Monografias | Manuel Gonzales PradaManuel Gonzales PradaResumen: Manuel González Prada (1844-1918) fue un hombre de grandes rechazos. Nacido en la aristocracia limeña, se apartó de ella para acercarse al obrero. Fue socio del Ateneo de Lima (el Club Literario de Ricardo Palma), pero poco a poco fue desilusionándose con la tradición literaria que predominaba allí. Participó en la fundación del Círculo literario, vehículo para proponer una literatura basada en la ciencia y orientada así hacia el futuro. Manuel González Prada
(1844-1918) fue un hombre de grandes rechazos. Nacido en la aristocracia limeña,
se apartó de ella para acercarse al obrero. Fue socio del Ateneo de Lima (el
Club Literario de Ricardo Palma), pero poco a poco fue desilusionándose con la
tradición literaria que predominaba allí. Participó en la fundación del Círculo
literario, vehículo para proponer una literatura basada en la ciencia y
orientada así hacia el futuro. Se alejó del partido Civilista para fundar con
sus amigos del Círculo un partido radical, la Unión Nacional. Este partido lo
nombró candidato presidencial, pero él negó su propio caudillaje, huyendo a
Europa. En sus ensayos, divulgó las ideas positivistas de Auguste Comte. Sin
embargo, terminó convirtiéndose en partidario del anarquismo, el elemento
social más criticado por el filósofo francés.1 Después de su estadía en Europa (1891-1898),
vuelve al Perú. No más daría discursos sobre la literatura, ahora se acerca
al proletario. Negado sus vínculos con la prensa del Establishment,
publica sus ensayos en la prensa efímera. Al final de su vida tomó por primera vez un
trabajo en el gobierno. Como director de la Biblioteca Nacional del Peru, en la
Avenida Abancay, reorganizó y elevó las materias. Murió de un infarto cardíaco
el 22 de julio de 1918. Casi todos los artículos
reunidos en este libro fueron publicados en Los Parias, periódico que apareció
en Lima durante los años 1904 a 1909. Con posterioridad, González Prada
escribió "El deber anárquico", "Utilidad de los rebeldes",
"La acción individual", "La policía" y "El
individuo", inéditos hasta la fecha e incluidos en este volumen. Hasta
donde lo ha permitido la factura artística, hemos agrupado los artículos en el
orden de su aparición. Orden cronológico poco severo, como lo observará el
lector, pues el libro se abre con "La Anarquía", publicado en 1907, y
se cierra con "La Fuerza", que vio la luz pública en 1901. Alfredo González Prada Preparado para la WWW por Brenda Crysler La anarquía Fiesta universal El Estado Cosechando el fruto El Primero de Mayo (1906) Las huelgas Primero de Mayo (1907) La revolución Jose Nakens En España El crimen en Chicago Luisa Michel El individuo
Si a una persona seria le interrogamos qué entiende por Anarquía, nos dirá, como absolviendo la pregunta de un catecismo: "Anarquía es la dislocación social, el estado de guerra permanente, el regreso del hombre a la barbarie primitiva". Llamará también al anarquista un enemigo jurado de vida y propiedad ajenas, un energúmeno acometido de fobia universal y destructiva, una especie de felino extraviado en el corazón de las ciudades. Para muchas gentes, el anarquista resume sus ideales en hacer el mal por el gusto de hacerle. No solamente las personas serias y poco instruidas tienen ese modo infantil de ver las cosas: hombres ilustrados, que en otras materias discurren con lucidez y mesura, desbarran lastimosamente al hablar de anarquismo y anarquistas. Siguen a los santos padres cuando trataban de herejías y herejes. Lombroso y Le Bon recuerdan a Tertuliano y San jerónimo. El autor de El hombre criminal ¿no llegó hasta insinuar que los anarquistas fueran entregados a las muchedumbres, quiere decir, sometidos a la ley de Lynch? Hay, pues, sus Torquemadas laicos, tan feroces y terribles como los sacerdotes. Quienes juzgan la Anarquía por el revólver de Bresci, el puñal de Caserio y las bombas de Ravachol no se distinguen de los librepensadores vulgares que valorizan el Cristianismo por las hogueras de la Inquisición y los mosquetazos de la Saint-Barthélemy. Para medir el alcance de los denuestos prodigados a enemigos por enemigos, recordemos a paganos y cristianos de los primeros siglos acusándose recíprocamente de asesinos, incendiarios, concupiscentes, incestuosos, corruptores de la infancia, unisexuales, enemigos del Imperio, baldón de la especie humana, etc. Cartago historiada por Roma, Atenas por Esparta, sugieren una idea de la Anarquía juzgada por sus adversarios. La sugieren también nuestros contemporáneos en sus controversias políticas y religiosas. Si para el radical-socialista, un monárquico representa al reo justiciable, para el monárquico, un radical-socialista merece el patíbulo. Para el anglicano, nadie tan depravado como el romanista, para el romanista, nadie tan digno de abominación como el anglicano. Afirmar en discusiones políticas o religiosas que un hombre es un imbécil o un malvado, equivale a decir que ese hombre no piensa como nosotros pensamos. Anarquía y anarquista encierran lo contrario de lo que pretenden sus detractores. El ideal anárquico se pudiera resumir en dos líneas: la libertad ilimitada y el mayor bienestar posible del individuo, con la abolición del Estado y la propiedad individual. Si ha de censurarse algo al anarquista, censúresele su optimismo y la confianza en la bondad ingénita del hombre. El anarquista, ensanchando la idea cristiana, mira en cada hombre un hermano; pero no un hermano inferior y desvalido a quien otorga caridad, sino un hermano igual a quien debe justicia, protección y defensa. Rechaza la caridad como una falsificación hipócrita de la justicia, como una ironía sangrienta, como el don ínfimo y vejatorio del usurpador al usurpado. No admite soberanía de ninguna especie ni bajo ninguna forma, sin excluir la más absurda de todas: la del pueblo. Niega leyes, religiones y nacionalidades, para reconocer una sola potestad: el individuo. Tan esclavo es el sometido a la voluntad de un rey o de un pontífice, como el enfeudado a la turbamulta de los plebiscitos o a la mayoría de los parlamentos. Autoridad implica abuso, obediencia denuncia abyección, que el hombre verdaderamente emancipado no ambiciona el dominio sobre sus iguales ni acepta más autoridad que la de uno mismo sobre uno mismo. Sin embargo, esa doctrina de amor y piedad, esa exquisita sublimación de las ideas humanitarias, aparece diseñada en muchos autores como una escuela del mal, como una glorificación del odio y del crimen, hasta como el producto morboso de cerebros desequilibrados. No falta quien halle sinónimos a matoide y anarquista. Pero, ¿sólo contiene insania, crimen y odio la doctrina profesada por un Reclus, un Kropotkin, un Faure y un Grave? La anarquía no surgió del proletariado como una explosión de ira y un simple anhelo de reivindicaciones en beneficio de una sola clase: tranquilamente elaborada por hombres nacidos fuera de la masa popular, viene de arriba, sin conceder a sus iniciadores el derecho de constituir una élite con la misión de iluminar y regir a los demás hombres. Naturalezas de selección, árboles de copa muy elevada, produjeron esa fruta de salvación. No se llame a la Anarquía un empirismo ni una concepción simplista y anticientífica de las sociedades. Ella no rechaza el positivismo comtiano; le acepta, despojándole del Dios-Humanidad y del sacerdocio educativo, es decir, de todo rezago semiteológico y neocatólico. Augusto Comte mejora a Descartes, ensancha a Condillac, fija el rumbo a Claude Bernard y sirve de correctivo anticipado a los Bergson nacidos y por nacer. Si el darwinismo mal interpretado parecía justificar la dominación de los fuertes y el imperialismo despótico, bien comprendido llega a conclusiones humanitarias, reconociendo el poderoso influjo del auxilio mutuo, el derecho de los débiles a la existencia y la realidad del individuo en contraposición al vago concepto metafísico de especie. La Ciencia contiene afirmaciones anárquicas y la Humanidad tiende a orientarse en dirección de la Anarquía. Hay épocas en que algunas ideas flotan en el ambiente, hacen parte de la atmósfera y penetran en los organismos más refractarios para recibirlas. Hasta Spencer, hasta el gran apóstol de la evolución antirrevolucionaria y conservadora, tiene ráfagas de anarquismo. Los representantes mismos del saber oficial y universitario suelen emitir ideas tan audaces, que parecen tomadas de un Bakunin o de un Proudhon. Un profesor de la Universidad de Burdeos, Duguit, no vacila en repetir: "Pienso que está en camino de elaborarse una sociedad nueva, de la cual han de rechazarse tanto la noción de un derecho perteneciente a la colectividad para mandar en el individuo como la noción de un derecho del individuo para imponer su personalidad a la colectividad y a los demás individuos. Y si, atendiendo a las necesidades de la exposición, personificamos la colectividad en el Estado, niego lo mismo el derecho subjetivo del Estado que el derecho subjetivo del individuo". (Las transformaciones del Estado, traducción de A. Posada) No quiere decir que nos hallemos en vísperas de establecer una sociedad anárquica. Entre la partida y la llegada median ruinas de imperios, lagos de sangre y montañas de víctimas. Nace un nuevo Cristianismo sin Cristo; pero con sus perseguidores y sus mártires. Y si en veinte siglos no ha podido cristianizarse el mundo, ¿cuántos siglos tardará en anarquizarse? La Anarquía es el punto luminoso y lejano hacia donde nos dirigimos por una intrincada serie de curvas descendentes y ascendentes. Aunque el punto luminoso fuese alejándose a medida que avanzáramos y aunque el establecimiento de una sociedad anárquica se redujera al sueño de un filántropo, nos quedaría la gran satisfacción de haber soñado. ¡Ojalá los hombres tuvieran siempre sueños tan hermosos! (1907) Manuel González Prada El 1 de mayo tiende a ser para la Humanidad lo que el 25 de diciembre para el mundo cristiano: una fecha de alegría, de esperanza, de regeneración. Los cristianos celebran el nacimiento de un hombre que, sin tenerse por Dios, dice lo suficiente para que le juzguen divino: titulándose hijo de un padre que probablemente no existe, viene a redimirmos de una culpa que seguramente no hemos cometido. Según la historia o la leyenda, ese hombre se hace crucificar por nosotros; pero el sacrificio no sirve de mucho, dado que hoy la mayoría de la Humanidad se condena por no conocer el Syllabus ni el catón cristiano. Un redentor que nos hubiera redimido del hambre, dándonos una simple fórmula para transformar los guijarros en pan y el agua en leche, habría hecho más que Jesucristo con todos los sermones y milagrerías del Evangelio. Los revolucionarios saludan hoy el mañana, el futuro advenimiento de una era en que se realice la liberación de todos los oprimidos y la fraternidad de todas las razas. El creyente y el ateo, el mahometano y el judío, el budista y el bramano, lo mismo que el negro, el amarillo y el blanco, todos, en una palabra, tienen derecho de venir a regocijarse, todos son llamados a cobijarse bajo los pliegues de la bandera roja. Los cristianos guardan un cielo para unos y reservan un