Monografias | González PradaGonzález PradaResumen: González Prada es, en nuestra literatura, el precursor de la transición del período colonial al período cosmopolita. Ventura García Calderón lo declara "el menos peruano" de nuestros literatos. Pero ya hemos visto que hasta González Prada lo peruano en esta literatura no es aún peruano sino sólo colonial. González Prada es, en nuestra literatura, el
precursor de la transición del período colonial al período cosmopolita.
Ventura García Calderón lo declara "el menos peruano" de nuestros
literatos. Pero ya hemos visto que hasta González Prada lo peruano en esta
literatura no es aún peruano sino sólo colonial. El autor de Páginas
Libres, aparece como un escritor de espíritu occidental y de cultura
europea. Mas, dentro de una peruanidad por definirse, por precisarse todavía,
¿por qué considerarlo como el menos peruano de los hombres de letras que la
traducen? ¿Por ser el menos español? ¿Por no ser colonial? La razón resulta
entonces paradójica. Por ser la menos española, por no ser colonial, su
literatura anuncia precisamente la posibilidad de una literatura peruana. Es la
liberación de la metrópoli. Es, finalmente, la ruptura con el Virreinato. Este parnasiano, este helenista, marmóreo,
pagano, es histórica y espiritualmente mucho más peruano que todos,
absolutamente todos, los rapsodistas de la literatura española anteriores y
posteriores a él en nuestro proceso literario. No existe seguramente en esta
generación un solo corazón que sienta al malhumorado y nostálgico discípulo
de Lista más peruano que el panfletario e iconoclasta acusador del pasado a que
pertenecieron ése y otros letrilleros de la misma estirpe y el mismo abolengo. González Prada no interpretó este pueblo, no
esclareció sus problemas, no legó un programa a la generación que debía
venir después. Mas representa, de toda suerte, un instante -el primer instante
lúcido-, de la conciencia del Perú. Federico More lo llama un precursor del
Perú nuevo, del Perú integral. Pero Prada, a este respecto, ha sido más que
un precursor. En la prosa de Páginas Libres, entre sentencias
alambicadas y retóricas, se encuentra el germen del nuevo espíritu nacional.
"No forman el verdadero Perú -dice González Prada en el célebre discurso
del Politeama de 1888- las agrupaciones de criollos y extranjeros que habitan la
faja de tierra situada entre el Pacífico y los Andes; la nación está formada
por las muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la
cordillera''. Y aunque no supo hablarle un lenguaje desnudo de
retórica, González Prada no desdeñó jamás a la masa. Por el contrario,
reivindicó siempre su gloria oscura. Previno a los literatos que lo seguían
contra la futilidad y la esterilidad de una literatura elitista. "Platón
-les recordó en la conferencia del Ateneo- decía que en materia de lenguaje el
pueblo era un excelente maestro. Los idiomas se vigorizan y retemplan en la
fuente popular, más que en las reglas muertas de los gramáticos y en las
exhumaciones prehistóricas de los eruditos. De las canciones, refranes y dichos
del vulgo brotan las palabras originales, las frases gráficas, las
construcciones atrevidas. Las multitudes transforman las lenguas como los
infusorios modifican los continentes". "El poeta legítimo -afirmó en
otro pasaje del mismo discurso- se parece al árbol nacido en la cumbre de un
monte: por las ramas, que forman la imaginación, pertenece a las nubes; por las
raíces, que constituyen los afectos, se liga con el suelo". Y en sus notas
acerca del idioma ratificó explícitamente en otros términos el mismo
pensamiento. "Las obras maestras se distinguen por la accesibilidad, pues
no forman el patrimonio de unos cuantos elegidos, sino la herencia de todos los
hombres con sentido común. Homero y Cervantes son ingenios democráticos: un niño
les entiende. Los talentos que presumen de aristocráticos, los inaccesibles a
la muchedumbre, disimulan lo vacío del fondo con lo tenebroso de la
forma". "Si Herodoto hubiera escrito como Gracián, si Píndaro
