tienen un nuevo tipo de verdad, es la verdad como
adecuación: “Ahora
bien, la actuación también tiene su propio modo de verdad. En las actuaciones,
como hemos dicho, entendemos el sentido de las cosas actualizadas en nuestros
actos. Para ello, recurrimos a los esquemas intencionales que orientan nuestras
actuaciones respecto a esas cosas. Pues bien, con ello aparece un tipo de verdad
que consiste en la mayor o menor adecuación de esos esquemas intencionales a
las cosas que hemos de entender. No se trata de una adecuación de los esquemas
intencionales a lo que son las cosas reales con independencia de nuestros actos,
sino de una adecuación con las ‘cosas’ en cuanto sistemas de propiedades
actualizadas en nuestras acciones.” (EP 138). En este nivel de la praxis y, por tanto, en este tipo
de verdad, dirá A. González, ya cabe la posibilidad de error. Antes, en la
verdad simple de los actos o en la verdad actual de las cosas actualizadas en
los mismos, por su mismo carácter de facticidad primordial, de elementaridad,
no había aún posibilidad de error. En cambio en la verdad de la actuación está
la posibilidad de adecuación o inadecuación. El criterio que distinguiría una
de otra serían las cosas mismas; es decir que las cosas exigirían la adecuación
o inadecuación de nuestros esquemas intencionales respecto a ellas. Es la
evidencia de la que hablaba Husserl, es decir, la exigencia con que un sistema
de propiedad reclama un determinado esquema intencional (cf. EP 139). Por su
puesto, toda ‘evidencia’ en este sentido siempre es susceptible de mejora y
nunca garantiza verdades apodícticas. Sobre todo hay que notar que la adecuación
o inadecuación de nuestros esquemas intencionales va a determinar la adecuación
o inadecuación de nuestras actuaciones. Por esto se puede hablar de que, a
partir de elenco de esquemas intencionales que disponemos para orientar nuestras
actuaciones, podemos acertar o errar en la selección de los esquemas más
adecuados. Además, puesto que estos esquemas intencionales están socialmente
determinados, las actuaciones que resultan adecuadas en un determinado grupo
social pueda que no lo sean en todos. 2.4.3.
El carácter verdadero de la actividad: la verdad racional y la verdad como
realización Por último,
la actividad consiste en sistemas de acciones y actuaciones especificadas por la
presencia de actos intelectivos racionales que permiten seleccionar
posibilidades. Ante la insatisfacción de ciertos esquemas intencionales,
precisamente ante su inadecuación y su error, surge un tipo de actos que nos
permiten seleccionar entre posibilidades: los actos racionales. La actividad
consiste entonces en la apropiación de una determinada posibilidad de actuación
y, por ello, es constitutivamente racional y crítica. Como se ha venido
entreviendo, en la base de las actuaciones están los actos intelectivos, los
actos racionales, los cuales consisten: (1) en una búsqueda de lo que las cosas
son con independencia de nuestros actos; (2) en la apropiación de una
posibilidad entre varias (de aquí que sea un momento de la praxis y no una razón
formal o ideal ajena a la misma); y (3) en que se pueden revestir de carácter
eminentemente lingüístico. El lenguaje juega un papel importante, tanto en los
esquemas intencionales como en la indicación de lo que las cosas pueden ser
independiente de nuestros actos. Los actos racionales van a la realidad para
“decirnos” que son en realidad las cosas en nuestros actos. Parte de lo
actualizado en nuestros actos, se pregunta su fundamento y explica lo que hay
actualizado en nuetros actos. Aquí que la razón sea constitutivamente crítica
“debido a la insatisfacción con todo lo actualizado en nuestros actos y con
las diversas formas en que lo actualizado ha sido inteligido en el pasado” (EP
152). Además, A.