infierno para otros; los revolucionarios buscan un paraíso terrestre donde hallen cabida lodos, hasta sus implacables enemigos. El 1 de mayo carecería de importancia y se confundiría con las fechas religiosas y patrióticas, si no significara revolución de todos para emancipar a todos. La revolución de una clase para surgir ella sola y sobreponerse a las otras, no sería más que una parodia de las antiguas convulsiones políticas. Se ha dicho y diariamente sigue repitiéndose: La emancipación de los obreros tiene que venir de los obreros mismos. Nosotros agregaremos para ensanchar las miras de la revolución social, para humanizarla y universalizarla: la emancipación de la clase obrera debe ser simultánea con la emancipación de las demás clases. No sólo el trabajador sufre la iniquidad de las leyes, las vejaciones del poder y la tiranía del capital; todos somos, más o menos, escarnecidos y explotados, todos nos vemos cogidos por el inmenso pulpo del Estado. Excluyendo a la nube de parásitos que nadan en la opulencia y gozan hoy sin sentir la angustia del mañana, la muchedumbre lucha desesperadamente para cubrir la desnudez y matar el hambre. A todos nos cumple dar nuestro contingente de luz y de fuerza para que el obrero sacuda el yugo del capitalista; pero al obrero le cumple, también, ayudar a los demás oprimidos para que destrocen las cadenas de otros amos y señores. Los instintos de los hombres no se transforman súbitamente, merced a convulsiones violentas: con la guillotina se suprimen las cabezas de algunos malos; con las leyes y discursos o con tempestuosos cambios de autoridades, no se improvisan buenos corazones. Hay que sanearse y educarse a sí mismo, para quedar libre de dos plagas igualmente abominables: la costumbre de obedecer y el deseo de mandar. Con almas de esclavos o de mandones, no se va sino a la esclavitud o a la tiranía. Por eso creemos que una revolución puramente obrera, en beneficio único de los obreros, produciría los mismos resultados que las sediciones de los pretorianos y los movimientos de los políticos. Triunfante la clase obrera y en posesión de los medios opresores, al punto se convertiría en un mandarinato de burgueses tan opresores y egoístas como los señores feudales y los patrones modernos. Se consumaría una regresión al régimen de castas, con una sola diferencia: la inversión en el orden de los oprimidos. Braceros y no braceros, todos clamamos por una redención, que no pudo venir con el individualismo enseñado por los economistas ni vendrá con el socialismo multiforme, predicado de modo diferente por cada uno de sus innumerables apóstoles. (Pues conviene recordar que así como no hay religión sino muchas religiones, no existe socialismo sino muchos socialismos.) Pero, ¿nada se vislumbra fuera de individualistas y socialistas? Lejos del socialismo depresor que, sea cual fuere su forma, es una manera de esclavitud o un remedo de la vida monacal; lejos también del individualismo egoísta que profesa el Dejar hacer, dejar pasar, y el Cada uno para sí, cada uno en su casa, divisamos una cumbre lejana donde leemos esta única palabra: Anarquía. (1905) Por Manuel González Prada, Anarquía
Cuando se dice Anarquía, se dice revolución. Pero hay dos revoluciones: una en el terreno de las ideas, otra en el campo de los hechos. Ninguna prima sobre la otra, que la palabra suele llegar donde no alcanza el rifle, y un libro consigue arrasar fortalezas no derrumbadas por el cañón. Tan revolucionarios resultan, pues, Voltaire, Diderot y Rousseau, como Mirabeau, Dantón y Robespierre. Lutero no cede a Garibaldi, Comte a Bolívar, ni Darwin a Cromwell. Consciente o inconscientemente, los iniciadores de toda revolución política, social, religiosa, literaria o científica laboran por el advenimiento de la Anarquía: al remover los errores o estorbos del camino, facilitan la marcha del individuo hacia la completa emancipación, haciendo el papel de anarquistas, sin pensarlo ni tal vez quererlo. Ampére, Stephenson y Edison no han realizado obra menos libertaria, con sus descubrimientos, que Bakunin Reclus y Grave con sus libros. Los Jesuitas, merced a su casuistica sublimal, han contribuido a disolver la moral burguesa; y gracias a sus teorías sobre el tiranicidio, justifican la propaganda por el hecho. Mariana no tiene razón de repudiar a Bresci ni a Vaillant. Al absurdo y clásico dualismo de hombre teórico y hombre práctico se debe el pernicioso antagonismo entre el anarquista de labor cerebral y el de trabajo manual, cuando no hay sino dos viajeros dirigiéndose al mismo lugar por caminos convergentes. La pluma es tan herramienta como el azadón, el escoplo o el badilejo; y si el obrero gasta la fuerza del músculo, el escritor consume la energía del cerebro. Inútil repetir que la revolución en el terreno de las ideas precede a la revolución en el campo de los hechos. No se recoge sin haber sembrado ni se conquistan adeptos sin haberles convencido. Antes que el mártir, el apóstol; antes que el convencional, el enciclopedista; antes que la barricada, el mitin o el club. Al intentar reformas radicales sin haberlas predicado antes, se corre el peligro de no tener colaboradores y carecer de fuerza para dominar las reacciones inevitables y poderosas. Todo avance impremeditado obliga a retroceder. "Una sola cosa vale -decía Ibsen-: revolucionar las almas". Cierto, nada mejor que una rápida revolución mundial para en un solo día y sin efusión de sangre ni tremendas devastaciones, establecer el reinado de la Anarquía. Mas ¿cabe en lo posible? La redención instantánea de la Humanidad no se lograría sino por dos fenómenos igualmente irrealizables: que un espíritu de generosidad surgiera, repentinamente, en el corazón de los opresores, obligándoles a deshacerse de todos sus privilegios, o que una explosión de energía consciente se verificara en el ánimo de los oprimidos, lanzándoles a reconquistar lo arrebatado por los opresores. Lo primero no se concibe en el corazón de seres amamantados con el egoísmo de clase y habituados a ver en los demás unas simples máquinas de producción. Pueden citarse ejemplos aislados, individuos que dieron libertad a sus esclavos, repartieron sus riquezas y hasta dejaron el trono para soterrarse en el claustro; mas no sabemos de sociedades que por un súbito arranque de justicia y conmiseración, se desposeyeran de sus privilegios y otorgaran a los desheredados el medio de vivir cómoda y holgadamente. Después de las revoluciones populares, soplan ráfagas justicieras en el seno de las colectividades (cerniéndose de preferencia sobre los parlamentos), mas cesa de pronto la ráfaga y esas mismas colectividades recuperan uno tras uno los bienes que otorgaron en bloque. Por lo general, tienden a quitar más de lo que dieron. Así, la nobleza y el clero francés que el 4 de agosto habían renunciado magnánimamente a sus privilegios, no tardaron mucho en arrepentirse y declararse enemigos de la Revolución. Lo segundo no se concibe tampoco. Hay muchos, muchísimos anarquistas diseminados en el mundo: trabajan solitarios o en agrupaciones diminutas; no siempre marchan de acuerdo y hasta se combaten, mas aunque todos se reunieran, se unificaran y quisieran ensayar la revolución rápida y mundial, carecerían de elementos para consumarla. ¿Podemos imaginarnos a Londres, París, Roma, Viena, Berlín, San Petersburgo y Nueva York, repentinamente, cambiados en poblaciones anarquistas? Para esa obra, la más estupenda de la historia, falta la muchedumbre. Siendo una mezcla de la Humanidad en la infancia con la Humanidad en la decrepitud, la muchedumbre siente como el niño y divaga como el viejo. Sigue prestando cuerpo a los fantasmas de su imaginación y alucinándose con la promesa de felicidades póstumas. Inspira temor y desconfianza por su versatilidad y fácil adaptación al medio ambiente: con la blusa del obrero, se manifiesta indisciplinada y rebelde; con el uniforme del recluta, se vuelve sumisa y pretoriana. El soldado, fusilador del huelguista, ¿de dónde sale? Los grandes ejércitos, ¿están, acaso, formados por capitalistas y nobles? Millones de socialistas alemanes batallan hoy en las legiones del Káiser. Sin embargo, esa muchedumbre corre a luchar y morir por una idea o por un hombre, ya en el campo, ya en la barricada. En las multitudes nunca falta un héroe que se tire al agua por salvar un náufrago, atraviese el fuego por librar un niño y hasta exponga su vida por defender un animal. Las grandes obras se deben a fuerzas colectivas excitadas por fuerzas individuales: manos inconscientes allegan materiales de construcción; sólo cerebros conscientes logran idear monumentos hermosos y durables. De ahí la conveniencia de instruir a las muchedumbres para transformar al más humilde obrero en colaborador consciente. No quiere decir que la revolución vendrá solamente cuando las multitudes hayan adquirido el saber enciclopédico de un Humboldt o de un Spencer. Las conclusiones generales de la Ciencia, las verdades acreedoras al título de magnas, ofrecen tanta sencillez y claridad que no se necesita llamarse Aristóteles ni Bacon para comprenderlas. No todos los cristianos fueron un San Pablo ni todos los puritanos un Cromwell; ni todos los conscriptos franceses un Hoche, ni todos los insurgentes sudamericanos un Bolívar. Pero esos primitivos, esos puritanos, esos conscriptos y esos insurgentes, amaban la idea y creyeron en su bondad, aunque tal vez la comprendían a medias. El amor les dio la sed de sacrificio y les tornó invencibles. Porque no basta adoptar a la ligera una convicción, llevándola a flor de piel, como un objeto de exhibición y lujo: se necesita acariciarla, ponerla en el corazón y unirla con lo más íntimo del ser hasta convertirla en carne de nuestra carne, en vida de nuestra vida. Si en las clases dirigentes o superiores subsiste el espíritu conservador o reaccionario, en los obreros de las ciudades populosas cunde el germen de rebelión, el ansia de ir adelante. Las muchedumbres recuerdan al polluelo del pájaro migratorio en vísperas del primer viaje: no conoce la ruta; pero se agita con el irresistible deseo de partir. Para destruir en algunas horas el trabajo de la Humanidad en muchos siglos, bastan el fuego, la inundación y los explosivos; mas para levantar edificios milenarios y fundar sociedades anárquicas, se requiere una labor suprema y larguísima. Conviene recordarlo: la Anarquía tiende a la concordia universal, a la armonía de los intereses individuales por medio de generosas y mutuas concesiones; no persigue la lucha de clases para conseguir el predominio de una sola, porque entonces no implicaría la revolución de todos los individuos contra todo lo malo de la sociedad. El proletario mismo, si lograra monopolizar el triunfo y disponer de la fuerza, se convertiría en burgués, como el burgués adinerado sueña en elevarse a noble. Subsistiría el mismo orden social con el mero cambio de personas: nuevo rebaño con nuevos pastores. Y la Humanidad no quiere pastores o guías, sino faros, antorchas o postes señaladores del camino; y esos postes, esas antorchas y esos faros deben salir de las multitudes mismas, rejuvenecidas y curadas de sus errores seculares.
