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Otra industria es posible
Resumen: Otra industria es posible, una industria en la que, aunque sus dueños tengan que obtener menos beneficios, se cuiden realmente las cuestiones ambientales, la salud de los ciudadanos y la seguridad y estabilidad en el empleo de sus trabajadores. Una industria más limpia que invierta en investigación y desarrollo para conseguir cotas de protección ambiental y sanitaria mucho más allá de lo que marcan las normativas legales.
Publicación enviada por Rafael León Rodríguez
El
pasado 19 de febrero se celebró en Huelva una manifestación en defensa
de la Industria. Yo, que soy un adicto a asistir a manifestaciones por
aquellas causas que considero justas y que también creo que es
necesario mantener el sector industrial para lograr una economía y una
sociedad equilibradas y diversas, no pude o, mejor, no quise asistir.
Pienso que la reivindicación actual en pro de la industria onubense está
a punto de ahogarse en un mar de confusión por no tener claro hacia
donde nadar para llegar a la orilla salvadora. ¿Se están defendiendo
realmente los empleos de los trabajadores de la industria onubense? ¿O
se están defendiendo en realidad los intereses de los altos ejecutivos
y grandes accionistas de esas grandes empresas industriales? Unos
intereses que tienen muy poco que ver con la estabilidad del empleo para
sus trabajadores, o con el derecho que tienen los ciudadanos a la salud
y a un medio ambiente sano, o con la creación de riqueza y su más
justa redistribución. Unos intereses que persiguen exclusivamente más
y más fáciles beneficios económicos para estas empresas en el menor
tiempo posible. Y a costa de lo que sea.
Yo soy de los que quiere que la industria permanezca en Huelva, pero
otra industria, otra industria que, no lo duden, es posible. Una
industria en la que, aunque sus dueños tengan que obtener menos
beneficios, se cuiden realmente las cuestiones ambientales, la salud de
los ciudadanos y la seguridad y estabilidad en el empleo de sus
trabajadores. Una industria más limpia que invierta en investigación y
desarrollo para conseguir cotas de protección ambiental y sanitaria
mucho más allá de lo que marcan las normativas legales; unas
normativas en cuya elaboración, no debemos obviar el importante papel
que juegan las presiones de los grandes grupos industriales para que
respondan sobre todo a sus intereses. O, ¿qué pensaban? ¿Qué esas
normativas responden a no se sabe que derecho natural y que por lo tanto
emanan de una esencia o grupo de ideas y conceptos incontestables y
neutros? A estas alturas alguno o muchos de los pocos que lean estas
reflexiones estarán ya pensando que el que escribe será, sin duda
alguna, uno de los responsables en el caso de que algún día la
industria se marche de Huelva. Y se marchará. Y yo tendré tanta o
menos culpa que los miles de personas (a las cuales respeto y aplaudo
por su determinación en defender lo que creen justo) que acudieron a la
manifestación pro industrial.
Vivimos una época en la que la deslocalización de la industria hacia
países llamados en vías de desarrollo es una constante. Nada que
objetar en principio, ya que esos países empobrecidos también merecen
de una vez que se les ofrezca la oportunidad de salir de la miseria.
Pero los objetivos que mueven el fenómeno de la deslocalización
industrial en ningún caso se dirigen ni siquiera mínimamente a tratar
de ofrecerles esa oportunidad. Todo lo contrario, se dirigen a continuar
saqueando sus recursos naturales y humanos, con salarios indignos, sin
medidas de seguridad en el trabajo y contaminando sin control.
Hoy he desayunado con la noticia de que Arcelor, el mayor grupo siderúrgico
del mundo, del que forma parte "nuestra" Aceralia, amenaza con
marcharse de Europa si tienen que pagar por no cumplir lo comprometido
en Kioto. O lo que es lo mismo: si no pueden continuar contaminando
impune y gratuitamente desde Europa, se marcharán a hacerlo desde Asía
o desde África, y allí machacarán aun más el patrimonio natural de
esos países y, someterán a sus trabajadores a prácticas esclavistas
que aquí no permitimos, aunque vamos camino de ello. Y todo en los
altares de la avaricia disfrazada bajo el eufemismo de la
competitividad.