González señala que la actividad tiene un carácter constitutivamente
creativo, porque: (a) tiene una dimensión de futuro, a diferencia de las
actuaciones que cargan con el peso del pasado, la actividad postula lo que las
cosas puedan ser con independencia de nuestros actos; (b) tiene un carácter
innovador, a partir de la creación de esquemas intencionales nuevos para
postular cuál pudiera ser el fundamento real de las cosas; (c) tiene un carácter
experencial, que nos permite partir de nuestras actuaciones pasadas y crear o
asumir nuevos esquemas intencionales aplicados a actuaciones futuras; (d) tiene
un carácter transformador, que nos invita no solamente a pensar lo que las
cosas puedan ser más allá de nuestros actos (su fundamento), sino (a partir de
ese fundamento) pensar también lo que nuestra actividad puede hacer con ellas,
de ahí que nos señale las posibilidades de nuestra actividad y las
posibilidades de las cosas mismas; y (e) tiene un carácter inquieto, ante la
imposibilidad de evitar la actividad. En la
actividad también aparecen los otros tipos de verdad antes descritos: la verdad
simple de nuestros actos, la verdad actual de las cosas actualizadas en los
actos que integran la acción, y la verdad como adecuación en nuestras
actuaciones. Sin embargo, en la actividad aparece un nuevo tipo de verdad: la
verdad racional. ¿En qué consiste este tipo de verdad? En primer lugar hay que
recordar lo que ya se dijo antes respecto a los actos racionales. Lo propio de
los actos racionales es indagar lo que las cosas pudieran ser con independencia
de nuestros actos. En este sentido, la verdad racional tiene un carácter de
desvelación, siguiendo a Ortega y a Heidegger: “los actos racionales
pretender trascender el ‘velo’ de nuestros actos para determinar lo que las
cosas son en realidad” (EP 167). En otro sentido, la verdad racional también
tiene un carácter de cumplimiento, tal como señala Zubiri: “los postulados
esbozados se cumplen en la realidad más allá de nuestros actos” (EP 167). Sin
embargo, A. González introduce un nuevo tipo de verdad, la verdad de la
actividad como realización: “No obstante, tanto la desvelación como el
cumplimiento caracterizan la verdad de los actos racionales, pero no la verdad
de la actividad en su conjunto. Cuando hemos tratado de la actuación, hemos
indicado que su verdad no consiste solamente en una adecuación de nuestros
esquemas intencionales a las cosas, sino también en una adecuación a ellas de
la actuación en su conjunto. Esto ha de decirse también de la actividad. Pero,
en este caso, tanto la ‘desvelación’ como el ‘cumplimiento’ son términos
insuficientes, pues se refieren a la relación entre nuestros actos racionales y
las cosas, y no a la verdad integral de la actividad en su conjunto. La
actividad ni se desvela ni se cumple. Lo que sucede más bien es que la
actividad, al desvelar el cumplimiento de lo postulado, va mostrando su
realidad. En este sentido podemos decir que la actividad es ‘realizadora’ de
nuestros postulados.” (EP 167) Para A.
González, la verdad como realización hace referencia al ‘hacer real’, es
decir, al concederle realidad a lo esbozado en nuestros postulados. Este modo de
verdad como realización incluye los otros dos modos de la verdad racional:
“la realización incluye la desvelación y el cumplimiento, porque realizar
nuestros postulados no es otra cosa que desvelar su cumplimiento” (EP 168), y
está estrechamente unida a la dimensión transformadora de la actividad. En
fin, la verdad como realización es la verdad propia de la actividad humana como
tal, y no sólo la verdad de unos actos intelectuales o racionales. Para decirlo
en pocas palabras, una actividad verdadera es una actividad realizable. Sin
embargo, así como una actividad puede ser realizable, también puede no serlo.
En este sentido, en la actividad también cabe la posibilidad de error, es
decir, que existe la posibilidad de que una actividad sea realizable o
irrealizable. ¿Cuál es entonces el criterio de lo realizable o irrealizable de
la actividad? Respuesta: las cosas reales mismas. Veamos: “Puede suceder que las cosas reales muestren el
error de actuar según lo postulado. La verdad como realización está siempre
enfrentada a la posibilidad del error. Muchas veces nuestros postulados son
irrealizables, pues la realidad no los acepta. El error de la actividad consiste
en una imposibilidad de realizar sus postulados. Por eso, sostener que la verdad
de la actividad consiste en una realización no entraña ninguna reducción
pragmatista de la verdad. La idea de realización no implica en modo alguno que
cualquier postulado sea realizable. De hecho, solamente son realizables aquellos
postulados que se cumplen en la realidad. Por eso, la actividad nunca puede
renunciar al esfuerzo racional por averiguar lo que sean las cosas con
independencia de nuestros actos.” (EP 168) Esto es
importante, porque A. González está devolviendo el criterio de acierto o error
no a la praxis, sino a las cosas reales con independencia de esta praxis. Como
veremos, esta aseveración lo acerca nuevamente a Zubiri. A. González
no deja de lado dos limitaciones que presenta la verdad racional: su
historicidad y su incapacidad de pretender totalidad. La historicidad de la
actividad influye en la verdad en el sentido que toda ‘realización’ de
postulados, por una parte, se mueve sobre todo entre posibilidades abiertas que
le vienen del pasado, y, por otra parte, deja para el futuro un determinado tipo
de posibilidades de postulación. En este sentido, también se puede decir que
toda realización de postulados está limitado por el carácter social de esta
apropiación de posibilidades. Además, la verdad de la actividad nunca puede
pretender la totalidad. En virtud de la “alteridad radical” con que las
cosas aparecen en nuestros actos, nunca podemos pretender que nuestros
postulados sobre ellas alcancen completamente lo real, “el todo de lo real”:
“En cualquier búsqueda racional, las cosas alcanzadas, por muy verdaderas que
sean, siempre se actualizarán en nuestros actos como radicalmente ‘otras’.