Si en un solo día y en un solo asalto no se consigue arrasar el fuerte de la sociedad burguesa, se le puede rendir poco a poco, merced a muchos ataques sucesivos. No se trata de una acción campal decisiva, sino de un largo asedio con sus victorias y sus derrotas, sus avances y sus retrocesos. Se requiere, pues, una serie de revoluciones parciales. Como en ningún pueblo ha llegado el hombre al pleno goce de los medios para realizar la vida más intensa y más extensa, siempre sobran motivos suficientes para una revolución. Donde el individuo no sufre la tiranía de un gobierno, soporta la de la ley. Dictada y sancionada por las clases dominadoras, la ley se reduce a la iniquidad justificada por los amos. El rigor excesivo de las penas asignadas a los delitos contra la propiedad revela quiénes animaron el espíritu de los códigos. Duguit afirma: "Se ha podido decir, no sin razón, que el Código de Napoleón es el código de la propiedad y que es preciso sustituirlo por el código del trabajo". (Las transformaciones generales del Derecho privado desde el Código de Napoleón, Traducción de Carlos G. Posada). Donde los derechos políticos y civiles del individuo se hallan plenamente asegurados por la ley y la costumbre, subsisten las cuestiones sociales, o, mejor dicho, surgen con más intensidad como inevitable consecuencia de la evolución política. Si en Estados Unidos y en Europa hormiguean los socialistas, no creamos que abunden mucho en el Dahomey. Cuando los hombres poseen el derecho de elegir y ser elegidos, cuando gozan de la igualdad civil y de la igualdad política, entonces pretenden borrar las desigualdades económicas. En naciones mediocremente adelantadas la revolución ofrece el triple carácter de religiosa, política y social, como pasa en algunos Estados sudamericanos, donde se continúa respirando una atmósfera medieval, donde a pesar de constituciones libérrimas se vive en una barbarie política y donde las guerras civiles se reducen a una reproducción de los pronunciamientos españoles. "No comprendo, decía un autor francés, cómo un republicano no sea un socialista, lo que da lo mismo, un hombre mucho más preocupado de la cuestión humanitaria que de las cuestiones meramente políticas" (Henri Fouquier). Menos se concibe a un anarquista desligado de la cuestión social: la Anarquía persigue el mejoramiento de la clase proletaria en el orden físico, intelectual y moral; concede suma importancia a la organización armónica de la propiedad; mas no mira en la evolución de la Historia una serie de luchas económicas. No, el hombre no se resume en el vientre, no ha vivido guerreando eternamente para comer y sólo para comer. La misma Historia lo prueba. Los profesores de la universidad o voceros de la ciencia oficial no se atreven a decir con Proudhon: "La propiedad es un robo"; mas algunos llegarían a sostener con Duguit: "La propiedad no es un derecho subjetivo, es una función social" (Le Droit Social, etc.). Cómo ejercerán esa función las sociedades futuras -si por las confederaciones comunales; si por los sindicatos profesionales; etc.- no lo sabemos aún: basta saber y constatar que hasta enemigos declarados de la Anarquía niegan hoy al individuo su tradicional y sagrado derecho de propiedad. Y con razón. La conquista y urbanización de la Tierra, el acopio enorme de capitales (entendiéndose por capital así los bienes materiales como las ciencias, las artes y las industrias) no son obra de un pueblo, de una raza ni de una época, sino el trabajo de la Humanidad en el transcurso de los siglos. Si habitamos hermosas ciudades higiénicas; si rápida y cómodamente viajamos en ferrocarriles y vapores; si aprovechamos de museos y bibliotecas; si disponemos de algunas armas para vencer el dolor y las enfermedades; si, en una palabra, conseguimos saborear la dulzura de vivir, todo lo debemos a la incesante y fecunda labor de nuestros antepasados. La Humanidad de ayer produjo y capitalizó; a la Humanidad de hoy toca recibir la herencia: lo de todos pertenece a todos. ¿Qué derecho tiene, pues, el individuo a monopolizar cosa alguna? Donde un individuo apañe los frutos de un árbol, otro individuo puede hacer lo mismo, porque es tan hijo de la Tierra como él; tan heredero de la Humanidad como él. Nos reiríamos del hombre que dijera mi vapor, mi electricidad, mi Partenón, mi Louvre o mi Museo Británico; pero oímos seriamente al que nos habla de su bosque, de su hacienda, de su fábrica y de sus casas. Para el vulgo ilustrado (el más temible de los vulgos) los anarquistas piensan resolver el problema social con un solo medio expeditivo: el reparto violento de los bienes y hasta del numerario, a suma igual por cabeza. Los dólares de Morgan, Carnegie, Rockefeller y demás multimillonarios yanquis quedarían divididos entre los granujas, los mendigos y los proletarios de Estados Unidos; la misma suerte correrían en Francia los francos de Rothschild y en todo el mundo el dinero de todos los ricos. Inútil argüir que la Anarquía persigue la organización metódica de la sociedad y que esa repartición violenta implicaría una barbarie científica. Además, entrañaría la negación de los principios anárquicos; destinando al provecho momentáneo del individuo lo perteneciente a la colectividad, se sancionaría el régimen individualista y con el hecho se negaría que la propiedad no fuera sino una función social. La Anarquía no se declara religiosa ni irreligiosa. Quiere extirpar de los cerebros la religiosidad atávica, ese poderoso factor regresivo. Obras colosales de ingenio y lógica, pero basadas en axiomas absurdos, las religiones malean al hombre desde la infancia inspirándole un concepto erróneo de la Naturaleza y de la vida: representan las herejías de la Razón. Pueden considerarse como la ciencia rudimentaria de los pueblos ignorantes, como una interpretación fantástica del Universo. Tener hoy por sabio al teólogo, da lo mismo que llamar médico al brujo y astrónomo al astrólogo. El hombre, al arrodillarse en un templo, no hace más que adorar su propia ignorancia. Para la solución de las cuestiones sociales, el Cristianismo --y de modo especial el Catolicismo-- hace las veces de un bloque de granito en una tierra de labor: conviene suprimirle. Al querer resolver en otra vida los problemas terrestres, al ofrecer reparaciones o compensaciones de ultratumba, el Cristianismo siembra la resignación en el ánimo de los oprimidos, con engañadora música celestial adormece el espíritu de rebeldía y contribuye a perpetuar en el mundo el reinado de la injusticia. Al santificar el dolor, las privaciones y la desgracia, se pone en contradicción abierta con el instinto universal de vivir una vida feliz. El derecho a la felicidad no se halla reconocido en biblias ni códigos; pero está grabado en el corazón de los hombres. Religión que niega semejante derecho persigue un fin depresivo, disolvente y antisocial, pues no existen verdaderos vínculos sociales en pueblos donde hay dos clases de hombres --los nacidos para gozar en la Tierra y los nacidos para gozar en el cielo--, donde los graves conflictos se resuelven con la esperanza de una remuneración póstuma, donde el individuo, en lugar de sublevarse contra la iniquidad, apela resignadamente al fallo de un juez divino y problemático. Nada importaría si los miembros de cada religión se limitaran la creer en sus dogmas, practicar su liturgia y divulgar su doctrina; pero algunos sectarios (señaladamente los católicos) dejan el terreno ideal, refunden la religión en la política y luchan por convertirse en exclusivo elemento avasallador. El sacerdote romanista encarna el principio de autoridad y se alía siempre al rico y al soldado con la intención de gobernarles o suplantarles. No satisfecho con el dominio, sueña el imperio. De ahí que en ciertos países el anarquista deba ser irreligioso batallador y anticlerical agresivo. Léase defensivo, porque la agresión parte las más veces del clero. Mientras el filósofo y el revolucionario dormitan, el sacerdote vela. Figurándose ejecutar una obra divina y creyéndose monopolizador de la verdad, suprimiría la industria, el arte y la ciencia, con tal de imponer al mundo la tiranía de las supersticiones dogmáticas. No acepta más luz que la luz negra del fanatismo. La política es una religión sólidamente organizada, teniendo su gran fetiche providencial en el Estado, sus dogmas en las constituciones, su liturgia en los reglamentos, su sacerdocio en los funcionarios, sus fieles en la turba ciudadana. Cuenta con sus fanáticos ciegos y ardorosos que alguna vez se transforman en mártires o inquisidores. Hay hombres que matan o se hacen matar por el verbalismo hueco de soberanía popular, sufragio libre, república democrática, sistema parlamentario, etc. Si algunas gentes lo reducen todo a religión, ciertos individuos lo resumen todo en la política: política las relaciones sociales, política el matrimonio, política la educación de los hijos, política el modo de hablar, de escribir y hasta, de comer, beber y respirar. De ella no salen, en ella viven y mueren como el aerobio en el aire o el infusorio en el líquido. Constituyen una especie en la especie humana: no son hombres como los demás, son políticos. El verdadero anarquista blasona de lo contrario. Sabe que bajo la acción de la política los caracteres más elevados se empequeñecen y las inteligencias más selectas se vulgarizan acabando por conceder suma importancia a las nimias cuestiones de forma y posponer los intereses humanos a las conveniencias de partido. (Cuántos hombres se anularon y hasta se envilecieron al respirar la atmósfera de un parlamento, ese sancta sanctorum de los políticos! Díganlo radicales, radicales-socialistas, socialistas-marxistas, sociales-internacionalistas, socialistas-revolucionarios, etc. No sabemos si algún Hamon ha publicado la Psicología del parlamentario profesional; mas, ¿quién no conoce algo la idiosincrasia del senador y del diputado? Encarnan al político refinado, sublimado, quintaesenciado. Nadie tiene derecho a llamarse hombre de Estado, si no ha recibido una lección de cosas en la vida parlamentaria. Según Spencer, "a la gran superstición política de ayer: el derecho divino de los reyes, ha sucedido la gran superstición política de hoy: el derecho divino de los parlamentos". En vez de una sola cabeza ungida por el óleo sacerdotal, las naciones tienen algunos cientos de cabezas consagradas por el voto de la muchedumbre. Sin embargo, las asambleas legislativas, desde el Reichstag alemán hasta las Cámaras inglesas y desde el Parlamento francés hasta el Congreso de la última republiquilla hispanoamericana, van perdiendo su aureola divina y convirtiéndose en objetos de aversión y desconfianza, cuando no de vergüenza y ludibrio. Cada día se reduce más el número de los ilusos que de un parlamento aguardan la felicidad pública. Existen pueblos donde se verifica una huelga de electores. Los ciudadanos dejan al gobierno fraguar las elecciones, no importándoles el nombre de los elegidos, sabiendo que del hombre más honrado suele salir el representante menos digno. Hay exceso de gobierno y plétora de leyes. El individuo no es dueño absoluto de su persona sino esclavo de su condición política o social, y desde la cuna misma tiene señalado el casillero donde ha de funcionar sin esperanza de salir: debe trabajar en el terruño, en la mina o el taller para que otros reporten el beneficio, debe morir en el buque de guerra, en el campo de batalla o quedar invalidado para que otros gocen confiadamente de sus riquezas. Según Víctor Considerant, "los falansterianos no concedían suma importancia a las formas gubernamentales y consideraban las cuestiones políticas y administrativas como eternas causas de discordia". Agustín Thierry, escandalizando a los adoradores de mitos y de fraseologías tradicionales, repetía: "Cualquier gobierno, con la mayor suma de garantías y lo menos posible de acción administrativa". Todo sistema de organización política merece llamarse arquitectura de palabras. Cuestión de formas gubernamentales, simple cuestión de frases: en último resultado, no hay buenas o malas formas de gobierno, sino buenos o malos gobernantes. ¿Quién preferiría la presidencia constitucional de un Nerón a la autocracia de un Marco Aurelio? Dada la inclinación general de los hombres al abuso de] poder, todo gobierno es malo y toda autoridad quiere decir tiranía, como toda ley se traduce por la sanción de los abusos inveterados. Al combatir formas de gobierno, autoridades y leyes, al erigirse en disolvente de la fuerza política, el libertario allana el camino de la revolución.
