Monografias | Realidad de la Universidad Colombiana: La Aplicación de la Revolución Educativa en las universidadesRealidad de la Universidad Colombiana: La Aplicación de la Revolución Educativa en las universidadesResumen: La deserción estudiantil es ya alarmante; así lo reconoce el plan de gobierno2 cuando afirma que cada año se incrementa la deserción en la educación superior debido a que la participación del gasto educativo en el gasto total del hogar ha aumentado en los últimos tres años. En el año 2000, 270.000 cupos no
fueron utilizados (en las universidades colombianas) , 60.000 de ellos
correspondieron a la universidad pública y 210.000 a la privada1. La
deserción estudiantil es ya alarmante; así lo reconoce el plan de gobierno2
cuando afirma que cada año se incrementa la deserción en la educación
superior debido a que la participación del gasto educativo en el gasto total
del hogar ha aumentado en los últimos tres años. Hace cuatro años, el Plan de
Desarrollo del gobierno anterior reconocía el fracaso del modelo económico.
Sin embargo, de manera extraña se afirmaba en el mismo documento que la salida
debía ser su profundización3. Tal vez en aplicación de una lógica semejante,
el presidente Uribe propone: ya que ...a pesar del incremento del presupuesto de
la entidad (ICETEX) el número de créditos renovados viene decreciendo desde
1998...4 debería entonces seguir incrementándose la oferta de crédito
educativo en reemplazo de la financiación directa a las universidades públicas
(1. Ampliaremos el crédito universitario. 2. Utilizaremos el crédito como
herramienta fundamental para los estudiantes de educación superior de las
universidades públicas y privadas)4. Mientras tanto, la Universidad
Tecnológica de Pereira está cerrada por decisión de su dirección que intenta
imponer el cobro de matrículas que autofinancie los nuevos programas académicos.
La Universidad Industrial de Santander, aquella que de acuerdo con el criterio
gubernamental presenta los mejores indicadores de eficiencia, está,
literalmente, pidiendo limosna a sus egresados para tratar inútilmente de
subsanar un faltante de $23.000 millones5 que requiere para terminar el año.
Con el objeto de reducir los costos educativos, la nueva dirección de la
Universidad Nacional de Colombia nombrada en contra de la voluntad absolutamente
mayoritaria de los universitarios y con el favor del gobierno, piensa reducir en
20% el tiempo de estudios y por tanto el contenido curricular de todas las
carreras, sin consideraciones sobre la calidad del servicio educativo. El Tiempo5 divulga, además del
caso de la UIS, el déficit de la Universidad del Atlántico ($ 30.677 millones)
de la Universidad del Cauca ($ 9.000 millones) de la Universidad del Tolima
($3.500 millones) de la Tecnológica de Pereira ($3.000 millones) y la del Quindío
($2.300 millones). A pesar de los informes
presentados por algún contratista preferido por sucesivos gobiernos6 (contratos
con ICFES, direcciones de algunas universidades, CGR) quien curiosamente obtiene
siempre conclusiones extrañas por lo contraevidentes en cuanto se refiere a las
universidades públicas, no se trata de que las instituciones de educación
superior se estén convirtiendo en unos sumideros ineficientes de recursos. Sin
desconocer algunos casos aislados de manejos poco claros que siempre han sido
denunciados por los profesores, aún a costa de su seguridad, como en la
Universidad del Atlántico, en la Popular del Cesar, en la del Valle hace
algunos años y en otras, en general el gasto por estudiante y el aporte del
gobierno nacional a la formación de cada estudiante viene descendiendo de
manera alarmante (en contravía de las conclusiones de Silva6). Las figuras 1 y 2, basadas en la
información que divulga el ICFES en su página web7 y en el reporte mensual del
IPC8, muestran lo afirmado. US $1.660 de aporte del gobierno colombiano por
estudiante de universidad pública en 2002 (o US $476 por estudiante
universitario en general) no son comparables de manera favorable con US $3.655
que reportaba en 1997 la UNESCO9 como la media mundial. Y la tendencia es a
empeorar. También, por la misma causa de
la reducción de los aportes, se desfavorecen ahora indicadores relacionados con
la calidad. No es cuestionable de manera razonable que el tiempo que un profesor
dedica a la atención de sus estudiantes incide sobre la calidad de la formación.