hubiera cantado como Góngora ¿habrían sido escuchados y aplaudidos en los
juegos olímpicos? Ahí están los grandes agitadores de almas en los siglos XVI
y XVIII, ahí está particularmente Voltaire con su prosa, natural como un
movimiento respiratorio, clara como un alcohol rectificado". Simultáneamente, González Prada denunció el
colonialismo. En la conferencia del Ateneo, después de constatar las
consecuencias de la ñoña y senil imitación de la literatura española,
propugnó abiertamente la ruptura de este vínculo. "Dejemos las andaderas
de la infancia y busquemos en otras literaturas nuevos elementos y nuevas
impulsiones. Al espíritu de naciones ultramontanas y monárquicas prefiramos el
espíritu libre y democrático del siglo. Volvamos los ojos a los autores
castellanos, estudiemos sus obras maestras, enriquezcamos su armoniosa lengua;
pero recordemos constantemente que la dependencia intelectual de España
significaría para nosotros la definida prolongación de la niñez". En la obra de González Prada, nuestra literatura
inicia su contacto con otras literaturas. González Prada representa
particularmente la influencia francesa. Pero le pertenece en general el mérito
de haber abierto la brecha por la que debían pasar luego diversas influencias
extranjeras. Su poesía y aun su prosa acusan un trato íntimo de las letras
italianas. Su prosa tronó muchas veces contra las academias y los puristas, y,
heterodoxamente, se complació en el neologismo y el galicismo. Su verso buscó
en otras literaturas nuevos troqueles y exóticos ritmos. Percibió bien su inteligencia el nexo oculto
pero no ignoto que hay entre conservantismo ideológico y academicismo
literario. Y combinó por eso el ataque al uno con la requisitoria contra el
otro. Ahora que advertimos claramente la íntima relación entre las serenatas
al Virreinato en literatura y el dominio de la casta feudal en economía y política,
este lado del pensamiento de González Prada adquiere un valor y una luz nuevos. Como lo denunció González Prada, toda actitud
literaria, consciente o inconscientemente refleja un sentimiento y un interés
políticos. La literatura no es independiente de las demás categorías de la
historia. ¿Quién negará, por ejemplo, el fondo político del concepto en
apariencia exclusivamente literario, que define a González Prada como "el
menos peruano de nuestros literatos"? Negar peruanismo a su personalidad no
es sino un modo de negar validez en el Perú a su protesta. Es un recurso
simulado para descalificar y desvalorizar su rebeldía. La misma tacha de
exotismo sirve hoy para combatir el pensamiento de vanguardia. Los jóvenes distinguen lo que en la obra de González
Prada hay de contingente y temporal de lo que hay de perenne y eterno. Saben que
no es la letra sino el espíritu lo que en Prada representa un valor duradero.
Los falsos gonzález-pradistas repiten la letra; los verdaderos repiten
el espíritu. El estudio de González Prada pertenece a la crónica
y a la crítica de nuestra literatura antes que a las de nuestra política. González
Prada fue más literato que político. El hecho de que la trascendencia política
de su obra sea mayor que su trascendencia literaria no desmiente ni contraría
el hecho anterior y primario, de que esa obra, en sí, más que política es
literaria. Todos constatan que González Prada no fue acción
sino verbo. Pero no es esto lo que a González Prada define como literato más
que como político. Es su verbo mismo. El verbo, puede ser programa, doctrina. Y ni en Páginas
Libres ni en Horas de Lucha encontramos una doctrina ni un
programa propiamente dichos. En los discursos, en los ensayos que componen estos
libros, González Prada no trata de definir la realidad peruana en un lenguaje
de estadista o de sociólogo. No quiere sino sugerirla en un lenguaje de
literato. No concreta su pensamiento en proposiciones ni en conceptos. Lo esboza
en frases de gran vigor panfletario y retórico, pero de poco valor práctico y
científico. "El Perú es una montaña coronada por un cementerio".