Por Manuel González Prada, Anarquía Esclavizarse por razón de política vale tanto como someterse por causa de religión: esclavos de una casaca o de una levita da lo mismo que siervo de una sotana o de un hábito. Reconocer la omnipotencia de un Parlamento es, acaso, más absurdo que admitir la infalibilidad de un concilio: siquiera en las magnas reuniones de los clérigos ergotizan y fallan hombres que saben latín y cánones, mientras en los congresos divagan y legiferan personajes que a duras penas logran recordar cuántos dedos llevan en cada mano. En el orden civil se puede ser tan Domingo de Guzmán y Torquemada como en el gobierno eclesiástico. Inquisidores laicos, los políticos mudan la Diosa-Iglesia por el Dios-Estado y rechazan los misterios del Catolicismo para profesar los dogmas de la Ley. El espíritu que anima a los curas no se diferencia mucho del que arrastra a los hombres públicos: tonsurados y no tonsurados, todos proceden o procederían de igual manera. Los políticos no fulminan excomuniones ni encienden hogueras, mas declaran fuera de la ley, encarcelan, deportan y fusilan: hacen cuanto el medio social permite, que muy bien excomulgarían y quemarían, si les dejaran excomulgar y quemar. Antes se negaba la moralidad sin la religión; hoy no se admiten el orden sin las leyes, el individuo sin la autoridad, la fiera sin el domador. Como el amor a Dios y el miedo al infierno se han convertido en entidades despreciables que de nada influyen en la conducta de las personas ingénitamente honradas, así el respeto a las autoridades y el temor a los códigos no engendran la rectitud de los corazones bien puestos: sin alguaciles ni cárceles, los honrados seguirán procediendo honradamente, como a pesar de cárceles y alguaciles, los malos continúan haciendo el mal. Los que en nuestros días no conciben el movimiento social sin el motor del Estado se parecen a los infelices que en pleno siglo XIX no comprendían cómo un tren pudiera ir y venir sin la tracción animal. Recuerdan también al campesino que se lo explicaba todo en el automóvil menos el cómo pudiera andar sin caballos. El individuo se ha degradado hasta el punto de convertirse en cuerpo sin alma, incondicionalmente sometido a la fuerza del Estado; para él suda y se agota en la mina, en el terruño y en la fábrica; por él lucha y muere en los campos de batalla. En la Edad Media fuimos un trozo de género para coser una sotana; hoy somos el mismo trozo para hacer una casaca. Y (todo lo sufrimos cobarde y ovejunamente! Merced a innumerables siglos de esclavitud y servidumbre, parece que hubiéramos adquirido el miedo de vernos libres y dueños de nosotros mismos: en plena libertad, vacilamos como ciegos sin lazarillo, temblamos como niño en medio de las tinieblas. Por eso, las mismas víctimas unen su voz a la voz de los verdugos para clamar contra los valerosos reformadores que predican la total emancipación del individuo. Mas no creemos que en las muchedumbres dure eternamente esa aberración mental. Las semillas arrojadas por los grandes libertarios de Rusia y Francia van germinando en América y Europa. Los burgueses más espantadizos empiezan a ver en la Anarquía algo que no se resume en las bombas de Vaillant y Ravachol. Los que vengan mañana, juzgarán a los actuales enemigos del Estado, como nosotros juzgamos a los antiguos adversarios de la Iglesia: verán en anarquistas y rebeldes lo que nosotros vemos hoy en los impíos y herejes de otras épocas. (1904) Por Manuel González Prada, Anarquía Según los antiguos, el poderoso Zeus, al arrebatarle la libertad a un hombre, le quitaba la mitad de su virtud. Muy bien: perdemos lo más grande y lo mejor de nuestro ser al sufrir el oprobio de la esclavitud; pero ¿qué ganamos desde el instante que ascendemos al rango de autoridad? Cojamos al ente más inofensivo, otorguémosle la más diminuta fracción de mando, y veremos que instantáneamente, como herido por una vara mágica, se transforma en un déspota insolente y agresivo. Pocos, poquísimos hombres conservan en el mando las virtudes que revelan en la vida privada. La piedra de toque para valorizar a un alma no debemos buscarla en el infortunio sino en el poder: encumbremos al justo, y en la cima le descubriremos imperfecciones que no le notábamos en el llano. Nada corrompe ni malea tanto como el ejercicio de la autoridad, por momentánea y reducida que sea. ¿Hay algo más odioso que un niño vigilando a sus condiscípulos, que un sirviente haciendo el papel de mayordomo, que un jornalero desempeñando el oficio de caporal, que un presidiario convirtiéndose en guardián de sus compañeros? Si alguacil, si nada más que sustituto de alguacil pudiéramos nombrar al inerme gusano, al punto lograríamos metamorfosearle en víbora. Preguntaba un viejo yanqui a un inmigrante recién desembarcado en Nueva York: -¿Es usted republicano? -No; yo no soy republicano. -¿Es usted demócrata? -No; yo no soy demócrata. -¿Entonces ... ? -Soy de la oposición; siempre contra el Gobierno. Este dialoguillo resume los sentimientos de un alma libre, rechazando el principio de autoridad y declarándole guerra donde le encuentra. (Ojalá todos pensaran como él! Porque, si en opinión de los fanáticos, el principio de la sabiduría es el temor de Jehovah, en concepto de los hombres libres la cordura de un pueblo estriba en el menosprecio a la autoridad. Eso que llaman desacato y lesa majestad carece de sentido para gentes emancipadas, sólo tiene significación para el enjambre de palaciegos y cortesanos. (Qué náuseas sentiríamos si conociéramos el número de crímenes y bajezas que simbolizan la banda de un presidente, la mitra de un obispo, la medalla de un magistrado y las charreteras de un general! (Cuántas genuflexiones y curvaturas! (Cuántos empeños y chismes! (Cuántos perjurios y cohechos! (Cuántas prostituciones de las madres, de las hermanas, de las esposas y de las hijas! A mayor encumbramiento, mayor ignominia, pues hubo que arrastrarse más para subir más alto.
Las muchedumbres no deben alucinarse con títulos pomposos ni dejarse deslumbrar con uniformes o vestiduras churriguerescas. Se hallan en la obligación de repetirse noche y día que el mando no implica superioridad sobre la obediencia, que la blusa del jornalero no tiene por qué humillarse al frac del Presidente. Si cabe alguna diferencia entre el Jefe Supremo y el simple ciudadano, ella redunda en honor del segundo: el ciudadano paga; el Jefe Supremo recibe la remuneración: uno es el amo; el otro es el doméstico. Los pequeños y los grandes dignatarios de la nación no pasan de lacayos más o menos serviles; todo uniforme es librea, como todo sueldo es propina. Odiemos, pues, a las autoridades por la única razón de serio: con el solo hecho de solicitar o ejercer mando, se denuncia la perversidad en los instintos. El que se figura tener alma de rey, posee corazón de esclavo; el que piensa haber sido creado para el señorío, nació para la servidumbre. El hombre verdaderamente bueno y libre no pretende mandar ni quiere obedecer: como no acepta la humillación de reconocer amos ni señores, rechaza la iniquidad de poseer esclavos y siervos. (1904) Por Manuel González Prada, Anarquía Por primera vez se ha celebrado la fiesta de mayo, no sólo en Lima sino en algunas otras ciudades o pueblos de la República. Se ha batido por calles y plazas una bandera que simboliza la revolución social, se ha dicho en reuniones públicas y se ha impreso en hojas sueltas o en diarios lo que entre nosotros nunca se había escuchado ni leído. Parece que las autoridades y gente de orden hubieran estado de acuerdo para dejar decir y hacer. El año entrante ¿sucederá lo mismo? Seguramente, muchos de los que tomaron parte en las manifestaciones verificadas el 1 de mayo no se daban cuenta precisa de todo lo que ellas significaban, pues al lado de las banderas rojas se desplegaban los estandartes de las cofradías y a poco de retumbar los discursos del más puro internacionalismo, salían a resonar la música y los versos de la canción nacional. Pero el solo hecho de congregarse gratuitamente para asistir a ceremonias que nada tienen de político ni de religioso prueba que todo el pueblo no es la canalla venal de los tabladillos eleccionarios; que hay una gran parte sana y deseosa de orientarse hacia algo nuevo y fecundo. Lo prueba, también, el haberse aplaudido la emisión de ciertas ideas que en años anteriores habrían desencadenado una verdadera tempestad. En nuestro país se realiza hoy una cosa innegable: la aparición y la propagación de las doctrinas libertarias. Cada día nacen nuevos periódicos donde con más o menos lógica se siguen las huellas de los Kropotkin y de los Reclus: en Lima han aparecido últimamente Simiente Roja, Redención y El Hambriento, que agregados a Los Parias suman cuatro publicaciones de la misma índole en sólo la capital. Y no debemos admirarnos al ver que en Trujillo salen a luz La antorcha, El Zapatero y El Rebelde. En Chiclayo, Justicia va tomando un color más definido, probablemente por la influencia de Lombardozzi. El Ariete de Arequipa no anda muy lejos de Simiente Roja ni de Redención, pues Francisco Mostajo tiene más de rebelde al estilo de Juan Grave que de político a la moda peruana. La enumeración resultaría larga, si no quisiéramos omitir ninguna de las publicaciones con algún tinte socialista o libertario. Las huestes seguirán engrosando, las cabezas se irán llenando de luz, y lo que hoy se reduce a la convicción de unos pocos, algún día será la doctrina de muchos: el inconsciente impulso de viajar hacia tierras desconocidas o adivinadas se irá transformando, poco a poco, en marcha consciente hacia regiones divisadas y conocidas. Si hay un terreno llamado a recibir las ideas libertarias, es indudablemente la América del Sur y de un modo singular el Perú; aquí no existen las arraigadas tradiciones que en las viejas sociedades oponen tanta resistencia a la germinación de todo lo nuevo; aquí la manía de pronunciamientos que agitó a nuestros padres y abuelos se ha trocado en espíritu de rebeldía contra todo poder y toda autoridad; aquí, habiéndose perdido la fe en los hombres públicos y en las instituciones políticas, no queda ni el freno de la religión, porque todas las creencias van desapareciendo con asombrosa rapidez. Muchos peruanos son anarquistas sin saberlo; profesan la doctrina pero se asustan con el nombre. (1905) Un general, un tonel vacío; un ejército en marcha, la peste. (SWIFT, Viajes de Gulliver) En nadie se palpa tanto la influencia de la autoridad como en el soldado. El hábito no hace al monje; pero la casaca influye mucho en la formación del tigre. Con sólo embutir a un hombre en el uniforme militar, ya se le infunde la abyección ante los superiores y el despotismo hacia los subordinados. (Qué insolente la arrogancia de un coronel en su roce con el humilde recluta! Pero, (qué repugnante la bajeza de ese mismo coronel en presencia del infatuado general! El escalafón de un ejército debe representarse por una montaña donde ascienden hombres que besan las posaderas del que va adelante y son besados en idéntico sitio por el que viene detrás. Y sin embargo, muchos sociólogos nos preconizan el servicio militar obligatorio como el medio más rápido y más seguro de civilizar a las naciones. Así: en lugar del maestro con el silabario, el caporal con la vara de membrillo; en vez del aula donde se desbroza la inteligencia, el canchón o patio donde se atrofia el cerebro al grado de convertirle en mero propulsor de evoluciones automáticas. Para conocer la acción civilizadora de los cuarteles, basta comparar al conscripto en el momento de enrolarse con ese mismo hombre al terminar los años de servicio: el que partió honrado, compasivo y trabajador, regresa bribón, inhumano y holgazán, En las poblaciones abunda un tipo de ociosidad y truhanería, un resumen de todos los vicios y nulidades, el antiguo soldado. Una metamorfosis a la inversa, una mariposa transformándose en oruga, nos ofrecería la muestra de un paisano volviéndose militar. Hace muchos años que el fraile sirve de blanco a poetas burlones y herejes monomaniáticos, pero ¿no merece el soldado tantas pullas y denigraciones como el fraile? Un batallón no difiere mucho de una comunidad: un prior y un coronel se distinguen en que el primero masculla oraciones y el segundo vomita blasfemias. Si el uno traduce a duras penas los latines de su breviario, el otro comprende a medias las jerigonzas de su táctica. En depresión moral, por ahí se las ven casacas y hábitos, pues igualmente degradan el cuartel y el convento, dando lo mismo obedecer al badajo de una campana que a los palitroques de un tambor, someterse a las ordenanzas del ejército que a la regla de la orden. Si frailes y militares se igualan en la obediencia pasiva, divergen mucho en las otras maneras de ser. El fraile glotonea, bebe, juega y seduce mujeres; mas el soldado no sólo comete semejantes fechorías, sino roba, incendia, viola y mata. El fraile asoma con chorreras de vino y lamparones de caldo gordo; el soldado aparece con manchas de lodo y salpicaduras de sangre. En el portador de cerquillo renace Priapo, en el arrastrador de sable resucita Caín. Priapo nos divierte, Caín nos horroriza. Los cerdos tonsurados no causarán nunca el horror que producen las fieras galonadas. Cierto, del fraile brotan el inquisidor y el guerrillero, como lo prueban Santo Domingo de Guzmán y los mónagos carlistas; pero del soldado sale el jesuíta, como lo manifiesta San Ignacio de Loyola. Si el hábito enuncia el error, la casaca le sostiene. Sin el apoyo de la fuerza bruta o militar, no se habrían consumado las grandes persecuciones religiosas ni los autos de fe: al lado de inquisidores y verdugos, al pie de la hoguera, estuvo siempre el soldado. Hoy mismo, los sables sirven de puntales a la cruz. Sólo una perversión moral puede hacernos llamar forajidos a seis descamisados que merodean en los alrededores de una ciudad y héroes a seis mil bandoleros uniformados que invaden el territorio del vecino para arrebatar propiedades y vidas, Lo malo en el individuo lo juzgarnos bueno en la colectividad, reduciendo el bien y el mal a simple cuestión de números. La enormidad de un crimen o de un vicio nos le transforma en acción meritoria o en virtud: al robo de millones le titulamos negocio; al degüello de naciones enteras le llamamos hazaña gloriosa. Para un asesino, el cadalso; para un guerrero, la apoteosis. Y, sin embargo, el oscuro jornalero que suprime a su semejante, ya para vengar una injuria, ya para quitarle bolsa o mujer, no merece tanta ignominia ni castigo como el ilustre soldado que mata veinte o cuarenta mil hombres para adquirir gloria o coger el bastón de mariscal. Examinando bien las cosas y sin prejuicios tradicionales, ¿qué son Alejandro, César, Napoleón, todos los héroes oficiales que por modelo citamos a la juventud en los manuales de instrucción cívica? Degolladores de reses humanas. Mas nosotros envilecemos al sacrificador de animales y glorificamos al matador de hombres. Felizmente, el legendario prestigio de la casaca va desapareciendo. La cuestión Dreyfus ha servido para quitar algunas plumas al grajo, no muy glorioso desde la capitulación de Metz y los fusilamientos de la Comuna. En todas partes surgen espíritus libres que no hallan diferencia entre un Deibler y un Moltke ni entre un Cartouche y un Kitchener. Ya empiezan a causar risa esos famosos generales que pasan muy tiesos por haber trasladado al sombrero de picos las plumas que el salvaje lleva en el taparrabo. Sólo las mujeres, los niños y los papanatas admirarán muy pronto a los sargentones reblandecidos y gotosos. Cuando el hombre segregue su ferocidad atávica, la guerra será recordada como una barbarie prehistórica, y los famosos guerreros (tan admirados hoy) figurarán en la siniestra galería de las almas rojas, al lado de asesinos, verdugos y matarifes. El cráneo de Napoleón se rozará con la calavera de un gorila; la espalda de Kuropatkine yacerá junto a las flechas de un indio bravo. El cuartel no ha sido ni será una escuela de civilización: es un pedazo de selva primitiva incrustado en el seno de las ciudades modernas. Toda la ciencia militar se redujo siempre al arte de embrutecer y salvajizar a los hombres: querer civilizar con el sable da, por consiguiente, lo mismo que desmanchar con el hollín o desinflamar con el ácido sulfúrico. (1904)