Ese tiempo está conformado por las horas de trabajo de los docentes (no las
horas de clase) y el número de estudiantes matriculados. También basados en la información
divulgada por el ICFES7 las figuras 3 y 4 muestran la evolución de indicadores
relacionados con el tema en cuestión. Entre 1996 y 2002 creció en un
50% el número de estudiantes atendidos por cada profesor de tiempo completo
equivalente (la suma de todos los profesores ponderados de acuerdo con su tiempo
de dedicación y dividida por la carga normal de un profesor de tiempo
completo). Algunos llamarían a ese cambio,
incremento de la eficiencia del docente de la universidad pública, pero la
eficiencia no puede medirse sobre la base de un incremento de la producción (más
adelante se hará referencia al tema) con calidad decreciente. Como ya se indicó,
aún cuando sea de difícil cuantificación la calidad se relaciona, entre otros
factores, con la posibilidad que tiene el estudiante de acudir a la aclaración
y a la experiencia de aquel con mayor formación y una vida dedicada a compartir
conceptos, métodos, inquietudes y vivencias con sus alumnos. Ese tiempo
individual se reduce al multiplicarse el número de demandantes de dicha atención.
Pero el otro factor importante es
el presentado en la Figura 4. Al reducir los profesores a tiempo completo
equivalente se usa como criterio el número de horas de clase dictadas. No toma
en cuenta la asesoría fuera de clase, la dirección de trabajos de investigación
(que se pretenden minimizar y aún suprimir) el trabajo necesario de actualización
permanente, la discusión periódica de los contenidos y los métodos, en fin,
considera que la labor del profesor se restringe a lo realizado en el aula de la
clase. Por eso es conveniente mirar la evolución de la proporción de
profesores que en efecto, son de tiempo completo, es decir, se dedican a la
academia. Se trata de otra variable que afecta la calidad de una manera
importante. El descenso de esa proporción, de 79% en 1990 hasta 67% en 2002 en
las universidades públicas, es demostrativo de la práctica adoptada por las
direcciones universitarias de no reemplazar la plaza de aquel académico que se
retira, seguramente con el objeto de estirar la nómina dadas las limitaciones
crecientes de los aportes gubernamentales frente a la demanda justa de los
colombianos por su educación. En otras latitudes el profesor
llamado de cátedra existe solo en casos particulares: cuando la especialización
y la experiencia de ese catedrático son difícilmente encontrables en un académico.
Aún las universidades privadas extranjeras, reconociendo la necesidad de una
academia sólida, basan la misma en una planta importante de profesores de
tiempo completo. No es esa la situación de la
universidad privada colombiana que en la inmensa mayoría de los casos basa la
formación de sus estudiantes en un cuerpo mínimo de profesores de planta y una
nómina muy numerosa de catedráticos que circulan entre varias de ellas para
ajustar un ingreso que los aproxime a una vida digna. Las cuentas de algunas
producirían vergüenza al compararlas con patrones internacionales. A pesar de lo anotado, el
presidente Uribe propone1 3. Establecer un plan de desempeño con las
universidades públicas para que cada peso ejecutado se traduzca en cobertura y
calidad nivelada con las mejores del sector privado (el subrayado es nuestro).
Con el respeto que ellas puedan merecer, el desarrollo de tal meta significaría
un retroceso real en la calidad y aún en la eficiencia de la educación
superior de los colombianos. Los recursos para la labor
educativa están en la raíz de la crisis, y arrastran graves problemas de tipo
académico. Otros temas como la fusión de
universidades públicas para ahorrar en costos administrativos1 no hacen
referencia a la relación académica que busca el fortalecimiento de los
cooperantes, a favor de sus alumnos y de toda su actividad universitaria,
sino centra su objeto en una incierta disminución de los costos
administrativos. La universidad a distancia por internet y la promoción de la
formación llamada técnica y tecnológica, vinculada a la educación a
distancia, también persigue la reducción de la inversión estatal en la
educación de los colombianos y el favorecimiento de la instrucción, antes que
de la educación. La acreditación, los estándares de calidad de las carreras y
los exámenes de estado, ECAES, forman parte de una concepción imperante de la
educación que constituye el tema de la siguiente sección. En épocas de auge globalizador,
todo aquello que sea objeto de demanda se quiere convertir en mercancía cuyo tránsito
y transacción libre debe rentar utilidades para el proveedor. En momentos de
crisis económica, los servicios públicos se quieren convertir en mercancías
con mercado relativamente asegurado, de consumo casi necesario. Bajo esos criterios los gobiernos
latinoamericanos han adelantado programas de privatización de los servicios públicos,
impulsados por las agencias internacionales de crédito. La venta de activos de
propiedad social genera un doble efecto: por un lado permite el ingreso de
dineros que se destinan al pago de obligaciones financieras (servicio de deuda pública)
mal que aqueja a todos los gobiernos; por otro lado libera para la competencia
mercantil nuevos productos con demanda garantizada, es decir, genera buenos
negocios para el lucro de particulares. Así por ejemplo el suministro de agua y
de energía eléctrica, la recolección de basuras, las comunicaciones y el
transporte, necesarios para la vida en la sociedad actual, no se encuentran ya
en manos de la sociedad a través del Estado sino que, en poder de entes
privados, ahora se han transformado en actividades con ánimo de lucro.