"El Perú es un organismo enfermo: donde se aplica el dedo brota el
pus". Las frases más recordadas de González Prada delatan al hombre de
letras: no al hombre de Estado. Son las de un acusador, no las de un realizador. El propio movimiento radical aparece en su origen
como un fenómeno literario y no como un fenómeno político. El embrión de la
Unión Nacional o Partido Radical se llamó "Círculo Literario". Este
grupo literario se transformó en grupo político obedeciendo al mandato de su
época. El proceso biológico del Perú no necesitaba literatos sino políticos.
La literatura es lujo, no es pan. Los literatos que rodeaban a González Prada
sintieron vaga pero perentoriamente la necesidad vital de esta nación
desgarrada y empobrecida. "El «Círculo Literario», la pacífica sociedad
de poetas y soñadores -decía González Prada en su discurso del Olimpo de
1887-, tiende a convertirse en un centro militante y propagandista. ¿De dónde
nacen los impulsos de radicalismo en literatura? Aquí llegan ráfagas de los
huracanes que azotan a las capitales europeas, repercuten voces de la Francia
republicana e incrédula. Hay aquí una juventud que lucha abiertamente por
matar con muerte violenta lo que parece destinado a sucumbir con agonía
inoportunamente larga, una juventud, en fin, que se impacienta por suprimir los
obstáculos y abrirse camino para enarbolar la bandera roja en los desmantelados
torreones de la literatura nacional". González Prada no resistió el impulso histórico
que lo empujaba a pasar de la tranquila especulación parnasiana a la áspera
batalla política. Pero no pudo trazar a su falange un plan de acción. Su espíritu
individualista, anárquico, solitario, no era adecuado para la dirección de una
vasta obra colectiva. Cuando se estudia el movimiento radical, se dice
que González Prada no tuvo temperamento de conductor, de caudillo, de
condotiero. Mas no es ésta la única constatación que hay que hacer. Se debe
agregar que el temperamento de González Prada era fundamentalmente literario.
Si González Prada no hubiese nacido en un país urgido de reorganización y
moralización políticas y sociales, en el cual no podía fructificar una obra
exclusivamente artística, no lo habría tentado jamás la idea de formar un
partido. Su cultura coincidía, como es lógico, con su
temperamento. Era una cultura principalmente literaria y filosófica. Leyendo
sus discursos y sus artículos, se nota que González Prada carecía de estudios
específicos de Economía y Política. Sus sentencias, sus imprecaciones, sus
aforismos, son de inconfundibles factura e inspiración literarias. Engastado en
su prosa elegante y bruñida, se descubre frecuentemente un certero concepto
sociológico o histórico. Ya he citado alguno. Pero en conjunto, su obra tiene
siempre el estilo y la estructura de una obra de literato. Nutrido del espíritu nacionalista y positivista
de su tiempo, González Prada exaltó el valor de la Ciencia. Mas esta actitud
es peculiar de la literatura moderna de su época. La Ciencia, la Razón, el
Progreso, fueron los mitos del siglo diecinueve. González Prada, que por la
ruta del liberalismo y del enciclopedismo llegó a la utopía anarquista, adoptó
fervorosamente estos mitos. Hasta en sus versos hallamos la expresión enfática
de su racionalismo.