Por eso siempre habrá un ‘más’ de la realidad respecto a nuestros actos
racionales” (EP 169-170). En otras palabras, y esto contra Hegel, la
“alteridad radical” no permite una identificación entre nuestros postulados
con la totalidad de las cosas y, por lo tanto, no es posible que la “vea sea
el todo”. En cambio, la verdad como realización de postulados, en virtud que
se mueve en esa alteridad radical, es siempre una verdad abierta (cf. EP 170). Resumiendo podemos decir que todo acto racional
consiste en la apropiación de una determinada posibilidad de actuación. Para
ello, para que se dé la apropiación, es menester que los actos racionales
indaguen lo que sean las cosas más allá de nuestros actos. En este nivel de la
praxis, además que se dan los anteriores tipos de verdad (la verdad simple de
los actos, la verdad actual de los sistemas de propiedad –cosas- que
encontramos en las acciones, y la verdad como adecuación entre nuestros
esquemas intencionales y esos sistemas de propiedad), encontramos un nuevo tipo
de verdad: la verdad de los actos racionales. Esta verdad tiene un doble carácter:
por una parte, consiste en un ‘desvelamiento’, es decir, en trascender el
velo de nuestros actos para determinar lo que las cosas son en realidad; y, por
otra parte, consiste también en un ‘cumplimiento’, es decir, en cómo los
postulados esbozados se cumplen en la realidad más allá de nuestros actos.
Además, A. González encuentra que la actividad en su conjunto, la praxis,
tiene un peculiar tipo de verdad: la verdad como realización. Ésta no es
patrimonio únicamente de los actos racionales, sino que es propia de la
actividad como sistema de actos. En este sentido, la verdad de la actividad se
medirá en el grado de realización que tenga, y el criterio de tal medida, de
lo realizable o irrealizable, serán precisamente las cosas reales, con
independencia de nuestra praxis. 3. Valoración del problema de la verdad en la
praxeología Como decíamos al inicio, ciertamente A. González no
pretende con su libro Estructuras de la praxis una teoría de la verdad. En todo
caso, lo que allí hallamos es la pretensión de una filosofía primera, que en
su seno se fundamenta en la noción de una verdad primera, radicalmente
justificada y accesible a cualquiera con independencia de sus esquemas
intencionales. Sin embargo, precisamente en esta pretensión de A. González,
nos hemos encontrado en Estructuras de la praxis con lo que podríamos denominar
un “análisis praxeológico” de los diversos tipos de verdad. Un análisis
cuyo esquema intencional de referencia empleado es precisamente las varias
centurias de reflexión filosófica y científica. Pero, ¿hasta dónde llega
este análisis praxeológico de la verdad? Para responder a esta pregunta vamos a ayudarnos del
concepto de teoría de la verdad que nos ofrece J. A. Nicolás y M. J. Frápolli,
cuando dicen: “Cuando la reflexión sobre el hecho problemático de la verdad
se sistematiza, se constituye una Teoría de la verdad. Los elementos que
componen tal teoría sistemática son muy diversos: concepto de verdad,
criterios de verdad, tipos de verdad, lugar de la teoría de la verdad en el
conjunto de la filosofía del conocimiento, clasificación de las teorías de la
verdad, fuentes del conocimiento verdadero, niveles de la verdad, etc.”[2] Sobre la
base de este marco referencial, podemos someter el análisis praxeológico de la
verdad para medir su alcance. Veamos: Posibilidad y realidad de la verdad 1. Antes de hablar de posibilidad, se ha
hablado de la ‘necesidad’ de una verdad que esté a la base de un
saber (filosofía primera) que sirva para orientar la praxis humana en un
mundo contemporáneo desorientado. 2.