Por Manuel González Prada, Anarquía Cuando los gobiernos temen alguna convulsión política o social, suscitan discordias internacionales o fingen creer en los propósitos bélicos de sus vecinos. Invocando el amor a la patria, arrojan una ducha helada sobre el calor tórrido de los más levantiscos. Naturalmente, el mundo oficial proclama la necesidad de armarse; y como para ello se requiere dinero, vienen en seguida las operaciones financieras. Realizado el armamento de la Nación, se vuelve contra los adversarios interiores el arma traída para servir contra el enemigo exterior: el aumento de la fuerza militar coincide casi siempre con la disminución en las libertades públicas. Más que para defender la integridad del territorio y el honor de la bandera, los gobiernos fomentan, pues, ejércitos para contener las revoluciones y afianzarse en el poder. Sin compactas legiones de pretorianos, el Sultán yacería en el fondo del Bósforo, el Zar se bambolearía en el extremo de una soga, el Emperador de Alemania bramaría en la jaula de un manicomio, el Rey de España haría de monaguillo en una escuela de hermanos cristianos, el Emperador de Austria serviría de portero en una casa de señoras amables y complacientes. Al ejército se le encomia, no sólo por ejercer el noble oficio de guardián de las fronteras sino por desempeñar en las ciudades la altísima función de mantener el orden público; es decir, salvaguardar la vida y los intereses de los ciudadanos. Por ciudadanos entiéndase clases privilegiadas, pues a nadie se le ocurriría figurarse que rifles y cañones sirvan para defender el pellejo y los harapos de la muchedumbre: la canalla no vale como persona defendible, sino como fuerza muscular explotable. (El orden público! Estas palabras encierran la virtud de ser usadas con tanto derecho por un autócrata de Asia como por un presidente de Suiza. El orden público, dice el Sultán, y siembra cien mil o doscientos mil cadáveres en los pueblos de Armenia y Macedonia; el orden público, dice el Zar, y lanza sus cosacos a vengar en el huelguista ruso los golpes recibidos en Manchuria; el orden público, dice el reyezuelo del Africa Central, y manda empalar al prisionero traidoramente cogido en una razzia; el orden público, dice el grotesco presidente de Bolivia, y se enrojece las manos en la sangre de Lanza, después de habérselas dorado con el oro chileno.
Hay orden público mientras el patrón esquilma desvergonzadamente al proletario; reina el desorden, si el proletario no quiere seguir dejándose sacrificar por los patrones. Si un caldero estalla y produce la muerte de diez o doce operarios, no se altera el orden público; pero si treinta o cuarenta operarios destrozan el motor de una fábrica, el orden público se halla seriamente amenazado. La amenaza exige medidas de represión cuando los jornaleros suspenden sus faenas para demandar aumento de salario y disminución en las horas de trabajo. Si el grupo rebelde no es numeroso, se le aísla, se le cortan los víveres y se le somete por el hambre. Si la huelga adquiere proporciones alarmantes y posee la fuerza suficiente para arrollar al polizonte o guardia civil, entonces acude el soldado. Es de verse el heroísmo del ejército para defender al ahíto y despachurrar al hambriento. De general a soldado raso, todos revelan el mismo encono y la misma fiereza con el huelguista. -¿Pides pan?, pues come hierro y plomo. -¿Pides justicia?, pues calla eternamente. Las ciudades se transforman en selvas, los obreros en animales de caza, los militares en sabuesos y galgos. Los que se dejaron arrollar en las fronteras o retrocedieron ante los negros de Africa marchan de triunfo en triunfo, pisoteando las entrañas de niños, de mujeres y de ancianos. Porque el heroico defensor del orden público descarga el rifle, sin averiguar por qué ni sobre quién, importándole un bledo que la bala hiera al amigo, al hermano, al padre o al hijo. Merced al ambiente degenerador de la caserna, el hombre se transforma en animal adiestrado para embestir a sus compañeros; peor aún: se convierte en máquina para funcionar con rigidez matemática, pulverizando con tanta indiferencia al grano que nada siente como a la carne que gime de dolor. Y (esto nos ofrecen por tema de admiración y ejemplo los glorificadores de la carrera militar! No, no merecen admiración ni pueden servir de modelo los polizontes del rico, los sicarios del obrero, los profesionales del asesinato. ¿Puede haber cerebro más lóbrego ni corazón más duro que el cerebro y el corazón de un hombre encanecido bajo el uniforme? Lo más inteligente y lo más sensible de un viejo inválido es su pata de palo. Por abusivos y despóticos, por inflados y soberbios, por inhumanos y crueles, todos los portadores de sable son igualmente aborrecibles, desde el gran mariscal que llora lágrimas de cocodrilo al divisar el campo de batalla donde acaba de hacer morir a cincuenta mil desgraciados, hasta el cabo instructor que arroja una lluvia de palos sobre el humilde recluta por no haber adquirido el suficiente grado de embrutecimiento para convertirse en autómata de evoluciones militares. La Humanidad avanza muy lentamente, porque al acelerar el paso, tropieza en las redes de un sacerdote o se hiere en la bayoneta de un soldado. El reino del sacerdocio declina: el imperio de la milicia no da señales de concluir. El hisopo nos arroja de cuando en cuando algún asperges inofensivo aunque mal intencionado; el sable nos quebranta diariamente los huesos o nos desangra las venas. La blusa tiene su peor enemigo en la casaca. La sociedad burguesa puede compararse a un vetusto edificio que amenaza ruina. Los nobles, los capitalistas y los sacerdotes son apolillados y endebles puntales que nada sostienen; las columnas de hierro macizo, los que impiden el derrumbamiento final, son los militares. Los actuales horrores de Rusia revelan todo lo que saben realizar los defensores del orden público. De una huelga contenida con el rifle, de esa revolución sofocada por el pretoriano, de esa muchedumbre azotada, sableada y fusilada, surge una lección. Se impone un cambio de táctica. El poder destructor de las armas modernas, la velocidad en la transmisión de órdenes por medio del telégrafo, la facilidad de la concentración y movilización de enormes masas aguerridas, hacen muy difícil, si no imposible, el buen éxito de revoluciones populares, sin base en alguna fracción del ejército. Se gira en un círculo vicioso: las revoluciones no triunfan sin soldados, y las revoluciones hechas con militares corren peligro de degenerar en cesarismos o simples cambios de jefes. Según Rousseau, "ninguna revolución merece llamarse buena si cuesta la vida de un solo hombre". Resucitaríamos al buen ginebrino para que en Rusia consumara hoy una revolución sin sacrificar algunos miles de hombres, unas cuantas decenas, cuando menos. Mucho dudamos que el Zar, los grandes duques y todos los magnates moscovitas cedieran a los argumentos del filósofo y se despojaran de sus derechos adquiridos. A ciertos felinos no se les arranca la presa sin arrancarles los dientes. La bondad de una revolución estribaría en sacrificar el menor número de hombres, escogiendo los más culpables y más elevados: un cachetero en la cerviz del toro hace más que diez banderillas o mil alfileres en lomos y patas. Si gracias a la perfección del armamento se dificulta la acción popular, merced al formidable poder de las substancias explosivas se centuplica el radio de la acción individual: un solo hombre consuma la obra que no puede realizar una muchedumbre. El Zar que no pierde su serenidad ante las carnicerías de la guerra en Asia ni se conmueve con los asesinatos cometidos por la soldadesca en Rusia palidece al oír la muerte de Sergio y tiembla como un niño al pensar que su armazón de huesos y pellejo corre peligro de saltar desmenuzada en mil pedazos. (1905)
Por Manuel González Prada, Anarquía Los diarios de Lima publicaron el 12 de agosto el siguiente despacho telegráfico: "Buenos Aires, agosto 11 de 1905. Señor Ministro argentino. Lima. Oficial.-- Un extranjero anarquista atentó esta tarde a las 2 p.m. contra la persona del Presidente de la República. El arma, felizmente, no dio fuego, y el autor del atentado fue detenido. El Presidente está en su despacho, donde recibe las felicitaciones del público y de los miembros del Congreso. Saludo a V.E.-- (Firmado). Carlos Rodríguez Larreta, Ministro de Relaciones Exteriores". Al concluir de leer el telegrama, se nos ocurrió preguntarnos si se trataría de cosa seria o de una simple comedia tramada por agentes de policía en connivencia con el Gobierno. El Presidente de la Argentina no parece muy simpático a la mayoría de sus conciudadanos, y nada granjea tanta simpatía como figurar de víctimas. ¿Qué no fraguan políticos en unión de policíacos para fabricar reputaciones o recomponer honras averiadas? Recordamos haber leído en La Libre Parole que, con el fin de popularizar a Casimir Périer, los cachacos[1] franceses se disfrazaban de novias y le besaban en las calles de París. Ese revólver que no da fuego y ese matador que no intenta quemar otra cápsula nos infundían alguna sospecha, sabiendo que los anarquistas usan armas seguras y repiten el golpe cuando falla una vez. Hombres resueltos a sacrificar su vida, la venden caro, sin amilanarse al consumar el acto supremo. Telegramas posteriores al 12 de agosto confirmaron lo serio del conato, dieron el nombre del anarquista y anunciaron que el buen Quintana se había enfermado (tal vez a causa de la impresión). Desgraciadamente, ningún corresponsal nos reveló si la enfermedad se contaba en el número de las que sanan con bismuto. Al admitir el homicidio frustrado, conviene explicarle, buscando antecedentes, para no ver crímenes monstruosos o actos impulsivos donde hay sólo consecuencias lógicas, inevitables. Analizar fríamente las cosas vale más que andar con indignaciones cursis y aspavientos monjiles. Quintana ha dado pruebas de tanto rigor y ferocidad para contener las huelgas y reprimir todas las manifestaciones de la clase obrera, que un periódico norteamericano le llama "el Atila de los trabajadores". L'Aurora de Ravena le trata de "hiena que con las uñas escarba en la sangre", y agrega: "En pocos meses de gobierno, este republicano se ha conquistado una fama digna de Abdul-Hamid y de Nicolás el Verdugo. El ha hecho bajar la bella región del Plata al nivel de una ciudad turca donde se degüella a los armenios". Las iniquidades del mandón argentino andan impresas en todos los periódicos honrados de América y Europa, desde Cronaca Sovversiva de Vermont, hasta Les Temps Nouveaux, de París; desde La Battaglia de Sao Paulo, hasta Tierra y Libertad de Madrid, y desde La Agitación de Estación-Dolores hasta (Tierra! de La Habana. Este último periódico ha llegado al extremo de escribir en el número correspondiente al 8 de julio: Obreros europeos, trabajadores de todo el mundo: Boycotead los productos de la Argentina. Proletarios: No naveguéis a la Rusia sudamericana: la Argentina. La tenacidad en insistir sobre lo de extranjero anarquista no redunda en favor de Quintana, pues si los extranjeros le odian al punto de querer matarle, ¿cómo le aborrecerán sus compatriotas? Ni los mismos políticos burgueses pueden sufrirle, desde que a menudo nos anuncia el telégrafo, ya el fracaso de un pronunciamiento, ya el próximo estallido de una revuelta. Quintana aparece como la más odiosa encarnación de un régimen nefando, como la edición corregida y aumentada de Juárez Celman, como la digna hechura de Roca, de ese militarote que amalgama en sí la doncellez y la prostitución porque lleva espada virgen y corazón podrido. En el manifiesto que los directores de la Unión Cívica Radical dirigieron al pueblo argentino el 4 de febrero de 1905 se denuncian todas las iniquidades y malversaciones de Quintana y sus celebérrimos antecesores. "Tan absolutas son las absorciones del poder (dice el Manifiesto) que no existen ley ni garantía seguras; y tan profunda es la depresión del carácter, que dentro del régimen no hay conciencia que resista ni deber que no abdique ante la voluntad del Presidente y del Gobernador". Basta lo citado para convencernos que en punto a degradación la Argentina se iguala con el Perú. Muchos tememos que ese tiro no disparado origine una recrudescencia de persecuciones a los rebeldes y de ataques a las imprentas: es nuestro único temor. Respecto al conato de ejecución, ya le tenemos explicado, y sólo agregaremos que quien manda lanzar el plomo contra huelguistas o manifestantes indefensos y pacíficos, se expone a que tarde o temprano le peguen un tiro, le claven un puñal o le arrojen una bomba. Justicieros y vengadores no nacen por generación espontánea; vienen de semillas arrojadas por los injustos y malvados. De ahí que a muchos no haya sorprendido el suceso, que hasta le hubieran previsto y quizá deseado. Así, una correspondencia dirigida de la República Argentina a El Productor de Barcelona, refiere minuciosamente las matanzas del 21 de mayo en Buenos Aires y concluye con estas palabras: "El ejemplo de los nihilistas rusos es probable que tome una breve carta de ciudadanía entre nosotros". La correspondencia se publicó el 1 de julio, Quintana fue asustado el 11 de agosto. En fin, nosotros no tenemos por qué regocijarnos si el revólver del extranjero anarquista se quedó sin detonar, como no habríamos tenido por qué lagrimear si una bala hubiera perforado la substancia gris o bituminosa del Presidente argentino. No representamos el papel de Jeremías; pero si lloráramos, guardaríamos nuestras lágrimas para la carne que sufre y sangra, no para el cuchillo que pincha y tasajea. (1905) 1. Cachaco: agente de policía peruano.