Vayamos pues todos también a manifestarnos a favor de Arcelor, para
defender los puestos de trabajo que proporciona en Europa. Nos estaremos
manifestando a favor del chantaje. Nos estaremos manifestando a favor
del abuso empresarial sobre sus trabajadores, ya sean franceses, chinos
o malayos. Nos estaremos manifestando a favor de la destrucción de
millones de puestos de trabajo que se perderán en el turismo, en el
sector forestal, en la agricultura y en la misma industria cuando los
efectos del calentamiento global sean evidentes. Y también en las
empresas que forman parte de Arcelor cuando el mercado o la rentabilidad
o la innovación tecnológica así lo exijan. Nos estaremos manifestando
a favor de la muerte de millones de seres humanos que perecerán en los
próximos años por enfermedades directamente relacionadas con el cambio
climático. No, yo no iré. No quiero ser cómplice de delitos que, si
bien no están castigados legalmente, merecerían elevadas penas (no me
duele decirlo a pesar de, a niveles generales, ser partidario de la
rehabilitación y no del castigo). No quiero ser cómplice de chantajes
propios de mafiosos criminales, ni de la desaparición de especies únicas
e irrepetibles por mucho que suenen los cantos de sirena de una ingeniería
genética que si bien puede que llegue a crear a costes prohibitivos
animales destinados a zoológicos de pago, jamás podrá clonar los
ecosistemas perdidos en los cuales aquellos podrían desenvolverse de
forma natural.
Yo quiero que la industria permanezca en Huelva. Pero esa otra industria
posible. Una industria sin chantajes. Una industria que respete el
trabajo y a los trabajadores más que a la competitividad y al mercado.
Una industria que esté dispuesta a gastar más en prevención ambiental
y en seguridad laboral, así como a pagar más impuestos para
incrementar las políticas sociales y ambientales y la redistribución
de la riqueza. Una industria que si un día decide marcharse a Guinea lo
haga con las mismas cautelas ambientales que se le exigen en las
sociedades desarrolladas. Y que respete igualmente los derechos y
salarios de los trabajadores. Una industria que se ubique donde y con
las condiciones más favorables a los ciudadanos. Si no es así perdemos
todos. Pierden los trabajadores de los países empobrecidos y perdemos
los trabajadores onubenses y europeos como consecuencia del dumping
social y ecológico que suponen unas prácticas empresariales fundadas
en la avaricia, la desigualdad y la injusticia. Si no ¿cómo es que las
industrias "onubenses", en el caso deseable de que tuviesen
que abandonar su actual ubicación el Polo Químico, puedan preferir
marchar a miles de kilómetros antes que a las cercanías de donde se
encuentran actualmente? ¿Por qué pueden renovar sus instalaciones en
China y no en Huelva? ¿Qué pasará cuando la industria del fosfato
agote las posibilidades de seguir vertiendo su cóctel de metales
pesados, arsénico y sustancias radiactivas con el que han sepultado
irreversiblemente las marismas del río Tinto? ¿Estará buscando
alternativas para poder permanecer en Huelva o habrá ya contratado el
camión de la mudanza? ¿Cuántos de los que se han manifestado ahora
tendrán fuerzas y esperanzas para manifestarse entonces?
No acudí a esa manifestación, pero desde estas torpes líneas quiero
manifestarme a favor de la industria. De otra industria posible en otro
mundo posible. Para alcanzarlos tal vez sea imprescindible seguir
avanzando tecnológicamente, pero lo que sin duda nos demuestran prácticas
empresariales como la de Arcelor es que en lo que tenemos un enorme déficit
y, por lo tanto, la mayor prioridad y urgencia es en que avance la ética.
Para eso si que hacen falta una y mil manifestaciones. Manifestaciones
que en lugar de en la confusión, la manipulación o la
instrumentalización, tengan su origen en la ética para exigir ética. |
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Publicación enviada por Rafael León Rodríguez
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Publicado Saturday 28 de February de 2004
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