Servicios vitales convertidos en grandes negocios, en perjuicio de toda la
población. La salud y la educación no
escapan a esta tendencia. La intermediación privada vigente para la prestación
de servicios de salud se quiere extender al servicio educativo, según se
plantea en el programa de gobierno llamado Revolución Educativa y en el Plan de
Desarrollo Hacia un Estado Comunitario. Toda intermediación privada acarrea
sobrecostos (la utilidad del intermediario) que se sustraen a la extensión del
servicio y restringen la búsqueda de mayor cobertura o mejor calidad. La educación superior, cuya
demanda de acceso en Colombia se dobla cada diez años mientras su nivel de
cubrimiento no alcanza al 35%, se perfila, bajo el criterio neoliberal, como un
gran negocio. Tal vez compartiendo ese criterio
anotado, el Ministerio de Educación Nacional impulsa la discusión de la
Negociación de Servicios de Enseñanza en el ALCA11. El simple título de la
presentación ya indica el concepto tras la política: la educación superior es
un negocio. Se reconoce la presencia de
proveedores (nuevo nombre acuñado para las universidades) cuyo objetivo expreso
es el lucro. En ese mercado, al igual que en la venta de hamburguesas, se
realizan acuerdos de franquicias según los cuales se cobra por la marca. Títulos
de Harvard ahora en Colombia anunciaba el diario La República, en la página 2B
del pasado 11 de abril. A las universidades públicas
(proveedores públicos) se les indica la necesidad de participar en actividades
lucrativas11 (Aumentaremos la venta de servicios de consultoría de las
universidades públicas1), asunto desligado del objeto de dichas instituciones
que las obliga a competir con sus propios egresados, con nefastas consecuencias
como lo demostró la historia reciente de la Universidad del Valle; es decir se
les quiere convertir también en negocios generadores de renta. Se enfatiza en la presentación
del MEN el suministro transfronterizo dado el desarrollo tecnológico que
facilita la educación a distancia. Ello envuelve una concepción sobre la
educación que se comercializa: no se trata de la formación que induce al
cuestionamiento de cualquier verdad, motor fundamental del desarrollo del
conocimiento y del progreso de una sociedad; no se trata del estímulo a la
confrontación y al debate de las ideas sino de la asimilación individual de
información transmitida como cierta por algún poseedor del conocimiento. Se
trata de una instrucción para la adquisición de habilidades productivas y el
estancamiento social. Tal situación se ratifica en las Bases del Plan de
Desarrollo Hacia un Estado Comunitario12 en donde se privilegia la educación a
distancia y la formación en los niveles llamados técnico y tecnológico,
necesarios sí, pero nunca sustitutivos de la verdadera educación superior. Ya que se trata entonces, según
el concepto gubernamental, de una mercancía y se avanza en el proceso de
integración del mercado americano con la conformación del ALCA, se requiere la
eliminación de las restricciones que limitan su comercio. El acceso libre al
mercado requiere un trato equitativo para todos los proveedores, públicos o
privados. La eliminación de subsidios
estatales constituye uno de los temas de discusión hacia el ALCA. Los subsidios
norteamericanos a su producción agrícola, que facilitan el control del
comercio y generan la ruina de los productores no subsidiados de otras naciones,
constituye una de las barreras importantes para la globalización. La universidad pública recibe
aportes (subsidios) del Estado. Según la lógica oficial, tales subsidios
distorsionan el mercado y lo convierten en inequitativo; por lo tanto esa
situación debe ser modificada y los subsidios deben desaparecer de manera
gradual para que el producto estatal compita, en igualdad de condiciones, con la
mercancía privada nacional o internacional. La eliminación de la financiación
estatal (llamada por el gobierno subsidio a la oferta) obliga a las
instituciones a su autofinanciación. Parte de ella debe lograrse, según el
Ministerio, por la ya anotada participación en actividades lucrativas. Otra
parte importante se deberá obtener por la venta directa del producto, el cobro
de matrículas evaluadas según el costo real de la producción. Dado que se
trata de una mercancía costosa pero de gran demanda, el Estado debe facilitar
el acceso de la población a ella; para tal efecto deberán ofrecerse líneas de
financiación para que cada individuo, contando con crédito aprobado (subsidio