Por Manuel González Prada, Anarquía Parece que la explosión de la Rambla no ha sido tan inofensiva como la vieja cápsula de Buenos Aires, habiendo producido estragos mayores que la bomba lanzada en París contra el nauseabundo reyezuelo de España. En Buenos Aires, el Presidente Quintana salió ganando con el susto, pues hizo el ahorro de una limonada purgante. Si peca de avaro, si pertenece a la familia del Caballero de la Tenaza, le enviamos el parabién. En París, hubo un caballo muerto y unos coraceros levemente heridos: nos dolemos del cuadrúpedo y no felicitamos al hombre que le montaba, aunque haya sido condecorado. Ganar condecoraciones a costa de la vida ajena, aunque sea la de un caballo, no lo creemos muy glorioso. Si porque matan a una cabalgadura se premia al jinete, nosotros proponemos que cuando para la mujer de un policía, el policía guarde cama, se perfume con alhucema y tome caldo de gallina. Todavía no sabemos con exactitud el número de muertos y heridos, a consecuencia de la explosión; pero, resulten pocas o muchas las víctimas de Barcelona, lamentamos la desgracia de los inocentes que recibieron lo que no había sido destinado para ellos. Aunque no se haya descubierto al autor del hecho, ya se pregona que es un anarquista. En el siglo XVIII, cuando una vieja se caía de bruces, la culpa era de Voltaire; cuando un sochantre reventaba de un cólico miserere, la culpa era de Rousseau. Hoy los anarquistas responden de todo lo malo que sucede en el mundo, y nos admiramos que no les atribuyan la guerra ruso-japonesa ni los terremotos de Calabria. ¿Por qué no sospechar de las manos de la policía o de agentes provocadores? Muy bien sabemos que algunos atentados anarquistas fueron obra de policíacos. Dígalo el complot urdido para dinamitar el monumento de Thiers en Saint-Germain-en-Laye. La policía evoluciona en todas partes, sin excluir el terreno de la calumnia. Hace algunos años que Georges d'Esparbés emprendió una campaña difamatoria contra Sébastien Faure. Reducido d'Esparbés a probar sus afirmaciones, tuvo la llaneza de confesar que los datos (por supuesto calumniosos) le habían sido suministrados en la Prefectura de Policía.
En Tierra y Libertad de Madrid (agosto 4 de 1905), leemos estas líneas edificantes: "Sabida es de todos la represión violenta y brutal de que han sido objeto en esta última época nuestros compañeros de Barcelona; para justificar ascensos, lograr honores y alcanzar recompensas, los esbirros policíacos han inventado terribles complots, han sugestionado a débiles jóvenes y han simulado espantosos cataclismos, con el único propósito de encarcelar a dignos compañeros nuestros que eran un estorbo, en libertad, a la plácida digestión de los vampiros que culebrean en Cataluña con el cinismo más asqueroso". (Cuántos no habrán sido los atropellos y horrores de la policía barcelonesa, cuando hasta los republicanos (quizá los peores enemigos de los anarquistas), vinieron a protestar en el meeting organizado por la Liga de Defensa de los derechos del hombre y celebrado en Barcelona el 26 de julio! Odón de Buen (republicano pero no anarquista), dijo ahí que "a los obreros que están en la cárcel se les debe felicitar por tener ideas, condición indispensable para formar una humanidad progresiva. Censuró la ley de represión del anarquismo, tachándola de vergüenza del parlamento español. Atacó con energía al Comité de Defensa Social, organismo compuesto de insaciables explotadores del pueblo, fundado a raíz de la huelga general de Barcelona para oprimir más al trabajador y ser el constante delator de todos los que se distinguen por sus ideas radicales" (Tierra y Libertad).
No debemos olvidar que en los últimos meses el mundo político de España ha vivido agitándose en la lucha electoral. En época de elecciones y cuando surge una violenta y general oposición contra esa caduca monarquía gobernada por un cretino imberbe, ¿no se considera posible y hasta probable que los hombres del poder fragüen algo terrible para atraer la odiosidad sobre los republicanos? La turbamulta española no diferencia en mucho un republicano de un anarquista: al uno y al otro les engloba en el nombre de revolucionario, es decir, enemigos de Dios y de los hombres, monstruos capaces no sólo de fusilar a frailes y curas, sino de prender fuego a toda España y hasta de suprimir a la Virgen del Pilar. Tanto debe, pues, atribuirse la explosión de Barcelona a los anarquistas como a los polizontes aleccionados por los hombres públicos, defensores del trono y del altar. A más, recordemos que en el Gabinete español figura Weyler, el Reconcentrador, ese bandido que sabe hacer tragedias, en oposición a su colega Echegaray, que sólo sabe escribirlas. (1905) Por Manuel González Prada, Anarquía Hará siete u ocho años, una revista alemana --la Neue Deutsche Rundschan--, deseando adquirir informes acerca del régimen más conveniente de implantar en Africa, se dirigió a muchos exploradores y funcionarios coloniales para pedirles su opinión respecto a la manera de tratar a los naturales: casi todos los consultados estuvieron por la dureza y la inhumanidad. Para que nuestros lectores vean que la ferocidad teutónica no sólo se manifiesta en la práctica sino en la teoría, vamos a citar algunos fragmentos de las contestaciones dadas por individuos que habían desempeñado notables puestos en la administración pública y hasta gozaban de alguna notoriedad en el mundo científico. "Cuando se trata de conquista es necesario poner la mira en la victoria, que no se obtiene sino infundiendo terror" (Karl Peters) "Al negro sólo se le educa con el tiempo y los golpes. Según él, toda mansedumbre denuncia flaqueza; pide látigo" (El Comandante Morgan) "Imponer el castigo corporal es mejor enseñanza para el negro que apelar a los sentimientos de honor. Para corregirle se requiere algo más tangible que la prisión" (Fritz Langhed). "El negro es animal de rapiña, sanguinario y feroz, que no se domestica sin el azote del domador. Se ha cometido una falta grave al abolir la esclavitud" (El Mayor August Boschardt). Cuando el Emperador Guillermo, al despedirse de los soldados que formaban la expedición de China, les ordenaba "no tener piedad con nadie y proceder de modo que dentro de mil o dos mil años los chinos se acordaran de los alemanes", todas las personas sensatas se imaginaron que barbaridades de tan gordo calibre eran simples desahogos de un insano, pues no concebían que en hombre cuerdo la maldad pudiera subir a punto de aconsejar la matanza de niños y mujeres. Pero, al leer las teorías sentadas por gentes que no llevan apolillado el cerebro, nos convencemos que todos los alemanes no son unos seres románticos que se pasean a los rayos de la luna, suspiran con las baladas de Schiller y sueñan con las sinfonías de Beethoven. Por lo visto, el salchichón y la cerveza no dan sentimientos de gacela. El alemán, y particularmente el prusiano, causa el efecto de un inglés que no ha concluido de revestir la costra civilizada: a lo mejor suda barbarie. Tomemos al Canciller de hierro, al tipo representativo de la Alemania moderna: ¿qué fue Bismarck? Un hombre de gran talento, a la vez que un bruto cuaternario. El régimen militar ha creado en los alemanes un doble espíritu de obediencia al superior y despotismo al inferior o más débil: el príncipe y el gañán brutalizan a su mujer o la cubren de improperios; el institutor, más parece cabo de escuadra que director de niños; el feld mariscal, ante el amo supremo, tiene lameduras de lebrel y arrastramientos de culebra. Hasta parece que la vida de cuartel va concluyendo de anquilosar el organismo a los descendientes de Arminius, pues en muchas ciudades del Imperio se ven desfilar a cada paso, hombres tiesos e inflexibles, marchando automáticamente, con aire de espíritus encarnados en palos de escoba. El respeto a la autoridad es culto en Alemania, y eso nos dice por qué sigue ciñéndose una corona quien merecería llevar una camisola de fuerza. En ese país la libertad del pensamiento no influye en la emancipación de la vida: así, el filósofo alemán niega a Dios o le amenaza con los puños; mas en seguida se vuelve a lamer la bota del sargentón que le acaba de administrar un puntapié. Esbozado el alemán, ya se comprende lo que dará de sí en las poblaciones y desiertos de Africa, donde tiene asegurada la impunidad o sólo se expone a sufrir las penas más leves por los delitos más atroces. Parece que en el Camerón, no corriendo sino el riesgo de pagar una multa de cuatrocientos o quinientos marcos, se puede quemar poblaciones, violar, torturar y fusilar. Díganlo Leist y Wehlan. Actualmente, los súbditos del Káiser tratan a los herreros como los ingleses a los matabeles, los boers a los cafres, los belgas a los congos. No creemos mucho en las profundas diferencias de raza, y pensamos que todos los hombres se conducen lo mismo al hallarse en circunstancias iguales; pero reconocemos que la vida social ha creado en el blanco muchas necesidades ficticias que le obligan a proceder como el salvaje y el felino. El ansia de lucro, la fiebre del oro hacen del hombre pálido una fiera implacable y sanguinaria. Los asiáticos afirman que el blanco no tiene corazón. No sabemos lo que digan los africanos al ver que, por algunos seres racionales como Livingstone y Savorgnan de Brazza, el Africa recibe manadas de tigres en figura de hombres. Probablemente, dirán que el blanco resume los tres colores, teniendo blanca la piel, amarillo el corazón, negra el alma. (1906) Por Manuel González Prada, Anarquía La celebración de este día va tomando las proporciones de una fiesta mundial. Ya no son exclusivamente los obreros de las grandes poblaciones norteamericanas y europeas los que se regocijan hoy con la esperanza de una próxima redención y renuevan sus maldiciones a la insaciable rapacidad del capitalismo. En nuestra América del Sur, en casi todos los pueblos civilizados, soplan vientos de rebelión al irradiar el 1 de mayo. Y se comprende: el proletariado de las sociedades modernas no es más que una prolongación del vasallaje feudal. Donde hay cambio de dinero por fuerza muscular, donde uno paga el salario y el otro le recibe en remuneración de trabajo forzoso, ahí existe un amo y un siervo, un explotador y un explotado. Toda industria legal se reduce a un robo legalmente organizado. Según la iniciativa que parece emanada de los socialistas franceses, todas las manifestaciones que hagan hoy los obreros deben converger a crear una irresistible agitación para conseguir la jornada de ocho horas. Cierto, para la emancipación integral soñada por la anarquía, eso no vale mucho; pero en relación al estado económico de las naciones y al desarrollo mental de los obreros, significa muchísimo: es un gran salto hacia adelante en un terreno donde no se puede caminar ni a rastras. Si la revolución social ha de verificarse lentamente o palmo a palmo, la conquista de las ocho horas debe mirarse como un gran paso; si ha de realizarse violentamente y en bloque, la disminución del tiempo dedicado a las faenas materiales es una medida preparatoria: algunas de las horas que el proletariado dedica hoy al manejo de sus brazos podría consagrarlas a cultivar su inteligencia, haciéndose hombre consciente, conocedor de sus derechos y, por consiguiente, revolucionario. Si el obrero cuenta con muchos enemigos, el mayor está en su ignorancia. Desde Nueva York hasta Roma y desde Buenos Aires hasta París, flamearán hoy las banderas rojas y tronarán los gritos de rebeldía. Probablemente, relucirán los sables y detonarán los rifles. Porque si en algunos pueblos las modestas manifestaciones de los obreros provocan la sonrisa de los necios o el chiste de los imbéciles, en otros países el interminable desfile de los desheredados hace temblar y palidecer a las clases dominadoras. Y nada más temible que una sociedad cogida y empujada por el miedo. Ahí está Rusia, donde el miedo tiene quizá más parte en el crimen que la maldad misma, siendo ésta de quilates muy subidos. Si consideramos el 1 de mayo como una fiesta mundial, anhelemos que ese día, en vez de sólo pregonar la lucha de clases, se predique la revolución humana o para todos. En el largo martirologio de la historia, así como en los actuales dramas de la miseria, los obreros no gozan el triste privilegio de ofrecer las víctimas. La sociedad es una inmensa escala de iniquidades, todos combaten por adquirir el amplio desarrollo de su individualidad. Todos los cerebros piden luz, todos los corazones quieren amor, todos los estómagos exigen pan. Hasta los opresores y explotadores necesitan verse emancipados de sí mismos porque son miserables esclavos sujetos a las preocupaciones de casta y secta. Para el verdadero anarquista no hay, pues, una simple cuestión obrera, sino un vastísimo problema social; no una guerra de antropófagos entre clases y clases, sino un generoso trabajo de emancipación humana. (1906)