Le tocó a González Prada enunciar solamente lo
que hombres de otra generación debían hacer. Predicó realismo. Condenando los
gaseosos verbalismos de la retórica tropical, conjuró a sus contemporáneos a
asentar bien los pies en la tierra, en la materia. "Acabemos ya -dijo- el
viaje milenario por regiones de idealismo sin consistencia y regresemos al seno
de la realidad, recordando que fuera de la Naturaleza no hay más que
simbolismos ilusorios, fantasías mitológicas, desvanecimientos metafísicos. A
fuerza de ascender a cumbres enrarecidas, nos estamos volviendo vaporosos,
aeriformes: solidifiquémonos. Más vale ser hierro que nube". Pero él mismo no consiguió nunca ser un
realista. De su tiempo fue el materialismo histórico. Sin embargo, el
pensamiento de González Prada, que no impuso nunca límites a su audacia ni a
su libertad, dejó a otros la empresa de crear el socialismo peruano. Fracasado
el partido radical, dio su adhesión al lejano y abstracto utopismo de
Kropotkin. Y en la polémica entre marxistas y bakuninistas, se pronunció por
los segundos. Su temperamento reaccionaba en éste como en todos sus conflictos
con la realidad, conforme a su sensibilidad literaria y aristocrática. La filiación literaria del espíritu y la
cultura de González Prada, es responsable de que el movimiento radical no nos
haya legado un conjunto elemental siquiera de estudios de la realidad peruana y
un cuerpo de ideas concretas sobre sus problemas. El programa del Partido
Radical, que por otra parte no fue elaborado por González Prada, queda como un
ejercicio de prosa política de "un círculo literario". Ya hemos
visto cómo la Unión Nacional, efectivamente, no fue otra cosa. El pensamiento de González Prada, aunque
subordinado a todos los grandes mitos de su época, no es monótonamente
positivista. En González Prada arde el fuego de los racionalistas del siglo
XVIII. Su Razón es apasionada. Su Razón es revolucionaria. El positivismo, el
historicismo del siglo XIX representan un racionalismo domesticado. Traducen el
humor y el interés de una burguesía a la que la asunción del poder ha tornado
conservadora. El racionalismo, el cientificismo de González Prada no se
contentan con las mediocres y pávidas conclusiones de una razón y una ciencia
burguesas. En González Prada subsiste, intacto en su osadía, el jacobino. Javier Prado, García Calderón, Riva Agüero,
divulgan un positivismo conservador. González Prada enseña un positivismo
revolucionario. Los ideólogos del civilismo, en perfecto acuerdo con sus
sentimientos de clase, nos sometieron a la autoridad de Taine; el ideólogo del
radicalismo se reclamó siempre de pensamiento superior y distinto del que,
concomitante y consustancial en Francia con un movimiento de reacción política,
sirvió aquí a la apología de las oligarquías ilustradas. No obstante su filiación racionalista y
cientificista, González Prada no cae casi nunca en un intelectualismo
exagerado. Lo preservan de este peligro su sentimiento artístico y su exaltado
anhelo de justicia. En el fondo de este parnasiano, hay un romántico que no
desespera nunca del poder del espíritu. Una de sus agudas opiniones sobre Renán, el que ne
dépasse pas le doute, nos prueba que González Prada percibió muy bien el
riesgo de un criticismo exacerbado. "Todos los defectos de Renán se
explican por la exageración del espíritu crítico; el temor de engañarse y la
manía de creerse un espíritu delicado y libre de pasión, le hacían muchas
veces afirmar todo con reticencias o negar todo con restricciones, es decir, no
afirmar ni negar y hasta contradecirse, pues le acontecía emitir una idea y en
seguida, valiéndose de un pero, defender lo contrario. De ahí su escasa
popularidad: la multitud sólo comprende y sigue a los hombres que franca y
hasta brutalmente afirman con las palabras como Mirabeau, con los hechos como
Napoleón". González Prada prefiere siempre la afirmación a
la negación, a la duda. Su pensamiento es atrevido, intrépido, temerario. Teme
a la incertidumbre. Su espíritu siente hondamente la angustiosa necesidad de dépasser
le doute. La fórmula de Vasconcelos pudo ser también la de González
Prada: "pesimismo de la realidad, optimismo del ideal". Con
frecuencia, su frase es pesimista: casi nunca es escéptica. En un estudio sobre la ideología de González
Prada, que forma parte de su libro El Nuevo Absoluto, Mariano Iberico