a la demanda), pueda escoger libremente al proveedor que le suministre la
mercancía, proveedor que bien puede ser público o privado, nacional o
internacional; al fin y al cabo todos ellos estarían en igualdad de condiciones
para competir por la clientela. Lo anterior también encuentra su ratificación
en las Bases para el Plan de Desarrollo Hacia un Estado Comunitario. La transformación que se plantea
al esquema de financiación de la universidad pública no puede ser de aplicación
inmediata, como tampoco es inmediata la globalización de la nueva mercancía
educación superior. La gradualidad exige que, a la par con la reducción
paulatina de aportes estatales ya contemplada en el Plan de Desarrollo, se
busque para estas instituciones una mayor eficiencia que les permita competir en
el futuro, en ese mercado abierto: deben producir más y consumir menos. Para
ello el gobierno fijará unas metas de desempeño cuyo cumplimiento se mida por
indicadores de eficiencia como los definidos en el mismo Plan: carga académica
por profesor y carga administrativa por estudiante. El aporte estatal remanente
se efectuará de acuerdo con la aproximación institucional al cumplimiento de
las metas fijadas. Pero es claro que el Estado tiene
otros papeles que jugar frente a esta educación superior mercantilizada. Toda
mercancía que circule a través de las fronteras debe contar con certificación
estatal de su calidad mínima. Para tal efecto el gobierno (según las Bases
para el Plan de Desarrollo) establecerá estándares mínimos para el contenido
de los distintos programas curriculares (normas) y luego examinará los
productos (exámenes de estado para cada carrera) con el fin de verificar el
cumplimiento de tales normas. El ICFES pasará entonces a constituirse en el
ICONTEC de esta nueva mercancía en lugar de su función de fomento de la
educación superior. ¿Y quién define las normas de
calidad? Como ocurre con toda mercancía, el productor más importante impone su
criterio y su norma. Tal vez nos veamos en un futuro cercano adoptando los
programas de filosofía y sociología de alguna universidad confesional
extranjera o reduciendo el nivel y el contenido de las carreras de ingeniería
para ajustarlas a cuatro años de estudio, reduciendo de paso los costos en un
20%, como lo quiere el nuevo rector de la Universidad Nacional de Colombia. Para
ese ajuste se plantea el proceso de acreditación de programas e instituciones
bajo el control del Ministerio de Educación Nacional (no de la academia) y se
rechaza el proceso autónomo de acreditación que venía desarrollándo la misma
Universidad Nacional que, seguramente, se desvía en sus criterios en relación
con lo requerido para internacionalizar esta mercancía. Un último tema para cerrar esta
versión libre de los criterios y políticas gubernamentales para la universidad
colombiana. Relacionado con el mismo proceso citado de acreditación de
programas, el Plan de Desarrollo plantea que la pertinencia de la carrera es
criterio fundamental para su aprobación. Una carrera no pertinente no será
acreditada. Podemos compartir ese criterio. Sin embargo, según el Plan, la
pertinencia será determinada por un Observatorio Laboral, aún no creado, cuyo
objetivo es hacer seguimiento al mercado profesional. El criterio para la
acreditación se transforma entonces en este otro: si no hay mercado, no hay
pertinencia y no hay acreditación. ¿Qué será entonces de la Física, las
Matemáticas, la Filosofía, la Música, la Sociología y tantas otras
disciplinas y profesiones necesarias para la vida y el desarrollo, pero con
mercados restringidos? El esquema gubernamental es definitivamente
coherente con su concepción mercantilista. El punto de partida, la concepción,
es una barbaridad antisocial e inhumana. La concepción y la política
para la educación superior vienen aplicándose con gradualidad en varias
universidades públicas. Luego de procesos anunciados de recuperación de la
gobernabilidad (léase de injerencia indebida del poder ejecutivo, violatoria de
la autonomía) para garantizar la aceptación de la política, varias
universidades colombianas han entrado en crisis evidente. A manera de ejemplo se
presentan los casos de la UTP, hoy cerrada, y la UIS que pide limosna para pasar
el año. Hoy cerrada por decisión de su
dirección que quiere liderar la implantación de la política gubernamental en
las universidades públicas, muestra indicadores particulares que ameritan
presentación y comentario. El descenso evidente en el aporte
nacional por estudiante (de $4.38 millones de 1996 en 1999 a $3.04 en 2002.