Por Manuel González Prada, Anarquía ¿Se han fijado los lectores en el cúmulo de necedades (y también de infamias) que nos ha comunicado y sigue comunicándonos el telégrafo con motivo de la última bomba lanzada en Madrid? No han faltado las protestas de los anarquistas y su felicitación al Rey, la cobardía del criminal, la salvación milagrosa ni el conato de tragedia. Algunos se imaginan que los anarquistas, a semejanza de los carbonarios, forman terribles sociedades secretas donde los miembros se sortean para designar al ejecutor de una obra sangrienta. Nada de eso: cuando más, los libertarios constituyen pequeños grupos. Entre ellos abundan los solitarios, los que lejos de toda influencia colectiva, proceden de su cuenta y riesgo. Son los verdaderamente dignos de causar miedo a la sociedad burguesa, porque en el hombre concentrado, en el que no se difunde al exterior, suelen abundar los pensamientos originales y las acciones enérgicas. Los energúmenos, los bullangueros, los vociferadores en reuniones públicas, resultan más de una vez soplones, emisarios de la policía o agentes provocadores. Porque si hay libertarios de verdad, también los hay de pega. Los que felicitan al régulo de España y protestan de la bomba pertenecen a la segunda clase: deben de ser lacayos, guardias civiles, oficiales que rejonean toros o legos y frailes pertenecientes a las mil y una congregaciones fomentadas por la Reina madre. En Los diamantes de la corona, los ladrones se visten de frailes, honrando el hábito; en los ridículos sainetes de la policía madrileña, los frailes toman el disfraz de anarquistas, deshonrando el nombre. Conque ¿merece llamarse cobarde el individuo que, sobre exponerse a morir como la primera víctima del explosivo, actúa con la seguridad de caer tarde o temprano en poder de la justicia? Cítennos a los lanzadores de bombas que hayan salido ilesos o quedado impunes. Se puede hablar de fiereza o de inhumanidad; pero de cobardía, no. Si consideráramos cobardes a los Henry o a los Vaillant, ya contaríamos en el número de valientes a los poltrones que se desmayan con la detonación de un cohete chino. Cualquiera de los infelices venidos al mundo con el único fin de mantener la especie, tendría sobrada razón para detenernos en la calle y decirnos: "Cuento seis hijos y medio; voy a cumplir sesenta años, y (admire usted mi valor!, todavía no he lanzado ninguna bomba". Que el pobre Alfonso XIII crea en el milagro y se juzgue digno de que el cielo le defienda, pase; su mentalidad de semigorila no le permite una explicación racional de los hechos. No pasa que otros lo digan de puro bellacos o bribones. Mas creamos en la salvación milagrosa, figurémonos que la divina Providencia haya movido el dedo y hasta las dos manos para evitar que unos cascotes de hierro fueran a incrustarse en algunas molleras de palo. De hoy en adelante, para ser lógico, el reyezuelo de España debe licenciar a todos los agentes de policía y echarse a caminar solo, de noche y de día, tanto por los viveros de Madrid como por los arrabales de París. Antes habíamos pensado que si Dios existía, se hallaba lo suficientemente lejos de nosotros para no vernos ni oírnos; mas ya sabemos que de vez en cuando viene a la Tierra para disminuir la secreción de pus en las orejas del Káiser o para impedir la emasculación de un reyezuelo en la época de la brama. Los remisores de telegramas llegan a los límites de la necedad cuando no ven sino conato de tragedia en una explosión que produjo veinte muertos y cincuenta o sesenta heridos, solamente porque el Rey y la Reina escaparon sin el más leve rasguño. Si ambos hubieran sido las únicas víctimas, se habría realizado una tragedia horrorosa. Nosotros pensamos que los veinte muertos, por más humildes que hayan sido en su condición social, representaban una fuerza humana muy superior a la contenida en el organismo de un Alfonso XIII. Superior, así en la cantidad como en la calidad. Digan lo que quieran los aduladores, la carne sana y robusta de unos cuantos albañiles o gañanes importa más en la vida del Universo que el aparato fofo y anémico de un noble minado por la tuberculosis y la sífilis. Sinceramente nos dolemos de los hombres y también de los caballos, muertos por la bomba, que los animales eran, al fin y al cabo, los más inocentes y los que menos voluntad habían manifestado de concurrir a las fiestas. Nadie nos pregunte si habríamos preferido la muerte del Rey al sacrificio de los caballos, porque daríamos una respuesta que sublevaría la cólera de algunos imbéciles. Nos contentaremos con parodiar al humorista Mark Twain y decir: "Cuánto más conocemos a los reyes, más estimación sentimos por los caballos". (1906)
Por Manuel González Prada, Anarquía Cuando salió de la escena política el último ministerio conservador ingles, uno de los más avanzados periódicos de Londres le consagró en breves palabras la merecida oración fúnebre, llevándose de encuentro a la misma Inglaterra. "El gobierno de bribones y ganapanes que acaba de dimitir --decía el periódico londinense-- nos deja ríquisima cosecha de reacción. La Ley sobre Extranjeros (Alien's Act) habría sido vista en Inglaterra como una vergüenza hace cincuenta años; pero somos hoy un pueblo muy diferente del de entonces: sólo tenemos ojos para el brillo de la moneda; sólo tenemos orejas para el retintín del oro". La Ley sobre Extranjeros o, más propiamente hablando, contra la inmigración, ley que desde enero del presente año se ejecuta con severísimo rigor, es la sórdida manifestación del espíritu inhumano y egoísta que va recrudeciendo en todas las naciones, sin exceptuar a las más enorgullecidas con la civilización cristiana. Para introducir sus telas, su opio, su alcohol y su Biblia, las grandes potencias abren a cañonazos Asia y Africa; pero quieren cerrar sus puertas no sólo al amarillo y al negro, sino también al blanco sin bolsa repleta de oro. Puede afirmarse que existe una confabulación internacional contra el proletariado: se pretende que todo hombre sin bienes de fortuna y sujeto a vivir de un jornal no emigre en busca de aire o pan y muera resignadamente en el cuchitril o el arroyo de su patria. Esa ley, urdida por los conservadores pero severamente aplicada por los liberales, dificulta si no imposibilita el ingreso a las Islas Británicas de los undesirables o proletarios, pues determina que para desembarcar se necesita buena salud, un pasado sin lacra judicial y medios de subsistir por algún tiempo. Naturalmente, dado el continuo éxodo de los perseguidos por el Zar, las primeras víctimas del Alien's Act han sido los refugiados rusos que no tenían billetes de banco, libras esterlinas ni crédito abierto en ninguna casa inglesa. Sin dejarles descender a tierra, se les hizo regresar al punto de embarco. Por este motivo, ya ninguna compañía de los vapores que navegan del continente a las Islas Británicas admite pasajeros de tercera clase, si no están provistos con billetes de ida y regreso. Esta Ley de Extranjeros, muy semejante a la promulgada en Estados Unidos, prueba que Roosevelt[1] va formando escuela. Verdad que en Inglaterra no se ha visto aún lo ocurrido en América del Norte: vedar el desembarco de dos personas por el delito de vivir maritalmente sin ser casadas; pero ya lo veremos, que la púdica Albión no puede quedarse atrás en achaques de hipocresía. (1906)
Por Manuel González Prada, Anarquía Aunque alabemos las buenas intenciones de todos los que hablaron o escribieron en los comienzos de mayo, no dejaremos de lamentar la confusión que algunos han hecho de los hombres y las cosas, dando a ciertos individuos el lugar que no les corresponde y considerando iguales o afines las ideas que se excluyen o se rechazan. Y no pensemos que esto suceda únicamente en el Perú, donde vivimos en una especie de niñez intelectual. En Europa, lo mismo que entre nosotros, muchos buscan de buena fe una orientación fija; pero la sanidad de las intenciones no les impide andar a tientas y sin rumbo: sienten la presencia de la luz, y tienen al crepúsculo por aurora; oyen ruido de alas, y toman por águilas a los buitres. No pretendemos que de la noche a la mañana broten legiones de libertarios ni que hasta los infelices peones de las haciendas profesen ideas tan definidas como las tienen Pedro Kropotkin o Sebastien Faure. Desearíamos que los ilustradores de nuestras muchedumbres hicieran comprender a los ignorantes la enorme distancia que media entre el hombre público y el verdadero reformador, entre los cambios políticos y las transformaciones sociales, entre el Socialismo y la Anarquía. Cierto, en un solo día se consuma una revolución y se derriba un imperio secular; pero en muchos años no se educan hombres capaces de efectuar semejantes revoluciones. Cuando la palabra demoledora y el libro anárquico lleguen a las capas sociales donde hoy no penetra más luz que la emitida por frailes ignorantes, políticos logreros y plumíferos venales, entonces las muchedumbres adquirirán ideas claras y definidas, distinguirán unos hombres de otros hombres y procederán con la energía suficiente para derrumbar en unas cuantas horas el edificio levantado en cuatro siglos de iniquidad. Anarquistas o no, los trabajadores que persiguen un fin elevado se hallan en la necesidad de recurrir a una medida salvadora: desconfiar de los políticos. Desconfiar de todos ellos y particularmente de los histriones que se revisten con los guiñapos del liberalismo y sacuden las sonajas de reforma electoral, sufragio libre, garantías del ciudadano y federalismo. Para evitar el contagio de la tuberculosis por medio de la saliva, las autoridades higiénicas cuelgan en los lugares públicos el siguiente letrero: Se prohíbe escupir. Por razón semejante, pues se trata de precaver una contaminación moral, los obreros están en el caso de fijar en todas sus reuniones públicas unos grandes carteles que digan: Se prohibe eyacular política. Los libertarios deben recordar que el Socialismo, en cualquiera de sus múltiples formas, es opresor y reglamentario, diferenciándose mucho de la Anarquía, que es ampliamente libre y rechaza toda reglamentación o sometimiento del individuo a las leyes del mayor número. Entre socialistas y libertarios pueden ocurrir marchas convergentes o acciones en común para un objeto inmediato, como sucede hoy con la jornada de ocho horas; pero nunca una alianza perdurable ni una fusión de principios: al dilucidarse una cuestión vital, surge la divergencia y se entabla la lucha. Lo vemos hoy. Mientras los anarquistas se declaran enemigos de la patria y por consiguiente del militarismo, los socialistas proceden jesuíticamente queriendo conciliar lo irreconciliable, llamándose internacionalistas y nacionalistas. Bebel ha dicho en pleno Reichstag, confundiéndose con los brutos galonados a servicio del Emperador: "Nosotros los socialistas lucharemos por la conservación de Alemania y realizaremos el último esfuerzo para defender nuestra patria y nuestras tierras". Algo parecido podríamos citar de los Millerand, de los Clemenceau y hasta de los Jaurés. En cuanto a la tolerancia de los socialistas, basta recordar que Liebknecht se opuso constantemente a la admisión de libertarios en los congresos de obreros. "Nosotros --decía-- debemos combatirles como a nuestros mayores enemigos, no permitiéndoles entrar en ninguna de nuestras comunidades o reuniones". El que brutal y francamente reveló todo el amor fraternal que los socialistas profesan a los anarquistas fue el diputado francés Chauvin, cuando en presencia de dos o tres mil ciudadanos lanzó las siguientes palabras: "El primer acto de los socialistas demócratas el día del triunfo debe ser fusilar a todos los anarquistas". Medítenlo, pues, y no lo olviden los inocentes libertarios que igualan el Socialismo con la Anarquía y reconocen en cada socialista un hermano caritativo y bonachón. (1906)