Hipotéticamente ha dicho AG que se necesita una verdad primera: que no
acepte ningún presupuesto injustificado, que sea de carácter extra-lingüístico,
y que sea accesible a cualquiera con independencia de su tradición
cultural. 3. El acceso a esta verdad primera es la
distinción entre las cosas actualizadas en los actos y los actos mismos.
Una distinción analítica que podemos denominar como la epojé praxeológica. 1. EP 11-19. 2. EP 19-31. 3. EP 45-50. Definición de la verdad 1. La verdad primera son los actos, en su
facticidad y elementaridad. Los actos consisten en ser actualizaciones de
cosas, las cuales se presentan en alteridad radical, no precisamente
‘realidad’. Se trata además de una verdad simple, no dual. 2. Se trata de una verdad primera sin ningún
presupuesto injustificado. En este sentido, de una verdad definida o
delimitada por todo aquello que la trasciende. 1. EP 65-68. 2. EP 50-65. Fundamentación de la verdad 1. Precisamente porque es una verdad simple no
dual, la verdad primera de los actos fundamenta cualquier otro tipo de
verdad: sea actual, sea como adecuación, sea racional, sea como realización. 2. Sin embargo, en filosofía primera no
podemos saber qué es lo que fundamenta la verdad primera. La verdad
primera no es apodíctica, sino ab-soluta, suelta de toda otra instancia
presupuesta que la fundamente. Su justificación, en todo caso, es su carácter
fáctico. 1. EP 67-68. 2. EP 68-73. Dimensiones de la verdad A. González no distingue explícitamente las
dimensiones de los distintos tipos de verdad. Sin embargo, no sería
inaproximado enumerar, por lo menos, las siguientes: la dimensión de la
cara que da a las cosas (la apertura en que nos deja la alteridad
radical), la dimensión referencial de esquemas intencionales construidos
(lenguaje, tradición, etc.), la dimensión histórica y social de la
verdad, la dimensional crítica y creativa de la vedad racional. Tipos de verdad 1. La verdad primera y elemental de nuestros
actos. 2. La verdad actual de los sistemas de
propiedades con que las cosas se encuentran en nuestras acciones. 3. La verdad como adecuación entre nuestros
esquemas intencionales y los sistemas de propiedades con que las cosas se
actualizan en nuestros actos. 4. La verdad racional, que es desvelación y
cumplimiento. Es decir, trascender el velo de nuestros actos para
determinar lo que las cosas son con independencia de los mismos; y la
probabilidad de que nuestros postulados esbozados se cumplan en la
realidad, también más allá de nuestros actos. 5. La verdad como realización. Es la verdad de
la actividad en su conjunto, en el sentido que los esbozos sobre los que
montamos nuestras opciones son realizables o irrealizables. 1. EP 50-80. 2. EP 102-103. 3. EP 138-140. 4. EP 166-168. 5. EP 167-170. Criterios de verdad 1. En los dos primeros tipos de verdad no hay
posibilidad de error, por lo tanto, no hay criterio de verdad. El criterio
en todo caso está dado por el carácter fáctico (de hecho) de los actos
y de las cosas actualizadas en ellos. 2. En los demás tipos de verdad si hay
posibilidad de error. En el caso de la verdad como adecuación el criterio
es lo dado en los actos, a saber los sistemas de propiedades con que las
cosas están en los actos. En el caso de la verdad racional y de la verdad
como realización, el criterio que distingue cumplimiento o
incumplimiento, realizable o irrealizable, es justamente las cosas reales
con independencia de nuestros actos. 1. EP 139. 2. EP 138-139 y 168-169. Como hemos visto, el análisis praxeológico de A. González
sobre la verdad puede dar mucho de sí, sobre todo porque abarca un completo
panorama que permite mantener la multi-dimensionalidad de la verdad, sin dejar
de especificar lo particular de cada dimensión. Además, este análisis también
puede dar mucho de sí en el esfuerzo de radicalidad que pretende la praxeología.