Figura 5) obliga a la institución, para tratar de sostener su funcionamiento
normal, a buscar fuentes alternas de financiación. La generación de recursos a
través de actividades lucrativas es la orientación gubernamental. La UTP ha abierto en estos días
varias carreras nocturnas de ingeniería para cuya vinculación se cobran
valores de matrícula capaces de cubrir los gastos: cuatro salarios mínimos
semestrales, valor uniforme para todos los estudiantes, que representa más de
tres veces el valor actual promedio para todas las carreras diurnas. Se inaugura
un régimen discriminatorio que consolida perjuicios relativos para los nuevos
estudiantes, asimismo perjudicados por la calidad cuestionable de unos programas
ofrecidos por profesores en su mayoría improvisados y todos de dedicación por
hora-cátedra al igual que en cualquier universiteca. Buscando favorecer el acceso de
los demandantes a esa nueva mercancía, la UTP y el ICETEX ofrecen crédito para
el pago de la matrícula. Con intereses positivos (debe ser rentable) el
estudiante termina pagando más de ocho veces - en pesos constantes el
valor actual y más de 2.5 veces el valor de su matrícula. Es decir, el pago
diferido permite la acumulación de renta por parte de la propia UTP y del
ICETEX que se convierte en un ente financiero semejante a cualquier empresa
privada con ánimo de lucro. El estudiante paga una cuota inicial según su
extracción social más una cuota mensual de acostumbramiento (así la llama el
Rector) que cubre anticipadamente los intereses causados durante el período de
desembolso del préstamo que adquiere, tal vez para aliviar la llamada
capitalización de los mismos, y luego de un año de gracia empieza a pagar
cuotas que representan un porcentaje fijo del préstamo total adquirido, lo cual
se extiende por un período igual al doble del tiempo de desembolso del crédito. Se trata entonces, más que la
autofinanciación que se quiere extender a toda la universidad pública, de un
mecanismo generador de utilidades financieras que aprovecha la ambición justa
de los colombianos de hacer realidad su derecho constitucional a la educación. El negocio es válido, dirían
algunos. Pero se trata de eso mismo: se negocia con el derecho de los ciudadanos
a la formación y al conocimiento. Para consolidar el negocio en
contra de una comunidad que protesta por la imposición, el Rector y el Consejo
Superior de la UTP, controlado por posiciones de gobierno, decidió la cancelación
del debate por medio del cierre de la institución educativa. Sin mediar
pretexto y ante la simple expresión crítica de la comunidad, decidió negar el
derecho a una universidad abierta y deliberante, como debe ser por su esencia. A
pesar de la opinión contraria expresada aún por la propia comandancia de la
fuerza pública, alegando el desorden público causado por marchas y mítines
(ni una pinta, ni una piedra, ni una papa) desalojó y militarizó a la
universidad. Un individuo de tal comportamiento autocrático, incapaz de
sostener el debate de las razones y promotor de medidas de fuerza, simplemente
no puede, no tiene el derecho a ser el rector de una institución educativa que
debe formar para la democracia. La UIS, como en su momento la
Universidad del Valle, tal vez para lograr un esquivo favor de los sucesivos
gobiernos, se subió desde hace años en el tren de la búsqueda de la
autofinanciación. Así una parte importante de sus costos los ha venido
sufragando con recursos generados por la propia institución que, además de
desarrollar una labor académica importante, ahora se dedica a actividades con
ánimo de lucro. La Figura 6 muestra la evolución de la participación del
gobierno central en el gasto de la universidad. El descenso de la importancia del
aporte del gobierno central que pasó de 64.6% del gasto total en 1992 hasta
39.8% en 2002 constituye un indicador suficiente para lo afirmado. Y no se trata
de una elevación importante de la participación del Departamento de Santander,
cuyo aporte es del orden del 3% de los gastos totales.