Rodríguez define bien al pensador de Páginas Libres cuando escribe lo
siguiente: "Concorde con el espíritu de su tiempo, tiene gran fe en la
eficacia del trabajo científico. Cree en la existencia de leyes universales
inflexibles y eternas, pero no deriva del cientificismo ni del determinismo una
estrecha moral eudemonista ni tampoco la resignación a la necesidad cósmica
que realizó Spinoza. Por el contrario, su personalidad descontenta y libre
superó las consecuencias lógicas de sus ideas y profesó el culto de la acción
y experimentó la ansiedad de la lucha y predicó la afirmación de la libertad
y de la vida. Hay evidentemente algo del rico pensamiento de Nietzsche en las
exclamaciones anárquicas de Prada. Y hay en éste como en Nietzsche la oposición
entre un concepto determinista de la realidad y el empuje triunfal del libre
impulso interior". Por estas y otras razones, si nos sentimos
lejanos de muchas ideas de González Prada, no nos sentimos, en cambio, lejanos
de su espíritu. González Prada se engañaba, por ejemplo, cuando nos predicaba
antirreligiosidad. Hoy sabemos mucho más que en su tiempo sobre la religión
como sobre otras cosas. Sabemos que una revolución es siempre religiosa. La
palabra religión tiene un nuevo valor, un nuevo sentido. Sirve para algo más
que para designar un rito o una iglesia. Poco importa que los soviets escriban
en sus afiches de propaganda que "la religión es el opio de los
pueblos". El comunismo es esencialmente religioso. Lo que motiva aún equívocos
es la vieja acepción del vocablo. González Prada predecía el tramonto de
todas las creencias sin advertir que él mismo era predicador de una creencia,
confesor de una fe. Lo que más se admira en este racionalista es su pasión. Lo
que más se respeta en este ateo, un tanto pagano, es su ascetismo moral. Su ateísmo
es religioso. Lo es, sobre todo, en los instantes en que parece más vehemente y
más absoluto. Tiene González Prada algo de esos ascetas laicos que concibe
Romain Rolland. Hay que buscar al verdadero González Prada en su credo de
justicia, en su doctrina de amor; no en el anticlericalismo un poco vulgar de
algunas páginas de Horas de Lucha. La ideología de Páginas Libres y de Horas
de Lucha es hoy, en gran parte, una ideología caduca. Pero no depende de
la validez de sus conceptos ni de sus sentencias lo que existe de fundamental ni
de perdurable en González Prada. Los conceptos no son siquiera lo característico
de su obra. Como lo observa Iberico, en González Prada lo característico
"no se ofrece como una rígida sistematización de conceptos -símbolos
provisionales de un estado de espíritu-; lo está en un cierto sentimiento, en
una cierta determinación constante de la personalidad entera, que se traducen
por el admirable contenido artístico de la obra y por la viril exaltación del
esfuerzo y de la lucha". He dicho ya que lo duradero en la obra de González
Prada es su espíritu. Los hombres de la nueva generación en González Prada
admiramos y estimamos, sobre todo, el austero ejemplo moral. Estimamos y
admiramos, sobre todo, la honradez intelectual, la noble y fuerte rebeldía. Pienso, además, por mi parte que González Prada
no reconocería en la nueva generación peruana una generación de discípulos y
herederos de su obra si no encontrara en sus hombres la voluntad y el aliento
indispensables para superarla. Miraría con desdén a los repetidores mediocres
de sus frases. Amaría sólo una juventud capaz de traducir en acto lo que en él
no pudo ser sino idea y no se sentiría renovado y renacido sino en hombres que
supieran decir una palabra verdaderamente nueva, verdaderamente actual. De González Prada debe decirse lo que él, en Páginas
Libres, dice de Vigil. "Pocas vidas tan puras, tan llenas, tan dignas
de ser imitadas. Puede atacarse la forma y el fondo de sus escritos, puede
tacharse hoy sus libros de anticuados e insuficientes, puede, en fin, derribarse
todo el edificio levantado por su inteligencia; pero una cosa permanecerá
invulnerable y de pie, el hombre". Fuente: http://www.marxists.org/espanol/mariateg/mgp.htm Escrito: c.
1928. Publicación enviada por J. C. Mariátegui Contactar http://members.chello.se Código ISPN de la Publicación EpZkpuEZFEBHsCqrYq Publicado Sunday 21 de December de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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