Por Manuel González Prada, Anarquía Si alguien quisiera saber nuestra opinión sobre las huelgas, nosotros le diríamos: Toda huelga debe ser general y armada. General, para combatir y asediar por todos lados al mundo capitalista y obligarle a rendirse. Armada, para impedir la ingerencia de la autoridad en luchas donde no debe hacer más papel que el de testigo. Las huelgas parciales no siempre logran beneficiar al obrero, porque los huelguistas, abandonados a sus propias fuerzas, sin el auxilio de sus compañeros, son batidos en detall y tienen que ceder al patrón. Las huelgas desarmadas fracasan también, porque la decisiva intervención de las autoridades en la lucha de amos y siervos significa siempre alianza con los primeros. Cuando en una población todos se declaran en huelga, desde el carnicero hasta el farolero, se hace compasivo y razonable el burgués que tiembla a la sola idea de no tener un trozo de carne en la olla ni un farol encendido en la calle. Cuando todos se arman, desde el hombre con un revólver hasta la mujer con unas tijeras, las autoridades se amansan, pues una huelga así, no está muy distante de una revolución. En el Perú, al declararse la huelga de un gremio o de un grupo de trabajadores, los demás gremios o demás trabajadores se quedan tan impasibles como si se tratara de cosas ajenas no sólo a la clase obrera sino al Planeta: dejan a sus compañeros cogidos entre las garras del patrón y los rifles de la autoridad. En las huelgas del Callao[1] todas las sociedades obreras ven con la mayor indiferencia que en decretos bárbaros se considere a los trabajadores como unos esclavos. Verdad que actualmente las sociedades obreras de Lima y el Callao tienen dos graves asuntos en que ocuparse: las elecciones municipales y el enrolamiento a la Unión Católica... (1906) 1. Noviembre de 1906.- Nota de Luis Alberto Sánchez.
Por Manuel González Prada, Anarquía Hay dos cosas inconciliables, por más sutilezas y argucias que empleemos con el fin de conciliarlas: el internacionalismo y el patriotismo. No tenemos patria, si por igual queremos a todas las naciones; no somos patriotas, si dejamos de preferir un conciudadano nuestro a un lapón, a un francés o a un chino. El socialismo, a pesar de creerse desvinculado de todas las religiones, se funda en una máxima cristiana: todos somos hermanos. Pues bien, si el todos somos hermanos es una verdad grabada en lo más íntimo de nuestro corazón, si por ella debemos regir todas nuestras acciones, tenemos derecho de protestar cuando nos obliguen a violarla para convertirnos en matadores de nuestros hermanos. La propaganda de los socialistas-internacionalistas, al aconsejar la deserción en caso de una guerra, es la consecuencia más lógica de la doctrina. No lo es la pretensión de algunos socialistas franceses y alemanes al conciliar el internacionalismo con el patriotismo, y la libertad humana con el servicio militar. Semejantes conciliadores nos recuerdan a los teólogos casuísticos y jesuíticos; en teoría, condenan el servicio militar y la guerra; en la práctica, no se oponen a la obediencia pasiva ni admiten la indisciplina o rebelión en el individuo de tropa. Sin embargo, en la enérgica resolución del recluta, en su rechazo a volverse un simple resorte de la máquina ciega y colectiva, ahí se halla la más pronta resolución del problema. Sólo acabarán los ejércitos y, por consiguiente, las guerras, cuando los hombres no se resignen a sufrir el yugo militar, cuando la mayoría de los llamados al servicio tenga el suficiente valor para rebelarse, invocando el generoso principio de la fraternidad. Y la protesta en masa o colectiva no puede venir sin haber sido iniciada por una serie de protestas individuales: muchísimos seguirán el ejemplo, cuando algunos empiecen a darle. Algo trabaja por la terminación de las guerras el diplomático bien rentado que urde protocolos en la Conferencia de La Haya, pero seguramente hace más el pobre dukhobor que en una estepa rusa rechaza el servicio militar y, antes de faltar a sus convicciones, soporta el knut, la prisión y el destierro a Siberia. (1906)
Por Manuel González Prada, Anarquía Ignorarnos si los trabajadores, no sólo del Perú sino del mundo entero, andan acordes en lo que piensan y hacen hoy. Si conmemoran las rebeliones pasadas y formulan votos por el advenimiento de una transformación radical en todas las esferas de la vida, nada tenemos que decir; pero si únicamente se limitan a celebrar la fiesta del trabajo, figurándose que el desiderátum de las reivindicaciones sociales se condensa en la jornada de ocho horas o en el descanso dominical, entonces no podemos dejar de sonreírnos ni de compadecer la candorosidad de las huestes proletarias. ¡La fiesta del trabajo! ¿Qué significa eso? ¿Por qué ha de regocijarse el trabajador que brega para que otros descansen y produce para que otros disfruten del beneficio? A los dueños de fábricas y de haciendas, a los monopolizadores del capital y de la tierra, a los que se llaman industriales porque ejercen el arte de enriquecerse con el sudor y la sangre de sus prójimos, a solamente ellos les cumpliría organizar manifestaciones callejeras, empavesar edificios, prender cohetes y pronunciar discursos. Sin embargo el obrero es quien hoy se regocija y se congratula, sin pensar que la irónica fiesta del trabajo se reduce a la fiesta de la esclavitud.
En el comienzo de las sociedades, cuando la guerra estallaba entre dos grupos, el vencedor mataba inexorablemente al vencido; más tarde, le reducía a la esclavitud para tener en él una máquina de trabajo; después cambió la esclavitud por la servidumbre; últimamente, ha sustituido la servidumbre por el proletariado. Así que esclavitud, servidumbre y proletariado son la misma cosa, modificada por la acción del tiempo. Si en todas las naciones pudiéramos reconstituir el árbol genealógico de los proletarios, veríamos que descienden de esclavos o de siervos, es decir, de vencidos. Cierto, a la doble labor del músculo y del cerebro se debe la habitabilidad de la Tierra y el confort de la vida: no opongamos el trabajo a las fuerzas enemigas de la Naturaleza, y ya veremos si la Divina Providencia acude a nuestro auxilio. Jesucristo hablaba, pues, como un insensato al decir "que no nos acongojáramos por lo que habíamos de comer o de beber, y miráramos a las aves del cielo, las cuales no siembran ni siegan ni allegan en graneros porque nuestro Padre Celestial las alimenta". Pero al diario y exclusivo empleo del músculo se debe también el embrutecimiento de media Humanidad. Los que desde la mañana hasta la noche conducen una yunta o manejan un martillo, no viven la vida intelectual del hombre, y a fuerza de restringir las funciones cerebrales, acaban por convertir sus actos en un simple automatismo de los centros inferiores. Merced a la constante acción depresiva de los dominadores sobre los dominados, hay verdaderos brutos humanos que sólo poseen inteligencia para anudar los hilos de una devanadera o destripar los terrones de un barbecho. Vienen a ser productos de una selección artificial, como el novillo de carnes o el potro de carreras. Si el recio trabajo del músculo alegra el corazón, aleja los malos pensamientos y fortifica el organismo, si produce tantos bienes como pregonan los moralizadores de oficio, ¿por qué los hijos de los burgueses, en vez de empuñar el libro y dirigirse a las universidades, no uncen la yunta y salen a surcar la tierra? Porque las sociedades tienen una moral y una higiene para los de arriba, al mismo tiempo que otra moral y otra higiene para los de abajo. Existen dos clases de trabajadores: los que en realidad trabajan, y los que aparentemente lo hacen, llamando trabajo el ver sudar y derrengarse al prójimo. Así, el hacendado que a las ocho de la mañana monta en un hermoso caballo y, por dos o tres horas, recorre los cañaverales donde el jornalero suda la gota gorda, es hombre de trabajo; así también, el industrial que de vez en cuando deja,el mullido sillón de su escritorio y entra a pegar un vistazo en los talleres donde la mujer y el niño permanecen doce y hasta quince horas, es un hombre de trabajo. Lo repetimos: hoy sólo deberían regocijarse los explotadores de la fuerza humana; podría hacerlo con alguna razón el que labora una tierra, con la esperanza de cosechar los frutos, o el que hila unas cuantas libras de lana, con la seguridad de fabricarse un vestido; pero, ¿qué regocijo le cabe sentir al pobre diablo que de enero a enero y desde el amanecer hasta el anochecer vive aserrando maderos, aguijando bueyes o barreteando minas? El que mañana será proletario como lo es hoy y lo ha sido ayer, el que no abriga ni siquiera la ilusión de mejorar en su desgraciada existencia, ese tiene derecho de arrojar un grito de rebelión y ver en la pacífica fiesta del trabajo una cruel ironía, una manifestación del esclavo para sancionar la esclavitud. (1907)
Por Manuel González Prada, Anarquía Cuando la mayoría, dice Reybaud, se entumece en la faena cotidiana, volviéndose incapaz de contribuir a la marcha progresiva de los siglos, surgen hombres organizados para rebelarse contra las ideas aceptadas y promover tempestades, así en el mundo de la inteligencia como en el campo de los hechos. De ahí la agitación incesante, el movimiento que si hoy se puede retardar en un terreno, mañana se acelera en otros, sin dejar punto inmóvil en el dominio del pensamiento, abarcando todas las necesidades humanas, fecundizando la vida, revolucionando el orbe. La existencia de la Humanidad no se reduce, pues, a girar irremediablemente sobre ella misma o agitarse sin esperanza ni objeto alrededor de un círculo fatal: asciende por una escala misteriosa y cada día se acerca más a una cumbre de serenidad y luz. La oposición de los rebeldes a las opiniones reinantes actúa como factor poderosísimo en las transformaciones sucesivas. Mas, aunque la rebeldía no produjera sino alguna desconfianza del presente y el deseo de aislarse para juzgarle con mayor | |||||||||