Hace unos años todo el país fue
testigo de la quiebra que casi acaba con la Universidad del Valle. Hoy se repite
la historia en otra institución de gran prestigio académico y, para su
desgracia, fiel seguidora de las políticas estatales. Para facilitar el desvío de las
actividades académicas hacia las lucrativas, en muchos casos en Cali y en
Bucaramanga se incentivó a los profesores con bonificaciones que les permitían
complementar un salario que, día tras día, perdía poder adquisitivo. Así
algunos, sin considerar el perjuicio académico implícito en la desviación de
sus actividades, contribuyeron a consolidar un modelo universitario reñido con
el objetivo definido por la sociedad. El déficit actual anunciado de
$23.000 millones no es fácilmente subsanable. No es posible un convenio de
desempeño de esos que pregona el gobierno. Ya los indicadores de eficiencia,
según definición y medición gubernamental, que presenta la UIS son los
mejores entre las universidades llamadas de complejidad alta. La mayor reducción
del gasto por estudiante constituiría el suicidio académico definitivo y eso
no se puede permitir. Es responsabilidad del Estado corregir aquello que por su
orientación se tiende a desmoronar. ¿Por qué se asfixia a la
universidad pública a pesar del discurso de la necesidad de su fortalecimiento? Además del convencimiento
interesado de algunos de la existencia de un ente máximo capaz de orientar la
vida de una sociedad: el sacrosanto mercado, existen razones y presiones
objetivas que afirman la tendencia. Los recursos son insuficientes para el afán
de lucro de los especuladores financieros y para los que se benefician de la
guerra. Son estos rubros del presupuesto de la Nación los únicos favorecidos
por la política. Mientras los gastos que importan
para la vida se estancan o decrecen, la amortización y el pago de intereses de
la deuda del gobierno central crecen de manera incontrolable (Figura 7). Como
porcentaje del PIB los servicios crecieron desde 3% en 1995 hasta cerca de 12%
en 2003, según datos de la Contraloría General de la República13. Esa
multiplicación real por cuatro veces en ocho años no puede ser compensada por
la restricción de gastos necesarios como los causados por la educación
superior de los colombianos. La situación es tal que aún anulando todos los
gastos, incluido el salario del Presidente, y honrando solo los servicios de
deuda y los gastos militares, los ingresos seguirían siendo insuficientes y se
recurriría a nuevo endeudamiento que volvería a hacer crecer dichos servicios.
Para cubrirlos el gobierno adquiere nuevas deudas que multiplican el valor de
los mismos y el saldo de lo adeudado (Figuras 8 y 9). Nunca, en la historia de
Colombia, el problema había sido tan crítico. Para asegurar el flujo de
desembolsos (nuevos préstamos) se debe garantizar la sostenibilidad de la deuda
es decir se tiene que demostrar a los prestamistas que, por encima de cualquier
consideración, se cubrirán las ganancias del sector financiero. El guardián
de los intereses de ese sector, el FMI, impone condiciones que obligan a la
reducción del gasto público, incluido el educativo, exceptuando el pago de
intereses14 y al crecimiento de los ingresos corrientes (más impuestos) para
acumular recursos que se destinen a engrosar los fondos de los especuladores
financieros. El FMI define la política que se debe aplicar en nuestro país.
Los sucesivos gobiernos, fieles súbditos
de las orientaciones de los vigilantes del capital financiero, vienen
contribuyendo con eficacia a la ruina de los colombianos, al recorte de sus
derechos. El desmoronamiento de la educación
superior hunde sus raíces en la postura gubernamental de entrega a los
intereses de los especuladores nacionales y extranjeros. El modelo acatado
sumisamente por los gobiernos sucesivos de nuestra República, cada vez menos
independiente, nos conduce a la ruina. Hacer viable el derecho a la
educación superior es hacer viable al país. Exigir el respeto a los derechos
ciudadanos, a la educación, a la salud, al agua potable, al trabajo y ante
todo, a la vida, es contribuir a cambiar el modelo, única posibilidad de
supervivencia como Nación. La educación no es una mercancía;
es un derecho (así lo dice la Constitución) que adquiere el ser humano por el
simple hecho de existir. Publicación enviada por Federación Nacional de Profesores Universitarios - Comisión de Divulgación Contactar Código ISPN de la Publicación EpZkuyplyExmBAjYGF Publicado Friday 26 de December de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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