El hallazgo de una verdad radical y común, más allá de las tradiciones
culturales, permitiría poner en el mismo plano a personas de distintas
culturas, razas y credos. Con esto evitaríamos el relativismo moral y podríamos
pensar una filosofía a la altura de los tiempos, por una parte, pero, por otra
parte, con el cuidado de no impedirle el acceso a aquellos quienes han estado
históricamente excluidos de toda valoración ética. La praxeología ha
logrado, en este sentido, poner en primer plano la obviedad de nuestros actos,
todo lo contingentes que se quiera, para que desde su análisis podamos
atrevernos a la creación de nuevos esbozos de realización, en medio de un
sistema principalmente excluyente. Estas potencialidades del análisis praxeológico, sin
embargo, no nos impiden que levantemos una interrogante medular sobre la verdad
primera que pretende la praxeología. ¿En dónde radica la diferencia entre la
verdad primera y la verdad actual? Desde A. González tendríamos que responder
que mientras la verdad primera es el acto, sin más, la verdad actual es la
verdad de la cosa en cuanto actualizada precisamente en el acto. La primera sería
una verdad simple (el acto), mientras la segunda sería una verdad dual (el acto
y la cosa actualizada). Sin embargo, esto no es tan claro como parece pues el
mismo A. González cuando define la esencia del acto señala que éste consiste
en ser actualizaciones de cosas[3]...
entonces, ¿dónde está la tal anterioridad del acto respecto de la cosa
actualizada? Si entiendo bien, al decir que todo acto consiste en
ser actualización de cosas, estamos diciendo que no podemos pensar que hay
actos sin cosas, aunque sean números o personajes ficticios. Ante esto, únicamente
dos observaciones. Primero, una salida puede ser que la verdad primera de los
actos tenga cabida únicamente en una epojé praxeológica, en un análisis en
donde se distinga los actos de lo actualizado en ellos. En ese sentido, lo único
que podríamos decir sobre las cosas actualizadas es que se presentan en
“alteridad radical”, que nos invitan salirnos de los mismos actos, pero nada
más. Esta postura salvaría sin duda la distinción entre verdad primera y
verdad actual, pero no contestaría nuestra pregunta acerca de la diferencia
entre ambas. Y es que el mismo A. González lo da a entender cuando decía:
“la cosa presente en nuestros actos, en cuanto actualizada en ellos, posee una
verdad casi tan elemental como la verdad simple: es la verdad actual de la cosa
en nuestra acción” (EP 103). Fijémonos en el “casi tan elemental como” y
pensemos los actos sin las cosas. Pueda ser que yo no haya entendido bien, pero
en todo caso dejo abierta la pregunta. Segundo, aunque debemos aclararnos aún más respecto a
esa diferencia entre verdad primera y verdad actual, no puedo pasar
desapercibido que precisamente la categoría de ‘acto’ permite adecuada y
radicalmente mantener la congenereidad entre “inteligencia y realidad”, por
utilizar la jerga zubiriana. En este sentido, el esfuerzo de A. González ha
consistido, en buena parte, en precisar rigurosamente la intuición zubiriana de
tal mismidad, de la congenereidad. Y en esta precisión, también cabe
perfectamente la exclusión del término realidad para designar la alteridad
radical con que las cosas (sean números, personajes ficticios o cosas físicas)
se presentan en los actos. De nuevo, no aprecio en el esfuerzo de A. González
una negación de Zubiri, sino, en todo caso, una mejor conceptualización de esa
mismidad entre inteligencia y realidad utilizando la terminología zubiriana. Si
esto es así, podría decir, sin hacer mucha injusticia a ambos filósofos, que
el acto praxeológico hace referencia precisamente a esa mismidad de la hablaba
Zubiri[4]. cuanto
menos a la experiencia de esa mismidad, otra cosa sería una conceptualización
sesgada hacia las cosas o hacia la inteligencia. En este caso, A. González
estaría en seguimiento de Zubiri, pero también más allá del mismo. [1] Las
cursivas son nuestras. [2] Nicolás,
J. A. y Frápolli, M. J. (ed), Teorías de la verdad en el siglo XX, Tecnos,
Madrid 1997. P. 12. [3] Cf. A. González,
Estructuras de la praxis. Ensayo de una filosofía primera, Trotta, Madrid 1997,
p. 65; sobre la esencia de los actos puede verse “El principio de todos los
principios: acto en Husserl y en Zubiri”, Miscelánea Comillas 59 (2001) p.
683 y ss. [4] Me atrevería
a utilizar la siguiente ecuación: “acto praxeológico” = “mismidad
zubiriana”. Publicación enviada por Mario López Contactar mailto:http://www.uca.edu.sv/facultad/chn/c1170/mlopez3.html Código ISPN de la Publicación EpZkklAppZdVeRrNvf Publicado Wednesday 24 de December de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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